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El ninguneo sistemático a Cervantes, el más grande de los creadores literarios

Me encontré el otro día, rebuscando en una librería de Madrid a ver si encontraba algo bueno que echarme a la boca, con un volumen cuya contraportada me recordó ciertos demonios. Se trata de ‘El Persiles descodificado, o la Divina comedia de Cervantes’, un libro publicado por Hiperión en 2005 y escrito por Michael Nerlich. En él, se describe la odisea por la que tuvo que pasar la última novela escrita por Cervantes, que ha sido objeto de menosprecio y hasta de burlas («indigno de el autor del Quijote y propio de la senilidad») durante siglos. Me pregunto yo cómo es posible que sea propio de la senilidad un texto rematado (porque empezó a escribirlo bastante antes) justo después de la publicación de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo. Pero no es nada nuevo, porque en mi –por otra parte magnífica– edición del Persiles de Cátedra, el autor de la introducción, Carlos Romero Muñoz, no se cansa de aludir a los supuestos errores, imprecisiones o fallos del texto, como si fuera un peaje obligatorio que pagar para acceder a esta novela.

Ya lo he comentado más veces en esta página: en general, pareciera que tenemos que pedir perdón por existir como Literatura, y que nuestro mayor exponente como mucho puede presumir de haber escrito la muy influyente El Quijote (¡que para muchos también está llena de errores!), y que otras obras suyas están lejos de esa «excelencia» porque a fin de cuentas el pobre Cervantes bastante tuvo con lo suyo. Tal es el caso que casi nadie nombra a Cervantes entre los más grandes novelistas de la historia, aunque sí nombran El Quijote, habitualmente, como la más grande o la primera o entre las más importantes. Semejante despropósito me temo que no tiene pinta de extinguirse, y pasarán cien y doscientos años más y seguiremos igual. ¿Por qué sucede esto? No tiene explicación para mí, más allá de la Leyenda Negra española que todo lo pudre y todo lo distorsiona, y de la ceguera tanto de los lectores más mentalmente provectos y la crítica más acobardada del mundo. Así las cosas, se ha aceptado ya que el más grande escritor de todos los tiempos, incluso en prosa –¡aunque jamás escribió nada en prosa!–, a Shakespeare, y quizá algunos, incluido el archifamoso y recalcitrante Harold Bloom, pudieran aceptar, casi como de regalo, que Cervantes se acercó a esa grandeza con su Quijote y Dante con su ‘Divina Comedia’.

Pero tal desatino se cura de una forma muy fácil: leyendo. Leyendo primero, si se quiere, las tragedias, comedias y dramas históricos de Shakespeare, así como sus sonetos. Y luego leyendo las novelas, los relatos (pues eso son realmente sus ‘Novelas Ejemplares’), la poesía y las obras de teatro de Cervantes, todas ellas, desde sus tragedias, hasta las comedias y entremeses que han llegado hasta nuestros días. Y con eso debería bastar, si uno posee una mente lo bastante crítica, despierta y valiente, para dejar claro que las cosas son muy diferentes a como habitualmente se han querido contar. Que Shakespeare, siendo un dramaturgo con algunos aspectos interesantes, es un dramaturgo mediocre y un poeta aceptable sin más, y que sus treinta y tantos dramas, y sus ciento cincuenta y cuatro sonetos no pueden parangonarse, bajo ningún concepto, con la creación literaria del hombre que cambió para siempre la Literatura en occidente. Situar al lado del Quijote una tragedia brillante pero epidérmica, grandilocuente pero vacía, como Hamlet, debería estar penado por ley. Es como situar a un pigmeo al lado de un gigante. Shakespeare ni siquiera puede compararse con Lope de Vega, cuyas mayores obras le pasan por encima. De hecho jamás escribió algo tan genial como ‘La vida es sueño’, de Calderón de la Barca, cuyos monólogos son mucho más bellos, están mucho mejor escritos, poseen una mayor envergadura literaria, conceptual y narrativa que los tan trillados y manoseados del príncipe de Dinamarca. Basta con tener ojos para ver.

A Cervantes le bastaría con sus relatos largos, o novelas cortas, como el diálogo entre Cipión y Berganza en ‘El coloquio de los perros’ para merecer un lugar de honor en la historia de la literatura, porque esos lugares no se alcanzan con palabrería o manipulaciones sociológicas, sino con ingenio, grandeza compositiva, influencia universal. Hasta cuando un autor quiere ser shakesperiano acaba siendo, mal que le pese, cervantino. Que se lo pregunten a Kurt Sutter por su ‘Sons of Anarchy’. Nos hemos tragado el cuento de que la literatura británica es la más grande de la historia y que su teatro es el más profundo, grandioso y memorable, y que sus autores son el faro de occidente. Y es una mentira como una catedral. A poco que rasque uno se da cuenta de que el 99% de la literatura occidental, tal y como la conocemos, la inventó Cervantes, no Shakespeare. Las reglas del juego, en teatro, novela y relato, las puso él y el resto le han seguido porque no tenían opción de hacer otra cosa. Es como en música con Mozart: una vez llegó él, todo quedó obsoleto, y las reglas cambiaron. Pero Mozart posee aclamación universal, y Cervantes «sólo» tiene su Quijote.

Y tal como ha pasado en Literatura ha ocurrido en Cine, porque los anglos tienen la lección bien aprendida, y saben que la propaganda cultural es la mayor de la armas de conquista. John Ford y Alfred Hitchcock son considerados los más grandes cineastas no de su país, sino de todos los tiempos, en todo el mundo. Algo enormemente cuestionable. Basta ver el grueso de su enorme producción –que fue posible únicamente por la enorme capacidad industrial de Hollywood–, y poner al lado a autores europeos como Bergman, Antonioni, Bresson, Buñuel o Tarvkoski, para descubrir no solamente las oquedades de un cine brillante y ampuloso, pero también falsario y superficial, sino la enorme mentira que representan sus ficciones, la extensión del «sueño americano», la propagación de la idea del Cine como máquina de sueños, en lugar de como una herramienta en la búsqueda del conocimiento y la verdad del hombre. Son epígonos perfectos de Shakespeare y representantes absolutos de la certeza de que en general los anglos no saben qué hacer con la ficción, se la toman demasiado en serio, cuando debería ser el juego definitivo, el espejo a partir del cual entender la realidad, no una mentira tan grande como nuestra realidad.

Eso es lo malo. Lo bueno es que las obras de Cervantes están ahí, son de dominio público, no hace falta ni siquiera gastarse diez o quince euros en una edición de sus novelas, o de sus relatos o de sus obras de teatro. Basta leerlas para comprender la inmensa suerte que tenemos de que el más grande escritor que jamás se puso a componer ficciones fue español, y que aunque seguirá esperando a que las cosas caigan por su propio peso, podemos acelerar ese advenimiento, y poner las cosas en su justo lugar de una vez y para siempre. Pero la gente no lee a Cervantes. Dicen leerlo y es mentira. La mayoría de los españoles creen, de hecho, que solamente escribió esa obra, y sin embargo pueden citar (aunque tampoco se las hayan leído…) los títulos de varias piezas de Shakespeare. Realmente lo han conseguido, los anglos. Me quito el sombrero porque han logrado situar a un dramaturgo sobrevalorado por encima del mayor genio universal de las letras. Bravo.

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