ARTÍCULOS, CINE

Steven Spielberg no tiene nada que hacer con James Cameron

En una conversación medianamente civilizada y sensata, la cosa estaría clara en diez segundos: Steven Spielberg nunca ha hecho nada tan original y exquisito como ‘The Terminator’, ni tan grandioso y verdadero como ‘Titanic’. Fin de la conversación. No hay más preguntas, señoría.

Pero supongo que si quiero publicar un texto en mi página, tengo que ofrecer algo más a quien se haya puesto a leerlo. Porque se compara bastante a ambos autores y se establece, casi por unanimidad, que Spielberg es, digamos, el más grande director de cierto tipo de cine y que Cameron, en teoría, le va muy a la zaga, tanto en número de títulos como en importancia y aclamación popular. Pero me parece que las cosas no son tan fáciles ni se pueden pintar de ese modo, si se tiene en cuenta que el número de títulos no establece ninguna superioridad en ningún caso, y que Cameron, aunque comparte con Spielberg ese «estigma» de director comercial, mundialmente famoso, multi-premiado y por tanto cuestionado y atacado hasta la médula por esos puristas defensores del auténtico cine, sea eso lo que se quiera que sea, es un tipo que se toma mucho más en serio su trabajo y su labor de cineasta que Steven Spielberg, mal que le pese a su legión de incondicionales, que considera cada obra suya casi la perfección hecha película, en línea con otros autores como Clint Eastwood o Jean-Luc Godard.

Pero antes, para aligerar un poco el tono y prepararnos para el combate, un par de vídeos recopilatorios de las imágenes de ambos cineastas:

Spielberg, Cameron. Cameron, Spielberg. Ambos representan, cada uno a su estilo, ese tipo de cine despreciado por los que exigen un cine más «artístico», si esa es la palabra que se puede usar aquí. Son, junto con Lucas, Jackson, Nolan y alguno más, la clase de directores que un «cinéfilo de pata negra» jamás elegiría. Porque el cine de masas, o como se le quiera llamar, está reñido con el cine poético… en teoría. Que mucha gente vaya a ver una película es sinónimo de que esa película es de mala calidad, hecha para chavales, cuando no para niños, con escasa o nula exigencia autoral.

Casi siempre, claro.

Pero hay ocasiones en que esa novela que se ha leído todo el mundo, o esa película que todo el mundo ha ido ver… que ese director que archi-famoso y rico y multi-premiado, es un gigante de lo suyo, por profundidad conceptual, por grandiosidad compositiva, por dificultad estructural y material. Por todo. Y en este caso no estamos hablando de Spielberg, precisamente, sino del otro, el segundo al que me estoy refiriendo en este texto. Spielberg ha hecho todo lo que ha estado en su mano para ser, de los dos, o de los cinco, o de los que sean, el verdadero genio, el gigante, intentando dejar su huella en prácticamente todos los géneros o marcos temáticos, tratando de compaginar comercialidad con exigencia artística. Y en un par de ocasiones casi lo ha conseguido. Pero por desgracia ha fiscalizado gran parte de su carrera con proyectos muy discutibles, incluida la temerariamente encumbrada ‘Schindler’s List’, que para muchos es la cumbre de su carrera y de su talento, y que para otros, entre los que me hallo, la constatación de que si la gente viera más cine tendría a Spielberg en menor estima.

La diferencia fundamental entre estos dos famosísimos directores es que cuanto más cine menos se aprecia a Spielberg y más se aprecia a Cameron, porque con Spielberg se descubre que filmes como ‘Schindler’s List’ deben muchísimo a otros como ‘Alemania, año cero’, de Rossellini, y otros se parecen demasiado a Ford, Walsh o Capra, pero sin construir un estilo propio, o sin trascender esas enormes deudas y fundirlas en una mirada única. Pero al cine de Cameron hay que ir aprendido, porque bajo su capa de cine sencillo o transparente, se erige una mirada del mundo mucho más incisiva, personal y vasta que la de su colega. Incluso si analizamos las imágenes de uno y de otro, sin entrar a valorar sus argumentos, sirviéndonos de los vídeos de más arriba propiedad de canal ‘The Beauty Of’, ya percibimos que la belleza de las imágenes de Spielberg, que existe y es latente en muchos de sus filmes, es pura cáscara, puro ornamento que coquetea peligrosamente con lo epatante, con lo escasamente narrativo, mientras que las de Cameron exudan un cariz de fusión completa con aquello que muestran y narran, convirtiendo al qué y al cómo en la misma cosa.

Los dos filmes más laureados de uno y de otro sirven de ejemplo perfecto para definir sus estilos y su forma de entender el cine, lo poético y lo narrativo. Mientras Spielberg, cuyo estilo quizá sea inexistente si lo analizamos película a película, coge la historia de Oskar Schindler y del Holocausto y lo convierte en un melodrama con el que ensalzar su figura como realizador, un melodrama que desdibuja, por su misma naturaleza, aquello que está mostrando; Cameron, por su parte, dirige una historia para la que en gran medida parecía pre-destinado a llevar al cine, por su conocimiento de los océanos y su obsesión por el pecio más famoso de la historia. Pero Cameron «desaparece» en ‘Titanic’, sin perder las constantes de un estilo en constante evolución, y se entrega sin fisuras a una historia que no se concede dramatismos, sino que es una tragedia, la tragedia que debió haber sido en filme de Spielberg. Cameron supera a Spielberg, una vez más, en todo: en la representación de un suceso histórico terrible, cuyo protagonista no es el personaje femenino ni la pareja de enamorados, sino el pasaje, los mil quinientos hombres, mujeres y niños que allí perecieron, todo ello mostrado sin paños calientes, sin exageraciones y sobre todo sin ese preciosismo fotográfico que paradójicamente tanto ensucia la propuesta de Spielberg.

Un artista es tan grande como original consigue que sea su trabajo. No existe ningún autor capaz de copiar o emular a Cameron, y él no posee antecedentes nítidos. Spielberg, por contra, casi nunca ha conseguido, pese a su larga y prolífica carrera, alcanzar una originalidad en su estilo, en su mirada, en su voz como artista. Esta es la diferencia definitiva y crucial que acaba separando a ambos directores y colocando a cada cual en su sitio.

Ahora sí que no hay más preguntas, señoría.

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