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El narcisismo y el relativismo posmoderno: lacras de la crítica actual

Si yo lo entiendo, de veras que sí. Cuando uno es un chaval y empieza a emocionarse de manera obsesiva con ciertas obras de arte, o con algunas obras narrativas, pensamos que de alguna forma estamos conectados con esa obra… que de alguna forma nos pertenece. Es posible que esto sea algo universal. Tus películas y tus novelas y tus canciones favoritas no son de aquellos que las han escrito, filmado o construido de alguna manera. De eso nada: son tuyas. Hasta cierto punto es normal.

Lo que no es normal es que vayan pasando los años, vayas adquiriendo –supuestamente…– cierta experiencia, te de por escribir sobre películas, o novelas, o series, o canciones, de manera habitual y más o menos profesional, incluso cobrando algún dinero por ello, y sigas en las mismas, creyendo que de alguna forma esas obras o aspirantes a obras, se entienden a través de tu experiencia o de tu conexión con ellas, en lugar de intentar explicar lo que son en sí mismas, cuál es su naturaleza causal, cuál es la voz que inspiró su creación y cómo es que son de esa manera y no de otra. Es decir, llevando a cabo un análisis dialéctico de sus partes, en lugar de ponerte a especular sobre las razones por las que a ti, precisamente a ti en todo el mundo, esa pieza te gusta y esa otra de ahí no te gusta.

Es algo habitual, esa fórmula del «para mí, esto…», o «a mí esta obra me hace sentir…», o «a mí me emociona esto o aquello…». Narciso, en cualquiera de sus versiones mitológicas, fue un joven de una incomparable belleza, que un día se vio reflejado en un estanque, se enamoró de sí mismo y, absorto, cayó al agua y se ahogó. Es en ese mismo estanque, al que se ha venido a llamar posmodernismo, al que van a ahogarse intelectualmente un gran número de espectadores –yo diría que casi todos–, y una cantidad parecida de críticos de Cine, Literatura o Música. Todos ellos hacen lo mismo: hablar desde su situación, hablar de sí mismos que de la obra en sí. Hablar de sus gustos, de sus razones, de su forma de entender su relación con esta u otra película, con ese libro o aquel de más allá. Que si uno se durmió viendo tal película, que si la otra lloró leyendo tal novela. Y a partir de ahí construyen sus críticas, sus comentarios o sus disertaciones sobre la obra en cuestión.

Yo no me imagino a ningún fulano yendo al Panteón de Roma, o Panteón de Agripa, teniendo que escribir un ensayo sobre esta excelsa obra arquitectónica, y poniéndose a comentar si tal obra le aburre, si ese día tenía mucho sueño, o si no siente una especial conexión con ella. Mis profesores de la escuela de arte se habrían quedado bastante perplejos al respecto. Tampoco me imagino a mengana yendo al Museo Nacional del Prado, contemplando durante dos horas Las Meninas para escribir sobre ellas una investigación que tenga que ver… yo qué sé… con su influencia en la pintura holandesa ulterior, y poniéndose a hablar de que se ha emocionado porque la famosa luz que cae detrás de ellas le recuerda un día especial para él, o porque cuando por primera vez vio esta obra le causó una enorme nostalgia y eso hace que vea esta pintura con otros ojos. No tiene ningún sentido pero así sucede con las películas y las novelas.

¿Por qué sucede? No tengo ni idea. El caso es que sucede. Que le ocurra a gente que se pone a dejar paridas en filmaffinity, pues vale, lo puedo entender, pero que le ocurra a otros que van de entendidos, de expertos y de intelectuales por la vida, pues no. Les sucede, de hecho, incluso a grandes artistas –basta echar un vistazo a lo que han votado algunos para la dichosa lista del S&S–, y así es imposible avanzar. La única forma de hacer una crítica o un análisis valioso, es desprendernos de la obra en sí, desaparecer como sujeto operatorio, construir una mirada, una visión en torno a la obra carente de prejuicios, filias y fobias. Esto no va de nosotros, va de esa película o de esa novela. No va de nuestra infancia con ella, ni de lo que sentimos la primera vez que la vimos. Hace algún tiempo escribí un manual de cómo no ser un crítico literario o cinematográfico. Debería ponerlo todos los días en la sección de cartas al director de los periódicos o enviarlo a las revistas que suelo hojear, aunque nadie me hiciera caso.

Mientras sigamos pensando que las obras de arte son lo que a cada uno de nosotros le apetece que sean, en lugar de lo que son en sí mismas, mientras la crítica profesional, gran parte de ella, siga ensimismada en ella misma sin ser capaz de dar respuestas a los retos que les proponen las obras narrativas, no avanzaremos en ningún sentido. Todo será como en S&S: una retahíla de ocurrencias, un grimorio en el que no existe un consenso, una dialéctica, un argumentación ponderada. Y todo será igual de aburrido, de repetitivo, de escasamente enriquecedor, que es ahora mismo. Así de claro.

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