ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

La necesidad de la Ficción

Desde hace cientos, miles de años, la humanidad se cuenta historias a sí misma. En el principio de los tiempos de forma oral y a partir de la invención de la escritura dejando, como se suele decir, negro sobre blanco. Fue a mediados del siglo XV, con la invención de la imprenta, que todo cambió, y los libros, y las historias que muchos de ellos contienen, se multiplicaron y se distribuyeron con mucha mayor facilidad por todo el mundo. Hasta llegar al momento actual, en el que los libros de ficción, y las películas y las series, se han convertido en mercancía con la cual hacer negocio multimillonario. Ahora todo el mundo «consume» ficción, como si fuera un producto más, como de una pizza o una coca-cola se tratase. La gente «se engancha» a las series, se obsesiona con las películas, lee a todas horas porque considera que es una forma de «cultura». Pero muchos siguen pensando que esto son frivolidades, que es un «pasatiempos», una forma de matar el aburrimiento. Que todo esto de las historias en particular, y de la narrativa en general, es una cuestión de ocio que no implica cuestiones importantes de la humanidad. ¿Realmente es así? ¿Realmente las historias, como se suele decir, valen para algo más que para llenar al tiempo y «distraernos»?

Es importante señalar que el hecho de contar una historia no implica necesariamente que se trate de narrativa, y que el hecho de que sea narrativa no significa que hablemos de historias, ni que sea ficción. No todas las historias son narrativa o contienen ficción, y no todas las ficciones cuentan una historia de manera obvia o lineal o poseen una narrativa destacable. Pero sí podemos decir que tanto la Ilíada como la Odisea son ficciones, son historias y son narrativa. Seguro que antes de ellas, hace tres mil años, hubo otras ficciones, otros relatos extraordinarios que se escribieron con forma de narrativa, de una ficción cerrada sobre sí misma, que no nos han llegado por las guerras, por la estupidez o por la crueldad humana, o simplemente por la mala suerte no han llegado a sobrevivir hasta nuestros días, pero las tenemos a ellas. Podemos trazar un cordón umbilical que va desde Homero hasta las series de televisión más geniales de ahora mismo. Todo eso es la ficción que ha alimentado a la humanidad desde hace muchísimo tiempo. Pero la ha alimentado ¿de qué exactamente? ¿De invenciones? ¿De sin-sentidos? ¿De qué? En la actualidad, con el advenimiento de juegos informáticos que se proyectan en vídeo, y aun peor, de la lacra del posmodernismo, a la ficción ha venido a sustituirla una especie de hiperrealidad, una construcción en virtud de la cual el autor desaparece, el espectador/receptor puede alterar la supuesta ficción a su antojo, adentrándonos todos en otra clase de artefacto, uno que propone sustituir la realidad por otra, una realidad virtual tan minuciosa, tan detallada, que podría rivalizar con la nuestra. Es posible que la gente deje de necesitar de la ficción. Pero si tal cosa sucede… ¿qué dejará de proveerle?

Porque la ficción, operativamente, no sirve para nada. No salva vidas, como dice que hacen los videojuegos en algunos casos. Con la ficción los ancianos no mejorarán sus capacidades neuronales tal como parece que consiguen hacer con ciertas aplicaciones. Los relatos, las historias, la música, no lograrán sacarlos de la realidad como sí lo harán los hologramas y los artefactos del posmodernismo. Por lo que parece, con ciertos videojuegos o aplicaciones, puedes hacer a la gente feliz, puedes conseguir que personas con Alzheimer vivan en una realidad paralela que les haga sentirse mejor consigo mismos, o puedes hacer que personas que viven en un infierno al menos se evadan durante un tiempo y accedan a un mundo de sueños, entre otras muchas cosas. Es básicamente lo que ha pretendido hacer la narrativa anglosajona desde Shakespeare hasta John Ford, sin olvidarnos de Spielberg, Lucas y otros muchos: que el espectador/receptor viva en una especie de montaña rusa, de parque de atracciones, de «mundo mágico», durante unas horas o unos días. Dicen que en un futuro no muy lejano tendremos, todos nosotros y a un precio asequible, aparatos parecidos a los que vimos en Ready Player One (del propio Spielberg…), chismes con los que te introduces en una realidad virtual pasmosa, alucinante, en la que vivir aventuras extraordinarias, convertidos en otras personas. Ese es el futuro que nos espera, que se supone, además, que va a sustituir al cine, a las series, a la literatura y a todo lo que hasta ahora hemos conocido como Narrativa. Porque ahora se avecina una nueva narrativa. Eso dicen.

Ahora bien, insistimos: la ficción no sirve para nada operativo. No se concibió para eso.

No te hace mejor persona
No te hace más listo
No te enseña nada, sino más bien te exige que llegues con la lección aprendida
No te libera de nada
No te cambia
No te hace entender
No te hace olvidar

¿Entonces? ¿Para qué sirve este invento del demonio? ¿No se supone que las cosas sirven para algo? Sobre todo en el mundo actual. Las cosas se hacen para algo concreto, para una utilidad material, o no se hacen. Se supone, claro… que es mucho suponer. En caso contrario… ¿qué hacen los llamados «artistas», o los llamados «poetas», insistiendo con sus ficciones, con sus canciones, con sus narrativas? Las cosas se hacen para ganar dinero, para ganar fama o para ganar influencia. Eso es lo que nos enseña el mundo anglosajón, lo que lleva enseñándonos desde hace siglos. Si la ficción no sirve para eso, su mera existencia carece de sentido. Y sin embargo… Sin embargo es posible, sólo posible, que albergue un sentido mayor del que inicialmente parece.

Podemos decir que la ficción es el único lugar donde tanto el autor como el lector/receptor es completamente libre. La libertad es una cosa resbaladiza, oscura, fluctuante, caprichosa. Suena muy bien. Libertad. Suena de la hostia. Tanto que muchos líderes neoliberales se han apropiado de esa palabra e incluso existe en el ideario y en la bandera de algunos países. La LIBERTAD. Un concepto grandioso, del que todos quieren apropiarse. Como el AMOR, como la FELICIDAD. La libertad. Pero en cuanto se intenta aprehenderlo, se disuelve como un azucarillo, o bien se convierte en otra cosa al intentar esgrimirlo. Justo en lo contrario: en represión, en odio, en esclavitud del pensamiento. Dicho de otra forma, eso de la libertad, en el mundo operatorio, el nuestro, en el que nacemos, sufrimos y un día nos morimos para siempre, tiene toda la pinta de un engaña-bobos. Además, ¿libertad para qué? ¿para hacer lo que nos dé la gana sin que nadie pueda pararnos? ¿Eso es la libertad? Suena más bien a otra cosa. Suena a caos, a egoísmo sin límites, a barbarie, a locura. Y se supone que la libertad es algo bueno, ¿no? Pero cuanto más crecemos, y más aprendemos, y sobre todo cuando conseguimos afilar nuestra mente hasta hacerla crítica, nos damos cuenta de que no somos libres y de que nunca lo seremos.

En el mundo operatorio, claro.

Pero hay otro mundo en el que sí podemos ser libres, y en el que esa libertad no significa que podamos hacer lo que nos dé la gana. Significa otra cosa mucho más importante y mucho más profunda. Y no es el mundo de los videojuegos, de una realidad virtual en la que puedes convertirte en la persona que tú quieras y vivir aventuras en apariencia sin límite. No. Es el mundo de la ficción, claro, ese que alguien ha construido para nosotros, tanto en Literatura como en Cine o Televisión, y en el que podemos ser libres porque el poder inmenso de la ficción consigue que en su seno las cosas signifiquen algo al convertirse en absolutos y al alcanzar una verdad que rara vez, o nunca, alcanza la vida real. Lo he dicho muchas veces: la ficción es el espejo perfecto de la realidad, la otra cara de una moneda, de una existencia operatoria que a poco que la examinemos carece de sentido. Pero hemos logrado, criaturas pensantes que jamás debieron existir en el mundo natural porque somos demasiado conscientes de nosotras mismas, hacer más soportable la vida gracias a la ficción, soportarnos a nosotros mismos, no ya entendernos, sino al menos conocernos. Es por eso que llevamos siglos leyendo y viendo historias representadas en el escenario o en la pantalla. Ansiamos, sin siquiera saberlo, otorgarle un estatus de verdad a nuestra vida, y eso sólo se consigue con la «frívola» ficción. Al vivir allí la vida de otros personajes, al experimentar en ellos sensaciones y eventos que en la vida real no adquieren un cariz de experiencia por estar amputadas e incompletas, somos más conscientes de nuestra propia realidad. No como evasión, por tanto, sino como complemento intelectual y anímico de nuestra propia vida. Somos más conscientes del amor (y del odio, por qué no) que podemos sentir, somos más conscientes de la muerte, somos más conscientes de la fugacidad de nuestra existencia. Eso es lo que nos hace libres.

¿Y los videojuegos? No han venido a complementar la realidad, sino a inventarse otra. No quieren sustituir al cine o la literatura, sino a la propia realidad. Es por eso que son un callejón sin salida posmoderno (uno más).

Sin ficción, la única ventana de libertad que poseemos se cerrará. Con lo cual seremos un poco más esclavos. Seremos definitivamente esclavos. La ficción siempre es libertaria, terrorista, peligrosa. Por eso quieren continuamente aherrojarla, prohibirla, ponerle cerco, sin conseguirlo nunca. Pero si en favor del posmodernismo, si en base a un futuro tecnológico de realidades virtuales e hiperrealismo, logran finalmente acabar con la ficción, aniquilarán una de las pocas cosas que valen la pena del ser humano, uno de los pocos actos altruistas y libres que ha construido en su historia, y no solamente será un esclavo, sino que no habrá nada por lo que merezca la pena vivir. Así de claro.

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