Ad Astra Per Aspera

Nuestra mayor limitación reside en nuestra incapacidad para ver más allá de nuestros prejuicios y creencias. Todavía estamos gobernados por tres presunciones limitadoras. A saber: que el ser humano es la medida de todas las cosas (que es poco menos que decir que el ser humano es el centro de universo), que el mundo es un lugar gigantesco e indestructible, y que todo lo que hollamos o tenemos al alcance nos pertenece o tiene un precio. Así las cosas, fenómenos tales como el cambio climático o la destrucción masiva de ecosistemas esenciales no deberían sorprender, ni siquiera escandalizar, a nadie. La mente de una masa enorme de personas que viven en este planeta no está preparada para nada más, ni siquiera concibe que vivimos en una minúscula canica azul que flota en la vasta negrura del Sistema Solar. Para todos ellos, su casa es un lugar plano y estable, casi infinito y por supuesto de su propiedad. Si vieran las cosas como son, probablemente entrarían en una crisis profunda, porque las tres presunciones antes mencionadas son falsas.

Tendemos a pensar en nuestro planeta como una esfera gigantesca, y a partir de ahí nos permitimos pensar en todo lo demás: el sol, los planetas, quizá los asteroides…después otros sistema estelares, la galaxia. Pensamos de dentro hacia fuera, y lo mejor, lo más sano y clarividente sería mirar desde fuera hacia dentro, y así veríamos las cosas como realmente son, lo excepcional que este planeta, y lo diminuto que es en realidad. Si miramos de afuera hacia dentro, desde la vasta amplitud del espacio, acostumbrándonos a objetos tan inmensos como agujeros negros supermasivos, o quásares supermasivos, hacia un lugar tan (por el momento apacible), como el Sistema Solar, y concretamente a uno de sus astros más pequeños, la Tierra, la cosa cambiaría bastante. Los torpes humanos, como decían en ‘Men in Black’, no están acostumbrados a mirar las cosas desde otra perspectiva que la suya, ni desde otra escala que la suya, y cuando un día caiga un asteroide del cielo, y destruya una ciudad, un país o un continente entero, aún pensaremos que se trata de un mazazo divino.

Frente a las falsas creencias, frente al pensamiento mágico, tenemos la obligación, la misión casi, de mirar a la verdad cara a cara. El ser humano ha conseguido avanzar hasta su situación actual de privilegio no a pesar de las leyes de la naturaleza, sino a pesar de sí mismo. Por cada hombre o mujer con visión y valentía, existen cientos o miles que no quieren dar ese paso que se reclama, que a menudo pone en jaque al status quo, y que aunque no lo pretende destruye precisamente esas falsas creencias y obliga a la gente a abrir su mente. Pero la única razón por la que aún la tienen cerrada no es por incapacidad, sino por cobardía. Por tener el coraje de tener miedo. A esos hombres y mujeres que se atreven a que su mente se abra a cualquier posibilidad concebible por la imaginación se les suele llamar visionarios y por cada uno que consigue alcanzar la verdad hay millones que ven truncado su camino.

Miremos arriba, a las estrellas, en una noche cualquiera. Las vemos todas blancas o pálidas en un firmamento prácticamente negro. Pero en realidad son de todos los colores: azules, rojas, verdes, naranjas, púrpuras, amarillas… En una noche en el campo, con un cielo limpio de nubes, nos parecen incontables. Pero en realidad representan un porcentaje muy pequeño (un 0,000….1%) del total de estrellas de la Vía Láctea, que se estima entre 200.000 y 400.000 millones de estrellas. Una cantidad para la que nuestra cabeza tampoco está preparada. Ni siquiera lo está para la verdadera distancia entre la Tierra y la Luna, mucho menos aún para las enormes distancias del Sistema Solar, que se estiman en más de cien mil veces la distancia entre la Tierra y El Sol, que es de 150 millones de kilómetros. Hemos de entrenar nuestra mente. Ya que no podemos hacernos inmortales y que nuestro cuerpo, incluso del más fuerte y ágil de nosotros, es muy frágil ante cualquier eventualidad, ya que nuestra tecnología actual no nos permite más que acercarnos a algunos planeas o asteroides de nuestro entorno (lo que a escala cósmica es menos que una micra), ya que a lo máximo que podemos aspirar de velocidad es un porcentaje de la velocidad de la luz (que en un 100% es una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, que a escala cósmica es poco más que paso de tortuga), expandamos nuestra mente, evolucionemos, crezcamos de una maldita vez.

Y yo creo que la única forma de hacerlo es encontrar lo que nos une a eso que está ahí fuera, porque a pesar de ser un entorno que parece diseñado para matarnos a poco que asomemos, también es de una belleza, de una grandeza, de una serenidad y una musicalidad pasmosas. Todo parece en armonía en el universo, incluso cuando un agujero negro arrasa con aquello que toca, pues no siquiera la luz escapa a su gravedad. Todo está ahí arriba interconectado. Y si allí lo está, aquí también, pero tenemos que permitir que o esté. Por alguna razón, no estamos en sintonía, ni con la naturaleza ni con el universo. Sólo el arte, en su forma más esencial, lo está. Con él podemos comunicarnos con algo que vibra en el interior de todos nosotros y nos pone en consonancia con esas constelaciones, esos colores que existen en el universo y que nos dejan perplejos por su belleza, por su perfección. Esa es la definición de belleza en el arte: lo que está en armonía consigo mismo y con los demás, aunque sea narrando las vicisitudes y las pasiones de un ser tan imperfecto y descabellado como el ser humano… o quizá precisamente por eso.

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