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Viajeros de la noche – Capítulo decimosexto: Viaje a Tierra Media

Bueno, pues lo hemos conseguido: hemos cerrado temporada y nada menos que con la obra de Tolkien como tema principal de nuestra charla. No está mal para cerrar

Y dirá el lector: ¿para qué cerrar temporada? Ni que estuvierais a sueldo de una compañía que tuviera que hacer balance de costes. No lo estamos, es cierto, pero viene bien coger aire, organizar los contenidos, y prepararnos para dar nuevos enfoques y nuevos impulsos a una segunda temporada. Eso significa que estaremos algunas semanas descansando y dedicándonos cada uno a nuestras cosas, y no tardaremos mucho en volver con nuevos y, espero, desafiantes contenidos.

Yo creo que hemos ido de más a menos, y que a pesar de los inevitables problemas y limitaciones técnicas que pueden surgir a las primeras de cambio, nos hemos desenvuelto muy bien. Pero tenemos que seguir mejorando, tenemos que seguir soltándonos y siendo más nosotros mismos, y tenemos que seguir hablando de cosas que realmente sean interesantes. De momento, hemos dedicado nuestros esfuerzos, aprovechando la llegada de cierta serie de Amazon, al abigarrado y nada sencillo universo de Tolkien, muy especialmente a El señor de los anillos.

Hemos hablado de El Hobbit también, y de El Silmarillion, y de todo lo que hemos podido acerca del autor de origen sudafricano, pero era también obligado hablar del fallido aunque también sugerente y por momentos hipnótico filme de Ralph Bakshi…

Y por supuesto de la cansina (aunque con buenos momentos) trilogía de Peter Jackson…

Y por supuesto el horror de la trilogía de El Hobbit

Y todo esto nos ha dado para un animado debate de más de tres horas y media que, estamos muy seguros, no se hace largo en absoluto. Más bien corto. Lo prometemos. O sea que te animamos a ponerte con él para alegrarte ese viaje a la playa del fin de semana, o ese trabajo coñazo en el que sin embargo te permiten ponerte unos auriculares.

Además he sido bastante bueno y no me he lanzado cual troll a por casi nada. Casi nada. O sea que excusas ninguna. Aquí lo tenéis en Ivoox:

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Y en Spotify, claro:

No tardaremos mucho en volver, si es que el mundo no se va al carajo de una vez.

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Directores enamorados de sí mismos

Otro día debería hablar de novelistas, que hay unos cuantos (aunque pocos tan enamorados de sí mismos como Arturo Pérez-Reverte), pero hoy hablaré de los directores.

Lo cierto es que mucha gente no sabe lo que hace un director. Más o menos tienen claro que en un rodaje es el que manda, que es el que dice «¡acción!» y «¡corten!», y que es el que siempre está enfadado de un lado para otro dando órdenes y haciéndose el importante. Tampoco es objeto de este artículo contar a los profanos qué diablos hace un director de Cine o cuál es su función (creo que alguna vez he escrito sobre algo de eso, por cierto), algo que pueden averiguar viendo no pocos documentales o leyendo no pocos libros. Hoy voy a hablar de algo de lo que nadie escribe en ninguna parte, que yo sepa. Hoy voy a hablar de algo que al mismo tiempo me hace mucha gracia y me causa cierta vergüenza ajena. Hoy voy a hablar de esos divos que creen que cada vez que dicen «¡acción!» y «¡corten!» se creen, y quieren hacer creer, que son algo así como la reencarnación de Miguel Ángel Buonarroti o de Gian Lorenzo Bernini… cineastas que se aman a sí mismos más allá de toda medida, que se miran al espejo y se dicen: «¡Eh, tú! ¡pero qué bueno eres, joder!». Que si pudieran verían solamente sus propias películas desnudos y haciéndose una… Bueno, creo que el lector empieza a hacerse una idea de lo que hablo.

De alguno que otro he hablado ya, pero hoy quiero referirme especialmente a cuatro de los que, de cuando en cuando, algunos hablan casi como si cada cosa que hicieran fuera un culto sagrado: los españoles Albert Serra y Julio Medem, el estadounidense Darren Aronofsky y el italiano Paolo Sorrentino. Estos cuatro directores, que casi parecen primos-hermanos en sus poses y hasta en el estilo (si estilo se le puede llamar) de sus películas, son el epítome de esa clase de cineasta que parece ensimismado de sí mismo, al que no le es tan importante contar la verdad de sus personajes, o incluso contar la verdad de su propia mirada o de su propio mundo, como destacar. Demostrar en cada película, en cada secuencia, en cada plano, lo genios que son. Que el mundo entero les adore (y por mundo entero nos referimos a los cinéfilos y los puristas menos exigentes), eso es lo que quieren como un Homelander cualquiera. Les importa una mierda el Cine, el Arte, el espectador, sus actores, incluso sus películas. Ellos se importan a sí mismos, la farándula, el famoseo, el ser eso que se llama unos enfant terrible, que en las redes les pongan a parir, que en los medios les saquen fotos así como muy molonas y muy cool, y que cada vez que abren la boca suba el pan.

Y no tengo nada en contra del ego. El ego es necesario tanto si quieres crear como si quieres ser un crítico medianamente interesante. Crees que lo que haces vale la pena, o crees que lo que dices está cargado de razón. En caso contrario ni lo harías ni lo dirías. El mundo es lo bastante jodido como para encima andarte tú con muchos remilgos. Recuerdo perfectamente a Paul Thomas Anderson diciendo en los contenidos adicionales que el guion de la magnífica Magnolia era uno de los cuatro o cinco mejores de la historia. Eso es ser un creído, pero para Anderson sus personajes, sus ficciones, son más importantes que él mismo. Ha tardado dos décadas en encontrar su propia voz, y eso no sucedió hasta su excepcional obra maestra The Master, un filme que pocos recuerdan hoy día. Ya lo decía Luis Buñuel: sin lucha no hay conquista. ¿Qué clase de lucha llevan a cabo estos directorcitos que «saben» perfectamente que su nueva película es una genialidad? Directores que jamás evolucionan, que nunca crecen, que jamás presionan sobre sus límites porque saben que cada filme suyo es la cima. Albert Serra ha repetido tanto que él es único y fantástico. Ya no es el personaje que él ha creado para llamar la atención. Él es ya ese personaje desde que se levanta de la cama. Julio Medem poco más o menos. Sorrentino se cree que poniendo una cámara y embelleciendo la luz ya tiene una película y a Aronofsky tanto le da hacer una superproducción comercial que un filme «indie», que él sabe también que es único y que cuanto más arrogante sea su cine de más festivales le llamarán y puede que acabe ganando algún premio de una vez.

Eso es como Umbral, que hasta que no ganó el Premio Nacional de las Letras Españolas no se quedó a gusto y dijo que ahora sí que era un premio con solera, o como tantos otros engendros, de este país o de cualquier otro, que se pasan décadas llamando la atención con poses, con frases grandilocuentes, con películas o novelas muy cuestionables. El ego está muy bien, pero hay que sostenerlo. Paul Thomas Anderson tiene un ego gigantesco, pero ha dirigido The Master (y otras…), James Cameron se creerá el rey del mundo y lo que tú quieras, pero ha hecho The Terminator, Aliens, The Abyss, Terminator 2 y Titanic, por ejemplo. Francis Ford Coppola tiene un ego del tamaño de Marte y Júpiter juntos, pero ha hecho la trilogía The Godfather y Apocalypse Now. ¿Qué ha hecho Serra? Liberté. ¿Qué ha hecho Medem? Caótica Ana. ¿Qué ha hecho Aronofsky? Black Swann. ¿Qué ha hecho Sorrentino? La grande belleza.

Pues eso. ¿Hace falta decir más?

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La formidable The Boys y el chiste que es EEUU

Las cosas no suceden por un azar, ya lo comentaba yo en un artículo previo y es algo de lo que hemos hablado unas cuantas veces en Viajeros de la Noche: los creadores participan del mundo que les rodea, y aunque sea de manera inconsciente responden y reaccionan ante él con sus ficciones. Que una serie como The Boys, por más que esté basada en el cómic de Garth Ennis, haya aparecido en 2019, con los últimos coletazos de la administración Trump, no es ninguna casualidad, y es que al final las obras narrativas importantes suceden porque no puede ser de otra manera que así sea.

Menos aún en plena época de efervescencia creativa de las ficciones seriada, que desde hace un cuarto de siglo no ha dejado de crecer, por mucho que algunos llevan un tiempo certificando su defunción y repitiendo a los cuatro vientos, con presencia de ánimo admirable pero estéril, que ya estamos en una decadencia irreversible. La verdad es que «la burbuja de las series», como se ha venido a llamar a mi juicio acertadamente, no tardará mucho en romperse, pero eso no significa que se acabe la genialidad narrativa que estamos encontrando el algunos títulos, sino que afortunadamente se producirán menos series y será un poco más fácil navegar en esta profusión imparable de ficciones seriadas, y quién sabe si tener la oportunidad de rescatar algunos títulos que quedaron injustamente en el olvido. No es el caso de The Boys, por cierto, que ya es serie famosa y que está marcando, junto con un puñado de creaciones, este comienzo de la tercera década del siglo. Era imposible que una ficción como esta no tuviera lugar en los convulsos y desquiciados tiempos en los que vivimos. De hecho es resultado directo de todo ello.

The Boys recoge el testigo de Watchmen en la idea de un mundo con superhéroes no tan heroicos como pudieran parecer y que resultan muy difíciles de dominar y de controlar por el pueblo e incluso los gobernantes, y lo hace con un descaro, un arrojo y un cinismo que es verlo para creerlo. Adaptación de un prestigioso cómic que trajo verdaderos quebraderos de cabeza a sus editores por el salvajismo de su contenido, el showrunner Eric Kripke (que no había destacado hasta ahora en la creación de series, debo decir) ha obtenido libertad total por parte de Amazon para construir un relato que convierte al famoso título de Alan Moore en un cuento para niños. Puede que en un primer vistazo The Boys pueda parecer frívola, ligera y juvenil, pero en cuanto comienzas a rascar en ella te das cuenta de lo tenebrosa que es. Es una serie que podría haber firmado fácilmente Paul Verhoeven, y no me cabe duda de que sus responsables se han visto algunos filmes del maestro neerlandés, porque viéndola te encuentras con sensaciones similares a las de esa gran farsa trágica que fue la magistral Robocop o la aparentemente descerebrada Starship Troopers

Que cuente la historia de una panda de patéticos perdedores que tratan de derribar la tiranía encubierta de los superhéroes, principalmente eliminando al casi todopoderoso Homelander, vengándose de paso de algunas tragedias personales que los cabrones con poderes han causado en sus vidas, es casi lo de menos. Al final lo que se obtiene es un despiadado retrato de la USA de hoy en día, principalmente de la trastornada era Trump, y es que no hay figura, icono o institución que The Boys no ponga en solfa, ridiculice y finalmente destruya sin compasión: la hipocresía de las grandes estrellas de Hollywood, la mojigata moral estaounidense, la religión, los medios de comunicación, la industria del Cine y la televisión, la industria musical de paso, las drogas, las armas, los políticos, el FBI, la CIA… Cuando los narradores estadounidenses quieren y pueden, son despiadados con el chiste en el que su país se ha convertido hace ya demasiadas décadas, de un modo que por ejemplo en España parece vetado.

The Boys no solamente es una serie sagaz y muy inteligentemente escrita, sino que cuenta con la formidable interpretación de Antony Starr como el narcisista, psicópata, niño grande de Homelander, en la que es una de las grandes creaciones televisivas de todos los tiempos. Su composición mezcla patetismo, luctuosidad, con una fascinación por el mal que en ningún momento resulta maniquea y que evita cualquier camino fácil o trillado para llegar a donde quiere. Ya veremos si sucesivas temporadas (van tres, creo que es una serie que podría funcionar muy bien con cinco como máximo) mantienen el nivel, pero lo hagan o no ahí queda este Homelander de Starr para demostrar por enésima vez que un actor que hasta ahora no había brillado en absoluto por mucho que lo intentara con todas sus fuerzas, de pronto encuentra el papel de su vida, sabe aportar a ese carácter algo de sí mismo y consigue la alquimia. Homelander es el superhéroe psicópata que este mundo narcisista se merece, y no me cabe duda que, de existir, le aclamarían de la misma manera que en la serie.

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Sobre las ✩✩✩✩✩

Siguiendo con el artículo que escribí ayer en el que hice un listado (por siempre incompleto) de lo mejor en Cine europeo y estadounidense (no me considero a la altura para ponerme a decidir lo mejor de Sudamérica, Asia o África…) quisiera tirar del hilo y escribir un poco sobre las enormes diferencias entre un crítico y otro a la hora de colocar las dichosas estrellitas, sobre lo fácil que algunos las otorgan (ni que decir tiene lo fácil que cualquiera puntúa con un 9 o un 10 a una película o a un libro que le gusta mucho) y sobre lo que significan para mí, que para eso estoy ahora dándole a la tecla…

Cuando me refiero a las enormes diferencias entre un crítico y otro, es que es en este tipo de cosas donde más fácil se ve a un crítico (o aspirante a) perezoso o diletante, más que en sus textos, porque es un poco rollo ponerse a contar los adjetivos grandilocuentes, y es mucho más fácil contar estrellitas de una a cinco. Hace algunas semanas mi buen amigo JJ se asombraba de que yo le diera un 7 (es decir, el equivalente a cuatro estrellas, más o menos) a Rogue One, después de las palabras elogiosas que le había dedicado a esa gran aventura. Pero un 7 es una gran nota. Hemos subido de la primera planta (la planta baja, la 0), nada menos que hasta la séptima de un edificio de diez plantas. Está muy bien. Claro, llegar ya a las alturas de la octava planta… la novena… o la décima, eso es una barbaridad. Aunque algunas lo logran.

Creo que gran parte de la gente que se pone a puntuar, ya sea del 1 al 10 (o al 100, que los hay), o de ✩ a ✩✩✩✩✩, es que la mayoría empiezan por el tres y medio como punto de partida. Y no, amigos míos. Hay que empezar por el ✩, o mejor aún por el ⋆, porque estamos pasando de la nada, de lo incorpóreo, a algo material que se forma ante nuestros ojos, y tenemos que verlo crecer desde la base a todo lo que llegue de alto. Partir de la zona media como un gesto de cortesía es hacerle un flaco favor a la obra que se va a juzgar y al criterio de uno mismo. Y algo muy importante que también hay que considerar: no todas las ✩✩✩ son iguales, ni todas las ✩✩✩✩✩. Hay niveles incluso dentro de las jerarquías, y aunque es algo que he comentado en otro artículo no me canso de decirlo.

Ayer puntué con ✩✩✩✩ a las siguientes películas, entre otras:

La Question humaine (Nicolas Klotz, 2007) ✩✩✩✩
Funny Games (Michael Haneke, 2007) ✩✩✩✩
4 luni, 3 saptamini si 2 zile (Cristian Mungiu, 2007) ✩✩✩✩
Entre les murs (Laurent Cantet, 2008) ✩✩✩✩
Anticristo (Lars Von Trier, 2009) ✩✩✩✩
Un prophète (Jacques Audiard, 2009) ✩✩✩✩
Toni Erdmann (Maren Ade, 2016) ✩✩✩✩
You Were Never Really Here (Lynne Ramsay, 2017) ✩✩✩✩
The Tree of Life (Terrence Malick, 2011) ✩✩✩✩
Rango (Gore Verbinski, 2011) ✩✩✩✩
Mud (Jeff Nichols, 2012) ✩✩✩✩
Inherent Vice (David Fincher, 2014) ✩✩✩✩
Gone Girl (David Fincher, 2014) ✩✩✩✩
Knight of Cups (Terrence Malick, 2015) ✩✩✩✩
Rogue One (Gareth Edwards, 2016) ✩✩✩✩
Kubo and the Two Strings (Travis Knight, 2016) ✩✩✩✩

y aunque no voy a cambiar de idea en ningún caso, no todas poseen el mismo grado de audacia, belleza formal o riesgo conceptual. Parece evidente que los filmes de Malick son mucho más suicidas que Mud o Rango, por ejemplo, pero el filme de Nichols es prácticamente perfecto, y la diferencia entre lo que Verbinski busca y lo que encuentra en Rango es prácticamente inexistente. Son grandes películas, esféricas, redondas, cercanas a lo magistral, todas ellas, y aún las más cuestionables del grupo, Toni Erdmann o Un prophète, poseen una personalidad y una originalidad fuera de toda duda.

Claro que para dificultad, las de ✩✩✩✩✩:

The Pianist (Roman Polanski, 2002) ✩✩✩✩✩
Harry Potter and the Prisoner of Azkaban (Alfonso Cuarón, 2004) ✩✩✩✩✩
Children of Men (Alfonso Cuarón, 2006) ✩✩✩✩✩
In Bruges (Martin McDonagh, 2008) ✩✩✩✩✩
Melancholia (Lars Von Trier, 2011) ✩✩✩✩✩
Amour (Michael Haneke, 2012) ✩✩✩✩✩
La vie d’Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013) ✩✩✩✩✩
Saúl Fia (László Némes, 2015) ✩✩✩✩✩
Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry, 2004) ✩✩✩✩✩
The New World (Terrence Malick, 2005) ✩✩✩✩✩
Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) ✩✩✩✩✩
There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson, 2007) ✩✩✩✩✩
I’m Not There (Todd Haynes, 2007) ✩✩✩✩✩
The Girl with the Dragon Tattoo (David Fincher, 2011) ✩✩✩✩✩
The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) ✩✩✩✩✩
Boyhood (Richard Linklater, 2014) ✩✩✩✩✩
Spider-Man: Into the Spider-Verse (Peter Ramsey, Rodney Rothman y Bob Persichetti, 2018) ✩✩✩✩✩

Y a muchos podrá sorprender que alguien que pretende establecer cánones y que intenta hablar a todas horas de narrativa y de arte cinematográfico o literario (es decir que intente ser original y dejar huella en aquella que dice dentro de este marasmo de diletantes que es internet), incluya en este exclusivo ramillete filmes como Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, In Bruges o Spider-Man: Into the Spider-Verse, filmes que muchos puristas que me conozco yo no incluirían ni hasta arriba de farlopa. Pero no me he vuelto loco ni me quiero hacer el iluminado. Estoy convencido de lo que digo, de igual forma que estoy convencido de que The Girl with the Dragon Tattoo es el mejor thriller de la historia del Cine (con permiso de The Silence of the Lambs y Basic Instinct…), de que La vie d’Adèle es uno de los filmes más hermosos y vibrantes de la historia del Cine y de que Saúl Fia es un filme absolutamente único. Esto son las joyas entre las joyas, y aunque a veces pudiera llegar a pensar que alguno de cuatro estrellas debería estar aquí, ninguno de estos podría no tener sus cinco estrellas, que les hacen acreedores de la más alta distinción…

…pero incluso aquí hay niveles, claro. El filme de Cuarón Children of Men es mucho más complejo de hacer que el filme de Cuarón Harry Potter and the Prisoner of AzkabanThe Master o Boyhood alcanzan tan asombrosa unidad de estilo, tan monstruosa capacidad de crear una segunda realidad delante del espectador, tal refinamiento de la puesta en escena, que el resto queda un poco disminuido en comparación. Pero la humanidad que desprende In Bruges o la euforia de Spider-Man: Into the Spider-Verse son en sí mismas únicas, y las sitúan, sin la menor duda, en el más alto pedestal.

Es muy complicado puntuar o valorar, y cuanto más cine ves o más literatura, peor. Por eso es necesario poner un canon en tu vida. Si As I Lay Dying, de Faulkner, posee sin pestañear las ansiadas ✩✩✩✩✩ (pues es quizá la más genial novela estadounidense del siglo XX), entonces muchas novelas que leemos y a las que algunos ponen tres, o incluso cuatro, no se merecen ni dos. Hay que ser honestos. Los creadores de esas obras geniales ya lo fueron al hacerlas, y nosotros tenemos que estar a la altura. Así de claro.

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ARTÍCULOS, CINE

Los más importantes filmes del siglo XXI: Europa y EEUU

Yo creo que allá por 2035, más o menos, estaré bastante de acuerdo conmigo y dejaré de hacer estos listados una y otra vez. Hasta entonces, como bien comprobará aquel que siga mis publicaciones con algo de regularidad, seguiré escribiendo y reescribiendo, alterando, fijando y dando esplendor a mis ideas, que surgen de ver estos filmes una y otra vez, y de tratar de encontrar otros que pudieran reemplazarlos o hacerme cambiar de idea, algo a veces bastante complicado de conseguir… y otras veces más fácil de lo que pudiera parecer.

En esta ocasión incluyo los filmes más importantes, no solamente las obras maestras absolutas, sino también los filmes más notables. La diferencia está en las estrellas, como casi siempre. Los de cuatro estrellas son los grandes filmes, y los de cinco los gigantescos, los excelsos. Fuera de esta lista, como se dice en esa sobrevalorada y fallida película de Spielberg, Schindler’s List, sólo existe el vacío.

Europa

La pianiste (Michael Haneke, 2001) ✩✩✩✩
En construcción (Jose Luis Guerín, 2001) ✩✩✩✩
Ničija zemlja (Danis Tanovic, 2001) ✩✩✩✩
Être et avoir (Nicolas Philibert, 2002) ✩✩✩✩
La caja 507 (Enrique Urbizu, 2002) ✩✩✩✩
The Pianist (Roman Polanski, 2002) ✩✩✩✩✩
Saraband (Ingmar Bergman, 2003) ✩✩✩✩
Te doy mis ojos (Icíar Bollaín, 2003) ✩✩✩✩
Dogville (Lars Von Trier, 2003) ✩✩✩✩
La vida mancha (Enrique Urbizu, 2003) ✩✩✩✩
Les triplettes de Belleville (Sylvain Chomet, 2003) ✩✩✩✩
Harry Potter and the Prisoner of Azkaban (Alfonso Cuarón, 2004) ✩✩✩✩✩
Caché (Michael Haneke, 2005) ✩✩✩✩
The Constant Gardener (Fernando Meirelles, 2005) ✩✩✩✩
Black Book (Paul Verhoeven, 2006) ✩✩✩✩
Children of Men (Alfonso Cuarón, 2006) ✩✩✩✩✩
La Question humaine (Nicolas Klotz, 2007) ✩✩✩✩
Funny Games (Michael Haneke, 2007) ✩✩✩✩
4 luni, 3 saptamini si 2 zile (Cristian Mungiu, 2007) ✩✩✩✩
In Bruges (Martin McDonagh, 2008) ✩✩✩✩✩
Entre les murs (Laurent Cantet, 2008) ✩✩✩✩
Anticristo (Lars Von Trier, 2009) ✩✩✩✩
Un prophète (Jacques Audiard, 2009) ✩✩✩✩
Das weisse Band (Michael Haneke, 2009) ✩✩✩✩
L’illusionniste (Sylvain Chomet, 2010) ✩✩✩✩
No tengas miedo (Montxo Armendáriz, 2011) ✩✩✩✩
Shame (Steve McQueen, 2011) ✩✩✩✩
Melancholia (Lars Von Trier, 2011) ✩✩✩✩✩
A Torinói ló (Béla Tarr, Ágnes Hranitzky, 2011) ✩✩✩✩
No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011) ✩✩✩✩
Holy Motors (Leos Carax, 2012) ✩✩✩✩
Amour (Michael Haneke, 2012) ✩✩✩✩✩
Jagten (Thomas Vinterberg, 2012) ✩✩✩✩
Ida (Pawel Pawlikowski, 2013) ✩✩✩✩
Under the Skin (Jonathan Glazer, 2013) ✩✩✩✩
Nymphomaniac, Vol 1 & 2 (Lars Von Trier, 2013) ✩✩✩✩
La vie d’Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013) ✩✩✩✩✩
Leviafan (Andrey Zvyagintsev, 2014) ✩✩✩✩
Kis Uykusu (Nuri Bilge Ceylan, 2014) ✩✩✩✩
Room (Lenny Abrahamson, 2015) ✩✩✩✩
Carol (Todd Haynes, 2015) ✩✩✩✩
Saúl Fia (László Némes, 2015) ✩✩✩✩✩
Toni Erdmann (Maren Ade, 2016) ✩✩✩✩
You Were Never Really Here (Lynne Ramsay, 2017) ✩✩✩✩
Cold War (Pawel Pawlikowski, 2018) ✩✩✩✩
The House that Jack Built (Lars Von Trier, 2018) ✩✩✩✩
J’accuse (Roman Polanski, 2019) ✩✩✩✩
O que arde (Oliver Laxe, 2019) ✩✩✩✩

Estados Unidos

In the Bedroom (Todd Field, 2001) ✩✩✩✩
Gangs of New York (Martin Scorsese, 2002) ✩✩✩✩
Punch-Drunk Love (Paul Thomas Anderson, 2002) ✩✩✩✩
Mystic River (Clint Eastwood, 2003) ✩✩✩✩
Elephant (Gus Van Sant, 2003) ✩✩✩✩
21 Grams (Alejandro Glez-Iñárritu, 2003) ✩✩✩✩
Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry, 2004) ✩✩✩✩✩
The Aviator (Martin Scorsese, 2004) ✩✩✩✩
Kill Bill Vol. 2 (Quentin Tarantino, 2004) ✩✩✩✩
Before Sunset (Richard Linklater, 2004) ✩✩✩✩
Sideways (Alexander Payne, 2004) ✩✩✩✩
Match Point (Woody Allen, 2005) ✩✩✩✩
A History of Violence (David Cronenberg, 2005) ✩✩✩✩
The New World (Terrence Malick, 2005) ✩✩✩✩✩
Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) ✩✩✩✩✩
Munich (Steven Spielberg, 2005) ✩✩✩✩
Last Days (Gus Van Sant, 2005) ✩✩✩✩
The Three Burials of Melquiades Estrada (Tommy Lee Jones, 2005) ✩✩✩✩
No Direction Home (Martin Scorsese, 2005) ✩✩✩✩
INLAND EMPIRE (David Lynch, 2006) ✩✩✩✩
No country for Old Men (Joel & Ethan Coen, 2007) ✩✩✩✩
There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson, 2007) ✩✩✩✩✩
Zodiac (David Fincher, 2007) ✩✩✩✩
The Assasination of Jesse James by the Coward Robert Ford (Andrew Dominik, 2007) ✩✩✩✩
Paranoid Park (Gus Van Sant, 2007) ✩✩✩✩
I’m Not There (Todd Haynes, 2007) ✩✩✩✩✩
Avatar (James Cameron, 2009) ✩✩✩✩
Inglourious Basterds (Quentin Tarantino, 2009) ✩✩✩✩
Fantastic Mr Fox (Wes Anderson, 2009) ✩✩✩✩
Coraline (Henry Selick, 2009) ✩✩✩✩
The Girl with the Dragon Tattoo (David Fincher, 2011) ✩✩✩✩✩
The Tree of Life (Terrence Malick, 2011) ✩✩✩✩
Rango (Gore Verbinski, 2011) ✩✩✩✩
Mud (Jeff Nichols, 2012) ✩✩✩✩
The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) ✩✩✩✩✩
Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012) ✩✩✩✩
Lincoln (Steven Spielberg, 2012) ✩✩✩✩
Wolf of Wall Street (Martin Scorsese, 2013) ✩✩✩✩
Inside Llewyn Davis (Joel y Ethan Coen, 2013) ✩✩✩✩
Only Lovers Left Alive (Jim Jarmusch, 2013) ✩✩✩✩
Before Midnight (Richard Linklater, 2013) ✩✩✩✩
Boyhood (Richard Linklater, 2014) ✩✩✩✩✩
Inherent Vice (David Fincher, 2014) ✩✩✩✩
Gone Girl (David Fincher, 2014) ✩✩✩✩
Knight of Cups (Terrence Malick, 2015) ✩✩✩✩
Rogue One (Gareth Edwards, 2016) ✩✩✩✩
Kubo and the Two Strings (Travis Knight, 2016) ✩✩✩✩
Manchester by the Sea (Kenneth Lonergan, 2016) ✩✩✩✩
Paterson (Jim Jarmusch, 2016) ✩✩✩✩
Loving (Jeff Nichols, 2016) ✩✩✩✩
Silence (Martin Scorsese, 2016) ✩✩✩✩
Hell or High Water (David McKenzie, 2016) ✩✩✩✩
Song to Song (Terrence Malick, 2017) ✩✩✩✩
Phantom Thread (Paul Thomas Anderson, 2017) ✩✩✩✩
Spider-Man: Into the Spider-Verse (Peter Ramsey, Rodney Rothman y Bob Persichetti, 2018) ✩✩✩✩✩
Doctor Sleep (Mike Flanagan, 2019) ✩✩✩✩

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Viajeros de la noche – Capítulo decimoquinto: Juego de tronos

Pues sí, ya estamos rozando el final de temporada de nuestro podcast Viajeros de la noche, ¿quién iba a decírnoslo?. Y cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando le dije a @SrPurpura que debíamos buscar un nuevo compañero para rehacer el podcast, y ahí llegó el bueno de Carlos y de nuevo fuimos tres charlando y debatiendo sobre lo que nos apetecía. Y hete aquí que hemos llegado al capítulo decimoquinto, nada menos, el penúltimo de esta primera «season». Pero que no se rasguen las vestiduras nuestros inopinados seguidores, ni se alegren nuestros detractores, que volveremos pronto.

Esta vez, siguiendo la estela sobre el género fantasía al que dedicamos el anterior programa, nos hemos propuesto hablar de Juego de tronos, aprovechando además que está a punto de salir su «spin-off», el esperado House of Dragon. Y como a Carlos le apasiona la serie, y como Juanjo no le va a la zaga, pues nos hemos lanzado a comentar sus aciertos y sus zonas grises, sus personajes, sus temporadas, sus mejores capítulos, sus más memorables muertes, sus grandes momentos épicos, que tiene unos cuantos, y en definitiva todo lo que tiene que ver con una serie que ha marcado una época y que es, pese a quien pese, una de las más famosas y de las más importantes de la historia de la televisión. Por ponernos, nos hemos puesto incluso con la tan traída y llevada polémica sobre ese supuesto fallo a la hora de construir el cambio final de Daenerys…

…de hecho empezamos con una pequeña broma, en la que Juanjo me arrebata el trono de VDLN después de matar a Carlos y llega Daenerys y… bueno, lo mejor será que lo escuchéis, porque es todo un drama.

Aquí el programa en ivoox:

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Y aquí, por supuesto, en Spotify

Esperamos que os sea de utilidad para adentraros más en Poniente o para hacer más amenos ese viaje a la playa que todos nos merecemos en pleno infernal mes de agosto. Muchas gracias por escucharnos.

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CINE, ENSAYO, LITERATURA

Contar la verdad

Eso nos decían en la escuela de Arte. Y eso es lo que nos dijeron en las escuelas de Cine (algún que otro profesor, no todos…): contar la verdad. Y tú eso lo escuchas y te parece estupendo y muy bonito, pero no tienes ni pajolera idea de lo que están hablando. Contar la verdad. Suena muy profundo eso, muy verdadero, valga la redundancia. Pero te puedes pasar unos cuantos años preguntándote qué quiere decir realmente eso de contar la verdad.

Pero antes de eso, quisiera ir a otra cosa. A algo que a veces he querido contar aquí y que por una o por otra no he sabido o no he podido hacerlo. A lo que se experimenta en una sala de Cine o leyendo determinados libros que vete a saber por qué pero resulta que son Literatura. Porque igual estás yendo al Cine mucho tiempo o te da por leer muchos libros pero ni ves Cine ni lees Literatura, gracias a todos esos empresarios (hoy mismo los han calificado así en una respuesta directa en Twitter y me ha gustado mucho) como Ken Follett, Alejandro Amenábar, o Juan Antonio Bayona, que parecen decididos a que mucha gente no vea Cine ni lea Literatura, porque ellos no hacen ni una cosa ni la otra, sino algo bien distinto. Pero en determinado momento de tu vida, si eres pertinaz, si tienes un poco de suerte, y alguna que otra neurona por encima de la media, te pones a leer Literatura y te pones a ver Cine y te preguntas en qué se diferencian de esos libros que no son Literatura y de esas películas que no son Cine. Y en mi caso me costó mucho esfuerzo enterarme de algo, y lo hice de la manera más tonta posible.

Simplemente, hará como treinta años, me puse a ver y a leer todo aquello que por lo general la gente consideraba raro, o aburrido, o pedante, o nefasto. Y desde luego me tragué cada patraña de mucho cuidado, pero poco a poco empecé a ver y a leer cosas que de verdad merecen la pena. Y pasó algo más: empezó a gustarme ver y leer según qué cosas. Empezó a suponer una segunda realidad para mí. Me explico. Seguro que algún lector que caiga en estas líneas y que haya llegado más allá del segundo párrafo ha experimentado algo parecido: resulta que hay ciertas películas, de un racionalismo absoluto, de un exacerbado apego al realismo (aunque sean de Sci-Fi o Western), en las que vives dentro de la pantalla. Y esto sucede porque el director ha comprendido dos cosas: en primer lugar que el Cine, como la Literatura, aspira o debe aspirar a crear una segunda realidad para el receptor/espectador, a crear vida; y en segundo lugar que esto se consigue con sonidos e imágenes, con una puesta en escena, con una fotografía y un montaje, con una dirección de actores, que serán cruciales para que esto se lleve a cabo. ¿No reconoce el lector esos filmes en los que los sonidos y el ambiente es tan realista, todo es tan convincente, tan persuasivo, que estás ahí dentro, que no puedes dudar ni por un momento de aquello que estás viendo, que ves a dos personajes yendo por un pasillo o bajando por unas escaleras, y es como si estuvieras en tu casa, como si pudieras oler el aroma que desprende la cocina, como si pudieras rozar con los hombros las paredes de la habitación?

Y en Literatura, lo mismo. ¿No le sucede al inopinado y valiente lector de estas líneas mías que cuando lee determinadas novelas o relatos, los más crudos, los más terribles, los que le causan una herida, que ha accedido algo distinto al típico best-seller, que el autor de turno ha accedido a algo con lo que otros no pueden siquiera soñar, que a partir del racionalismo más absoluto, de la valentía más atroz, ha conseguido contar algo con lo que nadie contaba de una forma que nadie había hecho antes? Puede que el Cine y la Literatura no se diferencien tanto, después de todo…

Y ahora podemos volver al tema de la verdad, a eso de contar la verdad. No voy a decir ahora que lo entiendo de manera plena, pero creo que después de mucho trabajo, de mucha reflexión, de continuas investigaciones, empiezo a entender a qué se referían con ello en la escuela de arte, y me parece que muchos que creen saberlo se equivocan por completo. Contar la verdad no es eso que muchos melifluos dicen de contar tu verdad. Eso no es un juego de palabras, ni un concurso de popularidad. No va de contar tu verdad y de que cada artista cuente su verdad. Va realmente de contar la verdad acerca de todo. Una verdad incuestionable, absoluta. Porque el arte trabaja con absolutos. No va de interpretar un concepto o una metáfora, aunque ciertamente algunos son interpretables. Va de que la mayoría de las obras maestras, las obras geniales o las obras de valor no son interpretables. Tal cual: no son interpretables. Son lo que son, y en tu mano está ponerte a su altura y ser capaz de ver lo que te están mostrando. Si el arte fuera de cada artista contara su verdad entonces el arte no valdría para nada. El arte no es opinable, ni es cuestión de gustos, filias o fobias. El arte es una actitud y un compromiso. Tampoco tiene que ver, lo de contar la verdad, con contar tu vida, como tantos artistas hacen, que se ponen a hacer autobiografía. Nada de eso: consiste en un racionalismo doloroso, en ver el mundo y el ser humano tal como es, y en mostrarle la verdad de todo eso al espectador. Parece sencillo y no lo es. Pero es lo único para lo que vale el arte.

El mundo en que vivimos en una mentira constante, es un hatajo de patrañas que nos contamos unos a otros. Decía Marlon Brando que todos fingimos todos los días de nuestra vida. Y es verdad. Fingimos ser lo que no somos hasta que olvidamos si alguna vez supimos nuestra verdadera identidad. Tenemos el mundo exterior, en el que tienes que ir a trabajar, pagar tus facturas, tratar de enfrentarte a la idea de que un día enfermarás y morirás, o que simplemente morirás, probablemente muerto de miedo y sin saber si la vida ha tenido el menor sentido o aliciente. Y dentro de todo eso, para que estés más cómodo en la olla a presión de tu vida, te cuentan un montón de mentiras, por todas partes, todo el mundo, acerca de la realidad, de tu realidad, de la realidad de todos. Sin embargo el arte tiene algo con lo que no cuentan tantos creadores de mentiras, su arma infalible, su bomba secreta:

La ficción.

Es mediante la ficción que el arte, sobre todo el narrativo, puede contarte la verdad. Y no es una verdad, casi nunca, placentera o divertida, sino más bien cruda. Pero es todo lo que tenemos, esa verdad. Con esa verdad somos un poco más libres (tampoco mucho, no vayamos a volvernos locos), un poco más lúcido (ídem), un poco más nosotros mismos. Todo lo que hay fuera no es más que un abismo de mentiras. Pero con el arte obtenemos la verdad. Y no es la verdad de cada uno, ni la vida de nadie en concreto. Es la verdad de todos, y resulta bastante esperanzador que algunos estén locos por la ficción precisamente por eso: porque cuenta la verdad. En la ficción no cabe la mentira. Sus reglas son estrictas. La ficción es un juego, un tablero, en el que la mentira, filosóficamente hablando, está desterrada. Y eso es reconfortante para todos los que nos pasamos la vida buscando buenas ficciones o volviendo a ellas.

A eso se referían los varas de mis profesores cuando decían que tenemos que contar la verdad. Y voy a hacer exactamente eso a partir de ahora: contar la verdad.

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ARTÍCULOS, CINE

La genialidad de cierto Cine Estadounidense

Esto no es una retractación del intenso artículo que publiqué ayer, más bien una disertación complementaria. Lo que dije ayer lo sigo manteniendo y posiblemente lo mantenga el resto de mi vida, nadie me ha amenazado en Twitter ni en comentarios anónimos, y no tengo dos personalidades que digan y piensen cosas opuestas. Por eso digo «cierto» Cine Estadounidense.

Porque a pesar de que EEUU es un chiste de país, a pesar de que sus élites muy probablemente acaben con la vida en el planeta tal y como lo conocemos por sus ansias de poder y por su espíritu belicista, Estados Unidos, como todo gran imperio, ha contado y sigue contando con verdaderos genios en las artes, especialmente en las narrativas (pues convendremos que en Música, Pintura y Escultura los pobres no tienen mucho que aportar…), y muy especialmente en Literatura y Cine. Y si en la primera han contado con gigantes de la talla de Walt Whitman, Herman Melvill, Edgar Allan Poe o William Faulkner, en la segunda ha habido algunos que han luchado contra el status quo, e incluso los hay que han triunfado sobre él… al menos durante un tiempo. Porque cuando quiere el Cine Estadounidense es muy crítico con la sociedad y las élites de su propio país. Quizá uno de los que más, y cuando sus creadores gozan de libertad, pueden hacer mucho daño y lograr levantar obras geniales.

En lo referente al Cine, el primero de todos fue Orson Welles, pero Welles nunca tuvo verdadero poder en Hollywood, sólo tuvo poder en lo que tuvo que ver con su primera película, Citizen Kane (1941), en la que tuvo algo que muchos no tuvieron en toda su carrera: el corte final. No les gustó el jovenzuelo bocazas y se lo cargaron antes de que pudiera dar mucho por saco. Su alumno más aventajado, Coppola, sí ostentó ese poder, y con ese poder consiguió el que en mi opinión es el Quijote del Cine, la trilogía El Padrino, y la que en mi opinión es la Divina Comedia del Cine, Apocalypse Now. Nadie, en toda la historia del CE ha sido más crítico, ni más sombrío, respecto a las instituciones, la política exterior, la corrupción endémica de esa sociedad como Coppola. Por eso aprovecharon el desatino de One from the Heart para cargárselo. Lo malo para ellos es que no se lo cargaron del todo, y aún ofreció la genialidad del cierre de su trilogía y alguna obra notable más. Coppola es el espejo en el que todos los cineastas combativos han de mirarse porque nadie ha conseguido un relato tan pesimista sobre el interior de los Estados Unidos…

Y nadie ha hablado con tanta ferocidad sobre la calamitosa política exterior y el belicismo de los Estados Unidos…

Y si la primera es El Quijote del Cine, y la segunda su Divina Comedia, tenemos que irnos con otros creadores (esta vez en peligrosa colectividad) y a otro medio para hablar de la que en mi opinión es La Odisea del Cine, aunque en formato televisivo, la magna The Walking Dead, que bajo mi punto de vista es, junto con las también geniales The Sopranos, The Wire, Deadwood y House, el relato más crítico con una sociedad desquiciada, suicida, que vive encarcelada en un entorno de western en el que ellos se sienten, patológicamente, más ellos mismos…

Y hay otros, como Terrence Malick, David Lynch, Martin Scorsese, el prometedor Sam Levinson… que cuando quieren y les dejan nos enseñan otro Estados Unidos, uno que no sale en ese Cine mentiroso y falaz que tantas patrañas nos ha dado y gracias al cual nos hemos tragado las mentiras más espantosas de la historia contemporánea.

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ARTÍCULOS, CINE

Las infinitas mentiras del Cine Estadounidense

Algunos van a pensar que yo odio Estados Unidos, después de unos cuantos artículos contra su espíritu invasor y belicista, y de otros como este, en el que voy a hablar un poco de las infinitas mentiras que nos han colado. Pero nada más lejos, sólo odio la manipulación, la mentira y la supremacía como forma de vida, y tal como explicaré en el próximo artículo no siempre EEUU es así…

La propaganda nazi duró unos pocos años. No llegó a dos décadas de existencia. Les sirvió para poner patas arriba al continente entero, para iniciar el segundo suicidio en veinte años de las élites alemanas y para cargarse a millones de personas. Aprendieron de la mejor de todas: la de Napoleón, que ciento treinta años antes ya la lió parda en Europa, convirtiéndose en el primer genocida de la historia contemporánea. Pero hete aquí que llevamos mucho más tiempo con otra propaganda, aún más sutil, más mortífera y más global: la de los EEUU de América como un país heroico, libertador, conquistador y con un Destino Manifiesto. La de un país-continente (se llaman América a ellos mismos, como asumiendo que el norte y el sur es suyo por derecho) que va a llevarnos, tiempo al tiempo, a todos al apocalipsis. Ya he escrito alguna que otra vez sobre el imperio más destructivo de la historia de la humanidad. Ahora vamos a hablar un rato sobre su Cine.

Desde que era un chaval, cualquier cinéfilo de medio pelo, de esos que dicen que adoran el Cine pero lo único que hacen es ver las películas de un solo país («críticos» incluidos, como Pumares o Boyero) se ha pasado el día dando la turra conque el «Cine Americano» (en lo sucesivo CE, de Cine Estadounidense) es el mejor del mundo, porque cuando no tiene los mejores actores y directores, tiene las mejores historias, y cuando no los mejores presupuestos. Que el CE es el más épico, el más espectacular, en el que todos se fijan, el más divertido y el que más funciona a la hora de disfrutar de la «magia» de ver el Cine. A su lado el Cine español es cutre, y el de Europa es para gafapastas. Cualquiera que esté leyendo esto y tenga un poco de memoria sabe que lo que estoy diciendo es verdad. Además allí tienen el «género de géneros», el Western, tienen a John Ford y a John Wayne y un star-system, y los Óscar, y Hollywood y todo el mundo quiere trabajar allí y hacerse rico y famoso. Por supuesto que sí. Y ahora que no está Ford está Eastwood, y cuando ya no esté Eastwood estará otro parecido, otro muy viril y muy «americano» que le enseñará al mundo cómo se hace Cine…

Bien. El Cine es la maquinaria de propaganda más importante de la historia de la humanidad, y esto las élites de EEUU lo han entendido desde el principio. No en vano las dos potencias que más duro le dieron al Cine para exaltar sus ideales, y que más invirtieron en grandes estudios desde sus albores, fueron la Alemania pre-nazi y los EEUU. Sabían bien lo que se jugaban: ni más ni menos que la atención y el favor del público y la opinión y el gusto de la masa acrítica. La Alemani Nazi se fue a la mierda… pero quedaron los EEUU, que desde los años treinta (y ya van casi cien años de nada…) se ha dedicado a expandir su mercado potencial de películas al mundo entero, mientras acoraza el suyo propio. Recuerdo bien ese deleznable documental (por llamarlo de alguna manera) llamado The Movies (no The American Movies, no… The Movies a secas) en el que solamente hablaban de su Cine y de su gente. Y, oye, tampoco es plan de negarles la mayor. Allí han trabajado y siguen trabajando extraordinarios cineastas, y allí han conseguido grandes logros narrativos y conceptuales (de los que hablaré en ese futuro artículo arriba mencionado), pero allí se han fraguado décadas de mentiras acerca de los dos siglos y pico de existencia de ese «país» que no es un país sino más bien un chiste en demasiadas ocasiones llamado EEUU.

Y no me refiero al hecho de que las típicas películas de Hollywood acaben bien, con los buenos venciendo a los malos, con el clásico beso final del héroe y la chica desvalida… tampoco me refiero a esas peleas en las que de un trompazo les rompen una silla en la cabeza y siguen tan campantes, de esos tiroteos en los que un tiro en el hombro «es un rasguño» y que se operan con un trago de whisky… y tampoco a esas películas de polis en las que investigan muy bien, o en las que el héroe policía es un poco borrachuzo y un poco sinvergüenza pero tiene el corazón noble y es valiente y sacrificado. No me refiero a nada de eso. Todo eso es pecatta minuta. A lo que me estoy refiriendo es al inmenso esfuerzo que miles de cineastas y técnicos y productores han llevado a cabo durante décadas para pintarnos un país que no existe, para ocultar un pasado escandoloso, para convertir sus genocidios y sus masacres en valientes aventuras, para hacer pasar por verdades incontestables las más grandes mentiras que ninguna industria, ni siquiera la editorial, ha contado jamás a la humanidad. Y el que piense que todo eso es casual y producto de un exacerbado pundonor que lo piense dos veces. Esto está perfectamente orquestado y preparado para que nos traguemos lo intragable, y para que los tontos europeos se crean que América es el país de las oportunidades, de la hamburguesa, de la felicidad, la coca-cola y la libertad sin límites.

Resulta que América del Norte la descubrieron y la colonizaron los exploradores anglosajones (con raíces quizá holandesas, irlandesas o alemanas), que los nativos originales eran una panda de animales a los que les encantaba arrancar cabelleras para divertirse, que los muy nobles y valientes colonos instauraron una de las primeras democracias liberales en el mundo, que los padres de la patria eran grandes pro-hombres dueños de visión de futuro y de humanidad sin límites, que la I y la II Guerra Mundial la ganamos gracias a esos valientes soldados, y que su policía es la más preparada del mundo y la más incansable luchadora contra la corrupción.

Ni una sola verdad, ni siquiera media verdad, esconde la frase anterior.

De todos los géneros, los que más y mejor han cultivado los gringos son el Western, el Bélico y el Policíaco (o Noir), aunque en realidad su Western tiene mucho de Género Histórico, y su Noir mucho de Western. No es casualidad tampoco. Saben bien que mintiendo sobre el pasado (con el Western), mintiendo sobre las guerras (con el bélico, obvio), y mintiendo sobre el presente (con el Noir), lo tienen más fácil. Y además mienten maravillosamente, con actores y actrices atractivos, con un gran aparato de producción, con esa forma de contar mentiras tan anglosajona, tan shakesperiana, consistente en epatar al espectador y colarle gato por liebre. Así, nos hemos tragado que los nativos americanos eran los malos, y que los invasores blancos y genocidas que les enviaron a reservas a morir de hambre (y que cuando se escapaban para no morir demostraban ser las bestias que eran) eran los buenos. Nos hemos tragado que la II Guerra Mundial la ganaron ellos, a pesar de que entraron en la guerra solamente por Pearl Harbor y que lo que hicieron fue más lucrarse que luchar. Y nos hemos tragado que allí la policía y la corrupción son antítesis mientras no dejamos de ver en la tele cómo la policía acribilla a jóvenes negros desarmados y se niega entrar a un colegio en el que están masacrando a niños de ocho años…

Es para quitarse el sombrero. Y ahora nos han hecho creer que Rusia son unos invasores, después de querer ellos poner bases nucleares y tropas a tiro de piedra de Moscú, con el beneplácito de la criminal OTAN, anulando la capacidad de la ONU para hacer nada relevante. Los pocos cineastas que han plantado cara al status quo han sido aplastados y ninguneados, y ahora vamos a tener que tragarnos que probablemente iremos de cabeza a la III Guerra Mundial porque los rusos son muy malos y ellos, los cándidos estadounidenses de ojos azules, con su maravilloso CE, con sus armas químicas y con su beligerancia por todo el globo, son los ángeles que se enfrentarán a los diablos… justo antes de que antes presione el botón y nos vayamos todos a la nada más absoluta. Lo han hecho a la perfección.

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ARTÍCULOS, CINE

La (pseudo)crítica que no sirve para nada

Es sorprendente la cantidad de gente que quiere ser crítica de Cine o crítica de Literatura. Se diría que es algo vocacional, hasta que acabas indagando, acabas rascando un poco más, y te acabas dando cuenta de la verdad de las cosas. También es sorprendente la cantidad de gente que ha estudiado en una escuela de Cine y que se pone a hablar de cosas de Cine, y que no tiene nada que aportar, que por más que dice cosas no aprendes nada ni te sirve para nada.

Hay gente, muchísima, que se pasa la vida despotricando contra los críticos, dejando claro que para ellos/as son una panda de sabiondos, unos culturetas, unos pedantes, unos listillos que van por ahí creyéndose mejor que los demás, creyendo que ellos tienes razón y los demás, que están armados de razones y los demás son tontos. He llegado a conocer a gente que trabajaba en blogs de cine y cosas similares que decía lo mismo de los críticos que los típicos garrulos de barra de bar, de camiseta de fútbol para ir de copas y de pegar perdigonazos a perros desvalidos. Les he oído con estas orejas y les he visto con estos ojos ponerse ciegos y sordos de furia cuando se intenta razonar con ellos, decirles que a lo mejor los críticos, alguno de ellos, puede que por casualidad, sepan algo de lo que están hablando y que el gusto de cada cual no tiene nada que ver con eso. Les he visto ponerse violentos, les he visto estar a punto de sacar la navaja y liarse a trompazos.

Luego, muchos de esos son los que están dispuestos a sentarse en la silla de crítico en cuanto les ponen un ordenador o un móvil delante, pueden darse de alta de manera gratuita en algún foro, y se les da la oportunidad de escribir lo que piensan. Se les olvida todo lo de antes, se les olvida lo que detestan a esos «sabiondos de mierda», y se ponen a escribir una (pseudo)crítica y ya se sienten con autoridad para hablar de cualquier cosa. Luego están los que en algún momento de su vida han estudiado algo de Cine, o algo de arte, o han hecho algún corto, o han visto muchas películas y se ponen a escribir sobre Cine con mucho entusiasmo, y te hablan de semántica, y de planos, y de avances técnicos en la historia del Cine, y lo mismo vale lo que dicen ellos que lo que dicen los otros antes mencionados, porque no aprendes absolutamente nada ni te sirve para nada. Claro, luego muchos que no tienen ni pajolera idea les leen y se piensan que están descubriendo el Mediterráneo, pero valdría lo mismo que se pusieran a leer un libro en cirílico, porque salen de la fiesta igual de ignorantes que entraron.

El Cine no es semántica ni lenguaje

Y si de alguna forma lo es, lo es en un grado muy menor, igual que sucede con la Literatura y con la Música. No diríamos que la Literatura es un lenguaje ni que la Música es un lenguaje, sino una forma de expresión artística. El problema del Cine es que opera con realidades… ¿Cómo va a ser una realidad un conjunto de símbolos o de signos? En la realidad existen símbolos y existen signos, claro que sí, pero reducir la experiencia vital a un conjunto de signos, reducir una película a pictoricismo, es hacerle un flaco favor.

Porque el Cine no es un conjunto de cuadros

Y eso a pesar de lo que piensan algunos, y de lo que insisten en ello. Si el Cine es un conjunto de cuadros en movimiento, y la relación que se establece entre esos cuadros, y el simbolismo de una sombra o de un reflejo en un espejo, entonces el Cine es muy poca cosa. Por supuesto que la semántica es un aspecto importante, y el cineasta puede comunicarse con el espectador a través de ella, pero no lo es todo, ni es lo único, como parece que tantos se empeñan en ver. Valorar una película por los signos más o menos velados, más o menos ocultos que se perciben en la composición de un plano, es tener una idea roma, barata, prosaica del cine.

Porque si se quiere hacer una crítica hay que llegar bastante más lejos

Porque el Cine tiene algo de Literatura, de Teatro, de Fotografía, de Música, de Arquitectura y de Pintura. Estaría bien saber de todo eso, y no solamente lo que son o dejan de ser… por si queda alguna duda llevamos seis párrafos intentando decir lo que es el Cine. Pero el Cine no es solamente la mezcla de otras muchas artes, que puede que lo sea, sino que se supone que es un arte narrativo. Estaría bien saber de narrativa, y no solamente que se escribe con uve y con dos erres. El Cine es un arte en movimiento y en perpetuo cambio, así que habría que aceptar que mucho de lo que se ha hecho ya no sirve para nada, y que mucho de lo que se hace intenta emerger de esa nada para conseguir algo. Saber de historia del Cine está bien, pero no podemos podemos volvernos locos con el mal llamado Cine Clásico o no aprenderemos nada.

El Cine, como arte narrativo, intenta narrar algo, erigirse como una segunda realidad, con bulto y consistencia, con coherencia, con credibilidad. Como arte poético ha de aspirar a una abstracción del conocimiento, del racionalismo, de la existencia humana. Como arte figurativo y musical ha de aspirar a una armonía, a una construcción expresiva.

No tiene el menor sentido ponerse a valorar una película de Godard como si fuera una de Clint Eastwood y viceversa, como no tiene ningún sentido pretender que la gente aprenda de Cine hablando del simbolismo o de la metáfora que representa un plano. Si estamos en un momento crítico del Cine en todo el mundo es en gran parte porque los (pseudo)críticos de Cine (y de Literatura, y de Música) proliferan, y de que las personas más inteligentes, las más preparadas, las más valientes, son acalladas, son marginadas y nadie quiere escucharlas ni leeras. Así de sencillo.

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