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Qué es narrativa (Literatura, Cine) y qué no es narrativa (videojuegos)

Más que buscarlo podría decir que el tema me busca a mí. Basta abrir la boca sobre narrativa en todo tipo de reuniones, debates o redes sociales, y ya me están asaltando norte, este, sur y oeste todo tipo de personas, de formación y oficios muy dispares, que enseguida comienzan a disparar ideas al respecto, a decirme que no tengo ni puta idea, o que no estoy de acuerdo o que esto o que lo otro, sobre todo con el dichoso tema de los videojuegos. Y yo, como no me dejo avasallar, pues siempre contesto y ya está el lío armado. Al menos hablo siempre desde el respeto, aunque algunos no lo merezcan mucho…

Vamos a ver lo que es narrativa y lo que no es narrativa. Pero no lo porque lo diga yo, sino porque las cosas son las que son y las que se llevan estudiando y desarrollando a lo largo de los tiempos. Esto no es un tema de opinión, tal como muchos parece que están empeñados en verlo, sino hechos. Veamos:

  1. La Narrativa es un género literario, esencialmente, en contraposición a la lírica o el teatro. Pero si salimos del ámbito de la Literatura, la narrativa es un texto en palabras o un relato hecho de imágenes y sonidos, que relata hechos ficticios protagonizados por uno o más personajes.
  2. Es decir que para que sea narrativa necesita de personajes y de un sustrato de ficción.
  3. Para que sea narrativa necesariamente ha de disponer de un narrador o punto de vista.
  4. La narración implica una obligatoriedad del paso del tiempo. Es decir: es un tiempo capturado, de A a Z, siendo A un momento material/psicológico determinado y Z otro momento material/psicológico completamente distinto al anterior.
  5. Necesita de un autor.
  6. Necesita de un público.

Así, a grosso modo, no parece muy complicado. Vamos a desgranar algunos de los conceptos aquí nombrados:

–La figura del narrador casi es la más importante, tanto en Literatura como en Cine (y series). Puede ser en primera persona, segunda o tercera. Puede ser omnisciente (lo conoce todo), equisciente (conoce algunas cosas), deficiente (conoce muy poco), poco fiable (miente), múltiple (son varias voces narrativas las que narran los hechos) y algunos tipos más… La construcción del narrador es esencial en una novela y también en una película. Se dice que la cámara es una suerte de narrador y es cierto, pero también podría decirse que un personaje hablando en off es narrador, o que al coger la cámara el punto de vista de un personaje se convierte en narrador, y todo eso es cierto. Todo esto para definir el crucial aspecto del punto de vista, que es el que moldea y perfila las obras narrativas hasta en sus más mínimos detalles.

–El concepto de ficción, que ha traído de cabeza a los más grandes pensadores de todos los tiempos. La ficción podría decirse que es, para no alargar mucho el tema, un tablero de juego con las reglas perfectamente cerradas sobre sí mismas, que no admiten ningún tipo de variación, alteración u omisión, porque además son parte de la estrategia narrativa, del tono poético y del estilo final de la novela o película. La ficción se erige así en una segunda realidad, que ha de ser tan coherente (con sus reglas internas) y tan verosímil como la propia realidad nuestra. Esto significa que la narrativa, como todo arte, tiene como objetivo final crear la vida con otras reglas, una vida tan vívida (valga la redundancia) como la nuestra, o puede que más, porque todo lo que aquí es relativo, en una ficción puede (y debe) ser absoluto. En otras palabras, la vida es un absoluto, la muerte es un absoluto, el amor, el odio, el deseo, la violencia, la historia.. y al confrontar esos absolutos con nuestra vida real podemos entender mejor qué necesitamos de ellos.

–Los personajes como definidores de una forma de pensamiento. La del creador, claro. Tanto en Cine como en Literatura. Los personajes son una extensión de la personalidad del autor, y por ello se convierten en las pistas más fiables (cuando hablamos de una ficción poderosa, claro) de sus intenciones y sus ideas. Son algo así como el camino de miguitas que nos lleva hasta la conclusión final. Y algo más, claro: lo que necesitamos para vernos reflejados en esa ficción. Los personajes han de estar tan vivos, ser tan creíbles y albergar una encarnadura tan real como una persona fuera de la pantalla o de las páginas de una novela. Y esto es uno de los aspectos más complicados del complejo arte de la narración. Se requiere de un narrador experto para conseguir que los personajes sean algo más que meras sombras o clichés andantes. Tanto es así que hay grandes narradores que no consiguen hacerlos realmente creíbles.

Ahora. ¿Por qué los videojuegos no son narrativa, o si lo son es una narrativa de muy pobre alcance?

Para certificar la existencia de un ser humano no basta con tener un 1% de su ADN. Tampoco un 50% o un 60%. Para ser realmente un ser humano es necesario tener el 100% del ADN humano. Con estas cosas ocurre lo mismo. Puedes tener un tanto por ciento de narrativa, pero no lo suficiente como para considerarte tal. Porque:

–Los juegos en vídeo, al permitir al jugador interaccionar, rompen el pacto ficcional, erosionan la ficción que se supone posee una narración, y crean otra cosa, no narrativa.

–El narrador es ahora el jugador (en teoría, que no en la práctica), que puede hacer o deshacer a su antojo.

–El personaje creado es ahora el jugador, que puede hacer que ese personaje actúe de forma diferente si él lo quiere.

Es evidente que en muchos juegos hay personajes, o intento de, se construye una ficción, o intento de, pero por su propia naturaleza, que es la naturaleza de los juegos, rompe la unidad imprescindible de una obra narrativa, a la que además se le exige una solidez, una fuerza interna, que por lo visto no se exige a los videojuegos, en los que prima sobre todo la libertad (una libertad de nuevo sólo aparente). Claro que muchos juegos cuentan historias, o pequeñas historias, pero contar una historia no es narrativa necesariamente. Para que los VJ fueran narrativa necesitarían que el jugador lo fuese, y que fuese el creador el que lo crease mientras lo juega, pero siempre desde la ficción. Esto es imposible, claro está, fuera de la Literatura y el Cine.

Y todo esto no son opiniones. No son ideas mías. El arte requiere de un pensamiento científico puro, que examine sus partes y establezca las diferencias. Ni una novela es una película, ni un cómic es una novela ni un videojuego es narrativa. Todo esto no es ideológico. No son preferencias. Es constatar las cosas como son.

En este mundo posmoderno, en el que el autor ha muerto (igual que Dios), en el que el arte puede ser hasta el modo de hacer la cama o lo que hace un tiktoker, que se considere a los videojuegos narrativa, o incluso arte, no es sorprendente. Pero la verdad cae por su propio peso. Si la ficción muere, la libertad personal muere con ella. Es para eso para lo que sirve la ficción, para hacernos libres en un mundo, en una existencia, en el que la libertad carece de sentido operatorio. No somos libres, ni podemos, ni debemos serlo. Salvo en la ficción. Y si no existe la ficción, ni la narrativa, sino una serie de eventos informáticos en tres dimensiones, mundos digitales en los que poder perdernos y aislarnos de la realidad, perderemos esa isla de libertad que es la verdadera ficción, la verdadera narrativa.

Y algunos no estamos dispuestos. Así de claro.

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Los 7 tipos de cinéfilos que existen

Porque no son todos iguales, ni muchísimo menos. Se supone que a todos les une lo mismos: la pasión por el cine. ¿Pero qué significa eso de «la pasión por el cine»?. Poca cosa, en realidad. Eso de pasión en ciertos casos es muy relativo. Lo que la mayoría de la gente siente o tiene es pasión por uno mismo, por sus propios gustos y apetencias, que en teoría nadie les puede arrebatar. Pero supongo que ese es otro tema

Algunos dirían que los hay de todos los tipos y colores, pero yo, que soy así de generoso, voy a agruparlos en siete tipos principales, para no volvernos locos, y esto siempre teniendo en cuenta que para mí un cinéfilo es, en teoría, algo más que una persona que se pasa la vida viendo películas: es alguien que conoce el medio desde una base más o menos sólida hasta un verdadero experto en todo lo relativo a lo audiovisual.

Empecemos… y por cierto que hay personas que pueden ser de más de un tipo a la vez…

1: El purista tedioso

Estos son los cinéfilos que abogan por una supremacía absoluta de cierto tipo de cine, frente a todos los demás. Para resumir un poco su punto de vista: está el cine como obra de arte, y luego todo lo demás, que en general es basura. Y en el caso de no ser basura, quizá se salven por algunos aspectos en los que nadie más se fija salvo estos puristas. Suelen defender, a capa y espada, a directores marginales que pueden ser interesantes, pero que casi nadie conoce (si en algún momento empiezan a ser conocidos, u obtienen cierta aceptación popular, enseguida cambian de ídolos), o bien suelen defender cinematografías extremas como las únicas salvables, ya sea la iraní, la mozambiqueña o la andorrana, o bien suelen defender etapas del cine como las más «puras» y preciosas, como por ejemplo el mudo. Este tipo de cinéfilo no está preparado para asumir una multiplicidad de probabilidades, un descubrimiento de opciones artísticas o expresivas. Para ellos el cine es una sola cosa, la que ven a través de un único prisma, y lo que no se adhiere a eso sencillamente no es cine.

2: El hollywoodiense americanito

Este es un poco el opuesto del anterior, aunque a su manera también son puristas. Pero en este caso de algo muy concreto: el cine de Hollywood. Y cuando digo el cine de Hollywood me refiero a ese tipo de cine espectacular, repleto de efectos especiales, de estrellas, de persecuciones de coches, ese trasnochado y musculado «american way of life» que tantas películas de colegas, de polis, de tiros, de americanadas, nos ha dado. Estos cinéfilos son los que no verían una película iraní, o italiana, o incluso española, ni a tiros. Ni aunque les pagasen por ello. Y si la ven es por error, y desde luego les parece un bodrio, porque el cine está para entretener, para pasarlo bien mientras comes palomitas con tus colegas, no para pensar, ni para «ralladas» de supuestos artistas que van de exquisitos, ni para pedantes gafapastas que se creen que hay cine por encime de ese que a ellos les gusta, por el cine es lo que ellos pagan que sea, y punto final, se acabó la discusión.

3: El amargao

Este es el clásico cinéfilo que en realidad no disfruta el cine. Que lo ve pero no le gusta, no le encuentra nada interesante en un 99,99% de las ocasiones. Es el elitista por antonomasia, y no le convencen ni por un lado ni por otro, porque todo es una puta basura salvo las pocas cosas que, muy de cuando en cuando, alguien verdaderamente elegido le pone delante de los ojos. Ni siqueira se le puede considerar un elitista, porque ni hay élites ni las busca, ni las necesita. Lo que necesita es una joya, una luz en las tinieblas, que le quite el amargamiento aunque sólo sea durante dos horas, porque el amargamiento volverá. Yo he conocido unos cuantos de esos, y puedo jurar que han visto más películas que yo y que muchos otros. Pero para lo que les sirve más les valdría ponerse a mirar por la ventana.

4: El tragaldabas

Estos, como su mismo nombre indica, se lo tragan todo y lo aman todo y tienen orgasmos prácticamente con todo. Ya puede ser un Fellini o un Bergman, una infame película de animación coreana o una película de serie Z hecha por su primo en un fin de semana, que para él todo eso es arte. No distinguen, ni hacen ascos a nada, y en su casa poseen la friolera de 55.000 películas entre Beta, VHS, DVD o Blu-ray, así como cientos de pirateados, y recuerda cada puto título, y es capaz de zamparse treinta y cinco películas sin pestañear en un fin de semana. Se les reconoce sobre todo por su hablar arrastrado, sus ojos inyectados en sangre y un poco salidos de las órbitas y por un ligero temblor en las manos. Normal, no puede ser sano tragarse tanta bazofia.

5: El de los clásicos estadounidenses

Estos son quizá los más habituales, los más pelmas y los menos divertidos (aún menos, incluso, que los recalcitrantes de los puristas). Con ellos la cosa es simple: por una parte está el cine estadounidense de los años 30, 40 y 50, por otra parte todo lo demás. Es un coñazo hablar con ellos porque no aceptan otra cosa, ni se puede razonar con ellos. Todo es Ford, Hitchcock y Wilder. Si pudieran, se pasarían la vida poniéndose en bucle sus filmografías. Más de uno tiene pósters de esos tres tipos en su despacho. Saben que después de ellos, el cine puede durar 300 años más que no va a conseguir llegar a esa cumbre en su vida. Y los pobrecitos de los autores europeos… de verdad, qué pringados. ¿Quién puede competir con un western de Ford, una de suspense de Hitch o una comedia de Wilder? Absolutamente NADIE.

6: El trash

Estos me caen bastante bien. Saben lo que quieren y lo tienen bien delimitado y no dan mucho por saco. A estos lo que les mola es lo intenso, lo hardcore, lo que los estómagos sensibles no están dispuestos a ver ni en pintura. Porque ese el verdadero cine: el gore, el salvaje, el porno, el glam-rock… nada de dramas ni de película de prestigio. Eso es para blanditos. Lo que de verdad es lo más es ese tipo de ficción en la que apartarías la mirada cada cinco segundos. Experiencias extremas. Y para relajarse, de cuando en cuando, quizá algo de serie B, pero la más cutre y estúpida posible, tipo Russ Meyer. Sólo un rato, ¿eh?

7: El inteligente

Estos son los que leen libros, además de ver películas, los que escuchan música, los que no tienen prisa, los que no conceden una importancia capital a la semántica, ni a nada en particular, los que están abiertos a todo tipo de cine, siempre que tenga algo interesante y honesto que mostrar… en definitiva los que se zambullen en el cine con algo más que fanatismos o purismos, o limitaciones o restricciones de ninguna clase. Son, por cierto, los menos comunes de los cinéfilos.

Ahora te pregunto: ¿tú de qué clase eres?

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¿A quién le importa que no te guste?

Sé que suena poco apropiado, incluso beligerante, en estos tiempos tan narcisistas, pero es algo que últimamente le estoy repitiendo a bastantes interlocutores, tanto en persona como en la maldita red social de Twitter: a nadie le importa que no te guste…

Un día de estos hago un resumen de lo que han sido mis interacciones en Twitter durante estas semanas que por fin me he decidido a abrir mi cuenta y a usarla para algo más que para leer noticias o reírme con los chistes más ingeniosos, pero por el momento diré que allí sucede lo mismo que en la vida real: la gente funciona más de dentro hacia fuera que de fuera hacia dentro. Quiero decir con esto que esa tiranía del «me gusta» o «no me gusta» es ya ley, y me parece que ley sagrada. Ya no hay ni siquiera argumentos personales, más o menos peregrinos, más o menos viscerales. Y no sólo entre gente que simplemente ve películas o lee libros para pasar el rato, sino gente que pretende establecer un criterio en podcast, en páginas, en ensayos y artículos. El «boyerismo» ha triunfado.

Esto viene a cuento de que hace pocos días un tuitero lanzó una pregunta: ¿cuáles son las trilogías más importantes de la historia del cine? Y dio a elegir entre cuatro de ellas: la de ‘Regreso al futuro’, la de ‘Indiana Jones’, la original de ‘Star Wars’ y la de ‘El señor de los anillos’. Supongo que los que me leen con cierta frecuencia se imaginarán qué trilogía sugerí yo, sin nombrarla, que debía ser la más importante de todos los tiempos, y lo cierto es que se me ocurrían otras como la de Richard Linklater (‘Before Sunrise’, ‘Before Sunset’ y ‘Before Midnight’) la de Ingmar Bergman (‘Como en un espejo’, ‘Los comulgantes’ y ‘El silencio’), la de Krzysztof Kieslowski (‘Azul’, ‘Blanco’ y ‘Rojo’) y alguna otra como la trilogía de la caballería de John Ford (‘Fort Apache’, ‘La legión invencible’ y ‘Rio Grande’) que desde luego son mucho más acartonadas y menos verdaderas que las nombradas, pero que también son cine más o menos «de aventuras», como eran las cuatro trilogías nombradas. Su respuesta no me cogió por sorpresa: «no puedo con ‘El Padrino'». Y eso lo dice alguien que participa en un podcast cultural o cinematográfico…

Poner símiles siempre ayuda en estos casos: imaginémonos que vamos a ver la catedral de Santiago de Compostela, considerada desde hace mucho tiempo como una de las más importantes, bellas y complejas del mundo. Vamos a verla un grupo de veinte personas, entre las miles que se pasan por allí al día, y uno de nuestros acompañantes dice «eso no me gusta, no lo trago, no puedo con ello». ¿Cabe decir otra cosa que a quién le importa que no te guste? En lugar de plantearnos por qué esa catedral es tan importante, lo que hacemos es simplemente guiarnos por nuestro «gusto» (si gusto se le puede llamar a eso) personal. Por nuestras sensaciones más inmediatas, porque esto o aquello nos aburra. Es decir trabajamos de dentro (nosotros) hacia fuera (lo observado), en lugar de preguntarnos qué puede significar eso sin que nosotros, con nuestro gusto o paladar, sea este el que sea, entremos en la ecuación. Muchos, me temo, ni se preguntan ni quieren aprender lo que la catedral de Santiago de Compostela o lo que ‘El Padrino’ o lo que ‘La montaña mágica’ significan, sino si a ellos les divierte y les emociona.

Eso que lo haga Carlos Boyero si quiere, además sorpresivamente le pagan por ello, tiene esa inmensa suerte. A otros no les pagan por ello y hacen lo mismo: sentenciar si algo es interesante o no en base a sus gustos. Pero esto no va de gustos o de filias o fobias. Dedicarse a investigar sobre cine o literatura para ir clamando a los cuatro vientos cuales son tus fobias y tus filias es una estupidez como un piano de grande. Es la misma que declarar cuántas películas has visto, o cuántos libros has leído, o cuántos seguidores tienes en Twitter, como si eso fuera un valor en sí mismo, como si eso marcase la diferencia en algo, cuando la única diferencia, me parece a mí, es si has entendido aquello que has visto o leído y si cuando por fin te pones a dejar algo por escrito es algo más que una pataleta, una reacción adolescente o un simple chascarrillo. Eso si quieres que alguien con un mínimo de formación y sentido común te tome en serio, claro.

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El cañón del revólver (VIII)

Vistos los últimos episodios de ‘True Blood’ (2008-2014), una serie que como todo el mundo sabe emplea los lugares comunes del relato vampírico para establecer una metáfora bastante ingeniosa sobre el rechazo a colectivos como los homosexuales o el racismo endémico, y además admitiendo que se trata de una serie muy divertida y con mucha inteligencia, vuelvo a encontrar lo mismo que en el final de la muy alabada ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’, 2001-2005), también de Alan Ball, que siendo gay y muy de izquierdas no puede evitar colarnos, al final de sus series, una imagen tremendamente edulcorada de la realidad y un discurso de un conservadurismo recalcitrante. Y al igual que en ‘Six Feet Under’, que es una obra maestra hasta la temporada 4, pero que termina como una oda al estilo de vida americano, en ‘True Blood’ pareciera que lo que importa en la vida es casarse y tener hijos y reunirse la familia entera a comer pavo en Acción de Gracias. Y es que puedes creerte muy de izquierdas y lanzar proclamas supuestamente progresistas, pero al final lo que queda es lo que haces, y lo que haces es lo que te retrata.

Pasando hace algunos días cerca de la casa donde murió Cervantes y en la que seguramente escribió por lo menos la segunda parte de ‘El Quijote’, calle en la que se puede ir a la casa-museo de Lope de Vega, me acuerdo siempre del parque temático que está montado en Stratford-Upon-Avon, que es todo lo opuesto a la calle Cervantes en la que nadie se para a hacerse fotos, o selfies, sino que es una calle más, y en lugar de sentir envidia por lo que hacen los anglosajones con su sobrevalorado mito, la verdad es que prefiero esta suerte de pasotismo de mis conciudadanos, que ni siquiera saben donde está enterrado el que probablemente sea el genio literario más importante del canon, y rara vez saben que tanto él como Lope de Vega y Quevedo vivían tan cerca unos de otros. Y lo prefiero porque al igual que el noventa y nueve por ciento de los que viajan a Egipto y el cien por cien de los que entran en el Prado diariamente, sé que lo harían por puro postureo o por el hecho de ir a un sitio famoso, más que por el hecho de haber leído y comprendido su obra.

Echando un vistazo a las películas Disney, salvo contadas excepciones, no entiendo cómo siguen teniendo tanto éxito y aceptación porque son todas la puta misma historia: cuando no es el relato de búsqueda y aceptación (‘Soul’, ‘Finding Nemo’, ‘Up’, ‘Wreck-It Ralph’, ‘Atlantis’) cuentan siempre la misma historia de una chica, muchas veces princesa de un reino, que se enfrenta a sus padres por querer llevar su propia vida lejos de imposiciones patriarcales, culturales o de género: ‘Mulan’, ‘The Little Mermaid’, ‘Vaiana’, ‘Brave’… deberían dejar de gastarse tanta pasta en cada una de ellas, hacerles un remiendo, cambiarles el título y reestrenarlas. Yo creo que serían más honestos de lo que son ahora. No es de extrañar que las pocas que se salen de esas estructuras argumentales nombradas, ‘Hercules’ o ‘Tangled’, sean de las más interesantes, emocionantes y mejores de todas ellas… por mucho que ni siquiera esas escapen de las toneladas de sentimentalismo y de conservadurismo intelectual que las impregnan de arriba a abajo.

Hoy estoy bastante político: ahora que se ha muerto el gran Bertrand Tavernier me acuerdo de aquella entrevista (o quizá fuera una conferencia, no estoy muy seguro) en la que contaba que alguien le había dicho que no se podían hacer películas basadas en los buenos sentimientos de la gente, a lo que él le había respondido que era un gilipollas. Pocos directores más políticos y más de izquierdas que Tavernier, pero este de verdad, no como Alan Ball, y ahora que ha desaparecido me pregunto quién puede tomar su relevo en el cine actual o quien puede siquiera intentar hacer un cine tan valiente y activista como el suyo, en el que se hablaba sin ambages sobre brutalidad policial (‘L. 627’), sobre pobreza endémica en la Francia de finales del XX (‘Hoy empieza todo’), sobre la odisea que puede suponer lograr adoptar un hijo (‘Holy Lola’) o sobre la trastienda nada heroica ni épica de la I Guerra Mundial (‘Capitan Conan’)… y es que seguramente haya habido muy pocos como él, que dignificaron un cine más comprometido de lo que suele ser el grueso de las películas que se estrenan en todo el mundo, caramelitos narrativos para que la gente se lo pase bien los fines de semana y no se preocupen mucho por la deriva del mundo.

Hablo mucho de cine y de literatura en estas páginas, y me quejo mucho de su situación actual en algunos casos en estos revólveres de los que siempre hago seis disparos (aunque hay revólveres de cinco o de ocho o de doce tiros), pero hablo muy poco de música. Tal como yo lo veo, y por decirlo llanamente, si el cine no acaba de fructificar del todo y parece ahogado por los videojuegos, y la literatura no la lee ni le interesa a nadie, la música directamente no existe. No me acaba de entrar en la cabeza cómo la gente se puede pasar el día escuchando decenas de las canciones que ponen en la radio, y luego pueden decirme que les gusta mucho la música… Luego a esa misma gente le pones a Metallica o a Depeche Mode y no les gusta nada. Cualquiera sabe. Desde que nos cayó encima la pesadilla del reggeaton y derivados no es posible poner la radio ni ir a un local a tomar una copa porque sales de allí con ganas de vomitar. ¿Dónde están esos tugurios de mala muerte con AC/DC, Extremoduro, Black Sabbath, Santana o incluso Korn? En esos antros es donde los viejos como yo somos felices, y no con esta peste del reggeaton… qué viejo me siento de pronto…

Último disparo: llega ya el infierno de calor madrileño, que como no puede ser de otra manera es anhelado por un amplio porcentaje de la población casi como si fuera el segundo advenimiento de Cristo, todos ellos deseosos de pasar noches en vela sin poder dormir porque la almohada se convierte en un charco de sudor, de pasar semanas casi sin apetito porque este calor te pone hasta mal cuerpo, con el asfalto e incluso la misma acera horneándote a fuego lento. Pero oye, ¡que viva el verano! ¡Y los bichos! ¡Y las terrazas abarrotadas! ¡Y los turistas de países a los que les importa una mierda España y sólo quieren comer y beber mucho más barato que en sus países (cómo me alegro cuando les meten esos sablazos en algunos lugares) mientras nos miran por encima del hombro y se ponen como putos cangrejos al sol de las cuatro de la tarde! Por mi parte espero pasar un verano algo decente (cosa rara en mí) y leer todo lo posible para olvidarme de que incluso en la sombra me estoy achicharrando, y esperaré, como cada año, la venida de septiembre y de un tiempo más agradable como el que se reencuentra con un viejo amigo al que hace demasiado que no ve.

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Aprendiendo a valorar el trabajo de un actor

Me da a mí la impresión de que para muchas cuestiones narrativas nos hemos quedado totalmente anquilosados, enrocados en una concepción muy antigua de ciertos valores conceptuales y dramatúrgicos. Y en pocos asuntos esto se manifiesta de manera más nítida que en la valoración del trabajo de los actores, sobre todo cuando queremos discernir qué diferencia una buena de una mala interpretación, y aún más cuando queremos valorar entre una buena y una magnífica.

No es nada infrecuente escuchar afirmaciones como «qué expresivo es tal o cual o actor», o «qué bien actúa» cuando estamos delante de una pantalla o cuando después de ver la película o la serie queremos comentarlas. En general, en los premios anglosajones (Globos de Oro, Óscares, Baftas), se ha premiado muchas veces la típica interpretación de lucimiento de un actor o actor-estrella, en la que ha engordado o ha perdido peso de manera espectacular, o en la que con un maquillaje muy elaborado le han afeado, o en la que da vida a un personaje atormentado que pasa por todo tipo de avatares, y si es un personaje real o extremo mucho mejor. Si echamos un vistazo a los galardonados con el Óscar en los últimos años tenemos a Joaquín Phoenix haciendo del Joker (seguramente lo mereció antes por otros papeles muy superiores), a Rami Malek haciendo de Freddie Mercury, a Gary Oldman haciendo de Winston Churchill, a Eddie Redmayne haciendo de Stephen Hawking, a Matthew McConaughey interpretando a Ron Woodroof, a Colin Firth haciendo de George VI… y en las chicas un poco lo mismo…

Nada que objetar a algunos de ellos: son excelentes intérpretes. Y tampoco es cuestión de sancionar los Óscar como la única vara de medir, pues no son más que un premio más y están demasiado condicionados por agentes externos. Pero es lo que queda muchas veces como el canon de lo que debe ser una interpretación, sin entrar a valorar demasiado por qué lo son o por qué no. Yo ya aporté mi granito de arena en varios artículos (y en algunos más), pero quizá no entré en materia todo lo necesario, y es que a veces poner ideas objetivas encima de la mesa es mucho más difícil de lo que pueda parecer. Pero hay que intentarlo por lo menos.

Un actor o una interpretación no son mejores por ser más expresivos. Eso es una idiotez como un piano de grande. Los actores de cine no son actores de teatro. No tienen que gesticular, ni hacer aspavientos ni levantar la voz. No lo necesitan. A veces me da la sensación de que en lugar de estar viendo películas todavía nos encontramos en un anfiteatro en el siglo XVIII… La cualidad más importante de una actor o actriz, atiendan bien, es la transformación. Tal cual. Y no tanto la externa, la aparente, como la interna. El intérprete ha de transformarse en el personaje al que quiere dar vida según la visión del director, y esto es fácil de decir pero es un proceso bastante complejo, o muy complejo en algunos casos. Pero estamos hablando de hacer una interpretación memorable o magnífica, en la que no se observe ni la menor fisura o irregularidad, y eso es algo que se ha hecho unas cuantas veces y siempre porque el intérprete se ha transformado en el personaje hasta en el último pelo de su cuerpo. Hay millones de buenas interpretaciones, en las que un buen actor o buena actriz hace un trabajo estupendo. Pero hay cientos de interpretaciones geniales en las que, cuando tienes el oído y la vista adiestradas, no puedes hacer otra cosa que quedarte estupefacto porque has visto la verdadera magia del cine.

Y si atendemos a esa máxima de Wilde en virtud de la cual la artesanía por muy magnífica que sea siempre deja ver sus partes (la ornamentación, el cristal de la esa vidriera impresionante, las partes constitutivas, artesanales, de un retablo) mientras que el arte esconde la técnica y se muestra como un todo creado de la nada, sin materiales preexistentes, creando nada más y nada menos que una vida cerrada en sí misma, entonces no es tan difícil aprender a valorar una interpretación genial, o diferenciarla de las simplemente buenas y eficaces o de las torpes y hasta de las atroces. Basta entonces con fijarnos en aquellos trabajos interpretativos en los que, más allá de que el personaje nos caiga mejor o peor, o que el actor tenga más o menos carisma, es imposible discernir que allí hay una puesta en escena, que ese actor o esa actriz están rodeados de equipos de iluminación, cámara y atrezzo, que están pendientes de él y de ella el director y sus ayudantes. Somos, en algunos casos, incapaces de admitir que esa creación, ese carácter, haya sido inventado o sea una ficción. Muy al contrario, es tan real y creíble como la vida misma… o incluso más.

Los actores de cine no han de interpretar a la manera del teatro, han de ser. Y para ello han de encontrar aquello en lo que ellos se parecen al personaje, y no aquello en lo que el personaje ideal se parece a ellos. Espero se me entienda. Han de desdoblarse y convertirse en otra cosa, que en realidad es bastante parecida a como son ellos mismos en realidad, o a como podrían ser si pudieran. Y para eso es imprescindible una buena labor de casting, porque hay todo tipo de personas, pero ni el mejor del mundo puede dar vida a todas ellas. El director y su equipo han de encontrar al intérprete cuya frecuencia esté en sintonía con el carácter al que se pretende dar vida. Una vez elegido, el actor debe entregarse de manera total, casi suicida, a la visión del director, una vez esté conforme con ella. Ha de ser un instrumento en sus manos, porque mientras en teatro el actor es el verdadero creador y último responsable de la obra, en el cine es el director el que posee toda la partitura y está desde el principio al final del proceso.

¿Es posible imaginarse la puesta en escena y la escritura previa de los diálogos en ‘Antes del anochecer’ (‘Before Midnight’, Linklater, 2013)? Los actores están tan maravillosos (todos, pero especialmente Delpy y Hawke, obviamente)… ¡que parece que estamos asistiendo a un pedazo de la vida misma! Más vívida y más auténtica que la misma vida. Sin embargo es una película que, siendo realmente estupenda, no es gigantesca porque tampoco pretende serlo. Es una anécdota en la vida de un matrimonio que pasa una crisis. No son caracteres que pretendan trascender y esa anécdota está demasiado encerrada en sí misma. Hay otros personajes, en cambio, que son parte de la estrategia narrativa y de la mirada artística del director, y otros que son tan maravillosos y tan extremos que valen la película ellos solos, como el gran guiñol que compone Jim Carrey en ‘Una serie de catastróficas desdichas’ (‘A Series of Unfortunate Events’, Silberling, 2004), como si respirara, como si la película entera fuera él, y es un personaje que jamás existiría en la vida real, como no existe el de Hopkins en ‘El silencio de los corderos’ (‘The Silence of the Lambs’, Demme, 1991), y otros que pueden existir y de hecho existieron, como la hermana Helen Prejean de ‘Pena de muerte’ (‘Dead Man Walking’, Robbins, 1995), nunca podrían haberlo hecho con la fuerza y la verdad con las que existen en Susan Sarandon en esta extraordinaria película.

Al igual que sucede con las películas (siempre que se disponga de criterio y sentido común), también es bastante sencillo saber qué interpretaciones son insuperables y cuáles otras son sencillamente eficaces o buenas. En cuanto a las mediocres o a las fingidas, bastante con darse cuenta de que están interpretando en todo momento y de que no ves al personaje. Tan fácil como eso.

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Pedro Vallín: disparatar y sobreinterpretar

Dicen mucho eso de que tenemos los políticos que nos merecemos. También tenemos los periodistas que nos merecemos, y eso se dice bastante menos.

Pedro Vallín se define como periodista y escritor, nació en Asturias hace ya casi cincuenta años y tiene mucha experiencia después de haber trabajado en bastantes medios y de haber sido subdirector o jefe en algunos de ellos. Por lo que veo, aunque su nombre no les sonará a muchos, tiene nada menos que noventa y cinco mil seguidores en Twitter y actualmente trabaja en La Vanguardia, según parece siguiendo a grupos parlamentarios como Unidas Podemos, ERC, PDeCat (JxCat), PNV, y otros partidos minoritarios. En sus crónicas políticas suele mezclar sus ideas o los hechos expuestos con referencias cinematográficas propias de un friki del cine estadounidense, nombrando a películas como ‘Star Wars’ u otras muy famosas cuando tiene que hablar de un político, de una ciudad o de una situación.

Y dirá el lector: ¿cómo has conocido al tal Pedro Vallín, si a ti el Twitter ese ni te va ni te viene como no sea para leer los entrañables análisis cinematográficos llenos de lugares comunes de Bracero y otros por el estilo, y no lees casi nunca ‘La Vanguardia’? Pues muy fácil, porque lo nombró el ínclito Juan Gómez-Jurado en uno de sus Todopoderosos, y a mi dealer no se le ocurrió otra cosa (conexión neuronal lo llaman a eso) que pasarme su libro (gracias otra vez, Carlos). Y aquí estamos. Si J G-J nombra algo hay que leerlo, aunque sólo sea en la búsqueda de reafirmación personal. Pero ya con el título uno va intuyendo exactamente lo que se va a encontrar: ‘¡Me cago en Godard!: : Por qué deberías adorar el cine americano (y desconfiar del cine de autor)’, editado por Arpa Editores en 2019. Hacía mucho tiempo que no leía una tontería de libro de esta magnitud. Un libro, por otra parte, acorde con los tiempos posmodernistas, narcisistas, infantiloides que vivimos, y que no tienen pinta de terminar a corto o medio plazo.

Este volumen, que por cierto no es corto, tiene como tesis defender la idea de que el cine estadounidense, en contra de lo que tantas veces se ha dicho, es en verdad un ejemplo de izquierdismo y de pensamiento progresista, mientras que el cine europeo, de nuevo en contra del pensamiento de la cinefilia habitual, es un reducto de burguesía y de imágenes reaccionarias. En otras palabras, que el cine Hollywood, como él lo llama, es lo mejor que se ha podido inventar a la hora de poner imágenes y sonidos en una pantalla, y el cine europeo y de autor es un rollo y una bobada elitista por mucho que se empeñe la crítica. La crítica marxista, como él la llama, quizá influido por la existencia de la crítica literaria marxista, que por lo visto, según el autor repite en este trabajo una y otra vez, les hace sentirse culpables, a él y a la legión de espectadores que van al cine por el simple hecho de pasárselo bien con una película. Quizá serían esos espectadores, él incluido, si de verdad existen, los que tendrían que ir a mirarse el problema, en ese caso.

El hecho de que este señor defienda tales ideas para mí no es ningún problema. Puedes defender, si ese es tu deseo, que Arturo Pérez-Reverte es el mejor escritor de los últimos cincuenta años, aunque yo crea (y lo creo) que es uno de los peores. Por poder, puedes defender que ‘Gladiator’ es la mejor película de la historia del cine. A mí eso me da igual. Lo importante es el cómo, no el qué… como en todo en la vida. Pedro Vallín defiende a capa y espada, con una vehemencia digna de mejor causa, que Hollywood es prácticamente la Arcadia, que el cine europeo no vale casi nada, que Godard es un comunista rico que va de progre (ni siquiera esa idea es original tuya, Gómez-Jurado… a ver si en algún momento, aunque sea de casualidad, se te ocurre alguna), que las más importantes películas y directores europeos están preñadas y preñados de ideas reaccionarias, elitistas, monárquicas… y que el grueso de las películas estadounidenses, mucho más sencillas y llanas, hablan de temas mucho más importantes y universales y de ahí que el espectador medio desee verlas y salga feliz de ellas. Que para eso está el cine, hombre, para ser feliz. Y lo demás son mandangas.

Defiende esto Vallín con tal aluvión de datos (la mayoría de ellos bastante cuestionables), con tal montaña de medias verdades, generalizaciones, banalizaciones, chascarrillos (intenta hacerse el gracioso a cada esquina de la página), falsedades, exabruptos, ideas cogidas por los pelos (alguna que otra interesante, pero nunca bien engarzada con el núcleo del tema que intenta desarrollar), que convierte su gran cruzada en infructuoso esfuerzo… para todo aquel que tenga bagaje e inteligencia, por supuesto. Si eres un adolescente mental (tengas la edad que tengas) necesitado de justificar tus entretenimientos y adicciones narrativas, este libro es perfecto para ti. En caso contrario (y en el caso en que no te vaya el postureo profesional) Vallín debería tenerlo crudo contigo. Porque todo el mundo sabe, menos él, que Hollywood, como tal, no existe hace ya varias décadas, por lo que esgrimirlo como argumento actual en contra del cine «elitista» no tiene ningún sentido. Todo el mundo, incluso aquel al que no le interesa demasiado el cine, está harto de las películas estadounidenses que nos llevan vendiendo ideas trasnochadas sobre la familia, el heroísmo y la grandeza (¿qué grandeza?) de un país que no es más que una colonia glorificada. Y nadie, salvo gente como J G-J, que haberla hayla, necesita de un cruzado, Vallín, para exculparse de pasarlo bien en el cine.

Lo que Vallín querría, y por eso J G-J le aplaude y le cita (sin decirlo), es que no existiese la crítica, que el cine fuera simple evasión, y que el arte narrativo, en general, careciese de cánones y de debate teórico. A J G-J le encantaría que no existiese la crítica, ni literaria ni cinematográfica, para que su tinglado, y el de otros como él, no fuera impugnado por nadie, y periodistas como Vallín le dan la razón y le sirven de coartada intelectual. Cuando Vallín cita a Ángel Fdez-Santos en referencia a su crítica de ‘La amenaza fantasma’ («cine hecho de puro gozo», se titulaba) se olvida, o cree que nadie sabe, que ese crítico, aunque de vez en cuando le dieran ramalazos de profunda incoherencia teórica, era uno de los más aguerridos defensores del cine racionalista y de autor europeo en contra de la maquinaria del entretenimiento estadounidense. Y cuando cita a Guillermo Zapata (debería buscarse ejemplos más ilustres que un ex-concejal de cultura imputado por tweets racistas y nazis, pero poco se puede esperar ya) en realidad se cita a sí mismo, porque ambos piensan igual. Piensan igual que muchos millones de personas que se creen que el director de turno (o el novelista), el que sea, está ahí para entretenerles a ellos. Que su objetivo para ponerse a crear películas o novelas es que el espectador esté de buen humor.

Lo que Vallín, el pseudo-novelista nombrado y muchos otros no entienden ni quieren entender es que los artistas nacen del pueblo, viven entre el pueblo y trabajan a favor del pueblo… muchas veces, la mayoría, repudiados por el mismo pueblo a pesar de que se les está entregando algo verdaderamente valioso, y conscientes además de que tienen muchas papeletas de ser repudiados. Y que los feriantes que supuestamente hacen feliz a ese pueblo no son más que sacacuartos profesionales que le dicen al lector-espectador lo que quiere oír para sentirse mejor, que les entrega muchas respuestas a interrogantes narrativos aunque esas respuestas sean frecuentemente estúpidas, y que les manda a su casa con una sonrisa de estúpida felicidad para hacerles sentir a salvo, cuando en realidad no lo están. Pero Pedro Vallín, y muchos otros que me he encontrado a lo largo de mi vida, no tienen el menor interés en todo esto, sino en una lectura del cine que hace de sobreinterpretar un verdadero arte, como en su delirante crítica de esa deleznable película que fue ‘Terminator Génesis’, en la que hace otro alarde de lectura analítica en virtud de la cual esa catástrofe de película se vale de la nostalgia para elevar su propuesta. Creatividad a la hora de analizar películas no le falta a Vallín, como cuando se pone a defender ‘Tomorrowland’ en el libro no una sino varias veces como ejemplo de gran cine. ‘Terminator Génesis’ y ‘Tomorrowland’… y se supone que alguien debe tomar en serio a este señor.

Yo también, en algunos medios (incluida esta página), he sido un fervoroso defensor de cierto tipo de cine que la crítica digamos «seria» no suele apreciar demasiado. En otras palabras, puedo apreciar las enormes virtudes de un Bergman, un Tarkovski y un Antonioni, puedo pensar, de hecho lo pienso, que junto con Bresson, Buñuel y algunos más son los más grandes directores del cine europeo. Pero también considero que ‘Terminator 2’ o ‘Mad Max: Fury Road’ son sendas obras maestras incontestables. Me gusta mucho el trabajo de Urbizu, Fassbinder, Herzog, Haneke, Tavernier, Fellini… pero ‘Manchester By the Sea’ es una de las películas de mi vida. Me parecen muy interesantes muchas formas de cine abstracto o experimental, pero me fascinan películas de animación como ‘El señor de los anillos’ de Bakshi o ‘Spider-Man: Into the Spider-Verse’. Nadie puede negar el enorme potencial, la gigantesca historia del cine estadounidense, su poderío industrial, su capacidad para ir adaptándose al signo de los tiempos… pero tampoco puede nadie negar que en su vertiente más comercial es un cine caduco, que pasa rápidamente al olvido, que no es más que un entretenimiento para adolescentes, que muchos de sus directores están tremendamente sobrevalorados y que ya veríamos lo que son capaces de hacer con presupuestos más reducidos, que el cine espectáculo se agota pronto en sí mismo y que fenómenos como el western clásico son la extensión de la mentira de la fundación de ese nuevo país.

Por mucho que se empeñe Vallín siempre habrá críticos que a sus falsedades y medias verdades opongan un poco de sentido común, incluso para comentar su libro, plagado de cultismos y tecnicismos, así como de ese lenguaje periodístico tan soberbio que en lugar de demostrar da por hecho las cosas. Vallín además cree ser gamberro, divertido e iconoclasta, y se queda en otro de esos adolescentes mentales incapaz de hacer un chiste que funcione. Buen intento. Más suerte la próxima vez.

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