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No solo de Cine se puede vivir

Algo de lo que me he dado cuenta después de tantos años en las diferentes escuelas de Cine a las que fui (alguna mejor que otra…), después de tanto escribir, de hacer cortometrajes, de charlar a todas horas sobre Cine y Literatura, después de ponerme en serio con lo de ser novelista, y ahora que estoy con el Canon de Series y con Viajeros de la noche, es que muchos que creen que «saben mucho» de Cine, independientemente de que tal cosa sea cierta o no, son bastante soberbios, y que la mayoría de ellos únicamente ven películas, una tras otra, y poca cosa más. Es decir: son unos analfabetos de manual.

A lo largo de los veinte últimos años de mi vida no puedo enumerar cuántos tipos (sobre todo varones, es lo que tiene la testosterona…) me han dado la vara con cuántas miles de películas han visto, con cuánto saben de eso que ellos llaman «el séptimo arte», y por tanto los extraordinarios cinéfilos que son. Basta que yo abra la boca sobre alguna película en cualquier debate, para que surjan dos o tres de esos y luego no me dejen en paz (a veces durante años…), insistiéndome en que se han visto prácticamente todo lo que se ha hecho en Cine, algo prácticamente imposible teniendo en cuenta la producción anual de películas. Se parece a eso de que mi coche es más grande y más potente que el tuyo, es decir a una sustitución neurótica del tamaño del pene. Pero, claro, luego hablas con ellos más allá de las cuatro o cinco cosas que dicen dominar, y casi siempre te las tienes con un adolescente disfuncional, a veces de cuarenta o cincuenta años…

Lo cierto es que no sólo de Cine se puede vivir, y si de verdad quieres conocer a fondo el Cine no te queda otro remedio que conocer de bastantes cosas más. Algunos un poco más avispados se empapan de la semántica y del lenguaje cinematográfico y bueno, pareciera que tienen algo que en realidad no tienen, pero lo cierto es que a menos que tengas conocimientos por lo menos básicos de Literatura, Teatro, Poesía, Fotografía, Pintura, Música y Arquitectura, lo llevas más bien crudo. En realidad, todas las artes se alimentan unas de otras, y por mucho que te hayas visto en tu vida 16.000 películas, si apenas lees y si no tienes nociones de bellas artes, te quedas (como se quedan el 99%) en un friki, un fanático que no sabe muy bien de lo que habla. Las tres artes más abstractas (la Literatura, la Música y el Cine) se vampirizan unas a otras, en mayor o menor medida, mucho más de lo que pudiera parecer, y cuando alguien se pone a hablar o a escribir sobre una película, queda meridianamente claro, y con gran rapidez, qué tipo de lecturas y qué tipo de música son las que habitualmente lee o escucha… si es que lee o escucha algo.

Sin embargo no es necesario conocer el Cine, siquiera tangencialmente, para conocer la Literatura y la Música, y ese es uno de los no pocos indicios que nos hacen sospechar que son artes mucho más desarrolladas que este por el que tantos escriben y hablan y están obsesionados. Además, ver 2.000 películas es relativamente fácil, pero no así leer 2.000 libros.

Lo que yo siempre, ingenuamente, espero (por mucho que algunos piensen que no digo la verdad en esto) es encontrar interlocutores válidos, con los que poder hablar y quizá aprender, pero eso no es fácil según uno va cumpliendo años y va a acumulando bagaje. Y no me refiero ya a ese vertedero intelectual y moral que es Twitter, sino en el día a día, en nuestras interacciones sociales. Pareciera que todo es una competición a ver quién vio la película más rara o el libro más inclasificable, en lugar de compartir conocimientos, o de llegar a hechos consumados. Por eso me gusta hablar con mis compañeros de Viajeros de la noche, porque creo que no vamos de sobrados, sino que indagamos lo mejor que podemos en aquello sin lo que no podemos vivir… y nunca es sólo Cine, también series, cómic, Literatura, Música, videojuegos… lo que sea. No hay tiempo para nada y los años pasan volando sin que uno se entere, pero el poco tiempo disponible no puede dedicarse solamente al Cine, por mucho que nos vuelva locos…

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Viajeros de la noche – Capítulo decimoprimero: CANCIONES + CÓMICS

Aquí estamos de nuevo, con otro programa de nuestro podcast VIAJEROS DE LA NOCHE, pero esta vez un poco más ligero, un poco más distendido, sin proponernos dejar ideas o debates en torno a grandes sagas o a grandes franquicias de videojuegos, solamente charlando. Y como además queremos hacerlo lo más variado y prolijo posible, esta vez nada de cine, ni series, ni grandes títulos audiovisuales, esta vez sobre cómics, porque los cómics, tebeos, novelas gráficas o como diablos se quieran llamar, son algo que nos vuelve locos. Y si además las mezclamos con los temazos que más nos gustan, pues muchísimo mejor.

Tres horas y algo más, que se pasan en un verdadero suspiro (prometido, o devolvemos el dinero), en las que Juanjo, Carlos y yo proponemos cada uno tres títulos, y a esos tres títulos añadimos tres canciones que creemos que van que ni pintadas… y si no van pintadas ya las pintamos nosotros, por esas conexiones secretas y muchas veces indescifrables que tienen los recuerdos. Estas son las elegidas:

De Carlos:

David Bowie, con ‘Life on Mars’ y ‘Watchmen’, de Alan Moore
Blue Oyster Cult, con ‘Veteran of the Psychic War’ y ‘Akira’, de Katsuhiro Otomo
Motörhead, con ‘God Was Never On Your Side’ y ‘Hellblazer’, de varios autores

De Juanjo:

Medina Azahara, con ‘Palabras de libertad’ y ‘Slam Dunk’, de Takehiko Inoue
Mago de Oz, con ‘Fiesta pagana’ y ‘Death Note’, de Oba y Obata
Michael Jackson, con ‘Smooth Criminal’ y ‘Superlópez: el Infierno’, de Jan

Mías:

Extremoduro, con ‘A fuego’ y ‘Groo’, de Sergio Aragonés
Metallica, con ‘My Friend of Misery’ y ‘Torpedo 1936’, de Sánchez-Abulí y Bernet
Guns N’ Roses, con ‘Estranged’ y ‘Rip’, de Richard Corben

Así que yo creo que está la cosa bastante bien condimentada. Basta, para que se complete el conjuro, que le des al play. Y para eso lo único que tienes que hacer es llevar al cursor del ratón a este link de Ivoox:

Ir a descargar

O bien, que lo hagas en este de espotifai:

Gracias por escucharnos y ayudarnos a llegar a más gente.

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Apocalipsis ahora

En uno de los recientes programas de ‘Viajeros de la noche’, no recuerdo ahora mismo cuál (incluso puede que fuera de micro), me comentaban mis compañeros que a mí me va mucho lo apocalíptico, y que un día deberíamos hacer un programa relacionado con eso. No les falta razón, y me ha hecho pensar en todo aquello que me ha inspirado, porque casi todo lo que escribo es apocalíptico o de supervivencia, y estas ficciones me han obsesionado y fascinado desde muy pequeño. Uno no elige lo que le atrapa, sino más bien al revés.

Y ahora que estamos a las puertas de una probable III Guerra Mundial –aunque yo creo, no se lo digáis a nadie, que llevamos décadas en esa guerra, lo que pasa es que es una guerra muy distinta a las demás…hasta que deje de ser tan distinta…– me es imposible dejar de escribir sobre el tema. La novela que escribí el año pasado está enmarcada en una II Guerra Civil española, y la que espero escribir en la segunda mitad de este año, en cuanto termine de escribir el dichoso libro sobre las series, y si todavía hay salud y no nos han lanzado cuatro o cinco cabezas nucleares sobre nuestras cabezas, será el proyecto más grande que hasta ahora haya acometido sobre un apocalipsis nada improbable. ¿Pero en qué se quedó atrapada mi imaginación desde que tuve uso de razón? En los westerns, claro, y en las películas de aventuras. Pero no en cualquiera, y cada vez menos.

Una de las primeras cosas que me dejó anonadado, y aterrorizado, fue la saga ‘Mad Max’…

La segunda fue realmente formidable, y las otras dos, la primera y la tercera, realmente terroríficas en algunos momentos. Podía sentir yo el abismo de mirar hacia una extinción masiva de la humanidad. Y en 2015 llegaba la portentosa cuarta parte, la mejor de todas sin ningún género de dudas. Muchos de los caracteres más sórdidos de estas películas intento remedarlos o que me sirvan de prototipo para los más violentos y terribles de mis ficciones.

Pero para extinción masiva la de ‘The Terminator’ (1984), que vi poco después:

Recuerdo ver esto, con menos de diez años, una y otra vez, aunque su visionado me resultaba demasiado intenso, demasiado desolador. Era un acto masoquista que ahora, con la guerra de Ucrania y de otras partes del mundo amenazando con tragarse al planeta entero, casi me ha hecho a la idea, me ha preparado de alguna forma, para lo que se puede avecinar.

Otras películas de ahora, tan magistrales como ‘Children of Men’ (2005)…

O ’12 Monkeys’ (1995)…

Me hacen sentirme ya como en casa… Pero no solamente de películas «vivo» yo, también de otras cosas, como por ejemplo videojuegos… y el videojuego survival por excelencia, el más impresionante, inolvidable y memorable, es por supuesto, ‘The Last of Us’…

Y ‘The Last of Us, Part II’…

Aunque la ficción insuperable, la más influyente y excelsa, de supervivencia y apocalipsis, es por supuesto, ‘The Walking Dead’…

Y si para terminar vamos al cómic, tendría que nombrar uno que no le gusta a mucha gente, pero que a mí me vuelve loco, con cuya portada voy a cerrar este artículo. Este tipo de ficciones han dado mucha morralla, pero también han dado obras maestras como la aquí expuestas, que literalmente me obsesionan. Vivo por cosas como estas, por muy terribles y desesperanzadas que sean. Sólo así quizá miro al mundo y me siento con un poco más de esperanza… porque todavía no se han dado estos horrores, y quizá haya alguna probabilidad de que no se den.

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Sobre eso que llaman «cultura popular»

Sigamos hablando un poco de eso que se han avenido en llamar «cultura popular» –aunque más bien habría que hablar de «cultura de masas», o de «cultura pop»–, que muchos, es decir todos aquellos que reniegan de eso que se han avenido en llamar «gafapastismo» llevan de un tiempo a esta parte insistiendo en que es tan valioso, tan válido, tan importante como lo pudiera ser la llamada «alta cultura». Basta entrar en Twitter, y me temo que en otra red social cualquiera, para ver hasta qué punto una legión de personas aficionadas al cine y a las novelas están echando el resto para que de una vez por todas se considere de manera global (como si no se hubiera conseguido hace ya algún tiempo…) que la cultura de masas es también cultura, tan elevada, tan profunda y magnífica como la otra, esa que ellos no quieren ni ver.

Para todos esos y esas, la llamada «alta cultura» está constituida al parecer de una serie de obras aclamadas por una élite, un grupo de académicos que han ido pasándose el testigo siglo tras siglo, como una secta oscura. Esta élite (social e intelectual) se ha puesto de acuerdo en aclamar obras o títulos aburridos, que solamente entienden ellos. Y esto no puede ser, de ahí el cabreo de tantos y tantas que disfrutan mucho más de una película de los ochenta que de una novela de Thomas Mann. Para estos defensores de la cultura de masas, los puntos de su doctrina son más o menos los siguientes:

  1. El arte es totalmente subjetivo, lo que te gusta a ti, no tiene necesariamente que gustarme a mí, con lo cual yo solo, sin necesidad de formación o de una base teórica, puedo establecer qué es lo valioso y qué es lo desechable.
  2. En relación a lo anterior, tanto vale una canción de Michael Jackson como un adagio de Mozart. ¿Tú tienes formación musical y tienes claro que el adagio es mucho más complejo y difícil de escribir y ejecutar? Yo desde mi no formación puedo aludir que a mí me gusta más, y con eso basta.
  3. Porque el arte no tiene por qué ser algo elevado que sólo entiendan las clases altas, el arte puede ser lo que yo quiero que sea.
  4. Y yo quiero que el arte sea algo divertido, algo con lo que gozar y pasar un gran rato. En caso contrario, aplíquense puntos 1, 2 y 3.
  5. Todo aquel que me contradiga, todo aquel que tenga argumentos para echar por tierra estos puntos con argumentos asentados en bases teóricas férreas, no es más que un gafapasta (lo que le niega cualquier respeto social) y un fanático intolerante (lo que le certifica como apto para ser ignorado).

En definitiva, es el arte el que tiene que bajar al fango de lo popular, no lo popular lo que ha de elevarse a un rango más elevado, más poético, que no es «mejor» sino capaz de trascender los límites de la sociedad y de lo cultural. El espectador o lector ha de obtener lo que quiere, porque está en el centro de la cultura de masas, es el activo más importante, el que posibilita una industria, una escala social y económica. Todos esos gafapastas o fanáticos intolerantes que atacan con vehemencia lo popular y tratan de imponer los gustos de una élite, que pretenden demoler con argumentos muy bien elaborados lo que a ellos les gusta de una manera visceral, son un peligro para lo popular, para su permanencia, para su triunfo definitivo. Ya va siendo hora, dicen ellos, de que una película de Marvel o de Disney gane el Oscar o incluso la Palma de Oro de Cannes. El pueblo lo merece. Darle el Óscar a mejor película a ‘Avengers: Endgame’ habría sido un triunfo sobre todo de los humildes, del pueblo llano, frente a los poderosos, los que tiranizan el arte para convertirlo en algo indescifrable, inalcanzable para la mayoría…

Pero la realidad es muy diferente a lo que estos guardianes de lo popular demandan. Puede que tales cosas tuvieran algún sentido (escaso, neurótico, narcisista, pero sentido al fin y al cabo) hace unas décadas. Pero no ahora. El arte popular tiene todas la de ganar, y el arte «elevado», o como se le quiera llamar, está en franca retirada, cuando no herido de muerte y a punto de desaparecer. Nunca se había producido tanta cultura de masas y nunca se había accedido a ella de manera tan masiva. Los costes de producción se han abaratado, y los de distribución también. Pedir, exigir más bien, que el arte culto ceda su espacio al arte popular, que le deje respirar, es como cuando hace varias décadas los espectadores más bakalas pedían que hubiese más salas de cine doblado cuando las salas en VO eran muchísimas menos, o como que Israel clamara ayuda internacional ante el daño que le hace la ocupación palestina en sus tierras (bueno… de hecho hace algo parecido…). Es no solamente una infamia, es una falacia como una catedral. La cultura de masas ha vencido por KO, se acabó el combate, pueden retirar el cadáver de la «alta cultura». Pero no solamente quieren vencer por KO, lo que quieren es que se reconozca de manera universal que una basura como ‘Reina roja’ se admita en la misma liga que ‘El Quijote’, o que un filme tan mal escrito, dirigido, intepretado y montado como ‘Avengers: Endgame’ tenga la misma consideración que la trilogía ‘The Godfather’. Quieren no solamente vencer al enemigo, sino aplastarlo, aniquilarlo, borrarlo de la faz de la tierra y de la memoria de aquellos que quieran recordarlo.

Así de claro.

Pero ni los poderosos son los que valoran una obra de arte en su justa medida, ni cualquier best-seller escrito bajo mínimos de inteligencia puede ponerse al lado de ‘El Quijote’. Las cosas son las que son, y la realidad es tozuda, inamovible. Los poderosos son, en realidad, los que venden basura al pueblo poco exigente, y los que se forran con ello, impidiendo la posibilidad de que verdaderos artistas tengan algo de visibilidad. Y el arte no es algo que deba disfrutar (si es que la palabra es disfrutar… que lo dudo mucho) todo el mundo, entre otras cosas porque a la gente ni le interesa el arte, sino pasárselo bien, y no hay nada que objetar a ello. Ni todos los libros son Literatura, ni la Literatura es algo al alcance de alguien que se haya leído 5.000 libros y se ponga a teclear en un ordenador. Puedes leerte un millón de libros, eso no cambiará nada. Una persona, en este caso Cervantes, que jamás pudo vivir de lo que escribía, era mil millones de veces más sabio, ingenioso, inteligente y perspicaz (no son sinónimos, por cierto…) que Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Rosa Montero, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, Ken Follett, Mario Vargas Llosa, Almudena Grandes y Dan Brown juntos. Un sólo capítulo de su ‘Persiles’ les deja a todos en vergüenza, así como una sola sección de la catedral de Toledo deja a los arquitectos actuales en muy mal lugar.

El arte (la Música, la Literatura, el Cine) es superior e irreductible a la cultura. La cultura es localista, de identidad geográfica. El arte es universal. ‘El Quijote’, la catedral de Toledo, ‘La Divina comedia’, ‘Las meninas’ o el ‘Requiem de Mozart’, son patrimonio cultural de su país, por supuesto, pero pertenecen a la humanidad por entero. No hay fronteras, ni lenguas, ni identidades culturales que las contengan y en las que se disuelvan. La gente cree o bien que no necesita el arte, o bien que merecen que el arte esté a su altura sin ningún esfuerzo por su parte. Ni se plantean que jamás el arte se ha considerado de esa manera. Efectivamente hace muchos siglos el arte literario, musical o de cualquier otra disciplina estaba limitado a las clases altas, pero eso no significa tampoco que esas clases dominantes, por el mero hecho de tener riqueza o posición, pudiesen «entenderlas» o estuviesen «a la altura». El arte nace de la placenta de lo popular, se alimenta de ello, de la observación pura. El artista surge del pueblo, y trabaja, aunque la gente no lo entienda, para el pueblo. Pero no haciendo lo que el pueblo quiere o desea, sino lo que ni siquiera sabe que necesita. Una catarsis, una advertencia, una crítica, una revolución.

Y eso no va a cambiar, por mucho que quieran. La canción ‘Thriller’ de Michael Jackson es estupenda, y su videoclip, tal vez el más famoso de la historia, está muy bien filmado. Pero cualquier adagio de Mozart está técnicamente mejor escrito, musicalmente llega mucho más lejos, en todos los aspectos de ese arte. Si de verdad te interesa la música lo sabes, y si lo único que te interesa es disfrutar, ni lo sabes ni te interesa saberlo. Harry Potter está bien escrito, y algunos best-sellers no están nada mal, pero ‘El Quijote’ es el compendio de reglas narrativas de la Literatura, y para ponerse al lado de eso hay que ser o muy ignorante o muy estúpido. La cultura de masas fue la que dio lugar al posmodernismo, y no al revés. Y ahí estamos, en un mundo en el que el arte se confunde con cultura, y la vida con el arte. Pero algunos seguiremos proclamándolo el tiempo que sea necesario.

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Sobre lo de hacer críticas o reseñas

Eso es una cosa que le gusta a todo el mundo: escribir lo que opina sobre algo. Es casi como una droga, o un derecho conquistado: antes no se podía escribir algo y que te leyeran más de cincuenta o sesenta personas (si eras capaz de dar la brasa a toda tu familia y a todos tus amigos), ahora es mucho más fácil. Se opina sobre lo que ocurre, sobre lo que se ve… se opina incluso sobre quien opina. Las opiniones son gratis y dejándolas por escrito, o haciendo un vídeo con ellas, puede servir incluso de terapia, de desahogo, de purga. Y de lo que más se opina, por alguna razón, es de series, de películas, de libros, de cómics o de álbumes musicales. Supongo que sería imposible hacer un cálculo de cuántas opiniones y sentencias y exclamaciones se suben a la red, en forma escrita o audiovisual, a lo largo de un día, pero seguro que son muchos miles. Opiniones e ideas, la mayoría de ellas, formuladas sin reflexionar, creando el caldo de cultivo perfecto para fanatismos, para enfrentamientos, para sectarismos y polarizaciones extremas, hasta el punto de que hay quien se dedica simplemente a escribir contra aquellos que a ellos no les agradan, dejándoles ataques directos continuados en sus sitios o en sus perfiles, como verdaderos talibanes del pensamiento ajeno.

Pero ni una sola de esas ideas o imprecaciones u opiniones, o muy escasas de entre ellas, son verdaderamente críticas o reseñas. La gente, en sitios como Filmaffinity o en Twitter, o en las páginas web en las que deja comentarios que no le interesan a nadie (y al autor menos que a ningún otro), no escribe más que eso, opiniones. No deja por escrito o en un vídeo otra cosa que sus gustos. Dice lo que le gusta, lo que le encanta o detesta, y nada más. Y eso no es una crítica o reseña. Ni siquiera es un comentario. Luego pueden ir diciendo por ahí que escriben o graban reseñas, pueden incluso mentirse a sí mismos pensando que lo hacen. Pero lo cierto es que una crítica o una reseña es algo muy diferente a casi todo lo que nos encontramos por ahí, y por desgracia esto sucede incluso con medios muy leídos y supuestamente profesionales, pues gente como Carlos Boyero comenta lo que a él le gusta, sin más argumentos. Extendida a los cuatro vientos la idea de que el arte es subjetivo, de que todas las opiniones son válidas, de que las ideas de todo el mundo son igualmente importantes y respetables, ha calado bien honda la idea de que un crítico literario o cinematográfico es alguien contándonos lo que a él le gusta (y esto vale también para pseudo-críticos como Harold Bloom). Pero la realidad, le pese a quien le pese (y por lo visto le pesa a mucha gente que está por lo políticamente correcto) es muy diferente.

Ni el arte es lo que a cada uno le apetece que sea, ni un crítico o reseñista es alguien contándonos lo que a él particularmente le gusta, ni todas las ideas u opiniones son igualmente importante o respetables. Quien piensa esto último necesita creer que el mundo es un lugar mágico en el que las ideas más abominables pueden coexistir con las más constructivas, quien piensa lo segundo no tiene ningún interés en la crítica ni la interpretación de una obra de arte, y quien piensa lo primero sencillamente no tiene el menor interés en el arte, ni lo conoce ni sabe lo que es, y en lugar de molestarse en intentar averiguarlo, se lo inventa por su cuenta porque así es todo mucho más fácil y requiere mucho menos trabajo.

Todos estos chavalillos que acaban de salir de la facultad de filología y que se creen más que preparados para ponerse a escribir sobre libros, y que decididos a hacerlo abren canales en youtube, o abren páginas web, o tienen los contactos y la suerte suficiente como para empezar a hacerlo en grandes medios tradicionales como la televisión o la radio o incluso la prensa, se estrellan una y otra vez contra un hecho en el que seguramente no habían reparado: ya existen muchos críticos literarios o cinematográficos que están fracasando antes que ellos en la complejísima proeza de estar a la altura de las circunstancias, porque sucede que la gran literatura es superior e irreductible a la crítica más afinada, la que lo intentó con las mejores armas. Y me temo que las armas de los recién llegados son más bien escasas, romas e incapaces. Hay que ser un verdadero genio para tener veintipocos años y saber lo que es la literatura o cuales son sus manifestaciones más importantes, para ponerse a escribir sobre ello y tener algo que decir al respecto. Pero estos muchachillos están más que dispuestos a volver a descubrir el Mediterráneo, y a hacerlo con los mapas equivocados, sin la preparación debida, y tratando de convencer al personal de que sus lecturas son las adecuadas.

¿Y saben por qué lo hacen? Porque les leen y les escuchan personas todavía más ignorantes que ellos, y en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Cuando no tienes ni pajolera idea sobre narrativa, ficcionalidad o literatura, te llega un tipo y te cuenta la memez esa de la sanchificación del Quijote y la quijotizacion de Sancho, y tú te quedas perplejo, o te cuenta en qué consiste la diferencia entre fantasía y ciencia ficción y tú sacas el cuaderno, te pones a tomar apuntes y tienes la sensación de que estás aprendiendo algo. Todos esos que quisieran aprender de literatura o de cine, o de arte, lo tienen muy fácil: ahí tienen a gente realmente preparada que puede ayudarles a aprender, y bastante rápido además. Están al alcance de la mano en las redes. Pero prefieren seguir a estos booktubers, leer a estos niños tan osados, porque creen que van a ser más amenos y les van a enseñar las mismas cosas. Pero sólo con muchos años de estudio e investigación se llega a algo. No hay atajos. No hay colegas de veintidós años que hayan dado con lo que es la literatura, o la narrativa.

Al final todos nos enfrentamos con el mismo problema, que no es un problema, sino la solución: la cruda, la maldita, la paciente realidad.

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Supermanes

En la muerte de Richard Donner muchos se han puesto a recordar las películas de este director tan comercial que en los años ochenta dio varias veces en la diana con algunos de esos títulos que los amantes del cine de esa década considera como «míticas», pero que antes, en los setenta, ya tuvo dos grandes éxitos: ‘La profecía’ (‘The Omen’, 1976) y sobre todo ‘Superman’ (1978), que de inmediato se convertía en la película-canon del personaje. Muchos creen, y me parece lógico, que aquella fue su gran película, su gran legado. Tampoco es que haya muchas cosas buenas que decir acerca de un director tan adocenado como Donner, que empezó muy bien pero que luego desaprovechó la comedia negra que pudo haber sido ‘Arma letal’ (1987) o la fantasía siniestra que nunca fue ‘Lady Halcón’ (1985), en favor de un cine puesto exageradamente al servicio del público. Y debo decir que todo esos que defienden con tanta pasión el Superman de 1978 es que o bien hace mucho que no la ven, o bien la nostalgia y la ceguera les impiden ver lo que hay: un filme muy básico y a estas alturas tremendamente ingenuo, que no soporta una revisión exigente, y que basa todo su encanto precisamente en eso, en la nostalgia.

Y no es un filme que esté mal realizado en absoluto. Donner sabía lo que se hacía, y con la inestimable ayuda de su operador Geoffrey Unsworth consiguió una fotografía maravillosa y algunos planos realmente formidables. Aunque más ayuda tuvo aún contando con uno de los scores más extraordinarios del sinpar John Williams, fácilmente una de las bandas sonoras más importantes de la historia del cine estadounidense. Es curioso que para su anterior película, ‘La profecía’, Donner también contara con otro trabajo musical excelso, el del inigualable Jerry Goldsmith, que se llevó el único Óscar por un filme de terror que se había entregado hasta la fecha. Pero sigamos con Superman: el filme narraba con emoción y sencillez la huida in extremis del bebé en la nave, abandonando su planeta natal y viajando a la Tierra, así como sus años de juventud antes de convertirse en el Clark Kent que todos conocemos, y culminaba con el enfrentamiento con Lex Luthor y su aparentemente invencible plan. Por mucho que nos gustara esa película (con guion por cierto de Mario Puzo, entre otros…), por muy bien que nos cayera el malogrado Christopher Reeve, los años no le han sentado nada bien, y no sólo en lo técnico, sobre todo en lo narrativo, en la dirección de actores, en su nula épica, su forzado romanticismo y su tono naif.

Imposible no acordarse del largo monólogo que Bill (David Carradine) declama ante una estupefacta Uma Thurman en ‘Kill Bill, vol. 2’ acerca de Superman. El cómic, claro. Afirma ahí que no es un cómic particularmente bien dibujado ni interesante, pero que su mitología es insuperable. Es cierto. Y la película de 1978 es igual. No es particularmente interesante y acaba siendo un poco boba, pero la mitología del personaje es insuperable. Es lo que nos engancha con él, lo que Clark Kent/Kal-El significa como metáfora, como espejo del ser humano, como anhelo o sueño de trascendencia desde una realidad gris hasta lo que significa surcar los cielos y ser dueño del propio destino. Faltaba, claro, en su transposición al cine, una materia más recia que aquella de la que estaba hecha el ‘Superman’ de Donner, y que tampoco se encontró en el muy flojo de Singer, veintiocho años después, quizá porque ni Donner ni Singer, dos cineastas hábiles, inteligentes e impersonales, pueden acceder a la emoción pura que significa este relato y este personaje. Hubo que esperar hasta 2013 para que tal cosa sucediera, con la británico-estadounidense ‘Man of Steel’.

Dirigida por el especialista en adaptaciones de cómics Zack Snyder, podemos aducir fácilmente que es su mejor película de lejos, pues en ella aunó un aspecto visual realmente único en muchos elementos con una épica y una emoción que son consustanciales a este personaje. Más cercano en la caracterización del protagonista a lo que haría en cómics Alex Ross, con un guion soberbio que enlazaba la acción del presente con los recuerdos de su infancia y adolescencia, se perciben en algunos planos y soluciones visuales una inspiración cercana a un Terrence Malick, un lirismo que le viene de maravilla, alejado ya de lo canónico de la película de Donner (incluso desechando el tema principal de John Williams), y cristalizando por fin una gran película sobre el «hombre de acero». ‘Man of Steel’ es una de esas extrañas afortunadas aventuras que sólo gana con el paso del tiempo, y que cuenta en sus imágenes con un reparto soberbio (Russell Crowe, Michael Shannon, Amy Adams, Diane Lane, Lawrence Fishburne…). En la muerte de Donner podemos certificar la desaparición de un artesano eficaz, pero también que lo canónico muchas veces está para ser derribado, demolido, ante el talento y la emoción del cine contemporáneo más afortunado.

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‘Zack Snyder’s Justice League’ por lo menos lo intenta, ‘Endgame’ no

Sí, estamos todos, o muchos, un poco hastiados ya de tanto superhéroe, tanta superproducción de cientos de millones de dólares, tantas pugnas por alzarse entre las películas más taquilleras, por conseguir el favor de público, tanta saga, tanta trilogía y tanta franquicia, mientras que desde luego de cine, lo que se dice de cine, se habla poquito (por no decir de literatura)… pero en fin, como he empleado cuatro horas de mi muy escaso tiempo en ver la nueva versión de aquella ‘La liga de la justicia’ que se estrenó en 2017 y que a muy pocos convenció, vamos a hablar de ella y una vez más de la última película de la franquicia Marvel, porque además la nueva versión de Zack Snyder, con sus luces y sus sombras, permite hablar acerca de unas cuantas cosas de narrativa y de estilo, que es para lo que existe principalmente esta página mía.

Desde que en 1978 se estrenara la primera película de superhéroes moderna, la fundacional ‘Superman: The Movie’, dirigida por Richard Donner, se asentaron de alguna manera muchas de las bases de este subgénero que dio bastantes quebraderos de cabeza durante un par de décadas porque la tecnología no permitía hacer según qué cosas y porque una traslación a imagen real de según qué personajes quedaba bastante ridícula. Cuarenta años después, y con decenas y decenas de películas de su clase estrenadas ya, muchas de ellas con gran éxito, las cosas parecen haber cambiado bastante… y digo parece porque a lo mejor las vemos dentro de diez o quince años y nos resultan tan ridículas como las de George Reeves… Sea como fuere, en la película de Donner veíamos los orígenes del héroe, y eramos testigos de su crecimiento y de su transformación desde un niño o chaval hasta el hombre y el icono en el que se convierte después, y esto es algo que más o menos hemos visto en todos los personajes de Marvel y de DC que han llegado a la pequeña o a la gran pantalla.

Y como desde hace unos veinte años, con las estupendas dos primeras películas de ‘Spider-Man’ de San Raimi, la cosa ha funcionado en taquilla, puede decirse que llevamos unos cuantos atiborrados de batmans, supermanes, ironmanes y un montón de «manes», y de viudas y de brujas escarlatas, y además de contarnos el origen de estos héroes y de narrar algunas aventuras, la Marvel y DC Cómics han procurado construir todo un universo cinematográfico, como si cada película fuera un capítulo dentro de una enorme estructura, como si eso fuera necesario para el espectador, hasta que ambos ciclos, el de Marvel y el de DC, han concluido en sendos finales desmesurados y colosales: los primeros con la dupla ‘Infinity War’ (2018) y ‘Endgame’ (2019), y los segundos con ‘Justice League’ (2017). Los primeros con un enorme éxito de taquilla que las ha aupado a los primeros puestos de la historia en cuanto a recaudación y con sonrojantes y a todas luces indefendibles críticas positivas, y los segundos con pésimo recibimiento de crítica y público aunque también buenas cifras de recaudación. Pero ya en esa primera versión de ‘Justice League’, bastante atropellada y torpe en algunos momentos, con un batiburrillo de secuencias y personajes a veces mal armado y organizado, se apreciaba que Zack Snyder intentaba algo más que los hermanos Russo en la deleznable ‘Endgame’.

Y ahora, en esta nueva versión de cuatro horas, titulada ‘Zack Snyder’s Justice League’ (¿de verdad es necesario poner su título en español?), le han dado la oportunidad a Snyder (que durante el rodaje de la película perdió a su hija, a la que ha dedicado este segundo corte) de proponer una nueva versión mucho más cuidada y organizada que la otra, en la que quedan más nítidas sus intenciones, en la que tiene mucho más tiempo para desarrollar el pasado y el presente de sus criaturas, y en la que no existe la sensación de atropellamiento de la otra versión, que apenas duraba la mitad que esta. Con un nuevo comienzo, mucho más sugerente, y con una ordenación de las secuencias mucho más orgánica y trabajada, se puede decir que esta versión es netamente superior a la anterior, aunque adolece de una irregularidad notable y de un exceso de autoconsciencia y de trascendencia que acaban lastrando parte de su fuerza visual y de su sentido aventurero. Snyder es todavía capaz de filmar grandes secuencias de acción y de proponer momentos de gran intensidad emocional, pero el embolado en el que se mete es demasiado grande: demasiados mundos, demasiados personajes y situaciones, demasiados tonos narrativos. Es lo bastante hábil para que no quede un batiburrillo indigesto parecido a ‘El retorno del rey’, pero a punto está muchas veces de caer en ello.

Pero él al menos lo intenta, no como en la indigesta parodia ‘Endgame’, en la que no hay acción ni aventura ni ingenio por ningún lado, en la que la desidia y lo grisáceo parecen presidir cada secuencia, y en la que es imposible creerse nada de lo que te están contando. Sigo sin entender cómo tanta gente venera esa película. Ahora bien, tampoco puedo compartir esa idea de que la nueva versión de Snyder es la ficción definitiva sobre superhéroes. En DC lo van a tener complicado para superar a ‘The Dark Knight’ (Nolan, 2008), y en Marvel es posible que la más redonda y emocionante sea ‘Guardians of the Galaxy’ (Gunn, 2014). Todo lo demás oscila entre aventuras cursis o grandilocuentes, y torpezas con muchos colorines y lucecitas y con poco cine dentro.

Y tampoco pasa nada si estamos cuatro o cinco años sin más películas de estas franquicias. Aunque me temo que eso no va a suceder…

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El cañón del revólver (VI)

Viendo que el pasado viernes los de Todopoderosos, después de dedicar tres programas seguidos a Alfred Hitchcock (y los que te rondaré, morena), después de haber hablado ya de escritores como William Shakespeare, Roald Dahl, Richard Matheson, de guionistas de cómic como Alan Moore, después de haber discutido, mayoritariamente, sobre multitud de directores anglosajones, han hecho un programa sobre Charles Dickens. Por supuesto que son muy libres de hacer lo que les dé la gana. Faltaría más. Pero yo me pregunto por qué en lugar de hacer un programa sobre Dickens, ya que hablaron de Shakespeare no hacen otro programa por ejemplo sobre Cervantes, o sobre Quevedo, o sobre Lope de Vega… o sobre el Siglo de Oro español para hacer las cosas más fáciles. Supongo que eso vende menos. En realidad, la mayoría de los podcasts son iguales: películas americanas, escritores anglosajones. Puede que sea más difícil, claro, pero dado que el internet te provee de todo lo que necesitas para paliar tus lagunas competenciales, no hay excusa para estar hablando siempre de las mismas cosas y nunca hablar de la literatura más importante del mundo.

Hablando de Alan Moore, en ‘V de Vendetta’, un cómic y una película bastante decentes por cierto, se nos presentaba un mundo distópico que cada vez se parece más al nuestro, en el que líderes populistas, reaccionarios y dictatoriales establecen un estado policial en el que reprimir las ideas más progresistas y con el que perpetuarse en el poder. Si Alan Moore viera la situación de Madrid, quizá se sonreiría pensando que lo ha clavado: con Ayuso convertida prácticamente en el canciller Adam Sutler, con los fascistas de Vox convertidos en sus aliados para mentir, insultar, atacar, amenazar, agitar el odio en la calle, con pandemias y crisis que el gobierno de la ciudad emplea para sus propios intereses y experimentos capitalistas. Una vez más Madrid es el mayor foco de fascistas encubiertos (o no tan encubiertos, en muchos casos) de Europa entera, con gente como la Le Pen o como los radicales holandeses convertidos en meros aprendices de brujo al lado de la dama de hierro madrileña. Pero es posible que a Ayuso no le salga tan bien la jugada como ella pensaba en un principio. Y por eso se están poniendo nerviosos, y por eso es posible que cometan algún error grave que les haga arrepentirse de haber convocado elecciones en un momento como este.

No creo que sea nada sorprendente que el Grupo Planeta (con o sin los 14,5 millones que les ha regalado Ayuso…) se dedique a publicar a un escritor, músico y poeta tan nefasto como Marwán, cuya ficha en la web de la editorial es de obligada lectura por lo cursi y lo zafia que resulta… por cierto que es lo mismo que ponía en su entrada de Wikipedia, y que yo, como buen samaritano borré en mi calidad de editor y cambié por una entrada más digna, ya que la wikipedia no es otro lugar de promoción para nadie (impagable eso de «fruto del amor de sus padres»…)…una entrada que por mucho que busco para adjuntarla aquí, no la encuentro… igual la han borrado, vete a saber. En cualquier caso, los de Planeta, Alfaguara y las grandes editoriales en general no pueden permitirse publicar a grandes escritores, a escritores prometedores, a escritores literarios, porque se arriesgarían a quebrar, ya que nadie lee nada de eso. Lo único que pueden hacer es publicar a pseudo-poetas como Marwán, capaces de escribir memeces como esta: Se enamoraron nada más mirarse/Él venía dolido de otro cuerpo/Ella creía saber cómo domarlo/Él resolvió ser distante para gustarle/Ella que él debía ser quien diera el primer paso/Ambos esperaron a que fuera el otro quien hablara/Y así fue el amor más bonito de la historia… y sentirse poeta.

Muy bonito el Día del Libro y todo eso, con un (¡impresionante!…) diez por ciento de descuento en La Casa del Libro a sus socios, por la que me pasé el viernes para ver si había algo que llamara mi atención. Y de hecho lo había: una cola de decenas de personas con libros de Javier Castillo, Pérez-Reverte, Javier Sierra, Almudena Grandes o Gómez-Jurado bajo el brazo… y no pude evitar acordarme de ese maravilloso episodio de ‘Los Simpsons’ en el que Homer, convertido en guardaespaldas del corrupto alcalde de Springfield, averiguaba por casualidad que la leche que se vende a los colegios de primaria es leche de rata, y luego iba corriendo a la escuela y al ver que todos los chavales bebían leche de rata le daban ganas de vomitar… Me imaginé a mí mismo, por pura diversión, corriendo a la cola y arrebatando los libros a esas pobres personas engañadas, y luego reducido a palos y llevado a comisaría (como es lógico), fuera de mí como el protagonista de ‘Invasion of the Body Snatchers’, con camisa de fuerza incluida, pero en lugar de gritar «¡es leche de rata!» o «¡ya están aquí! ¡Eres el siguiente!», yo diría «¡son libros de mierda, que alguien me escuche!»… Hay que ver lo que da de sí la imaginación de Adrián Massanet…

Por fin nuevo disco de gente tan magnífica como ‘London Grammar’ o ‘Love of Lesbian’… Del primero me gustan bastantes más canciones que del segundo, aunque como siempre se trata de escucharlos bastante hasta tener una idea un poco más ajustada o ponderada. Es el problema de una espera larga para un nuevo trabajo de dos grupos que me gustan tanto. Pero… ¿no sucede que no podemos oír ni leer nada de grupos que han formado parte de nuestra vida, aunque estemos de acuerdo con lo que oímos o leemos? La música, mucho más que la literatura, las series o el cine, forma parte de nuestro ser, casi de nuestra identidad. Nos pertenece de manera individual. Y precisamente creo que por eso la crítica musical es mucho más profesional e interesante (casi siempre) que la cinematográfica o la literaria, porque saben que juegan con fuego, y quizá por eso, y porque tenemos (en general) más claro lo que significa la buena música que la buena literatura o el buen cine, los habitualmente deleznables críticos literarios y cinematográficos deberían aprender de ellos. Pero no lo harán, y seguiremos teniendo a los mismos incompetentes de siempre contándonos qué películas y qué libros les gustan a ellos.

Último proyectil de los seis: ¿me quiere explicar alguien qué demonios es eso de «hater»? Porque es una expresión que leo en todas partes, y a veces me la dedican a mí, y me da la impresión de que se usa para designar a todo aquel que, más que odiar, lo que hace es tener un pensamiento propio, y no dejarse llevar por la corriente de opinión generalizada, y posee un pensamiento crítico o analítico. Y porque si hablamos de odios, se me quedaría pequeña la palabra «hater»… lo mío no son aversiones, ni animadversiones, ni antipatías, lo mío es odio con todas la letras, y un odio que casi me hace sentirme feliz, como cuando dicen eso de que «este año ha habido un Óscar latino», para referirse al hecho de que un maquillador hispano (español o hispanoamericano), o un diseñador de producción, o un diseñador de sonido, se ha llevado la estatuilla… o como cuando dicen eso de «la antesala de los Óscar»… o esa gente que arrastra los pies cuando camina por la calle, y además lo hacen detrás de ti… o esa gente que en el metro no sabe ponerse la puta mascarilla y deja la nariz fuera… o esa gente que para lo único que tiene un perro es para dejarlo solo en casa toda la maldita tarde, aullando y ladrando y molestando a todo el mundo… ¿Qué es eso de «hater»? Háganme el favor e inventen palabros más apropiados …»Óscar latino», eso debería estar penado con cuarenta latigazos en la plaza del pueblo.

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Lo más difícil es argumentar

Porque todo el mundo que escribe cree llevar la razón. Lo creyó Harold Bloom al escribir su infumable ‘Canon occidental’, lo cree Jesús G. Maestro desde que terminó su larguísimo (¿algún día lo acabaré?) ‘Crítica de la razón literaria’ (en el caso de Maestro es posible que lo haya creído siempre), y desde luego puedo asegurar a quien me lea que yo creo llevar razón al escribir en esta mi página web o allá donde escriba. Y lo mismo le sucede a todo el mundo que se pone a escribir sobre libros o sobre cine y que elude ese cobarde «en mi opinión». Porque sucede que los que respiramos cine, literatura y música todos los días de nuestra vida, no por que lo hayamos elegido sino porque no tenemos más remedio, que los que hemos ido a escuelas de arte, de cine, los que hemos estudiado narrativa en cualquiera de sus múltiples soportes y nos hemos lanzado a escribir nuestra teoría sobre lo que tiene que ser y cómo son las cosas, creemos llevar la razón y no nos parece tan descabellado pensar así.

Pero esto no puede ser, simplemente, un compendio, un repertorio de gustos personales. Los gustos no tienen nada que ver. Algunos nos tomamos esto en serio y somos lo más sistemáticos que podemos. No pretendemos imponer nuestros gustos a nadie. El vecino, la de enfrente, el compañero de trabajo, el hermano, la cuñada o el padre pueden leer y ver las películas y los libros que les de la gana y pasarse la tarde hablando de ellos, sin hacerte el menor caso, aún sabiendo que tú tienes conocimientos de ello, y no es cuestión de decirles que están equivocados. Ellos verán. Cada cual que haga lo que quiera. Pero ellos no escriben, ni tratan de establecer una teoría sobre el arte narrativo, y algunos sí lo hacemos y nos negamos a que nuestras páginas o espacios personales sean simplemente un diario de nuestros gustos más fácilmente confesos. Los que tenemos formación en esto, los que somos escritores, o cineastas, o simplemente ensayistas, los que tenemos la suerte de que no nos paguen por escribir una columna en un diario y podemos por tanto escribir lo que queramos cuando queramos, tenemos la obligación de ser lo más honestos y consecuentes. Pero el problema no solamente consiste en saberlo para ti… el problema está en trasladárselo a los demás con argumentos, no con opiniones o sentencias fáciles tipo Twitter.

Es decir, yo sé perfectamente que ‘The Terminator’ (James Cameron, 1984) es una de las más importantes películas sci-fi de la historia del cine, pero si quiero persuadirte de ello, si quiero demostrártelo, me lo tengo que trabajar, y es muy posible que no lo consiga del todo. Igualmente sé que ‘Gritos y susurros’ (Ingmar Bergman, 1972) o ‘Lo que queda del día’ (James Ivory, 1993), son dos obras de arte incomparables, pero el reto, cuando hablo de ellas, o cuando escribo sobre ellas, es proponer un sistema de pensamiento lo bastante organizado, esgrimir unos argumentos no tendenciosos sino convincentes material y filosóficamente. ¿Cómo demostrarte que Manuel Mújica Láinez es mucho mejor escritor que Antonio Muñoz Molina, por ejemplo? ¿Porque yo lo digo? ¿Porque a mí me gusta más? ¿Porque en tal o cual página el primero es capaz de organizar tales valores narrativos mientras que Muñoz Molina no es capaz de hacer esto o aquello en ese o en aquel de sus libros? En demasiadas ocasiones (la mayoría, y de eso no han escapado ni Bloom, ni Maestro, ni por supuesto la caterva de plumillas que escriben en internet) simplemente dan las cosas por sentado, emplean un montón de calificativos (brillante, flojo, mediocre, sólido, notable, irregular, profundo, superficial, etc, etc…) y poco más. ¿Cómo conseguir otra cosa? ¿Cómo proponerle al lector una idea original y además bien razonada, inferida, demostrada?

Muchos teóricos o críticos proclaman tener unas ideas muy claras o una teoría sobre el cine o la literatura, pero luego en sus opúsculos, en sus volúmenes llenos de epígrafes y de palabras rimbombantes, no acabas teniendo muy clara cuáles son esas ideas o esa teoría tan fundamentada sobre la literatura o el cine. Al menos lo intentan. Otros, la mayoría, que se atreven a escribir sobre estos temas sin tener la menor preparación para hacerlo (no solamente sobre cine o literatura, sino que además no saben tampoco escribir de manera interesante y bien organizada, no digamos ya personal o profunda) solamente son capaces de acumular ocurrencias, gracietas y chascarrillos, además de repetir lo que miles antes que ellos dijeron con anterioridad. Pero no se trata de decir que aquella peli «está de puta madre», o que aquel libro «es cojonudo». Se trata de tomarse esto en serio y ser capaz de demostrar a alguien que por mucho que diga que fulanito es un mal actor porque en esa película lo hace fatal, eso no es verdad y está totalmente equivocado. O que por mucho que diga que tal novela es un rollo, tú puedes esgrimir perfectamente el porqué de su error.

En caso contrario no habría canon, ni conocimientos, ni verdades en el arte. Todo sería un pandemónium de gustos personales, de filias y fobias, de ideas de laboratorio sin verdaderos fundamentos teóricos. Y está claro que esto no es así, y que los que tenemos formación en narrativa, cine o literatura, y no podemos hacer otra cosa que escribir y escribir, tenemos la obligación de ser sistemáticos, organizados, consecuentes, exigentes. De evolucionar y aprender constantemente. De no ser tendenciosos sino convincentes. De argumentar de manera rotunda. De aportar algo a quien nos lee, no de soltar un montón de sentencias creyéndonos que sabemos más que nadie y que estamos en posesión de la verdad. Yo no creo que yo tenga la verdad en un puño, pero sí que tengo razón, que no es lo mismo.

Mi intención honesta es escribir en los próximos días un sumario teórico del que servirme a la hora de enfrentarme a la crítica o el análisis de una obra literaria o cinematográfica, incluso musical, o hasta un cómic. Con ella demostraré que mi obra crítica no es un compendio de gustos u ocurrencias, sino que tiene una base analítica. Como nunca lo he dejado por escrito sino que es un sistema que existe en mi cabeza, es posible que me lleve más de lo previsto, pero desde luego va a merecer la pena escribirlo.

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El poderío narrativo de EEUU

Las cosas como son: nos pasamos la vida viendo películas estadounidenses (mal llamadas americanas) y series estadounidenses, escuchando música estadounidense, leyendo libros estadounidenses… de hecho hasta viendo deporte estadounidense (NBA, béisbol, fútbol americano…este está bien dicho…), poniendo en la tele a humoristas estadounidenses, noticiarios estadounidenses…¡Hasta las putas elecciones estadounidenses! Afrontémoslo, nos encanta lo estadounidense. Puede que por lo bajini les pongamos a caldo, pero nos mola. Porque lo estadounidense mola, y punto. Lleva décadas haciéndolo y no va a dejar de hacerlo salvo catástrofe. La mentalidad de ese país, su chulería, su arrogancia, las películas en la que los malos cobran porque el héroe les zurra, de que cuando llega la poli y los bomberos todo se soluciona porque «son los mejores», su grandeza, su épica, el western americano, los anuncios y las marcas estadounidenses…nos mola hasta lo hijos de puta que son cuando quieren algunos de ellos. Nos encantaría ser como ellos, en el fondo, y no este antiguo imperio venido a menos y siempre con Francia, Alemania e Inglaterra jodiéndonos en cuanto pueden. Lo españolito no mola, lo estadounidense sí.

Cómo en un sitio como este, dada su temática, y un tipo como yo, que se pasa la vida hablando de narrativa hasta cuando nadie le escucha, no íbamos a proclamar a los cuatro vientos el poderío narrativo estadounidense. Podemos criticar lo que queramos, y seguro que hay mucha carnaza para hacerlo con gusto, pero también hay que rendirse a la evidencia: los estadounidenses pueden ser tan suyos que no tienen ni por qué ponerle un nombre a su país, pero entendieron pronto el enorme poder persuasivo de la narrativa a la hora de conquistar el mundo, y se entregaron a ello con fruición. Vendieron a todo el globo que ellos son los buenos, y el resto del mundo los malos. Ellos son la policía universal, los sacrificados héroes, y el resto de países las damiselas en apuros esperando a ser rescatadas de mefistofélicos terroristas, de horrísonos comunistas, de malvados hombres que no son blancos y con los ojos azules. Cómo será la cosa que me acuerdo que cuando era pequeño asociaba yo, por alguna extraña razón que aún no comprendía, lo azul a lo bueno, y lo rojo a lo malo. De hecho, no sé si el lector conocerá ese juego que se llamaba (bueno, y que se llama, digo yo…) Stratego, en el que había fichas azules y rojas, y yo, juro por lo más sagrado al que lea estas líneas, no escogía las fichas rojas absolutamente nunca porque me hacía sentir violento y malvado, y comunista, y sioux y un montón de cosas feas, mientras lo azul me hacía sentir bueno, y justo, y noble. Y juro al lector que no estoy pirado.

Pocos elementos propagandísticos tan convincentes como la televisión (que relevó a la radio en esos menesteres), el cine y la literatura, por ese orden. Y lo cierto es que los cabrones lo tienen bastante fácil. Como su país es un desatino sin pies ni cabeza, una república federal de medio centenar de estados y un distrito federal (que es como decir medio centenar de países que tienen la suerte de hablar una lengua común), una de las extensiones más grandes del planeta, con algunos entornos naturales asombrosos, y como está poblado, en algunos lugares, por auténticos pirados, y como allí eso de llevar armas es casi un derecho constitucional, y es además uno de los países más ricos del mundo, y más corruptos del mundo, y más belicistas y destructivos y guerreros de la historia de la humanidad, la materia prima para sus ficciones, escritas o filmadas, está servida en bandeja. Allí no necesitan mucha imaginación. Basta con abrir el periódico cada mañana para nutrirse de grandes historias. ¿Cómo va a competir la historia de un policía llamado, pongamos por caso, Ruperto Gómez, que persigue por las calles de Vallekas al pérfido ladrón de joyerías Makinavaja II, con la del aguerrido investigador Joey Chambers (me acabo de inventar el nombre, y ya me gusta, rediós…), alcohólico, divorciado, que le pasa una pensión a su mujer, cuyo compañero, preferiblemente negro, que se llamaba, yo qué sé, Hank Mortimer (le apodaban Morty en la comisaría), que por supuesto fue asesinado por orden de la mafia italiana, y que busca por las seductoras calles del San Francisco de los años 70 al culpable de ese asesinato, quien además de psicópata y asesino a sueldo, es un fascinante malvado capaz de recitar a Shakespeare al revés mientras remata a sus víctimas con el abrecartas que le regaló su padre antes de morir?

¡Es imposible! ¡Que le den por saco a Ruperto Gómez, y bienvenido seas, Joey Chambers! La mayoría del audiovisual estadounidense, sobre todo del que se vende para las masas en los cines y en los canales por cable, es absolutamente demencial y delirante…¡pero nos gusta! Nos lo pasamos bien, muchas veces, viendo tonterías. Y ellos lo saben. Llevamos décadas y décadas dando de lado nuestra cultura, mucho más rica e interesante que la suya (y lo mismo se puede decir de la italiana, la alemana, o la rusa…no tanto de otros países cercanos) por atiborrarnos de esas palomitas audiovisuales o literarias, hasta el punto de que por ejemplo en España, durante mucho tiempo, nadie se atrevía a hacer cine o literatura de género (negro, western, terror, sci-fi) porque nos sentíamos ridículos, algo que afortunadamente cambió con el paso de los años… aunque para copiar los patrones anglosajones. Y es que los anglosajones dominan moralmente esta parte del mundo, y buena prueba de ello es que nos creemos sus ficciones. Nos fascinan sus ficciones, sus mentiras, construidas para que les veamos como superiores. Y no lo son. Mientras tanto no nos creemos las nuestras, y renegamos de nuestro cine y de nuestras ficciones, a menudo injustamente (otras veces no tanto…).

Aunque lo cierto es que en apenas cien años la tradición cinematográfica estadounidense impresiona. No creo que sea la mejor del planeta (al contrario que muchos ilusos que no ven otra cosa), pero no tienen nada que envidiar a los países más cinéfilos del mundo, como Francia, Japón o Rusia. Incluso el cine británico es realmente impresionante, con sus lógicos altibajos a lo largo de la historia. Han cuidado su cine y lo han vendido con alevosía al resto de países, y lo mismo puede decirse de sus ficciones televisivas. Esto además con el aliciente de que junto a los británicos, los argentinos y algunos pocos más, los estadounidenses son los mejores actores del mundo. Pocas cinematografías actuales pueden presumir de que entre sus filas militan nombres tan imprescindibles, y todavía en activo, como los de Scorsese, los Coen, Allen, Tarantino, P.T. Anderson, David Fincher, Jeff Nichols, Spike Lee, Steven Spielberg, David Lynch, Terrence Malick, Kathryn Bigelow, James Cameron, Wes Anderson, Todd Haynes, y algunos más que me dejo en el tintero.

Y en cuanto a la literatura, hay que reconocer que pese a su corta edad, los estadounidenses también impresionan. Nada menos que Herman Melville, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Walt Whitman, Henry James, Nathaniel Hawthorne, Ralph Ellison, Emily Dickinson, Wiliam Faulkner, T.S. Elliot, Thomas Pynchon, Don DeLillo, Cormac McCarthy, por citar sólo a unos pocos. Lástima que sean un país tan joven y que les haya pillado este virus del postmodernismo, lo que ha truncado muy probablemente sus posibilidades de rivalizar con la más importante literatura del canon, la española (y mira que me cuesta decir algo bueno de mi propio país, pero resulta que es la pura verdad).

El empuje narrativo de EEUU es insoslayable, así como su ímpetu y su continua regeneración. Por desgracia en gran medida les sirve para vender las ideas y la forma de vida de la que quizá la nación más dañina de la historia de la humanidad, la que probablemente, junto a un par más, nos lleve a un abismo, si es que no lo estamos ya, del que no podremos salir. Pero mientras caemos como ovejas a ese abismo, aún podremos disfrutar de ‘The Wire’, de ‘The Godfather’, de ‘As I Lay Dying’, de ‘Blood Meridian’, y de unas cuantas más.

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