¿Qué pretendo yo al escribir?

Yo creo que tarde o temprano todos tenemos que hacernos esa pregunta. Y no solamente qué pretendemos, sino qué tipo de escritor queremos ser, que viene a ser idéntica cosa. Por eso este artículo en concreto lo escribo sobre todo para mí mismo…

Mucha, muchísima gente escribe en el mundo, en todo tipo de formato, sobre gran cantidad de cosas, practicando muchos géneros, dentro de la ficción o fuera de ella. Algunos con más talento que otros, con más cosas que decir que otros, con mejor verbo, con más capacidad expresiva, con una pluma más afilada que otros. Y ahora que internet nos da la posibilidad de dejar por escrito nuestras ideas, muchísima gente más se lanza a juntar letras y palabras en blogs y redes sociales y libros electrónicos (mucho más baratos), y publicaciones en Amazon y en donde haga falta. Todos queremos escribir, todos queremos que nos lean, todos queremos dejar una impronta, aunque quizá algunos saben que lo de escribir no es algo que se les de particularmente bien. Hoy día quieren ser escritores de ficción incluso personas que no leen y que además no están interesados en la literatura, pues eso de ser escritor parece que otorga un aura de superioridad o de pertenecer a un club exclusivo y elitista, y en algunos casos, por lo visto, puede llegar a dar mucho dinero. Pero además de poder conseguir grandes cantidades de dinero, o de ganarse la vida con ello, algo muy respetable, yo creo que es muy importante querer saber qué tipo de escritor es uno, o qué tipo de escritor quiere ser uno, antes que cualquier otra cosa.

En el caso de la no ficción, suele ser más sencillo. Los periodistas o analistas o estudiosos de cualquier tema, que escriben en medios consagrados o en revistas o periódicos digitales, lo que quieren es hablar de aquello que a ellos les interesa, y de paso demostrar todo lo que saben. Es infrecuente, sin embargo, encontrar personas que escriban sobre cine, literatura, música, filosofía, historia o política con un marcado carácter divulgativo, con una vocación didáctica. En general, tanto en periódicos como en blogs, incluso en podcast, lo que muchos despliegan únicamente es un ego desmedido, que en muchos casos nadie sabe de dónde lo han sacado. El narcisismo entre los escritores de no ficción no es menor que entre los escritores de ficción. Pocas veces se demuestran las ideas con argumentos, con imperativos de conocimiento. La mayoría es a base de exabruptos y de ocurrencias. Y yo en este caso sólo puedo hablar por mí, pues estoy escribiendo desde una página personal que algunos podrían llamar blog (aunque yo no creo que sea exactamente un blog).

Lo que pretendo escribiendo esta página

Dos cosas fundamentales: aprender (a escribir mejor sobre aquello que me interesa y a conocer mejor aquello que me interesa), y aportarle algo al lector más allá de mi propio ego. Porque yo reconozco que tengo mis vanidades (¿para qué voy a decir lo contrario?) pero ocurre que leyendo a otras personas que escriben por internet, o que hacen podcast, o que dejan artículos en medios especializados en papel, resulta que soy el más humilde de los escritores sobre narrativa, y que a pesar de que puedo parecer cabezón, duro e inflexible, soy blando, me dejo convencer y acabo resultado bastante transigente con las ideas ajenas. Al menos en comparación a otros/otras. Y al contrario que otros/otras yo he estudiado y he investigado en profundidad y durante décadas sobre aquello que escribo (cine y literatura sobre todo), mientras que otros repiten lo que les ha dictado su gurú o profesor de turno, o se limitan a poner en un papel sus acríticas ocurrencias.

Sé que me he ganado cierta fama de radical o de ogro (de hecho algunos comentaristas me dicen que tienen miedo de dejarme alguna petición o idea no vaya a ser que muerda…), en medios como blogdecine (que era la mayor cloaca de trolls y de incompetentes a la hora de escribir que jamás he conocido) y supongo que algo de eso hay. Además, no se me ha ocurrido otra cosa que poner una foto mía en el perfil de esta página en la que parece que le voy a soltar una hostia a alguien. Pero ¿qué querían? ¿que saliese con una sonrisita happy flower, mirando a cámara, con los pulgares hacia arriba? Un poco de por favor. Pero yo no muerdo. De hecho, publico los comentarios hasta de los que me insultan o me atacan, sin cambiar una coma. Pero sí tengo las ideas muy claras, y soy capaz de rebatir a cualquiera, porque al menos en esto (cine y literatura) sí puedo hacerlo. Y si puedes hacer algo desde luego lo haces.

¿Qué pretendo, finalmente, con esta página mía? Influir al lector, ser un crítico cinematográfico y literario, un analista e investigador, de altura. Puede que no esté trabajando en una revista especializada, pero puedo demostrar que estoy a la misma altura que ellos, o más aún muchas veces. Quiero hablar sobre cosas que me obsesionan como ciertas películas, ciertos libros, cierto estilo de narrativa, desde una posición de investigador y de conocedor de aquello que está hablando. Quiero provocar polémica si es necesario, quiero luchar verbalmente contra todo aquello que no me parece bien, que no creo que sea justo o necesario. Quiero, a fin de cuentas, dar rienda suelta a mis ideas más viscerales, expresadas desde un racionalismo y un materialismo absoluto. Y espero estar consiguiéndolo. Otra cosa es la ficción.

Lo que pretendo cuando escribo ficción

Todo escritor escribe algo parecido a aquello que le ha obsesionado después de haberlo leído. Eso es ley, y yo no me libro de ello. En mi caso me obsesiona el Western y la Aventura, pero no el western americano, que no es más que folklore y constumbrismo, ni la Aventura juvenil o bienintencionada. A mí me obsesiona las características del western universal, que ya expliqué en las características esenciales del género: la aventura al límite, en un territorio fronterizo que es la vez físico, geográfico y mental, psicológico. Es decir, yo siempre escribo historias de supervivencia.

Lo que pretendo, claro, es vivir de lo que escribo, aunque publicar, que te contrate una editorial, es cada día más complejo y más arduo. Pero seguiré intentándolo. ¿Tengo algo que perder? Pretendo vivir y no enriquecerme con ello (aunque a todo el mundo le gusta el dinero), porque probablemente, por el tipo de relatos y novelas que escribo, no sea yo exageradamente comercial. Y al contrario que muchos escritores de hoy día, si tengo que elegir entre vender con un libro un millón de ejemplares, o que venda cincuenta mil pero sea una gran novela o libro de relatos, elijo lo segundo, y es por ello que escribo la literatura que escribo: áspera, sin finales felices ni lugares comunes, de aventura al límite, de supervivencia, en la que la muerte es un factor determinante, con personajes que luchan por sobrevivir en un ambiente hostil que puede ser pasado, presente o futuro.

Porque para eso vivo, para eso y para cualquier gran episodio de ‘The Walking Dead’ (los hay a decenas), en el que los personajes vivan una situación al límite, para cualquier película en la que los personajes lidien cara a cara con la muerte, para cualquier novela que suponga un paroxismo de emoción física y psicológica. Todo lo demás no me interesa. De hecho no me parece que sea literatura o cine. Y a ello me dedico, ya con seis novelas largas terminadas (una de ellas publicada en Amazon), además de dos cortas y una veintena de relatos. Y a ello me voy a seguir dedicando, contra viento y marea, y supongo que algún día un editor verá que lo que estoy haciendo merece la pena y me dará un voto de confianza.

He dejado más o menos claro de qué palo voy, ¿no?

A muerte con tus personajes

Existen muchos manuales y libros y estudios y vídeos y conferencias y talleres sobre la creación, desarrollo y escritura de personajes, tanto para novelas como para cine y teatro. Y dentro de ese magma de tratados y monografías, de enseñanzas y formaciones, hay un poco de todo en cuanto a lo valiosos o prescindibles que puedan llegar a ser. Sin embargo hay uno que está por encima de todos ellos, bajo mi punto de vista: escribir una novela. Cualquier novela. Aunque sea una mala novela. Incluso una deleznable novela. Cualquiera es muy libre de ir a un taller o de leer manuales escritos en sueco, en inglés o en francés, y de pensar que sabe lo que tiene que hacer o que tiene las ideas más claras, pero luego te sientas ante tu mesa de trabajo y estás en pañales.

Porque hasta que no te pones de verdad, todo lo demás es paja. Y cuando tienes delante la pantalla y el teclado es cuando ese personaje en el que llevas pensando quizá varios años, que puede ser tu mismísimo alter ego, esa creación tan fantástica y tan extraordinaria y tan increíble que te reclama que estés a la altura y resulta que todo lo que se supone que habías aprendido no te vale para nada y te encuentras una vez más en la casilla cero, y te queda mucho por remar, y te queda mucho por escalar. De hecho, los remeros olímpicos y los escaladores profesionales son meros aficionados al lado de un novelista que está empezando a aprender cómo armar a sus personajes, a escucharles y a comprender por qué escribe sobre ellos, con ellos, para ellos, y no para ningún otro. Y al principio tus esfuerzos, tus desvelos y tus amarguras no te valen de mucho, porque esa imagen inalcanzable del personaje o personajes anhelados que quieres poner en negro sobre blanco se te deshace entre los dedos como el barro, y sólo después de mucho trabajo el barro comienza a convertirse en arcilla…

Y con muchísimo trabajo, y muchas semanas de obsesión y casi de desvaríos, la arcilla se transforma en roca, y quizá con ella puedas empezar a armar tu edificio, es decir, tu novela, tu libro de cuentos, tu obra de teatro o tu guion cinematográfico. Pero hay que tener cuidado, porque al menor descuido, a la mayor imprecisión, a la más leve ruptura de tono, la roca se transforma de nuevo en arcilla, la arcilla en barro, y todo se te viene abajo otra vez.

Y esto le puede pasar a cualquiera, incluso a los más extraordinarios novelistas, cuentistas, dramaturgos, guionistas, actores o directores de cualquier estilo o clase. Lo hemos visto muchas veces. Y cuando pasa esto sucede por una única y exclusiva razón: el escritor, o el director, o el actor, han dejado de entender a su personajes, de escucharles, de ser parte de ellos en definitiva. Puede suceder a mitad de novela o de película, puede ser en la segunda parte de una historia, o puede ser en cualquier momento. Tan importante como la voz narrativa o el espacio-tiempo narrativo, el personaje reclama de su creador que se lo de todo, porque lo que queremos no es que sea un arquetipo o un monigote, sino un ser vivo, tan vivo, o más vivo, que cualquier persona del mundo real.

Entiendo de sobra a esos escritores que no quieren que los personajes se les rebelen, se les desmanden y así perder el control de aquello que están escribiendo. Pero se equivocan al no permitirles que hagan tal cosa. El autor ha de ir a muerte con los personajes, ha de dejarle ser ellos mismos hasta el final, pase lo que pase, y entonces la novela, o la película, será mucho mejor, no responderá a un plan preestablecido de su autor, poseerá su propio sistema inmunológico y será inmune a convencionalismos, clichés o lugares comunes. Es la única forma. Da mucho miedo y es justamente lo contrario de lo que recomiendan todos los talleres de escritura, pero en mi opinión es precisamente lo que se ha de hacer. Es más, si tienes la suerte de que eso suceda es que tu personaje por fin habrá cobrado vida propia, balbuciente y renqueante, pero vida a fin de cuentas, y tú no puedes despegarte de él y él no puede vivir sin ti, tendrás que acompañarle, guiarle el resto del camino, tratar de llevarle a aquellas zonas del argumento que tenías previstas, rezar porque quiera coger esos caminos y no otros, y que quiera hacerlo del modo en que tú crees que es mejor para él, y no del modo en que él lo cree… pero cuando haga lo que él cree que es mejor no tendrás más remedio que seguirle.

Es lo más parecido a tener hijos que vas a experimentar en tu vida si es que eres escritor. No puedes obligar a tus personajes a vivir aquello que tienes preparado para ellos punto por punto, tienes que permitir que cada vez tomen decisiones propias de mayor peso, hasta que por fin vuelen solos. Bajo mi prescindible, nada objetivo, escasamente prestigioso punto de vista, es la única forma de escribir una novela o un relato de cierta extensión. Volverte esquizofrénico perdido y regresar de la experiencia un poco más tocado de lo que ya estabas, después de haberles dicho adiós a tus creaciones.

Inspirarse para escribir

Lo primero que me gustaría decir es que no entiendo a esos escritores que se tiran tres o cuatro años para escribir una novela. No digo que sean malos escritores, por supuesto que no… probablemente puedan ser mejores escritores que yo, pero me parece muchísimo tiempo. Hablo de escritura efectiva, es decir, estar tres o cuatro años tecleando la novela, escribiendo el texto en sí, no pensando o tomando notas. Asombra todavía más cuando luego entregan una novela de doscientas páginas o de cincuenta mil palabras.

Hagamos una división: si has tardado tres años en escribir cincuenta mil palabras, es que has escrito al día (teniendo en cuenta que cada año son trescientos sesenta y cinco días, multiplicados por tres salen mil noventa y cinco días), una media de cuarenta y cinco palabras…que no es ni la décima parte de un folio normal. Esto es como cuando el Pérez-Reverte dice que está tres años documentando una novela… no me salen las cuentas. Claro, algunos dirán que luego vienen las reescrituras y las versiones sucesivas, etc… Ya, pero ¿cuántas versiones? Ni aún haciendo diez versiones completas (es decir, escribiendo cuatrocientas cincuenta palabras diarias), me salen las cuentas. ¿Un folio al día? Eso no es escribir, me parece a mí. Todos esos que dicen que han estado tres o cuatro años escribiendo una novela, o una serie de novelas, están mintiendo con tanto descaro como el Pérez-Reverte cuando habla de documentarse. Si al menos luego presentaran una novela de mil folios, o de medio millón de palabras, o una obra maestra incontestable de la literatura, tendría algo de sentido.

Esto viene a cuento de esa imagen romántica que todavía se tiene del escritor, esa que el lector o el ciudadano corriente alberga de un individuo o individua que escribe «cuando le viene la inspiración», o «cuando le soplan las musas». Si eso fuera cierto, sería normal que para escribir cuarenta mil palabras bien escritas se tardasen varios años. Pero el caso es que no es cierto. Uno no puede escribir cuando está inspirado, o cuando tiene ganas, porque en ese caso no escribiría jamás. Uno escribe porque no tiene más remedio, y escribes todos los días, tengas inspiración o no, tengas jaqueca o te sientas físicamente pletórico, estés cansado o hayas dormido tus ocho horas del tirón. A menos que físicamente estés incapacitado para escribir ese día (porque te has roto una mano, porque tienes cuarenta de fiebre, porque se te ha estropeado el ordenador…) vas a escribir con o sin inspiración.

Claro, lo suyo sería escribir inspirado, para hacer el mejor trabajo posible, para que tantos días y tantos meses de trabajo no se vayan en balde. Pero eso… ¿cómo se hace? Pues cada uno se tiene que buscar las castañas, como se suele decir. Algunos, afortunados, se inspiran a medida que escriben, pero otros no. En mi caso, que es un caso particular y que por supuesto no puede extrapolarse a otros escritores porque cada cual es un mundo, obtengo inspiración directa de la música e indirecta de imágenes tales como dibujos o fotografías, casi nunca o nunca de películas. ¿Y por qué es así? No tengo ni idea, pero así es. Y cuando digo que la música me inspira de forma directa es que me basta escuchar algunos temas conocidos o algunos otros que de pronto me encuentro y que nunca escuché, para imaginarme situaciones, acontecimientos o secuencias enteras, y cuando digo que ciertos dibujos o fotografías me inspiran de manera indirecta es porque a veces contemplándolos puedo configurar mejor el tono, el ambiente y la escenografía de grandes lugares imaginarios, o puedo meterme en la atmósfera de determinados momentos con mayor facilidad, e incluso si es el dibujo o la fotografía de un personaje, puedo tomar algunos de sus rasgos, o todos, para crear un personaje que a partir de entonces será mío.

En mi opinión los que dicen que sólo escriben cuando están inspirados, lo que quieren decir es que escriben cuando les apetece, algún día de vez en cuando que les viene bien. Y ese día escriben a lo mejor quince o veinte páginas, seis o siete mil palabras, y luego pasan varios días sin escribir nada, hasta que les viene la inspiración. De esa forma, bajo mi punto de vista, tardas mucho en terminar una obra, demasiado, sobre todo si es ambiciosa y extensa. Lo duro de escribir es que son meses escribiendo todos los días, de lunes a domingo, zambulléndote en la historia y los personajes, sin pensar casi en otra cosa. Y cuando por fin terminas puedes estar otro mes o mes y medio corrigiendo y mejorando el texto lo mejor que puedes. Y en ese arduo proceso puedes llegar a estar inspirado diez o doce días. En muchos casos son suficientes para hacer honor a esa razón a veces inexplicable que te lleva a ponerte a escribir esa novela, y ninguna otra, y a hablar de esos personajes, y no otros.

Y ojalá esa razón, amigo escritor, no sea vender más libros, porque en ese caso ya te digo que tienes todas las papeletas para que, en efecto, esas semanas y esos meses sí hayan pasado en balde.

Cambio de rumbo

Qué curiosa es la vida creativa… Decía Bukowski que si no eres creativo de alguna manera, es decir si no eres un artista, bueno o malo, conocido o desconocido, es como si estuvieras muerto. Yo no sé si eso es verdad, pero está claro que muchas veces te mueves por impulsos y resortes desconocidos y ocultos para los demás. Es decir, también tienes tu vida, tus amistades, tu pareja, tu trabajo, tu salud y todo eso, con sus pulsiones y sus resortes que te empujan a hacer cosas para procurarte un mayor bienestar… pero sobre todo está esa vida aparte, esa existencia interior que ni siquiera sabes por qué está ahí pero que experimentas en paralelo, que has de colocar como mejor puedes al mismo tiempo que la otra vida, y que a menudo te obliga a escindirte en dos y a vivir cosas que para los demás son difíciles de comprender.

Recuerdo bien este inicio del año 2021. Después de haber concluido, con mucho esfuerzo, cuatro relatos bastante largos que conforman un solo volumen y que pueden adquirirse por muy poco dinero en esta web (del que por cierto me siento muy orgulloso porque creo que al menos dos de ellos están entre lo mejor que he escrito jamás) estuve algunas semanas tremendamente inquieto porque no sabía qué escribir a continuación, o mejor dicho no sabía cuál de los proyectos que tenía en mente sería el más idóneo para dedicarle semanas y meses de trabajo… porque hay una cosa que sí que no se puede elegir: no se puede elegir entre escribir y no escribir. Esto no es un oficio, ni un hobby. Algunos, muchos, escribimos porque no tenemos más remedio, porque una vida sin escribir es inconcebible. Y ya hemos estado muchos años sin escribir cuando era eso, precisamente, lo que teníamos que haber hecho antes que perder el tiempo con otras vidas… De modo que cuando acabas una cosa de inmediato, sin poder esperar a que pasen tres meses, quieres saber qué vas a hacer a continuación. Es posible que no empieces ese relato o esa novela nada más concluir lo anterior (aunque a veces lo he hecho), pero desde luego no vas a estar un año mirando la pared o viendo las noticias…

…claro, el problema es tener que elegir.

Porque cuando eres escritor, y espero que me crean los que lean estas líneas y no lo sean, mientras que sé que los me leen y son a su vez escritores (que me consta que hay unos cuantos) me darán la razón, nunca tienes un solo proyecto. Eso es muy difícil que ocurra. Tienes un gran proyecto en mente, eso seguro, pero tienes por lo menos tres o cuatro más, que bien pensado podían ser igual de grandes. ¿Y por cuál empezar? Ojalá viviésemos ciento cincuenta años asegurados y pudiéramos dedicar todo el día a escribir. Pero muchos no viviremos tanto tiempo y por desgracia tenemos que hacer otras cosas para vivir. Por lo que quieres elegir bien. Decía Cioran que hagas lo que hagas te equivocarás… una gran verdad que a un escritor, a cualquier escritor, le produce el más insoportable de los vértigos. Quieres elegir la novela o el libro de relatos perfecto, ese que te va a hacer crecer como escritor, ese del que te vas a enamorar irremediablemente, el que por ejemplo va a convencer a un editor de que merece la pena publicarte, del que vas a estar orgulloso toda tu vida. Pero lo cierto es que de los cuatro o cinco (o seis o siete) que tienes no sabes cuál es.

Ojalá estuvieras siempre profundamente enamorado del material que estás escribiendo todos los días, que te hace levantarte a diario a las seis de la mañana y acostarte a las dos. Pero eso no siempre sucede. A menudo estás con un material que te resulta interesante, o incluso muy interesante, pero que de vez en cuando notas que no estás exprimiendo o desarrollando en todo su potencial, o que sencillamente podía haber esperado mientras podrías haber dedicado tu valioso tiempo a otra cosa. Es una sensación horrible. Yo solo he estado completamente seguro de que ese era el proyecto ideal con mi primera novela. En el resto ha sido a ratos, y cada vez a menos ratos, aunque en la cuarta (que creo que está entre lo más interesante y personal que he escrito) fue muy parecido a la primera… Ahora llevo siete semanas escribiendo una novela que no iba a ser precisamente corta y que en su momento, hace como un año, ya pospuse para más adelante después de escribir unas pocas páginas. En poco más de mes y medio he escrito más de cien páginas (unas cincuenta mil palabras), pero he decidido posponerla de nuevo, guardando celosamente ese material a la espera de retomarlo en un futuro, porque me he dado cuenta de que no tengo prisa en terminarla y ponerla a la venta.

Algo que sí me sucede con el proyecto con el que voy a ponerme ahora, que probablemente sea uno de los más ambiciosos, o el más ambicioso, al que me he enfrentado, que ya barajé en enero y que no me atreví, no me lancé quizá por miedo, o por inseguridad… pero son esas las razones por las que tenía que haberme decidido por él. Un escritor necesita retos, un desafío en el que poder creer. Ya lo decía Buñuel: sin lucha no hay conquista. Es probable que este complejo proyecto me lleve muchos meses de trabajo, y muchos esfuerzos y frustraciones y desvelos, pero intuyo que va a merecer, y mucho, la pena. Cuando lo termine, dentro de varios meses (puede que después del verano o incluso a final de año, sea cuando fuere lo contaré en esta página), me sentiré pletórico y que he empleado mi tiempo en algo importante. Porque para eso escribimos algunos: para pasar un jodido infierno y salir de él renovados, más fuertes y más libres. Que luego te publiquen, o no, ese trabajo en una editorial de renombre es casi lo de menos.

El cañón del revólver (II)

Me cuenta un amigo lector que tal como yo esperaba cierto «anónimo», que sé perfectamente quien es, ha dejado un comentario muy negativo y puesto una estrellita en Amazon a mi novela, fingiendo que se la ha leído y hablando de decepción o algo por el estilo (cuando en realidad para que haya decepción han de existir grandes y honestas expectativas), como si yo fuera a ofenderme, o como si fuera a fastidiarme las «ventas», o como si pudiera a mí quitarme el sueño que critiquen mi novela o que me pongan una estrellita en lugar de dos, tres, cuatro o cinco. Hace mucho descubrí que hay gente que vive en su mundo de ilusión y que quiere arrastrarnos a todos a esa ilusión. Querido «anónimo»: me consta que no has leído mi novela (porque no hace falta verificar compra para comentar o puntuar), pero ni falta que hace, ¿eh? No es para ti. Ahora bien: ya que te pones a perder el tiempo conmigo te recuerdo que aún puedes modificar tu comentario y escribir estupideces mayores que esa de las erratas (que a ninguna persona con dos dedos de frente puede convencer para no comprar el libro, sólo a los paletos a los que ya convenciste…). O puedes, si te place, revisar los ataques que gente más inteligente que tú (es decir, la mayoría de la gente) ha dejado a tus supuestamente admirados Pérez-Reverte o Gómez-Jurado (aunque a ellos tampoco les has leído, porque tú y yo sabemos que no lees), a los que les dedican comentarios realmente negativos y punzantes. Pero ni para eso sirves, porque toda tu vida no has servido para otra cosa que para ser un trol. Desde el cariño.

Mi buen amigo Javi Gallego me ha hecho caso y ha escrito una excelente lista con los veinte poetas más grandes de todos los tiempos, lista que me va a servir a mí de bastante más de lo que él piensa. Pero en lo que yo pienso ahora es en todos esos falsos poetas, en realidad una legión de ellos, que por ejemplo en España ven publicados sus deleznables poemarios por editoriales de peso, capaces de colocar sus volúmenes en la Fnac, o en El Corte Inglés, o en la Casa del Libro, con ediciones muy bonitas y muy de cuento, que parecen escritas por adolescentes semianalfabetos (querido «anónimo», aquí tienes gente a tu altura y libros que sí son para ti… de nada). Hablo de gente como Marwan, Leticia Sala, Elvira Sastre o Luna Miguel, entre muchos otros, que tienen la suerte de que sus papis fueron editores, o de tener los contactos precisos, o de saber babosear lo suficiente en redes sociales, o de echarle mucho morro o de tocar la guitarra con algo de destreza, virtudes o saberes que combinan con un autobombo extraordinario. Igual se creen los herederos de la poesía española en este infausto, literariamente hablando, siglo XXI, cuando no son más que una panda de cutres y holgazanes, que no tienen ni idea de literatura y que desde luego no «la aman» tanto como ellos dicen. Lo único que son capaces de amar es a sí mismos. No existe ninguna diferencia intelectual entre estos mequetrefes y los influencers o youtubers estilo Rubius, salvo que este último gana mucho más dinero que ellos.

Seguimos con este maravilloso mundillo literario que nos ha tocado vivir, con sendos artículos dedicados a, o escritos por, dos niñines que juegan a ser escritores y que ya han sido nombrados en este artículo: Juan Gómez-Jurado, al que le dedican una entrevista en El Periódico de Aragón (otra más, porque al parecer los medios escritos se pelean por este tipo), y Luna Miguel, a la que han tenido la mala idea de preguntar acerca de la crítica literaria en El Cultural. Ambos textos son los que los lectores de hoy en día, sin duda, merecen. Gómez-Jurado, presto a sustituir al generalísimo Pérez-Reverte como vendedor de best-sellers español, sigue repitiendo que lo más importante que ha de hacer la literatura es divertir, y otras ideas habituales en él; y Luna Miguel, que titula su texto con un pedante y supuestamente ingenioso «Bocatuit-orejastorie«, en el que escribe muchas palabras sin decir absolutamente nada, imbuida de ese espíritu millenial-guay-estupendo que sin duda convence a su parroquia y a las mentes más perezosas de que los críticos literarios son todos prescindibles. Ni Gómez-Jurado ni Miguel tienen el menor interés ni la menor idea sobre literatura, y su nivel de expresión es digno de cuando íbamos al instituto, aderezado eso sí con pedanterías y lugares comunes incapaces de maquillar lo pobre de sus ideas, pero ahí están, creando tendencia, siendo uno el ejemplo para los lectores de libros de género y la otra una suerte de pseudo-feminista, pseudo-editora, pseudo-poeta capaz de escribir «maravillas» como esta: «he escrito un libro por cada hombre que he amado». Gente como esta tiene la gran suerte, precisamente, de que no hay una crítica literaria seria en este país que le deje claro al lector que no son más que un fraude.

Dejemos la literatura, porque después de las nominaciones a los Goya han llegado las nominaciones a los Globos de Oro, y la retahíla de veces que los medios de comunicación, absortos en su originalidad, ya han calificado de «antesala de los Óscar». Bravo. Pero yo, que soy uno de esos recalcitrantes aguafiestas que se monta su propia película con todo, me pregunto si ya ha llegado un momento en que todo esto de los premios, especialmente los premios cinematográficos, importan un comino a todo el mundo, salvo a los gañanes que les otorgan un valor cada vez más artificial. Es más: pienso que hace mucho tiempo que estos premios no le importan a nadie. Especialmente los Goya, que este año será un híbrido (vete a saber qué es eso) entre espectáculo en directo y entrega telemática de premios…aunque quizá precisamente por eso sea la gala más entretenida y creativa de su historia…

Esta película de terror que es la pandemia, película que va sucediendo muy despacio, y muy mal escrita, y anticlimática en todo momento, que tiene visos de no acabar hasta dentro de unos cuantos años, nos tiene anestesiados de muchas cosas, me parece. Si hace un año nos hubieran dicho que setecientas personas mueren diariamente en nuestro país nos hubiéramos escandalizado y horrorizado. Pero tal cosa lleva sucediendo desde hace muchas semanas, y no veo a la gente ni escandalizada ni horrorizada, sino haciendo su vida lo más normal posible… eso sí con mascarillas en todo momento que pasamos fuera de casa. Las películas yanquis de horror y desastres nos han intentado convencer muchas veces de que ante un desastre la gente crece y se une y cambia y el mundo, pese a quedar malherido, es un mundo mejor y más justo, y la gente es más consciente de su propia mortalidad y la de los demás. Ahora que se ha demostrado que eso es una falacia como un piano de grande… ¿volverán a hacer ese tipo de películas? Supongo que los anglosajones sí, es su forma de ser.

Y para terminar con estos seis tiros… ¿Cuándo va a llegar una serie de televisión sobre la corrupción y en general la grotesca situación sociopolítica en Madrid? No hace falta que la haga un madrileño o un español, ni siquiera en España. Pero si algún cineasta con coraje y con poder se pusiera a hacerla, podría ir pareja con ‘The Wire’ respecto a Baltimore, porque lo que sucede aquí creo que no sucede en ninguna ciudad de Europa, y la pandemia y la gran nevada no hacen más que corroborar que vivimos en una ciudad desquiciada, rota, irrisoria, poblada y liderada por una legión de fanáticos y fascistas, de hombres y mujeres de negocios sin escrúpulos, para los que la vida humana no vale nada. Tras más de un cuarto de siglo con un presidente o presidenta del PP, o con alcaldes de esa misma panda de delincuentes en veintiséis de los últimos treinta años, podemos decir que Madrid, una ciudad realmente muy bonita y en la que se puede vivir muy bien, en la que se come magníficamente por poco dinero, con alguna de las propuestas culturales más estimulantes de Europa, es una ciudad trágica.

LA DESCENDENCIA, en Amazon

Durante demasiado tiempo he escrito sólo no ficción, limitando mis esfuerzos a escribir sobre cine, o sobre literatura, o a exponer mis ideas sobre esto y aquello. Pero lo que yo siempre he querido escribir es ficción, literatura. Y no lo he hecho antes ni con mayores esfuerzos porque he sido una persona bastante insegura durante gran parte de mi vida. Pero eso ya no es así, y no va a volver a serlo.

‘La descendencia’ es una novela que escribí hace algún tiempo… en realidad es mi primera novela terminada. Y tardé mucho tiempo en ponerme con ella. Mejor dicho: tarde mucho tiempo en creer que podría terminarla, que valía la pena hacerlo, que yo podría ser alguien capaz de escribir una novela. Finalmente me dije que era el momento y me senté a escribir todos los días, en algún momento de diciembre de 2017… puede que un poco antes, no lo recuerdo bien. La redacción principal de la novela me llevó alrededor de seis meses, hasta principios de mayo de 2018. Pero la reescritura posterior se alargó aún más en el tiempo. No fue hasta julio o agosto que tuve la versión final. Unas 220.000 palabras (unas pocas más). Desde entonces he escrito una veintena de cuentos y cuatro novelas más, aunque ninguna tan extensa como la primera. He contactado con algunas editoriales, con el primer manuscrito o con alguno de los otros, y las respuestas siempre han sido negativas o vagas, demasiado vagas e indefinidas. Yo no tengo tiempo para estar tratando de convencer a editores que publican basura, de modo que por el momento he optado por otros caminos.

En realidad los personajes y la idea de ‘La descendencia’ me llevan acompañando muchos años. Recuerdo que cuando iba al instituto ya pensaba en ellos, y la idea del título definitivo me llegó cuando estaba estudiando en la universidad. En muchas ocasiones me puse con la redacción, pero una y otra vez, al cabo de semanas, o días, me daba por vencido. No encontraba el tono, ni el ritmo, ni mi estilo, ni nada… Llegué a pensar que sería imposible terminarla, y que en caso de hacerlo, la novela sería una tontería, y desde luego no sería literatura. Ni siquiera sería un libro que mereciese la pena leer. Es muy duro escribir y destruir, escribir y destruir, pero ahora me doy cuenta de que era necesario hacerlo. De que la única forma de encontrar lo que quería hacer era precisamente esa: escribiendo y destruyendo, armando diez o doce páginas y borrándolas después. Todavía hoy me encuentro por ahí cuadernos o documentos de word (o algún programa similar) con capítulos sueltos, o con la historia de los personajes.

Todo eso era necesario. Pero yo no lo sabía. Yo sólo me desesperaba. Y desesperarse está bien. La esperanza está sobrevalorada. Sólo conseguí avanzar de verdad cuando dejé de preocuparme por las expectativas mías o de cualquier otra persona, cuando simplemente le cogí el gusto a la historia, cuando comprendí a los personajes y me apropié del hábito de escribir todos los días, sin pausa, de lunes a domingo, del 1 del mes al 31, fiestas o cumpleaños o días libres o incluso momentos de debilidad física. No hay excusa para no teclear. Cuando por fin la terminé, en mayo de 2018, me sentía eufórico y al mismo tiempo vacío. La escritura fue un gran aprendizaje.

La génesis de la novela

El origen de esta novela proviene de mis miedos y mis fantasías (en respuesta a esos miedos) infantiles. Yo soy bien consciente de eso. A ese núcleo esencial fui añadiendo la experiencia vital de unos cuantos años de vida, la gente que iba conociendo, las vicisitudes de mi vida. Creo que no se puede escribir con tanta pasión desde el amor o la luz. Se escribe con mucha más intensidad desde los miedos o la oscuridad. En mi caso desde mi miedo cerval a las polillas, que utilicé para la primera parte de la novela, como disparador de la trama. Estos diminutos animales no me causan pánico… no huyo despavorido cuando veo varias a lo lejos o alguna se cuela por la ventana del dormitorio. Es algo muy distinto. Es al observarlas largo rato, al tenerlas conmigo en la habitación un tiempo prolongado, cuando mi miedo empieza a crecer hasta convertirse en algo paralizador. No pretendo entenderlo ni curarlo. Es una cosa que sucede, y no hay que darle más vueltas. Esto fue determinante en las primeras cincuenta o sesenta mil palabras de la novela.

A partir de ahí lo que me propuse fue escribir la aventura total. Un survival extremo, sin coartadas, sin límites. Estoy cansado de leer pseudo novelas o de ver películas de aventuras en las que no sólo no hay aventuras, sino que tratan al lector/espectador como si fuera idiota. La aventura es algo mucho más serio de lo que parece, y como escritor quiero demostrarlo, pero no es lo único que pretendo escribir en mi vida.

En el caso de ‘La descendencia’ me propuse, y creo que lo conseguí, conseguir un relato de gran voltaje emocional y físico, que constituyera una experiencia poderosa para el lector, y una historia absolutamente impredecible, en la que la acción, el terror, el suspense y la fantasía oscura fueran de la mano. Aún más: en el tercio final me puse como objetivo no darle tregua al lector, aunque por supuesto hay momentos de descanso, pues sólo un mal escritor y una persona muy poco inteligente (y de esos hay unos cuantos) apabullaría al receptor con eventos de gran voltaje sin dejarle algunos momentos de descanso. De momento los que la han leído han quedado muy satisfechos con ella. Y yo también lo estoy, pese a que no puse en ella todo lo que hubiera querido. Pero eso es lo de menos, porque el mundo en que transcurre es un mundo propio al que pienso volver una y otra vez.

Dada la lentitud en la respuesta de muchas editoriales, y el silencio de la mayoría de ellas (no porque la novela no valga la pena sino porque soy un completo desconocido) la he publicado en Amazon hace pocos días, después de una revisión exhaustiva y de algunos pequeños cambios. De momento está disponible en Kindle por un poquito más de 4€. Es decir, casi regalada. Y dentro de algún tiempo estará también en papel, pero por un poco más de 17€. No es barato, pero dada su extensión, no me permiten bajarle mucho más el precio. Tanto en Kindle (para leerlo es tan fácil como bajarse la aplicación y darse de alta en amazon) como en papel (estará disponible dentro de algunas semanas en este segundo soporte), mi comisión es bajísima, de menos de un euro por ejemplar, por lo que puedo asegurar que no lo pongo a la venta en Amazon por dinero. Lo pongo en Amazon a cambio de algo de dinero para dar valor a mi trabajo. Si dentro de unos meses, o años, la novela la han leído 500 personas, a pesar de que a algunas de ellas no les haya gustado, me sentiré muy orgulloso e incluso agradecido por ello.