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La paradoja narrativa de ‘The Last of Us’

Antes de que hubiéramos visto cualquier imagen, si no recuerdo mal, ya escribía yo por aquí sobre la enorme dificultad que va a suponer la adaptación por parte de HBO del celebérrimo videojuego de Naughty Dog The Last of Us. Creo que podría haber profundizado un poco más (en realidad, siempre creo que debería profundizar más y explicarme mejor, pero esa es otra historia) acerca de esta adaptación y de lo que supone en muchos aspectos narrativos respecto a la dicotomía cine/videojuegos. Ahora que tenemos el primer teaser es la excusa perfecta para volver a intentarlo.

Más allá de todo eso de que si los actores se parecen o no al personaje de los videojuegos (y de la estúpida pseudo-polémica acerca de la elección de Bella Ramsey como Ellie Williams), las primeras imágenes y secuencias vistas de esta serie que se estrenará a principios de 2023 despiertan una estimulante batería de ideas acerca de las enormes diferencias entre cine (por mucho que en este caso se trate de una ficción seriada) y videojuegos, sobre todo porque el juego original de 2013 era uno de esos muy escasos ejemplos en los que sí existe narrativa pura… aunque derivada del cine, quizá porque Druckmann intuía que era la única manera de dotar de verdadera entidad algo tan poco narrativo, con una sustentación de ficción tan endeble como son los videojuegos informáticos, y es muy probable que ahora su serie, que ha creado en colaboración con Craig Mazin (el showrunner de la superlativa Chernobyl), sirva como ejemplo perfecto de ello.

Esto es un tema que si hay suerte y tenemos oportunidad se discutirá en VDLN con verdaderos expertos del tema que probablemente me den una buena batalla (ya que estaré más solo que la una en mis posiciones), pero que desde mi punto de vista está claro como el agua: los videojuegos son juegos, nada más. Pueden ser muy interesantes y a mí particularmente me gustan y me lo paso bien con ellos pero:

  1. No son arte
  2. No son narrativa
  3. No son ficción

Y esto aunque se debe reconocer que existe arte en los videojuegos, pues en muchos de ellos el acabado técnico es tan impresionante como el conceptual, porque se involucran verdaderos genios del diseño, del color, del sonido y de las imágenes creadas por ordenador. Pero no es un arte en sí mismo porque carece de especificidad para ello, y lo que tiene de arte lo toma prestado, precisamente, del cine, que a veces tampoco estoy muy seguro de que sea arte.

No son narrativa porque ni en su concepción ni en su visionado posee verdadera importancia (conceptual, estética) el tiempo, que es el concepto esencial de la narrativa, a partir de la cual se puede establecer una segunda realidad, tan real y más verdadera que la nuestra.

Y no posee un estatuto de ficción porque para que eso tenga lugar es necesario un sistema narrativo muy concreto y cerrado en sí mismo, según sus propias reglas, que no puedan ser alteradas por nadie y que solamente pueden ser recibidas por el receptor, no alteradas por él, sino estableciendo un espejo a partir del cual sus personajes, su narrador y su espacio y tiempo narrativo ejercen de reflejo de nuestra realidad más humana.

Ahora bien, yo no estoy en contra de los videojuegos ni en contra de los juegos en general. Me parecen muy interesantes y en algunos casos muy estimulantes. Pero son eso: juegos. Como el ajedrez, las damas o el Tetris, sólo que mucho más complicados de hacer y de controlar. Pero no existe ninguna diferencia con un enorme diorama y unas figuritas realistas con las que puedas interactuar y montarte tu película. Lo que sucede es que es un diorama y unas figuras primorosamente creadas que controlas con el mando de tu consola o con el teclado, y a sus interacciones se les unen pedazos de material filmado y narrado, es decir Cine. No entiendo cómo se le puede llamar arte, narrativa o ficción a esto.

Ahora bien uno de los pocos que pueden aspirar a ser narrativa, o a tener algo de narrativa o ficción, es precisamente The Last of Us. Su paradoja consiste, sin embargo, en que su serie va a demostrar, a poco que esté bien contada y posea los suficientes elementos netamente cinematográficos, la enorme distancia entre el cine y los videojuegos, incluso en un videojuego tan narrativo y en general tan bien hecho técnicamente como este. Lo veremos y puede que me equivoque, pero estoy bastante seguro de lo que digo. Los personajes serán reales, tendrán ese regusto, esa fisicidad de un caracter narrativo, no de una sombra en un videojuego. Ellie y Joel, de la mano de Pascal y Ramsey, van a estar más vivos de lo que nunca estuvieron en la Play Station, y tal como ha dicho un actor de la serie, muchos van a creer que el videojuego es una adaptación de la serie, y no al revés. Y dudo mucho que HBO se haya metido en esto para hacer un calco. Cogerá los mimbres y tratará de que tenga personalidad propia, aunque puedo entender a mi buen amigo JJ cuando dice que la historia ya la conoce y no hacía falta contarla de nuevo.

Quizá sí. Quizá la historia va a contarse por primera vez, desde la solidez (ojalá, nunca se sabe) de una buena serie, que puede demostrar el cine a veces, algunas veces, es narrativa pura, y que lo juegos no son un medio apto para contar historias. En este caso, por mucha influencia que tenga de TWD (el juego también la tenía), es posible que Joel y Ellie respiren de verdad fuera de los videos introductorios o intercalados dentro de la aventura de jugar en ese retablo extraordinario que fue el juego de Druckmann.

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ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

Destinados a hacer esa película

Aún recuerdo cuando, ante el requerimiento de nuestra profesora de dirección, todos los alumnos llevamos a clase un ejemplo de lo que consideramos el cine más perfecto o interesante que hubiéramos visto, una secuencia que realmente nos pareciese un ejemplo de lo que quisiéramos conseguir o por lo menos aspirar llegar algún día. No recuerdo la mayoría de ejemplos que trajo el resto de chavales que tuvimos la mala suerte de compartir a una profesora tan incompetente, pero por supuesto me acuerdo de la que puse yo: la secuencia de la falsa reconciliación entre Michael y Fredo en El padrino, parte II (The Godfather, Part II, Coppola, 1974), y aún me acuerdo más de la cara que puso Ana Díez cuando revelé mi elección y proyecté la secuencia en la pantalla. Estoy seguro de que desde entonces me hizo la cruz y no me la quitó hasta que al final del año me largué de la ECAM para no volver más. Viendo las películas que han ido sacando el resto de sufridos compañeros, me alegro aún más de mi decisión…

Ahora, como entonces, no puedo entender que un profesor de cualquier escuela de cine del mundo pueda torcer el gesto cuando un alumno le pone como ejemplo cualquier secuencia de la entera trilogía dirigida por Coppola. Me recuerda a esa anécdota que contaba Paul Thomas Anderson en la que un profesor les advirtió que los que quisieran hacer algo parecido a Terminator 2 podían irse de su clase, a lo que PTA respondió que un alumno de cine podía aspirar a lo que le diese la gana. Creo que ese fue el único día que asistió a esa o a cualquier otra escuela. Sea como fuere, me parece que un par de días después Ana Díez nos dio una magistral clase de cine cuando nos puso los brutos de su película Todo está oscuro (1997) y nos mostró los brutos en los que había filmado una secuencia desde delante, desde detrás, desde los lados, desde arriba… y luego con un objetivo más corto… y luego con un objetivo aún más corto…

Pongo esto como anécdota porque supongo que algunos están destinados a ser atroces profesores de escuelas de cine, pero otros están destinados a hacer esa obra maestra que, le pese a quien le pese, eleva la disciplina a la que pertenezca, a la categoría de verdadero arte. Es el caso de los dos cineastas de los que quiero hablar hoy, siquiera brevemente porque he escrito mucho sobre ellos, uno completamente olvidado y otro completamente defenestrado por el gran público. Me refiero a F. F. Coppola y a James Cameron, respectivamente, uno que ahora va a volver (esperemos que no se caiga todo en el último momento) con Megalópolis, que se estrenará en algún momento del año que viene o el siguiente, y otro que en diciembre por fin trae la secuela de su denostada Avatar. Cuando llegue el momento hablaremos en VDLN de ambos títulos, pero hoy quiero escribir sobre otros dos, porque hace poco estaba pensando que Coppola estaba destinado a hacer El padrino, la trilogía, y que Cameron estaba destinado a hacer Titanic. Y esa es una idea interesante y al mismo tiempo inspiradora.

Y estaban destinados porque a pesar de que Coppola estaba empeñado en ser un director independiente y underground, en construir una carrera de pequeños pero importantes proyectos, no pudo decir que no a ese importante proyecto que era la adaptación de El padrino, y a su vez no pudo no aprovechar aquel material, que le tocaba tan de cerca en su acervo cultural, para hablar de sí mismo, de su familia, de sus ancestros. Y porque a pesar de que Cameron era un director considerado más apto para el cine de acción, no pudo, una vez tomó contacto con el pecio del Titanic, resistirse a contar la historia del naufragio más famoso de la historia, por lo mucho que a este hombre le fascina el mar y porque a fin de cuentas es probable que se hubiera estado preparando para ello, quizá incluso sin saberlo, durante gran parte de su vida. Porque es posible que los grandes creadores, sean o no reconocidos en su tiempo (por cierto que las primeras críticas de El padrino parte II fueron tan malas como las de El padrino parte III) lo sean entre otras cosas porque existen proyectos, literarios o cinematográficos, muy especiales, únicos, que de alguna forma están esperando al momento propicio para que ellos les doten de vida.

No era el destino de Coppola, sin embargo, filmar Apocalypse Now (porque nada en su filmografía anticipaba esa genialidad, ni siquiera los padrinos), y es un destino que él se impuso a sí mismo y que casi le cuesta la cordura, y no era el destino de Cameron filmar algo como Terminator 2, un proyecto para el que habría esperado algo más o que quizá no hubiese llegado a hacer sino llega a ser por el mandato casi inamovible de Mario Kassar. Pero sí lo era filmar las grandes obras por las que quizá pasen a la posteridad (por mucho que les pese a los que abominan de Titanic o de El padrino parte III), mientras que otras personas tenían como destino hacer sentirse una basura a los veinteañeros que les caían en gracia como alumnos o ponerse a escribir sin parar porque, les lean o no, es lo único que da cierto retorcido sentido a sus vidas.

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TELEVISIÓN

No existe viaje comparable a The Walking Dead

Sigo pensando que dentro de cuarenta o cincuenta años se recordará esta época de eclosión de series, la de las primeras décadas del siglo XXI, como un momento de esplendor pero también de sombras. No creo que sea casual que este cambio de paradigma en el que muchos vuelven a ficciones seriadas como ocurría en el siglo XVIII y XIX haya tenido lugar precisamente con el desarrollo masivo de las redes sociales tipo Twitter o Facebook, pero sea como sea veo poco probable que tal eclosión se mantenga mucho tiempo más. Dudo que lleguemos a la década de los 30 con esta disparidad de títulos y esta ambición, y mucho menos a la de los 40. Pero nunca se sabe.

Y claro, la mayoría tiene sus favoritas y sus fobias incurables, como no puede ser de otro modo, y encuentro pocos análisis sosegados, pocos o ningún ensayo que trate el tema en profundidad (por eso me he puesto yo con ello, entre otras razones). La gente (incluso críticos o pseudo-criticos de los que tanto abundan) se enfrenta al fenómeno de las series de una forma por lo general equivocada, a mi parecer. Queriendo siempre engancharse, estar a la moda, que el título de turno le cambie la vida. Y aunque creo que todo esto de la narrativa es una droga, una de las más duras que existen, también creo, a pesar de que pueda quedar contradictorio, que experimentar las series como una adicción, y valorarlas por el grado de enganche que te produzcan, es un inmenso error que te impide llegar al fondo de las cosas. La mayoría de las grandes creaciones literarias, cinematográficas y musicales, por no decir todas, poseen una forma muy concreta, una estructura y unas reglas del juego que a menudo son difíciles de analizar y descifrar. Y lo mismo ocurre con las series.

¿Cuáles son las preferidas de todo el mundo? Pues las de siempre: Breaking Bad, Mad Men, The Sopranos, Juego de tronos, Aquí no hay quien viva –he leído a gente estos días que defiende tal cosa–, Lost… ¿Y cuáles son las series más atacadas, sistemáticamente despreciadas por una amplia mayoría?: Vikings, True Blood o The Walking Dead podrían ser tres de ellas. Sobre la magnífica True Blood ya hablé en una ocasión para tratar de defenderla como mejor pude. Hoy hablemos un poco más de The Walking Dead, que creo que no necesita ninguna defensa, por mucho que algunos se empeñen.

Una de las cosas buenas de una serie es que puede durar mucho tiempo, y que por tanto puede arrastrarte emocionalmente hacia lugares a los que quizá solamente las películas más densas e importantes pueden hacerlo, si se trata de una buena serie claro. No sé quién comparó las películas con novelas y las series con relatos, pero en muchos casos debería ser la comparación opuesta: una buena película podría ser un gran relato, por muy densa o larga que sea, y una gran serie podría ser una gran novela, en cuyo interior pueden coexistir varios relatos convergentes. Desde luego tal definición podría aplicarse al caso de The Sopranos y The Wire, dos creaciones que deberían estar entre las cinco o las tres más grandes de todos los tiempos. Y quizá menos a Breaking Bad o Mad Men, siendo ambas series excelentes pero quizá no tan superlativas como las nombradas. Y aunque es una serie que no goza de unanimidad, ni siquiera para machacarla, la que más se acerca a esta definición de todas es The Walking Dead, que muchos no dejan de sorprenderse de que algunos insistamos en que es quizá la serie de series, la más grande de todas con el permiso de The Sopranos y The Wire, o quizá compartiendo con ellas ese triunvirato insuperable a partir del cual el resto de series habrían de mirarse en el espejo.

En Breaking Bad tenemos la maravillosa creación de Bryan Cranston, un actorazo impresionante. En la infravalorada Vikings tenemos los relatos superpuestos de Ragnar, Lagertha y sus hijos. En las sublimes The Sopranos y The Wire obtenemos un viaje inolvidable a través de la mirada de Tony Soprano o de la de la miríada de personajes que bullen en ese babilónico Baltimore creado por David Simon. Pero en The Walking Dead obtenemos algo que va más allá. Porque TWD abarca todo lo que las más grandes han creado y propone una nueva Ilíada, una nueva Odisea. Y no creo exagerar ni un pelo en esto que estoy diciendo. La espeluznante travesía de Rick y de sus compañeros, a través de varios años en los que van perdiendo su humanidad en un mundo apocalíptico para nunca más recuperarla, su necesidad de encontrar un hogar en el que poder establecerse pero la imposibilidad sistemática de dejar las armas en el universo más hostil y sombrío que jamás se ha creado para una serie, es algo muy difícil de igualar. Los dioses no existen en TWD, o tan solo un dios indiferente (el episodio inicial de la segunda temporada es muy elocuente al respecto) que no va a mover un dedo por sus hijos. Rick, Daryl, Carol, Michonne y compañía no han de enfrentarse a los designios de Zeus y del resto de deidades celosas de su valentía, sino que están solos en esa pesadilla interminable, pero en esencia es la misma historia: vencer a la muerte, reencontrarse con su humanidad, buscar la esperanza allí donde no queda ni rastro de ella.

Quedan 8 episodios para que concluya la serie principal (si bien continúa Fear The Walking Dead y se están preparando varias miniseries que concluyan los hilos no cerrados de la principal), algo que tendrá lugar el 20 de noviembre de este año. Parece poco probable que en un futuro podamos vivir un fenómeno de esta envergadura, por mucho que tantos se empeñen en embarrarlo porque no saben muy bien qué hacer con él, porque esperaban, quizá, que TWD fuera una montaña rusa, un parque de atracciones del horror a lo Marvel. Pero no es nada de eso, sino la serie más filosófica y nihilista que se ha creado nunca. Y además no hay serie que pueda acercarse a su dominio del suspense, la acción y el terror. Es simplemente única, y aunque parece que la mayoría tardará décadas en percatarse de ello, algunos ya lo hemos hecho.

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CINE, LITERATURA, PODCAST, TELEVISIÓN

Viajeros de la noche – Capítulo decimosexto: Viaje a Tierra Media

Bueno, pues lo hemos conseguido: hemos cerrado temporada y nada menos que con la obra de Tolkien como tema principal de nuestra charla. No está mal para cerrar

Y dirá el lector: ¿para qué cerrar temporada? Ni que estuvierais a sueldo de una compañía que tuviera que hacer balance de costes. No lo estamos, es cierto, pero viene bien coger aire, organizar los contenidos, y prepararnos para dar nuevos enfoques y nuevos impulsos a una segunda temporada. Eso significa que estaremos algunas semanas descansando y dedicándonos cada uno a nuestras cosas, y no tardaremos mucho en volver con nuevos y, espero, desafiantes contenidos.

Yo creo que hemos ido de más a menos, y que a pesar de los inevitables problemas y limitaciones técnicas que pueden surgir a las primeras de cambio, nos hemos desenvuelto muy bien. Pero tenemos que seguir mejorando, tenemos que seguir soltándonos y siendo más nosotros mismos, y tenemos que seguir hablando de cosas que realmente sean interesantes. De momento, hemos dedicado nuestros esfuerzos, aprovechando la llegada de cierta serie de Amazon, al abigarrado y nada sencillo universo de Tolkien, muy especialmente a El señor de los anillos.

Hemos hablado de El Hobbit también, y de El Silmarillion, y de todo lo que hemos podido acerca del autor de origen sudafricano, pero era también obligado hablar del fallido aunque también sugerente y por momentos hipnótico filme de Ralph Bakshi…

Y por supuesto de la cansina (aunque con buenos momentos) trilogía de Peter Jackson…

Y por supuesto el horror de la trilogía de El Hobbit

Y todo esto nos ha dado para un animado debate de más de tres horas y media que, estamos muy seguros, no se hace largo en absoluto. Más bien corto. Lo prometemos. O sea que te animamos a ponerte con él para alegrarte ese viaje a la playa del fin de semana, o ese trabajo coñazo en el que sin embargo te permiten ponerte unos auriculares.

Además he sido bastante bueno y no me he lanzado cual troll a por casi nada. Casi nada. O sea que excusas ninguna. Aquí lo tenéis en Ivoox:

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Y en Spotify, claro:

No tardaremos mucho en volver, si es que el mundo no se va al carajo de una vez.

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ANÁLISIS CINEMATOGRÁFICO, CINE, TELEVISIÓN

Por qué ‘Requiem for a Dream’ es deleznable y ‘Euphoria’ es una genialidad

Hace un tiempo que tengo interés en escribir una entrada acerca de lo vacuos que resultan algunos creadores y de que otros, por mucho que te cuenten atrocidades o te propongan imágenes casi insoportables, consiguen trascender todo eso y llegar a lugares que hacen que valga la pena tanta miseria humana. Pero no he logrado encontrar el punto de vista necesario para decir lo que quiero explicar hasta que no me he acordado de la segunda realización del neoyorquino Darren Aronofsky, uno de esos directores por los que algunos cinéfilos le hacen la ola allá por donde van… mientras que otros, me parece que con mucho mayor sentido común, hace mucho tiempo que le tienen bien calado.

La enorme diferencia entre dos realizaciones a priori tan parecidas como son Requiem for a Dream (2000) y la serie de HBO Euphoria, creada, escrita y dirigida en la mayoría de sus episodios por Sam Levinson, me viene perfecta para hablar del tema. En Literatura sólo encuentro un caso que realmente pueda servir, y es el que ese genio en la sombra que es Cormac McCarthy logró con su novela Blood Meridian (1985), contando un relato espeluznante y apocalíptico, sanguinario y atroz, en el que sin embargo el lirismo de su voz y de su mirada, la belleza de la prosa y la inefable vehemencia de su expresividad artística, conseguían que te olvidaras de todo eso. Muchos artistas (o aspirantes a…), desde el principio de los tiempos, han apostado todo a eso que en otros tiempos se hubiese llamado la terribilitá miguelangelesca, y que en estos puede adjetivarse como lo tremebundo. Pero muy pocos salen vivos de ese lance, y menos aún consiguen obras realmente superlativas. No es el caso de Aronofsky, un tipo convencido desde antes de filmar su primera película de que es un genio comparable a Miguel Ángel, Picasso o Bach. Sólo Paolo Sorrentino puede competir en ego y narcisismo con él, lo que tampoco tendría mayor importancia si con sus películas lograra algo más que asquear al personal.

Requiem for a Dream cuenta las desventuras de cuatro personajes, tres jóvenes, (Leto, Connelly y Wayans) y la madre del primero de ellos (Burstyn), en su adicción a las drogas por muy diversos motivos. Ya he dicho desde hace unos cuantos años que este filme es quizá el más moralista jamás filmado acerca de las drogas. Pero no solamente eso. Requiem for a Dream es seria candidata al galardón de «filme más feísta y vomitivo de la historia del Cine», y lo es como si eso fuera un valor en sí mismo. En otras palabras: en su adaptación de la novela de Hubert Shelby Jr., Aronofsky carga las tintas en la representación de una realidad ficcional escatológica, además in crescendo, en una espiral ascendente que culmina con un personaje vomitando directamente a cámara e invitándonos a que hagamos lo mismo. Aronofsky, después de la estimable Pi, necesitaba convencer al mundo entero de que es un genio irrepetible y grita a los cuatro vientos esa necesidad, en cada plano, en cada corte, demostrando casi que el adicto de la película es él, y no los personajes, pero a la admiración ajena. Y esto a pesar de que la dirección de fotografía de Mathew Libatique es excelente, y que sus actores están (sobre todo Burstyn y Connelly) realmente bien. Pero a la media hora de película es imposible no acabar hastiado de la vacía brillantez de Aronofsky, de ese mundo siniestro y tan poco persuasivo, más propio de un videoclip, que te está armando, de unos personajes que no son tal, sino meras sombras adánicas, sin verdadera entidad ni fuerza narrativa.

Qué diferente es Euphoria… una serie que también cuenta en el descenso a los infiernos de las adicciones (no solamente químicas) de su inolvidable galería de personajes. La serie de Sam Levinson, un tipo que sabe bien de lo que está hablando pues se ha pasado más de la mitad de su vida enganchado a varias drogas duras (es decir, que no es un advenedizo en el tema como Aronofsky), ni moraliza, ni juzga, ni se cuestiona nada. No propone un discurso, ni sirve de reflexión para absolutamente ninguna idea. Deja al espectador en cueros, sencillamente, contando la historia de Rue (prodigiosa Zendaya, en el papel de su joven carrera… dudo que logre algo como esto en otros cincuenta años de carrera), y de la panda de perdedores/sociópatas/patéticos compañeros de instituto y vecinos que coexisten en el universo cerrado de la serie. La sordidez de Euphoria es muy superior, mucho más putrefacta, asqueante y abyecta que la de Requiem for a Dream, pero no es un fin en sí mismo, sino un medio. El espectador puede soportar prácticamente lo que sea… si esto conlleva una razón, un motivo, un viaje emocional e intelectual ulterior. Si es el peaje a otra cosa, no si es la razón de ser de una ficción.

Resulta muy fácil, para un director hábil, contarte una hitoria atroz, en la que sus personajes se auto-destruyan, en la que seamos testigos de una decadencia física espeluznante, con la que espectadores poco exigentes se queden admirados por lo dura que es la historia, por lo chunga que es la película o la serie. Ejemplos hay cientos, desde American History X, pasando por The Shining, hasta llegar a La Haine. Y en Literatura también. Basta que el narrador de turno se proponga impresionar con hechos luctuosos. Pero los que se quedan en eso son directores o novelistas muy pobres, y sus películas o novelas se quedan pronto justamente olvidadas. Sin embargo otros lo aceptan como un peaje para adentrarse en lo más sombrío pero también lo más luminoso del ser humano. En total sintonía y complicidad con su operador jefe Marcell Rév y con el músico Labrinth, Levinson no tiene como objetivo asquearte, aunque su historia sea por momentos casi inaguantable. No quiere echarte a patadas de su ficción ni hacerte vomitar, aunque en algunas escenas no puedas creerte lo que estás viendo. Euphoria es una genialidad porque al contrario que el filme de Aronofsky y que otras películas o series sobre adicicones, sobre mundos lisérgicos, sobre personajes marginales, habitantes de submundos escalofriantes, lo que te propone es un juego narrativo y emocional absolutamente inédito.

Levinson no destroza a sus personajes para solaz del espectador, no construye un espectáculo pavoroso, sino que les acompaña incluso a su pesar, no les juzga ni les condena, tampoco les apoya, pero siente compasión por ellos, les hace, gracias a un grupo de actores primoroso, estar vivos, crea una segunda realidad tan pasmosamente creíble que da miedo verla. Y lo hace alterando las normas de la dramaturgia, zambulléndose en los límites expresivos de la ficción, convirtiéndose en la serie de sistema narrativo más compleja del Canon de Series que he elaborado y del que pronto tendré buenas noticias para todos aquellos a los que les interese mi forma de escribir y el entusiasmo con el que hablo de determinadas obras…

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En defensa del soporte físico

Puede que con los años uno se vuelva un rancio… o puede que no. Hay cosas que creo que no te hacen más antiguo o añejo, sino quizá más consecuente con lo que piensas.

En las últimas décadas, con la proliferación y asentamiento de las plataformas digitales, con la cada vez mayor oferta de soporte on-line, de películas y series en streaming, que se suman a los libros digitales como una realidad a la que acostumbrarse, creo que es necesario sumarse a los que proclaman una defensa de lo físico como pervivencia de cierto estilo a la hora de enfrentarse a esta droga dura que es el Cine, la Televisión, la Literatura, la Música y otras artes narrativas, abstractas o figurativas. Y esto no por una única razón, sino por múltiples.

Cuando somos unos chavales y experimentamos una conexión intensa con una obra narrativa, sentimos casi que esa obra es nuestra y de nadie más. Me parece un sentimiento positivo, por muy infantil que pueda ser. Es un buen comienzo para ser un día un buen lector, un buen cinéfilo, un buen melómano, o todo a la vez. Sentir las obras como si estuvieran vivas, establecer una dialéctica íntima con ellas. Llega el momento en que nos gastamos las primeras monedas o los primeros billetes en adquirir un disco, una película o un libro. Ahora es tuyo. Sabes, intuyes, que otros muchos tienen el mismo objeto, pero esa verdad te resbala. Ese es el único, lo has impregnado de tí mismo. Es un objeto que va a acompañarte durante años y que probablemente sea más fiel y de te más que algunas novias y algunos amigos. Y con el paso del tiempo vas adquiriendo otros: libros, dvd’s, blu-rays, discos de música… Te gastas el poco dinero que tienes, te lo quitas de otras cosas, porque deseas tener algunas obras con tanta fuerza que es irresistible para ti. Tenerlo, poseerlo como si fuera una amante…

Así, sin darte cuenta, vas acumulando bastante material. Yo no sabía lo que tenía en casa hasta que no me puse a hacer un inventario. Y desde entonces me hecho con tres o cuatro veces más. No es afán coleccionista, ni mucho menos. No es algo tan vulgar como eso. Es mero deseo de tener obras maestras, obras geniales, obras únicas, inclasificables, obras que necesitas ver a menudo, obras importantes u olvidadas, obras que te hacen creer que la vida vale la pena cuando todo está oscuro, tener todo eso cerca de ti. No esperar a que la plataforma de turno, por mucho que sea tu predilecta, decida colgarla en streaming. No esperar a que algún día la pongan en televisión o la reestrenen en la filmoteca. Llega un punto en que no esperas a ver qué echan en la tele. Eres tú el que te pones la serie o la película que deseas en ese momento poner, que necesitas poner. Las programaciones y las modas valen para otros, pero no para ti, que desde que tienes ocho o nueve años te haces con casetes, con discos en vinilo, con revistas, con cómics, y luego con libros, con películas, con series… Para que sean tuyas.

Desde luego las plataformas de streaming se agradecen de cuando en cuando, porque cada vez es más complicado encontrar según qué cosas en formato físico, y deseas suplir alguna carencia, ver ese título que no pudiste en su momento, leer ese libro que no hay dios que encuentre por ninguna parte, o cosas por el estilo. Pero ninguna de ellas va a sustituir la energía incansable de todo buen cinéfilo, de todo buen lector o melómano. Además, una casa es mucho más bonita, más interesante, cuando el dueño exhibe (porque no se puede encontrar una palabra mejor para expresarlo) su material. Es como mostrar una parte de sí mismo, de su aprendizaje, de su bagaje intelectual. Ni uno de nosotros somos millonarios (y los que lo son no escriben artículos como este ni los leen) y no podemos tener todo lo que nos gustaría, pero tenemos algunas joyas en nuestras bibliotecas, en nuestros cajones secretos. Joyas con las que esperamos resistir hasta el final, cuando ya todo parezca perdido… Qué tristes esas casas sin un solo libro, sin una sola película o disco musical… salvo quizá alguno que encontraron en alguna parte y que desde luego no tiene nada que ver con los moradores de la casa.

Y qué agradable es el tacto de un blu-ray recién comprado, qué maravilla colocarlo en la bandeja para verlo por primera vez, aunque sea de segunda mano… ya es tuyo para siempre. Qué maravilla el olor de un libro nuevo, de un cómic que nunca ha sido abierto. Qué bien suena cuando lo colocas en la estantería, casi como un ser vivo al que mandas a dormir hasta que le toque madrugar de nuevo. Y qué frío verlo todo en el puto móvil, leerse libros maravillosos en el puto móvil, constreñir películas o series extraordinarias en el puto móvil. Eso solamente vale (yo también lo hago) cuando no tienes tiempo para nada más durante algunas semanas imposibles, y necesitas tu dosis diaria de ver algo que te haga sentir que hay algunas cosas por las que merece la pena vivir y seguir luchando. Pero en cuanto tienes un poco de tiempo te lo pones en el televisor más grande que encuentras, o reúnes unos euros para ir al cine, o buscas un rincón en el que poder disfrutarlo como se merece. Porque para eso vamos a trabajar todos los días, y para eso hacemos que pasen las horas.

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No solo de Cine se puede vivir

Algo de lo que me he dado cuenta después de tantos años en las diferentes escuelas de Cine a las que fui (alguna mejor que otra…), después de tanto escribir, de hacer cortometrajes, de charlar a todas horas sobre Cine y Literatura, después de ponerme en serio con lo de ser novelista, y ahora que estoy con el Canon de Series y con Viajeros de la noche, es que muchos que creen que «saben mucho» de Cine, independientemente de que tal cosa sea cierta o no, son bastante soberbios, y que la mayoría de ellos únicamente ven películas, una tras otra, y poca cosa más. Es decir: son unos analfabetos de manual.

A lo largo de los veinte últimos años de mi vida no puedo enumerar cuántos tipos (sobre todo varones, es lo que tiene la testosterona…) me han dado la vara con cuántas miles de películas han visto, con cuánto saben de eso que ellos llaman «el séptimo arte», y por tanto los extraordinarios cinéfilos que son. Basta que yo abra la boca sobre alguna película en cualquier debate, para que surjan dos o tres de esos y luego no me dejen en paz (a veces durante años…), insistiéndome en que se han visto prácticamente todo lo que se ha hecho en Cine, algo prácticamente imposible teniendo en cuenta la producción anual de películas. Se parece a eso de que mi coche es más grande y más potente que el tuyo, es decir a una sustitución neurótica del tamaño del pene. Pero, claro, luego hablas con ellos más allá de las cuatro o cinco cosas que dicen dominar, y casi siempre te las tienes con un adolescente disfuncional, a veces de cuarenta o cincuenta años…

Lo cierto es que no sólo de Cine se puede vivir, y si de verdad quieres conocer a fondo el Cine no te queda otro remedio que conocer de bastantes cosas más. Algunos un poco más avispados se empapan de la semántica y del lenguaje cinematográfico y bueno, pareciera que tienen algo que en realidad no tienen, pero lo cierto es que a menos que tengas conocimientos por lo menos básicos de Literatura, Teatro, Poesía, Fotografía, Pintura, Música y Arquitectura, lo llevas más bien crudo. En realidad, todas las artes se alimentan unas de otras, y por mucho que te hayas visto en tu vida 16.000 películas, si apenas lees y si no tienes nociones de bellas artes, te quedas (como se quedan el 99%) en un friki, un fanático que no sabe muy bien de lo que habla. Las tres artes más abstractas (la Literatura, la Música y el Cine) se vampirizan unas a otras, en mayor o menor medida, mucho más de lo que pudiera parecer, y cuando alguien se pone a hablar o a escribir sobre una película, queda meridianamente claro, y con gran rapidez, qué tipo de lecturas y qué tipo de música son las que habitualmente lee o escucha… si es que lee o escucha algo.

Sin embargo no es necesario conocer el Cine, siquiera tangencialmente, para conocer la Literatura y la Música, y ese es uno de los no pocos indicios que nos hacen sospechar que son artes mucho más desarrolladas que este por el que tantos escriben y hablan y están obsesionados. Además, ver 2.000 películas es relativamente fácil, pero no así leer 2.000 libros.

Lo que yo siempre, ingenuamente, espero (por mucho que algunos piensen que no digo la verdad en esto) es encontrar interlocutores válidos, con los que poder hablar y quizá aprender, pero eso no es fácil según uno va cumpliendo años y va a acumulando bagaje. Y no me refiero ya a ese vertedero intelectual y moral que es Twitter, sino en el día a día, en nuestras interacciones sociales. Pareciera que todo es una competición a ver quién vio la película más rara o el libro más inclasificable, en lugar de compartir conocimientos, o de llegar a hechos consumados. Por eso me gusta hablar con mis compañeros de Viajeros de la noche, porque creo que no vamos de sobrados, sino que indagamos lo mejor que podemos en aquello sin lo que no podemos vivir… y nunca es sólo Cine, también series, cómic, Literatura, Música, videojuegos… lo que sea. No hay tiempo para nada y los años pasan volando sin que uno se entere, pero el poco tiempo disponible no puede dedicarse solamente al Cine, por mucho que nos vuelva locos…

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ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

La fragilidad de lo genial: ‘The Sopranos’ y ‘The Many Saints of Newark’

Pocas ideas tan rotundas y verdaderas como que incluso los genios lo son cuando pueden, y no cuando quieren… salvo muy escasas excepciones. Viene esto a cuenta del muy reciente visionado de ‘The Many Saints of Newark’ (2021), que ya está disponible en HBO, y que aquí en España tuvieron la dudosa idea de llamar ‘Santos criminales’. Se supone (es mucho suponer, vistos los resultados) que es eso que se llama «precuela» de aquella serie irrepetible titulada ‘The Sopranos’, que desde 1999 a 2007 se convertía en la primera obra maestra absoluta que ha dado la televisión en toda su historia. Y viendo esa continuación-precuela que pasó por los cines con más pena que gloria y que ni siquiera muchos amantes de la serie han visto, no puede uno dejar de pensar en eso: en que la genialidad, en caso de existir, es la cosa más frágil del mundo…

Hace dos semanas que terminé de escribir el libro sobre series en el que voy a intentar establecer el primer Canon de este soporte narrativo, al menos que yo sepa (y no: un Canon no consiste en hacer una lista de los títulos que más te gustan…), y en los prolegómenos de ese volumen también hago una mención al respecto: la inevitable comparación, muy tendenciosa, entre películas y series, y cómo se sigue considerando a las primeras por encima, en cuanto a prestigio o alcance poético, de las segundas, a pesar de que ya hay pocas duda de que las ficciones seriadas han alcanzado una cima difícil de soslayar y prácticamente indiscutible. Pero no porque hayan demostrado ser «mejor o más profundas» que las películas, sino porque cada soporte a veces alcanza momentos de gran esplendor sin necesidad de mirarse en el espejo de otros, y quizá precisamente por eso. Pero una y otra vez no dejan de sucederse las películas que quieren contar los orígenes de un personaje (en Disney no saben hacer otra cosa) o bien quieren «cerrar» una serie, ya sea esta serie truncada (caso de ‘Deadwood’) o porque sus creadores consideren que pueden añadir algo a lo ya contado, o sus financieros quieran aprovechar el tirón comercial… Y luego la mayoría de esas películas dejan bastante que desear, cuando no son directamente nefastas, tal como le sucede a esa ‘The Many Saints of Newark’.

El delicado equilibrio que tiene lugar en una gran serie –equilibrio que por cierto puede darse en un principio pero que en sucesivas temporadas puede ir desvaneciéndose– se ve muchas veces definitivamente destruido por esa película o películas con las que se intenta recorrer aún más de un camino que quizá ya quedó cerrado en su tiempo. Grandes series como ‘Six Feet Under’ (2001-2005) conocen un desarrollo ascendente (en su caso de la primera a la tercera temporada), para luego comenzar a desdibujarse de manera paulatina y casi fatal, para una conclusión precipitada, abrupta, y que solamente es apreciada por aquellos que son fanáticos de esa serie en cuestión, que no miran el material entregado con ojos objetivos. Tal cosa no sucede con algunas elegidas, muy especialmente con ‘The Sopranos’, en la que David Chase y su superlativo equipo de cineastas logró un milagro. Si existe una serie perfecta es esta. Si existe una ficción seriada en la un episodio tras otro sea una lección magistral de puesta en escena (además de ‘The Wire’ y ‘The Walking Dead’), de escritura y de interpretación, es esta catedral del cine seriado de todos los tiempos. ‘The Sopranos’, lo he dicho muchas veces, es la droga más poderosa que existe. Y es una droga que te destruye, y tú feliz de que lo haga. Y te sientes físicamente enfermo por preocuparte por semejante panda de sinvergüenzas, pero no puedes dejar de sentir pena y compasión y hasta una retorcida ternura. ‘The Sopranos’ es definitiva, y con ella Chase, que es el creador y el amo absoluto de esta creación genial, supera incluso (y mira que me duele decirlo) a su maestro Scorsese, porque nunca Scorsese creó nada tan monstruoso como el Tony Soprano de James Gandolfini.

Y ahora, una vez muerto Gandolfini, han convencido a Chase de regresar a ese mundo y de contar el mundo de juventud de Tony (interpretado por el hijo de Gandolfini, Michael, que apenas tiene relevancia dramática), poniendo de protagonista a su cuasi-mentor Dickie Moltisanti (al que da vida un esforzado Alessandro Nivola), y contando una historia que trata de ser apasionante, y emocionante, y sorprendente, y que apenas consigue nada de lo que se propone porque entre otras cosas está servida con total impersonalidad por ese realizador, nunca director, del que ya hemos hablado aquí más de una vez llamado Alan Taylor. Taylor es un realizador incapaz de entender aquello que está contando ni de narrar con su cámara, a pesar de haber sido el director de algunos episodios fundamentales de muchas series fundamentales de las últimas décadas. Esto demuestra (por si hacía falta hacerlo) que no es el director, por mucho que quizá Taylor lo piense, la pieza fundamental de una serie, sino el showrunner, que es quien de verdad marca la diferencia y toma las decisiones. Un director en una serie es un mercenario que simplemente cubre las escenas la mayoría de los casos… y en esta película es lo que hace Taylor: pone la cámara en cualquier lado de cualquier manera, más o menos dejándolo todo muy claro, pero sin la menor intencionalidad ni instinto ni personalidad. Una nulidad total, como la misma película.

¿Cómo es posible que ‘The Sopranos’, escrita por Chase, sea una obra genial, y que ‘The Many Saints of Newark’ sea una nulidad de película? Pues lo es.

Muchos no se enteran, ni se quieren enterar, de que un cortometraje no es menos que una película, y que una serie tampoco. Que cada soporte tiene sus propias reglas, su propio tempo, su propia forma. Reglas estrictas. No sé cómo algo tan básico tanta gente no quiere prestarle la atención debida. Y aún hay más: que no hay fórmulas narrativas. La nueva serie de HBO, ‘La casa del dragón’, que parte de ‘Juego de tronos’, puede ser (ojalá me equivoque) una pérdida de tiempo, por mucho que la serie «madre» fuera una experiencia tan épica y llena de grandes momentos. Pero es que si hay algo más frágil que la genialidad es la capacidad analítica de tanto crítico y supuesto experto que debería ver menos títulos sin parar y reflexionar un poco más.

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ARTÍCULOS, CRÍTICA, TELEVISIÓN

‘The Northman’ no tiene nada que hacer con ‘Vikings’

Estos días está teniendo lugar en Twitter lo que yo llamo una sacralización y la construcción de un culto. Creíamos que eso era cosa de tiempos remotos, de épocas olvidadas eones atrás, en las que una panda de fanáticos se ponía a adorar, por ejemplo, una roca tallada hasta convertirla en un objeto sagrado. Pero sigue sucediendo en la actualidad. Que el Cine, además de otras cosas, es una religión, lo tengo claro hace mucho tiempo, y que la gente es una flipada (a falta de una palabra mejor) también. A veces, sin embargo, todavía logran sorprenderme.

Con motivo del estreno de ‘The Northman’, tercera realización del estadounidense Robert Eggers, y de los discretos resultados en taquilla que está teniendo, la gente en Twitter se está lanzando a ponerla por las nubes, a considerar que esto es el fin de los tiempos porque las películas de Marvel ha acabado con el Cine tal y como lo conocíamos (de ahí el fracaso comercial de esta cinta), a poner a Eggers como un clásico moderno, un Prometeo crucificado por el anticine, y a la película como una obra de arte monumental a la que si dieran una oportunidad salvaría al cine de la mediocridad absoluta y al necio espectador actual de su ignorancia supina en estos asuntos. ¿Cree el lector que exagero? Ni por un segundo. Leo en Twitter que a uno ‘The Northman’ le hizo enamorarse del cine otra vez, a otro que esto es «absolute cinema», a otro que es la mejor película de lo que llevamos de año (de paso le pone un 10), otro más que es la primera épica vikinga en toda la historia del cine (…)… y la cosa sigue. Que es portentosa, que es «un diamante que brilla de manera espectacular», la mejor de la década, la mejor recreación que se ha visto de la época vikinga, Skarsgård y Kidman «brutales»… ¿No me creen? Pongan The Northman en el buscador de Twitter y lean los tweets más destacados. Ahí los tienen todos. Resulta que estamos ante un acontecimiento artístico de relevancia histórica.

Pero luego vas a ver la película, y no.

Ni es una obra monumental, ni te reconcilia con el cine, ni la mejor de la década, ni es ni mucho menos la mejor recreación de la época vikinga, ni es tan salvaje y brutal y tremenda como aseguran tantas voces. A veces me pregunto hasta qué punto la gente necesita ver una «obra maestra» en cualquier parte, necesita encontrar motivos para ir al cine y está deseando soltar epítetos exultativos, grandiosos, terminando por inflar globos que a lo mejor no están del todo mal, como es el caso, pero que de ningún modo podemos calificar como gran cine.

Y es que no: ni estamos ante una gran historia –por mucho que digan que es el relato o la leyenda en la que se basó Shakespeare para escribir Hamlet–, ni Skarsgård ni Kidman están enormes, ni la dirección de Eggers es magistral, ni este es un cine capaz de convencer a los cinéfilos más exigentes, ni estamos ante una obra contemporánea monumental. La cosa es más bien diferente, y por mucho que se repita lo contrario no va a ser verdad. ‘The Northman’ es un filme que en cada plano quiere convencerte a gritos (nunca mejor dicho, hay que ver lo que grita todo el mundo en esta película…) de lo grande que es, de lo genial que es, y sin embargo está narrada de manera bastante ortopédica e irregular, con una construcción deficiente en lo que se refiere al itinerario de este guerrero, Amleth, que por supuesto quiere vengarse del asesinato de su padre y recuperar su reino y todo eso. Las cosas suceden aquí porque sí (el encuentro con la bruja en el campamento arrasado, la amistad y posterior enamoramiento con el personaje de Anya Taylor-Joy que no te crees jamás, el encuentro con el segundo brujo al que Amleth encuentra…¡con ayuda de un animal salvaje!, el combate final lidiando con la lava de un volcán…) no porque estén narradas o sucedan de manera orgánica.

Todo resulta teatral y forzado, tremendamente artificioso. Está claro que lo que Eggers perseguía (entre otras cosas…) era crear una sensación de extrañamiento en el espectador, de estar en otra época, en otro mundo casi. Pero eso no se consigue con diálogos teatrales ni una dirección de actores tan plana y tan poco creíble. Los relatos de otras épocas, por muy lejanas y diferentes que sean a la nuestra, han de tener el vínculo de que a fin de cuentas seguimos siendo la misma especie, con las mismas pasiones y los mismos defectos y virtudes que entonces. Si viajáramos con una máquina del tiempo a la Noruega del siglo IX y filmáramos un reportaje, no entenderíamos nada ni sería algo narrativamente interesante. No es el objetivo de un narrador hacer un reportaje histórico, sino hacer una ficción basada en unos personajes y en un mundo antiguo. Y a Eggers no le sale porque ni él mismo se lo cree. Secuencias como la iniciación del muchacho ante el brujo interpretado por Dafoe queda ridícula, y otras como el baile sensual de los amantes o la preparación de los «osos» antes del combate, dan vergüenza ajena. Skarsgård lo intenta con tanta pasión como el propio Eggers (no en vano son los productores de la cinta, ejem…), pero no consigue dotar a su personaje de carisma, ni de fuerza expresiva, ni de mística, ni de prácticamente nada. Sólo es una bestia asesina que quiere vengarse y que funciona a impulsos. Hawke y Kidman están directamente espantosos: jamás te los crees como reyes vikingos, y el giro final del personaje de ella es directamente ignominioso, con risa malvada incluida…

Amigo lector de estas líneas, probable usuario de Twitter que has escrito alabanzas exageradísimas sobre esta película…te voy a contar algo: Eggers ha visto la serie ‘Vikings’, creada por Michael Hirst y emitida entre 2013 y 2020… y tú no la has visto. Así de sencillo. Y aún más: Skarsgård ha visto muchas veces ‘Vikings’, entre otras cosas porque su hermano Gustaf interpretaba allí al inolvidable personaje Floki, el constructor de barcos y uno de los caracteres más extraordinarios del Canon de las series. Alexander la ha visto y se ha dicho: «si mi hermano ha hecho algo tan portentoso, yo también puedo, ¡hagamos una película sobre vikingos!». Y Eggers se ha subido al carro, diciéndose: «¡voy a hacer la película definitiva sobre vikingos!». Pero una cosa es querer y otra es poder. Y aunque creo que Eggers (ya lo dije en su momento en cierto artículo…) es uno de los directores jovenes más prometedores del panorama USA, en este caso ha hecho una película excesivamente autocomplaciente, pétrea, roma, que bajo ningún concepto puede considerarse una gran obra, que por supuesto aprovecha muy bien los parajes de Islandia (¿cómo no hacerlo con esa maravilla de entorno natural?) y que está bien pertrechado con herramientas de realización más que suficientes para armar un espectáculo solvente, pero al que todavía le falta arriesgar mucho y crecer mucho como artista para poder siquiera considerarle un gran cineasta.

¿Es consciente la gente lo difícil que es crear una obra maestra o un filme magistral? A tenor de la gran cantidad de bobadas que leo en Twitter me parece a mí que no. Una obra excepcional fue ‘Vikings’, la serie ya mencionada de Michael Hirst. Eso sí fue la creación cinematográfica (porque es cine, seriado, pero cine) definitiva sobre el mundo vikingo y una verdadera maravilla en todos los sentidos, con personajes monstruosos y salvajes y memorables como Floki, Ragnar, Lagertha, Ivar, Rollo, Athelstan, Torvi, Ecbert… personajes que estaban totalmente vivos, en los que no había ni el menor fingimiento o teatralidad, que a pesar de que conseguían provocarnos extrañamiento eran también cercanos a nosotros, en una aventura perfecta, en la que las cosas no sucedían porque sí, sino que se iban construyendo, se iban narrando, no como en un videojuego parecido a ‘The Northman’ en el que el personaje va encontrándose cosas y superando adversarios o pruebas, sino como una verdadera ficción en la que se plantea una segunda realidad, con tanto bulto, consistencia y persuasión como nuestra realidad.

Skarsgård ya consiguió un gran trabajo, que queda para la historia, en la infravalorada serie ‘True Blood’, en la que daba vida a Eric (quien por cierto se apellidaba irónicamente Northman), de origen vikingo y apasionante historia, y uno de los personajes más fascinantes de la ficción de Alan Ball. No necesita de vehículos de lucimiento como este, tan discutibles, para estar en el candelero, sino de personajes tan memorables como aquel, porque tiene talento de sobra. Lo mismo que Eggers, del que sigo pensando que es un director más que interesante, siempre que no siga dejándose convencer por las sirenas del divismo y no continúe dándose tantas facilidades a sí mismo.

Y en cuanto a la gente que tantas exageraciones escribe en Twitter… hay que ver más cine, pero también hay que leer y ver muchas más series. Y sobre todo hay que tener un pensamiento más crítico y un poco más de sentido común.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

La angustia de no volver a verte

Los libros, las películas, las series, los discos musicales… son mis amigos. Tal cual. Es decir, tengo verdaderos amigos, no está el inopinado lector ante las líneas de un misántropo incurable. Todavía me da por socializar, y todavía tengo la suerte de tener buenos amigos… de los que te sacan de un buen apuro, de los que te aguantan, de los que te dejan ser tal cual eres sin exigirte nada a cambio. Tengo buenos amigos a los que conozco hace no mucho con los que me pongo a hacer podcast, y tengo amigos a los que conozco hace más de una década, y algunos hace casi dos décadas, que siguen siendo los mismos de siempre y que siguen, por alguna razón, aguantándome. Es decir que en el aspecto humano no me puedo quejar. Y si me quejara sería imbécil.

Pero tengo otra clase de amigos. Son los libros, las películas, las series, los discos musicales, de mi vida. Y son legión, y cada vez más. A los otros amigos, los humanos, les veo siempre que puedo, o charlo con ellos. A esta legión de amigos hechos de imágenes, de papel o de sonidos, que siempre están ahí en las noches de insomnio, en las horas arduas de creatividad insaciable, no vuelvo a verles tan a menudo. No podría hacerlo ni aunque dispusiera de todo el tiempo del mundo. Y es lo que me gustaría: volver a verles en cadena, uno tras otro, sin hacer ninguna otra cosa a lo largo de todo el día. A los amigos de carne y hueso un día les perderé… por estupidez, por torpeza o por la muerte que nos espera a todos. Pero a estos también les perderé. Un día uno de ellos o varios o muchos se estropearán o se romperán o se perderán y no podré volver a encontrarlos así de la vuelta al mundo, o un día no tendré ya buena vista ni oído para poder leerlos, escucharlos o verlos. Estarán ahí para otras personas que tengan el buen gusto de ponerse con ellos, pero no estarán ahí para mí.

Porque de alguna manera creemos que esas películas, que esos libros… son nuestros. Pero no nuestros porque los tengamos en formato físico y los hayamos comprado con nuestro dinero, sino por la conexión profunda que tenemos con ellos. Creemos, o queremos creer, que son más nuestros que los autores que las crearon, y en algún sentido es así. Y cuando alguien coincide en aquello que amamos nos sentimos absurdamente celosos. ¿Cómo es que a ti también te fascina ‘Mientras agonizo’, o el ‘Persiles’, o ‘The Sopranos’, o ‘Deadwood’? Fingimos alegrarnos por haber encontrado a alguien que sepa compartir nuestras pasiones, pero en el fondo algo nos duele por dentro, una neurosis infantil, porque eso que acaba de nombrar la persona que tienes delante ES TUYO. Y de nadie más. Tú lo comprendes y lo amas y lo llevas mucho más adentro que cualquier otra persona. Es absolutamente ridículo, pero es así. Es la clásica respuesta a la pregunta de qué te llevarías a una isla desierta.

Y yo tengo muchas cosas que son mías y de nadie más. Y no me satisface simplemente que vivan dentro de mí. Quiero verlas una y otra vez, leerlas una y otra vez, escucharlas sin cesar, poniéndome en graves apuros por el hecho de que también es necesario (obligatorio, diría yo) conocer cosas nuevas, nuevos horizontes, nuevos autores. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo invertir un mes de mi vida en conocer cosas cuyo valor es muy improbable, antes de dedicar esas cuatro semanas a volver a ver, a leer, a escuchar todo aquello que me ha acompañado y que ha vivido en mí durante tantísimo tiempo? Es angustia, tal cual: la de no volver a ver ciertas cosas, a leerlas, nunca más, cuando lo que quisieras es incluso leerlas o verlas o escucharlas mientras duermes. ¿Y cuáles son esas cosas? Pues hagamos una lista que, me temo ya desde antes de poner el primer título, va a resultar incompleta:

Literatura

El Quijote (dos partes), de Miguel de Cervantes
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional,
 de Miguel de Cervantes
Novelas ejemplares
, de Miguel de Cervantes
El sitio de Numancia
, de Miguel de Cervantes
8 comedias y 8 entremeses
, de Miguel de Cervantes
El Parnaso español
, de Francisco de Quevedo
La divina comedia
, de Dante Alighieri
Crimen y castigo
, de Fiodor Dostoyevski
Guerra y paz
, de Lev Tolstoi
Moby Dick
, de Herman Melville
Rojo y negro
, de Stendhal
Frankenstein o el moderno Prometeo
, de Mary Shelley
Relatos completos
, de Edgar Allan Poe
Dracula
, de Bram Stoker
De profundis
, de Oscar Wilde
Ulysses
, de James Joyce
La montaña mágica
, de Thomas Mann
The Sound and the Fury
, de William Faulkner
As I Lay Dying
, de William Faulkner
Light in August
, de William Faulkner
Sanctuary
, de William Faulkner
Absalom, Absalom!
, de William Faulkner
The Wild Palms
, de William Faulkner
The Hamlet
, de William Faulkner
Relatos completos
, de William Faulkner
La muerte de Virgilio
, de Hermann Broch
La saga/fuga de JB
, de Gonzalo Torrente Ballester
Blood Meridian
, de Cormac McCarthy

Cine

The Godfather (trilogía), de Francis Ford Coppola
Apocalypse Now,
 de Francis Ford Coppola
The Conversation
, de Francis Ford Coppola
Rumble Fish
, de Francis Ford Coppola
The Cotton Club
, de Francis Ford Coppola
Bram Stoker’s Dracula
, de Francis Ford Coppola
Goodfellas
, de Martin Scorsese
The Thin Red Line
, de Terrence Malick
The New World
, de Terrence Malick
Blue Velvet
, de David Lynch
The Lost Highway
, de David Lynch
The Straight Story
, de David Lynch
Chimes at Midnight
, de Orson Welles
F for Fake
, de Orson Welles
The Terminator
, de James Cameron
Aliens
, de James Cameron
Terminator 2: Judgment Day
, de James Cameron
Titanic
, de James Cameron
The Thing
, de John Carpenter
Mad Max: Fury Road
, de George Miller
Mud
, de Jeff Nichols
Manchester by the Sea
, de Kenneth Lonergan
The Girl with the Dragon Tattoo
, de David Fincher
La vie d’Adèle
, de Abdellatif Kechiche
El espejo
, de Andrei Tarkovski
Stalker
, de Andrei Tarkovski
Nostalgia
, de Andrei Tarkovski
Sacrificio
, de Andrei Tarkovski
Amarcord
, de Federico Fellini
La noche
, de Michelangelo Antonioni
La aventura
, de Michelangelo Antonioni
Breaking the Waves
, de Lars Von Trier
Dancer in the Dark
, de Lars Von Trier
Melancolía
, de Lars Von Trier

Series

The Walking Dead
The Sopranos
 
The Wire 
Deadwood
 
House M.D.
 

Música

The Black Album (Metallica), Metallica
Use Your Illusion I & II,
 Guns N’ Roses
Back in Black
, AC/DC
Ultra,
 Depeche Mode
Agila,
 Extremoduro
Yo, minoría absoluta,
 Extremoduro
La ley innata,
 Extremoduro
Material defectuoso,
 Extremoduro
Kind of Blue,
 John Coltrane
Mezzanine,
 Massive Attack
Dummy,
Portishead
Variaciones Goldberg (1981),
 Glenn Gould
La pasión según San Mateo,
 Bach
Réquiem,
 Mozart
Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55,
 Beethoven
Pastoral,
 Beethoven
Coral,
 Beethoven
Quasi una fantasia,
 Beethoven

Cómic

Groo, de Sergio Aragonés
Superlópez,
de Jan
Conan & Belit,
de John Buscema, Ernie Chan y Roy Thomas
Daredevil: Born Again,
de Frank Miller y David Mazzucchelli
Torpedo,
de Jordi Bernet y Enrique Sánchez Abulí

Videojuegos

The Last of Us
The Last of Us, Part II
Red Dead Redemption II

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