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Imágenes, sonidos y palabras

El sol viaja por el espacio a la nada despreciable velocidad de 220 kilómetros por segundo, y nosotros con él. Se mueve alrededor del centro de la galaxia, atravesando la Nube Interestelar Local, en el interior de la Burbuja Local del Brazo de Orión, y completa una vuelta a la Vía Láctea cada 225 millones de años, aproximadamente. Al moverse, arrastra a los planetas, a todos, consigo, así como al resto de innumerables objetos del sistema que él creó hace 4600 millones de años. Nosotros no podemos percibir nada de eso. Tan sólo miramos hacia arriba y vemos un cielo azul, o un cielo gris, o un cielo negro tachonado de estrellas. Pero todo está ahí arriba, girando y dando vueltas y moviéndose, y lo está haciendo mientras escribo estas palabras, y mientras son leídas.

Tenemos la impresión de que todo está siempre en el mismo sitio, esperándonos, inmutable, eterno. Y no es verdad. El sol, y nuestro planeta, están en un lugar muy diferente a aquel en el que nacimos. Ha viajado miles de millones de kilómetros. Y la Vía Láctea también, dentro de su Grupo Local de galaxias, se mueve en el universo. Nada está nunca en el mismo sitio un segundo más tarde. Y en esta galaxia se calcula que brillan por lo menos doscientos mil millones de estrellas. Algunos cálculos sitúan esta cifra en cuatrocientos mil millones de estrellas. Sólo en nuestra galaxia, que es una de las miles de millones, quizá billones, que existen ahí fuera. Todo esto… ¿de dónde sale?

Y nosotros… aquí estamos, viajando en nuestra gigantesca nave espacial a la que llamamos Planeta Tierra. Es muy posible que estemos solos. Que en todo el universo no exista nada como nosotros. También es posible que no lo estemos, que en otro planeta, a trillones de kilómetros de aquí, exista vida, o incluso vida inteligente. No lo sabemos, y quizá no lo sepamos nunca. Existen más posibilidades de que llueva oro del cielo (esto es real en alguna galaxia) de que nuestra civilización coexista con otra al mismo tiempo, o de que seres de otro mundo visiten la Tierra. Por lo que, en efecto, estamos solos.

Decía Rust Cohle, el memorable personaje principal de ‘True Detective’, interpretado por Matthew McConaughey, que el ser humano es un accidente. Que la conciencia, la búsqueda de identidad, es una quimera. Que la naturaleza ha creado algo separado de sí misma. Puede ser. El ser humano, desde que tiene conciencia de sí mismo, intenta averiguarlo todo, conocerlo todo. Intenta profundizar en quién es, y qué es. Y lo hace a través de imágenes, palabras y sonidos, llenando la esfera terrestre de música, de libros, de películas, mientras viajamos por el universo hacia no se sabe dónde, teniendo como única certeza nuestra extinción a largo plazo. Cuando muera el sol no quedará nada. ¿Para qué tanto esfuerzo, tanto denuedo, tanto empeño?

Quizá algo, o alguien, o una especie universal, propició nuestra aparición. Y quizá nos crearon para averiguar, ellos mismos, de dónde vienen. Y nosotros, jugando a ser dioses también, creamos nuestras ficciones, nuestros mundos y universos, por la misma razón: para averiguar de dónde venimos, y quiénes somos realmente. Para mí tiene todo el sentido. Quizá somos una ficción dentro de un sueño. Quizá somos la película que alguien ve para entretenerse. Desde luego, creo que el guión de esa película es bastante mejorable… yo no le daría ningún premio.

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