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Los actores lo llevan crudo

Es irónico porque por una parte se presta demasiada atención a los actores de una película, especialmente las películas comerciales, como si fueran ellos los que, en primera instancia, fueran capaces de llevar al gran público en masa al cine. Y en cierta forma así es: son un reclamo indiscutible. Pero por otra parte al trabajo de los actores, a su importancia y a su valor en el seno de una película, no se le otorga mucho mérito, quizá porque cuando son buenos en realidad no parece que estén «actuando». Y cuando se publica un libro sobre un actor o un grupo de actores siempre se escribe sobre sus éxitos o sus fracasos, y siempre es una estrella. No se ha escrito, creo, el gran libro sobre la labor de los actores en cine, y no voy a ser yo el que lo haga… aunque ganas a veces no me faltan.

Pues estos monos que salen en la pantalla (no es expresión mía, sino de mi profesor de dirección de actores…) son por una parte incomprendidos por el gran público, por otra poco estudiados por la crítica, y por otra muy pocas veces valorados por esos cinéfilos tipo Bracero y compañía, más preocupados porque la sombra de un plano signifique una decapitación que por los individuos e individuas que han de dar vida a un personaje, cosa nada fácil y que poco tiene que ver, aunque parezca lo contrario, con la interpretación en teatro. Pero todo esto no es la razón de que lo lleven crudo, sino porque casi todos ellos, incluso los mejores, necesitan algo más que una cámara para demostrar lo que llevan dentro… y eso lo consiguen solamente unos pocos, y aún así con grande dificultades. Y cuando lo consiguen, no es para siempre, porque dependen mucho del proyecto en el que participen, del guion que hayan firmado realizar, del director que les toque en gracia, y de que el montaje final respete su trabajo. Crudo no: crudísimo… aunque dicen que esa expresión ya no existe…

Muchos actores de carrera más bien mediocre, por no decir penosa, de pronto dan con un buen papel… y, oye, la cosa cambia. Y eso no tiene nada que ver con el estrellato, ni con conseguir un éxito comercial, ni nada de eso. Sino de hacer un buen trabajo interpretativo, o incluso un genial trabajo interpretativo. Y muchos actores que creemos geniales de pronto no dan con buenos papeles y… ya no parecen tan buenos actores, ya su filmografía y su talla artística queda empequeñecida. No hay manera. Recuerdo bien que durante décadas todos pensábamos que José Coronado era un mal actor, y va el hombre y se alía con el gran Enrique Urbizu y juntos hacen ‘La caja 507’ (2001), y tenemos a un actorazo. Pero la cosa no se para ahí, porque con Urbizu hace también la sensacional ‘La vida mancha’ (2003), y la magistral ‘No habrá paz para los malvados’ (2011) y la serie ‘Gigantes’ (2018), y de repente tenemos a un actorazo impresionante, a lo Burt Lancaster, a lo Alberto Closas. ¿Cómo es posible esto? Durante muchos años Adam Sandler se caracterizó por hacer películas basura, y un día le llama Paul Thomas Anderson y hacen ‘Punch-Drunk Love’ (2002)… ¡y el hombre de repente brilla!

Dejemos fuera de esta lógica a Daniel Day-Lewis y a Anthony Hopkins. Ambos han hecho películas mediocres pero brillan con tanta fuerza en ellas como en sus mejores filmes… milagros que pueden hacer algunos…

Antes de hacer ‘Brokeback Mountain’ (2005) y ‘El caballero oscuro’ (2008), Heath Ledger era un mal actor. Lo mismo le pasaba a Matthew McConaughey: antes de hacer de una tacada ‘Mud’ (2012), ‘Dallas Buyers Club’ (2013) y ‘True Detective’ (2014) era un actor totalmente mediocre. Ahora ambos son los mejores actores de sus respectivas generaciones ¿Y ellas? Halle Berry hasta que llegó ‘Monster’s Ball’ (2001) estaba ahí porque era (y es) muy bella, pero con esa película rozó el cielo interpretativo. ¿Y Zendaya? Era una actriz Disney sin el menor talento, pero luego llegó ‘Euphoria’ (2019)… Rosamunde Pike tuvo la enorme suerte de hacer ‘Gone Girl’ (2014) y de clavar un papel memorable, pero antes y después ha pasado casi desapercibida. Y así podemos seguir hasta el infinito.

Pero los «grandes» tampoco se salvan. Al Pacino no es ni la mitad de sí mismo sin la sombra de Coppola detrás, y muchos de sus trabajos son directamente mediocres. No te lo crees, hace de él mismo pasado de rosca. Aún peor lo de Robert De Niro, que tampoco es ni la sombra de lo que es cuando está al lado de Scorsese. Parece incluso un mal actor, lleno de tics, autocomplaciente, poco valiente, sin nada que aportar. Susan Sarandon, cuando no da con un papel a su altura, parece una actriz del montón, y eso que es una intérprete portentosa. Al final, casi siempre, la diferencia la marca el director, y esto pasa con los actores, con los operadores jefe (directores de fotografía), montaje… Pero en el caso de los actores necesitan ser valientes, necesitan arriesgar. Algunos se convierten en estrellas, como Tom Cruise, en productores de sus propias películas, y no hacen otra cosa que construir vehículos de lucimiento. Un actor ha de ir más allá, ha de lanzarse al vacío unas cuantas veces en su filmografía para que esa filmografía tenga algo que de verdad valga la pena.

Así que la próxima vez que veamos a un actor o una actriz que parece mediocre, insulsa, en una mala película, no nos precipitemos tanto, no digamos tan rápidamente que es un inútil, porque quizá dentro de tres o cuatro años, si tiene la cabeza bien amueblada y encuentra el papel adecuado, ese papel que le hace brillar, puede cerrar la boca a muchos. Así funciona esto. Y el director, si es alguien con algo dentro que contar, lo verá, y procurará que su montaje ayude a que el actor o la actriz vuelen, y si se entienden y son capaces de jugar duro de verdad, pueden crear algo memorable.

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Un actor de cine no es un actor de teatro

Uno de los aspectos que más llaman la atención de una película son, inevitablemente, los actores que en ella aparecen. Y uno de los lugares comunes a los que hemos de enfrentarnos los intérpretes, críticos e investigadores de este medio es ese que dicta cómo ha de hacerlo un actor o actriz para considerar su trabajo bueno, o adecuado, o valioso, que casi nunca tiene que ver con lo que de verdad ha de hacer un actor de cine, y todo eso tiene que ver, me temo, con prejuicios y con conceptos teatrales, que muy poco o nada se acercan a los del cine, con lo que el lío está servido. Por supuesto que luego también existen críticos o intérpretes a los que todo lo relativo a los actores les parece bastante secundario, siempre que la composición y montaje de los planos exprese una idea subyacente, como si el cine (o la literatura, o lo que sea) no fuera más que el subrayado o la demostración de una idea, pero eso ya es otra cuestión…

Sin embargo, para los que esos monigotes que están ahí delante de la pantalla son más que sombras o meras excusas formales, que aún quedamos algunos, resulta inevitable pensar en ellos como uno de los dos o tres aspectos fundamentales de un filme (no el más importante, desde luego, pero sí uno de los que más), y por tanto es crucial criticar su trabajo con un sistema de ideas más desarrollado que el que habitualmente se maneja en la crítica o el reseñismo cinematográfico al uso, para el que parece que un buen actor o actriz ha de manejarse con herramientas más propias de otros medios. Ni que decir tiene que los premios Óscar o incluso los Goya no son casi nunca los más aptos para aprender a valorar qué es una buena interpretación, porque lo que se premia en ellos (como lo que se premia en fotografía, o en montaje, en música, en demasiadas ocasiones) suele ser lo más llamativo externamente, lo que posee elementos más acusados, que llamen la atención sobre sí mismos (lo bonito en la fotografía o en la música, lo epatante en el montaje). En el caso de los actores, aquellos casos en los que se transforman de manera más forzada, adelgazando o engordando, o afeándose, o encarnando a personajes extremos, o en situaciones extremas.

Lo que se le suele pedir a un actor de cine, incluso a los mejores de ellos, es que sean «expresivos», que «transmitan cosas». Parece ser que incluso para los más concienzudos analistas lo esencial del cine es que transmita muchas cosas. Para mí, y espero no ser el único, esto es totalmente incomprensible. A raíz de esto se comenta el trabajo de un actor como hierático (es decir, que no mueve una ceja en toda la película) o como histriónico (ergo, que es muy exagerado), y se aprecia que un actor o actriz sea contenido, equilibrado, ni hierático ni histriónico, como si eso fuera un valor en sí mismo y como si la película, sea la que fuera, se beneficiase necesariamente de esto. Hace algunas décadas se valoraba también, sobre todo en lo tocante al cine mal llamado clásico (en realidad cine académico estadounidense), que los actores y actrices además tenían que ser elegantes, como si en lugar de ver una película estuviésemos asistiendo a la ópera, o yendo a un desfile de moda. Afortunadamente los críticos que defendían eso de la elegancia han pasado a la historia (casi todos…), pero no los otros. Todo eso son conceptos e ideas absolutamente disparatadas, que hacen flaco favor al espectador no cualificado cuando trata de profundizar en el cine.

Claro, tantos años de mal cine estadounidense de los años treinta, cuarenta y cincuenta, tampoco ayudan. El cine, hasta los años sesenta y sobre todo los setenta, salvo muy escasas excepciones (que las había, incluso en el ámbito estadounidense), no estaba preparado para erigirse en una representación poética de la realidad. Ver una película, por otra parte seguramente interesante, de los años cuarenta o cincuenta, es ver a actores que están interpretando de la misma manera que lo harían encima de un escenario. No existe nada más anti-cinematográfico que eso. Se ha tardado bastante tiempo, y para eso han tenido que llegar genios como Welles, Bergman, Antonioni y gente así, en descubrir que un actor de cine no es un actor de teatro, que no ha de interpretar como si estuviera encima de un escenario, que no ha de declamar como haría un Laurence Olivier cualquiera. La «única» responsabilidad de un actor de cine es crear un personaje, bajo la batuta del director, averiguar en qué se parece a ese personaje, transformarse internamente en él, y mantener esa creación del primer plano al último. Claro, es fácil de decir y luego mucho más complejo de hacer. Pero en eso consiste, no en interpretar. La cámara de cine ya se encarga de hurgar en los ojos de cada actor y actriz buscando la verdad, y cuando no la encuentra de nada sirve la elegancia, la contención, la falta de hieratismo o de histrionismo.

Tomemos por ejemplo el formidable trabajo de Denzel Washington en ‘Día de entrenamiento’ (‘Training Day’, Fuqua, 2001), un filme que no es gigantesco, pero que sí tiene trazas notables. Washington interpreta en ella al policía más violento, corrupto e hijo de puta de la entera historia del cine. Lo que hace Washington se podría calificar en algunos momentos de histriónico (como puede calificarse el de Ledger en ‘The Dark Knight’, o el de Day-Lewis en ‘There Will Be Blood’), pero es que así es su personaje. Existe gente en este mundo que es hierática y existe gente histriónica (siguiendo este razonamiento), porque así es como debe ser, y de la misma manera sucede en el cine. El cine y la literatura va sobre personas, no sobre planos, sobre composiciones o sobre montajes. Y las que salen en pantalla o en las páginas, los personajes que aspiran a ser personas con la misma encarnadura que alguien de carne y hueso, son como han de ser, y no de otra manera. Por su parte, Washington resulta extraordinariamente convincente, aterradoramente creíble, en toda la película. Es una fuerza de la naturaleza la de su personaje, y lo es la de este actor superdotado, al que jamás le percibimos una nota falsa, por muy extremo que sea su personaje. Nadie, ni Bogart, ni Cagney, ni Cooper ni Grant, podrían haber aspirado a algo así en toda su vida.

Porque ellos interpretaban, y muchos otros y otras también. La mayoría. Pero ahora, cincuenta o setenta años después, el espectador está perfectamente instruido, aunque no sea un espectador cualificado, en la mentira del actor. Lo ve a quinientos kilómetros de distancia. El actor, la actriz, han de vivir la secuencia como si fuera absolutamente real, racional y físicamente. Y han de hacerlo en un set de rodaje, con equipo de luz, de cámara, de sonido, con grúas, con extras, con mil cosas, han de conseguirlo a pesar de que en una secuencia muchas veces se filman los diálogos a trozos, o se hacen diez tomas distintas para obtener varios registros tonales, a pesar de que las secuencias se filman (por imperativos de producción…) de manera no cronológica. ¿En qué se parece esto al trabajo de un actor de teatro? Solamente en el hecho de que se da vida a un personaje ficticio, nada más. Pero el espectador de cine no es tampoco el espectador de teatro. En el teatro, por mucho que se consiga arrastrar la atención del espectador, nunca se aspira a una totalidad, y en el cine sí. El cine ha de ser un pedazo de vida que el director ha conseguido tallar gracias a su equipo. Y cuando el actor interpreta (ya sea el caso de James Dean o de Mario Casas, que nunca serán actores) se nota.

Es cuando no se nota, cuando no se puede notar, cuando el actor o la actriz lo han conseguido. Cuando han dejado de ser ellos. Cuando son el personaje de pies a cabeza, sea cual sea el personaje. Cuando no te puedes creer que el director diga corten y dejen de ser el personaje. Es ahí cuando lo han logrado y cuando se merecen todos los elogios. Y no importa que estén hieráticos o histriónicos. Lo que importa es que narrativamente, poéticamente, se han transformado para siempre y han incrustado su carácter en una puesta en escena que ha levantado una segunda realidad. La realidad de ese personaje.

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Aprendiendo a valorar el trabajo de un actor

Me da a mí la impresión de que para muchas cuestiones narrativas nos hemos quedado totalmente anquilosados, enrocados en una concepción muy antigua de ciertos valores conceptuales y dramatúrgicos. Y en pocos asuntos esto se manifiesta de manera más nítida que en la valoración del trabajo de los actores, sobre todo cuando queremos discernir qué diferencia una buena de una mala interpretación, y aún más cuando queremos valorar entre una buena y una magnífica.

No es nada infrecuente escuchar afirmaciones como «qué expresivo es tal o cual o actor», o «qué bien actúa» cuando estamos delante de una pantalla o cuando después de ver la película o la serie queremos comentarlas. En general, en los premios anglosajones (Globos de Oro, Óscares, Baftas), se ha premiado muchas veces la típica interpretación de lucimiento de un actor o actor-estrella, en la que ha engordado o ha perdido peso de manera espectacular, o en la que con un maquillaje muy elaborado le han afeado, o en la que da vida a un personaje atormentado que pasa por todo tipo de avatares, y si es un personaje real o extremo mucho mejor. Si echamos un vistazo a los galardonados con el Óscar en los últimos años tenemos a Joaquín Phoenix haciendo del Joker (seguramente lo mereció antes por otros papeles muy superiores), a Rami Malek haciendo de Freddie Mercury, a Gary Oldman haciendo de Winston Churchill, a Eddie Redmayne haciendo de Stephen Hawking, a Matthew McConaughey interpretando a Ron Woodroof, a Colin Firth haciendo de George VI… y en las chicas un poco lo mismo…

Nada que objetar a algunos de ellos: son excelentes intérpretes. Y tampoco es cuestión de sancionar los Óscar como la única vara de medir, pues no son más que un premio más y están demasiado condicionados por agentes externos. Pero es lo que queda muchas veces como el canon de lo que debe ser una interpretación, sin entrar a valorar demasiado por qué lo son o por qué no. Yo ya aporté mi granito de arena en varios artículos (y en algunos más), pero quizá no entré en materia todo lo necesario, y es que a veces poner ideas objetivas encima de la mesa es mucho más difícil de lo que pueda parecer. Pero hay que intentarlo por lo menos.

Un actor o una interpretación no son mejores por ser más expresivos. Eso es una idiotez como un piano de grande. Los actores de cine no son actores de teatro. No tienen que gesticular, ni hacer aspavientos ni levantar la voz. No lo necesitan. A veces me da la sensación de que en lugar de estar viendo películas todavía nos encontramos en un anfiteatro en el siglo XVIII… La cualidad más importante de una actor o actriz, atiendan bien, es la transformación. Tal cual. Y no tanto la externa, la aparente, como la interna. El intérprete ha de transformarse en el personaje al que quiere dar vida según la visión del director, y esto es fácil de decir pero es un proceso bastante complejo, o muy complejo en algunos casos. Pero estamos hablando de hacer una interpretación memorable o magnífica, en la que no se observe ni la menor fisura o irregularidad, y eso es algo que se ha hecho unas cuantas veces y siempre porque el intérprete se ha transformado en el personaje hasta en el último pelo de su cuerpo. Hay millones de buenas interpretaciones, en las que un buen actor o buena actriz hace un trabajo estupendo. Pero hay cientos de interpretaciones geniales en las que, cuando tienes el oído y la vista adiestradas, no puedes hacer otra cosa que quedarte estupefacto porque has visto la verdadera magia del cine.

Y si atendemos a esa máxima de Wilde en virtud de la cual la artesanía por muy magnífica que sea siempre deja ver sus partes (la ornamentación, el cristal de la esa vidriera impresionante, las partes constitutivas, artesanales, de un retablo) mientras que el arte esconde la técnica y se muestra como un todo creado de la nada, sin materiales preexistentes, creando nada más y nada menos que una vida cerrada en sí misma, entonces no es tan difícil aprender a valorar una interpretación genial, o diferenciarla de las simplemente buenas y eficaces o de las torpes y hasta de las atroces. Basta entonces con fijarnos en aquellos trabajos interpretativos en los que, más allá de que el personaje nos caiga mejor o peor, o que el actor tenga más o menos carisma, es imposible discernir que allí hay una puesta en escena, que ese actor o esa actriz están rodeados de equipos de iluminación, cámara y atrezzo, que están pendientes de él y de ella el director y sus ayudantes. Somos, en algunos casos, incapaces de admitir que esa creación, ese carácter, haya sido inventado o sea una ficción. Muy al contrario, es tan real y creíble como la vida misma… o incluso más.

Los actores de cine no han de interpretar a la manera del teatro, han de ser. Y para ello han de encontrar aquello en lo que ellos se parecen al personaje, y no aquello en lo que el personaje ideal se parece a ellos. Espero se me entienda. Han de desdoblarse y convertirse en otra cosa, que en realidad es bastante parecida a como son ellos mismos en realidad, o a como podrían ser si pudieran. Y para eso es imprescindible una buena labor de casting, porque hay todo tipo de personas, pero ni el mejor del mundo puede dar vida a todas ellas. El director y su equipo han de encontrar al intérprete cuya frecuencia esté en sintonía con el carácter al que se pretende dar vida. Una vez elegido, el actor debe entregarse de manera total, casi suicida, a la visión del director, una vez esté conforme con ella. Ha de ser un instrumento en sus manos, porque mientras en teatro el actor es el verdadero creador y último responsable de la obra, en el cine es el director el que posee toda la partitura y está desde el principio al final del proceso.

¿Es posible imaginarse la puesta en escena y la escritura previa de los diálogos en ‘Antes del anochecer’ (‘Before Midnight’, Linklater, 2013)? Los actores están tan maravillosos (todos, pero especialmente Delpy y Hawke, obviamente)… ¡que parece que estamos asistiendo a un pedazo de la vida misma! Más vívida y más auténtica que la misma vida. Sin embargo es una película que, siendo realmente estupenda, no es gigantesca porque tampoco pretende serlo. Es una anécdota en la vida de un matrimonio que pasa una crisis. No son caracteres que pretendan trascender y esa anécdota está demasiado encerrada en sí misma. Hay otros personajes, en cambio, que son parte de la estrategia narrativa y de la mirada artística del director, y otros que son tan maravillosos y tan extremos que valen la película ellos solos, como el gran guiñol que compone Jim Carrey en ‘Una serie de catastróficas desdichas’ (‘A Series of Unfortunate Events’, Silberling, 2004), como si respirara, como si la película entera fuera él, y es un personaje que jamás existiría en la vida real, como no existe el de Hopkins en ‘El silencio de los corderos’ (‘The Silence of the Lambs’, Demme, 1991), y otros que pueden existir y de hecho existieron, como la hermana Helen Prejean de ‘Pena de muerte’ (‘Dead Man Walking’, Robbins, 1995), nunca podrían haberlo hecho con la fuerza y la verdad con las que existen en Susan Sarandon en esta extraordinaria película.

Al igual que sucede con las películas (siempre que se disponga de criterio y sentido común), también es bastante sencillo saber qué interpretaciones son insuperables y cuáles otras son sencillamente eficaces o buenas. En cuanto a las mediocres o a las fingidas, bastante con darse cuenta de que están interpretando en todo momento y de que no ves al personaje. Tan fácil como eso.

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Malos actores

No es fácil valorar de forma sagaz la interpretación de un actor o una actriz, y sin embargo a menudo me encuentro hablando con personas, o leyendo comentarios, de gente que no tiene una gran formación dramática de ninguna clase, ni un interés de ningún tipo por la narrativa (más allá de que les entretenga a ellos en las horas muertas de los día de confinamiento…), ni un gusto particularmente trabajado ni exigente, y cuando hablan de un actor, de su trabajo en una película o en una serie concretas, suelen acertar cuando estamos ante una interpretación de gran calado. No así, me temo, cuando nos encontramos con interpretaciones de dudoso calibre, o directamente deleznables, sobre todo en esos papeles encarnados por estrellas con el piloto automático puesto.

Es el tema de los actores parecido al del guion, o al de la música. Ni siquiera los más sesudos analistas, en numerosas ocasiones, suelen tener grandes nociones de ninguna de esas tres cosas, y algunos (la mayoría) se centran en la calidad del argumento digamos teatral (lo que viene siendo el comentario cinematográfico más extendido en medios de comunicación) y otros, los más reflexivos o dispuestos a un debate teórico, se centran en la forma, en la mirada del director, en el resbaladizo concepto de estilo. Pero si el cine es esa summa de artes que tantas veces se ha proclamado, y con la que estoy de acuerdo sólo los días pares del calendario, convendremos en que los actores de un filme o de una serie, su pertinencia, su precisión, su labor en definitiva, es capital para valorar la ficción que tenemos ante nuestros ojos.

Y sólo se puede valorar, realmente, el trabajo de un actor, viéndolo en VO, me temo… a despecho de tantos espectadores que todavía hoy se empeñan (son muy libres, por supuesto, como yo lo soy de insistir en el sentido contrario) en ver las películas con voces españolas, dobladas por nuestros excelentes profesionales. Pero me temo que nadie puede saber realmente lo bien que lo ha hecho un actor si en lugar de escuchar su voz, que es más de la mitad de su trabajo como intérpretes, escucha la voz de otro, generalmente un paisano suyo que impone sus propias inflexiones, su propio timbre de voz y su propia interpretación, en definitiva. Y dicho todo esto así, pareciera que estamos obligados o impelidos por una fuerza misteriosa a «valorar», a saber si un trabajo actoral es bueno o deficiente. Y el espectador habitual no lo está, pero creo que el crítico cinematográfico sí.

Y cuando la cosa no funciona salta a la vista, por mucho que a veces ni siquiera lo veamos, arrastrados por la historia y por la narrativa de la película o de la serie. Cuando vemos a Orlando Bloom, ya sabemos que no es actor ni lo será nunca. Y es verdad que algunos actores que durante una década han entregado trabajo deplorable tras trabajo deplorable, de pronto se lo toman en serio y se vuelven actores, pero eso es sólo en algunos casos. Es evidente que Orlando Bloom, quien tuvo la inmensa suerte de encadenar la trilogía de ‘El señor de los anillos’ de Peter Jackson, con la de ‘Piratas del Caribe’, jamás será actor, porque carece de dos cosas que hacen a un actor verdadero ser lo que es: la capacidad de construcción de un personaje y la capacidad de transformación interior. Y no estoy diciendo que todos los actores tengan que ser como Daniel Day-Lewis, pero podrían ser por lo menos eso: actores.

Conozco demasiada gente que se empeña en decir que un actor debe ser expresivo. Eso es una forma muy primaria de entender la interpretación. Los actores no son monos haciendo muecas. También se dice que ha de tener buena voz, como si estuviéramos en el teatro, aunque sin duda es algo positivo que se le entienda cuando habla. Un actor o una actriz no ha de ser necesariamente expresivo, porque la cámara ya lo hace por él. Es algo muy curioso eso de la cámara. No te permite engañar, ni fingir…ni interpretar. Consigue que el espectador sepa mucho antes lo que se pretende de lo que el actor o el director quieren dar a entender. La cámara y el actor han de trabajar, por tanto, juntos, nutriéndose de la misma energía dramática. Cuando ves a Orlando Bloom te das cuenta de que está intepretando, fingiendo, porque no entiende el lenguaje de la cámara, porque es incapaz de vivir la secuencia, y porque no sabe construir un personaje. Ha nacido incapacitado para ello.

Podrá ser muy guapo y muy atractivo y encantador, y todo lo que se quiera, pero no debería haber sido nunca actor. En esto le pasa como a Mario Casas, que en su interior, me temo, cree que es una especie de Marlon Brando. No me cabe duda de que mucha gente le encuentra muy atractivo y muy guapo y todo eso, pero es un actor pésimo. De hecho ni siquiera es actor. Y lo que es peor, hay que hacer un esfuerzo consciente para entender lo que dice, porque no sabe ni siquiera hablar con fluidez. Y no se entienda esto como un ataque «personal» a este muchacho, sino como la constatación de unos hechos. Seguro que en persona es un chico magnífico, encantador y altruista, pero no es actor, por mucho que él se empeñe, y haga muchas películas y series, y tenga mucha fama. Las estrellas, muchas veces, no son actores, y vale la pena decírselo a los espectadores que no se quieren dar cuenta de ello

Tomemos por caso a Mel Gibson y Robert Downey Jr., a la sazón dos buenos amigos. Yo creo que son actores, pero creo que son actores bastante mediocres, de talento más que discutible. El primero ha sido una superestrella hace ya un par de décadas, y el segundo lo es ahora…quizá la estrella más grande del mundo. Que alguien me diga un papel realmente grande de Mel Gibson, y por favor que nadie piense en el Martin Riggs de ‘Arma letal’ o en el William Wallace de ‘Braveheart’. Creo que estuvo bastante bien en la trilogía ‘Mad Max’, y me gusta mucho su labor en ‘El año que vivimos peligrosamente’. Incluso en ‘Gallipolli’. Eso no le hace un gran actor. Gracias a su espectacular belleza se hizo estrella. Lo mismo que Robert Downey Jr., que estaba llamado a ser uno de los grandes de su generación. ¿Dónde quedó ese actor? Tanto uno como otro, hagan de William Wallace, de Hamlet, de Sherlock Holmes o de Iron Man, son siempre ellos mismos, y siempre están fingiendo. Siempre. Y su labor de actor les importa un carajo. Sólo les importa hacerse con grandes sumas dinero. Gigantescas sumas de dinero. Y las pocas veces que hacen un cine aparentemente más serio, lo producen ellos, y lo fabrican a su medida y como vehículo total de lucimiento.

Pero Downey Jr. fue capaz de hacer un gran trabajo, en mi opinión, en el desmadre de ‘Tropic Thunder’, interpretando a un mal actor que se hace pasar por negro. Su trabajo, en verdad, es magnífico y delirante, el mejor de toda su carrera. Quizá porque carece de vergüenza y porque interpreta a un mal actor… Por suerte otros nos sorprenden, como Matthew McConaughey (nunca sé como se escribe este apellido…he de consultar google cada vez…), de quien pensé durante más de una década que era un magnífico actor desaprovechado, y hasta un pésimo actor y un bobo. Y hete aquí que no solamente no es bobo, sino que es un actorazo impresionante, como demostró en varias películas y sobre todo en una de las mejores interpretaciones de la historia. A veces los actores tienen que dar con el material que a ellos les haga sentirse a gusto y con el que puedan trabajar y construir un gran personaje. Y ese material puede tardar décadas en llegar…

Y no he hablado de ninguna actriz. Por la razón que sea me cuesta más encontrar recordar un mal trabajo de ellas. Me parece justo.

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Interpretaciones monstruosas: actores

Al igual que hay jerarquías en las películas, desde la más deleznable a la más grandiosa, pasando por una amplia gama de grises, lo mismo sucede con las interpretaciones de los actores. Con un añadido: cuanto más se acercan a la perfección más nutrida es la gama de grises, y al contrario que lo que sucede con una película en su totalidad, que ni siquiera las más impresionantes están libres de defectos, podemos encontrar en algunas interpretaciones la perfección absoluta. Esos trabajos que ya en su primera secuencia…¿qué digo primera secuencia?…en el primer plano en el que aparecen, ya sabes que estás ante algo portentoso, sólo digno de los más grandes de su oficio.

Me estoy refiriendo a esos trabajos en los que el actor, o la actriz, están en modo imparable, han dado con un papel perfecto para ellos, y se lanzan sin red sabiendo (porque lo saben, créanme…) que están logrando algo memorable. Y no voy a hablar una vez más de las consabidas genialidades de Daniel Day-Lewis, Heath Ledger o Anthony Hopkins. Voy a hablar de otras, que además me van a ayudar a establecer un argumento importante: que una buena interpretación se basa sobre todo en elegir al intérprete correcto, y el intérprete correcto es aquel que en alguna parte de su personalidad real tiene similitudes con el personaje al que va a dar vida. Y es que en interpretación la gente, por lo general, está tan perdida, pese a tratarse de algo supuestamente tan evidente como un buen o mal actor, como en fotografía, montaje, ritmo o tono. Los espectadores andan por ahí valorando la «expresividad» (o carencia de ella) de un actor, como si un intérprete fuera mejor por hacer muecas o poseer un rostro elocuente…o una voz poderosa.

Quienes así piensan se creen que esto del cine es como teatro filmado, o peor aún, como teatro japonés filmado. Con una cámara un actor no necesita ser expresivo, lo que necesita es vivir la secuencia. Pero para crear un personaje hace falta otra cosa: encontrar aquello en lo que el personaje se parece a ti, no en lo que tú te pareces al personaje. Y esto, que puede parecer una boutade, es básico en el trabajo de un actor, que además no va a ser el creador en solitario del personaje, pues ya va a tener mucho trabajo hecho desde el guion, y sobre el papel va a trabajar en colaboración con la visión que el director tiene sobre ese personaje. Un director con un enfoque equivocado o reduccionista puede dar al traste con las enormes posibilidades que un guion y/o un actor pueden darle a un personaje concreto, y esto pasa con más frecuencia de lo que se cree.

Pero algunos actores prácticamente se dirigen a sí mismos y el director no tiene más remedio que dejarles hacer, porque se dan cuenta de que han dejado suelta a una bestia, y confían en que el material que les entregue será satisfactorio y podrá incrustarlo en el resto de la película, y esto también sucede con bastante frecuencia, sobre todo entre grandes estrellas que saben que son buenos actores, han dado con un prometedor papel y tienen las ideas muy claras de lo que van a hacer. Pero sea como fuere, al final juzgamos los resultados, no los procedimientos para llegar a esos resultados, y de vez en cuando encontramos a un actor o actriz que está desbocado, que ya en sus ojos posee una concentración, una tensión psíquica en cada plano, que como se suele decir «roba la película», que cada vez que aparece en pantalla hace que la película vuele a un nivel estratosférico, aunque la película no sea ni mucho menos formidable, o aunque sea irregular y dirigida con una simple corrección. Aparece ese actor o actriz y sencillamente no puedes ni parpadear, y cuando vuelves a ver la película te dedicas a mirar a otro lado hasta que aparece ese actor o simplemente coges el mando y te saltas las escenas en las que no aparece…

El otro día estuve viendo, una vez más, ‘Training Day’, de Antoine Fuqua. Lo de Denzel Washington me parece su mayor logro, incluso superior a ‘Malcolm X’ o ‘Hurricane’. Está en ese plan antes comentado: tensión absoluta, sin desfallecer un solo plano, hasta el punto de que la película es aún más interesante porque está él en modo animal desbocado. Parece haber nacido (como le pasa a Norman Reedus en su papel de Daryl Dixon ‘The Walking Dead’) para interpretar este personaje. Alonzo es la película. Y Washington es Alonzo. Un personaje despreciable e indefendible desde cualquier punto de vista, un manipulador magistral, un tipo violento, despiadado, mezquino, embaucador, traicionero…y sin embargo encantador muchas veces, poseedor de un gran carisma y atractivo. Un personaje maravilloso.

Uno que recuerda bastante a ese personaje, y otra interpretación descomunal, es la de Jose Coronado como Santos Trinidad en ‘No habrá paz para los malvados’, otro de esos trabajos en los que el actor está en cada plano, y juega sus cartas hasta el fina, y otro personaje despreciable y maravilloso, aunque no posee nada del encanto superficial ni de la capacidad manipuladora de Alonzo, pues se trata de un tipo en las últimas y de vuelta de todo, un superviviente que sabe que está empleando sus últimos cartuchos y cuyas menguada energías no le van a alcanzar hasta el final. Comparte con Alonzo una enorme oscuridad humana, una siniestra presencia que anticipa muerte y violencia, como le pasa a John Huston en ‘Chinatown’. Aquella interpretación de Noah Cross me parece la primera de todas estas, que dejan a los antiguos personajes del cine negro «clásico», todo los Bogart o Cagney, en pañales. Pocas veces el espectador ha tenido acceso a un personaje de la oscuridad de Noah Cross, un personaje que ha de parecerse a lo que fue John Huston, a su lado más tenebroso. Está perfecto en la película de Polanski. Él es Noah Cross.

Cambiando de registro, existe una interpretación arrolladora que me parece una de las cimas de la comedia de todos los tiempos: la de Kevin Kline en ‘Un pez llamado Wanda’, de Charles Crichton. Lo de Kline en esta película, desde su primer plano, es algo indescriptible. Él siempre ha sido un gran actor, pero aquí, encarnando a este sujeto indefendible e insoportable llamado Otto, un ladrón de poca monta que se cree el no va más de la inteligencia, la astucia y la virilidad, un sinvergüenza, un asesino, mentiroso, torpe, imbécil, mezquino, en el fondo patético al que un Kline portentoso dota de una humanidad y una belleza, irónicamente, sensacionales, únicas diría yo, todavía más por estar rodeado de los dos mejores actores de los Monty Phyton (John Cleese y Michael Palin), que también están portentosos, pero sencillamente no pueden con Kline ni con su personaje, que «roba» la película una y otra vez con cada sublime aparición en pantalla, con cada movimiento, cada réplica y cada broma.

En este caso he hablado de actores, en otro artículo hablaré de actrices y de algunas interpretaciones monstruosas de ellas, que también tienen unas cuantas. Pero al menos he podido nombrar unas pocas de ellos que cada vez que las veo me dejan literalmente sin aliento, como me sucede cuando veo a Tom Cruise en ‘Magnolia’, o a Philip Seymour Hoffman en ‘A Most Wanted Men’, o a Gerard Depardieu en ‘Cyrano de Bergerac’. Son cimas inalcanzables para el resto de los mortales, alquimias que de cuando en cuando nos regalan a los agradecidos espectadores, transformaciones absolutas en otra persona, porque en realidad estos actores, en su interior, son esos personajes, y no lo sabían hasta que no dieron con ellos.

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