CINE

Ránking de intérpretes actuales

De esos de ahí arriba no… de los actuales, que son infinitamente mejores, más creíbles y plenamente cinematográficos. A ver si soy capaz de elaborar una pequeña lista con la que el lector de estas líneas pueda hacerse una idea de lo que considero que son los más grandes, y la diferencia con otros que se les acercan pero que quizá no estén en su misma liga.

Comentaba el otro día que la dirección de actores es un aspecto esencial de un filme que se precie de ser medianamente interesante, que es bastante más que simplemente decirle al actor que lo haga más deprisa o más lento, y que con ello se distingue a la mayoría de grandes directores, pero también a la mayoría de grandes actores, que en su mayor parte acaban dirigiéndose muchas veces a sí mismos, pues saben perfectamente lo que tienen que hacer en su trabajo a la hora de crear personajes. Los genios sobre todo lo son, no porque sean capaces de hacer cualquier papel, sino porque entendieron muy pronto qué tipo de papel es que ellos mejor y con más profundidad pueden interpretar, en qué se parecen a ese o a aquel personaje, y qué pueden aportar a la película.

Seguro que con el paso de los días, las semanas y los meses voy pensando en otros intérpretes y añadiéndolos o quitándolos de algún ramillete, así que este es otro work in progress de este blog:

*Actualizado a 4 de agosto

Los genios:

Anthony Hopkins
Daniel Day-Lewis
Heath Ledger
Hugh Laurie
Frances McDormand
Isabelle Huppert

Grandísimos intérpretes, casi genios:

Denzel Washington
Ian McKellen
Philip Seymour Hoffman
Bryan Cranston
Robert Duvall
Matthew McConaughey
Viola Davis
Kate Winslet
Judi Dench
Joaquin Phoenix

Grandes intérpretes:

Juliette Binoche
Jose Coronado
Philippe Torreton
Kevin Kline
Holly Hunter
Laura Dern
Julianne Moore
Susan Sarandon
Jim Carrey
Kathy Bates
Colin Farrell
Tommy Lee Jones
Jodie Foster
Sean Penn
Gérard Depardieu

Buenos intérpretes:

Woody Harrelson
Forest Whitaker
Mads Mikkelsen
Jamie Lee Curtis
Rooney Mara
Meryl Streep
Helen Mirren
Maggie Cheung
Sean Connery
Ricardo Darín
Willem Dafoe
Cate Blanchett
Javier Bardem
Catherine Deneuve

Actores con carisma:

Robert Downey Jr.
Chiwetel Ejiofor
Harrison Ford

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ARTÍCULOS, CINE

Un actor de cine no es un actor de teatro

Uno de los aspectos que más llaman la atención de una película son, inevitablemente, los actores que en ella aparecen. Y uno de los lugares comunes a los que hemos de enfrentarnos los intérpretes, críticos e investigadores de este medio es ese que dicta cómo ha de hacerlo un actor o actriz para considerar su trabajo bueno, o adecuado, o valioso, que casi nunca tiene que ver con lo que de verdad ha de hacer un actor de cine, y todo eso tiene que ver, me temo, con prejuicios y con conceptos teatrales, que muy poco o nada se acercan a los del cine, con lo que el lío está servido. Por supuesto que luego también existen críticos o intérpretes a los que todo lo relativo a los actores les parece bastante secundario, siempre que la composición y montaje de los planos exprese una idea subyacente, como si el cine (o la literatura, o lo que sea) no fuera más que el subrayado o la demostración de una idea, pero eso ya es otra cuestión…

Sin embargo, para los que esos monigotes que están ahí delante de la pantalla son más que sombras o meras excusas formales, que aún quedamos algunos, resulta inevitable pensar en ellos como uno de los dos o tres aspectos fundamentales de un filme (no el más importante, desde luego, pero sí uno de los que más), y por tanto es crucial criticar su trabajo con un sistema de ideas más desarrollado que el que habitualmente se maneja en la crítica o el reseñismo cinematográfico al uso, para el que parece que un buen actor o actriz ha de manejarse con herramientas más propias de otros medios. Ni que decir tiene que los premios Óscar o incluso los Goya no son casi nunca los más aptos para aprender a valorar qué es una buena interpretación, porque lo que se premia en ellos (como lo que se premia en fotografía, o en montaje, en música, en demasiadas ocasiones) suele ser lo más llamativo externamente, lo que posee elementos más acusados, que llamen la atención sobre sí mismos (lo bonito en la fotografía o en la música, lo epatante en el montaje). En el caso de los actores, aquellos casos en los que se transforman de manera más forzada, adelgazando o engordando, o afeándose, o encarnando a personajes extremos, o en situaciones extremas.

Lo que se le suele pedir a un actor de cine, incluso a los mejores de ellos, es que sean «expresivos», que «transmitan cosas». Parece ser que incluso para los más concienzudos analistas lo esencial del cine es que transmita muchas cosas. Para mí, y espero no ser el único, esto es totalmente incomprensible. A raíz de esto se comenta el trabajo de un actor como hierático (es decir, que no mueve una ceja en toda la película) o como histriónico (ergo, que es muy exagerado), y se aprecia que un actor o actriz sea contenido, equilibrado, ni hierático ni histriónico, como si eso fuera un valor en sí mismo y como si la película, sea la que fuera, se beneficiase necesariamente de esto. Hace algunas décadas se valoraba también, sobre todo en lo tocante al cine mal llamado clásico (en realidad cine académico estadounidense), que los actores y actrices además tenían que ser elegantes, como si en lugar de ver una película estuviésemos asistiendo a la ópera, o yendo a un desfile de moda. Afortunadamente los críticos que defendían eso de la elegancia han pasado a la historia (casi todos…), pero no los otros. Todo eso son conceptos e ideas absolutamente disparatadas, que hacen flaco favor al espectador no cualificado cuando trata de profundizar en el cine.

Claro, tantos años de mal cine estadounidense de los años treinta, cuarenta y cincuenta, tampoco ayudan. El cine, hasta los años sesenta y sobre todo los setenta, salvo muy escasas excepciones (que las había, incluso en el ámbito estadounidense), no estaba preparado para erigirse en una representación poética de la realidad. Ver una película, por otra parte seguramente interesante, de los años cuarenta o cincuenta, es ver a actores que están interpretando de la misma manera que lo harían encima de un escenario. No existe nada más anti-cinematográfico que eso. Se ha tardado bastante tiempo, y para eso han tenido que llegar genios como Welles, Bergman, Antonioni y gente así, en descubrir que un actor de cine no es un actor de teatro, que no ha de interpretar como si estuviera encima de un escenario, que no ha de declamar como haría un Laurence Olivier cualquiera. La «única» responsabilidad de un actor de cine es crear un personaje, bajo la batuta del director, averiguar en qué se parece a ese personaje, transformarse internamente en él, y mantener esa creación del primer plano al último. Claro, es fácil de decir y luego mucho más complejo de hacer. Pero en eso consiste, no en interpretar. La cámara de cine ya se encarga de hurgar en los ojos de cada actor y actriz buscando la verdad, y cuando no la encuentra de nada sirve la elegancia, la contención, la falta de hieratismo o de histrionismo.

Tomemos por ejemplo el formidable trabajo de Denzel Washington en ‘Día de entrenamiento’ (‘Training Day’, Fuqua, 2001), un filme que no es gigantesco, pero que sí tiene trazas notables. Washington interpreta en ella al policía más violento, corrupto e hijo de puta de la entera historia del cine. Lo que hace Washington se podría calificar en algunos momentos de histriónico (como puede calificarse el de Ledger en ‘The Dark Knight’, o el de Day-Lewis en ‘There Will Be Blood’), pero es que así es su personaje. Existe gente en este mundo que es hierática y existe gente histriónica (siguiendo este razonamiento), porque así es como debe ser, y de la misma manera sucede en el cine. El cine y la literatura va sobre personas, no sobre planos, sobre composiciones o sobre montajes. Y las que salen en pantalla o en las páginas, los personajes que aspiran a ser personas con la misma encarnadura que alguien de carne y hueso, son como han de ser, y no de otra manera. Por su parte, Washington resulta extraordinariamente convincente, aterradoramente creíble, en toda la película. Es una fuerza de la naturaleza la de su personaje, y lo es la de este actor superdotado, al que jamás le percibimos una nota falsa, por muy extremo que sea su personaje. Nadie, ni Bogart, ni Cagney, ni Cooper ni Grant, podrían haber aspirado a algo así en toda su vida.

Porque ellos interpretaban, y muchos otros y otras también. La mayoría. Pero ahora, cincuenta o setenta años después, el espectador está perfectamente instruido, aunque no sea un espectador cualificado, en la mentira del actor. Lo ve a quinientos kilómetros de distancia. El actor, la actriz, han de vivir la secuencia como si fuera absolutamente real, racional y físicamente. Y han de hacerlo en un set de rodaje, con equipo de luz, de cámara, de sonido, con grúas, con extras, con mil cosas, han de conseguirlo a pesar de que en una secuencia muchas veces se filman los diálogos a trozos, o se hacen diez tomas distintas para obtener varios registros tonales, a pesar de que las secuencias se filman (por imperativos de producción…) de manera no cronológica. ¿En qué se parece esto al trabajo de un actor de teatro? Solamente en el hecho de que se da vida a un personaje ficticio, nada más. Pero el espectador de cine no es tampoco el espectador de teatro. En el teatro, por mucho que se consiga arrastrar la atención del espectador, nunca se aspira a una totalidad, y en el cine sí. El cine ha de ser un pedazo de vida que el director ha conseguido tallar gracias a su equipo. Y cuando el actor interpreta (ya sea el caso de James Dean o de Mario Casas, que nunca serán actores) se nota.

Es cuando no se nota, cuando no se puede notar, cuando el actor o la actriz lo han conseguido. Cuando han dejado de ser ellos. Cuando son el personaje de pies a cabeza, sea cual sea el personaje. Cuando no te puedes creer que el director diga corten y dejen de ser el personaje. Es ahí cuando lo han logrado y cuando se merecen todos los elogios. Y no importa que estén hieráticos o histriónicos. Lo que importa es que narrativamente, poéticamente, se han transformado para siempre y han incrustado su carácter en una puesta en escena que ha levantado una segunda realidad. La realidad de ese personaje.

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CINE, TELEVISIÓN

Interpretaciones monstruosas: actrices

Hablaba yo el otro día sobre algunas interpretaciones masculinas memorables, que han quedado ahí para siempre como ejemplo de perfección y de tensión dramática, en la que esos actores habían llegado a una cima muy difícil de igualar, clavando personajes memorables y erigiéndose en uno de los efectivos más importantes, o el más importante, de la película. Y hoy quisiera hablar un poco de su contrapartida, de ellas, que de cuando en cuando, al igual que ellas, nos fascinan con un trabajo portentoso que literalmente «roba» la película.

Por ejemplo Frances McDormand en ‘Tres anuncios en las afueras’ (‘Three Billboards Outside Ebbing, Missouri’), en la que da otro recital interpretativo. Pero hace tiempo que McDormand es una de las más eminentes actrices de su generación, y su caso es bastante curioso porque no parece llevar a cabo ninguna composición o caracterización, tal como le sucede en la estupenda serie ‘Olive Kitteridge’. De hecho, su personaje en ambas ficciones es bastante parecido, como si ella ni siquiera interpretase, ni tuviera que molestarse en cambiar prácticamente nada, como si hubiese decidido trabajar a cara lavada, sin el menor artificio, ofreciendo sólo honestidad. Muy valiente por su parte, y además le funciona, porque al final, en lo más sutil, sí que hay diferencias entre Olive y Mildred Hayes, aunque sólo sea la fuera exterior que proyectan, frágil en la primera y arrolladora en la segunda.

Pero hay bastantes interpretaciones en las que ellas actúan así, «a cara lavada», sin caracterizaciones (peinado, maquillaje…movimientos, voz) de ninguna clase, como le sucede a Naomi Watts en su insuperable creación en ’21 gramos’, de 2003. Su encarnación de esa madre que pierde de un plumazo a su marido y a sus dos hijas pequeñas, y para la que va a ser imposible superar el golpe, es algo para la historia del cine. Yo no sé cómo ha conseguido este milagro Alejandro Glez-Iñárritu, por lo demás un excelente director de actores, pero la Cristina Peck de Watts es un personaje destruido por el destino, un carácter absolutamente trágico, cuyo pathos, sin embargo, no va a consistir en la venganza o el duelo, sino en la aceptación de que la vida sigue sin más, y a esto la actriz lo dota de una belleza y una verdad que hay que verlo para creerlo. Se pueden mirar con lupa todas las imágenes en la que aparece, y no existe el menor fingimiento, la menor duda, la menor caída de tensión psíquica. Es asombroso.

Pero creo que no sería justo hacer una entrada sobre interpretaciones femeninas memorables y no nombrar una de mis preferidas: la de Edie Falco en la inevitable ‘Los Soprano’, porque aunque estaremos de acuerdo en que Tony Soprano/James Gandolfini es el alma y el corazón de la serie, y que la historia es principalmente la suya, tiene a su lado, como mujer no siempre abnegada y jamás sumisa, a una actriz literalmente portentosa, que solamente caracteriza su voz para darle ese tono de neoyorquina de barrios bajos reconvertida en nueva (y hortera) millonaria gracias a los chanchullos y al inmenso poder de su marido. Lo de Edie Falco en ‘Los Soprano’ es, sencillamente, una de las mejores interpretaciones femeninas de la historia, y sin ella, la peripecia de Tony quedaría incompleta y la interpretación sublime de Gandolfini perdería un importante asidero, pues existe sobre todo porque tiene enfrente a Falco, y así nos regalan sus numerosos diálogos, réplicas, contrarréplicas, discusiones, reproches, miradas, dobles sentidos. La fuerte y al mismo tiempo frágil Carmela Soprano, a ratos digna y a ratos patética, por momentos una fuerza de la naturaleza y por otros una mujer en el abismo, es un personaje maravilloso, a la altura de la mejor serie de todos los tiempos.

Y ya para cambiar de tercio, y pasar a otro personaje no tan abrumadoramente trágico, aunque sí posee un pathos interno de gran intensidad, quisiera nombrar el papel de Sigourney Weaver en la también insuperable ‘Aliens’, de 1986, un filme de terror y aventuras, casi un western en el espacio, que a priori otorgaba pocas posibilidades para crear un personaje memorable y para una interpretación tan portentosa como la que nos ofrece esta gran actriz. Pero no es cuestión jamás de géneros ni de pretensiones iniciales, y sí de lo que es capaz un director y una actriz cuando se proponen crear un carácter poderoso. Y pocos los hay tan poderosos como la Ripley que apenas era un esbozo en el filme de Ridley Scott y que en el de Cameron no solamente es la protagonista absoluta, sino que casi se erige en representante de la humanidad entera en su lucha contra una especie que amenaza con borrarnos del mapa. La belleza, la dignidad, la honestidad, la valentía de Weaver en esta película es algo que deja sin aliento.

Hay muchas otras, claro. Quizá decenas de interpretaciones fastuosas, que elevan una buena película hasta alturas magistrales, o que convierten a una ficción magistral en algo insuperable. Sería fatuo, y por otra parte casi imposible, nombrarlas todas. Queden estas como ejemplo de ponerse a ver una película y encontrarse con algo tan luminoso y tan terrible al mismo tiempo, tan bello y tan digno, que te devuelve un poco (sólo un poco), la fe en la especie humana.

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