ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

La fragilidad de lo genial: ‘The Sopranos’ y ‘The Many Saints of Newark’

Pocas ideas tan rotundas y verdaderas como que incluso los genios lo son cuando pueden, y no cuando quieren… salvo muy escasas excepciones. Viene esto a cuenta del muy reciente visionado de ‘The Many Saints of Newark’ (2021), que ya está disponible en HBO, y que aquí en España tuvieron la dudosa idea de llamar ‘Santos criminales’. Se supone (es mucho suponer, vistos los resultados) que es eso que se llama «precuela» de aquella serie irrepetible titulada ‘The Sopranos’, que desde 1999 a 2007 se convertía en la primera obra maestra absoluta que ha dado la televisión en toda su historia. Y viendo esa continuación-precuela que pasó por los cines con más pena que gloria y que ni siquiera muchos amantes de la serie han visto, no puede uno dejar de pensar en eso: en que la genialidad, en caso de existir, es la cosa más frágil del mundo…

Hace dos semanas que terminé de escribir el libro sobre series en el que voy a intentar establecer el primer Canon de este soporte narrativo, al menos que yo sepa (y no: un Canon no consiste en hacer una lista de los títulos que más te gustan…), y en los prolegómenos de ese volumen también hago una mención al respecto: la inevitable comparación, muy tendenciosa, entre películas y series, y cómo se sigue considerando a las primeras por encima, en cuanto a prestigio o alcance poético, de las segundas, a pesar de que ya hay pocas duda de que las ficciones seriadas han alcanzado una cima difícil de soslayar y prácticamente indiscutible. Pero no porque hayan demostrado ser «mejor o más profundas» que las películas, sino porque cada soporte a veces alcanza momentos de gran esplendor sin necesidad de mirarse en el espejo de otros, y quizá precisamente por eso. Pero una y otra vez no dejan de sucederse las películas que quieren contar los orígenes de un personaje (en Disney no saben hacer otra cosa) o bien quieren «cerrar» una serie, ya sea esta serie truncada (caso de ‘Deadwood’) o porque sus creadores consideren que pueden añadir algo a lo ya contado, o sus financieros quieran aprovechar el tirón comercial… Y luego la mayoría de esas películas dejan bastante que desear, cuando no son directamente nefastas, tal como le sucede a esa ‘The Many Saints of Newark’.

El delicado equilibrio que tiene lugar en una gran serie –equilibrio que por cierto puede darse en un principio pero que en sucesivas temporadas puede ir desvaneciéndose– se ve muchas veces definitivamente destruido por esa película o películas con las que se intenta recorrer aún más de un camino que quizá ya quedó cerrado en su tiempo. Grandes series como ‘Six Feet Under’ (2001-2005) conocen un desarrollo ascendente (en su caso de la primera a la tercera temporada), para luego comenzar a desdibujarse de manera paulatina y casi fatal, para una conclusión precipitada, abrupta, y que solamente es apreciada por aquellos que son fanáticos de esa serie en cuestión, que no miran el material entregado con ojos objetivos. Tal cosa no sucede con algunas elegidas, muy especialmente con ‘The Sopranos’, en la que David Chase y su superlativo equipo de cineastas logró un milagro. Si existe una serie perfecta es esta. Si existe una ficción seriada en la un episodio tras otro sea una lección magistral de puesta en escena (además de ‘The Wire’ y ‘The Walking Dead’), de escritura y de interpretación, es esta catedral del cine seriado de todos los tiempos. ‘The Sopranos’, lo he dicho muchas veces, es la droga más poderosa que existe. Y es una droga que te destruye, y tú feliz de que lo haga. Y te sientes físicamente enfermo por preocuparte por semejante panda de sinvergüenzas, pero no puedes dejar de sentir pena y compasión y hasta una retorcida ternura. ‘The Sopranos’ es definitiva, y con ella Chase, que es el creador y el amo absoluto de esta creación genial, supera incluso (y mira que me duele decirlo) a su maestro Scorsese, porque nunca Scorsese creó nada tan monstruoso como el Tony Soprano de James Gandolfini.

Y ahora, una vez muerto Gandolfini, han convencido a Chase de regresar a ese mundo y de contar el mundo de juventud de Tony (interpretado por el hijo de Gandolfini, Michael, que apenas tiene relevancia dramática), poniendo de protagonista a su cuasi-mentor Dickie Moltisanti (al que da vida un esforzado Alessandro Nivola), y contando una historia que trata de ser apasionante, y emocionante, y sorprendente, y que apenas consigue nada de lo que se propone porque entre otras cosas está servida con total impersonalidad por ese realizador, nunca director, del que ya hemos hablado aquí más de una vez llamado Alan Taylor. Taylor es un realizador incapaz de entender aquello que está contando ni de narrar con su cámara, a pesar de haber sido el director de algunos episodios fundamentales de muchas series fundamentales de las últimas décadas. Esto demuestra (por si hacía falta hacerlo) que no es el director, por mucho que quizá Taylor lo piense, la pieza fundamental de una serie, sino el showrunner, que es quien de verdad marca la diferencia y toma las decisiones. Un director en una serie es un mercenario que simplemente cubre las escenas la mayoría de los casos… y en esta película es lo que hace Taylor: pone la cámara en cualquier lado de cualquier manera, más o menos dejándolo todo muy claro, pero sin la menor intencionalidad ni instinto ni personalidad. Una nulidad total, como la misma película.

¿Cómo es posible que ‘The Sopranos’, escrita por Chase, sea una obra genial, y que ‘The Many Saints of Newark’ sea una nulidad de película? Pues lo es.

Muchos no se enteran, ni se quieren enterar, de que un cortometraje no es menos que una película, y que una serie tampoco. Que cada soporte tiene sus propias reglas, su propio tempo, su propia forma. Reglas estrictas. No sé cómo algo tan básico tanta gente no quiere prestarle la atención debida. Y aún hay más: que no hay fórmulas narrativas. La nueva serie de HBO, ‘La casa del dragón’, que parte de ‘Juego de tronos’, puede ser (ojalá me equivoque) una pérdida de tiempo, por mucho que la serie «madre» fuera una experiencia tan épica y llena de grandes momentos. Pero es que si hay algo más frágil que la genialidad es la capacidad analítica de tanto crítico y supuesto experto que debería ver menos títulos sin parar y reflexionar un poco más.

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CINE, TELEVISIÓN

Alan Taylor, y lo difícil que es ser un gran director de cine

Yo soy de los que piensan que los que verdaderamente hacen que esto del cine avance son los autores, los que arriesgan, y no los grandes éxitos masivos, ni los directores estrella. Si se revisa mi lista de lo mejor de cada año desde 1979, se verá que ya ahí estoy dejando claro mi punto de vista. Una y otra vez los grandes directores, los que poseen una carrera densa y prolífica, son los que convierten a un año mediocre en otro memorable. Y este año en el que estamos no es una excepción: al filme de Netflix de Scorsese, se le suman las películas de Tarantino, Polanski y Malick. Aunque siempre hay películas de directores que hasta el momento no habían destacado, como el caso de Todd Philips con su ‘Joker’…

Cuento todo esto porque llama poderosamente la atención el caso de Alan Taylor, un director de televisión con un curriculum que da vértigo leerlo. El tipo ha dirigido por lo menos un episodio, cuando no varios, de ‘Juego de tronos’, ‘Boardwalk Empire’, ‘Nurse Jackie’, ‘En terapia’, ‘Mad Men’, ‘Ley y orden’, ‘Big Love’, ‘Roma’, ‘Deadwood’, ‘Lost’, ‘Carnivàle’, ‘Sexo en Nueva York’, ‘Los Soprano’ y ‘Oz’, entre muchas otras series. Es decir, que Taylor ha participado directamente en la creación de algunas de las mejores series de la historia. Sin embargo, cuando por fin se ha lanzado a hacer películas para el cine, la cosa ha cambiado.

En 2013 le ofrecieron dirigir la segunda parte de ‘Thor’ (2011), que aquí se llamó ‘Thor: el mundo oscuro’, y en 2015 tuvo la mala idea de aceptar dirigir ‘Terminator: Génesis’. Vamos por partes.

Ya en el primer Thor, Kenneth Branagh, antaño un prometedor cineasta, se había instalado en la más absoluta mediocridad y convencionalismo, amén de embarcarse en un diseño de producción espantoso, para acometer una de las peores aventuras de los últimos años. Que un director de televisión del prestigio de Taylor se lanzara a hacer la lógica secuela es, como poco, extraño. Supongo que Taylor, por mucha experiencia que tuviera en televisión, tomó esa decisión porque quería pisar sobre seguro, dirigiendo un filme que sin duda iba a hacer dinero, y con la que empezar con buen pie en eso de dirigir películas. Pero su error fue mayúsculo y la película quedó muy mediocre.

Un verdadero director ha de arriesgar siempre, y que un consumado profesional, un tipo de renombre, que es uno de los realizadores estrella de la HBO, no le eche coraje para empezar a dirigir películas, es una mala noticia. Una pésima noticia. Cineastas principiantes que nadie conoce y que echan a andar con propuestas arriesgadas tienen mucho más mérito que él.

Y la cosa empeora aún más con ‘Terminator: Génesis’, que dirigió dos años después. Quinta película de la franquicia creada por James Cameron, se trata de un desastre mayúsculo, un despropósito de grandes dimensiones. Intentando reinventar la saga, Taylor y su equipo de guionistas, más que otra cosa, parece que están haciendo una parodia, un chiste sin la menor gracia. No basta con un presupuesto generoso ni con un puñado de estrellas (por cierto que Emilia Clarke es una Sarah Connor bastante improbable, aunque supongo que ella y Taylor son amigos de sus trabajos en HBO) para hacer una buena película.

En uno de esos reportajes sobre el mundo de las series, dedicado exclusivamente a Alan Taylor, el hombre, con más desvergüenza que otra cosa, afirmaba que se sentía desengañado del mundo del cine, y que su intención era volver a las series. Lo hizo con un piloto sobre la novela ‘Picnic a la vera del camino’, de los hermanos Strugatkiy, que ya llevara al cine Tarkovski en su genial ‘Stalker’ (1979). Para mí está claro que este buen hombre esperaba, después de haber triunfado en televisión como pocos directores lo han hecho, simplemente pasar al cine y triunfar en el ámbito de los superhéroes o de la sci-fi. Y sin embargo ha demostrado ser un director impersonal, mediocre, irrelevante. Él dirá que está desengañado, pero lo más probable es que se haya engañado a sí mismo.

Taylor no es un verdadero director de cine, ni lo será nunca, para su desgracia. Miles, o millones de personas, se cambiarían por él en un instante, porque les encantaría tener su curriculum, sus experiencias y su prestigio televisivo, pero el cine seguiría esperando que otro buen director, con algo que contar, hiciera acto de presencia.

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