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Reescrituras (3) – A Alberto Olmos, que carece del mínimo respeto por sus lectores

Lo de los críticos cinematográficos rancios, perdonavidas, bravucones y cortos de miras en España lo inventó Carlos Pumares, hace ya unos cuantos años. Le siguieron muchos de ese estilo, aunque posiblemente ninguno con tan poca gracia a la hora de escribir ni con tanta desidia en cualquier cosa como Carlos Boyero. Ahora parece haberse unido a este enorme club (porque son legión), el novelista Alberto Olmos, que además de escribir novelas y conseguir que se las publiquen, lleva ya unos años con una columna en ‘El Confidencial’ en la que de vez en cuando (hay que justificar su sueldo, supongo) además de escribir sobre temas culturales como un columnista cualquiera, deja críticas literarias y cinematográficas. Hasta estrellitas les pone a sus críticas, en plan Filmaffinity o IMDb.

Hacía ya un tiempo que no publicaba una de mis reescrituras, pero creo que su «crítica» a ‘Euphoria’ lo merece. Y no porque no esté de acuerdo con ella, aunque evidentemente no lo estoy. Todos los días leo o escucho a personas decir cosas con las que no puedo estar de acuerdo, y sin embargo en algunas ocasiones logran persuadirme de que tienen sus argumentos, de que por mucho que estemos en las antípodas intelectuales son puntos de vista a respetar. Me pasa con mis buenos amigos Carlos Eguren y Juanjo Martínez, con los que comparto podcast, y con bastantes personas más. Me encuentro con personas muy inteligentes que piensan de un modo diametralmente opuesto al mío, pero me gusta hablar con ellos, o enfrentarme a sus ideas, porque por una parte son ideas interesantes y por otra siempre es positivo el debate. Pero luego te encuentras a gente como Alberto Olmos.

Hay dos clases de críticos: los que te toman por un lector inteligente y los que te toman por imbécil. En pocas palabras: los que se toman en serio lo que hacen y los que no. Desde que Olmos se puso con su página Lector-Malherido, decidió qué tipo de crítico iba a ser. Porque además él es un tipo inteligente. Es decir, él no es uno más de esos juntaletras que se ponen a opinar sobre cualquier cosa. Lo hace, opina sobre cualquier cosa, pero es un tipo que tiene cierto verbo y que no tiene la cabeza reseca. Ahora bien, la inteligencia hay que sostenerla. Hace demasiado tiempo que Olmos se ha convertido en una parodia de escritor y en una parodia de crítico, que se cree que por ir en contra de lo establecido, por sistema, es un valor en sí mismo. Es decir, puedes sostener que ‘Moby Dick’ o que ‘Ulysses’ son malas novelas, pero muchacho, tienes que argumentarlo, o en caso contrario eres uno más en la barra de bar soltando ocurrencias y disparates. Y ahora con las series de televisión igual. No se sabe muy bien si lo que escribe Olmos lo piensa verdaderamente o es una pose, porque se ha convertido en el campeón mundial del postureo. Da la impresión de dos cosas: que lo que quiere es llamar la atención desesperadamente, y que no escribe exactamente lo que piensa. Es decir, que no leemos más que disparates suyos. Porque si de verdad piensa lo que escribe, quizá debería pensar en cambiar de oficio. Vamos a ello. Entre paréntesis mi reescritura:

‘Euphoria’: una serie putrefacta, enfermiza y repugnante

(Puedes titular una crítica como te venga en gana, por supuesto, pero si te pones el listón tan alto –o tan bajo, según se mire– tienes que estar luego a la altura de las circunstancias, y no es el caso)

La serie de Sam Levinson naufraga en un estiloso efectismo de videoclip politoxicómano

(Reconozco que no sé lo que es un «videoclip politoxicómano»… esta forma de calificar y de adjetivar una serie tiene un tufo rancio y moralista que lamentablemente se va a ir confirmando a medida que uno avanza en la pieza)

«Es evidente que los drogadictos están sobrerrepresentados en la ficción. Para que el cine y las series hablen más de ti, deberías drogarte. Cualquier droga tiene más cabida en una producción audiovisual que el metro de Madrid, el autobús de Chicago o un puesto de manzanas. La droga hace el cine, quizá por fuera y por dentro simultáneamente.»

(Este párrafo es puro estilo Olmos: una expresión grandilocuente y rebuscada -«sobrerrepresentados»– para tratar de sostener una idea con poca enjundia –que los drogadictos tienen mucha presencia en las ficciones– que reincide en lo rancio y moralista de este hombre: menos drogadictos y más puestos de manzanas. Y una sentencia absurda y mal escrita: «la droga hace el cine, quizá por fuera y por dentro simultáneamente»…)

«Jean Luc Godard consideraba en ‘Historia(s) del cine’ que el séptimo arte era una ramificación de la industria cosmética. Podemos subir la apuesta y estimar que el cine y las series de televisión son en realidad departamentos de publicidad del narco. Es cierto que la droga es ilegal, que su precio no atiende a razones, que no se puede adquirir en El Corte Inglés y que su etiquetado resulta mejorable. Pero no es cierto que no disponga de su propia campaña de promoción permanente, el otoño-invierno de la cocaína, la Semana de Oro de la marihuana. La droga se anuncia más en televisión que el pan Bimbo.»

(Siguiendo su estilo, ahora toca cita o referencia pseudo-culta: Godard. Y él por supuesto va a subir la apuesta de esa cita tan culta. Siguen una serie de bromas y chascarrillos sin gracia marca de la casa que nada tienen que ver con la serie que, se supone, va a criticar)

«‘Euphoria’, en fin, empieza como el clásico drama con drogas que debería conmoverte, pero enseguida piensas, después de ver dos o tres capítulos, si tú también tendrás guardado por ahí el teléfono de algún camello enrollado. Es tan guay drogarse. Son tan guapos los que se drogan. Salen luces de colores todo el tiempo, cuando te drogas. Y no, no tienes el teléfono del camello.»

(Empezamos de una vez, pero añade ese «en fin» como si todo lo que hubiera dicho anteriormente, que es parecido a la nada, ya apuntalara su «crítica», y comienza a dejar claro que no ha entendido la serie ni en una décima parte, porque si ves ‘Euphoria’ y crees que es guay drogarse es que has caído en la trampa… y que no te has visto ni siete capítulos, como efectivamente luego reconoce)

«En ‘The Wire’ los drogadictos no eran imitables, porque resultaban penosos, feos, sucios y se drogaban en pisos abandonados junto a ratas y bolsas de basura. Llámenlo realidad. En ‘Euphoria’ (solo por empezar con uno de sus elementos disuasorios), la droga va aparejada a la belleza y a la aceptación social, y se entiende además que así es la juventud en Estados Unidos y, por supuesto, en todo el mundo, en Madrid o Sevilla, mocitos eternamente rodeados por luces de neón y ropa chillona alucinando químicas. Entonces la gente, incluso los jóvenes, ven ‘Euphoria’ como la serie que les define, lo que solo puede interpretarse como decadencia aspiracional de la peor especie. Aspirar a decaer es lo que nos faltaba, amigos

(El dislocado texto sigue por derroteros de comparativa, con la excelsa ‘The Wire’ como ejemplo máximo. Si has visto ‘The Wire’ y crees que en ella la droga va aparejada a la belleza y la aceptación social es que necesitas unas gafas mejores, muchacho, o bien estarte atento a la serie… tampoco mucho, basta con fijarse cada cinco minutos… puedes enterarte de que esa idea es falsa incluso cambiando los pañales al niño o jugando con el móvil al mismo tiempo… Y la guinda del pastel: viene a decir el amigo crítico –le llamo amigo porque él también me ha llamado crítico a mí– que esta serie es mala para los jóvenes… ¿Cómo y cuándo un novelista con alguna cosa interesante se vuelve un catequista de ochenta años mentales? Digno de estudio)

«A los únicos a los que define ‘Euphoria’ es a los Javis, a C. Tangana, a gente que no tiene que enviar su currículo el lunes por la mañana a 15 departamentos de personal y creen que ‘after’ es una filosofía de vida. A todos los demás, esta serie únicamente les hace soñar con una vida mejor: una vida a partir de la cual HBO se dignaría a hacerte una serie.»

(Pues claro, todos los que nos hemos sentido conmovidos con esta serie aspiramos a ‘After’ como filosofía de vida. Es increíble (o falso, que yo creo que por ahí andan los tiros…) que un tipo que escribe novelas y al que se le supone un bagaje intelectual y cultural se crea que porque una serie hable de adictos sea perfecta para adictos, o que una serie que hable de cazadores furtivos legitime a cazadores furtivos, o que una serie que hable de un violador legitime a los violadores)

«Hay dos colisiones simpáticas en el fenómeno de ‘Euphoria’. Una la encontramos en que su creador, Sam Levinson, rodó en 2018 una de las mejores películas del siglo XXI, ‘Assassination Nation’. Lo agónico es que ‘Assasination Nation’ es exactamente igual que ‘Euphoria’, es decir, trata los mismos temas enfermizos, salen los mismos personajes jóvenes femeninos hastiados de Instagram, amén de abusos, transexuales, suburbios con jardín y luces de neón cada cinco planos, pero presenta un lamentable 6 como nota en Imdb, mientras que Euphoria disfruta de un delirante ¡8,4!»

(Aqui ya empieza el desbarre y la falta de coherencia absoluta: ‘Assassination Nation’ le parece una de las mejores películas del siglo XXI –no lo es, pero bueno es lo que él dice–, y ‘Euphoria’ es exactamente igual… pero ‘Euphoria’ es putrefacta, enfermiza y repugnante… ¿Que por qué? Vete a saber, pero a este hombre le alucina que la primera tenga un 6 y la segunda un 8,4… ¡viva la disgregación mental!)

«Este error de todo el mundo (creer, a diferencia de mí, que ‘Assassination Nation’ es mucho peor que ‘Euphoria’, cuando es justamente al revés) nos sugiere una comparación con el trabajo de Nicolas Winding Refn. Después de presentar ‘Drive’ (2011) o ‘The neon demon’ (2016), auténticas obras referenciales del cine contemporáneo, Winding Refn se volvió indigesto en su serie para Prime Video, ‘Demasiado viejo para morir joven’, que, a fin de cuentas, era lo mismo pero con 10 horas de duración.»

(Y al desbarre le sigue el postureo más clásico: a mí gusta más la película de Levinson que su serie, y yo tengo razón, y por eso la serie es una porquería. A él le sugiere una comparación con Winding Refn en la que vuelve a decir la misma incoherencia de antes)

«Lo que estima uno, un poco a voleo, es que la intensidad alucinógena, desbordada y parcelada por la obligación de llenar con ella ocho o diez horas de ficción, acaba naufragando naturalmente. En cierto sentido, es como si uno se sube a una montaña rusa y le dicen que cada veinte metros deberá bajarse, irse a su casa, hacer su vida y luego a la semana siguiente subirse de nuevo en la montaña rusa justo donde lo dejó. Obviamente, el viaje espídico y emocionante de la montaña rusa ya no es el mismo. Ese bajar y subir constantemente a la montaña rusa es lo que define las series de Levinson y Winding Refn. Son una tortura, vamos.»

(Dice que «un poco a voleo». Yo creo que las críticas y el pensamiento entero de Olmos es todo él «un poco a voleo». Aquí por lo menos da un argumento más o menos defendible –después de unos cuantos párrafos descoyuntados–: que la intensidad no puede sostenerse durante diez capítulos. Pero claro, como no ha visto la serie no sabe que lo dice es falso)

«La otra simpática contradicción de la serie tiene que ver con su protagonista, Zendaya. Hay que imaginar a Zendaya (sea el caso o no) rodando de lunes a viernes ‘Spiderman: no way home’ y, los fines de semana, ‘Euphoria’. ¿Hoy me toca telaraña o cocaína?, le debía de preguntar a su representante cada día de rodaje. Hoy, telaraña, maja.»

(Otro párrafo increíble, que o bien le descalifica para siempre como crítico y/o humorista –eso hacen los actores, amigo Olmos, hoy te hacen ‘Django Unchained’ y mañana ‘The Wolf of Wall Street’…– o bien demuestra a las claras que nos toma a todos por imbéciles. ¿De verdad este hombre se cree gracioso o que está argumentando con chorradas como esta?)

«No en vano, la actriz se ha visto necesitada de enviar un mensaje a sus fans —que lo son, obviamente, más por ‘Spiderman’ que por una serie marginal— avisándoles de que quizás ‘Euphoria’, donde aparecen penes erectos, abusos sexuales, drogas vendidas por niños y depresión sofisticada en cantidades estomagantes, quizá, repito, no es lo que esperan de ella los que la han visto volar abrazada al Hombre Araña, tan sana y sonriente como Heidi.»

(Claro, «marginal» una serie que es la más vista desde ‘Juego de tronos’…. ¿Esto es una crítica o una crónica de salsa rosa?)

«Personalmente, me desagrada mucho ‘Euphoria’. De hecho, escribo esta pieza sin haber visto entera la serie, ya que me provoca una gran repugnancia y no me pagan lo suficiente. Visualmente, es muy pintona, pero desde el punto de vista moral es de una considerable bajeza. Básicamente, se trata de niños ricos de Hollywood jugando a combinar problemas muy gordos de los que apenas saben nada para poder rodar planos a cámara lenta con música de fondo compuesta por algún amigo que vive en la mansión de enfrente. Toda ella es, en definitiva, una celebración de lo putrefacto, una estilización de lo enfermizo, vendida como realidad adolescente por adultos que confunden la adolescencia con la tendencia, la moda, el vacío y el brilli-brilli.»

(Y ya el delirio narcisista y antiprofesional más rotundo que he leído en mucho tiempo: ni se ha visto la serie ni le pagan lo suficiente para hacerlo. Por lo demás, las últimas líneas son dignas de alguien que no sabe separar realidad de ficción, que no hace el mínimo esfuerzo en entender lo que le están poniendo delante de las narices, y que encima se cree el tipo más listo de la clase)

Lo que esta crítica tendría que haber hecho, para ser del todo coherente, es decir lo siguiente: «me llamo Alberto Olmos, soy más listo que tú porque yo lo he decidido, no me gusta ni la crítica literaria ni cinematográfica, y tampoco me gusta otra cosa que cachondearme de todo y demostrar que el nihilismo intelectual es mi forma de vida. Por eso series como ‘Euphoria’ me hacen picar el anzuelo y creer que celebran lo nauseabundo, cuando en realidad es que ni siquiera me ha apetecido verla entera ni estoy preparado para ello». Esa es la breve reescritura que puede hacerse de una pieza tan lamentable como esta.

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CRÍTICA, LITERATURA

La frivolidad

Creo que la frivolidad es como otro virus que se expande por los escritores españoles, sólo que este incuba durante mucho más tiempo, en algunos casos años y años, hasta que un día por fin empieza a dar síntomas, al principio unos pocos aislados y poco a poco más y más deprisa, hasta que el susodicho se convierte en otro de los infectados, otro de los zombis andantes que convierten nuestra literatura en una caricatura sin la menor gracia. Y en este caso no estoy hablando de los que se dedican a escribir best-sellers al estilo de los anglosajones, sino de los que en teoría están en contra de todo eso y tratan de escribir una literatura más exigente, y aseguran en columnas, en entrevistas y siempre que pueden que ellos son diferentes.

Tal cosa le ha sucedido a Alberto Olmos, que de novelista promesa pasó a escritor de blogs en los que vertir chulería y desparpajo a la hora de escribir críticas literarias (si es que críticas literarias se les podía llamar), sin dejar de publicar algunos trabajos en cuanto tenía material para hacerlo, y finalmente de columnista en El Confidencial, donde con su espacio Mala Fama puede escribir tanto de libros como de actualidad. Parecía, o eso decía él, que se había borrado de eso de publicar nuevos trabajos, pero resulta que no, y aquí tenemos nueva novela y nueva recopilación de textos críticos, pero con este hombre ya convertido en otro de esos novelistas de vuelta de todo, escribiendo autoficción sobre el embarazo de su novia, renegando de posturas e ideas suyas de otras épocas y siendo, al fin, otro de esos casos clínicos de narcisismo mal curado, de prepotencia y soberbia que tanto abunda por estos lares.

En una reciente entrevista concedida a ABC, Olmos dice: «A mí la paternidad me sacó de la droga del ego…». No me da a mí esa sensación. A continuación espeta varias cosas seguidas, casi sin dejar tiempo al lector inteligente para respirar, frases como «(la crítica literaria) ha perdido muchísima influencia para bien, por un lado, desde la llegada de las redes sociales y de los blogs. Cualquiera puede opinar en cualquier sitio. Eso está bien, porque antes había cuatro o cinco lugares donde expresar opinión acreditada sobre libros. En cuanto te nombran crítico en «Babelia» tienes un poder que no te lo has ganado tú. Yo cuando empecé a hacer reseñas literarias en mi blog el prestigio me lo ganaba reseña a reseña. Y la crítica literaria, según la veo y la practico… Yo lo que trato es hacer un texto que tenga valor por sí mismo…». Todo esto lo dice seguido. Recuerdo aquel comentario que hizo en el que en una novela de King la frase siguiente no tiene relación con la anterior.

No me acaba de quedar claro por qué dice que la crítica ha perdido influencia para bien. No me explica el porqué de esta aseveración. Y lo de que cualquiera puede opinar en cualquier sitio…antes también se podía, sólo que no se dejaba por escrito. Y la frase siguiente, que antes había cuatro o cinco lugares donde poder expresar opinión acreditada… ¿en qué quedamos, en que cualquiera puede escribir, o en que se necesitan sitios con opinión acreditada. No es lo mismo. Y me temo, querido Olmos, que lo del ego no se te ha curado con el hecho de tener hijos cuando afirmas que tu prestigio te lo ganabas reseña a reseña…. no creo que seas, precisamente, un crítico prestigioso. Las reseñas de Olmos eran más bien chascarrillos (porque lo cierto es que el hombre tiene verborrea, gracejo y mala leche), no críticas literarias serias (por cierto, habría que distinguir de una vez lo que son reseñas de lo que son críticas). Como si estuviera menos de acuerdo con este hombre me tiraría por la ventana, y como parece que yo tengo las ideas mucho más claras, me es imposible no dejarlas por escrito.

En un delirio de tontería supina dice que «Kiko Matamoros ha hecho lo que hay que hacer: no sé por qué he conocido este libro y me da igual quién es el autor, pero lo recomiendo. Eso ya es imposible. Eso es la esencia de la crítica literaria y no se hace nunca». Eso no es la esencia de la crítica literia, amigo Olmos. Y si no lo sabes por lo menos no deberías salir en un periódico (aunque ese periódico sea un panfleto reaccionario como el ABC) y decir bobadas, a cada cual más grande: «El rollo este del arte, para empezar, no tiene ninguna técnica». No tendrán técnica tus novelas, o tus columnas, Olmos, pero técnica y ciencia tienen, y mucho, las obras literarias, como te pueden demostrar cientos o miles de teóricos y verdaderos críticos literarios en todo el mundo. No, el ego no se te ha curado, y te empuja a decir estupideces para llamar la atención, como un Pérez-Reverte cualquiera.

Porque la cosa sigue para bingo: «Yo creo que en los «best seller», irónicamente, hay más profesionalidad que en los libros literarios. En los «best seller» sí que hay autores que tienen en cuenta cómo se cuenta una historia desde un punto de vista más bien cinematográfico, o al menos el planteamiento-nudo-desenlace. No tienen estos caprichos que tenemos los autores literarios de ahora me dejo llevar, ahora esto lo pongo porque me apetece, este libro tiene una parte que es un diario porque me da la gana», y para premio: «A mí si este libro se vende por millones porque la gente se cree que es una guía para el embarazo pues de puta madre». Y cerramos cum laude: «los Javier Marías, Savater, Muñoz Molina o Marina en los debates… Recuerdo que decían cosas complejas, interesantes. Ahora nos vemos obligados a decir obviedades» (ni que lo digas, Olmos…).

Olmos tuvo la suerte (quiero creer que fue suerte) de quedar finalista del premio Herralde de novela a los veintipocos años. Yo creo que ahí ya le entró el bicho, y se le ha quedado incubando. Ahora que ya ha perdido la fuerza y la pasión de la juventud, y tras firmar una obra literaria bastante irrelevante (‘Trenes hacia Tokyo’ posee rasgos interesantes, sin más, y el resto es la obra de un pseudo-novelista aspirando a una trascendencia que nunca podrá obtener) viene a contarnos la historia de su paternidad. Esta es la literatura que tenemos ahora. Tantos años haciendo de killer de la literatura, de defender a autores raros y arriesgados, de hablar de literatura con descaro e irreverencia, para terminar escribiendo bobadas en Zenda, debe ser duro para un ego intelectual como el suyo. Al final, la soberbia y el ego de Pérez-Reverte se les pega (es fundador de Zenda) a los que ni siquiera son conocidos para el gran público. Y la querencia por escribir chorradas en Twitter, como un Juan Gómez-Jurado cualquiera, también. ¿En qué se diferencia este autor de esos nombres, salvo en que vende muchos menos libros que ellos? Es a veces divertido escribiendo, y nada más. Eso no compensa un ego tan desmesurado.

En realidad, parece que la indolencia y la frivolidad son hoy en día la moneda de cambio entre los escritores españoles. Yo no sé a quién le puede aportar algo una mente tan roma, tan falta de verdadera pasión, de verdadera literatura. Este hombre, y otros como él, acaban convirtiéndose en aquello que dicen despreciar. Si eres un descreído y vas de enfant terrible, mantente en tus trece, o además serás un cínico. Pero parece que ya nada importa nada, y lo que menos importa de todo es la literatura. ¿Cuál será la próxima novela de este personaje? ¿Otra autoficción en la que nos cuenta cómo lleva a cabo la crianza de sus hijos (la matraca que da en twitter con las ocurrencias de su hija, por cierto…)? ¿Una sátira política en la que un tal Alberto Gómez se introduce en esferas de poder para llevar a cabo algún acto subversivo? Sea como sea seguro que serán apasionantes trabajos literarios, con el beneplácito de sus editores, que estarán encantados conque venda cuatro o cinco mil ejemplares y queden olvidados al cabo de tres o cuatro años. Para eso están nuestros editores, y para eso nuestros escritores. Para no aportar nada a aquello que se dedican, salvo ego, idolencia, y frivolidad.

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LITERATURA

¿Dónde diablos está la crítica literaria?

Estas páginas, estos artículos míos, al menos por el momento, no los lee mucha gente (aunque este fin de semana, por alguna razón, he tenido cientos de lecturas… misterios de la vida), pero aún siendo muy consciente de mis limitaciones quiero lanzar una queja, una protesta o una demanda, o como carajo lo quieran llamar, en forma de pregunta: ¿Dónde diablos está la crítica literaria? ¿Dónde coño se ha metido? ¿Qué es lo que está pasando?

Daría para otro debate el argumentar si la crítica (literaria o de cualquier otra disciplina) vale para algo, porque seguro que no faltará quien quiera ponerlo en duda. Precisamente quiero demostrar, o por lo menos dejar claro que para mí no es que valga para algo, es que es un componente fundamental de la cultura. Y de eso voy a hablar en este artículo. He trabajado de crítico (pagado, claro está) en varios medios, y aunque la experiencia ha sido a veces complicada y difícil, creo que merece la pena. Y también merece la pena dejarse influir por los críticos, aunque sea un poco. Pero ya llegaré a eso.

Si uno busca crítica literaria en la prensa escrita, tiene un verdadero problema. En primer lugar porque la mayoría de los periódicos importantes forman parte de un conglomerado editorial, por lo que será muy difícil encontrar opiniones discordantes a la mayoría o que puedan poner en tela de juicio a un autor consagrado. Y en segundo lugar, y en directa relación con eso, porque no hay crítica como tal, sino promociones de libros disfrazados de reseñas.

Y para terminar, de todo eso deriva que no hay críticos literarios de peso, no hay grandes nombres más allá del que lleva veinte años trabajando para un periódico o suplemento o medio concreto, y que ya se ha vendido a las editoriales tantas veces (y no me refiero a que le unten, sino que ha aceptado el status quo) que ha olvidado que está ahí para algo.

¿Por qué debemos buscar crítica literaria, en primer lugar? Pues porque son, se supone, personas que han leído más que nosotros, que tienen un criterio formado, y que van a poder darnos una primera valoración tanto de las novedades como de ediciones nuevas de títulos del pasado. Son una guía, un intermediario que nos va a ayudar a nadar en el inmenso (por decir una palabra suave) océano de tinta y papel sin ahogarnos en él.

Y, más aún, el crítico siempre es el guardián del canon, o por lo menos de cierto canon. Y es el que va a anteponer, siempre (cuando es un crítico comprometido con su oficio) lo arriesgado y lo vibrante, frente a lo comercial y acomodado. Por supuesto que además el crítico tiene el deber (y supuestamente el talento) de escuchar la voz que inspiró al artista cuya obra critica. Pero eso ahora mismo es lo de menos.

El lector puede hacer la prueba. Que busque en Babelia, o en El Cultural, críticas literarias. No las va a encontrar. Como mucho encontrará textos laudatorios, encomiásticos, del que se espera sea el siguiente éxito de Pérez-Reverte o Falcones. Hay muchos escritores estrella en España, y por algún increíble milagro todo lo que escriben, a juzgar por los medios más leídos, son obras maestras o algo parecido. Y los lectores, maravillados y manipulados, se van a creer que están comprando joyas absolutas, cuando lo que están adquiriendo, demasiadas veces, son libros carentes del menor valor literario.

No queda otro remedio, si de verdad queremos leer sobre literatura, y aprender, y contrastar nuestros conocimientos y opiniones, que recurrir a la web. Uno de los pocos críticos que vale algo es Alberto Olmos (que además ha escrito novelas, por lo que sabe de lo que habla), aka Juan Malherido, que durante muchos años tuvo un blog bastante cañero, divertido y macarra. Ese estilo de crítica basada en el chascarrillo culto, en el retruécano cínico, que tanto se estila hoy día y del que él puede ser uno de los más sólidos exponentes. Tiene gracia el hombre, que ahora escribe sobre literatura (y sobre lo que le da la gana) en El Confidencial. Pero se echa en falta mayor rigor, menor pasión por gritar a los cuatro vientos los gustos personales y más interés por divulgar conocimientos, por inspirar, por ser un crítico más comprometido con su tiempo.

Uno de los más grandes críticos de arte en general y de literatura en particular que ha dado este país, Manuel García Viñó, ya fallecido y que al parecer no le hacía mucha gracia a Olmos (tampoco Olmos le hacia mucha gracia a Viñó), sí era un hombre de una vasta cultura y una preocupación moral por defender el canon de la novela y la importancia de la literatura en la sociedad. Lamentablemente, tuvo poca repercusión, pero en lo personal le considero un maestro. Lo único que le achacaría es su inclinación al ataque verbal directo, sin la menor sutilidad. Quizá tenía razón cuando llamaba a Pérez-Reverte un capullo integral, pero ese tipo de declaraciones desdibujan bastante el discurso.

Existen webs, por supuesto, como Un libro al día (que recomiendo al lector puntual de este artículo que le eche un vistazo), en la que un equipo de comentaristas, que han leído lo suyo y que son bastante honestos, dejan una reseña al día sobre cualquier clase de libro. Y hay otros al parecer muy leídos, como el infame Papel en Blanco, que es más una web de cómics que otra cosa. Seguro que el lector interesado por la literatura tiene unos cuantos ejemplos más. Pero es poca cosa, me temo. Yo también, desde estas páginas, intento escribir sobre literatura, y mi intención es hacerlo con mayor asiduidad en las próximas semanas.

Hace pocos días que murió Harold Bloom, que dicen era el crítico literario más importante del mundo. No sé muy bien por qué decían eso ni quién decidió que lo fuera. No me agradaba mucho Bloom, con su soberbia y su obsesión por mirar la creación literaria desde las cimas de la exquisitez, pero no se puede negar su coraje, su erudición y su honestidad. No argumentaba, simplemente sentenciaba. Shakespeare era el escritor más grande de todos los tiempos simplemente porque sí, porque él lo creía así, y como lo era, pues él proclamaba que lo era. Pero, tristemente, en comparación con tanto crítico dispuesto a alabar un truño escrito por algún majadero de cuarenta años que va de estrella literaria, me quedaba con Bloom.

Siendo yo crítico, me he enfrentado a una realidad increíblemente absurda: al poner mal una obra, la persona a la que le había gustado que leía mi texto, se sentía ofendida, como si la atacara personalmente. Y no hablo de niños recién destetados, naturalmente, sino de supuestos hombres y mujeres adultos que no aceptan una crítica negativa porque en realidad no aceptan un pensamiento distinto al suyo. Eso se parece mucho al fascismo. Recuerdo críticas mías a películas en las que una horda (no puedo calificarla de otro modo) de energúmenos, en lugar de contrastar su opinión con la mía me atacaba personalmente, como si les hubiera insultado o escupido a la cara. Era un fenómeno grotesco. Y no creo ser el único que lo ha vivido. Pero por eso creo que es necesario. Hay que ser valiente y decir lo que se piensa, aunque a la mayoría no le guste. Y estoy convencido de que esa es una de las razones de que la crítica literaria haya desaparecido, y de que la cinematográfica sea un chiste contado por fans sin la menor formación artística o narrativa.

Pero algunos no pensamos rendirnos. No tenemos nada que perder.

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