ANÁLISIS CINEMATOGRÁFICO, CINE, ENSAYO

Análisis: ‘Aliens’ (James Cameron, 1986)

*Comienzo con este largo ensayo una serie de análisis en profundidad sobre las que creo son las obras más importantes y esenciales de la historia del cine, tanto por su complejidad y profundidad, como por su influencia y alcance poéticos, que hacen del audiovisual otra cosa, mucho más alejada del cine de estudio o de formalismos académicos, y mucho más cercana a la literatura o la música. Serán análisis de la obra en su conjunto y en sus partes, renunciando tanto a cualquier atisbo de recalcitrante estructuralismo como a los sistemas de ideas más manoseados de la crítica cinematográfica al uso.

Podría decirse que sólo las más grandes obras, las obras maestras, las obras geniales, las obras verdaderamente gigantescas, pueden sostener, pueden tolerar, un estudio crítico en profundidad. En otras palabras: quizá no sea necesario ni siquiera demostrar que son estas obras las que permiten al intérprete (el crítico o analista) construir una lectura sobre ellas y clarificar y ahondar en sus aristas, en sus núcleos más importantes, como el astrónomo se dispone a investigar en las profundidades del espacio remoto. Pero esto, paradójicamente, también ocurre con algunas obras (no todas, seguramente unas pocas) realmente deleznables, que exigen del intérprete un esfuerzo bastante parecido en su análisis, como respuesta a aquello que ha visto, en una necesidad de demostrar sus abismales diferencias con una verdadera gran obra. Porque en realidad las grandes de verdad demandan de un crítico o investigador ir mucho más allá de una crítica al uso, de un comentario o reseña. Demandan un sistema de ideas, un basamento crítico, mucho mayor, si es que de verdad se les quiere hacer justicia o estar a la altura de las circunstancias, y penetrar con su mirada en los misterios de la pieza genial que se tiene ante sí.

Enclavada en la segunda mitad de los años ochenta, ‘Aliens’ (1986) es, como todo el mundo sabe, la continuación de la película de 1979 dirigida por Ridley Scott, la muy exitosa y también muy reverenciada ‘Alien’. Siete años después, parecía imposible que no tuviera lugar una continuación, que llegó de manos de un director con muy poca experiencia como era el caso de Cameron, quien sólo había estrenado en EEUU (y en muy pocos sitios más) su filme de debut (si excluimos la desastrosa experiencia de ‘Pirañas 2’…), una obra también genial que analizaremos aquí en su debido momento: ‘The Terminator’ (1984), cuando tomó las riendas de este complicado proyecto y lideró el equipo que iba a filmar la segunda parte en los estudios Pinewood, en Inglaterra. Scott, que ya era un director consagrado, renunció al proyecto y obligó a la Fox y a la Brandywine, la productora asociada, a buscar un reemplazo nada sencillo. Tenían, eso sí, un borrador que los ejecutivos consideraban tenía grandes posibilidades, escrito por un tal James Cameron, un desconocido que acababa de filmar una película de bajo presupuesto. ¿Por qué no darle a él la silla de director? Ya habían renunciado a hacer un filme «de autor», como decían que era la primera película, por mucho que en realidad se hubiese tratado de una apuesta abiertamente comercial. ¿Por qué no producir un filme más de acción, de los que tanto se llevaban en esa década tan marcada por la administración Reagan, con la excusa de hacer una secuela de tan prestigioso filme de terror? Lo que no entraba en los cálculos de absolutamente nadie, y menos aún de muchos de los colaboradores del director, es que la segunda parte fuera ampliamente superior a la primera, que trascendiera con mucho los límites genéricos que se le presuponían, y que su influencia fuera tan enorme en el cine de género posterior.

Los rasgos de un filme excepcional

Se impone entrar en materia, y hacerlo sin más rodeos. ¿Qué hace de ‘Aliens’, un filme en principio pensado como divertimento de acción, como gran espectáculo de masas, una obra tan gigantesca, tan excepcional? En primer lugar el hecho de que se trata de la fusión perfecta (la más perfecta que conoce el que suscribe estas líneas) de tres marcos genéricos esenciales: el Bélico, la Sci-fi, y el Western. El Western no comprendido como el que habitualmente se conoce al género Histórico que transcurre en la colonización de los Estados Unidos, sino al relato de frontera y supervivencia. El bélico comprendido en su máxima expresión: la narración de hechos y estrategias de guerra. La Sci-Fi no como una space-opera tipo ‘Dune’ o ‘Star Wars’, sino como un relato de especulación científica. El instinto, el talento enorme que es necesario para fundir los tres marcos y volverlos uno solo, sería suficiente para elevar este filme a la estratosfera. Ahora bien, ‘Aliens’ consigue otra cosa: convertirse en una narración de poderosa consistencia lírica, casi onírica, algo impensable en un filme de estas características. Es un indicio que debe avisar a cualquiera que quiera encontrar los pasos de un verdadero artista, cuando ese supuesto artista coge un género y lo transforma para siempre. Y es un indicio del instinto de un gran artista cuando en realidad toda la tramoya, todo el aparato argumental, no es más que una excusa para indagar en razones plenamente poéticas y transgresoras, que sirven de base para una visión al mismo tiempo trágica y plena de la vida. Y todo esto lo consigue Cameron con creces en su segunda película, un filme nacido a lo que parece de puro instinto, narrado con imágenes torrenciales, con energía arrolladora, con una vehemencia absoluta por los personajes y la verdad que electrifica a esos personajes, los galvaniza hasta hacerlos más vivos, más verdaderos, que personas de carne y hueso en la vida real.

Por eso puede sorprender empezar este compendio de análisis cinematográficos con una película que a simple vista es de tiros, monstruos y naves espaciales, y no con ‘Gritos y susurros’ (‘Viskningar och rop’, Bergman, 1972), o con ‘Un condenado a muerte se ha escapado’ (‘Un condamné à mort s’est échappé ou Le vent souffle où il veut’, Bresson, 1956) o con ‘Nostalgia’ (Tarkovski, 1983). Al final, unas y otras, las obras maestras, conforman un universo que es a la vez único e intransferible, pero también relacionado, concurrente, con el de las otras obras maestras, viajando todas ellas en esa estratosfera aludida, compartiendo una misma vibrante, inefable energía, con la que se erigen como visiones perfectas, esféricas, del mundo, y como espejos insuperables de la naturaleza humana, dando lugar en sus imágenes, que se elevan por encima del suelo, a una vida más vívida (valga la redundancia) que la de la realidad operativa. Es ‘Aliens’ un espectáculo de acción y aventuras insuperable. No es posible encontrar un filme superior de su clase. Pero también es una experiencia única, que ha de verse una y otra vez como un sueño, o una pesadilla, cercana a lo febril (comienza con el personaje protagonista despertando de un sueño, y termina con esa misma persona, y con su nueva acompañante, entrando de nuevo en el mundo de los sueños…dando lugar a una terrible sospecha, que todo el filme sea nada más que un sueño terrible…), y toda su lógica narrativa puede verse desde esta óptica, y no es algo cerebral o impuesto, sino que parece, una vez más, instintivo, natural, como si no pudiese haberse filmado de otra manera.

Para un narrador de categoría resulta imposible contar una historia sin impregnarse del ambiente que le rodea. En este caso, la espantosa Guerra de Vietnam, que se había extendido durante veinte años, desde 1955 hasta 1975, y cuyos ecos han resonado en el cine estadounidense, y en la cultura popular, desde entonces, de manera inevitable. Siendo una masacre de proporciones casi apocalípticas (y por cierto, no lo suficientemente estudiada todavía), tiene en la sublime ‘Apocalypse Now’ (Coppola, 1979) su más certera radiografía, y en este ‘Aliens’ se filtra, de manera palpable, en todo el contexto bélico que rodea la película y en las verdaderas razones del viaje a tan inhóspito planeta (que ni siquiera tiene nombre, se refieren a él como LV-426). Resulta imposible no percibir en ese auto-indulgente, fanfarrón pelotón de soldados, el espíritu de Vietnam, con sus helicópteros de combate (aquí una nave que parece un caza, que cae al vacío desde la órbita, y al que el soldado Hudson –magnífico Bill Paxton– llama el «autobús hacia el infierno»), su chulería que roza continuamente la insubordinación, las pintadas en su uniforme y en el fuselaje, y en definitiva toda la iconografía de una guerra que no fue tal, sino una invasión, una colonización idéntica a la que tuvo lugar en la llamada «conquista del oeste». Cameron se empapa de todo eso y lleva a cabo una feroz crítica social, una poderosa enmienda al belicismo de su país de acogida (recordemos que él es canadiense de nacimiento). Sorprende, por tanto, que sus más desatinados exégetas se refieran a este director, por el hecho de incluir a menudo a soldados y al ejército en sus filmes, como un cineasta de derechas, o belicista, cuando en todos sus trabajos, sin excepción, el ejército es enormemente cuestionado, y sus integrantes reciben los destrozos y las derrotas más absolutas…

He aludido a las verdaderas razones del viaje a ese inhóspito planeta. Ahí está el quid de la cuestión. Una vez más, una misión de salvamento (los colonos de LV-426 han dejado de responder al otro lado de la línea), que en realidad encubre una misión capitalista doble: proteger las carísimas infraestructuras de la colonia, que hacen respirable el aire del planeta, y tratar de traer, una vez más, a un especimen vivo de tan letal pero valiosa especie como la del xenomorfo. Lo interesante de esto es que con esta excusa (apasionante y muy crítica, pero excusa), el director construye su propio apocalipsis (el segundo, si contamos el de ‘The Terminator’…) de nuevo, como allí, desde la óptica de su personaje femenino, que además como única superviviente de la desgraciada Nostromo, ha perdido, por haberse extraviado su nave de salvamento en los confines del espacio profundo durante medio siglo, a su hija, que ya ha muerto cuando ella vuelve a la Tierra, y que a su vez es la testigo, víctima y asesora más fiable, aunque renuente, de esa especie tan peligrosa y tan deseada para los intereses armamentísticos de las grandes corporaciones. Ripley –una sensacional, impresionante Sigourney Weaver en el papel de su vida– es el gran personaje de la película, pero no el único, por que en esta ocasión no será como en el filme de Scott, en el que los personajes son meras sombras, bien interpretadas pero sin verdadera entidad, sino que aquí hasta el último de los secundarios posee una fortaleza muy difícil de describir. Es necesario, pues Cameron comprende que en primer lugar se trata de un filme de aventuras, con evidentes ecos del mito de Beowulf, en el que un grupo de personajes encerrado en una fortaleza contra su voluntad, ha de hacer frente a una amenaza exterior que pugna por entrar y destruirles, y sin caracteres bien definidos, bajo ningún concepto esto habría sido una experiencia tan definitiva.

Sigourney Weaver es una actriz extraordinaria y aquí lo demuestra quizá como nunca antes o después, pero sus colegas actores no desmerecen y sucede que hacen de ella mejor actriz aún, en un reparto no demasiado amplio pero sí perfecto, si es que tal palabra cabe en una obra narrativa. Esto es posible porque el director construye su estrategia alrededor de los personajes, y no al revés, como sucede mucho más a menudo de lo que parece. Son los personajes, muy especialmente Ripley, los que dictan las reglas, y los que deciden qué ha de narrar o no el director. El punto de vista casi siempre es el de Ripley, pero en absoluto es el único, y todos y cada uno de los personajes tendrán su espacio y su tiempo narrativo, para vivir en él como protagonistas de su propia historia. No es una película de un único punto de vista, sino de múltiples puntos de vista que confluyen en uno, el de los tres personajes femeninos: Ripley, la niña Newt y la combatiente Vazquez (interpretada con gran fuerza por Jenette Goldstein). En comparación con ellas los hombres (Hudson, Hicks, el teniente Gorman, incluso el androide Bishop) poseen mucha menor relevancia y fuerza en pantalla, a pesar de ser también contrapuntos de gran importancia, pero contrapuntos para los personajes femeninos. Y no es esta una película feminista, sino una película en la que las mujeres (las féminas, incluida la reina alien) son las que marcan el tono del argumento, y las que más sufren, más se exponen y más pierden en la película. Ripley ha perdido a su hija, Newt ha perdido a su familia, Vazquez ha perdido a su mejor amigo en combate. De esas pérdidas se deducen sus vínculos: Ripley y Newt se transforman paulatinamente, de un modo muy hermoso, en madre e hija, y Vazquez ha de contentarse primero con el fanfarrón y algo cobarde Hudson (que en la parte final demuestra una valentía y un arrojo que le redimen) y luego con el inepto teniente que fue el responsable directo de la pérdida de su amigo y que se sacrificará con ella en la imponente secuencia final de ambos.

Sin embargo, y a pesar del frenesí indescriptible de la segunda parte de la película, la primera parte (más de una hora) es sorprendentemente sosegada, una calma tensa que se irá estirando más y más hasta romperse en la memorable escena de la emboscada. Pero Cameron no tiene prisa. No es su intención epatar al espectador como un George Lucas o un Steven Spielberg, sino contar la historia de sus personajes. Y para ello dedica gran parte de su relato. Incluso en la segunda parte del filme, en el que ya los supervivientes del primer ataque han de refugiarse a la espera de un nuevo rescate, la calma tensa volverá a reiniciarse, la mecha de la incertidumbre volverá a encenderse, y sabemos que de nuevo, como la vez anterior, va a romperse en una explosión de violencia y muerte para la que de nuevo Cameron se toma su tiempo, presiona al espectador, casi pareciera que se regodea en el hecho de dejarle atrapado en compañía de sus personajes, dejándole tan agotado como ellos. Pero sus personajes están tan vivos, son tan convincentes, que nos sentimos reflejados en ellos y pasamos por los estados de ánimo que experimentan todos ellos, desde la ira, la frustración, la euforia, el terror, la angustia, el cansancio, el pesimismo… Todos estos estados de ánimo y alguno más gracias al hecho de encerrar a esos seis supervivientes en un complejo que en cualquier momento puede ser invadido por hordas de criaturas aterradoras. Cameron coge el mito del Beowulf y lo reinventa, lo trasciende para crear esta ópera de terror moderna.

Y eso que es imprescindible reconocer que Cameron no posee el talento de Scott para la atmósfera ni el horror. Cameron es mejor creando tensión, pero no es el genio de la atmósfera gótico y opresiva que fue Scott en la primera parte (con una fotografía, por cierto, muy superior a la de ‘Aliens’…). Se podría decir, además, que la planificación visual de ‘Aliens’ es bastante tosca, y que a veces peca de simpleza. Ahora bien existe en ella una energía vital, una vibración emocional, que no poseía la anterior película, y está exenta del gusto de Scott por la filigrana visual, por el lujo escenográfico. Antes que eso, Cameron construye una epopeya de sci-fi en la que pinta un posible futuro muy poco alentador, muy oscuro y terrible, en el que grandes corporaciones deciden el futuro de colonos espaciales, en la que los marines son casi soldados a sueldo del mejor postor para defender sus intereses, en el que las grandes maquinarias que procesan el aire y hacen respirable el oxígeno de planetas lejanos son más importantes que las vidas de los que las construyen. Este guion, que en un principio iba a llamarse ‘Madre’ (no en vano es la lucha entre dos madres rivales y furiosas), propone una aventura al límite, y su rodaje (lleno de problemas con el equipo técnico británico) y su montaje y sonorización, son la respuesta a ese guion.

Y es en la recta final donde el filme se vuelve como verdaderamente pugna por ser gran parte de la película: un sueño salvaje, una pesadilla alucinógena, en la que una madre que ha perdido a su hija baja al inframundo a recuperarla de las garras del monstruo (la reina alien) más escalofriante que ha dado la entera historia del cine. El alcance poético de esta parte final resulta estremecedor, con Ripley rastreando a la niña con su localizador, que llega a simular el sonido de un electrocardiograma, que poco a poco aumenta en su frecuencia hasta entrar en parada, con la alucinante imagen de la reina persiguiendo a madre e hija por los pasillos y hasta el ascensor, con la huida in extremis a la que sigue un nuevo combate sin tregua. Resulta imposible no hallar en toda esta zona final una parábola de otra cosa, de ese sueño febril de una madre que ha perdido para siempre a su hija y que al menos en su sueño, y hasta que despierte perdida una vez más en el espacio exterior, se la ha arrebatado a las garras de la muerte y la tiene de nuevo a su lado.

Estándar
CINE

La dificultad en la creación de personajes: ‘Aliens’ y ‘Blade II’

Me parece que fue ayer cuando pusieron en televisión, por enésima vez, la película de Guillermo del Toro ‘Blade II’, que por supuesto es una secuela de la disfrutable ‘Blade’ cuatro años anterior a ella. La estuve viendo un rato, hastiado de tanta noticia y reportaje sobre el maldito coronavirus, y llegué al punto en el que un grupo de mercenarios, casi una pandilla de compañeros vampiros, capitaneados por el protagonista, se cuela en una fiesta y poco después comienza una masacre. Y mientras veía esto pensaba yo en las muchas veces que he visto algo parecido, pero en las pocas en las que eso que estaba viendo realmente tenía algo de vida, de verdad, independientemente de si se tratara de vampiros, alienígenas, un Bélico, un Western o lo que fuera. Lo narrativo tiene que ver con personajes, que en algunas ocasiones, muy escasas, poseen más encarnadura que la mayoría de personas que conocemos. Y al parecer, viendo películas todos los santos días, y pensando en películas y novelas a todas horas, debe ser algo al alcance de muy pocos.

Sobre todo en las películas. Pensémoslo bien: tienes dos horas, a veces una hora y media, para perfilar unos personajes, y contar una historia en la que algo les sucede a esos personajes, y has de narrar una peripecia, y cerrar un final, y tienes secuencias en las que no estás contando nada de eso, sino que estás levantando un mundo ficticio, o estás creando otros personajes secundarios. No es como una novela, o en una serie, soportes en los que tienes más tiempo para ir dibujándolos con un poco más de margen. En una película no hay margen para nada. El personaje tiene que estar ahí desde el mismo principio, propiciado, en primer lugar, por una minuciosa y exacerbada labor de casting, y en segundo lugar por la imaginación combinada del director (que es el creador del personaje), y del intérprete (que es el segundo creador, definitivo, de ese personaje, en complicidad con el director), y ambos saben, cuando son inteligentes, que el personaje ha de estar ya, completo, en el primer plano en el que aparezca en la película.

No importa que sea protagonista o secundario. Eso no tiene nada que ver. Cualquier personaje es importante, y a veces los secundarios lo son más que los principales, porque ofrecen una visión más global, más absoluta y nítida, del mundo del director y de sus artes y de su oficio. Y son igualmente difíciles de crear y sobre todo de cerrar en noventa o en ciento veinte minutos. En demasiadas películas el personaje termina desdibujado cuando parecía que iba por buen camino.

Y esa escena de ‘Blade II’ a la que me refería al principio… en realidad me recordó vagamente a otras películas en las que, como en un Western, vemos a un grupo de personajes, algunos mejor avenidos que otros, enfrentarse a un gran peligro, e ir desplegando sus diversas personalidades a medida que la aventura se va complicando. Como por ejemplo en ‘Tiburón’ (‘Jaws’, Spielberg, 1975), pero ahí solamente hay tres personajes. No es tan complicado como en otros casos en los que tienes a seis, o diez, o doce. Por eso al final siempre acabo recurriendo, en mi memoria, a una de las más grandes en este sentido (y en otros sentidos también), la insuperable ‘Aliens’ (1986), de James Cameron, en la que si a la docena de marines sumamos a la protagonista, Ripley, a la niña, Newt, al burócrata sin escrúpulos, Burke, al androide, Bishop, al teniente, Gorman, y los dos pilotos, tenemos nada menos que a diecinueve personajes, unos con más relevancia, lógicamente, que otros, pero todos perfectamente dibujados desde el mismo principio, con personalidades muy marcadas y diferenciadas unas de otras, y que crean un grupo completamente vivo, creíble y sobre todo plausible.

Por otro lado, en el filme de del Toro, que nunca ha sido un gran cineasta, ni mucho menos, el grupo llamado Blood-Pack, con el vampiro Blade a la cabeza, son meras sombras de sombras. No son personajes reales, sino títeres sin vida, con mucho tatuaje y mucha sonrisa y gestos de malotes, y nada más. Ni siquiera Reinhardt, interpretado por el buen actor que siempre ha sido Ron Perlman, es un personaje con entidad. No te lo crees, ni tiene fuerza, ni hay imaginación en él, verdadera imaginación, porque no hay verdadera imaginación en del Toro más allá de sus elaborados maquillajes y sus aparatosos efectos especiales. Al igual que en ‘Aliens’, su grupo de personajes se enfrenta a una aventura sangrienta y terrorífica, pero te da igual, porque los personajes no te interesan. Ni están vivos, ni están bien dibujados, ni tienen entidad ni puedes sentir empatía por ellos.

Pero en ‘Aliens’ sí, y muchos de esos personajes no son positivos, ni luminosos, ni nobles, ni nada por el estilo. Pero te interesan sus destinos, sus relaciones, sus reacciones. Son un espejo certero de ti mismo y de cómo reaccionarías en esa situación tan límite. Y esto sucede con todos los caracteres, aún los más episódicos, pues asistes a una vida real, tan real o más que la vida misma, y su muerte, generalmente horrible, te impacta como si una verdadera vida se hubiera perdido, con todas sus posibilidades, con todos sus errores. La muerte de Vazquez, el sacrificio de Gorman a su lado, al que tanto ella ha odiado, su expiación, te golpea verdaderamente. Aún más: te conmueve. Porque te lo crees, y quieres que suceda eso, y Cameron lo sabe. Quiere darte la oportunidad de que suceda y de que seas testigo de ese sacrificio.

Muchas veces, en mi archivo de mini críticas, al recordar la película que estoy criticando, puedo ver a los personajes, y otras veces no, y no tengo más remedio que elevar mi opinión o rebajarla, porque crear unos caracteres sólidos es algo que reviste un gran mérito y complejidad.

Me consta que mucha gente prefiere como director a del Toro que a James Cameron. Son cosas que yo no puedo entender, por mucho que me las expliquen. Yo no es que prefiera a James Cameron, como cualquier estúpido fanboy, y por eso me gustan más sus personajes. Es que veo una película de James Cameron, aún la menos lograda, y encuentro valores narrativos, tales como por ejemplo la creación de personajes, todos ellos con entidad, bien dibujados, emocionantes, cuyas interrelaciones, réplicas, dinámicas internas, rasgos de personalidad, son interesantes. En el caso de del Toro esto no ocurre, y por eso su cine no me interesa, más allá de absurdas filias o fobias. Un personaje, tanto en cine como en literatura es una extensión de la mente del creador, una plasmación de su universo cinematográfico y literario, y una cristalización de su puesta en escena o de su estilo literario. Estás accediendo al interior más íntimo de ese creador, y allí vas a poder ver de qué pasta está hecho, qué criaturas pueblan ese interior, de qué molde, de qué sustancia se han fabricado.

Los personajes son una parte esencial de una ficción narrativa, y me temo que mucha gente, asombrosamente, no les presta atención, o no lo tienen en cuenta para valorar a la película o al director. Y yo, que escribo estas líneas siempre para hablar de cuestiones narrativas, no puedo entenderlo.

Estándar
CINE

James Cameron y la conquista del espacio

No sé dónde ni cuándo lo escribí por primera vez, pero sería deseable (si no obligatorio), que nuestros más admirados artistas lo fueran por sus méritos objetivos, y no por una suerte de excéntrica mitomanía. Sé que es pedir mucho en la mayoría de los casos, pero no debería serlo tanto en el caso de supuestos «expertos» en esto del cine. Sea como fuere, que cada cual argumente como buenamente pueda, si es que puede.

Digo esto porque en mi opinión no existen dos películas capaces de contar al espectador la conquista del espacio exterior de la misma manera que lo han hecho ‘Aliens’ (1986) y ‘Avatar’ (2009), ambas, por supuesto, realizaciones de James Cameron, el más grande director de sci-fi de la entera historia del cine. Otros, supongo, se quedarían con la lisérgica y endeble ‘2001: una odisea del espacio’ de Kubrick, o incluso con la arrogante y embarullada ‘Interstellar’ de Nolan. Allá ellos. Otros optamos por un cine mucho más emocionante y paradójicamente menos cerebral.

Cameron, de alguna manera, es en sí mismo una afortunada mezcla de cineasta y científico. Entre sus escasas ficciones ya ha contado lo que puede pasar en el planeta Tierra si se nos desmadra la inteligencia artificial (con las extraordinarias ‘Terminator’ y ‘Terminator 2’), pero también ha sido de los más apasionados, y de los más ingeniosos, a la hora de contar el viaje a las estrellas. El primero de ellos, como todo el mundo sabe, secuela de la mítica película de 1979 ‘Alien’, de Ridley Scott, para la que reelaboró un guión original que iba a llamarse, muy premonitoriamente, ‘Madre’. Y creo, sinceramente, que pocas películas, por no decir ninguna, reflejan con esta fuerza el enigma de un viaje a lo desconocido, el vértigo de la exploración y la colonización espacial, la batalla por la supervivencia contra una especie alienígena hostil. Muy superior al filme de Scott, ‘Aliens’ es una portentosa obra maestra.

Por si el ocasional lector no es consciente de esto, que sepa (y esto no es ninguna fantasía) que la colonización humana del sistema solar va a empezar muy pronto, quizá en la próxima década. Y que después tendrá lugar la lógica exploración interestelar, comenzando probablemente con una estrella cercana como Alpha Centauri. La idea es viajar a un planeta habitable y no emplear para ello más de veinte o treinta años terrestres a pesar de que quizá se hallen a decenas, o centenares de años luz. Estamos muy lejos de conseguir eso, al menos en teoría, y películas como ‘Aliens’ podrían dar la sensación de dejadez científica por mor de una historia espacial más espectacular, pero nada más lejos de la verdad.

Cameron, en lugar de optar por un realismo técnico que coarte la fantasía, más propio de Christopher Nolan, parte de la ciencia para contar una ficción, y no al revés. Y triunfa allí donde otros fracasan o construyen sci-fi poco duradera, a pesar de que ‘Aliens’ es una producción modesta, de que como realizador aún tendría que evolucionar, y de que gran parte de la historia transcurre en angustiosos interiores. Poco de todo eso importa porque el aliento de gran épica, de relato de exploración estelar, que alberga esta gran obra, es insoslayable. Parece mentira que su estreno tuviera lugar hace casi treinta y cuatro años, y de que no tenga ningún plano hecho con CGI, porque de alguna misteriosa manera soporta con entereza el paso del tiempo, mucho mejor que títulos parecidos bastante más recientes o de ahora mismo.

Y en la muy famosa ‘Avatar’, de la que pronto nos llegará su segunda parte, Cameron propone el reverso a ese relato, contando una historia en la que los invasores, y por tanto la especie hostil, somos nosotros, la especie humana. No recuerdo ninguna película en la que esto suceda. Y lo hace esbozando los primeros detalles de un mundo nuevo, al que llama Pandora, y con los Na’vi como especie dominante, muy cercanos en su cultura a los nativos americanos. Construye así una parábola sobre la exploración humana como devastadora de otros mundos, a los que únicamente quiere esquilmar sin aprender nada de ellos.

La grandeza del cine de Cameron consiste en la emoción, la tensión psicológica de sus historias, en sus ideas sobra la humanidad como civilización y como especie. Son algunas de las razones que le sitúan muy por encima, a pesar de su poco prolífica carrera, de muchos otros directores muy admirados por el público menos exigente y más bakala. No me cabe duda de que muchos científicos jóvenes de hoy día que despuntan en disciplinas como la astronomía o la ingeniería espacial, vieron nacer su vocación viendo películas como las nombradas, mucho antes que documentales o filmes mucho más fríos y falsamente precisos. Es la imaginación la que nos empuja al futuro, y no el conocimiento. Al menos eso es lo que yo creo.

Estándar