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Reescrituras (2) – A los falsos humildes que nos toman a todos por idiotas

Enésima entrevista a Arturo Pérez-Reverte, y de nuevo lo mismo de siempre… pero con matices. Ahora, el cartagenero más famoso del mundo está inmerso en su estrategia de dejar de ser un tipo duro, o por lo menos tan duro, y empezar a parecer un tipo cercano y agradable, un poco como lo que hizo el inefable Camilo José Cela en sus últimos años. Por eso ha bajado un poco el pistón y en las fotos que toman de él tiene un aspecto más parecido a un abuelo severo pero bondadoso en el fondo. Ya he dicho alguna vez que a listo a este señor no le gana nadie.

El grueso de la entrevista es lo mismo que llevamos leyendo los últimos veinte años cada vez que un «periodista» pacta con la editorial se acerca a él para hacerle un masaje una serie de preguntas. Es lo mismo… pero rascando y rascando se extraen algunas cosas que dan de sí una inmejorable reescritura. Vamos a ello

Pregunta. 70 años cumple. ¿Hora de hacer balance?

Respuesta. Pasé toda la vida dando tumbos, carezco de sentido de celebración. Los cumpleaños no marcan nada para mí. (voy a hacerme el majo, pero también tengo que seguir con mi rol de tipo duro, de modo que no puedo contestarte otra cosa)

P. ¿Lleva algún tiempo pensando más en el pasado que en el futuro?

R. Salí de casa con una mochila muy joven y eso me dio una mirada, con esa mirada me manejo ahora. La que me dejó la vida nómada, pero no soy nostálgico. Asumo la edad que tengo quizá porque leí a Séneca muy pronto y me siento muy próximo a los estoicos porque ayudan a envejecer. (en realidad leí a Séneca con más de cuarenta años, pero tengo que hacer creer a la gente que con siete ya conocía a fondo el estoicismo, por algo empiezan a llamarme sabio)

P. Y un estoico con un hombre de acción, ¿cómo se combinan?

R. Perfectamente. Sin estoicismo, la acción se puede convertir en perturbación. Si no tienes las dosis que te dan las lecturas y una formación, ese aplomo de una formación clásica, el desorden te puede arrastrar. Yo lo he visto en otros. El libro ha sido mi analgésico y mi calmante. Sin eso, me habría perdido con 20 años en cualquier lugar de África. Fíjate, entonces, no existía ni el sida. Sin esa formación clásica, yo estudié latín y griego, sin esa serenidad, ahora, en la vejez, no encontraría calma interior. (resumiendo: si no llego a leer los clásicos antes de cumplir los veinte ahora sería un señor de la guerra, no te digo más)

P. La vejez es algo difícil de asumir. ¿Usted se siente viejo?

R. Yo soy viejo. Quien diga que con 70 años no lo es me parece idiota.(segunda concesión al tipo duro: tengo que recordar usar la palabra idiota antes en las entrevistas)

P. No todo el mundo lo admite.

R. ¡Allá ellos! Mi trabajo me ha costado llegar hasta aquí. La vejez viene asumida cuando vives como has querido vivir. No tiene nada de vergonzoso. Yo tengo 70 años y estoy orgulloso de haber llegado hasta aquí. Además, un viejo no puede ser contemporáneo. Debe vivir su tiempo e intentar comprenderlo pero no puede adaptar su biografía a otro tiempo. Yo soy perfectamente consciente de eso. (yo he vivido como me ha dado la gana, sin dar cuentas a nadie, porque no hay nadie más chulo ni más chungo que yo, y ahora que soy viejo más todavía, me cisco en quien haga falta, ¿entendido?)

P. Esa formación clásica y lectora en un principio se la debe a la biblioteca de su abuelo. ¿Cómo era?

R. Grande, era una biblioteca grande. Tuve la suerte, además de que mi abuelo paterno era un hombre de lecturas clásicas: Homero, Stendhal, Galdós, Balzac, Blasco Ibáñez… Pero mi abuela materna, por otra parte, era una lectora moderna y con ella me acerqué a Hemingway, a Frank Slaughter, Frank Yerby, a la novela policiaca negra: Hammett, Chandler, Agatha Christie. Eso me dio un contacto doble que me ha servido a partes iguales. Yo aprendí tanto de los autores de la biblioteca de mi abuela materna como los de mi abuelo paterno. Me formé con esas dos patas. Los trucos, la estructura narrativa se la debo más a ella que a él. (en mi familia, por la parte masculina, todo lo tenemos grande, pero tengo que hacer una pequeña donación a la parte femenina de la familia…)

P. Por no hablar de Dumas y Los tres mosqueteros…

R. Sí, claro. Eso fue lo primero y me sirvió para toda la vida. Lo habré leído 10 o 12 veces. (hombres valientes y espadachines…¿qué otra cosa voy a releer?)

P. Leer y, ¿qué más? Habla poco de esa parte de su vida.

R. Leer e ir al cine. He visto estrenarse Ben-Hur, Río Bravo, Los diez mandamientos. Salía de Moby Dick y jugaba a que era arponero. Veía un western y me hacía pistolero. (a ti no te voy a contar mi vida…ups se me ha escapado que conocí ciertos libros antes por las películas…)

P. Y de Cartagena, ¿qué más le quedó?

R. Tuve suerte. En mi infancia se cruza todo lo que hemos hablado y el mar, el puerto, los barcos, la familia de marinos. En la de mi padre hubo muchos capitanes de la marina mercante. Me pasé la vida escuchando hablar de naves, naufragios, buques torpedeados. Todo eso más el barrio de Escombreras, donde crecí al aire libre, jugando, se mezcla y me conforma una manera de ver la vida, claro. Tuve muchos estímulos y ahora sigo aprendiendo. Por ejemplo, a ser viejo. (yo soy uno de los elegidos: mi infancia fue perfecta y privilegiada, casi idílica, y tuve los mejores estímulos para convertirme en la figura internacional que soy ahora mismo)

P. Para eso le sirve, sin duda, lo que dice usted de su padre: la dignidad que mostró para vivir y para morir.

R. Sí. Mi padre era un hombre silencioso. Lo que entonces se decía un caballero. Un tipo muy digno. Muy silencioso, como digo: un hombre de actitudes. (y mi padre era poco menos que un ser portentoso: ¿de qué otro modo podría haber aparecido yo en este mundo?)

P. ¿Le preguntaba muchas cosas a su padre?

R. No. Hay personas que te educan con su actitud, no con palabras. (me bastó con imitarle para conseguir forjar mi extraordinario carácter, lo de hablar es propio de personas débiles)

P. ¿Y a su madre?

R. Mi madre si era más de palabras. Una gran lectora, había viajado a Argelia de pequeña cuando pertenecía a Francia y sí, era más de palabras. (pero a ti no te voy a decir que hablar, lo que se dice hablar, hablaba con sus amigas, no conmigo)

P. Se fue pronto de su casa… ¿Qué quería ser?

R. Escritor, no. Quería buscar lo que había leído en los libros. Tener amigos divertidos, conocer chicas guapas, pegarme en un burdel de Bangkok, dormir en una pensión de Perú, cruzar el desierto con guerrilleros. Y lo hice. He tenido la suerte de que toda mi vida he alcanzado aquello que soñé conocer. Pero escritor no quise ser. Lo soy como consecuencia de eso. Hay un momento en mi vida importante. Al empezar a ver que no se puede ser reportero todo el tiempo. (yo soy un tipo tan magnífico que ni siquiera tuve vocación de escritor… eso ha sido un accidente, como mi éxito y mis millones. Estaba predestinado a tenerlos. No soy un triunfador, soy El triunfador español: todo lo que sueño lo alcanzo, como corresponde al hijo de mi padre)

P. ¿Cuándo ocurre eso?

R. Me di cuenta de que envejecían muy mal. Hemingway decía que este trabajo estaba muy bien si lo sabes dejar a tiempo. (perspicaz que soy: viajar por todo el mundo puede ser duro para salud ¿no van a darme también un sillón en el hospital más prestigioso del país?)

P. ¿En eso primaba más un componente físico o mental?

R. Un día estuve en un burdel asiático con un viejo reportero. (tengo que empezar a soltar mis perlas de abuelo cebolleta… pero eso sí, de tipo duro, burdeles, y mujeres guapas y cosas así…)

P. Voy a ponerlo tal cual, en un burdel asiático, para que le frían en twitter.

R. Puedes decirlo… Él era una ruina: putero, drogadicto. (Nada de lo que se diga sobre mí afectará a mis ventas…mi amigo era un putero, yo estaba en el burdel con él porque me preocupaba su salud)

P. O un ejemplo para no llegar a tanto…

R. Sí, exacto. Yo, al aterrizar en los sitios, me pegaba al más veterano y decía: buenas, quiero aprender. Y me adoptaban. Este, también. Me dijo: yo no voy a volver a España. No tendría esta vida. Y pensé que yo no quería terminar así: en un burdel de Bangkok contándole a un periodista joven que no quería regresar. Lo tuve en la cabeza. Pasó el tiempo y a raíz de la guerra del Golfo y de Bosnia, cuando vi que la vida cambiaba, el mundo también, decidí salirme. (yo aprendo de la gente lo mejor, después de pegarme a ellos como una lapa, y cuando ya no me conviene me alejo de ellos, no vayan a perjudicarme)

P. Antes de en Televisión Española estuvo en el diario Pueblo. ¿Cómo era?

R. Un nido de piratas espectacular: un periódico extraordinario. Lleno de golfos, tahúres, puteros, desaprensivos y desalmados. Pero los mejores periodistas del mundo. Nadie imaginaría hoy un periódico como Pueblo. Lo hacían fascistas, comunistas, socialistas, todo el mundo se llevaba bien. Entré siendo un pardillo y aprendí toda la mecánica del oficio. Decía corcholis, como mucho, y salí siendo un tiburón como todos ellos. Fue la etapa como periodista más feliz de mi vida. Con 22 años me mandaron a Chipre. (pues dónde voy a trabajar yo si no en el mejor periódico de la historia del mundo mundial, el más lleno de golfos y puteros y los mejores periodistas del mundo. Y yo, claro, me convertí en uno de ellos. Feliz, siempre, no lo dudes)

P. ¿Qué vieron en un chaval de 22 años para envirlo a la guerra?

R. No lo sé… Me dijeron que si quería ir y dije que sí. Bueno, hombre, hablaba idiomas, cosa que no todos los periodistas hacían en esa época, había sido paracaidista y buzo, navegué en petroleros y llegó la crisis del petróleo. Caía bien, creían en mí y me llamaron para eso. (a quién iban a elegir: yo hablaba idiomas, era buzo, paracaidista, navegante… el Ethan Hunt del periódico, no me hagas preguntas absurdas…)

P. Cierran Pueblo y pasa a la tele. Ahí llega otro ámbito, el de la popularidad.

R. Yo ya era conocido. Lo que cambió fue que ya no viajaba solo. Había pasado años viajando solo. Eso te hace ver la vida de manera muy peculiar. Te obliga a relacionarte y moverte de manera diferente por el mundo. No tienes quien te ayude pero tampoco a nadie que te dé la brasa. Eres libre e independiente, respondes de ti mismo. Moverte con un equipo de televisión era otra cosa. Vivías pendiente del reloj y el teléfono. Te movías con un equipo. Eso me puso a los jefes más cerca. Me rompió esa libertad de la que había disfrutado tanto en el diario. Hasta el punto de no poder pararte ante una tragedia porque debes transmitir. (en la tele ya no pude hacer lo que me salía de los cojones, tenía jefes a los que dar cuentas, y ya sabes, eso de trabajar en equipo y tener jefes no va conmigo, yo soy un rebelde, un tipo duro, un lobo solitario, y si quería hacerme el héroe con una tragedia no podía porque tenía que hacer mi trabajo, ¿no me jodas que no es una putada?)

P. Ya…

R. Una vez, nada más transmitir tras un bombardeo en Croacia me puse a rescatar gente en un edificio. Al salir, el mítico Márquez, el cámara, me dijo: “Si quieres ayudar, hazte enfermera”. Lo definió bien. Si yo no me dedico a dar imágenes y las da la CNN, me despiden porque yo he ido para allá a contarlo. Esas situaciones, las hemos vivido muchas veces. Más en televisión que en el periódico. La televisión me puso sobre el espejo ante esos conflictos más hondos y de más difícil solución. (si no llego a leer a los clásicos me convierto en un émulo de Santa Teresa de Calcuta, no te digo más)

P. Contarlo, muchas veces, acelera las decisiones políticas.

R. Mira, ¿sabes qué te digo? Me pasé tres años en los Balcanes contando aquella mierda y nadie hacía nada. Mostrando muertos, horrores y nadie hacía nada. Eso de que la televisión cambia las cosas, no estoy muy seguro. Yo hacía mi trabajo y otros también. En aquella guerra murieron 52 periodistas, siete de ellos, amigos míos. Los conflictos para nuestro trabajo son irresolubles. Cuando paras a ayudar y no encaras tu cometido tienes el remordimiento de no haber cumplido y cuando sigues adelante, te torturas por no haber estado a la altura como ser humano. (yo estaba en un viacrucis épico, homérico: ser un héroe o un profesional… eso no le pasa a cualquiera)

P. ¿Ese era el principal conflicto?

R. Uno de tantos. La guerra es muy dura. Te deja huellas. Están en mis libros. En Territorio comanche pero, sobre todo en El pintor de batallas, libro que deberías leer. (porque te habrá dicho la editorial que tienes que venir leído de casa, ¿no?)

P. Lo he leído. Yo creo que marca un antes y un después en su carrera. ¿Es la obra que más le define?

R. Es mi novela más autobiográfica. Cambian detalles, pero es el balance de mi vida como reportero. Muy duro y muy crudo. Si yo tuviera que elegir uno para la tumba, me lo llevaría conmigo. Ahí liquido las cuentas con el periodismo y desde entonces me dedico sin cargas a escribir novelas. La huella, la marca, el rastro, el peso como reportero se salda ahí. Despertarte por las noches porque escuchas un tubo de escape y te lleva a según qué lugares me dura hasta que saldo todo con El pintor de batallas. (porque yo creo en esa sandez de que escribir sobre algo te limpia de pecados… no se debe infravalorar el pensamiento mágico)

P. ¿A partir de entonces duerme mejor?

R. Mejor, sí. No del todo porque aún me viene, pero no es igual. Ajusté cuentas con mi memoria. Ojo. Y no siempre estoy orgulloso de mi memoria, eh. Sí de muchas cosas, pero de otras que he hecho y no he hecho, tampoco estoy orgulloso. (tampoco nos pasemos, que hemos quedado en que tengo que empezar a parecer un abuelo bondadoso, con pecadillos, pero acogedor y entrañable)

P. ¿Cuáles?

R. Tampoco te las voy a contar. Pero una vida como reportero… Yo no era un turista de la guerra. Vivía allí. Para viajar, pasar fronteras, para sobornar a un aduanero, a una telefonista, para conseguir un pasaje de avión, una habitación de hotel, tienes que hacer mucha cosas. Buenas y malas. Soy un experto en sobornos. He sobornado a todo Cristo en todos los idiomas del mundo. Cosas que aquí serían horribles, ahí resultan naturales. Tenías que salir de muchas situaciones. Eso te deja buenos y malos recuerdos. (¡que no te voy a contar mis secretos, joder! Mi vida privada está cerrada a cal y canto a la opinión pública… como que soy un experto en sobornos, y en tantas otras cosas… como te puedes imaginar)

P. ¿Ese mal dormir venía del remordimiento o del miedo?

R. Yo no he tenido nunca remordimientos. (porque a mí todo me importa una mierda salvo yo mismo, ¿es que no te estás enterando de nada?)

P. ¿Seguro?

R. Bueno, no es verdad… Miedo sí, todo el rato. A que te vuelen un brazo o los huevos, a que te quedes inválido. Tienes miedo, pero pánico, no, porque te descompone. (mierda, me he pasado, tengo que seguir con la mascarada… un poquito de sentimientos, pero sin pasarse)

P. ¿No se ha descompuesto nunca?

R. Jamás. Ahí están mis compañeros, para contarlo. (amigo, soy ARTURO PÉREZ-REVERTE, yo ja-más-me-he-des-com-pues-to)

P. ¿Y del remordimiento?

R. Por cosas que hice y que no hice. Porque tenía que transmitir, porque no podía parar. Recuerdo dos momentos especialmente. Uno cuando una bomba reventó a un niño de 11 años, tenía la edad de mi hija entonces. Iba moribundo, manchándome la camisa y las uñas de sangre. No llegamos a tiempo al hospital. Murió. No había agua y llevé la sangre del niño durante días encima. Otra fue en Chipre, mi primera guerra. Huíamos y en la carretera vimos a una familia con un niño y un oso de peluche que nos hacía señales para parar. El conductor era inglés y no pasó de largo. Recuerdo el puño del niño señalándonos. Podría pintarlo ahora mismo. De ese tipo de cosas, tienes miles. Para eso escribí El pintor de batallas. (y no me tires de la lengua porque sólo hay de algo que me guste hablar más que de mí mismo: de mí mismo en la guerra)

P. ¿Ese libro es el que también le hace ganar confianza como gran escritor?

R. Yo no soy gran escritor. Soy un tipo que cuenta historias. Lo mejor que puedo. Cuando yo desaparezca nadie me va a recordar. (ahí va: un poco de falsa modestia, que me dicen que voy de soberbio por la vida)

P. ¿No cree que perdurará? Después de morir, ¿piensa que le seguirán leyendo?

R. Yo estoy seguro de que no, de que a los dos o tres años estaré olvidado, nadie me recordará, como a tantos otros. Yo sólo quería contar historias. Cuando decido dedicarme a ello pienso: ¿qué hago yo ahora con mi vida, con todo el bagaje, con la imaginación y la biografía acumulada? Decido así continuar la aventura de mi vida. Ya que no podía seguir viajando lo cambio al contar historias. Lo que ocurre para mi sorpresa es que mis novelas se empiezan a leer no sólo en España, también en 40 países. Y que puedo vivir de ello. Eso me da una libertad y una independencia que me permiten subsistir. Hay gente que lo persigue y lo merece mucho más que yo y no lo ha logrado. En ese sentido, soy muy afortunado. (subsistir como subsisten los clubes de fútbol o la monarquía, que están muy mal de lo suyo… venga, un poco más de falsa humildad, que ya tengo a la gente en el bote)

P. El fenómeno empieza con La tabla de Flandes, que le publican en Alfaguara Luis Suñén y Manuel Rodríguez Rivero, su tercera novela después de El húsar y El maestro de esgrima.

R. Sí, yo me voy a la Guerra del Golfo sin ver el libro editado y a la vuelta es un best seller en ocho o 10 países. Ya había resuelto el dilema. Ya no tenía que acabar en un burdel de Bangkok. Y así fue. Pillo una época buena. Cuando algún colega se queja de que ahora vendemos menos, que es verdad, las ventas han caído mucho, le recuerdo que en los años ochenta y los noventa, fueron extraordinarios, que llegué a vender 800.000 ejemplares en un año, cosa ahora impensable. (humildad no reñida con sacar pecho, vamos a soltar una cifra impresionante, que no se diga)

P. No le voy a preguntar cuanto ha ganado.

R. No, no me lo vas a preguntar. (no me toques los cojones)

P. Ni tampoco cuánto han ganado sus editores con sus libros.

R. Tampoco me lo vas a preguntar. (te he dicho que no me toques los cojones)

P. Con hacer el cálculo, vale, pero… Y ahora, ¿por qué cree que cayeron las ventas?

R. Porque ahora, en el tren o en un aeropuerto, cogen esta mierda del móvil y ya, lo que el libro cubría o llenaba como tiempo, ahora lo cubre el móvil o internet. (toca filosofía viejuna, que voy a cumplir setenta tacos)

P. Pero ahí también se lee.

P. Mucho menos, están con el whatsapp, con el correo, con twitter y así… (y te lo digo yo, que estoy con el twitter todo el puto día)

P. Y no hemos hablado de Alatriste. Según usted, a Falcó, de quien cree que podría hacerse amigo, no le confiaría su vida. Pero a Alatriste, sí.

R. Yo he conocido muchos Falcós y Alatristes. Puedo elegir entre varios perfiles pero yo ni soy ni digo lo que son y dicen ellos. Los buenos son más aburridos que los malos. Yo me tomo una copa con san Francisco de Asís y me aburro en media hora del hermano lobo. En cambio me topo con un francotirador o un torturador, como me ha pasado en Angola y me puedo tirar toda la noche: aprendes que el inteligente confiesa antes que el estúpido, que hay gente para la que ni sirve la violencia, quien es ruin y cobarde. ¡Me dio una serie de claves! El tío era un psicólogo. Conocía al ser humano porque lo torturaba. Hay que saber comportarse con los hijos de puta y claro, a eso, lo aprendes con los hijos de puta. No te lo enseñan en el colegio. (buah, yo me hago colega de torturadores, me cuentan todas sus técnicas, quién confiesa antes, ¿te dije que soy experto sobornando? También soy experto torturando)

P. Pese a su fascinación por el mal, escribió usted una novela como reivindicación de la bondad, Hombres buenos, que le debe mucho a la Real Academia Española (RAE), de la que es usted miembro. ¿Fue un cambio en quien se empeña en tratar malotes por doquier?

R. Yo no desprecio el bien. Lo que sé es que en la vida que llevé como reportero aprendí más de los malos que de los buenos. Ahora, sin duda, pasa al contrario. De los malos ya tuve mi sobredosis. De hecho, mis amigos, ahora, todos son buenos. Ahora puedo elegir mis compañías. Cuando estaba cubriendo la guerra, no podía. (toca masaje a mis amigos, para que no se diga)

P. Llegó a la RAE en 2003, ¿en qué cambia su vida?

R. Pues en que llevo corbata los jueves y voy mucho. Soy un académico muy activo, muy cumplidor, de los que más asistencias han sumado. (te tienes las preguntas bien aprendidas, así puedo presumir también de ser uno de los académicos más cumplidores)

P. Aquel episodio que levantó escamas cuando sobre el lenguaje inclusivo escribió aquello aludiendo a las de la pepitilla, ¿creó mal ambiente?

R. De eso no hablo. Y de la Academia tampoco. (es la tercera vez que te digo que no me toques los cojones…¿no te acabo de decir que soy torturador profesional?)

P. ¿Tampoco de los problemas de financiación que sufrieron en la etapa del PP?

R. Eso pregúntaselo al director, Santiago Muñoz Machado. (como te salgas por la tangente te corto los huevos)

P. Vale… De la bondad, ¿qué ha aprendido?

R. La palabra bondad no es rigurosa. Prefiero los conceptos de las Meditaciones, de Marco Aurelio: la humanidad, el respeto por la vida, la lucidez. La bondad lúcida frente a la bondad estúpida, que hace más daño a veces que el mal. (venga, píldora cultureta)

P. ¿El buenismo?

R. La filantropía de redes sociales, que se da tanto en los últimos tiempos, puede llevar a lugares muy peligrosos. Esa la desprecio bastante. Los buenos estúpidos te llevan al cementerio. (y te lo digo yo, que pongo en mis redes sociales más anuncios de perros desaparecidos que una protectora de animales)

P. Lo que más le sirve a su lado de agitación tuitera es la maldad.

R. No, eso no es verdad. Twitter es una herramienta. (¿qué gilipollez de pregunta es esa?)

P. ¿Qué le seduce de las redes sociales?

R. Yo detesto twitter. Pero es de lo más útil. Sé que cualquier mensaje mío llega a millones. Lo uso por divertirme, doy una patada y se agita el avispero. Lanzo la piedra y me largo. No vivo ahí. De eso, no sé, ni entiendo. No lo necesito. (ahora toca píldora subversiva de una red de la que me valgo para vender libros y divertirme a costa de los demás)

P. Lo que sí necesita es su biblioteca, según cuentan por ahí, impresiona. Más de 30.000 volúmenes. ¿Atemperó su impuso de hombre de acción?

R. Mi casa la construí pensando en la biblioteca. Cuando dejé mi vida de reportero, necesité un lugar donde protegerme. Me construí poco a poco una especie de torre en la que me metí. Con libros leídos y por leer. Una Biblioteca es un proyecto de vida. Consulto, en los maestros encuentro soluciones. Ahí tengo enciclopedias, diccionarios y de Thomas Mann a Agatha Christie, miles de tendencias. Los consulto para que me echen una mano. Todo me es necesario. Eso es importante destacarlo. La ausencia de prejuicios me ha sido muy útil. Cuando a ciertos autores, como a Stephan Crane, se les despreciaba, yo no. Ese eclecticismo, fundamental, viene de ahí. Mi obra se nutre de eso. Reconstruí la biblioteca de mis abuelos, le añadí la de mi padre y después la mía. Quería un lugar en el que me sintiera seguro: hice una casa para envejecer y vivir así. Y en ella envejezco y escribo. (yo soy un erudito humanista, que bebo de todas las esencias y hasta defiendo a escritores despreciados, y lanzo mi erudición desde mi castillo perfecto en mi vida perfecta, ¿queda claro?)

P. ¿Qué harán sus libros cuando falte?

R. Seguirán su vida… Yo he visto arder bibliotecas. Muchas. Si ardiera la mía, no me importa. Puedes empezar otra vez. Compraré un Quijote, para empezar, unos Ensayos de Montaigne, unas Memorias de ultratumba de Chateaubriand, una Iliada, una Odisea, una Eneida, a Galdós, Conrad, Stevenson… Comenzaría de nuevo. No sería una tragedia, porque la llevo en la cabeza. (porque yo en realidad no moriré nunca… cuando muera volveré de mi tumba a reconstruir mi biblioteca, por supuesto)

P. ¿Y el mar, donde lo lleva?

R. Eso es otra cosa. Otro mundo. El mar es distinto. El Mediterráneo es mi patria, de verdad. Soy español para lo bueno y para lo malo, pero mi patria, verdaderamente, es el Mediterráneo: Homero, el vino tinto, el aceite de oliva, los piratas berberiscos, el Imperio Romano… Y mi barco el medio por el cual navego por mi patria. (al menos con la última pregunta he podido sacar mi grabadora y poner la respuesta que doy siempre)

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ARTÍCULOS, LITERATURA

La ignominiosa influencia de Arturo Pérez-Reverte en la literatura

No es el único, pero es el nuestro. Es nuestro baluarte, nuestro gran capitán, nuestro faro editorial. Supongo que otros países tendrán los suyos, y no les será fácil lidiar con ellos, pero dudo mucho que tengan entre las filas de sus escritores famosos e influyentes a tan ilustre paradigma, tan fervoroso luchador de lo patrio, lo viril, de la lengua, de la polémica barata. Nos ha caído encima, y llevamos ya tres largas décadas (cada una peor que la anterior… y esta cuarta amenazando con ser la peor de todas, visto el panorama) sufriéndolo, y sufriendo a las legiones de defensores suyos que temerariamente le glorifican, le alaban y le convierten en algo así como un autor y un sabio intocable. Han alimentado a la bestia hasta dejarla ahíta, y ahora, borracha de éxito y de narcisismo, lleva varios años imparable. Bueno, también existimos otros que estamos más que dispuestos a no dejarnos engañar, a no dejarnos arrollar por fenómenos sociales, y que siempre que nos sea posible y nos dejen, declararemos a los cuatro vientos no solamente que el rey está en cueros, y que apesta a ranciedad y a oportunismo, sino que su mera existencia es un lastre, una rémora para la ya maltrecha literatura española, herida de muerte desde hace demasiado tiempo. Las ignominias que Arturo Pérez-Reverte ha perpetrado en el seno de la literatura y de la vida cultural española son incontables, y aquí voy a hacer balance de algunas de ellas.

El lector: Pérez-Reverte ha contado en innumerables entrevistas las nutridas lecturas de su infancia y adolescencia. Según él, entre los diez y los veinte años se leyó «miles de libros». Sin entrar en la cuestión de que a menos que se leyera un libro al día durante diez años (en cuyo caso se habría leído 3650 libros), algo altamente improbable, como mucho se habrá leído en esa época unos mil libros (y eso significaría uno cada dos o tres días), y sin empezar ya a notar que no tiene en cuenta ni las matemáticas ni la inteligencia de su interlocutor (o que directamente es un fantasma como un piano de grande), esto de decir la cantidad de lecturas de su adolescencia suena como a un arquitecto que te dijera que él es capaz de construir edificios no porque haya estudiado la carrera, sino porque ha visto muchas construcciones, o a uno que pretende ser médico porque ha visto muchas series de hospitales. Aunque sobre todo suena a una de esas infantiles fanfarronadas a las que me temo tan acostumbrados estamos cuando a este señor le ponen un micrófono delante.

El navegante: Otra cosa que tampoco se cansa de repetir el amigo Pérez es lo que le gusta navegar, y que tiene un barco, y que siempre que puede lo coge y se larga por ahí a enfrentarse a las fuerzas de la naturaleza, o poco más o menos. En otras palabras, más prosaicas, que es un millonario que sale con su velero cuando le apetece a darse un garbeo por ahí y a tomar el sol o a acercarse a algún puerto a comer con su familia. Pero en su mente él es un émulo del capitán Ahab, no un mero capitán de yate. Habiendo nacido en Cartagena, es lógica su relación estrecha con el mar. No así su autoengaño de considerarse a sí mismo una especie de aventurero moderno, llegando a narrar en twitter alguna expedición en la que la mar le jugó alguna mala pasada. En la entrevista que el ABC (una cabecera «en absoluto» sospechosa de ultra-derechismo o manipulación) le ha acaba de publicar (titulada ‘Arturo Pérez-Reverte en el mar de Homero’), además de casi constituir casi una adoración a su figura, puede leerse, entre otras lindezas, que para él «el mar me da esos amaneceres inciertos que me daba ser reportero de guerra»…

El reportero de guerra: Pero si hay algo que cae en cada entrevista, conversación, conferencia, charla o mera anécdota circunstancial, es su pasado como cronista de guerra. Y todo lo que eso significa: no hay por ahí escritor que pueda soplarle la oreja a este señor en lo tocante a narrar ningún conflicto bélico de la antigüedad, ni ninguna batalla concreta. Alguien (él mismo, claro) le ha otorgado la autoridad absoluta, y sólo hasta que él lo toca (‘Cabo Trafalgar’, ‘Línea de fuego’, ‘Sidi’), el tema en cuestión no adquiere verdadera carta de naturaleza, no se ha narrado como debía hacerse, con la necesaria precisión técnica y conocimiento documental. Se conoce que escribir que una bala de cañón impactando suena a raaaas zaca-bum constituye la cúspide de la expresividad formal a la hora de contar una batalla, o que las espadas hicieron clang-clang son el colmo del lirismo bélico. Por supuesto que sí. Sin ninguna duda.

La soberbia es una planta de interior: Armado con esas tres «infalibles» armas, nuestro intrépido reportero (que todavía escribe sus columnas en XLSemanal, alguna que otra bastante divertida, las cosas como son), se lanzó a novelar, entusiasmado con la idea de renovar la literatura con los argumentos y las técnicas de Alejandro Dumas o Emilio Salgari, y con ‘El Húsar’ obtuvo lo que en la Wikipedia han descrito como un discreto éxito. No fue hasta su cuarta novela, la medianamente ingeniosa aunque en ningún modo notable ‘El club Dumas’, que conoció un gran éxito y empezó a labrarse el estilo y la carrera que ya son de sobra conocidos: thrillers con cierta imaginación en su planteamiento, mucha documentación histórica para darle lo que él llama «la argamasa» (…), y una soberbia extraordinaria, que le llevó a afirmar que: «Creo que no. Eso lo explicó muy bien una crítica francesa, cuando salió ‘El Club Dumas’ en Francia, que decía que mis novelas eran el exponente del thriller cultural europeo, frente al huérfano thriller norteamericano. Creo que es una buena definición. Mi novela hunde sus raíces en una cultura europea muy intensa. No hay confusión posible. Y además, cualquier confusión es insultante. Yo no soy un analfabeto cultural. Soy europeo y el hecho de ser europeo marca una diferencia muy importante. De todas formas, no soy productor de best-seller, escribo las novelas que me gusta escribir.» Hay quien diría que quien es capaz de decir eso es un individuo peligrosamente envanecido. Pero no él. Por supuesto que no.

Su prosa, su estilo, esas zarandajas: En opinión de Pérez-Reverte lo que hace a un escritor (además de tener dos cojones… no sé qué pensarán las escritoras), consiste en leer mucho y documentarse durante años si es preciso. Así, leyendo mucho, por ejemplo a gente como Joseph Conrad o Herman Melville, uno llega a creerse que es como ellos. En su caso, por desgracia, su prosa no pasa de la corrección de un oficinista o de un periodista de una cabecera de provincias. No existe en su estilo, ni sintáctica ni morfológicamente, ni en la expresividad, ni en la creación de caracteres, ni en el tono, ni en los diálogos (absolutamente todos sus personajes, en todas sus novelas, se expresan igual, sean mujeres u hombres, de cualquier edad o profesión, ¡incluso de cualquier nacionalidad!), ni en su estructura, absolutamente nada destacable, ni siquiera salvable. Se limita a relatar sucesos, uno detrás de otro, rompiendo continuamente el ritmo con digresiones muy discutibles (por decir algo suave), con circunloquios y divagaciones absolutamente anti-literarios, con personajes de cartón piedra. ¡Y eso, dice él, ha revolucionado la novela!: «(El Club Dumas) fue sobre todo una patada en los cojones a los que tenían secuestrada la literatura en ese momento. Fui un pionero, porque en España [entonces] había que escribir como William Faulkner y todo lo que era contar historias estaba mal visto» ¡Ole!

La crítica, ni se la ve ni se la espera: Lo bueno de fenómenos como el de Pérez-Reverte, es que además de retratarse a sí mismos cada vez que abren la boca, retrata también a los críticos literarios, que junto a los cinematográficos, demuestran que casi nunca están a la altura de las circunstancias. Pocos, muy pocos críticos (haberlos, haylos, y vaya mi respeto absoluto hacia todos ellos), han resistido el embate (y a algunos de ellos se rumorea que ha conseguido que les despidan). La mayoría de ellos, titulares de los medios de comunicación más importantes, le han dedicado a los libros de este individuo la loas, los elogios, los panegíricos, más exagerados y sonrojantes que jamás se han vertido en una crítica. Si estos vendidos al sistema tuvieran razón, resultaría que estamos casi ante un tipo de la talla de Torrente Ballester, Valle-Inclán o quién sabe si el mismo Cervantes. Está claro que no, pero esto es lo que dan a entender, y oye, él encantado con todo ello. El contubernio de la crítica a un escritor tan deleznable como él es una de las ignominias más grandes que ha perpetrado este señor con ayuda de su poderosa editorial. Pero todavía hay más.

Académico de la lengua: Muy breve: si a escritores tan infames como Javier Marías o Antonio Muñoz Molina les hicieron académicos de la lengua, ¿cómo no le van a hacer a él? ¿Estamos locos o qué? Y su condena por plagio, en firme, que le ha obligado a pagar a los agraviados, ¿va a hacerle dimitir? Por favor, ni que tuviera dignidad.

Nueva versión de ‘El Quijote’: Como su ambición erudita no tiene límites, aceptó la nefasta propuesta de la RAE de escribir un Quijote «adaptado a los nuevos tiempos», en la que nuestro querido novelista protagonizó una de las mayores sandeces editoriales que se recuerdan: aligerar El Quijote, cambiar su lenguaje para hacerlo más comprensible al lector hodierno, a fin de cuentas tal como dijo él mismo «El Quijote es complejo y farragoso». Menos mal que estaba él ahí para arreglar el caso, porque si alguien puede enmendarle la plana, y corregir al mayor escritor de todos los tiempos, ese es Pérez-Reverte, el indómito. «He trabajado durante un año para lograr que el lector no se diera cuenta de cuándo ha sido podado el texto, gracias a un hilo de sutura cervantino», declaró en su momento. Bravo. Además, en un acto de pasmoso altruismo, renunció a sus derechos de autor en favor de la RAE. Sus seguidores debieron montar alguna colecta, no fuera a morirse de hambre.

Perdonavidas y salvador de causas perdidas: El amigo Pérez-Reverte, por cierto, es de esos machos alfa que siempre anda buscando enemigos. Incluso el mar es, según declara en la entrevista del ABC, de alguna forma su enemigo. Tiene la mecha muy corta para desenvainar su afilado sable de caballería (es decir, para coger el móvil y tuitear…) cuando algo le ofende, y así lo ha demostrado en ataques a Roca-Barea, a Francisco Umbral o a quien se ponga por delante. ¿Quién es nadie para cuestionarle a Él? Si se diera la casualidad (nada azarosa) de que leyera este texto, Massanet el Envidioso (o sea yo, que no me publican un libro ni de chiripa) caería fulminado por Su Ilimitada y sin embargo Magnánima Ira. Pero que nadie crea que él es simplemente un bravucón. No, de eso nada. Es, además, un salvador de «causas perdidas»: de Cervantes («que no le incluyan en los planes de estudio es un crimen demasiado doloroso»), del Siglo de Oro (escribió la saga Alatriste para enmendar los libros de texto españoles), ¡de los mismos italianos en su última novela! («devolver la dignidad a estos héroes me parece un acto de justicia para los italianos, que además no es un país en el que los héroes modernos se hayan prodigado»), de los perros abandonados en su twitter, ¡de lo que sea, rediós!

Ante todo, clase y elegancia: La que le dedicó a una periodista («no me toque los cojones»), la que le dedica a los que le critican («que se vayan al diablo»), a un crítico («cantamañanas, novelista frustrado, perpetrador de bajezas semanales para ganarse el pan”), al presidente Zapatero («la mayoría de los españoles no somos tan gilipollas como usted»), a un dos chicas poco agraciadas que se cruzó en la calle («una focas desechos de tienta que pasaban junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro por allí resopla va por ellas»). Pérez-Reverte hace de Camilo José Cela un individuo encantador y progresista.

Los temitas que escoge el académico: Envalentonado, cada vez más a cara descubierta, Pérez-Reverte ya no tiene rubor. Sus últimas novelas así lo corroboran: sobre un agente secreto de la Falange, sobre la humanidad de los golpistas de la Guerra Civil, sobre los buzos italianos de la II Guerra Mundial. ¿Quién es nadie para cuestionar sus decisiones? El que no lo entienda es un memo que se deja llevar por ideologías, no como él, que es libre de hacer un héroe de quien le apetezca.

Afrancesado, convencido de la Leyenda Negra: Él, que habla un francés «de puta madre», ha repetido hasta la extenuación los argumentos de la Leyenda Negra Española, tales como que estamos en un país diferente, que España es una anomalía dentro de la Unión Europea, que los españoles somos incultos y fanáticos, que en el Siglo de Oro los inquisidores torturaban y quemaban gente a mansalva, que la Ilustración salvó a España, que mejor nos habría ido con un Dios protestante, que Francia, Inglaterra o Alemania son países mucho mejor organizados, y otros disparates por el estilo. Pérez-Reverte es el típico afrancesado que, irónicamente, se cree muy patriota y muy español.

El crítico cinematográfico: El cine es en realidad su gran influencia, no la literatura, por muchos libros que haya leído y por mucho que en su tuiter deje citas de clásicos grecolatinos. Más ejemplos hay de sus ideas sobre las películas y las series. Y en realidad no tiene nada malo que a un escritor le guste mucho el cine, pero por fuerza ha de interesarle mucho más la literatura. Pérez-Reverte es un ejemplo clamoroso de alguien que ha leído mucho (si es que es verdad todo lo que dice…) pero que no tiene ni idea de literatura. Como no tiene ni idea de cine. No sorprende, sin embargo, que le hayan adaptado unas cuantas veces (con resultados siempre nefastos), porque sus novelas son películas relatadas con palabras.

Y para terminar, sus argumentos y sus soflamas de siempre, que aburren a cualquiera: Porque cada vez que Pérez-Reverte hace un libro es un homenaje a la cultura mediterránea, de tres mil (o cuatro mil, según la entrevista), años de existencia. Sus personajes llevan en la mochila a Homero o a Virgilio. ¿No se siente ridículo diciendo chorradas como esa? Escribir un libro sobre temas marinos no te emparenta con Homero, compañero, y tener en tu barco una foto de Conrad no te hace Conrad, ni conseguirá que te codees con él en la posteridad. Una posteridad que te está negada. Y lo sabes, amigo Reverte. Lo sabes tan bien como todos esos escritorzuelos que asolan las mesas de novedades y que se ufanan de sus muchos lectores, de la cantidad de libros que firman o de los idiomas a los que han traducido sus novelas. Lo sabes porque no eres tonto, bien que lo has demostrado durante treinta años. No eres tonto y cuando cierras twiter, cuando llevas dos o tres meses sin alguna polémica digna de patio de colegio, cuando lees a algún verdadero novelista, la certeza asoma las orejas, colega. Te irás al otro barrio dentro de diez o veinte años, con tus millones en el banco, con tu biblioteca de veinte mil volúmenes (quién sabe si ya serán cuarenta mil, o cien mil…), con tu rictus de sheriff de pueblo polvoriento y tu filosofía de baratillo, sabiendo perfectamente que cuando se acuerden de ti, si la gente (sobre todo la crítica) recupera el sentido común, será para avergonzarse de haberle dado tanta cancha y tantos privilegios a un escritor tan inicuo y que tantas ignominias ha perpetrado contra la literatura en español.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

¿Quién le ha dado voz a Pérez-Reverte?

Que alguien me lo explique. ¿Quién ha decidido que este individuo sea la voz «literaria» más respetada de España? ¿Por qué en ciertos sectores, y no pocos, se le considera el novelista por antonomasia de este país, y por extensión, como uno de los intelectuales o una de las voces culturales (signifique eso lo que signifique) de referencia en español? Tal cosa cabría preguntarse también de gente como Mario Vargas Llosa o Javier Marías, pero en su caso es mucho más sangrante, muchísimo más paradigmático del tiempo en que vivimos, porque además él es, con gran diferencia, y hasta que sus «jóvenes pistoleros» le hagan un bonito «sorpasso editorial», el tipo que más libros consigue vender en este país, verdadera superestrella de la editorial Alfaguara. Lo diré sin cansarme jamás: nada en contra de que él, o quien sea, venda muchos libros, haga ganar mucho dinero a su sello, y se forre en el proceso. Que le aproveche. ¿Pero cuándo se ha decidido que sea precisamente este hombre el que deba sentar cátedra sobre conceptos tan importantes, complejos y singulares como el Siglo de Oro o la Guerra Civil Española? Según creo, Ken Follett vende aún más libros que él y no se le considera un intelectual o una voz de referencia en el mundo angloparlante, tan solo un escritor best-seller de libros de historia. ¿Por qué en el caso de Pérez-Reverte se le hace académico de la lengua y un gran sector de la población y de la crítica le tiene a él como a alguien importante?

Pérez-Reverte es muchas cosas, la mayoría muy discutibles, pero ante todo es un tipo muy listo. Y basta con rascar un poco en sus declaraciones y entrevistas para darse cuenta de lo listo y lo astuto que es, como basta con rascar un poco en sus ficciones para revelar el trampantojo que hay detrás. Ha repetido hasta la saciedad que en España se lee poco, que somos un país atrasado e inculto (haciendo suya la Leyenda Negra que han vertido sobre este país durante más de tres siglos), y que aquí lo que hace falta es educación y buenos libros. Que aquí no se lee, vaya. Y bien que lo ha aprovechado, porque él se ha convertido en el escritor paradigma de los que no leen. Tal cual. ¿Quién es el lector medio de este señor, además de los pseudo-críticos y pseudo-intelectuales que se han dejado arrastrar por la corriente? Pues lectores que no están interesados en la literatura, simple y llanamente, que lo que quieren es leer libros que les enseñen cosas de historia, como la historia de España, o las guerras napoleónicas, que posean muchísima documentación histórica, y que estén basados en hechos reales. Nada de ficciones complejas, nada de elitismos de ninguna clase. Aventuras sencillas, enmarcadas en contextos conocidos: la Guerra Civil, la Guerra de la Independencia, la batalla de Trafalgar, o las desventuras del Cid Campeador. Eso es lo que renueva la literatura y lo que atrae a los lectores, lectores que en la mayoría de los casos sólo leen sus libros o libros de gente muy parecida a él. ¿Es listo o no, este señor? Ha llegado, sin la menor formación ni vocación para ello (y no me lo invento yo, lo ha dicho él bastantes veces), ha obtenido lectores no interesados en la literatura a base de chulería y de escribir novelas históricas, y se ha hecho multimillonario. Es para levantarse y aplaudir.

Y además lo ha hecho como reacción a lo que había, arrogándose además la hazaña de salvar la novela «de quienes la tenían secuestrada». Puede que a veces le de un antojo de falsa modestia y diga que a fin de cuentas él no es más que un periodista convertido en escritor, pero en su mente él es un autor a la altura de Joseph Conrad, fuertemente inspirado además por Alejandro Dumas, un defensor de la cultura europea (sea eso lo que sea), un guardián de las letras españolas y de la esencia de la cultura española, y el único o de los pocos autorizados a escribir sobre la historia de España y sobre la Guerra Civil. ¿Y cómo es eso? Pues nadie lo sabe, pero es así y punto. Escribió ‘Alatriste’ (además de porque había leído muchas veces ‘Los tres mosqueteros’) porque en los libros de historia de secundaria no se hablaba del Siglo de Oro, así que allá que fue él a arreglar el entuerto. Y escribió ‘Línea de fuego’ porque en este país la gente no dice más que memeces partidistas y tendenciosas sobre la Guerra Civil, y porque además él fue durante muchos años reportero de guerra, de modo que está más autorizado para escribir una novela sobre una contienda bélica que el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de los plumillas que circulan por ahí. ¿O no? ¿Quién va a decirle que no? ¿Los periodistas que en lugar de entrevistas le hacen masajes por donde quiera que va o que las pocas veces que le ponen un pero obtienen lindezas como un «no me toque los cojones»? Él es un escritor que vende millones de ejemplares en todo el mundo, en decenas de lenguas, un académico de la lengua y un erudito a la altura de Samuel Johnson o Michel de Montaigne. ¿Quién puede cuestionarle? Vive en su mundo construido ladrillo a ladrillo, millón a millón (de euros y de seguidores en twitter), chulería a chulería.

Pero las cosas nunca (o casi nunca) son lo que parecen. Pérez-Reverte no es un fenómeno literario, como a él le gustaría pensar, sino editorial, sociológico, mucho más influido por las películas que ha visto que por los libros que ha leído (veinte mil dice que tiene en su biblioteca particular… ¿para qué?, es imposible leerse veinte mil volúmenes), tal como les sucede a Antonio Muñoz Molina, Juan Gómez-Jurado, Almudena Grandes, Ildefonso Falcones y muchos otros «grandes nombres» españoles; en su caso muy especialmente por los westerns que ha visto, sobre todo de los antiguos, los llamados clásicos, con John Wayne o Burt Lancaster, o de los posmodernos, con Clint Eastwood. De hecho, el propio Pérez-Reverte parece el Eastwood o el sheriff de las letras o de la cultura española. Incluso su forma de escribir (tanto en sus columnas como en sus ficciones, en ambos mundos no hay diferencia de tono) es la de un perdonavidas altivo, pétreo y malhumorado, el icónico pistolero de los westerns, el hombre sin nombre… o incluso el paleto de la barra de bar que después de mirarte de arriba a bajo con desprecio escupe con fuerza contra el suelo. Y no creo exagerar, porque este tipo sabe manejarse como pocos en la barra de bar más grande del mundo: Twitter. Allí se codea con sus compadres, deja que le doren bien la píldora, suelta sus soflamas, prepara sus polémicas de salón aptas para escandalizar/encandilar a los más impresionables, retuitea algunas noticias de perros abandonados y sigue construyéndose ese personaje pétreo, inalcanzable, casi cómico, que él se empeña en ser.

Yo quizá no estaré ahí para verlo, pero dentro de veinte o treinta años creo que la gente se preguntará cómo es que este señor era tan influyente, y sus libros tan leídos. Quizá se planteen que a veces seguimos a personajes bastante rancios y ruines, y que eso constituye todo un enigma sociológico, todo un rompecabezas imposible de desentrañar… o puede que no. Puede que dentro de veinte o treinta años la crítica literaria y la historiografía sigan considerando a Pérez-Reverte como un gran hombre de letras y una personalidad profundamente valiosa. Tal como está el panorama, no me sorprendería en absoluto.

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LITERATURA

Perfil: Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) es a sus casi 70 años el escritor más conocido y respetado de España. Entre su masa lectora, es considerado poco menos que un maestro de las letras y una personalidad fundamental de la cultura. Sin embargo su altura literaria real dista mucho de ese aura de intocable que muchos, y sobre todo él mismo, quisieran otorgarle.

Pero hay que reconocerle que lo ha conseguido: de reportero televisivo de guerras por todo el mundo, ha pasado a ser escritor de enorme éxito, traducido a numerosos idiomas, y con ventas que se cuentan por millones. Con descaro, personalidad y trabajo duro, ha escrito una treintena de novelas en treinta y tantos años que él ha defendido que no son best-sellers (históricos o thrillers) de baja calidad como los anglosajones o estadounidenses, sino de mayor enjundia literaria, por razones que nadie entiende muy bien cuáles son.

Cada vez más escorado hacia posiciones ideológicas bastante cuestionables, y con una soberbia y una arrogancia que en lugar de enmascarar potencia siempre que puede, Pérez-Reverte es en realidad poco más que un interesante columnista, un erudito historiador, y un escritor de libros de gran impacto mediático configurados con una estética narrativa que podría considerarse de pre-galdosiana. Según él inspirado por Alejandro Dumas y por Joseph Conrad, en realidad está sobre todo inspirado por el cine americano, y es que su trayectoria parece sobre todo construida para contar historias grandilocuentes y muy poco literarias.

No es, por tanto, Pérez-Reverte, un gran novelista, ni mucho menos. Es un narrador correcto, temerariamente encumbrado por una crítica servil y falaz, incapaz de ponerle peros al macho alfa de nuestras letras. Y cada vez parece más necesitado de la polémica fácil, y de escribir textos acerca de temas espinosos de los que no sale precisamente bien parado. Sólo él sabrá por qué escribió, en un momento en que la extrema derecha está en auge en España, una trilogía sobre un mercenario que trabaja para la Falange, o por qué cuando decide escribir sobre la Guera Civil, ya sea en un libro para niños, o una extensa novela como ‘Línea de fuego’, siempre dejando claro que no hubo víctimas ni verdugos, sino que golpistas, sublevados y fascistas son lo mismo que republicanos.

Aquí mi valoración de lo que he leído de su carrera:

El húsar, 1986
El maestro de esgrima, 1988 4,0
La tabla de Flandes, 1990 4,0
El club Dumas o La sombra de Richelieu, 1993 5,5
La sombra del águila, 1993 5,5
Territorio comanche, 1994
Un asunto de honor (Cachito), 1995 5,0
La piel del tambor, 1995 4,0
El capitán Alatriste, 1996 4,0
Limpieza de sangre, 1997 4,0
El sol de Breda, 1998 3,0
El oro del rey, 2000 3,0
La carta esférica, 2000 4,0
La Reina del Sur, 2002 4,0
El caballero del jubón amarillo, 2003 3,0
Cabo Trafalgar, 2004 5,5
El pintor de batallas, 2006 4,0
Corsarios de Levante, 2006
Un día de cólera, 2007 2,0
Ojos azules, 2009
El asedio, 2010 2,0
El puente de los asesinos, 2011
El tango de la guardia vieja, 2012
El francotirador paciente, 2015 2,0
La guerra civil contada a los jóvenes, 2015 1,0
Falcó, 2018
Eva, 2018
Sabotaje, 2018
Los perros duros no bailan, 2018
Sidi, 2019 2,0
Línea de fuego, 2020

Y aquí un resumen de sus habilidades y técnicas.

Voz narradora propia de un escritor del XIX mezclado con la de un reportero. Muy poca originalidad tanto en el estilo como en su visión del mundo
Creación de personajes paupérrima: ni un solo personaje verdaderamente memorable.
Diálogos hábiles, pero muy repetitivos, incluso personajes de novelas diferentes hablan igual, y muchas veces se nota que hablan por boca del propio autor, mal enmascarado en sus caracteres.
Prosa funcionarial, con algún destello que quiere ser lírico, sin conseguirlo.
Estilo grandilocuente, épico, a veces cínico, sin nada destacable.
Marketing espectacular: se ha vendido casi como el nuevo Hemingway, autor al que por cierto él dice detestar.

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CINE, ENSAYO, LITERATURA

Fundamentos críticos ante una obra narrativa (V): ejemplo literario

Voy a cerrar este ciclo de los fundamentos críticos, que es posible que en un futuro alargue con más capítulos, poniendo ahora un ejemplo literario para que el lector pueda apreciar cómo empleo los referidos fundamentos a la hora de valorar dos obras literarias muy dispares, y de extraer de ellas sus virtudes y/o defectos.

Recordemos, antes que nada, que los elementos narrativos fundamentales son tres: narrador, personajes, espacio y tiempo narrativos, a los que se puede añadir otros no tan importantes pero también esenciales para construir esa obra narrativa, ya sea cinematográfica o literaria. En el caso de lo literario, obviamente, es imposible no referirse a cuestiones tales como la prosa, los diálogos, la construcción dramática, la concepción del ser humano y del mundo, sus esquemas genéricos y bastantes cosas más que saldrán ahora que voy a comentar dos novelas: ‘Meridiano de sangre’ de Cormac McCarthy, y ‘Sidi’ de Arturo Pérez-Reverte.

«Alguien tumbó al viejo de un mazazo y los jinetes picaron espuelas y enfilaron el campamento detrás de los perros blandiendo sus porras y los perros aullando como en un cuadro de una cacería infernal, diecinueve partisanos lanzados sobre la acampada en donde dormían más de un millar de almas»
«Desmontó ante la puerta. El explorador que estaba a caballo tenía el rostro grave ,y el que había entrado en el recinto mostraba demudado el color, con restos de vómito fresco en la barba. Se llamaba Galín Barbués y era un aragonés joven, tranquilo y fiable, de los que no se alteraban con facilidad. Estirpe almogávar. Se les había unido en el puente del Arlanzón, sabedor del destierro de Ruy-Díaz, dejando atrás algún incidente del que no le apetecía conversar. Y no era el único. Hombres con asuntos oscuros a la espalda había varios en la tropa. –¿Malo? –le pregunto Ruy-Díaz. –Peor»

Vaya por delante que estoy de acuerdo con Jesús G. Maestro cuando afirma que la literatura española es la más poderosa y original del mundo, pero en este caso he elegido dos novelas, una estadounidense y otra española, y me voy a decantar ampliamente por la estaodounidense muy a mi pesar. Son dos novelas que comparten algunas características temáticas o conceptuales, aunque sea de manera tangencial, y que por tanto me vienen muy bien para intentar explicar cómo me enfrento (y por tanto cómo creo que otros deberían enfrentarse) a una crítica literaria.

El libro de Pérez-Reverte, según reza en su entrada de la Casa del Libro (que a fin de cuentas son los mismos que le publican…), ha sido elegido por la crítica (también por los lectores, pero eso aquí nos importa poco) el mejor de 2019, nada menos. Tampoco especifican si de España o del mundo entero. Sea como fuere ha sido un gran éxito de ventas y ha significado otro triunfo más para su autor pues ha vuelto a convencer a la crítica patria de su altura como escritor y de sus armas a la hora de ponerse con un proyecto histórico y con un personaje tan mítico como El Cid. En ella se nos narra, en primer término, una larga persecución por parte de los hombres de Ruy-Díaz a una partida de moros que, por lo visto, están arrasando con todo a su paso, para terminar entrando, El Cid, al servicio del musulmán rey de Zaragoza. Es por tanto, o quiere ser, novela de aventuras y novela histórica, con personajes y situaciones reales, mucha adrenalina, combates y tensión.

La novela de Cormac McCarthy, ‘Blood Meridian’, no es muy conocida en España, al menos de momento. Se publicó en 1985 y los especialistas (entre ellos Harold Bloom, que la consideraba una de las mejores del siglo XX), la mayoría de ellos, se han rendido ante su magnificencia, pero otros, entre ellos muchos lectores, la han repudiado o bien por su extrema violencia y salvajismo, o bien por su dificultad lectora y conceptual. Narra unos hechos reales, los acaecidos en 1849-1850 en Nuevo Méjico, perpetrados por la infame banda Glanton, un grupo de mercenarios contratados por el gobierno de Chihuahua para traerles cabelleras de indios a cien dólares la pieza. A través de la mirada del chaval, de quien no conoceremos ni su nombre, seremos testigos de algunos de los actos más atroces que imaginar quepa, en una larga travesía por el desierto, un meridiano de sangre, un retablo de posos demoníacos. Es por tanto un western de aventuras, una novela con trazas de historia, y un relato casi metafísico.

La pregunta es obligada: ¿por qué pienso que la novela de Arturo Pérez-Reverte es una inanidad presuntuosa y grandilocuente, un relato pobre de recursos y torpe en su ejecución, un ejemplo de novela inflada por el marketing sin literatura dentro, mientras que por el contrario ‘Meridiano de sangre’ es una obra maestra literaria excelsa? Vamos a verlo.

En primer lugar, como siempre, el para qué. Un por qué que es un para qué. ¿Por qué cada uno de estos autores decide hacer este libro y no otro? En el caso de Pérez-Reverte, su decisión consiste en sentar cátedra, en dar su visión de un personaje mítico, ponerle su propia voz. ¿Lo logra? Ni por asomo. Sidi, en sus manos, suena igual que Alatriste o que Falcó, o que el mismo Reverte cuando da una entrevista por la tele o la radio. Quiere, también, dar su propia visión sobre la historia de este mito, del Cid, con originalidad y para las nuevas generaciones. ¿Lo logra? En ningún momento, por lo anteriormente dicho y porque no posee aliento épico, ni una mirada humanista sobre la historia, ni una capacidad real de que entremos en ese mito por otra puerta a las ya conocidas. ¿Y McCarthy? ¿Qué pretende? Pretende desmitificar el western, para empezar, pero no como ya hiciera Peckinpah, sino mucho más allá. Con ‘Meridiano de sangre’ accedemos por fin a lo que de verdad pudo ser aquello. Quiere, también, proponernos un viaje infernal, en el límite de lo soportable, una experiencia sensorial y emocional extrema. ¿Lo consigue? Rotundamente sí, gracias a un cariz místico-sensorial de su voz de narrador, y a una capacidad pasmosa para lograr un extrañamiento en el espectador que a su vez le haga creer esa ficción como una realidad.

La prosa que emplea McCarthy es sublime. De hecho, en ninguna otra de sus novelas ha alcanzado esta excelencia. Con un lenguaje que es una mezcla perfecta entre lo arcaico y lo moderno, con una narrativa más cercana a la epopeya que a la novela, resulta en todo momento subyugante, fascinante e hipnótica. ¿Y la de Reverte? En su línea: de oficinista, desganada, convencional, con algunos ramalazos algo más líricos, o que por lo menos lo intentan, pero un conjunto en el que no novela, si no que más bien relata. ¿Y sus personajes? Salvo el Cid, ninguno de ellos tiene especial relevancia o trabajo, ni en sus diálogos (pues todos suenan igual, incluso los del rey de Zaragoza?, ni en su dibujo. Y tampoco el propio Sidi es un personaje notable. Reverte presupone que lo es por ser quien es, pero en su pluma queda desdibujado, opaco, sin fuerza. ¿Cómo son los de McCarthy? Todos, sin excepción, sencillamente arrolladores, empezando por el mefistofélico juez Holden, que es lo más parecido al mal absoluto, con algunos de los diálogos más deslumbrantes y aterradores en muchas décadas de literatura, y por supuesto el jefe John Joel Glanton, esa máquina de matar impávida y despiadada, y por supuesto «el chaval» (que luego será «el hombre»), que en realidad es un reflejo del mismo lector, de cada uno de nosotros individualmente. Sin olvidarnos de Toadvine, John Jackson, David Brown, el capitán White… todos ellos personajes perfectamente definidos y con una forma de hablar completamente diferenciada.

¿Y los tiempos y el espacio narrativos? Reverte no consigue que la Hispania de aquel tiempo resulte especialmente interesante, sin más. Algún momento un poco más inspirado, pero en esos espacios narrativos no hay muchos tiempos narrativos, porque Reverte es incapaz de entrar en sus personajes, y por lo tanto no puede saber, ni hacernos saber, cómo discurre el tiempo, los pensamientos y emociones, la experiencia personal de cada secuencia… Algo que sí consigue McCarthy con creces porque… ¡toda la novela son tiempos narrativos! Los del chaval para ser más concretos. Es su mirada, su pálpito interior, lo que percibimos en cada página, en cada capítulo.

Cuando los críticos se quedan maravillados con ‘Sidi’… ¿qué razones o elementos les inducen a esa maravilla? Aluden mucho a la investigación histórica del autor, lo cual es un hecho. Pero… elementos estético-narrativos, novelísticos, ninguno que yo sepa. Sucede como cuando comparé ‘Alien’ y ‘The Thing’, que la mayoría elige ‘Alien’ por cuestiones tales como la escenografía, o el empaque más superficial. Aquí sucede igual, pero la comparación es mucho más sangrante. ‘Sidi’ es una novelita apta para lectores poco exigentes, que nada aporta y que no alberga ningún tipo de verdadera literatura. Sin embargo, ‘Meridiano de sangre’ es una excepcional obra maestra, una joya que quien se la lee no la olvida jamás, y cuya altura estética sólo crece a medida que pasan los años, sobre todo teniendo el cuenta el solar en el que ahora mismo nos encontramos.

Espero haber desarrollado correctamente mis argumentos y que el lector haya podido extraer algo de ellos.

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LITERATURA

El patetismo de algunos triunfadores: Pérez-Reverte y Gómez-Jurado

Todos hemos conocido al típico ganador, al típico triunfador, que en el fondo nos da algo de pena. No me digan que no. Ya sabe el lector a qué tipo de ganador me estoy refiriendo: ese en el que notamos que debajo de toneladas de supuesta confianza en sí mismo, detrás de ciento y una capas de cinismo, de dureza, de «todo me importa una mierda», muy al fondo de todo eso, existe un pobre hombre (o pobre mujer…aunque ahora que lo pienso suelen ser pobres hombres…) que en realidad nos da más pena que envidia, nos enternece más de lo que nos irrita. Porque no es más que un niño, o un anciano, suplicando atención, adicto a las ovaciones, que precisamente no acepta críticas negativas ni preguntas de nadie porque si las aceptara colapsaría, él mismo se daría cuenta de la farsa que representa, de que no es más que un fraude, y su mente se rompería. Tal cual…

En una de las escenas más hermosas de la magnífica ‘El buscavidas’ (‘The Hustler’, 1961, Rossen), ella, Piper Laurie, le recrimina a él, Paul Newman, su forma de pensar. Según explica el personaje de Newman (el gran jugador de billar Eddie Felson), él se siente un perdedor y lo que quiere ser es un ganador, y eso significa tener mucho dinero, principalmente, y que nadie discuta su primacía, especialmente en el billar. Pero Laurie (dando vida a la, al mismo tiempo, frágil y dura Sarah) le insiste en que a muchos les gustaría sentir lo que él siente jugando al billar, que eso le convierte en ganador, que de hecho ya lo es. En realidad al personaje de Newman se pasan toda la película diciéndole unas cuantas verdades (algunas curativas, como esta de Laurie, otras muy dolorosas pero también certeras, como las que le espeta George C. Scott/Bert Gordon), hasta que por fin reacciona, aunque ya es demasiado tarde.

No es demasiado tarde, pese a todo, para muchos. No hace falta una Laurie para darnos cuenta de ciertas cosas. Basta un poco de sentido común para identificar a esos falsos triunfadores y para darnos cuenta de que en muchos casos nosotros somos los ganadores y ellos los perdedores. En realidad, es más fácil que nunca, en este mundo globalizado, hipercomunicado y pendiente a todas horas de las redes sociales. Porque en realidad todo esto de lo que estoy hablando no es ni siquiera un 2+2, sino uno 1+1: la lógica de lo sectario y de los que se protegen a sí mismos. Porque ayer, para mi sorpresa, el crítico literario de El País, Jordi Gracia, dijo de la última novela de Pérez-Reverte, ‘Línea de fuego’, lo siguiente: «ni es la gran novela sobre la guerra civil española que el autor quiso escribir ni es una novela sobre la batalla del Ebro»… y además le ha dedicado frases tales como «magnesia didáctica que lastra, a veces hasta el bochorno, su credibilidad y la de muchos de sus personajes», «Pérez-Reverte ha acudido a recursos demasiado toscos para que cada cual responda al tipo que necesita su autor», «En tantísimos de esos episodios y diálogos la novela desfallece, flaquea y pierde fuelle».

Yo no sé cuánto tiempo falta hasta que despidan a este pobre muchacho de la nómina de El País (pese a que su grupo ya no posee Alfaguara), pero he de decir que ayer Jordi Gracia me alegró el día, porque no contaba yo con leer una crítica negativa a un lanzamiento tan esperado, después de haber constatado que la crítica literaria en este país (como la cinematográfica) se ha borrado. Lo que sí sé y me esperaba han sido las reacciones al respecto, desde una buena ristra de comentarios (¿por qué no cierran los comentarios de una vez en El País si quieren ser otra vez un periódico serio?) poniendo a parir al pobre crítico por hacer su trabajo, con expresiones tales como «no tienes ni puta idea», «rojo», etc… Y también me esperaba lo que por desgracia ha sucedido: la reprobación por Twitter de Juan Gómez-Jurado a ese mismo crítico, dejando muy clara su falta de clase.

Sí, estamos en un país en que un novelista se permite el lujo de cuestionar públicamente a un crítico para defender a otro novelista amigo suyo. Algunos verán en esto algo normal, lógico o hasta defendible. No lo es. Lo que debería hacer El País es publicar un editorial para defender a su crítico y para lamentar la falta de respeto de la industria editorial hacia la crítica seria. Como no sé si lo va a hacer (y no creo que lo haga) ya me pongo yo con estas líneas que cada vez leen más personas al día. Porque según ese fraude editorial y literario que es Juan Gómez-Jurado «Lo que al crítico de El País le jode es que la novela no sea un panfleto, tal y como deja muy claro el último párrafo. “La lucha del bien contra el mal”. A lo mejor los lectores ya son demasiado inteligentes como para creer según qué cuentos.» No miento ni cambio una coma:

Me gusta eso de que los lectores ya son demasiado inteligentes (debió escribir «son ya»). Ya volveré a eso luego. El caso es que Juan Gómez-Jurado, además de pésimo novelista es también crítico literario (según él, con matrícula de honor), y ha escrito una página en El Correo titulada nada menos que «Reverte Eterno», glosando las virtudes de lo que él considera una obra maestra, una catedral literaria, y cosas por el estilo. Ni una sola mención al cómo, sólo al qué (tal como me señalaba Javi Gallego), no solamente porque eso está lejos de las capacidades de este chaval, sino porque ahí está el quiz de la cuestión, como se suele decir. No da un sólo argumento en una «crítica» muy mal estructurada, por cierto:

En realidad son tres párrafos muy mal escritos que parecen algo importante así organizados. Sí, voy a críticar la crítica de un escritor que cuestiona a los críticos y luego escribe estupideces para los amigos. El primer párrafo sobre todo necesita de una revisión urgente, que habría hecho un verdadero periodista o crítico para no quedar como un inútil (como tantos otros que he conocido yo en blogs de cine). Porque en un mismo párrafo no se pueden meter tantas ideas juntas y tan mal armadas. Un párrafo es una cápsula, un conjunto cerrado en sí mismo, no una lata de sardinas. Y, por lo demás, esto no es una crítica, sino un comentario desaforado a un amigo venerado, y una protección de un status quo que por nada del mundo debe ser puesto en duda.

Lo más gracioso de todo es que Pérez-Reverte se lo ha agradecido, y le ha dicho que está en deuda con él. Por una «crítica» (o lo que sea) positiva a su libro. Es decir, para que nos entendamos todos: el escritor más vendido de este país le ha agradecido públicamente a otro escritor famoso que escribiera algo positivo sobre su trabajo, después de que el crítico de El País Babelia dejara claro lo que muchos pensamos hace ya mucho tiempo. Después, ha añadido que «a Pozuelo Yvancos sí le ha gustado». Claro, Pozuelo Yvancos lleva dos décadas diciendo que Pérez-Reverte es poco menos que Cervantes resucitado sin que se le caiga la cara de vergüenza.

Si esto no es el ejemplo perfecto del patetismo de algunos triunfadores, que alguien me diga lo que es. Si Pérez-Reverte fuera tan duro y tan grande como dicen y como él mismo proclama, le resbalaría una crítica negativa (y si fuera un tipo honesto y con clase, incluso la recibiría con deportividad y serenidad), del mismo modo que no se dejaría adular por críticas positivas. Pero resulta que no lo es. Que no es más que una criatura enternecedora. Lo que por estos lares se llama «un moñas». Me lo imagino ahora mismo en su casa con las pantuflas y el vaso de leche. No me cuadra esa imagen con la del viejo veterano de dieciocho guerras, que ha llegado a afirmar de sí mismo que es «un hombre peligroso». No me cuadra en absoluto. Tampoco con el Gómez-Jurado de escudero (hay que buscárselos con más empaque, Don Arturo). Pero supongo que ahora el empaque intelectual se ha visto sustituido por los cientos de miles de seguidores en Twitter, y a los críticos hay que hacerles callar a base de masajes verbales que acallen el ego desmedido del narcisista más patológico que ha conocido nuestra historia editorial.

Porque, en efecto, los lectores «son ya» demasiado inteligentes como para creerse este cuento. No todos, claro. Pero tiempo al tiempo. La tontería se cura, pero el cinismo no. Y hay que ser muy cínico para creer que en La Guerra Civil todos eran iguales. Ese discurso que consiste en poner en el mismo saco a víctimas y verdugos participa de una ideología perversa que pretende, de manera sutil, blanquear un Golpe de Estado y una dictadura sangrienta. No hay término medio, como no lo hay entre un agresor machista y su pareja. Una panda de generales se levantó en armas contra un gobierno imperfecto (como todos) pero legítimo. Y lo que tuvo lugar después fue un genocidio (aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos). Así de claro. Defenderse de esta gente, matar a todos los que se pudiera, era un acto legítimo (este sí). Y si hubiéramos tenido suerte, tendrían que haber matado a todos los fascistas, sin dejar a ninguno vivo, y nos habríamos ahorrado cuarenta años de represión y otros cuarenta años de una democracia de muy baja calidad, en la que los hijos y los nietos de esos fascistas siguen en la misma sociedad envenenándola y deseando volver al franquismo o a algo similar, mientras claman palabras que les quedan demasiado grandes, como libertad o democracia.

Si este fuera un país con un poco de decencia, todos esos fascistas serían acallados, multados, encarcelados o expulsados, los partidos políticos que los defienden y de los que extraen votos (PP, Ciudadanos y VOX) serían disueltos y se les obligaría a entregar sus actas, y a los que les blanquean (Pérez-Reverte, Gómez-Jurado) no se les comprarían sus libros ni se les enriquecería de ninguna otra manera, porque son cómplices intelectuales de un golpe de estado y de un genocidio. Pero no somos ese país. Y al final es posible, quién sabe, que volvamos a las trincheras. Y, ¿saben lo que les digo?, que ojalá no volvamos a ellas, pero si volvemos tendremos una segunda oportunidad de acabar con ellos, con todos, de una puta vez.

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LITERATURA

Arturo Pérez-Reverte y su infantil idea de la literatura

Ya está aquí, puntual a su cita, Arturo Pérez-Reverte con una nueva novela, un año más. Hay cosas que no fallan. En el congreso seguirá el facherío mes a mes diciendo barbaridades hasta el año 2025 y más allá, seguiremos teniendo fútbol hasta en la sopa esté o no esté Messi en la liga (porque cuando no esté, nos contarán donde está y a qué restaurante va a cenar), y cada año tendremos nueva novela de este señor, para regocijo de sus millones de fans y de los lameculos glosadores del susodicho, ya sean críticos, novelistas o cualquier ilustre, actor o periodista, y para desgracia de la literatura española, una vez más eclipsada por los saraos y la bestial campaña mediática que Alfaguara le prepara al hombre que más ventas les consigue (¿creían que le preparan todo eso porque es un maestro de las letras? seguro que él sí se lo cree). Esta vez, después de meterse el año pasado a contar un par de escaramuzas de El Cid, se lanza nada menos que con la Guerra Civil Española, concretamente con la Batalla del Ebro, en ‘Línea de fuego’. La pregunta obligada es: ¿por qué?

Y esa es, precisamente, la pregunta que nadie va a hacerle y que él tampoco contestaría de forma clara. No tengo intención de leerme entero este nuevo trabajo suyo. Ya he leído demasiados libros de él, e incluso hace unos meses redacté la única crítica literaria seria que se puede encontrar en la red sobre ‘Sidi’. Pero leyendo las primeras líneas me hago una idea de lo que le depara al lector: otro relato (que no novela) de sesenta o sesenta y cinco mil palabras, que parecen muchas más por el tamaño de letra para niños pequeños de Alfaguara, con su estilo entre oficinista y kioskero, con pequeñas batallitas contadas en plan «y se oyó un terrible rassss zaca-bum!», con píldoras político-ideológicas metidas a calzador por aquí y por allá, con personajes de cartón piedra que no son más que una extensión no enmascarada del propio autor, y con esa visión de la Guerra Civil como una lucha fratricida entre hermanos, pero todos ellos iguales, y en el fondo tiernos y candorosos. Yo no sé cuándo Pérez-Reverte se convirtió en el abuelo cebolleta, pero sí sé que desde el principio lleva pregonando que son lo mismo víctimas (republicanos) que verdugos (nacionalistas), que la culpa de la guerra la tuvo la República elegida democráticamente, y no los militares golpistas (bien claro lo dice en ese librito suyo abyecto titulado ‘La Guerra Civil contada a los jóvenes’), y básicamente que la dictadura fue algo irremediable.

No existe entrevista suya en la que Pérez-Reverte no diga que él fue reportero en dieciocho guerras, y que es un tipo duro, pardiez… Esto lo dice para dejar claro que si alguien tiene la capacidad para escribir un libro sobre cualquier guerra, ese es él. Ya ha escrito novelitas sobre la Batalla de Trafalgar, sobre diversas batallas napoleónicas, sobre la Guerra de la Independencia Española. Ahora le toca a la Guerra Civil, y para ello, asegura, se ha documentado durante tres años (no me salen las cuentas, amigo Reverte, si para todas te documentas durante dos o tres años y sacas una novela al año…), con el objetivo de contar una peripecia que está siendo utilizada de forma partidista, según él, por unos y por otros, sin importarle que le lluevan las críticas (qué valiente es…), y una vez más desde esa posición de increíble soberbia intelectual, como si él supiese lo que fue aquello y estuviera en una posición moral elevada para poder contarlo y aleccionarnos a todos, porque que no quepa duda de que aquí somos todos unos ignorantes menos él, que ha leído mucho. Y para más inri es una novela, dice, sobre las mujeres, que son «las que más perdieron en esta guerra», con el claro y espúreo objetivo de ganar lectoras para su causa cuando todo el mundo sabe que es un machista incurable.

Y como este señor es ya una institución, y la masa aborregada se cree que todo lo que dice o piensa va a misa (Don Arturo o maestro Reverte, le llaman en las redes sociales a este advenedizo) el libro va a ser un exitazo (con una primera tirada de ciento cincuenta mil ejemplares en España y otros cincuenta mil para hispanoamérica), cientos de miles de personas venerarán su nuevo panfleto ideológico y su nueva torpe aventura histórica, y los de Alfaguara haciendo palmas con las orejas y él arrellanado en su sillón moral e intelectual, apareciendo hasta en la sopa (por mera diversión contemos en las próximas semanas los medios en los que va a aparecer para vender su libro). Pero precisamente por eso hay que decir las cosas como son, sin desalentarse, porque cuando todo está perdido ya no hay nada que perder.

Pérez-Reverte pertenece a esa raza de escritores (reporteros de guerra, boxeadores, estrellas de televisión, actores, investigadores de lo oculto, camioneros, fontaneros… etc) que piensan que por haber vivido unos hechos están en disposición de poder narrarlos. Es como esos gángsters que se retiran de lo suyo y se ponen a escribir novelas de gángsters, o como esos jueces que dejan de ejercer y escriben relatos detectivescos basados en experiencias propias. P-R fue reportero en unas cuantas guerras (cuentan las malas lenguas que les pedía a los guerrilleros que disparasen cuando empezaba su aparición en el telediario, a cambio de algo de dinero, para que pareciera que todo era mucho más peligroso) y ha sido lector voraz desde su juventud. Ha dicho unas cuantas veces que lo suyo de escribir no es vocacional (nos lo creemos sin atisbo de duda) sino un simple capricho que le ha salido bien. Y tan bien. Convertido en académico de la lengua, hace más de veinte años que pareciera que este reportero es poco menos que un Ernst Hemingway, o que un Gonzalo Torrente Ballester, al que nadie, en ninguna entrevista, se atreve a ponerle un pero. Mimado por la industria y por una crítica falaz, P-R vive en su propia nube. Pero todo lo suyo es aire, como máxima expresión de un mundo editorial entregado a producir libros de pésima calidad literaria.

Este señor ha convencido a medio país de que para hacer una novela, cualquier novela, hay que documentarse mucho (y el pazguato de Juan Gómez-Jurado, al que casi le falta besar por donde pisa su gurú, y otros como él, le hace caso en cada nueva novela), lo cual es radicalmente falso. Necesita documentarse mucho él, y otros como él, porque lo que hacen no es literatura. Está claro que para escribir una novela necesitas una información detallada sobre algunos conceptos, pero la idea no es amontonar detalles y libros para poder escribir. Eso es propio de un historiador, no de un novelista. Porque eso es lo que en realidad es Reverte: un historiador, un profesor soberbio que va dando lecciones de historia con cada nuevo trabajo, un ideólogo que sabe que muchos borregos de escasa formación intelectual le harán caso y le pondrán en un altar. Por eso escribe novelas. Esta de la Guerra Civil la ha escrito en el que posiblemente es el momento más convulso en este país en décadas debido a la irresponsabilidad y al fanatismo de una derecha que roza el esperpento y que ha convencido a muchos ciudadanos de que España se va a romper, de que el gobierno es ilegítimo. Este escritorzuelo aprovecha un momento sombrío de nuestra sociedad para vender sus productos de pseudo.-literatura. Ni más ni menos. Y eso tiene un nombre, pero no soy yo el que lo va a decir.

En su roma, infantil concepción de la literatura, que ha calado entre muchos otros novelistas, esto de escribir es una excusa para situarse en el mapa ideológico, para aprender mucho de conflictos pasados y para firmar muchos libros. Con los «periodistas» bailándole el agua en cada entrevista, que más que entrevistas parecen masajes en un Spa, reincide una y otra vez en la concepción de la importante misión de escribir como la de un instrumento para estar siempre en el candelero y para que hablen de él en las redes sociales como un referente intelectual. Pero ya muchos empiezan a verle el plumero, y no sólo en lo ideológico. Cada vez está más claro (algunos lo sabemos casi desde el principio) que su prosa está a la altura de la de ‘Tintín’ o la de ‘El capitán Trueno’, y que el tiempo le pondrá en su debido lugar: el de un fatuo que convenció a todos que era un gran novelista cuando lo que vendía no era más que aire.

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CRÍTICA, LITERATURA

‘Sidi’, de Arturo Pérez-Reverte

Será que a mí me va la marcha, o será que soy un crítico científico, empírico. El caso es que me he leído la última novela de este señor por dos razones. La primera es que no he encontrado ni una sola crítica literaria sobre ella, en ninguna parte. La segunda es que me he pasado tres veces por grandes superficies en las que se venden esos extraños objetos llamados libros, y en las tres ocasiones, aunque he pasado por allí de refilón, buscando otras cosas, he visto a más de un señor (nunca señora…) entrar en el establecimiento, coger este libro, pagarlo y marcharse. Y dado que sigue siendo, varias semanas después de su aparición, el libro más vendido en España según El Corte Inglés (que como todo el mundo sabe están por la preservación de la literatura), pues yo quiero averiguar qué está pasando aquí. Qué puede suceder para que otro libro de este hombre arrase de semejante manera.

Así que se lo he pedido a una amiga, y me lo he leído en cuatro días. Algo que por otra parte no reviste ningún mérito, dado lo que cuenta y la forma en que lo cuenta. Y lo de la crítica literaria lo digo muy en serio. No han publicado ni una sola, y que no me salga el lector con esta, porque esto no es una crítica literaria. Es otra cosa. No voy a decir yo lo que es, porque estas páginas mías me las tomo muy serio.

Y me he enfrentado a la lectura de esta novela con toda la equidistancia y profesionalidad que he podido reunir, teniendo en cuenta que ya me he leído unas cuantas novelas de este escritor, y que por tanto conozco el paño, y sé a lo que atenerme. Y si no conseguía (que no he conseguido) averiguar la respuesta al misterio de por qué la gente necesita de sus novelas para vivir mejor, y son capaces de desembolsar alegremente 22€, quizá me lo pasara más o menos bien, como en sus novelitas más defendibles, esas de mucha guerra, muchos tacos y mucha desvergüenza. Pero tampoco ha sido el caso. Como dice Ruy Díaz en este novela: «no estaba de Dios».

El vacío en la página

Un crítico ha de ponerse, siempre que pueda, en la piel del artista cuya obra va a comentar, intentando encontrar la voz que le inspiró y las razones que le incitaron a escribir esa novela, y no otra, y los motivos por los que la escribió de esa manera, y no de otra. Con algunos grandes artistas esto resulta muy difícil. Con Pérez-Reverte… pues no. Voy a tirar de presunción: inmersos como estamos en el V centenario de la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, es muy probable que nuestro novelista/historiador valorara la posibilidad de escribir un tocho al respecto, en una jugada parecida a la de ‘Un día de cólera’ (en el segundo centenario de los acontecimientos del Dos de Mayo) o a la de ‘Cabo Trafalgar’ (también en otro segundo centenario…el de la Batalla de Trafalgar). Pero quizá le echó para atrás que como era hasta previsible, nuestro apasionante mercado editorial abarrotaría las mesas de novedades con libros al respecto.

De modo que volvió grupas y se dijo: ¿qué historia puede ser más «revertiana», y con cual puedo de alguna manera ser lo más polémico posible y cerrar la boca a tanto imbécil que me tiene por facha y supremacista? Y no tuvo que pensarlo mucho, porque la figura de Rodrigo Díaz de Vivar se ajustaba como un guante a ese requerimiento. Y aquí la tenemos. Y no crea el lector que exagero un pelo, porque el mismo autor ha dicho de El Cid que es un personaje muy revertiano. Jamás escuchamos a Hitchcock decir que determinado material era muy hitchcockiano, ni a Ford que algo era muy fordiano, pero él se lo puede permitir. En realidad es lo único que se puede permitir, porque su novela (si novela se le puede llamar) está presidida por una aplastante mediocridad que en numerosas ocasiones roza el ridículo más absoluto. Y creo, sinceramente, que además de porque no quiere hacer otra cosa, es que el hombre no puede.

La novela comienza «in media res», esto es, con una acción (la persecución del grupo del Cid a una partida de bandidos) enmarcada en unos hechos muy avanzados (el destierro del protagonista), lo cual es una decisión, como poco, sorprendente. Con esta forma de empezar, Pérez-Reverte se ahorra, supuestamente, explicaciones iniciales y una introducción al marco histórico y a los antecedentes que seguramente harían la novela mucho más extensa de lo que es (apenas 360 páginas con el tamaño de letra para niños de doce años de Alfaguara), y así puede, de nuevo supuestamente, ir al meollo de la acción y no andarse con explicaciones ni zarandajas. Pero no. Resulta que no.

Porque Pérez-Reverte es fiel a sí mismo, y todas sus novelas son iguales. Contarán cosas distintas, pero están estructuradas de la misma manera. A saber: el personaje central hace cuatro o cinco cosas (X), generalmente triviales, tales como lavarse, acomodarse en su catre o beber un trago, y a continuación se pone a pensar en su pasado o en las causas (Y) de su situación actual y Reverte narrador se pone a explicarnos en qué piensa. Y así, lo que nos habíamos ahorrado de introducción, nos lo mete a calzador en mitad de una en teoría tensa y terrible persecución, y de cada cinco páginas media es de alguien haciendo algo trivial, y cuatro páginas y media son de relatar sucesos pasados. Así queda la estructura: XYYYY, XYYYY, XYYYY…. una y otra vez. Sin parar. De esta manera rompe una y otra vez el tono y el ritmo de una historia que avanza a trompicones, y la tensión del relato se desvanece.

Resulta que el grupo de El Cid, que se ha unido a su exilio, finalmente da con la partida de bandidos moros que está arrasando un pueblo tras otro y provocando una carnicería. Pero lo hace en la página 110, y cuando lo hace, Reverte se ventila el suceso en dos páginas, y con recursos literarios tales como «Entonces Ruy Díaz lo alcanzó en el cuello. Clang, chas, hizo.» Para seguir con «Sonó duro, metálico –primero vibró la hoja de la espada– y blando al fin, al penetrar entre los anillos de hierro. El golpe había dado en la carne«. Recuerdo cuando una profesora mía me dijo, cuando yo era un crío, que para contar bien una historia hay que prescindir de expresiones tales como «entonces». Cuánta razón tenía. Pero más allá de eso, esta narración de novelucha de kiosko, de cómic de los años cincuenta, ¿es lo que necesita el lector medio, al que seguro le cuesta mucho ganar veintidós putos euros, para sentirse mejor? No me lo explico. Pérez-Reverte, además, toma a ese lector por subnormal una y otra vez: ya nos habíamos dado cuenta, sin que él tuviera que decirlo, que el golpe había dado en la carne.

Ciento diez páginas, para contar esto, de la forma en que está contado, que no es contar nada, me parece increíblemente desafortunado, a falta de una palabra mejor. Un tercio, nada menos, de la novela, en una persecución que no se nos narra, para desembocar en un combate que se nos escatima. Pérez-Reverte no es novelista, es rellenador de libros. Creo que llega a explicarse cinco veces, en esas ciento diez páginas iniciales, las razones del destierro de El Cid (unas razones muy interpretadas por Pérez-Reverte, pues los libros de historia no dicen eso exactamente….), y son explicadas de manera diferente, pero ya nos habíamos enterado la primera vez de su versión del exilio. Es el estilo revertiano. Si el protagonista se presta a hablar con unos soldados, comentará lo que opina de los soldados en general y de la vida soldadesca… y lo hará, de manera más o menos parecida, CADA VEZ que se le acerque un soldado, o casi. Reverte es el maestro de la reiteración.

Pero el resto de la novela no es mucho más apasionante. Sin señor que le ofrezca su protección, y al que poder ofrecer sus servicios, El Cid acude, como es bien sabido, al rey de Zaragoza, musulmán, por supuesto, y a su servicio emprende una serie de escaramuzas en Monzón y Tamarite, para finalmente vencer a Mundir, gobernador de Lérida y hermano del rey de Zaragoza, y a Berenguer Ramón II, conde de Barcelona. Y ya está, ahí acaba la novela. Y con este esquema argumental, Pérez-Reverte pretende, que ya es pretender, capturar la mítica del personaje medieval más famoso de la historia de España, hacer un dibujo moderno y profundo del personaje, apropiado para las nuevas generaciones, que necesitan de él para aprender historia, zambullirse en un entorno histórico y construir un relato bélico. Y fracasa estrepitosamente.

Pérez-Reverte, en su épica de héroes españoles (El Cid habla y actúa exactamente igual que su Alatriste), de su imaginería, muy personal y discutible, de la historia de España, está muy alejado de una figura de la grandeza y la oscuridad de Rodrigo Díaz de Vivar, un guerrero y mercenario muy complejo que él abarata y al que es incapaz de dotar de verdad, de hondura. En primer lugar porque Pérez-Reverte, en su temperamento, es un tipo muy cínico y descreído, lo que no favorece ese acercamiento. Y en segundo lugar porque es un escritor de una frivolidad insoslayable. Si el lector de verdad quiere saber lo que es una persecución y una carnicería, que se lea ‘Meridiano de sangre’, la extraordinaria obra maestra de Cormac McCarthy. Eso es narrar. Lo de Pérez-Reverte es una jugada comercial apadrinada por Alfaguara, encantada con sus frivolidades maquilladas de grandes historias épicas.

Veleidades

Le hicieron hace poco una entrevista al aludido. No tenía que ver con esta nueva novela, sino con la situación política española, y le preguntaron por su trabajo en la RAE. Ni corto ni perezoso, el amigo Pérez-Reverte dijo que es como su casa, y que además aprovecha su biblioteca para escribir sus novelas. ¿Para qué creían que estaba ahí? Me lo imagino buscando textos sobre El Cid y sobre la época. No sé para qué, porque nada de eso se traduce en su novela. Por poner varios centenares de expresiones que nadie conoce, no se hace una mejor novela. Los malos novelistas se escudan en una documentación exhaustiva, en pedantería, en una supuesta superioridad cultural, para que nadie pueda tocarles. Pues se les puede tocar. Lo siento por ellos.

Una de las pocas cosas que tiene más o menos decentes ‘Sidi’, este relato de frontera, son sus diálogos, porque Pérez-Reverte tiene cierta habilidad para ellos. Pero los arruina porque todos los personajes hablan igual (entre sí, en esta novela, Y EN EL RESTO DE SUS NOVELAS), y porque las atribuciones de los diálogos son nefastas, dignas de un adolescente que empezara a escribir sus primeros textos. Así mismo, narra, o intenta narrar, aunque más bien relata, todo de la misma manera. He perdido la cuenta de las veces que alguien «concluye» (por «se da cuenta», «se percata»), y ha llegado a hastiarme la necesidad de este hombre de demostrar cuanto sabe de historia y de aspectos técnicos que no poseen la menor relevancia, salvo si eres un recalcitrante recolector de pedanterías o si eres un lector de escasa personalidad que quiere sentirse un poco más listo leyendo una novela.

Y él quiere sentirse un poco más querido, contando la historia de cómo El Cid trabaja con los moros, y lo hace bien, y hasta se hace amigo de ellos. Quiere demostrar al mundo que no es el racista y el facha que algunos creen. Que a él los moros no le caen tan mal, en un chabacano ejercicio de reseteo moral que nadie se puede tragar. Es como el que dice que no es homófobo porque algunos de sus amigos son gays, o el que no es machista porque está casado y tiene tres hijas. Pérez-Reverte, mal que le pese, es en sí mismo la cristalización de los más grandes defectos e hipocresías del español medio.

Es duro decirlo, y quizá me caiga una buena lluvia de improperios (y quizá hasta de hostias) por decirlo, pero no puedo contenerme: el que crea que las novelas de Pérez-Reverte son literatura, es que no tiene la menor sensibilidad literaria, ni el menor bagaje cultural. Él cuenta con ello. Lo sabe perfectamente y lo utiliza. Es como el listillo de la clase, que sabe salirse con la suya, porque conoce un poco mejor las reglas del juego, y da gato por liebre a profesores (críticos), y compañeros rezagados (lectores corrientes), y la jugada le ha salido bien, a juzgar por los resultados comerciales. La gente le lee, en realidad, porque él cae bien. En un país tan inculto como este, que Reverte, con sus chulerías, sus machistadas maquilladas de chascarrillos, su indescriptible soberbia, caiga bien y venda mucho, es totalmente lógico.

He leído en muchos foros, y hasta he escuchado a gente, que los libros de Pérez-Reverte son muy fáciles de leer. Por eso le leen. Pero los libros fáciles, que no exigen nada a sus lectores, rara vez son valiosos o importantes. ‘Sidi’ es una pésima novela, una más del extenso catálogo revertiano, que últimamente se renueva cada año (no me extraña, porque una novela como esta se escribe en pocas semanas) que va a hacerle a él un poco más millonario de lo que ya es, y a los pobres incautos que le lean un poco más ignorantes todavía. Es una transacción justa, asimétrica pero justa.

Y hasta aquí la única crítica literaria, por lo menos honesta, que van a encontrar por ahí sobre ‘Sidi’, del maestro Pérez-Reverte. Si los críticos literarios a sueldo de los medios de comunicación hicieran su trabajo (o les dejaran hacerlo), los desconocidos como yo no perderíamos nuestro tiempo leyendo y dejando por escrito en nuestras desconocidas páginas nuestras ideas sobre novelas tan pobres como esta.

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CRÍTICA, ENSAYO, LITERATURA

Don Arturo Pérez-Reverte y el desaforado narcisismo

En el improbable (aunque no imposible) caso (a fin de cuentas en Zenda Libros trabaja un antiguo compañero mío de andanzas literarias, un tipo realmente grande, en todos los sentidos…) de que Pérez-Reverte acceda a estas páginas mías, sé perfectamente, aunque no le conozco en persona (ni falta que hace, pues él se da a conocer a fondo por tierra, mar y aire), que lo primero que pensará o dirá es que ya está aquí otro envidioso, otro que va a atacarle porque le gustaría triunfar como él, otro «tonto del culo» con argumentos de «chichinabo», o alguna expresión castiza parecida de las que tanto gusta. En fin, lo cierto es que no escribo esto para él.

Lo escribo para hacer esa cosa que ya nadie sabe muy bien lo que es, ni dónde se encuentra, ni quién la practica ni por supuesto quién la lee, que se llama «crítica literaria». Y ya que las últimas (y únicas, si alguien encuentra otras he vuelto a habilitar los comentarios, allá abajo) críticas verdaderas que le hicieron a este señor fueron por parte del gran M. García Viñó, quien por cierto murió hace seis años, me parece que ya va siendo hora de ponernos al día, y así aprovecho y configuro la cabecera con el cuadro de las lanzas de Velázquez, titulado ‘La rendición de Breda’ (queda demasiado excelso para la nada excelsa pluma de P-R, pero poco importa). Llevo tiempo queriendo ponerlo, para tener algo de variedad, pero ‘La balsa de la Medusa’, de Gericault, es demasiado hermoso…

Hablaba yo el otro día de la generación de «Escritores Twitter», la mayoría periodistas venidos a más, con motivo de mis apreciaciones sobre el deleznable trabajo literario de Juan Gómez-Jurado. Pero para «Escritor Twitter», Pérez-Reverte, que es sin duda el máximo exponente. Lleva ya mucho tiempo convertido en el escritor más poderoso e influyente de este país. Y, al contrario de lo que me sucedía con Gómez-Jurado, me he leído enteras algunas novelas suyas. Concretamente ‘El capitán Alatriste’, y también de la saga ‘Limpieza de sangre’, ‘El sol de Breda’, ‘El oro del rey’ y ‘El caballero del jubón amarillo’, así como ‘La carta esférica’, ‘El club Dumas’, ‘Cabo Trafalgar’, ‘El húsar’, ‘La sombra del Águila’ y finalmente ‘Falcó’. Son unas cuantas, aunque ha escrito bastante más. De otros títulos sólo me he leído algunas partes. Fuera de su ficción, he leído no pocas columnas suyas de las que escribe para XL Semanal.

Así que mi historia con este señor es bien larga.

Vitam regit fortuna, non sapientia

He buscado esta expresión latina por internet, no me importa admitirlo. Pero viene muy al caso. Este texto que estoy empezando va a ser, simplemente, una crítica literaria a la labor de Arturo Pérez-Reverte. Por desgracia la única que existe desde que se murió García-Viñó. Pero no va a ser como algunos artículos que me he encontrado en la red, ni siquiera como algunas críticas de García-Viñó. No voy a vertir insultos, ni voy a intentar demostrar que es un machista, o un reaccionario, o un clasista, o un chulo. Todo eso ya lo demuestra él en sus ficciones, en su columna y en su cuenta de Twitter. Y no solo lo demuestra, lo exhibe como una bandera de veinte metros cuadrados. También en sus apariciones públicas. No es mi objetivo hablar de su vida privada, ni de los rumores de que cuando salía por la tele, cubriendo alguna guerra, tenía amañados unos cuantos disparos para que la cosa pareciera peor de lo que era. Tampoco voy a comentar oscuros episodios familiares, ni de su condena por plagio. Si hiciera algo de eso no sería crítica literaria.

Si hiciera algo de eso estaría haciendo lo que todo el mundo: cayendo en la trampa. Lo mejor es empezar por relatar, de la mejor forma que sepa, mi propia experiencia.

Al contrario de lo que pueda parecer, incluso a los que alguna vez me han conocido en persona, casi nunca he sido alguien seguro de mí mismo. No lo he sido durante gran parte de mis treinta, y seguro que no lo he sido en ningún momento de mis veinte. Y esta inseguridad se reflejaba en mis gustos estéticos, que eran muy intensos en uno u otro sentido, pero de los que no estaba seguro y que en cierta medida me avergonzaban. En otras palabras: no solamente era fácilmente manipulable, sino que sobre todo era rápidamente aplastado y ninguneado. Debido a ello me he esforzado toda mi vida por tener un criterio, por saber lo de que hablo, y quizá también por ello algunas reacciones mías a ideas que detesto o a actitudes que rechazo pueden haber sido desproporcionadas.

La primera novela que leí de Pérez-Reverte, que fue ‘El club Dumas’, la leí con unos veinte años, si no recuerdo mal. Me gustó mucho. Yo en aquella época intentaba averiguar no solamente qué quería hacer con mi vida y qué clase de hombre quería ser, también quería leer los mejores libros… pero no sabía cuáles eran. Lo que sabía seguro es que no eran los que decían los profesores. De modo que cuando empecé con Pérez-Reverte de alguna manera él estaba empezando, pero a hacerse rico y famoso. Hoy, veinte años después, es mucho más famoso, supongo que es mucho más rico, y su influencia en la cultura española es enorme. Si en aquella época no me hubiera gustado ‘El club Dumas’ jamás me habría atrevido a dejarlo por escrito, y debido a mi inseguridad, ni siquiera me habría permitido el pensarlo.

Ahora, a mis cuarenta, no me pasa nada de eso. No me avergüenza decir o dejar por escrito las cosas que pienso, y he aprendido a defenderme argumentando y sin atacar. No hay necesidad. Y tengo mucha experiencia. Ya no me siento intimidado por nadie. Y no creo que ‘El club Dumas’ sea una mala novela. Pero ahora sé que no es literatura. Y siendo en gran parte uno de los mejores trabajos de Reverte, es perfecto para empezar con él. Muchos que le leyeron hace veinte años hoy siguen pensando lo mismo que entonces: que es una gran novela. Porque algunos no aprenden ni evolucionan ni se quieren enterar nunca de nada. Y por eso yo ya no me pienso avergonzar ni sentir más inseguro de mis conocimientos ni de mis ideas.

La gran suerte, la fortuna en latín del subtítulo de hace cinco párrafos, que tiene Pérez-Reverte, es que muchos lectores no evolucionan, no aprenden, no leen, y siguen pensando hoy lo mismo que pensaban hace veinte años. Lectores que han encontrado en él a una especie de macho alfa de las letras ibéricas, y que por leerle a él (sin poseer el menor filtro estético), y a gente como él, han quedado completamente incapacitados para apreciar la literatura. Y es que, aunque siempre hayan existido las ficciones de kiosco (es decir, libros pulp, libros baratos… algunos magníficos, eso sí), el panorama se enrarece cuando a esas ficciones se las sitúa en el mismo lugar y categoría que a la literatura, cuando a sus responsables se les hace académicos de la lengua, cuando venden millones de ejemplares, se les hacen conferencias y mesas redondas, y eclipsan a escritores verdaderos.

Profesores de historia y eruditos

Probablemente uno de los paradigmas de lo que le ha sucedido a la literatura en los últimos cuarenta años es ‘El nombre de la rosa’ (Umberto Eco, 1980). De él viene Ken Follett, y de Follett y otros y otras parecidos vienen los Juan Gómez-Jurado y los Pérez-Reverte de hoy día. Pérez-Reverte, como Eco, podría ser historiador y hasta podría calificársele, en ciertas disciplinas, como un erudito. Pero al contrario que Eco, no es novelista, y el hecho de que ‘El nombre de la rosa’ sea una buena novela, sin ser extraordinaria, es menos relevante que el hecho de que fue un éxito arrollador de ventas. Ese éxito y el de títulos como ‘Los pilares de la tierra’ han asentado el género histórico como el más rentable para las editoriales poderosas, poco dispuestas a arriesgar con innovación y talento. Y esa es la razón de que existan y se hayan mantenido a lo largo de las décadas escritores como Pérez-Reverte.

Una de las características de la escritura de este historiador venido a pseudo-novelista que es Pérez-Reverte consiste en introducir en sus novelas una ingente, desmedida cantidad de tecnicismos y términos históricos. Así, si su libro tiene a la navegación como marco, el lector accede a una narración, si narración se le puede llamar a esa fatua exhibición de conocimientos, en la que en un solo párrafo puede encontrar una docena de expresiones y términos que desconoce por completo. Y si en su historia tiene lugar un duelo entre espadachines, pues lo mismo. Y si un personaje entra a una biblioteca o a un corredor palaciego, lo mismo. Pérez-Reverte ignora, al parecer, que no es su misión como novelista, si realmente quiere serlo, apabullar al lector con sus conocimientos técnicos, sino novelar, es decir, construir una realidad consistente y creíble. Ignora muchas otras cosas por lo visto y no debería ignorarlas, siendo como es académico de la lengua.

No sabe, o no quiere saber, que existe una diferencia crucial entre la erudición y la sabiduría. Y supongo que no está dispuesto a comprender que se puede ser un erudito y, al mismo tiempo, ser un grandísimo ignorante. Pero un novelista verdadero, si algo no se puede permitir, es ser ignorante. Cuando Thomas Mann escribe su monumental, extraordinaria, ‘La montaña mágica’ en 1924, no se muestra como un erudito (aunque lo era), sino como un hombre increíblemente sabio, que es lo que convierte a ese libro en una obra maestra literaria al alcance de unos pocos elegidos. En la sabiduría cabe la humildad, en la erudición (como en su hermana bastarda, la pedantería) no. Y Pérez-Reverte, que necesita de la erudición, de los datos históricos, para dar cierta apariencia de categoría, se documenta con una absurda exhaustividad (dicen que a veces durante años) para escribir sus novelas. Y lo más cómico de todo es que otros (como su delfín J G-J) le imitan y hacen exactamente lo mismo que él.

Un novelista no puede ser un historiador que nos cuente relatos, que es justo lo que hace P-R. En tal caso nos habríamos quedado en la Edad Media. Tenía cierta razón García Viñó al reprocharle que practicara una narrativa anquilosada, pero por otro lado es el propio temperamento tradicionalista de Pérez-Reverte el que le impele a emular a Alejandro Dumas, Walter Scott o Rafael Sabatini. García Viñó tenía aún más razón al afirmar que Pérez-Reverte no novela, sino que relata. Esto es aún más importante, porque las influencias de Pérez-Reverte, por mucho que quiera emular a ciertos ídolos, son más cinematográficas que de otra índole.

Pero es en el estilo de escritura perez-revertiana donde se debe incidir, porque no novela, sino que relata. Un ejemplo de gran lenguaje literario y que novela en lugar de relatar sería el siguiente:

«Y se alejó. La carreta reanuda su lento estrépito, devorador de kilómetros. Tampoco él vuelve la cabeza y al parecer tampoco mira hacia adelante, porque no advierte a la mujer sentada en la cuneta, a la orilla de la carretera, hasta que la carreta casi ha llegado a lo alto de la cuesta. En el momento en que reconoce el vestido azul no podría decir si la mujer ha visto la carreta. Y tampoco habría podido adivinar nadie si él ha visto a la mujer, viéndoles acercarse el uno al otro, sin apariencia de progreso, mientras la carreta se arrastra implacablemente hacia ella, envuelta en su lenta y palpable aureola de somnolencia, de polvo rojo, en el que los firmes cascos de las mulas se mueven como en un sueño, al ritmo desordenado de los crujientes arneses y de los leves sobresaltos de sus orejas de libre. Cuando se detienen, las mulas no están ni dormidas ni despiertas.»

Supongo que tampoco es muy justo meter aquí un texto (siquiera traducido), de un verdadero gran escritor como Faulkner, con su ‘Luz de agosto’, (aunque quizá sí sea justo, dado el poco aprecio que le tiene P-R a este escritor) pero fíjese el lector la clase de este artista, la forma en que novela. No es más que un párrafo, pero en él el tempo interno de los personajes y el externo del mundo se contraponen de manera magistral, con frases como «envuelta en su lenta y palpable aureola de somnolencia», con pequeños detalles que no dependen de documentación, sino de imaginación pura.

Un párrafo habitual de la ficción perez-revertiana podría ser el siguiente:

«Quelennec se apoya en el cabillero y pone toda su atención en la masa gris que la proa de la Incertain hiende. Nada. Ni una silueta, ni un ruido salvo el de la roda que bajo sus pies corta suavemente el agua. La bruma un poco a cuatro cuartas por la amura de babor. También la brisa refresca, y la lona de los foques gualdrapea cada vez menos. Amurada, a estribor la Incertain lleva izados el foque, el perifoque y la enorme cangreja; y en la gavia del único palo el velacho se encuentra aferrado pero listo para soltarlo con rapidez, por si hay que largarse cagando leches. Quelennec se hurga la nariz y levanta la vista a cofa, oscilante sesenta pies sobre su cabeza y apenas visible entre la bruma. No se atreve a gritarle al otro vigía que está arriba, con toda esa niebla alrededor que cualquiera sabe lo que esconde; así que manda por los obenques al guardiamarina Galopín, que tiene catorce años y trepa como un simio. Un momento después Galopín se desliza de nuevo abajo por el estay de la trinqueta, para llegar antes, y comunica que desde arriba se ve menos que por el culo de muerto.»

He escogido este párrafo porque creo que resume bien el estilo y las constantes de Pérez-Reverte. Y no se crea el lector que he elegido un mal trabajo suyo, pues esto pertenece a ‘Cabo Trafalgar’, a la que considero uno de sus trabajos más divertidos. El resto de su producción es bastante parecida en cuanto a construcción formal, pero sin los tacos y sin la ironía de brocha gorda que le caracteriza. Nótese no solamente el nutrido número de tecnicismos y expresiones que ningún lector puede ni debe conocer (cabillero, roda, amura, gualdrapea, foque, perifoque, cangreja, velacho, obenque, estay, trinqueta… nada menos que once en un solo párrafo…), todo ello puesto aquí para demostrar cuanto sabe de mar este periodista metido a escritor metido a marino, sobre todo el hecho de que este señor no novela, sino que relata.

En teoría, toda esta composición debería ser el punto de vista del personaje principal situado en ella, Quelennec. Pero el escritor traiciona y rompe la continuidad de ese punto de vista con enorme torpeza, así como el ritmo y el tempo del momento que está intentando levantar, porque está más preocupado de demostrar sus conocimientos navales que en el lector de su obra. Y esto es una constante en su estilo. Ni Conrad ni Patrick O’Brian apabullaban al lector con conocimientos técnicos, porque su intención no era crear un manual de navegación, sino literatura. Sin embargo, insisto, creo que ‘Cabo Trafalgar’ no está del todo mal, porque en las ficciones cortas se puede defender, hasta cierto punto, el trabajo de Pérez-Reverte.

Autoengaños y el marketing espectacular

Creo que sus relatos largos (nunca novelas cortas) ‘El húsar’, ‘La sombra del águila’ y ‘Cabo Trafalgar’, que formarían una especie de trilogía bélica-histórica con las guerras napoleónicas como marco general, podrían ser los mejores trabajos de Pérez-Reverte. Como lector, son los que más he disfrutado y en los que, a pesar de su absurda querencia por el detallismo más farragoso, de su incapacidad para establecer un tono y un ritmo, de la inexistencia de un equilibrio entre el fondo y la forma, del hecho de que no haya personajes sino caricaturas en el mejor de los casos y clichés en el peor, albergan, eso sí, mucha guasa y mucho cinismo, y la acumulación de chascarrillos, los tacos a mansalva, la desvergonzada prosa aquí desplegada, los hacen muy disfrutables. En otras palabras que me río mucho con ellos y se leen en una tarde.

El resto de su ya extensa producción es demasiado desigual, y cuando no pertenece a ese sub-sub-sub género del best-seller thriller-histórico (‘La tabla de Flandes’, ‘La piel del tambor’, la saga del capitán Alatriste, ‘Un día de cólera’, ‘El asedio’, ‘Hombres buenos’, la saga Falcó… es decir, el grueso de sus libros) trata de ejecutar bandazos con los que quitarse de encima la insoportable y limitante etiqueta del best-seller, y escribe cosas como ‘La carta esférica’, ‘El pintor de batallas’ o ‘El francotirador paciente’, relatos en los que por lo menos intenta ser un escritor más interesante, sin conseguir otra cosa, en la mayoría de esos casos, que un descenso en el número de ventas. Y es que no se puede tener todo.

Manifestaba P-R, cuando le preguntaban si él tenía cosas en común con escritores de best-sellers norteamericanos:

«Creo que no. Eso lo explicó muy bien una crítica francesa, cuando salió ‘El Club Dumas’ en Francia, que decía que mis novelas eran el exponente del thriller cultural europeo, frente al huérfano thriller norteamericano. Creo que es una buena definición. Mi novela hunde sus raíces en una cultura europea muy intensa. No hay confusión posible. Y además, cualquier confusión es insultante. Yo no soy un analfabeto cultural. Soy europeo y el hecho de ser europeo marca una diferencia muy importante. De todas formas, no soy productor de best-seller, escribo las novelas que me gusta escribir.»

No concede muchas entrevistas P-R (y cuando me refiero a entrevistas, quiero decir ese evento consistente en que le hagan preguntas que no le gusten necesariamente), y las pocas veces que lo hace suele responder con baladronadas semejantes, o mucho más a la defensiva aún, incluso como un niño malcriado. Para autoconvencerse (o, por mejor decir, para autoengañarse) de que él es algo más que un simple escritor de best-sellers, se ha refugiado en esa impostada erudición antes referida, en un afán de desmarque que a pocas personas exigentes puede realmente convencer. No le basta con ser el creador de best-sellers español más leído en el mundo entero, él quiere ser un autor respetado. En su mente, estoy convencido, sus libros no están muy lejos de los de Joseph Conrad, los de Herman Melville o los de Anthony Hope o Alejandro Dumas. Hablan de cosas parecidas (se supone), y el espectacular (falaz, pero a la vista está que también muy eficaz) marketing de sus libros bien que lo dice.

Pero si se le echa un vistazo a ‘La carta esférica’, una de sus novelas más defendibles, en la que intenta tomarse un poco más en serio su condición de autor, se percibe que no ha asimilado bien sus (supuestas) influencias, y que no basta con leer a los clásicos para convertirte en uno de sus epígonos. Su prosa, demasiado funcional y hasta pedestre y tosca; su visión del mundo, consistente en un impostado tono sombrío, producto en teoría de sus años como reportero de guerra, que se ha encargado de subrayar durante décadas; la escasa, por no decir nula, riqueza de sus caracteres, poco más que clichés sin vida; lo predecible y hasta maniqueo de sus argumentos, todo ello queda impreso hasta en sus obras más ambiciosas, y sólo puede convencer a personas de entre quince y veinte años (como era yo mismo) con escasas lecturas a sus espaldas.

«Coy buscó a la mujer rubia. En otras circunstancias habría dedicado más atención a la sonrisa de la joven recepcionista, que se acercó bandeja en mano ofreciéndole una copa. La recepcionista lo conocía de otras subastas; y pese a saber que nunca pujaba por nada, era sin duda sensible a sus descoloridos pantalones tejanos y a las zapatillas deportivas blancas que vestía como complemento de la chaqueta de marino azul oscuro, guarnecida por dos filas paralelas de botones que en otro tiempo fueron dorados, con el ancla de la marina mercante, y que ahora sustituían otros de pasta negra, más discretos.»

Este párrafo desmañado, que como siempre rompe el punto de vista del personaje protagonista al que en teoría seguimos, en que una vez más las disgresiones arbitrarias son la norma y acaban convirtiéndose en el centro de atención de la estructura, es el estilo de Pérez-Reverte. Esto no es novelar. Y esto tampoco:

«Seguía sin ver a la mujer, que continuaba detrás de él, aunque intuyó su mirada. Al menos, se dijo, espero que no salga corriendo y tenga tiempo de decir gracias, si es que no me rompen la cara. Incluso aunque me la rompan. Por su parte, el de la coleta se había vuelto hacia su izquierda, mirando el escaparate de una tienda de modas como si esperase que alguien saliera de allí con una explicación en una bolsa de Armani. A la luz del farol y del escaparate, Coy comprobó que tenía los ojos pardos; aquello lo sorprendió un poco, pues los recordaba verdosos de antes, en la subasta. Luego el hombre volvió el rostro en dirección contraria, hacia la calzada, y pudo comprobar que tenía un ojo de cada color, pardo el derecho, verde el izquierdo: babor y estribor.»

Cuando Pérez-Reverte abandona de forma consciente sus chascarrillos y sus bravuconadas plagadas de tacos, su prosa se vuelve farragosa y aburrida. Sorprende que un tipo tan preparado como Alberto Olmos diga que ‘Falcó’ le ha gustado mucho, después de repetir que a él lo que le interesa es la novela literaria, cuando ‘Falcó’ es el culmen de esta forma de escribir, sin la menor gracia, petulante, tediosa. Sin tempo, sin musicalidad y sin el menor interés narrativo.

Bajemos el listón

Está claro que Pérez-Reverte se cree grande, o quiere serlo, y no ve en ello la necesidad de emplear un lenguaje literario, ni de novelar de forma estricta, ni de provocar en el lector un placer estético. Es posible que además de no querer, no tenga la capacidad de hacerlo. Por eso quizá deberíamos bajar el listón y hablar de otras características narrativas. Es decir: olvídemonos del punto de vista, el extrañamiento, el equilibrio formal, el tempo, la musicalidad (por cierto, notable que todos estos pésimos novelistas no tienen el menor sentido musical, rasgo que es consustancial a los grandes escritores…), el perspectivismo, el monólogo interior y todas esas zarandajas y vayamos más a ras de suelo. A la efectividad más prosaica.

El problema es que ahí tampoco Pérez-Reverte da la talla. Si tratamos de buscar en sus novelas valores tales como el suspense, el sentido de la aventura, la emoción…. incluso romanticismo, o nostalgia, o una búsqueda de lo otoñal y pasajero, o violencia e intensidad, o sentido de la maravilla, o ya para no volvernos locos el clásico viaje del héroe, o el clásico camino de redención, o catarsis, o reencuentro, o una peripecia de búsqueda personal, o un análisis histórico psicológico de un grupo de caracteres, o de una época, o ya para bajar el listón del todo un collage de costumbrismo… no encontramos absolutamente nada de eso, porque no hay absolutamente nada que encontrar, y esa es la razón fundamental de este texto: no sé ni qué buscan ni qué encuentran los lectores de Pérez-Reverte ni los críticos que tanto le adulan.

Sus novelas no son otra cosa que películas contadas, relatadas. Tal cual. No es de extrañar que muchas de ellas se hayan llevado al cine (con catastróficos resultados en la mayoría de los casos, también debo decir). Películas contadas sin gracia ni talento ni perspicacia ni sagacidad. Pérez-Reverte no quiere ser Dumas, ni Hope, ni Conrad. Quiere ser John Ford o John Huston. Quiere escribir, en otro formato, las películas del oeste y de aventuras de su infancia. De ahí su estilo y de ahí sus novelas. Y de ahí por tanto el estilo de las novelas de sus seguidores, como las de Juan Gómez-Jurado.

Esa es una de la razones más poderosas de que tanta gente le lea. Especialmente el grueso de sus lectores, varones de entre cincuenta y ochenta años. Todos esos lectores de escasa exigencia, por no decir ninguna exigencia, que quieren leer una historia viril, cinematográfica, cargada de testosterona, que les haga sentirse un poco más listos porque contienen muchos datos históricos y técnicos que ellos pueden sentir como conocimientos propios, y que se leen de un tirón, con lenguaje de oficinista, que no les haga madurar ni evolucionar como lectores, que les haga sentir orgullosos de sentirse españoles (ese españolismo de patria chica a la que son tan dados los votantes de derecha).

Pérez-Reverte ha entendido muy bien todo eso, y actúa en consecuencia. Tan bien como ha entendido Twitter, y el modo en que gestiona sus consabidas polémicas, insultando a este o a aquel de más allá, en su mesiánica actitud de salvador de literaturas y de patrias, de azote de la injusticia y los listillos, encantado de que le llamen Don Arturo y de poder, con cuatro frases contundentes y sonoras, sentenciar por encima del bien y del mal, como un Trump cualquiera.

Para Pérez-Reverte, Gómez-Jurado, Falcones, Zafón, Posteguillo, esto de la literatura va de vender muchos libros, de firmar muchos ejemplares en las ferias, de ganar mucha pasta y de contar historias más grandes que la vida sobre héroes y heroínas cinematográficas, mientras destrozan el buen gusto y la creatividad de sus ingenuos lectores, que les siguen en las redes por miles o puede que millones, sin tolerar que la crítica pueda siquiera rozarles, y pataleando porque el prestigio y los premios más importantes y la posteridad les cierra sus puertas, y ninguneando a los pocos que se atreven a ponerles peros a sus trabajos. Al menos aquí va una de las pocas críticas literarias serias, honestas, que se ha escrito sobre este supuesto autor.

Y la he escrito por una razón más visceral que intelectual: odio a los abusones. Los he odiado desde pequeño, a esos que hacen lo que quieren, por su fuerza bruta o por su falta de escrúpulos, sin que nadie pueda oponérseles. Eso son estos escritores, que copan las portadas, las librerías y la atención mediática, en detrimento de escritores de verdad, mucho más valiosos, valientes y sabios que ellos. No aman la literatura, se aman a ellos mismos, y en el caso de Pérez-Reverte es un éxtasis absoluto de haberse conocido y de escucharse sus proclamas y sus bravatas. Es el ejercicio de narcisismo desaforado más pasmoso de nuestro tiempo.

Supongo que cada uno elige a sus héroes, y que se es muy libre de elegir a quien se quiera. Hay mucha gente que ha elegido a Juan Gómez-Jurado y a Arturo Pérez-Reverte como sus héroes literarios. Mis condolencias para todos ellos.

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