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La cruda realidad (y III), sobre eso de perder el tiempo escribiendo

Alguien que conocí recientemente, y con quien pasé varias tardes hablando de cuestiones que nada tienen que ver, me preguntó si yo escribía. Fue la primera vez que una persona cuasi desconocida se daba cuenta de en qué empleo el tiempo, cuando no estoy ganándome la vida para pagar mis facturas, sin ninguna pista que lo indicase. Le dije que sí, claro, y me preguntó si quería ganarme la vida con ello y de nuevo contesté que sí, y luego dijo algo que yo ya me esperaba: seguro que es algo que te apasiona, que es algo que amas, etc, etc…

Y no, la verdad que no. Los términos pasión o amor no creo que puedan aplicarse a una actividad como esta. Dejaba por escrito en cierta ocasión Isaac Belmar (del que recomiendo encarecidamente su magnífica página, Hoja en Blanco) que eso de escribir tiene que ver con reclamar una parcela de libertad individual, íntima, que de otra manera no podríamos obtener… que tiene que ver, además, con regresar a la infancia, a esa época de tu vida en la que el universo entero era tuyo. Por ahí van los tiros, pero yo añadiría algunas cosas más.

En mi caso tiene que ver también con la niebla, y con la oscuridad. Me explico.

Cada vez que en Madrid amanecemos con uno de esos días espesos de niebla, en los que la parte superior de los edificios más altos casi desaparece tragada por ella, yo empiezo a imaginar, mientras camino por la calle, historias, escenarios y personajes. Y me ha pasado siempre. Son historias, generalmente, de terror o de suspense, ¿cómo podían ser de otro tipo, mientras observo a la niebla tragarse una ciudad entera y retrotraerme a Jack, el destripador, o a Sherlock Holmes, o a Drácula. Estoy regresando, por obra de un fenómeno atmosférico, a mi infancia, a las lecturas primigenias. Y a esas lecturas les estoy añadiendo mi experiencia posterior, las estoy vistiendo con la música que escucho en los auriculares, las estoy reescribiendo con mi personalidad actual. Y cuando eso me sucede, lo que más me gustaría sería volver a casa, plantarme de nuevo delante de este ordenador en el que ahora estoy tecleando, y escribir una de esas historias.

Y no quiero hacerlo, en realidad, para ganar dinero o para ganar fama, o para ser famoso, o para que me adoren (aunque lo primero no estaría nada mal…), sino porque quiero ser parte de eso que tanto me gusta, que tanto me obsesiona. Y no lo hago por amor, o por pasión, sino por necesidad. Decía Stephen King que los escritores lo serían, o lo intentarían ser, intentarían crear su arte, aunque ese arte fuese malo, aunque estuviera prohibido, aunque se jugaran la vida por ello, aunque fueran despreciados o perseguidos por ello. Y es verdad. No tienen nada que ver con amor o con pasión, sino con una necesidad. Es algo parecido a una droga. O es directamente una droga. Otros eligen otras (el alcohol, el tabaco, la coca, la televisión, los dulces, el sexo o el juego). Nosotros elegimos esta.

Y con la oscuridad me pasa lo mismo que con la niebla. Cada vez que veo un punto de luz en la oscuridad, proveniente de una llama, o de una lámpara, o de un faro, que rompe la tela de la oscuridad, mi mente se va por otros derroteros, y no puedo evitar ponerme introspectivo. Pienso en la muerte, en dios, en el diablo, en la humanidad, en el planeta Tierra flotando alrededor del Sol y acompañándole a través de la galaxia y del universo. No lo puedo evitar. Me pongo a reflexionar y me gustaría tener papel y boli, o un teclado y una pantalla, para sacar todo eso. Y no sé por qué, pero es así. Y cuando por fin lo saco (a veces peor y a veces mejor), no es que sienta un alivio, sino que puedo reconocer mis ideas y mis sentimientos con mayor claridad. Mi droga me ha servido para entenderme un poco más.

Porque… ¿qué es un escritor? Algunos dirán que simplemente una persona que escribe. Otros que es exclusivamente aquella persona que es publicada y tiene varios libros editados. Pero a veces olvidamos que un escritor, un narrador, escribe o narra, además de por algo, para algo… Y yo creo, cada vez más firmemente, que los verdaderos escritores son los que nunca han sido publicados, o los que son practicamente desconocidos, pero siguen escribiendo. Escribir para que un editor te publique y te pague, y para que la gente diga lo bueno que eres y te de palmaditas en la espalda, no es lo mismo que escribir para ser libre, para hablar de la oscuridad de tu interior y de la niebla del exterior, sin esperanza de que jamás nadie se fije en ti, sin esperanza de que por fin te publiquen en un sello, aunque sea pequeñito y humilde.

Por eso, cada vez que leo a uno de esos bestsellerados decir que cualquier día lo dejan, que hay épocas en las que no les apetece escribir, que el público es el juez soberano (lo que en otras palabras quiere decir que escribe para ellos, para que le compren sus libros) sé que no estoy ante un verdadero escritor. Los escritores de verdad, en mi opinión, son los que se levantan todos los días a las siete de la mañana a escribir lo mejor que pueden, sin la menor esperanza de recompensa, y luego se van a su trabajo mediocre. Los que no quieren escribir para tener un estilo de vida, sino los que quieren una vida que les permita escribir. Los que no son felices en saraos, y conferencias y firma de libros y mesas redondas, sino los que serían felices si se pudieran pasar más horas al día escribiendo y leyendo.

Y no hablo de felicidad como la de los cuentos de hadas. Sino con la felicidad de estar vivo, de saber que tu vida tiene un sentido, por muy oscuro y nebuloso que sea.

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La cruda realidad (II), sobre lo que se escribe, se filma y se publica

Claro, una cosa es hablar de lo que se lee o se ve en la tele y en el cine, de lo que nos llega, y valorarlo, y reflexionar qué es válido y qué no, qué es pésimo y qué es magnífico o formidable. Pero otra cosa muy distinta es hablar, o en mi caso escribir, sobre cómo y por qué se escribe, sobre en qué condiciones y con qué intenciones se filma, y con qué motivos y qué objetivos se publica. Y es lo que me propongo hacer, centrándome en todo lo posible en el estado de las cosas en España, que para eso vivo aquí y lo sufro aquí.

Empezando por un hecho obvio que creo que muy poca gente se para a pensar, pero que es una verdad como un piano de grande. Vamos a ver, si a un novelista o aspirante a novelista se le diese a elegir entre estas dos posibilidades:

  1. Escribir una novela importante, estéticamente revolucionaria, que de momento no vendiera ni quinientos ejemplares, o sea que no te sacara de pobre, pero que quizá en el futuro fuera una obra de referencia mundial.
  2. Escribir una novela mediocre e inane, pero que vendiera cuatro millones de ejemplares, y que dentro de diez años estuviera olvidada por todos.

¿Qué creen que elegiría el 95% de los encuestados? De hecho, ¿qué creen que están eligiendo? Y cuando digo novelista o aspirante a novelista lo digo con conocimiento de causa. Pero, y esto es muy importante dejarlo claro, una vez que te vendes, te has vendido para siempre. No me cabe duda de que bastantes de esos (cientos o miles) de escritores que tienen una novela que vende dos o veinte millones de ejemplares tienen verdadero talento literario, pero qué casualidad que nunca escriben nada de importancia, sino que continúan tratando de acumular más éxitos. No hay marcha atrás una vez que para las editoriales te has convertido en un mercenario.

Ahora bien, en cuanto a las editoriales, las grandes españolas, la situación es la siguiente: el que crea que publican por un criterio de calidad se equivoca absolutamente. Las editoriales no van a publicarte porque lean tu novela, o noveleta, o libro de cuentos, y se den cuenta de lo maravillosamente bien que escribes, o por lo preciosa, emocionante y redonda que te ha quedado tu novela. Y a ese escritor de éxito no le miman y le besan el culo porque consideren que es un artista formidable. Nada de eso. Las editoriales, las grandes, publican exclusivamente aquello que consideran que tiene alguna salida comercial, y créanme, aciertan una de cada diez veces. Pero ese es su criterio, y no adoptan ningún otro. Por supuesto que hay editoriales más pequeñas, más valientes, que se interesan por la literatura, que publican autores noveles con propuestas nuevas, que defienden otra forma de hacer las cosas. Pero no son la norma.

Y ahora, en un ejercicio de alquimia, juntemos en una realidad (que es la nuestra, la cruda) a editoriales que publican exclusivamente aquello a lo que le ven salida comercial, y no otra cosa, con escritores que no tienen el menor interés de escribir algo valioso, sino únicamente algo que venda mucho, y tenemos una radiografía exacta de la situación actual de la literatura en nuestro país. Y no, no voy a hablar de los premios literarios. ¿Para qué?

Y en cuanto al cine, eso es otro tema, aunque tiene flecos parecidos a la literatura. Pero es obligado decir que cuando tantos nos quejamos del grueso de películas españolas, que suelen ser, con bastante regularidad anual, comedias bobas, no queremos entender que los que las financian están convencidos de que es eso precisamente lo que le gusta al público español. Esa es la razón de que las hagan, y no otra. No hay una confabulación, ni un deseo de reírse de la gente. Y con esas comedias bobas, generalmente, cubren sus cupos, pagan las facturas, y la maquinaria sigue funcionando, a trancas y barrancas, pero funcionando. Y cuando no son comedias bobas, son thrillers bastante casposos y poco creíbles, o dramas más anquilosados que una pieza de Jacinto Benavente. Y esto se puede extrapolar al mundo televisivo español.

Ahora bien, a esta realidad hay que añadir otra: los pocos afortunados que escriben y/o filman películas, en muchos casos (no en todos, afortunadamente), adolecen de una deprimente falta de ambición. Se contentan con que por fin han conseguido la tan anhelada financiación, de que han vendido los derechos a las televisiones (con los criterios antes aludidos), y que han obtenido luz verde para filmar una película que no va a ser en ningún caso una gran película, pero que sí, que es una película, diablos, y podemos darnos con un canto en los dientes. A ver cómo funciona luego en taquilla, a ver si se estrena, también…. porque España es un país en el a que los guionistas no se les paga si la película no se hace finalmente, y es un país en el que muchas películas filmadas ni siquiera se estrenan.

Y finalmente quedan los depositarios, los espectadores, los lectores, en medio de todo esto. Hablemos un poco de ellos. En un país en el que se lee tan poco como el nuestro (según algunas encuestas, casi de la mitad de la población no coge jamás un libro, y de los que leen, un alto porcentaje lee 5 o 6 libros al año, lo que me van a perdonar, pero a mí me parece lo mismo que no leer nada) cuando un libro tiene un éxito masivo significa, por definición, que lo compra gente que no lee nunca. Es decir, que esos lectores-no lectores que convierten a un libro en un best-seller en este país son para los que escriben gente como P-Reverte o G-Jurado. Lectores a los que la literatura les interesa concretamente un carajo.

Y no es ningún secreto que un alto porcentaje de espectadores españoles abomina del cine español, aunque de vez en cuando se deja caer por sus comedias, y no tiene el menor interés en ver películas españolas realizadas por cineastas de talento, ambición y riesgo (y creánme que los hay, y no pocos). Quejarse se quejan mucho, de que el cine español no es tan bueno como el norteamericano, pero no ven ninguna película española, salvo las que ve todo el mundo.

Así las cosas, el término crudo se queda pequeño.

Pero yo sigo creyendo que las cosas pueden cambiar. Que hay gente que sabe lo que lee y por qué lo lee, y que tiene interés por un cine español de calidad. Y sigo creyendo que las editoriales pequeñas tienen un valor incalculable, y que hay que seguir luchando por revertir la dantesca situación cultural actual.

No creo haber dicho ni una sola cosa falsa o exagerada. Todo lo que escrito aquí es un hecho incontestable. Y ya mañana o pasado volveré a escribir sobre aquel libro o aquella película.

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La cruda realidad (I), sobre el desarrollo de las artes

Hace unos cuantos años, con todo eso de la Ley Sinde, se formó un bonito revuelo mediático, y una un tanto artificial polémica, porque muchos, con razón o sin ella, eso es lo de menos, se llevaron las manos a la cabeza, se rasgaron las vestiduras, y clamaron a los cuatro vientos que se estaban cortando las libertades de todos aquellos que se pasaban las veinticuatro horas del día pegados a un ordenador, descargándose toda clase de contenidos. En definitiva, se hablo mucho, y generalmente mal informados, sobre la Ley de Propiedad Intelectual. Recuerdo cierto debate en la tele con Enrique Urbizu. Y recuerdo cierto artículo, increíblemente tendencioso, manipulador, derrotista y victimista, escrito por el dueño de la franquicia de blogs para la que yo, casualmente, trabajaba, y en la que decía, poco más o menos, que con esa terrible tiranía lo mejor es que se acabara la cultura.

Lo cierto es que siempre hay excusas para hablar de cualquier cosa, menos de la cultura y de las artes, y para enmascarar los propios intereses comerciales, y las propias lagunas, estableciendo debates estériles que no llevan a ninguna parte. La cruda realidad es que a nadie le interesa (ni tiene por qué interesarle) la cultura, ni su desarrollo ni su evolución ni sus formas ni sus necesidades ni su existencia o desaparición. Para el grueso del público, la cultura es un producto de consumo, con el que llenar las horas de ocio. Punto final. Para otros, como yo, las artes y las formas narrativas son lo que dan sentido a su existencia, y no por un mero sentimiento buenista de pasión o amor. Más bien tiene que ver con una droga, una adicción, una necesidad interna, un sensualismo mal disimulado. Pero sea como fuere, nos preguntamos por el desarrollo de las artes, de cualquiera de ellas, y es fácil establecer, una vez más, la cruda realidad.

Y es interesante observar que las épocas de mayor esplendor de un arte determinado, ya sea arquitectura, escultura, pintura, música, literatura, cine o cualquier otro, no llega por casualidad, ni porque de repente se alineen los planetas, ni porque broten del suelo, como chinches, unos cuantos genios que lo van a cambiar todo. En realidad, las artes, y las formas narrativas, encuentran sus momentos de mayor plenitud por razones muy concretas, tanto sociales, como económicas, como incluso políticas o tecnológicas, y el que no lo vea así, es que no lo quiere ver. Actualmente, la oferta de contenidos narrativos (libros, comics, películas, series) es inmensa, abrumadora (y esto tiene su lado positivo pero también su lado negativo), pero no siempre ha sido así. La cultura, y las artes, las formas narrativas, han tenido un acceso no restringido pero sí limitado al grueso de la población.

Si tomamos como punto de partida el Renacimiento, y más concretamente el año 1450, fecha aproximada en la que se crea la imprenta de tipos móviles, establecemos una línea divisoria entre un arte y una cultura casi totalmente dominada por el clero en Europa, con su oscurantismo y su cerrazón, y un movimiento cultural que recorre el continente entero, que renueva la concepción no solamente del arte, también de las ciencias, y que lo cambia todo. La humanidad, la sociedad, estaba empezando a andar hacia lo que es ahora, y quizá fue entonces cuando el ser humano se percató de que la cultura y el arte, su creación y su divulgación, eran consustanciales a su naturaleza, e imprescindibles para su evolución, para su elevación. Es lógico que, después de varios siglos de Edad Media (que pese a su anquilosamiento también conoció cierto esplendor en las artes), la explosión de libertad, la renovación de la concepción del hombre en el mundo, el descubrimiento de las posibilidades técnicas, la recuperación de temas y formas de la antigüedad, propiciaran semejante esplendor, y dieran lugar a tal cantidad de artistas en Italia, Francia, Alemania y España, entre otros países.

Hoy cuesta pensarlo, en este mundo globalizado, pero en una ciudad, como por ejemplo Florencia, en la que todavía no existían muchos libros, la representación del ser humano que ofrecían las bellas artes como la escultura o la pintura, vivió una época de esplendor como jamás se ha conocido. Porque no había otra cosa. Y es imposible no establecer, que solamente con una explosión como la del Renacimiento, pudo llegar otra todavía mayor como la del Barroco y su música, con Johann Sebastian Bach (entre muchos otros) como su mayor exponente, lo que a su vez propició la música del breve periodo del Clasicismo, en el que tuvieron lugar Haydn, Mozart y Beethoven. ¿Y por qué estos grandes genios, pese a sus muchas vicisitudes vitales, pese a su corta vida en algunos casos, pese al necesario mecenazgo de figuras poderosas e impositivas, lograron brillar y crearon la mejor música de todos los tiempos? Porque no había otra cosa. El público lo demandaba, o mejor aún, lo necesitaba. La música clásica, su esplendor, llegó porque no había otra cosa que ver o con lo que vibrar, y con ella, fusionada con el teatro, llegó la ópera, que fue la primera fusión absoluta de las artes.

¿Y qué hay de la literatura, concretamente de la novela? Su primer esplendor llegó en el siglo XIX, en el que intentó, y algunas veces consiguió, reemplazar a la vida, reescribirla, hacer sentir al lector otras vidas. Y en el XX, época de su segundo esplendor, se convirtió en una de las bellas artes al ser capaz de cambiar la percepción del ser humano sobre el mundo, de crear formas absolutamente propias de representación. ¿Por qué llegó ese esplendor? Porque la literatura, en su forma novelesca, aunque también cuentística, se reveló como un eficaz soporte para que el pueblo viviera otras vidas, comunicara con zonas nobles de su interior, al igual que antes había hecho la música, y mucho antes la escultura y la pintura. Eso lo entendieron los escritores, igual que lo habían hecho antes los músicos. Y cuando se alcanza cierto estancamiento en las formas, y surge un soporte capaz de proporcionar al público una experiencia vital satisfactoria, que le haga más llevadera su propia vida, que le proponga un espejo de su propia existencia, llega un esplendor en ese nuevo arte.

De ahí el cine. Como antes la novela, y antes de ella la ópera y el teatro, el cine ha sido capaz de crear otros mundos y de hacer al espectador vivir otras vidas. Ante el creciente estrés e insatisfacción del mundo moderno, un formato como el cine, con el que en dos horas puedes vivir una vida no vivida, era inevitable. Pero ahora ya, en pleno siglo XXI, no es de extrañar el florecimiento del formato series, porque en cortas píldoras seriadas de menos de una hora, obtienes una experiencia vital satisfactoria, y así el las series han desplazado al cine en cuanto a las necesidades del público. Y por todo esto existen también los videojuegos. Todos estos contenidos narrativos, todo este negocio, existe porque el público lo necesita, quizá sin saberlo, y conoce épocas de esplendor porque en ese momento histórico, con esas herramientas tecnológicas, son capaces de ofrecerle al ser humano otra existencia, otra experiencia que añadir a la propia. Ni más ni menos.

Es posible que el cine y la novela mueran o por lo menos vean su desarrollo bastante más limitado en las próximas décadas que lo que han vivido en el siglo XXI, desplazados por otras formas de expresión. En la novela ya lo estamos viviendo: muy pocas obras maestras en el siglo XXI. En el cine los últimos viejos maestros dan sus últimos coletazos y la nueva generación no parece capaz de reemplazarla. El artista supremo que era el director da paso al creador de series, con su equipo de directores y guionistas, o al diseñador de videojuegos o realidades virtuales. Y si todo eso sucede es porque de alguna forma son soportes válidos para que el espectador actual pueda vivir otra vida con unas formas artísticas, conceptuales y narrativas diferentes. Y cuando dejen de ser válidas, y se invente otra cosa que pueda plantear una tensión psíquica, moral y emocional en el ser humano, esa otra cosa conocerá un florecimiento y todo lo demás se estancará o por lo menos pasará a segundo plano.

Esa es la cruda realidad.

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