ANÁLISIS LITERARIO, ENSAYO, LITERATURA

Don Quijote: Cap XXXII de la 2ª parte

Dejando claro que es imposible elegir un capítulo sobre otro, o unos capítulos sobre otros, de la obra maestra de Miguel de Cervantes Saavedra, me dispongo aquí a comentar la particular genialidad de un capítulo concreto, el número treinta y dos de la segunda parte de 1615, porque se trata de un fragmento de especial belleza, ingenio y sagacidad por parte de su autor, y porque en él se concentran tres de los valores que han hecho de esta obra no solamente la primera novela moderna, sino el compendio de conceptos narrativos de los que se ha servido occidente durante los últimos cuatrocientos años a la hora de componer ficciones.

Para los que no se hayan leído la novela, pongo en antecedentes: la segunda parte de la novela aparece después de que Cervantes se entere, como todo Madrid, de que ha aparecido una segunda parte apócrifa, escrita por un tal Avellaneda y titulada ‘Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, que apareció en 1614. El llamado «príncipe de los ingenios» se apresura a escribir la auténtica segunda parte que se publica un año después. Si la primera parte era excelsa, esta segunda va incluso más allá y se convierte en la primera ficción netamente meta-narrativa. En una meta-literatura que se lee a sí misma y se explica a sí misma, pues sus personajes, tanto Don Quijote y Sancho como todos los demás, han leído o conocen el primer volumen así como el volumen de Avellaneda. Y no solamente eso, sino que en este juego laberíntico de espejos, en este enorme artefacto narrativo que es El Quijote, se va a emplear la primera parte como sistema de juegos, o sistema de reglas, de la segunda, sobre todo cuando Quijote y Sancho vayan a parar al palacio de los duques, los cuales se van a divertir de lo lindo con ellos jugando al juego que el ingenioso hidalgo ha dispuesto sobre la mesa, en un mapa de réplicas y contrarréplicas, de sobreentendidos y de guiños literarios que es poco menos que sublime.

Este capítulo en concreto comienza con la réplica que un ofendido Quijote le da al eclesiástico de la casa de los duques, que acababa de reprender al duque por tener allí a un «tonto» que no deja de decir «sandeces y vaciedades», para terminar diciendo:

«-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen. ¿En dónde, nora tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?»

Don Quijote se levanta ante todos los presentes, que están comiendo, y comienza uno de sus más célebres monólogos, de esos que pocas veces se citan (pues parecen a oídos españoles mucho más interesantes los versos anglosajones de un Hamlet o un Romeo), diciéndole así al eclesiástico:

«-El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien, sin tener conocimiento del pecado que se reprehende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si no, dígame vuesa merced: ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a trochemoche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y habiéndose criado algunos en la estrecheza de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asumpto vano o es tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos dél, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta inreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite: caballero soy y caballero he de morir si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda; pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, Duque y Duquesa excelentes.»

Las palabras de Don Quijote provocan la determinación del Duque a entregarle a Sancho la ínsula prometida, ante la perplejidad del eclesiástico, que afirma que no sabe quién está más loco, si el supuesto caballero andante allí presente, o los duques que le aplauden. Todo esto, en realidad, no es sino el preámbulo al elaborado artificio que se va a desarrollar en este largo capítulo, en el que los duques van a poner muy a prueba tanto la ficción que encarnan Sancho y Quijote, como su propia ficción autoimpuesta, pues a continuación tiene lugar el famoso afeitado del Quijote, en el que las criadas se toman la libertad de burlarse de él para diversión de toda la corte de los duques, y finalmente tiene lugar el magistral diálogo de Dulcinea, que es básicamente un «yo sé que tú sabes que yo sé, y a ver si te cojo en una mentira». La cosa empieza así, con la duquesa demostrando que ha leído la primera parte del Quijote, y que por tanto:

«-No hay más que decir -dijo la Duquesa-; pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.»

La inteligencia de la duquesa es notable, pues le está demostrando que no puede saber cómo es Dulcinea, pues nunca la ha visto, tal como se dice varias veces en el primer libro. Demostrando que miente en eso, también puede demostrarle que miente en todo lo demás, y tirar abajo la ficción de su locura, pero el Quijote es aún más inteligente que ella:

«-En eso hay mucho que decir -respondió don Quijote-. Dios sabe si hay Dulcinea, o no, en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.»

En otras palabras, puedes que la haya o puede que no, pero es mejor no saberlo, solamente es como conviene que sea a un caballero andante, y no hay más que hablar. A continuación su inteligencia se mide con la del duque, que le dice:

«-Así es -dijo el Duque-; pero hame de dar licencia el señor don Quijote para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he leído, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea en el Toboso, o fuera dél, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas, con las Madásimas, ni con otras deste jaez, de quien están llenas las historias que vuesa merced bien sabe.»

El duque así intenta picar al caballero de la triste figura, admitiendo que puede ser todo lo hermosa que él quiera, pero que su linaje, por lo que han leído, no anda parejo con el de otras grandes damas de la literatura de caballerías. La réplica de Don Quijote no tiene desperdicio:

«-A eso puedo decir -respondió don Quijote- que Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto más que Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro; que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores milagros se extiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas mayores venturas.»

A esto, ¿qué decir?. El caballero andante lo tiene todo atado y bien atado, y no va a dejarse acorralar filosóficamente por nadie, tal como a continuación afirma la duquesa:

«-Digo, señor don Quijote -dijo la Duquesa-, que en todo cuanto vuesa merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la mano; y que yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi casa, y aun al Duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso, y que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida, y merecedora que un tal caballero como es el señor don Quijote la sirva; que es lo más que puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar de formar un escrúpulo, y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza: el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuesa merced le llevó una epístola, ahechando un costal de trigo, y, por más señas, dice que era rubión; cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.»

Ella, que conoce bien el capítulo en el que Sancho le llevó una carta a Dulcinea, le hace ver a su rival intelectual que a fin de cuentas Sancho sí la vio (todos saben que no, incluido el caballero, pero tienen que fingir que sí), y que no era moza bella en absoluto, y tampoco noble. Pero el caballero vuelve a responder, quizá con la mejor réplica de todas:

«-Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí me suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algún encantador invidioso; y como es cosa ya averiguada que todos o los más caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado, otro, de ser de tan impenetrables carnes, que no pueda ser herido, como lo fue el famoso Roldán, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta que no podía ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto había de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma alguna; y así, cuando Bernardo del Carpio le mató en Roncesvalles, viendo que no le podía llagar con fierro, le levantó del suelo entre los brazos, y le ahogó, acordándose entonces de la muerte que dio Hércules a Anteón, aquel feroz gigante que decían ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo dicho que podría ser que yo tuviese alguna gracia déstas, no del no poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado; que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero pues de aquél me libré, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me empezca; y así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas, hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea; que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte, quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento: tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo; duda de todo, y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; y así, estoy en duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho merced; aunque veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno, como el Rey con sus alcabalas; y más que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saber leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo; que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare

La inteligencia del caballero (y de Cervantes) es tal, que le basta como prueba de su ficción su solo ingenio. En otras palabras: es capaz de razonar a la perfección que su ficción no es tal ficción, sino una verdad absoluta. Su capacidad verbal, que en nada se parece a la de un loco rematado sino a la de alguien muy cuerdo que utiliza una falsa locura para obtener más libertad y diversión en un mundo gris, es extraordinaria. En su mente, el Quijote es invencible, y ni siquiera los duques, que se burlan de ellos, que les humillan y les hacen jugar su propio juego, pueden demostrar verbalmente que todo lo que él afirma no es más que una enorme mentira de ficción, en otras palabras, que no es más que literatura. Pero, claro, una literatura perfectamente cerrada en sí misma. Y en sucesivos capítulos seguirán poniendo a prueba a los dos protagonistas, que deberán pactar mantenerse unidos en su mentira.

Es por este ejemplo, y por decenas similares, por los que muchos consideramos que se trata de los mejores diálogos en literatura nunca escritos, por su arrollador ingenio, por su gracia, su ironía, su inventiva… por las múltiples capas y estratos filosóficos que de ellos emana. Y esa capacidad para escribir diálogos memorables persiste en el Persiles, y en sus novelas ejemplares, así como en sus extraordinarios entremeses. No creo haber exagerado, por tanto, si digo que Cervantes es el mayor perdedor de la historia de la literatura, porque por mucho que se le alabe su obra maestra, no se conocen a fondo sus grandes virtudes.

Estándar
ANÁLISIS LITERARIO, ENSAYO, LITERATURA

La genialidad insuperable de ‘Don Quijote’

De todas las obras literarias míticas que han aparecido a lo largo de los siglos, hay una (con el permiso de ‘La Divina Comedia’ de Dante) que es la que probablemente más páginas, monográficos, estudios e investigaciones, tanto en España como en muchos otros países, ha suscitado. Pero esta ingente bibliografía en torno a su creación, su narrativa y su grandeza no se ha traducido, ni de lejos, en una mayor comprensión del público acerca del porqué de su grandeza, ni en una aprehensión absoluta por parte de la crítica de sus más rotundas e insuperables victorias poéticas. Ni Cervantes ni ‘El Quijote’ son fáciles de aprehender, ni siquiera por los más fervorosos cervantistas. Ese es el primer indicio al que hay que prestar atención cuando te acercas a un mito de esta categoría. Pero lo segundo en lo que habría que fijarse es que a pesar de que Cervantes lleva cuatro siglos jugando al ratón y al gato con todos nosotros, a pesar de esa falta de comprensión y aprehensión absoluta acerca de su genialidad, ‘El ingenioso hidalgo’ y el ‘Ingenioso caballero’ sigan estando hoy más vivas que nunca, y sigan leyéndose (al menos por críticos y académicos), sigan reimprimiéndose y sigan siendo, en su globalidad, uno de los libros más vendidos en todo el mundo.

Lo primero, quizá lo más importante que habría que empezar diciendo es que ‘Don Quijote’ no es una parodia de los libros de caballerías. Esto se ha dicho por tierra, mar y aire, durante muchas décadas, y se ha repetido por personas que o bien no se lo han leído o bien carecen de la menor formación literaria y artística para decir nada relevante en torno a ello, pero no tienen problema en afirmarlo. Por otra parte se tiende a comparar dos momentos históricos del todo incomparables: no tiene nada que ver el mundo editorial de las dos primeras décadas del siglo XXI con el Siglo de Oro español. Absolutamente nada, por desgracia. Si todos aquellos que llevan tanto tiempo diciendo que ‘El Quijote’ es una parodia de las novelas de caballerías se hubieran tomado la molestia de averiguarlo, sabrían que los modelos de Alonso Quijano, los personajes que a él le inspiran para convertirse en Don Quijote (Amadís de Gaula, el caballero del Febo, Belianís de Grecia, el Caballero de la Ardiente Espada, Reinaldos de Montalbán…) estaban de moda varias décadas antes (entre 1520 y 1550 como mucho) que cuando llegó el primer volumen (1605), pero es mucho más fácil repetir lugares comunes, aunque empequeñezcan las obras más sublimes, que intentar saber de lo que se está hablando.

La razón de ser de ‘El Quijote’

No es ‘El Quijote’ una parodia, sino una tragicomedia, por hablar en términos contemporáneos. Las novelas de caballerías no son el objeto de la parodia de Cervantes, sino las reglas del juego a partir de las cuales el autor va a desarrollar una muy compleja y original voz literaria. Son una excusa de la que se va a servir para contextualizar una feroz crítica a todos y cada uno de los estamentos sociales, morales y religiosos de su época. Esas reglas del juego, las de las novelas de caballería, su hipercodificación, le van a resultar de perlas a Cervantes para establecer una dualidad clave entre idealismo y racionalismo, una dialéctica entre los hechos y sus apariencias, y un discurso esencial para los siguientes cuatro siglos sobre la ficción y su alcance en la vida real, en otra palabras, entre la literatura y su reflejo en la realidad. Rebajar esta originalidad literaria a una mera «parodia» no solamente es hacerle un muy flaco favor a Cervantes y a su obra cumbre (aunque en absoluto su única obra genial…), sino que devalúa enormemente las trazas más excelsas del barroco español, pues solamente desde el barroco se puede entender una obra de estas características.

Lo que sí cabe dentro de esta tragicomedia es la sátira y la ironía. Pero si Cervantes ironiza con ella, o satiriza, las novelas de caballerías, hace lo mismo con cada cosa, género, idea o concepto que toca y que comenta, siquiera de pasada. Todo lo que Cervantes maneja en su literatura, queda trastocado por él. Y así quedaron inservibles las novelas pastoriles después de su ‘Galatea’ (1585), y quedan trastocada y heridas de muerte todas las novelas de caballerías, las de picaresca, las bizantinas, las italianas, las moriscas… ‘El Quijote’ es el libro de libros no solamente porque dentro de este libro existan muchos libros, muchas pequeñas novelas, cada una de un estilo diferente, sino porque su autor se vale de todos los géneros conocidos para dejarlos irreconocibles y para construir uno nuevo: la novela moderna, la novela polifónica, la novela intelectual-realista, que va a ser a partir de entonces la novela paradigma de la que van a surgir muchas otras y de la que todavía siguen surgiendo. Decía Viñó, que «más que novela, ‘El Quijote’ es una vasta creación intelectual». En efecto, pero es que desde el Quijote esa es la definición de la novela total, la novela obra de arte: una vasta creación intelectual y poética. Por su parte, el cervantino irredento Jesus G. Maestro comenta sobre todo la fuerza del narrador en ‘El Quijote’ y sus adelantos técnico-narrativos, pero esta obra maestra es mucho más que eso.

El narrador (los narradores) de ‘El Quijote’

Es fundamental referirse al narrador de esta novela como la pieza catedralicia, la columna esencial de su genialidad. A este respecto, es importante recordar que el narrador es, casi siempre, en la verdadera literatura, un personaje más. Pocos narradores-personajes, o ninguno, como el narrador de la novela de Cervantes, a los que los comentaristas más hueros suelen confundir con el propio Cervantes, del mismo modo que harían con cualquier otra novela. Pero el narrador del Quijote no es el propio Cervantes, y él ha procurado que esto quede bien claro salvo para los que no se interesan en absoluto por la obra. Lo ha dejado bien claro desde la primera línea: «En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…». El narrador es un personaje extraordinario, increíblemente astuto (en palabras del propio Maestro) y resbaladizo, que nunca va a mostrar su verdadero rostro aunque él mismo aparece como personaje de la novela cuando encuentra, en el capítulo nuevo, los cartapacios escritos (¡en árabe!), por ese tal Cide Hamete Benengeli al que podemos referirnos como un segundo narrador. Esos cartapacios en árabe serán traducidos para el primer narrador (que según sus propias palabras ejercerá a partir de entonces como glosador y editor de los textos restantes ya traducidos) por un morisco aljamiado al que él mismo pagará para que lo traduzca todo «sin salirse una coma de la verdad»… a pesar de lo cual en sucesivos capítulos se ve en la necesidad de corregir a ese mismo traductor porque según él las cosas no pasaron así ni así constan en los «anales de La Mancha» o en los «archivos de La Mancha» (cuartos, quintos, sextos narradores anónimos…), y aunque algunos capítulos (22 de la primera parte, 1, 8, 24, 27, 40, 44, 50, 52, 53, 60, 73 de la segunda parte) incluso nombra a Cide Hamete Benengeli queriendo elogiarle como primer glosador de esa historia, las más de las veces lo hace para dudar de él, para cuesitonarle, humillarle y dejarle muy mal parado.

¿Por qué este muy sofisticado artefacto de autores ficticios, este entramado laberíntico de narradores, traductores, glosadores de la historia de Don Quijote? Pues no solamente para protegerse él, Cervantes, de una novela que aunque se vendía (¡y se sigue vendiendo en todo el mundo!) como una novelita de aventuras, como una comedia intranscendente, se trata en realidad de una obra de muchas y muy sutiles y subversivas cargas de profundidad que atacan y destruyen con su lógica todos los conceptos sociales, políticos, monárquicos, religiosos y morales de la época. No era mala idea hacerlo así, además, a causa de la proverbial mala suerte de Cervantes (que estuvo cinco años prisionero en Argel, que fue encarcelado varias veces por azares de una vida convulsa), quien podía pagar muy caro los atrevimientos de su obra magna. Sus precauciones fueron innecesarias, porque cuatrocientos años después muchos siguen sin enterarse de por dónde vienen los tiros, pero este mecanismo de narradores sirvió además para establecer en primer lugar al narrador más poderoso de la novelística de todos los tiempos, ese que manipula al lector cuando y como quiere, que maltrata a sus personajes con una ironía y una mala uva inéditas en literatura, pues desde un principio describe al Quijote como loco rematado y a Sancho como tonto perdido, cuando los hechos nos demuestran que ni uno está tan loco ni el otro es ni mucho menos tonto. Y en segundo lugar para establecer un juego meta-literario en el que el narrador y el autor de la novela, que son dos entidades diferentes, jueguen al ratón y al gato con el lector, incluso con el más inteligente de los lectores, sin que sepan capaces de ganarle por la mano.

Los personajes del Quijote

Los personajes del Quijote, además de ser extraordinarios en sí mismos por la enorme complejidad interna que de ellos Cervantes y su narrador disponen en el tablero de juego, lo son porque son personajes que engendran otros personajes. El Quijote es el libro de libros porque además es un libro en el que la literatura, como mero ente de creación, es no un personaje más, sino el concepto que se maneja en toda la extensa novela como el juego a jugar por el espectador y los propios personajes.

Así, Cervantes engendra a su narrador (nivel 1), el narrador engendra a Alonso Quijano y su locura y a Sancho Panza y su simpleza (nivel 2), Alonso Quijano engendra a Don Quijote (nivel 3), Don Quijote engendra a Dulcinea del Toboso (nivel 4), y mucho más adelante los duques intentan reconfigurar esa jerarquía de mundos narrativos enfrentándose dialécticamente al Ingenioso Caballero y saliendo derrotados de ese nuevo juego en el que el protagonista, aún siendo el objeto de las burlas de los duques, no puede ser burlado ni superado en su propio juego. Pero la cosa se complica todavía más con la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda (la falsa segunda parte de la novela), y la necesidad de Don Quijote de separarse de ese fantasma de ficción que podría ser otro nivel más, en otra jerarquía. El ingenio deslumbrante de Cervantes no solamente crea personajes icónicos de una fuerza imperecedera, sino que les hace vivos, tan vivos o más, con una encarnadura tal, que pueden rivalizar con un personaje de carne y hueso. No es de literatura de lo que hablamos aquí, sino de un universo narrativo de una enorme complejidad, que como un un puzzle o un laberinto posee una complejidad de la que tantas otras supuestas obras maestras carecen, y todo porque en el fondo El Quijote es una novela sobre la literatura, y la más original de todas ellas.

LOS DIÁLOGOS DEL QUIJOTE

En el mundo actual, se consideran grandes diálogos, los más brillantes diálogos, a los que vemos sobre todo en la ficción anglosajona audiovisual: parlamentos veloces, ingeniosos, llenos de ritmo, de musicalidad y de ingenio. Son sin duda diálogos muy bien escritos los que vemos en las películas de Lubitsch, de Wilder, de Hawks… también los de Berlanga, los de tantas series brillantes (y yo creo que los mejores diálogos que he visto en una pantalla son los de House M.D.). Pero estoy en disposición de afirmar que los más grandiosos y geniales diálogos que se han escrito son los de ‘El Quijote’ y los de otras obras cervantinas como el ‘Persiles’ o las novelas ejemplares, sin olvidarnos de sus obras teatrales. Pero estamos hablando de ‘El Quijote’. En comparación con sus diálogos, los de las obras shakesperianas me parecen engolados, falsos, grandilocuentes y vacuos. No conozco ningún monólogo, de los tantos y tan venerados del escritor inglés, que pueda compararse con el de la pastora Marcela en profundidad de ideas, en belleza filosófica, en emoción pura. Pero para monólogos, los del mismo caballero o los de su acompañante Sancho, que los hay a decenas a lo largo de la obra, y que deberían ser estudiados en todas las escuelas de literatura del mundo.

Son los diálogos del Quijote la gloria final de esta obra maestra de todos los tiempos, pues si el narrador es poderoso, si la creación de personajes es sublime y su estructura de narradores y personajes es de una complejidad inédita en literatura, sus diálogos son de una belleza, musicalidad, amplitud de registros, profundidad psicológica de los distintos personajes que los declaman, verosimilitud y persuasión en cada una de las palabras, que quita el aliento. El Quijote, que es una novela extraordinariamente divertida y amena, alcanza en sus diálogos la belleza última de las palabras como sostén de los sistemas de pensamiento de sus personajes y del propio Cervantes. Y no ha sido superado desde entonces porque el don maravilloso de Cervantes, apoyado en la lengua española, se vale de ello para construir la novela definitiva, de la que beben las obras maestras de Mann, Dostoyevski, Faulkner, Rulfo, McCarthy y tantos otros, que aunque no son españoles se ven en la necesidad de rendir pleitesía al primero de todos, al más grande escritor de todos los tiempos, al llamado Príncipe de los Ingenios, que camina junto a Dante en la eternidad.

Estándar
ARTÍCULOS, LITERATURA

A nadie le interesa por qué ‘El Quijote’ es tan reverenciada

¿Por qué iba a interesarles? No tendría ningún sentido, ninguna razón de ser, que lo hiciera. Las personas de este país, o de cualquier otro, que oigan hablar de ‘El Quijote’ y que tengan algún interés, siquiera lejano, en la literatura o en la narrativa, simplemente dan por bueno que es una novela muy importante, incluso que es la cumbre del canon literario de occidente, y aquí paz y después gloria. Algunos pensarán, sin ningún motivo objetivo, que seguramente la crítica literaria de este país, o la internacional, la ha ensalzado porque no había otra cosa que ensalzar, o la ha escogido sin más, simplemente porque es un texto muy antiguo que da pie a muchas interpretaciones, y punto. ¿Cómo no va a suceder eso cuando escritores famosos insisten en la noción de que ‘El Quijote’ es poco más que una parodia de los libros de caballerías? Es lo que se lleva diciendo mucho tiempo, así que es lo que es. Leerla no la van a leer, porque entre otras cosas es muy larga y todo el mundo sabe de qué va (en realidad no lo saben, pero como si lo supieran), así que para qué van a pensar más o van a interesarse más por el tema. Poco importa que la que «supuestamente» es la novela más importante, o para muchos académicos y especialistas, el mejor trabajo literario de la historia sea española, porque el español medio estará más orgulloso de los triunfos de su selección de fútbol, que leer es muy bonito pero ver fútbol es mucho más apasionante.

Que sí, que es el tipo de los molinos de viento, y el caballo flaco ese llamado Rocinante… el loco al que acompaña a todas partes el simplón de Sancho Panza, y seguramente te ríes mucho con esa novela porque es una parodia y todo eso. Quiso el azar que su autor fuera español, y suerte tuvo de hacer esa novela porque al parecer era un don nadie y todo lo demás que escribió no era para tanto. Si hasta un escritor importante como Edmond Rostand le hace decir a su Cyrano que el episodio de los molinos de viento es el número trece (pensaba yo, ingenuo de mí, que era un error de la adaptación fílmica de Rappeneau, pero no, el error consta ya en el texto teatral original). Es decir, que aún leyéndolo, la gente no se entera de nada o no se quiere enterar. Y aún leyéndolo escritores que pueden ser inteligentes, ni siquiera se molestan en citarlo bien. ¿A qué tanto lío, tanto follón, con esta novela? Hay muchas ahora donde elegir, muchos best-sellers, alguno de ellos también español, como para ponerse a perder el tiempo con un texto de hace cuatro cientos y pico años, cuyo castellano la gente no va a entender y que no puede aportar nada al lector ni al crítico hodiernos. Si es tan reverenciada, ¿a quién le importa? Lo será como lo es ‘Los tres mosqueteros’ o ‘Los pilares de la Tierra’. ¿Qué importa eso?

Me imagino a un lector británico, estadounidense o australiano (o cualquiera de los muchos países anglosajones que existen por el mundo) leyendo ‘El Quijote’. «Umm, un texto hispano de hace varios siglos sobre un tipo que se vuelve loco porque ha leído muchos libros de caballerías, cree armarse caballero, se hace con un caballo, una lanza, una armadura y un escudero, y se va por ahí a ver mundo y a que le rompan los huesos una y otra vez. Se supone que esto es un clásico de la literatura de todos los tiempos. Traducido al inglés suena como si leyéramos una historia de la época y el estilo arcaico de un Shakespeare, pero esto tiene mucho más humor, por lo visto. ¿Por qué será que dicen que es la primera y más importante novela jamás escrita? Porque seguramente habrá sido de las primeras en escribirse y porque es muy antigua«. No me quiero imaginar, porque además no soy capaz, de lo que pensaría un lector alemán, suizo u holandés. Dudo mucho que ningún lector de esos países se lo lea porque le interesa leerlo, al igual que en España, y si lo hacen dudo mucho que sepan por qué es tan importante. Se contentan con leerlo, si es que terminan sus más de 380.000 palabras, y con decir que se han leído este clásico. Y nada más. ¿Para qué iban a hacer otra cosa? Lo que cuenta hoy es ser culto (es decir, saber quiénes eran Don Quijote y Sancho Panza, quién escribió esa novela, de qué época era) no ser inteligente (es decir, haber comprendido la obra, haber entendido por qué es tan importante). Los críticos y los académicos, para la mayoría de las personas, simplemente eligen un modelo y obligan a todos los demás a creer que ese es el modelo a seguir. ¿O no?

Pues no…

Los críticos y académicos hispanistas y clásicos, los importantes y más preparados, saben lo que dicen cuando defienden que ‘El Quijote’, obra del mayor perdedor del mundo de las letras, es el trabajo literario mejor escrito y más influyente de la historia de la literatura. No lo es, desde luego, por ser una parodia del género de caballerías, pues ni es una parodia ni le interesa realmente el género de caballerías salvo como herramienta para criticar la sociedad y la literatura. No lo es, tampoco, porque un puñado de listillos se hayan reunido y hayan decidido por su cuenta qué es lo más importante. Lo es pese a sí misma, pese a la mala suerte congénita de su autor, pese a que el género de la novela en aquella época no tenía ningún prestigio, a que en el siglo XVIII nos afrancesamos tanto que creímos que era mejor el Quijote de Avellaneda (y si no saben lo que es esto, por favor, búsquenlo, porque no tiene desperdicio), y tuvieron que llegar los ingleses, los enemigos acérrimos de España, para rendirse a la evidencia: que ‘El Quijote’ es lo más grande que se ha escrito nunca. Lo es porque en sí mismo representa la mejor y más valiosa lección de literatura y de narrativa a la que nadie puede acceder, hasta el punto de que si se quiere aprender de ambos conceptos es mejor que cuatro años en la universidad. ¿Y esto, realmente, por qué?

Para entendernos: es como si alguien hubiese creado unas reglas del juego que antes no existieran. Esas reglas del juego se llaman Narrativa. Resulta curioso y sorprendente que se haya ensalzado tanto la figura de Shakespeare, un tipo que escribió como mucho treinta obras (si es que las escribió él), y se haya dicho de él que es el mejor escritor de la historia, cuando la figura de Cervantes es mucho más vasta, tanto intelectual como poética, pues inventó no uno sino dos tableros de juego: el de la Narrativa en general, y el del Quijote en particular, otorgando una fuerza, un dinamismo y un sentido inefables a la figura del narrador (o narradores), a la creación de personajes y a la mera construcción de una narración, estableciendo entre estos tres elementos y el espectador una dialéctica inconmensurable e inagotable cuyas ramificaciones se extienden a su ‘Galatea’, a su ‘Persiles’, a sus ‘Novelas ejemplares’ y a sus obras de teatro y poemas narrativos. Esa forma de entender la narración, la creación de personajes, el sentido mismo de lo literario, trasciende hasta nuestros días, e incluso una serie anglosajona sobre vikingos o policías es cervantina sin saberlo, y quijotesca en sus líneas más básicas de expresión. Pero para saber eso no solamente hay que haber leído ‘El Quijote’, sino haberlo estudiado a fondo y haber visto la cantidad de miguitas que, como Pulgarcito, dejó Cervantes en la literatura y en la narrativa, como el verdadero coloso sin igual que es, añadiendo a todo ello un cinismo y una ironía a la que no puede acceder un autor a veces brillante pero siempre verborreico y poco cabal como Shakespeare.

Bajo su apariencia de novelita de aventuras diáfana y desmadrada, late en el interior de esta obra una compleja y vasta red de ideas, de conceptos narrativos, interconectados unos con otros, una muy sofisticada conceptualización de lo literario como artefacto narrativo, que pone patas arriba todas las convenciones genéricas, sociales y poéticas de su tiempo y de todo lo que vino después. El genio sin igual de Cervantes (al lado del cual, los Shakespeare, los Hugo o los Goethe son prácticamente nada) triunfa creando prácticamente todos los géneros posteriores, fundiendo los antiguos, dejándolos inservibles, creando la narrativa, el teatro, actualizando los temas clásicos y estableciendo una nueva jerarquía de valores literarios en sus más de trescientas ochenta mil palabras. Esa fue la verdadera respuesta de Cervantes a un mundo que le rechazó y le negó: dejar para la posteridad la obra más subversiva y corrosiva de todas.

Y lo mejor de todo es que ‘El Quijote’ no es una plúmbea novela decimonónica o dieciochesca. No es un tratado sobre la virtud o un mamotreto ininteligible y aburrido. Es una novela extraordinaria y vibrante, pasmosamente moderna y divertidísima, que engancha desde la primera página y no te suelta hasta el final, dejándote maravillado por el ingenio y la energía de Cervantes, con su capacidad lúdica pero también crítica, con sus diálogos irrepetibles y su pareja de protagonistas, tan vivos que parece que se salen de la página y forman parte del mundo operatorio. Así que no hay excusas. Si alguien quiere de verdad dejar de ser un analfabeto literario, sobre todo si ese alguien es español, tiene el antídoto perfecto, que se resume en tres sílabas, las de Cer-van-tes.

Estándar
ARTÍCULOS, LITERATURA

No te has leído ‘El Quijote’

Así que no mientas. No digas por ahí, a tus amigos, cuando salga el tema (si sale, que mira que es raro), que tú también te lo has leído por el mero hecho de saber cómo empieza la novela («En un lugar de la Mancha…») o por conocer el episodio de los molinos de viento (capítulo ocho, no capítulo trece, señor Edmond Rostand… error replicado en la adaptación cinematográfica de su por otra parte maravilloso Cyrano, porque usted tampoco se leyó ‘El Quijote’); no lo pongas entre tus lectura favoritas ni lo elogies, no te engañes incluso a ti mismo: porque tú no te has leído ‘El Quijote’, y probablemente no te lo leerás nunca, por mucho que creas que sería una buena idea, por mucho que en efecto ya deberías estar leyéndotelo, en lugar de esos best-sellers anglosajones tan divertidos y tan exuberantes y tan vacíos. Ni siquiera cuando te asalte un periodista por la calle, de la cadena que sea, y te pregunte, en algún centenario o efeméride, si te lo has leído. Di la puta verdad.

Aunque te joda, porque ya que no te has molestado en leerte uno de los libros más importantes de la historia de la humanidad, no vayas por ahí como si lo hubieras hecho. Y tampoco vale leerse algunos capítulos sueltos, o leerlo por encima, o alegar que es muy largo, o que es muy denso. Si te has tragado los siete libros de Harry Potter, los cinco que ya se han escrito de ‘Canción de hielo y fuego’, los ocho de ‘La torre oscura’, y otras parecidas, no tienes excusa… tampoco es que tuvieras mucha excusa antes, pero ahora menos todavía. Asúmelo: no te lees ‘El Quijote’ porque no te da la gana. Porque no te apetece, o tienes mejores cosas que hacer, o porque aunque te dejas arrastrar por muchas modas y postureos (hay que leer esto, hay que leer aquello), a este postureo en concreto que consiste en convencerte de que es la mejor novela de todos los tiempos no te vas a dejar arrastrar. Puede que a fin de cuentas no sea tan buena, puede que, como hacemos a veces los españoles, querramos convencernos de que es algo gigantesco y luego es otra de esas novelas o creaciones literarias de hace trescientos o cuatrocientos años que te las lees y no son para tanto, es más son un aburrimiento, cuando no directamente incomprensibles…

No importa la excusa, el argumento o la razón. Sea como fuere no te has leído ‘El Quijote’. Y aunque lo tengas en casa, o sepas de alguien que te lo puede dejar, o no te importe leer sus numerosas ediciones gratuitas por internet, pospondrás su lectura una y otra vez, ad eternum, porque tendrás otros libros de mierda interesantes que leer en tu pila de libros pendientes, como ese que te dejó un amigo, o ese que escribió tu hermana, o ese que cuenta historias muy sabrosas acerca del rey Juan Carlos I… o le echarás un vistazo y aunque te parezca muy prometedor lo dejarás para más adelante, porque no hay prisa, y dentro de cinco o diez años surgirá de nuevo la pregunta, en algún círculo, o te la hará un reportero de ‘El intermedio’, o surgirá en un ambiente literario, y dirás que la has leído, o que algo has leído, o que te obligaron a leerla en el cole (mentira podrida…pero excusa bastante apañada) y que esa es la razón de no te acuerdas mucho, o por eso, precisamente por eso, no te la leíste, o la leíste y la odiaste, porque te obligaban los putos profesores del cole. Total, ¿qué más da? Tú lees para divertirte y para estar al día de lo que se comenta por ahí, no para acceder a las fuentes de la literatura, ni para hacerte el gafapasta, ¿no es verdad? Luego basta con una mentirijilla y fuera.

Es probable que nueve coma cinco de cada diez personas mientan cuando dicen que se han leído el ‘Ulysses’ de Joyce, o ‘La montaña mágica’ de Mann, o el ‘Moby Dick’ de Melville, y aún más probable que si preguntamos a mil personas al azar ni uno solo de ellos se haya leído ‘El Quijote’, aunque algunos de ellos digan que sí. Y aún aquellos que de verdad se lo han leído, que no mienten cuando dicen que posaron sus ojos sobre cada una de las palabras escritas en ese doble volumen por Cervantes, tampoco se la han leído. No se la han leído de verdad. No cuando dicen que ‘El Quijote’ es una farsa de las novelas de caballerías (eso exigiría haberse leído alguna de esas novelas de caballerías… en caso contrario ¿cómo saber que es una farsa de ellas salvo por el hecho de que esa idea se lleva repitiendo por los siglos de los siglos?….), no cuando se habla de la sanchificación del quijote o de la quijotización progresivas de ambos caracteres centrales, no cuando se toma este material literario como una simple broma o una parodia… No desde luego cuando se termina de leer a Pérez-Reverte o a Ken Follett, que es cuando menos preparados estamos para leer verdadera literatura. Porque saber leer literatura no es lo mismo que saber leer, aunque eso es tema de otro artículo…

Estándar
LITERATURA

Cervantes-Tolkien, ‘El Quijote’-‘El señor de los anillos’

Es interesante observar como dos de los fenómenos literarios más intensos de todos los tiempos, los representados por la celebérrima ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’ y la en realidad no tan conocida novela en tres partes de Tolkien, ‘El señor de los anillos’, tienen bastantes más cosas en común de las que un vistazo superficial pudiera indicarnos. Y no se trata de comparar ambas obras, algo por otro lado del todo fútil e innecesario, sino de establecer algunas ideas sobre la creación artística en general, y la escritura narrativa en particular.

Soy consciente, porque no creo estar solo en el mundo, que esta comparativa se ha establecido no pocas veces, pero bajo mi punto de vista de un modo bastante diferente al que yo pretendo argumentar. En realidad, cuando en algunos trabajos se habla de la semejanza entre Don Quijote y Frodo, o entre ellos y por ejemplo Harry Potter, se olvidan quizá de que en realidad la obra de Cervantes ha sido, simplemente, la precursora de todas ellas, como ha sido la precursora de casi todo, muy especialmente en los relatos de itinerario, o en las epopeyas modernas. Por eso, para mí, hablar de las semejanzas entre estos personajes revela un análisis bastante superficial. Una vez más, tengo la sensación de que hay que centrarse más en el cómo y menos en el qué te están contando.

Porque tanto Cervantes como Tolkien, distan mucho de ser escritores al uso. Muy al contrario, son dos rara avis, que en pocos aspectos se parecen a sus contemporáneos, y que en el siempre complejo y cenagoso género de la novela lograron sendos triunfos contra todo pronóstico, escribiendo precisamente novelas de caballerías poco habituales, por distintas razones, en sus respectivas épocas. Uno para realizar un vasto fresco intelectual de la España del Siglo de Oro, otro para tener una excusa en la que incrustar sus creaciones lingüísticas y su muy personal fantasía heroica. Pero lo que hermana a estos dos escritores tan diferentes y tan separados en sus objetivos, es precisamente la voz que les inspiró y la ejecución de sus temas. Porque ninguno de los dos era un escritor ni mucho menos consagrado ni exitoso, y sus creaciones trascienden con mucho la ingenuidad de sus propuestas.

No me cabe duda de que Tolkien conocía El Quijote. Leyendo su larga novela es imposible llegar a otra conclusión. Hasta qué punto le influyó en la historia de Frodo y Sam buscando el Monte del Destino para lanzar allí el condenado anillo de poder, es algo que puede dar a muchos debates. Pero para mí lo más importante es que Tolkien, sin ser un escritor profesional, se lanzó a un género hoy día muy estandarizado y académico, e hizo, como en su día Cervantes, muchas cosas que en cualquier escuela de escritores o canon narrativo estarían directamente prohibidas o por lo menos restringidas al ámbito de la literatura amateur. Que Tolkien, como Cervantes en su día, franqueara determinados cánones narrativos, y que hoy día sea uno de los escritores más leídos del siglo XX, no deja de ser sintomático de hasta qué punto las escuelas de literatura no son precisamente las más adecuadas para marcar el camino.

El mismo Cervantes tuvo un éxito inopinado con su primer Quijote, y él ya era consciente, en el segundo, de que su obra perduraría. No quizá que lo haría a los niveles actuales, pero sí que sería una obra recordada. Su Quijote es una de las primeras grandes novelas de la historia de la humanidad, y acaso una de las mejores. Y esto sucede por diversos y muy amplios motivos: su extraordinario ingenio, su deslumbrante sentido del humor, su asombrosa intuición literaria. A mí, en lo personal, me pasa un poco como a Fernando Vallejo: a los personajes de Shakespeare no me los creo, pero sí al Caballero de la Triste Figura. Las dos partes, sobre todo la segunda, son dos obras maestras universales del arte de todos los tiempos porque, entre otras cosas, son una radiografía profundísima del alma humana. Más allá de su pasmosa capacidad para crear momentos y diálogos memorables (que en el Quijote se cuentan por varias docenas), deja perplejo por su clarividencia, su grandísimo espíritu humanista. Y todo eso lo logra con herramientas y técnicas (la mil veces comentada disgregación argumental de sus tramas paralelas, su modernísimo perspectivismo, su experimentación y construcción de la novela moderna como creadora de una realidad alternativa, el absurdo como elemento unificador de distintos subgéneros literarios…y un largo etc) que muy pocos, sobre todo en España han empleado después. Cervantes era un visionario, y eso es algo que muchos no han podido entender, como no han podido entender el carácter poliédrico de la obra (por ejemplo, el infame Pérez-Reverte, que en su versión escolar destrozó la novela, porque por muy académico que sea, no entiende su verdadera esencia).

Algo parecido sucede con Tolkien. Cuando antes dije que su trilogía (que no es tal, pues él quería publicarla toda junta y no se lo permitieron) no es bien conocida, es más por el hecho de que la irregular adaptación de Peter Jackson haya sido aceptada como canónica, cuando su temperamento poco tiene que ver con Tolkien, y sus películas apenas acogen el espíritu tolkiano de la historia. Este autor no tenía nada profesional, y su novela lo demuestra. Muchas decisiones de estructura, de construcción de personajes, de elipsis, las habría desaconsejado cualquier taller de escritura, y sin embargo a él le funcionan, y la obra ha perdurado, y aunque en mi opinión está bastante sobrevalorada, es una novela de una rara belleza y contundente persuasión. Existe en ella una belleza esquiva y poética que la elevan muy por encima de la media de los productos actuales de fantasía heroica (aunque no fue la primera creación de este estilo en el siglo XX…ni la mejor).

Lo que tanto Cervantes como Tolkien, con sus Quijotes y sus Señores de Anillos demuestran, es que sólo los visionarios perduran, y que el llamado profesionalismo artístico, no siempre pero muchas veces nos aparta de un camino que puede ser menos aceptado en su época, pero que quizá pueda captar la esencia de todas las épocas.

Estándar