ARTÍCULOS, Novelas

¿Qué pretendo yo al escribir?

Yo creo que tarde o temprano todos tenemos que hacernos esa pregunta. Y no solamente qué pretendemos, sino qué tipo de escritor queremos ser, que viene a ser idéntica cosa. Por eso este artículo en concreto lo escribo sobre todo para mí mismo…

Mucha, muchísima gente escribe en el mundo, en todo tipo de formato, sobre gran cantidad de cosas, practicando muchos géneros, dentro de la ficción o fuera de ella. Algunos con más talento que otros, con más cosas que decir que otros, con mejor verbo, con más capacidad expresiva, con una pluma más afilada que otros. Y ahora que internet nos da la posibilidad de dejar por escrito nuestras ideas, muchísima gente más se lanza a juntar letras y palabras en blogs y redes sociales y libros electrónicos (mucho más baratos), y publicaciones en Amazon y en donde haga falta. Todos queremos escribir, todos queremos que nos lean, todos queremos dejar una impronta, aunque quizá algunos saben que lo de escribir no es algo que se les de particularmente bien. Hoy día quieren ser escritores de ficción incluso personas que no leen y que además no están interesados en la literatura, pues eso de ser escritor parece que otorga un aura de superioridad o de pertenecer a un club exclusivo y elitista, y en algunos casos, por lo visto, puede llegar a dar mucho dinero. Pero además de poder conseguir grandes cantidades de dinero, o de ganarse la vida con ello, algo muy respetable, yo creo que es muy importante querer saber qué tipo de escritor es uno, o qué tipo de escritor quiere ser uno, antes que cualquier otra cosa.

En el caso de la no ficción, suele ser más sencillo. Los periodistas o analistas o estudiosos de cualquier tema, que escriben en medios consagrados o en revistas o periódicos digitales, lo que quieren es hablar de aquello que a ellos les interesa, y de paso demostrar todo lo que saben. Es infrecuente, sin embargo, encontrar personas que escriban sobre cine, literatura, música, filosofía, historia o política con un marcado carácter divulgativo, con una vocación didáctica. En general, tanto en periódicos como en blogs, incluso en podcast, lo que muchos despliegan únicamente es un ego desmedido, que en muchos casos nadie sabe de dónde lo han sacado. El narcisismo entre los escritores de no ficción no es menor que entre los escritores de ficción. Pocas veces se demuestran las ideas con argumentos, con imperativos de conocimiento. La mayoría es a base de exabruptos y de ocurrencias. Y yo en este caso sólo puedo hablar por mí, pues estoy escribiendo desde una página personal que algunos podrían llamar blog (aunque yo no creo que sea exactamente un blog).

Lo que pretendo escribiendo esta página

Dos cosas fundamentales: aprender (a escribir mejor sobre aquello que me interesa y a conocer mejor aquello que me interesa), y aportarle algo al lector más allá de mi propio ego. Porque yo reconozco que tengo mis vanidades (¿para qué voy a decir lo contrario?) pero ocurre que leyendo a otras personas que escriben por internet, o que hacen podcast, o que dejan artículos en medios especializados en papel, resulta que soy el más humilde de los escritores sobre narrativa, y que a pesar de que puedo parecer cabezón, duro e inflexible, soy blando, me dejo convencer y acabo resultado bastante transigente con las ideas ajenas. Al menos en comparación a otros/otras. Y al contrario que otros/otras yo he estudiado y he investigado en profundidad y durante décadas sobre aquello que escribo (cine y literatura sobre todo), mientras que otros repiten lo que les ha dictado su gurú o profesor de turno, o se limitan a poner en un papel sus acríticas ocurrencias.

Sé que me he ganado cierta fama de radical o de ogro (de hecho algunos comentaristas me dicen que tienen miedo de dejarme alguna petición o idea no vaya a ser que muerda…), en medios como blogdecine (que era la mayor cloaca de trolls y de incompetentes a la hora de escribir que jamás he conocido) y supongo que algo de eso hay. Además, no se me ha ocurrido otra cosa que poner una foto mía en el perfil de esta página en la que parece que le voy a soltar una hostia a alguien. Pero ¿qué querían? ¿que saliese con una sonrisita happy flower, mirando a cámara, con los pulgares hacia arriba? Un poco de por favor. Pero yo no muerdo. De hecho, publico los comentarios hasta de los que me insultan o me atacan, sin cambiar una coma. Pero sí tengo las ideas muy claras, y soy capaz de rebatir a cualquiera, porque al menos en esto (cine y literatura) sí puedo hacerlo. Y si puedes hacer algo desde luego lo haces.

¿Qué pretendo, finalmente, con esta página mía? Influir al lector, ser un crítico cinematográfico y literario, un analista e investigador, de altura. Puede que no esté trabajando en una revista especializada, pero puedo demostrar que estoy a la misma altura que ellos, o más aún muchas veces. Quiero hablar sobre cosas que me obsesionan como ciertas películas, ciertos libros, cierto estilo de narrativa, desde una posición de investigador y de conocedor de aquello que está hablando. Quiero provocar polémica si es necesario, quiero luchar verbalmente contra todo aquello que no me parece bien, que no creo que sea justo o necesario. Quiero, a fin de cuentas, dar rienda suelta a mis ideas más viscerales, expresadas desde un racionalismo y un materialismo absoluto. Y espero estar consiguiéndolo. Otra cosa es la ficción.

Lo que pretendo cuando escribo ficción

Todo escritor escribe algo parecido a aquello que le ha obsesionado después de haberlo leído. Eso es ley, y yo no me libro de ello. En mi caso me obsesiona el Western y la Aventura, pero no el western americano, que no es más que folklore y constumbrismo, ni la Aventura juvenil o bienintencionada. A mí me obsesiona las características del western universal, que ya expliqué en las características esenciales del género: la aventura al límite, en un territorio fronterizo que es la vez físico, geográfico y mental, psicológico. Es decir, yo siempre escribo historias de supervivencia.

Lo que pretendo, claro, es vivir de lo que escribo, aunque publicar, que te contrate una editorial, es cada día más complejo y más arduo. Pero seguiré intentándolo. ¿Tengo algo que perder? Pretendo vivir y no enriquecerme con ello (aunque a todo el mundo le gusta el dinero), porque probablemente, por el tipo de relatos y novelas que escribo, no sea yo exageradamente comercial. Y al contrario que muchos escritores de hoy día, si tengo que elegir entre vender con un libro un millón de ejemplares, o que venda cincuenta mil pero sea una gran novela o libro de relatos, elijo lo segundo, y es por ello que escribo la literatura que escribo: áspera, sin finales felices ni lugares comunes, de aventura al límite, de supervivencia, en la que la muerte es un factor determinante, con personajes que luchan por sobrevivir en un ambiente hostil que puede ser pasado, presente o futuro.

Porque para eso vivo, para eso y para cualquier gran episodio de ‘The Walking Dead’ (los hay a decenas), en el que los personajes vivan una situación al límite, para cualquier película en la que los personajes lidien cara a cara con la muerte, para cualquier novela que suponga un paroxismo de emoción física y psicológica. Todo lo demás no me interesa. De hecho no me parece que sea literatura o cine. Y a ello me dedico, ya con seis novelas largas terminadas (una de ellas publicada en Amazon), además de dos cortas y una veintena de relatos. Y a ello me voy a seguir dedicando, contra viento y marea, y supongo que algún día un editor verá que lo que estoy haciendo merece la pena y me dará un voto de confianza.

He dejado más o menos claro de qué palo voy, ¿no?

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ARTÍCULOS, LITERATURA

Tienes que hacerlo

Recuerdo muy bien a cierto compañero de clase, en el instituto, que hacía unos dibujos que eran una maravilla. Y no en plan: «oh, qué bonitos», no. En plan de verdad, cosas parecidas a la que he puesto en la parte superior de estas líneas, obra de Takehiko Inoue para su famoso manga ‘Vagabond’. Y por si fuera poco el muy cabrón los dibujaba a boli o a lápiz en diez o quince minutos, el mismo tiempo que otros dedicamos a bebernos una coca-cola o a caminar hasta coger el metro. Nos quedábamos todos tan maravillados que le animábamos a hacerlo de manera profesional… pero no esperando unos años: a hacerlo de manera inmediata, dejando el instituto y lanzándose a por ello. Tenía que hacerlo, punto. Y aunque le he perdido la pista y confieso que ya ni me acuerdo de cómo se llamaba el buen hombre, no me sorprendería nada que ahora estuviera trabajando en cualquier editorial importante, o que muchos dibujos o grafismos que haya visto por ahí los hubiera diseñado él, porque era un fuera de serie.

Ocurre lo mismo con los músicos: cuando te encuentras a un tipo, o a una tipa, que a los trece o catorce años toca el piano que parece Rachmaninov o el violín que parece Joshua Bell, sabes que lo va a conseguir, que va a llegar, y si él o ella no lo sabe, no tardas en decírselo: tienes que hacerlo, otra vez, como un mantra. Ya terminarás la carrera, o incluso la secundaria, más adelante. Ahora lo que tienes que hacer es convertirte en músico, porque por alguna razón genética, o neuronal, o divina, eres un puto genio con ese instrumento. Y así podríamos seguir con los bailarines o los cantantes, aunque en esos casos es un poco más difícil, porque hay muchos. Sin embargo nada de todo esto pasa con los narradores en general y con los escritores en particular. No. No pasa. No lees el cuento de un tipo que a lo mejor está destinado a ser un monstruo de las letras y te quedas tan alucinado que le mandas a su casa a escribir esa obra maestra que va a fascinar al mundo entero, ni ves el corto de un estudiante de cine y ya estás plenamente convencido de que va a arrasar en su carrera.

No sucede así. No con la narrativa.

Porque en la narrativa, y muy especialmente en la escritura, el genio, la potencia y la capacidad de hacer algo grande, es muy raro incluso en aquellos que son unos gigantes, que es algo muy diferente de esos grandes músicos, dibujantes y pintores, pues lo de estos últimos es una capacidad, no una potencia. En otras palabras: un buen escritor siempre escribirá bien, siempre hará buenos diálogos, tendrá una prosa estupenda y mucho ingenio, pero no siempre parirá grandes obras.

No es infrecuente, por tanto, encontrarse con directores que no demuestran gran cosa en sus primeros trabajos, incluso en sus primeras películas, y que en determinado momento te presentan una gran obra, o incluso una obra maestra. Y con los novelistas pasa lo mismo. Y tampoco es infrecuente encontrarse con un novelista o con un director que te firma una o dos o incluso tres obras maestras consecutivas, y a continuación se pasa diez o veinte años presentando trabajos mediocres, en el mejor de los casos, si es que alguna vez consigue levantar el vuelo de nuevo. Y es normal que eso suceda. Es casi necesario. La narrativa, en literatura, en cómic, en cine, en series, es tan resbaladiza, es una materia tan poco aprehensible, tan escasamente apta para el cliché, para el kitsch y el lugar común, que de pronto sus elementos se vuelven inestables, y lo que durante una época había sido una obra maestra ya no lo es, y hace falta esperar a los intérpretes y traductores correctos de otra obra para que la grandeza, la belleza, se revele ante nuestros ojos.

Escribir vamos a seguir escribiendo igual, y yo creo que lo hacemos, escribimos sin parar, ya sea poesía, novela, teatro, cuentos, guiones de cine, lo que sea… porque queremos asegurarnos de que vamos a entregar uno de esos trabajos superlativos, no uno de esos mediocres que cualquier escritor tiene en su cajón, y para eso hay que palear mucho, hay que pelearse mucho consigo mismo, hay que volverse loco. Pero también hay que aceptar tus pequeñas obras, las menos… afortunadas, las menos radiantes, y hay que estar orgulloso de ellas. Al fin y al cabo son tus hijos, y si luego has tenido hijos más robustos, más formidables, también es porque primero estuvieron los otros, así que no hay nada de lo que avergonzarse. Al fin y al cabo, la narrativa es una materia que admite pocas genialidades. Eso sí, cuando das con una, tienes que llegar hasta el final. No te queda otro remedio.

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ARTÍCULOS, LITERATURA, Novelas

Inspirarse para escribir

Lo primero que me gustaría decir es que no entiendo a esos escritores que se tiran tres o cuatro años para escribir una novela. No digo que sean malos escritores, por supuesto que no… probablemente puedan ser mejores escritores que yo, pero me parece muchísimo tiempo. Hablo de escritura efectiva, es decir, estar tres o cuatro años tecleando la novela, escribiendo el texto en sí, no pensando o tomando notas. Asombra todavía más cuando luego entregan una novela de doscientas páginas o de cincuenta mil palabras.

Hagamos una división: si has tardado tres años en escribir cincuenta mil palabras, es que has escrito al día (teniendo en cuenta que cada año son trescientos sesenta y cinco días, multiplicados por tres salen mil noventa y cinco días), una media de cuarenta y cinco palabras…que no es ni la décima parte de un folio normal. Esto es como cuando el Pérez-Reverte dice que está tres años documentando una novela… no me salen las cuentas. Claro, algunos dirán que luego vienen las reescrituras y las versiones sucesivas, etc… Ya, pero ¿cuántas versiones? Ni aún haciendo diez versiones completas (es decir, escribiendo cuatrocientas cincuenta palabras diarias), me salen las cuentas. ¿Un folio al día? Eso no es escribir, me parece a mí. Todos esos que dicen que han estado tres o cuatro años escribiendo una novela, o una serie de novelas, están mintiendo con tanto descaro como el Pérez-Reverte cuando habla de documentarse. Si al menos luego presentaran una novela de mil folios, o de medio millón de palabras, o una obra maestra incontestable de la literatura, tendría algo de sentido.

Esto viene a cuento de esa imagen romántica que todavía se tiene del escritor, esa que el lector o el ciudadano corriente alberga de un individuo o individua que escribe «cuando le viene la inspiración», o «cuando le soplan las musas». Si eso fuera cierto, sería normal que para escribir cuarenta mil palabras bien escritas se tardasen varios años. Pero el caso es que no es cierto. Uno no puede escribir cuando está inspirado, o cuando tiene ganas, porque en ese caso no escribiría jamás. Uno escribe porque no tiene más remedio, y escribes todos los días, tengas inspiración o no, tengas jaqueca o te sientas físicamente pletórico, estés cansado o hayas dormido tus ocho horas del tirón. A menos que físicamente estés incapacitado para escribir ese día (porque te has roto una mano, porque tienes cuarenta de fiebre, porque se te ha estropeado el ordenador…) vas a escribir con o sin inspiración.

Claro, lo suyo sería escribir inspirado, para hacer el mejor trabajo posible, para que tantos días y tantos meses de trabajo no se vayan en balde. Pero eso… ¿cómo se hace? Pues cada uno se tiene que buscar las castañas, como se suele decir. Algunos, afortunados, se inspiran a medida que escriben, pero otros no. En mi caso, que es un caso particular y que por supuesto no puede extrapolarse a otros escritores porque cada cual es un mundo, obtengo inspiración directa de la música e indirecta de imágenes tales como dibujos o fotografías, casi nunca o nunca de películas. ¿Y por qué es así? No tengo ni idea, pero así es. Y cuando digo que la música me inspira de forma directa es que me basta escuchar algunos temas conocidos o algunos otros que de pronto me encuentro y que nunca escuché, para imaginarme situaciones, acontecimientos o secuencias enteras, y cuando digo que ciertos dibujos o fotografías me inspiran de manera indirecta es porque a veces contemplándolos puedo configurar mejor el tono, el ambiente y la escenografía de grandes lugares imaginarios, o puedo meterme en la atmósfera de determinados momentos con mayor facilidad, e incluso si es el dibujo o la fotografía de un personaje, puedo tomar algunos de sus rasgos, o todos, para crear un personaje que a partir de entonces será mío.

En mi opinión los que dicen que sólo escriben cuando están inspirados, lo que quieren decir es que escriben cuando les apetece, algún día de vez en cuando que les viene bien. Y ese día escriben a lo mejor quince o veinte páginas, seis o siete mil palabras, y luego pasan varios días sin escribir nada, hasta que les viene la inspiración. De esa forma, bajo mi punto de vista, tardas mucho en terminar una obra, demasiado, sobre todo si es ambiciosa y extensa. Lo duro de escribir es que son meses escribiendo todos los días, de lunes a domingo, zambulléndote en la historia y los personajes, sin pensar casi en otra cosa. Y cuando por fin terminas puedes estar otro mes o mes y medio corrigiendo y mejorando el texto lo mejor que puedes. Y en ese arduo proceso puedes llegar a estar inspirado diez o doce días. En muchos casos son suficientes para hacer honor a esa razón a veces inexplicable que te lleva a ponerte a escribir esa novela, y ninguna otra, y a hablar de esos personajes, y no otros.

Y ojalá esa razón, amigo escritor, no sea vender más libros, porque en ese caso ya te digo que tienes todas las papeletas para que, en efecto, esas semanas y esos meses sí hayan pasado en balde.

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ENSAYO

Intuiciones

Hay que hacerles caso, porque están ahí para algo, sobre todo cuando estás haciendo algo tan extraño, tan complejo y tan inexplicable como escribir una novela. En ese caso las intuiciones tienen el valor de un ataque de ansiedad en la vida real: te están avisando de algo, son una señal, o una alarma… algo en tu interior te está avisando de que algún aspecto de lo que estás haciendo está mal o por lo menos no lleva el rumbo adecuado. Lo malo es que es bastante arriesgado hacer caso de las intuiciones, porque es posible que no las interpretes bien y te metas en la boca del lobo, y que acabes peor que como empezaste. Además, suceden después de varios días de calma exterior y de zozobra interior, de insatisfacción con lo que estás escribiendo, de vacío, por lo que te puedes ver en un verdadero apuro mental y anímico.

Todo esto, creo yo, a veces es necesario para ponerte a caminar en las agitadas, indefinibles y semanas y meses que te va a llevar escribir esa novela que vas a escribir, y yo, lejos de escribir este artículo para dar consejos a escritores o de querer ser un ejemplo para nadie, simplemente me estoy limitando a describir las difíciles sesiones de escritura que estoy enfrentando las últimas tres semanas, en las que he abandonado, una vez más, un proyecto largamente pospuesto porque me he dado cuenta de que no representa ningún interés narrativo para mí (aunque quizá pueda representarlo en un futuro), y en las que me he debatido entre dos posibles materiales novelísticos hasta decidirme por uno de ellos… para luego descubrir, a las primeras seis o siete mil palabras, que no lo estoy enfocando desde el punto de vista más interesante posible, y que eso, dentro de pocas semanas, va a llevarme a un callejón sin salida. De modo que vuelta a empezar.

Puede ser una intuición o lo que otros llamarían una profunda reflexión sobre lo que se está haciendo, pero tengo la impresión de que he escuchado más a mis tripas que a mi cabeza, y creo que eso siempre es bueno. Sin embargo he empezado con el pie cambiado y me está costando una barbaridad mantener una escritura regular e intensa, y ello a pesar de que no me asaltan ideas de otros posibles proyectos que debería estar escribiendo antes que este (tal como he explicado en otra ocasión que te vienen porque tu mente no deja de tenderte trampas) ni he pensado que no pueda hacer algo emocionante de esta historia que quiero contar. La sensación real que tengo, y esta es la verdad, es de que no estoy a la altura. Pero creo que eso es bueno: demostrarme a mí mismo que sí lo estoy, y dentro de cuatro o cinco meses, o cuando sea que tenga listo un borrador lo bastante digno, hablar a mi yo de principios de enero y decirle: ¿lo ves? «ya te dije yo que valdría la pena».

La clave, me parece a mí, es que el personaje (o personajes) centrales de tu historia sean interesantes para ti, lo bastante como para que a su reclamo de que les des vida te niegues a ti mismo el descanso tan merecido después de una jornada de trabajo, o una buena compañía, o esa película que estás deseando ver, o esa cena con los amigos, o esa lectura que está esperando a que termines con ella de una vez. Nunca he entendido cómo alguien se puede poner a escribir de otra manera. Por mucho que tus personajes sean detestables, trágicamente imperfectos, absurdos y hasta odiosos la mayoría de las veces, ellos son la verdadera razón de tu esfuerzo, y cuando veo a esos escritores que te cuentan una historia sobre alguien anodino, o que son incapaces de armar un personaje te preguntas qué resorte interior le ha llevado a ser escritor… ¿escribir bonitas frases o hablar de lo hermoso del amor? ¿sentirse artistas porque te construyen una historia trepidante? El personaje es la clave de todo y es, en realidad, una extensión de tu prosa y de tu pensamiento, y una de las dos piedras de toque (la otra es el estilo) de todo verdadero gran narrador. ¿Sobre qué vas a construir tu narrativa, sobre pijos adolescentes sin nada mejor que hacer que chatear todo el día?

Yo creo que ya he encontrado mi personaje, y es un personaje que me da miedo y que me atrae de una forma complicada al mismo tiempo. Creo que se parece demasiado a mi, eso no me gusta porque voy a tener que indagar en mi interior una vez más, y cada vez indago un poco más adentro y no sé qué diablos voy a encontrar en un sitio tan oscuro y tan impredecible. No se parece a mí en todo, lógicamente, pero sí en muchas cosas que me pregunto si los demás ven en mí. Y si no lo ven, supongo que lo distinguirán cuando la novela esté terminada y publicada.

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LITERATURA

Escribir relatos es el infierno

Y sin embargo, es difícil dejar de hacerlo. Ya he escrito por aquí la gran diferencia que existe entre novelar y relatar (una diferencia aún más grande que pintar al óleo y diseñar por ordenador…), así como las enormes disparidades entre escribir una novela o escribir un relato, que sobre todo tienen que ver con el ritmo interno y externo del trabajo, con la disciplina mental, con las expectativas que se le ponen a una historia y a un estilo determinados. Todo eso es cierto, pero hay muchas más cosas que tener en cuenta. Y empiezo a pensar que muchos escritores, ya sean mediocres, estafadores, o grandes novelistas, no se ponen a escribir cuentos o no lo intentan con mayor continuidad, porque a pesar de las apariencias, saben la que les espera.

Porque a pesar de que escribir una novela te puede llevar meses, o incluso años, escribir un relato puede ser, y de hecho suele ser, mucho más duro que escribir una novela. Si estableciéramos un símil válido, podríamos decir que escribir una novela es salir todos los días a correr con intensidad, pero escribir un relato es algo así como escalar una montaña cada tres o cuatro meses. Es decir, que escribiendo una novela te preparas más, y el hecho de escribirla te prepara más para seguir haciéndolo, que escribir un relato, que necesita de un gran impulso durante muchos menos días. En realidad, encontrando un símil mucho mejor, se podría decir que escribir un relato es como escribir el clímax de una novela, y hacerlo en muchos menos días. ¿Y por qué menos días, porque intuyes que para poder inocularle esa energía primitiva de la idea que ha dado lugar al cuento, debes soltarla en pocas jornadas de trabajo para poder contener su esencia. Y creo que muchos escritores de relatos me darán la razón.

Y se han escrito muchos libros, y se ha hablado mucho de cómo escribir novelas, o de cómo se han escrito novelas, o de dónde encontrar los elementos que conforman una buena o por lo menos interesante novela, pero poco, muy poco, de relatos, de su configuración, composición y escritura. Realmente es un campo minado. Podemos volver a remitirnos a la ‘Filosofía de la composición’ de Poe y a otros textos primordiales sobre el tema, pero nada, o por lo menos nada de referencia inexcusable, que se haya escrito en los últimos años sobre el tema. No es de extrañar que ni los más valientes lo intenten. Y es por ello que no hay que dejar de admirar a los que siguen escribiéndolos, por ejemplo el siempre denostado Stephen King, que acaba de sacar un volumen con cuatro relatos largos, y otros que de cuando en cuando consiguen que les publiquen algo diferente a la tan manida novela, a la que ya no pueden pasarle más cosas terribles de las que ya le están pasando.

Personalmente encuentro inspiración en algunos de los grandes, y por mucho que hinque los codos termino dando de lado a no pocos de los mas respetados de este género maldito. Es un placer leer los cuentos de Jack London, de una fiereza y una fuerza expresiva que trascienden la violencia de la mayoría de ellos para transformarse en una experiencia de corte visceral. O los cuentos de terror y de fantasía de Richard Matheson, o los magníficos cuentos de Manuel Mújica Láinez. Pero los que a mí más me han fascinado, incluso superiores a los más logrados del ‘Dublineses’ de Joyce, son los de William Faulkner, pues incluso en el menos exigente y ambicioso de todos ellos reverbera un torrente de ideas, una hemorragia de literatura muy difícil de describir. Pero ni toda la inspiración del mundo puede ayudarte cuando sabes que dispones de diez, doce o quince páginas para contar una historia, o para adentrarte en un mundo muy concreto, y que cada palabra, cada inflexión, cada espacio entre párrafos cuenta. Yo, personalmente, no acabo de encontrar el ritmo en esta clase de cuentos y me deja perplejo que otros, en algún momento, hayan podido.

Una vez haya unificado los tres blogs (este, el de críticas y el de reseñas), iré dejando algunos relatos que he escrito, y estoy casi seguro de que el que llegue a leerlos estará de acuerdo conmigo: la densidad, la hondura de los relatos más largos (más de veinte páginas), es netamente superior al de los más cortos. Es como si una parte de mí, por mucho que me guste la idea original de ese cuento corto, después se perdiera en el azaroso camino (de ocho o nueve páginas después…), pero que tal cosa no me sucediera cuando escribo uno que va a ocupar veinticinco o treinta páginas (diez o doce mil palabras). Empiezo a creer que me da reparo simplemente centrarme en unos pocos detalles, o puede que sea esa la verdadera literatura, la que no muestra sino que sugiere, no la que describe sino la que desvela. Y si así es, aún me falta mucho para descubrir sus secretos. Pero que me crea el lector cuando le digo que por lo general (no siempre, evidentemente), cuantas más palabras necesite un autor para cerrar su obra, peor escritor será. No es de extrañar que todos esos best-sellers que no valen nada sean ladrillos, verdaderos tochos que podrían servir perfectamente para reparar la fachada de un edificio en ruinas.

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ENSAYO

Las malditas 1.000 palabras

Todos los días es más o menos lo mismo: hay que escribir 1.000 palabras. Y eso se dice fácil (y a veces hasta se hace fácil), pero día tras día vas sufriendo tus altibajos. Y 1.000 palabras en ficción no es lo mismo que 1.000 palabras en un artículo o entrada como esta que estoy escribiendo ahora.

Yo esto siempre lo comparo con el día a día de un músico. Un músico profesional, se entiende, que cada jornada, sea entre semana, o fin de semana, fiesta o vacaciones, dedica a su instrumento, sobre todo las primeras décadas de su vida, entre 4 y 6 horas diarias. No está «tocando» el instrumento 5 horas seguidas (bueno, a veces sí…), pero si está practicando y buscando sonidos, y acomodando los dedos, y puliendo defectos, etc, etc… Los escritores, lo mismo. Cualquier escritor que se precie, y que no quiera hacer el mayor de los ridículos, sabe que no le queda otro remedio que remar miles de palabras, que con el tiempo serán millones, antes de encontrar lo que quiere decir, y antes de que eso que está escribiendo tenga un mínimo de solidez estilística. Porque en literatura el estilo lo es todo. En literatura el estilo es como en canto la voz, o en pintura el trazo con el pincel. El estilo es el contenido, y basta leer dos o tres párrafos de cualquier novela para percatarse de que ese autor o autora no tiene estilo…sencillamente porque no ha remado lo suficiente con anterioridad.

Volvamos a las 1.000 palabras: a veces, bastantes, es fácil alcanzarlas. Depende de en qué parte de la novela estés, o de que ese pasaje en particular albergue elementos que a ti se te den bien, como por ejemplo la acción, el suspense, la tensión, los diálogos… lo que sea. Descubres que, a los veinte minutos de escritura ininterrumpida, ya llevas casi esa cantidad, y que si te lo propones puedes alcanzar la ya mágica cifra de 2.000. En algunos casos incluso 3.000. Y esos días…esos días, amigo lector, no se puede describir la felicidad que se siente. Y no es felicidad como la entiende el resto de los mortales. Es de otro rango…la misma que debe sentir el velocista cuando en la carrera de 200 m lisos no solamente gana sino que descubre que podría seguir corriendo otros 200 m más al mismo ritmo, la que debe sentir el escalador cuando llega a la cima y sabe que si hubiera otra cima aún más alta podría con ella en ese mismo momento… No es felicidad tal cual, es una paz… la paz del que sabe que ha podido con los elementos y todavía está bien fresco para seguir repartiendo leña.

Otros días la cosa cambia: para hacer 1.000 palabras medianamente mal hechas te las ves y te las deseas…eres como el corredor de fondo que pide más botellas de agua de las que tocan o el ciclista al que le da una pájara y que sin ningún problema se bajaría de la bici y se metería en la cama una semana. Y no sabes por qué, como tampoco sabes por qué hay días que podrías con eso y mucho más. No hay trucos de ninguna clase, más allá de los habituales lugares comunes: un poco de soledad, un rincón tranquilo, un poco de música, el menor ruido posible, nada de distracciones. Pero a veces ni siquiera sirve todo eso. Es más, todo eso lo tienes, o deberías tenerlo, cuando ya te has puesto a escribir. El problema es el antes, cuando sabes que en media hora deberías ponerte a sacar tus 1.000 o 2.000 palabras, lo que significa que ya deberías ponerte a construir ese rincón y esa atmósfera propicia.

Pero todo eso, insisto, es un lugar común. Existen muchos escritores que escriben en cafeterías, con el trajín de gente entrando y saliendo, y sin aislarse con unos auriculares ni nada por el estilo. Y escriben allí la novela completa, día tras día. Hay otros que escriben un párrafo una hora, dos párrafos la hora siguiente y tres párrafos por la noche. Yo no puedo trabajar sin música, otros necesitan escuchar el ruido de la calle o la tele de fondo. Algunos escriben por la mañana, otros a la madrugada. Pero, lo diré las veces que haga falta, sólo consiguen algo los que escriben todos los días, contra viento y marea, a pesar de enfermedades, desgracias, pandemias…incluso en fiestas, cumpleaños, viajes o después de haber echado ayer doce horas en el trabajo…y no a pesar, sino precisamente a causa de ello. Y es bueno ponerse unos mínimos (1.000 palabras) y de ahí para arriba. Eso son 30.000 al mes, como mínimo. En tres meses, tienes una novela, no una novella o noveleta de 45.000 palabras, sino una novela de verdad, y a partir de ahí ya tocan las nuevas versiones, correcciones, ampliaciones, etc.

Y así, un día descubres que escribir una novela decente no es complicado. Lo complicado es escribir una que valga la pena. Una buena novela, o un buen libro de cuentos. Eso es lo jodido. Y la única forma de conseguirlo es encontrando, tarde o temprano, tu propia voz, tu propio estilo. A algunos les lleva media vida encontrarlo, y otros más afortunados con dos o tres novelas ya han dado con él. No vale simplemente con poner » Capítulo 1. fulanito sale a la calle y…». Hay que encontrar qué puedes aportar tú. Poner capítulo 1, capítulo 2, armar una trama más o menos interesante… eso lo hace cualquier chimpancé, y muchos escritores lo logran aunque sólo sea por mímesis de todo lo que han leído. No reviste ningún mérito. Pero tampoco te puedes poner originalista sin más, hacer los párrafos al revés, cargarte la ley de concordancia o elaborar los diálogos más absurdos de la historia. Eso no sirve para nada. Has de proponer, si quieres llegar a algo, una experiencia literaria, si bien una experiencia que nadie haya propuesto antes.

Que Arturo Pérez-Reverte escribe ocho diarias no se lo cree ni él. Tiene tanto valor esa afirmación como la de cientos de bloggeros aficionados que hablan sobre el hecho de escribir sin un gran bagaje detrás. Si yo, o cualquiera, escribiéramos ocho horas diarias, sin parar apenas para ir a mear, acabaríamos una novela en dos semanas. Además, es imposible escribir ocho horas en un día. Es mental y físicamente extenuante escribir apenas tres, aunque seas ya un escritor o creador experimentado. Esas son las típicas declaraciones de escritores que toman a sus lectores por imbéciles, escritores que tienen toda la novela antes de empezar y que para escribir una escena que transcurre en Yakarta han de ir personalmente allí para documentarse. Chorradas de escritores basura que no saben cómo llamar la atención.

Así que, amigo lector, si quieres escribir, no hagas caso de escritores bocachancla. Hazme caso a mí. Ponte un horario y márcate un mínimo diario. A partir de ahí, mentalízate: si de verdad quieres escribir, vas a escribir, y no valen excusas como estar cansado o que no te salen las palabras. Las musas sólo existían para los poetas grecolatinos y la inspiración sólo es algo que viene después de la expiración. Al final lo conseguirás y te pasará como a mí, que si no escribes te sientes tan hundido que te preguntas para qué diablos has venido a este mundo.

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