CRÍTICA, ENSAYO, TELEVISIÓN

Hablemos un poco de series (2): Las primeras impresiones

Sigamos hablando un poco más de series, este fenómeno global que ha venido para quedarse y que muchos dicen que va a sustituir al cine y todo eso… Bueno, llevamos unos cuantos años con grandes series y de momento, por lo visto, se siguen haciendo películas. Quizá sea porque vienen a representar estados de ánimo, ritmos y tiempos diferentes. O porque, seamos claros, te ofrecen experiencias bastante diferentes. La primera diferencia, obvia, es que el cine puede verse en un cine, pero aunque las series se proyectaran en cines, y bien podría hacerse con todas, la experiencia sería distinta. Es una diferencia similar, aunque no idéntica, a la que existe entre una novela y un relato o conjunto de relatos. Sin embargo sí creo que para entender bien el cine hay que conocer las series a fondo, y para conocer las series a fondo, desde luego hay que tener conocimientos profundos de cine…

En esta charla sobre series que estoy planteando en mi página, vengo un poco a sustituir (aunque sé que es imposible hacerlo del todo) las charlas sobre series que tienen lugar en el bar, en el coche o en el trabajo. No exactamente a sustituir… a enmendar, porque yo también vivo en este mundo y también participo de ellas o por lo menos las escucho todos los días, y por desgracia me encuentro con lugares comunes que, por desgracia, y tal como dije en el anterior capítulo de esta serie, abaratan la experiencia de las series.

Y uno de los lugares comunes más habituales consiste en querer que cada nuevo gran estreno se convierta, desde el primer minuto, en la serie del año. Yo no sé qué fiebre salvaje recorre ahora las redes y a los aficionados, que de pronto cualquier propuesta televisiva es un todo o nada, o una maravilla o una porquería, y ya desde el episodio piloto estamos juzgando una ficción seriada con la misma intensidad con la que pocas horas, o pocos minutos, antes hemos juzgado una serie de cinco temporadas que terminó hace siete años. No tiene ningún sentido, y además se corre el peligro de valorar las cosas desde un prisma deformado y de no aprender nada de nada. Muy pocas series han deslumbrado desde el primer episodio, y las que en teoría lo han hecho a veces se han desinflado pronto. Ni siquiera en el caso de, por ejemplo, una miniserie como ‘True Detective’, cuyo primer episodio por cierto es absolutamente magistral (como toda la primera temporada), y que tuvo que esperar un poco para empezar a adquirir ese aura mítica que ahora mismo la caracteriza.

Recuerdo el caso de ‘The Wire’, que no puede decirse que en su primer episodio te diga que estamos ante una de las mejores series de todos los tiempos… y sin embargo lo estábamos. Y esto sucede porque las series no son películas, porque algunos creadores de series, lo que quieren, lo que buscan y lo que encuentran, es un todo construido a partir de una serie de piezas. Y aunque en efecto algunos episodios puedan ser extraordinarios, lo que se busca es que la serie por completo sea extraordinaria.

Hablábamos de ‘True Detective’. En una miniserie es más complicado, en cierto sentido, porque al contar con seis o siete, o cinco episodios, se supone que todos ellos han de tener una altura enorme, que cada pieza del rompecabezas ha de ser muy brillante, porque se trata de un rompecabezas no demasiado grande. No puedes empezar a hacer grandes cosas en el episodio cinco, por ejemplo, como te sucedería con una serie en la que vas a plantear cinco, siete o diez temporadas… Por eso quizá ‘True Detective’ (siempre la temporada 1, no la 2 ni la 3, desde luego) es una creación superlativa, porque cada uno de sus ocho episodios es una maravilla, y aún así los hay más impresionantes que otros. Lo necesario en una serie es mantener una altura capítulo a capítulo, quizá en alguno bajar un poco esa altura para en el siguiente subirla mucho más, como una preparación. Pero es complicado.

Insisto: una serie no son cuarenta y cinco películas de una hora. Es otra cosa, definitivamente. Quizá una colección de piezas que alcanzan pleno sentido (y no temático ni argumental, espero se me entienda) cuando se ven todas juntas. Por eso valorar una serie (como tantos están haciendo ahora mismo con ‘The Last of Us’) por un solo episodio es una completa estupidez. Pero también es una equivocación garrafal valorar un conjunto de episodios de manera individual, solamente. Lo que debe hacerse es valorar la serie en su conjunto y luego valorar cada capítulo por lo que está buscando de manera individual, si es que está buscando algo de manera individual. En algunos casos puede hacerse (como en ‘House’) y en otros no. Por ejemplo en ‘The Sopranos’ que es quizá la mejor serie de todos los tiempos, tenemos el milagro de que episodio tras episodio tenemos una pieza magistral. Pero eso es rarísimo. Lo más habitual es encontrarse una serie que peldaño a peldaño raya a gran altura, y cada poco regalarnos con un episodio magistral.

Porque las series son, sobre todo, una construcción, igual que las películas. Y esa construcción no se advierte del todo hasta el final, por mucho que pueda advertirse en algunos casos hacia la mitad o incluso antes que estamos ante algo impresionante o quizá decepcionante.

Por eso hay que dejarlas crecer y por eso, quizá, ‘The Last of Us’ va a ser mejor serie según avance, se vaya separando del dichoso videojuego, y alcance autonomía propia para medirse, de tú a tú, con las series de su clase.

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Hablemos un poco de series (1)

Hablemos, hablemos…

Voy a hablar mucho más de series este año, por un evento que espero tenga lugar pronto, pero hasta ese momento, y cuando llegue, y después también, hablaremos de series aquí más de lo habitual, porque son un fenómeno que como todo el mundo parece que empieza a saber, ha venido para quedarse, pero al mismo tiempo creo que todo lo que las rodea, el fenómeno fan (habitualmente tan dañino) y muchísimos lugares comunes que están empezando a adueñarse de este ámbito, pueden convertir este fenómeno –o ya lo están convirtiendo– en algo alejado de lo que realmente es.

En general está sucediendo lo que pasó con el cine, pero a un ritmo mucho mayor: la banalización de su razón de ser. En general la gente acude a las series por dos razones principales: por moda (hype) o por afinidades con el argumento, en otras palabras porque le atraiga lo que allí se está contando. Y se habla demasiado de la adicción a las series, algo con lo que no puedo estar de acuerdo. ¿Una serie, como una novela, es mejor por engancharte a ella con mayor adicción? No tiene sentido.

A modo de introducción, habría que dejar claras unas cuantas cosas:

–Las series no son un producto, algo que se repite con mayor intensidad que con el cine. Son trabajos creativos, obras narrativas. Productos son las pizzas o las Coca-Colas…

–Las series no son películas alargadas. No son largometrajes de 10 o 20 ó 180 horas. Poseen su propia especificidad narrativa distinta de las películas, del mismo modo que los relatos y las novelas difieren entre sí en algo más que la longitud.

–El máximo responsable de una serie no es el director de un capítulo, tal como sucedería en el cine, sino muchas veces el guionista, que a menudo es el creador, el showrunner de la serie. Él es la cabeza pensante y la que toma las decisiones.

–La serie no solamente son historias de vikingos, o del oeste, o de ladrones y policías. También son formalización de esos contenidos argumentales, y es necesario atender a esa formalización y entenderla.

–Las series, como las películas, necesitan de críticos, de analistas cualificados con algo más que una carrera de periodismo, porque sus imágenes, sonidos y construcciones narrativas así lo precisan. La mayoría de los que escriben sobre series, como la mayoría que escriben sobre películas, son simples reporteros. no críticos.

–Las series también tienen géneros, igual que el cine, y a veces no tiene sentido compararlos. No tiene sentido comparar ‘Arcane’ con ‘The Office’. La primera es una deslumbrante joya de la animación (al menos en lo visual, pues su construcción narrativa adolece de algunas arritmias internas evidentes), y la segunda es una comedia salvaje con forma de falso documental.

Se podrían decir algunas obviedades más, pero de momento podemos dejarlo aquí.

Lo que me gustaría a mí, sobre todo, es que no se considerase «productos» a obras narrativas, y que no se contagiase a las series todo el barro que enfanga el cine. Las series necesitan una respuesta crítica a la altura, y algunos estamos trabajando en que la tengan. En caso contrario, ocurrirá como en el cine y la literatura: acabarán convirtiéndose en algo sin valor, sin brillo, romo e inútil.

Así de claro.

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