CINE

Viajeros de la noche – Capítulo decimoquinto: Juego de tronos

Pues sí, ya estamos rozando el final de temporada de nuestro podcast Viajeros de la noche, ¿quién iba a decírnoslo?. Y cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando le dije a @SrPurpura que debíamos buscar un nuevo compañero para rehacer el podcast, y ahí llegó el bueno de Carlos y de nuevo fuimos tres charlando y debatiendo sobre lo que nos apetecía. Y hete aquí que hemos llegado al capítulo decimoquinto, nada menos, el penúltimo de esta primera «season». Pero que no se rasguen las vestiduras nuestros inopinados seguidores, ni se alegren nuestros detractores, que volveremos pronto.

Esta vez, siguiendo la estela sobre el género fantasía al que dedicamos el anterior programa, nos hemos propuesto hablar de Juego de tronos, aprovechando además que está a punto de salir su «spin-off», el esperado House of Dragon. Y como a Carlos le apasiona la serie, y como Juanjo no le va a la zaga, pues nos hemos lanzado a comentar sus aciertos y sus zonas grises, sus personajes, sus temporadas, sus mejores capítulos, sus más memorables muertes, sus grandes momentos épicos, que tiene unos cuantos, y en definitiva todo lo que tiene que ver con una serie que ha marcado una época y que es, pese a quien pese, una de las más famosas y de las más importantes de la historia de la televisión. Por ponernos, nos hemos puesto incluso con la tan traída y llevada polémica sobre ese supuesto fallo a la hora de construir el cambio final de Daenerys…

…de hecho empezamos con una pequeña broma, en la que Juanjo me arrebata el trono de VDLN después de matar a Carlos y llega Daenerys y… bueno, lo mejor será que lo escuchéis, porque es todo un drama.

Aquí el programa en ivoox:

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Y aquí, por supuesto, en Spotify

Esperamos que os sea de utilidad para adentraros más en Poniente o para hacer más amenos ese viaje a la playa que todos nos merecemos en pleno infernal mes de agosto. Muchas gracias por escucharnos.

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TELEVISIÓN

‘Euphoria’, o el estado de gracia

No sucede demasiado a menudo, o más bien casi nunca… precisamente por eso cuando sucede te resulta más fácil darte cuenta. Recuerdo bien la conmoción que experimenté al ver en cine ‘El camino a casa’ (‘Wo de fu qin mu qin’, Zhang Yimou, 1999), o ‘Titanic’ (James Cameron, 1997), o cuando vi varias veces seguidas en televisión ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’ (Michel Gondry, 2004), o cuando en plena pandemia pude por fin ver ‘Spider-man: Into the Spider-Verse’ (Bob Persichetti, Peter Ramsey, Rodney Rothman, 2018): la sensación, o más bien la intuición, de que aquello que estaba viendo iba a ser algo mítico, irrepetible, y de que detrás de las cámaras se encontraba gente en estado de gracia. Y algo más: lo afortunado que te sientes por verlo nacer como mito. Las personas que estaban en Cannes en 1979 debieron sentir algo parecido cuando vieron el primer pase de cierta película de Francis Ford Coppola…

Y tal cosa me ha vuelto a suceder con ‘Euphoria’, tanto hace casi dos años, con la primera temporada de la serie (que en realidad es de 2019), como ahora con la segunda recién concluida: la percepción de que estaba asistiendo al nacimiento de algo demasiado grande para ciertas mentalidades, o demasiado extremo para otras, pero de lo que alguna forma yo también era parte, porque había sido testigo de cómo nacía de la nada y se convertía en lo que es ahora: una de las grandes series canónicas de lo que llevamos de siglo, y una de las más enigmáticas. Viéndola, me pregunto qué habrá de especial en la miniserie israelí, de diez episodios aparecidos en 2012, en la que se basa, o si habrá algo interesante en algún sentido, porque viendo esta ‘Euphoria’ (2019-?) sobre todo me pregunto quién es este Sam Levinson y cómo un talento de esta magnitud se ha manifestado de semejante forma cuando todo lo anterior que ha hecho no anticipaba ni mucho menos lo que ha sido capaz de lograr.

Algunos dirán que exagero, tanto si se lo digo en persona como si leen estas líneas. Pero estoy seguro de que no. Ahora que tantas voces decían que los buenos tiempos de HBO habían pasado a la historia, y que su hegemonía televisiva había tocado a su fin con la temporada final, hace ya tres años, de ‘Game of Thrones’ (2011-2019), la cadena hace un salto mortal sin red apostando hasta las últimas consecuencias por esta ficción de Levinson, una verdadera locura que en ningún momento puede calificarse solamente de «drama para adolescentes». No creo que el famoso cineasta Barry Levinson, al que muchos recordarán por haber filmado títulos como ‘Rain Man’ (1989), por la que ganó el Óscar a mejor director, y de otras como ‘Bugsy’ (1991), ‘El secreto de la pirámide’ (‘Young Sherlock Holmes’, 1985) o ‘Good Morning Vietnam’ (1987), pudiera haber pensado en tener un hijo que con una serie un día iba a hacer algo mucho más importante que todo lo que ha hecho él en toda su poco estimulante filmografía.

Contando bastante de su experiencia con las drogas, Sam Levinson ya no es el impersonal pero sugerente debutante de ‘Another Happy Day’ (2011), o el cineasta brillante y prometedor, pero también exagerado y poco cabal de ‘Assassination Nation’, ni siquiera es el director de la bastante auto-indulgente y superficial ‘Malcolm & Marie’ (2021) que filmó para NETFLIX aprovechando parón de la pandemia; porque con ‘Euphoria’ se pone en la liga de los David Chase, David Milch o Michael Hirst, creando una serie tan absolutamente original y contundente que es verlo para creerlo. Con una energía para el montaje que envidiaría un joven Paul Thomas Anderson y un no tan joven Martin Scorsese, con una capacidad pasmosa para crear planos memorables en perfecta sintonía con sus operadores, nos narra la caída en los infiernos de esta inolvidable Rue Bennett (la cantante y bailarina Zendaya, estrella de Disney Channel… como si no fuera ella, haciendo suyo un papel dificilísimo), y lo hace con una personalidad que le sitúa entre los grandes creadores de series de la actualidad.

¿De dónde nace este talento puro para la puesta en escena y la dirección de actores? ¿Cómo surge esta imaginación portentosa para el dinamismo y la energía, el juego de colores, luces y sombras de esta serie ya mítica? Antes que otra cosa, y a pesar de las apariencias, ‘Euphoria’ es un musical, probablemente el más extraño y sórdido jamás realizado, pero que pertenece a ese género porque es música en imágenes, y sólo unos pocos cineastas son capaces de hacer algo como eso.

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ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

La imposible rivalidad entre NETFLIX y HBO

Lo he escuchado por ahí en alguna conversación ajena, o en alguna en la que quieren que me involucre: que si NETFLIX es realmente el portal de series más importante, que si ninguna otra, ni siquiera la tan cacareada HBO, puede hacerle sombra, que si qué opino yo, que si ya saben lo que voy a decir y no tengo razón. Por lo menos la mayoría suelen decir que NETFLIX no tiene nada que envidiar a otras como HBO o AMAZON, y que su oferta es mucho más amplia, interesante y variada. Pues no sé qué decirles para convencerles, pero esa supuesta rivalidad entre ambas cadenas, o directamente entre HBO y todas las demás es directamente imposible.

Porque ni NETFLIX ni AMAZON, ni DISNEY +, ni MOVISTAR, tienen un ‘The Sopranos’, ni un ‘The Wire’, y eso debería ser ya argumento suficiente para desmontar cualquier posible rivalidad o superioridad de cualquier otra cadena sobre HBO. Me parece que los que argumentan tales razones no han visto, sencillamente, ninguna de esas dos series. No son la única razón que debería echar por tierra tales ideas, pero son la más poderosa, y si nos centramos únicamente en la producción de NETFLIX, no hay color, por mucho que últimamente sea esta cadena la que recibe más nominaciones a los Emmys, y a los Globos de Oro y a los Oscar y a cualquiera de los muchos premios que se entregan en EEUU. Cierto es que NETFLIX además de algunas producciones propias ha comprado unas cuantas series de otras cadenas que ha puesto a disposición de sus suscriptores, en algunos casos producciones muy interesantes, pero ni siquiera así tiene nada que hacer con el catálogo propio de HBO. Es un enano frente a un gigante. Un enano con muchísimas películas (la mayoría de escasa calidad) y con muchísimas series (la mayoría de otras cadenas), frente a un gigante (con las mejores series de la historia salvo algunas excepciones inevitables).

Una de las series más conocidas y exitosas de la cadena, ‘Stranger Things’, es un relato hinchado con poca narrativa interesante dentro, un artefacto posmoderno que bebe de demasiadas fuentes y que no acaba de encontrar su propia entidad. El equivalente en HBO, en componentes temáticos y tonales, sería la española ’30 monedas’, de Álex de la Iglesia, que pese a su enorme torpeza y a su evidente falta de recursos estilísticos, no se tomaba tan en serio a sí misma y poseía algunos momentos disfrutables. ‘Mindhunter’ se encontraba entre lo más interesante y sugerente que puede ofrecer esta cadena, pero parece poco probable que vaya a ir más allá de la segunda temporada, debido a costes de producción y a su discreto éxito. Pero por muy notable que sea ‘Mindhunter’ en muchos de sus componentes narrativos, no es rival para la serie cancelada por antonomasia de HBO, la obra de arte ‘Deadwood’, que con sus tres temporadas, pese a su apresurado final, es muy superior a cualquier cosa que hayamos podido ver en NETFLIX.

Las series de NETFLIX tienen mucha pegada comercial, y son seguidas por millones de personas en todo el mundo. Fenómenos sociales como ‘Gámbito de dama’ o ‘El juego de calamar’ se van a seguir produciendo. No son malas series pero no pueden rivalizar con las verdaderamente grandes, las de HBO o las de AMC. Por lo menos tienen ‘Peaky Blinders’, una creación magnífica en la que Steven Knight da lo mejor de sí mismo y a lomos de su magnífico equipo puede estilizar al máximo este relato sórdido y negrísimo, pero parece claro que si de verdad quiere derribar a HBO en cuanto a calidad, va a necesitar tomárselo mucho más en serio y arriesgar mucho más. De poco valen las nominaciones y los premios, incluso a sus películas (algunas de ellas ya con Óscares) si esos títulos no se traducen en una continuidad. NETFLIX es, en realidad, una cadena para devoradores de narrativa, para ganar premios fáciles, para hacerse notar. HBO es otra cosa.

Incluso en su selección de películas es otra cosa. Dicen que NETFLIX tiene una gran variedad de filmes en su catálogo. No es cierto. Los filmes de producción propia de HBO no tienen nada que envidiar a los de su rival. ‘Last Days’, de Gus Van Sant, ‘Citizen X’, ‘Deadwood The Movie’, ‘Bad Education’, ‘Game Change’, ‘Into the Storm’, entre otras, además de su magnífico repertorio de documentales, ponen en graves aprietos las ficciones propias de NETFLIX.

De modo que me parece que tiene poco sentido, o ninguno, hablar de ninguna rivalidad. HBO reina sobre todas las demás. Y NETFLIX es una enana, un peso pluma frente a un gigante. Así de claro.

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ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

El reto de hacer ‘The Last of Us’ en HBO

Pues sí, la están filmando ahora mismo, y algunos que hemos tenido la suerte de jugar al primer juego en 2013, y que luego hemos tenido la suerte de jugar al segundo juego en 2020, nos preguntamos qué va a dar de sí esta serie. Y esto lo digo sabiendo perfectamente que por otra parte muchos no es que se lo pregunten, sino que esperan su estreno con vehemencia y al mismo tiempo (sin saberlo) con las garras afiladas por todo lo que en ella no les guste o no les parezca apropiado de ella, en comparación con su idolatrado juego. Desde luego, va a ser un evento interesante.

Hace ya bastantes años desde las primeras adaptaciones de videojuegos al mundo del cine, y no creo que haga falta nombrar aquellos desaguisados narrativos. Pero parece bastante seguro que en el caso de ‘The Last of Us’ (en adelante TLOU) la cosa va a cambiar bastante. Ya he dicho más de una vez que tanto las dos partes de este juego como aquella maravilla absoluta llamada ‘Red Dead Redemption’ son de los pocos ejemplos que se pueden encontrar en los que exista cierto nivel de narrativa pura, ya que la mayoría de los videojuegos son divertimentos sin más, ejercicios interactivos en los que no hay personajes ni narración de ninguna clase, y llegue a dedicarles sendas críticas en las que espero haber explicado la experiencia de zambullirse en estos universos. Ahora que se anuncia que en unos meses podremos ver el primer episodio, es una ocasión magnífica para seguir reflexionando sobre ello.

No va a ser fácil, desde luego, pero habrá que confiar en que HBO y sus socios lleven su material a buen puerto. No suelen equivocarse (aunque no son infalibles, ¿quién lo es?) y su mayor baza, el carisma de estos personajes y de este mundo creado por Neil Druckmann, puede ser también su mayor problema, pues la legión de seguidores de los juegos puede desvirtuar, directa o indirectamente, lo que se propongan hacer con la serie. Y en ese sentido es inevitable referirse a ‘The Walking Dead’ (en adelante TWD), por varias razones, y no solamente porque aquella fue una serie que durante un tiempo estuvo rondando en los despachos de HBO antes de ser desestimada.

De hecho, resulta insoslayable afirmar que ‘TLOU’, el juego, está muy influido por la serie de AMC basada en los cómics de Robert Kirkman. Una de las grandes diferencias, por supuesto, son las criaturas, pues en lugar de zombis son más bien infectados, y los más terroríficos, los chasqueadores, una especie de mutación causada por el hongo que provoca el virus, son una creación muy notable del género de terror. Podría decirse que HBO va a tener, finalmente, su propio ‘TWD’ adaptando ‘TLOU’, quién sabe si arrepentido por haber rechazado la que sin duda es una de las series más famosas en todo el mundo, pero harían bien en llevar a cabo una depuración parecida a la que Frank Darabont, primero, y luego el magnífico equipo de guionistas y directores llevaron a cabo con ‘TWD’ respecto al cómic. Porque parece fundamental llevar a cabo esa depuración y que ‘TLOU’ se desgaje del videojuego, tenga su propia esencia, sus propias reglas y su propio universo, si de verdad quiere ser una buena serie, o quién sabe si incluso una gran serie. Ha de tomar los dos videojuegos como punto de partida y después, por mucho que les pese a su legión de seguidores, traicionarla, construir una imagen y un sistema de ideas diferente, o el fracaso está bastante asegurado.

¿Qué habríamos obtenido de ‘TWD’ si hubiese sido totalmente fiel al cómic en la trama, los personajes y el aspecto visual? Pues algo parecido, probablemente, a esa nadería de ‘300’ (Snyder, 2006), que es básicamente el cómic de Frank Miller puesto en movimiento, pero sin entidad cinematográfica, sin fuerza, sin mirada, sin pulso cinemático. Si ‘TWD’ es, yo estoy seguro, la obra maestra que es y cuya altura sólo va a crecer con el paso del tiempo, es porque inventó (arriesgándose a que sus comentaristas más hueros le achacaran precisamente eso) nuevos personajes, construyó algo por encima del cómic de Kirkman, más realista, más a ras de suelo, más persuasivo y más raerte. Ese es el dilema de las adaptaciones: han de crear algo nuevo a partir del material preexistente, no quedarse en un mero etalonaje de lo ya visto o ya leído, en una ilustración o en un poner en movimiento unas viñetas.

Veremos, dentro de unos meses, si la pandemia no ha hecho mella en el autor de estas líneas o no nos ha caído un pedrusco del cielo, y lo comentaremos aquí, con la esperanza de que el esfuerzo haya valido la pena.

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ANÁLISIS TELEVISIVO, ARTÍCULOS, CINE, TELEVISIÓN

La magnificencia de ‘True Detective’: 1 – los diálogos

La vi hace varios años por primera vez (desde entonces la he visto algunas veces más) y todavía me tiene completamente obsesionado. Creo firmemente que la primera temporada de ‘True Detective’ es absolutamente excelsa, y que su magnificencia, tal como he afirmado alguna vez, se asienta sobre tres triunfos inapelables. A saber:

El guion de Nic Pizzolato, creador de la miniserie, que se adentra por meandros psicológicos y expresivos de notable profundidad conceptual
La puesta en escena de Cary Joiji Fukunaga, que filma con una clase, una precisión y un sentido de la imagen apabullantes
El personaje de Matthew McConaughey, Rust Cohle, que es uno de los más fascinantes y memorables de la historia de la televisión

A su vez, en lo referente a Cohle, obtenemos otros triunfos. En primer lugar que es, tal como también he afirmado varias veces, una de las mejores interpretaciones masculinas de la historia del cine, más que de la televisión; y en segundo lugar que sus diálogos, disertaciones y diatribas, los que mantiene con su compañero Martin Hart (un soberbio Woody Harrelson, ¡qué gran actor a veces infravalorado!, que también tiene algunos diálogos magníficos, como ahora veremos), con sus interrogadores, y casi se diría que consigo mismo.

La fuerza de las palabras de Cohle es digna no ya de un gran guionista, sino de un novelista de raza, que escribe a lo Chandler, a lo Faulkner, y que es capaz de maravillas como esta que le responde Cohle a Hart cuando este le pregunta en qué cree:

«I think human consciousness, is a tragic misstep in evolution. We became too self-aware, nature created an aspect of nature separate from itself, we are creatures that should not exist by natural law. We are things that labor under the illusion of having a self; an accretion of sensory, experience and feeling, programmed with total assurance that we are each somebody, when in fact everybody is nobody. Maybe the honorable thing for our species to do is deny our programming, stop reproducing, walk hand in hand into extinction, one last midnight – brothers and sisters opting out of a raw deal.» (Creo que la conciencia humana es un trágico error de la evolución. Nos hemos vuelto demasiado auto-conscientes, la naturaleza ha creado un aspecto separado de ella misma, somos criaturas que no deberíamos existir según las leyes de la naturaleza. Somos cosas que existimos bajo la ilusión de tener un yo; una acreción de sensorialidad, experiencias y sentimientos, programada con la total seguridad de que todos somos alguien, cuando en realidad todos somos nadie. Quizá la única cosa honorable que podríamos hacer como especie sería negar nuestra programación, dejar de reproducirnos, caminar mano a mano hacia la extinción, una última medianoche – hermanos y hermanas optando por salirse de este injusto contrato)

Esto en el episodio primero, pero en el tercero regresan las alusiones metafísicas y espirituales, casi místicas, de un Cohle no dispuesto a dejarse arrastrar por los cuentos de hadas de ninguna religión:

«If the only thing keeping a person decent is the expectation of divine reward then, brother, that person is a piece of shit. And I’d like to get as many of them out in the open as possible. You gotta get together and tell yourself stories that violate every law of the universe just to get through the goddamn day? What’s that say about your reality?» (Si lo único que impele a una persona a ser decente es la esperanza de la recompensa divina, hermano, esa persona es un pedazo de mierda. Y me gustaría desenmascarar a cuantos más mejor. ¿Debes reunirte y contarte historias que violan todas las leyes del universo solo para pasar el puto día? ¿Qué dice eso sobre tu realidad?)

Pero la cosa llega mucho más en cuanto al nihilismo de Cohle, que alcanza una profundidad y una negrura yo creo nunca vistas en televisión:

«Fuck, I don’t want to know anything anymore. This is a world where nothing is solved. Someone once told me: ‘Time is a flat circle.’ Everything we’ve ever done or will do, we’re gonna do over and over and over again. And that little boy and that little girl, they’re gonna be in that room again… and again… and again… forever.» (Joder, yo ya no quiero saber nada nunca más. Este es un mundo en el que nada se resuelve. Alguien me dijo una vez: «el tiempo es un círculo plano». Todo lo que hemos hecho y todo lo que haremos, vamos a volver a hacerlo una y otra y otra vez. Y ese pequeño, y esa pequeña,, van a volver a estar en es habitación otra vez… y otra vez… y otra vez… por siempre)

Los diálogos y alegatos de Cohle establecen de manera inmejorable el tono oscuro y casi místico de la serie, mientras que las afirmaciones de Hart son de un racionalismo y casi de un cinismo insuperables, como cuando le preguntan qué terminó por destruir la felicidad de aquellos pocos años a los que alude en la segunda mitad de la serie: no duda en afirmar «la realidad». Tal como Don Quijote necesita de Sancho Panza para tener un testigo de sus aventuras más fiable que el propio narrador, Cohle necesita de Hart para reafirmarse a sí mismo, para «aceptar su propia naturaleza», pues Hart es todo lo que Cohle no es, y tiene lo que no podrá tener nunca, aunque sea por un lapso de tiempo: un atisbo de felicidad conyugal, dos hijas (pronto averiguamos que la de Cohle murió en un accidente siendo muy pequeña).

Los diálogos entre ambos nos muestran sus enormes diferencias (aunque Cohle es muy diferente de casi cualquier ser humano del planeta), pero en sucesivos episodios vamos percibiendo que el uno admira y envidia al otro, de lo cual surge su violenta pelea (también alentada por la mujer de Hart…), que propiciará un duradero distanciamiento de diez años, y la posterior y definitiva alianza entre ambos, que surge de la compasión de Hart por Cohle y de la necesidad de Cohle de un verdadero aliado que racionalice su locura. Todo concluye con el que es posiblemente el más bello y terrible discurso de Cohle, en el que le cuenta al que ahora es su amigo lo que experimentó estando en coma:

«There was a moment– I know when I was under in the dark that something… whatever I’d been reduced to, you know, not even consciousness. It was a vague awareness in the dark, and I could– I could feel my definitions fading. And beneath that… darkness, there was another kind. It was–it was deeper, warm, you know, like a substance. I could feel, man, and I knew, I knew my daughter waited for me there. So clear. I could feel her. [Voice trembling] I could feel… I could feel a piece of my–my pop, too. It was like I was a part of everything that I ever loved, and we were all… the 3 of us, just– just fadin’ out. And all I had to do was let go… and I did. I said, Darkness, yeah, yeah.» And I disappeared. But I could– I could still feel her love there, even more than before. Nothing… There was nothing but that love. [Sobbing] Then I woke up.» (Hubo un momento… Yo sabía cuando estaba en la oscuridad que algo…aquello a lo que yo estaba siendo reducido, sabes, ni siquiera una identidad. Era una vaga conciencia en la oscuridad, y pude… pude sentir cómo mi definición se desvanecía. Y debajo de esa….oscuridad, había otra. Era… era más profunda, acogedora, sabes, como una sustancia. Pude sentir, tío, y supe, supe que mi hija estaba esperando por mí allí. Tan claro. Pude percibirla a ella. Pude sentir… pude sentir un poco de mi padre, también. Era como si yo fuera parte de todo lo que alguna vez había amado, y estábamos todos… los tres, simplemente desvaneciéndonos. Todo lo que tenía que hacer era dejarme llevar… y lo hice. Me dije: oscuridad, sí, sí. Y desaparecí. Pero pude… pude sentir aún el amor de ella, y más que antes. Nada… no había nada salvo ese amor. Y luego me desperté)

No conozco ninguna serie con diálogos como estos, que además se matizan luego por la aplastante racionalidad de Hart, quien ante las últimas palabras de Cohle le remite a su juventud en Alaska, cuando veía las estrellas de noche y allí es cuando ambos caracteres, y ambas formas de ver el mundo se funden: en la racionalidad y en el misticismo de observar a las estrellas, la luz y la oscuridad. Toda la estrategia narrativa de ‘True Detective’, todos sus meandros filosóficos, toda su puesta en escena, se funde en esa última magistral secuencia, en la que nada se resuelve, en la que nada se soluciona, que queda como el falso final de una historia que continúa, pero de la que ya no seremos testigos.

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ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

HBO y nada más

Vista ‘Watchmen’ (2019), vuelvo a pensar que hay que rendirse a la evidencia: el resto de cadenas y productoras de series están a años luz de la HBO, que dos décadas después de haber revolucionado la televisión con tres series seminales (The Sopranos, The Wire, Six Feet Under), sigue siendo el faro que guía este formato y el espejo en el que el resto de cadenas y productoras han de mirarse si quieren alcanzar la excelencia. HBO es no sólo el modelo a seguir, sino ya una leyenda y me atrevo a decir que será un mito dentro de cincuenta o sesenta años, cuando se estudien estos años de creaciones extraordinarias.

Qué sorpresa más grata ‘Watchmen’… No me esperaba una serie tan formidable, pero por otro lado no me sorprende. Es ‘Watchmen’ una lección de cine desde el primer episodio al último (nueve lo conforman, y no falta ni sobra nada), un relato con aires de apocalíptico, con una resolución visual y sonora apabullante, con un guion de gran complejidad y muy bien trabajado y uno de los alegatos anti-racistas más impresionantes que yo haya visto en una pantalla. No me creo que el muy sobrevalorado Damon Lindelof (responsable de Lost) haya sido el verdadero escritor y la mente detrás de todo esto. Me apostaría un millón de euros a que simplemente es el urdidor del proyecto y el gran nombre que se ha quedado con (casi) todo el mérito, porque los globos hinchados que forman su trayectoria no anticipan algo de este calibre. Simplemente se ha rodeado de gente de primerísimo nivel que quizá dentro de unos años despunten en solitario, y ha quedado como el jefe. Pero sea como fuere, los nueve capítulos son soberbios, con un aspecto visual y un montaje y sonido apabullantes, y por si fuera poco con la mejor interpretación que yo he visto de toda la carrera del veterano Jeremy Irons (que parece haber nacido para interpretar a Ozymandias) y con una música hipnótica y oscurísima de Trent Reznor y Atticus Ross. ¿Se puede pedir más?

Lo de HBO queda lejos, muy lejos, de las capacidades de otras cadenas, como por ejemplo la muy exitosa NETFLIX, que no puede competir con el tremendo caudal, con el legado creativo, conceptual y narrativo de la pimera. NETFLIX tiene muchas más series, y en algunos casos su éxito es mucho más arrollador, pero HBO cuida cada una de sus piezas con un mimo y con un detallismo en la producción que es para quitarse el sombrero. Y aunque está claro que no acierta siempre, cuando lo hace es imbatible, y lleva más de dos décadas siéndolo. No tiene dos o tres series magníficas, sino que tiene muchas, y aunque las grandes series de cuatro o cinco temporadas son las que se llevan (lógicamente) los grandes elogios, demuestra una y otra vez que en el formato miniserie (una temporada auto-conclusiva) son también unos maestros.

Voy a hacer un compendio de lo que he visto (o recuerdo haber visto…) para hacer al lector una idea más global de mi percepción del inmenso catálogo de esta Arcadia Televisiva:

Grandes Series

The Sopranos, de David Chase: Obligado ponerla la primera (con permiso de la segunda), pues es la cima de la televisión de todos los tiempos, una ficción de un pesimismo, un nihilismo y una negrura como no se ha visto jamás, con episodio magistral tras episodio magistral
The Wire, de David Simon: La «segunda mejor», o la que compartiría el trono de las más grandes, un mosaico irrepetible de caracteres y situaciones, de un realismo y una verdad literalmente indescriptibles.
Deadwood, de David Milch: La serie truncada de HBO, una obra de arte inacabada, que concluyó recientemente con una estupenda película como despedida a los personajes, el western como no la hecho nadie hasta entonces ni nadie podrá hacerlo.
Rome, de Bruno Heller, William J. MacDonald y John Milius: Impresionante serie de dos temporadas sobre los entresijos de la cultura romana a través de dos personajes maravillosos y una pléyade de secundarios, una producción superlativa
Game of Thrones, de David Benioff y D. B. Weiss: La serie que ha marcado una época, no quizá una obra maestra inapelable, pero sin duda una creación muy notable, un espectáculo sensacional y un drama psicológico y violento de enorme potencia.
Boardwalk Empire, de Terence Winter: Otra gran serie HBO, esta vez sobre la época de la ley seca, violenta, áspera, árida, pero también emocionante y sorprendente. También muy notable
True Blood, de Allan Ball: Un divertimento con sus luces y sus sombras, quizá demasiadas temporadas pero algunas de ellas muy disfrutables, sus mejores momentos son realmente brillantes, sádicos y hasta subversivos
Westworld, de Lisa Joy y Jonathan Nolan: Una serie que ha ido de más a menos, pero que es sin duda brillantísima, con una factura y una producción impecables, y con algunos momentos extraordinarios
Six Feet Under, de Alan Ball: Una de las series seminales de la cadena, quizá algo inflada en su recta final, pero sin duda mítica.
Succession, de Jesse Armstrong: Llamada a ser una de las grandes de su tiempo, acaba de estrenar tercera temporada. Quizá no vay a dejar huella por su realización pero sí por sus superlativos guiones, personajes y situaciones.
Euphoria, de Sam Levinson: La primera temporada ha sido una joya sin paliativos, ya veremos si sucesivas temporadas consiguen mantener el altísimo listón del inicio.
In Treatment, de Rodrigo García: Notable serie de formato corto con muchos episodios, que proponía un modo distinto de enfrentarse a una serie.
30 monedas, de Álex de la Iglesia: Mediocre serie de fantasía y terror, con algún momento bueno aislado, pero que queda a años luz de lo mejor de la cadena.

Miniseries

Band of Brothers: Extraordinaria serie bélica sobre algunos de los combates más terribles de la II Guerra Mundial, otra joya irrepetible de la cadena
Chernobyl, de Craig Mazin: Cinco episodios que saben a poco y que resultan aterradores, conmovedores e inolvidables, una serie para la historia.
True Detective, de Nic Pizzolato: Una primera temporada sencillamente extraordinaria, con un guion notable, una realización excelsa y un personaje y una interpretación para la historia del cine.
Watchmen, de Damon Lindelof: Formidable creación, uno de los alegatos anti-racistas más poderosos que se recuerdan, y una experiencia hipnótica y apolíptica.
Mare of Easttown, de Brad Ingelsvy: Practicamente magistral relato seriado, que cuenta con una sublime Kate Winslet, para una historia de una complejidad y una hondura humanas realmente arrolladoras.
Olive Kitteridge: Sensacional drama, con una Frances McDormand impresionante, que se aleja de cualquier cliché o lugar común para contar la historia de uno de los personajes femeninos más memorables en muchos años de cine.
Patria, de Aitor Gabilondo: Interesante serie que quizá se toma demasiado al pie de la letra la novela (que tampoco era excelente) de Aramburu.
The Outsider, de Richard Price: Apreciable serie de terror y suspense, con momentos realmente conseguidos, aunque algo dispersa al final.
Sharp Objects, de Marti Noxon: Otra serie que va de más a menos, y que por eso consigue sólo una parte de lo que pretende, pero sus actores están soberbios y posee un episodio absolutamente magistral.
Mildred Pierce: Ya se llevó esta historia al cine con el título español de ‘Alma en suplicio’, y hay que decir que con mejores resultados que los obtenidos por el gran Todd Haynes. Casi nada funciona en una serie que debía haber sido de cabecera.
The Night Of, de Richard Price y Steven Zaillian: Impresionante mini-serie, que debió haber protagonizado James Gandolfini (aunque Turturro está fenomenal) que cuenta los entresijos de las cárceles estadounidenses y los tejemanejes legales y policiales. Sencillamente obligatoria.

Otras cadenas como AMC crean series estupendas como ‘Breaking Bad’ o ‘Mad Men’. Incluso NETFLIX lo intenta con el brillante divertimento de ‘The Witcher’. Pero esto es otro nivel. Otra galaxia, me parece a mí. Y creo que se apreciará más dentro de unas décadas, cuando el formato ya no de más de sí y los especialistas (si aún los hay…) se pregunten cómo una sola productora pudo parir tantas maravillas. Tiempo al tiempo.

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CRÍTICA, TELEVISIÓN

‘The Wire’, la búsqueda de la verdad

Duele ver a Idris Elba en multitud de producciones, muchas de ellas descaradamente comerciales y de baja calidad, incluso haciendo del dios nórdico Heimdal pese a ser un hombre negro…producciones en las que incluso ha llegado a parecer un mal actor, porque yo creo que ni el mejor actor del mundo podría haber hecho gran cosa con esos papeles. Y duele, sobre todo, a los que le hemos visto en ‘The Wire’ y creo que a los que le han visto en ‘Luther’ (yo no soy uno de los afortunados) porque nosotros sí sabemos de lo que este hombre es capaz cuando tiene un material interesante con el que trabajar, y pocos materiales más interesantes le han podido llegar, a él y a cualquier otro actor, que el proyecto de HBO titulado ‘The Wire’, que ya es por derecho propio una de las más grandes leyendas de la televisión y, por qué no, del cine americano de las últimas dos décadas.

En mi opinión ‘The Wire’ es, junto con ‘The Sopranos’, la más grande creación televisiva de la historia, con permiso de otras grandes obras que le andan muy cerca como ‘Deadwood’, ‘Twin Peaks’, ‘Six Feet Under’, ‘Vikings’, ‘The Walking Dead’ o ‘Futurama’. Pero es muy difícil que nada pueda compararse a estas dos cimas de la ficción audiovisual moderna, y ni siquiera la encumbrada, y sin duda muy notable, ‘Breaking Bad’ me parece que esté en la misma liga que este monumental drama moderno cuyo marco y a la vez personaje fundamental es la sombría, herida y contradictoria ciudad de Baltimore, así como la miríada de criaturas que la pueblan, comenzando por el golfo y carismático, aunque por momentos despreciable, pero también valiente, al mismo tiempo bebedor, mujeriego, pero frágil y autodestructivo Jimmy McNulty (Dominic West), detective de homicidios del centro de la ciudad, que se empeña en que un juez amigo suyo se ponga a investigar los asesinatos sistemáticos de una desconocida banda de narcotraficantes, lo que será el punto de partida para una investigación que requerirá de un elaborado trabajo de escuchas (de ahí el título, The Wire, que vendría a significar «la escucha» o «el dispositivo de escucha», mucho más que el literal «el cable») con el que tener alguna oportunidad, por remota que sea, de detener a los delincuentes.

Dicho así puede que al lector profano le suene a la misma historia de policías que ha visto cien veces en la televisión, en el cine o incluso en la literatura, pero lo que convierte a esta ficción en algo único es su capacidad para erigirse en un retrato de un tiempo y de una sociedad, con un estilo casi documental, en el que la música extra-diegética (es decir, la que escucha el espectador pero no los personajes) está proscrita, y en la que ha quedado desterrada cualquier atisbo de épica o de heroísmo, porque su creador y máximo responsable, David Simon, tiene como principal objetivo la búsqueda de la verdad, y por ello se percibe, se palpa, casi se huele en cada plano un retrato tan expresivo como la misma vida, sin artificios ni divismos ni códigos del Noir, sino una puesta en escena despojada, casi ascética, de una sencillez y naturalidad pasmosas, con la que los cineastas capturan las peripecias vitales de sus criaturas, sus hermosas y numerosas criaturas, pues McNulty, aunque en cierto modo es el motor y el alma de la trama, es tan sólo la pieza inicial, el primero de las docenas e incluso cientos de personajes a los que da vida un portentoso grupo de actores en los que no hay el menor error de casting.

Lo he dicho ya y lo repetiré las veces que haga falta hasta que me denuncie algún aludido o se me quiten las ganas de escribir sobre el tema: el interés y la fuerza de los personajes no solamente es uno de los motivos por los que una ficción tiene opciones de ser perdurable, sino que es el signo del carácter, la personalidad, la verdadera cultura y la talla humana de sus creadores. Si tenemos a un escritor imbécil, creará personajes estúpidos e insoportables. Si tenemos a un escritor pedante y soberbio, creará personajes engolados y pretenciosos. Si el creador de la serie o de la novela es realmente alguien interesante, con algo que contar, sus personajes también lo serán. Y si tenemos a un portentoso escritor, un hombre de gran talla humana, pese a sus inevitables defectos, si es un verdadero gran creador no solamente creará una gran historia muy original e impactante y todo lo que se quiera, sino que sobre todo dibujará, con ayuda del casting y los actores, unos personajes soberbios, memorables, que trascenderán sus arquetipos y se erigirán en seres con más encarnadura que mucha gente que conocemos. En resumen, si eres Juan Gómez-Jurado crearás personajes estúpidos e insoportables, si eres Arturo Pérez-Reverte crearás personajes machistas, violentos, clasistas y arrogantes, y si eres David Simon crearás la fauna más fascinante, con permiso de la de David Chase en ‘The Sopranos’, que se ha visto en una pantalla.

Porque sobre todo ‘The Wire’ es una ficción sobre grupos sociales artificiales convertidos en faunas con sus propias reglas, el signo de los tiempos. Por un lado los detectives y demás miembros de la policía (McNulty, Bunk, «Kima» Greggs, Lester Freamon, Carver, Hauk, Sydnor, Norris, «Prez», Beadie Russell, el sargento Landsman, el teniente Daniels, el comisario Burrell, el comisario adjunto Rawls, el comandante Colvin, el comandante Valchek…entre otros), los traficantes o camellos (Avon Barksdale, «Stringer» Bell, Marlo Stanfield, Partlow, Bodie, Wallace, Poot, «Snoop» Pearson, «Wee-Bay», «Cheese»… entre otros muchos), los atracadores, asesinos o vividores callejeros (Omar Little, el Hermano Mouzone…), los abogados y fiscales (el juez Daniel Phelan, la ayudante del fiscal rhonda Pearlman, el abogado Maurice Levy…), los trabajadores del crucial puerto de Baltimore (Frank Sobotka, Nick Sobotka, Ziggy Sobotka, «Cara de caballo», «Fifty», Maui…), los distinguidos políticos de la ciudad (el senador Davis, el concejal Carcetti, el alcade Royce, el delegado Watkins, Anthony Gray, Coleman Parker, Teresa D’Agostino…), los atribulados miembros del sistema educativo (de nuevo «Prez», «Dukie», Randy, Namond, Michael, la directora adjunta Marcia, y varios profesores más…), los sufridos periodistas del Baltimore Sun y otros periódicos («Gus» Haynes, James Whiting, Kiebanow, Tim Phelps, etc…). Por no nombrar a los yonquis, y a los familiares de los personajes nombrados, y a muchos más. Un crisol de personajes en el que por alguna alquimia no te pierdes en ningún momento ni sobra un carácter ni falta una coma, pues todos ellos están dibujados con la misma firme mano y con idéntica sagaz mirada.

Los necesita David Simon para la serie, pues si la primera temporada transcurre en las calles más pobres de la ciudad, la segunda lo hace además en los puertos de Baltimore; la tercera, además de en las calles y en el puerto, en los pasillos del ayuntamiento y demás instituciones públicas de la ciudad; la cuarta, además de todo eso, en las aulas de los depauperados colegios e institutos; y la quinta en las calles, los puertos, los pasillos gubernamentales, las aulas y las oficinas de redacción de los principales medios de comunicación, con los que los cineastas crean una tupida realidad que es la de Baltimore pero que podría ser la de cualquier ciudad moderna, y a uno se le hace la boca agua imaginándose lo que podría haber sido una creación de este tipo en una ciudad tan corrupta y con una historia tan terrible como Madrid. Pero aquí es muy difícil que algún día llegue a realizarse algo así.

Ver ‘The Wire’ es una experiencia eufórica y sombría, vibrante y angustiosa, que te abre la mente y te hace comprender hasta donde puede llegar el audiovisual cuando se tiene la honestidad como valor absoluto, y cuando se sabe que sin personajes vivos tu ficción puede ser muy original y todo lo que se quiera, pero que en pocos años quedará obsoleta. No como esta maravilla, a la que muchos volvemos una y otra vez, agradecidos por su mera existencia.

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LITERATURA, TELEVISIÓN

‘The Outsider’, desde la novela de King, hasta la serie de HBO

Me leí, hace muy poco, ‘The Outsider’ de Stephen King porque me habían llegado comentarios positivos de esta nueva serie de HBO, basada en esa novela. De modo que en cuanto terminé la lectura de sus más de 550 páginas puse el primer capítulo, en gran medida ávido de comprobar hasta qué punto todo lo que yo había imaginado leyendo las páginas de la obra literaria aparecía en las imágenes de la obra de ficción, y en qué aspectos o detalles o soluciones distaba de lo que propuesto por King en uno de sus últimos trabajos. Es un ejercicio interesante porque por un lado opone tu imaginación a la de los directores/creadores de la serie, y por otro lado supone una confrontación entre la estructura y las decisiones creativas del novelista, frente a la estructura y las decisiones creativas de los cineastas.

El debate teórico que surge con las adaptaciones literarias (sobre su pertinencia o no, sobre su fidelidad, su necesidad) siempre ha estado ahí y yo creo que siempre lo estará (y bienvenido sea todo debate teórico, que casi nadie quiere ponerse a dilucidar…), pero una de las ideas más habituales es que no puede compararse un libro a su adaptación cinematográfica, o películas y libros que aunque no participen del mismo argumento, sean obras que nos recuerden las unas a las otras. Y aunque estoy de acuerdo en que sería mejor desechar esa expresión de que «el libro es mejor que la película», o a la inversa, también creo que es inevitable hablar, de una forma teórica, sobre lo que supone la adaptación de una novela concreta, sin necesidad de hablar de mejor o peor, sino de las razones de una y de otra, de su construcción y de sus diferencias. Creo que es lo bastante interesante como para dedicarle estas líneas.

Y aún más si, como es mi caso, y por las razones anteriormente expuestas, primero te lees la novela y acto seguido te pones con la serie. Creo que Stephen King, pese a no parecerme ningún genio de la literatura universal, sí es un autor que se merece un respeto, y cuyo corpus va a perdurar por razones más allá de las comerciales. Se le suele achacar que su escritura es poco literaria, y entiendo esta clase de comentarios. Pero es indiscutible su capacidad para la creación de personajes memorables y llenos de vida, su infalible instinto para los diálogos, su enorme ingenio narrativo. ‘El visitante’/’The Outsider’ es una de sus últimas novelas, y desde el arranque se percibe la rotundidad del que se las sabe todas, de quien hace mucho que tiene cogido el toro por los cuernos, y de alguien que poco a poco te va enredando en una historia apasionante y en cuanto te descuidas te tiene enganchado a una intriga al principio inquietante y después terrorífica.

Cuenta la historia de un asesinato atroz, cometido contra un niño que no llega a los diez años, a quien han sodomizado con una gruesa rama de un árbol y arrancado varias partes de su cuerpo a mordiscos. El caso parece claro para el detective local de ese pueblo ficticio, pues los testigos, las abundantes huellas dactilares e incluso el ADN apuntan a una sola persona, un hombre muy querido en el pueblo al que se arresta inmediatamente. El único problema, el gran problema, es que esa persona no estuvo en la ciudad el día del asesinato, puede demostrarlo con pruebas fehacientes. Se establece en ese momento la imposibilidad de que una persona esté en dos sitios al mismo tiempo, y ni siquiera la opción de un doble o doppelgänger parece viable. El novelista, con su habitual pericia, nos irá introduciendo poco a poco en un horror inimaginable.

Ahora la adaptación. Está escrita nada menos que por Richard Price, un veterano guionista que también se las sabe todas. Ha escrito guiones para Martin Scorsese y ha participado en series como ‘The Wire’ o, más recientemente, ‘The Night of’. Y lo interesante, o más bien irónico, de su adaptación, es que sigue los mimbres de la novela más o menos hasta el episodio 4, y a partir de ahí su historia difiere de la novela cada vez en más aspectos, desde el orden de los acontecimientos hasta las mismas secuencias, y tienen lugar diálogos y hechos que jamás aparecen en el libro, un desarrollo de la investigación alejado de lo que proponía King, hasta llegar a un final algo más parecido y que en la serie es mucho más contundente e inquietante que el de la novela, pues King una vez más escribe un final débil y algo precipitado para su historia.

Es tan diferente en algunos puntos la historia de la serie a la de la novela, que creo que deberían considerar no decir que es una adaptación, sino que es una historia inspirada en ese libro. Y la pregunta que yo me hago es la siguiente: ¿si tu interés de adaptar un libro concreto nace de la lectura de ese libro y de las posibilidades que sospechas que esa historia puede tener en un medio visual, por qué luego, al adaptarla, coges algunos mimbres iniciales y luego inventas personajes, relaciones, situaciones y respuestas que no están en ese libro? Personalmente no lo entiendo. Sí entiendo que por ejemplo se decida que la serie transcurra en una atmósfera otoñal, en lugar del verano abrasador que nos cuenta Stephen King. Yo también me imaginaba más un otoño gris y ominoso antes que un sol constante, porque creo que establece mejor el tono de esta historia. También entiendo que se altere un poco el importante personaje de Holly Gibney y que en la serie parezca casi una psíquica, y puedo entender que, a grandes rasgos, no vas a escribir un guion, necesariamente, calcado página a página de la novela, pero ¿qué necesidad había de cambiar el curso de la investigación, de inventar capítulos nuevos que nada añaden a la trama, por cierto, de alterar las relaciones entre los personajes…? En mi opinión, si en tu adaptación vas a cambiar algo sustancial y ese algo no mejora lo escrito en el libro, no lo hagas.

La serie es más que decente, y tiene algunos momentos realmente magníficos, el reparto está muy bien y su puesta en escena está muy cuidada, con un uso muy psicológico de la cámara y de la atmósfera, y con una música excelente porque está escrita y ejecutada de manera muy inteligente y jamás obvia. Pero diez capítulos se antojan algo excesivos, y la trepidante trama del libro parece diluirse en algunos momentos. Entiendo que querían escribir y realizar algo parecido a una saga, pero con ello sacrificaron la unidad de la historia. El clímax en el bosque, eso sí, es excelente, mucho más potente que el de la novela, que se me antoja insuficiente para la potencia de la la estructura de King.

Llegarán más adaptaciones de King en los próximos meses y años, confirmándole como el autor más adaptado de la historia del cine. Es cierto que la mayoría de sus novelas proponen una aventura muy cinematográfica, pero tanto en su caso como en otros, no estoy seguro de que tenga mucho sentido llamar igual a la historia cuando su estructura, sus personajes y su espíritu tiene poco que ver con King, como ha sucedido tantas veces. Una adaptación es más fiel y puede llamarse así, adaptación, cuando más que ser un calco de la historia original, mantiene intactos el espíritu y la atmósfera original de la novela. Y no es el caso de ‘The Outsider’, una serie muy bien hecha que, como ‘Castle Rock’, parece más inspirada por el universo del autor que otra cosa.

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CINE, TELEVISIÓN

El camino que une ‘Red Dead Redemption 2’ y ‘Westworld’

Hay mundos que se tocan, quizá sin saberlo, y cuando nosotros, espectadores o receptores de esos mundos, vemos nítidos los caminos que los unen, podemos ser un poco más conscientes de ese fenómeno generacional que a veces son las representaciones artísticas y, más aún, la sensibilidad y temperamento de una época y una generación. Es imposible, a mi juicio, no establecer paralelismos entre el que quizá sea el mejor juego jamás realizado y una de las series de HBO que más están dando que hablar en los últimos años, aunque no siempre para bien.

Y esos caminos quedan unidos, en primer lugar, por compartir ambos, precisamente, la iconografía de un género tan concreto como el Western, que nos habla de un mundo pasado, y en segundo lugar por ser, el primero, un videojuego y por estar enmarcado, el segundo, en un mundo virtual que desde una especulación tan propia de la ficción científica puede ser el futuro de los videojuegos.

Fue ‘Red Dead Redemption’ un título emblemático de Rockstar Games, surgido allá por 2010, que a los que llevamos toda la vida obsesionados con las grandes llanuras norteamericanas, nos supo a gloria, porque por fin pudimos subirnos a un caballo y sentirnos un forajido del Salvaje Oeste, y aunque ya ha transcurrido una década y por supuesto los videojuegos han llegado a otros niveles (inimaginables años atrás) de realismo y perfección, aún guardábamos un muy buen recuerdo de las sensaciones de esa experiencia cuando a finales de 2018 surgió la inevitable secuela, ‘Red Dead Redemption 2’, que ya es algo que entra en los terrenos de lo que puede calificarse como pasmoso. Esta segunda parte, que en su argumento cuenta una historia varios años anterior a la de la primera parte, es de un realismo, de una perfección técnica, de una inmersión en un mundo que se puede tocar y casi oler, que te deja sin aliento.

En comparación con el ‘RDR 2’ otros juegos, sin duda brillantes, me parecen del pleistoceno, o por lo menos prosaicos, incluso juegos desarrollados al mismo tiempo que ese. Me pongo a los mandos y siento que estoy en un juego, muy brillante y muy bien hecho, pero un juego heredero de los pinball del Spectrum. Pero cojo el mando y me subo al caballo de ‘RDR 2’ y me siento transportado a otra época, y camino por una calle embarrada y mi personaje deja huellas en el suelo, y se pone el sol en el horizonte y sus colores, rojos y ocres, transforman la atmósfera. Es algo indescriptible. Es un mundo cerrado en sí mismo, con sus propias reglas, con una miríada de personajes, casi un enorme plató de televisión, y ahí es donde los paralelismos con ‘Westworld’ se me hacen inevitables y hasta apasionantes.

Porque, ¿cuál es el futuro de los videojuegos? ¿Hasta dónde llegará esta carrera por el realismo exacerbado? Algunos lumbreras afirman que los hologramas o la realidad virtual serán una realidad insoslayable dentro de unos pocos años. Supongo que sí, pero en ‘Westworld’, una serie basada en la película del mismo nombre que dirigió y escribió nada menos que Michael Crichton, y que aquí se llamó ‘Almas de metal’, en la que los clásicos animatrónics de todo parque temático (en este caso dedicado al Oeste Americano) son reemplazados por androides casi idénticos a los seres humanos. Pues bien, en esta lujosa serie de HBO amplían ese concepto, y crean un parque temático gigantesco, que es, en todos sus detalles, un mundo en sí mismo, exactamente igual que sucede en ‘RDR 2’, sólo que con máquinas que hasta son conscientes de sí mismas y tienen sentimientos y al final se rebelan porque se consideran, a sí mismas, algo así como el siguiente escalón de la evolución.

En mi opinión, ‘Westworld’, que ha obtenido algunas excelentes críticas, es una serie muy interesante en sus planteamientos, con algunos episodios realmente magníficos, muy bien dirigida, técnicamente impresionante, que sin embargo adolece de una impostada complejidad que lastra muchas de sus virtudes. Creada por Jonathan Nolan, el hermano listo de Christopher Nolan, y por Lisa Joy, es una producción grandiosa de la HBO, en la que no han reparado en medios, y tan cara que sus temporadas sólo llegan cada dos años, pero ya en la tercera temporada se percibe que tantas líneas temporales, tantos personajes, tanta trama interconectada… en definitiva, tanta pizarra, acaba hastiando, y que se echa de menos un argumento que en verdad enganche, en lugar de una historia que tiene que demostrar a cada capítulo lo brillantes e inteligentes y astutos que son los creadores y los guionistas.

Pero sirve, por lo menos, para ilustrar la idea de a dónde vamos. Es altamente improbable, salvo que haya científicos e ingenieros geniales que hayan trabajado durante décadas apartados de todos los demás, que consigamos crear, en los próximos doscientos años, un replicante del ser humano capaz de llevar a cabo todas nuestras funciones motoras y de hacerse pasar por uno de nosotros, pero no es imposible que llegue a pasar, y si eso sucede, no es descabellado pensar que un escenario como el de ‘Westworld’ sea posible, con lo que se convertiría en el último peldaño hacia una realidad virtual que ha comenzado, precisamente, ‘RDR 2’, y que quizá continúe con la esperada segunda parte de ‘The Last of Us’. Todo esto, al fin, no es más que el deseo humano de vivir una vida no vivida, una existencia paralela a su gris existencia real, que en cierto modo le han facilitado los libros y luego las películas, que ahora aportan también los videojuegos (cada soporte con sus limitaciones y sus logros), y que finalmente, quizá puede convertirse, tal como sucede en el irregular ‘Ready Player One’ de Spielberg, en un mundo alternativo al que ir a refugiarnos de este otro mundo, en el que no parece haber esperanza posible.

O puede que todo esto no sea más que el capricho del autor de estas líneas, siempre pensando en lo que va a ocurrir en el futuro. Para mí, la exploración espacial, el conocimiento y futura colonización de otros mundos, siempre ha sido un poco como salirse de los márgenes del plano de tu videojuego, o como sucede en ‘Westworld’, que sus personajes traspasan la membrana de lo ficticio y entran en otra que tiene que ver más con el sentido de su propia existencia. Puede que sea eso lo que siempre ha necesitado la especie humana, siquiera sin saberlo: salirse de su programación, de su esfera, romper el sistema y viajar a otros mundos posibles, cuando aquel en el que viven se revela como una ensoñación, o peor aún, como una cárcel en la que es muy difícil vivir y de la que es casi imposible escapar.

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CINE, TELEVISIÓN

En EEUU, y en HBO, también cometen equivocaciones descomunales

No voy a ponerme elitista o a representar una farsa: yo también veo mucha ficción americana, o por mejor decir estadounidense (¡porque ni siquiera Norteamérica está sólo conformada por EEUU!), hasta el punto que es la nacionalidad de la mayoría de las ficciones que veo. Intento ver todo lo que puedo de cualquier país, pero es inevitable, como le sucede a mucha gente, que el grueso de las películas y las series que pasan por mi televisor vengan del país de los cowboys, el Marlboro y el whisky de Kentucky. Y, como no puede ser de otra manera, he escrito mucho sobre películas y series estadounidenses, y voy a seguir haciéndolo, a menudo para bien, porque es innegable que se trata de una industria extraordinaria, con una vitalidad y un empuje arrolladores, a pesar de que, como tampoco puede ser de otra manera, nos vendan mucha basura, mucho producto precocinado y mucha bobada reaccionaria.

Por eso, además, puedo decir con mayor fundamento lo que titula este artículo, y es que allí, como en todas partes, también meten la pata hasta el fondo. Que no son infalibles, ni siquiera la casa que, mucho antes de Pixar, representa algo así como la Arcadia para tantos como yo: la bendita y maldita a partes iguales HBO.

Creo que los actores anglosajones, tanto principales como característicos, son los mejores del mundo en su estilo, creo que allí existe un verdadero sindicato de escritores-guionistas que se protege a sí mismo y que ha alcanzado un nivel de profesionalización y de poder en la industria inaudito en otros países, creo que allí los realizadores, hasta el menos conocido, son de primera división…hasta los productores, muchas veces, son gente de un talento y un compromiso innegable. Y aún así cuando se equivocan, cuando se vuelven mortales, son como todos los demás.

Viene esto a cuento de que he visto completas, y me ha costado lo mío, las temporadas 2 y 3 de ‘True Detective’ (…en realidad primero la 3, hace meses, y ahora la 2), y he confesar que no entiendo absolutamente nada. Nada de nada. Y no quiero decir que no entienda sus enrevesados argumentos, aunque también, sino que no entiendo cómo han podido equivocarse de una manera tan descomunal, aunque esto, en realidad, demuestra hasta qué punto es muy difícil hacer un buen trabajo, y que no hay que dar nada por sentado cuando se trata de una ficción, cuando estamos hablando de narrativa, porque un tono equivocado, un montaje mal sintonizado, puede dar al traste el delicado equilibrio en una película o en una serie. Y también tiene mucho que ver la diosa fortuna en ese asunto.

La primera temporada de ‘True Detective’ ya es historia de la televisión, y no solamente por una de las mejores interpretaciones que yo jamás he visto, sino por su impecable guion y su fastuosa puesta en escena. Todo funcionaba, todo le salía bien a esa temporada, con una densidad conceptual, una atmósfera, un tono visual, un diseño de producción, un diseño de sonido…que rozaban la perfección. Se le podrían achacar un par de defectos sin importancia en la zona final, pero son defectos mínimos, eclipsados por la majestuosa rotundidad del conjunto. Pero era una historia autoconclusiva. Y al creador, Nic Pizzolato, se le ocurrió que sucesivas temporadas, como una gran saga, tuvieran tramas y personajes diferentes, porque todo parecía presagiar una serie mítica, de 2, 3 o 4 temporadas… y no, la cosa no ha sido así.

Porque por mucho que se empeñen algunos defensores, la segunda temporada no se sostiene, y la tercera, pese a que posee algún elemento más estimulante, tampoco. Y es curioso, y hasta paradójico, que el planteamiento y el elenco actoral sean más que interesantes, y no acabo de decidirme si es un problema de guion, de dirección o de montaje, o de todo a la vez, pero la solidez, la densidad de la primera temporada han desaparecido por completo, y de pronto nos encontramos con una serie increíblemente convencional, carente de cualquier personalidad visual, sin ningún ritmo, en la que la emoción parece evadida de la imagen, con decisiones muy cuestionables de montaje o de construcción, con unos personajes que intentan ser interesantes pero que parecen impostados, sin fuerza, con unas tramas que intentan ser ingeniosas y vibrantes y que quedan enrevesadas y hasta delirantes.

Y te quedas perplejo, porque se puede demostrar una enorme torpeza en un episodio o en varios, pero no en dos temporadas seguidas. Y aún más perplejo te quedas cuando el guionista es el mismo de la primera temporada. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Dónde está el fallo? Es muy difícil hacerle un análisis forense a estas dos temporadas de ‘True Detective’, pero creo que los guiones son bastante planos, la dirección no entiende bien esos guiones, y el montaje acaba por estropearlo todo. Es posible que por ahí vayan los tiros. De otra forma no me lo explico. Pero es algo que sucede a veces, tanto en series, como en películas. Algo falla, en algún punto de la realización, y todo se viene abajo.

Estoy pensando en la trilogía inicial de ‘Spider-Man’, dirigida por Sam Raimi. La primera era interesante, la segunda era muy emocionante, y la tercera era deficiente. ¿Por qué? Por pequeños detalles. La segunda parte conseguía narrar las dudas del héroe de manera muy eficaz y hasta conmovedora, pero la tercera parte intentaba profundizar en su lado oscuro, con la excusa del personaje Veneno, y fracasaba de manera notable, y quedaba hasta ridícula…. También estoy pensando en la tercera parte de ‘El señor de los anillos’ de Peter Jackson. La segunda, ‘Las dos Torres’, le quedó francamente bien, y puede que la fortuna tuviera mucho que ver, pero casi todo funcionaba y estaba en su sitio. ¿Por qué de pronto en la tercera parte chirrían tantas cosas? ¿Cómo es posible que el mismo equipo, o casi el mismo equipo, haga algo tan bien, y de pronto haga algo tan deficiente? Puede que tenga que ver, por supuesto, con el montador (que es una figura mucho más importante de lo que la gente se cree), pero te quedas igualmente perplejo.

Pero no creo que tenga nada que ver con el hecho de que sean terceras partes. La tercera película de ‘Regreso al futuro’ es sin duda la mejor de las tres, además de ser un Western maravilloso. Tiene que ver conque puedes tener un equipo de primera división, puedes tener una gran historia entre manos, pero algo falla, bien al principio bien al final, y las diferentes partes de una ficción no sintonizan entre sí, y el conjunto queda muy desequilibrado, atonal y hasta absurdo. Y esto les pasa incluso a los más grandes. Y por cosas como esta hay que rebajar expectativas y ver cada nueva película o temporada, o cada nuevo trabajo, no tanto con reservas sino sin ningún tipo de prejuicio, ni siquiera positivo, con los ojos limpios y sabiendo que en cualquier momento (y por eso la nueva temporada de Euphoria la veré sin expectativas) el invento puede venirse abajo y tú, espectador, con el gesto de quien se ha dado de bruces con la cruda realidad.

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