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Infiernos y narrativas: La III Guerra Mundial (II)

El ciudadano medio cree que está informado, que sabe lo que sucede, leyendo la prensa y viendo el telediario. Algunos incluso se toman la molestia de leer varios periódicos de (en teoría) dispar signo ideológico, y varios telediarios, incluso aquello que generalmente no les agrada, por eso de conseguir una mayor pluralidad de pensamiento y tal. Y así, creen que están informados de lo que sucede en cuestiones como la guerra en Ucrania, la economía y otras cuestiones que nos afectan todos. Desgraciadamente, no basta con eso.

El otro día tuve un aburrido «rifi-rafe» con varios tuiteros (todos muy listos y muy defensores de la libertad de expresión y de su derecho a disfrutar de cine-basura y de best-sellers-basura, mientras insultan, atacan y denigran a todo el que piense diferente a ellos y les demuestre lo equivocados que están) en los que unos pocos insistimos en la necesidad de un pensamiento crítico. Ese pensamiento crítico no solamente va a ayudarte a dejar de pensar que el Cine y la Literatura están ahí para divertirte, sino a dejar de vivir en la niebla. Porque vivimos en la niebla, todos nosotros.

El que crea que vive en un mundo libre, no tiene ni idea de lo que dice.
El que crea que la justicia prevalece y el bien al final triunfa, languidece en un cuento de hadas.
Porque estamos en el peor de los mundos posibles.

Creemos que vivimos en una sociedad libre, en la que podemos elegir nuestro futuro, nuestra identidad y nuestro estilo de vida. No es cierto. Desde luego no en las geografías más devastadas del planeta, pero tampoco aquí, en el mundo libre. Ni siquiera en un país que se considera una democracia, como España. España ya no existe. Hace mucho que dejó de existir. No tenemos la soberanía para tomar nuestras propias decisiones como país. Como mucho, la decisión de elegir un gobernante que al final se parece bastante a otros que hemos tenido y que acaba haciendo las mismas cosas que hacen otros en otros países de Europa. Porque Europa tampoco existe. Europa es ya la OTAN: un brazo obediente, armado y sumiso de los EEUU. Y el que piense otra cosa, insisto, vive en un cuento de hadas. En materia económica dependemos de Bruselas, y en materia geo-estratégica, dependemos de EEUU. Ellos deciden y nosotros acatamos. En el supuesto caso de que queramos «desmarcarnos» de ello, salirnos de la OTAN, decirle que no a los abusos de Bruselas, enseguida nos castigarían de tal manera que sería peor aún que este vasallaje humillante: entraríamos en la lista negra de países díscolos, nos calificarían de comunistas (sin serlo, como le pasa a Rusia, China y tantos otros), nos arruinarían y harían de nuestra existencia un infierno. País democrático y libre, sí claro….

Lo que está teniendo lugar desde los años ochenta es una III Guerra Mundial encubierta, ni más ni menos, y no soy el único que lo piensa. Tras el desastre global de la II Guerra Mundial, las conflagraciones ya no van a ser (hasta que no quede otro puto remedio) las mismas de antes. Ya no van a tener lugar grandes movimientos de tropas, tanques y tiroteos y explosiones, por lo menos de la misma manera y con los mismos tiempos de antes. Ya lo dijo George Carlin: «los nazis fueron vencidos, pero el fascismo triunfó». Es una gran verdad. El fascismo se ha adueñado de EEUU, que está dispuesta, incluso a cargarse este puto planeta, para conseguir dominarlo y poseerlo sin la menor oposición. Pero enfrente tiene a Rusia y China, entre otros, que no se lo van a poner tan fácil. Por eso ataca a sus aliados (Yugoslavia, Turquía), por eso crea el ficticio estado de Israel (otros fascistas), por eso oprime a los países más pobres del mundo y forma alianzas dudosas, derriba líderes, crea pobreza, origina inestabilidad económica y energética, presiona de manera criminal a sus adversarios… todo esto blanqueado y maquillado por nuestros medios de comunicación, incluso los más progresistas, porque ellos son los malos y nosotros los buenos. El adoctrinamiento ha vencido, y el Gran Hermano nos vigila, amigos y amigas. Y si no se lo creen, no se lo crean.

Si de verdad estuviésemos en un mundo justo, que buscara el bien de todos, que respeta la declaración de Derechos Humanos, lucharíamos, todos, contra regímenes totalitaristas, que oprimen a las mujeres y a las minorías, lucharíamos contra aquellos que quieren controlar los recursos, haríamos lo indecible para ayudar a países como Palestina, Cuba, el Sáhara, Haití… Pero claro, para hacer eso tendríamos que luchar contra el mismo Estados Unidos, y contra la OTAN. Y no sé a qué estamos esperando para hacerlo. Y si es lo último que hacemos, al menos habremos hecho alguna cosa honesta y valiente en nuestras irrelevantes vidas.

Pero no lo haremos, claro que no. Seguiremos viendo el fútbol, y leyendo novelas idiotas, y enganchados a malas series, sin el mejor pensamiento crítico. Eso se nos da de lujo. Aprovechemos todo lo que nos ofrece la burbuja antes de que estalle. Y estallará, tarde o temprano, y tendremos que elegir bando.

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Infiernos y narrativas: La III Guerra Mundial (I)

La gente que nos (des)gobierna en todo el mundo, las élites, están locas de atar. Por qué casi siempre los más cabrones, los sociópatas, llegan a puestos altos de la sociedad, es un tema para otro artículo (que prometo escribir, si no nos morimos todos antes), pero yo creo que esto está fuera de toda discusión. No se salva ni uno, si bien unos (los del otro lado) intentan protegerse de los de siempre, los de este, los poderosos, los imperialistas que creen que el mundo es suyo, que tienen potestad para hacer lo que quieran, que nadie puede toserles. En fin, el malote de la clase, el más chungo y el más cachas, que no sabe, en realidad, con quién se mete.

Y es que lo han conseguido. Ya está el camino allanado. El otro día, viendo una de las pocas películas realmente sólidas de Steven Spielberg, titulada ‘Los archivos del Pentágono’ (‘The Post’, 2017), no podía hacer otra cosa que sonreír a mi pesar: o sea que en 1971 la peña se escandalizó en EEUU porque se descubría que el Pentágono y la Casa Blanca sabían en 1965 que no iban a poder ganar la guerra de Vietnam y aún así siguieron enviando tropas, malgastando dinero público y llevando jóvenes al matadero. Ahora sabemos muchas cosas mucho peores y nadie se escandaliza. Para qué. Los últimos veinte años, los que llevamos de siglo XXI, han sido una catástrofe humana y sociopolítica tras otra. Ya estamos anestesiados. Ya todo da igual. O bien no nos creemos nada o bien nos lo creemos, que nos vamos a ir todos al diablo, y a nadie parece importarle. ¿Se da cuenta la gente de lo que está pasando en Ucrania? Y no me refiero a la guerra y al sufrimiento de civiles y a la crisis energética y alimentaria que se nos viene encima. No. Eso ya de por sí es para echarse a temblar. Pero no me refiero a eso. Ojalá fuera solamente eso. ¿Se da cuenta de lo que significa que Finlandia y Suecia dejen de ser neutrales en todo este carajal perpetrado por los yanquis? La gente… ¿es lela, ha sido estupidizada por las redes sociales y por décadas de comodidad en este frágil «primer mundo»? ¿Qué está sucediendo aquí?

Hasta hace pocos años teníamos un sólo, enorme, problema: dejar de envenenar el planeta (o sea a nosotros mismos) con la emisión de gases a la atmósfera y de vertidos tóxicos al mar. Eso ya de por sí era un reto considerable, porque como básicamente somos una especie imbécil, parece que es imposible dejar de tirar mierda a nuestro entorno. Pero ahora tenemos uno más: sobrevivir a los próximos meses sin llegar a descubrir el (breve) escalofrío que experimentaremos cuando se lancen varios miles de ojivas nucleares desde Eurasia a Europa y EEUU, y desde Europa y Estados Unidos a Eurasia. Unos al leer esto dirán «eso no va a pasar». Otros dirán o pensarán: «eso no va a ocurrirme a mí en el caso de que pasara».

Ya…

Estados Unidos, con la connivencia de Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, es el país más asesino de la Tierra (España también está en el ajo, pero al menos ha tenido la sensatez, o la falta de ambición, de no fabricar armas nucleares). Se ha creído eso de que son los amos del universo, y nadie puede hacerles sombra. El problema es que se la hacen: el gigante chino se lo está comiendo en el Pacífico, y como además está básicamente en quiebra económica técnica (para hacerle la guerra a China tendría que pedirle prestado a China…) necesita mucha pasta. ¿Quién se la va a dar? Pues nosotros, claro, que para eso somos sus siervos de la OTAN. Los países europeos estamos duplicando nuestro gasto militar, comprando armas a Estados Unidos en lugar de invertir en cosas tan tontas como sanidad y educación pública, que están para el arrastre. Se preguntan los analistas para qué diablos: si la cosa se pone fea de verdad no van a tener lugar combates con tanques y helicópteros, sino batallas de esas con ordenadores y miras láser a cientos de kilómetros, drones, misiles tácticos, contramedidas y devastación nuclear. Rusia y China saben que el objetivo de EEUU es destruirles para proclamarse, de una vez y para siempre, la dueña del mundo, y no van a permitir que eso pase, lógicamente. Luego, si los tontos quieren demonizarles por intentar sobrevivir, pues que lo hagan. Ellos sobrevivirán y los tontos no.

Bienvenidos al mundo del futuro, en donde se ha demostrado de una vez y para siempre que los gobernados son una panda de menguados mentales a los que no les importa que sus gobiernos se arruinen comprando armas a una potencia extranjera a la que le trae sin cuidado si vivimos o morimos mientras podamos ofrecerle dinero y carne de cañón. Bienvenidos a la inminente III Guerra Mundial, con Ucrania, Finlandia y Suecia servidas como primer plato, y al cielo nocturno como próximo mosaico de lucecitas de colores muy brillantes, mientras Biden se come un helado y mientras Putin y Xi Jinping aplastan sin piedad a este occidente decadente, terminal, comatoso, al que por fin van a cobrarle todas las deudas de su imperialismo, colonialismo y racismo salvaje, mientras suena la Novena Sinfonía de Beethoven.

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Infiernos y narrativas: Juguemos al ajedrez

Cuando eres un niño, el mundo es tuyo. Tú pones las reglas, y por ello esos años de la infancia pueden ser lo más importantes e inolvidables de tu vida. Cuando te haces un muchacho las reglas del juego cambian, pero seguramente aún prevalece en ti una idea de que el mundo es un lugar habitable, justo y en el que rige cierta armonía. Cuando te haces adulto depende de tu valentía, de tu capacidad de observación, y de tu espíritu crítico, para seguir siendo un niño, o un muchacho, o para ser de una vez una persona que sea capaz de enfrentarse a la realidad. ¿Y cuál es la realidad? ¿Que vivimos en un mundo, occidente, en el que pese al feroz sistema capitalista nos movemos dentro de las líneas de la democracia más avanzada? ¿O que precisamente por ser un sistema capitalista la democracia es de muy escasa calidad?

La verdadera realidad es que el mundo entero, desde el país más grande al más pequeño, es un inmenso tablero de ajedrez. Y en ese tablero, sólo los más poderosos (Estados Unidos, Reino Unido, China, Rusia… muy pocos más) mueven ficha. El resto somos meros espectadores de esa partida (complacientes o no), en el mejor de los casos, y piezas reemplazables, en el peor de ellos.

Hace pocos días Estados Unidos ha retirado sus últimas tropas de Afganistán después de veinte años de presencia en el país. Acto seguido, sin esperar ni siquiera una semana de cortesía, las hordas talibanes se han hecho con el control del país en una operación relámpago ante la que el gobierno títere no ha tenido ni la menor oportunidad de resistencia. Ahora, dos décadas después de que con la excusa del 11-S, los yanquis se presentaran en el país pegando tiros, los fundamentalistas vuelven al poder más envalentonados que nunca, lo que significa que ciudades que una vez fueron prósperas y modernas, como Kabul, regresan a un estado prácticamente medieval, en el que los señores de la guerra hacen y deshacen a su antojo, en el que no cabe ni la menor disidencia, en el que hay asesinatos selectivos en las calles, y en el que la mujer va a perder todos los derechos arduamente logrados durante muchos años.

Claro, estamos todos escandalizados de que algo así pueda suceder en pleno siglo XXI. Pero la única razón de que esto ocurra, o por mejor decir, las dos razones de que tal desastre humanitario tenga lugar, son las siguientes: que Afganistán es un país muy pobre, y que está situado en un enclave de gran importancia estratégica. Afganistán es como Palestina, Cuba, Haití, Panamá, Taiwán o Marruecos: una casilla clave en esta locura de mundo que las élites han construido para su beneficio. Y como tal casilla, va a ser utilizada por los países más poderosos, bien para ocuparla, bien para desocuparla, según sus propios intereses. Biden, que en lo único que se diferencia de Trump es que dice menos idioteces que él, lo ha dejado cristalino: «nunca fuimos a Afganistán a crear una democracia, o ayudar a los afganos, fuimos para luchar contra el terrorismo». Más claro, agua. Bueno, en realidad no. Se agradece la sinceridad de Biden, pero incluso en esa sinceridad se esconde una mentira: no estás veinte años en un país luchando contra el terrorismo, sino aparentando que lo haces… mientras ocupas un enclave muy cercano a la esfera de influencia de Rusia. ¿Hace falta hacer un croquis? Si ahora se han ido es porque consideran, por la razón que sea, que les beneficia a ellos, y si los talibanes toman el control les importa una mierda.

¿Por qué iba a importarles? ¿Alguien cree que un imperio depredador como el estadounidense actúa por altruismo con los más desfavorecidos de los países? Sucede igual que con el rey de Marruecos, cuando envía a cientos de desesperados a través de la frontera para crear una crisis migratoria con España, o con los líderes sionistas, cuando asesinan a cientos de niños, o con Rusia o China, que seguramente serán los que apoyen a las milicias talibanes cuando se queden sin recursos… No lo hacen por odio, o porque estén de acuerdo con ellos. Sino porque les beneficia de alguna manera en su partida de ajedrez, y toda la pobre gente de Palestina, de Marruecos, de Afganistán, son peones de esa partida, y su sufrimiento, su desesperación o su muerte no tiene la menor importancia.

¿En qué clase de mundo se cree la gente que vivimos? Mientras la población es arrasada en países como Afganistán o Palestina, otros ríen y cantan y beben, en este país y en cualquier país. ¿Alguien va a hacer algo con las mujeres afganas? ¿Alguien va a declararle la guerra a los talibanes para ayudarlas? Sería, probablemente, la causa más justa para declarar una guerra. Pero las guerras no se declaran por eso, sino por intereses económicos, disfrazados de supremacía, de ofensas tribales, de excusas políticas. Este mundo, este en el que vivimos actualmente, en el que algunos países, como España, existe con tranquilidad, es el peor mundo imaginable. El peor. Si no importa que miles de niños y mujeres sufran y mueran en países cercanos (por no decir los animales, otro infierno aún peor), no podemos hablar de un mundo próspero, justo ni en el que merezca la pena vivir. Occidente vive en su burbuja, Eurasia vive en otra burbuja (menos mentirosa), y el resto del mundo, que es la mayor parte, no conoce más que guerras, masacres y pobreza. Y aún hay quienes piensan que si tal cosa sucede es porque algo harán mal, o porque se lo merecen, o porque les gusta vivir así.

Y si este mundo no cambia para hacerse más justo es precisamente por la voracidad insaciable, psicópata, de imperios como el estadounidense, y de estados autoritarios y despiadados como el ruso y el chino. Hasta que los tres bloques no empiecen a entenderse y a trabajar juntos, no se den cuenta de que están obligados, moralmente, a colaborar por el bien de la humanidad, no podremos decir que este mundo sea otra cosa que el peor imaginable. Y si no lo hacen pronto es posible que sea demasiado tarde para todos. Pero podemos seguir riendo y haciendo el memo y como que la cosa no va con nosotros, hasta que nos planten una bomba nuclear en las afueras de nuestra ciudad, o hasta que el desastre climático nos deje sin recursos. Será entonces, y sólo entonces, cuando nuestra maldita sonrisa de superioridad y cinismo se nos congele en los labios.

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Infiernos y narrativas: La hipocresía inherente en los JJOO

Concluidos los JJOO de Tokyo, aplazados un año por la pandemia, se ponen sobre la mesa, quizá más que nunca, algunas cuestiones importantes y muy problemáticas que saltan a la vista no solamente en un suceso de esta magnitud, sino en casi cualquier cuestión deportiva o extra-deportiva pero unida al deporte. El azar ha querido, además, que la ceremonia de clausura de Tokyo haya coincidido con el adiós de Messi al FC Barcelona. En otras palabras, la supuesta cara (los juegos se consideran como un paradigma de la unión de la humanidad, que ahora pasaré a cuestionar porque no se puede hacer otra cosa con esa idea que cuestionarla), y la incontestable cruz (el fariseísmo del mejor jugador del mundo, que ante el hundimiento absoluto del club sale por pies como las ratas de un barco a pique), se unen para volver a dejar claro que esto del deporte como algo bonito y estupendo no es más que otra narrativa del mundo contemporáneo que demuestra que cuando empiezan a enarbolarse las banderas de la fraternidad, libertad y la igualdad a los cuatro vientos es que algo anda podrido en Francia, salvo muy excepcionales casos.

Los Juegos Olímpicos modernos fueron idea del noble francés Pierre Frèdy, barón de Coubertin, que fundó el COI (Comité Olímpico Internacional), para recuperar, como todo el mundo sabe, el espíritu de los Juegos Olímpicos de la antigüedad, que tenían lugar en Grecia hace muchos siglos. Lo que tiene lugar cada cuatro años es sin duda digno de mención en muchos aspectos: proezas físicas, récords mundiales, una complejísima organización, una cobertura mediática planetaria. Si has sido deportista (como es mi caso) es imposible no experimentar el vértigo de la competición, con momentos de sacrificio y de esfuerzo que te llegan a la médula, y si nunca has sido deportista tienes muchos alicientes para quedarte pegado a la televisión durante dos semanas y media, ya sea por el espectáculo de las ceremonias de apertura y clausura, por lo epatante de muchas finales de cualquier disciplina. Y si solamente te interesan (seas profesional o no) las grandes hazañas audiovisuales, también tienes en los JJOO unos cuantos alicientes. Pero cada vez que veo al presidente del COI, o al gobernador de la sede en cuestión, o a algún deportista hablando de que con estas cosas se demuestra la capacidad de unión de la humanidad, y que con todo esto nos da esperanza y fe para el futuro, que con esto buscamos la solidaridad, la paz y la esperanza, me acuerdo de aquella formidable escena de ‘The Remains of the Day’ (Ivory, 1993) en la que el personaje de Christopher Reeve les dice a todos los presentes: «son ustedes, todos ustedes, unos aficionados. Y los asuntos internacionales nunca deberían ser gestionados por aficionados. ¿Tienen alguna idea de en qué clase de sitio se está convirtiendo el mundo a su alrededor? (You are, all of you, amateurs. And international affairs should never be run by gentlemen amateurs. Do you have any idea of what sort of place the world is becoming all around you?)

Ni la Eurocopa del mes pasado ni estos JJOO tendrían que haber tenido lugar, no solamente por la pandemia (las cifras del covid en Tokyo no dejan de crecer, ha surgido un nuevo brote en China…) sino precisamente por lo que esta crisis mundial ha hecho del mundo: sacarnos a todos las vergüenzas y mostrarnos tal cual somos. El año que viene tendrá lugar en Catar el mundial de futbol, en cuyas obras ya han muerto miles de obreros. Si ante esa catástrofe humanitaria muchos futbolistas amagaron con renunciar a acudir… ¿por qué no han hecho lo mismo ante estos juegos, en los que, como consecuencia indirecta, han subido los contagios, y por tanto las muertes, de manera escandalosa? Si tal como dicen los representantes del COI, estos son juegos para la solidaridad y la fraternidad, ¿por qué no empiezan por darse cuenta de que la misma celebración de algo de esta enormidad es un peligro para la salud de todo un país y por consiguiente del mundo entero? Las palabras de amor, de libertad y de igualdad son muy bonitas y muy emocionantes… pero los actos que deberían sostener esas palabras son extremadamente raros, extraordinariamente infrecuentes. Y por desgracia son los actos los que cuentan, no las palabras. Celebrando los JJOO se sigue reincidiendo en la ilusión de que podemos volver a la normalidad, de que es posible regresar al estilo de vida que teníamos antes. Y eso, por mucho que muchas personas no quieran verlo, no es cierto. No vamos a poder a la antigua normalidad. Es más, muy probablemente sea lo mejor.

Así mismo, las intenciones son muy respetables, pero muchas veces de las mejores intenciones surgen los mayores desatinos. Porque por mucho que se quiera, no hay nada menos igualitario que el deporte, aún más entre países de todo el mundo. En los que se celebraban en la antigüedad acudían deportistas de las ciudades-estado griegas (algunos de ellos legendarios) y tenían siempre lugar en Olimpia. Recuperar aquello para montar este enorme tinglado en el que países ricos se enfrentan a países pobres en deportes que jamás fueron olímpicos tiene un solo nombre: negocio. Y designar una sede distinta cada cuatro años, en un país de un continente distinto, con toda esta parafernalia, con los sentimientos nacionalistas exacerbados, con las ceremonias de apertura y de clausura (muy parecidas todas, y siempre destinadas a demostrar el poder fáctico de ese país), apesta a patriotismo, a mojigatería, a santurronería, a francachela, a horterada en estado puro (salvo quizá algunas imágenes realmente impresionantes). Lo que consiguen las olimpiadas modernas es precisamente hacer visible aquello que irónicamente quieren combatir: que los países más poderosos aplasten a los más pequeños. Y esto queda patente, edición tras edición, en el medallero. China y Estados Unidos arriba del todo, entre los diez primeros siempre las potencias europeas (la verdadera Europa: Países Bajos, Alemania, Francia), además de países anglosajones (Reino Unido, Australia, Canadá, Nueva Zelanda) entre los quince primeros. ¿Cómo podía ser de otra manera? El paseo militar de EEUU, al que empieza a hacerle sombra China (y que un debilitado comité ruso de momento no puede impugnar) es opuesto al espíritu olímpico: el país más rico del mundo seguido muy de cerca por el país más poblado del planeta y el resto de países arañando medallas ante esos monstruos. ¿Cómo van a competir con ellos países africanos, o sudamericanos?

Lo impresionante es que un país pequeño y pobre como Cuba haya conseguido la decimocuarta posición en el medallero, nada menos que ocho puestos por delante de España, y veintidós por delante de colonias anglosajonas países ricos como Israel (algo que por cierto nadie ha comentado en los medios de comunicación). Lo raro es que sucedan estas cosas, y lo normal es que deportistas entre los lujosos algodones de los países más prósperos y afortunados de la tierra, amparados por federaciones millonarias, logren muchas más preseas. Deberían celebrarse los JJOO de los Estados Unidos, y los JJOO de China, cada año si quieren, y luego los JJOO mediterráneos, y los JJOO hispanoamericanos, y los JJOO centroeuropeos, si es que de verdad se trataba de recuperar el «espíritu olímpico». Luego se me ocurre que los ganadores de cada uno de esos juegos figure en los anales como el deportista más importante de su geografía, y punto final. Pero supongo que es importante proclamarse «el más veloz del mundo», o «el más fuerte del mundo», sin dejar en evidencia las profundas diferencias culturales y los abismales contrastes socioeconómicos, como si tal cosa fuera posible.

Se le presta, me parece a mí, demasiada atención al deporte. El deporte tiene sus cosas buenas, por supuesto, y hemos visto escenas memorables (en Skate, en pruebas largas de atletismo) de hermandad entre deportistas, pero el deporte no va a hacernos mejores personas, ni va a hacer del mundo un lugar mejor donde vivir. Al menos en las olimpiadas los deportistas, al contrario que en el fútbol, no se mueven exclusivamente por el dinero. En las olimpiadas no abandonas a un país, tal como Messi ha abandonado a los culés, por un sueldo estratosférico que sume más ceros a tu ya exorbitada cuenta corriente. Pero se engaña el que piense que los deportistas, de cualquier país, se entrenan y compiten para hacer del mundo un sitio mejor, o que los países acceden a ser la sede de los JJOO (o del mundial, o de lo que sea) para hacer del mundo mejor. Los deportistas se entrenan y compiten a mayor gloria personal, quizá con el orgullo de representar a un país, pero lo hacen por ellos mismos, y los países pugnan por ser la sede por otras razones que no hace falta repetir aquí.

Se me ocurre otra forma de hacer un mundo mejor: darle menos importancia al deporte, que tiene demasiados hitos (la mayoría futbolísticos, y el fútbol no es estrictamente un deporte) a lo largo del año, y más a otras cosas que merecen atención. Por ejemplo: la ciencia, el medio ambiente, los derechos humanos, y las personas que luchan por cuestiones semejantes. Ellos son que más importan, porque son los que de verdad pueden hacer el mundo mejor, y son los que menos caso reciben con grandísima diferencia (menos que los poetas, y ya es decir). Sólo por eso, ya quedamos retratados.

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Infiernos y narrativas: II Guerra Mundial

La II Guerra Mundial (1939-1945) es la gran narrativa épica y moral del siglo XX. Esto es innegable. Principalmente a través de la cinematografía estadounidense, que nos ha nutrido con abundantes títulos sobre el tema, y que se ha valido de él para construir una mística a su alrededor. A saber: que tal como todos los augurios (los suyos, claro) indicaban, Estados Unidos es «el líder del mundo libre», pues gracias a él nos libramos del yugo de los nazis, y a él debemos nuestras libertades y nuestro progreso. Pero un análisis no demasiado exhaustivo de aquella larga y funesta contienda revela que las cosas no son tan fáciles como parecen…

Tal como revela el formidable documental de Oliver Stone ‘La historia no contada de los Estados Unidos’ (2012), EEUU no deseaba entrar en guerra en 1939. Ni en 1940. Ni en 1941. Tenían bastante con lo suyo. Y lo suyo era una recesión salvaje de la que no estaban seguros que fueran a salir con buen pie. Los años treinta habían sido complicados e interminables, y ahora que por fin concluían y que parecían ver la luz al final del túnel, lo último que querían era otra guerra como la que había tenido lugar veinte años antes. De hecho, y para terminar de dibujar un cuadro que pocos estadounidenses querrán mirar, muchos grandes empresarios estadounidenses, de ascendencia alemana e ideología filonazi, después de ayudar al ejército de Franco con materiales, combustible y créditos, hicieron lo mismo con Hitler: mirar para otro lado en el mejor de los casos, echarle una mano en el peor de ellos. A los estadounidenses no les importaba Europa. La guerra no había llegado a su territorio. Que se las apañaran como pudiesen.

Claro, luego llegó el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor, en Hawái, como resultado del cual murieron dos mil cuatro cientos soldados estadounidenses y fueron hundidos cuatro acorazados. Estados Unidos declaró la guerra a Japón porque no podía hacer otra cosa. Poco después, Alemania e Italia declararon la guerra a Estados Unidos. Pero Estados Unidos no tomó la decisión de luchar por la libertad de los pueblos oprimidos, sino que se vio forzada a entrar en una guerra no deseada. Y aprovechó esa contienda, que los nazis jamás pudieron haber ganado por mucho que se alargase, para situarse como superpotencia militar en el llamado «mundo occidental». Y durante la guerra (y antes de ella, con títulos tan destacados como ‘All Quiet in the Western Front’, de 1930, aunque en este caso sobre la I Guerra Mundial), comenzó su desaforada propaganda, en la que los soldados americanos eran poco menos que superhéroes capaces de vencer a cualquier enemigo, en virtud de la cual no hay ejército tan poderoso, ubicuo y feroz como el estadounidense, que además de su capacidad guerrera es noble y valiente, no como los que se dejaron vencer con tanta facilidad ante el avance de las tropas de Hitler.

Y es verdad que las tropas estadounidenses hicieron grandes cosas (desde luego, mucho más importantes y menos criminales que cualquier otra guerra posterior del siglo XX y XXI), pero está claro que la guerra en realidad la ganaron las tropas rusas, con veinte veces más muertos (tirando por lo bajo…) y la resistencia francesa y otras centroeuropeas. Sin embargo, llevamos décadas tragándonos el insuperable heroísmo de los yanquis, para los que las dos guerras mundiales son «buenas guerras», ya que apenas tocaron (salvo en el extremo occidental de Hawái) suelo estadounidense. Pero hicieron algo maravillosamente bien: convertir a Adolf Hitler en el chivo expiatorio de la historia. Porque ese asesino de masas les venía de perlas para justificar sus propias carnicerías. Hitler, y sus secuaces, que tuvieron buenos maestros en el genocidio de los nativos americanos en el siglo XIX y en el genocidio europeo llevado a cabo por Napoleón. Haber convertido Europa, por tercera vez, en un cementerio, sirvió para que nadie (nadie sensato) pudiera tomar en serio a Alemania nunca más, pero a las élites estadounidenses les sirvió para enmascarar sus propios planes. El primero de ellos la venganza contra Japón.

Yo creo que va en el ADN de los estadounidenses, eso de la venganza. No podían dejar pasar la humillación y el terror que les hicieron en 1941. Por eso durante meses (desde el 17 de noviembre de 1944 hasta el funesto 15 de agosto de 1945) bombardearon las islas de Japón, arrasando sus ciudades más importantes sin compasión, llegando a aniquilar al 80% de la población masculina civil en algunos territorios, culminando ese crimen de guerra con las bombas de Hiroshima y Nagasaki. No se leerán tales cosas en los libros de historia. De los millones de muertos japoneses, más de la mitad civiles, nadie habla. Como nadie habla de los campos de concentración ilegales en Estados Unidos en los que se encerró a japoneses y personas de otras nacionalidades de pleno derecho. Los «villanos oficiales» (Hitler en este caso, a quien apoyó por cierto la iglesia católica…) sirven de escaparate para que países como Estados Unidos lleven a cabo, las siguientes décadas, su política de invasión, guerras selectivas, acoso a los países comunistas, mientras su propaganda (las miles de películas sobre la contienda), les hace parecer los héroes a los ojos de los ciudadanos de otros países. Ellos se llevan la gloria mientras llevan a cabo las mismas prácticas, o peores que los nazis. A su vez, los sionistas (no confundir con los judíos) llevan a cabo su negocio de ser los únicos (en base a sus delirios supremacistas) que sufrieron un holocausto, a pesar de los millones de muertos japoneses, o los millones rusos, o polacos, o de otras etnias. Ellos, los sionistas, son los que imponen su verdad. Y ya tenemos a los héroes oficiales (los EEUU) y a las víctimas oficiales (los sionistas) de aquella narrativa titulada la II Guerra Mundial.

Y es que hay que desconfiar, siempre, y de un modo cerval, de los que se apropian de la palabra libertad y de los que jamás abandonan su papel de víctima.

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ENSAYO

Infiernos y narrativas: Planeta Tierra

Primero un ilimitado territorio, inmutable, plano y eterno, después una esfera azul, inmensa pero abarcable, que gira desde hace miles de millones de años, y que aún lo hará por lo menos mil millones más, alrededor de una estrella en la que cabrían un millón trescientas mil tierras, de la que le separan ciento sesenta millones de kilómetros, en un universo, este sí, inabarcable. Pero ese planeta, el nuestro, es además nuestro sistema vital, el único del que disponemos, y llevamos unos cuarenta años con la certeza de que nos lo estamos cargando, de que estamos agotando sus recursos materiales, de que estamos matando a sus muchas especies, de que vamos a llegar a un punto de no retorno, y ahora lo estamos también de que el calentamiento global es producido por el hombre y de que nos estamos quedando sin tiempo para evitar nuestra propia extinción.

Aquí, de nuevo, se abren varias narrativas… por lo menos dos, y otras que emanan de ellas, al igual que sucedía con Palestina, o las Palestinas de este mundo, que es la narrativa política de la historia contemporánea. En todo lo relativo al planeta Tierra, aquello que no sea ciencia es por necesidad una narrativa, es decir una ficción y una mentira, e incluso mucho del relato científico es también una narrativa, más sofisticada. A saber: que al igual que somos los responsables de la destrucción del entorno natural, también podemos ser los artífices de su salvación; y que la Tierra, como entidad filosófica, es un lugar hermoso en el que poder vivir según nuestro sistema de valores actuales. Ambas cosas son una falacia como un piano de grande y desmontarlas es como un juego de niños.

La Tierra no está en peligro. Repito: no está en peligro. Los que estamos en peligro somos nosotros, todos nosotros, y los animales que han tenido la mala suerte de coincidir con el auge del ser humano. Nos sabemos tan listos, tan importantes, tan brillantes y tan supremos, que nos creemos con la capacidad no solamente de destruir la Tierra, sino también de salvarla. Y yo me pregunto: ¿cómo vamos a salvarla? ¿Poniendo cubos de basura reciclable? ¿Creando coches eléctricos como única opción de transporte? Eso no va a evitar que en pocos años comencemos a sufrir los estragos de la actividad humana. ¿Qué más se nos ocurre? Ya que somos tan brillantes deberíamos empezar por buscar una solución a la desertización y a la destrucción de los fondos y la fauna marinas. ¿Vamos a encontrarlas? No lo creo. La única opción para que la Tierra, tal como la conocemos ahora, siga existiendo, es que desaparezcamos.

En tres meses y pico de confinamiento, en 2020, hemos sido testigos de una sorprendente recuperación de las costas, hemos divisado delfines en zonas en las que no pasaban ni borrachos, el aire se ha limpiado y los árboles y plantas de las ciudades han reverdecido. En solo tres meses. Imaginemos lo que podría pasar en tres años. La Tierra es una máquina perfecta con una asombrosa capacidad de regeneración, y aún en el caso nada improbable de que nos cargásemos todos los mares, de que no creciesen más plantas, y de que todos los animales de la Tierra desapareciesen, es casi seguro que dentro de veinte o treinta millones de años proliferaran otras formas de vida, los mares volvieran a ser lo que eran, y el planeta resucitaría. Ya lo ha hecho antes. Varias veces. Porque la Tierra está viva, es un ser vivo que no nos necesita para nada. Somos nosotros los que la necesitamos a ella. Y no acabamos de entenderlo.

El ser humano solo lo es en la civilización, en las ciudades, en la polis. Fuera de ellas, de la sociedad no somos seres humanos, nos convertimos en otra cosa. Somos, por definición, un animal político, y eso es irónicamente lo que nos destruye y lo que destruye el entorno natural actual. Si no somos capaces de crear ciudades que puedan coexistir pacíficamente con la naturaleza, sin erosionarla ni herirla de muerte, tenemos los días contados. Que pueden ser muchos o pocos, pero contados al fin y al cabo. Nosotros, que nos creemos los dueños de todo cuanto vemos, nosotros que en mitad de una pandemia (que no es más que un primer aviso de la naturaleza… pues vendrán otras y más crueles que esta a menos que espabilemos de una puta vez) nos permitimos el lujo de discutir sobre nacionalismos, o economía, o ideologías, como si esto no fuera con nosotros. Es como si llegaran unos alienígenas, o como si restaran tres meses para que nos cayese un pedrusco de cincuenta kilómetros de diámetro, y nos pusiéramos a discutir sobre de quién es la culpa o quién es más español…

Nosotros, que no podremos hacer nada para salvar Nueva York si se rompe el istmo de Canarias, nosotros que no podremos evitar que un meteoro de grandes dimensiones esterilice la Tierra, nosotros que vertemos cientos de millones de toneladas de plástico al mar todos los años y que asesinamos millones de ballenas y tiburones blancos todos los meses, nosotros vamos a salvar la Tierra. Las mayores fuentes de contaminación no son los carburantes basados en combustibles fósiles, ni las plantas nucleares (aunque desde luego no ayudan), son otras dos: las empresas cárnicas con cientos de millones de cabezas de ganado y lo que ello supone de gasto de cereales para su alimentación y de sus ventosidades tóxicas (tal como suena), y la industria textil que proporciona ropa a la humanidad y que llena millones de armarios de las chicas de zapatos, camisetas y vestidos… Si fuéramos verdaderamente conscientes de lo que ambas industrias suponen, de los estragos que causan, si lo viéramos, si lo pusieran en las noticias todos los días, dejaríamos de comer carne en determinadas condiciones y dejaríamos de comprar ropa todos los meses…

¿Por qué no sale esto en las noticias todos los días? ¿No íbamos a salvar el planeta? ¿Por qué en lugar de hablar todos los días de Cataluña, de Ceuta, de las miles de desgracias que le pasan al «pobre ser humano», no se habla de todo esto a todas horas y se empieza a poner remedio? Porque eso, como todo lo demás, es otra narrativa: el ser humano no se cree que esto se vaya a acabar, porque se cree inmutable, eterno, plano, como creía que era la Tierra. Se cree elegido por un Dios ubicuo que le ha puesto aquí por alguna razón, y que no va a permitir que se hunda ni siquiera en su propia estupidez. Es más fácil creer esa narrativa que el hecho de que no nos importa una mierda otra cosa que no sea medrar y tener poder.

Si dejamos ya de reproducirnos y de joder cada cosa que tocamos, si desaparecemos, el planeta Tierra volverá a estar perfecto en unos cincuenta años, puede que menos, y los animales que viven ahora en él se extinguirán a su ritmo normal, y esta esfera cada vez más podrida, cada vez más depauperada, el hogar que hemos maltratado con nuestras pezuñas, volverá a ser esa esfera azul, ese oasis en mitad de un universo indiferente, que la eligió a ella, vete a saber por qué, para albergar vida.

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ENSAYO

Infiernos y narrativas: Palestina

Me dice a menudo mi buen amigo Carlos que tengo que leer menos y ver menos películas o series o documentales y leer más noticias y reportajes. Que la narrativa es importante pero que también es importante conocer lo que sucede en el mundo. Y tiene mucha razón. Pero es que en mi opinión una cosa y la otra participan de la misma cosa: la placenta de la realidad, y muchas veces aprendemos más, o accedemos a un conocimiento más profundo de lo que nos rodea, en la ficción que en el telediario, porque los resortes de la narrativa son esencialmente los mismos en la ficción y en la realidad y se alimentan de una misma cosa: la psique, el acervo popular. Sólo que en la realidad a partir de una mentira y en la ficción a partir de una verdad.

En la realidad que vivimos, la mayoría de las veces triste y gris y algunas veces incluso pavorosa e insoportable, la narrativa interna, la que configura la sociedad, existe para engañar y para moldear la opinión pública, para maquillar atrocidades y para que los poderosos vistan mejor sus galas de decencia y legalidad, aplicando la regla del oro (la única regla que se aplica en el mundo): el que tiene el oro hace las reglas. Y los miles o cientos de miles de periodistas que existen en el mundo participan, a menudo sin saberlo, de esa narrativa, que convence a casi todo el que les escucha o les lee que este es el único mundo posible, que lo que hacen las democracias consolidadas es en su mayor parte justo y necesario, que las guerras son inevitables, que existen países buenos y países malos, y que pese a todo el ser humano y la sociedad evolucionan hacia una forma de vida más justa y equilibrada. Y nada más lejos de la verdad. Y lo que está sucediendo en la Franja de Gaza y en algunos otros lugares de Palestina es buena prueba de todo esto.

La narrativa, en este caso, consiste en el relato manipulado de la II Guerra Mundial, en virtud del cual la comunidad judía estadounidense (que es el grupo de presión más importante en este oscuro asunto) se vio profundamente afectada por el genocidio que los nazis cometieron contra este colectivo en los campos de concentración y en la llamada Solución final. En realidad, es una narrativa que comprende varias narrativas, la principal de todas ellas la necesidad de blanqueamiento moral por parte de los territorios coloniales francos y anglosajones, es decir, Estados Unidos, Canadá y Australia, entre otros. Ya llegaré a eso un poco más adelante. Pero ya se ha demostrado ampliamente (por historiadores judíos) que el impacto de ese genocidio en realidad tardó bastante tiempo en calar en la opinión pública y en ser considerado lo que es hoy: uno de los mayores horrores que se han perpetrado en la historia. Pero ese horror, insoslayable e indiscutible, ha sido utilizado de manera espúrea por algunas élites para llevar a cabo sus luchas de poder. Y esta afirmación puede ser considerada antijudía por muchos, pero es la cruda realidad.

Se ha dicho durante décadas que en el llamado Holocausto murieron asesinados seis millones de judíos, una cifra que conoce prácticamente todo el mundo. Pero no tanto las cifras de polacos o rusos muertos, que superan ampliamente esa cifra. Durante la II Guerra Mundial, la saña del ejército alemán contra la población civil del este de Europa dejó un saldo superior a los treinta millones de muertos. Pero no se habla de Holocausto Ruso o Polaco, y la razón de esto es que esos hechos luctuosos no han sido utilizados por ciertos grupos para llevar a cabo un negocio bien documentado en libros como ‘La industria del holocausto’ del judío Norman Finkelstein. Pero, ¿qué es exactamente el pueblo judío? Esa es otra narrativa, y conviene matizarla, para explicar la narrativa principal.

El judaísmo es simple y llanamente una religión, no un pueblo, ni por supuesto una etnia. Los más ultraconservadores de sus miembros creen equivocadamente que suponen una raza o un pueblo aparte, como los negros, los caucásicos o los asiáticos, algo que ha sido desmentido por la ciencia como la falacia que es. Claro, ellos se consideran los descendientes de los hebreos, uno de los pueblos semitas del Levante Mediterráneo, que según sus libros sagrados es además el pueblo elegido por Dios (algo que por cierto también pensaban los nazis de sí mismos). Se impone por tanto establecer la diferencia entre lo judío, lo semita y lo sionista, siendo lo primero una religión, lo segundo una lengua o un pueblo o un conjunto de pueblos, y lo tercero una casta política. Judío puede ser cualquiera que abrace esa religión, desde un argentino hasta un japonés; semitas son tanto los hebreos como los palestinos, los iraquíes o los sirios (es decir árabes, por lo que antisemita sería un término más apropiado para los actuales judíos que para sus enemigos); y sionista es todo aquel que colabore o crea o luche para formar el Gran Israel (Eretz Israel) en una idelogía ultranacionalista que considera indispensable recuperar los territorios anteriores a la Gran Diáspora judía, que también se ha demostrado históricamente falsa.

Pero incluso los de pensamiento más de izquierdas o progresista, hoy día, acusan a cualquiera de ser antijudío, antisemita o directamente nazi, cuando se cuestiona gravemente la existencia de un país tan artificial y destructivo como Israel, y sus actividades militares en la zona. Son estas personas de buena voluntad gravemente engañadas por una narrativa que propone lo siguiente:

  1. Que los judíos son siempre las víctimas de ataques de antisemitas a lo largo de la historia.
  2. Que además son el pueblo elegido por Dios (sin especificar para qué ha sido elegido ni de qué manera).
  3. Que habiendo sido masacrados en la II Guerra Mundial están legitimados para defenderse de la manera que ellos crean más oportuna, incluso con el abuso de la fuerza.
  4. Que todo el que cuestione sus actividades o ideologías es antisemita.
  5. Que el genocidio que están llevando a cabo contra poblaciones árabes, muy especialmente las palestinas, no es tal, sino una defensa de su religión y su integridad territorial.

Sin embargo, la realidad disfrazada por esa narrativa es la siguiente: un pueblo de colonos blancos, angloparlantes, fuertemente armados por Estados Unidos y extranjeros de esa tierra, lleva a cabo una política de apartheid y un genocidio encubierto contra un pueblo. Esto es exactamente lo mismo, punto por punto, que sucedió en Estados Unidos con los indígenas de esa tierra. Las mismas acciones, la misma política de reasentamientos, de castigo, idéntica propaganda anti-india, en este caso anti-árabe, idénticas prácticas de tortura, de bloqueo de bienes de primera necesidad. Es decir, en resumen: toda la maquinaria bélica, propagandística y supremacista que llevó a la destrucción de la vida indígena de Estados Unidos y a un genocidio de manual. Pero esta nueva colonia angloparlante se maquilla de lucha de intereses religiosos o políticos, se propone como una equivalencia de fuerzas («conflicto palestino-israelí»), gracias a una narrativa extremadamente efectiva, de la misma forma que aquel otro genocidio se disfrazó de industrialismo o de lucha contra el salvaje. La única salvedad es que en este mundo globalizado todo se documenta y se puede poner en cuestión, aunque también pongan en cuestión a todo el que denuncie estas prácticas destructivas y atroces.

La decisión de la ONU en 1947 de aprobar la partición de Palestina en dos estados, uno judío y uno árabe, es el primer y el más terrible error de todos, pero incluso los sionistas más convencidos de crear un nuevo Israel en una tierra que no les pertenece son víctimas de esa narrativa, la que les está llevando a ser una ideología filonazi, precisamente aquella de la que dicen haber sido víctimas. Pero llamemos a las cosas como son:

Ni Estados Unidos, ni Canadá, ni Australia, ni Nueva Zelanda, ni Irlanda del Norte ni por supuesto Israel son verdaderos países. Son territorios coloniales, de población extranjera que ha llegado allí a apartar de sus legítimos hogares a los nativos, por las buenas o por la fuerza, y carecen de una verdadera identidad nacional. Los pueblos y tribus palestinas sí la tienen, a pesar de haber sido, precisamente, un protectorado británico hasta que la ONU partió en dos el territorio. Y no pararán hasta destruirles a todos, o matarles de hambre, porque eso es lo que hacen las colonias angloparlantes, y fue lo que sucedió en India, uno de los pocos países que los echó a pesar de seguir en la Commonwealth británica. Porque es lo que hacen, porque es lo que son. Luego podemos echarnos las manos a la cabeza, o condenar públicamente alguna atrocidad, pero sabemos perfectamente lo que hacen. Y no dejarán de hacerlo nunca a menos que alguien les pare los pies. Así de claro.

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