ENSAYO, LITERATURA

Enmienda a Jesus G. Maestro a propósito de ‘Pedro Páramo’

Ya dije hace algún tiempo que a Jesús G. Maestro se le ven las costuras. En realidad se nos ven a todos. Maestro es un profesor de universidad especializado en teoría literaria que ha devenido en inopinado (y muy interesante) crítico literario. Es muy exigente y sabe de lo que habla, por lo que en pocas palabras la literatura es lo que a él le apetece que sea la literatura. Nos pasa a todos, insisto. Cuando somos exigentes, cuando tenemos una preparación, y cuando devenimos, en la medida de nuestras posibilidades, en críticos, teóricos o investigadores, creemos que el cine, o la literatura, o la música, o lo que sea, es lo que a nosotros nos da la gana.

He leído su monumental (tres mil y pico páginas) ‘Crítica de la razón literaria’, en la que aplica los postulados filosóficos de Gustavo Bueno al conocimiento de la literatura. Y como no podía ser de otra manera, en algunos aspectos estoy radicalmente a favor de lo que dice, y en otros radicalmente en contra. Es lo que tienen estas cosas, y es sano que sea así. También suelo ver sus (numerosos) vídeos, clases magistrales dedicadas a alguna obra en concreto, en las que aúna una mirada incisiva sobre ciertos aspectos literarios con una chabacanería y una chulería impropias de un crítico de categoría. Pero supongo que se le puede perdonar porque a diferencia de otros como Harold Bloom, al menos Maestro tiene un sistema de ideas, una teoría sobre la literatura y la narrativa, bastante originales y personales, y eso es más de lo que puede esperarse de mucha gente.

Ahora lo que me gustaría es hacerle una enmienda a este señor. No se la va a leer (porque no me conoce, y es normal que así sea) y en el caso de que se la lea no va a comentar nada… y en el caso de que comente me va a avasallar con sus conocimientos, su capacidad argumentativa y su proverbial mala leche. Tampoco pasaría nada. Son las reglas del juego y se aceptan.

Entre algunos libros en los que ha profundizado se encuentra en su canal de Youtube una serie de vídeos sobre la obra maestra de Juan Rulfo ‘Pedro Páramo’ (este es el primero, para que el lector no ande buscando), en los que se propone, como siempre, analizar por partes las razones que la convierten en una obra maestra, y lo que emana filosóficamente de ella. En realidad, Maestro sólo da una razón para considerar a ‘Pedro Páramo’ una obra maestra, y es que es una historia de relatos intercalados (los de Juan Preciado, Pedro Páramo y Susana San Juan), y que están entrelazados entre sí (de hecho así es) con una lógica interna irreprochable. Por lo demás, Maestro únicamente reflexiona sobre lo que emana filosófica e intelectualmente de la obra, tal como suele hacer, y en ello se explaya (con bastantes redundancias) a lo largo de los cinco vídeos, «dando en hueso» tangencialmente, como suele ser habitual en él, pero sobre todo contándonos lo que para él es o deja de ser un escritor genial, y otras ideas por el estilo.

Es una constante de Maestro: la interpretación de la literatura es en su caso una interpretación filosófica, casi nunca estructural, técnica, objetiva, del material literario en sí. Es decir nunca de la prosa, los diálogos, la estructura lógico-narrativa, los personajes, el estilo, la atmósfera, la construcción y pertinencia poética de los capítulos, el lirismo o la mirada del autor, salvo quizá algunos aspectos como el tipo de narrador o el tipo de narrativa, es decir la diégesis. Y una vez más, como viene siendo costumbre en él, lo relaciona todo con ‘El Quijote’. Y sí, es poco discutible (o nada), que el grueso de invenciones técnico-narrativas del canon occidental provienen de la obra maestra de Cervantes. Y sí, es muy posible que lo más lógico sea relacionar algunos aspectos de ‘Pedro Páramo’ con las obras y los autores que él menciona (de Valle Inclán pasando por Georg Büchner y Strindberg, y terminando una vez más en Cervantes), pero la teoría de Maestro, como también es habitual en él, naufraga cuando niega la originalidad y la importancia de escritores anglosajones como William Faulkner y otros.

No todo se puede achacar, me temo, al hiato de los capítulos ocho y nueve de ‘El Quijote’. Es decir, la decisión de Rulfo al ordenar sus relatos y al hacer discontinuo su cronotopo, como tantos otros han hecho, en efecto tiene un «antecedente» en el barroco español (como casi todo, por otro lado), pero eso no define la originalidad ni la falta de ella. Y en el caso de hacerlo también definiría la originalidad de Faulkner y de otros autores anglosajones. Para Maestro existe la literatura española y después todas las demás. En ese sentido, Rulfo (que es posterior a Faulkner), sí puede beber de ‘El Quijote’, pero por lo visto Faulkner (que declaró muchas veces que era su novela de cabecera), no puede. En Rulfo es originalidad lo que en Faulkner no lo es, por alguna razón que solamente Maestro puede defender sin mucho fundamento. Por eso dice que el que achaque originalidad a Faulkner en la construcción de por ejemplo ‘El ruido y la furia’ o ‘Mientras agonizo’ es que no se ha leído ‘El Quijote’, pero el que diga que Rulfo es original por hacer lo que ya hizo Cervantes, sí debe habérselo leído.

En pocas palabras: que Rulfo, siendo hispano, sí puede beber de las fuentes originales del canon occidental, pero «escritores ingleses» como Faulkner, precisamente por ser ingleses, lo que hacen es descubrir el Mediterráneo por quinta vez. Señor Maestro, nadie ha dicho que Faulkner sea el que inventó la narración fragmentada, pero sí desde luego el que trascendió los límites de la novela del XIX, cuyas limitaciones aún coleaban en las primeras décadas del XX, y el que cristalizó técnicas tales como el monólogo interior, el fluir de la conciencia, la desaparición del narrador y la capacidad para hacer inmersivo el relato desde el punto de vista de un personaje concreto. Es la novela moderna, la del XX, la que alcanzó su cima, de la que Faulkner es, le pese a quien le pese, uno de sus máximos exponentes (si no el que más). Y es muy probable que Rulfo estuviera también influido por él, como casi todos los escritores hispanoamericanos del XX (en su caso, por cierto, con más enjundia que en el de Vargas Llosa y otros). Y lo está en términos de prosa, de construcción, del mundo interior del narrador, porque la influencia de Faulkner es inmensa e insoslayable salvo por críticos cegados por su fanatismo hispanista, como es el caso de usted.

Es cierto que en términos globales y globalizadores, la literatura en español es la primera a tener en cuenta, por encima de cualquier otra. También es cierto que se puede rastrear casi todo desde la genialidad de ‘El Quijote’. Pero eso no sirve para situar, en el XX, a escritores españoles necesariamente por encima de escritores anglosajones. ‘Pedro Páramo’ es una de las cimas de la novela del XX, exactamente por las mismas razones por las que lo son ‘Mientras agonizo’ o el ‘Ulysses’ de Joyce. Todas participan de la misma poética, con sus lógicas diferencias de estilo y de componentes temáticos. Y negar eso es bastante problemático, incluso para aquellos que escriben libros de teoría literaria de tres mil páginas.

Y esta es mi enmienda.

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William Faulkner fue el sucesor de Cervantes en el siglo XX

Como Jesús G. Maestro, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la universidad de Vigo, dispara a todo lo que se mueve, debido a su vehemencia y a la fecundidad con la que cuelga vídeos en su canal de Youtube, es lógico estar de acuerdo, incluso muy de acuerdo con él, respecto a algunos temas, y estar bastante en desacuerdo con él en otros muchos. Maestro pugna por dejar huella como teórico de la literatura en estos tiempos tan anti-literarios, y conocimientos, pasión y trabajo no le faltan. Pero ya he dicho alguna que otra vez que a gente tan preparada como él le pierde el reduccionismo, y en su caso la veneración desaforada hacia la literatura española y el español y el desprecio casi sistemático a otras literaturas, como por ejemplo la anglosajona en general y la estadounidense en particular. Creo que es en el primer vídeo dedicado a esa obra maestra que es ‘Pedro Páramo’ que niega la influencia de Faulkner sobre Rulfo (en contra de lo que tantas veces se ha dicho), pese a ser Rulfo bastante posterior a él, y basa su argumentación en la evidente influencia de ‘El Quijote’ y de la literatura cervantina en aquella novela, como si solamente a un escritor en español pudiera realmente aprovecharle la obra magna de Cervantes…

La realidad es muy otra, se ponga Maestro como se ponga, por mucho que se quiera tapar el sol con un dedo: por extraño que resulte a un hispanista exaltado como Maestro y muchos otros, es la figura de Faulkner la única que, en la cuarta década de la pasada centuria recogió los avances técnicos y narrativos de Cervantes en toda su luminosidad, y los tradujo a las necesidades de la novelística de su tiempo, en oposición y como respuesta a las formas literarias del siglo XIX, que en gran parte quisieron a su vez oponerse a las conquistas cervantinas. Por mucho que le duela a Maestro, no es necesario saber español, y hablar español como lengua materna, para aprovechar la ciclópea sabiduría del genio del Siglo de Oro. Sí es verdad, y ahí no cabe discusión, que ‘El Quijote’ sólo pudo haberse escrito en español, y que sólo un lector que tenga el español como lengua materna (español, mejicano o de cualquier otro lugar del mundo) puede realmente entender en su totalidad lo que se propone en las casi trescientas ochenta mil palabras de aquella novela en dos partes. Pero Faulkner declaró muchas veces que leía ‘El Quijote’ todos los años, y que lo hacía «como otros leen La Biblia». Es decir, que para él ‘El Quijote’ era su Biblia.

Y esto se percibe desde la primera obra maestra absoluta de Faulkner, la temprana ‘El ruido y la furia’ (‘The Sound and the Fury’, 1929), cuarta novela del autor sureño, hasta la última, la soberbia ‘El villorrio’ (‘The Hamlet’, 1939), así como en otros muchos trabajos de este novelista inigualable, que al igual que Cervantes tuvo que luchar muchos años para encontrar el reconocimiento debido hasta poder vivir de la literatura (algo que en el caso del español no pudo ser finalmente posible), compaginó como él la escritura con los más variados y poco cualificados trabajos con los que poder subsistir, y al igual que Cervantes vio su mundo desplomarse muy rápidamente con la llegada del mundo moderno al muy anticuado sur de Estados Unidos, con las heridas de la Guerra de Secesión todavía demasiado recientes, algo que puede ponerse en paralelo con la experiencia bélica de Cervantes en Lepanto y en Argel, pero sobre todo con el inefable impulso interior de darle a la novela un nuevo ímpetu, una nueva forma acorde a los tiempos, capaz de resumir las búsquedas narrativas previas y de cristalizarlas en una literatura mucho más rica y pertinente, mucho más profunda y conscientes de sí misma. Porque las artes no se desarrollan en línea recta, sino muchas veces en círculos, y es necesario regresar a lo que otros hicieron antes para volver a ponerlo en su sitio, con fuerzas renovadas y con una mirada contemporánea.

Y poco importa que Faulkner no hablara español, aunque es muy posible que lo dominara bastante bien. La literatura es el idioma universal, no la lengua de cada cual, y con ella se pueden extraer las lecciones eternas de Cervantes acerca del punto de vista, el perspectivismo, el monólogo interior, la narración dentro de la narración y toda la nutrida gama de revoluciones narrativas que el mal llamado manco de Lepanto (porque no era manco) dejó para la posteridad, testigo que después de él muy pocos han recogido para llevar a cabo su literatura, al menos de forma consciente, y aún siendo todos ellos (todos nosotros) deudores de Cervantes aunque no lo sepamos. Sólo Faulkner, más incluso que Joyce o que Melville, fue un digno sucesor. ¿Tan difícil es percibir las enseñanzas del discurso de Marcela en esa joya que es el segundo libro de ‘El Villorrio’ (titulado Eula), en el que se demuestra que una mujer hermosa también puede ser libre sin que nadie tenga el derecho a juzgarla? ¿Es que no salta a la vista que la predilección de Faulkner por los desfavorecidos y los marginados de la sociedad le nació, precisamente, de leer ‘El Quijote’, que es la primera novela de la historia que no cuenta la historia de grandes o principales señores sino la de personas de condición baja o miserable? ¿Es necesaria una lupa de grandes dimensiones para que los más efusivos de los hispanistas distingan que la forma esencial de narrar de Faulkner, pese a disponer de un estilo y una prosa muy diferentes, sea la de contar una historia dentro de una historia y la de hacer un hilo con todas ellas que conforme un todo, tal como sucede en ‘El Quijote’ y que él repetirá en ‘Mientras agonizo’, ‘El Villorrio’ o en su larga y apasionante colección de relatos?

El que quiera ver que vea, pero no hace falta ser otro catedrático de literatura para desmontar fácilmente algunos de los presupuestos de Maestro y de muchos otros cervantistas que queriendo desterrar la ideología de la literatura, la impregnan de ella mediante el lenguaje, olvidando que el único lenguaje es de la literatura misma.

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Estética y belleza en la literatura

Leyendo y escuchando a Jesús G. Maestro, un tipo al que cada vez lee y escucha más gente (a través de su canal de youtube, aunque dudo que todos ellos se hayan leído entero ‘La crítica de razón literaria’… y no les culpo porque es bastante denso), que no despierta las siempre sospechosas y temibles unanimidades pero que tampoco deja indiferente a nadie, se llega rápidamente a la conclusión de que algunos se quedan en literatura, igual que otros se quedan en el cine, con algunos aspectos del fenómeno narrativo o artístico en cuestión, y desdeñan otros, ya sea por elección, o por afinidad, o por filias y fobias, o por incapacidad o manía. Y de igual manera que otros, como el tal Bracero de Twitter (que no es el único, ni mucho menos, de su muy nutrida especie), ya dicen que una película es una «obra maestra» (o una de las mejores de todos los tiempos) por las ideas conceptuales de un plano, o de una serie de planos, que prueban de manera fehaciente las intenciones lógico-narrativas del director en cuestión, en el caso de G. Maestro pertenece a ese estirpe de críticos para los que lo más importante parece ser el discurso o la filosofía del autor, objetivada en los materiales literarios, desdeñando la palabra escrita como vehículo o motor de cierta idea de estética, o a los formalismos como meros compendios técnicos que no contribuyen necesariamente a la grandeza de una obra determinada.

Interesante es, desde luego, porque yo creo que tanto Bracero como Jesús G. Maestro (con sus grandes y obvias diferencias de todo tipo) son personas muy inteligentes y en algunos aspectos muy preparadas, pero ambos funcionan como paradigmas de lo que significa quedarse con una parte muy tangencial de aquello que tratan de comentar con mayor o menor fortuna. Uno es profesor en la universidad de Vigo, y da su nombre a todo lo que escribe… otro es un tuitero que escribe con seudónimo y que vete a saber a qué se dedica. Ambos, aunque quizá («quizá» por decir algo suave…) el segundo lo niegue más que el primero, tratan de dejar huella en aquello que comentan, tratan de sentar cátedra, de establecer verdades objetivas, irrefutables o por lo menos lo más inexpugnables que se pueda. En otras palabras, se esfuerzan en cada comentario, en cada idea, en cada vídeo o en cada tuit, en demostrar lo mucho que saben y que aquello que dicen tiene mucho de verdad. Pero sobre todo en el caso de Maestro, que a fin de cuentas escribe y habla mucho más que todos los Braceros del mundo juntos, más que vérsele las costuras, que también, sorprende que algunos conceptos los tenga tan trabajados, y otros, como por ejemplo la misma noción de literatura, sean ideas tan poco desarrolladas y tan endebles.

Para Maestro la literatura es «una construcción humana y racional que se abre camino hacia la libertad a través de la lucha y el enfrentamiento dialéctico, que utiliza signos del sistema lingüístico a los que confiere un valor estético y otorga un estatuto de ficción, y que se desarrolla a través de un proceso comunicativo de dimensiones históricas, geográficas y políticas cuyas figuras fundamentales son el autor, la obra, el lector y el intérprete o transductor». Una frase, y una definición, demasiado rebuscada, y al mismo tiempo poco robusta, que parece que dice muchas cosas pero que en realidad no dice nada. También afirma Maestro que la literatura en particular, y el arte en general, es ante todo un desafío a la inteligencia humana. Y por cierto que sorprende que en su atildada definición aluda a la estética cuando es un concepto que a él, tal como ha afirmado en muchas ocasiones, no le agrada del todo, proviniendo de donde proviene. Sea como fuere, para Maestro, y para otros, la literatura no tiene que ver, necesariamente, con la palabra escrita sino con las ideas y la materialidad real del conocimiento. Y sobre todo opina que la literatura, y el arte en general, no tiene nada que ver con las emociones. Y aunque entiendo por qué lo dice (en su caso, para despreciar la crítica de la experiencia personal, o para desechar la tiranía del gusto personal de cada cual, cuestiones con las que estoy bastante de acuerdo) lo que acaba haciendo es proponer que la literatura es, en exclusiva, un desafío intelectual, y eso no es cierto. Esto no es más que otro reduccionismo, otro «bracerismo» si se me permite la expresión, que no conduce a un conocimiento profundo de la literatura.

Porque la literatura es un triple desafío: intelectual, emocional y psicológico. Es una experiencia estética que depende de manera íntegra de la belleza, una belleza (que nada tiene que ver con una superficial hermosura, espero se me entienda…) que mana de manera exclusiva de la palabra escrita, que es la verdadera esencia, la sangre, el núcleo, la materia de la literatura. Con esa palabra escrita, claro, se objetivan ideas, discursos y filosofías, pero se objetivan de una forma concreta, con una estrategia narrativa que algunos podrían llamar estilo, o por lo menos mirada, o búsqueda formal. Quedarse únicamente con lo intelectual, es parecido a quedarse sólo con las ideas conceptuales que emergen de los planos de una película, cuando el cine es interpertación, escritura, sonidos, música… Es un TODO, y eso es la literatura, aún más que el cine, es un TODO conformado por un abanico de conceptos intelectuales, emocionales y psicológicos, que proponen una catarsis ficcional en el lector/receptor de la obra. Es un viaje de múltiples aristas, no solamente sapienciales, porque a eso aspiran las bellas artes: a comunicar una cualidad trascendental de la emoción. Quieren, entre otras cosas, conmovernos, pero no con imágenes o historias tristes, sino con la ficción que se nutre de narrador, personajes y espacios y tiempos narrativos. Quieren perturbarnos y crearnos un serio problema personal que hemos de resolver con nosotros mismos. No son solamente un pedazo de filosofía, sino que son un pedazo de vida creado tan solo con palabras y papel.

Y es responsabilidad del crítico ser, además de un científico de la literatura, como se arroga Maestro, ante todo una persona como cualquier otro lector, e identificar el modo en que esa obra en concreto ha conseguido trascender la materialidad de las páginas para convertirse en un pedazo de vida, en una experiencia tan redonda y persuasiva en todos los sentidos, con qué elementos, técnicas y formas, con qué estilo y con qué concepción de la narrativa, más allá de lo que ese autor en concreto quiera transmitir de su filosofía y concepción del mundo. Y eso Maestro, y otros muchos como él, parece incapaz de hacerlo, o al menos no tiene el menor interés, y por eso quizá su trabajo como teórico literario adolece de un reduccionismo fatal, sólo interrumpido cuando habla de cuestiones tales como la amistad de Sancho por Don Quijote. Pero es que supongo que Cervantes es irreductible a los reduccionismos.

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LITERATURA

A Jesús G. Maestro se le ven las costuras

Me acuerdo hace algunos meses, puede que incluso más de un año, cuando lamentaba yo amargamente, en estas mismas páginas, la deserción (no tanto la extinción) de la crítica literaria, porque a pesar de todos los pesares, sigo creyendo en la importancia del debate teórico y en la necesidad de una crítica (literaria y cinematográfica) a la altura de las circunstancias. Y no encontraba nada (dentro de mis obvias limitaciones, no es que estuviera todo el día, todos los días, indagando al respecto), absolutamente nada, que me hiciera creer que todos los que se hacen llamar críticos literarios, sin serlo, tuvieran algo que decir, poseyeran suficientes herramientas teóricas, una teoría personal y al mismo tiempo universal del fenómeno literario. Me hallaba como el individuo de la imagen que preside este artículo, buscando sin mucha esperanza. Y hete aquí que hace no mucho me encuentro con un tipo que sólo habla de literatura, y que vive por y para la literatura, un tal Jesús G. Maestro, que resulta que es, también, como el dragón detrás del individuo en la imagen que preside este artículo…

Jesús G. Maestro (Gijón, 1967), al que ya he nombrado en alguna que otra ocasión, se doctoró en Teoría de la Literatura a los veinticinco años, es actualmente catedrático de la Universidad de Vigo en el departamento de literatura española y teoría de la literatura, autor de unos cuantos volúmenes sobre teoría literaria, experto absoluto en Cervantes (entre otros autores hispanoamericanos), y es poseedor de un canal en Youtube, en el que se le puede ver hablando directamente a cámara (como un youtuber o inflluencer cualquiera) de los temas recurrentes de sus libros, y de otros temas anexos a esos, en numerosos vídeos, casi siempre iniciados con un tema a piano interpretado por él mismo. Imbuido del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, me consta que este hombre ha adquirido cierto impacto, pero no tanto por sus ideas sino por la forma de manifestarlas. Y es que a pesar de que en muchas cosas de la que habla este profesor Maestro (en vídeos de más de una hora de duración…) tiene mucha razón y resulta digno de elogio por su valentía e inspirador por la claridad y rotundidad de su pensamiento, su discurso termina empañado por un recalcitrante fanatismo en sus propias ideas, que se traduce en un inevitable reduccionismo final, y por su extraordinaria soberbia y dominancia, que le llevan a abroncar al espectador y a todo aquel que no comulgue con sus ideas, y a caer en una expresividad barriobajera, casi navajera. Es decir, que su inmenso caudal de sabiduría literatura se ve rebajado por una mentalidad bastante cuestionable.

Claro, a él todo esto le da igual, porque tal como muchas veces ha dicho, y es algo que por cierto le honra, le da igual lo que piensen de él y le importa un carajo caer mal. Maestro es de los que en una conferencia (en las cuales, por cierto, despliega la misma dialéctica chulesca, intimidatoria, pérezrevertiana diríamos, de sus videos) te apabulla con nombres, con erudición, con una batería de conocimientos prácticamente invulnerables, que él defendería con sus modos de matón de barra de bar. Si yo asistiera a una de ellas, aunque no estuviera de acuerdo con muchas cosas, no abriría la boca, porque el dragón me comería por la pata. Me lo imagino en sus clases de Vigo, en las que más que impartir la materia, debe echar la bronca diariamente a sus alumnos. Y me imagino a los alumnos que le detesten entrando en Youtube y pasándoselo en grande con sus momentos estelares, de los que existen recopilaciones. Poseído de un ego que me convence de que yo, en comparación, soy el más humilde de los escritores, críticos y pensadores, Maestro explica de manera extraordinaria el hecho, en realidad incontrovertible, de que la literatura española, o hispanoamericana, es una de más originales y de las más importantes, acaso la más importante, del mundo. Convencido de que es necesario decirlo, aunque muchos ya teníamos ideas parecidas, demuestra con hechos científicos la importancia del racionalismo en la literatura de estirpe grecolatina y luego hispanoamericana, y la genealogía más bien ilusionante y mitificadora, y por tanto mentirosa, de la esfera angloparlante.

Con una pasión ilimitada, convence a los escépticos de que el mundo anglosajón es un imperio depredador, algo con lo que es imposible no estar de acuerdo (porque quizá sea el imperio más destructivo de la historia de la humanidad). Y con una erudición admirable desgrana ‘El Quijote’ y otras obras del Siglo de Oro español, habla de poesía, de filosofía, de teatro y de cómo ese imperio anglosajón construyó artificialmente la grandeza de Shakespeare para confrontarla con la de Cervantes, cómo ese imperio destruye todo lo español. Con una energía maravillosa les da una cera bestial a todos los críticos literarios y demás vendehumos estadounidenses, con Harold Bloom a la cabeza, y declara que la literatura es ante todo un desafío a la inteligencia humana. Todo eso está muy bien, pero G. Maestro empieza a patinar y a preocupar al receptor inteligente de sus ideas cuando se refiere a todo lo español, y cuando ataca con argumentaciones de patio de colegio a todo lo anglosajón. Es un defecto terrible que junto a sus maneras de niño grande rebajan su altura intelectual. Porque al parecer los españoles somos los más grandes genios de la historia universal, y todo lo demás no es más que una patraña y una construcción política.

Ningún crítico literario de categoría puede permitirse despreciar así la obra de William Faulkner (que según él redescubre el Mediterráneo que ya descubrió ‘El Quijote’, mientras que Rulfo, con su magnífico ‘Pedro Páramo’, que precisamente está muy influenciado por Faulkner, no redescubre nada, sino que despliega lo que ya se mostró en el ‘El Quijote’… un sinsentido total), o la de Oscar Wilde (un patán, según él, y cito textualmente), o incluso, siendo él mismo pianista y melómano, la de Johann Sebastian Bach (al que niega cualquier tipo de genialidad que atribuye al flamenco del siglo XV…), ni en general sostener con tanta vehemencia que la crítica literaria mundial se encuentra secuestrada por un pensamiento centrista anglosajón, pero oponiéndolo a otro pensamiento centrista hispanohablante. Como tampoco ningún crítico literario de categoría puede permitirse una estructura filosófica tan endeble en virtud de la cual todo lo español es excelso y todo lo extranjero, especialmente inglés y francés, es muy inferior, ni aún estando de acuerdo (porque no se puede estar en desacuerdo) en que la literatura nació en Grecia, que por lo tanto es de raíz grecolatina, luego romana y luego española, pero negando sus sucesivas ramificaciones y los innegables afluentes de otras corrientes literarias (quizá también lo sumerio y lo asiático ha tenido su relevancia en el devenir de la literatura mundial, quizá…), acaso menos globalizadoras, pero aún así cruciales para entender la literatura como un fenómeno universal.

Pero para qué quejarme….¿no quería yo un crítico español consecuente, peleón y atiborrado de literatura? Pues aquí lo tengo. Es lo mejor que he podido encontrar y estas semanas y meses me lo voy a pasar bastante bien leyendo sus famosos tres volúmenes de la ‘Crítica de razón literaria’, que he obtenido gracias a la inestimable ayuda de mi buen amigo Javier Gallego, quien me cuenta que todavía se ríe con las idas de olla de este Chuck Norris de la literatura, y con quien compartiré la lectura de este largo texto sobre literatura, corriendo el riesgo de acabar un poco cansado de la soberbia de Maestro, pero aprendiendo, de eso también estoy seguro, bastante más que leyendo a personajes como Alberto Olmos o Harold Bloom. Que Dios o el Diablo me cojan confesado.

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