ARTÍCULOS, CINE

Los 7 directores más grandes de EEUU

Creo que en general el cine «clásico» estadounidense está sobredimensionado y sus grandes tótems, salvo excepciones, han sido aupados allí durante generaciones de manera artificial y poco defendible hoy día. Lo he dicho muchas veces y lo volveré a decir por muy políticamente incorrecto que sea y por mucho que cualquier cinéfilo que se pase por aquí me tache de ignorante: los John Ford, Howard Hawks, Billy Wilder, Michael Curtiz, Raoul Walsh, Alfred Hitchcock, Ernst Lubitsch, Joseph L. Mankiewicz, y tantos otros, fueron grandes directores, gente que tenía cine en las venas y que trajeron no pocas buenas películas, películas importantes en su época, pero en absoluto eran gigantes, sino buenos escritores en algunos casos, o grandes realizadores en otros, que en el mejor de los casos consiguieron algunas obras personales, pero que en ningún modo podían aprovechar todas las posibilidades del cine porque estaban inmersos en un aparato de producción, en unas convenciones narrativas que prácticamente nunca pudieron saltarse.

Hay excepciones, claro: ahí están ‘It’s a Wonderful Life’ (1946), de Frank Capra, o ‘Gone with the Wind’ (1939), de Victor Fleming (…y de George Cukor, y de Sam Wood… pero sobre todo de David O. Selznick), como dos ejemplos de películas que empujaban la narrativa de su tiempo a nuevas direcciones, o el genio del cine mudo Buster Keaton, o el gran David W. Griffith. Excepciones haylas, pero son eso, excepciones. Hasta la llegada de Orson Welles en 1941, el cine estadounidense se consideraba a sí mismo el mejor del mundo. Pero aquel chaval de 24 años les demostró que no, que aún tenían mucho que aprender… y bien que les humilló aquello. Y hasta la década de los 70 nadie cogió el testigo de Welles.

Considerar obras maestras a buenas películas, bien escritas, en algunos casos bien interpretadas incluso hoy día, bien realizadas para los medios de su tiempo, como ‘The Apartment’, ‘The Searchers, ‘To Be or Not to Be’, ‘All About Eve’, ‘Saskatchewan’, ‘Casablanca’, ‘Bringig Up Baby’, y situarlas en muchos casos por encima a las genialidades de Orson Welles, y a lo que llegó en los años setenta del pasado siglo, es cuanto menos discutible a estas alturas. El cine, concretamente el cine estadounidense, es el único arte narrativo que se permite zanjar que lo realizado en unas pocas décadas de manera totalmente industrial, es superior a lo que han logrado grandes artistas reinventando la narrativa audiovisual casi con cada nueva película. Es algo asombroso. ¿Pero como considerar que esas películas van a sobrevivir mucho más tiempo cuando ni siquiera nacieron con vocación de prevalecer, sino con un cariz marcadamente comercial, dispuesto sobre todo a hacer sentir mejor consigo mismos a los espectadores?

Los filmes son sobre todo empeños imposibles, y las obras maestras deben ser los mayores empeños, los mayores esfuerzos. Y los genios son, entre otras cosas, los que hacen posible esos anhelos que en manos de otros buenos directores simplemente se quedan en buenas o interesantes películas. Pero lo único que importa es lo que se propusieron (y cómo se lo propusieron) hacer estos colosos, y lo que han conseguido entregar al espectador. Es decir qué dificultades atravesaron, qué exigencias se autoimpusieron y qué complejidades (técnicas, narrativas, sociológicas) tuvieron que superar. ¿Cómo se puede siquiera comparar una buena película de Wilder, absolutamente incrustada en una industria acorazada y plegada sobre sí misma como es la estadounidense, con las hazañas narrativas, técnicas y de producción de estos gigantes?

Cada uno con sus filmes más superlativos, aquí están los siete magníficos:

Orson Welles

Citizen Kane
The Magnificent Ambersons
Touch of Evil
The Trial
Chimes at Midnight/Falstaff
F for Fake

Francis Ford Coppola

The Godfather
The Conversation
The Godfather, Part II
Apocalypse Now
Rumble Fish
The Cotton Club
The Godfather, Part III
Bram Stoker’s Dracula

Martin Scorsese

Taxi Driver
Raging Bull
Goodfellas
Casino
The Wolf of Wall Street
Silence

Terrence Malick

Badlands
Days of Heaven
The Thin Red Line
The New World
Knight of Cups
Hidden Life

David Lynch

The Elephant Man
Blue Velvet
Twin Peaks (serie)
Wild at Heart
Lost Highway
The Straight Story
INLAND EMPIRE

James Cameron

The Terminator
Aliens
Terminator 2: Judgment Day
Titanic
Avatar

John Carpenter

The Thing
Prince of Darkness
They Live

Y ya mañana nos pondremos con los europeos.

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ARTÍCULOS, CINE

Los más grandes creadores del cine de Estados Unidos

En mi opinión, considerar que (salvo las excepciones de grandes creadores del pre-cine –el mudo– como Buster Keaton o David Wark Griffith), los gigantes del cine de Estados Unidos se encuentran incrustados en las décadas de los 30, 40 y 50, es lo mismo que afirmar que la novelística del siglo XIX es superior a la del XX en formas y profundidad conceptual sólo por ser anterior, cuando yo creo que no hay discusión que en la formalización de un segundo mundo ficticio, en el desarrollo de las herramientas puramente novelísticas (y de nuevo salvo excepciones como las de Dostoyevski o Melville…), los Joyce, Torrente Ballester, Faulkner, Woolf, Broch, Hesse, Mann… llegaron mucho más allá que sus colegas de la centuria anterior.

Iría aún más lejos: considerar a directores (sin duda capitales para el establecimiento de unas formas previas de entender la narración y la expresión cinematográficas) como John Ford, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, Howard Hawks, Ernst Lubitsch, Joseph L. Mankiewicz, George Cukor, William Wyler, Elia Kazan o incluso Fritz Lang (que en su etapa americana es muy inferior a su etapa europea), los realizadores más importantes de la historia por encima de los que llegaron en los años 70 (con la sola excepción de Orson Welles), resulta algo parecido a considerar la novelística hispana del Renacimiento superior a la del Barroco. Por la sencilla razón de que las formas se superan, de que el desarrollo de un arte significa el desvelamiento de cuáles son sus verdaderas esencias. No significa ser «mejor» (que tampoco sé lo que supone en este contexto), significa ir más lejos, escribir las formas del cine de una manera más rotunda y asentar las bases de todo gran director que se precie: el sentido del montaje y la dirección de actores. Conceptos, ambos, que en los años 30, 40 y 50 estaban en pañales en Estados Unidos, o quizá más valdría la pena decir que estaban muy supeditados a las convenciones de los estudios y del Star-System.

Hoy día no tendría sentido poner en una película a actores como John Wayne o Humphrey Bogart, ni tendría ningún sentido descuidar ni el más mínimo corte de montaje. En el arte, todo lo que no va hacia delante no es arte, sino un kitsch, y de eso saben mucho los directores de la etapa «dorada» de EEUU. De esto ya he hablado bastante en estas páginas mías, y también de los que considero los más grandes creadores de Estados Unidos, pero hoy me gustaría profundizar un poco más en cada uno de ellos:

Orson Welles

Welles es inevitable. Él fue el primer verdadero autor instalado primero en el seno de la industria, gracias al extraordinario éxito radiofónico de ‘War of the Worlds’, y después expulsado por su soberbia, su enfrentamiento con los estudios, su potente crítica al «establishment» y la sospecha de ser comunista. Sólo pudo completar once largometrajes desde aquel formidable ‘Citizen Kane’ para la historia, y de ellos sólo cuatro más en EEUU, pero su leyenda es casi imbatible en la historia del cine, así como su aura de genio de ese país.

Con él comienza otra forma de entender el sentido del montaje de una película y otra forma de dirigir actores, alejada de la teatralidad de sus contemporáneos más famosos y más exitosos. Es decir, con él el cine de Estados Unidos comienza a caminar.

Francis Ford Coppola

Welles fue el que echó a andar, y Coppola el que recogió el testigo para terminar su trabajo y alcanzar la cima del cine estadounidense. Ni un solo director de ese país posee cuatro películas consecutivas del calibre de ‘The Godfather’-‘The Conversation’-‘The Godfather, Part II’-‘Apocalypse Now’. Esto es de otra galaxia.

Pero aunque su carrera sólo contase con las siguientes (‘One from the Heart’, ‘The Outsiders’, ‘Rumble Fish’, ‘Cotton Club’, ‘Tucker’, ‘The Godfather, Part III’, ‘Bram Stoker’s Dracula’, ‘The Rainmaker’), estaríamos hablando igualmente de un gigante. La suma de todo ello pone su carrera en una estratosfera muy difícil de igualar.

Martin Scorsese

Muy cerca de su amigo Coppola se encuentra Scorsese. La regularidad de Scorsese no la tiene Coppola (si bien Scorsese no tiene las cuatro grandes obras maestras de su rival), pero realmente muy pocos pueden presumir de poseer tantas obras notables consecutivas y algunas obras maestras memorables en su trayectoria.

La experta dirección de actores de Scorsese y su inédito sentido del montaje ponen al discípulo bastante por encima de sus maestros Ford, Fuller y Cassavetes. Scorsese tiene ya una carrera para la eternidad.

Terrence Malick

Malick es el poeta del cine estadounidense, el autor más enigmático y conceptualmente profundo de todos ellos, si bien en su irregular (y por muchos muy discutible) carrera no todo es excelso. Pero cuando lo es, es prácticamente insuperable. Maravilló con sus dos primeras películas (‘Badlands’ y ‘Days of Heaven’), y nos dejó pasmados con sus dos portentosas obras maestras (‘The Thin Red Line’ y ‘The New World’). A partir de ahí, ha realizado magníficas aunque desequilibradas películas, y sigue buscando un cine que represente una experiencia única.

David Lynch

Uno de los pocos verdaderos directores del cine estadounidense, y un artista insobornable e incorruptible (incluso a pesar de sus devaneos con la industria en la estimulante ‘Dune’). Su estilo es único y personalísimo, tal vez el más personal y consistente del cine estadounidense. Y lo es sobre todo porque su sentido del montaje es único y su dirección de actores también.

Dicen que es un director «laberíntico». En realidad es un director artista que con cada nueva película empuja las posibilidades del cine hacia nuevos territorios.

John Carpenter

Puede que sorprenda que le incluya en esta lista, pero además de un gran sentido del montaje y una magnífica dirección de actores, Carpenter es uno de los directores estadounidenses que mejor planifica y narra sus secuencias y sus películas. Alumno confeso de Hawks, incluso en sus filmes menos logrados como ‘Vampires’ se percibe una dirección experta, propia de un maestro en el arte de dirigir películas, con un estilo, una vez más, único.

Su trilogía de obras maestras (‘The Thing’, ‘Prince of Darkness’, ‘They Live’) le sitúa muy por encima de sus contemporáneos en cine de género, y entre los más grandes de todos los tiempos por una trayectoria compacta, personalísima y muy crítica con la sociedad estadounidense.

James Cameron

Y para finalizar imposible no nombrar no solamente al mejor director de sci-ifi y acción de todos los tiempos, sino también a otro cineasta estratosférico, ninguneado por ciertos sectores de la crítica, pero cuyo excepcional sentido del montaje y la dirección de actores le sitúan muy por encima de prácticamente cualquier otro, a pesar de su corta filmografía.

Sus cuatro obras maestras absolutas (‘The Terminator’, ‘Aliens’, ‘T2: Judgement Day, ‘Titanic’), además de ‘The Abyss’ y ‘Avatar’, son más que grandes espectáculos o historias épicas: son el viaje más apocalíptico y devastador, las visiones más oscuras del futuro de la humanidad.

A estos siete gigantes habría que sumar dos más, Paul Thomas Anderson y David Fincher, que acabarán siendo el octavo y el noveno, pero de momento ahí quedan para que el lector se forme su propia opinión.

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CINE

John Carpenter, The Master of Horror

Se habla mucho, entre la cinefilia más purista, de la carrera de cineastas como Billy Wilder o Alfred Hitchcock como ejemplos de grandes autores que se apagaron cuando podían haber dado más de sí (no estoy yo muy de acuerdo con eso, aunque quizá por otros motivos a los habituales…) y poco en ese sentido respecto a otros directores, en este caso estadounidenses, que también han dado de sí mucho menos de lo que nos habría gustado, como John McTiernan, Francis Ford Coppola (que lleva más de dos décadas fuera de cuadro) y por supuesto John Carpenter, que desde 1998, fecha en el que cumplía solamente 50 años, ha filmado dos únicas película (la estimulante y por momentos muy brillante ‘Ghosts of Mars’ y la muy digna ‘The Ward’), además de la serie ‘Masters of Horror’ (2005-2006) y es altamente improbable que vuelva a dirigir nada, lo que de por sí representa una verdadera pena para todos los amantes del cine de aventuras en general y del horror, la fantasía oscura y la sci-fi en particular, y un signo más de estos tiempos absurdos en el que los grandes maestros quedan relegados en favor de jóvenes que en el mejor de los casos todavía tienen mucho que demostrar.

De Carpenter Enrique Urbizu dijo que era el tipo que mejor planifica y visualiza planos del mundo, y es posible que tenga mucha razón. Solamente por eso podríamos situar al neoyorquino entre los mejores realizadores de su generación, pero Carpenter es mucho más que un excelso narrador. Confeso admirador de Howard Hawks, ha dicho muchas veces que en realidad todos sus filmes son westerns, y es correcto. Carpenter es uno de los grandes narradores de aventuras y de westerns del cine norteamericano porque filme a filme, incluso en los menos logrados o sólidos de todos ellos (si exceptuamos el tremendo error de ‘Memorias de un hombre invisible’ (‘Memoirs of an Invisible Man’, 1992), que en ningún caso invalida su carrera) ha dejado su impronta y su personalísima y desengañada mirada no solamente hacia el western o la aventura, sino hacia la soledad estadounidense y el cine mainstream de ese país, convirtiéndose en un outsider y en casi un disidente a costa de su propia continuidad en la industria. Porque Carpenter es como sus personajes, o sus personajes son como él, lo que demuestra que su cine y su vida es lo mismo, algo a lo que todo gran artista debería aspirar, y en su cine la forma y el contenido se funden en una sola cosa: una declaración de principios, una provocación sutil y elegante ante la que el espectador ya no puede ser inocente.

La maravillosa carrera de John Carpenter, ahora olvidada (y cuando se acuerdan de ella es para minusvalorarla), está compuesta de algunos trabajos para televisión y sobre todo de dieciocho largometrajes con los que Carpenter participó de la regeneración de la visión de la violencia en el cine de EEUU en los años setenta con la tremenda ‘Asalto a la comisaría del distrito 13’ (‘Assault on Precinct 13’, 1976), en la creación de los filmes slasher con el mejor de todos ellos, (‘La noche de Halloween’ (‘Halloween’, 1978), además de ayudar en la configuración del cine de acción y aventuras en los años ochenta con el excelente ‘1997: rescate en Nueva York (‘Escape From New York’, 1981) y la muy estimulante e intensa ‘La niebla’ (‘The Fog’, 1980), para empezar. Consiguiendo además algunos clamorosos éxitos de taquilla que habrían asegurado la carrera de muchos otros directores. Eso bastaría para ganarse el respeto de cualquier cinéfilo que se precie, pero además en los años ochenta filmó sus tres obras maestras: la impresionante ‘La cosa’ (‘The Thing’, 1982), la pasmosa y en cierto sentido revolucionaria ‘El príncipe de las tinieblas’ (‘Prince of Darkness’, 1987), y la insuperable, humilde y muy infravalorada ‘Están vivos’ (‘They Live’, 1988).

Resulta muy tentador situar la carrera de John Carpenter al lado de la de Steven Spielberg, porque ambos son de la misma generación, nacidos solamente con dos años de diferencia (Spielberg es dos años mayor), y porque en su trayectoria han confluido marcos conceptuales similares, aunque tratados de muy diferente forma. Pienso por ejemplo en la serie de Indiana Jones como oposición a la serie de Snake Plissken, o en ‘E.T, el extraterrestre’ como oposición a ‘La cosa’, y además estrenada dos semanas antes. Pero mientras Spielberg es uno de los directores más famosos de la historia, y de mayor éxito económico, y su trayectoria no se ha visto truncada sino premiada por la industria, la de Carpenter ha experimentado todo lo contrario. Pero con la gran diferencia de que Spielberg no ha filmado una sola obra maestra en su vida, y sus filmes nombrados, como la mayoría de los suyos, pese a estar muy bien hechos y muy inteligentemente presentados, no son otra cosa que ficciones idealizadas, de ilusiones bienintencionadas, mientras que ‘Escape from New York’ y ‘La cosa’ son relatos mucho más oscuros, críticos con la sociedad y el ser humano, y de conclusiones mucho más pesimistas. Cierto que pocos años después Carpenter hizo la estimable ‘Starman’ (1984), que era mucho más optimista que ‘La cosa’, pero incluso en aquella se ofrecía una visión terrible de la naturaleza humana, con una melancolía y una desesperanza manifiestas, cosa que no podemos dejar de agradecerle a Carpenter, por valentía y por honestidad.

También existen los que quieren comparar ‘Alien’ (1979), el famoso filme de Ridley Scott, con ‘La cosa’, siendo quizá poco conscientes de que el filme de Scott en cierto sentido nace como respuesta mucho más sofisticada al primer filme de Carpenter, el sorprendente ‘Dark Star’ (1974), y que una vez más, mientras ‘Alien’, pese a albergar no pocas virtudes estéticas y narrativas, y algunos momentos verdaderamente siniestros, es un filme que en ningún momento establece una visión del ser humano entre los caracteres que forman sus personajes y cuyo discurso es, al final, positivo, porque termina bien, mientras la obra maestra de Carpenter, ‘La cosa’, es un magistral estudio de personajes, una mirada terrible a las debilidades humanas, y con el final más terrible y desesperanzador posible. No existe filme de su clase superior a ‘La cosa’, y muy pocos equivalentes en fuerza estética y sabiduría narrativa. Pero tampoco existen muchos de la altura del muy ninguneado y hasta despreciado ‘El príncipe de las tinieblas’, que es un filme al que cabe la palabra perfección, en su planifiación, su montaje, su ritmo y su memorable y despiadado final. Así mismo, pocos filmes más irónicos e inteligentes, además de mejor filmados, con un presupuesto irrisorio, que ‘Están vivos’, que alcanza algunos paroxismos de atmósfera y de tensión que muy pocos cineastas, y desde luego ninguno de la órbita de Ridley Scott, puede lograr.

Filmes posteriores no brillaron a esta altura, pero demostró de nuevo su magisterio absoluto en lo narrativo incluso en filmes menores como ‘En la boca del miedo’ (‘In the Mouth of Madness’, 1994), que era una estupenda crítica a la literatura de terror más prescindible, o en ‘Vampiros’ (‘Vampires’, 1998), una muy pobre adaptación de la estupenda novela en la que Carpenter filma algunos de los mejores momentos de su carrera, logrando además uno de sus mejores westerns en ‘Fantasmas de Marte’ (‘Ghosts of Mars’, 2001), quizá su última gran película plenamente carpenteriana. Por su enfrentamiento con los grandes estudios, que no le perdonaron el fracaso de la estupenda ‘Golpe en Pequeña China’ (‘Big Trouble in Little China’, 1986), y su personalidad indomable, se quedó sin opciones demasiado pronto, y se ha negado a seguir aceptando proyectos que rebajasen su filmografía. Ha hecho lo correcto, sin duda, y además ya nos ha regalado muchas horas de puro cine, de puro western, como para reconocerle el mérito los próximos cien años. Y de su sentido de la aventura, de sus pesimistas visiones apocalípticas en su trilogía de obras maestras, se ha empapado el cine estadounidense sin siquiera saberlo. Pero la historia juzgará a unos y a otros.

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CINE

Algunos apuntes sobre el cine norteamericano

Ahora que ya está cerca el ritual anual de los premios Óscar, que supuestamente premia lo mejor del año (como si las películas y la gente que hace las películas fueran caballos que compitieran en una carrera), y con todas las minicríticas que he ido dejando en mi archivo, y a pesar de que todavía me faltan muchísimas, me hago una idea más general de lo que opino de cada década en el cine (sin haberlo visto ni mucho menos todo, lógicamente), de lo que pienso acerca de directores de diversas épocas (echando un vistazo a los ganadores y nominados al Óscar de cada año) y de que algunas percepciones mías se confirman y otras se diluyen.

Por ejemplo: con la aparición en 1980 de ‘Raging Bull’, que no ganó el Óscar pero que debió haberlo hecho para que esos premios tuvieran algo más de prestigio (los que obtuvo a mejor actor y mejor montaje eran obligatorios), casi todo lo demás que apareció en esa década está por debajo de la obra maestra de Scorsese. Es decir, ‘Raging Bull’ es una pieza de tal calibre, que eclipsa su década casi por entero. Hablamos del cine norteamericano. ¿Qué se le puede comparar? Pues muy poco. Acaso ‘The Elephant Man’ y ‘Blue Velvet’, de David Lynch, ‘The Terminator’ y ‘Aliens’, de James Cameron, ‘The Thing’ y ‘They Live’, de John Carpenter. Y nada más. Pero yo creo que la primacía del filme de Scorsese en la década de los ochenta (a pesar de que 1980 no pertenece realmente a la década de los ochenta), es clamorosa. En los años noventa la cosa cambiaría, y si cogemos en global las dos últimas décadas del siglo XX, ‘Raging Bull’ tendría que compartir trono con otros filmes norteamericanos (algunos más de Scorsese, por cierto).

Y si en lugar de echar la mirada hacia adelante, hacia los años ochenta y noventa, la echamos hacia atrás, la percepción se amplía, y vuelvo a tener claro que pese a ser uno de los más grandes de la historia, pese a tener en su haber nada menos que ‘Raging Bull’ y ‘Taxi Driver’, y además ‘Goodfellas’, ‘The Age of Innocence’, ‘Casino’, ‘Gangs of New York’, ‘The Aviator’, ‘Wolf of Wall Street’ y ‘Silence’, añadiendo esa maravilla que es ‘The Last Waltz’, a pesar de eso, el gran Marty no tiene nada en su filmografía comparable a ‘Apocalypse Now’ y ‘The Godfather, part II’.

Y ya haciendo un ejercicio de síntesis, y sin olvidar jamás las grandes aportaciones, en los años setenta, de Spielberg, De Palma, Milius, Cimino, Polanski (con su obra maestra ‘Chinatown’), Arthur Penn, las primeras películas de Woody Allen, y unos cuantos más, si nos vamos hacia atrás, hacia los años sesenta y cincuenta, ¿qué podemos encontrar que pueda acercarse a la perfección y grandeza de ‘The Godfather, part II’ y ‘Apocalypse Now’? Si nos fiamos de la nómina de ganadores o aspirantes a los Óscar durante esas década tenemos a gente (alguna magnífica) como: Costa-Gavras, George Roy Hill, Sydney Pollack, John Schlesinger, Carol Reed, Mike Nichols, Stanley Kramer, Richard Brooks, Fred Zinnemann, Robert Wise, William Wyler, George Cukor, Elia Kazan, Otto Preminger, Martin Ritt, J. Lee Thompson, Billy Wilder, John Ford, George Stevens, Ernst Lubitsch…

Insisto, algunos de ellos son grandes cineastas. Pero si el ocasional lector de estas líneas es un cinéfilo que se ha visto algunas de las películas, o muchas de las películas, de los citados, y si además no se deja llevar por falsas mitomanías, convendrá conmigo en que nada en la filmografía de todos esos directores puede siquiera compararse con la grandeza, la genialidad, la perfección de ‘The Godfather, part II’ y ‘Apocalypse Now’. ¿Qué podría citarse en contra de este argumento? ¿’Centauros del desierto’ y su cambio de tono a mitad de película, o sus actores tan teatrales? ¿La superproducción ‘Ben Hur’ o el drama ‘Los mejores años de nuestra vida’ de un director tan impersonal como William Wyler’? ¿El ingenio arrollador de ‘Ser o no ser’ de Lubitsch? ¿El romanticismo del cuento de hadas de ‘El apartamento’, de Wilder? ¿Las imágenes casi kitsch de ‘Vertigo’, de Alfred Hitchcock?

Y tirando más hacia atrás, ¿qué oponemos a la tragedia de Michael Corleone o al corazón de las tinieblas de Willard? ¿’Casablanca’, del gran Michael Curtiz? ¿’Las campanas de Santa María’, de Leo McCarey? ¿’Historias de Fildelfia’, de George Cukor? El cine antiguo, como todo lo antiguo, especialmente si es artístico o con trazas de serlo, obtiene mucha veces injustamente la categoría de intocable, y se beneficia de la mitomanía de crítica y público, y nos ciega ante lo que hay.

De lo poco que podría comparársele podemos citar, sin ninguna duda, a Orson Welles, y sus impresionantes ‘Ciudadano Kane’, ‘La magnificencia de los Amberson’, ‘Sed de mal’ o ‘Campanadas a medianoche’. En cuanto a calado emocional y universal es posible situar ahí a ‘It’s a Wonderful Life’, de Frank Capra. Si hablamos de grandeza compositiva, ambición y perfección técnica, tenemos a ‘Lo que el viento se llevó’ o a ‘El mago de Oz’, que son también grandiosas. Y si nos quedamos con ejemplos de poesía visual, podemos nombrar ‘King Kong’. Pero de entre todo lo demás, seamos serios y establezcamos de una vez la primacía estética de las obras maestras de Francis Ford Coppola, para quien esto firma el gran genio del cine norteamericano y el único que recogió el testigo, en más de un sentido, de Orson Welles y que por así decirlo terminó su trabajo: el de situar el cine de su país a la altura de Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi, Federico Fellini, Luis Buñuel, Michelangelo Antonioni, Andrei Tarkovski e Ingmar Bergman.

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