ARTÍCULOS, LITERATURA

Arturo Pérez-Reverte y Juan Goméz-Jurado jamás se cansan de hacer el ridículo

Lo cual es bueno, al menos para aquellos que consideramos que sus novelas son un aburrimiento absoluto (por mucho que ellos quieran hacerlas trepidantes y magníficas), ya que son de esos personajes que te dan mucho juego y de los que jamás te cansas de escribir, así quieras olvidar que existen escritores semejantes.

Quiero pensar que algún día, dentro de algunas décadas, fenómenos sociológicos (no literarios) como ellos desaparecerán, y darán paso a verdaderos/as grandes creadores, o por lo menos creadores/as honestos, inteligentes, humildes y sabios. De momento, me temo, tenemos que seguir soportando este circo…

Y a mí, lo prometo, me encantaría ser de esos lectores/críticos agradecidos, mansos y felices a los que les parece maravilloso cada nuevo engendro de estos dos señores, y celebran sus publicaciones como si a ellos les aportara algo, y llaman «maestro» a Pérez-Reverte, o le llaman «Don Arturo», y le ríen las gracietas y las bobadas de chaval de doce años a Gómez-Jurado en las redes sociales. Pero no puedo. Y no puedo no porque les odie o les envidie (puesto que no hay nada que envidiar en ellos y no les conozco personalmente para odiarles), pero sí odio lo que representan: la Literatura convertida en mercancía, concretamente la Literatura Española, en tebeos baratos con los que pasar el rato y sentir que lees libros, el autor convertido en fantoche, en vende-humos, en caricatura de los medios de comunicación para poder vender, para estar siempre en el candelero.

P-R y G-J. G-J y P-R. Tal para cual, uno ya setentón y otro ya cuarentón, pero colegas y amigos y compadres en esto de vender libros, en eso de echarse capotes y de babosearse mutuamente en las redes sociales, con G-J convertido poco menos que en un servil admirador de su «maestro», y con P-R llamando a G-J «joven pistolero» y mamarrachadas por el estilo. Ambos se creen cosas que no son: Pérez-Reverte se cree Conrad redivido y un digno epígono nada menos que de Cervantes (ya hablaré sobre eso otro día), con la inestimable ayuda de críticos rancios entre los que incluyo a Alberto Olmos, al que poco menos le falta poner un cuadro enorme de P-R en su dormitorio. G-J se cree el S. King español, y un más que probable heredero del trono de P-R en eso de ser el autor español con más ventas. Ambos, además, se creen la hostia de graciosos y la hostia de atractivos. El narcisismo es un tema excelente en Literatura, pero en la vida real no es más que una tara que no se cura ni yendo a terapia.

Los dos estudiaron periodismo y desde allí lograron sus (cuestionables) contactos para ponerse a publicar. P-R es el preferido de los hombres mayores de sesenta años, G-J es el preferido de la chavalada, por llamarla de alguna manera, que no abre un libro de verdad ni de casualidad. Los dos se lucen a menudo diciendo barbaridades y fanfarronadas, pero a veces es necesario glosarlas para certificar que son eso, fanfarronadas dignas de personas que no merecen que nadie les lea.

He aquí la de P-R, repetida hasta la extenuación en varias entrevistas, como si fuera una idea genial:

Yo no tengo ideología, tengo biblioteca

Y he aquí la G-J, proferida en el último Todopoderosos de este mismo mes:

En análisis de estructura, soy uno de los mejores del mundo

Lo de P-R es como esa gente que no es de derechas ni de izquierdas, ni fascista ni anti-fascista, ni feminista ni machista… Es decir, que es de extrema derecha.

Y lo de G-J va en la línea de eso que dijo que de tenía matrícula de honor en crítica cinematográfica y en crítica literaria (no se sabe en qué escuelas… pero deberían devolverle el dinero). Una fanfarronada más que él se cree por la única razón de que sus libros venden muchos ejemplares. Nada más. No hay ligas de a ver quién es el mayor experto mundial en estructura, salvo en la cabeza de este buen muchacho.

Pero las cosas son muy diferentes. G-J, que lo único que tiene que decir sobre El Quijote es que fue «el primer best-seller», que carece, como su compadre P-R de imaginación, de inteligencia creativa y de expresividad artística de cualquier clase, no puede ser ningún conocedor de estructura narrativa porque, tal como él mismo ha afirmado, y al igual que P-R, además de poseer un estilo atroz, además de escribir como un oficinista chusquero, no tiene ni pajolera idea de música (aunque tener nociones musicales tampoco te garantiza nada, como le sucede a Rodrigo Cortés). Y la música es la base de todo, incluso de la Literatura y el Cine. Eso es un hecho tan elemental como que en cuanto P-R desaparezca del mapa literario muchos que ahora le prestan atención se olvidarán muy pronto de él, porque no escribe más que farfolla literaria, y como que G-J en unos pocos años será otro escritor de best-sellers desesperado por seguir consiguiendo éxitos económicos, si es que no está completamente marginado por una industria de ficción que solamente busca pelotazos y libros dignos de lectores poco exigentes.

Es lo que pasa cuando eres un escritor envanecido y fanfarrón al que lo único que le importa es ganar dinero.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

Juan Gómez-Jurado y la ley de la pasta

Creo que hace un tiempo escribí un artículo (aunque no recuerdo dónde exactamente) en el que afirmaba, también en el título, que para triunfar has de ser una zorra. Recuerdo que tuve una bronca con un buen amigo por eso, aunque por suerte no pasó de bronca. Eso pensaba entonces, y ahora sigo pensando igual. Para triunfar de verdad, para ganar mucho dinero, para estar en boca de todos y aparecer hasta en la sopa, sobre todo en un país tan acrítico y en el que los méritos no importan un carajo, sólo las apariencias, como lo es España, hay que venderse muy barato.

A mí también me gusta el dinero. A todos nos gusta el dinero. Cuando lo tengo mis preocupaciones son menos y me permito invertir en según qué cosas. Cuando no lo tengo tampoco es que ande por ahí amargado de la vida, pero mi humor es otro. Nos pasa a todos. Si no tenemos queremos dinero, y si tenemos dinero quisiéramos mucho más. Pero las líneas rojas consisten en qué estarías dispuesto a hacer para conseguirlo. Creo que en esa infame película llamada ‘Jerry Maguire’ lo llaman el kwan: triunfar, dinero, respeto, lujo, tren de vida, como se le quiera llamar. Algunos lo consiguen y se creen por ello unos triunfadores. Es la lógica del mundo capitalista: tanto tienes, tanto vales.

Viene a cuento todo esto de que no me puedo poner a mirar redes sociales, porque me encuentro con alguna que otra cosa que es maravillosa, por supuesto, pero también con otras que te hacen perder la ganas y la curiosidad. Resulta que la revista Esquire le dedicó una entrevista… un artículo… un masaje de los que ahora se estila que le hagan a la gente famosa, escritores también, al ínclito Juan Gómez-Jurado, que reza: «Juan Gómez-Jurado: qué y quién inspira al rey del thriller», y no ponerme a escribir sobre este engendro (de entrevista-masaje y de escritor) es absolutamente imposible. Iba a hacerlo cuando me enteré de que JGJ pronto impartiría (ya lo ha hecho, creo…) una webinar para escritores, pero me contuve. Ahora me es imposible contenerme. Es impresionante la transformación de este mal escritor que era hace doce o trece años, un muchachillo sin nada mejor que hacer que escribir thrillers con cara de no haber roto un plato en su vida, en este endiosado hombrecito que ahora escribe (igual de mal o peor) best-sellers multimillonarios, al que dedican sonrojantes sesiones de fotos como si además fuera guapo y atractivo y misterioso y supiera posar. Es un fenómeno de la naturaleza.

Y lo que nos gusta decir eso de «el rey de…». Luego me pongo a indagar un poco y resulta que todo este circo es en realidad un comercial para KIA, la marca de coches, y que la supuesta entrevistadora no es más que una comercial de esa marca, pues ha hecho la misma jugada con gente tan dispar como María Escoté, Soleá Morente, Isabel Coixet, Jaime Lorente… Ahora simplemente le ha tocado el turno al escritor de moda, Gómez-Jurado, que no contento en demostrar con cada libro que se la tiene jurada a la literatura, viene a demostrarnos ahora que no le importa hacer el más absoluto de los ridículos sólo para ganar un poco más de pasta.

Porque eso es lo que a engendros como él, Pérez-Reverte, Ildefonso Falcones, Ken Follett y muchos otros realmente les importa: la pasta. No les importa la literatura, ni los lectores, ni hacer el ridículo más espantoso en programas de televisión y de radio o en cualquier entrevista. La única razón de esta «entrevista» además del dinero es mantenerse en el candelero, mantener su tinglado, que es la misma razón de su hiperactividad en redes sociales, como Pérez-Reverte: dar que hablar, estar siempre ahí arriba. Y la literatura, ¿qué? Ni se la ve ni se la espera.

Nada de qué preocuparse: la autora del «artículo» ya se encarga de decirlo: «uno de los más brillantes escritores de nuestra lengua». Y se queda tan ancha. No uno de los más vendidos (eso también lo dice, quién iba a dudarlo). No por ejemplo uno de los mejores escritores de la actualidad. No, no. Uno de los más brillantes escritores de nuestra lengua. ¿Nadie tiene que decir de semejante sandez? Está visto que no. Bueno, ya lo digo yo. Esto es lo que ha perpetrado uno de los más brillantes escritores de nuestra lengua: «Es entonces cuando Jon se da cuenta de que es hermosa. No una belleza, tampoco nos volvamos locos. A primera vista, el rostro de Antonia pasa desapercibido, como una hoja en blanco. El pelo, negro y lacio, cortado en media melena, no ayuda mucho. Pero cuando sonríe, su cara se ilumina como un árbol de Navidad. Y descubres que los ojos que parecían marrones son en realidad de un verde aceituna, que un hoyuelo se forma a cada lado de la boca, dibujando un triángulo perfecto con el que le parte la barbilla». Es de esa obra maestra titulada ‘Reina roja’, que tantos millones de lectores tiene. A eso lo llaman prosa.

Vale. Vamos a lo duro:

«Antonia suelta una carcajada de incredulidad. La abuela cree que los dos únicos propósitos del agua son el baño y cocer marisco. Pero Antonia comprende lo que pretende hacer con ella. Desde lo que pasó,

desde lo que hiciste

el mundo ha virado sobre su eje. No ella, claro. Ha sido el mundo, un mundo en el que ella ya no encaja. Un mundo en el que, reconoce a regañadientes, los días son una letanía interminable de culpa y aburrimiento.»

Esa estructura de intercalar una frase en cursiva la usa Stephen King en muchas novelas. Suerte que en España la gente no lee ni a King, ¿verdad, Juan? Si ya no es original en sus ideas, no tiene el menor rubor (aunque seguro que sabe cómo se dice esa palabra en japonés…) en copiar incluso el estilo de los más leídos. Pero es abrir cualquier página de ‘Reina roja’ para encontrarse joyas de gran calibre:

«La abuela da otro trago al vino y esboza una sonrisa beatífica, una sonrisa de anuncio de caramelos»

«Que al inspector Gutiérrez no le gustan los periodistas en general y Bruno Lejarreta en particular queda claro: en cuanto Bruno aparece, pone cara de que le va a dar una hostia»

«En su día, cuando el conflicto, en los años del plomo, había que ir con pies de ídem»

«Es decir, le encantaría en el terreno de lo metafórico, porque como aquella mano del tamaño de una paellera te cruce la cara, te manda al jueves que viene»

Así es toda la novela, sin parar, página tras página, hasta el final. La prosa de «uno de los mejores escritores de nuestra lengua» no es tal, sino una colección de chistes sin ingenio, de frases supuestamente ocurrentes con las que Gómez-Jurado se empeña sin descanso en hacerse el gracioso… sin la menor gracia. Que esto les guste y les extasíe a los millones de personas que han comprado sus libros, no es de extrañar. A la gente le gusta lo burdo, lo bobo, lo fácil y graciosete. No se compran literatura sino un montón de chascarrillos del novelista de moda.

Gómez-Jurado sufre de una disonancia cognitiva galopante, casi del mismo calibre que la de su compadre Pérez-Reverte. Si el murciano se cree un hombre culto, un gigante de las letras, un héroe de guerra y un Joseph Conrad redivido, casi un galán de otra época, Jurado se cree un hombre increíblemente guapo y misterioso, un novelista de genio comparable a Cervantes o incluso Homero, un erudito y una persona increíblemente graciosa e ingeniosa. Es el problema de tener éxito cuando no lo mereces: que se te pira la pinza, que eres un esperpento andante, y que eres un fracaso. El éxito no se define en cuántos libros vendes, ni la talla como escritor en cuantos lectores tienes. Eso lo sabe hasta Stephen King, que es mucho más inteligente y humilde. El éxito es hacer una obra literaria potente, profunda, imperecedera (bueno… si es literatura es que es precisamente todo eso), aunque la lean sólo unas pocas cientos o miles de personas en todo el mundo. A Pérez-Reverte y a Gómez-Jurado sus lectores y la literatura les importan un carajo. Lo único que les importa es la pela. Así de claro.

Te diré una cosa, Juan, si me estás leyendo, que igual te da por ahí: sabes perfectamente que todo lo que he dicho en este texto es verdad. Lo sabes, aunque no quieras saberlo. Sabes que dentro de cinco o diez años pasarás de moda, llegará el próximo superventas y tus amigos de la editorial no te harán tanto caso. Ya estarás amortizado, ya habrán visto que no das más de ti, y apoyarán a otros. Pero tanto ellos como tú mismo, y esto no lo sabes pero te lo digo yo, habéis convertido la literatura en compra-venta de basura, en un circo dantesco de mercancía caduca. Enhorabuena, lo habéis conseguido.

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ENSAYO, LITERATURA

Juan Gómez-Jurado nos toma a todos por imbéciles

Por un lado estoy muy de acuerdo con el pensamiento de Elvira Roca Barea acerca de España, sus élites y la leyenda negra, y por otro me es imposible no imbuirme del espíritu de Manuel García Viñó y de los postulados de La Fiera Literaria acerca de la novela española actual, y así me paso los días, en un sin vivir, en un tira y afloja entre dos fuerzas intelectuales: la que me dice que bajo ningún concepto España es la anomalía cultural dentro de Europa que muchos han querido ver durante tanto tiempo, y la que sostiene que desde hace ya bastantes años, sobre todo en lo cultural, España es un país grotesco e irreconocible, que posee probablemente el bagaje literario más importante del mundo (junto con hispanoamérica), pero que en los últimos tiempos ha enterrado ese bagaje en el lodo de una posmodernidad que amenaza con tragárselo todo… pero luego veo que en Francia, en Italia, en Alemania, y cómo no en el mundo anglosajón (salvo raras excepciones), la cosa está parecida o incluso peor y se me calma un poco la tensión arterial…

Ya he escrito sobre este personaje algunas veces en estas páginas mías, pero esta vez es a cuento de una reciente entrevista (por llamarla de alguna manera) que le han hecho en El Cultural, en la que más o menos dice las mismas cosas de siempre, pero llegando a un paroxismo de autoindulgencia y de desfachatez absolutamente indescriptibles, que supongo extasiarán a sus seguidores y a sus defensores, de los que sin duda existen a miles o a centenares de miles (los que han comprado sus libros, sin ir más lejos), pero que terminan de dibujar a un individuo endiosado y ensoberbecido ya a niveles peligrosos, que lindan con el delirio y que deberían inducir a cualquier escritor español a sentir vergüenza de compartir letras y librerías con alguien como él. A cualquiera con un poco de dignidad, se entiende.

Llegados a este punto, y suponiendo lo que va a seguir más abajo, algunos de los que lean estas líneas estarán ya pensando: «eres un envidioso, Massanet, un capullo hipócrita que en realidad quisiera tener el éxito literario del que disfruta Gómez-Jurado… ya has escrito mucho sobre él, estás obsesionado, eres lo peor…» y algunas cosas parecidas. Pueden pensarlo, desde luego. Son muy libres, pero no me cansaré de decir que yo, y otros muchos como yo, lo que buscamos no es ganar millones de euros con la literatura, entre otras cosas porque respetamos la literatura y nos respetamos a nosotros mismos. Lo que quizá nos gustaría sería vivir de lo que escribimos, lo que tampoco es una quimera tan inalcanzable, pero sí mucho más difícil cuando el público en general jalea a individuos como Gómez-Jurado, Pérez-Reverte o Javier Castillo o los de ese grupo de «bestsellerados», como si ellos fueran los únicos autores posibles, cabezas de lanza de un paradigma editorial que algunos queremos cambiar, o mejor dicho borrar, hacer desaparecer, porque es el verdadero causante de todos los (muchos) males que vive la literatura actual, herida de muerte.

Porque lo más importante que hay que decir y repetir hasta el aburrimiento es que Pérez-Reverte, Javier Castillo, Javier Sierra, por nombrar algunos, y por supuesto Juan Gómez-Jurado son escritores PÉSIMOS. La gran mayoría de los libros que venden cientos de miles o incluso millones de copias no son buenos libros, pero algunos hay que están bien escritos, bien construidos y diseñados, y no tratan al lector como un tarado carente de buen gusto. No es el caso de estos «bestsellerados» españoles. En concreto Gómez-Jurado es un escritor DELEZNABLE en cuanto a estilo, prosa, diálogos, personajes, construcción, argumento, filosofía, intenciones, expresividad… El hecho de que un tipo como él venda toneladas de libros (según dice Planeta, aunque no me lo termino de creer del todo, un millón doscientos mil copias de su trilogía última) es un puro azar, una de esas cosas que suceden. Pero él, endiosado y ensoberbecido, está totalmente convencido de que tal cosa ha sucedido porque es un grandísimo escritor, digno heredero de los más grandes narradores de aventuras DE TODOS LOS TIEMPOS. ¿No me cree el amigo lector de estas líneas? Pues le remito directamente a la entrevista de marras.

Imaginemos por un momento que a mí un día me publican una de mis novelas, de las que ya he escrito o de las que voy a escribir en los próximos años. No es algo tan difícil. Pues bien, además de publicármela, imaginemos que mi trabajo tiene cierto impacto mediático y un día deciden hacerme una entrevista para algún periódico o revista, y que yo, ni corto ni perezoso, me pongo a nombrar nada menos que a Cervantes, a Wilde, a Alejandro Dumas (un escritor bastante malo, por cierto, que escribió una única gran novela…) o a Arthur Conan Doyle, además de a Picasso y a Salvador Dalí. Y les nombro para situarme al lado de ellos, para justificar mi discurso o mi estilo y mi visión del arte y de la cultura. ¿Qué pensaría cualquier persona con dos dedos de frente? Pues que soy un imbécil redomado. ¿por qué no lo piensan de Gómez-Jurado? Misterio absoluto. Es que no me resisto a poner una de sus respuestas íntegra:

«Bueno, de entrada, el bestseller más grande es el Quijote. El libro más vendido en español es casualmente el libro más importante de la historia de la literatura universal. Como todo, es un problema de denominación. Yo no puedo hablar con propiedad, a mí la crítica siempre me han tratado muy bien. El inicio de mi carrera coincide también con el inicio de una época en la que se entiende que cuando criticas Reina roja estás criticando un libro concebido para entretener. Yo tengo que existir. Mis libros hacen que luego llegues a otros libros. Yo no podría hacer lo que hacen Prada, Marías, Muñoz Molina, Vila-Matas o Fernández Mallo, pero tengo clarísimo que ninguno de ellos podría hacer lo que hago yo. El error está en creer que una novela de evasión es fácil de escribir. Que se lo digan a Wilde, a Dumas o a Doyle. A Dickens lo consideraban un escritor de criadas y cocheros, y luego resultó que a lo mejor no lo era. Por suerte se ha extinguido esa crítica literaria con ecos del marxismo cristiano —como dice Pedro Vallín—, esa idea de que si no has sudado para leerlo es que no es bueno. Eso ha quedado reducido ya a un reducto del gafapastismo rancio que es un tuit de un señor.»

¿Se cree el lector despistado que Gómez-Jurado simplemente tenía un mal día? ¡Así, con esta prosa, escribe sus novelas, con tal dislocación argumental, tonal y conceptual, con este batiburrillo indigesto de ideas, desvaríos y disparates! Pasando por alto eso de «marxismo cristiano», sorprende eso de que la crítica no le importa (lo dice en otra respuesta), cuando ataca sin ambages, desde su twitter, al crítico de El País que puso mal la última novela de su adorado Pérez-Reverte. Pero eso es «pecatta minuta» al lado de todo lo demás.

De verdad que me da igual si los que me leen no me creen: a mí me importa un carajo que este señor tenga tres o cuatro millones de euros en su cuenta bancaria mientras otros tenemos que ver cómo llegamos a fin de mes. Que los disfrute y sea muy feliz con ellos. Pero hay cosas que no se pueden aceptar, como el hecho de que este señor, y otros como él, nos tratan a todos como imbéciles, seamos o no lectores suyos, mientras se carga una de las tres cosas (las otras dos serían la música y el cine) por las que vale la pena vivir. El machista, clasista y reaccionario Pérez-Reverte no oculta lo que es, pero este sí. El otro va de perdonavidas, pero este va de santo por la vida porque es mucho más listo que él. ¿Por qué este tipo se pone a decir que el primer best-seller es el Quijote y que la literatura de evasión no es fácil de escribir? Porque para él, en su mente subdesarrollada e infantil, Cervantes y él son lo mismo. ¿Y por qué? Porque necesita que lo sean, porque así justifica su propia existencia. Él es un heredero directo de Cervantes, y de Doyle, y de quien se ponga por delante, porque él vende mucho y eso le legitima para decir la chorrada más memorable y más despreciable sin que le tiemble el pulso.

Si fuera por él, la «literatura de evasión» (en realidad libros comerciales) como él la llama, sería la única, porque es la única que él puede hacer, y no existirían ni la literatura obra de arte ni los críticos literarios, solamente los publicistas de sus propias obras. Así de claro. En su cabeza, él es un escritor de primerísimo nivel, comparable a Conrad, a Doyle, a Wilde y a Cervantes. ¿Y por qué no? En su mente él es un hombre cultísimo, un hombre del Renacimiento casi. En la entrevista dice cosas como que «…me siento más cerca del feriante y del juglar que del escritor encerrado en su torre de marfil. Homero tenía que ganarse las moneditas contando historias como rapsoda que era y ganando concursos, porque si no no comía. Ese es mi trabajo…». Y además en ningún momento se ha creído el éxito: «…No se puede ser dueño del éxito, nadie lo es, por eso es tan esquivo y produce tantos sinsabores cuando alguien se acostumbra a él. El éxito de mis libros pertenece a los lectores, que son los que han decidido, con centenares de miles de decisiones individuales, situar en la cima a Antonia Scott y Jon Gutiérrez…»

En otras palabras él es un hombre cultísimo, atractivo (le encanta posar en las fotos y hacerse el interesante), un escritor fuera de serie, un hombre con las ideas claras, un triunfador que además es altruista («…He intentado regalarlos con la edición impresa (los libros en digital) pero no quieren…»), un tipo humilde y un visionario («…Yo nunca he sido un visionario, pero esto lo vi clarísimo…») y un autor de éxito inigualable («…Me atrevo a decir que un éxito así es inédito en lo que llevamos de siglo…»), comparable a Homero, Cervantes o Picasso. Lo tiene todo…es algo alucinante… pero luego vas a sus libros y son basura para adolescentes que no leen. Así funciona esta sociedad tan maravillosa.

El gran problema es que luego vendrán otros como él. Cuando por fin deje de escribir porque se quiera convertir en director de cine, o no tenga ningún éxito, o directamente pase a mejor vida, vendrán otros Gómez-Jurado de la misma forma que vendrán otros Pérez-Reverte. Esto ya es imparable desde que Eco hizo esa novela llamada ‘El nombre de la rosa’ y convenció a los mediocres de que se podían poner a escribir libros con aspecto de literatura que vendiera mucho. Y aquellos a los que literatura les importa muy poco seguirán encumbrando y haciendo ricos a personajes como estos, mientras nos dicen a los demás que lo que escribimos o lo que leemos no es interesante, o no es válido, o es un aburrimiento para «gafapastas». Pero si nos encontramos en un momento crítico de la época contemporánea, si la sociedad y las libertades individuales están en crisis profunda, es precisamente porque la literatura lo está, y algunos no podemos además permitir que nos traten como imbéciles.

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LITERATURA

El patetismo de algunos triunfadores: Pérez-Reverte y Gómez-Jurado

Todos hemos conocido al típico ganador, al típico triunfador, que en el fondo nos da algo de pena. No me digan que no. Ya sabe el lector a qué tipo de ganador me estoy refiriendo: ese en el que notamos que debajo de toneladas de supuesta confianza en sí mismo, detrás de ciento y una capas de cinismo, de dureza, de «todo me importa una mierda», muy al fondo de todo eso, existe un pobre hombre (o pobre mujer…aunque ahora que lo pienso suelen ser pobres hombres…) que en realidad nos da más pena que envidia, nos enternece más de lo que nos irrita. Porque no es más que un niño, o un anciano, suplicando atención, adicto a las ovaciones, que precisamente no acepta críticas negativas ni preguntas de nadie porque si las aceptara colapsaría, él mismo se daría cuenta de la farsa que representa, de que no es más que un fraude, y su mente se rompería. Tal cual…

En una de las escenas más hermosas de la magnífica ‘El buscavidas’ (‘The Hustler’, 1961, Rossen), ella, Piper Laurie, le recrimina a él, Paul Newman, su forma de pensar. Según explica el personaje de Newman (el gran jugador de billar Eddie Felson), él se siente un perdedor y lo que quiere ser es un ganador, y eso significa tener mucho dinero, principalmente, y que nadie discuta su primacía, especialmente en el billar. Pero Laurie (dando vida a la, al mismo tiempo, frágil y dura Sarah) le insiste en que a muchos les gustaría sentir lo que él siente jugando al billar, que eso le convierte en ganador, que de hecho ya lo es. En realidad al personaje de Newman se pasan toda la película diciéndole unas cuantas verdades (algunas curativas, como esta de Laurie, otras muy dolorosas pero también certeras, como las que le espeta George C. Scott/Bert Gordon), hasta que por fin reacciona, aunque ya es demasiado tarde.

No es demasiado tarde, pese a todo, para muchos. No hace falta una Laurie para darnos cuenta de ciertas cosas. Basta un poco de sentido común para identificar a esos falsos triunfadores y para darnos cuenta de que en muchos casos nosotros somos los ganadores y ellos los perdedores. En realidad, es más fácil que nunca, en este mundo globalizado, hipercomunicado y pendiente a todas horas de las redes sociales. Porque en realidad todo esto de lo que estoy hablando no es ni siquiera un 2+2, sino uno 1+1: la lógica de lo sectario y de los que se protegen a sí mismos. Porque ayer, para mi sorpresa, el crítico literario de El País, Jordi Gracia, dijo de la última novela de Pérez-Reverte, ‘Línea de fuego’, lo siguiente: «ni es la gran novela sobre la guerra civil española que el autor quiso escribir ni es una novela sobre la batalla del Ebro»… y además le ha dedicado frases tales como «magnesia didáctica que lastra, a veces hasta el bochorno, su credibilidad y la de muchos de sus personajes», «Pérez-Reverte ha acudido a recursos demasiado toscos para que cada cual responda al tipo que necesita su autor», «En tantísimos de esos episodios y diálogos la novela desfallece, flaquea y pierde fuelle».

Yo no sé cuánto tiempo falta hasta que despidan a este pobre muchacho de la nómina de El País (pese a que su grupo ya no posee Alfaguara), pero he de decir que ayer Jordi Gracia me alegró el día, porque no contaba yo con leer una crítica negativa a un lanzamiento tan esperado, después de haber constatado que la crítica literaria en este país (como la cinematográfica) se ha borrado. Lo que sí sé y me esperaba han sido las reacciones al respecto, desde una buena ristra de comentarios (¿por qué no cierran los comentarios de una vez en El País si quieren ser otra vez un periódico serio?) poniendo a parir al pobre crítico por hacer su trabajo, con expresiones tales como «no tienes ni puta idea», «rojo», etc… Y también me esperaba lo que por desgracia ha sucedido: la reprobación por Twitter de Juan Gómez-Jurado a ese mismo crítico, dejando muy clara su falta de clase.

Sí, estamos en un país en que un novelista se permite el lujo de cuestionar públicamente a un crítico para defender a otro novelista amigo suyo. Algunos verán en esto algo normal, lógico o hasta defendible. No lo es. Lo que debería hacer El País es publicar un editorial para defender a su crítico y para lamentar la falta de respeto de la industria editorial hacia la crítica seria. Como no sé si lo va a hacer (y no creo que lo haga) ya me pongo yo con estas líneas que cada vez leen más personas al día. Porque según ese fraude editorial y literario que es Juan Gómez-Jurado «Lo que al crítico de El País le jode es que la novela no sea un panfleto, tal y como deja muy claro el último párrafo. “La lucha del bien contra el mal”. A lo mejor los lectores ya son demasiado inteligentes como para creer según qué cuentos.» No miento ni cambio una coma:

Me gusta eso de que los lectores ya son demasiado inteligentes (debió escribir «son ya»). Ya volveré a eso luego. El caso es que Juan Gómez-Jurado, además de pésimo novelista es también crítico literario (según él, con matrícula de honor), y ha escrito una página en El Correo titulada nada menos que «Reverte Eterno», glosando las virtudes de lo que él considera una obra maestra, una catedral literaria, y cosas por el estilo. Ni una sola mención al cómo, sólo al qué (tal como me señalaba Javi Gallego), no solamente porque eso está lejos de las capacidades de este chaval, sino porque ahí está el quiz de la cuestión, como se suele decir. No da un sólo argumento en una «crítica» muy mal estructurada, por cierto:

En realidad son tres párrafos muy mal escritos que parecen algo importante así organizados. Sí, voy a críticar la crítica de un escritor que cuestiona a los críticos y luego escribe estupideces para los amigos. El primer párrafo sobre todo necesita de una revisión urgente, que habría hecho un verdadero periodista o crítico para no quedar como un inútil (como tantos otros que he conocido yo en blogs de cine). Porque en un mismo párrafo no se pueden meter tantas ideas juntas y tan mal armadas. Un párrafo es una cápsula, un conjunto cerrado en sí mismo, no una lata de sardinas. Y, por lo demás, esto no es una crítica, sino un comentario desaforado a un amigo venerado, y una protección de un status quo que por nada del mundo debe ser puesto en duda.

Lo más gracioso de todo es que Pérez-Reverte se lo ha agradecido, y le ha dicho que está en deuda con él. Por una «crítica» (o lo que sea) positiva a su libro. Es decir, para que nos entendamos todos: el escritor más vendido de este país le ha agradecido públicamente a otro escritor famoso que escribiera algo positivo sobre su trabajo, después de que el crítico de El País Babelia dejara claro lo que muchos pensamos hace ya mucho tiempo. Después, ha añadido que «a Pozuelo Yvancos sí le ha gustado». Claro, Pozuelo Yvancos lleva dos décadas diciendo que Pérez-Reverte es poco menos que Cervantes resucitado sin que se le caiga la cara de vergüenza.

Si esto no es el ejemplo perfecto del patetismo de algunos triunfadores, que alguien me diga lo que es. Si Pérez-Reverte fuera tan duro y tan grande como dicen y como él mismo proclama, le resbalaría una crítica negativa (y si fuera un tipo honesto y con clase, incluso la recibiría con deportividad y serenidad), del mismo modo que no se dejaría adular por críticas positivas. Pero resulta que no lo es. Que no es más que una criatura enternecedora. Lo que por estos lares se llama «un moñas». Me lo imagino ahora mismo en su casa con las pantuflas y el vaso de leche. No me cuadra esa imagen con la del viejo veterano de dieciocho guerras, que ha llegado a afirmar de sí mismo que es «un hombre peligroso». No me cuadra en absoluto. Tampoco con el Gómez-Jurado de escudero (hay que buscárselos con más empaque, Don Arturo). Pero supongo que ahora el empaque intelectual se ha visto sustituido por los cientos de miles de seguidores en Twitter, y a los críticos hay que hacerles callar a base de masajes verbales que acallen el ego desmedido del narcisista más patológico que ha conocido nuestra historia editorial.

Porque, en efecto, los lectores «son ya» demasiado inteligentes como para creerse este cuento. No todos, claro. Pero tiempo al tiempo. La tontería se cura, pero el cinismo no. Y hay que ser muy cínico para creer que en La Guerra Civil todos eran iguales. Ese discurso que consiste en poner en el mismo saco a víctimas y verdugos participa de una ideología perversa que pretende, de manera sutil, blanquear un Golpe de Estado y una dictadura sangrienta. No hay término medio, como no lo hay entre un agresor machista y su pareja. Una panda de generales se levantó en armas contra un gobierno imperfecto (como todos) pero legítimo. Y lo que tuvo lugar después fue un genocidio (aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos). Así de claro. Defenderse de esta gente, matar a todos los que se pudiera, era un acto legítimo (este sí). Y si hubiéramos tenido suerte, tendrían que haber matado a todos los fascistas, sin dejar a ninguno vivo, y nos habríamos ahorrado cuarenta años de represión y otros cuarenta años de una democracia de muy baja calidad, en la que los hijos y los nietos de esos fascistas siguen en la misma sociedad envenenándola y deseando volver al franquismo o a algo similar, mientras claman palabras que les quedan demasiado grandes, como libertad o democracia.

Si este fuera un país con un poco de decencia, todos esos fascistas serían acallados, multados, encarcelados o expulsados, los partidos políticos que los defienden y de los que extraen votos (PP, Ciudadanos y VOX) serían disueltos y se les obligaría a entregar sus actas, y a los que les blanquean (Pérez-Reverte, Gómez-Jurado) no se les comprarían sus libros ni se les enriquecería de ninguna otra manera, porque son cómplices intelectuales de un golpe de estado y de un genocidio. Pero no somos ese país. Y al final es posible, quién sabe, que volvamos a las trincheras. Y, ¿saben lo que les digo?, que ojalá no volvamos a ellas, pero si volvemos tendremos una segunda oportunidad de acabar con ellos, con todos, de una puta vez.

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CRÍTICA, LITERATURA

'El paciente', de Juan Gómez-Jurado, o cómo destruir la inteligencia del lector

Tengo que empezar esto diciendo que no es justo. No es justo para este muchacho que yo me ponga a leerle justo después de terminar ‘El cementerio marino’ de Paul Valery, y antes de comenzar con ‘Contra esto y aquello’ de Unamuno. Pero me mueve, una vez más, lo de siempre: el hecho de que no existe ninguna crítica (ni una sola, lo juro por lo que me queda de neuronas después de buscarlas por tierra mar y aire) sobre esta novelita, a lo que se suma el hecho de que, como estamos en plena epidemia global, este autor ha permitido, en un gesto de magnífico altruismo, que ‘El paciente’ se pueda descargar gratis, lo que me ayuda a (intentar) romper el maleficio de no haber podido leer una novela suya entera, principalmente por el hecho de que no pensaba pagar por ninguna de ellas…

Así que aquí estamos, y creo que un colega comentarista, que tiene su propia web, va a hacer lo mismo, de modo que pronto tendremos dos reseñas de esta novela, lo que va a resultar en un aumento, en la red y en los medios en general, del 200% en su número total.

Vayamos al asunto, y creo que me va a quedar un articulo bastante más corto del que dediqué a esa novelita ridícula de Arturo Pérez-Reverte, entre otras cosas porque no quiero perder demasiado tiempo ni hacérselo perder al lector, aunque sí el imprescindible para dejar lo más nítidos posibles mis argumentos sobre este tipo de sub-productos en particular (que por lo visto se venden casi tan bien como las novelas históricas y en general cualquier tipo de sub-literatura de la que algunos creen que les aporta algo en su vida, cuando harían mejor dedicando ese dinero a fines caritativos) y sobre el «estilo» de Gómez-Jurado (en adelante G-J, para abreviar), en particular.

Y debo decir que una vez más me ha sido imposible leerme la novela entera, o por lo menos detener la vista en las partes más enrevesadas, porque mi aguante y mi tiempo son cada vez más limitados, y porque la forma de representación de G-J, el modo en que presenta y arma su realidad novelística, la forma en que construye a sus personajes y en que va desarrollando su inverosímil argumento, hacen muy difícil que se pueda mantener la atención, pero he leído lo suficiente como para hacerme una idea general. Este hombre, G-J, que se tiene a sí mismo como un escritor de éxito (porque para gente como él cuantos más lectores tienes mejor novelista eres), como un artista total y casi como un erudito (oigan sus baladronadas y pedanterías en Todopoderosos y verán que no exagero absolutamente nada), no es novelista, del mismo modo que Alejandro Amenábar no es cineasta. Son otra cosa: los más listos de la clase.

Esta novela, ‘El paciente’, que habrá vendido miles o decenas de miles de copias, es un ejemplo perfecto de cómo no debe ser una novela y de cómo no escribirla. No se pueden escribir generalidades del tipo «todos los cirujanos del mundo beben», ni se pueden hacer comparaciones tan exageradas, tan burdas (“acompañados de uno de los silencios marca Robson, tan inasibles como el humo y tan sólidos como un muro de ladrillos”…“Tenía tantas ganas de seguir en su despacho como de que me metiesen astillas bajo las uñas”…) constantemente, además de frases grandilocuentes y nulamente narrativas en cada párrafo. En realidad, lo que G-J hace aquí es destilar todas las películas estadounidenses que ha devorado en las últimas dos décadas y plagar de clichés todo su inexistente y atroz estilo literario, si estilo se le puede llamar. Cualquier cinéfilo puede advertir imágenes de películas de Spielberg, Ridley Scott, de series de televisión…

Lo que este escritor pretende es contar una trepidante historia que podría haber sido perfectamente una de esos thrillers americanos llenos de supuesto suspense, y para unos ojos poco exigentes supongo que lo cumple. Una historia enmarcada en EEUU (cómo no), con personajes anglosajones que se expresan como si fueran de Madrid o de Toledo, en la que un prestigioso neurocirujano de un importante hospital privado, que no tiene nunca un duro (!), nos cuenta las últimas sesenta y tres horas antes de una operación que puede cambiarle la vida, al que le han secuestrado su hija para no dejar salir con vida del quirófano al presidente de EEUU (!!), todo orquestado por un malo de película que se parece a Ewan McGregor, que le vigila por llamadas o mensajes al móvil. Es decir, algo que hemos visto cien veces en cine pero que este señor no tiene el menor reparo en hacer pasar por una novela y en sentirse un importante escritor por ello.

Como en la, por cierto excelente, novela ‘El fugitivo’, de Stephen King, en la que el nombre de los capítulos es una cuenta atrás, se supone que este neurocirujano nos cuenta su versión de la historia desde la cárcel, pero ni siquiera eso lo hace G-J de forma honesta, porque continuamente rompe el punto de vista, y por tanto las reglas que él se ha marcado las incumple, entrando en el punto de vista de la cuñada y agente de FBI, cuyas vicisitudes él no puede saber, ¡e incluso en el del villano de la función, que él puede conocer todavía menos!, por la sencilla razón de que hace falta mucha habilidad, de la que G-J a todas luces carece, para contar una historia en primera persona y mantener la tensión y el estilo.

Pero más allá de todo eso, principalmente se impone en la lectura la irrevocable sensación de que el personaje protagonista es un imbécil redomado, un payaso soberbio, engreído, machista, clasista y desagradable, cuyo destino te importa muy poco. No posee el menor carisma porque los personajes, se quiera o no, son una extensión de la personalidad del autor, del mismo modo que la prosa, el estilo, es una extensión del intelecto del escritor, y en ambas cosas G-J se muestra como el niñato consentido y privilegiado que habla en sus programas de radio casi como si fuese un joven Stephen King, o un erudito como José Saramago. Él es el doctor Evans, en realidad, un hombre fatuo, vanidoso, impulsivo, de ideas infantiles, de reacciones muy poco creíbles, que a lo mejor el bueno de Rodrigo Cortés considera también una narrativa de primerísima división…

Por supuesto que un personaje protagonista no debe ser inmaculado. Eso ya está totalmente superado en la narrativa actual, pero sí debe tener carisma, sí debe ser interesante. Debe ser, en definitiva, un ser de carne y hueso con el que podamos empatizar, cuyo destino y azares nos conmuevan, nos muevan con. Pero como G-J no tiene carisma ni es un escritor interesante (salvo para aquellos que considerarían interesante, por ejemplo, a Kim Dotcom, o a Christopher Nolan, o a Julio Medem), es totalmente incapaz de crear un personaje verdadero, porque carece de imaginación para poder hacerlo, y destruye con ello de paso la imaginación y la inteligencia del lector. No sé si cabe aquí la idea de Tolstoi que afirmaba que en literatura no debe el escritor inventarse nada, que todo debe ser, o tender, a la verdad. No cabe porque demasiados escritores no saben lo que significa eso.

Gente como G-J o como Pérez-Reverte, Javier Sierra, Santiago Posteguillo, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo, Javier Castillo, Joel Dicker, cuyo trabajo no sería tan dañino si no lo leyera tanta gente, si no tuviera tanto eco mediático, son el Covid19 de la literatura, con los espectadores además convencidos de que leen buenos libros, de que acceden a buena literatura, sin una crítica capaz de poner las cosas en su sitio. Este virus no mata a gente pero sí mata la creatividad y la buena salud de la novela, y sus efectos van a ser igualmente destructivos y duraderos.

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CRÍTICA, ENSAYO, LITERATURA

Juan Gómez-Jurado Vs. La Literatura

Antes que nada convendría hacer una aclaración: no pretendo hacerme el héroe, ni el mártir, porque soy consciente de que otros han tenido experiencias parecidas cuando han escrito reseñas o críticas, pero debo decir que cientos, o quizá miles de veces, como respuesta a una argumentación mía, me han dejado comentarios diciéndome que lo que pienso me viene de la envidia, o del odio. Ante tales afirmaciones, no sé si cabe decir que lo único que pretendo es escribir crítica, porque creo que la crítica honesta es más importante hoy día de lo que pudiera parecer. En este caso una crítica literaria, puede que la única (si alguien busca alguna por internet, o en la prensa escrita, que me diga si es capaz de encontrarla) acerca de este inventor de best-sellers. Yo no odio o envidio a aquellos que critico. Solamente desprecio a los cínicos, y envidio a los genios.

La primera vez que escuché hablar de Juan Gómez-Jurado fue con ocasión de una reseña o frase, que leí en alguna parte, acerca de su novela ‘Cicatriz’, a la que se le concedía la categoría de buen thriller. Ocupado en otros asuntos que nada tenían que ver con las novedades literarias españolas, no hice mucho caso.

Algunos años más tarde, durante un viaje, mi hermano puso en la radio de su coche un podcast que a él, según me dijo, le divertía mucho. Eran cuatro fulanos hablando de libros, de películas, o de lo que les daba la gana. Y en efecto, era muy divertido. Pero de nuevo no hice mucho caso.

El problema es que me paso la vida con unos auriculares en los oídos, y a veces me apetece escuchar otra cosa que no sea música a todas horas. Y por eso algunos meses después me interesé por buscar programas de radio que hablasen de temas que a mí me pudieran interesar, y me acordé de ese podcast que mi hermano me había puesto en su radio, llamado Todopoderosos, y empecé a escuchar sus episodios.

Y en verdad conocía a tres de los cuatro integrantes de ese podcast: al director Rodrigo Cortés, cuyo ‘Enterrado’ incluí, por cierto, en la lista de las mejores películas de su año; al presentador Arturo González-Campos, una de las mejores voces y uno de los cómicos más interesantes de este país; y al humorista y actor Javier Cansado, que siempre me ha parecido uno de los tipos más graciosos del mundo. Y hete aquí que el cuarto en discordia era el tal Gómez-Jurado, que al parecer estaba a punto de presentar nuevo trabajo (‘Reina Roja’).

Mi intención, al escuchar este podcast, era doble: por un lado entretenerme y por otro, quizá, aprender cosas que yo no supiera de cine o de literatura. Lo segundo no lo conseguí, pero lo primero sí. Y siempre es un placer acceder a discusiones sobre cine o sobre literatura de gente que sabe de lo que habla, como es el caso de Rodrigo Cortés, a quien nunca había escuchado. Y así, poco a poco, fui conociendo también a Juan Gómez-Jurado, quien por cierto dio a luz a su muy exitosa ‘Reina Roja’, que según dicen los de su editorial ha vendido en estos meses nada menos que un cuarto de millón de ejemplares.

De modo que empecé a interesarme, aunque sólo fuera por el fenómeno social que estaba teniendo lugar, por ese autor de fulgurantes best-sellers, al que muchos días escuchaba decir no pocas banalidades, baladronadas, generalizaciones y torpezas en el que quizá sea el podcast más famoso de este país. Y como supongo que me gustan las emociones fuertes y hasta tóxicas, intenté leer alguno de sus libros, aunque solo fueran las primeras páginas. Y una vez más, tuve que enfrentarme a una clamorosa y en cierto modo aterradora verdad: que la basura vende y puede hacer ricos a los que la producen.

Un fenómeno grotesco

No sé quién bautizó a este país como democracia cocotera, o república bananera, pero pocos ámbitos pueden dar fe de ello con tanta nitidez como el ámbito cultural. Lo pensaba yo el otro día ojeando la librería de El Corte Inglés. El día anterior había salido a la venta la continuación de ‘Reina Roja’, titulada muy sagazmente como ‘Loba Negra’. Sin embargo ya estaba entre los más vendidos. Muy lejos de mi ánimo argumentar que eso no podía ser otra cosa que un montaje, porque en un país que lee tanto, y tan bien, como el nuestro, que al segundo día, por mucho que haya arrasado en la preventa, de su publicación que una novela ya cope los primeros puestos (siempre por detrás de la superestrella Pérez-Reverte, con su ‘Sidi’) que esto ocurra es lo más normal del mundo.

En este momento soy capaz, sin gran esfuerzo, de leer la mente de algunos de los lectores que puedan acceder a este artículo mío. Están pensando: «Massanet, eres un envidioso de mierda, un pedante, un triste, etc, etc, etc…». Lo mejor de todo es que ellos no pueden leer mi mente, y así puedo continuar escribiendo.

Juro que me he pasado los últimos días buscando reseñas y críticas literarias a las obras de Juan Gómez-Jurado, y no he encontrado absolutamente nada. Nada serio, quiero decir. Hace no mucho dejé aquí un texto sobre la deserción de los críticos en este país, sobre todo los de literatura. La situación no es que sea espantosa, es que parece una comedia bufa. Pero las cosas son como son, y no pueden ser de otra manera cuando por ejemplo me encuentro con un comentario en Amazon, escrito por un admirador de Gómez-Jurado, que reza lo siguiente: «Es de Juan, no necesitas saber nada más… A ver, vamos a ser claros. Juan Gómez-Jurado podría escribir un libro con un Lorem ipsum de principio a fin y lo compraría». Sin duda, un ferviente seguidor. Nada que objetar. El problema es cuando cosas parecidas las escriben supuestos críticos literarios.

¿Cómo olvidar aquel glorioso «Es el mejor escritor de thrillers de Europa», dicho por un tal Gorka Rojo, de la revista digital Zenda?… revista en la que de vez en cuando también deja sus cosas Gómez-Jurado. Mi pregunta es: ¿cuando alguien escribe semejante majadería no siente aunque sea un poco de bochorno, de degradación? O a lo mejor estoy yo equivocado, y nos encontramos ante un genio del relato de suspense, ante un escritor extraordinario capaz de mirar de tú a tú a Patricia Highsmith o a Thomas Harris, a juzgar por sus increíbles ventas, por su innegable carisma, por todo lo bueno que dicen de él absolutamente en todas partes.

Si tanta gente hace cola, aunque sea en plena calle y pasando frío, para que este autor le firme un libro, es que algo bueno debe tener. ¡A tanta gente inteligente no se la puede engañar! Es decir, que Massanet se ha equivocado otra vez. Y aunque en realidad estoy acostumbrado a equivocarme con muchas cosas y con muchas personas, no me importa admitirlo aquí y ahora: es posible que me haya equivocado.

Y también es posible que no.

Es más que probable que si hubiera leído una reseña, tan solo una, que argumentara con ideas, y no con lisonjas, un libro de este señor… o una crítica negativa igualmente argumentada, yo no estaría escribiendo esto ahora.

Entremos en materia

Vamos a echar un vistazo al material escrito por este señor. Escribió tres libros seguidos entre 2006, 2007 y 2008: ‘Espía de Dios’, ‘Contrato con Dios’ y ‘El emblema del traidor’. Por lo que sé, estas novelas, de las que me he leído algunos trozos (y prometo que es lo único que pienso leer de ellas, porque se me caen literalmente de las manos, y tengo muchas cosas importantes que leer), no se diferencian en nada de las de docenas (o cientos, o miles) de escritores tipo Javier Sierra o Dan Brown: thrillers muy cinematográficos, que delatan que este escritor está más inspirado y más influenciado por las películas que ha visto que por las novelas que ha leído; plagados de diálogos y de personajes con nombres como Fowler o Rachel. Es decir, anglosajones. La primera va de un asesino en serie en el Vaticano, la segunda sobre la búsqueda del Arca de la Alianza (sí, la misma que buscaba Indiana Jones), la tercera gira en torno a un personaje en la Alemania de entreguerras, galardonada con el Premio Torrevieja de novela.

Estos tres thrillers, que al parecer se vendieron muy bien y que son historias más o menos trepidantes, son como los cientos o miles de libros parecidos que se escriben cada año y que las editoriales deciden publicar porque saben que pueden vender bastante, no por su calidad literaria, sino por su facilidad de lectura. Pero sería un error hacer un comentario de los trabajos de Gómez-Jurado desde una óptica estrictamente literaria. Es decir, como si pudiera estar en la misma liga que grandes escritores. No se compara una hamburguesa del McDonald’s con un arroz abanda. O una vivienda prefabricada con una catedral gótica. Claro, es lo que hacen los «críticos» literarios españoles, ponerle en la misma liga (a él y a otros). Pero en verdad, a las viviendas prefabricadas se las compara con otras viviendas prefabricadas.

Basta echar un vistazo a las primeras páginas de esas tres novelitas, y del resto de trabajos suyos, para comprender que este muchacho, que quizá sea un buen chico (aunque empiezo a dudarlo, pero luego llegaré a eso… aunque tampoco ha matado a nadie, claro), no está dotado para hacer aquello que quiere hacer (es decir, escribir un libro medianamente solvente). No está influido por la literatura, que tanto dice amar (bueno, y a la lectura, y a los lectores también los ama… Gómez-Jurado dixit), sino por las películas norteamericanas, y entre estas las más comerciales. Sus novelas son como películas más o menos narradas, plagadas de diálogos básicos y descripciones de manual, que se consumen de un tirón. Por eso venden. Son ideales para un vuelo con escala, o para el lector menos exigente, que quiere el chute de una historia con aspecto trepidante, que no le exija tampoco mucho a él.

Tras su inicial trilogía, tardó cuatro años en presentar ‘La leyenda del ladrón’ (2012), que es algo así como un cruce entre el Alatriste pérez-revertiano y ‘Assasin’s Creed’. Hay que reconocer que la prosa está aquí ligeramente más cuidada que en sus thrillers, aún sin ser ninguna maravilla. pero al menos abandona sus chascarrillos sin gracia e intenta parecerse a un escritor un poco más serio. Leyendo esta historia no me abandona la sensación de que estoy ante un niño que juega a ser escritor. Es lo mismo que sucede con Pérez-Reverte. Y no puede calificarse de otra forma que de risible esas imágenes suyas documentándose para sus novelas, viajando a países árabes (disfrazado de Indiana Jones… busquen en youtube, si no me creen), empapándose de su cultura, un poco también a la manera pérez-revertiana, ese estilo pseudo-novelista que consiste en hacer(se) creer que para escribir una historia de narcos hay que subirse a un helicóptero y darse un garbeo por la costa para saber de lo que se habla.

Todo eso niega la imaginación del novelista, y convierte la literatura, aún la de aventuras (que es en cierto modo la que más ha de servirse de la fabulación del autor), en una suerte de reportaje más o menos cercano a la realidad. Así es imposible construir un mundo propio, novelístico, con un lenguaje estrictamente literario. Pero supongo que pedirle a Gómez-Jurado tener un mundo propio y un lenguaje literario es como pedirle a Pérez-Reverte que escriba algo más que literatura de kiosco.

La novela suya que más páginas he leído es ‘El paciente’ (2014), un nuevo thriller que podía haber escrito un Michael Crichton cualquiera en horas bajas, sobre un cirujano, un tal doctor Evans (de nuevo mundo anglosajón), que ha de vivir una trepidante aventura moral y psicológica. Dicen que sus derechos están vendidos a alguna productora y que cualquier día tenemos la versión cinematográfica. No lo dudo. Es, por supuesto, otro best-seller. Y lamento decir que, una vez más, su prosa es digna de un adolescente semi-analfabeto. Algún cultismo por aquí y alguna ocurrencia por allá, pero todo presidido por la más aplastante mediocridad. No niego que la historia pueda tener su gancho, pero todo se diluye cuando tenemos que enfrentarnos a cosas como esta:

«Arrastraba las vocales al hablar, y supe enseguida que la factura del minibar iba a ser considerable. Probablemente no iría cargada a la cuenta de gastos del hospital, sino que la pagaría la propia doctora Wong en efectivo. Todos los cirujanos bebemos, y bebemos mucho más cuantos más años tenemos. Ayuda a dormir y a calmar el temblor de las manos según te vas haciendo viejo. Pero lo que nunca, nunca hacemos es admitirlo en público. A no ser que, como es ahora mi caso, no tengas nada que perder…»

De las cincuenta y tantas páginas que he leído de ‘El paciente’, no hay ni una que no contenga párrafos como estos, plagados de generalizaciones (todos los cirujanos beben), de frases hechas, de clichés y de una construcción dedicada a describir el pensamiento de uno o varios personajes bastante cuestionables. No solamente debido a que su forma de pensar y de hablar carece de toda naturalidad y verosimilitud… tampoco se entiende que los ponga como el centro de sus historias, porque carecen del menor interés y a menudo son personajes bastante estúpidos y despreciables. En pocas palabras, no son personajes ni caracteres, sino un cúmulo de clichés, marionetas sin vida al servicio de una historia.

Por no hablar de sus diálogos, a los que no pocas veces se refieren sus admiradores como un ejemplo de brillantez y sentido del humor. En mi opinión sus diálogos, sin ser del todo malos, son una colección de lugares comunes a los que el autor es incapaz de dotar de verdadera hondura emocional o psicológica. El diálogo es siempre, al igual que el personaje, una extensión de la prosa, y si esta es desmañada, los diálogos lo son más aún. No sabe crear atribuciones poderosas, ni siquiera competentes, y por eso a menudo sus diálogos carecen de ellas, pero si el lector es capaz de imaginar (cosa nada fácil, lo adelanto) a dos personas hablando al leer sus diálogos, se dará cuenta de que suenan muy poco creíbles, muy forzados y hasta infantiles.

El proceloso mundo del best-seller

No tendría ningún sentido comparar a Gómez-Jurado con escritores grandes, con auténticos artistas. Sí, quizá, para hacernos una idea de sus capacidades, con esos que él tanto dice admirar. Según le he leído, sus tres escritores predilectos son Stephen King, J.K. Rowling y Arturo Pérez-Reverte. Con esta declaración bastaría para establecer su más que probable (y escasa) autoexigencia, y quizá para entender un poco más al individuo detrás del escritor. No es cuestión de preferir a un elitista cuyos escritores preferidos fueran, por ejemplo, Tolstoi, Nietzsche y Simone de Beauvoir, pero nuestro bagaje cultural, nuestras preferencias, determinarán en gran medida a qué nos queremos acercar, o qué tipo de escritor queremos ser. Gómez-Jurado no está interesado en ser un gran escritor, ni mucho menos un buen escritor. Ni siquiera un escritor. Está interesado en hacerse rico y en paladear el éxito que gozan esos escritores nombrados. Nada más. Para él y para otros muchos como él la felicidad, créanme, consiste en firmar muchos libros y así sentirse mejor consigo mismos.

Personalmente le tengo un gran respeto a Stephen King como novelista. Creo, por otro lado, que J.K. Rowling no es una buena novelista pero sí, quizá, una narradora competente y una más que talentosa creadora de caracteres. Arturo Pérez-Reverte es un pésimo novelista que se ha manejado con cierta gracia, sin tirar cohetes, en relatos más breves. Estos tres nombres son, en cierto modo, la quintaesencia del best-seller (estadounidense, británico, español), y que este muchacho llamado Juan Gómez-Jurado les tenga en un pedestal es totalmente lógico, si bien carece de la capacidad fabuladora y del talento narrador de King, así como de la fuerza creadora de Rowling. Alcanzar en capacidades a Pérez-Reverte (y por lo que parece ahora en ventas), no tiene ningún mérito, pues Pérez-Reverte no posee casi ningún valor literario ni narrativo, así que supongo que al menos eso sí lo conseguirá.

El asunto del best-seller es espinoso… y al mismo tiempo no lo es. Hay quien lo compara con las películas comerciales. Yo no, aunque entiendo esa comparación. Algunos best-seller (escasos) son buenas novelas. La mayoría no son literatura. Así de sencillo. Efectivamente, son libros. Es decir, un conjunto de hojas de papel u otro material semejante, que al ser encuadernadas forman un volumen. Pero no son literatura strictu sensu. No están escritas en lenguaje literario, ni su objetivo es producir una impresión estética en el lector. Son pasatiempos, o algo peor: son droga. Puede que haya quien piense que exagero… pero no lo hago en absoluto.

Me llama la atención el hecho (cualquiera puede comprobar que digo la verdad… como en todo lo demás), de que muchos lectores de Gómez-Jurado aseguran de forma espontánea que leerle es «como una droga». Que le leen a toda velocidad y que se les hace corto y quisieran más. Sería una pérdida de tiempo explicarles, a todos esos lectores, que los libros que se leen a toda velocidad no valen la pena. Que sólo aquellos que requieren algún esfuerzo (esfuerzo ligero o esfuerzo ímprobo) merecen ser leídos. Pero sin duda es importante dejar aquí por escrito que hay droga de muchos tipos, y que la literaria (o pseudo literaria) destroza el buen gusto y la creatividad de igual manera que el tabaco daña los pulmones o el alcohol el cerebro. Por eso he leído a Gómez-Jurado pero lo he hecho a pequeños sorbos.

Su última novela, ‘Loba Negra’, que supongo va a vender medio millón de ejemplares, ha sido comentada por Gorka Rojo (el que dijo que Jurado es el mejor escritor de thrillers de Europa y que luego dormirá a pierna suelta…) en Zenda, y ha dejado sobre ella comentarios como que «…Es un logro inmenso y, al menos por mi conocimiento, absolutamente único en la historia de la novela negra y del thriller en general. Este hijo de puta ha hecho historia….» Y supongo que seguirá durmiendo a pierna suelta. Pasando por alto el estilo chabacano, de barra de bar, de su «crítica», ignoro qué libros ha leído Gorka Rojo en su vida, pero lo que no ignoro es que es un buen amiguete de Gómez-Jurado, quien ahora resulta que está haciendo historia en la novela negra. Compara, de forma increíblemente arbitraria, el estilo del escritor con el del cineasta Lars Von Trier, para luego decir que «…No hay dos autores más alejados en estilo e intenciones que el escritor madrileño y el cineasta danés». Y ya, para deleite del lector poco avisado, culmina su artículo volviendo a comparar al susodicho con figuras eminentes, esta vez con Hammett y con Chandler.

Leer un mal libro, como lo son los de Jurado, los de Pérez-Reverte, los de Rowling, Dan Brown, Katherine Neville, Javier Sierra, Santiago Posteguillo y gente así, no sólo destroza el buen gusto y la creatividad, sino que poco a poco, de manera insidiosa e irreversible, nos deja incapaces de apreciar la buena literatura, del mismo modo que pasarnos años consumiendo comida rápida nos deja el paladar insensible ante un plato cocinado con esmero. Cualquier buen lector sabe que lo que estoy diciendo es una gran verdad. Pero eso poco le importa a Gómez Jurado y a sus amiguetes, para quienes un escritor vale tanto como el número de lectores que tenga, y para quienes la crítica literaria es poco más que un conjunto de lisonjas adosadas al proceso de marketing de su libro.

Porque de amiguetes hablamos

En un artículo escrito hace ya bastante años, Enrique Dans hablaba sobre la capacidad de una herramienta como internet, poniendo el foco, precisamente, en la actividad en las redes sociales de Juan Gómez-Jurado. No estaba haciendo crítica literaria (no es su campo ni su intención), pero Dans estaba dando en el clavo. En este mundo absurdo, narcisista hasta el extremo, en el que vivimos, personajes como Juan Gómez-Jurado medran gracias a unas redes sociales que, al mismo tiempo, les desnudan. Si tienes la capacidad y el poder de convocatoria y conoces a gente famosa, será fácil que cientos de famosos recomienden tu libro en las redes, y así tendrás miles de ventas aseguradas. ¿Parece fácil? No lo es. Sólo es necesario babosear durante años, y hacerte colega de todo el mundo, en el tumultuoso mundo del famoseo cultureta español.

Por supuesto, no es el único. Otros muchos como él se valen de las redes sociales (Pérez-Reverte, sin ir más lejos, comprendió desde muy pronto el poder de Twitter), y consiguen resultados parecidos. Hoy día, si quieres vivir de ser escritor, has de dedicar más tiempo a querer a todo el mundo, a contestarles a los lectores, a estar omnipresente en las redes, que a escribir una buena novela. Eso es así y no va a cambiar. El problema para ellos, claro, es que esta actividad incesante, esta agobiante ubicuidad, se vuelve en su contra de cierta manera, porque detrás de tanto buenrollismo, detrás esa maraña de colegueo, es más fácil retratar al personaje y desnudar sus falsedades.

Dice G-J en su Twitter que ama escribir, ama la lectura y ama a los lectores. Ningún buen escritor, ni uno solo que valga la pena (ni siquiera Stpehen King), piensa así, ni lo ha pensado nunca. Pero es una de las pocas veces en las que este chiquillo, en su cuenta de Twitter, deja en cierto modo de hablar de sí mismo. Hoy día todo parece diseñado para un autobombo y una vanidad desmesuradas. Para una personalidad como la de G-J, Twitter es perfecto. Pinta un mundo ideal, una existencia feliz y colorida, para todo aquel que quiera construírsela. En él, los lectores le aman y él les ama a ellos, mientras no deja de hablar de sí mismo todo el tiempo. Pero en las numerosas entrevistas que concede, y en las columnas que escribe para Abc Cultural, es exactamente lo mismo.

Al igual que Pérez-Reverte se ufanaba de haber rescatado la novela de no se qué secuestro, G-J se autoproclama como un visionario editorial, que supo muy pronto que el libro electrónico era el futuro, y que el lector ha de ser el que mande en el mercado editorial (mientras se «asombra» de que nadie en toda la historia de la ficción haya colocado a una mujer como la persona más inteligente del mundo). Cuando alguien tiene una visión del mundo tan chata, tan roma, cuando una persona está tan pagada de sí misma, tan presa de una vanidad tan tóxica, disfrazada de altruismo y humildad, es capaz de creerse sus propias falacias con una sonrisa en los labios. Pero no, ningún escritor valioso jamás ha «amado» la lectura o a los lectores, y los libros de G-J, dentro de unos años, no valdrán nada… porque nada valen ahora.

Si a todos estos individuos se les diera a elegir entre escribir una gran novela, una novela perdurable, y escribir un best-seller que les hiciera millonarios (en el supuesto caso, harto improbable, de que fueran capaces de escribir una gran novela), elegirían lo segundo sin pestañear. Porque ya lo han hecho. Con una soberbia casi obscena, Gómez-Jurado advierte que lleva toda una vida aprender a escribir bien. Es probable que lleve más de una vida comprender que nunca se debió empezar a escribir. Dice G-J, a tenor de los comentarios habituales en contra de best-sellers, que la gente no es gilipollas, y que no se puede engañar a millones de personas. No es probable que además de un pésimo novelista sea un ingenuo. No alguien capaz de sacarse tres o cuatro selfies al día con cientos de ejemplares de sus novelas detrás.

Pero es en ‘Todopoderosos’ donde G-J se muestra más tal cual es. Ahí al yoísmo pertinaz de este muchacho se une una nítida representación de su verdadera personalidad, la que está detrás de millones de libros vendidos y millones de creatividades hechas añicos.

3+1

He de reconocer que me gusta el programa. Me lo paso bien escuchándolo, a pesar de G-J. Cuando él interviene, debo reconocer que también me lo paso bien, pero no con él, sino a su costa. Lo que más me choca, en cada uno de los programas, es que no solamente Rodrigo Cortés (por supuesto), también Javier Cansado y Arturo González-Campos, se expresan con mucha mayor riqueza, ingenio y gracia que el susodicho. Escuchando las conversaciones, nadie diría que él es el escritor del grupo. Pero el caso es que supuestamente lo es.

El contraste mayor, sin duda, es entre Rodrigo Cortés y G-J. Afirmo sin ningún complejo que para mí, escuchar a Cortés supone un verdadero placer. Y no siempre estoy de acuerdo con él. No comparto, por ejemplo, su veneración a Leone, Kubrick o Spielberg. Pero Cortés es todo lo que no es Gómez-Jurado, y Gómez-Jurado es todo lo que no es Cortés. No puedo entender que se lleven tan bien. Rodrigo Cortés es una persona verdaderamente culta, con mucha clase. Jamás alardea de sus conocimientos, o de su experiencia, y podría alardear mucho más de lo que lo hace su amigo novelista. Se expresa con una facilidad de palabra, con una riqueza de ideas… argumenta con un conocimiento, una serenidad… en él me reconozco, porque hablamos el mismo idioma. Encuentro conocimientos similares sobre narrativa, ideas no muy diferentes aunque yo no haya dirigido ninguna película. Cortés es un tipo al que merece la pena escuchar. Cuando ‘Todopoderosos’ no cuenta con él, no me molesto en escuchar el programa.

G-J es todo lo contrario. No argumenta sino que opina. No da ideas, sino que se comporta como un pedante soberbio absolutamente todos los programas. Por supuesto que sus compañeros se lo perdonan porque son sus amigos y le tienen afecto, pero continuamente se ríen con él, de buen rollo, con su capacidad para congelar el ritmo del programa, con sus explicaciones dignas de un adolescente con ínfulas. Realmente al lado de Cortés parece un niño, y Cortés un anciano sabio. Pero sólo se llevan cinco años. No debería existir un contraste tan acusado.

En el programa todos tienen su función: González-Campos presenta y dirige (y muy bien, por cierto), Cansado es el contrapunto cómico (y magnífico, sin duda), Cortés da la réplica ingeniosa e interesante. A estos tres grandes se les suma Jurado, con sus chistes sin gracia y su nulo carisma… pero dicen que el muchacho tiene carisma, de ahí sus ventas. Pues debe tratarse de un caso como el de Hamlet, el personaje sin carisma y sin carácter, que corrije a sus compañeros todo el tiempo (y de mala manera), pero no le gusta que le corrijan a él; que intenta dárselas de conocedor de cine (según parece o según cuenta hizo un curso de crítico de cine… creo que debería solicitar que le devuelvan el dinero) y sabe tanto de cine como mis compañeros de los diversos blogs en los que yo he trabajado en el pasado; que no sabe hacer otra cosa que repetir yo, yo, yo de mil maneras diferentes, contando anécdotas personales que nadie le ha preguntado y demostrando (demostrándome) que dos y dos son cuatro y que ese es, sin duda, el autor de los libros cuyos fragmentos lamento haber leído.

Existe un episodio dedicado a Harry Potter. Creo que es uno de mis favoritos. Es un episodio que existe por la insistencia de G-J, para el que es una saga de importancia literaria universal. Durante gran parte del episodio, Cortés, que no está dispuesto a pasar por el aro, le pone bastantes peros a la narrativa de la Rowling con mucha argumentación y mucha sagacidad. Incluso creo que llegan a un conato de discusión. Es lógico: Cortés es una persona culturalmente exigente, y G-J no lo es. Me pregunto qué opinará de los libros de su amigo si piensa que los libros de Rowling no son nada del otro mundo.

Resulta patético escucharle hablar de estructura quiástica, o referirse al cine de David Lynch como «que no transcurre en un universo diegético narracionista sino que es más bien una experiencia fenomenológica de eventos relacionales»… o el paracosmos de Leone… o cuando dice que nunca ha visto una manipulación del espacio fílmico como en ‘After Hours’ y Cortés ha de explicarle que esa manipulación es consustancial al cine. Juan Gómez-Jurado se instala en la pedantería y en la suficiencia porque en el fondo sabe que es un grandísimo ignorante. Por eso ha de definir el cine de Miyazaki con la expresión «fractalidad interrelacionada», o decir constantemente palabras en inglés, fingiendo que no sabe cuál es la palabra en español para expresar tal idea.

Todo esto supongo que le hace mucha gracia a mucha gente. Gracia compasiva, claro, como la que provocará a sus compañeros de programa. Para mí, queda nítida la personalidad y la mente detrás de sus libros que se venden por millones. Una persona que piensa como él solo puede escribir como él lo hace. Eso no tiene de particular. Lo que sí lo tiene es que cientos de miles de personas compren sus libros, y los libros de otros como él (porque por desgracia no está solo en su viaje), ninguneando a verdaderos escritores. Ninguneando a la literatura.

Algunos hablan ya de generación de «escritores twitter». Puede ser. Yo añadiría «escritores twitter antiguos periodistas» que vieron en fenómenos literarios como ‘El nombre de la rosa’ (una más que interesante novela, en ningún modo una gran novela), la llave para poder escribir sus ficciones.

A la gran mayoría de la gente, me consta, le da exactamente igual que un pésimo escritor, que no escribe más que basura, venda 240.000 ejemplares de cada una de sus novelas. A mí nunca me dará igual. Cada uno es como es.

Dejo abierta por una vez la opción de los comentarios, por si alguien quiere decirme que este trabajo es fruto de la envidia o del odio… o por si hay suerte y alguien me pasa una crítica medianamente argumentada (positiva o negativa) sobre el trabajo de este creador de best-sellers.

IMAGEN DE FRAN FERRIZ

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