CINE, CRÍTICA

‘El oficial y el espía’ de Polanski y ‘Mientras dure la guerra’ de Amenábar, la noche y el día

Se da la casualidad de que he tenido la oportunidad de ver, dos días después de la película de Amenábar, la última dirigida por Roman Polanski, y acabo de llegar del cine y de sentarme delante del teclado, y para empezar he de decir lo siguiente: he aquí, al contrario que en aquella de la que hablé hace unas horas, auténtico, verdadero, gran cine.

Es paradójico que ambas películas nos hablen de eventos particularmente notables en el devenir histórico de España y de Francia, hechos luctuosos que han pasado a la historia como ejemplos de cobardía, de fanatismo, de nacionalismo…pero también de heroísmo, de valentía, de nobleza y de luz humana. En la de Amenábar se nos cuenta, es un decir, todo lo que rodeó el famoso discurso de Unamuno en la Universidad de Salamanca, y en la de Polanski se nos detallan las oscuridades del caso Dreyfus. Es decir, ambas son piezas de época, en la que se nos narran hechos verídicos, con nombre y apellidos, pero allí donde Amenábar se muestra un primerizo, casi un advenedizo, en esto de hacer cine (eso sí, un advenedizo mimado por los medios de comunicación y casi intocable para la crítica), Polanski se confirma como uno de esos raros talentos que llevan cine en las venas.

Pero poco vamos a descubrir a estas alturas de la grandeza y de la carrera del realizador franco-polaco. Tan solo decir que con esta ya son seis décadas completas que lleva haciendo películas, que en su haber hay algunos títulos algo más cuestionables, pero también obras maestras incontestables como ‘Rosemary’s Baby’, ‘Chinatown’, ‘Tess’ o ‘The Pianist’, además de un puñado de magníficas películas como ‘Knife in the Water’, ‘Repulsion’, ‘Macbeth’, ‘Death and the Maiden’ o ‘Bitter Moon’. Un cineasta que el año pasado, a sus ochenta y seis, presentó este ‘J’accuse’, que quizás es también una proclamación de la persecución personal que él ha experimentado durante gran parte de su vida por hechos probados o no tan probados, y que le confirma como uno de los grandes vivos de su oficio. No es una de sus obras maestras, pero es una magnífica película en la que plano a plano, y secuencia a secuencia, se ve a un verdadero cineasta.

Aquí está, detalle por detalle, todo lo que le falta a la mediocre, insulsa e inane película de Amenábar que tanto dinero está generando y tantas alabanzas por parte de todo el mundo está recibiendo. Y me consta que la primera la ha ido a ver mucha menos gente que la segunda en este desgraciado país. En cierta forma, es comprensible: para uno de los pocos directores renombrados que tenemos, el público español siente la necesidad de protegerle en gran medida. Pero hay muchos otros directores que merecerían mayor atención y mayor protección por parte del mismo público, y que son sistemáticamente ninguneados. Y esto es particularmente doloroso, porque todo aquello en lo que la película de Amenábar falla, en la de Polanski es una conquista, y el elevado tema del que las dos hablan es secundario, porque el tema no tiene nada que ver con la narrativa.

En ‘El oficial y la espía’, triste traducción del certero y seminal ‘J’accuse’, el gran Polanski narra con una precisión majestuosa la investigación que el coronel Picquart (formidable Jean Dujardin) lleva a cabo, en gran medida en contra de sus deseos personales, con la que revela la enorme corrupción y abuso de poder de todos los estamos militares y judiciales de la Francia de finales del siglo XIX. Aquí, vemos una película muy bien armada, todo lo contrario que ‘Mientras dure la guerra’. La mirada de Polanski es sabia, lúcida, contundente, y Amenábar juega a hacer películas. En la de Polanski te crees todo lo que ves porque está hecho con convicción, la de Amenábar parece una parodia de unos hechos trágicos que merecieron un director de mayor fuste y menor ambición comercial. En ‘J’accuse’ observamos todo lo que ha de tener una gran película: un guión construido con esmero, con una armazón en ‘crescendo’, hacia arriba; una dirección de actores soberbia, con un reparto muy bien elegido, en el que no falla ni un secundario; un sentido del montaje en el que cada plano dura lo que ha de durar y cada corte, o cada fundido, o cada encadenado, alberga una razón de ser narrativa profunda, meditada, que forma parte de un todo que funciona como un reloj. En el filme de Amenábar asistimos a una mala representación de una historia sin montaje, sin dirección de actores y sin cine.

Todo esto que escribo aquí (y que de momento no lee demasiada gente) no va a cambiar la apreciación (aunque lo leyeran muchas más personas) que muchos tengan sobre Amenábar, ni va a quitarle de encima a Polanski el estigma de golfo y de violador que sin duda no merece. Pero Polanski, pese a una carrera ciertamente irregular en algunos tramos, es una leyenda del cine, y Amenábar es un director encumbrado y muy discutible. Y eso no es una opinión, es un hecho tan incontestable como lo que cuenta ‘J’accuse’.

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CINE, CRÍTICA

‘Mientras dure la guerra’, de Alejandro Amenábar, es por desgracia un filme pésimo

Acaba de terminar (sus créditos todavía pasan por la pantalla de mi televisor) y me es imposible no escribir sobre ella, pues las sensaciones (casi todas negativas), que me ha suscitado el nuevo trabajo de Alejandro Amenábar son tan intensas, tan viscerales, que despiertan ese impulso que siempre ha existido en mí, que me impele a argumentar mis ideas, pues a veces es lo único que tengo.

Viendo ‘Mientras dure la guerra’ me he sentido, a ratos, transportado al pasado. No precisamente a ese pasado al que quieren llevarme sus responsables, sino a otro bastante más prosaico, me temo: el primer visionado de ‘Mar adentro’, hace ya tantos años. Recuerdo bien las alabanzas generalizadas, recuerdo también mi instinto inicial, el de un tipo que todavía no las tenía todas consigo en cuanto a sus ideas, sus gustos e inclinaciones artísticas. El suplicio casi insoportable que me reportaron sus imágenes se ha visto multiplicado con el que me ha provocado su séptima película, ahora que Amenábar parece definitivamente instalado, por alguna razón inconfesable, en el melodrama de prestigio, esa suerte de estilo cinematográfico consistente en contar historias más grandes que la vida con absoluta corrección formal. Abandonando sus ciertamente atractivas primeras historias, sin duda menos, digamos, reputadas, pero al menos algo más ingeniosas.

Con esta nueva película, reincido en mis sentimientos respecto a ese tipo de cine, de modo que quizá no andaba yo tan desencaminado conmigo mismo hace quince años, o eso o sigo siendo tan majadero como por aquel entonces. No hay vuelta de hoja. Pero no. Ahora ya confío un poco más en mis emociones, en mis argumentos ante una obra artística, o por lo menos narrativa. Y pienso que esto es exactamente lo mismo que ‘Mar adentro’, un melodrama lacrimógeno muy mal armado pero muy bien maquillado, con un buen actor en el vértice de las imágenes (Javier Bardem allí, Karra Elejalde aquí), un tema grande, que suena a importante (nada menos que la eutanasia en aquella, y aquí los acontecimientos de la Universidad de Salamanca en plena Guerra Civil…tal como está España en estos días de caldeada), y todo con mucha enjundia, mucho empaque, un presupuesto holgado y unos cuantos juguetes audiovisuales al servicio del director.

Pero Amenábar no da la talla.

El director estrella con pies de barro

Es Amenábar el niño bonito del cine español desde que comenzó su andadura allá por 1996, cuando debutó con la ciertamente estimable ‘Tesis’ (sobre la que Jose Luis Cuerda afirmó, y yo estaba presente en aquella conferencia, algo de lo que casi nunca me acuerdo…, que cinco minutos suyos eran mejores que todo ‘El silencio de los corderos’….supongo que de ilusión también se vive, como decía el refrán), que le dio el primero de los tres premios Goya al mejor director (aunque ese primero fuera en la categoría de director novel), que el muchacho ganó en menos de diez años. Toda una hazaña que, como no podía ser de otra manera, le aupó a una condición de intocable al que ni siquiera el comercial y mucho más internacional J.A. Bayona puede aspirar…

Pero, al menos desde la prescindible óptica de quien esto suscribe, el arrollador descaro y el ciertamente astuto ingenio de ‘Tesis’ no se vio refrendado por su carrera posterior, cada vez más pendiente de afirmar esa condición, ese nivel de fama y de grandeza mediática, que de construirse una trayectoria sólida e interesante. Y en cierto sentido (el comercial, claro) le funcionó, pues hasta ‘Mar adentro’, su cuarta película, todas ellas se cuentan por éxitos en taquilla, y por el veleidoso respaldo de la crítica de este país, que no destaca precisamente por su exigencia, cabalidad ni altura de miras. El premio Óscar a ‘Mar adentro’, sobre la muy superior y, esa sí, estremecedora ‘El hundimiento’, fue su cumbre y, al mismo tiempo, el principio de su declive. A mí no me engañó nunca, pero algunos empiezan a descreer, lo cual es una buena noticia.

‘Ágora’ evidenció que su enorme ambición no vuela acorde con su talento y sobre todo con su verdadero calado como artista. ‘Regresión’, que pasó sin pena ni gloria por el cine, y que casi nadie ha visto, fue la primera de sus películas que muchos (como Carlos Heredero, mi antiguo profesor de cine español) dijeron que era impersonal (a mí impersonal me parece todo su cine…). Y ahora vuelve a España con un tema mucho más castizo (de hecho, más castizo imposible), pero de nuevo instalado en el melodrama menos sutil y más comercial, obteniendo buenos números de taquilla, convenciendo de nuevo a una gran parte de la crítica y el público, y a algunos como yo confirmándonos de una vez y para siempre que es un globo hinchado, una estrella con pies de barro.

Muchos creen que en cine, o en novela, una de las cosas más importantes es el tema, el material narrado. Estamos en eso, y me temo que seguiremos en eso mucho tiempo, tal como están las cosas. Y no es así. Hablar del famoso discurso de Unamuno en el pestilente Día de la Raza, o de la odisea de Oskar Schindler durante el Holocausto Judío, o de la eutanasia, o de cualquier otra cosa supuestamente importante, no hace de tu película, o tu novela, mejor. Las grandes narraciones no se elevan por hablar de grandes temas, sino a pesar de ellos. Es la narración lo que importa, el modo en que el plato se te sirve, no el plato en sí. Y es ahí donde Amenábar fracasa estrepitosamente. No entiende, o no quiere entender, tal como le sucede a su entregado público, que un día en tu casa tendiendo la ropa y jugando al parchís puede ser más emocionante que una batalla contra los orcos. Todo depende de cómo te lo narren.

Y una vez más cuenta con una producción de primerísimo nivel, con un diseño de producción muy cuidado, una esmerada reconstrucción histórica, una buena (aunque me limitaría a decir bonita) fotografía, algunos soberbios planos de efectos especiales, escenas de masas bien coreografiadas, un trabajado maquillaje para algunos de los caracteres, etc, etc… Sin embargo, a pesar de este envidiable aparato escenográfico, son los muñecos los que le fallan, es el alma del invento la que está ausente. Y lo está desde el minuto 0, hasta el minuto 100 de la película, sin que en ningún momento haya en ella algún detalle que la haga elevarse de la más aplastante mediocridad.

Como es bien sabido, esta película nos cuenta el enfrentamiento de Miguel de Unamuno, recién restituido rector vitalicio de la Universidad de Salamanca, contra los poderes fácticos que pronto se harían con el control del gobierno de este desgraciado país, los cuales quieren que arrime el ascua a su sardina, pero se topan con su valentía y sus palabras. Pero este material, que se supone va a ofrecer tensión, suspense, momentos de alto voltaje social e íntimo, desencuentros, conversaciones antológicas, no entrega nada de eso al espectador, sino una colección de secuencias, arbitrariamente unidas entre sí, en las que el ritmo interno del relato y el tono de la narración se le van de las manos continuamente a Amenábar. Y eso, esas dos cosas, son las únicas que jamás pueden írsele de las manos a un buen cineasta.

Es imposible, así, creerse nada de lo que se está viendo. Parece que asistimos a una especie de telefilme sin el menor rango visual, cinematográfico, con un montaje superficial y una estructura muy poco trabajada, errática, frágil, mal cosida y peor armada. Es tremendamente significativo que este director se empeñe en hacer él la música (que resulta reiterativa, ñoña y poco dinámica), pues su película carece de música interior, de verdad, de ritmo, como ya he dicho. Un filme como este exigía una férrea armazón formal, un crescendo imparable, una antelación trágica de los hechos, un peso dramático que jamás saboreamos en sus borrosas imágenes que son todo cáscara, todo humo.

Con esto poco puede hacer un voluntarioso Karra Elejalde, un actor que es puro instinto, puro fuego interior. ¿Qué va a hacer él en una película tan mecánica y tan fría como esta, en la que la emoción no hace acto de presencia ni siquiera en sus impostados momentos sensibleros? Y así, al igual que el resto del reparto, sin excepción, está teatral, envarado, poco creíble. Es posible que se lleve el Goya a mejor actor, pero no se lo merece. En realidad, es posible que Amenábar tenga un Goya más, el cuarto, a mejor director, y que su película arrase en esos premios, pero no se los merece. Yo ni siquiera le daría el de mejor sonido a una película que debía sonar mucho mejor, dejar que el espectador escuchase el mundo de aquel entonces, que así respirase, en lugar de colarle su música, que es un disparate que también esté nominada.

Y así, el cine español seguirá esperando un gran director, o por lo menos un buen director, que haga acto de presencia, así como la crítica seguirá esperando a críticos, comentaristas, que vean las cosas como son, y no como se quiere que sean.

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