Don Quijote: Cap XXXII de la 2ª parte

Dejando claro que es imposible elegir un capítulo sobre otro, o unos capítulos sobre otros, de la obra maestra de Miguel de Cervantes Saavedra, me dispongo aquí a comentar la particular genialidad de un capítulo concreto, el número treinta y dos de la segunda parte de 1615, porque se trata de un fragmento de especial belleza, ingenio y sagacidad por parte de su autor, y porque en él se concentran tres de los valores que han hecho de esta obra no solamente la primera novela moderna, sino el compendio de conceptos narrativos de los que se ha servido occidente durante los últimos cuatrocientos años a la hora de componer ficciones.

Para los que no se hayan leído la novela, pongo en antecedentes: la segunda parte de la novela aparece después de que Cervantes se entere, como todo Madrid, de que ha aparecido una segunda parte apócrifa, escrita por un tal Avellaneda y titulada ‘Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, que apareció en 1614. El llamado «príncipe de los ingenios» se apresura a escribir la auténtica segunda parte que se publica un año después. Si la primera parte era excelsa, esta segunda va incluso más allá y se convierte en la primera ficción netamente meta-narrativa. En una meta-literatura que se lee a sí misma y se explica a sí misma, pues sus personajes, tanto Don Quijote y Sancho como todos los demás, han leído o conocen el primer volumen así como el volumen de Avellaneda. Y no solamente eso, sino que en este juego laberíntico de espejos, en este enorme artefacto narrativo que es El Quijote, se va a emplear la primera parte como sistema de juegos, o sistema de reglas, de la segunda, sobre todo cuando Quijote y Sancho vayan a parar al palacio de los duques, los cuales se van a divertir de lo lindo con ellos jugando al juego que el ingenioso hidalgo ha dispuesto sobre la mesa, en un mapa de réplicas y contrarréplicas, de sobreentendidos y de guiños literarios que es poco menos que sublime.

Este capítulo en concreto comienza con la réplica que un ofendido Quijote le da al eclesiástico de la casa de los duques, que acababa de reprender al duque por tener allí a un «tonto» que no deja de decir «sandeces y vaciedades», para terminar diciendo:

«-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen. ¿En dónde, nora tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?»

Don Quijote se levanta ante todos los presentes, que están comiendo, y comienza uno de sus más célebres monólogos, de esos que pocas veces se citan (pues parecen a oídos españoles mucho más interesantes los versos anglosajones de un Hamlet o un Romeo), diciéndole así al eclesiástico:

«-El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien, sin tener conocimiento del pecado que se reprehende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si no, dígame vuesa merced: ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a trochemoche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y habiéndose criado algunos en la estrecheza de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asumpto vano o es tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos dél, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta inreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite: caballero soy y caballero he de morir si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda; pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, Duque y Duquesa excelentes.»

Las palabras de Don Quijote provocan la determinación del Duque a entregarle a Sancho la ínsula prometida, ante la perplejidad del eclesiástico, que afirma que no sabe quién está más loco, si el supuesto caballero andante allí presente, o los duques que le aplauden. Todo esto, en realidad, no es sino el preámbulo al elaborado artificio que se va a desarrollar en este largo capítulo, en el que los duques van a poner muy a prueba tanto la ficción que encarnan Sancho y Quijote, como su propia ficción autoimpuesta, pues a continuación tiene lugar el famoso afeitado del Quijote, en el que las criadas se toman la libertad de burlarse de él para diversión de toda la corte de los duques, y finalmente tiene lugar el magistral diálogo de Dulcinea, que es básicamente un «yo sé que tú sabes que yo sé, y a ver si te cojo en una mentira». La cosa empieza así, con la duquesa demostrando que ha leído la primera parte del Quijote, y que por tanto:

«-No hay más que decir -dijo la Duquesa-; pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.»

La inteligencia de la duquesa es notable, pues le está demostrando que no puede saber cómo es Dulcinea, pues nunca la ha visto, tal como se dice varias veces en el primer libro. Demostrando que miente en eso, también puede demostrarle que miente en todo lo demás, y tirar abajo la ficción de su locura, pero el Quijote es aún más inteligente que ella:

«-En eso hay mucho que decir -respondió don Quijote-. Dios sabe si hay Dulcinea, o no, en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.»

En otras palabras, puedes que la haya o puede que no, pero es mejor no saberlo, solamente es como conviene que sea a un caballero andante, y no hay más que hablar. A continuación su inteligencia se mide con la del duque, que le dice:

«-Así es -dijo el Duque-; pero hame de dar licencia el señor don Quijote para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he leído, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea en el Toboso, o fuera dél, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas, con las Madásimas, ni con otras deste jaez, de quien están llenas las historias que vuesa merced bien sabe.»

El duque así intenta picar al caballero de la triste figura, admitiendo que puede ser todo lo hermosa que él quiera, pero que su linaje, por lo que han leído, no anda parejo con el de otras grandes damas de la literatura de caballerías. La réplica de Don Quijote no tiene desperdicio:

«-A eso puedo decir -respondió don Quijote- que Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto más que Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro; que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores milagros se extiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas mayores venturas.»

A esto, ¿qué decir?. El caballero andante lo tiene todo atado y bien atado, y no va a dejarse acorralar filosóficamente por nadie, tal como a continuación afirma la duquesa:

«-Digo, señor don Quijote -dijo la Duquesa-, que en todo cuanto vuesa merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la mano; y que yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi casa, y aun al Duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso, y que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida, y merecedora que un tal caballero como es el señor don Quijote la sirva; que es lo más que puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar de formar un escrúpulo, y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza: el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuesa merced le llevó una epístola, ahechando un costal de trigo, y, por más señas, dice que era rubión; cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.»

Ella, que conoce bien el capítulo en el que Sancho le llevó una carta a Dulcinea, le hace ver a su rival intelectual que a fin de cuentas Sancho sí la vio (todos saben que no, incluido el caballero, pero tienen que fingir que sí), y que no era moza bella en absoluto, y tampoco noble. Pero el caballero vuelve a responder, quizá con la mejor réplica de todas:

«-Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí me suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algún encantador invidioso; y como es cosa ya averiguada que todos o los más caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado, otro, de ser de tan impenetrables carnes, que no pueda ser herido, como lo fue el famoso Roldán, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta que no podía ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto había de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma alguna; y así, cuando Bernardo del Carpio le mató en Roncesvalles, viendo que no le podía llagar con fierro, le levantó del suelo entre los brazos, y le ahogó, acordándose entonces de la muerte que dio Hércules a Anteón, aquel feroz gigante que decían ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo dicho que podría ser que yo tuviese alguna gracia déstas, no del no poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado; que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero pues de aquél me libré, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me empezca; y así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas, hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea; que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte, quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento: tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo; duda de todo, y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; y así, estoy en duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho merced; aunque veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno, como el Rey con sus alcabalas; y más que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saber leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo; que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare

La inteligencia del caballero (y de Cervantes) es tal, que le basta como prueba de su ficción su solo ingenio. En otras palabras: es capaz de razonar a la perfección que su ficción no es tal ficción, sino una verdad absoluta. Su capacidad verbal, que en nada se parece a la de un loco rematado sino a la de alguien muy cuerdo que utiliza una falsa locura para obtener más libertad y diversión en un mundo gris, es extraordinaria. En su mente, el Quijote es invencible, y ni siquiera los duques, que se burlan de ellos, que les humillan y les hacen jugar su propio juego, pueden demostrar verbalmente que todo lo que él afirma no es más que una enorme mentira de ficción, en otras palabras, que no es más que literatura. Pero, claro, una literatura perfectamente cerrada en sí misma. Y en sucesivos capítulos seguirán poniendo a prueba a los dos protagonistas, que deberán pactar mantenerse unidos en su mentira.

Es por este ejemplo, y por decenas similares, por los que muchos consideramos que se trata de los mejores diálogos en literatura nunca escritos, por su arrollador ingenio, por su gracia, su ironía, su inventiva… por las múltiples capas y estratos filosóficos que de ellos emana. Y esa capacidad para escribir diálogos memorables persiste en el Persiles, y en sus novelas ejemplares, así como en sus extraordinarios entremeses. No creo haber exagerado, por tanto, si digo que Cervantes es el mayor perdedor de la historia de la literatura, porque por mucho que se le alabe su obra maestra, no se conocen a fondo sus grandes virtudes.

La genialidad insuperable de ‘Don Quijote’

De todas las obras literarias míticas que han aparecido a lo largo de los siglos, hay una (con el permiso de ‘La Divina Comedia’ de Dante) que es la que probablemente más páginas, monográficos, estudios e investigaciones, tanto en España como en muchos otros países, ha suscitado. Pero esta ingente bibliografía en torno a su creación, su narrativa y su grandeza no se ha traducido, ni de lejos, en una mayor comprensión del público acerca del porqué de su grandeza, ni en una aprehensión absoluta por parte de la crítica de sus más rotundas e insuperables victorias poéticas. Ni Cervantes ni ‘El Quijote’ son fáciles de aprehender, ni siquiera por los más fervorosos cervantistas. Ese es el primer indicio al que hay que prestar atención cuando te acercas a un mito de esta categoría. Pero lo segundo en lo que habría que fijarse es que a pesar de que Cervantes lleva cuatro siglos jugando al ratón y al gato con todos nosotros, a pesar de esa falta de comprensión y aprehensión absoluta acerca de su genialidad, ‘El ingenioso hidalgo’ y el ‘Ingenioso caballero’ sigan estando hoy más vivas que nunca, y sigan leyéndose (al menos por críticos y académicos), sigan reimprimiéndose y sigan siendo, en su globalidad, uno de los libros más vendidos en todo el mundo.

Lo primero, quizá lo más importante que habría que empezar diciendo es que ‘Don Quijote’ no es una parodia de los libros de caballerías. Esto se ha dicho por tierra, mar y aire, durante muchas décadas, y se ha repetido por personas que o bien no se lo han leído o bien carecen de la menor formación literaria y artística para decir nada relevante en torno a ello, pero no tienen problema en afirmarlo. Por otra parte se tiende a comparar dos momentos históricos del todo incomparables: no tiene nada que ver el mundo editorial de las dos primeras décadas del siglo XXI con el Siglo de Oro español. Absolutamente nada, por desgracia. Si todos aquellos que llevan tanto tiempo diciendo que ‘El Quijote’ es una parodia de las novelas de caballerías se hubieran tomado la molestia de averiguarlo, sabrían que los modelos de Alonso Quijano, los personajes que a él le inspiran para convertirse en Don Quijote (Amadís de Gaula, el caballero del Febo, Belianís de Grecia, el Caballero de la Ardiente Espada, Reinaldos de Montalbán…) estaban de moda varias décadas antes (entre 1520 y 1550 como mucho) que cuando llegó el primer volumen (1605), pero es mucho más fácil repetir lugares comunes, aunque empequeñezcan las obras más sublimes, que intentar saber de lo que se está hablando.

La razón de ser de ‘El Quijote’

No es ‘El Quijote’ una parodia, sino una tragicomedia, por hablar en términos contemporáneos. Las novelas de caballerías no son el objeto de la parodia de Cervantes, sino las reglas del juego a partir de las cuales el autor va a desarrollar una muy compleja y original voz literaria. Son una excusa de la que se va a servir para contextualizar una feroz crítica a todos y cada uno de los estamentos sociales, morales y religiosos de su época. Esas reglas del juego, las de las novelas de caballería, su hipercodificación, le van a resultar de perlas a Cervantes para establecer una dualidad clave entre idealismo y racionalismo, una dialéctica entre los hechos y sus apariencias, y un discurso esencial para los siguientes cuatro siglos sobre la ficción y su alcance en la vida real, en otra palabras, entre la literatura y su reflejo en la realidad. Rebajar esta originalidad literaria a una mera «parodia» no solamente es hacerle un muy flaco favor a Cervantes y a su obra cumbre (aunque en absoluto su única obra genial…), sino que devalúa enormemente las trazas más excelsas del barroco español, pues solamente desde el barroco se puede entender una obra de estas características.

Lo que sí cabe dentro de esta tragicomedia es la sátira y la ironía. Pero si Cervantes ironiza con ella, o satiriza, las novelas de caballerías, hace lo mismo con cada cosa, género, idea o concepto que toca y que comenta, siquiera de pasada. Todo lo que Cervantes maneja en su literatura, queda trastocado por él. Y así quedaron inservibles las novelas pastoriles después de su ‘Galatea’ (1585), y quedan trastocada y heridas de muerte todas las novelas de caballerías, las de picaresca, las bizantinas, las italianas, las moriscas… ‘El Quijote’ es el libro de libros no solamente porque dentro de este libro existan muchos libros, muchas pequeñas novelas, cada una de un estilo diferente, sino porque su autor se vale de todos los géneros conocidos para dejarlos irreconocibles y para construir uno nuevo: la novela moderna, la novela polifónica, la novela intelectual-realista, que va a ser a partir de entonces la novela paradigma de la que van a surgir muchas otras y de la que todavía siguen surgiendo. Decía Viñó, que «más que novela, ‘El Quijote’ es una vasta creación intelectual». En efecto, pero es que desde el Quijote esa es la definición de la novela total, la novela obra de arte: una vasta creación intelectual y poética. Por su parte, el cervantino irredento Jesus G. Maestro comenta sobre todo la fuerza del narrador en ‘El Quijote’ y sus adelantos técnico-narrativos, pero esta obra maestra es mucho más que eso.

El narrador (los narradores) de ‘El Quijote’

Es fundamental referirse al narrador de esta novela como la pieza catedralicia, la columna esencial de su genialidad. A este respecto, es importante recordar que el narrador es, casi siempre, en la verdadera literatura, un personaje más. Pocos narradores-personajes, o ninguno, como el narrador de la novela de Cervantes, a los que los comentaristas más hueros suelen confundir con el propio Cervantes, del mismo modo que harían con cualquier otra novela. Pero el narrador del Quijote no es el propio Cervantes, y él ha procurado que esto quede bien claro salvo para los que no se interesan en absoluto por la obra. Lo ha dejado bien claro desde la primera línea: «En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…». El narrador es un personaje extraordinario, increíblemente astuto (en palabras del propio Maestro) y resbaladizo, que nunca va a mostrar su verdadero rostro aunque él mismo aparece como personaje de la novela cuando encuentra, en el capítulo nuevo, los cartapacios escritos (¡en árabe!), por ese tal Cide Hamete Benengeli al que podemos referirnos como un segundo narrador. Esos cartapacios en árabe serán traducidos para el primer narrador (que según sus propias palabras ejercerá a partir de entonces como glosador y editor de los textos restantes ya traducidos) por un morisco aljamiado al que él mismo pagará para que lo traduzca todo «sin salirse una coma de la verdad»… a pesar de lo cual en sucesivos capítulos se ve en la necesidad de corregir a ese mismo traductor porque según él las cosas no pasaron así ni así constan en los «anales de La Mancha» o en los «archivos de La Mancha» (cuartos, quintos, sextos narradores anónimos…), y aunque algunos capítulos (22 de la primera parte, 1, 8, 24, 27, 40, 44, 50, 52, 53, 60, 73 de la segunda parte) incluso nombra a Cide Hamete Benengeli queriendo elogiarle como primer glosador de esa historia, las más de las veces lo hace para dudar de él, para cuesitonarle, humillarle y dejarle muy mal parado.

¿Por qué este muy sofisticado artefacto de autores ficticios, este entramado laberíntico de narradores, traductores, glosadores de la historia de Don Quijote? Pues no solamente para protegerse él, Cervantes, de una novela que aunque se vendía (¡y se sigue vendiendo en todo el mundo!) como una novelita de aventuras, como una comedia intranscendente, se trata en realidad de una obra de muchas y muy sutiles y subversivas cargas de profundidad que atacan y destruyen con su lógica todos los conceptos sociales, políticos, monárquicos, religiosos y morales de la época. No era mala idea hacerlo así, además, a causa de la proverbial mala suerte de Cervantes (que estuvo cinco años prisionero en Argel, que fue encarcelado varias veces por azares de una vida convulsa), quien podía pagar muy caro los atrevimientos de su obra magna. Sus precauciones fueron innecesarias, porque cuatrocientos años después muchos siguen sin enterarse de por dónde vienen los tiros, pero este mecanismo de narradores sirvió además para establecer en primer lugar al narrador más poderoso de la novelística de todos los tiempos, ese que manipula al lector cuando y como quiere, que maltrata a sus personajes con una ironía y una mala uva inéditas en literatura, pues desde un principio describe al Quijote como loco rematado y a Sancho como tonto perdido, cuando los hechos nos demuestran que ni uno está tan loco ni el otro es ni mucho menos tonto. Y en segundo lugar para establecer un juego meta-literario en el que el narrador y el autor de la novela, que son dos entidades diferentes, jueguen al ratón y al gato con el lector, incluso con el más inteligente de los lectores, sin que sepan capaces de ganarle por la mano.

Los personajes del Quijote

Los personajes del Quijote, además de ser extraordinarios en sí mismos por la enorme complejidad interna que de ellos Cervantes y su narrador disponen en el tablero de juego, lo son porque son personajes que engendran otros personajes. El Quijote es el libro de libros porque además es un libro en el que la literatura, como mero ente de creación, es no un personaje más, sino el concepto que se maneja en toda la extensa novela como el juego a jugar por el espectador y los propios personajes.

Así, Cervantes engendra a su narrador (nivel 1), el narrador engendra a Alonso Quijano y su locura y a Sancho Panza y su simpleza (nivel 2), Alonso Quijano engendra a Don Quijote (nivel 3), Don Quijote engendra a Dulcinea del Toboso (nivel 4), y mucho más adelante los duques intentan reconfigurar esa jerarquía de mundos narrativos enfrentándose dialécticamente al Ingenioso Caballero y saliendo derrotados de ese nuevo juego en el que el protagonista, aún siendo el objeto de las burlas de los duques, no puede ser burlado ni superado en su propio juego. Pero la cosa se complica todavía más con la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda (la falsa segunda parte de la novela), y la necesidad de Don Quijote de separarse de ese fantasma de ficción que podría ser otro nivel más, en otra jerarquía. El ingenio deslumbrante de Cervantes no solamente crea personajes icónicos de una fuerza imperecedera, sino que les hace vivos, tan vivos o más, con una encarnadura tal, que pueden rivalizar con un personaje de carne y hueso. No es de literatura de lo que hablamos aquí, sino de un universo narrativo de una enorme complejidad, que como un un puzzle o un laberinto posee una complejidad de la que tantas otras supuestas obras maestras carecen, y todo porque en el fondo El Quijote es una novela sobre la literatura, y la más original de todas ellas.

LOS DIÁLOGOS DEL QUIJOTE

En el mundo actual, se consideran grandes diálogos, los más brillantes diálogos, a los que vemos sobre todo en la ficción anglosajona audiovisual: parlamentos veloces, ingeniosos, llenos de ritmo, de musicalidad y de ingenio. Son sin duda diálogos muy bien escritos los que vemos en las películas de Lubitsch, de Wilder, de Hawks… también los de Berlanga, los de tantas series brillantes (y yo creo que los mejores diálogos que he visto en una pantalla son los de House M.D.). Pero estoy en disposición de afirmar que los más grandiosos y geniales diálogos que se han escrito son los de ‘El Quijote’ y los de otras obras cervantinas como el ‘Persiles’ o las novelas ejemplares, sin olvidarnos de sus obras teatrales. Pero estamos hablando de ‘El Quijote’. En comparación con sus diálogos, los de las obras shakesperianas me parecen engolados, falsos, grandilocuentes y vacuos. No conozco ningún monólogo, de los tantos y tan venerados del escritor inglés, que pueda compararse con el de la pastora Marcela en profundidad de ideas, en belleza filosófica, en emoción pura. Pero para monólogos, los del mismo caballero o los de su acompañante Sancho, que los hay a decenas a lo largo de la obra, y que deberían ser estudiados en todas las escuelas de literatura del mundo.

Son los diálogos del Quijote la gloria final de esta obra maestra de todos los tiempos, pues si el narrador es poderoso, si la creación de personajes es sublime y su estructura de narradores y personajes es de una complejidad inédita en literatura, sus diálogos son de una belleza, musicalidad, amplitud de registros, profundidad psicológica de los distintos personajes que los declaman, verosimilitud y persuasión en cada una de las palabras, que quita el aliento. El Quijote, que es una novela extraordinariamente divertida y amena, alcanza en sus diálogos la belleza última de las palabras como sostén de los sistemas de pensamiento de sus personajes y del propio Cervantes. Y no ha sido superado desde entonces porque el don maravilloso de Cervantes, apoyado en la lengua española, se vale de ello para construir la novela definitiva, de la que beben las obras maestras de Mann, Dostoyevski, Faulkner, Rulfo, McCarthy y tantos otros, que aunque no son españoles se ven en la necesidad de rendir pleitesía al primero de todos, al más grande escritor de todos los tiempos, al llamado Príncipe de los Ingenios, que camina junto a Dante en la eternidad.

La sumisión a lo angloparlante en la literatura y en el cine

Es así como puede definirse mejor: sumisión. A todo lo inglés, angloparlante, a lo anglosajón, tanto en literatura como en cine, y el autor de estas líneas, pese a que su intención es precisamente criticar este hecho, no está libre de esta influencia. Influencia que a poco que se reflexione sobre ella resulta particularmente humillante y paradójica, por mucho que no cabe duda de que tanto desde las islas británicas (Irlanda incluida, naturalmente), como desde el otro lado del Atlántico, en la colonia germano-británica más grande del mundo, los Estados Unidos, han llegado grandes obras, algunas de ellas obras maestras tanto del cine como de la literatura. Pero pareciera que ellos son los amos no solamente del universo sino también de las artes narrativas. Y esto sí que no.

Desde que se inventaron a Shakespeare, un fulano de quien se dice que inventó la lengua inglesa (claro, entre otros muchos, porque todavía estaba en formación), y que escribió treinta y siete obras de teatro, si es que las escribió él… una figura creada artificialmente que es probable que ni siquiera existiera como tal sino que una suerte de testaferro literario… pero que en el improbable caso de que hubiera escrito esas obras no puede, ni por asomo, compararse con Dante o con Cervantes (sobre todo con el segundo, a quien se le ha querido oponer como símbolo de un imperio y de una cultura); desde que lo inventaron, digo, y nos hicieron creer a todos que es el mejor escritor de todos los tiempos, estaba el camino abonado para subsiguientes figuras, ideas y obras que si alguno tenía alguna duda de su grandeza se le disiparía en cuanto se certificase su procedencia anglosajona, como una especie de sello de calidad inherente, un marchamo inquebrantable con el que mantener su hegemonía en letras, y luego en cine. Los anglosajones, sus élites políticas y culturales, son muy listos, y lo han conseguido. Así, trescientos cincuenta años después de Shakespeare llegaría Hitchcock, y tenemos que tragarnos todos que es el mejor director, o uno de los mejores directores de todos los tiempos, cuando una vez más se trata de un cineasta muy hábil, muy astuto, como en el teatro lo era Shakespeare, y desde Francia, Italia, y el resto de Europa, con la casi siempre acrítica España a la cabeza, nos lo hemos tragado sin rechistar. Peor aún, ayudando en la tarea.

Porque las cosas son así: Shakespeare es el escritor más famoso de todos los tiempos y Hitchcock (por lo menos hasta el advenimiento de Steven Spielberg, que es básicamente un epígono de Hitchcock, aunque hay que reconocer que mucho mejor director de actores cuando quiere) el director más célebre y «el creador más importante de formas del siglo XX», y punto y se ha acabao. ¿Queremos más pruebas? Ahí están los conspicuos François Truffaut y Harold Bloom para machacarnos durante décadas (sobre todo el segundo) hasta que a nadie albergue la más mínima duda. Que los franceses, que en letras no tienen a nadie, o que otros países, que quizá tengan una cinematografía poco poderosa, comulguen con ruedas de molino podría tener un pase. Pero que en España, precisamente, nos dejemos subyugar por semejantes ideas, me parece del todo humillante. Es patético que un país que tiene a Cervantes, a Quevedo y a Lope, en literatura, se deje convencer en la idea de que Shakespeare pueda acompañar al creador del Quijote o del Persiles en el mismo vagón hacia la eternidad. Y bastante penoso que un país que tiene a Buñuel, a Berlanga y a otros cineastas ilustres, simplemente acepte que Hitchcock (o Ford o Wilder) es superior a ellos. Pero es culpa sólo nuestra. Lo es el no haber visto en muchos casos un filme magistral como por ejemplo ‘Muerte de un ciclista’ (Bardem, 1955), y aún habiéndolo visto colocar filmes inferiores de Hitchcock por encima de ella. Lo es tener ‘El verdugo’ y ‘Plácido’ y pensar que Wilder, con ‘El apartamento’ o con ‘En bandeja de plata’ puede siquiera acercarse a ello. Es la diferencia entre buenos directores, y grandes cineastas. Así de claro.

Harold Bloom estuvo durante sesenta años dando la vara conque Shakespeare es el inventor de lo humano, el mayor genio de la historia de la humanidad (conste que esto es verídico…), y un escritor a la altura de Dante o Cervantes. De acuerdo. Que una pléyade de críticos, investigadores, intérpretes y analistas literarios, de Europa, de cualquier parte del mundo, incluido Estados Unidos, no pusiera en sitio a ese engreído soberbio (me refiero a Bloom) y a sus disparates, tiene delito. Porque además de decir todo eso, y unos cuantos delirios más, no lo argumentó de ninguna manera. Cómo me gustó cuando dijo que Poe posee un estilo atroz… ¡Bloom sí que tenía un estilo atroz, una argumentación, si argumentación se podía llamar a eso, capciosa y tendenciosa hasta el infinito, en todos sus libros! (de los que por desgracia me he leído cinco) Y desde España homenajeándole y repitiendo eso de que es el crítico literario más importante del mundo. Ahí es nada.

Y con Hitchcock (y Ford y Wilder y Hawks… y un largo etcétera), lo mismo, desde la crítica francesa (con Cahiers a la cabeza), y desde la crítica española y de gran parte del mundo. El enorme aparato de marketing del mercado audiovisual anglosajón funcionó a toda máquina desde los años cuarenta del pasado siglo, y desde entonces no ha hecho más que perfeccionarse, convenciendo incluso a gente formada y al parecer inteligente (luego la inteligencia hay que sostenerla en cosas como estas…) de que ellos están por encima casi de cualquier otro de su tiempo, y de que filmes increíblemente torpes como ‘Vertigo’, ‘Cortina rasgada’ o ‘Marnie la ladrona’ eran clásicos imperecederos del cine de todos los tiempos. Si son tal cosa, ¿entonces qué son ‘Citizen Kane’, ‘The Magnificent Ambersons’, ‘Touch of Evil’? Welles no apreciaba en mucho a Hitchcock. No me extraña. Él era un genio y Hitchcock no. Hitchcock es un polizonte del mismo modo que lo fue Shakespeare, pero ambos tuvieron la inmensa suerte de trabajar en y para el imperio más enorme y depredador de la historia de la humanidad, que incluso depreda pensamientos supuestamente críticos. Y nosotros, pobres españolitos, tuvimos la inmensa desgracia de nacer en el país más desmemoriado, que peor se cuida, del mundo, y los que no se afrancesaron se americanizaron, y aún lo siguen haciendo.

Así funciona este mundo en el que el eje atlántico (EEUU, Reino Unido, Alemania…) controla no solamente en lo económico sino en lo mental al eje mediterráneo (España, Italia, Portugal, Grecia…), pero no podrá con otros ejes, ni su dominio será para siempre. Y en cuanto a Shakespeare, háganse un favor y lean el ‘Persiles’. El llamado «bardo de Avón» jamás pudo crear algo de esa belleza. Y en cuanto a Hitchcock, que alguno al que no persuadan mis palabras compare sus mejores obras (‘Notorius’, ‘Shadow of a Doubt’, ‘Rear Window’) con las mejores de Antonioni, y que vea lo que hay: que Antonioni era un genio del cine al que hoy nadie recuerda, y que Hitchcock es poco más que un habilidoso, un circense polizonte, en el mejor de los casos, al que un día se le caerá el mito.

El Persiles, o el asombro insuperable de un genio

Persiles como nombre suena a algo proveniente del mundo clásico, ¿no es cierto? No lo es. Probablemente venga de una bastarda, lúdica (como todo lo suyo), ingeniosa mezcla de Perseo y Aquiles, dos semidioses bien conocidos de la mitología griega. Pero desde hace cuatrocientos años es como se llama de manera coloquial, informal, a la última obra narrativa de Miguel de Cervantes, publicada de manera póstuma en Madrid en 1617, y tan desconocida como todas las suyas salvo la célebre ‘Don Quijote’. ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional’ es la cuarta (si consideramos al Quijote como un dúo) novela de Cervantes y en su propia opinión su obra maestra, pero esa opinión no cuenta para nadie. Muy pocas personas han leído este volumen cervantino, y cuando lo leen, críticos incluidos, no terminan de valorarla como se merece. Yo no sé por qué sucede esto, pero lo que sí sé, leyendo el Persiles, es que estamos ante una cumbre de la literatura muy similar en estatura al Quijote, por lo que si los críticos literarios de cualquier parte del mundo no son capaces de verlo entonces es que no son críticos, y mucho menos literarios. Son otra cosa… no sé muy bien yo el qué.

Leyendo esta obra monumental, página tras página, capítulo tras capítulo, me da vergüenza ajena haber considerado como grandes obras ciertas novelas o poemas narrativos en un pasado, y me siento incluso insultado, como lector, como hispanohablante, cuando se nombran muchas otras antes que esta, sobre todo obras teatrales de Shakespeare y otros parecidos, porque como se suele decir no hay color. La belleza, la fuerza, la emoción, la grandeza en los caracteres, la complejidad de la estructura, el torrente de imaginación de esta obra maestra de todos los tiempos deja en pañales no solamente a todos sus contemporáneos, sino también a todos los que vinieron después en una gran mayoría. Yo le diría a cualquier que me defienda (es un decir) a capa y espada títulos como ‘Les misérables’ de Víctor Hugo, o el ‘Faust’ (cualquiera de sus dos pétreas, insufribles partes) de Goethe, o ‘La Fille aux yeux d’or’ de Balzac, y tantas y tantas otras, que se leyeran el Persiles. Que simplemente se lo leyeran, sin más, y no les añadiría nada. Y con un poco de suerte y de intención se darían cuenta ellos de lo que estoy diciendo y de que Cervantes no solamente es el mayor perdedor de la historia de la literatura, sino que lo es precisamente porque es el más incomprendido. Pero ni siquiera eso es totalmente cierto: los grandes perdedores somos nosotros, los lectores.

Decir «los trabajos» en el contexto de la novela y de su realidad histórica es decir «los viajes» o «las peregrinaciones». Es la peregrinación de dos amantes, Persiles y Sigismunda (llamados durante gran parte de la novela Periandro y Auristela), desde países muy lejanos (la novela empieza en tierras nórdicas) hasta Roma. Una peregrinación que en el panorama contrarreformista de la época a los lectores les sonaba como muy cristiana y muy trágica, pero que en realidad es una broma más, una trampa más de las miles que sembró Cervantes en su obra y en su vida. Ambos amantes, que se fingen hermanos ante los demás, viajan a Roma con el único objetivo de casarse y de gozarse mutuamente, es decir, de tener relaciones sexuales. Todo lo demás les importa muy poco, y mucho menos formar parte de un mundo cristiano y sacro en el que ni el propio autor creía. Es, por tanto, novela bizantina o de aventuras, y de las primeras y probablemente la más completa y perfecta que se ha escrito (teniendo en cuenta que El Quijote no es novela bizantina, sino que son casi todos los géneros de novelas juntos en un libro de libros), hasta el punto de que muchos reescriben el Persiles sin haberlo leído. En su viaje interminable conocerán a decenas de personajes con los que se cruzarán y compartirán parte de su peripecia, y todos ellos contarán su propia peripecia, en una suerte de retablo inmenso en el que te preguntas hasta donde puede llegar el genio cervantino en la representación de realidades alternativas, tiempos y espacios narrativos, voces y puntos de vista, un mosaico insuperable de tonos, réplicas y contrarréplicas que te apabulla y te pasa por encima hasta dejarte para el arrastre…

Después de leer el Persiles te lees por ejemplo ‘Nuestra señora de París’ de Hugo, y tienes la sensación de haber bajado no varios peldaños, sino un tobogán gigante hasta la medianía más absoluta. No exagero ni por un segundo. La persuasión, la belleza inefable de los diálogos y las situaciones y las soluciones narrativas cervantinas, quedan sustituidas por la habilidad de los escritores más renombrados del dieciocho o diecinueve, que a su lado parecen meros malabaristas comparados con el prestidigitador más grande de todos los tiempos. Incluso leyendo las tan alabadas obras shakesperianas, en las que el llamado bardo de Avón hace gala de toda su superchería y de toda su engolada palabrería, percibes que nos han engañado, que la crítica histórica no ha estado (casi nunca está) a la altura de las circunstancias, porque para verborrea y diálogos y monólogos insuperables los de Cervantes, para pasión literaria la de este hombre que aún olvidado e ignorado por sus pares, aún en la sombra de la muerte próxima, se entregó a la creación de esta novela genial que todo el mundo ha leído aunque no quiera ni le interese leerla, porque en ella se encuentra el ADN de todas las novelas de aventuras, de todas las grandes sagas que estuvieron por venir, y es que este hombre irrepetible, incluso en su lecho de muerte, o por mejor decir, incluso ya en la tumba, dio las lecciones literarias definitivas a las letras occidentales, y cuatrocientos años después todavía nos estamos enterando de lo que hizo.

A nadie le interesa por qué ‘El Quijote’ es tan reverenciada

¿Por qué iba a interesarles? No tendría ningún sentido, ninguna razón de ser, que lo hiciera. Las personas de este país, o de cualquier otro, que oigan hablar de ‘El Quijote’ y que tengan algún interés, siquiera lejano, en la literatura o en la narrativa, simplemente dan por bueno que es una novela muy importante, incluso que es la cumbre del canon literario de occidente, y aquí paz y después gloria. Algunos pensarán, sin ningún motivo objetivo, que seguramente la crítica literaria de este país, o la internacional, la ha ensalzado porque no había otra cosa que ensalzar, o la ha escogido sin más, simplemente porque es un texto muy antiguo que da pie a muchas interpretaciones, y punto. ¿Cómo no va a suceder eso cuando escritores famosos insisten en la noción de que ‘El Quijote’ es poco más que una parodia de los libros de caballerías? Es lo que se lleva diciendo mucho tiempo, así que es lo que es. Leerla no la van a leer, porque entre otras cosas es muy larga y todo el mundo sabe de qué va (en realidad no lo saben, pero como si lo supieran), así que para qué van a pensar más o van a interesarse más por el tema. Poco importa que la que «supuestamente» es la novela más importante, o para muchos académicos y especialistas, el mejor trabajo literario de la historia sea española, porque el español medio estará más orgulloso de los triunfos de su selección de fútbol, que leer es muy bonito pero ver fútbol es mucho más apasionante.

Que sí, que es el tipo de los molinos de viento, y el caballo flaco ese llamado Rocinante… el loco al que acompaña a todas partes el simplón de Sancho Panza, y seguramente te ríes mucho con esa novela porque es una parodia y todo eso. Quiso el azar que su autor fuera español, y suerte tuvo de hacer esa novela porque al parecer era un don nadie y todo lo demás que escribió no era para tanto. Si hasta un escritor importante como Edmond Rostand le hace decir a su Cyrano que el episodio de los molinos de viento es el número trece (pensaba yo, ingenuo de mí, que era un error de la adaptación fílmica de Rappeneau, pero no, el error consta ya en el texto teatral original). Es decir, que aún leyéndolo, la gente no se entera de nada o no se quiere enterar. Y aún leyéndolo escritores que pueden ser inteligentes, ni siquiera se molestan en citarlo bien. ¿A qué tanto lío, tanto follón, con esta novela? Hay muchas ahora donde elegir, muchos best-sellers, alguno de ellos también español, como para ponerse a perder el tiempo con un texto de hace cuatro cientos y pico años, cuyo castellano la gente no va a entender y que no puede aportar nada al lector ni al crítico hodiernos. Si es tan reverenciada, ¿a quién le importa? Lo será como lo es ‘Los tres mosqueteros’ o ‘Los pilares de la Tierra’. ¿Qué importa eso?

Me imagino a un lector británico, estadounidense o australiano (o cualquiera de los muchos países anglosajones que existen por el mundo) leyendo ‘El Quijote’. «Umm, un texto hispano de hace varios siglos sobre un tipo que se vuelve loco porque ha leído muchos libros de caballerías, cree armarse caballero, se hace con un caballo, una lanza, una armadura y un escudero, y se va por ahí a ver mundo y a que le rompan los huesos una y otra vez. Se supone que esto es un clásico de la literatura de todos los tiempos. Traducido al inglés suena como si leyéramos una historia de la época y el estilo arcaico de un Shakespeare, pero esto tiene mucho más humor, por lo visto. ¿Por qué será que dicen que es la primera y más importante novela jamás escrita? Porque seguramente habrá sido de las primeras en escribirse y porque es muy antigua«. No me quiero imaginar, porque además no soy capaz, de lo que pensaría un lector alemán, suizo u holandés. Dudo mucho que ningún lector de esos países se lo lea porque le interesa leerlo, al igual que en España, y si lo hacen dudo mucho que sepan por qué es tan importante. Se contentan con leerlo, si es que terminan sus más de 380.000 palabras, y con decir que se han leído este clásico. Y nada más. ¿Para qué iban a hacer otra cosa? Lo que cuenta hoy es ser culto (es decir, saber quiénes eran Don Quijote y Sancho Panza, quién escribió esa novela, de qué época era) no ser inteligente (es decir, haber comprendido la obra, haber entendido por qué es tan importante). Los críticos y los académicos, para la mayoría de las personas, simplemente eligen un modelo y obligan a todos los demás a creer que ese es el modelo a seguir. ¿O no?

Pues no…

Los críticos y académicos hispanistas y clásicos, los importantes y más preparados, saben lo que dicen cuando defienden que ‘El Quijote’, obra del mayor perdedor del mundo de las letras, es el trabajo literario mejor escrito y más influyente de la historia de la literatura. No lo es, desde luego, por ser una parodia del género de caballerías, pues ni es una parodia ni le interesa realmente el género de caballerías salvo como herramienta para criticar la sociedad y la literatura. No lo es, tampoco, porque un puñado de listillos se hayan reunido y hayan decidido por su cuenta qué es lo más importante. Lo es pese a sí misma, pese a la mala suerte congénita de su autor, pese a que el género de la novela en aquella época no tenía ningún prestigio, a que en el siglo XVIII nos afrancesamos tanto que creímos que era mejor el Quijote de Avellaneda (y si no saben lo que es esto, por favor, búsquenlo, porque no tiene desperdicio), y tuvieron que llegar los ingleses, los enemigos acérrimos de España, para rendirse a la evidencia: que ‘El Quijote’ es lo más grande que se ha escrito nunca. Lo es porque en sí mismo representa la mejor y más valiosa lección de literatura y de narrativa a la que nadie puede acceder, hasta el punto de que si se quiere aprender de ambos conceptos es mejor que cuatro años en la universidad. ¿Y esto, realmente, por qué?

Para entendernos: es como si alguien hubiese creado unas reglas del juego que antes no existieran. Esas reglas del juego se llaman Narrativa. Resulta curioso y sorprendente que se haya ensalzado tanto la figura de Shakespeare, un tipo que escribió como mucho treinta obras (si es que las escribió él), y se haya dicho de él que es el mejor escritor de la historia, cuando la figura de Cervantes es mucho más vasta, tanto intelectual como poética, pues inventó no uno sino dos tableros de juego: el de la Narrativa en general, y el del Quijote en particular, otorgando una fuerza, un dinamismo y un sentido inefables a la figura del narrador (o narradores), a la creación de personajes y a la mera construcción de una narración, estableciendo entre estos tres elementos y el espectador una dialéctica inconmensurable e inagotable cuyas ramificaciones se extienden a su ‘Galatea’, a su ‘Persiles’, a sus ‘Novelas ejemplares’ y a sus obras de teatro y poemas narrativos. Esa forma de entender la narración, la creación de personajes, el sentido mismo de lo literario, trasciende hasta nuestros días, e incluso una serie anglosajona sobre vikingos o policías es cervantina sin saberlo, y quijotesca en sus líneas más básicas de expresión. Pero para saber eso no solamente hay que haber leído ‘El Quijote’, sino haberlo estudiado a fondo y haber visto la cantidad de miguitas que, como Pulgarcito, dejó Cervantes en la literatura y en la narrativa, como el verdadero coloso sin igual que es, añadiendo a todo ello un cinismo y una ironía a la que no puede acceder un autor a veces brillante pero siempre verborreico y poco cabal como Shakespeare.

Bajo su apariencia de novelita de aventuras diáfana y desmadrada, late en el interior de esta obra una compleja y vasta red de ideas, de conceptos narrativos, interconectados unos con otros, una muy sofisticada conceptualización de lo literario como artefacto narrativo, que pone patas arriba todas las convenciones genéricas, sociales y poéticas de su tiempo y de todo lo que vino después. El genio sin igual de Cervantes (al lado del cual, los Shakespeare, los Hugo o los Goethe son prácticamente nada) triunfa creando prácticamente todos los géneros posteriores, fundiendo los antiguos, dejándolos inservibles, creando la narrativa, el teatro, actualizando los temas clásicos y estableciendo una nueva jerarquía de valores literarios en sus más de trescientas ochenta mil palabras. Esa fue la verdadera respuesta de Cervantes a un mundo que le rechazó y le negó: dejar para la posteridad la obra más subversiva y corrosiva de todas.

Y lo mejor de todo es que ‘El Quijote’ no es una plúmbea novela decimonónica o dieciochesca. No es un tratado sobre la virtud o un mamotreto ininteligible y aburrido. Es una novela extraordinaria y vibrante, pasmosamente moderna y divertidísima, que engancha desde la primera página y no te suelta hasta el final, dejándote maravillado por el ingenio y la energía de Cervantes, con su capacidad lúdica pero también crítica, con sus diálogos irrepetibles y su pareja de protagonistas, tan vivos que parece que se salen de la página y forman parte del mundo operatorio. Así que no hay excusas. Si alguien quiere de verdad dejar de ser un analfabeto literario, sobre todo si ese alguien es español, tiene el antídoto perfecto, que se resume en tres sílabas, las de Cer-van-tes.

William Faulkner fue el sucesor de Cervantes en el siglo XX

Como Jesús G. Maestro, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la universidad de Vigo, dispara a todo lo que se mueve, debido a su vehemencia y a la fecundidad con la que cuelga vídeos en su canal de Youtube, es lógico estar de acuerdo, incluso muy de acuerdo con él, respecto a algunos temas, y estar bastante en desacuerdo con él en otros muchos. Maestro pugna por dejar huella como teórico de la literatura en estos tiempos tan anti-literarios, y conocimientos, pasión y trabajo no le faltan. Pero ya he dicho alguna que otra vez que a gente tan preparada como él le pierde el reduccionismo, y en su caso la veneración desaforada hacia la literatura española y el español y el desprecio casi sistemático a otras literaturas, como por ejemplo la anglosajona en general y la estadounidense en particular. Creo que es en el primer vídeo dedicado a esa obra maestra que es ‘Pedro Páramo’ que niega la influencia de Faulkner sobre Rulfo (en contra de lo que tantas veces se ha dicho), pese a ser Rulfo bastante posterior a él, y basa su argumentación en la evidente influencia de ‘El Quijote’ y de la literatura cervantina en aquella novela, como si solamente a un escritor en español pudiera realmente aprovecharle la obra magna de Cervantes…

La realidad es muy otra, se ponga Maestro como se ponga, por mucho que se quiera tapar el sol con un dedo: por extraño que resulte a un hispanista exaltado como Maestro y muchos otros, es la figura de Faulkner la única que, en la cuarta década de la pasada centuria recogió los avances técnicos y narrativos de Cervantes en toda su luminosidad, y los tradujo a las necesidades de la novelística de su tiempo, en oposición y como respuesta a las formas literarias del siglo XIX, que en gran parte quisieron a su vez oponerse a las conquistas cervantinas. Por mucho que le duela a Maestro, no es necesario saber español, y hablar español como lengua materna, para aprovechar la ciclópea sabiduría del genio del Siglo de Oro. Sí es verdad, y ahí no cabe discusión, que ‘El Quijote’ sólo pudo haberse escrito en español, y que sólo un lector que tenga el español como lengua materna (español, mejicano o de cualquier otro lugar del mundo) puede realmente entender en su totalidad lo que se propone en las casi trescientas ochenta mil palabras de aquella novela en dos partes. Pero Faulkner declaró muchas veces que leía ‘El Quijote’ todos los años, y que lo hacía «como otros leen La Biblia». Es decir, que para él ‘El Quijote’ era su Biblia.

Y esto se percibe desde la primera obra maestra absoluta de Faulkner, la temprana ‘El ruido y la furia’ (‘The Sound and the Fury’, 1929), cuarta novela del autor sureño, hasta la última, la soberbia ‘El villorrio’ (‘The Hamlet’, 1939), así como en otros muchos trabajos de este novelista inigualable, que al igual que Cervantes tuvo que luchar muchos años para encontrar el reconocimiento debido hasta poder vivir de la literatura (algo que en el caso del español no pudo ser finalmente posible), compaginó como él la escritura con los más variados y poco cualificados trabajos con los que poder subsistir, y al igual que Cervantes vio su mundo desplomarse muy rápidamente con la llegada del mundo moderno al muy anticuado sur de Estados Unidos, con las heridas de la Guerra de Secesión todavía demasiado recientes, algo que puede ponerse en paralelo con la experiencia bélica de Cervantes en Lepanto y en Argel, pero sobre todo con el inefable impulso interior de darle a la novela un nuevo ímpetu, una nueva forma acorde a los tiempos, capaz de resumir las búsquedas narrativas previas y de cristalizarlas en una literatura mucho más rica y pertinente, mucho más profunda y conscientes de sí misma. Porque las artes no se desarrollan en línea recta, sino muchas veces en círculos, y es necesario regresar a lo que otros hicieron antes para volver a ponerlo en su sitio, con fuerzas renovadas y con una mirada contemporánea.

Y poco importa que Faulkner no hablara español, aunque es muy posible que lo dominara bastante bien. La literatura es el idioma universal, no la lengua de cada cual, y con ella se pueden extraer las lecciones eternas de Cervantes acerca del punto de vista, el perspectivismo, el monólogo interior, la narración dentro de la narración y toda la nutrida gama de revoluciones narrativas que el mal llamado manco de Lepanto (porque no era manco) dejó para la posteridad, testigo que después de él muy pocos han recogido para llevar a cabo su literatura, al menos de forma consciente, y aún siendo todos ellos (todos nosotros) deudores de Cervantes aunque no lo sepamos. Sólo Faulkner, más incluso que Joyce o que Melville, fue un digno sucesor. ¿Tan difícil es percibir las enseñanzas del discurso de Marcela en esa joya que es el segundo libro de ‘El Villorrio’ (titulado Eula), en el que se demuestra que una mujer hermosa también puede ser libre sin que nadie tenga el derecho a juzgarla? ¿Es que no salta a la vista que la predilección de Faulkner por los desfavorecidos y los marginados de la sociedad le nació, precisamente, de leer ‘El Quijote’, que es la primera novela de la historia que no cuenta la historia de grandes o principales señores sino la de personas de condición baja o miserable? ¿Es necesaria una lupa de grandes dimensiones para que los más efusivos de los hispanistas distingan que la forma esencial de narrar de Faulkner, pese a disponer de un estilo y una prosa muy diferentes, sea la de contar una historia dentro de una historia y la de hacer un hilo con todas ellas que conforme un todo, tal como sucede en ‘El Quijote’ y que él repetirá en ‘Mientras agonizo’, ‘El Villorrio’ o en su larga y apasionante colección de relatos?

El que quiera ver que vea, pero no hace falta ser otro catedrático de literatura para desmontar fácilmente algunos de los presupuestos de Maestro y de muchos otros cervantistas que queriendo desterrar la ideología de la literatura, la impregnan de ella mediante el lenguaje, olvidando que el único lenguaje es de la literatura misma.

Miguel de Cervantes es el gran perdedor de la historia de la literatura

Tú, que imitaste la llorosa vida
que tuve, ausente y desdeñado, sobre
el gran ribazo de la Peña Pobre,
de alegre a penitencia reducida;
tú, a quien los ojos dieron la bebida
de abundante licor, aunque salobre,
y alzándote la plata, estaño y cobre,
te dio la tierra en tierra la comida,
vive seguro de que eternamente,
en tanto, al menos, que en la cuarta esfera,
sus caballos aguije el rubio Apolo,
tendrás claro renombre de valiente;
tu patria será en todas la primera;
tu sabio autor, al mundo, único y solo.

AMADÍS DE GAULA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA (preliminares de ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’)

No sé a otros, pero a mí me llama poderosamente la atención la idea que se tiene de Miguel de Cervantes en su país de nacimiento. Y, para empezar, la idea que tenía yo mismo de él en mi infancia, inculcada por nuestros profesores de historia y de literatura. El tal Miguel de Cervantes Saavedra fue, según nos contaron a todos, un pobre desgraciado, que no pudo vivir de lo que escribía, que murió casi en la pobreza y olvidado por todos, que además era manco, pero que tuvo la inmensa suerte de escribir la que casi con toda certeza es la novela más famosa de todos los tiempos: la archiconocida ‘Don Quijote de la Mancha’, que por lo visto nadie ha leído ni tiene intención de leer. Nos insistieron mucho a todos en que el hombre había intentado hacer otras cosas que no le salieron bien, con la idea subrepticia de que ‘El Quijote’ le salió un poco por casualidad. Tanto es así que mucha gente que a lo mejor se ha leído ‘El Quijote’ o una parte del famoso libro cree que es lo único que escribió hasta su muerte. Como además se pasan la vida (tanto en la escuela, como en el instituto y en la universidad, por no nombrar los medios de comunicación) hablándonos de ilustres escritores anglosajones o franceses, principalmente de William Shakespeare, que a diferencia de Cervantes, con «su única obra», escribió varias decenas de obras de teatro, muchas de ellas obras maestras, pues te acaban convenciendo de que vale, que sí, que ‘El Quijote’ estará muy bien, y que te ríes mucho con él, y que marcó una época, pero que no será para tanto, que podemos glosarle, pero que también hay muchos otros, y tampoco hay necesidad de ponerse excesivamente patrioteros o hispanistas, teniendo en cuenta, insisto, que solamente escribió «una única gran obra».

Es más, no sé en cuantos sitios he llegado leer que ‘El Quijote’ es mucho más importante que el propio Cervantes, o que Cervantes es el simple ejecutante de una idea genial, o incluso que es casi imposible que él pudiera hacer algo de esta magnitud, por lo que tuvo que disfrutar de una inspiración inefable, y otras cosas por el estilo. Es decir, desgajando al autor de su obra, cuando yo estoy bastante seguro de que Cervantes es un autor más conocido que por ejemplo Arthur Conan Doyle respecto a su Sherlock Holmes o que Bram Stoker respecto a su Drácula, por citar dos personajes fundamentales y finiseculares que tanto han marcado las ficciones de las últimas décadas. Pero el autor literario por antonomasia es Shakespeare, de quienes algunos dicen temerariamente cosas como que «escribió la mejor prosa de siempre» (no sé cómo, cuando escribió únicamente teatro y un centenar de sonetos), que fue «el inventor de lo humano» (signifique eso lo que signifique), y que «inventó la lengua inglesa». También se ha dicho que el español es la lengua de Cervantes (y que Alighieri con su Commedia inventó el italiano, algo que ahí puede tener más razón de ser…), pero esto no son más que bagatelas, porque tanto el español como el inglés eran lenguas en formación, y citar a los dos autores más preeminentes de sus respectivas naciones como creadores de ese idioma es, cuanto menos, tendencioso. Lo que es importante señalar es que los angloparlantes lo consiguieron: oponer a la supuesta grandeza de Cervantes (autor de «una única» novela) la incuestionable grandeza de Shakespeare, y reducir al primero a un simple pobre hombre que escribió algo grande, aupando al segundo a una gloria universal que no merece.

Pero lo cierto es que el hecho de que tal cosa haya sucedido, es decir, que parezca que aceptamos a regañadientes la pequeña genialidad de Cervantes frente a la gran genialidad de Shakespeare y de otros muchos renombrados autores angloparlantes o francófonos, que su obra y su verdadera altura artística hayan quedado ninguneadas con la excusa del «accidental» fenómeno del Quijote, no es más que el último aguijonazo de mala suerte a una vida plagada de una suerte increíblemente adversa, de las que a otros les hubiera parecido que el universo se pone en contra de cualquier cosa que haga. Porque Cervantes es el gran perdedor de la historia de la literatura.

Con verdadera vocación de dramaturgo, más incluso que de novelista o poeta, Cervantes vio varias obras suyas representadas en los corrales madrileños, y pudo gozar de gran éxito si no hubiera sido porque sus obras fueron desdeñadas en favor de las de Lope de Vega y otros delfines suyos. Antes de eso, a su vuelta a España tras la batalla de Lepanto (que no le dejó manco, como tantas veces se ha dicho, sino que le dejó la mano izquierda casi inmóvil por un arcabuzazo), a punto de llegar a nuestras costas, Cervantes fue preso por una flotilla turca y conducido junto a su hermano Rodrigo a Argel, donde permaneció nada menos que cinco años (1575-1580), y en donde protagonizó varios intentos frustrados de fuga, a la vez que asumía siempre la culpa de los planes de fuga para que no torturaran a sus compañeros. La razón de que estuviera allí tanto tiempo fue que tenía en su poder, en el momento de su captura, unos papeles firmados por don Juan de Austria y del duque de Sessa hizo creer a sus captores que se trataba de alguien muy importante y pidieron por su rescate una suma enorme de dinero que sus familiares tardaron mucho tiempo en reunir. Tales sacrificios le valieron de poco cuando solicitó un puesto en la corte para algún empleo. Después de algunos años de penurias consiguió el oficio de recaudador (que desempeñaría durante trece años) y que concluyó con sus huesos en la cárcel, pues el banquero sevillano Simón Freire se fugó con el dinero recaudado y la culpa recayó sobre el propio Cervantes, que fue condenado a tres meses en la peor cárcel del siglo XVII, la de Sevilla, con más de cincuenta años de edad.

Es en esos años difíciles, en los que además el mundo de Cervantes se desvanece (pues muere Felipe II) y España empieza a cambiar en todos los estamentos, se fragua la época más fructífera y más importante de Cervantes, que comienza precisamente con ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, su segunda novela en veinte años después de la muy poco conocida y sin embargo formidable ‘La Galatea’. Llegan también las extraordinarias Novelas Ejemplares, su recopilación de Comedias y Entremeses, la segunda parte del Quijote, el poderoso y singularísimo poema narrativo ‘Viaje del Parnaso’ y su última novela terminada justo antes de morir, ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda’. Y aunque parece que algunos quieren oscurecer el pasado, resulta que ‘El Quijote’ fue un gran éxito en la época, que apenas dio dinero a su autor porque había vendido los derechos a su editor. Pero desde luego nada puede ocultar que en su época a Cervantes se le consideraba un cero a la izquierda, y que en el mundillo literario era un don nadie.

Pero hay varias cuestiones que los críticos literarios, si quieren no caer en el ridículo y quedar como unos ignorantes absolutos, deben saber y repetir siempre que les sea posible. Cervantes fue el escritor más innovador y original, en casi todos los ámbitos, del Barroco español, y sus innovaciones técnicas en la novela, en el relato corto y en la narrativa en general no han sido superadas desde entonces. Sólo grandes monstruos como Dostoeivski y Tolstoi en el XIX, o Faulkner en el XX, han recogido el testigo de su ingenio y su inteligencia en la novela y la han llevado a territorios cercanos, aunque nunca similares a los suyos. En el teatro, para que el que escribió una treintena de obras, destaca su obra maestra ‘La Numancia’, que es una tragedia muy superior a cualquiera de Shakespeare, pero además demostró su insuperable audacia con los Entremeses, piezas cortas que dan fe del genio cervantino. Y en novela y cuento sencillamente no tiene rival. ‘Don Quijote de la Mancha’ es el libro de libros. En él cabe toda la tradición novelesca de su tiempo (novela morisca, bizantina, autobiográfica, italiana, picaresca… absolutamente todo), y con ella ensaya, sin perder jamás la ironía y sin traicionar las reglas del juego por él marcadas, la novela polifónica que se seguirá desarrollando en siglos posteriores, en su ironía, en sus contrapuntos narrativos, en su perspectivismo. ‘El Quijote’ es, ella sola, el inicio de la narrativa moderna, escrita por un fracasado de más de cincuenta años, al que todo el mundo tomó por un escritor de parodias de novelas de caballerías.

Pero yendo mucho más allá de los postulados de un crítico como Maestro, tomaré las palabras de Viñó cuando dijo que ‘El Quijote’ es, junto con el resto de la obra cervantina, una vasta creación intelectual propia de un genio de una inteligencia incomparable. Porque es la inteligencia, el racionalismo supremo, la gran victoria del desastrado Cervantes, al que no vencieron ni batallas sangrientas ni cautiverios terribles o injustos. ‘El Quijote’, como las ‘Novelas ejemplares’, pertenece a la estirpe de ‘La divina comedia’ de Dante en su profunda, desaforada crítica de la sociedad, en una mirada libre y cáustica de una España (que además era un imperio gigantesco) llena de aristas y de contradicciones que él retrató como nadie ha vuelto a hacer jamás, y un estudio de caracteres (doscientos cincuenta según algunos cronistas) abrumador que convierte a Cervantes en un antropólogo insuperable, si además tomamos los personajes de una obra portentosa como ‘La Numancia’. Pero ante todo ‘El Quijote’ como el resto de la obra de Cervantes, es el triunfo del ingenio a la hora de crear la vida misma en las páginas de un libro, con una fuerza, una vitalidad, una luminosidad, que convierten a los Molière, a los Flaubert, a los Stendhal, a los Conrad, a los William Blake y a todos los Shakespeares del mundo en meros aprendices, en bisoños prosélitos.

En teatro nadie puede competir con la genialidad compositiva de Lope y Calderón, y en poesía muy pocos con Quevedo. Pero en teatro y poesía Cervantes escribió obras magníficas, y en narrativa lo cambió todo para siempre por la fuerza de su pavorosa inteligencia, que no ha encontrado apenas pares en los siguientes cuatrocientos años. Pero podemos seguir ninguneando al pobre Cervantes y leyendo estupideces, que nada cambiará el hecho objetivo de que Cevantes es, junto a Dante Aligheri, el más grande creador de letras de occidente, que es como decir del mundo entero. Así de claro.

No te has leído ‘El Quijote’

Así que no mientas. No digas por ahí, a tus amigos, cuando salga el tema (si sale, que mira que es raro), que tú también te lo has leído por el mero hecho de saber cómo empieza la novela («En un lugar de la Mancha…») o por conocer el episodio de los molinos de viento (capítulo ocho, no capítulo trece, señor Edmond Rostand… error replicado en la adaptación cinematográfica de su por otra parte maravilloso Cyrano, porque usted tampoco se leyó ‘El Quijote’); no lo pongas entre tus lectura favoritas ni lo elogies, no te engañes incluso a ti mismo: porque tú no te has leído ‘El Quijote’, y probablemente no te lo leerás nunca, por mucho que creas que sería una buena idea, por mucho que en efecto ya deberías estar leyéndotelo, en lugar de esos best-sellers anglosajones tan divertidos y tan exuberantes y tan vacíos. Ni siquiera cuando te asalte un periodista por la calle, de la cadena que sea, y te pregunte, en algún centenario o efeméride, si te lo has leído. Di la puta verdad.

Aunque te joda, porque ya que no te has molestado en leerte uno de los libros más importantes de la historia de la humanidad, no vayas por ahí como si lo hubieras hecho. Y tampoco vale leerse algunos capítulos sueltos, o leerlo por encima, o alegar que es muy largo, o que es muy denso. Si te has tragado los siete libros de Harry Potter, los cinco que ya se han escrito de ‘Canción de hielo y fuego’, los ocho de ‘La torre oscura’, y otras parecidas, no tienes excusa… tampoco es que tuvieras mucha excusa antes, pero ahora menos todavía. Asúmelo: no te lees ‘El Quijote’ porque no te da la gana. Porque no te apetece, o tienes mejores cosas que hacer, o porque aunque te dejas arrastrar por muchas modas y postureos (hay que leer esto, hay que leer aquello), a este postureo en concreto que consiste en convencerte de que es la mejor novela de todos los tiempos no te vas a dejar arrastrar. Puede que a fin de cuentas no sea tan buena, puede que, como hacemos a veces los españoles, querramos convencernos de que es algo gigantesco y luego es otra de esas novelas o creaciones literarias de hace trescientos o cuatrocientos años que te las lees y no son para tanto, es más son un aburrimiento, cuando no directamente incomprensibles…

No importa la excusa, el argumento o la razón. Sea como fuere no te has leído ‘El Quijote’. Y aunque lo tengas en casa, o sepas de alguien que te lo puede dejar, o no te importe leer sus numerosas ediciones gratuitas por internet, pospondrás su lectura una y otra vez, ad eternum, porque tendrás otros libros de mierda interesantes que leer en tu pila de libros pendientes, como ese que te dejó un amigo, o ese que escribió tu hermana, o ese que cuenta historias muy sabrosas acerca del rey Juan Carlos I… o le echarás un vistazo y aunque te parezca muy prometedor lo dejarás para más adelante, porque no hay prisa, y dentro de cinco o diez años surgirá de nuevo la pregunta, en algún círculo, o te la hará un reportero de ‘El intermedio’, o surgirá en un ambiente literario, y dirás que la has leído, o que algo has leído, o que te obligaron a leerla en el cole (mentira podrida…pero excusa bastante apañada) y que esa es la razón de no te acuerdas mucho, o por eso, precisamente por eso, no te la leíste, o la leíste y la odiaste, porque te obligaban los putos profesores del cole. Total, ¿qué más da? Tú lees para divertirte y para estar al día de lo que se comenta por ahí, no para acceder a las fuentes de la literatura, ni para hacerte el gafapasta, ¿no es verdad? Luego basta con una mentirijilla y fuera.

Es probable que nueve coma cinco de cada diez personas mientan cuando dicen que se han leído el ‘Ulysses’ de Joyce, o ‘La montaña mágica’ de Mann, o el ‘Moby Dick’ de Melville, y aún más probable que si preguntamos a mil personas al azar ni uno solo de ellos se haya leído ‘El Quijote’, aunque algunos de ellos digan que sí. Y aún aquellos que de verdad se lo han leído, que no mienten cuando dicen que posaron sus ojos sobre cada una de las palabras escritas en ese doble volumen por Cervantes, tampoco se la han leído. No se la han leído de verdad. No cuando dicen que ‘El Quijote’ es una farsa de las novelas de caballerías (eso exigiría haberse leído alguna de esas novelas de caballerías… en caso contrario ¿cómo saber que es una farsa de ellas salvo por el hecho de que esa idea se lleva repitiendo por los siglos de los siglos?….), no cuando se habla de la sanchificación del quijote o de la quijotización progresivas de ambos caracteres centrales, no cuando se toma este material literario como una simple broma o una parodia… No desde luego cuando se termina de leer a Pérez-Reverte o a Ken Follett, que es cuando menos preparados estamos para leer verdadera literatura. Porque saber leer literatura no es lo mismo que saber leer, aunque eso es tema de otro artículo…

La falacia de comparar a Shakespeare con Cervantes

En esto de los apasionamientos, hay que tener un poco de cuidado. Más a menudo de lo que sería deseable, intelectuales con gran formación caen en absolutos, desprecios y fanatismos que terminan licuando lo mucho (o poco, según) de interesante que tengan que decir, de tal manera que aunque sepan mucho y tengan mucha razón, por decirlo de manera simple, al final te quedas, no lo puedes evitar, con eso: que son unos fanáticos, que se cabrean mucho cuando les cuentan falacias, y que están más que dispuestos a echarle la bronca al mundo entero. Tal cosa le sucede a Jesus G. Maestro, teórico de la literatura y profesor de la Universidad de Vigo, cuando se pone a hablar de lo que es literatura y lo que no, y sobre otros muchos temas. También el viejo tema de si Cervantes y Shakespeare van a la par en grandeza literaria. Él, siendo un verdadero experto en Cervantes, lo tiene claro, pero sus diatribas acaban desembocando en lugares comunes y en ese apasionamiento tan español (y mucho español) del que no da argumentos porque cree que no hacen falta. Y siempre hacen falta. Y gracias a él, y a otros que luego nombraré, voy a decir lo que yo pienso sobre el viejo tema de si Cervantes es tan grande como Shakespeare, o al revés, o quién es el más grande. Y lo primero que voy a decir es una frase del propio Jesus G. Maestro: no me importa si están de acuerdo conmigo o no, pues yo me limito a escribir mis ideas por el mero placer intelectual de hacerlo.

A menudo se cita entre los más grandes escritores de todos los tiempos más o menos a los de siempre: Tolstoi y Dostoyevski (y Chéjov, y Pushkin) por Rusia, Chaucer y Dickens por Inglaterra, Goethe y Mann (y Bretch, y Hesse) por Alemania, Montaige y Mòliere (y Balzac, y Flaubert) por Francia, Dante y Boccacio (y Giacomo Leopardi, y Nicolás Maquiavelo) por Italia, Whitman y Twain (y Faulkner, y Poe, y McCarthy, y Dickinson…) por Estados Unidos, Cervantes y Quevedo (y Lope, y Garcilaso, y Tirso, y Calderón, y Unamuno, y Juan Ramón Jiménez…) por España. A todos estos se añade siempre, o casi siempre, el del dramaturgo y sonetista William Shakespeare, considerado por muchos no solamente uno de los escritores más grandes de todos los tiempos, sino el más grande, sin discusión. Si leemos el extracto de la Encyclopædia Britannica que figura en la entrada sobre él de Wikipedia, obtenemos lo siguiente: «Shakespeare es generalmente reconocido como el más grande de los escritores de todos los tiempos, figura única en la historia de la literatura. La fama de otros poetas, tales como Homero y Dante Alighieri, o de novelistas tales como León Tolstoy o Charles Dickens, ha trascendido las barreras nacionales, pero ninguno de ellos ha llegado a alcanzar la reputación de Shakespeare, cuyas obras hoy se leen y representan con mayor frecuencia y en más países que nunca. La profecía de uno de sus grandes contemporáneos, Ben Jonson, se ha cumplido por tanto: «Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad»».

Estoy de acuerdo con Maestro (¡cómo se pone el hombre cuando quiere!…) en que esa afirmación de la Encyclopædia Britannica es una hipérbole de una rimbombancia casi abyecta (él lo dice con otras palabras que no es ley reproducir aquí), y lo peor de todo es que la gente entra en ese texto, o en cualquiera referido a Shakespeare o a la historia de la literatura, y se lo cree sin dudarlo… ¡aún sin haber leído nada de Shakespeare, ni seguramente gran cosa de los grandes escritores de todos los tiempos! La cosa es bastante sospechosa. Resulta que un fulano que escribió una treintena de obras, a quien casi nadie lee, si es que las escribió todas él, que según parece es bastante dudoso, es el más grande escritor no de teatro sino de cualquier género de todos los tiempos. Y ello lo defienden críticos literarios (generalmente anglosajones, por supuesto, con Harold Bloom a la cabeza) sin dar muchos más argumentos. Es más, el tan manido término «shakesperiano», que usan por ejemplo bastantes críticos cinematográficos para darle una pátina de prestigio a ciertas películas, es ya habitual incluso entre personas que no han leído nada de Shakespeare. Por todo ello entiendo a algunos, como el propio Juan G. Maestro, que están convencidos de que esto no puede ser casual, que la maquinaria cultural imperial británica hizo bien su trabajo a la hora de situar a uno de los suyos a la altura del más grande novelista de todos los tiempos…¡incluso inventándose que murieron el mismo día, cuando en aquellos tiempos en Inglaterra se medían por el calendario juliano, por lo que el llamado Bardo de Avón murió un par de semanas después!

La cosa es tan terrible que ni siquiera siendo un gran hombre de letras puedes criticar a Shakespeare y no quedar como un engreído/soberbio/ignorante/cantamañanas (lo que en jerga millenial sería algo así como un troll…), pues ya lo intentó Tolstoi y le ignoraron, y no son pocos los que han cuestionado mucho la grandeza de Shakespeare, esgrimiendo argumentos muy válidos tales como que todos sus personajes hablan igual, o que muchas de sus tramas no tienen ni pies ni cabeza. A ello responde la arrasadora legión (de miles de millones, por lo visto) que repite hasta la extenuación que Shakespeare inventó la lengua inglesa, que transformó el teatro para siempre, que inventó lo humano y prácticamente que inventó la literatura él solito. Y todo ello, insisto, con una treintena larga de obras de teatro (la autoría de no pocas o bien compartida o bien muy dudosa que sea suya…aunque eso ya es lo de menos) y con unos ciento cincuenta sonetos (algunos realmente bellos, eso es verdad, aunque tampoco todos).

Pero digámoslo ya: comparar a Shakespeare con Cervantes no tiene ningún sentido. Es una necedad similar a comparar el Renacimiento Inglés con el Siglo de Oro español, por citar a dos fenómenos literarios de épocas concomitantes, rivalidad en que los británicos salen perdiendo de manera escandalosa. O, si se quiere ser más cercano, es lo mismo que comparar a un hábil guionista de cine con William Faulkner… a un rápido jugador de fútbol con Usain Bolt… a un bloguero recalcitrante con un verdadero crítico de arte. Me parece que estoy siendo lo bastante gráfico. Pero la idea es clara: muy pocas literaturas del mundo pueden compararse con la riqueza, prolijidad y grandeza conceptual a la española (para algo que teníamos bueno… por lo menos hasta hace unos sesenta o setenta años), y precisamente la británica o anglosajona no es una de ellas, aunque sin duda han existido (arriba he nombrado a algunos) geniales escritores británicos y estadounidenses. Pero, ¿por qué precisamente se ha elegido, de manera institucional, imperialista, invasiva, que sea el dudoso Shakespeare el que tenga que venir a quitarle el trono al bueno de Miguel de Cervantes? ¿Es que no había otro?

Pues si se piensa es bastante fácil. No solamente porque fueron contemporáneos y murieron con pocas semanas de diferencia, sino porque al inmenso, genial, extraordinario y majareta Don Quijote, Caballero de la Triste Figura, Alonso Quijano para sus amigos, se le puede oponer el soso, dubitativo, extraño y aún más chalado (¡porque él sí ve fantasmas!) Hamlet, príncipe de Dinamarca. Pero, insisto, comparar a un dramaturgo con un narrador tan completo como Cervantes es una temeridad que no se ha caído por su propio peso porque los hispano parlantes (la mayoría de los cuales NO se ha leído ‘El Quijote’) siempre nos hemos sentido culturalmente acomplejados (¡y debería haber sido al revés!) por lo anglosajón. Tanto que yo he escuchado a españoles decir que la prosa de Shakespeare es la mejor de la historia (también es verdad que eran mequetrefes con ínfulas los que decían esto…)…¡cuando Shakespeare jamás escribió prosa! o que era un poeta sin parangón (cuando en realidad era un sonetista, algo bastante distinto). Cabría comparar a Shakespeare con Lope de Vega, por ejemplo, porque ambos fueron importantes dramaturgos de su tiempo, pero ahí el Bardo saldría también perdiendo: Lope de Vega, además de creador de alrededor de mil quinientas comedias, fue el autor de tres novelas, unos tres mil sonetos y nueve epopeyas, entre otros trabajos literarios, algunos de los cuales considerados obras maestras de la literatura universal. O podría compararse con Calderón de la Barca, y también saldría perdiendo, porque las rimbombantes, absurdas y huecas ‘El rey Lear’ o ‘Antonio y Cleopatra’ o ‘La tempestad’ no tienen absolutamente nada que hacer, ni en construcción, ni en diálogos, ni en personajes, ni en grandeza humana, conceptual, moral o psicológica, con ‘El alcalde de Zalamea’, ‘La dama duende’, ‘El médico de su honra’ o ‘El príncipe constante’.

Veamos el inicio de ‘El rey Lear’ (‘King Lear’, basada en ‘King Leir’, texto anónimo isabelino):

I.i Entran [los Condes de] KENT y [de] GLOSTER, y EDMOND.

KENT
Creí que el rey estimaba más al Duque de Albany que al de Comwall.
GLOUCESTER
Eso creíamos nosotros. Pero ahora que divide su reino, no está claro a cuál de los dos
aprecia más, pues los méritos están tan igualados que ni la propia minuciosidad sabría
escoger entre uno y otro.
KENT
Señor, este joven, ¿no es hijo vuestro?
GLOUCESTER
Su crianza ha estado a mi cargo. Reconocerle me ha dado siempre tal sonrojo que ahora ya
estoy curtido.
KENT
No concibo…
GLOUCESTER
Pues su madre sí que concibió. Por eso echó vientre y se encontró con un hijo en la cuna
antes de tener un marido en la cama. ¿Se huele a pecado?
KENT
No quisiera corregirlo, viendo el feliz resultado.
GLOUCESTER
También tengo otro hijo, señor, de legítimo origen, un año mayor que éste, pero no más
querido. y aunque este mozo vino al mundo por la vía del vicio sin que nadie lo llamase, su
madre era hermosa, gozamos al engendrarlo y el bastardo debe ser reconocido
. ––Edmond,
¿conoces a este noble caballero?

Este es el nivel de los diálogos de Shakespeare: dos señores de alta cuna diciendo groserías y sandeces sobre una mujer. O también el famoso diálogo de ‘Romeo y Julieta’:

BENVOLIO
Ven, que se ha escondido entre estos árboles,
en alianza con la noche melancólica. Ciego es
su amor, y to oscuro, su lugar.
MERCUCIO
Si el amor es ciego, no puede atinar.
Romeo está sentado al pie de una higuera
deseando que su amada fuese el fruto
que las mozas, entre risas, llaman higo.
¡Ah, Romeo, si ella fuese, ah, si fuese
un higo abierto y tú una pera
!
Romeo, buenas noches. Me voy a mi camita,
que dormir al raso me da frío.
Ven, ¿nos vamos?
BENVOLIO
Sí, pues es inútil
buscar a quien no quiere ser hallado.

En realidad, este tipo de diálogos no son la excepción si no la norma en la producción de Shakespeare, y por cierto que en inglés, en ‘Romeo y Julieta’, no dice un higo abierto, sino un culo abierto (an open arse). Con esto es con lo que los críticos, artistas y lectores de todo el mundo llevan siglos extasiándose, y no con esto:

MENCÍA: ¡Válgame Dios, qué desdicha!
ARIAS: Decidnos a qué aposento
podrá retirarse, en tanto
que vuelva al primero aliento
su vida. ¿Pero qué miro?
¡Señora!
MENCÍA: ¡Don Arias!
ARIAS: Creo
que es sueño fingido cuanto
estoy escuchando y viendo.
Que el infante don Enrique,
más amante que primero,
vuelva a Sevilla, y te halle
con tan infeliz encuentro,
¿puede ser verdad?
MENCÍA: Sí es;
¡y ojalá que fuera sueño!
ARIAS: Pues, ¿qué haces aquí?
MENCÍA: De espacio
lo sabrás; que ahora no es tiempo
sino sólo de acudir
a la vida de tu dueño.

Es de ‘El médico de su honra’, de Pedro Calderón de la Barca. Quien tenga ojos y sentido común que lo vea. No hace falta ni insistir en que ‘Romeo y Julieta’ es una historia hueca y mal construida: jamás te crees el enamoramiento del pánfilo de Romeo por la casi niña Julieta. Tampoco te crees la maldad de Edmundo en ‘El rey Lear’, ni la estupidez supina de Otelo al ser engañado de semejante forma por Yago (supuestamente el malvado por antonomasia de la cultura occidental, según Bloom). Pero volvamos a ‘El Quijote’, que es obligado después de 400 años de dar la vara con la supuesta rivalidad del pequeñín de Shakespeare (sin duda un dramaturgo interesante, con algunas virtudes tales como su intensidad dramática, la fuerza de algunos -aislados- diálogos, algunas secuencias bien construidas) con el gigante, uno de los más grandes de la literatura universal, y el primer y más grande novelista de la historia, Don Miguel de Cervantes Saavedra (quien no solo escribió ‘El quijote’… sino bastantes cosas más).

‘Don Quijote de la mancha’, que no es una novela sino dos (‘El ingenioso hidalgo’ y ‘El ingenioso caballero’), ha sido descrita habitualmente como «una parodia de las novelas de caballerías». Esto no es correcto. Es lo mismo que decir que ‘Titanic’ (Cameron, 1997), va de un barco que se hunde. En realidad, ‘El Quijote’ es, en palabras de G. Viñó, una vasta creación intelectual, que ya en su época, primeros años del siglo XVII, se sospechaba que iba a ser una obra colosal. Esta creación no solamente desmitifica las historias de caballerías, sino que es el primer relato intertextual (es decir, plenamente literario) conocido, una salvaje crítica a todos los estamentos (culturales, sociopolíticos, religiosos, morales) de su época, una sátira para la que absolutamente todo es motivo de risión, y una mirada tierna y desacomplejada, vitalista y festiva, a veces sórdida y dolorosa, al ser humano en general y al español medio en particular…entre otras muchas cosas. Su influjo es gigantesco, no solamente en la novelística, también en el teatro, la poesía y la narrativa en general, en todo el mundo, hasta nuestros días, con numerosos ejemplos de películas y novelas que, sin saberlo (y en esto sí tenía razón Bloom) siguen la estela de Cervantes.

Rescato aquí un maravilloso párrafo del ensayo que le dedicó Fernando Vallejo con motivo del centenario de la obra:

«…entonces el gentilhombre, que es nadie más y nadie menos que don Quijote, le contesta: «Sois un grandísimo bellaco, y vos sois el vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió». ¡Eso es hablar, eso es existir, eso es ser! ¡Ay, «to be or not to be, that is the question»! ¡Qué frasecita más mariconcita! ¿Hamlecitos a mí? ¿A mí Hamlecitos, y a tales horas? «¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!». Ese «luego luego» que dijo don Quijote apremiando al carretero para que le abriera las jaulas de los leones me llega muy al corazón porque aunque ya murió en Colombia todavía lo sigo oyendo en México. Lo que sí no he logrado ver, en cambio, en México, es leones. Vivos, quiero decir, para que me los suelten…»

No hace falta ser catedrático de literatura, ni experto en Cervantes, como lo es el siempre enfadado y ofendido Jesús G. Maestro, para ver las cosas como son. ‘Don Quijote’ ha sobrevivido hasta nuestros días a pesar de que en España no se le lee, y que durante siglos no se ha cuidado a Cervantes. Le quieren mucho más en México y otros lugares, mientras en países de otra órbita, desde el imperialismo anglosajón, sin ir más lejos, llevan el mismo tiempo protegiendo y mimando e insistiendo a los cuatro vientos en que el más grande es Shakespeare, con sus necedades y sus historias sensacionalistas, y los despistados de siempre diciendo que es inabarcable y que ha inventado lo humano, nada menos. Tendrán que pasar otros cuatrocientos años, si es que la humanidad llega a tanto, para que la verdad desnuda abra los ojos del mundo entero.

Cervantes-Tolkien, ‘El Quijote’-‘El señor de los anillos’

Es interesante observar como dos de los fenómenos literarios más intensos de todos los tiempos, los representados por la celebérrima ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’ y la en realidad no tan conocida novela en tres partes de Tolkien, ‘El señor de los anillos’, tienen bastantes más cosas en común de las que un vistazo superficial pudiera indicarnos. Y no se trata de comparar ambas obras, algo por otro lado del todo fútil e innecesario, sino de establecer algunas ideas sobre la creación artística en general, y la escritura narrativa en particular.

Soy consciente, porque no creo estar solo en el mundo, que esta comparativa se ha establecido no pocas veces, pero bajo mi punto de vista de un modo bastante diferente al que yo pretendo argumentar. En realidad, cuando en algunos trabajos se habla de la semejanza entre Don Quijote y Frodo, o entre ellos y por ejemplo Harry Potter, se olvidan quizá de que en realidad la obra de Cervantes ha sido, simplemente, la precursora de todas ellas, como ha sido la precursora de casi todo, muy especialmente en los relatos de itinerario, o en las epopeyas modernas. Por eso, para mí, hablar de las semejanzas entre estos personajes revela un análisis bastante superficial. Una vez más, tengo la sensación de que hay que centrarse más en el cómo y menos en el qué te están contando.

Porque tanto Cervantes como Tolkien, distan mucho de ser escritores al uso. Muy al contrario, son dos rara avis, que en pocos aspectos se parecen a sus contemporáneos, y que en el siempre complejo y cenagoso género de la novela lograron sendos triunfos contra todo pronóstico, escribiendo precisamente novelas de caballerías poco habituales, por distintas razones, en sus respectivas épocas. Uno para realizar un vasto fresco intelectual de la España del Siglo de Oro, otro para tener una excusa en la que incrustar sus creaciones lingüísticas y su muy personal fantasía heroica. Pero lo que hermana a estos dos escritores tan diferentes y tan separados en sus objetivos, es precisamente la voz que les inspiró y la ejecución de sus temas. Porque ninguno de los dos era un escritor ni mucho menos consagrado ni exitoso, y sus creaciones trascienden con mucho la ingenuidad de sus propuestas.

No me cabe duda de que Tolkien conocía El Quijote. Leyendo su larga novela es imposible llegar a otra conclusión. Hasta qué punto le influyó en la historia de Frodo y Sam buscando el Monte del Destino para lanzar allí el condenado anillo de poder, es algo que puede dar a muchos debates. Pero para mí lo más importante es que Tolkien, sin ser un escritor profesional, se lanzó a un género hoy día muy estandarizado y académico, e hizo, como en su día Cervantes, muchas cosas que en cualquier escuela de escritores o canon narrativo estarían directamente prohibidas o por lo menos restringidas al ámbito de la literatura amateur. Que Tolkien, como Cervantes en su día, franqueara determinados cánones narrativos, y que hoy día sea uno de los escritores más leídos del siglo XX, no deja de ser sintomático de hasta qué punto las escuelas de literatura no son precisamente las más adecuadas para marcar el camino.

El mismo Cervantes tuvo un éxito inopinado con su primer Quijote, y él ya era consciente, en el segundo, de que su obra perduraría. No quizá que lo haría a los niveles actuales, pero sí que sería una obra recordada. Su Quijote es una de las primeras grandes novelas de la historia de la humanidad, y acaso una de las mejores. Y esto sucede por diversos y muy amplios motivos: su extraordinario ingenio, su deslumbrante sentido del humor, su asombrosa intuición literaria. A mí, en lo personal, me pasa un poco como a Fernando Vallejo: a los personajes de Shakespeare no me los creo, pero sí al Caballero de la Triste Figura. Las dos partes, sobre todo la segunda, son dos obras maestras universales del arte de todos los tiempos porque, entre otras cosas, son una radiografía profundísima del alma humana. Más allá de su pasmosa capacidad para crear momentos y diálogos memorables (que en el Quijote se cuentan por varias docenas), deja perplejo por su clarividencia, su grandísimo espíritu humanista. Y todo eso lo logra con herramientas y técnicas (la mil veces comentada disgregación argumental de sus tramas paralelas, su modernísimo perspectivismo, su experimentación y construcción de la novela moderna como creadora de una realidad alternativa, el absurdo como elemento unificador de distintos subgéneros literarios…y un largo etc) que muy pocos, sobre todo en España han empleado después. Cervantes era un visionario, y eso es algo que muchos no han podido entender, como no han podido entender el carácter poliédrico de la obra (por ejemplo, el infame Pérez-Reverte, que en su versión escolar destrozó la novela, porque por muy académico que sea, no entiende su verdadera esencia).

Algo parecido sucede con Tolkien. Cuando antes dije que su trilogía (que no es tal, pues él quería publicarla toda junta y no se lo permitieron) no es bien conocida, es más por el hecho de que la irregular adaptación de Peter Jackson haya sido aceptada como canónica, cuando su temperamento poco tiene que ver con Tolkien, y sus películas apenas acogen el espíritu tolkiano de la historia. Este autor no tenía nada profesional, y su novela lo demuestra. Muchas decisiones de estructura, de construcción de personajes, de elipsis, las habría desaconsejado cualquier taller de escritura, y sin embargo a él le funcionan, y la obra ha perdurado, y aunque en mi opinión está bastante sobrevalorada, es una novela de una rara belleza y contundente persuasión. Existe en ella una belleza esquiva y poética que la elevan muy por encima de la media de los productos actuales de fantasía heroica (aunque no fue la primera creación de este estilo en el siglo XX…ni la mejor).

Lo que tanto Cervantes como Tolkien, con sus Quijotes y sus Señores de Anillos demuestran, es que sólo los visionarios perduran, y que el llamado profesionalismo artístico, no siempre pero muchas veces nos aparta de un camino que puede ser menos aceptado en su época, pero que quizá pueda captar la esencia de todas las épocas.