ARTÍCULOS, CRÍTICA, LITERATURA

El ninguneo sistemático a Cervantes, el más grande de los creadores literarios

Me encontré el otro día, rebuscando en una librería de Madrid a ver si encontraba algo bueno que echarme a la boca, con un volumen cuya contraportada me recordó ciertos demonios. Se trata de ‘El Persiles descodificado, o la Divina comedia de Cervantes’, un libro publicado por Hiperión en 2005 y escrito por Michael Nerlich. En él, se describe la odisea por la que tuvo que pasar la última novela escrita por Cervantes, que ha sido objeto de menosprecio y hasta de burlas («indigno de el autor del Quijote y propio de la senilidad») durante siglos. Me pregunto yo cómo es posible que sea propio de la senilidad un texto rematado (porque empezó a escribirlo bastante antes) justo después de la publicación de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo. Pero no es nada nuevo, porque en mi –por otra parte magnífica– edición del Persiles de Cátedra, el autor de la introducción, Carlos Romero Muñoz, no se cansa de aludir a los supuestos errores, imprecisiones o fallos del texto, como si fuera un peaje obligatorio que pagar para acceder a esta novela.

Ya lo he comentado más veces en esta página: en general, pareciera que tenemos que pedir perdón por existir como Literatura, y que nuestro mayor exponente como mucho puede presumir de haber escrito la muy influyente El Quijote (¡que para muchos también está llena de errores!), y que otras obras suyas están lejos de esa «excelencia» porque a fin de cuentas el pobre Cervantes bastante tuvo con lo suyo. Tal es el caso que casi nadie nombra a Cervantes entre los más grandes novelistas de la historia, aunque sí nombran El Quijote, habitualmente, como la más grande o la primera o entre las más importantes. Semejante despropósito me temo que no tiene pinta de extinguirse, y pasarán cien y doscientos años más y seguiremos igual. ¿Por qué sucede esto? No tiene explicación para mí, más allá de la Leyenda Negra española que todo lo pudre y todo lo distorsiona, y de la ceguera tanto de los lectores más mentalmente provectos y la crítica más acobardada del mundo. Así las cosas, se ha aceptado ya que el más grande escritor de todos los tiempos, incluso en prosa –¡aunque jamás escribió nada en prosa!–, a Shakespeare, y quizá algunos, incluido el archifamoso y recalcitrante Harold Bloom, pudieran aceptar, casi como de regalo, que Cervantes se acercó a esa grandeza con su Quijote y Dante con su ‘Divina Comedia’.

Pero tal desatino se cura de una forma muy fácil: leyendo. Leyendo primero, si se quiere, las tragedias, comedias y dramas históricos de Shakespeare, así como sus sonetos. Y luego leyendo las novelas, los relatos (pues eso son realmente sus ‘Novelas Ejemplares’), la poesía y las obras de teatro de Cervantes, todas ellas, desde sus tragedias, hasta las comedias y entremeses que han llegado hasta nuestros días. Y con eso debería bastar, si uno posee una mente lo bastante crítica, despierta y valiente, para dejar claro que las cosas son muy diferentes a como habitualmente se han querido contar. Que Shakespeare, siendo un dramaturgo con algunos aspectos interesantes, es un dramaturgo mediocre y un poeta aceptable sin más, y que sus treinta y tantos dramas, y sus ciento cincuenta y cuatro sonetos no pueden parangonarse, bajo ningún concepto, con la creación literaria del hombre que cambió para siempre la Literatura en occidente. Situar al lado del Quijote una tragedia brillante pero epidérmica, grandilocuente pero vacía, como Hamlet, debería estar penado por ley. Es como situar a un pigmeo al lado de un gigante. Shakespeare ni siquiera puede compararse con Lope de Vega, cuyas mayores obras le pasan por encima. De hecho jamás escribió algo tan genial como ‘La vida es sueño’, de Calderón de la Barca, cuyos monólogos son mucho más bellos, están mucho mejor escritos, poseen una mayor envergadura literaria, conceptual y narrativa que los tan trillados y manoseados del príncipe de Dinamarca. Basta con tener ojos para ver.

A Cervantes le bastaría con sus relatos largos, o novelas cortas, como el diálogo entre Cipión y Berganza en ‘El coloquio de los perros’ para merecer un lugar de honor en la historia de la literatura, porque esos lugares no se alcanzan con palabrería o manipulaciones sociológicas, sino con ingenio, grandeza compositiva, influencia universal. Hasta cuando un autor quiere ser shakesperiano acaba siendo, mal que le pese, cervantino. Que se lo pregunten a Kurt Sutter por su ‘Sons of Anarchy’. Nos hemos tragado el cuento de que la literatura británica es la más grande de la historia y que su teatro es el más profundo, grandioso y memorable, y que sus autores son el faro de occidente. Y es una mentira como una catedral. A poco que rasque uno se da cuenta de que el 99% de la literatura occidental, tal y como la conocemos, la inventó Cervantes, no Shakespeare. Las reglas del juego, en teatro, novela y relato, las puso él y el resto le han seguido porque no tenían opción de hacer otra cosa. Es como en música con Mozart: una vez llegó él, todo quedó obsoleto, y las reglas cambiaron. Pero Mozart posee aclamación universal, y Cervantes «sólo» tiene su Quijote.

Y tal como ha pasado en Literatura ha ocurrido en Cine, porque los anglos tienen la lección bien aprendida, y saben que la propaganda cultural es la mayor de la armas de conquista. John Ford y Alfred Hitchcock son considerados los más grandes cineastas no de su país, sino de todos los tiempos, en todo el mundo. Algo enormemente cuestionable. Basta ver el grueso de su enorme producción –que fue posible únicamente por la enorme capacidad industrial de Hollywood–, y poner al lado a autores europeos como Bergman, Antonioni, Bresson, Buñuel o Tarvkoski, para descubrir no solamente las oquedades de un cine brillante y ampuloso, pero también falsario y superficial, sino la enorme mentira que representan sus ficciones, la extensión del «sueño americano», la propagación de la idea del Cine como máquina de sueños, en lugar de como una herramienta en la búsqueda del conocimiento y la verdad del hombre. Son epígonos perfectos de Shakespeare y representantes absolutos de la certeza de que en general los anglos no saben qué hacer con la ficción, se la toman demasiado en serio, cuando debería ser el juego definitivo, el espejo a partir del cual entender la realidad, no una mentira tan grande como nuestra realidad.

Eso es lo malo. Lo bueno es que las obras de Cervantes están ahí, son de dominio público, no hace falta ni siquiera gastarse diez o quince euros en una edición de sus novelas, o de sus relatos o de sus obras de teatro. Basta leerlas para comprender la inmensa suerte que tenemos de que el más grande escritor que jamás se puso a componer ficciones fue español, y que aunque seguirá esperando a que las cosas caigan por su propio peso, podemos acelerar ese advenimiento, y poner las cosas en su justo lugar de una vez y para siempre. Pero la gente no lee a Cervantes. Dicen leerlo y es mentira. La mayoría de los españoles creen, de hecho, que solamente escribió esa obra, y sin embargo pueden citar (aunque tampoco se las hayan leído…) los títulos de varias piezas de Shakespeare. Realmente lo han conseguido, los anglos. Me quito el sombrero porque han logrado situar a un dramaturgo sobrevalorado por encima del mayor genio universal de las letras. Bravo.

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CRÍTICA, LITERATURA

Cervantes, de Santiago Muñoz Machado: creyendo las mentiras del mayor de los mentirosos

Sigue llamándome la atención que algunos se lancen a aventuras quizá muy por encima de sus habilidades o posibilidades, en algunos casos, o que se propongan empeños imposibles a los que ellos vuelven aún más imposibles con su ceguera y academicismo. Ocurre en todos los ámbitos, tanto en Literatura como Cine y Televisión. Me pregunto dónde están las mentes verdaderamente inteligentes y profundas. No escribiendo libros, muchas veces, sino seguramente ocupados en otras cuestiones de mayor remuneración…

Viene todo esto a colación porque acabo de leerme este libro:

Está escrito nada menos que por Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española de la lengua, y trata de ser la biografía definitiva de Cervantes y el estudio más completo hasta la fecha de su obra magna, Don Quijote. 1037 páginas contiene nada menos, el volumen, y podríamos decir que tiene una primera parte dedicada a la vida del autor, una segunda a la creación del Quijote, una tercera a la figura de Cervantes como creador, una cuarta a la búsqueda del significado profundo de la obra maestra, una quinta y una sexta dedicadas a las fuentes literarias cervantinas, y otras cinco partes en las que da buena cuenta de su intensa investigación sobre la época y la lengua cervantinas. Se trata, por tanto, de un inmenso esfuerzo por convertir este volumen en el trabajo definitivo sobre el que probablemente sea el escritor más genial de todos los tiempos (con permiso de Dante…). El tal Muñoz Machado, del que yo desconocía su existencia hasta haber leído este volumen, por mucho que sea director de la RAE, seguramente ha tardado muchos años en completarlo y tiene mucha fe en él. Ahora bien, se trata a todas luces de un volumen fallido.

Rastrear y dar forma a la vida de una figura tan huidiza como Cervantes, desde luego es muy complicado. Antes se dejaba muy poco rastro del paso por el mundo, y mucho más si eras una persona humilde. Todavía es muy posible que Shakespeare nunca existiera, o que no escribiera él solo muchas de sus (escasas) obras, y que otras figuras nunca sepamos qué hicieron o no hicieron. Pero si eso es muy complicado, construir una teoría sobre la vida de Cervantes, y una teoría sobre su creación literaria, basándose sobre todo, tal como hace Muñoz Machado, en lo que dijo el propio Cervantes en sus prólogos, o en sus cartas, o en las veces en las que habla en primera persona en sus novelas, es directamente un suicidio, porque Miguel de Cervantes era muchas cosas, pero sobre todo era un mentiroso compulsivo del que no hay que fiarse en ningún momento, porque se ríe de ti a cada paso y te hace imposible que puedas tomarle en serio. Y sorprende que un tipo tan preparado como todo un director de la RAE no sepa verlo y que caiga en la trampa en su voluminoso libro… del que por cierto más de 250 páginas son bibliografía… sin ningún orden ni concierto. A unos diez títulos por página estamos hablando quizá de ¡2500 libros o artículos consultados para componer este ensayo! Si de verdad los ha leído y consultado todos, que lo dudo, desde luego no ha sacado nada en limpio.

Hay algo irreprochable: la investigación documental que ha llevado a cabo el autor de ese ensayo para situarnos en un contexto histórico. Como se le presupone, es un erudito que ha sabido enmarcar a la perfección su trabajo. Del lienzo ahora hablaremos, pero el marco es yo diría perfecto. Se dedica páginas y páginas a dejar claro que lo sabe todo sobre aquella época, sobre costumbres, sobre géneros literarios, personalidades de la época, costumbres, objetos, vestuario, enclaves… de todo. La primera parte, la de lo que se sabe de la vida de Cervantes, es por ello la más sólida y defendible. Lástima que la segunda y la cuarta, que son aquellas en las que el autor trata de darle un significado definitivo al Quijote, sean tan desastrosas. Muñoz Machado toma la muy torpe decisión de explicarnos El Quijote desde dentro, desde la lógica cervantina, como si el autor pudiera explicarnos, a través de sus textos, cuáles son sus razones a cada paso literario que da. El problema es que Cervantes, de cada cinco cosas que decía o dejaba por escrito, diez eran mentira, eran un juego laberíntico en el que los más ingenuos, y Muñoz Machado lo es, se perdieran en un concierto de palos de ciego.

Pero donde Muñoz Machado acaba perdiendo definitivamente el norte es cuando decide otorgar el mismo carácter a Cervantes que al narrador del Quijote, desconociendo, por lo que parece, que escritor y narrador son dos figuras literarias diferentes, complementarias, pero que deben ser estudiadas de manera paralela, no idéntica. Obviamente, el que escribe la novela es Cervantes, pero el narrador es un personaje literario (como en toda novela que se precie de serlo) muy distinto al propio Cervantes, que se convierte en su más firme y poderoso valedor, porque es el que mejor miente y el que más toma el pelo al espectador (creando ese concepto de narrador no fiable…), y Muñoz Machado ¡decide creerle en todo cuanto dice, cuenta y narra! Resulta hasta entrañable observar de qué manera en las 750 páginas reales que dura este ensayo el autor se deja llevar de la mano por un tipo tan cínico y tan inteligente como Cervantes, que como se suele decir «se las da con queso» a todo un director de la RAE porque es muchísimo más inteligente que él.

Para terminar, un aviso: no se trata de ensalzar ni de encumbrar la obra literaria de Cervantes. Para eso, las obras maestras del escritor se valen solas. Se trata de elevarnos a nosotros para ponernos a su altura.

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Vídeos

Miscelánea de vídeos (1)

Siempre me digo que voy a empezar a poner más vídeos en esta página, y luego nunca me acuerdo… Pues voy a empezar a hacerlo, incluso con vídeos (como es el caso de algunos de los aquí incluidos) que ya he puesto aquí, pero cuya fuente de origen ha desaparecido, o que ya no se encuentran disponibles en Youtube, etc. Mi intención es ir dejando algunos de los vídeos de cortos, animaciones, documentales o cualquier cosa que realmente me parezca digno de mención, y que por tanto vea y vuelva a ver sin cansarme, porque siempre me aportan algo. Vamos allá:

Empecemos por ‘Korgoth of Barbaria’, una serie que nunca llegó a tener más que el episodio piloto, pero que de por sí es tan redondo y divertido que podría considerarse uno de los cortometrajes de animación y Espada y Brujería (desde el anglicismo Sword & Sorcery), y que aunque se sirve de todos los tópicos habidos y por haber de esta clase de narraciones, hay algo en lo que destaca: el arrollador humor negro que preside cada secuencia y casi cada detalle. Creado por Aaron Springer y con animación dirigida por el maestro Genndy Tarkakovsky, es una de esas piezas ideales para arreglar un mal día y subirte la moral. Irresistible de principio a fin.

Sigamos por uno de esos vídeos que vuelvo a ver de vez en cuando, sólo para acordarme de dos cosas: que el mundo (el universo) es mucho más grande y vasto y complejo de lo que en realidad creemos en nuestras vidas prosaicas, y que hay gente que es capaz de hacer trabajos en Youtube que hacen que merezca la pena a pesar de todos los pesares:

Y para terminar, el bonito documental de apenas 46 minutos dirigido por Frances Escribano, titulado ‘Buscando a Cervantes’, que por supuesto se plantea un acercamiento a la figura central de la literatura occidental en prosa y teatro, con un tono además distendido y que pretende inocular la curiosidad del espectador hacia tan eminente artista. Alberto San Juan hace a un buen Cervantes (si bien quizá no genial…), y el documental apenas rasca un poco en la vida y el significado de este señor, pero claro, para de verdad hacer una película sobre este gigante, habría que plantearse una serie documental entera (que tiene pocos visos que algún día se haga realidad, pero que yo devoraría sin pensarlo). Por lo menos te cuenta algunas cosas importantes y deja el testigo para que el espectador siga investigando por su cuenta, por lo que merece la pena verse:

Si el tiempo y la salud lo permiten (últimamente no mucho…) iré dejando tres vídeos de muy diferente procedencia, estilo e intereses, todos los fines de semana. Ya que este tipo de páginas lo permite, ¿por qué no hacerlo?, y así el lector ocasional de mis investigaciones sabrá también qué clase de vídeos suelo ver y por qué.

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ENSAYO, LITERATURA

Enmienda a Jesus G. Maestro a propósito de ‘Pedro Páramo’

Ya dije hace algún tiempo que a Jesús G. Maestro se le ven las costuras. En realidad se nos ven a todos. Maestro es un profesor de universidad especializado en teoría literaria que ha devenido en inopinado (y muy interesante) crítico literario. Es muy exigente y sabe de lo que habla, por lo que en pocas palabras la literatura es lo que a él le apetece que sea la literatura. Nos pasa a todos, insisto. Cuando somos exigentes, cuando tenemos una preparación, y cuando devenimos, en la medida de nuestras posibilidades, en críticos, teóricos o investigadores, creemos que el cine, o la literatura, o la música, o lo que sea, es lo que a nosotros nos da la gana.

He leído su monumental (tres mil y pico páginas) ‘Crítica de la razón literaria’, en la que aplica los postulados filosóficos de Gustavo Bueno al conocimiento de la literatura. Y como no podía ser de otra manera, en algunos aspectos estoy radicalmente a favor de lo que dice, y en otros radicalmente en contra. Es lo que tienen estas cosas, y es sano que sea así. También suelo ver sus (numerosos) vídeos, clases magistrales dedicadas a alguna obra en concreto, en las que aúna una mirada incisiva sobre ciertos aspectos literarios con una chabacanería y una chulería impropias de un crítico de categoría. Pero supongo que se le puede perdonar porque a diferencia de otros como Harold Bloom, al menos Maestro tiene un sistema de ideas, una teoría sobre la literatura y la narrativa, bastante originales y personales, y eso es más de lo que puede esperarse de mucha gente.

Ahora lo que me gustaría es hacerle una enmienda a este señor. No se la va a leer (porque no me conoce, y es normal que así sea) y en el caso de que se la lea no va a comentar nada… y en el caso de que comente me va a avasallar con sus conocimientos, su capacidad argumentativa y su proverbial mala leche. Tampoco pasaría nada. Son las reglas del juego y se aceptan.

Entre algunos libros en los que ha profundizado se encuentra en su canal de Youtube una serie de vídeos sobre la obra maestra de Juan Rulfo ‘Pedro Páramo’ (este es el primero, para que el lector no ande buscando), en los que se propone, como siempre, analizar por partes las razones que la convierten en una obra maestra, y lo que emana filosóficamente de ella. En realidad, Maestro sólo da una razón para considerar a ‘Pedro Páramo’ una obra maestra, y es que es una historia de relatos intercalados (los de Juan Preciado, Pedro Páramo y Susana San Juan), y que están entrelazados entre sí (de hecho así es) con una lógica interna irreprochable. Por lo demás, Maestro únicamente reflexiona sobre lo que emana filosófica e intelectualmente de la obra, tal como suele hacer, y en ello se explaya (con bastantes redundancias) a lo largo de los cinco vídeos, «dando en hueso» tangencialmente, como suele ser habitual en él, pero sobre todo contándonos lo que para él es o deja de ser un escritor genial, y otras ideas por el estilo.

Es una constante de Maestro: la interpretación de la literatura es en su caso una interpretación filosófica, casi nunca estructural, técnica, objetiva, del material literario en sí. Es decir nunca de la prosa, los diálogos, la estructura lógico-narrativa, los personajes, el estilo, la atmósfera, la construcción y pertinencia poética de los capítulos, el lirismo o la mirada del autor, salvo quizá algunos aspectos como el tipo de narrador o el tipo de narrativa, es decir la diégesis. Y una vez más, como viene siendo costumbre en él, lo relaciona todo con ‘El Quijote’. Y sí, es poco discutible (o nada), que el grueso de invenciones técnico-narrativas del canon occidental provienen de la obra maestra de Cervantes. Y sí, es muy posible que lo más lógico sea relacionar algunos aspectos de ‘Pedro Páramo’ con las obras y los autores que él menciona (de Valle Inclán pasando por Georg Büchner y Strindberg, y terminando una vez más en Cervantes), pero la teoría de Maestro, como también es habitual en él, naufraga cuando niega la originalidad y la importancia de escritores anglosajones como William Faulkner y otros.

No todo se puede achacar, me temo, al hiato de los capítulos ocho y nueve de ‘El Quijote’. Es decir, la decisión de Rulfo al ordenar sus relatos y al hacer discontinuo su cronotopo, como tantos otros han hecho, en efecto tiene un «antecedente» en el barroco español (como casi todo, por otro lado), pero eso no define la originalidad ni la falta de ella. Y en el caso de hacerlo también definiría la originalidad de Faulkner y de otros autores anglosajones. Para Maestro existe la literatura española y después todas las demás. En ese sentido, Rulfo (que es posterior a Faulkner), sí puede beber de ‘El Quijote’, pero por lo visto Faulkner (que declaró muchas veces que era su novela de cabecera), no puede. En Rulfo es originalidad lo que en Faulkner no lo es, por alguna razón que solamente Maestro puede defender sin mucho fundamento. Por eso dice que el que achaque originalidad a Faulkner en la construcción de por ejemplo ‘El ruido y la furia’ o ‘Mientras agonizo’ es que no se ha leído ‘El Quijote’, pero el que diga que Rulfo es original por hacer lo que ya hizo Cervantes, sí debe habérselo leído.

En pocas palabras: que Rulfo, siendo hispano, sí puede beber de las fuentes originales del canon occidental, pero «escritores ingleses» como Faulkner, precisamente por ser ingleses, lo que hacen es descubrir el Mediterráneo por quinta vez. Señor Maestro, nadie ha dicho que Faulkner sea el que inventó la narración fragmentada, pero sí desde luego el que trascendió los límites de la novela del XIX, cuyas limitaciones aún coleaban en las primeras décadas del XX, y el que cristalizó técnicas tales como el monólogo interior, el fluir de la conciencia, la desaparición del narrador y la capacidad para hacer inmersivo el relato desde el punto de vista de un personaje concreto. Es la novela moderna, la del XX, la que alcanzó su cima, de la que Faulkner es, le pese a quien le pese, uno de sus máximos exponentes (si no el que más). Y es muy probable que Rulfo estuviera también influido por él, como casi todos los escritores hispanoamericanos del XX (en su caso, por cierto, con más enjundia que en el de Vargas Llosa y otros). Y lo está en términos de prosa, de construcción, del mundo interior del narrador, porque la influencia de Faulkner es inmensa e insoslayable salvo por críticos cegados por su fanatismo hispanista, como es el caso de usted.

Es cierto que en términos globales y globalizadores, la literatura en español es la primera a tener en cuenta, por encima de cualquier otra. También es cierto que se puede rastrear casi todo desde la genialidad de ‘El Quijote’. Pero eso no sirve para situar, en el XX, a escritores españoles necesariamente por encima de escritores anglosajones. ‘Pedro Páramo’ es una de las cimas de la novela del XX, exactamente por las mismas razones por las que lo son ‘Mientras agonizo’ o el ‘Ulysses’ de Joyce. Todas participan de la misma poética, con sus lógicas diferencias de estilo y de componentes temáticos. Y negar eso es bastante problemático, incluso para aquellos que escriben libros de teoría literaria de tres mil páginas.

Y esta es mi enmienda.

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ANÁLISIS LITERARIO, ENSAYO, LITERATURA

Don Quijote: Cap XXXII de la 2ª parte

Dejando claro que es imposible elegir un capítulo sobre otro, o unos capítulos sobre otros, de la obra maestra de Miguel de Cervantes Saavedra, me dispongo aquí a comentar la particular genialidad de un capítulo concreto, el número treinta y dos de la segunda parte de 1615, porque se trata de un fragmento de especial belleza, ingenio y sagacidad por parte de su autor, y porque en él se concentran tres de los valores que han hecho de esta obra no solamente la primera novela moderna, sino el compendio de conceptos narrativos de los que se ha servido occidente durante los últimos cuatrocientos años a la hora de componer ficciones.

Para los que no se hayan leído la novela, pongo en antecedentes: la segunda parte de la novela aparece después de que Cervantes se entere, como todo Madrid, de que ha aparecido una segunda parte apócrifa, escrita por un tal Avellaneda y titulada ‘Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, que apareció en 1614. El llamado «príncipe de los ingenios» se apresura a escribir la auténtica segunda parte que se publica un año después. Si la primera parte era excelsa, esta segunda va incluso más allá y se convierte en la primera ficción netamente meta-narrativa. En una meta-literatura que se lee a sí misma y se explica a sí misma, pues sus personajes, tanto Don Quijote y Sancho como todos los demás, han leído o conocen el primer volumen así como el volumen de Avellaneda. Y no solamente eso, sino que en este juego laberíntico de espejos, en este enorme artefacto narrativo que es El Quijote, se va a emplear la primera parte como sistema de juegos, o sistema de reglas, de la segunda, sobre todo cuando Quijote y Sancho vayan a parar al palacio de los duques, los cuales se van a divertir de lo lindo con ellos jugando al juego que el ingenioso hidalgo ha dispuesto sobre la mesa, en un mapa de réplicas y contrarréplicas, de sobreentendidos y de guiños literarios que es poco menos que sublime.

Este capítulo en concreto comienza con la réplica que un ofendido Quijote le da al eclesiástico de la casa de los duques, que acababa de reprender al duque por tener allí a un «tonto» que no deja de decir «sandeces y vaciedades», para terminar diciendo:

«-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen. ¿En dónde, nora tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?»

Don Quijote se levanta ante todos los presentes, que están comiendo, y comienza uno de sus más célebres monólogos, de esos que pocas veces se citan (pues parecen a oídos españoles mucho más interesantes los versos anglosajones de un Hamlet o un Romeo), diciéndole así al eclesiástico:

«-El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien, sin tener conocimiento del pecado que se reprehende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si no, dígame vuesa merced: ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a trochemoche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y habiéndose criado algunos en la estrecheza de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asumpto vano o es tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos dél, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta inreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite: caballero soy y caballero he de morir si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda; pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, Duque y Duquesa excelentes.»

Las palabras de Don Quijote provocan la determinación del Duque a entregarle a Sancho la ínsula prometida, ante la perplejidad del eclesiástico, que afirma que no sabe quién está más loco, si el supuesto caballero andante allí presente, o los duques que le aplauden. Todo esto, en realidad, no es sino el preámbulo al elaborado artificio que se va a desarrollar en este largo capítulo, en el que los duques van a poner muy a prueba tanto la ficción que encarnan Sancho y Quijote, como su propia ficción autoimpuesta, pues a continuación tiene lugar el famoso afeitado del Quijote, en el que las criadas se toman la libertad de burlarse de él para diversión de toda la corte de los duques, y finalmente tiene lugar el magistral diálogo de Dulcinea, que es básicamente un «yo sé que tú sabes que yo sé, y a ver si te cojo en una mentira». La cosa empieza así, con la duquesa demostrando que ha leído la primera parte del Quijote, y que por tanto:

«-No hay más que decir -dijo la Duquesa-; pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.»

La inteligencia de la duquesa es notable, pues le está demostrando que no puede saber cómo es Dulcinea, pues nunca la ha visto, tal como se dice varias veces en el primer libro. Demostrando que miente en eso, también puede demostrarle que miente en todo lo demás, y tirar abajo la ficción de su locura, pero el Quijote es aún más inteligente que ella:

«-En eso hay mucho que decir -respondió don Quijote-. Dios sabe si hay Dulcinea, o no, en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.»

En otras palabras, puedes que la haya o puede que no, pero es mejor no saberlo, solamente es como conviene que sea a un caballero andante, y no hay más que hablar. A continuación su inteligencia se mide con la del duque, que le dice:

«-Así es -dijo el Duque-; pero hame de dar licencia el señor don Quijote para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he leído, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea en el Toboso, o fuera dél, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas, con las Madásimas, ni con otras deste jaez, de quien están llenas las historias que vuesa merced bien sabe.»

El duque así intenta picar al caballero de la triste figura, admitiendo que puede ser todo lo hermosa que él quiera, pero que su linaje, por lo que han leído, no anda parejo con el de otras grandes damas de la literatura de caballerías. La réplica de Don Quijote no tiene desperdicio:

«-A eso puedo decir -respondió don Quijote- que Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto más que Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro; que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores milagros se extiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas mayores venturas.»

A esto, ¿qué decir?. El caballero andante lo tiene todo atado y bien atado, y no va a dejarse acorralar filosóficamente por nadie, tal como a continuación afirma la duquesa:

«-Digo, señor don Quijote -dijo la Duquesa-, que en todo cuanto vuesa merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la mano; y que yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi casa, y aun al Duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso, y que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida, y merecedora que un tal caballero como es el señor don Quijote la sirva; que es lo más que puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar de formar un escrúpulo, y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza: el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuesa merced le llevó una epístola, ahechando un costal de trigo, y, por más señas, dice que era rubión; cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.»

Ella, que conoce bien el capítulo en el que Sancho le llevó una carta a Dulcinea, le hace ver a su rival intelectual que a fin de cuentas Sancho sí la vio (todos saben que no, incluido el caballero, pero tienen que fingir que sí), y que no era moza bella en absoluto, y tampoco noble. Pero el caballero vuelve a responder, quizá con la mejor réplica de todas:

«-Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí me suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algún encantador invidioso; y como es cosa ya averiguada que todos o los más caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado, otro, de ser de tan impenetrables carnes, que no pueda ser herido, como lo fue el famoso Roldán, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta que no podía ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto había de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma alguna; y así, cuando Bernardo del Carpio le mató en Roncesvalles, viendo que no le podía llagar con fierro, le levantó del suelo entre los brazos, y le ahogó, acordándose entonces de la muerte que dio Hércules a Anteón, aquel feroz gigante que decían ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo dicho que podría ser que yo tuviese alguna gracia déstas, no del no poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado; que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero pues de aquél me libré, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me empezca; y así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas, hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea; que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte, quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento: tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo; duda de todo, y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; y así, estoy en duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho merced; aunque veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno, como el Rey con sus alcabalas; y más que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saber leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo; que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare

La inteligencia del caballero (y de Cervantes) es tal, que le basta como prueba de su ficción su solo ingenio. En otras palabras: es capaz de razonar a la perfección que su ficción no es tal ficción, sino una verdad absoluta. Su capacidad verbal, que en nada se parece a la de un loco rematado sino a la de alguien muy cuerdo que utiliza una falsa locura para obtener más libertad y diversión en un mundo gris, es extraordinaria. En su mente, el Quijote es invencible, y ni siquiera los duques, que se burlan de ellos, que les humillan y les hacen jugar su propio juego, pueden demostrar verbalmente que todo lo que él afirma no es más que una enorme mentira de ficción, en otras palabras, que no es más que literatura. Pero, claro, una literatura perfectamente cerrada en sí misma. Y en sucesivos capítulos seguirán poniendo a prueba a los dos protagonistas, que deberán pactar mantenerse unidos en su mentira.

Es por este ejemplo, y por decenas similares, por los que muchos consideramos que se trata de los mejores diálogos en literatura nunca escritos, por su arrollador ingenio, por su gracia, su ironía, su inventiva… por las múltiples capas y estratos filosóficos que de ellos emana. Y esa capacidad para escribir diálogos memorables persiste en el Persiles, y en sus novelas ejemplares, así como en sus extraordinarios entremeses. No creo haber exagerado, por tanto, si digo que Cervantes es el mayor perdedor de la historia de la literatura, porque por mucho que se le alabe su obra maestra, no se conocen a fondo sus grandes virtudes.

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ANÁLISIS LITERARIO, ENSAYO, LITERATURA

La genialidad insuperable de ‘Don Quijote’

De todas las obras literarias míticas que han aparecido a lo largo de los siglos, hay una (con el permiso de ‘La Divina Comedia’ de Dante) que es la que probablemente más páginas, monográficos, estudios e investigaciones, tanto en España como en muchos otros países, ha suscitado. Pero esta ingente bibliografía en torno a su creación, su narrativa y su grandeza no se ha traducido, ni de lejos, en una mayor comprensión del público acerca del porqué de su grandeza, ni en una aprehensión absoluta por parte de la crítica de sus más rotundas e insuperables victorias poéticas. Ni Cervantes ni ‘El Quijote’ son fáciles de aprehender, ni siquiera por los más fervorosos cervantistas. Ese es el primer indicio al que hay que prestar atención cuando te acercas a un mito de esta categoría. Pero lo segundo en lo que habría que fijarse es que a pesar de que Cervantes lleva cuatro siglos jugando al ratón y al gato con todos nosotros, a pesar de esa falta de comprensión y aprehensión absoluta acerca de su genialidad, ‘El ingenioso hidalgo’ y el ‘Ingenioso caballero’ sigan estando hoy más vivas que nunca, y sigan leyéndose (al menos por críticos y académicos), sigan reimprimiéndose y sigan siendo, en su globalidad, uno de los libros más vendidos en todo el mundo.

Lo primero, quizá lo más importante que habría que empezar diciendo es que ‘Don Quijote’ no es una parodia de los libros de caballerías. Esto se ha dicho por tierra, mar y aire, durante muchas décadas, y se ha repetido por personas que o bien no se lo han leído o bien carecen de la menor formación literaria y artística para decir nada relevante en torno a ello, pero no tienen problema en afirmarlo. Por otra parte se tiende a comparar dos momentos históricos del todo incomparables: no tiene nada que ver el mundo editorial de las dos primeras décadas del siglo XXI con el Siglo de Oro español. Absolutamente nada, por desgracia. Si todos aquellos que llevan tanto tiempo diciendo que ‘El Quijote’ es una parodia de las novelas de caballerías se hubieran tomado la molestia de averiguarlo, sabrían que los modelos de Alonso Quijano, los personajes que a él le inspiran para convertirse en Don Quijote (Amadís de Gaula, el caballero del Febo, Belianís de Grecia, el Caballero de la Ardiente Espada, Reinaldos de Montalbán…) estaban de moda varias décadas antes (entre 1520 y 1550 como mucho) que cuando llegó el primer volumen (1605), pero es mucho más fácil repetir lugares comunes, aunque empequeñezcan las obras más sublimes, que intentar saber de lo que se está hablando.

La razón de ser de ‘El Quijote’

No es ‘El Quijote’ una parodia, sino una tragicomedia, por hablar en términos contemporáneos. Las novelas de caballerías no son el objeto de la parodia de Cervantes, sino las reglas del juego a partir de las cuales el autor va a desarrollar una muy compleja y original voz literaria. Son una excusa de la que se va a servir para contextualizar una feroz crítica a todos y cada uno de los estamentos sociales, morales y religiosos de su época. Esas reglas del juego, las de las novelas de caballería, su hipercodificación, le van a resultar de perlas a Cervantes para establecer una dualidad clave entre idealismo y racionalismo, una dialéctica entre los hechos y sus apariencias, y un discurso esencial para los siguientes cuatro siglos sobre la ficción y su alcance en la vida real, en otra palabras, entre la literatura y su reflejo en la realidad. Rebajar esta originalidad literaria a una mera «parodia» no solamente es hacerle un muy flaco favor a Cervantes y a su obra cumbre (aunque en absoluto su única obra genial…), sino que devalúa enormemente las trazas más excelsas del barroco español, pues solamente desde el barroco se puede entender una obra de estas características.

Lo que sí cabe dentro de esta tragicomedia es la sátira y la ironía. Pero si Cervantes ironiza con ella, o satiriza, las novelas de caballerías, hace lo mismo con cada cosa, género, idea o concepto que toca y que comenta, siquiera de pasada. Todo lo que Cervantes maneja en su literatura, queda trastocado por él. Y así quedaron inservibles las novelas pastoriles después de su ‘Galatea’ (1585), y quedan trastocada y heridas de muerte todas las novelas de caballerías, las de picaresca, las bizantinas, las italianas, las moriscas… ‘El Quijote’ es el libro de libros no solamente porque dentro de este libro existan muchos libros, muchas pequeñas novelas, cada una de un estilo diferente, sino porque su autor se vale de todos los géneros conocidos para dejarlos irreconocibles y para construir uno nuevo: la novela moderna, la novela polifónica, la novela intelectual-realista, que va a ser a partir de entonces la novela paradigma de la que van a surgir muchas otras y de la que todavía siguen surgiendo. Decía Viñó, que «más que novela, ‘El Quijote’ es una vasta creación intelectual». En efecto, pero es que desde el Quijote esa es la definición de la novela total, la novela obra de arte: una vasta creación intelectual y poética. Por su parte, el cervantino irredento Jesus G. Maestro comenta sobre todo la fuerza del narrador en ‘El Quijote’ y sus adelantos técnico-narrativos, pero esta obra maestra es mucho más que eso.

El narrador (los narradores) de ‘El Quijote’

Es fundamental referirse al narrador de esta novela como la pieza catedralicia, la columna esencial de su genialidad. A este respecto, es importante recordar que el narrador es, casi siempre, en la verdadera literatura, un personaje más. Pocos narradores-personajes, o ninguno, como el narrador de la novela de Cervantes, a los que los comentaristas más hueros suelen confundir con el propio Cervantes, del mismo modo que harían con cualquier otra novela. Pero el narrador del Quijote no es el propio Cervantes, y él ha procurado que esto quede bien claro salvo para los que no se interesan en absoluto por la obra. Lo ha dejado bien claro desde la primera línea: «En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…». El narrador es un personaje extraordinario, increíblemente astuto (en palabras del propio Maestro) y resbaladizo, que nunca va a mostrar su verdadero rostro aunque él mismo aparece como personaje de la novela cuando encuentra, en el capítulo nuevo, los cartapacios escritos (¡en árabe!), por ese tal Cide Hamete Benengeli al que podemos referirnos como un segundo narrador. Esos cartapacios en árabe serán traducidos para el primer narrador (que según sus propias palabras ejercerá a partir de entonces como glosador y editor de los textos restantes ya traducidos) por un morisco aljamiado al que él mismo pagará para que lo traduzca todo «sin salirse una coma de la verdad»… a pesar de lo cual en sucesivos capítulos se ve en la necesidad de corregir a ese mismo traductor porque según él las cosas no pasaron así ni así constan en los «anales de La Mancha» o en los «archivos de La Mancha» (cuartos, quintos, sextos narradores anónimos…), y aunque algunos capítulos (22 de la primera parte, 1, 8, 24, 27, 40, 44, 50, 52, 53, 60, 73 de la segunda parte) incluso nombra a Cide Hamete Benengeli queriendo elogiarle como primer glosador de esa historia, las más de las veces lo hace para dudar de él, para cuesitonarle, humillarle y dejarle muy mal parado.

¿Por qué este muy sofisticado artefacto de autores ficticios, este entramado laberíntico de narradores, traductores, glosadores de la historia de Don Quijote? Pues no solamente para protegerse él, Cervantes, de una novela que aunque se vendía (¡y se sigue vendiendo en todo el mundo!) como una novelita de aventuras, como una comedia intranscendente, se trata en realidad de una obra de muchas y muy sutiles y subversivas cargas de profundidad que atacan y destruyen con su lógica todos los conceptos sociales, políticos, monárquicos, religiosos y morales de la época. No era mala idea hacerlo así, además, a causa de la proverbial mala suerte de Cervantes (que estuvo cinco años prisionero en Argel, que fue encarcelado varias veces por azares de una vida convulsa), quien podía pagar muy caro los atrevimientos de su obra magna. Sus precauciones fueron innecesarias, porque cuatrocientos años después muchos siguen sin enterarse de por dónde vienen los tiros, pero este mecanismo de narradores sirvió además para establecer en primer lugar al narrador más poderoso de la novelística de todos los tiempos, ese que manipula al lector cuando y como quiere, que maltrata a sus personajes con una ironía y una mala uva inéditas en literatura, pues desde un principio describe al Quijote como loco rematado y a Sancho como tonto perdido, cuando los hechos nos demuestran que ni uno está tan loco ni el otro es ni mucho menos tonto. Y en segundo lugar para establecer un juego meta-literario en el que el narrador y el autor de la novela, que son dos entidades diferentes, jueguen al ratón y al gato con el lector, incluso con el más inteligente de los lectores, sin que sepan capaces de ganarle por la mano.

Los personajes del Quijote

Los personajes del Quijote, además de ser extraordinarios en sí mismos por la enorme complejidad interna que de ellos Cervantes y su narrador disponen en el tablero de juego, lo son porque son personajes que engendran otros personajes. El Quijote es el libro de libros porque además es un libro en el que la literatura, como mero ente de creación, es no un personaje más, sino el concepto que se maneja en toda la extensa novela como el juego a jugar por el espectador y los propios personajes.

Así, Cervantes engendra a su narrador (nivel 1), el narrador engendra a Alonso Quijano y su locura y a Sancho Panza y su simpleza (nivel 2), Alonso Quijano engendra a Don Quijote (nivel 3), Don Quijote engendra a Dulcinea del Toboso (nivel 4), y mucho más adelante los duques intentan reconfigurar esa jerarquía de mundos narrativos enfrentándose dialécticamente al Ingenioso Caballero y saliendo derrotados de ese nuevo juego en el que el protagonista, aún siendo el objeto de las burlas de los duques, no puede ser burlado ni superado en su propio juego. Pero la cosa se complica todavía más con la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda (la falsa segunda parte de la novela), y la necesidad de Don Quijote de separarse de ese fantasma de ficción que podría ser otro nivel más, en otra jerarquía. El ingenio deslumbrante de Cervantes no solamente crea personajes icónicos de una fuerza imperecedera, sino que les hace vivos, tan vivos o más, con una encarnadura tal, que pueden rivalizar con un personaje de carne y hueso. No es de literatura de lo que hablamos aquí, sino de un universo narrativo de una enorme complejidad, que como un un puzzle o un laberinto posee una complejidad de la que tantas otras supuestas obras maestras carecen, y todo porque en el fondo El Quijote es una novela sobre la literatura, y la más original de todas ellas.

LOS DIÁLOGOS DEL QUIJOTE

En el mundo actual, se consideran grandes diálogos, los más brillantes diálogos, a los que vemos sobre todo en la ficción anglosajona audiovisual: parlamentos veloces, ingeniosos, llenos de ritmo, de musicalidad y de ingenio. Son sin duda diálogos muy bien escritos los que vemos en las películas de Lubitsch, de Wilder, de Hawks… también los de Berlanga, los de tantas series brillantes (y yo creo que los mejores diálogos que he visto en una pantalla son los de House M.D.). Pero estoy en disposición de afirmar que los más grandiosos y geniales diálogos que se han escrito son los de ‘El Quijote’ y los de otras obras cervantinas como el ‘Persiles’ o las novelas ejemplares, sin olvidarnos de sus obras teatrales. Pero estamos hablando de ‘El Quijote’. En comparación con sus diálogos, los de las obras shakesperianas me parecen engolados, falsos, grandilocuentes y vacuos. No conozco ningún monólogo, de los tantos y tan venerados del escritor inglés, que pueda compararse con el de la pastora Marcela en profundidad de ideas, en belleza filosófica, en emoción pura. Pero para monólogos, los del mismo caballero o los de su acompañante Sancho, que los hay a decenas a lo largo de la obra, y que deberían ser estudiados en todas las escuelas de literatura del mundo.

Son los diálogos del Quijote la gloria final de esta obra maestra de todos los tiempos, pues si el narrador es poderoso, si la creación de personajes es sublime y su estructura de narradores y personajes es de una complejidad inédita en literatura, sus diálogos son de una belleza, musicalidad, amplitud de registros, profundidad psicológica de los distintos personajes que los declaman, verosimilitud y persuasión en cada una de las palabras, que quita el aliento. El Quijote, que es una novela extraordinariamente divertida y amena, alcanza en sus diálogos la belleza última de las palabras como sostén de los sistemas de pensamiento de sus personajes y del propio Cervantes. Y no ha sido superado desde entonces porque el don maravilloso de Cervantes, apoyado en la lengua española, se vale de ello para construir la novela definitiva, de la que beben las obras maestras de Mann, Dostoyevski, Faulkner, Rulfo, McCarthy y tantos otros, que aunque no son españoles se ven en la necesidad de rendir pleitesía al primero de todos, al más grande escritor de todos los tiempos, al llamado Príncipe de los Ingenios, que camina junto a Dante en la eternidad.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA

La sumisión a lo angloparlante en la literatura y en el cine

Es así como puede definirse mejor: sumisión. A todo lo inglés, angloparlante, a lo anglosajón, tanto en literatura como en cine, y el autor de estas líneas, pese a que su intención es precisamente criticar este hecho, no está libre de esta influencia. Influencia que a poco que se reflexione sobre ella resulta particularmente humillante y paradójica, por mucho que no cabe duda de que tanto desde las islas británicas (Irlanda incluida, naturalmente), como desde el otro lado del Atlántico, en la colonia germano-británica más grande del mundo, los Estados Unidos, han llegado grandes obras, algunas de ellas obras maestras tanto del cine como de la literatura. Pero pareciera que ellos son los amos no solamente del universo sino también de las artes narrativas. Y esto sí que no.

Desde que se inventaron a Shakespeare, un fulano de quien se dice que inventó la lengua inglesa (claro, entre otros muchos, porque todavía estaba en formación), y que escribió treinta y siete obras de teatro, si es que las escribió él… una figura creada artificialmente que es probable que ni siquiera existiera como tal sino que una suerte de testaferro literario… pero que en el improbable caso de que hubiera escrito esas obras no puede, ni por asomo, compararse con Dante o con Cervantes (sobre todo con el segundo, a quien se le ha querido oponer como símbolo de un imperio y de una cultura); desde que lo inventaron, digo, y nos hicieron creer a todos que es el mejor escritor de todos los tiempos, estaba el camino abonado para subsiguientes figuras, ideas y obras que si alguno tenía alguna duda de su grandeza se le disiparía en cuanto se certificase su procedencia anglosajona, como una especie de sello de calidad inherente, un marchamo inquebrantable con el que mantener su hegemonía en letras, y luego en cine. Los anglosajones, sus élites políticas y culturales, son muy listos, y lo han conseguido. Así, trescientos cincuenta años después de Shakespeare llegaría Hitchcock, y tenemos que tragarnos todos que es el mejor director, o uno de los mejores directores de todos los tiempos, cuando una vez más se trata de un cineasta muy hábil, muy astuto, como en el teatro lo era Shakespeare, y desde Francia, Italia, y el resto de Europa, con la casi siempre acrítica España a la cabeza, nos lo hemos tragado sin rechistar. Peor aún, ayudando en la tarea.

Porque las cosas son así: Shakespeare es el escritor más famoso de todos los tiempos y Hitchcock (por lo menos hasta el advenimiento de Steven Spielberg, que es básicamente un epígono de Hitchcock, aunque hay que reconocer que mucho mejor director de actores cuando quiere) el director más célebre y «el creador más importante de formas del siglo XX», y punto y se ha acabao. ¿Queremos más pruebas? Ahí están los conspicuos François Truffaut y Harold Bloom para machacarnos durante décadas (sobre todo el segundo) hasta que a nadie albergue la más mínima duda. Que los franceses, que en letras no tienen a nadie, o que otros países, que quizá tengan una cinematografía poco poderosa, comulguen con ruedas de molino podría tener un pase. Pero que en España, precisamente, nos dejemos subyugar por semejantes ideas, me parece del todo humillante. Es patético que un país que tiene a Cervantes, a Quevedo y a Lope, en literatura, se deje convencer en la idea de que Shakespeare pueda acompañar al creador del Quijote o del Persiles en el mismo vagón hacia la eternidad. Y bastante penoso que un país que tiene a Buñuel, a Berlanga y a otros cineastas ilustres, simplemente acepte que Hitchcock (o Ford o Wilder) es superior a ellos. Pero es culpa sólo nuestra. Lo es el no haber visto en muchos casos un filme magistral como por ejemplo ‘Muerte de un ciclista’ (Bardem, 1955), y aún habiéndolo visto colocar filmes inferiores de Hitchcock por encima de ella. Lo es tener ‘El verdugo’ y ‘Plácido’ y pensar que Wilder, con ‘El apartamento’ o con ‘En bandeja de plata’ puede siquiera acercarse a ello. Es la diferencia entre buenos directores, y grandes cineastas. Así de claro.

Harold Bloom estuvo durante sesenta años dando la vara conque Shakespeare es el inventor de lo humano, el mayor genio de la historia de la humanidad (conste que esto es verídico…), y un escritor a la altura de Dante o Cervantes. De acuerdo. Que una pléyade de críticos, investigadores, intérpretes y analistas literarios, de Europa, de cualquier parte del mundo, incluido Estados Unidos, no pusiera en sitio a ese engreído soberbio (me refiero a Bloom) y a sus disparates, tiene delito. Porque además de decir todo eso, y unos cuantos delirios más, no lo argumentó de ninguna manera. Cómo me gustó cuando dijo que Poe posee un estilo atroz… ¡Bloom sí que tenía un estilo atroz, una argumentación, si argumentación se podía llamar a eso, capciosa y tendenciosa hasta el infinito, en todos sus libros! (de los que por desgracia me he leído cinco) Y desde España homenajeándole y repitiendo eso de que es el crítico literario más importante del mundo. Ahí es nada.

Y con Hitchcock (y Ford y Wilder y Hawks… y un largo etcétera), lo mismo, desde la crítica francesa (con Cahiers a la cabeza), y desde la crítica española y de gran parte del mundo. El enorme aparato de marketing del mercado audiovisual anglosajón funcionó a toda máquina desde los años cuarenta del pasado siglo, y desde entonces no ha hecho más que perfeccionarse, convenciendo incluso a gente formada y al parecer inteligente (luego la inteligencia hay que sostenerla en cosas como estas…) de que ellos están por encima casi de cualquier otro de su tiempo, y de que filmes increíblemente torpes como ‘Vertigo’, ‘Cortina rasgada’ o ‘Marnie la ladrona’ eran clásicos imperecederos del cine de todos los tiempos. Si son tal cosa, ¿entonces qué son ‘Citizen Kane’, ‘The Magnificent Ambersons’, ‘Touch of Evil’? Welles no apreciaba en mucho a Hitchcock. No me extraña. Él era un genio y Hitchcock no. Hitchcock es un polizonte del mismo modo que lo fue Shakespeare, pero ambos tuvieron la inmensa suerte de trabajar en y para el imperio más enorme y depredador de la historia de la humanidad, que incluso depreda pensamientos supuestamente críticos. Y nosotros, pobres españolitos, tuvimos la inmensa desgracia de nacer en el país más desmemoriado, que peor se cuida, del mundo, y los que no se afrancesaron se americanizaron, y aún lo siguen haciendo.

Así funciona este mundo en el que el eje atlántico (EEUU, Reino Unido, Alemania…) controla no solamente en lo económico sino en lo mental al eje mediterráneo (España, Italia, Portugal, Grecia…), pero no podrá con otros ejes, ni su dominio será para siempre. Y en cuanto a Shakespeare, háganse un favor y lean el ‘Persiles’. El llamado «bardo de Avón» jamás pudo crear algo de esa belleza. Y en cuanto a Hitchcock, que alguno al que no persuadan mis palabras compare sus mejores obras (‘Notorius’, ‘Shadow of a Doubt’, ‘Rear Window’) con las mejores de Antonioni, y que vea lo que hay: que Antonioni era un genio del cine al que hoy nadie recuerda, y que Hitchcock es poco más que un habilidoso, un circense polizonte, en el mejor de los casos, al que un día se le caerá el mito.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

El Persiles, o el asombro insuperable de un genio

Persiles como nombre suena a algo proveniente del mundo clásico, ¿no es cierto? No lo es. Probablemente venga de una bastarda, lúdica (como todo lo suyo), ingeniosa mezcla de Perseo y Aquiles, dos semidioses bien conocidos de la mitología griega. Pero desde hace cuatrocientos años es como se llama de manera coloquial, informal, a la última obra narrativa de Miguel de Cervantes, publicada de manera póstuma en Madrid en 1617, y tan desconocida como todas las suyas salvo la célebre ‘Don Quijote’. ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional’ es la cuarta (si consideramos al Quijote como un dúo) novela de Cervantes y en su propia opinión su obra maestra, pero esa opinión no cuenta para nadie. Muy pocas personas han leído este volumen cervantino, y cuando lo leen, críticos incluidos, no terminan de valorarla como se merece. Yo no sé por qué sucede esto, pero lo que sí sé, leyendo el Persiles, es que estamos ante una cumbre de la literatura muy similar en estatura al Quijote, por lo que si los críticos literarios de cualquier parte del mundo no son capaces de verlo entonces es que no son críticos, y mucho menos literarios. Son otra cosa… no sé muy bien yo el qué.

Leyendo esta obra monumental, página tras página, capítulo tras capítulo, me da vergüenza ajena haber considerado como grandes obras ciertas novelas o poemas narrativos en un pasado, y me siento incluso insultado, como lector, como hispanohablante, cuando se nombran muchas otras antes que esta, sobre todo obras teatrales de Shakespeare y otros parecidos, porque como se suele decir no hay color. La belleza, la fuerza, la emoción, la grandeza en los caracteres, la complejidad de la estructura, el torrente de imaginación de esta obra maestra de todos los tiempos deja en pañales no solamente a todos sus contemporáneos, sino también a todos los que vinieron después en una gran mayoría. Yo le diría a cualquier que me defienda (es un decir) a capa y espada títulos como ‘Les misérables’ de Víctor Hugo, o el ‘Faust’ (cualquiera de sus dos pétreas, insufribles partes) de Goethe, o ‘La Fille aux yeux d’or’ de Balzac, y tantas y tantas otras, que se leyeran el Persiles. Que simplemente se lo leyeran, sin más, y no les añadiría nada. Y con un poco de suerte y de intención se darían cuenta ellos de lo que estoy diciendo y de que Cervantes no solamente es el mayor perdedor de la historia de la literatura, sino que lo es precisamente porque es el más incomprendido. Pero ni siquiera eso es totalmente cierto: los grandes perdedores somos nosotros, los lectores.

Decir «los trabajos» en el contexto de la novela y de su realidad histórica es decir «los viajes» o «las peregrinaciones». Es la peregrinación de dos amantes, Persiles y Sigismunda (llamados durante gran parte de la novela Periandro y Auristela), desde países muy lejanos (la novela empieza en tierras nórdicas) hasta Roma. Una peregrinación que en el panorama contrarreformista de la época a los lectores les sonaba como muy cristiana y muy trágica, pero que en realidad es una broma más, una trampa más de las miles que sembró Cervantes en su obra y en su vida. Ambos amantes, que se fingen hermanos ante los demás, viajan a Roma con el único objetivo de casarse y de gozarse mutuamente, es decir, de tener relaciones sexuales. Todo lo demás les importa muy poco, y mucho menos formar parte de un mundo cristiano y sacro en el que ni el propio autor creía. Es, por tanto, novela bizantina o de aventuras, y de las primeras y probablemente la más completa y perfecta que se ha escrito (teniendo en cuenta que El Quijote no es novela bizantina, sino que son casi todos los géneros de novelas juntos en un libro de libros), hasta el punto de que muchos reescriben el Persiles sin haberlo leído. En su viaje interminable conocerán a decenas de personajes con los que se cruzarán y compartirán parte de su peripecia, y todos ellos contarán su propia peripecia, en una suerte de retablo inmenso en el que te preguntas hasta donde puede llegar el genio cervantino en la representación de realidades alternativas, tiempos y espacios narrativos, voces y puntos de vista, un mosaico insuperable de tonos, réplicas y contrarréplicas que te apabulla y te pasa por encima hasta dejarte para el arrastre…

Después de leer el Persiles te lees por ejemplo ‘Nuestra señora de París’ de Hugo, y tienes la sensación de haber bajado no varios peldaños, sino un tobogán gigante hasta la medianía más absoluta. No exagero ni por un segundo. La persuasión, la belleza inefable de los diálogos y las situaciones y las soluciones narrativas cervantinas, quedan sustituidas por la habilidad de los escritores más renombrados del dieciocho o diecinueve, que a su lado parecen meros malabaristas comparados con el prestidigitador más grande de todos los tiempos. Incluso leyendo las tan alabadas obras shakesperianas, en las que el llamado bardo de Avón hace gala de toda su superchería y de toda su engolada palabrería, percibes que nos han engañado, que la crítica histórica no ha estado (casi nunca está) a la altura de las circunstancias, porque para verborrea y diálogos y monólogos insuperables los de Cervantes, para pasión literaria la de este hombre que aún olvidado e ignorado por sus pares, aún en la sombra de la muerte próxima, se entregó a la creación de esta novela genial que todo el mundo ha leído aunque no quiera ni le interese leerla, porque en ella se encuentra el ADN de todas las novelas de aventuras, de todas las grandes sagas que estuvieron por venir, y es que este hombre irrepetible, incluso en su lecho de muerte, o por mejor decir, incluso ya en la tumba, dio las lecciones literarias definitivas a las letras occidentales, y cuatrocientos años después todavía nos estamos enterando de lo que hizo.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

A nadie le interesa por qué ‘El Quijote’ es tan reverenciada

¿Por qué iba a interesarles? No tendría ningún sentido, ninguna razón de ser, que lo hiciera. Las personas de este país, o de cualquier otro, que oigan hablar de ‘El Quijote’ y que tengan algún interés, siquiera lejano, en la literatura o en la narrativa, simplemente dan por bueno que es una novela muy importante, incluso que es la cumbre del canon literario de occidente, y aquí paz y después gloria. Algunos pensarán, sin ningún motivo objetivo, que seguramente la crítica literaria de este país, o la internacional, la ha ensalzado porque no había otra cosa que ensalzar, o la ha escogido sin más, simplemente porque es un texto muy antiguo que da pie a muchas interpretaciones, y punto. ¿Cómo no va a suceder eso cuando escritores famosos insisten en la noción de que ‘El Quijote’ es poco más que una parodia de los libros de caballerías? Es lo que se lleva diciendo mucho tiempo, así que es lo que es. Leerla no la van a leer, porque entre otras cosas es muy larga y todo el mundo sabe de qué va (en realidad no lo saben, pero como si lo supieran), así que para qué van a pensar más o van a interesarse más por el tema. Poco importa que la que «supuestamente» es la novela más importante, o para muchos académicos y especialistas, el mejor trabajo literario de la historia sea española, porque el español medio estará más orgulloso de los triunfos de su selección de fútbol, que leer es muy bonito pero ver fútbol es mucho más apasionante.

Que sí, que es el tipo de los molinos de viento, y el caballo flaco ese llamado Rocinante… el loco al que acompaña a todas partes el simplón de Sancho Panza, y seguramente te ríes mucho con esa novela porque es una parodia y todo eso. Quiso el azar que su autor fuera español, y suerte tuvo de hacer esa novela porque al parecer era un don nadie y todo lo demás que escribió no era para tanto. Si hasta un escritor importante como Edmond Rostand le hace decir a su Cyrano que el episodio de los molinos de viento es el número trece (pensaba yo, ingenuo de mí, que era un error de la adaptación fílmica de Rappeneau, pero no, el error consta ya en el texto teatral original). Es decir, que aún leyéndolo, la gente no se entera de nada o no se quiere enterar. Y aún leyéndolo escritores que pueden ser inteligentes, ni siquiera se molestan en citarlo bien. ¿A qué tanto lío, tanto follón, con esta novela? Hay muchas ahora donde elegir, muchos best-sellers, alguno de ellos también español, como para ponerse a perder el tiempo con un texto de hace cuatro cientos y pico años, cuyo castellano la gente no va a entender y que no puede aportar nada al lector ni al crítico hodiernos. Si es tan reverenciada, ¿a quién le importa? Lo será como lo es ‘Los tres mosqueteros’ o ‘Los pilares de la Tierra’. ¿Qué importa eso?

Me imagino a un lector británico, estadounidense o australiano (o cualquiera de los muchos países anglosajones que existen por el mundo) leyendo ‘El Quijote’. «Umm, un texto hispano de hace varios siglos sobre un tipo que se vuelve loco porque ha leído muchos libros de caballerías, cree armarse caballero, se hace con un caballo, una lanza, una armadura y un escudero, y se va por ahí a ver mundo y a que le rompan los huesos una y otra vez. Se supone que esto es un clásico de la literatura de todos los tiempos. Traducido al inglés suena como si leyéramos una historia de la época y el estilo arcaico de un Shakespeare, pero esto tiene mucho más humor, por lo visto. ¿Por qué será que dicen que es la primera y más importante novela jamás escrita? Porque seguramente habrá sido de las primeras en escribirse y porque es muy antigua«. No me quiero imaginar, porque además no soy capaz, de lo que pensaría un lector alemán, suizo u holandés. Dudo mucho que ningún lector de esos países se lo lea porque le interesa leerlo, al igual que en España, y si lo hacen dudo mucho que sepan por qué es tan importante. Se contentan con leerlo, si es que terminan sus más de 380.000 palabras, y con decir que se han leído este clásico. Y nada más. ¿Para qué iban a hacer otra cosa? Lo que cuenta hoy es ser culto (es decir, saber quiénes eran Don Quijote y Sancho Panza, quién escribió esa novela, de qué época era) no ser inteligente (es decir, haber comprendido la obra, haber entendido por qué es tan importante). Los críticos y los académicos, para la mayoría de las personas, simplemente eligen un modelo y obligan a todos los demás a creer que ese es el modelo a seguir. ¿O no?

Pues no…

Los críticos y académicos hispanistas y clásicos, los importantes y más preparados, saben lo que dicen cuando defienden que ‘El Quijote’, obra del mayor perdedor del mundo de las letras, es el trabajo literario mejor escrito y más influyente de la historia de la literatura. No lo es, desde luego, por ser una parodia del género de caballerías, pues ni es una parodia ni le interesa realmente el género de caballerías salvo como herramienta para criticar la sociedad y la literatura. No lo es, tampoco, porque un puñado de listillos se hayan reunido y hayan decidido por su cuenta qué es lo más importante. Lo es pese a sí misma, pese a la mala suerte congénita de su autor, pese a que el género de la novela en aquella época no tenía ningún prestigio, a que en el siglo XVIII nos afrancesamos tanto que creímos que era mejor el Quijote de Avellaneda (y si no saben lo que es esto, por favor, búsquenlo, porque no tiene desperdicio), y tuvieron que llegar los ingleses, los enemigos acérrimos de España, para rendirse a la evidencia: que ‘El Quijote’ es lo más grande que se ha escrito nunca. Lo es porque en sí mismo representa la mejor y más valiosa lección de literatura y de narrativa a la que nadie puede acceder, hasta el punto de que si se quiere aprender de ambos conceptos es mejor que cuatro años en la universidad. ¿Y esto, realmente, por qué?

Para entendernos: es como si alguien hubiese creado unas reglas del juego que antes no existieran. Esas reglas del juego se llaman Narrativa. Resulta curioso y sorprendente que se haya ensalzado tanto la figura de Shakespeare, un tipo que escribió como mucho treinta obras (si es que las escribió él), y se haya dicho de él que es el mejor escritor de la historia, cuando la figura de Cervantes es mucho más vasta, tanto intelectual como poética, pues inventó no uno sino dos tableros de juego: el de la Narrativa en general, y el del Quijote en particular, otorgando una fuerza, un dinamismo y un sentido inefables a la figura del narrador (o narradores), a la creación de personajes y a la mera construcción de una narración, estableciendo entre estos tres elementos y el espectador una dialéctica inconmensurable e inagotable cuyas ramificaciones se extienden a su ‘Galatea’, a su ‘Persiles’, a sus ‘Novelas ejemplares’ y a sus obras de teatro y poemas narrativos. Esa forma de entender la narración, la creación de personajes, el sentido mismo de lo literario, trasciende hasta nuestros días, e incluso una serie anglosajona sobre vikingos o policías es cervantina sin saberlo, y quijotesca en sus líneas más básicas de expresión. Pero para saber eso no solamente hay que haber leído ‘El Quijote’, sino haberlo estudiado a fondo y haber visto la cantidad de miguitas que, como Pulgarcito, dejó Cervantes en la literatura y en la narrativa, como el verdadero coloso sin igual que es, añadiendo a todo ello un cinismo y una ironía a la que no puede acceder un autor a veces brillante pero siempre verborreico y poco cabal como Shakespeare.

Bajo su apariencia de novelita de aventuras diáfana y desmadrada, late en el interior de esta obra una compleja y vasta red de ideas, de conceptos narrativos, interconectados unos con otros, una muy sofisticada conceptualización de lo literario como artefacto narrativo, que pone patas arriba todas las convenciones genéricas, sociales y poéticas de su tiempo y de todo lo que vino después. El genio sin igual de Cervantes (al lado del cual, los Shakespeare, los Hugo o los Goethe son prácticamente nada) triunfa creando prácticamente todos los géneros posteriores, fundiendo los antiguos, dejándolos inservibles, creando la narrativa, el teatro, actualizando los temas clásicos y estableciendo una nueva jerarquía de valores literarios en sus más de trescientas ochenta mil palabras. Esa fue la verdadera respuesta de Cervantes a un mundo que le rechazó y le negó: dejar para la posteridad la obra más subversiva y corrosiva de todas.

Y lo mejor de todo es que ‘El Quijote’ no es una plúmbea novela decimonónica o dieciochesca. No es un tratado sobre la virtud o un mamotreto ininteligible y aburrido. Es una novela extraordinaria y vibrante, pasmosamente moderna y divertidísima, que engancha desde la primera página y no te suelta hasta el final, dejándote maravillado por el ingenio y la energía de Cervantes, con su capacidad lúdica pero también crítica, con sus diálogos irrepetibles y su pareja de protagonistas, tan vivos que parece que se salen de la página y forman parte del mundo operatorio. Así que no hay excusas. Si alguien quiere de verdad dejar de ser un analfabeto literario, sobre todo si ese alguien es español, tiene el antídoto perfecto, que se resume en tres sílabas, las de Cer-van-tes.

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William Faulkner fue el sucesor de Cervantes en el siglo XX

Como Jesús G. Maestro, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la universidad de Vigo, dispara a todo lo que se mueve, debido a su vehemencia y a la fecundidad con la que cuelga vídeos en su canal de Youtube, es lógico estar de acuerdo, incluso muy de acuerdo con él, respecto a algunos temas, y estar bastante en desacuerdo con él en otros muchos. Maestro pugna por dejar huella como teórico de la literatura en estos tiempos tan anti-literarios, y conocimientos, pasión y trabajo no le faltan. Pero ya he dicho alguna que otra vez que a gente tan preparada como él le pierde el reduccionismo, y en su caso la veneración desaforada hacia la literatura española y el español y el desprecio casi sistemático a otras literaturas, como por ejemplo la anglosajona en general y la estadounidense en particular. Creo que es en el primer vídeo dedicado a esa obra maestra que es ‘Pedro Páramo’ que niega la influencia de Faulkner sobre Rulfo (en contra de lo que tantas veces se ha dicho), pese a ser Rulfo bastante posterior a él, y basa su argumentación en la evidente influencia de ‘El Quijote’ y de la literatura cervantina en aquella novela, como si solamente a un escritor en español pudiera realmente aprovecharle la obra magna de Cervantes…

La realidad es muy otra, se ponga Maestro como se ponga, por mucho que se quiera tapar el sol con un dedo: por extraño que resulte a un hispanista exaltado como Maestro y muchos otros, es la figura de Faulkner la única que, en la cuarta década de la pasada centuria recogió los avances técnicos y narrativos de Cervantes en toda su luminosidad, y los tradujo a las necesidades de la novelística de su tiempo, en oposición y como respuesta a las formas literarias del siglo XIX, que en gran parte quisieron a su vez oponerse a las conquistas cervantinas. Por mucho que le duela a Maestro, no es necesario saber español, y hablar español como lengua materna, para aprovechar la ciclópea sabiduría del genio del Siglo de Oro. Sí es verdad, y ahí no cabe discusión, que ‘El Quijote’ sólo pudo haberse escrito en español, y que sólo un lector que tenga el español como lengua materna (español, mejicano o de cualquier otro lugar del mundo) puede realmente entender en su totalidad lo que se propone en las casi trescientas ochenta mil palabras de aquella novela en dos partes. Pero Faulkner declaró muchas veces que leía ‘El Quijote’ todos los años, y que lo hacía «como otros leen La Biblia». Es decir, que para él ‘El Quijote’ era su Biblia.

Y esto se percibe desde la primera obra maestra absoluta de Faulkner, la temprana ‘El ruido y la furia’ (‘The Sound and the Fury’, 1929), cuarta novela del autor sureño, hasta la última, la soberbia ‘El villorrio’ (‘The Hamlet’, 1939), así como en otros muchos trabajos de este novelista inigualable, que al igual que Cervantes tuvo que luchar muchos años para encontrar el reconocimiento debido hasta poder vivir de la literatura (algo que en el caso del español no pudo ser finalmente posible), compaginó como él la escritura con los más variados y poco cualificados trabajos con los que poder subsistir, y al igual que Cervantes vio su mundo desplomarse muy rápidamente con la llegada del mundo moderno al muy anticuado sur de Estados Unidos, con las heridas de la Guerra de Secesión todavía demasiado recientes, algo que puede ponerse en paralelo con la experiencia bélica de Cervantes en Lepanto y en Argel, pero sobre todo con el inefable impulso interior de darle a la novela un nuevo ímpetu, una nueva forma acorde a los tiempos, capaz de resumir las búsquedas narrativas previas y de cristalizarlas en una literatura mucho más rica y pertinente, mucho más profunda y conscientes de sí misma. Porque las artes no se desarrollan en línea recta, sino muchas veces en círculos, y es necesario regresar a lo que otros hicieron antes para volver a ponerlo en su sitio, con fuerzas renovadas y con una mirada contemporánea.

Y poco importa que Faulkner no hablara español, aunque es muy posible que lo dominara bastante bien. La literatura es el idioma universal, no la lengua de cada cual, y con ella se pueden extraer las lecciones eternas de Cervantes acerca del punto de vista, el perspectivismo, el monólogo interior, la narración dentro de la narración y toda la nutrida gama de revoluciones narrativas que el mal llamado manco de Lepanto (porque no era manco) dejó para la posteridad, testigo que después de él muy pocos han recogido para llevar a cabo su literatura, al menos de forma consciente, y aún siendo todos ellos (todos nosotros) deudores de Cervantes aunque no lo sepamos. Sólo Faulkner, más incluso que Joyce o que Melville, fue un digno sucesor. ¿Tan difícil es percibir las enseñanzas del discurso de Marcela en esa joya que es el segundo libro de ‘El Villorrio’ (titulado Eula), en el que se demuestra que una mujer hermosa también puede ser libre sin que nadie tenga el derecho a juzgarla? ¿Es que no salta a la vista que la predilección de Faulkner por los desfavorecidos y los marginados de la sociedad le nació, precisamente, de leer ‘El Quijote’, que es la primera novela de la historia que no cuenta la historia de grandes o principales señores sino la de personas de condición baja o miserable? ¿Es necesaria una lupa de grandes dimensiones para que los más efusivos de los hispanistas distingan que la forma esencial de narrar de Faulkner, pese a disponer de un estilo y una prosa muy diferentes, sea la de contar una historia dentro de una historia y la de hacer un hilo con todas ellas que conforme un todo, tal como sucede en ‘El Quijote’ y que él repetirá en ‘Mientras agonizo’, ‘El Villorrio’ o en su larga y apasionante colección de relatos?

El que quiera ver que vea, pero no hace falta ser otro catedrático de literatura para desmontar fácilmente algunos de los presupuestos de Maestro y de muchos otros cervantistas que queriendo desterrar la ideología de la literatura, la impregnan de ella mediante el lenguaje, olvidando que el único lenguaje es de la literatura misma.

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