ARTÍCULOS, CINE

Los más grandes creadores del cine de Estados Unidos

En mi opinión, considerar que (salvo las excepciones de grandes creadores del pre-cine –el mudo– como Buster Keaton o David Wark Griffith), los gigantes del cine de Estados Unidos se encuentran incrustados en las décadas de los 30, 40 y 50, es lo mismo que afirmar que la novelística del siglo XIX es superior a la del XX en formas y profundidad conceptual sólo por ser anterior, cuando yo creo que no hay discusión que en la formalización de un segundo mundo ficticio, en el desarrollo de las herramientas puramente novelísticas (y de nuevo salvo excepciones como las de Dostoyevski o Melville…), los Joyce, Torrente Ballester, Faulkner, Woolf, Broch, Hesse, Mann… llegaron mucho más allá que sus colegas de la centuria anterior.

Iría aún más lejos: considerar a directores (sin duda capitales para el establecimiento de unas formas previas de entender la narración y la expresión cinematográficas) como John Ford, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, Howard Hawks, Ernst Lubitsch, Joseph L. Mankiewicz, George Cukor, William Wyler, Elia Kazan o incluso Fritz Lang (que en su etapa americana es muy inferior a su etapa europea), los realizadores más importantes de la historia por encima de los que llegaron en los años 70 (con la sola excepción de Orson Welles), resulta algo parecido a considerar la novelística hispana del Renacimiento superior a la del Barroco. Por la sencilla razón de que las formas se superan, de que el desarrollo de un arte significa el desvelamiento de cuáles son sus verdaderas esencias. No significa ser «mejor» (que tampoco sé lo que supone en este contexto), significa ir más lejos, escribir las formas del cine de una manera más rotunda y asentar las bases de todo gran director que se precie: el sentido del montaje y la dirección de actores. Conceptos, ambos, que en los años 30, 40 y 50 estaban en pañales en Estados Unidos, o quizá más valdría la pena decir que estaban muy supeditados a las convenciones de los estudios y del Star-System.

Hoy día no tendría sentido poner en una película a actores como John Wayne o Humphrey Bogart, ni tendría ningún sentido descuidar ni el más mínimo corte de montaje. En el arte, todo lo que no va hacia delante no es arte, sino un kitsch, y de eso saben mucho los directores de la etapa «dorada» de EEUU. De esto ya he hablado bastante en estas páginas mías, y también de los que considero los más grandes creadores de Estados Unidos, pero hoy me gustaría profundizar un poco más en cada uno de ellos:

Orson Welles

Welles es inevitable. Él fue el primer verdadero autor instalado primero en el seno de la industria, gracias al extraordinario éxito radiofónico de ‘War of the Worlds’, y después expulsado por su soberbia, su enfrentamiento con los estudios, su potente crítica al «establishment» y la sospecha de ser comunista. Sólo pudo completar once largometrajes desde aquel formidable ‘Citizen Kane’ para la historia, y de ellos sólo cuatro más en EEUU, pero su leyenda es casi imbatible en la historia del cine, así como su aura de genio de ese país.

Con él comienza otra forma de entender el sentido del montaje de una película y otra forma de dirigir actores, alejada de la teatralidad de sus contemporáneos más famosos y más exitosos. Es decir, con él el cine de Estados Unidos comienza a caminar.

Francis Ford Coppola

Welles fue el que echó a andar, y Coppola el que recogió el testigo para terminar su trabajo y alcanzar la cima del cine estadounidense. Ni un solo director de ese país posee cuatro películas consecutivas del calibre de ‘The Godfather’-‘The Conversation’-‘The Godfather, Part II’-‘Apocalypse Now’. Esto es de otra galaxia.

Pero aunque su carrera sólo contase con las siguientes (‘One from the Heart’, ‘The Outsiders’, ‘Rumble Fish’, ‘Cotton Club’, ‘Tucker’, ‘The Godfather, Part III’, ‘Bram Stoker’s Dracula’, ‘The Rainmaker’), estaríamos hablando igualmente de un gigante. La suma de todo ello pone su carrera en una estratosfera muy difícil de igualar.

Martin Scorsese

Muy cerca de su amigo Coppola se encuentra Scorsese. La regularidad de Scorsese no la tiene Coppola (si bien Scorsese no tiene las cuatro grandes obras maestras de su rival), pero realmente muy pocos pueden presumir de poseer tantas obras notables consecutivas y algunas obras maestras memorables en su trayectoria.

La experta dirección de actores de Scorsese y su inédito sentido del montaje ponen al discípulo bastante por encima de sus maestros Ford, Fuller y Cassavetes. Scorsese tiene ya una carrera para la eternidad.

Terrence Malick

Malick es el poeta del cine estadounidense, el autor más enigmático y conceptualmente profundo de todos ellos, si bien en su irregular (y por muchos muy discutible) carrera no todo es excelso. Pero cuando lo es, es prácticamente insuperable. Maravilló con sus dos primeras películas (‘Badlands’ y ‘Days of Heaven’), y nos dejó pasmados con sus dos portentosas obras maestras (‘The Thin Red Line’ y ‘The New World’). A partir de ahí, ha realizado magníficas aunque desequilibradas películas, y sigue buscando un cine que represente una experiencia única.

David Lynch

Uno de los pocos verdaderos directores del cine estadounidense, y un artista insobornable e incorruptible (incluso a pesar de sus devaneos con la industria en la estimulante ‘Dune’). Su estilo es único y personalísimo, tal vez el más personal y consistente del cine estadounidense. Y lo es sobre todo porque su sentido del montaje es único y su dirección de actores también.

Dicen que es un director «laberíntico». En realidad es un director artista que con cada nueva película empuja las posibilidades del cine hacia nuevos territorios.

John Carpenter

Puede que sorprenda que le incluya en esta lista, pero además de un gran sentido del montaje y una magnífica dirección de actores, Carpenter es uno de los directores estadounidenses que mejor planifica y narra sus secuencias y sus películas. Alumno confeso de Hawks, incluso en sus filmes menos logrados como ‘Vampires’ se percibe una dirección experta, propia de un maestro en el arte de dirigir películas, con un estilo, una vez más, único.

Su trilogía de obras maestras (‘The Thing’, ‘Prince of Darkness’, ‘They Live’) le sitúa muy por encima de sus contemporáneos en cine de género, y entre los más grandes de todos los tiempos por una trayectoria compacta, personalísima y muy crítica con la sociedad estadounidense.

James Cameron

Y para finalizar imposible no nombrar no solamente al mejor director de sci-ifi y acción de todos los tiempos, sino también a otro cineasta estratosférico, ninguneado por ciertos sectores de la crítica, pero cuyo excepcional sentido del montaje y la dirección de actores le sitúan muy por encima de prácticamente cualquier otro, a pesar de su corta filmografía.

Sus cuatro obras maestras absolutas (‘The Terminator’, ‘Aliens’, ‘T2: Judgement Day, ‘Titanic’), además de ‘The Abyss’ y ‘Avatar’, son más que grandes espectáculos o historias épicas: son el viaje más apocalíptico y devastador, las visiones más oscuras del futuro de la humanidad.

A estos siete gigantes habría que sumar dos más, Paul Thomas Anderson y David Fincher, que acabarán siendo el octavo y el noveno, pero de momento ahí quedan para que el lector se forme su propia opinión.

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El montaje y la dirección de actores, esa es la clave

Durante mucho tiempo me he ganado cierta fama, en algunos círculos, de radical, de polémico, de intransigente, de discutible. Pero es que sucede que suelo estar bastante en desacuerdo con casi todo lo que leo, sobre todo en internet, y con el paso de los años estoy todavía más en desacuerdo. Resulta que yo esto de la narrativa me lo tomo muy en serio. En otras palabras, la conozco bastante a fondo, y me pregunto qué han leído, quién les ha enseñado, de donde han sacado ciertas ideas los militantes de la cinefilia más obsoleta, esa que dicta que lo que se hizo en los años treinta y cuarenta y cincuenta en EEUU es lo más grande que se ha hecho y que se hará jamás, y el espejo en el que han de mirarse todos los cineastas. Y cuando veo a gente joven, es decir de cuarenta años o menos, que no pudieron ver estrenos anteriores a 1985, sino que han visto todas esas películas en vídeo o dvd, y que por lo tanto no han experimentado el impacto de verlas en cine, y les veo repetir las mismas ideas que los críticos y cinéfilos de setenta u ochenta años, me quedo bastante asombrado.

En general, la gente no tiene ni pajolera idea de cuáles son las funciones de un director de cine. Es decir, saben que es el que manda y al que hay que pedirle cuentas, por decirlo de alguna manera, y poco más. Tampoco es que muchos críticos tengan mucha idea de lo que hace un director: poner la cámara aquí o allí y poco más. Como no lo saben, tampoco es posible que sepan valorar si lo que ha hecho tiene valor y altura o carece de ella. ¿Cómo vas a saber valorar algo que no sabes lo que es? Muchos espectadores a los que les entusiasma el cine valoran sobre todo el hecho de que la historia les atraiga, y de que esté contada de una manera atractiva para ellos. Punto final. Muchos críticos son parecidos a ellos, es decir que no hay diferencia… Claro luego están los que sí tienen algo más de bagaje, los que podríamos llamar Espectadores Cualificados. Los EC saben bien lo que hace un director de cine, y cómo debería valorarse. Y aún así, muchos EC siguen valorando ciertas películas o ciertas cinematografías que no hay por donde cogerlas. Y lo hacen influidos por sus profesores, por sus padres, por los deleznables libros de cine (los estadounidenses, los peores de todos) que leen, y seguramente porque no tienen el coraje de decir las cosas como son, ni nada original que aportar a esto del cine.

La mayor parte del cine, incluso el más venerado, de los años treinta, cuarenta y cincuenta no se sostiene hoy día, especialmente el estadounidense. Claro, si amas a Alfred Hitchcock poco hay que añadir al respecto: todo lo que ha hecho te parece de una genialidad abrumadora. Pero afortunadamente el cine ha seguido su camino, ha presionado sobre los límites de su expresividad y gracias a violentas revoluciones estéticas, se ha convertido en otra cosa bastante más interesante… Y si estamos de acuerdo en eso, veremos que gran parte de la carrera de Hitchcock (como la de Ford, la de Hawks, la de Wilder y tantos otras vacas sagradas) hoy día no tiene el menor sentido. En otras palabras, se ha quedado terriblemente anticuado. Eso no significa que no sean grandes cineastas. Lo fueron, en su momento. Pero ya no. Aún se pueden aprender muchas cosas de ellos, tanto lo que hay que hacer como lo que no hay que hacer. Pero es imposible considerar grandes a muchas de sus películas.

Estaremos también de acuerdo en que un cineasta ha de tener un gran sentido visual. Eso es innegable. Un gran sentido del sonido va unido a ello desde hace algunas décadas. Por otra parte ha de tener un sistema de ideas. Si eres un artista, tu obra va destinada a mostrar algo, está hecha para algo. ¿Cómo se articula todo eso? ¿Cómo se adhiere a la pantalla tu concepción del mundo, tu universo, tu forma de entender la vida, el amor, la muerte, la pérdida, la euforia, la melancolía, el arte, el mismo cine, el sexo, la violencia? Con dos herramientas fundamentales: la dirección de actores y el montaje. Si el lector quiere convertirse en un verdadero detector de buenos o mediocres cineastas, ahí tiene los dos conceptos clave. Y pronto descubrirá que muchos directores, incluso los considerados grandes maestros o genios, no lo eran tanto. Quizá en su época, para determinados círculos, en determinado tipo de cine, y ya. Porque por ejemplo la dirección de actores, y la misma interpretación de cine, ha evolucionado de manera bestial en las últimas décadas. Ya no se pueden hacer las cosas como antes. Volvamos al cine de Hitchcock: hoy día muchas de sus películas parecen parodias, incluso la muy alabada ‘Vertigo’ (1958). Sencillamente no te la crees. Por no hablar de esa nefasta trilogía conformada por ‘Marnie’ (1964), ‘Cortina rasgada’ (‘Torn Curtain’, 1966) y ‘Topaz’ (1969). Lo más terrible de todo es que él se las tomaba en serio, pero no tienen el menor sentido.

Por lo menos Hitchcock tiene dos grandes logros, ‘La ventana indiscreta’ (‘Rear Window’, 1954) y ‘La sombra de una duda’ (‘Shadow of a Doubt’, 1943), pero ni siquiera esas se salvan de resultar forzadas, de que sus actores a veces no te los puedas creer hoy día, de que su montaje sea bastante torpe en ocasiones. Y lo mismo puede decirse de John Ford. La crítica de su momento tenía toda la razón en que a partir de 1952, con su última gran película, ‘El hombre tranquilo’ (‘The Quiet Man’), su cine conoció un declive absoluto. Ni siquiera se salva ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, 1956), que posee momentos memorables, y otros directamente ridículos. Y así con todos: Billy Wilder, Howard Hawks, Ernst Lubitsch, Fritz Lang, el que tú quieras. Claro, se me argumentará (a parte de que «no tengo ni puta idea») que era un cine de otra época, con otros medios, otras técnicas. Ya, pero luego ves ‘Campanadas a medianoche’ (‘Chimes at Midnight/Falstaff’, de 1965), o ves ‘Touch of Evil’ (1958), y parece que se hicieron ayer. En ellas el montaje y la dirección de actores son sencillamente perfectos, porque ahí sí hay un grandísimo director detrás. Te ves ‘Viridiana’ (1961) o ‘El ángel exterminador’ (1962), y sucede tres cuartas partes de lo mismo. Ves, ‘La noche’ (‘La Notte’, 1961) y ves una perfección en cada corte de montaje, en cada detalle de los actores, a la que no pueden aspirar otros «grandes» directores.

Lo que quiero decir es que esas pirámides (‘Vertigo’, ‘Centauros del desierto’, ‘Rio Bravo’, ‘Con faldas y a lo loco’… y tantas otras) se derrumbaron hace tiempo. Su montaje es descuidado en muchas ocasiones y su dirección de actores es inexistente y a ojos de hoy parece ridícula. ¿Quién en su sano juicio sigue viéndolas salvo para aprender lo que se hacía entonces y no volver a repetirlo, salvo para llevar a cabo una muy honrosa labor de arqueología cinéfila? Sin embargo hay otras pirámides, de entonces y contemporáneas, que se sostienen a lo largo del tiempo con rocosidad indestructible. Ya no se pueden tolerar actores tan increíblemente teatrales como los de John Ford, ya a ojos de un conocedor profundo del cine no sirven según qué cortes, según qué montaje capaz de destruir el ritmo interno de una secuencia. El cine evoluciona a toda velocidad. Evolucionemos con él. No nos quedemos en el hábil cuenta cuentos que era en los años cuarenta y cincuenta. Conozcamos bien qué diferencia a un gran director de un director astuto y hábil pero en ningún modo grande. Esto no va de contar cuentos, esto va de personas y de formas. Y el que no sea capaz de verlo puede pasarse los próximos cien años viendo las películas de Ford y de Hitchcock. Que cada cual haga lo que le parezca mejor, por supuesto. Ahora bien, si disfrutan con esas parodias no sé hasta qué punto habrá merecido la pena seguir haciendo películas.

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Perfil: Orson Welles

A pesar de firmar una obra no muy larga en títulos –aunque la lista de proyectos no realizados o a medio terminar es realmente dolorosa–, Welles se ha ganó con creces la denominación de genio universal de este extraño invento llamado cine. Los trece largometrajes dirigidos por él, de los que sólo en un caso no participa también como actor, lo acreditan como uno de los cinco más grandes que ha dado la cinematografía estadounidense, siendo además el primero de todos ellos por coordenadas históricas, y probablemente el más trágico por todo lo que significó su carrera y las dificultades a las que se enfrentó para sacarla adelante.

Su maldición fue, sin ningún género de dudas, el contrato asombroso que consiguió de la RKO: control total y montaje final de tres películas… que por supuesto al final solamente fue una –’Ciudadano Kane’–, porque la siguiente, ‘El cuarto mandamiento’, fue ya mutilada por el estudio, y la tercera nunca tuvo lugar porque la compañía le rescindió el contrato. Considerado desde entonces un director difícil y problemático, tan solo tuvo oportunidad de filmar dos trabajos más en su país natal, que no forman parte de lo mejor de su cinematografía, antes de comenzar un largo periplo que lo llevaría por varios países del mundo, convirtiéndose en uno de los pocos directores nómadas estadounidenses de la historia del cine, reuniendo con mucho esfuerzo la financiación necesaria (muchas veces, la imprescindible) para poder seguir filmando películas.

Su magnífico díptico shakesperiano de 1948-1952 demostró que podía trabajar con menos medios pero con idéntica pasión e imaginación visual, y aunque probablemente con ‘Mr. Arkadin’ filmó su película menos interesante, regresó por todo lo alto a Estados Unidos para filmar una de sus más grandes obras maestras, ‘Sed de mal’ (‘Touch of Evil’, 1958), adaptando una novelita insustancial, con el apoyo de Charlton Heston, para reincidir en sus caracteres grandiosos y en su personalísima mirada al cine estadounidense. También mutilada por el estudio, no impidieron que ‘Sed de mal’ fuese uno de sus filmes más influyentes y valorados por la crítica mundial. Pero definitivamente desencantado de aquella industria, pudo hacer ‘El proceso’ en una dificultosa coproducción de varios países europeos y filmó otra obra maestra. Pero quizá su más perdurable y genial contribución al cine fue su última película shakesperiana, la monumental ‘Campanadas a medianoche’, filmada en su mayor parte en España, con el que quizá sea su guion más perfecto y su interpretación más desgarrada.

Todo en Welles es desmesurado, gigantesco, genial, barroco, grandioso. Incluso una película tan pequeña y tan sombría como ‘F for Fake’, que esconde en sus tinieblas un entusiasmo creativo y una euforia que se le escapa por los poros de sus fotogramas, es enorme y genial por su arrolladora inventiva, por la complicidad que transmite su creador y máximo responsable, por poseer una mirada única sobre cada pequeña cosa que observa. Sólo podemos soñar imaginando lo que su carrera hubiese dado de sí de no haber perdido el apoyo de los grandes estudios, o de haber podido filmar más películas en Europa, porque es imposible no referirse a su corpus como una trayectoria frustrada.

Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941)  9,5
El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942) 9,5
El extraño (The Stranger, 1942)  7,0
La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1947)  7,5
Macbeth (1948)  8,0
Othello (1952)  8,5
Mister Arkadin (1955)  6,0
Sed de mal (Touch of Evil, 1958)  10
El proceso (The Trial, 1962)  9,5
Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight/Falstaff, 1965)  10
Una historia inmortal (The Inmortal Story, 1968)  7,0
Fraude (F for Fake, 1973)  10

Para terminar, como siempre en los perfiles, una glosa de sus habilidades y técnicas como cineasta:

Guionista genial por su profundo conocimiento del mundo del teatro y su capacidad para traducir ese conocimiento en escritura cinematográfica, pergeñando argumentos apasionantes incluso a partir de textos tan manidos como los shakesperianos, a los que sus guiones dotan de una vida inusitada.
Actor extraordinario, a veces un poco soberbio o tirando demasiado de carisma, pero capaz de crear personajes memorables incluso en filmes ajenos, por su capacidad transformadora, en lo externo y en lo interno, y por su bella y profunda voz.
Dirección de actores entre las más grandes de la historia dentro de su clase, siendo además director de teatro y actor él mismo, lo que se traduce en una riqueza actoral muy difícil de encontrar en otros cineastas, incluso en los más grandes de su tiempo
Montador genial, superlativo, capaz de maravillas a la altura de muy pocos, como la batalla de ‘Campanadas a medianoche’ o el genial ritmo interno de ‘El proceso’, y quizá si hubiera montado él mismo ‘Sed de mal’ sería una obra maestra de mayor calado aún.
Realizador entre los más grandes de la historia del cine, que ha sabido extraer lo mejor de los directores de fotografía mejores de su época, pero también de los menos dotados, dándoles la oportunidad de lucirse, como cualquier de sus jefes de departamento se luce incluso en filmes de bajo presupuesto, siendo capaz de crear ambientes, o movimientos de cámara imposibles o de construir secuencias operísticas con cuatro cuartos.
Estilo grandioso, barroco, desmedido, enamorado de las posiblidades expresivas del cine, con constantes movimientos de cámara nunca gratuitos, sino siempre narrativos, al servicio de aquello que quiere contar, con un tratamiento del blanco y negro (el 95% de sus películas) excelso, con una profundidad de campo y una presión en los límites de la planificación audiovisual. Por último glosar algo que pocas veces se comenta: su magistral empleo del sonido en todas sus películas, guinda final de un estilo mil veces imitado y nunca superado, que puso el listón demasiado alto para sus contemporáneos y que tuvo que esperar hasta los setenta para encontrar rivales a su altura.
Marketing penoso, pese a ser un actor estrella en su país, le odiaban y le despreciaban por su escasa contención verbal, por no tener pelos en la lengua y por ser un niño prodigio al que debían poner en su sitio.

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