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‘The Northman’ no tiene nada que hacer con ‘Vikings’

Estos días está teniendo lugar en Twitter lo que yo llamo una sacralización y la construcción de un culto. Creíamos que eso era cosa de tiempos remotos, de épocas olvidadas eones atrás, en las que una panda de fanáticos se ponía a adorar, por ejemplo, una roca tallada hasta convertirla en un objeto sagrado. Pero sigue sucediendo en la actualidad. Que el Cine, además de otras cosas, es una religión, lo tengo claro hace mucho tiempo, y que la gente es una flipada (a falta de una palabra mejor) también. A veces, sin embargo, todavía logran sorprenderme.

Con motivo del estreno de ‘The Northman’, tercera realización del estadounidense Robert Eggers, y de los discretos resultados en taquilla que está teniendo, la gente en Twitter se está lanzando a ponerla por las nubes, a considerar que esto es el fin de los tiempos porque las películas de Marvel ha acabado con el Cine tal y como lo conocíamos (de ahí el fracaso comercial de esta cinta), a poner a Eggers como un clásico moderno, un Prometeo crucificado por el anticine, y a la película como una obra de arte monumental a la que si dieran una oportunidad salvaría al cine de la mediocridad absoluta y al necio espectador actual de su ignorancia supina en estos asuntos. ¿Cree el lector que exagero? Ni por un segundo. Leo en Twitter que a uno ‘The Northman’ le hizo enamorarse del cine otra vez, a otro que esto es «absolute cinema», a otro que es la mejor película de lo que llevamos de año (de paso le pone un 10), otro más que es la primera épica vikinga en toda la historia del cine (…)… y la cosa sigue. Que es portentosa, que es «un diamante que brilla de manera espectacular», la mejor de la década, la mejor recreación que se ha visto de la época vikinga, Skarsgård y Kidman «brutales»… ¿No me creen? Pongan The Northman en el buscador de Twitter y lean los tweets más destacados. Ahí los tienen todos. Resulta que estamos ante un acontecimiento artístico de relevancia histórica.

Pero luego vas a ver la película, y no.

Ni es una obra monumental, ni te reconcilia con el cine, ni la mejor de la década, ni es ni mucho menos la mejor recreación de la época vikinga, ni es tan salvaje y brutal y tremenda como aseguran tantas voces. A veces me pregunto hasta qué punto la gente necesita ver una «obra maestra» en cualquier parte, necesita encontrar motivos para ir al cine y está deseando soltar epítetos exultativos, grandiosos, terminando por inflar globos que a lo mejor no están del todo mal, como es el caso, pero que de ningún modo podemos calificar como gran cine.

Y es que no: ni estamos ante una gran historia –por mucho que digan que es el relato o la leyenda en la que se basó Shakespeare para escribir Hamlet–, ni Skarsgård ni Kidman están enormes, ni la dirección de Eggers es magistral, ni este es un cine capaz de convencer a los cinéfilos más exigentes, ni estamos ante una obra contemporánea monumental. La cosa es más bien diferente, y por mucho que se repita lo contrario no va a ser verdad. ‘The Northman’ es un filme que en cada plano quiere convencerte a gritos (nunca mejor dicho, hay que ver lo que grita todo el mundo en esta película…) de lo grande que es, de lo genial que es, y sin embargo está narrada de manera bastante ortopédica e irregular, con una construcción deficiente en lo que se refiere al itinerario de este guerrero, Amleth, que por supuesto quiere vengarse del asesinato de su padre y recuperar su reino y todo eso. Las cosas suceden aquí porque sí (el encuentro con la bruja en el campamento arrasado, la amistad y posterior enamoramiento con el personaje de Anya Taylor-Joy que no te crees jamás, el encuentro con el segundo brujo al que Amleth encuentra…¡con ayuda de un animal salvaje!, el combate final lidiando con la lava de un volcán…) no porque estén narradas o sucedan de manera orgánica.

Todo resulta teatral y forzado, tremendamente artificioso. Está claro que lo que Eggers perseguía (entre otras cosas…) era crear una sensación de extrañamiento en el espectador, de estar en otra época, en otro mundo casi. Pero eso no se consigue con diálogos teatrales ni una dirección de actores tan plana y tan poco creíble. Los relatos de otras épocas, por muy lejanas y diferentes que sean a la nuestra, han de tener el vínculo de que a fin de cuentas seguimos siendo la misma especie, con las mismas pasiones y los mismos defectos y virtudes que entonces. Si viajáramos con una máquina del tiempo a la Noruega del siglo IX y filmáramos un reportaje, no entenderíamos nada ni sería algo narrativamente interesante. No es el objetivo de un narrador hacer un reportaje histórico, sino hacer una ficción basada en unos personajes y en un mundo antiguo. Y a Eggers no le sale porque ni él mismo se lo cree. Secuencias como la iniciación del muchacho ante el brujo interpretado por Dafoe queda ridícula, y otras como el baile sensual de los amantes o la preparación de los «osos» antes del combate, dan vergüenza ajena. Skarsgård lo intenta con tanta pasión como el propio Eggers (no en vano son los productores de la cinta, ejem…), pero no consigue dotar a su personaje de carisma, ni de fuerza expresiva, ni de mística, ni de prácticamente nada. Sólo es una bestia asesina que quiere vengarse y que funciona a impulsos. Hawke y Kidman están directamente espantosos: jamás te los crees como reyes vikingos, y el giro final del personaje de ella es directamente ignominioso, con risa malvada incluida…

Amigo lector de estas líneas, probable usuario de Twitter que has escrito alabanzas exageradísimas sobre esta película…te voy a contar algo: Eggers ha visto la serie ‘Vikings’, creada por Michael Hirst y emitida entre 2013 y 2020… y tú no la has visto. Así de sencillo. Y aún más: Skarsgård ha visto muchas veces ‘Vikings’, entre otras cosas porque su hermano Gustaf interpretaba allí al inolvidable personaje Floki, el constructor de barcos y uno de los caracteres más extraordinarios del Canon de las series. Alexander la ha visto y se ha dicho: «si mi hermano ha hecho algo tan portentoso, yo también puedo, ¡hagamos una película sobre vikingos!». Y Eggers se ha subido al carro, diciéndose: «¡voy a hacer la película definitiva sobre vikingos!». Pero una cosa es querer y otra es poder. Y aunque creo que Eggers (ya lo dije en su momento en cierto artículo…) es uno de los directores jovenes más prometedores del panorama USA, en este caso ha hecho una película excesivamente autocomplaciente, pétrea, roma, que bajo ningún concepto puede considerarse una gran obra, que por supuesto aprovecha muy bien los parajes de Islandia (¿cómo no hacerlo con esa maravilla de entorno natural?) y que está bien pertrechado con herramientas de realización más que suficientes para armar un espectáculo solvente, pero al que todavía le falta arriesgar mucho y crecer mucho como artista para poder siquiera considerarle un gran cineasta.

¿Es consciente la gente lo difícil que es crear una obra maestra o un filme magistral? A tenor de la gran cantidad de bobadas que leo en Twitter me parece a mí que no. Una obra excepcional fue ‘Vikings’, la serie ya mencionada de Michael Hirst. Eso sí fue la creación cinematográfica (porque es cine, seriado, pero cine) definitiva sobre el mundo vikingo y una verdadera maravilla en todos los sentidos, con personajes monstruosos y salvajes y memorables como Floki, Ragnar, Lagertha, Ivar, Rollo, Athelstan, Torvi, Ecbert… personajes que estaban totalmente vivos, en los que no había ni el menor fingimiento o teatralidad, que a pesar de que conseguían provocarnos extrañamiento eran también cercanos a nosotros, en una aventura perfecta, en la que las cosas no sucedían porque sí, sino que se iban construyendo, se iban narrando, no como en un videojuego parecido a ‘The Northman’ en el que el personaje va encontrándose cosas y superando adversarios o pruebas, sino como una verdadera ficción en la que se plantea una segunda realidad, con tanto bulto, consistencia y persuasión como nuestra realidad.

Skarsgård ya consiguió un gran trabajo, que queda para la historia, en la infravalorada serie ‘True Blood’, en la que daba vida a Eric (quien por cierto se apellidaba irónicamente Northman), de origen vikingo y apasionante historia, y uno de los personajes más fascinantes de la ficción de Alan Ball. No necesita de vehículos de lucimiento como este, tan discutibles, para estar en el candelero, sino de personajes tan memorables como aquel, porque tiene talento de sobra. Lo mismo que Eggers, del que sigo pensando que es un director más que interesante, siempre que no siga dejándose convencer por las sirenas del divismo y no continúe dándose tantas facilidades a sí mismo.

Y en cuanto a la gente que tantas exageraciones escribe en Twitter… hay que ver más cine, pero también hay que leer y ver muchas más series. Y sobre todo hay que tener un pensamiento más crítico y un poco más de sentido común.

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CINE

La voz de Dios y del Diablo

Por mucho que los más puristas insistan en que el arte, sea o no narrativo, aunque especialmente cuando lo es, ha de operar con realidades, y no sumergirse en fantasías o en ilusiones (algo con lo que yo también he estado de acuerdo más de una vez), es probable que el divino Wilde tuviera razón (como tenía razón en casi todo) cuando dijo que un artista puede expresarlo todo. De hecho puede que esa sea su verdadera función en el mundo: ser aquel que, al contrario que los demás, puede expresarlo todo con cualquier elemento a su alcance. Y pese a que me considero muy poco o nada creyente (aunque de alguna manera sé que esto no es todo y que bajo ningún concepto estamos solos en el universo), hay algunas cuestiones que tienen que ver con lo oculto, con el misterio, que no puedo evitar que me subyuguen como han subyugado al ser humano desde el principio de los tiempos.

Tiene también razón Jesus G. Maestro cuando dice que la literatura (y acaso el cine no es más que una forma bastarda de literatura) nace del mito, la magia y la religión. Y quizá por ello quien sabe si ciertas cosas que podemos ver en las ciertas películas nos evocan reminiscencias de un pasado inmemorial, despiertan en nosotros instintos primarios, ancestrales, indagando en elementos supraterrenales que nos llevan de la mano a un estadio incognoscible de nosotros mismos, a ese terror o a esa hipnosis que nos deja literalmente sin palabras. Y a este respecto quiero referirme a la obra maestra de Martin Scorsese ‘Silencio’ (‘Silence’, 2016) y a la magnífica película de Robert Eggers ‘La bruja’ (‘The Witch’, 2015), que son prácticamente simultáneas en el tiempo y que comparten, sin proponérselo en ningún momento, un instante absolutamente sobrecogedor en el que escuchamos a sendas entidades, bien conocidas por todos, de forma absolutamente nítida, dirigiéndose a lo atribulados protagonistas (el monje portugués Rodrigues en la película de Scorsese, la joven Thomasin en el filme de Eggers).

Sin querer revelar nada particularmente destacable de su desarrollo argumental, sí podemos decir que ambas voces se escuchan en el instante culminante de las dos películas, y que la voz (en una la de Daniel Malik como Black Phillip/El diablo, en otra Ciarán Hinds como Dios) eclipsa cualquier otro elemento narrativo, visual, sonoro o conceptual, hablándole también al propio espectador, provocando una emoción muy difícil de describir. En el filme de Scorsese, Rodrigues lucha por mantener su fe en Dios, y en el de Eggers, una familia se enfrenta al mal absoluto proveniente de un bosque cercano y corporeizado en la figura del macho cabrío al que llaman Black Phillip. El objetivo de ambos cineastas, si bien esquivo y muy sutil, es inducir al espectador a una experiencia mística, con la que podrá rozar, valiéndose de la imaginación, la existencia tanto de Dios como del Diablo, pero en ningún momento de forma crítica o racional, sino entregándose a lo sobrenatural con una decisión y una valentía admirables.

No me imagino al cine de hace sesenta o setenta años proporcionando al espectador una experiencia semejante. Y es una experiencia enteramente construida con sonido y nada más, a pesar de que al escuchar la voz de Dios tenemos un plano detalle de un icono católico, y al escuchar la voz del Diablo tenemos a la niña en primer plano. El viaje de descubrimiento espiritual del monje, y el hundimiento en las tinieblas de la niña, quedan totalmente coherentes y convincentes porque ambas películas, desde el mismo principio e incluso en las secuencias posteriores a esas secuencias clave, están edificadas en torno a esa voz, a esa revelación mística. Y el objetivo final de Scorsese y Eggers (uno de los talentos narrativos a tener en cuenta en el futuro, sin ninguna duda) resulta evidente: sobrecoger al espectador, apelar a sus emociones más básicas, que no son otras en realidad que las espirituales, las que provienen de nuestros ancestros, de la religión, el mito y la magia… incluso de antes de la literatura: de la voz de aquellos que narraban historias, e introducían el virus de la narración en los corazones de aquellos que les escuchaban.

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