CINE

Los 7 directores «nómadas» más grandes

Me faltaba este grupo por comentar: los que a mi parecer son los siete directores que principalmente, por motivos políticos o económicos, han trabajado fuera de su país, y que pese a todo han triunfado, demostrando por cierto que el Cine, como todo Arte, no es cultura, no es identitario de cada país y sólo allí se puede entender, sino que es universal, como la Literatura y la Música, y sólo siendo universal es verdaderamente arte.

Supongo que en este exclusivo ramillete tendría que haber estado Luis Buñuel, pues desarrolló gran parte de su carrera fuera de España, en países como México y Francia, pero es difícil no considerarle simplemente uno de los grandes directores europeos de todos los tiempos… aunque ahora que lo pienso España no es Europa… También debería estar Orson Welles, pero lo incluí entre los grandes estadounidenses. Sea como fuere estos son los siete de este grupo:

WERNER HERZOG

Aguirre, la cólera de Dios (1972), Alemania
Nosferatu, vampiro de la noche (1979), Alemania
Grizzly Man (2005), Estados Unidos
La cueva de los sueños olvidados (2010), Francia
Into the Inferno (2016), Reino Unido

ROMAN POLANSKI

El cuchillo en el agua (1962), Polonia
Repulsion (1965), Reino Unido
Rosemary’s Baby (1968), Estados Unidos
Macbeth (1971), Reino Unido
Che? (1972), Italia
Chinatown (1974), Estados Unidos
Tess (1979), Reino Unido

PAUL VERHOEVEN

De vierde man (1983), Países Bajos
Flesh + Blood (1985), España-Estados Unidos
Robocop (1987), Estados Unidos
Basic Instinct (1992), Estados Unidos
Zwartboek (2007), Holanda

ANG LEE

Comer, beber, amar (1994), Taiwán
Sense and Sensibility (1995), Reino Unido
Tigre y dragón (2000), Taiwán
Brokeback Mountain (2005), Estados Unidos
Deseo, peligro (2007), Taiwán

ALFONSO CUARÓN

Y tu mamá también (2001), México
Harry Potter and the Prisoner of Azkaban (2004), Reino Unido
Children of Men (2006), Reino Unido
Gravity (2013), Estados Unidos
Roma (2018), México

RAOUL PECK

Lumumba, : La mort du prophèt (1990), Francia
The Man By the Shore (1993), Haití
Sometimes in April (2005), Estados Unidos
I am Not Your Negro (2016), Estados Unidos
Le jeune Karl Marx (2017), Francia

FRITZ LANG

Die Nibelungen I & II (1924), Alemania
M (1931), Alemania
Scarlet Street (1945), Estados Unidos
The Big Heat (1954), Estados Unidos

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CINE, MÚSICA

Sublime música para mediocres películas

Hace ya algunos meses (porque parece que el tiempo pasa volando y, al mismo tiempo, parece que fue antes de ayer) escribí un artículo sobre la que yo considero la más bella música de cine que yo he escuchado. En esa ocasión elaboré un listado de lo más excelso sin tener en cuenta la mayor o menor calidad de las imágenes que se nutrieron de la narrativa de esa música. Ahora, sin embargo, voy a hablar de algunos temas esplendorosos que por desgracia han formado parte de las imágenes de algunas películas mediocres, que no se merecían ese derroche de talento y belleza. Para empezar, la que podría ser, fácilmente, la película más anodina de la apasionante filmografía de Roman Polanski, la «pérez-revertiana» ‘La novena puerta’ (‘The Ninth Gate’, 1999), basada en ‘El club Dumas’.

Para la ocasión el director polaco contó nada menos que con el talento de otro polaco, el genial Wojciech Kilar, que ya nos había dejado deslumbrados con la música escrita para ‘Bram Stoker’s Dracula’ (1992), y que aquí volvía a demostrar que era un músico superlativo, capaz de crear temas tan sugestivos y bellos como este que abre el filme:

Desde luego un filme tan gris y tan poco inspirado como este no se merecía una pieza tan exquisita como esta. Pero además, para los créditos iniciales, hizo nada menos que esto:

Recuerda mucho a la película de Coppola por el magistral, el imponente uso de las cuerdas, que casi parecen respirar, más que ser tocadas. Y por si no fuera poco con esta capacidad atmosférica que pedía unas imágenes a su altura, demostró su versatilidad en otros temas como este, mucho más bufo, e igualmente deslumbrante:

¿Resultado? Una música de cine que es una obra maestra absoluta, totalmente ignorada por hallarse incrustada en un filme que pedía al mejor Polanski y que sólo tuvo a un Polanski con el piloto automático puesto.

Sigamos. ¿Cómo no citar en este artículo…algo como esto?:

Esta maravilla, firmada por el gran Basil Poledouris, ostenta una merecida fama. Sin embargo, no tan merecida en ciertos sectores la propia película, una pobre adaptación del mundo howardiano, que solamente gusta a aquellos que no se han leído las novelas de Howard, o no han leído los cómics de John Buscema. El actor austríaco de nombre impronunciable es el Conan menos improbable de la historia, y su «interpretación» se basa en emitir gruñidos y en descoyuntar enemigos, en una producción de serie B muy mal hecha, con momentos para en sonrojo. La épica, el salvajismo, el primitivismo que destilan los acordes de Poledouris no se merecían una película tan boba.

Esta banda sonora poseía momentos tan impresionantes como este:

Esta música maravillosa no se la merecían ni Milius, ni Schwarzenegger, ni el productor Dino de Laurentiis. Pero es lo que hay. Para algunos, uno de los personajes de aventuras más grandes jamás creado se convierte en un simio revienta cráneos con taparrabos…

Y termino esta breve lista de maravillas y desgracias con la excelsa música que el inigualable John Williams escribió y orquestó para esa meliflua y sobrecargada película titulada ‘Artificial Intelligence’, con la que Spielberg jugó a ser Kubrick durante un tercio, y luego se perdió en un delirio melodramático sin la menor cohesión:

Muy difícil de describir con palabras la amalgama de ideas, emociones y conceptos que una pieza como esta (así como toda la música de la película) alberga de un modo que parece fácil o sencillo, y que no lo es en absoluto. El maestro Williams, con su aliento genial, más que dirigir música parece que dicta los movimientos de nuestras emociones más básicas. Nosotros somos la partitura que él interpreta. Luego Spielberg se dedica a lo suyo: contar por enésima vez el regreso al hogar, ahogándose en un exceso de sentimentalismo que hunde la película.

Para rematar el caso, Williams escribió el ‘For Always’, interpretado por la suntuosa voz de Lara Fabian (acompañada en una de las dos versiones, la que pongo aquí, por Josh Groban), que es fácilmente una de las más bellas canciones escritas para una película:

Seguirán apareciendo películas muy cuestionables con una música sublime, de eso no cabe duda. Por lo menos, mientras se siga escribiendo música para las películas, algo que cada vez parece más en peligro de extinción.

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CINE, CRÍTICA

‘El oficial y el espía’ de Polanski y ‘Mientras dure la guerra’ de Amenábar, la noche y el día

Se da la casualidad de que he tenido la oportunidad de ver, dos días después de la película de Amenábar, la última dirigida por Roman Polanski, y acabo de llegar del cine y de sentarme delante del teclado, y para empezar he de decir lo siguiente: he aquí, al contrario que en aquella de la que hablé hace unas horas, auténtico, verdadero, gran cine.

Es paradójico que ambas películas nos hablen de eventos particularmente notables en el devenir histórico de España y de Francia, hechos luctuosos que han pasado a la historia como ejemplos de cobardía, de fanatismo, de nacionalismo…pero también de heroísmo, de valentía, de nobleza y de luz humana. En la de Amenábar se nos cuenta, es un decir, todo lo que rodeó el famoso discurso de Unamuno en la Universidad de Salamanca, y en la de Polanski se nos detallan las oscuridades del caso Dreyfus. Es decir, ambas son piezas de época, en la que se nos narran hechos verídicos, con nombre y apellidos, pero allí donde Amenábar se muestra un primerizo, casi un advenedizo, en esto de hacer cine (eso sí, un advenedizo mimado por los medios de comunicación y casi intocable para la crítica), Polanski se confirma como uno de esos raros talentos que llevan cine en las venas.

Pero poco vamos a descubrir a estas alturas de la grandeza y de la carrera del realizador franco-polaco. Tan solo decir que con esta ya son seis décadas completas que lleva haciendo películas, que en su haber hay algunos títulos algo más cuestionables, pero también obras maestras incontestables como ‘Rosemary’s Baby’, ‘Chinatown’, ‘Tess’ o ‘The Pianist’, además de un puñado de magníficas películas como ‘Knife in the Water’, ‘Repulsion’, ‘Macbeth’, ‘Death and the Maiden’ o ‘Bitter Moon’. Un cineasta que el año pasado, a sus ochenta y seis, presentó este ‘J’accuse’, que quizás es también una proclamación de la persecución personal que él ha experimentado durante gran parte de su vida por hechos probados o no tan probados, y que le confirma como uno de los grandes vivos de su oficio. No es una de sus obras maestras, pero es una magnífica película en la que plano a plano, y secuencia a secuencia, se ve a un verdadero cineasta.

Aquí está, detalle por detalle, todo lo que le falta a la mediocre, insulsa e inane película de Amenábar que tanto dinero está generando y tantas alabanzas por parte de todo el mundo está recibiendo. Y me consta que la primera la ha ido a ver mucha menos gente que la segunda en este desgraciado país. En cierta forma, es comprensible: para uno de los pocos directores renombrados que tenemos, el público español siente la necesidad de protegerle en gran medida. Pero hay muchos otros directores que merecerían mayor atención y mayor protección por parte del mismo público, y que son sistemáticamente ninguneados. Y esto es particularmente doloroso, porque todo aquello en lo que la película de Amenábar falla, en la de Polanski es una conquista, y el elevado tema del que las dos hablan es secundario, porque el tema no tiene nada que ver con la narrativa.

En ‘El oficial y la espía’, triste traducción del certero y seminal ‘J’accuse’, el gran Polanski narra con una precisión majestuosa la investigación que el coronel Picquart (formidable Jean Dujardin) lleva a cabo, en gran medida en contra de sus deseos personales, con la que revela la enorme corrupción y abuso de poder de todos los estamos militares y judiciales de la Francia de finales del siglo XIX. Aquí, vemos una película muy bien armada, todo lo contrario que ‘Mientras dure la guerra’. La mirada de Polanski es sabia, lúcida, contundente, y Amenábar juega a hacer películas. En la de Polanski te crees todo lo que ves porque está hecho con convicción, la de Amenábar parece una parodia de unos hechos trágicos que merecieron un director de mayor fuste y menor ambición comercial. En ‘J’accuse’ observamos todo lo que ha de tener una gran película: un guión construido con esmero, con una armazón en ‘crescendo’, hacia arriba; una dirección de actores soberbia, con un reparto muy bien elegido, en el que no falla ni un secundario; un sentido del montaje en el que cada plano dura lo que ha de durar y cada corte, o cada fundido, o cada encadenado, alberga una razón de ser narrativa profunda, meditada, que forma parte de un todo que funciona como un reloj. En el filme de Amenábar asistimos a una mala representación de una historia sin montaje, sin dirección de actores y sin cine.

Todo esto que escribo aquí (y que de momento no lee demasiada gente) no va a cambiar la apreciación (aunque lo leyeran muchas más personas) que muchos tengan sobre Amenábar, ni va a quitarle de encima a Polanski el estigma de golfo y de violador que sin duda no merece. Pero Polanski, pese a una carrera ciertamente irregular en algunos tramos, es una leyenda del cine, y Amenábar es un director encumbrado y muy discutible. Y eso no es una opinión, es un hecho tan incontestable como lo que cuenta ‘J’accuse’.

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CINE

Dirección de actores: The Fearless Vampire Killers, de Roman Polanski

Voy a intentar retomar el objetivo seminal de estas páginas, después de haber dejado por escrito mis ideas sobre el desastroso panorama editorial español, algo que he hecho en dos entradas ya, y que en un futuro abordaré de un modo, espero, más didáctico y menos luctuoso. Y voy a hacerlo hablando de un aspecto del cine que muy pocas veces se estudia o se analiza, aunque el objeto de estudio sea la carrera de un director, no digamos ya en suplementos de prensa o televisión.

La dirección de actores es uno de los dos o tres talentos o virtudes más importantes de todo gran cineasta que se precie. Incluso algunos con un gran talento visual adolecen (como es el caso de Brian De Palma), de una dirección de actores irregular o mecánica. Otros, como George Lucas, son directamente malos directores de actores. Y otros, como Julio Medem, ni siquiera saben lo que es un actor, ni el trabajo que desempeñan, ni tienen respeto por su función en una película. Pero no quiero disparar en todas direcciones sino centrarme en una película en concreto, y tras muchas dudas y deliberaciones me he decidido por comentar lo mejor que pueda el trabajo con los actores de Roman Polanski en la muy apreciable sátira, que linda de forma fascinante con la tragicomedia, El baile de los vampiros, cuyo título original era The Fearless Vampire Killers.

Como bien puede saber el lector de estas líneas, este largo (el cuarto de Polanski) es un acercamiento al mito vampírico en clave de humor no exento de momentos e imágenes inquietantes, cuyos protagonistas vienen a ser unos chiflados sosias de Albert Einstein (el profesor Abronsius, interpretado Jack MacGowran) y de Franz Kafka (su pupilo Alfred, al que da vida el mismo Polanski), probablemente la pareja de cazadores de vampiros más disparatada e inútil de la historia del cine y la literatura. Ambos, en su viaje a Transilvania, se hospedan en el hostal de Shagal (encarnado por Alphie Bass), un sinvergüenza que abusa de la atractiva criada de la casa (Fiona Lewis), fugándose cada noche de la cama de su oronda mujer (Jessie Robins), y con una bella hija llamada Sara (interpretada por Sharon Tate), que no tarda en ser raptada por el vampiro del castillo más cercano, el conde Von Krolock (Ferdy Mayne), cuyo hijo, también vampiro, Herbert (Iain Quarrier), casi un Oscar Wilde venido a menos, se sentirá atraído por Alfred. Ambos, padre e hijo, tienen a un sirviente deforme y casi mudo llamado Koukol (Terry Downes), una suerte de Igor chepudo y bestial.

Delicadeza y sagacidad

Bien. Se trata de nueve personajes, algunos por supuesto más centrales que otros, que en mi opinión están trazados con mano maestra por el genio de Polanski, uno de los directores de actores más hábiles y refinados del mundo (no me atrevo a decir quienes podrían ser los mejores de la historia, pero quizá Polanski se halle entre los más sagaces), y sobre los que resulta muy estimulante examinar el modo en que la estrategia narrativa del director funciona sobre ellos, tal cual fueran instrumentos musicales a la batuta de un director de orquesta capaz de demostrar su sapiencia y su delicadeza en cada mínimo detalle. Algunos quizá aleguen que al tratarse de una comedia disparatada, algo que a ratos es sin duda esta película, es más fácil trabajar con los actores, dado que han de ceñirse a roles muy específicos. Y nada más lejos de la verdad.

Porque el frágil equilibrio, entre comedia y terror, entre sátira y tragicomedia, que establece Polanski, se podría haber quebrado con un mínimo error o despiste por su parte, especialmente en la configuración de los personajes y en su trabajo con los actores, todos ellos en estado de gracia, tan imbuidos de sus caracteres que realmente parece que han nacido para hacer esta película. Es un placer infinito ver compartir escena a dos eminentes intérpretes como Jack MacGowran (Abronsius, inefable cazador de vampiros) y Ferdy Mayne (Von Krolock), en la que quizá sea mi secuencia favorita de la película: la llegada al castillo por parte de los dos cazadores. La cosa sucede de la siguiente manera: tras esquiar parte del camino nevado para ahorrar tiempo, y sin intercambiar palabra, los compañeros llegan a las murallas y tras algunos cómicos esfuerzos (como si estuviéramos viendo una película muda) consiguen trasponerlas, cruzan el cementerio, y se topan, más que encontrarle, con el sirviente Koukol, quien por el momento les encierra, y que después les lleva a conocer a Von Krolock…

…el vampiro, ahora con aspecto más  humano y al que adivinamos con interés momentáneo en mantener esa mascarada, al que al parecer han interrumpido en una partida de ajedrez consigo mismo y que a lo lejos les hace un lánguido gesto para que se acerquen. Lo hacen, y se inicia un delirante diálogo y una interacción física en la que ambos saben que el otro sabe quiénes son unos y quién es el otro, y qué es lo que la pareja ha ido a hacer al castillo (obviamente, rescatar a Sara y terminar con los vampiros), y es una excusa maravillosa para que Polanski despliegue todo su inmenso talento con los actores. El conde les pregunta cómo han ido a parar allí, y jamás hemos visto a dos peores mentirosos que Abronsius y Alfred. Abronsius toma la iniciativa, seguido muy torpemente por Alfred, y le explica al conde que están buscando, en pleno crudo invierno, un raro ejemplar de murciélago. Bien, ¿qué es lo que hace a esta secuencia tan especial y un verdadero delicatessen para los gustos más refinados? Pues todos los gestos, detalles, actitudes, réplicas ingeniosas, el diálogo brillantísimo y absurdo, la forma en que la cámara mima a los actores para que puedan desplegar todas sus artes. Ferdy Mayne, que por físico y apostura pareciera casi un Christoper Lee, pero mucho más aristocrático, sin su vena visceral, asombra por su buen gusto, sus maneras distinguidas, su aire lánguido, a la vez que su fina ironía…y en frente Jack MacGowran, dando un recital de histrionismo, afectadísimo, dándose aires de gran científico, mostrándose servil con el conde, tropezándose con su propio maletín, el cual acaba de dejar en el suelo… Ambos construyen una secuencia dividida en varias partes y que es un gran guiñol desde el principio hasta el final.

Huelga decir que secuencias así sólo pueden apreciarse en versión original. Por eso, cuando el conde, hierático, en clara oposición al histrionismo de McGowran, le enseña su biblioteca con esa frase «…my library…», vemos la dirección de Polanski, lo mismo que cuando les lleva a sus habitaciones y, al ver que ambos cazadores, preocupados por dormir en dormitorios distintos, cuchichean por lo bajo, les suelta un muy irónico, casi cómico, a punto de romper su personaje pero incrustado en la estrategia narrativa de la secuencia, «…the rooms…comunicate…» («las habitaciones se comunican») vemos también a Polanski el director, perfectamente en sintonía con Ferdy Mayne. Eso sin olvidarnos del disparatado encuentro con el hijo del conde, que ya muestra atracción por Alfred. Tal secuencia, que dura unos diez o doce minutos, obtiene su respuesta narrativa con el segundo y definitivo diálogo entre Abronsius y el conde, ya con las cartas boca arriba, y en la que Ferdy Mayne / Von Krolock, sin salirse jamás de su personaje, está dirigido/interpretado de una forma bien distinta, mucho más triunfante, más cercano al Drácula de Lee, imbuido de su verdadera naturaleza, terminando en un primerísimo primer plano a contraluz, una imagen turbadora, en la que mira de lado a los protagonistas y les insta a «esperar su turno».

Pero estos dos eminentes intérpretes tienen un duro competidor en la figura de Alfie Bass, un extraordinario actor que en el papel de Shagal, mucho más pequeño en comparación, amenaza incluso con superarles. Grotesco, risible, burlesco, su Yoine Shagal es un personaje fascinante, vicioso, nauseabundo y divertidísimo. Resulta una maravilla observar sus desproporcionadas reacciones a todo lo que sucede, y su negrísimo sentido del humor. No me cabe duda de que Bass y Polanski se lo pasaron en grande componiendo este personaje tan al límite y que ofrece un contrapunto tan brillante a ese duelo de gigantes entre Mayne y MacGowran.

He especificado los momentos quizá más complejos y fascinantes, pero hay docenas de detalles interesantísimos en todas las secuencias, empezando por el hecho de que si el lector se fija, en todas las secuencias en que hay más de un actor en el plano, cada uno de ellos va por libre, y a veces la mirada del espectador, con la atención puesta en el que está más cerca, se pierde la delirante torpeza o el gesto inesperado o la mirada cargada de intención de un personaje en segundo plano. No digamos ya en las secuencias en las que hay varios personajes en un solo plano, como el encuentro inicial con el hijo del conde, y las miradas, impagables, todas ellas dirigidas con mano maestra por el realizador, de todos los personajes, especialmente las de Mayne y MacGowran.

Todo esto demuestra la minuciosidad y la atención que presta, casi siempre, Polanski a sus actores y a los personajes, algo que, lamentablemente, no siempre, por no decir pocas veces, tiene lugar en el cine. Pero, y esto es algo que muy poca gente sabe, los actores son, junto con la composición del plano, lo único a lo que el director presta atención en el proceso de rodaje, y es responsabilidad de él que en efecto haya eso, una dirección, una guía, una partitura interna por la que todo se guíe, del mismo modo que es responsabilidad suya que la energía de los actores y de la cámara hablen un mismo idioma y hagan algo, que ocurra algo, realmente interesante en la pantalla. Y esto, en definitiva, es maestría narrativa, al alcance de muy pocos.

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