ANÁLISIS CINEMATOGRÁFICO, CINE, TELEVISIÓN

Por qué ‘Requiem for a Dream’ es deleznable y ‘Euphoria’ es una genialidad

Hace un tiempo que tengo interés en escribir una entrada acerca de lo vacuos que resultan algunos creadores y de que otros, por mucho que te cuenten atrocidades o te propongan imágenes casi insoportables, consiguen trascender todo eso y llegar a lugares que hacen que valga la pena tanta miseria humana. Pero no he logrado encontrar el punto de vista necesario para decir lo que quiero explicar hasta que no me he acordado de la segunda realización del neoyorquino Darren Aronofsky, uno de esos directores por los que algunos cinéfilos le hacen la ola allá por donde van… mientras que otros, me parece que con mucho mayor sentido común, hace mucho tiempo que le tienen bien calado.

La enorme diferencia entre dos realizaciones a priori tan parecidas como son Requiem for a Dream (2000) y la serie de HBO Euphoria, creada, escrita y dirigida en la mayoría de sus episodios por Sam Levinson, me viene perfecta para hablar del tema. En Literatura sólo encuentro un caso que realmente pueda servir, y es el que ese genio en la sombra que es Cormac McCarthy logró con su novela Blood Meridian (1985), contando un relato espeluznante y apocalíptico, sanguinario y atroz, en el que sin embargo el lirismo de su voz y de su mirada, la belleza de la prosa y la inefable vehemencia de su expresividad artística, conseguían que te olvidaras de todo eso. Muchos artistas (o aspirantes a…), desde el principio de los tiempos, han apostado todo a eso que en otros tiempos se hubiese llamado la terribilitá miguelangelesca, y que en estos puede adjetivarse como lo tremebundo. Pero muy pocos salen vivos de ese lance, y menos aún consiguen obras realmente superlativas. No es el caso de Aronofsky, un tipo convencido desde antes de filmar su primera película de que es un genio comparable a Miguel Ángel, Picasso o Bach. Sólo Paolo Sorrentino puede competir en ego y narcisismo con él, lo que tampoco tendría mayor importancia si con sus películas lograra algo más que asquear al personal.

Requiem for a Dream cuenta las desventuras de cuatro personajes, tres jóvenes, (Leto, Connelly y Wayans) y la madre del primero de ellos (Burstyn), en su adicción a las drogas por muy diversos motivos. Ya he dicho desde hace unos cuantos años que este filme es quizá el más moralista jamás filmado acerca de las drogas. Pero no solamente eso. Requiem for a Dream es seria candidata al galardón de «filme más feísta y vomitivo de la historia del Cine», y lo es como si eso fuera un valor en sí mismo. En otras palabras: en su adaptación de la novela de Hubert Shelby Jr., Aronofsky carga las tintas en la representación de una realidad ficcional escatológica, además in crescendo, en una espiral ascendente que culmina con un personaje vomitando directamente a cámara e invitándonos a que hagamos lo mismo. Aronofsky, después de la estimable Pi, necesitaba convencer al mundo entero de que es un genio irrepetible y grita a los cuatro vientos esa necesidad, en cada plano, en cada corte, demostrando casi que el adicto de la película es él, y no los personajes, pero a la admiración ajena. Y esto a pesar de que la dirección de fotografía de Mathew Libatique es excelente, y que sus actores están (sobre todo Burstyn y Connelly) realmente bien. Pero a la media hora de película es imposible no acabar hastiado de la vacía brillantez de Aronofsky, de ese mundo siniestro y tan poco persuasivo, más propio de un videoclip, que te está armando, de unos personajes que no son tal, sino meras sombras adánicas, sin verdadera entidad ni fuerza narrativa.

Qué diferente es Euphoria… una serie que también cuenta en el descenso a los infiernos de las adicciones (no solamente químicas) de su inolvidable galería de personajes. La serie de Sam Levinson, un tipo que sabe bien de lo que está hablando pues se ha pasado más de la mitad de su vida enganchado a varias drogas duras (es decir, que no es un advenedizo en el tema como Aronofsky), ni moraliza, ni juzga, ni se cuestiona nada. No propone un discurso, ni sirve de reflexión para absolutamente ninguna idea. Deja al espectador en cueros, sencillamente, contando la historia de Rue (prodigiosa Zendaya, en el papel de su joven carrera… dudo que logre algo como esto en otros cincuenta años de carrera), y de la panda de perdedores/sociópatas/patéticos compañeros de instituto y vecinos que coexisten en el universo cerrado de la serie. La sordidez de Euphoria es muy superior, mucho más putrefacta, asqueante y abyecta que la de Requiem for a Dream, pero no es un fin en sí mismo, sino un medio. El espectador puede soportar prácticamente lo que sea… si esto conlleva una razón, un motivo, un viaje emocional e intelectual ulterior. Si es el peaje a otra cosa, no si es la razón de ser de una ficción.

Resulta muy fácil, para un director hábil, contarte una hitoria atroz, en la que sus personajes se auto-destruyan, en la que seamos testigos de una decadencia física espeluznante, con la que espectadores poco exigentes se queden admirados por lo dura que es la historia, por lo chunga que es la película o la serie. Ejemplos hay cientos, desde American History X, pasando por The Shining, hasta llegar a La Haine. Y en Literatura también. Basta que el narrador de turno se proponga impresionar con hechos luctuosos. Pero los que se quedan en eso son directores o novelistas muy pobres, y sus películas o novelas se quedan pronto justamente olvidadas. Sin embargo otros lo aceptan como un peaje para adentrarse en lo más sombrío pero también lo más luminoso del ser humano. En total sintonía y complicidad con su operador jefe Marcell Rév y con el músico Labrinth, Levinson no tiene como objetivo asquearte, aunque su historia sea por momentos casi inaguantable. No quiere echarte a patadas de su ficción ni hacerte vomitar, aunque en algunas escenas no puedas creerte lo que estás viendo. Euphoria es una genialidad porque al contrario que el filme de Aronofsky y que otras películas o series sobre adicicones, sobre mundos lisérgicos, sobre personajes marginales, habitantes de submundos escalofriantes, lo que te propone es un juego narrativo y emocional absolutamente inédito.

Levinson no destroza a sus personajes para solaz del espectador, no construye un espectáculo pavoroso, sino que les acompaña incluso a su pesar, no les juzga ni les condena, tampoco les apoya, pero siente compasión por ellos, les hace, gracias a un grupo de actores primoroso, estar vivos, crea una segunda realidad tan pasmosamente creíble que da miedo verla. Y lo hace alterando las normas de la dramaturgia, zambulléndose en los límites expresivos de la ficción, convirtiéndose en la serie de sistema narrativo más compleja del Canon de Series que he elaborado y del que pronto tendré buenas noticias para todos aquellos a los que les interese mi forma de escribir y el entusiasmo con el que hablo de determinadas obras…

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TELEVISIÓN

‘Euphoria’, o el estado de gracia

No sucede demasiado a menudo, o más bien casi nunca… precisamente por eso cuando sucede te resulta más fácil darte cuenta. Recuerdo bien la conmoción que experimenté al ver en cine ‘El camino a casa’ (‘Wo de fu qin mu qin’, Zhang Yimou, 1999), o ‘Titanic’ (James Cameron, 1997), o cuando vi varias veces seguidas en televisión ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’ (Michel Gondry, 2004), o cuando en plena pandemia pude por fin ver ‘Spider-man: Into the Spider-Verse’ (Bob Persichetti, Peter Ramsey, Rodney Rothman, 2018): la sensación, o más bien la intuición, de que aquello que estaba viendo iba a ser algo mítico, irrepetible, y de que detrás de las cámaras se encontraba gente en estado de gracia. Y algo más: lo afortunado que te sientes por verlo nacer como mito. Las personas que estaban en Cannes en 1979 debieron sentir algo parecido cuando vieron el primer pase de cierta película de Francis Ford Coppola…

Y tal cosa me ha vuelto a suceder con ‘Euphoria’, tanto hace casi dos años, con la primera temporada de la serie (que en realidad es de 2019), como ahora con la segunda recién concluida: la percepción de que estaba asistiendo al nacimiento de algo demasiado grande para ciertas mentalidades, o demasiado extremo para otras, pero de lo que alguna forma yo también era parte, porque había sido testigo de cómo nacía de la nada y se convertía en lo que es ahora: una de las grandes series canónicas de lo que llevamos de siglo, y una de las más enigmáticas. Viéndola, me pregunto qué habrá de especial en la miniserie israelí, de diez episodios aparecidos en 2012, en la que se basa, o si habrá algo interesante en algún sentido, porque viendo esta ‘Euphoria’ (2019-?) sobre todo me pregunto quién es este Sam Levinson y cómo un talento de esta magnitud se ha manifestado de semejante forma cuando todo lo anterior que ha hecho no anticipaba ni mucho menos lo que ha sido capaz de lograr.

Algunos dirán que exagero, tanto si se lo digo en persona como si leen estas líneas. Pero estoy seguro de que no. Ahora que tantas voces decían que los buenos tiempos de HBO habían pasado a la historia, y que su hegemonía televisiva había tocado a su fin con la temporada final, hace ya tres años, de ‘Game of Thrones’ (2011-2019), la cadena hace un salto mortal sin red apostando hasta las últimas consecuencias por esta ficción de Levinson, una verdadera locura que en ningún momento puede calificarse solamente de «drama para adolescentes». No creo que el famoso cineasta Barry Levinson, al que muchos recordarán por haber filmado títulos como ‘Rain Man’ (1989), por la que ganó el Óscar a mejor director, y de otras como ‘Bugsy’ (1991), ‘El secreto de la pirámide’ (‘Young Sherlock Holmes’, 1985) o ‘Good Morning Vietnam’ (1987), pudiera haber pensado en tener un hijo que con una serie un día iba a hacer algo mucho más importante que todo lo que ha hecho él en toda su poco estimulante filmografía.

Contando bastante de su experiencia con las drogas, Sam Levinson ya no es el impersonal pero sugerente debutante de ‘Another Happy Day’ (2011), o el cineasta brillante y prometedor, pero también exagerado y poco cabal de ‘Assassination Nation’, ni siquiera es el director de la bastante auto-indulgente y superficial ‘Malcolm & Marie’ (2021) que filmó para NETFLIX aprovechando parón de la pandemia; porque con ‘Euphoria’ se pone en la liga de los David Chase, David Milch o Michael Hirst, creando una serie tan absolutamente original y contundente que es verlo para creerlo. Con una energía para el montaje que envidiaría un joven Paul Thomas Anderson y un no tan joven Martin Scorsese, con una capacidad pasmosa para crear planos memorables en perfecta sintonía con sus operadores, nos narra la caída en los infiernos de esta inolvidable Rue Bennett (la cantante y bailarina Zendaya, estrella de Disney Channel… como si no fuera ella, haciendo suyo un papel dificilísimo), y lo hace con una personalidad que le sitúa entre los grandes creadores de series de la actualidad.

¿De dónde nace este talento puro para la puesta en escena y la dirección de actores? ¿Cómo surge esta imaginación portentosa para el dinamismo y la energía, el juego de colores, luces y sombras de esta serie ya mítica? Antes que otra cosa, y a pesar de las apariencias, ‘Euphoria’ es un musical, probablemente el más extraño y sórdido jamás realizado, pero que pertenece a ese género porque es música en imágenes, y sólo unos pocos cineastas son capaces de hacer algo como eso.

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CRÍTICA, TELEVISIÓN

‘Euphoria’, una deslumbrante joya de ficción

No es fácil decidir qué ponerse a ver, y estos días de confinamiento menos todavía. Soy de los que piensan, y seguro que no soy el único, que se hacen demasiadas películas, se producen demasiadas series, y se escriben demasiados libros. Y en un gran porcentaje no valen la pena. Pero no te puedes fiar sólo de tu olfato, por mucho que algunos lo tengamos bien desarrollado. Te puedes perder algunas maravillas que andan por ahí llamando la atención, y que tú crees que no son para ti, o que no valen la pena. O puedes, simplemente, no elegir correctamente en qué invertir las próximas horas o días de tu vida. Y con HBO me sucede eso. Me pongo a mirar qué serie ver, y no me decido. Y al final no veo nada, o me pongo a ver lo que ya he visto. Por suerte, esta semana me he decidido a ver ‘Euphoria’, de la que no había leído absolutamente ninguna crítica.

Ahora sí, ahora ya he leído algunas críticas elogiosas, y no pocos comentarios positivos, pero por mi parte puedo decir que una vez más HBO lo han vuelto a hacer, han vuelto a dar en el clavo con otra producción propia con la que indagan en la sociedad estadounidense actual, y han firmado una verdadera joya, creada por el bastante joven y poco conocido Sam Levinson, adaptando al parecer una serie israelí, que ya es por derecho propio una de las grandes series de la casa, y cuyos ocho episodios (también se agradecen series así de cortas…) es imposible que dejen indiferente a nadie, cuando no incomodar, divertir y hasta conmover a la gran mayoría de los que se atrevan a acercarse a sus sorprendentes imágenes.

La cosa va de una chiquilla llamada Rue (impresionante el trabajo de la actriz y cantante Zendaya…), de unos diecisiete años, y de su vida en una barriada de clase media de Los Ángeles. Rue, que nació tres días después del ataque a las Torres Gemelas, desarrolla adicción a las drogas, por su carácter depresivo y su personalidad bipolar, y la historia comienza a su salida de rehabilitación. Vive con su madre y con su hermana pequeña, y tiene un círculo de amistades del instituto, especialmente su grupo de amigas, cada cual con sus problemas, y sus historias, su pasado y sus particularidades. Así vista parecería otra típica historia de adolescentes, pero ‘Euphoria’ está muy lejos de ser eso, hasta el punto de que me parece que dentro de su clase (historia juvenil, drama adolescente de sexo, drogas y música a tope) es la mejor, la más profunda y estimulante que yo he visto…y he visto unas cuantas.

Este relato tiene como objetivo radiografiar toda una generación (la nacida con el siglo) cada vez más perdida, en un mundo desquiciado, en una Estados Unidos hiperviolenta, hipercompetitiva, casi feroz, que no deja espacio a las equivocaciones y mucho menos a los sentimientos. Y, para ello, nos narra el impacto que las drogas, la pornografía, el alcohol y las interrelaciones personales tienen en unas mentes todavía tan impresionables, tan frágiles. No se corta en imágenes de violencia extrema, de sexo gráfico (con desnudos totales, sobre todo masculinos), en que veamos a estos chavales destruidos o consumidos por sus pasiones, sus adicciones, sus depresiones o por la brutal realidad en la que viven. Pero sobre cualquier otra cosa, la serie es deslumbrante por la forma en que lo cuenta.

En su puesta en escena, Sam Levinson y su equipo de cineastas se revelan como aplicados discípulos de Scorsese o incluso de Paul Thomas Anderson (de hecho el cuarto episodio parece filmado por el director de ‘Magnolia’). La energía de la cámara y del montaje es absolutamente arrolladora, con unos movimientos, unos cortes y en conjunto una resolución visual de una riqueza expresiva insoslayable. Y todo ello da pie a un juego de tonos y contratonos realmente insuperable, y así en esta deprimente historia hay mucha comedia negra, y también tono de fábula, y por supuesto romanticismo, y un magnífico erotismo (qué poco erotismo hay hoy en día en ficción…), tienen lugar secuencias luminosas, que dan paso a otras de una sordidez casi insoportable. No da respiro una serie que es casi como una montaña rusa en la que al final lo que acaba primando son los personajes, y sus vidas.

Porque aunque la mayoría de ellos, o todos, incluida la protagonista Rue, son personajes bastante patéticos, mezquinos, y hasta psicópatas o personas despreciables, la serie trata de comprenderlos, empatiza con ellos y terminan importándonos, del primero al último, porque logra que en estos ocho episodios sintamos que convivimos con ellos, con sus adicciones, sus penas y sus pequeños triunfos, todo ello magnificado por un grupo de actores en verdad formidable, todos ellos, en el que no se nota el menor fingimiento ni interpretación, sino que viven la secuencia y que han nacido para encarnar a estos personajes, que se mueven como animales por esta secuencia fragmentada, dislocada, en la que un evento sirve para explicar otro evento pero en el que a menudo las acciones y las consecuencias no van necesariamente unidas en el tiempo.

Tendrá segunda temporada, esta serie. Ojalá me equivoque, pero dudo que puedan repetir este triunfo, del mismo modo que ‘True Detective’ (otra serie con ocho episodios, por cierto) no pudo repetir una primera temporada absolutamente fastuosa. Ya veremos. De momento ahí queda esta joya, y el poso que deja, tras acompañar durante ocho horas a unos personajes más vivos que mucha gente que conozco.

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