ARTÍCULOS, CINE

Del género duro

A pesar de que para la crítica, digamos, «seria» y para los festivales más importantes, el verdadero arte narrativo en el cine se encuentra en los filmes realistas, apegados a la vida cotidiana, racionalistas, severos, de argumentos contemporáneos, a ras de suelo, mientras desdeñan de manera casi sistemática, filmes de los llamados de «género duro», como la Sci-Fi, la Fantasía o el Terror, algo tienen que tener los más grandes e importantes de todos ellos, alguna gran dificultad en su concepción, cuando a poco que nos paremos a mirar existen muy escasos realmente magistrales, y algunos más notables o magníficos. La gran mayoría son mero entretenimiento para las masas sin verdadera sustancia detrás. Pero hay algunos realmente portentosos, acompañados, a modo de escuderos, de otros que están cerca de serlo o que quizá lleguen a serlo dentro de algunas décadas, cuando descubramos si el cine ha sobrevivido a la globalización, los videojuegos, el internet y las pandemias.

Hagamos uno de esos listados que a mí tanto me gustan y de los que por ahora no se ha quejado ningún lector, empezando por el género más terrible de todos, el que puede proporcionar al espectador las ideas más sombrías, y el estado anímico más desolador. Me refiero al género «profético» por antonomasia: la Sci-Fi. Bajo mi punto de vista, que en realidad muchas veces es el único que me importa, podríamos hablar de estas obras maestras:

The Terminator, de James Cameron, 1984
Aliens, de James Cameron, 1986
Terminator 2: Judgment Day, de James Cameron, 1991
Robocop, de Paul Verhoeven, 1987
Children of Men, de Alfonso Cuarón, 2006
The Thing, de John Carpenter, 1982
They Live, de John Carpenter, 1988
Stalker, de Andrei Tarkovski, 1979
Mad Max: Fury Road, de George Miller, 2015
12 Monkeys, de Terry Gilliam, 1995
Futurama, de David X. Cohen y Matt Groening, 1999-2013

Y sin ser obras maestras, pero estando en algunos casos muy cerca de ellas, podríamos hacer un compendio con los siguientes títulos, los cuales, junto con las obras maestras absolutas nombradas, forman un grupo que lo tiene todo y al que sería muy difícil añadirle más. Las dos últimas, en diferente color, serían las más importantes de las fundacionales:

Avatar, de James Cameron, 2009
Mad Max 2: The Road Warrior, de George Miller, 1981
Alien, de Ridley Scott, 1979
Close Encounters of the Third Kind, de Steven Spielberg, 1977
Blade Runner 2049, 2017
Alita: Battle Angel, de Robert Rodriguez, 2019
Ad Astra, de James Gray, 2019
Starship Troopers, de Paul Verhoeven, 1997
The Fly, de David Cronenberg, 1986
Soylent Greene, de Richard Fleischer, 1973
Things to Come, de William Cameron Menzies, 1936
Metropolis, de Fritz Lang, 1927

En cuanto a la Fantasía, es un género aún más difícil, y resulta que algunas de sus obras maestras son, también, filmes únicos en muchos aspectos… raros, extraños, abstractos, de técnicas fílmicas obsoletas o rarísimas, de aspecto… El problema para hacer un compendio de las más grandes, es que el terror podría englobarse dentro de la fantasía, salvo rara excepción. De modo que para distinguirlas, las que son de terror, las escribiré en rojo:

Dark Crystal, de Jim Henson y Frank Oz, 1982
Spider-Man: Into the Spider-Verse, de Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman, 2018
The Empire Strikes Back, de Irvin Kershner, 1980
Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, de Alfonso Cuarón, 2004
Spirited Away, de Hayao Miyazaki, 2001
The Nightmare Before Christmas, de Henry Selick, 1993
King Kong, de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933
It’s a Wonderful Life, de Frank Capra, 1946
Red Shoes, de Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948
Orphée, de Jean Cocteau, 1950
The Bride of Frankenstein, de James Whale, 1935
Prince of Darkness, de John Carpenter, 1987
Rosemary’s Baby, de Roman Polanski, 1968
Nosferatu, de F.W. Murnau, 1935

Y ahora las grandes, formidables, aunque quizá no magistrales:

The Two Towers, de Peter Jackson, 2002
Bram Stoker’s Dracula, de Francis Ford Coppola, 1992
Guardians of the Galaxy, de James Gunn, 2014
Excalibur, de John Boorman, 1981
The Thief of Bagdad, de Ludwig Berger, Michael Powell, Tim Whelan, 1940
Cat People, de Jacques Tourneur, 1942
The Invisible Man, de James Whale, 1933
Doctor Sleep, de Mike Flanagan, 2019
The Witch, de Robert Eggers, 2015
Hellraiser, de Clive Barker, 1987
An American Werewolf in London, de John Landis, 1981
Night of the Living Dead, de George A. Romero, 1968

Y yo creo que con esto está todo dicho.

Estándar
CINE

La Sci-Fi en Steven Spielberg

Ya he dicho muchas veces que no puedo compartir, y yo creo que nunca lo he hecho, esa devoción que tantos, como por ejemplo Rodrigo Cortés, le profesan al director oriundo de Cincinnati. Probablemente el cineasta más famoso de todos los tiempos, cuya capacidad para vender su trabajo deja a la del mismo Hitchcock en pañales. Eso no significa que yo le deteste, porque a diferencia de muchos soy capaz de establecer jerarquías intermedias entre el amor y el odio, y también creo que Spielberg ha nacido para hacer cine. Es un narrador nato, y en su ya larga carrera podemos encontrar prácticamente de todo, salvo quizás una película del todo deleznable o una absoluta obra maestra. Y dentro de esa producción me interesa hablar ahora mismo de sus títulos Sci-Fi.

El corpus de este cineasta puede dividirse en varios bloques bien diferenciados. Por ejemplo, los títulos de aventuras, más o menos luminosas o siniestras (‘Duel’, ‘The Sugarland Express’, ‘Jaws’, ‘Raiders of the Lost Ark’, ‘Indiana Jones and the Temple of Doom’, ‘Indiana Jones and the Last Crusade’, ‘Hook’, ‘Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull’, ‘The Adventures of Tintin’), los títulos históricos/dramáticos (‘1941’, ‘The Color Purple’, ‘Empire of the Sun’, ‘Schindler’s List’, ‘Amistad’, ‘Saving Private Ryan’, ‘Catch Me If You Can’, ‘The Terminal’, ‘Munich’, ‘War Horse’, ‘Lincoln’, ‘Bridge of Spies’, ‘The Post’) y los títulos Sci-Fi (‘Close Encounters of the Third Kind’, ‘E.T.: The Extraterrestrial’ –aunque este en realidad pertenece al cine Fantástico, como luego comentaré–, ‘Jurassic Park’, ‘The Lost World: Jurassic Park’, ‘A.I. Artificial Intelligence’, ‘Minority Report’, ‘War of the Worlds’, ‘Ready Player One’).

Mientras escribo estas líneas, están poniendo en televisión el enésimo pase de ‘Minority Report’. He escrito antes que Spielberg ha nacido para hacer cine… más que eso: este hombre tiene cine en las venas. Es un virtuoso de la cámara. Realmente te cuenta una historia con la cámara. Su caligrafía es cristalina. Tal vez demasiado perfecta, demasiado obvia. Spielberg es asombroso en los inicios, muchas veces titubeante en los medios, como si no hubiera asumido bien sus numerosas influencias, y sorprendentemente débil en los finales. Casi todos sus finales, salvo el de sus cuatro mejores filmes (‘Jaws’, ‘Close Encounters of the Third Kind’, ‘Indiana Jones and the Last Crusade’, ‘Catch Me if You Can’) parecen dislocados del resto, como si el cineasta no supiera bien cómo acabar sus historias, como si por alguna alquimia oscura se le hubiera escapado el tono justo cuando más debe controlarlo. Es muy extraño.

Su mejor Sci-Fi, de lejos, es ‘Close Encounters’, la primera que filmó, y un proyecto que en cierta manera es un sueño de infancia, y que nace de las noches de verano de su juventud mirando las estrellas. Es un filme portentoso, con un inicio no particularmente espectacular, que avanza poco a poco, y con un crescendo perfecto, hasta un clímax memorable, eufórico. En comparación, pienso que ‘E.T.’ es muy menor, demasiado fácil para él, por mucho que haya proclamado cien veces que es su filme más personal. ‘E.T.’, sobre todo, es la música de John Williams, de las más bellas y luminosas jamás escritas para una película, pero además su tono no es de Sci-Fi, sino de Fantástico, salvo quizá por las breves secuencias de la aparente muerte de la criatura. Su intención no es hablar de un hipotético futuro, de una amenaza o de una especulación tecnológica, sino de los fantasmas de la infancia.

De la endeble ‘Jurassic Park’ y su inane secuela ya he hablado bastante en estas páginas (mucho más de lo que se merece), pero muy poco o nada, si no ando muy mal de memoria, de ‘A.I.: Artificial Intelligence’, un filme que tenía todas las papeletas para ser un gran Spielberg, y que se queda en muy poca cosa, a pesar de su enorme ambición, sobre todo por la acumulación de estilos, temas visuales y aristas conceptuales, que la acaban convirtiendo en un conjunto bastante amorfo, por no decir sensiblero y obvio. Sin embargo, al igual que le sucede con ‘Minority Report’, y con ‘War of the Worlds’, y con ‘Ready Player One’, su comienzo es apabullante, cercano a lo extraordinario. En ‘Minority Report’ tenemos una de las mejores secuencia de suspense y acción de su carrera para abrir boca, en ‘War of the Worlds’ los primeros minutos nos acercan con astucia y habilidad a un terror inimaginable, en ‘Ready Player One’ es imposible no quedarse con la boca abierta con las virguerías técnicas y visuales del bueno de Spielberg… pero sus películas se acaban disolviendo en su mayor parte delante de nuestros ojos. El primer tercio de ‘A.I.’ es portentoso, y la secuencia del despertar del robot es prodigiosa…

¿Por qué Spielberg es incapaz de mantener ese nivel durante toda la película, no solamente en sus filmes Sci-Fi, por supuesto, si no en casi toda su obra? ¿Por qué sus finales son tan endebles? No necesito el final de ‘Saving Private Ryan’, ni el de ‘Schindler’s List’, ni el de ‘Munich’. Me rompen completamente el tono de lo que me estaban contando con tanto esmero. Si Spielberg no es el gran genio del cine que muchos promulgan es precisamente por detalles como estos. Es un cineasta muy inteligente, muy refinado y muy capaz, pero también uno que se lo tiene muy creído, que vive en su pedestal, en su palacio de oro, y que no posee una autoexigencia capaz de ayudarle a cerrar mejor sus obras. Por eso nunca será un director de referencia de la Sci-Fi salvo por la maravillosa ‘Close Encounters’, y por eso, aunque pasará a la historia del cine, lo hará más por sus virguerías técnicas y el alcance mediático de sus trabajos, que por su profundidad conceptual, la que le habría empujado a incidir en el aspecto casi metafísico de ‘Minority Report’ antes que en sus espectaculares secuencias de acción, o en el carácter trágico de ‘A.I.’, o en la incapacidad para la fraternidad humana en ‘War of the Worlds’. Profundidades que a él no parecen interesarle.

Lo único que parece interesarle es epatar al espectador con trucos de magia, y unas pocas veces, porque su cine es portentoso, lograr grandes películas.

Estándar
CINE, TELEVISIÓN

El camino que une ‘Red Dead Redemption 2’ y ‘Westworld’

Hay mundos que se tocan, quizá sin saberlo, y cuando nosotros, espectadores o receptores de esos mundos, vemos nítidos los caminos que los unen, podemos ser un poco más conscientes de ese fenómeno generacional que a veces son las representaciones artísticas y, más aún, la sensibilidad y temperamento de una época y una generación. Es imposible, a mi juicio, no establecer paralelismos entre el que quizá sea el mejor juego jamás realizado y una de las series de HBO que más están dando que hablar en los últimos años, aunque no siempre para bien.

Y esos caminos quedan unidos, en primer lugar, por compartir ambos, precisamente, la iconografía de un género tan concreto como el Western, que nos habla de un mundo pasado, y en segundo lugar por ser, el primero, un videojuego y por estar enmarcado, el segundo, en un mundo virtual que desde una especulación tan propia de la ficción científica puede ser el futuro de los videojuegos.

Fue ‘Red Dead Redemption’ un título emblemático de Rockstar Games, surgido allá por 2010, que a los que llevamos toda la vida obsesionados con las grandes llanuras norteamericanas, nos supo a gloria, porque por fin pudimos subirnos a un caballo y sentirnos un forajido del Salvaje Oeste, y aunque ya ha transcurrido una década y por supuesto los videojuegos han llegado a otros niveles (inimaginables años atrás) de realismo y perfección, aún guardábamos un muy buen recuerdo de las sensaciones de esa experiencia cuando a finales de 2018 surgió la inevitable secuela, ‘Red Dead Redemption 2’, que ya es algo que entra en los terrenos de lo que puede calificarse como pasmoso. Esta segunda parte, que en su argumento cuenta una historia varios años anterior a la de la primera parte, es de un realismo, de una perfección técnica, de una inmersión en un mundo que se puede tocar y casi oler, que te deja sin aliento.

En comparación con el ‘RDR 2’ otros juegos, sin duda brillantes, me parecen del pleistoceno, o por lo menos prosaicos, incluso juegos desarrollados al mismo tiempo que ese. Me pongo a los mandos y siento que estoy en un juego, muy brillante y muy bien hecho, pero un juego heredero de los pinball del Spectrum. Pero cojo el mando y me subo al caballo de ‘RDR 2’ y me siento transportado a otra época, y camino por una calle embarrada y mi personaje deja huellas en el suelo, y se pone el sol en el horizonte y sus colores, rojos y ocres, transforman la atmósfera. Es algo indescriptible. Es un mundo cerrado en sí mismo, con sus propias reglas, con una miríada de personajes, casi un enorme plató de televisión, y ahí es donde los paralelismos con ‘Westworld’ se me hacen inevitables y hasta apasionantes.

Porque, ¿cuál es el futuro de los videojuegos? ¿Hasta dónde llegará esta carrera por el realismo exacerbado? Algunos lumbreras afirman que los hologramas o la realidad virtual serán una realidad insoslayable dentro de unos pocos años. Supongo que sí, pero en ‘Westworld’, una serie basada en la película del mismo nombre que dirigió y escribió nada menos que Michael Crichton, y que aquí se llamó ‘Almas de metal’, en la que los clásicos animatrónics de todo parque temático (en este caso dedicado al Oeste Americano) son reemplazados por androides casi idénticos a los seres humanos. Pues bien, en esta lujosa serie de HBO amplían ese concepto, y crean un parque temático gigantesco, que es, en todos sus detalles, un mundo en sí mismo, exactamente igual que sucede en ‘RDR 2’, sólo que con máquinas que hasta son conscientes de sí mismas y tienen sentimientos y al final se rebelan porque se consideran, a sí mismas, algo así como el siguiente escalón de la evolución.

En mi opinión, ‘Westworld’, que ha obtenido algunas excelentes críticas, es una serie muy interesante en sus planteamientos, con algunos episodios realmente magníficos, muy bien dirigida, técnicamente impresionante, que sin embargo adolece de una impostada complejidad que lastra muchas de sus virtudes. Creada por Jonathan Nolan, el hermano listo de Christopher Nolan, y por Lisa Joy, es una producción grandiosa de la HBO, en la que no han reparado en medios, y tan cara que sus temporadas sólo llegan cada dos años, pero ya en la tercera temporada se percibe que tantas líneas temporales, tantos personajes, tanta trama interconectada… en definitiva, tanta pizarra, acaba hastiando, y que se echa de menos un argumento que en verdad enganche, en lugar de una historia que tiene que demostrar a cada capítulo lo brillantes e inteligentes y astutos que son los creadores y los guionistas.

Pero sirve, por lo menos, para ilustrar la idea de a dónde vamos. Es altamente improbable, salvo que haya científicos e ingenieros geniales que hayan trabajado durante décadas apartados de todos los demás, que consigamos crear, en los próximos doscientos años, un replicante del ser humano capaz de llevar a cabo todas nuestras funciones motoras y de hacerse pasar por uno de nosotros, pero no es imposible que llegue a pasar, y si eso sucede, no es descabellado pensar que un escenario como el de ‘Westworld’ sea posible, con lo que se convertiría en el último peldaño hacia una realidad virtual que ha comenzado, precisamente, ‘RDR 2’, y que quizá continúe con la esperada segunda parte de ‘The Last of Us’. Todo esto, al fin, no es más que el deseo humano de vivir una vida no vivida, una existencia paralela a su gris existencia real, que en cierto modo le han facilitado los libros y luego las películas, que ahora aportan también los videojuegos (cada soporte con sus limitaciones y sus logros), y que finalmente, quizá puede convertirse, tal como sucede en el irregular ‘Ready Player One’ de Spielberg, en un mundo alternativo al que ir a refugiarnos de este otro mundo, en el que no parece haber esperanza posible.

O puede que todo esto no sea más que el capricho del autor de estas líneas, siempre pensando en lo que va a ocurrir en el futuro. Para mí, la exploración espacial, el conocimiento y futura colonización de otros mundos, siempre ha sido un poco como salirse de los márgenes del plano de tu videojuego, o como sucede en ‘Westworld’, que sus personajes traspasan la membrana de lo ficticio y entran en otra que tiene que ver más con el sentido de su propia existencia. Puede que sea eso lo que siempre ha necesitado la especie humana, siquiera sin saberlo: salirse de su programación, de su esfera, romper el sistema y viajar a otros mundos posibles, cuando aquel en el que viven se revela como una ensoñación, o peor aún, como una cárcel en la que es muy difícil vivir y de la que es casi imposible escapar.

Estándar
CINE

‘Pitch Black’ y ‘A Quiet Place’, o cómo desaprovechar buenas ideas narrativas

Algunas películas son interesantes de ver no tanto por sus grandes méritos, sino a veces por sus estupendas ideas, y por el modo en que sus responsables, por diversas razones, no acaban de llevar esas ideas a buen puerto. Claro, eso nos pone a nosotros, como espectadores, en una tesitura: los directores no supieron, o no pudieron, o no quisieron narrar de una forma más interesante esa estimulante propuesta… ¿cómo lo habríamos hecho nosotros? Criticar estos casos es fácil, pero proponer alguna alternativa es bastante difícil.

Esto es lo que sucede con dos filmes con planteamientos propios de la sci-fi más clásica, y que luego derivan a cierto estilo de terror. Además, ambas de terror con monstruos implacables que dan caza al pequeño grupo de protagonistas. Una es ‘Pitch Black’, escrita y dirigida por David Twohy, y otra es ‘A Quiet Place’, que aquí se llamó ‘Un lugar tranquilo’, producida, escrita, protagonizada y dirigida por John Krasinski. Ambas producciones de no muy elevado presupuesto, y ambas con puntos de partida realmente muy brillantes, que quizá habrían requerido de un guión a la altura de ese punto de partida, y de un director de mucho más fuste que los nombrados.

En ‘Pitch Black’ un grupo de personajes, que viajaba en una nave interestelar, se estrella a causa de un accidente en un planeta iluminado por un sistema ternario (tres soles), que a causa de eso no es más que un desierto, pero que pronto averiguan que por una combinación de factores, se mantiene a oscuras durante muchos días seguidos. El mayor problema al que tienen que enfrentarse es que en ese planeta viven unas criaturas que sólo despiertan cuando hay total ausencia de luz, y que pueden verles, y cazarles, en la absoluta oscuridad. Lo interesante es que uno de los personajes, el supuesto villano de la función, llamado Riddick, tiene los ojos operados y también puede ver en la oscuridad.

Este planteamiento podría haber dado de sí un gran filme de aventuras de Serie B, y sin embargo se queda en una estimable y entretenida película en la que los trucos de guión y de imagen se hacen muy evidentes. Habría hecho falta un tratamiento de la fotografía mucho más creativo, en una película en la que la falta de luz es el elemento narrativo más importante. Pero claro, se enfrentaban al gran problema de que en cine no puedes no ver nada. Aunque sea de noche en una llanura sin luna, en cine ves algo. Un reflejo, una leve luz detrás de los personajes. La pantalla no puede simplemente quedarse en negro, con unas voces detrás. Y en ‘Pitch Black’, no es que se vea algo, es que se ve muchísimo. El pequeño grupo de mal avenidos compañeros que para intentar intenta sobrevivir lucha por llegar a la nave de salvamento, por momentos parece iluminado por grandes arcos voltaicos en mitad de una oscuridad no tan oscura. Y así la idea de la película se desdibuja.

Algo parecido sucede, pero bastante peor, con la mucho más exitosa, y mucho más reciente, ‘A Quiet Place’, que nos cuenta la historia de una familia que ha sobrevivido a una invasión extraterrestre. Por lo visto, la clave para que las criaturas no te encuentren es no realizar ningún ruido, ni el más mínimo. Y así, la familia vive hablando con el lenguaje de signos, y caminando por senderos de arena. El planteamiento, de nuevo, es muy original y estimulante, pero queda lastrado por una serie de nefastas decisiones del director y protagonista. Porque en una película en la que los personajes no pueden hacer ningún ruido, sobra la música, salvo quizá en los ataques de las criaturas. Y falta ingenio. Construir una película a base de golpes de efecto, a estas alturas, no parece muy meritorio. Es una película en la que cada mínimo sonido debería aterrorizar, y que acaba convirtiéndose en un relato para glorificar la familia tradicional y el estilo de vida norteamericano.

En una el elemento clave narrativo es la luz misma (o la falta de luz), en otra es el sonido. Ninguna de las dos consigue emplearlos de forma creativa. Entre las dos prefiero desde luego ‘Pitch Black’, que por lo menos tiene personajes, alguna secuencia bien filmada, y te cuenta una historia de forma decente. El final, con ese doble sacrificio, es bastante emocionante. La película de Krasinski, por el contrario, tiene personajes de cartón piedra, y en ningún momento logra ni siquiera emocionar o despertar ningún interés, más allá de los consabidos sustos a base de golpes de sonido. El final es directamente horroroso, con la protagonista de pronto convertida en Rambo.

Y es que no es tan fácil ser John Carpenter. Este tipo de películas medianas te demuestran lo complicado que es triunfar en un marco tan poco valorado como la Serie B, concretamente en sci-fi, que a algunos tantas alegrías nos ha traído. Que no basta con una buena idea, sino que luego hay que desarrollarla y saber llevarla hasta el final. El guión (sí, yo lo escribo con tilde, ¿qué pasa?) es fundamental, y que el director sepa hacer algo más que pegar planos. David Twohy no es malo, pero Krasinski es un mediocre con ínfulas. Con cosas como estas te das cuenta de lo difícil que es hacer una buena, y además original, película.

Estándar