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Revelar un personaje trágico: ‘Los 7 samuráis’ y ‘Sin perdón’

Algunos maestros, como en el caso de Akira Kurosawa, y algunos grandes directores, como en el caso de Clint Eastwood, a menudo nos dan lecciones en sus filmes sobre cómo hacer algo realmente poderoso. Algo realmente memorable, que es mucho más difícil de hacer de lo que pareciera. A juzgar por lo que leo a menudo sobre algunos filmes de ahora mismo, sobre todo filmes españoles, pareciera que nos rodean secuencias y personajes y estrategias narrativas realmente poderosas, y no es el caso. Solamente un gran director puede lograr algo que impacte de manera profunda y duradera, y de esos no abundan, y en nuestro país tampoco.

Clint Eastwood ha sido un gran director solamente en algunas ocasiones. En su larga carrera como cineasta, que abarca más de cinco décadas, ha hecho prácticamente de todo, desde filmes comerciales a algunos algo más arriesgados y personales, desde filmes notables hasta verdaderos fiascos narrativos. Pero solamente ha hecho un filme magistral, y aún este con algunos detalles cuestionables: ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’), en 1992. Partiendo de un sensacional guion de David Webb Peoples, cuyos derechos Eastwood compró y esperó durante diez años a tener la edad adecuada para interpretar a su protagonista, el director rozó la maestría en prácticamente todo el metraje del filme, y muy especialmente en la zona final, en la que el personaje interpretado por él mismo, William Munny, toma por fin la venganza por su mano y tiene lugar una sanguinaria masacre en el pueblo, el enclave, esencial de todo el filme, el maldito Big Whiskey.

Por su parte, el gran Akira Kurosawa fue un maestro durante gran parte de su carrera, sobre todo en su etapa final, como les sucede a los más grandes habitualmente. Resulta complicado encontrar un filme fallido o menor dentro de su apasionante y dilatada trayectoria. Pero probablemente entre sus grandes obras brillen tres con especial fulgor. ‘Los siete samuráis’, de 1954, ‘Dersu Uzala’, de 1975, y ‘Ran’, de 1985. Son tres obras maestras excepcionales que le sitúan, con toda justicia, en el olimpo de los grandes realizadores de todos los tiempos. Y en la primera de ellas, ‘Los siete samuráis’ (que luego sería plagiada en varios westerns estadounidenses, como no podía ser de otra manera…), Kurosawa nos cuenta la historia de un grupo de samuráis sin señor –ronin, se llaman– a los que convencen para ayudar, dando a cambio tan solo unos cuencos de arroz, a unos campesinos pobres que están siendo esquilmados por una panda de ladrones. A los seis compañeros se une un séptimo, que da nombre al filme, interpretado por el gran Toshiro Mifune, que por mucho que diga e insista y grite y patalee no es un samurái.

Tanto William Munny como Kikuchiyo son personajes hermanos, narrativamente hablando, y su desvelamiento trágico posee un poder dramático inmenso. Examinémoslos un poco más de cerca.

Munny es un tipo acabado, que durante su juventud fue un salvaje y un psicópata que mataba por el simple placer de matar. Ahora tiene dos hijos fruto de un matrimonio con una mujer, Claudia, que le enmendó y le curó de su maldad, y que después de hacerlo les dejó solos, pues murió de viruela. Ahora un muy maduro Munny, cercano a la vejez, trata de sacar adelante una ruinosa granja de cerdos. Pero no vale para granjero. Cuando en su puerta aparece un chaval, casi un niño, que se hace llamar Schofield Kid, y que le propone ir a matar a dos vaqueros por dinero, primero se niega pero luego acepta. No tiene otro remedio. Ha de empezar de cero con una vida ruinosa, matar a los dos tipos, coger el dinero y largarse a alguna ciudad a intentar darle un futuro a sus hijos. Al hacerlo, no duda en pedir ayuda a su antiguo amigo de correrías, el también reformado Ned Logan, que le servirá de escudero.

El problema, claro, es que Munny no es el que era… en teoría. No está acostumbrado a montar a caballo, no acierta un disparo con su revólver, no está acostumbrado a beber, ni a dormir al raso. Al caerles una buena tormenta, se coge una pulmonía, que junto a la paliza que le mete el sheriff Daggett está a punto de acabar con su vida. En definitiva, se pasa toda la película siendo una figura peripatética, inútil. Y después de la paliza sus compañeros tampoco pueden matar a nadie, solamente pueden ocuparse de él. Durante una noche, está a punto de irse al otro barrio. Incluso delira, viendo el cadáver de su mujer comido por los gusanos. No hace prácticamente nada útil hasta que remata al primer vaquero de un tiro con el rifle después de que Ned Logan no pueda hacerlo. Después de que Schofield Kid mate al segundo vaquero, parece cosa hecha volver a casa. Con el rostro todavía amoratado y cosido, se entera de que han cogido a Ned Logan y le han matado a golpes. Ese es el momento clave del filme.

Kikuchiyo no es un samurái, ni por asomo. Solamente pretende serlo. Carga al hombro una enorme espada que seguramente se ha encontrado en alguna parte, o que ha robado, y que seguramente no sabe usar como es debido. Es un vagabundo, un borracho. Los seis compañeros, verdaderos samuráis, al principio le echan de allí, o se ríen de él, robándole sus armas. Finalmente, ante su terca insistencia, le dejan que les acompañe. Es casi como la mascota del grupo. Se rasca como un perro, y su forma de actuar es similar a la de un niño, o la de un animal. Cuando llegan al pueblo es él, Kikuchiyo, quien de manera poco ortodoxa consigue que acudan los atemorizados campesinos a darle la bienvenida a sus salvadores. En todo momento actúa de manera imprevisible, zafia, como si estuviera pirado. Pero no sabemos nada de él. No sabemos qué va a pasar con él cuando empiece el verdadero peligro. Lo que nos tememos es que sea de los primeros en caer, porque como William Munny en realidad es una figura peripatética, sin la entereza ni la presencia del resto de samuráis.

Pero lo cierto es que es un personaje importantísimo para el devenir de los acontecimientos. Es él quien entiende mucho mejor a los campesinos y el que desnuda tanto a estos como a los samuráis en sus hipocresías, sobre todo en la memorable secuencia en la que se enfrenta a ellos y les dice la verdad. Pero su secuencia clave, la de toda la película, es esa en la que rescata a un niño pequeño, cuya madre acaba de morir, y en la que se reconoce a sí mismo: «¡Este niño soy yo!». Tal como sucede con el personaje de Munny, Kikuchiyo no se muestra a sí mismo hasta el final, cuando comienza la batalla, cuando todos saben ya que él también es hijo de campesinos, que su familia fue arrasada en combates entre samuráis y guerreros sanguinarios. Así mismo, Munny comenzará a beber de la botella de la que no quería volve a beber, le pedirá su revólver a Schofield Kid, y regresará de entre los muertos, literal y figuradamente, para cobrarse su venganza por la crueldad contra su amigo asesinado. La fuerza increíble de ambos momentos, su carácter catártico, casi redentor, es parangonable porque en ambos casos tanto Kurosawa como Eastwood han construido todo su filme alrededor de ese momento concreto. Y para hacer eso, hay que ser tener muy clara la estrategia narrativa de todo el filme, de cada plano, mirada, réplica y contrarréplica, de cada actitud, movimiento y sustrato dramático.

Y por eso ‘Los siete samuráis’ es una de las más grandes películas de todos los tiempos. Porque a pesar de durar tres horas y pico, nada sobra y nada falta en esta radiografía despiada del ser humano, de la miseria y de la grandeza de algunas personas humildes que se enfrentan a la muerte con valentía.

Y por eso ‘Unforgiven’ es un filme magistral, porque a pesar de que el tendencioso de Eastwood a veces quiere emocionarnos con trucos baratos, el momento en el que la chica le avisa de que su amigo no está de camino a casa, sino que ha muerto de una forma horrible y él comienza a preguntarle si saben quién es él, y ella le comenta llorando que saben todas las atrocidades que ha cometido y las relata una por una, es el mejor momento que jamás ha filmado este buen (y ya inevitablemente sobrevalorado) director ha filmado en toda su vida. En él se revela la personalidad y la tragedia de un personaje al mismo tiempo. Y mientras el de Mifune obtiene redención, el suyo carece de ella. Por lo menos puede enviar al infierno a otros como él, que le esperarán allí.

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Clint Eastwood en unos pocos párrafos

(Inicio con este artículo una serie de textos en pocos párrafos en los que desglosaré la trayectoria de varios directores que, a pesar de la gran valía puntual de algunos de sus trabajos, me parecen lo suficientemente sobrevalorados como para no extenderme más allá de un sucinto texto)

Si hay una figura, en el cine estadounidense actual, venerada y respetada como un viejo maestro de referencia, como un tótem viviente, ese es sin duda Clint Eastwood, cuya prolífica carrera (como actor y como director) le ha otorgado ese lugar de privilegio casi intocable de quien se sabe una leyenda. Eastwood se ha ganado ese lugar de privilegio por su trabajo constante, su visión de productor, su talento interpretativo, su innegable carisma. Tal es la veneración que se le tiene, que se le considera el último director clásico, signifique eso lo que signifique. Pero a mi modo de ver, si algo no es Eastwood es un director clásico, pues cada vez se parece más a ese John Huston al que interpretó en Cazador blanco, corazón negro (1990), y pocos directores hay menos clásicos que Huston. Pero ahora que su carrera se acerca a su fin, es más sencillo valorar la carrera de este buen director, y es muy difícil considerarle ese gran maestro que tantos fanáticos reverencian. Ciertamente, su aportación al cine es, en estos tiempos que corren, superior a la media, pero en ningún caso es siquiera comparable a los grandes maestros de su tiempo.

Mucho más parecido a Don Siegel, de quien de verdad aprendió casi todo lo que sabe, que a Sergio Leone, cuyo barroquismo y vehemencia no tienen nada que ver con el temperamento de Eastwood, su carrera comenzó con humildad y buen oficio, y no empezó a destacar hasta que dirigió su segundo western, el muy estimable The outlaw Josey Wales (1976), que junto con Infierno de cobardes (High plains drifter, 1973), y sobre todo El jinete pálido (Pale rider, 1985), suponen los primeros borradores de lo que será su obra maestra (cuyo guión, según cuentan, lo escribió David Webb Peoples precisamente en esos primeros años de carrera de Eastwood). Pero aún tardaría en acometer ese proyecto, mientras seguía creciendo como realizador. Y no fue hasta que dirigió un casi western crepuscular, el muy notable El aventurero de medianoche (Honkytonk Man, 1982), que algunos empezaron a percibir que este hombre era algo más que el tipo duro por antonomasia capaz de encarnar al policía más despiadado del cine, o al pistolero más frío del oeste.

Pero Eastwood siguió sin prisa, madurando su estilo y sus intereses, hasta que dirigió su primera gran película, la primera de las dirigidas por él en la que no figuraba como actor, ni siquiera fuera de créditos, la magnífica Bird (1988), cuya fotografía en color casi parecía un blanco y negro, y que indagando en la personalidad de Charlie Parker se erigía en un fascinante fresco sobre la creación y la autodestrucción. A continuación la ya mencionada Cazador blanco, corazón negro, que aunque estimable suponía un paso atrás respecto a Bird, y luego la olvidable El principiante (The Rookie, 1990), un remedo hábil pero hueco de sus antiguos thrillers policíacos. Pero ya llegaba Sin Perdón (Unforgiven, 1992), que es su obra maestra, la mejor película por él dirigida y la auténtica culminación del western. Compró los derechos del guión de Webb Peoples y esperó varios años hasta tener la edad adecuada para interpretar al protagonista, el inolvidable William Munny, y la apuesta fue un rotundo éxito y se alzó con el Óscar a mejor película del año, amén del premio al mejor director, actor secundario y montaje.

Convertido por tanto en un director de prestigio, Eastwood afrontaba una nueva vida como realizador, ahora con mucha mayor atención por parte de los medios y con más respeto por parte de crítica y público, sin embargo su carrera posterior no fue tan brillante como algunos se empeñan en ver. Los genios lo son porque nos ofrecen un trabajo extraordinario tras otro, y ese no es el caso de Eastwood. Sin perdón fue extraordinaria, pero no así Un mundo perfecto (A perfect world, 1993), Poder absoluto (Absolute Power, 1997), Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the Garden of Good and Evil, 1997), Ejecución inminente (True Crime, 1999), Space Cowboys (2000), Deuda de sangre (Bloodwork, 2002)…. que nos mostraban a un buen realizador y mejor director de actores (salvo en películas puntuales como Poder absoluto…), a un director prolífico cada vez más avejentado y con mayor número de seguidores, pero en ningún caso a un gigante del cine, e incluso la grandeza que percibimos en Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995), se ve constantemente quebrada por un guión mal meditado.

Sí que supo extraer todas las esencias de una gran historia en Mystic River (2003), un excelente policíaco con interpretaciones magistrales y un pulso y un tempo magníficos, y dotó de excelentes claroscuros las trampas y las oquedades en la historia de Million Dollar Baby (2004), que le reportó su segundo Óscar, pero a partir de ahí los bandazos en su carrera han sido constantes, y las oportunidades de mostrar el gran talento de Bird o Sin perdón, de Mystic River o de Honkytonk Man, han quedado malogradas. Blood Work en su momento a muchos nos pareció muy floja, pero en comparación con las blandenguerías de Invictus (2009), Hereafter (2010), Jersey Boys (2014) o Sully (2016), casi nos parece una buena película. Y la densidad y turbación que intenta imprimir en The Changeling (2008), J. Edgar (2011) o American Sniper (2014), quedan impostadas, sin verdadero alcance ni vuelo artístico, simples artefactos con los que Eastwood intenta erigirse en el gran cronista estadounidense, a mi juicio sin conseguirlo. Así las cosas su última buena película, aunque con sus caídas en lo melodramático y lo sensiblero, es Gran Torino (2008), que vista hoy no cabe duda de que podría haberse llegado más lejos con ella.

Ensalzar como el gran director americano a Eastwood (un actor-director al que yo siempre he admirado mucho) es una temeridad y una equivocación. Película a película, trabajo a trabajo, logro a logro, si lo comparamos sin ir más lejos con Scorsese, Eastwood no es rival. Su aportación no es particularmente original, e incluso su obra maestra, Sin perdón, no tiene nada que hacer en intensidad, en genio narrativo, en vuelo estético, con Goodfellas o The aviator, por ejemplo. Mucho me temo que se le respeta y se le venera más por su condición de anciano prolífico y de tipo duro que por sus valores de cineasta, algo que no debería sorprender a nadie tal como están las cosas. Y así seguirán, hasta que se abra los ojos, y todos los críticos que establecen la superioridad y el supuesto «clasicismo» de Eastwood empiecen a ver las evidencias que se exponen ante ellos.

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