ARTÍCULOS, CINE

La aventura desaprovechada

¿Qué ha hecho el subgénero de aventuras para verse relegado, en casi todas sus manifestaciones, a un divertimento para chavales de seis a doce años? Y yo no digo que no deban hacerse películas para ese rango de edad…supongo que hay que hacer todo en este mundo. Pero que todo sea así es para tirar la toalla. Y todo esto, claro, tiene que ver, con la enésima «aventura jurásica»…

¿A quién no pueden fascinarle los dinosaurios? Seres enormes (no todos, pero sí muchos de ellos) que vivieron hace millones de años y que fueron los vertebrados terrestres dominantes durante la friolera de ciento quince millones de años. Cualquiera con un poco de imaginación, siquiera residual (de esa con la que te evades de lo cotidiano) se habrá imaginado alguna vez cómo tuvo que ser ese mundo. ¿Y a qué amante de las aventuras y de los relatos de supervivencia no le apetece verse en ese marco en el que somos poco más que seres diminutos en comparación con colosos que valiéndose de un solo gesto te arrancarían la cabeza, en el que poder vivir en un entorno fastuoso, de vegetación y fauna exuberantes? Los dinosaurios son el monstruo definitivo en cierto sentido… porque existieron de verdad, y no hay límite a la hora de fabular una ficción, por lo que no hay motivo para no emplearlos siempre que sea posible.

Tampoco había motivo para convertirlos en una barraca de feria.

En su sexta aparición dentro de esta extraña saga que está siendo la que inició Steven Spielberg allá por 1993, y que ha conocido continuaciones en 1997 (todavía dirigida por él, pero ya la última), 2001, 2015 (en una especia de reboot, o recapitulación…), 2018 y 2022, la que ahora nos ocupa, la cosa ha ido de mal en peor por la sencilla razón de que cuando pones el listón muy bajo, y la cosa funciona, y existen muchísimos espectadores que van a ver en masa tu película, que además se convierte en una película «de culto» e incluso en una obra maestra para personas que incluso presumen de su exigencia, pues para qué vas a subirlo. Para nada. Lo mejor es dejar las cosas como están. ¿A quién le importa la verdadera aventura? ¿A cuatro frikis que se criaron leyendo ‘La espada salvaje de Conan’ o los cómics de Richard Corben? ¡Que les den morcilla y que vengan los niños (pequeños y adultos a mí) que aquí lo que importa es hacer caja a base de pasmosos efectos especiales (de esos que se quedan atrasados a los dos o tres años) y de guiones y personajes inverosímiles y/o directamente bobos, que no es cuestión de arriesgar una inversión millonaria y los ejecutivos de los estudios tienen que pagarse sus yates y sus vicios…

Que un talento como Spielberg, capaz de hacer maravillas en ‘Jaws’ (1975), se propusiera en 1993 convertir el cine de aventuras y supervivencia en un videojuego, no es óbice para que otros lo intenten también. Talento a raudales a disposición de la gran maquinaria hay de sobra, pero talento capaz de pasar de todo eso y de hacer un relato consistente y fascinador, al parecer muy pocos. Ahí queda Genndy Tartakovski con su portentosa ‘Primal’, en la que obtenemos un relato mudo perfectamente trenzado en el que un ser humano primitivo y una bestia de más de cuatro metros de alto establecen una improbable amistad. ¿No queríamos dinosaurios? Pues ahí tenemos esa maravilla animada, que nos plantea un mundo remoto absolutamente hipnótico, denso y creíble, en el que sentimos ese extrañamiento capaz de causarnos escalofríos porque sospechamos que así, más o menos, era este desgraciado planeta Tierra hace millones de años. Y si no tenemos ganas de ver series, podemos leer cosas fabulosas como el nunca suficientemente recomendado ‘Rip: Tiempo atrás’ (lo comentamos en el último Viajeros de la noche), del recientemente fallecido (¿ustedes se enteraron? yo tampoco) Richard Corben, en el que una vez más ofrecía una magistral paleta de blancos y negros emulsionados por él mismo, y un grafismo sencillamente espectacular con el que parece que estamos viendo una puta película de la perfección visual que nos regalan.

Y habrá más ejemplos, seguro, con los que escritores, dibujantes y cineastas no pretendan tomar al respetable por una panda de adolescentes ávidos de aventuras vacías. Pero, oigan, que no podemos dejar que el Cine se extinga. Hay que ir a ver grandes estrenos comerciales. Y por eso cumpliré 73 años y seguirán estrenando películas de la saga jurásica.

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ANÁLISIS CINEMATOGRÁFICO, CINE, ENSAYO

CINEMATOGRAFÍA COMPARADA: ‘Schindler’s List’/’Munich’

Estos días se ha puesto de moda reivindicar la figura de Steven Spielberg como una de las máximas del panorama estadounidense, sobre todo debido al virtuosismo demostrado por él en algunos planos del remake de ‘West Side Story’, y quizá porque Spielberg siempre ha sido un autor muy querido por el público. Probablemente por eso merece la pena (como si hubiera que buscar realmente razones para hacerlo…) escribir una comparación entre dos de sus filmes más emblemáticos y dispares, la archifamosa, multipremiada y prestigiosa ‘Schindler’s List’ y la mucho menos conocida ‘Munich’.

Vaya por delante que ese virtuosismo de algunos planos largos de ‘West Side Story’ es marca de la casa de este cineasta de talento impresionante, tristemente fiscalizado por sus pretensiones comerciales, y que es mi intención desarrollar con argumentos, no con ocurrencias, la supuesta genialidad de Spielberg y de su considerada obra magna, precisamente contraponiendo una película realmente valiosa como ‘Munich’. Y hacerlo es realmente muy fácil si se echa mano de varios elementos conceptuales que a continuación voy a exponer.

‘Schindler’s List’ (1993) fue la película con la que Spielberg por fin consiguió poner de su parte a la crítica, a la academia de cine de su país y al público, después de los intentos fallidos de las interesantes y con aspectos notables ‘El color púrpura’ (‘The Color Purple’, 1985) y ‘El imperio del sol’ (‘Empire of the Sun’, 1987), en las que por cierto eran demasiado evidentes las enormes influencias autoimpuestas (más que asumidas) de John Ford y David Lean, respectivamente. Con este drama sobre el holocausto judío de la II Guerra Mundial, basado en la novela de Thomas Keneally ‘El arca de Schindler’, Spielberg hizo un gran esfuerzo por crear un melodrama histórico de gran empaque que contara la historia de un arribista (Schindler, claro…) que en determinado momento decide ayudar a los trabajadores de su fábrica y a otros de su entorno para que no sean masacrados por los nazis en su «solución final». Siete óscares, grandes sectores de la crítica ovacionándole y un gran éxito de público en las salas. Supongo que el bueno de Spielberg tendría la seguridad absoluta de que tras varios años de intentos al fin lo había logrado. Sin embargo la realidad es tozuda, y es bastante diferente a la que Spielberg probablemente creía y quizá aún cree.

En esta ocasión, Spielberg lo vio claro: si era capaz de ser lo bastante crudo en sus imágenes, por mucho que se tratara de una gran producción en la que se cuidaran al máximo todos los detalles históricos y estéticos, lo lograría. Lograría convencer a todo el mundo (y así fue, aunque en realidad convenció a «casi todo» el mundo). Con filmes como ‘Alemania, año cero’ (‘Germani, anno zero’, Roberto Rosselllini, 1948) en la recámara, además del ingente material documental de la época, encargó a su magnífico equipo de producción (al frente de todos el gran Allan Starski) y a su nuevo operador Janusz Kaminski (que desde entonces ha filmado todas sus películas) conseguir ese aspecto visual tan alabado y que con tanta facilidad se metía al público en el bolsillo. Un blanco y negro absolutamente extraordinario (quizá el único Óscar plenamente merecido), una recreación histórica de primer nivel, grandes actores, una banda sonora muy entregada y muy doliente de John Williams, un montaje soberbio de Michael Kahn, su habitual destreza en la puesta en escena, y ya estaría todo prácticamente hecho.

Casi, pero no.

Porque Spielberg, tal como advirtió Claude Lanzmann (director de la esencial, esta sí, ‘Shoah’, que «algo» entiende de esto), no reflexionó debidamente sobre el material que tenía entre manos, algo que le ha pasado más de una vez al realizador estadounidense pero quizá nunca de forma tan rotunda como aquí. Porque no se puede contar esta historia, la masacre de millones de personas, como si fuera un triunfo. Spielberg es el máximo exponente fílmico de la neurosis estadounidense de que los cuentos tienen que acabar bien, con la familia reunida cantando una canción. Al final de ‘Schindler’s List’ pareciera que la humanidad ha triunfado: Schindler consiguió salvar a algunos miles de judíos. Hay esperanza. Y esta estrategia, esta filosofía, es la médula de la película: por mucho horror que veamos, por mucho dolor y destrucción, al final hay esperanza. Esta forma reaccionaria de ver el mundo, que niega aquello que precisamente te está contando, ha sido la de los directores estadounidenses desde (con alguna que otra excepción) desde los años treinta hasta ahora: salvaremos el mundo, nos salvaremos a nosotros mismos de cualquier amenaza. Todo saldrá bien.

Opongamos a esto a ‘Munich’ (2005).

En ‘Munich’ ya no tenemos a un grupo de «angelicales» judíos que no se merecen lo que les está pasando, sino a un grupo de judíos que comete una serie de atrocidades en nombre de la seguridad nacional. ‘Munich’ es, desde su mismo planteamiento hasta el último corte de plano, la antítesis de ‘Schindler’s List’. No en vano, por la anterior película la comunidad judía internacional llenó a Spielberg de parabienes, y por la segunda echó pestes de él. Así funciona el mundo. Pero no podemos dejar de discutir ampliamente ‘Schindler’s List’ por las mismas razones por las que no podemos dejar de admirar ‘Munich’.

Parecieran dos Spielberg completamente distintos. Lo que en su multipremiada película es un melodrama donde debió ser un drama seco y despojado, porque no puedes pretender hacer arte elevado donde sólo hay muerte y desesperación basada en hechos históricos, en la segunda es una contención digna de todo elogio y una mirada mucho más dura y mucho más honesta sobre aquello que te está contando. No hay en ‘Munich’ planos ceintales y en detalle de víctimas de la violencia, no hay una búsqueda de llanto del personal, sino una muy elaborada tragedia visual en la que no caben paños calientes ni salvaciones de ningún tipo. La oscura epopeya de Avner (magnífico Eric Bana) y los suyos no necesita ser sancionada de manera prosaica por Spielberg ni por la película. Todos sabemos que lo que están haciendo está mal, que es terrorismo de estado, y que no habrá finales felices para nadie. Avner se salva, pero su mente y su espíritu han quedado destrozados por aquello que ha visto y aquello que ha hecho. Y nosotros somos Avner, siempre que presenciamos una atrocidad o que somos cómplices de ella aunque sólo sea guardando silencio. Nunca Spielberg había señalado con tanta saña al espectador y le había dicho: tú también puede ser capaz de cosas así.

La excelente fotografía de Kaminski en la primera se convierte en una mucho más interesante en la segunda, mucho menos preciosista, mucho más narrativa. En ‘Schindler’s List’ el blanco y negro parece obligado, pero no tanto una imagen tan exquisita, a falta de una palabra mejor. En lugar de trabajar a favor de la película, de lo que la película pretende ser, acaba trabajando en su contra. Eso sí, convierte a las crudas imágenes de Spielberg en algo más digerible, algo un poco más agradable de ver. La llegada de las mujeres a Auschwitz es terrorífica, pero como cinéfilos que somos apreciamos las calidades casi pictóricas del fotograma. Nada de esto existe en ‘Munich’, menos pretenciosa, menos elevada si se quiere, pero mucho más efectiva, mucho más horrenda. Los crímenes carecen de cualquier atisbo de embellecimiento formal, la aventura del grupo de asesinos no posee ni un ápice de ayuda por parte de Spielberg, salvo la breve secuencia musical en la que Avner observa a cada uno de ellos con afecto y respeto. Obtenemos algunos planos portentosos, algunas transiciones magistrales, pero no llaman la atención sobre sí mismos porque están perfectamente incrustados en la estrategia general de la película.

No es cuestión de considerar a ‘Schindler’s List’ una mala película. No lo es. Posee buenos momentos, es un gran esfuerzo narrativo y posee tres interpretaciones memorables (la de Liam Neeson, la de Ben Kingsley y sobre todo la de Ralph Fiennes), pero su tono es equivocado en demasiadas ocasiones (la masacre en el guetto contada con el ritmo de un piano frenético, la niña del abrigo rojo destacada entre la multitud), que sin duda convencen al espectador menos exigente y consiguen sacarle la lágrima, pero que no se sostienen en una historia tan cruenta como esta. La cuestión es establecer la inmensa superioridad de ‘Munich’ sobre ella. No es casualidad que ‘Munich’ fuera un fracaso comercial. Las grandes películas, las más duras, las que provocan un displacer mayor, suelen serlo. Tampoco es seguro que sea una obra maestra gigantesca, pero desde luego es una gran película, que demuestra la carrera que Spielberg podía haber tenido, en lugar de la que ha tenido.

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ARTÍCULOS, CINE, CRÍTICA, LITERATURA

S. Spielberg–J.K. Rowling: grandes narradores para tan cuestionables carreras

Se está estableciendo estos días (ventajas de estar un poco más activo en la puñetera cuenta de Twitter) un debate en torno a la figura de Steven Spielberg. Bueno, debate… están sacando su nombre y su carrera a colación en infinidad de conversaciones, y el hombre está siendo trending topic un día sí y otro también. Hace un par de semanas comenzaron, muchos, a alabar la maestría técnica de ‘West Side Story’ (el remake de 2021 de la película de 1961), y ahora una buena masa de tuiteros llevan unos cuantos días poniendo por las nubes la trayectoria del director oriundo de Ohio, y otra buena masa de tuiteros (yo incluido…) estamos intentando atemperar un poco el entusiasmo del personal, consiguiendo lo contrario: que su defensa de Spielberg sea enardecida y, he de decirlo, todavía más carente de argumentos que de costumbre. Tampoco pasa nada: cada uno que se busque en qué perder el tiempo. Eso sí, me ha sorprendido encontrarme con Rodrigo Cortés, generalmente muy sosegado, pasando al ataque de manera tan poco argumentada. Pero oye, sus desventajas debe traerte el llevar tantos años haciendo ‘Todopoderosos’…

Todo esto, al final, me ha movido a escribir sobre dos figuras enormes en el mundo del espectáculo, a los que algunos (legiones, en realidad) defienden con una pasión que ya podrían dedicar a otras cosas más interesantes y más duraderas: el aludido cineasta estadounidense Steven Spielberg (al que ya he dedicado algunas entradas en el pasado) y la escritora británica J.K. Rowling, que también está teniendo estos días su ración de polémica y de ataques y defensas a ultranza en las redes sociales, por no sé qué declaraciones sobre las personas trans, que a algunos por lo visto tanto han ofendido.

Y lo primero que quiero decir de estos dos es algo que seguramente luego me costará defender en alguna conversación, cuando me recuerden estas palabras, pero no tendré más remedio que mantenerme firme: tanto Spielberg como Rowling, cada uno en su campo, son extraordinarios narradores, personas de un talento para eso de ponerse a filmar o de ponerse a escribir sólo cuestionable por aquellos que quieran tapar el sol con un dedo. Lástima, claro, que hayan dedicado su enorme talento a empresas tan descaradamente y en el fondo patéticamente comerciales, lo que les ha impedido con toda seguridad conseguir una obra de mucho mayor calado, a cambio eso sí, de hacerse multimillonarios. Lo han conseguido, lo de arramplar con tanta pasta, porque son los máximos exponentes de la industria del imperio anglosajón. Con el mismo talento y las mismas ganas de forrarse no lo habrían conseguido de pertenecer a la industrias china, rusa o iraní, aunque estoy seguro de que habrían seguido intentándolo. En el Siglo de Oro español (no sé por qué lo llaman así, cuando en realidad fueron dos siglos, pero en fin) se hizo posible, por las características culturales y políticas de la esfera hispana, el Barroco Literario, y de allí salieron Cervantes, Quevedo, Calderón y Lope, entre otros. En el siglo XX y XXI, el capitalismo feroz anglosajón ha creado a Spielberg y a Rowling. A cada cual lo suyo.

Lo he dicho en Twitter creo que en cuatro o cinco hilos estos días, y lo voy a repetir aquí: Spielberg es un portento visual de primerísimo nivel. No llega quizá a los exacerbados niveles de un Malick o de un Welles, pero no le anda lejos. Es un realizador absolutamente prodigioso, capaz de mover la cámara como en una danza, de encuadrar y reencuadrar y mover a los actores como si respirase. Es algo que además en su caso parece intuitivo, y no elaborado, aunque en realidad debe estar trabajadísimo. Este hombre ha nacido para contar historias con una cámara. Lleva el cine en las venas tanto como un Welles, un Ford o un Hawks. Sin embargo tiene un gran inconveniente: el desajuste que existe entre lo que cuenta y cómo lo cuenta es abismal, irreparable. Sus formas son las de un danzarín superdotado, pero sus temas, el sistema de pensamiento que los sostiene, el modo en que objetiva los conceptos que pretende manejar, es tan endeble que a menudo cuesta creerlo. Por eso, necesita de un guion a la altura de las circunstancias, que pocas veces ha encontrado: ‘Jaws’ (1975), ‘Catch Me If You Can’ (2002), ‘Munich’ (2005), ‘Lincoln’ (2012), y poco más. El guion que escribió en solitario para ‘A.I’ (2001) se desmorona a los cuarenta y cinco minutos, porque no es capaz de sostener la tensión del relato. Sus intentos de gran melodrama con ‘Schindler’s List’ (1993) y ‘Saving Private Ryan’ (1998), se quedan en eso, intentos de un realizador superlativo, muy bien hechas técnicamente, pero un director, un artista, que no está a la altura de lo que cuenta.

Luego está la Rowling. En el único Todopoderosos que recuerdo medianamente interesante, con Rodrigo Cortés tratando de poner un poco de sentido común en la mesa, el director de ‘Buried’ decía en cierto momento que Rowling sacrificaba el estilo, al final de su famosa saga, en favor de la trama. No estoy de acuerdo con él. El estilo de Rowling es bastante poco literario a lo largo de las siete novelas. Los libros de Harry Potter están diseñados, en muchas de sus partes, como si fueran películas, o por lo menos como si estuvieran pensadas para una futura adaptación cinematográfica (es decir, como el 99,99% de los best-sellers de la esfera anglosajona). La originalidad literaria de Rowling es igual a cero desde ‘La piedra filosofal’. Ahora bien, Rowling posee una fuerza expresiva y sobre todo narrativa de primera magnitud, que se traduce en : 1 – la fuerza de sus personajes, 2 – la fuerza de sus escenas culminantes, 3 – la precisión absoluta de los diálogos. Esta mujer ha enterrado, en una saga millonaria, un talento en ciernes que la habría acercado a Stephen King (este sí, le pese a quien le pese, un verdadero novelista), con quien tiene numerosas y nunca atribuidas deudas. La historia del niño mago interesa cero, pero hay en las páginas de sus libros, sobre todo en ‘El príncipe mestizo’ una verdadera escritora pugnando por salir, capaz de ser persuasiva y convincente en todas y cada una de las páginas de semejante mamotreto dedicado al público infantil.

Dicen que Spielberg estuvo cerca de dirigir el primer Harry Potter. Desde luego, habría sido el culmen de este tinglado de historietas de niños magos y de cine diseñado para las grandes audiencias. Ambos, Spielberg y Rowling, chapados no ya en oro si no en diamantes de muchos kilates, viven ajenos a críticas y comentarios. Están en la cima del mundo. Y su influencia en el Cine y en la Literatura es nefasta, a falta de otra palabra mejor. La industria sólo quiere ahora blockbusters y grandes ventas de libros. Todo lo demás no existe. Y millones de fans riéndoles las gracias, dando la turra con su «genialidad» y llamando fanáticos –ironía suprema– a los que pretendemos poner un poco de orden entre tanto jaleo. No he visto nunca tanto fervor con el gran genio del cine estadounidense totalmente olvidado hoy día, FF Coppola, ni con el gran novelista estadounidense vivo, el autor de la sublime y terrible ‘Blood Meridian’, Cormac McCarthy. Supongo que lo fácil es defender a los que más venden y los que más ganan, que no necesitan defensa de nadie. Arrimarse al sol que más calienta, o como diablos se diga. Otros seguiremos defendiendo a aquellos que pese a ser verdaderos y no impostados genios parecen olvidados por todos, ya que sus trabajos son durísimos, y en lugar de dar placer proporcionan displacer. Es la diferencia fundamental, me temo, entre los que defienden lo comercial y los que defendemos el Cine y la Literatura.

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CINE, MÚSICA

Sublime música para mediocres películas

Hace ya algunos meses (porque parece que el tiempo pasa volando y, al mismo tiempo, parece que fue antes de ayer) escribí un artículo sobre la que yo considero la más bella música de cine que yo he escuchado. En esa ocasión elaboré un listado de lo más excelso sin tener en cuenta la mayor o menor calidad de las imágenes que se nutrieron de la narrativa de esa música. Ahora, sin embargo, voy a hablar de algunos temas esplendorosos que por desgracia han formado parte de las imágenes de algunas películas mediocres, que no se merecían ese derroche de talento y belleza. Para empezar, la que podría ser, fácilmente, la película más anodina de la apasionante filmografía de Roman Polanski, la «pérez-revertiana» ‘La novena puerta’ (‘The Ninth Gate’, 1999), basada en ‘El club Dumas’.

Para la ocasión el director polaco contó nada menos que con el talento de otro polaco, el genial Wojciech Kilar, que ya nos había dejado deslumbrados con la música escrita para ‘Bram Stoker’s Dracula’ (1992), y que aquí volvía a demostrar que era un músico superlativo, capaz de crear temas tan sugestivos y bellos como este que abre el filme:

Desde luego un filme tan gris y tan poco inspirado como este no se merecía una pieza tan exquisita como esta. Pero además, para los créditos iniciales, hizo nada menos que esto:

Recuerda mucho a la película de Coppola por el magistral, el imponente uso de las cuerdas, que casi parecen respirar, más que ser tocadas. Y por si no fuera poco con esta capacidad atmosférica que pedía unas imágenes a su altura, demostró su versatilidad en otros temas como este, mucho más bufo, e igualmente deslumbrante:

¿Resultado? Una música de cine que es una obra maestra absoluta, totalmente ignorada por hallarse incrustada en un filme que pedía al mejor Polanski y que sólo tuvo a un Polanski con el piloto automático puesto.

Sigamos. ¿Cómo no citar en este artículo…algo como esto?:

Esta maravilla, firmada por el gran Basil Poledouris, ostenta una merecida fama. Sin embargo, no tan merecida en ciertos sectores la propia película, una pobre adaptación del mundo howardiano, que solamente gusta a aquellos que no se han leído las novelas de Howard, o no han leído los cómics de John Buscema. El actor austríaco de nombre impronunciable es el Conan menos improbable de la historia, y su «interpretación» se basa en emitir gruñidos y en descoyuntar enemigos, en una producción de serie B muy mal hecha, con momentos para en sonrojo. La épica, el salvajismo, el primitivismo que destilan los acordes de Poledouris no se merecían una película tan boba.

Esta banda sonora poseía momentos tan impresionantes como este:

Esta música maravillosa no se la merecían ni Milius, ni Schwarzenegger, ni el productor Dino de Laurentiis. Pero es lo que hay. Para algunos, uno de los personajes de aventuras más grandes jamás creado se convierte en un simio revienta cráneos con taparrabos…

Y termino esta breve lista de maravillas y desgracias con la excelsa música que el inigualable John Williams escribió y orquestó para esa meliflua y sobrecargada película titulada ‘Artificial Intelligence’, con la que Spielberg jugó a ser Kubrick durante un tercio, y luego se perdió en un delirio melodramático sin la menor cohesión:

Muy difícil de describir con palabras la amalgama de ideas, emociones y conceptos que una pieza como esta (así como toda la música de la película) alberga de un modo que parece fácil o sencillo, y que no lo es en absoluto. El maestro Williams, con su aliento genial, más que dirigir música parece que dicta los movimientos de nuestras emociones más básicas. Nosotros somos la partitura que él interpreta. Luego Spielberg se dedica a lo suyo: contar por enésima vez el regreso al hogar, ahogándose en un exceso de sentimentalismo que hunde la película.

Para rematar el caso, Williams escribió el ‘For Always’, interpretado por la suntuosa voz de Lara Fabian (acompañada en una de las dos versiones, la que pongo aquí, por Josh Groban), que es fácilmente una de las más bellas canciones escritas para una película:

Seguirán apareciendo películas muy cuestionables con una música sublime, de eso no cabe duda. Por lo menos, mientras se siga escribiendo música para las películas, algo que cada vez parece más en peligro de extinción.

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CINE

La Sci-Fi en Steven Spielberg

Ya he dicho muchas veces que no puedo compartir, y yo creo que nunca lo he hecho, esa devoción que tantos, como por ejemplo Rodrigo Cortés, le profesan al director oriundo de Cincinnati. Probablemente el cineasta más famoso de todos los tiempos, cuya capacidad para vender su trabajo deja a la del mismo Hitchcock en pañales. Eso no significa que yo le deteste, porque a diferencia de muchos soy capaz de establecer jerarquías intermedias entre el amor y el odio, y también creo que Spielberg ha nacido para hacer cine. Es un narrador nato, y en su ya larga carrera podemos encontrar prácticamente de todo, salvo quizás una película del todo deleznable o una absoluta obra maestra. Y dentro de esa producción me interesa hablar ahora mismo de sus títulos Sci-Fi.

El corpus de este cineasta puede dividirse en varios bloques bien diferenciados. Por ejemplo, los títulos de aventuras, más o menos luminosas o siniestras (‘Duel’, ‘The Sugarland Express’, ‘Jaws’, ‘Raiders of the Lost Ark’, ‘Indiana Jones and the Temple of Doom’, ‘Indiana Jones and the Last Crusade’, ‘Hook’, ‘Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull’, ‘The Adventures of Tintin’), los títulos históricos/dramáticos (‘1941’, ‘The Color Purple’, ‘Empire of the Sun’, ‘Schindler’s List’, ‘Amistad’, ‘Saving Private Ryan’, ‘Catch Me If You Can’, ‘The Terminal’, ‘Munich’, ‘War Horse’, ‘Lincoln’, ‘Bridge of Spies’, ‘The Post’) y los títulos Sci-Fi (‘Close Encounters of the Third Kind’, ‘E.T.: The Extraterrestrial’ –aunque este en realidad pertenece al cine Fantástico, como luego comentaré–, ‘Jurassic Park’, ‘The Lost World: Jurassic Park’, ‘A.I. Artificial Intelligence’, ‘Minority Report’, ‘War of the Worlds’, ‘Ready Player One’).

Mientras escribo estas líneas, están poniendo en televisión el enésimo pase de ‘Minority Report’. He escrito antes que Spielberg ha nacido para hacer cine… más que eso: este hombre tiene cine en las venas. Es un virtuoso de la cámara. Realmente te cuenta una historia con la cámara. Su caligrafía es cristalina. Tal vez demasiado perfecta, demasiado obvia. Spielberg es asombroso en los inicios, muchas veces titubeante en los medios, como si no hubiera asumido bien sus numerosas influencias, y sorprendentemente débil en los finales. Casi todos sus finales, salvo el de sus cuatro mejores filmes (‘Jaws’, ‘Close Encounters of the Third Kind’, ‘Indiana Jones and the Last Crusade’, ‘Catch Me if You Can’) parecen dislocados del resto, como si el cineasta no supiera bien cómo acabar sus historias, como si por alguna alquimia oscura se le hubiera escapado el tono justo cuando más debe controlarlo. Es muy extraño.

Su mejor Sci-Fi, de lejos, es ‘Close Encounters’, la primera que filmó, y un proyecto que en cierta manera es un sueño de infancia, y que nace de las noches de verano de su juventud mirando las estrellas. Es un filme portentoso, con un inicio no particularmente espectacular, que avanza poco a poco, y con un crescendo perfecto, hasta un clímax memorable, eufórico. En comparación, pienso que ‘E.T.’ es muy menor, demasiado fácil para él, por mucho que haya proclamado cien veces que es su filme más personal. ‘E.T.’, sobre todo, es la música de John Williams, de las más bellas y luminosas jamás escritas para una película, pero además su tono no es de Sci-Fi, sino de Fantástico, salvo quizá por las breves secuencias de la aparente muerte de la criatura. Su intención no es hablar de un hipotético futuro, de una amenaza o de una especulación tecnológica, sino de los fantasmas de la infancia.

De la endeble ‘Jurassic Park’ y su inane secuela ya he hablado bastante en estas páginas (mucho más de lo que se merece), pero muy poco o nada, si no ando muy mal de memoria, de ‘A.I.: Artificial Intelligence’, un filme que tenía todas las papeletas para ser un gran Spielberg, y que se queda en muy poca cosa, a pesar de su enorme ambición, sobre todo por la acumulación de estilos, temas visuales y aristas conceptuales, que la acaban convirtiendo en un conjunto bastante amorfo, por no decir sensiblero y obvio. Sin embargo, al igual que le sucede con ‘Minority Report’, y con ‘War of the Worlds’, y con ‘Ready Player One’, su comienzo es apabullante, cercano a lo extraordinario. En ‘Minority Report’ tenemos una de las mejores secuencia de suspense y acción de su carrera para abrir boca, en ‘War of the Worlds’ los primeros minutos nos acercan con astucia y habilidad a un terror inimaginable, en ‘Ready Player One’ es imposible no quedarse con la boca abierta con las virguerías técnicas y visuales del bueno de Spielberg… pero sus películas se acaban disolviendo en su mayor parte delante de nuestros ojos. El primer tercio de ‘A.I.’ es portentoso, y la secuencia del despertar del robot es prodigiosa…

¿Por qué Spielberg es incapaz de mantener ese nivel durante toda la película, no solamente en sus filmes Sci-Fi, por supuesto, si no en casi toda su obra? ¿Por qué sus finales son tan endebles? No necesito el final de ‘Saving Private Ryan’, ni el de ‘Schindler’s List’, ni el de ‘Munich’. Me rompen completamente el tono de lo que me estaban contando con tanto esmero. Si Spielberg no es el gran genio del cine que muchos promulgan es precisamente por detalles como estos. Es un cineasta muy inteligente, muy refinado y muy capaz, pero también uno que se lo tiene muy creído, que vive en su pedestal, en su palacio de oro, y que no posee una autoexigencia capaz de ayudarle a cerrar mejor sus obras. Por eso nunca será un director de referencia de la Sci-Fi salvo por la maravillosa ‘Close Encounters’, y por eso, aunque pasará a la historia del cine, lo hará más por sus virguerías técnicas y el alcance mediático de sus trabajos, que por su profundidad conceptual, la que le habría empujado a incidir en el aspecto casi metafísico de ‘Minority Report’ antes que en sus espectaculares secuencias de acción, o en el carácter trágico de ‘A.I.’, o en la incapacidad para la fraternidad humana en ‘War of the Worlds’. Profundidades que a él no parecen interesarle.

Lo único que parece interesarle es epatar al espectador con trucos de magia, y unas pocas veces, porque su cine es portentoso, lograr grandes películas.

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CINE, CRÍTICA

Parque Jurásico (Jurassic Park), el ejemplo máximo de la no aventura

Me encuentro a menudo con no pocas personas que defienden con mucho tesón ciertas películas que yo, sinceramente, no puedo entender que les gusten tanto y crean que merecen tanta defensa. Es el caso de ‘Jurassic Park’, que desde su estreno cuenta en todo el mundo con una legión de admiradores de muy diverso bagaje intelectual, que cuanto menos sostienen que es un digno espectáculo, que es tremendamente entretenida, y cuanto más que es una gran película y una de las mejores de su director. Y yo, que nunca me callo en estas cosas, sostengo una y otra vez la tesis contraria: que no solamente no es una gran película, sino que es aburrida y que no es una aventura digna de ser recordada. De hecho, ni siquiera es una aventura. Y en cuanto a que sea de las mejores de su director…ahí sí que no puedo discutir mucho, porque Spielberg tiene un buen puñado de películas bastante cuestionables.

Pero como resulta que hace poco volví a tener una conversación similar, y como hace mucho tiempo que no escribo sobre ella y ya ni me acuerdo de lo que escribí, voy a intentar poner mis ideas en orden acerca del largometraje número catorce de la filmografía de este buen director metido a negociante del arte de hacer películas. Voy a intentar exponer todos mis argumentos de la manera más clara y rotunda y honesta posible, eludiendo toda tendenciosidad y preferencia personal.

Adaptación del superventas de Michael Crichton, amigo personal de Steven Spielberg, no creo que sea ninguna locura sospechar que el escritor fabricó su novela con la esperanza de que el célebre cineasta lo llevase a la pantalla. De hecho, parece imposible pensar en otro director. Lo interesante, y paradójico, del asunto, es que si el guion del propio Crichton y de David Koepp hubiese sido un poco más fiel a la novela, quizá la película de Spielberg no habría sido tan floja, tan sosa y tan inane. Pero vamos por partes, que no me quiero adelantar. Además, el argumento de la película sigue, a grandes rasgos, el de la novela. Pero lo hace despojándola de toda hojarasca, como si fuera un ejercicio de depuración extrema, como si cogiese únicamente el esqueleto, y como si aún a ese esqueleto le quitase unas cuantas costillas… En mi caso primero vi la película, y luego me leí la novela. De modo que la impresión que tuve entonces, que es la que mantengo ahora, aunque reforzada, fue libre de todo prejuicio.

Los sucesos narrados son de sobra conocidos: un multimillonario con graves carencias de moralidad, hace posible un parque temático en el que los dinosaurios, gracias a la clonación genética, han vuelto a la vida. Pero, claro, algo tiene que salir mal, y lo que comienza como un viaje maravilloso se vuelve una angustiosa y terrorífica pesadilla. Bien. Estos son los mimbres, pero ¿con qué los cose Spielberg? La altura de una aventura siempre depende de la riqueza y la profundidad de los personajes. Da igual si es una situación límite la que les sobreviene a los despistados protagonistas, o si bien son los protagonistas los que van a buscar la aventura. Da igual, también, si son héroes, o antihéroes, o villanos, o malvados, o torpes o mal avenidos. Lo que importa es lo interesante que sean ellos. Y ese es el primer fallo, quizá el primordial, de esta pequeña película.

Los personajes de esta película no tienen entidad, son muñecos sin vida. Durante mucho tiempo sostuve que están mal interpretados, pero no creo que sea el caso. Sí, los actores están bastante envarados, bastante teatrales, pero no están tan mal. Son sus personajes los que no funcionan como un todo conjuntado, y esto es responsabilidad última del director.

La aventura puede ser todo lo grande, o espectacular, o épica o terrorífica que se quiera. Si los personajes te dan igual, si son planos, la aventura queda en nada. Y este es el caso. Los protagonistas son, mayormente, tres: el paleontólogo Alan Grant (Sam Neill), la paleobotánica Ellie Satler (la siempre maravillosa Laura Dern) y el matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum), además del extraño multimillonario interpretado por Richard Attemborough y los dos niños, sus nietos. Otros personajes, como el interpretado nada menos que por Samuel Jackson, son sombras de sombras. Están por estar y no le importan un comino al espectador. Pero durante toda la película Spielberg se rompe la cabeza intentando que estos personajes nos importen, nos caigan bien. Y fracasa estrepitosamente.

Y una de las razones por las que esto pasa es porque Sam Neill, Laura Dern y Jeff Goldblum parecen estar cada uno en una película distinta. Tal cual. En un registro diferente, en una canción atonal. La gran aventura, siempre, cuenta la experiencia límite de un grupo de compañeros, ya sean dos, tres, o veintisiete, y la forma en que se unen, a menudo llevándose mal muchos de ellos, pero superando las dificultades, perdiendo compañeros por el camino, descubriéndose a sí mismos, obteniendo sabiduría en el camino, aprendiendo habilidades físicas y psicológicas, alcanzando una revelación, volviéndose más ellos mismos. Absolutamente nada de todo eso hay en las imágenes de ‘Jurassic Park’.

Los atribulados protagonistas, sobre todo Neill y Dern, además de los dos niños, se pasan gran parte de la película huyendo de un lado a otro, salvando dos o tres (no más) momentos de gran peligro, y finalmente huyen de la isla. Nada más. Por el camino, el paleontólogo, que al principio de la película parecía reacio a tener hijos alguna vez en su vida (y que supuestamente mantiene una relación con la botánica…relación que nunca es explícita por alguna razón que no alcanzo a comprender), al final, por el hecho de haber tenido que cuidar de los dos nietos del loco multimillonario en la peligrosa isla, parece que le ha surgido su vena parental y su última imagen es la de los dos niños abrazados amorosamente a su regazo, ante la mirada aprobadora de su no-novia, o su novia sí pero no. Es decir, que de lo que de verdad va esta película, porque es así como termina y es lo que le queda emocionalmente al espectador, es de aceptar que para ser feliz hay que tener hijos y crear una bonita familia americana.

Por lo demás, visualmente, narrativamente, la película se sostiene en dos únicas secuencias grandilocuentes y algo vacuas, que en su momento asombraron a todo el mundo, pero que hoy resultan sorprendentemente sosas, sin gracia, sin ritmo: la del tyrannosaurio en mitad de la carretera y la de los dos velocirraptores en la cocina. Dos momentos vistosos, supuestamente trepidantes y muy previsibles, pues nadie se puede creer que Spielberg vaya a matar salvajemente a los dos críos, tan solo se van a comer al malvado abogado. Porque esto es un cuento infantil, no una poderosa película de aventuras. Un cuento para el que Spielberg cuenta con unos efectos especiales y visuales de primer orden, y para el que ha llamado a un gran reparto que de vida a personajes sin vida, y con una música portentosa (lo único portentoso) de John Williams.

Lo que podría haber sido un gran sci-fi, oscuro y frenético, se queda en una agradable película para chavales, en una montaña rusa amable y luminosa con algún momento oscuro, filmada con la habilidad superlativa de este prestidigitador del cine. Creo que he dado unas cuantas razones, bastante irrebatibles, de que no es, ni de broma, una gran película, y desde luego no es una gran aventura. No hay aventura, de hecho, sólo dos instantes de gran peligro solventados sin mucho esfuerzo, que no pueden aportar nada al espectador ávido de emociones intensas.

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CINE

Spielberg sí, Spielberg no…

Va a ser que no…

Y lo va a ser por muchas razones, pero llevo toda mi vida viendo películas de este señor (como, por otra parte, ha hecho media humanidad), y tratando de decidirme sobre mi propia opinión acerca de su cine, y de su talla artística, y no creo que este hombre sea el gran maestro que tantos quieren ver en él.

Spielberg es, de lejos, el director de cine más famoso de la historia, por lo menos en occidente. A su lado, el fenómeno de masas que fue Alfred Hitchcock parece una moda pasajera, una anécdota. Tal nivel de celebridad, acompañado del impresionante éxito comercial de varias de sus películas, han sido a veces más una carga que otra cosa, pues ese ha sido el argumento principal de sus detractores: tiene mucho éxito porque es un director comercial, y es un director comercial porque no es un gran director. Al mismo tiempo, ese éxito, esa universalidad de su cine, le ha hecho acreedor de la defensa acérrima de millones de espectadores (cualificados o no) de todo el mundo.

Lejos de mi intención negar las enormes cualidades narrativas de Spielberg. Si alguien ha nacido, en el cine norteamericano de las últimas cinco décadas, con unas facultades innatas para filmar películas, ese es Spielberg. Lo suyo, como lo de Scorsese, no es pasión por el cine, es otra cosa. Es enfermedad, es obsesión. Steven Spielberg estaba destinado a hacer películas, sin importar si tuvieran éxito o aceptación, o no. Con veintipocos años ya andaba por la tele dirigiendo a Joan Crawford para una serie. Spielberg habría llegado a hacer películas aunque hubiese tenido que matar por ello. Y no en vano para su primer filme oficial, ‘Duel’, producido inicialmente para televisión, que rodó en muy pocos días, hizo un esfuerzo sobrehumano para filmar todo ese material y de una forma tan competente. Todo esto es innegable.

Tampoco voy a negar, del todo, la importancia de su trayectoria, que ahora a sus setenta y tantos años, además de prolífica, se revela como bastante poliédrica y no tan fácil de abarcar como pueda parecer. Además de que su peso en la industria, y la influencia de sus filmes en el gusto del público y en la estructura de Hollywood de las últimas décadas es muy notable…

Ahora bien, voy a plantear mi posición respecto a su cine de la siguiente manera: Spielberg es un señor de un talento impresionante, y con un poder en la industria que casi nadie alberga, y con una experiencia enorme. Y sin embargo hace películas como ‘La terminal’, ‘La guerra de los mundos’, ‘Las aventuras de Tintín’, ‘War Horse’ o ‘Ready Player One’…por no nombrar ‘Hook’, ‘Parque Jurásico’ y su secuela, la cuarta parte de Indiana Jones, o ahora un remake de ‘West Side Story’. Y lo hace, creo yo, porque aún hay otra cosa que le importa más que el cine (el ser humano puede obsesionarse con más de una cosa al mismo tiempo…) y es el dinero, y toma decisiones un tanto cuestionables porque su voz como artista es cuestionable.

Eso es lo que queda de los artistas (directores, novelistas, poetas o músicos): su voz, su personalidad. Algunos la tienen muy marcada, y otros menos. Así son las cosas.

Escuchar hablar tan bien a Rodrigo Cortés en ‘Todopoderosos’ acerca de Spielberg a mí me subleva, porque este cineasta es un tipo exigente, que mide bien sus gustos y sus palabras (no como otros…). Y hay muchos que opinan como él, y que me gustaría que defendieran no solamente la mayoría de las películas nombradas, sino también otras que no he nombrado.

Tanto ‘Duel’ como ‘The Sugarland Express’ son películas estupendas, y ‘Jaws’ y ‘Encuentros en la tercera fase’ son grandes películas. Hasta ahí todo correcto, irreprochable. Claro que en cuanto Spielberg toma conciencia de su importancia y de su ambición pasan dos cosas: primero que quiere seguir gozando de un gran éxito, popularidad y lugar privilegiado en el seno de la industria, segundo que quiere ser un director respetado, no solamente un asombroso creador de grandes éxitos comerciales. Es por eso que en 1985, tras los éxitos consecutivos de los dos primeros Indiana Jones y sobre todo de ‘E.T.’, que es inferior por ejemplo a ‘Jaws’ o ‘Encuentros en la tercera fase’, pero que se convierte, de nuevo, en la película más taquillera de la historia, Spielberg decide filmar ‘El color púrpura’, sobre la novela de Alice Walker. Y por si acaso no ha quedado claro, en 1987 firma ‘El imperio del sol’, sobre la novela de J.G. Ballard.

Desde luego la primera es mucho más sólida que la segunda, aunque ambas estén bastante bien. Pero sucede que Spielberg se mira demasiado en el espejo de John Ford en la primera, y en el de David Lean, en la segunda. En otras palabras, no tiene voz propia, lo suficientemente evolucionada, para poder identificarla. Y sucede algo más: su necesidad, casi patológica, de introducir elementos exageradamente sentimentales, su propensión a utilizar caracteres infantiles, muy idealizados pero muy poco o mal desarrollados, rebaja mucho lo poco de personal que puedan tener sus películas.

Pero él ha seguido intentándolo, mezclando películas descaradamente comerciales con otras de clara intención dramática y personal, que lo auparan a una jerarquía más elevada de creador, con resultados desiguales. Así, a ‘El color púrpura’ y ‘El imperio del sol’, habría que sumar ‘La lista de Schindler’, ‘Amistad’, ‘Salvar al soldado Ryan’, ‘Inteligencia artificial’, ‘Munich’, ‘Warhorse’, ‘Lincoln’, ‘El puente de los espías’ y ‘Los archivos del pentágono’. De todas ellas, las más poderosas, probablemente, son ‘Salvar el soldado Ryan’, ‘Munich’ y ‘Lincoln’, pero no creo que ninguna de estas tres sea una obra maestra absoluta. ‘Salvar al soldado Ryan’ es una gran película, qué duda cabe, pero la experiencia de su visionado sería más intensa si arrancáramos de ella el prólogo y el epílogo, que nada añaden, y algunas secuencias que salen (rompiendo tono, ritmo y punto de vista) del entorno de los combates para dar a la película más apariencia de categoría dramática.

‘Munich’, por su parte, es otra gran película, y además valiente y durísima, nada complaciente con el espectador, pero se percibe en ella cierta teatralidad y una autoconsciencia que acaban diluyendo algo la propuesta, como si no se creyera del todo lo que está contando. Aún superior es, por tanto, ‘Lincoln’, que parece, en un principio, que va a ser una película mucho más convencional, y que termina siendo increíblemente sobria, elegante y convincente.

También ha hecho bastantes cosas bastante deprimentes, como las dos Parques Jurásicos, ‘Hook’, ‘Always’, ‘La terminal’… telefilmes con ínfulas, que podría haber filmado cualquier otro, pero que por ser él cuentan con grandes estrellas, y un empaque evidente, pero que están filmados con desgana, con dejadez, sin la menor imaginación, algo sorprendente en un director tan rico visualmente, tan dinámico en el movimiento de la cámara, capaz de construir valses con las secuencias. No parece la trayectoria de un gran maestro de la historia del cine.

Lo cierto es que Spielberg quedará como un gran director de cine de aventuras, capaz de epatar al espectador como muy pocos lo han hecho, y se recordarán sus aportaciones a la sci-fi y al melodrama, y su capacidad de concitar la atención del mundo entero por la universalidad de sus temas y el carisma de su estilo, pero también quedará como alguien que filmó secuencias e ideas sin el menor sentido, y cuyo estilo estaba demasiado influenciado, sin trascender, por el de algunos de los grandes maestros del pasado.

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