ARTÍCULOS, CINE

Los 7 directores más grandes de EEUU

Creo que en general el cine «clásico» estadounidense está sobredimensionado y sus grandes tótems, salvo excepciones, han sido aupados allí durante generaciones de manera artificial y poco defendible hoy día. Lo he dicho muchas veces y lo volveré a decir por muy políticamente incorrecto que sea y por mucho que cualquier cinéfilo que se pase por aquí me tache de ignorante: los John Ford, Howard Hawks, Billy Wilder, Michael Curtiz, Raoul Walsh, Alfred Hitchcock, Ernst Lubitsch, Joseph L. Mankiewicz, y tantos otros, fueron grandes directores, gente que tenía cine en las venas y que trajeron no pocas buenas películas, películas importantes en su época, pero en absoluto eran gigantes, sino buenos escritores en algunos casos, o grandes realizadores en otros, que en el mejor de los casos consiguieron algunas obras personales, pero que en ningún modo podían aprovechar todas las posibilidades del cine porque estaban inmersos en un aparato de producción, en unas convenciones narrativas que prácticamente nunca pudieron saltarse.

Hay excepciones, claro: ahí están ‘It’s a Wonderful Life’ (1946), de Frank Capra, o ‘Gone with the Wind’ (1939), de Victor Fleming (…y de George Cukor, y de Sam Wood… pero sobre todo de David O. Selznick), como dos ejemplos de películas que empujaban la narrativa de su tiempo a nuevas direcciones, o el genio del cine mudo Buster Keaton, o el gran David W. Griffith. Excepciones haylas, pero son eso, excepciones. Hasta la llegada de Orson Welles en 1941, el cine estadounidense se consideraba a sí mismo el mejor del mundo. Pero aquel chaval de 24 años les demostró que no, que aún tenían mucho que aprender… y bien que les humilló aquello. Y hasta la década de los 70 nadie cogió el testigo de Welles.

Considerar obras maestras a buenas películas, bien escritas, en algunos casos bien interpretadas incluso hoy día, bien realizadas para los medios de su tiempo, como ‘The Apartment’, ‘The Searchers, ‘To Be or Not to Be’, ‘All About Eve’, ‘Saskatchewan’, ‘Casablanca’, ‘Bringig Up Baby’, y situarlas en muchos casos por encima a las genialidades de Orson Welles, y a lo que llegó en los años setenta del pasado siglo, es cuanto menos discutible a estas alturas. El cine, concretamente el cine estadounidense, es el único arte narrativo que se permite zanjar que lo realizado en unas pocas décadas de manera totalmente industrial, es superior a lo que han logrado grandes artistas reinventando la narrativa audiovisual casi con cada nueva película. Es algo asombroso. ¿Pero como considerar que esas películas van a sobrevivir mucho más tiempo cuando ni siquiera nacieron con vocación de prevalecer, sino con un cariz marcadamente comercial, dispuesto sobre todo a hacer sentir mejor consigo mismos a los espectadores?

Los filmes son sobre todo empeños imposibles, y las obras maestras deben ser los mayores empeños, los mayores esfuerzos. Y los genios son, entre otras cosas, los que hacen posible esos anhelos que en manos de otros buenos directores simplemente se quedan en buenas o interesantes películas. Pero lo único que importa es lo que se propusieron (y cómo se lo propusieron) hacer estos colosos, y lo que han conseguido entregar al espectador. Es decir qué dificultades atravesaron, qué exigencias se autoimpusieron y qué complejidades (técnicas, narrativas, sociológicas) tuvieron que superar. ¿Cómo se puede siquiera comparar una buena película de Wilder, absolutamente incrustada en una industria acorazada y plegada sobre sí misma como es la estadounidense, con las hazañas narrativas, técnicas y de producción de estos gigantes?

Cada uno con sus filmes más superlativos, aquí están los siete magníficos:

Orson Welles

Citizen Kane
The Magnificent Ambersons
Touch of Evil
The Trial
Chimes at Midnight/Falstaff
F for Fake

Francis Ford Coppola

The Godfather
The Conversation
The Godfather, Part II
Apocalypse Now
Rumble Fish
The Cotton Club
The Godfather, Part III
Bram Stoker’s Dracula

Martin Scorsese

Taxi Driver
Raging Bull
Goodfellas
Casino
The Wolf of Wall Street
Silence

Terrence Malick

Badlands
Days of Heaven
The Thin Red Line
The New World
Knight of Cups
Hidden Life

David Lynch

The Elephant Man
Blue Velvet
Twin Peaks (serie)
Wild at Heart
Lost Highway
The Straight Story
INLAND EMPIRE

James Cameron

The Terminator
Aliens
Terminator 2: Judgment Day
Titanic
Avatar

John Carpenter

The Thing
Prince of Darkness
They Live

Y ya mañana nos pondremos con los europeos.

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ARTÍCULOS, CINE

Los más grandes creadores del cine de Estados Unidos

En mi opinión, considerar que (salvo las excepciones de grandes creadores del pre-cine –el mudo– como Buster Keaton o David Wark Griffith), los gigantes del cine de Estados Unidos se encuentran incrustados en las décadas de los 30, 40 y 50, es lo mismo que afirmar que la novelística del siglo XIX es superior a la del XX en formas y profundidad conceptual sólo por ser anterior, cuando yo creo que no hay discusión que en la formalización de un segundo mundo ficticio, en el desarrollo de las herramientas puramente novelísticas (y de nuevo salvo excepciones como las de Dostoyevski o Melville…), los Joyce, Torrente Ballester, Faulkner, Woolf, Broch, Hesse, Mann… llegaron mucho más allá que sus colegas de la centuria anterior.

Iría aún más lejos: considerar a directores (sin duda capitales para el establecimiento de unas formas previas de entender la narración y la expresión cinematográficas) como John Ford, Alfred Hitchcock, Billy Wilder, Howard Hawks, Ernst Lubitsch, Joseph L. Mankiewicz, George Cukor, William Wyler, Elia Kazan o incluso Fritz Lang (que en su etapa americana es muy inferior a su etapa europea), los realizadores más importantes de la historia por encima de los que llegaron en los años 70 (con la sola excepción de Orson Welles), resulta algo parecido a considerar la novelística hispana del Renacimiento superior a la del Barroco. Por la sencilla razón de que las formas se superan, de que el desarrollo de un arte significa el desvelamiento de cuáles son sus verdaderas esencias. No significa ser «mejor» (que tampoco sé lo que supone en este contexto), significa ir más lejos, escribir las formas del cine de una manera más rotunda y asentar las bases de todo gran director que se precie: el sentido del montaje y la dirección de actores. Conceptos, ambos, que en los años 30, 40 y 50 estaban en pañales en Estados Unidos, o quizá más valdría la pena decir que estaban muy supeditados a las convenciones de los estudios y del Star-System.

Hoy día no tendría sentido poner en una película a actores como John Wayne o Humphrey Bogart, ni tendría ningún sentido descuidar ni el más mínimo corte de montaje. En el arte, todo lo que no va hacia delante no es arte, sino un kitsch, y de eso saben mucho los directores de la etapa «dorada» de EEUU. De esto ya he hablado bastante en estas páginas mías, y también de los que considero los más grandes creadores de Estados Unidos, pero hoy me gustaría profundizar un poco más en cada uno de ellos:

Orson Welles

Welles es inevitable. Él fue el primer verdadero autor instalado primero en el seno de la industria, gracias al extraordinario éxito radiofónico de ‘War of the Worlds’, y después expulsado por su soberbia, su enfrentamiento con los estudios, su potente crítica al «establishment» y la sospecha de ser comunista. Sólo pudo completar once largometrajes desde aquel formidable ‘Citizen Kane’ para la historia, y de ellos sólo cuatro más en EEUU, pero su leyenda es casi imbatible en la historia del cine, así como su aura de genio de ese país.

Con él comienza otra forma de entender el sentido del montaje de una película y otra forma de dirigir actores, alejada de la teatralidad de sus contemporáneos más famosos y más exitosos. Es decir, con él el cine de Estados Unidos comienza a caminar.

Francis Ford Coppola

Welles fue el que echó a andar, y Coppola el que recogió el testigo para terminar su trabajo y alcanzar la cima del cine estadounidense. Ni un solo director de ese país posee cuatro películas consecutivas del calibre de ‘The Godfather’-‘The Conversation’-‘The Godfather, Part II’-‘Apocalypse Now’. Esto es de otra galaxia.

Pero aunque su carrera sólo contase con las siguientes (‘One from the Heart’, ‘The Outsiders’, ‘Rumble Fish’, ‘Cotton Club’, ‘Tucker’, ‘The Godfather, Part III’, ‘Bram Stoker’s Dracula’, ‘The Rainmaker’), estaríamos hablando igualmente de un gigante. La suma de todo ello pone su carrera en una estratosfera muy difícil de igualar.

Martin Scorsese

Muy cerca de su amigo Coppola se encuentra Scorsese. La regularidad de Scorsese no la tiene Coppola (si bien Scorsese no tiene las cuatro grandes obras maestras de su rival), pero realmente muy pocos pueden presumir de poseer tantas obras notables consecutivas y algunas obras maestras memorables en su trayectoria.

La experta dirección de actores de Scorsese y su inédito sentido del montaje ponen al discípulo bastante por encima de sus maestros Ford, Fuller y Cassavetes. Scorsese tiene ya una carrera para la eternidad.

Terrence Malick

Malick es el poeta del cine estadounidense, el autor más enigmático y conceptualmente profundo de todos ellos, si bien en su irregular (y por muchos muy discutible) carrera no todo es excelso. Pero cuando lo es, es prácticamente insuperable. Maravilló con sus dos primeras películas (‘Badlands’ y ‘Days of Heaven’), y nos dejó pasmados con sus dos portentosas obras maestras (‘The Thin Red Line’ y ‘The New World’). A partir de ahí, ha realizado magníficas aunque desequilibradas películas, y sigue buscando un cine que represente una experiencia única.

David Lynch

Uno de los pocos verdaderos directores del cine estadounidense, y un artista insobornable e incorruptible (incluso a pesar de sus devaneos con la industria en la estimulante ‘Dune’). Su estilo es único y personalísimo, tal vez el más personal y consistente del cine estadounidense. Y lo es sobre todo porque su sentido del montaje es único y su dirección de actores también.

Dicen que es un director «laberíntico». En realidad es un director artista que con cada nueva película empuja las posibilidades del cine hacia nuevos territorios.

John Carpenter

Puede que sorprenda que le incluya en esta lista, pero además de un gran sentido del montaje y una magnífica dirección de actores, Carpenter es uno de los directores estadounidenses que mejor planifica y narra sus secuencias y sus películas. Alumno confeso de Hawks, incluso en sus filmes menos logrados como ‘Vampires’ se percibe una dirección experta, propia de un maestro en el arte de dirigir películas, con un estilo, una vez más, único.

Su trilogía de obras maestras (‘The Thing’, ‘Prince of Darkness’, ‘They Live’) le sitúa muy por encima de sus contemporáneos en cine de género, y entre los más grandes de todos los tiempos por una trayectoria compacta, personalísima y muy crítica con la sociedad estadounidense.

James Cameron

Y para finalizar imposible no nombrar no solamente al mejor director de sci-ifi y acción de todos los tiempos, sino también a otro cineasta estratosférico, ninguneado por ciertos sectores de la crítica, pero cuyo excepcional sentido del montaje y la dirección de actores le sitúan muy por encima de prácticamente cualquier otro, a pesar de su corta filmografía.

Sus cuatro obras maestras absolutas (‘The Terminator’, ‘Aliens’, ‘T2: Judgement Day, ‘Titanic’), además de ‘The Abyss’ y ‘Avatar’, son más que grandes espectáculos o historias épicas: son el viaje más apocalíptico y devastador, las visiones más oscuras del futuro de la humanidad.

A estos siete gigantes habría que sumar dos más, Paul Thomas Anderson y David Fincher, que acabarán siendo el octavo y el noveno, pero de momento ahí quedan para que el lector se forme su propia opinión.

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CINE

Los distribuidores y el caso Malick

De vez en cuando suceden cosas que le dejan a uno perplejo. Durante gran parte del año (y, ¿por qué no?, de la década) la realidad trata de maquillarse a sí misma, hasta que en determinado momento se queda sin maquillaje y se muestra tan absurda y delirante como de verdad es. Y es en esos momentos cuando suceden cosas que te demuestran que puede que estemos chalados, pero que los otros, los que no somos nosotros, lo están mucho más aún, y que vivimos en un mundo que no hay por dónde cogerlo. Veamos…

Resulta que Terrence Malick, un señor que tras triunfar con sus dos primeras películas como ya les hubiera gustado a muchos, decidió desaparecer durante veinte años nadie sabe bien a dónde, para regresar con una obra maestra irrepetible, ‘La delgada línea roja’ (‘The Thin Red Line’, 1998), pero tampoco es que tuviera, por el momento, prisa por ponerse a hacer muchas películas, y las siguientes llegaron en 2005 y 2011. Pero hete aquí que al hombre le entra prisa, y se pone a filmar como un loco, y en seis años hace cuatro películas, nada menos, pero en España sólo se estrena, de manera amplia, una de ellas, la de 2012 (‘To The Wonder’), mientras que las otras, una por una, no encuentran distribuidores, o si los encuentran pasan de estrenarla en España a no ser en alguna sala de arte y ensayo, y eso durante pocas semanas. Existen directores europeos o hispanoamericanos menos conocidos que él que encuentran mayor distribución para sus películas. Aunque el año pasado, quizá por cambio de distribuidor o quién sabe por qué, se estrenó ‘Vida oculta’ (‘Hidden Life’, 2019)

Es decir, que ni ‘Knight of Cups’ (2015), ni el documental ‘Voyage of time’ (2016), ni ‘Song to Song’ (2017) se han podido ver en este país (salvo algunos espectadores afortunados). Y resulta que ahora, que estamos inmersos en la peor pandemia en un siglo, con los cines apenas ofreciendo estrenos importantes, con sus propietarios decidiendo entre cerrar para siempre o hacer de las salas centros comerciales…ahora van y estrenan, seguidas, ‘Knight of Cups’ y ‘Song to Song’. Una un fin de semana de septiembre y otra la siguiente, y en el mes en que se confirma que estamos ante una segunda ola del Covid-19. No me digan que no es para hacérselo mirar. No se estrenan películas de gran presupuesto y expectativas comerciales, porque saben que lo tienen complicado tal como están las cosas, pero por fin se deciden a poner en cartel (aunque en pocas salas, algunas bien lejos del centro), dos de las películas de uno de los directores más singulares del cine contemporáneo.

Dicen, los que viven en países en los que las películas se estrenan, que no pertenecen, ninguna de los dos, a lo mejor de la filmografía del cineasta estadounidense. Me lo creo. Es decir, tendré que verlas, cuando pueda verlas, para estar de acuerdo con eso o no. Pero independientemente de eso, que es otro tema, aquí en España se estrenan verdaderas necedades todas las semanas (y gran parte del público encantado con ello, a tenor de los resultados en taquilla) y no parece que a nadie le importe demasiado. Y menos, a los distribuidores y a los dueños de los cines, que se ven obligados a programar durante dos semanas cualquier ridiculez de película que encima no da ni un duro. Cuando un señor que ha ganado una Palma de Oro en 2011, que no es iraní ni rumano, sino estadounidense, no puede estrenar sus películas en un país como el nuestro, es que la cosa está mucho peor de lo que nos imaginábamos.

Aunque una cosa está más que clara: se estrene o no se estrene, Malick no gusta. Incluso los que le van a ver lo hacen, en la mayoría de los casos (me consta), por ver la rareza del mes y cumplir su cuota. Ya dije en estas páginas mías que Malick lo tiene difícil para volver a su época de esplendor de los años noventa, y la primera década de este siglo, y ni aún entonces, con ‘La delgada línea roja’, ‘El nuevo mundo’ (‘The New World’, 2005) o ‘El árbol de la vida’ (‘The Tree of Life’, 2011), lo tenía fácil. Al público no le gusta que los personajes se paseen de aquí para allá con una voz narradora por encima de las imágenes, por muy bellas que estas sean. Al público lo que le gusta es ver lo mismo de siempre, que para eso paga la entrada o se sienta delante de un televisor. Nada de experimentos con gaseosa, aunque en ellos se encuentren Christian Bale, Ben Affleck, Ryan Gosling, Natalie Portman, Michael Fassbender, Cate Blanchett o Rooney Mara.

Pero el caso es que a Malick parece importarle un carajo gustar o no gustar. Él sigue a lo suyo, y ya tiene nueva película (la séptima en diez años), que se estrenará en todo el mundo el año que viene, y en España en 2025, en cuatro cines de la periferia, durante dos semanas.

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CINE, CRÍTICA

Terrence Malick lo tiene difícil

Reciente el visionado de ‘A Hidden Life’ (2019), la novela realización del estadounidense Terrence Malick, algunas cosas saltan a la vista de forma absolutamente nítida, y otras se revelan como inexplicables.

No he visto ni ‘Knight of Cups’ (2015), ni ‘Song to Song’ (2017), pues ninguna de las dos, por razones que nadie explica, se han estrenado en nuestro país de forma abierta, sino tan solo en algunas salas escogidas, o en la Filmoteca de Cataluña, y durante muy poco tiempo, por lo que sólo unos pocos han podido acceder a ellas. Pero contra todo pronóstico, que quizá, o no, tenga que ver con su selección oficial en Cannes, ‘A Hidden Life’ ha encontrado un hueco en nuestras salas y se están vertiendo algunos comentarios, la mayoría poco razonados, acerca de sus imágenes. Pero lo que sí puede hacerse es constatar lo complicado, por no decir imposible, que lo tiene Malick para alcanzar algunas cumbres previas de su cine, algo que ya parecía insinuarse en ‘To the Wonder’, que vimos hace ya unos cuantos años.

Es ‘A Hidden Life’ puro Malick, esto es, un filme con un tempo muy particular, y con una puesta en escena, una planificación, una dirección de actores y un tono que no se parece en nada a cualquier otra cosa que podamos ver, y la arbitraria comparación que algunos han hecho con el magistral (esa sí) ‘Silence’ de Martin Scorsese, sólo puede entenderse porque en el centro de ambas historias tenemos a un personaje que se mantiene fiel a sí mismo hasta el mismo final. Pero nada más, porque Malick (al igual que Scorsese), posee un mundo propio e intransferible, en el que entras o no entras, y en el que a veces es más agradecido quedarse y otras veces lo es menos, y en el que su torrente de imágenes puede elevarte o bien puede hastiarte.

Ya en ‘El árbol de la vida’ (2011), Malick entregó un trabajo tremendamente irregular y desequilibrado, que por alguna extraña alquimia se mantenía en pie, pero en el que por primera vez sus imágenes oníricas, sobre todo las de su zona final, sus asociaciones sensoriales, su desbocado lirismo materializado en composiciones o texturas o imágenes, terminaba por resultar opaco, inconsistente en muchas ocasiones, pero la película era tan rotunda, tan hermosa en algunos tramos, tan honesta y cruda en otros, que era imposible no sentirse compelido por ella. Esa insuficiencia se volvió aún más rotunda en ‘To The Wonder’, que recibió pésimas críticas y que ya resultaba reiterativa, redundante en muchos tramos, como si el material que este portentoso artista quisiera armar, semejante al barro, se le viniera abajo una y otra vez pero él, con su talento de alquimista de imágenes, volvía a levantar sirviéndose de nadie sabe qué inspiración, y era capaz de lograr tramos de una belleza deslumbrante, casi sobrecogedora.

Y, sin haber visto esas dos películas intermedias nombradas, lo mismo sucede en ‘A Hidden Life’, que cuenta la historia verídica de Franz Jägerstätter, en unos parajes verdaderamente asombros de Austria, en los que Malick se siente como pez en el agua, volviendo a narrar la existencia de un paraíso, las montañas austríacas y su vida campesina, rota en mil pedazos por la II Guerra Mundial. Pero la película, por mucho que el espectador quiera poner de su parte, por mucho que se conozca y se aprecie el particular estilo de Malick, resulta de nuevo reiterativa, opaca en mucha ocasiones, y con tres horas que se antojan innecesarias, que terminan por hacer un conjunto casi fallido, sólo atractivo, irónicamente, por la fuerza visual de este cineasta incomparable. Con todos los planos, absolutamente todos, rodados en gran angular y con cámara en mano, con un trabajo de sonido realmente extraordinario, Malick consigue algunas breves partes en las que no hay diálogos, ni acciones, en las que la película respira con un aire muy especial, que por momentos recuerda al de sus obras maestras; y en la parte final, existen unos diez minutos que son sublimes, realmente sublimes, en los que los personajes, el propio director y hasta los directores, hablamos con Dios, o con un dios, en una elevación espiritual de la que sólo es capaz este director.

Con películas como esta se hacen aún más grandes y perfectas tanto ‘La delgada línea roja’ (1998) como ‘El nuevo mundo’ (2005) que participan de su misma estrategia narrativa, que poseen la misma mirada y el mismo montaje sincopado, vanguardista, extremadamente complejo (y poco comentado, en realidad) de este cineasta. Pero en ellas todo funciona, desde el primer hasta el último frame, sin la menor caída de ritmo ni intensidad alegórica, sin zonas grises o menos conseguidas, sin reiteraciones. Son dos obras maestras excepcionales con la que Malick llegó todo lo lejos que podía llegar y le va a ser casi imposible, me temo, aunque ojalá me equivoque, volver a conseguir algo parecido.

A veces todos, incluido yo, nos olvidamos de lo difícil que es lograr una buena película, una formidable película. No digamos ya una obra maestra rotunda. Pero con filmografías como la de Malick, entendemos un poco más la dificultad, la rareza, de todas ellas. Incluso para los artistas que las paren son un verdadero misterio, y así debe ser, pues da la impresión de que poseen vida propia, y deciden elevarse más allá de lo que muchas otras pudieron llegar. ‘A Hidden Life’ posee cosas extraordinarias, y otras muy discutibles, y se hace larga, demasiado, y excesiva, y algo teatral. No pasa nada, Malick seguirá siendo un gran cineasta que con un empeño digno de los grandes sigue intentando romper los límites expresivos del cine. Y ya hizo dos magníficas películas iniciales, y luego hizo esas dos obras maestras. No tiene nada que demostrar a nadie, salvo quizás a sí mismo.

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CINE

Algunos apuntes sobre el cine norteamericano

Ahora que ya está cerca el ritual anual de los premios Óscar, que supuestamente premia lo mejor del año (como si las películas y la gente que hace las películas fueran caballos que compitieran en una carrera), y con todas las minicríticas que he ido dejando en mi archivo, y a pesar de que todavía me faltan muchísimas, me hago una idea más general de lo que opino de cada década en el cine (sin haberlo visto ni mucho menos todo, lógicamente), de lo que pienso acerca de directores de diversas épocas (echando un vistazo a los ganadores y nominados al Óscar de cada año) y de que algunas percepciones mías se confirman y otras se diluyen.

Por ejemplo: con la aparición en 1980 de ‘Raging Bull’, que no ganó el Óscar pero que debió haberlo hecho para que esos premios tuvieran algo más de prestigio (los que obtuvo a mejor actor y mejor montaje eran obligatorios), casi todo lo demás que apareció en esa década está por debajo de la obra maestra de Scorsese. Es decir, ‘Raging Bull’ es una pieza de tal calibre, que eclipsa su década casi por entero. Hablamos del cine norteamericano. ¿Qué se le puede comparar? Pues muy poco. Acaso ‘The Elephant Man’ y ‘Blue Velvet’, de David Lynch, ‘The Terminator’ y ‘Aliens’, de James Cameron, ‘The Thing’ y ‘They Live’, de John Carpenter. Y nada más. Pero yo creo que la primacía del filme de Scorsese en la década de los ochenta (a pesar de que 1980 no pertenece realmente a la década de los ochenta), es clamorosa. En los años noventa la cosa cambiaría, y si cogemos en global las dos últimas décadas del siglo XX, ‘Raging Bull’ tendría que compartir trono con otros filmes norteamericanos (algunos más de Scorsese, por cierto).

Y si en lugar de echar la mirada hacia adelante, hacia los años ochenta y noventa, la echamos hacia atrás, la percepción se amplía, y vuelvo a tener claro que pese a ser uno de los más grandes de la historia, pese a tener en su haber nada menos que ‘Raging Bull’ y ‘Taxi Driver’, y además ‘Goodfellas’, ‘The Age of Innocence’, ‘Casino’, ‘Gangs of New York’, ‘The Aviator’, ‘Wolf of Wall Street’ y ‘Silence’, añadiendo esa maravilla que es ‘The Last Waltz’, a pesar de eso, el gran Marty no tiene nada en su filmografía comparable a ‘Apocalypse Now’ y ‘The Godfather, part II’.

Y ya haciendo un ejercicio de síntesis, y sin olvidar jamás las grandes aportaciones, en los años setenta, de Spielberg, De Palma, Milius, Cimino, Polanski (con su obra maestra ‘Chinatown’), Arthur Penn, las primeras películas de Woody Allen, y unos cuantos más, si nos vamos hacia atrás, hacia los años sesenta y cincuenta, ¿qué podemos encontrar que pueda acercarse a la perfección y grandeza de ‘The Godfather, part II’ y ‘Apocalypse Now’? Si nos fiamos de la nómina de ganadores o aspirantes a los Óscar durante esas década tenemos a gente (alguna magnífica) como: Costa-Gavras, George Roy Hill, Sydney Pollack, John Schlesinger, Carol Reed, Mike Nichols, Stanley Kramer, Richard Brooks, Fred Zinnemann, Robert Wise, William Wyler, George Cukor, Elia Kazan, Otto Preminger, Martin Ritt, J. Lee Thompson, Billy Wilder, John Ford, George Stevens, Ernst Lubitsch…

Insisto, algunos de ellos son grandes cineastas. Pero si el ocasional lector de estas líneas es un cinéfilo que se ha visto algunas de las películas, o muchas de las películas, de los citados, y si además no se deja llevar por falsas mitomanías, convendrá conmigo en que nada en la filmografía de todos esos directores puede siquiera compararse con la grandeza, la genialidad, la perfección de ‘The Godfather, part II’ y ‘Apocalypse Now’. ¿Qué podría citarse en contra de este argumento? ¿’Centauros del desierto’ y su cambio de tono a mitad de película, o sus actores tan teatrales? ¿La superproducción ‘Ben Hur’ o el drama ‘Los mejores años de nuestra vida’ de un director tan impersonal como William Wyler’? ¿El ingenio arrollador de ‘Ser o no ser’ de Lubitsch? ¿El romanticismo del cuento de hadas de ‘El apartamento’, de Wilder? ¿Las imágenes casi kitsch de ‘Vertigo’, de Alfred Hitchcock?

Y tirando más hacia atrás, ¿qué oponemos a la tragedia de Michael Corleone o al corazón de las tinieblas de Willard? ¿’Casablanca’, del gran Michael Curtiz? ¿’Las campanas de Santa María’, de Leo McCarey? ¿’Historias de Fildelfia’, de George Cukor? El cine antiguo, como todo lo antiguo, especialmente si es artístico o con trazas de serlo, obtiene mucha veces injustamente la categoría de intocable, y se beneficia de la mitomanía de crítica y público, y nos ciega ante lo que hay.

De lo poco que podría comparársele podemos citar, sin ninguna duda, a Orson Welles, y sus impresionantes ‘Ciudadano Kane’, ‘La magnificencia de los Amberson’, ‘Sed de mal’ o ‘Campanadas a medianoche’. En cuanto a calado emocional y universal es posible situar ahí a ‘It’s a Wonderful Life’, de Frank Capra. Si hablamos de grandeza compositiva, ambición y perfección técnica, tenemos a ‘Lo que el viento se llevó’ o a ‘El mago de Oz’, que son también grandiosas. Y si nos quedamos con ejemplos de poesía visual, podemos nombrar ‘King Kong’. Pero de entre todo lo demás, seamos serios y establezcamos de una vez la primacía estética de las obras maestras de Francis Ford Coppola, para quien esto firma el gran genio del cine norteamericano y el único que recogió el testigo, en más de un sentido, de Orson Welles y que por así decirlo terminó su trabajo: el de situar el cine de su país a la altura de Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi, Federico Fellini, Luis Buñuel, Michelangelo Antonioni, Andrei Tarkovski e Ingmar Bergman.

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CINE

La infinita belleza de ‘El nuevo mundo’

Hay cosas, hay imágenes, que a uno se le quedan dentro para siempre. Recuerdo muy bien los planos finales de ‘The Shawshank Redemption’, de Frank Darabont (que aquí se llamó, con esa imaginación superlativa que nos caracteriza, ‘Cadena perpetua’), con esas imágenes del mar, con esa sensación de libertad recobrada. Recuerdo cómo me sentí en el cine cuando lo vi, y cómo me he sentido cada vez que lo he vuelto a ver. Y recuerdo otras películas con similar emoción, pero pocas, muy pocas, como ‘El nuevo mundo’, de Terrence Malick, que fue casi mayoritariamente ignorada en su momento, que no es una película que esté guardada en la mente de muchos cinéfilos y para la que el concepto belleza se queda muy corto.

A veces me pregunto qué obtiene la gente del cine, qué espera que le aporte. Conozco a no pocos (algunos con cierta sensibilidad artística, otros con ninguna) que aborrecen de esta película por considerarla lenta o aburrida. Están en su derecho, por supuesto, y es muy respetable. Pero…¿qué cine prefieren ver? ¿Qué cine buscan? ¿Y qué hay en ese cine que tanto les gusta? Algunos, como yo mismo, buscamos muchas cosas diferentes, en el cine, en la música y en la literatura, pero cuando nos hallamos ante algo de esta belleza…¿cómo resistirnos a ella? ‘El nuevo mundo’ es una obra de arte de tal calibre, es una experiencia cinematográfica tan hipnótica, que se me hace muy cuesta arriba pensar que pueda haber algo mejor, y sé que el que no la aprecie, el que sienta rechazo hacia ella, carece no solamente de la menor sensibilidad estética, sino de cualquier atisbo de sensibilidad hacia ninguna cosa, porque es imposible no sentirse compelido por sus imágenes.

Y ya Malick había puesto el listón muy alto con ‘La delgada línea roja’, realizada siete años antes. Aquella obra maestra sigue siendo insuperable. Pero esta… esta puede mirarla de tú a tú, siendo mucho más frágil, mucho menos epatante, mucho más íntima y delicada que aquella, partiendo de la misma audaz, indomable, mirada.

Tres reglas le impuso Malick, por lo menos, al portentoso director de fotografía mexicano Emmanuel Lubezki: todos los planos serían cámara al hombro, toda la iluminación sería natural, y todos los ángulos y encuadres serían o intentarían ser el punto de vista de un personaje. Por supuesto había más reglas en el rodaje, como que el atrezzo debía ocultar todo cable o cualquier otro material de rodaje (de modo que en cualquier momento se podría hacer una panorámica de trescientos sesenta grados sin que el escenario se «rompiese»), y que el rodaje podría pararse en cualquier momento si Malick encontraba un plano detalle (de una planta, de un animal, de un fenómeno atmosférico, que necesitase filmar. Y así, con un diseño de producción prodigioso, rodeados de unos escenarios naturales que dejan sin aliento, se logró uno de los pedazos de celuloide más perfectos de la entera historia del cine.

Es Malick un director muy visual y muy dinámico (como todos los grandes cineasta, por otro lado), pero aquí casi todo ese poderío visual (exceptuando las escasas escenas de batalla, filmadas con una maestría poco común) está vertido a la historia de amor y desamor (que es apócrifa, pues John Smith y la india a la que los blancos llamaron Pocahontas jamás fueron amantes) que es al mismo tiempo absolutamente conmovedora, y realmente única en la forma en que está contada. El año pasado tuve la oportunidad (la desgracia, más bien…) de leerme ‘Romeo & Julieta’, de William Shakespeare, se supone que la más maravillosa historia de amor jamás contada, que a mí me produjo sopor y rechazo. No te crees, nunca, que Romeo (que en un principio está enamorado de una tal Rosalina) se enamore de Julieta, ni que Julieta se enamore de Romeo. Todo está forzado de una manera tan poco plausible que más que conmover, mueve a la risa.

Ahora bien, qué diferente es todo aquí. Pocas veces, o nunca, hemos asistido, como espectadores, a un enamoramiento mutuo (el del colono invasor y el de la joven nativa, claro está), que es progresivo y que alberga verdad en cada plano, en cada mirada, en cada gesto y palabra. Esta historia de amor truncado (sobre todo por la ceguera de John Smith, magistralmente interpretado por el gran Colin Farrell) te rompe el corazón en pedazos. Existe una secuencia, entre las muchas que ambos comparten, en la que John recuerda, o rememora un encuentro con la muchacha… Esa secuencia cae en la eternidad. Todo ello narrado con un montaje, un conocimiento del entorno natural, una reconstrucción (esta vez sí) verosímil de la cultura indígena de Estados Unidos, que te deja pasmado, sin poder apartar la mirada.

‘El nuevo mundo’ es delicatessen, un filme que es una verdadera joya para los amantes del cine más raro y escaso. Jamás ningún director americano (ni John Ford ni ningún otro) pudo filmar tanta belleza.

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