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The Walking Dead: Durísima, irreprochable y magistral

Concluida ya la serie, después de trece años de emisión y once temporadas, en las que han tenido lugar ciento setenta y siete episodios, podemos echar un vistazo a lo que ha dado de sí esta producción de la AMC, creada por Frank Darabont sobre el cómic de Robert Kirkman, y que desde su nacimiento hasta ahora ha sufrido la incomprensión generalizada de buena parte de los espectadores, a pesar de tratarse de un fenómeno mundial como va a ser difícil que se repita durante tantos años seguidos.

Un camino muy largo, el de estos trece años (si contamos que comenzamos en octubre de 2010), pero que al mismo tiempo se hace muy corto, porque esto es una gran novela-río, si se permite el símil, en la que a una gran profundidad en los caracteres y en los conceptos se añade una intensidad pocas veces vista en las situaciones, conflictos y acontecimientos que jalonan la trama, que hacen absurda esa acusación de ser una serie «en la que no ocurre nada» –acusación que suele hacerse a todo tipo de series para demostrar que no se es muy proclive a lo que en ellas se cuenta–, y que son la mayor prueba de que nos hallamos ante un inmenso esfuerzo narrativo y conceptual, que no puede ser despachado en cuatro o cinco líneas, sino que exige del espectador cualificado que quiera hablar de ella algo más que una mirada superficial. ‘The Walking Dead’ es cualquier cosa menos algo superficial, y esa es una de las razones que impiden una mayor unanimidad en torno a su legado.

Las tinieblas de un mundo aterrador

No existe ninguna serie, en toda la historia de la televisión, que haya planteado un universo tan siniestro, aplastante y descorazonador como esta. Así mismo, no existe probablemente una criatura al mismo tiempo tan terrorífica como el zombi (palabra por cierto que no se nombra en ningún capítulo, así como en ningún número del cómic) y tan poderosa a la hora de erigirse en metáfora de la muerte, de la pérdida, de la devastación emocional. El zombi en Romero, su verdadero creador, pues fue él quien impuso las reglas del juego, es una criatura que afecta a nuestra psique, que como las momias de Egipto nos recuerdan el miedo atávico a la muerte y la capacidad del ser humano para el mal. Pero el Zombi de Darabont, de Nicotero y del equipo creativo de esta serie realmente colectiva, es algo más: es un estado emocional, es un itinerario anímico desde la falsa seguridad del mundo moderno hasta las oscuridades de una existencia al límite.

El problema principal de esta serie irrepetible consiste, sencillamente, en que la gente no sabe qué hacer con ella. ‘The Walking Dead’ se negó, desde un principio, a convertirse en una serie-espectáculo, en un parque de atracciones de horror. Es mucho más que eso. Se negó también, para escarnio de sus seguidores, a ser una mera copia del cómic. Muy al contrario, se propuso crear una ficción mucho más rugosa, mucho más a ras de suelo, en la que no hubiera componendas ni paños calientes de ninguna clase, en la que sus supervivientes no tuvieran el mínimo descanso, no ya físico, sino emocional, y en la que la racionalidad absoluta –siempre teniendo en cuenta la imposibilidad de una infestación de muertos vivientes…– presidiera la puesta en escena hasta en sus últimas consecuencias. De todas las series del canon que he construido, que espero que vea luz más pronto que tarde, es la que posee un sistema narrativo más complejo y de las pocas que lleva este sistema narrativo hasta el final sin traicionarse jamás, lo que irónicamente puede que haya terminado por despistar a algunos y por causar rechazo a otro buen número de espectadores.

Porque si bien ‘The Sopranos’, ‘The Wire’, ‘Deadwood’ o ‘House’ nos pintan un mundo de cualquier color menos de rosa, ninguna de ellas, pese a su innegable grandeza, ha perfilado un universo tan pesimista y tan global, tan definitivo. Después de ‘TWD’ cualquier ficción apocalíptica corre un riesgo enorme de caer en la parodia.

Dialéctica de los géneros

Escribiré más, en cuanto tenga ocasión y pueda ordenar el torrente de ideas y sensaciones que deja esta serie arrolladora, sobre los componentes narrativos que la conforman y las ideas conceptuales que la elevan muy por encima de la media incluso de un momento de grandes series como el que llevamos dos décadas y pico disfrutando. Pero baste por ahora decir que ‘TWD’ es una fusión perfecta entre terror, acción y western, con algunas gotas de sci-fi, con otras gotas de fantasía oscura, y todo ello gobernado por un sólo impulso: hablar de la pérdida como la emoción más devastadora y definitiva que puede experimentar el ser humano. Toda la serie está construida alrededor de esta idea. Hay otras por supuesto que poner en consideración, tales como la pertenencia al grupo, la fina línea moral que separa el supuesto bien de las decisiones de uno contra el supuesto mal de las decisiones del rival, un ensayo profundo sobre el sacrificio no tanto como acto hacia uno mismo sino más bien como acto hacia lo colectivo, una profunda relectura de las múltiples razones para poner en tela de jucio la construcción de una democracia participativa… y muchas otras, porque esta serie, como las obras maestras del Cine o la Literatura, es filosofía pura antes que acción…

Pero, insisto: en acción, terror y suspense, no existe una serie que pueda acercarse a ella. ‘The Sopranos’ es una excelsa relectura de los códigos de la tragedia y la comedia negra, fundidos en una sola cosa. ‘The Wire’ es una reconstrucción de los códigos del género negro y del policiaco, para crear un reportaje novelístico, si tal expresión puede emplearse. ‘Deadwood’ es una deconstrucción de las razones del western, para condensarlo en una mirada honesta sobre unos hechos velados por la historia. ‘House’ es un estudio psicológico sobre las razones de un hombre para aislarse del mundo entero, sin perder su humanidad. Y ‘The Walking Dead’ es una ficción que hace uso de los marcos genéricos –el terror, el western– no para enaltecerlos, subvertirlos o deconstruirlos, sino como herramientas propicias para contar un apocalipsis más interno que externo, más íntimo que espectacular.

Algunos sabemos que pasarán pocos años antes de empezar a ver esta serie con otros ojos, para empezar a valorarla como una de las grandes de la historia. Aunque para empezar hay que verla entera, desde el principio, hasta el final… por lo que probablemente habrá que ver las tres miniseries que se están preparando para el año que viene, que van a significar el verdadero final de esta saga que, le pese a quien le pese, es ya Historia con mayúsculas de la televisión.

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Formas del Apocalipsis (I)

Las visiones de cineastas, escritores, novelistas y todo tipo de narradores se entremezclan y se apoyan unas en otras a lo largo de las décadas. Nada ni nadie existe en un vacío, por mucho que se pretenda, y los vasos comunicantes se acaban encontrando a poco que uno se ponga a indagar en ellos.

En 1979, tras dos años de rodaje, otro de montaje y un cuarto de edición y mezcla de sonido, Francis Ford Coppola presentaba en Cannes su obra maestra, Apocalypse Now, que aunque no estaba terminada se alzaba con la Palma de Oro (ex-aequo con El tambor de hojalata de Schlöndorff) y cambiaba la faz del cine para siempre. Si tal como han dicho algunos investigadores, de entre los más inteligentes y preparados, ya no cabe nada que decir en cine después de The Godfather, Part II (1979), lo único que cabría decir es un apocalipsis, el interior de Coppola y toda su fuerza autodestructiva. Hablamos ya durante tres horas de esta cima del arte cinematográfico en nuestro programa de Viajeros de la noche, Este es el punto de partida de la reflexión de hoy.

En el relato de Coppola (basado en El corazón de las tinieblas de Conrad), un capitán psicológica y emocionalmente inestable llamado Willard, remonta el río Nung para encontrar a un coronel llamado Kurtz que aparentemente se ha vuelto loco y libra su propia guerra valiéndose de los indígenas del lugar. Ha de matarlo contra su voluntad, pero cuando se encuentra con él halla un hombre muy diferente a lo que esperaba. Kurtz es un ideólogo y un filósofo de la guerra:

«El horror tiene rostro, y debes hacerte amigo del horror. El horror y el terror moral son tus amigos. Y si no lo son, se convierten en enemigos que temer, los verdaderos enemigos.»

«Entrenamos a nuestros jóvenes para lanzar fuego sobre civiles, pero sus comandantes no les permiten escribir la palabra FUCK en sus aviones porque es obsceno…»

«Debemos matarles… debemos incinerarles… cerdo tras cerdo… vaca tras vaca… ejército tras ejército… »

Seis años después de aquello, un cuasi-desconocido novelista llamado Cormac McCarthy veía publicada su quinta novela, titulada Blood Meridian (or The Evening Redness in the West) , que cuenta las sanguinarias peripecias del infame grupo Glanton, una banda de mercenarios que realmente existió y que en 1849-1850 se dedicó a arrancar cabelleras de comanches y de mexicanos por igual. En ella, el punto de vista lo alberga un personaje sin nombre, al que durante gran parte de la novela el narrador se referirá como el chico, o el chaval (the kid), y al final de la novela, varios años después, simplemente como el hombre (the man). Con una prosa majestuosa, lírica y pasmosamente realista, McCarthy nos narra una pesadilla que no tiene fin, y en la que el grupo Glanton, liderado por Joel Glanton, tiene a otro hombre como verdadero ideólogo, el llamado Juez Holden, uno de los personajes más terroríficos de la historia de la Literatura. Holden es un ser alto, calvo, gordo, que recuerda poderosamente al Kurtz de Coppola/Brando, que se erige finalmente en el verdadero antagonista del chico. Un hombre que afirma que nunca morirá, que viola y mata niños, que lleva a cabo rituales para dotar a sus compañeros del don de matar…

…y que es así mismo un ideólogo de la guerra:

«El hombre que cree que los secretos del mundo están ocultos para siempre vive inmerso en el misterio y el miedo. La superstición acabará con él. La lluvia erosionará los actos de su vida. Pero el hombre que se impone la tarea de reconocer el hilo conductor del orden de entre el tapiz habrá asumido por esa sola decisión la responsabilidad del mundo y es solo mediante esa asunción que producirá el modo de dictar los términos de su propio destino.»

«Los hombres nacen para jugar. Para nada más. Cualquier niño sabe que el juego es más noble que el trabajo. Y sabe que el incentivo de un juego no es intrínseco al juego en sí sino que radica en el valor del envite. Los juegos de azar carecen de significado si no media una apuesta. Los deportes ponen en juego la destreza y la fortaleza de los adversarios y la humillación de la derrota y el orgullo de la victoria son en sí mismos apuesta suficiente porque son inherentes al mérito de los protagonistas y los determinan. Pero ya sea de azar o de excelencia, todo juego aspira a la categoría de guerra, pues en esta el envite lo devora todo, juego y jugadores.»

Dieciocho años después de aquella obra maestra, llegó una tercera: Deadwood, la serie de David Milch producida por HBO. En ella se nos cuentan otros hechos reales, los acaecidos en el enclave histórico que da nombre a la serie y que son tan cruentos como los descritos por McCarthy en su novela. Deadwood es el mismísimo infierno, un lugar en el que la vida no vale nada y en el que la civilización ha tomado la forma de un campamento maldito, casi condenado a un apocalipsis interior y exterior: la lucha consigo mismos y con los indígenas. Con toda probabilidad Milch conoce Blood Meridian, porque algunos momentos de su serie parecen extraídos de ella, y porque su monumental Al Swearengen (Ian McShane) es casi otro filósofo de la condición humana, capaz de los actos más generosos y también de los más atroces.

Swearengen es un genio táctico, filosófico y material. Sus diálogos, discursos y monólogos son la gloria final de una serie irrepetible:

«El mundo solamente se acaba cuando te mueres. Hasta entonces tiene más castigo reservado para ti. Aguántalo como un hombre y devuelve algunos golpes»

«Nunca confiaría en un hombre que no intentase robar algo para sí mismo»

«Sí, los degollados y los cerdos. Pero quién quiere toda esa sangre derramada, juez, ¿eh? ¿No hay una forma más sencilla de no cabrear a las grandes víboras?»

Deadwood podría ser el final del camino, y en cierto sentido lo es, pero McCarthy escribió otra pieza de singular influencia: The Road, en la que un padre y su hijo pequeño vagan en un paraje interminable de desolación post-apocalíptica. Significa una continuación del apocalipsis que ya fue Blood Meridian, sin perder parte de su esencia.

Un año antes de su publicación (que en el universo creativo es como decir que se hicieron al mismo tiempo…) Cuarón había presentado su obra maestra Children of Men (2005), sobre la novela homónima de Phillys Dorothy James, sobre un mundo post-apocalíptico demasiado parecido al nuestro en el que un hombre ya de vuelta de todo, Theo Faron (Clive Owen), había de acompañar en un peligroso viaje a una mujer embarazada, la única mujer embarazada de todo el planeta Tierra. En The Road era un padre acompañando a su hijo. En ambos casos, somos testigos de cómo este mundo, aparentemente civilizado, se ha convertido en otro, uno polvoriento, mugriento, ajado, que colapsó y que no volverá, que solamente trae ecos del pasado… un mundo de fantasmas cuyos actuales pobladores han de sobrevivir. Tal es una de las claves de la última obra maestra del lote:

Este relato alberga los viajes de The Road y de Children of Men a través de un mundo desolado, pero también los microcosmos (por lo menos una decena de ellos) en los que enclaves tipo Deadwood han de debatirse entre los pros y los contras de una civilización asentada y en las tácticas que se van desarrollando entre las diferentes facciones, y así mismo Negan, Alpha, el gobernador y otros, son hijos putativos de Al Swearengen y a su vez del juez Holden y del coronel Kurtz.

Esta ficción capital inspiró uno de los mejores juegos de los que hay noticia en el atribulado y resbaladizo mundo «gamer»:

En la que una vez más tenemos a un hombre adulto acompañando a una persona importante (su no hija, en realidad alguien que acabará siendo su hija verdadera), por su importancia táctica dentro de la historia, así como ocurre en The Road y en Children of Men, pero también con una construcción del mundo, en tipos y formas, muy parecida a la de The Walking Dead. De ella tendremos muy pronto una adaptación a serie, que por el momento cierra el círculo de este camino.

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No existe viaje comparable a The Walking Dead

Sigo pensando que dentro de cuarenta o cincuenta años se recordará esta época de eclosión de series, la de las primeras décadas del siglo XXI, como un momento de esplendor pero también de sombras. No creo que sea casual que este cambio de paradigma en el que muchos vuelven a ficciones seriadas como ocurría en el siglo XVIII y XIX haya tenido lugar precisamente con el desarrollo masivo de las redes sociales tipo Twitter o Facebook, pero sea como sea veo poco probable que tal eclosión se mantenga mucho tiempo más. Dudo que lleguemos a la década de los 30 con esta disparidad de títulos y esta ambición, y mucho menos a la de los 40. Pero nunca se sabe.

Y claro, la mayoría tiene sus favoritas y sus fobias incurables, como no puede ser de otro modo, y encuentro pocos análisis sosegados, pocos o ningún ensayo que trate el tema en profundidad (por eso me he puesto yo con ello, entre otras razones). La gente (incluso críticos o pseudo-criticos de los que tanto abundan) se enfrenta al fenómeno de las series de una forma por lo general equivocada, a mi parecer. Queriendo siempre engancharse, estar a la moda, que el título de turno le cambie la vida. Y aunque creo que todo esto de la narrativa es una droga, una de las más duras que existen, también creo, a pesar de que pueda quedar contradictorio, que experimentar las series como una adicción, y valorarlas por el grado de enganche que te produzcan, es un inmenso error que te impide llegar al fondo de las cosas. La mayoría de las grandes creaciones literarias, cinematográficas y musicales, por no decir todas, poseen una forma muy concreta, una estructura y unas reglas del juego que a menudo son difíciles de analizar y descifrar. Y lo mismo ocurre con las series.

¿Cuáles son las preferidas de todo el mundo? Pues las de siempre: Breaking Bad, Mad Men, The Sopranos, Juego de tronos, Aquí no hay quien viva –he leído a gente estos días que defiende tal cosa–, Lost… ¿Y cuáles son las series más atacadas, sistemáticamente despreciadas por una amplia mayoría?: Vikings, True Blood o The Walking Dead podrían ser tres de ellas. Sobre la magnífica True Blood ya hablé en una ocasión para tratar de defenderla como mejor pude. Hoy hablemos un poco más de The Walking Dead, que creo que no necesita ninguna defensa, por mucho que algunos se empeñen.

Una de las cosas buenas de una serie es que puede durar mucho tiempo, y que por tanto puede arrastrarte emocionalmente hacia lugares a los que quizá solamente las películas más densas e importantes pueden hacerlo, si se trata de una buena serie claro. No sé quién comparó las películas con novelas y las series con relatos, pero en muchos casos debería ser la comparación opuesta: una buena película podría ser un gran relato, por muy densa o larga que sea, y una gran serie podría ser una gran novela, en cuyo interior pueden coexistir varios relatos convergentes. Desde luego tal definición podría aplicarse al caso de The Sopranos y The Wire, dos creaciones que deberían estar entre las cinco o las tres más grandes de todos los tiempos. Y quizá menos a Breaking Bad o Mad Men, siendo ambas series excelentes pero quizá no tan superlativas como las nombradas. Y aunque es una serie que no goza de unanimidad, ni siquiera para machacarla, la que más se acerca a esta definición de todas es The Walking Dead, que muchos no dejan de sorprenderse de que algunos insistamos en que es quizá la serie de series, la más grande de todas con el permiso de The Sopranos y The Wire, o quizá compartiendo con ellas ese triunvirato insuperable a partir del cual el resto de series habrían de mirarse en el espejo.

En Breaking Bad tenemos la maravillosa creación de Bryan Cranston, un actorazo impresionante. En la infravalorada Vikings tenemos los relatos superpuestos de Ragnar, Lagertha y sus hijos. En las sublimes The Sopranos y The Wire obtenemos un viaje inolvidable a través de la mirada de Tony Soprano o de la de la miríada de personajes que bullen en ese babilónico Baltimore creado por David Simon. Pero en The Walking Dead obtenemos algo que va más allá. Porque TWD abarca todo lo que las más grandes han creado y propone una nueva Ilíada, una nueva Odisea. Y no creo exagerar ni un pelo en esto que estoy diciendo. La espeluznante travesía de Rick y de sus compañeros, a través de varios años en los que van perdiendo su humanidad en un mundo apocalíptico para nunca más recuperarla, su necesidad de encontrar un hogar en el que poder establecerse pero la imposibilidad sistemática de dejar las armas en el universo más hostil y sombrío que jamás se ha creado para una serie, es algo muy difícil de igualar. Los dioses no existen en TWD, o tan solo un dios indiferente (el episodio inicial de la segunda temporada es muy elocuente al respecto) que no va a mover un dedo por sus hijos. Rick, Daryl, Carol, Michonne y compañía no han de enfrentarse a los designios de Zeus y del resto de deidades celosas de su valentía, sino que están solos en esa pesadilla interminable, pero en esencia es la misma historia: vencer a la muerte, reencontrarse con su humanidad, buscar la esperanza allí donde no queda ni rastro de ella.

Quedan 8 episodios para que concluya la serie principal (si bien continúa Fear The Walking Dead y se están preparando varias miniseries que concluyan los hilos no cerrados de la principal), algo que tendrá lugar el 20 de noviembre de este año. Parece poco probable que en un futuro podamos vivir un fenómeno de esta envergadura, por mucho que tantos se empeñen en embarrarlo porque no saben muy bien qué hacer con él, porque esperaban, quizá, que TWD fuera una montaña rusa, un parque de atracciones del horror a lo Marvel. Pero no es nada de eso, sino la serie más filosófica y nihilista que se ha creado nunca. Y además no hay serie que pueda acercarse a su dominio del suspense, la acción y el terror. Es simplemente única, y aunque parece que la mayoría tardará décadas en percatarse de ello, algunos ya lo hemos hecho.

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La genialidad de cierto Cine Estadounidense

Esto no es una retractación del intenso artículo que publiqué ayer, más bien una disertación complementaria. Lo que dije ayer lo sigo manteniendo y posiblemente lo mantenga el resto de mi vida, nadie me ha amenazado en Twitter ni en comentarios anónimos, y no tengo dos personalidades que digan y piensen cosas opuestas. Por eso digo «cierto» Cine Estadounidense.

Porque a pesar de que EEUU es un chiste de país, a pesar de que sus élites muy probablemente acaben con la vida en el planeta tal y como lo conocemos por sus ansias de poder y por su espíritu belicista, Estados Unidos, como todo gran imperio, ha contado y sigue contando con verdaderos genios en las artes, especialmente en las narrativas (pues convendremos que en Música, Pintura y Escultura los pobres no tienen mucho que aportar…), y muy especialmente en Literatura y Cine. Y si en la primera han contado con gigantes de la talla de Walt Whitman, Herman Melvill, Edgar Allan Poe o William Faulkner, en la segunda ha habido algunos que han luchado contra el status quo, e incluso los hay que han triunfado sobre él… al menos durante un tiempo. Porque cuando quiere el Cine Estadounidense es muy crítico con la sociedad y las élites de su propio país. Quizá uno de los que más, y cuando sus creadores gozan de libertad, pueden hacer mucho daño y lograr levantar obras geniales.

En lo referente al Cine, el primero de todos fue Orson Welles, pero Welles nunca tuvo verdadero poder en Hollywood, sólo tuvo poder en lo que tuvo que ver con su primera película, Citizen Kane (1941), en la que tuvo algo que muchos no tuvieron en toda su carrera: el corte final. No les gustó el jovenzuelo bocazas y se lo cargaron antes de que pudiera dar mucho por saco. Su alumno más aventajado, Coppola, sí ostentó ese poder, y con ese poder consiguió el que en mi opinión es el Quijote del Cine, la trilogía El Padrino, y la que en mi opinión es la Divina Comedia del Cine, Apocalypse Now. Nadie, en toda la historia del CE ha sido más crítico, ni más sombrío, respecto a las instituciones, la política exterior, la corrupción endémica de esa sociedad como Coppola. Por eso aprovecharon el desatino de One from the Heart para cargárselo. Lo malo para ellos es que no se lo cargaron del todo, y aún ofreció la genialidad del cierre de su trilogía y alguna obra notable más. Coppola es el espejo en el que todos los cineastas combativos han de mirarse porque nadie ha conseguido un relato tan pesimista sobre el interior de los Estados Unidos…

Y nadie ha hablado con tanta ferocidad sobre la calamitosa política exterior y el belicismo de los Estados Unidos…

Y si la primera es El Quijote del Cine, y la segunda su Divina Comedia, tenemos que irnos con otros creadores (esta vez en peligrosa colectividad) y a otro medio para hablar de la que en mi opinión es La Odisea del Cine, aunque en formato televisivo, la magna The Walking Dead, que bajo mi punto de vista es, junto con las también geniales The Sopranos, The Wire, Deadwood y House, el relato más crítico con una sociedad desquiciada, suicida, que vive encarcelada en un entorno de western en el que ellos se sienten, patológicamente, más ellos mismos…

Y hay otros, como Terrence Malick, David Lynch, Martin Scorsese, el prometedor Sam Levinson… que cuando quieren y les dejan nos enseñan otro Estados Unidos, uno que no sale en ese Cine mentiroso y falaz que tantas patrañas nos ha dado y gracias al cual nos hemos tragado las mentiras más espantosas de la historia contemporánea.

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Canon de series: títulos de crédito

Todos sabemos de la importancia de la intro en una serie o en una película. Es literalmente la primera imagen que se le entrega al espectador/receptor, aunque sean unos créditos en blanco sobre una pantalla en negro, como ocurre en la mayoría de películas de Woody Allen. Tanto la música (o la falta de ella), como la tipografía de las letras, como la duración, el hecho de que entren a corte en oposición a las primeras imágenes en movimiento, o bien que estén quemados encima de las imágenes con actores… todo es importante para empezar a analizar la obra en cuestión. Y más aún en las series, pues en una película vemos los créditos una vez en cada visionado, pero en una serie los vemos por lo menos una decena de veces, de modo que han de ser parte consustancial de lo que estamos viendo y han de tener eso que suele llamar «pegada».

Escribiendo el Canon, del que ya me quedan afortunadamente no demasiadas semanas de trabajo, me he dado cuenta de que todos los títulos de crédito (o la ausencia de ellos, que también hay ejemplos) son parte de la estrategia narrativa de sus máximos responsables. No son simplemente títulos bonitos o espectaculares, no se trata de un mero reclamo comercial, sino de una parte fundamental de la serie, de cada capítulo, ya que en ellos muchas veces se cuenta una historia, y si la serie es larga y suceden en ella una serie de cambios argumentales y estilísticos, los títulos también cambian en aspectos conceptuales, como es necesario. O bien no cambian en absoluto, o de manera muy sutil, como es el caso de ‘Euphoria’, que simplemente consisten en el cartel con el nombre y un breve fragmento musical… que en los últimos episodios ya no se ve con el fondo en negro sino con un fondo en movimiento. Otro ejemplo sería el de ‘Breaking Bad’, que no cambia en toda la serie:

En ambos casos, el de ‘Euphoria’ y ‘Breaking Bad’, por lo secas y áridas que son en muchos aspectos, no tendría sentido otro tipo de créditos, aunque quizá ‘Breaking Bad’ podría haber hecho algo más conceptualmente. No es necesariamente malo. La de ‘The Sopranos’ tampoco cambia en seis temporadas:

La verdad es que superar esto es difícil. ¿Qué se podía añadir aquí conceptualmente? La idea esencial de estos créditos es sencilla y poderosa: Tony regresando a casa, observando todos sus «dominios», ascendiendo hasta su castillo, pero no con un gesto de satisfacción sino con uno de resignación, de cansancio. Imposible decir más con menos.

Sin embargo hay otras series que sí van cambiando sus títulos temporada a temporada. Uno de los casos más paradigmáticos es el de ‘The Wire’. Sus títulos de crédito van añadiendo imágenes de cada nueva temporada –al igual que en cada temporada que se van ampliando sus límites argumentales: de las barriadas al puerto, de ahí a la concejalía y los puestos de poder, al sistema educativo, a los medios de comunicación– con un nuevo montaje y una nueva versión del tema ‘Way Down in the Hole’, de Tom Waits:

Pero otras van incluyendo sucesivos cambios temporada a temporada, añadiendo nuevos aspectos, nuevas zonas de ese mundo que van expadiendo con cada tanda de episodios. Uno de los casos más nítidos en ese sentido es el de ‘Game of Thrones’, que además se permitía un cambio radical en su aspecto en su última temporada:

Esto también lo fue haciendo ‘Vikings’, que al tema de su primera temporada (el guerrero vikingo que cae al agua en plena batalla y al que acuden unas valkirias para acompañarlo al valhalla), fueron añadiendo aspectos más sutiles y aún más interesantes que los propuestos por la serie de HBO:

Sin embargo, ‘House M.D.’ fue simplificándose cada vez más, desde la magnífica entrada de la primera temporada a la simple, casi ascética de la última, en la que solamente aparecía el título en los últimos episodios (y pido perdón por no poder subirlo aquí, pero no está disponible):

Aunque supongo que los títulos de crédito que marcaron a toda una generación y que se recuerdan con especial admiración, a pesar de que tienen poco que ver con el tono de la serie en muchos momentos (ya que es una serie en cuyo interior laten varias series) son los de ‘Twin Peaks’, que afortunadamente contaron con una nueva intro para la temporada de 2017:

Y para finalizar hay que hacerlo con la serie que posee una intro más poderosa, que no solamente ha ido cambiando conceptualmente con el paso de los años, sino que desde el hiato de la temporada 9 ha cambiado por completo, sin dejar de ser ella misma. Me refiero por supuesto a las intros de ‘The Walking Dead’, que son una obra de arte en sí mismos:

Cada una de estas piezas incide de manera muy importante en los caracteres más importantes de la serie, en su viaje particular y global, además de abordar un aspecto estético fundamental, que da una idea muy definida de lo que se quiere conseguir en cada una de las tempordas.

No se puede dejar nada al azar, sobre todo en estos títulos en los que se pretende (y se consigue, precisamente por eso) pasar a la historia. Unos títulos apropiados no solamente nos preparan en lo anímico y lo psicológico para lo que estamos a punto de ver, nos sirven de introducción para ser unos espectadores más sofisticados respecto a lo que se nos muestra, sino que también son una parte esencial, crucial, de la obra de arte que se supone se va a desplegar ante nuestros ojos. No son la carátula colorida y brillante de un simple best-seller de moda, son la primera línea de batalla para la agónica lucha contra el paso del tiempo.

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Apocalipsis ahora

En uno de los recientes programas de ‘Viajeros de la noche’, no recuerdo ahora mismo cuál (incluso puede que fuera de micro), me comentaban mis compañeros que a mí me va mucho lo apocalíptico, y que un día deberíamos hacer un programa relacionado con eso. No les falta razón, y me ha hecho pensar en todo aquello que me ha inspirado, porque casi todo lo que escribo es apocalíptico o de supervivencia, y estas ficciones me han obsesionado y fascinado desde muy pequeño. Uno no elige lo que le atrapa, sino más bien al revés.

Y ahora que estamos a las puertas de una probable III Guerra Mundial –aunque yo creo, no se lo digáis a nadie, que llevamos décadas en esa guerra, lo que pasa es que es una guerra muy distinta a las demás…hasta que deje de ser tan distinta…– me es imposible dejar de escribir sobre el tema. La novela que escribí el año pasado está enmarcada en una II Guerra Civil española, y la que espero escribir en la segunda mitad de este año, en cuanto termine de escribir el dichoso libro sobre las series, y si todavía hay salud y no nos han lanzado cuatro o cinco cabezas nucleares sobre nuestras cabezas, será el proyecto más grande que hasta ahora haya acometido sobre un apocalipsis nada improbable. ¿Pero en qué se quedó atrapada mi imaginación desde que tuve uso de razón? En los westerns, claro, y en las películas de aventuras. Pero no en cualquiera, y cada vez menos.

Una de las primeras cosas que me dejó anonadado, y aterrorizado, fue la saga ‘Mad Max’…

La segunda fue realmente formidable, y las otras dos, la primera y la tercera, realmente terroríficas en algunos momentos. Podía sentir yo el abismo de mirar hacia una extinción masiva de la humanidad. Y en 2015 llegaba la portentosa cuarta parte, la mejor de todas sin ningún género de dudas. Muchos de los caracteres más sórdidos de estas películas intento remedarlos o que me sirvan de prototipo para los más violentos y terribles de mis ficciones.

Pero para extinción masiva la de ‘The Terminator’ (1984), que vi poco después:

Recuerdo ver esto, con menos de diez años, una y otra vez, aunque su visionado me resultaba demasiado intenso, demasiado desolador. Era un acto masoquista que ahora, con la guerra de Ucrania y de otras partes del mundo amenazando con tragarse al planeta entero, casi me ha hecho a la idea, me ha preparado de alguna forma, para lo que se puede avecinar.

Otras películas de ahora, tan magistrales como ‘Children of Men’ (2005)…

O ’12 Monkeys’ (1995)…

Me hacen sentirme ya como en casa… Pero no solamente de películas «vivo» yo, también de otras cosas, como por ejemplo videojuegos… y el videojuego survival por excelencia, el más impresionante, inolvidable y memorable, es por supuesto, ‘The Last of Us’…

Y ‘The Last of Us, Part II’…

Aunque la ficción insuperable, la más influyente y excelsa, de supervivencia y apocalipsis, es por supuesto, ‘The Walking Dead’…

Y si para terminar vamos al cómic, tendría que nombrar uno que no le gusta a mucha gente, pero que a mí me vuelve loco, con cuya portada voy a cerrar este artículo. Este tipo de ficciones han dado mucha morralla, pero también han dado obras maestras como la aquí expuestas, que literalmente me obsesionan. Vivo por cosas como estas, por muy terribles y desesperanzadas que sean. Sólo así quizá miro al mundo y me siento con un poco más de esperanza… porque todavía no se han dado estos horrores, y quizá haya alguna probabilidad de que no se den.

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El complejísimo canon de las series

Seamos francos: gran parte de la gente que ve series, más que valorarlas de manera reposada, sobre todo aprecia que sean series que les enganchen. Es un asunto retorcido que también comparten las novelas. De hecho, en el marketing de unas y de otras, se emplea cada vez más el término «adictiva», como si eso fuera sinónimo de interés narrativo. Lo que parece que el espectador medio más aprecia es que la serie en cuestión, sea la que sea, le tenga enganchado, que no pueda dejar de verla, aunque sus valores narrativos, sus componentes temáticos y técnicos, estén absolutamente manidos, o aunque en el fondo sepa que lo que está viendo no es nada del otro mundo. Sería interesante averiguar por qué sucede esto, pero no estamos para experimentos sociológicos.

En el largo ensayo que me propongo escribir y en el que voy sobre todo a centrarme en los treinta y pico años de esplendor del formato narrativo de serie televisiva que han tenido lugar desde la aparición de ‘Twin Peaks’. Quizá deba tacharse este compendio inicial de excesivamente anglosajón, pero sobre todo es occidental. No voy a incluir, lógicamente, series del mundo oriental (China, Japón, Corea, Tailandia…) en primer lugar porque llegan muy pocas aquí, y en segundo lugar porque habría que conocer todas las importantes para hacerse una idea general, y eso es complicado. Además, incluir series asiáticas desvirtuaría el tono general de esta lista. Podría considerarse, por tanto, que es un canon occidental de series. Y en efecto la preponderancia de las series anglosajonas es abrumadora. Pero es que no existen prácticamente series españolas, francesas o italianas que merezcan ser tenidas en cuenta, tanto por razones narrativas como meramente temáticas. Al menos se pueden incluir las series de gigantes como Krzysztof Kieslowski, Rainer Werner Fassbinder y Lars Von Trier, que deberían ir en lugares principales.

Las que con toda probabilidad deberían ir en el canon principal serían estas:

TWIN PEAKS

ABC
1990-1991/2017
CREADA POR DAVID LYNCH Y MARK FROST

Con esta empezó todo. Es obligado nombrar algunas series anteriores, pero la precursora de esta época extraordinaria que vivimos es la serie de Lynch y Frost, cuya influencia es enorme y cuyo alcance poético y narrativo todavía está por descubrir en su totalidad.

THE SOPRANOS

HBO
1999-2006
CREADA POR DAVID CHASE

Esta también es obligada, y no ya entre las veinte primeras, sino entre las cinco primeras. La ficción de David Chase es mucho más que la representación cotidiana de una familia cuyo padre es un importante capo mafioso: es la radiografía más despiadada de un Estados Unidos en descomposición.

THE WIRE

HBO
2002-2008
CREADA POR DAVID SIMON

Y esta es la que quizá pugna con más fuerza con ‘The Sopranos’ en convertirse en la crónica contemporánea más certera y descarnada imaginable: un mosaico de cientos de rostros, habitantes de una ciudad, Baltimore, que es la verdadera protagonista. Un relato de fuertes connotaciones literarias, de un realismo apabullante.

THE WALKING DEAD

AMC
2010-2022
DESARROLLADA POR FRANK DARABONT

Esta es la visión más oscura, y más devastadora, de las ficciones occidentales en televisión. Concluirá su emisión en este año que acaba de empezar y no es precisamente una serie que goce de unanimidad. Tanto mejor, así estaremos algunos más seguros de su inefable grandeza y de que está, sin ninguna duda, entre las más grandes de todos los tiempos.

TRUE DETECTIVE I

HBO
2014
CREADA POR NIC PIZZOLATTO

Esta miniserie, en la que cada año cuenta una historia diferente con actores diferentes, es sencillamente magistral en su primera parte (no así en las dos posteriores): un hipnótico y fascinante viaje a las tinieblas, responsabilidad tanto de Pizzolatto como de Fukunaga y Matthew McConaughey.

FUTURAMA

FOX-COMEDY CENTRAL
1999-2003/2008-2013
CREADA POR MATT GROENING Y DAVID X. COHEN

Habrá que incluir otras series de animación, pero esta es la mejor serie de Groening y una de las creaciones cómicas y de sci-fi más notables que se recuerdan.

DEADWOOD

HBO
2004-2006
CREADA POR DAVID MILCH

Inconclusa, por presiones de producción, finalizada con un filme solvente aunque en ningún modo grande, ‘Deadwood’ es la obra de arte de HBO.

HOUSE M. D.

FOX
2004-2012
CREADA POR DAVID SHORE

No solamente por el personaje central (aunque sin duda es una baza importantísima), la ficcion de David Shore ha de estar entre las veinte canónicas y merece un estudio en profundidad que está tardando en llegar.

VIKINGS

HISTORY CHANNEL
2013-2019
CREADA POR MICHAEL HIRST

Casi con toda probabilidad, la mejor ficción histórica jamás realizada en términos de personajes, de estructura y de ambición temática y técnica. No cabe más épica en una pantalla, y tampoco caben más personajes memorables.

GAME OF THRONES

HBO
2011-2019
CREADA POR DAVID BENIOFF, D.B. WEISS

Es muy posible que daba ser incluida en las veinte canónicas, aunque no lo tengo del todo seguro, porque es una serie que en su recta final flaquea un poco (sin llegar a las cotas de desastre que tanto fan proclamó a los cuatro vientos). En cierto sentido es una serie inevitable.

BAND OF BROTHERS

HBO
2001
CREADA POR TOM HANKS, STEVEN SPIELBERG

La miniserie por antonomasia, aunque no la única, pero si una tiene que estar entre las más grandes posiblemente sea este relato bélico a medio camino con el reportaje documental.

DEKALOG

SFB/TVP
1989
CREADA POR KRZYSZTOF KIESLOWSKI

Extraordinaria creación de Kieslowski, que en lugar de envejecer se vuelve más vigente y punzante con el paso de los años, y que ha de estar en este listado exclusivo.

THE BIG BANG THEORY

CBS
2007-2019
CREADA POR CHUCK LORRE, BILL PRADY

Si hay una comedia que deba estar aquí, es esta. El resto me parecen muy inferiores en casi todo: en diálogos, en creación de personajes, en situaciones, en ingenio… y esto a pesar del evidente bajón de sus últimas temporadas.

Pero no pueden ser las únicas. Un canon puede formarse con veinte títulos principales, no con diez, ni con cien. A partir de esos veinte principales puede hacerse un compendio de ochenta o cien obras secundarias, que deriven de esas y expliquen mejor por qué las otras veinte han sido elegidas. Y ahí comienza la verdadera complejidad de escribir un ensayo de estas características, porque además deberían incluirse algunas series de animación como:

SAMURAI JACK

RICK & MORTY

PRIMAL

SOUTH PARK

y otras… Pero también habría que incluir algunas miniseries imprescindibles como:

BERLIN ALEXANDERPLATZ

OLIVE KITTERIDGE

I, CLADIUS

CHERNOBYL

CREMATORIO

Además de otras como series documentales, series de comedia pura… Y por supuesto en esas veinte hasta el final no voy a saber cuáles de todas estas deben estar incluidas:

SIX FEET UNDER

BREAKING BAD

PEAKY BLINDERS

TELL ME YOU LOVE ME

TREME

FARGO

ROME

SONS OF ANARCHY

MAD MEN

ER

EUPHORIA

RIGET

Vamos, que queda mucho trabajo por hacer, pero va a ser apasionante, y seguramente voy a aprender mucho más (me pasa siempre) que aquello que yo pueda enseñar al que me lea. Lo iremos viendo en sucesivos meses, porque esto no ha hecho más que empezar.

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ARTÍCULOS, CINE, TELEVISIÓN

En el estreno de la última temporada de ‘The Walking Dead’

Estoy convencido de que la gran mayoría de la gente ve series (como ve películas o lee libros) con la extravagante idea de que eso que están «consumiendo» debe ser lo más parecido a una montaña rusa de emociones, un torbellino que les deje extasiados, en el que no deban pensar demasiado, se les de todo hecho y terminen ahítos. También estoy convencido de que los espectadores, en general, no quieren que una serie (o una película o una novela) les impacte de modo anímico y psicológico, sino que lo que quieren es volverse adictos a esa visión o a esa lectura, y como cualquier adicto simplemente seguir consumiendo sin el menor espíritu crítico. Por último estoy convencido de que a la gente le gustan cosas estrafalarias como salir por la tele haciendo el bobo, pero lo que más le gusta a la gente es opinar. De cualquier cosa, repitiendo lo mismo que dicen los demás, con el estilo y las ideas más chabacanas posibles, como para reafirmarse. En el estreno de la última temporada de ‘The Walking Dead’, muchas de esas voces volverán a querer hacerse oír y volverán a decir las mismas cosas de siempre con los argumentos peregrinos y ese estilo tan refinado a los que nos tienen acostumbrados.

Echemos un vistazo a esa página llamada Filmaffinity (en la que por cierto mi querido Bracero igual le pone un 10 a casi cualquier película de Hitchcock que se lo pone a ‘Blade Runner’) que básicamente es el foro donde todos los espectadores del mundo que desean dar su opinión pueden hacerlo, y donde se pueden dejar críticas (siempre no profesionales, es decir comentarios de barra de bar) de cualquier título. Si vamos a ‘The Walking Dead’ encontramos lo siguiente, de un tal YonkiKong: «El problema empieza cuando tenemos que tirar del guión, diálogos, desarrollo de los personajes… un niño de nueve años… espera, ¿que no lo hizo un niño de nueve años?», esto, de un tal Herr Jasper «demasiado relleno para tan poco zombi…», esto otro, de un tal random_play: «en la segunda temporada hablamos. Hablamos mucho. Hablamos un montón. Hablamos de lo mal que está la cosa, de lo chungo que está el futuro, de lo mal que lo estamos pasando, de embarazos, de muerte, de destrucción…». La cosa empieza a ponerse seria con gente como thefrang que escribe: «La historia se centra demasiado en las historias personales, por momentos parece una telenovela venezolana, siendo la única diferencia que mientras en las primeras tenemos despampanantes latinas de pechos grandes, aquí tenemos una vieja marimacho maltratada por su marido», o con otros como paupaipai que sentencia: «definiré bodrío infumable: cuando se dedican a rellenar minutos de serie apelando a los sentimientos, crisis absurdas y flaixbacks (???) vacíos. Cuando estancan a los personajes en un mismo escenario durante temporadas enteras para recortar gastos…» En general lo que veo son dos cosas: que muchos espectadores tenían muy claro lo que esperaban de una serie de zombis, y que no han visto la misma serie que otros como yo.

Luego se supone que la narrativa está hecha por y para la gente… Pero cuando nos adentramos en páginas dedicadas a desgranar películas y series de televisión, la cosa cambia: en lugar de apreciar la obra en su conjunto, y de conectar los detalles entre sí, el escritor de turno se dedica a comentar sus gustos personales y en el caso de TWD a comparar cada nuevo episodio, recién visto, con todo lo anterior o con lo que él esperaría que fuera la serie (es decir, casi lo mismo que los comentaristas de barra de bar de Filmaffinity, pero sin su estilo barriobajero). Unos y otros, cada vez que les leo, me convencen finalmente de una cosa: que casi nadie sabe muy bien qué hacer con esta serie. Los que han leído el cómic la comparan con el cómic, los que se han visto tres o cuatro temporadas la abandonan porque no es lo que esperaban, los que quieren un «apocalipsis zombi» la critican porque tiene poco zombi (y lo dicen en serio…), los que quieren un drama con más enjundia la critican porque tiene mucho zombi, y los que son adictos de otras series la ponen en un ránking muy bajo porque a fin de cuentas cómo de importante puede ser una serie sobre un «apocalipsis zombi».

Sería de agradecer que la gente comentara las obras que ha visto, y no las que no ha visto en su totalidad. En este punto lamento decir que si quieres opinar sobre TWD, en el supuesto caso en que tu opinión le importe a alguien, deberías haber visto las diez temporadas que hasta ahora se han emitido, y estar esperando a ver la última para tener una visión global. De lo contrario no tienes autoridad para comentarla, como no tienen autoridad los que hablan mal de ‘Juego de tronos’ sin haber visto ni un solo episodio (doy fe de que los hay). Aún así puedo entender que personas que se hayan visto las tres primeras temporadas, por ejemplo, puedan decir lo que ha sido para ellas ese visionado, pero no es posible, sencillamente, que hayan visto otra serie distinta a la que le están ofreciendo en la pantalla. Porque lo que están comentando estas personas es, sencillamente, otra serie. El gran problema de TWD es que todo el mundo, desde el que se ha leído los cómics hasta el que tiene debilidad por los «apocalipsis zombis», tiene muy claro lo que quiere y espera ver en la serie, y cuando la serie le ofrece otra cosa ni siquiera se toma la molestia de averiguar qué es esa otra cosa.

Supongo que ya habrá más intérpretes, críticos e investigadores de cine y del audiovisual que lo hayan dicho, pero ‘The Walking Dead’ es una de las series más importantes de la historia de la televisión, y como creación cinematográfica es una de las más excelsas. Es, le pese a quien le pese, historia de la televisión con mayúsculas, pero además, a falta de esta última temporada que va a constar de veinticuatro episodios que concluirán esta larga historia, es una obra extraordinaria a la que si uno accede sin los prejuicios de rigor, es muy complicado sacarle defectos. Ni siquiera el sobado argumento de que han estirado el chicle durante demasiadas temporadas es aquí válido, porque TWD es una gran saga cuya verdadera naturaleza es, precisamente, su carácter de saga, el concepto del paso del tiempo. Y pocas series, por no decir ninguna, ha llegado a la temporada 10 (sin duda una de las mejores) en tan buen estado de forma. La impresión inequívoca que se tiene viendo esta serie con los ojos bien abiertos, es que toda ella está concebida desde un principio como una estructura cerrada, sin improvisaciones (mientras que otras series de cuatro o cinco temporadas dan la impresión de todo lo contrario), que es un mundo, casi un universo, autosuficiente y cerrado en sí mismo, y que sus once temporadas han sido necesarias para contar la historia debidamente. Tanto es así que mucho tienen que haberse equivocado en esta temporada 11 para que finalmente esta obra monumental no sea en su globalidad el hito que ya se advierte que es.

Por suerte para la fantasía y el terror, ‘The Walking Dead’ va a situarse, si la temporada 11 no es un fracaso absoluto (y yo creo que aunque lo fuera), al lado de ‘The Sopranos’, ‘The Wire’ y muy pocas más como lo más memorable y perfecto que se ha hecho en televisión. No puede ser de otra manera cuando temporada extraordinaria tras temporada extraordinaria (con mención especial para la 2, la 5 y la 10, que alcanzan cotas de narrativa y de poética muy difíciles de igualar), su formidable equipo de guionistas son capaces de llevar la experiencia apocalíptica hacia extremos nunca trillados y siempre creativos y sorprendentes, su equipo de directores (con Greg Nicotero a la cabeza) nunca se entrega a un divismo ni a una grandilocuencia vacua, sino que cuenta la historia del modo más austero y doloroso posible, y su enorme equipo de actores es un reparto sin la menor fisura en el que todos y cada uno de ellos jamás interpreta teatralmente sino que viven la secuencia con enorme intensidad y sobre todo verdad… eso sin mencionar el superlativo trabajo de escenografía y la soberbia fotografía (un aspecto casi nunca comentado) que nos dan secuencias de una belleza y de una precisión técnica apabullantes. ¿Se puede pedir más?

Han sido hasta ahora doce años de pérdidas (el verdadero tema de la serie) y de episodios memorables (de los que es inexplicable que la gente pueda decir que es aburrido, o que no sucede nada, cuando no dejan de suceder cosas en cada secuencia), y ahora queda el último año y medio para despedirla y empezar a valorarla en su justa medida… si es que los espectadores más recalcitrantes son capaces de quitarse la venda de los ojos, y los intérpretes más superficiales son capaces de estar a la altura de las circunstancias.

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