CINE, ENSAYO, LITERATURA, TELEVISIÓN

Lo que hace grande a un personaje

A menudo hablo aquí de personajes, de lo importantes que son, cuando otros que no hacen otra cosa todo el día que hablar de cine y de series a lo mejor se fijan más en la trama, o en la semántica, o lo interpretan todo desde un punto de vista excesivamente estructuralista. Hablo de los grandes personajes y de lo difícil que es crear uno, y de que son uno de los grandes valores tanto en Literatura como en Cine. Está el narrador, está el estilo, y está la creación de personajes, tres elementos muy diferentes (aunque comparten aspectos de creación) en las imágenes de una película respecto a las páginas de un libro, pero que definen, bajo mi punto de vista, lo que es una buena película o un buen libro.

Pero, claro: ¿cómo definir a un buen o incluso a un gran personaje? ¿Qué lo hace grande o frágil? ¿Cómo transmitir al lector las cualidades inherentes, las formas con las que un novelista o un cineasta crea algo importante o bien hace que el suelo se tambalee bajo los pies de esa criatura de ficción? Pues no es fácil, pero vamos a intentarlo.

Entre las muchas teorías sobre el arte en general, y el arte narrativo en particular, que pueden encontrarse a poco que uno se ponga a buscar y a leer, al final te acabas construyendo la tuya propia, si es que eres capaz y le echas un poco de coraje, cogiendo un poco de allí y otro poco de allá, uniendo los retazos y remendando las lagunas. Las bellas artes en efecto poseen el don de comunicar una cualidad trascendental de la emoción, una sublimidad que parece proscrita en el mundo posmoderno actual para casi cualquier espectador/receptor. Pero las artes narrativas como el Cine o la Literatura son filosofía pura, que han de comunicar una cualidad no trascendental, sino humana. A partir de la ficción crean un modelo, un espejo a partir del cual servirnos de catarsis interior y/o de purificación emocional, tal como decían los griegos que hacía el teatro. Esa purificación no tiene nada de bonito o elevado, creo yo, sino de confrontarnos con nuestras propias miserias con el objetivo de inducirnos en un estado anímico muy concreto.

Y si el arte narrativo ha de comunicar algo humano, no lo va a comunicar, creo yo, con una semántica primorosamente bordada en la que las criaturas estén al servicio de una idea que necesita ponerse en un altar, sino más bien al revés: la construcción y la estrategia narrativa, literaria o cinematográfica, ha de estar al servicio de los personajes. Y muy pocos directores o novelistas son capaces de crear verdaderos personajes, verdaderas criaturas. El arte narrativo se diferencia de la artesanía de un videoclip porque en el pacto ficcional los personajes y sus mundos y sus vidas te parecen absolutamente reales, más aún que la vida real. Esa proclama de que el arte «no sirve absolutamente para nada» no es cierta. Si no sirviera no estaríamos enganchados a ello. Claro que sirve: lo necesitamos para comprendernos mejor a nosotros mismos, y para algo más: para vivir una vida que sabemos que existe pero a la que no podríamos acceder de otra manera.

Pensemos por ejemplo en Jubei, el personaje protagonista de la película de animación Ninja Scroll (Yoshiaki Kawajiri, 1993). En este caso no hay un actor detrás (salvo en la voz), pero es un buen ejemplo. Nada más empezar el filme ya se nota que es un personaje bien construido, y empezamos a perfilar algunos aspectos de su personalidad, pero no todos. Ambas cosas valen tanto para literatura como para cine o series. Un gran personaje, casi siempre, se perfilará en su primera secuencia o en su primera aparición, seguramente porque el creador/es ya tiene/n claro quién es, ya sabe a dónde quiere llegar con él y qué representa. En estes caso, Jubei camina por un sendero solitario y se ve asaltado por varios ninjas que le reprochan haberse vendido por tan poco dinero a un clan local y de paso haberles quitado el trabajo a ellos. La respuesta de Jubei es clara y rotunda: no se le puede exigir más dinero a un clan tan pobre, y pueden no volver con las manos vacías, les ofrece con ironía un poco de su arroz. Se revuelven contra él e intentan matarle. Les vence con bastante facilidad pero no les mata. Finalmente comienza a llover y corre a refugiarse.

Con unos pocos trazos dignos de un miniaturista en un pequeño bastidor (algo consustancial a todos los grandes creadores de personajes), el escritor/creador ya ha perfilado a Jubei: es lo bastante práctico como para no pedir grandes riquezas a quien no las tiene, es muy buen espadachín, es irónico y es noble porque no necesita matar a esos pobres diablos. Pero sobre todo es humano, porque comienza a llover y por muy fuerte y valiente que sea sale corriendo. Es sólo el comienzo, y el desarrollo de la historia irá parejo con el desvelamiento del interior de este caracter y de su manera de actuar. ¿Por qué Jubei es un buen personaje? Porque sus características «especiales» (su fuerza, su capacidad con la espada), se disuelven en sus características humanas. Y aún más importante: tal como nos lo presenta el narrador parece un tipo interesante, alguien a quien merece la pena seguir, pese a sus defectos y sus zonas grises, su violencia y su soledad. Y claro que su posterior relación con Kagero es fundamental para conocerle mejor y ver de lo que es capaz. A fin de cuentas eso es una ficción: un estudio casi entomológico de cómo somos los seres humanos. Pero de solitarios está plagada la literatura y el cine.

En cine el director ha de incorporar los rasgos del intérprete, convenientemente elegido (ha de encontrar en qué se parece el personaje a él/ella), y en literatura el escritor ha de desdoblarse en el mismo personaje, darle atribuciones dramáticas y psicológicas. Pensemos en Lagertha, interpretada magistralmente por Katheryn Winnick en Vikingos, o en el juez Holden, al que da vida de forma sublime el novelista Cormac McCarthy en la excelsa Meridiano de sangre. Ambos personajes son aparentemente muy distintos, pero en el fondo el aliento que los crea es muy parecido. En el caso de la primera, Winnick y Hirst, crean un personaje «hacia dentro», y en el caso del segundo, es «hacia afuera». Me explico: las características de Lagertha, como las de Jubei, son evidentes a simple vista a medida que avanza el relato, pero la vamos conociendo más por dentro a medida que la serie concluye. Es decir, vamos hacia el interior del personaje, gracias a que ella está fabulosa y a que Hirst la comprende a la perfección, su medida trágica es cristalina para el espectador. Puedes presentar muy bien a un personaje, pero luego tiene que aguantar igual de bien el paso de las secuencias, los capítulos, los años. Hay que tener las cosas muy claras. La belleza de Lagertha consiste en un perfecto equilibrio entre lo que vemos y en lo que nos sugiere interiormente el personaje, entre sus decisiones y la forma en que interactúa con el resto de caracteres. Está tan viva, es tan real, que no percibimos una puesta en escena, ni una técnica de dirección de actores. Quizá algo al principio pero no desde luego a partir de la segunda o tercera temporada. Es un personaje tan verdadero, o más, que uno real.

McCarthy, por su parte, juega al tremendismo con el juez Holden. No es un ser humano, es una especie de demonio, un ser que proclama su propia inmortalidad, que viola y mata niños, que lleva a cabo conjuros para asegurarle a sus compañeros la victoria en el combate, que a la postre se erige en el filósofo, el ideólogo del grupo Glanton. Es un místico y es una bestia sanguinaria. En su caso no puede haber un viaje hacia adentro, sino hacia afuera. ¿De qué es capaz este hombre? ¿Cuál es el alcance de sus palabras, de sus acciones? ¿Puede McCarthy sostener su propio órdago y convertirlo en un personaje más grande que la vida. Al igual que Lagertha, el juez Holden, por muy monstruoso que sea, se nos antoja un personaje real, no una ficción irreal. Su presencia, sus palabras, sus acciones, son tan imponentes, tiñen de rojo y de apocalíptico la novela con tanta fuerza, con tanta persuasión, que te lo crees a tu pesar. Ahí está lo terrorífico. En su condición de novelista, McCarthy se desdobla en él, en sus discursos, con un arte novelístico insuperable. El juez Holden es un ser de carne y hueso impreso en las letras de una página.

Una y otra vez me encuentro con críticas o comentarios de películas y de novelas sobre creaciones cuyos personajes son zafios, romos y poco imaginativos. No tiene sentido, pero así es. Si estuviéramos hablando de escultura, sería lo mismo que valorar a escultores que no son capaces de dotar de personalidad, vida y fuerza a sus figuras. Está claro que para crear un personaje hace falta un verdadero novelista, un verdadero cineasta. Incluso en películas o novelas más o menos solventes, los creadores han parido caracteres que son sombras, figuras de videojuegos y poco más. Qué diferencia con alguien capaz de crear una Regenta, o un Jax Teller, que es capaz de mirar de tú a tú a esa bárbara creación de Gandolfini y Chase para The Sopranos. Hunnam y Sutter consiguen dar vida a una figura trágica que recuerda a Michael Corleone y que se codea con Lagertha, Ragnar o Walter White. Pero además, Hunnam es capaz de componer un ser vivo tan real que sientes una extraña conexión con él: le compadeces y le temes al mismo tiempo. Jax es inalcanzable y su halo mítico es superior al de Cranston/White, porque en su caso no lo ves venir, porque es mucho más realista, mucho más racional e inteligente que él. Y aún más: Teller es un buen hombre, un hombre compasivo, empujado por un destino violento a los actos más atroces. Con él sentimos una tensión psíquica difícil de describir.

Pero incluso Jax tiene un hermano, todos tienen un hermano mayor: Tony Soprano. Y Scorsese tiene un problema. Porque por mucho que yo ame el cine de Scorsese, el italoamericano genial nunca ha creaado algo de la estatura dramática, conceptual y narrativa del protagonista de la serie de David Chase. Tony Soprano puede con todos, y solamente el Hugh Laurie de House y el Al Swearengen de Deadwood se le acercan. Tony es como un agujero negro que todo lo traga: Travis Bickle, Jake LaMotta, Henry Hill o incluso Bill The Butcher no tienen nada que hacer contra él, porque sobre Tony pivota durante seis temporadas inabarcables, Tony se convierte en la figura más importante de este tiempo. Es como Raskolnikov o El Quijote, es inevitable. Nadie ha logrado crear algo tan universal y tan humano en las últimas décadas, con la sola excepción de ese personaje al que él tanto le gustaría parecerse (y que es tan diferente en todo): Michael Corleone.

Tony es violento, mujeriego, mentiroso, avaro, falso, soez, tiránico, machista, bebedor, tragón, envidioso, impulsivo, iracundo… apenas posee virtudes objetivas. Sin embargo hay algo en él hermoso: no su búsqueda de ser mejor persona, sino su necesidad de ser él mismo, de comprenderse a sí mismo y la razón de su sufrimiento, de su vacío existencial. Eso solo puede hacerlo el arte, concretamente el arte narrativo. Es más: es su razón de ser. Porque narra, utilizando el tiempo como herramienta clave, empleando el narrador y los personajes, para convertirse en algo más grande que la vida, y que precisamente por eso puede aspirar a explicarla.

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TELEVISIÓN

Los más grandes personajes (masculinos y femeninos) de la ficción televisiva

En efecto, lo vamos a decir una vez más: llevamos unos cuantos años con la suerte de que nos han brindado, especialmente desde la Arcadia de Estados Unidos en lo que a ficciones se refiere, algunas de las mejores series de todos los tiempos. No estoy muy de acuerdo, y creo que mucha gente lo suscribirá, con esa peregrina idea de que el talento del cine norteamericano se ha fugado a las series, pero hay que reconocer que están haciendo historia, y que dentro de cincuenta o sesenta años, puede que antes, se hable de esta época como una etapa gloriosa de las ficciones televisivas, en la que un buen puñado de genios (tanto directores, como guionistas, creadores y actores de muy diverso pelo) se unieron para crear verdaderas joyas imperecederas. Lo que están haciendo varias cadenas/productoras, especialmente la HBO, es digno de toda la literatura que se está vertiendo sobre ellas, y la que se va a vertir, si bien por mi parte echo de menos un tratamiento más profundo y sagaz de los grandes personajes de esas ficciones, que son una de las piezas clave que han contribuido a su grandeza, y me propongo, con este artículo, enmendar tal cosa.

En realidad lo que me gustaría, si soy capaz de desentrañar mis propias ideas, es decidir cuáles son los más grandes personajes, los más complejos, los más extraordinarios, que ha dado la televisión, tanto masculinos como femeninos, así que supongo que las siguientes líneas van a ser algo así como un campo de batalla en el que estos caracteres inolvidables se enfrentarán unos a otros por tal primacía, en un apasionado agón con el que me propongo, de paso, averiguar, explicarme, por qué estos personajes me parece que están más vivos, tienen más encarnadura, que mucha gente que conozco.

Ellas

Empecemos por los femeninos. Lo cierto es que la preponderancia, la copiosidad y exuberancia de personajes masculinos de los últimos veinte años es notable, y deja a los personajes femeninos bastante en minoría. Pero los hay, tan formidables como los masculinos. Ya he hablado de Rue en estas páginas, la inolvidable protagonista de esa genialidad que fue la primera temporada de ‘Euphoria’, de modo que voy a hablar de otras que le van parejas. Si nos vamos a la gran serie, la más famosa y arrolladora de los últimos diez años, que por supuesto es ‘Juego de tronos’ (‘Game of Thrones’, 2011-2019), convendrá conmigo el lector (o quizá no, nunca se sabe…) en que la autoridad de Cersei Lannister/Lena Headey es incuestionable. La Daenerys Targaryen de Emilia Clarke tiene muchos más minutos en pantalla, posee un segmento narrativo para ella sola, y no tiene nada que hacer a su lado, entre otras cosas porque Headey es una actriz muy superior a Clarke. Cersei Lannister es, junto a Tyrion Lannister, su hermano en la ficción, el gran personaje de la serie, no tanto en importancia dramática como en magnificencia creativa. Pocos personajes femeninos pueden lidiar con ella, y no me imagino a ninguna actriz de los años cuarenta o cincuenta alcanzando esta perfección. Cersei no solamente es despiadada, insidiosa y vengativa, también es por momentos atormentada, narcisista y contradictoria. El trabajo de Heady es digno de admiración, pero también el de los guionisas, que han creado a un personaje legendario.

¿Quién puede estar a la altura de este monstruo? Pues fácilmente la Ladgerda, o Lagertha, de ‘Vikings’ (2013-?) de la sensacional Katheryn Winnick, que está quizá un peldaño por debajo en cuanto a las fabulosas dotes interpretativas de Headey, pero que consigue dotar al personaje de de una verdad, una belleza y una mística literalmente indescriptibles. También me ocupé de ella recientemente, pero baste decir que es una perfecta compañera de viaje de Cersei, porque mientras aquella es gélida, esta es un volcán, todo lo que aquella es hacia dentro, esta es hacia fuera, y es en gran parte responsable de la grandeza de la creación de Michael Hirst. Para encontrar un punto medio, y otra interpretación digna de elogio, tenemos que irnos a ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’, 2001-2005), y quedarnos con el personaje femenino más importante de esa singular y en muchos sentidos irrepetible serie: Brenda Chenowith, magistralmente encarnada por Rachel Griffiths en el papel de su vida. A la altura en cuanto a recursos interpretativos técnicos de Lena Headey, el trabajo de Griffiths es a cara lavada, pendiendo de un abismo en toda la serie, con un personaje extremo, ciclotímico, que es el verdadero motor del drama en la serie, porque lo es de las vicisitudes de su protagonista Nate Fisher. El viaje de Brenda es tan interesante y complejo, o incluso más, que el de Nate, y además es en segundo plano, con mucha menos presencia que Claire o Ruth, y durante gran parte de la trama es un carácter detestable o muy difícil de aceptar por el espectador. Brenda es la gran figura femenina de las ficciones televisivas del siglo XXI, porque ella representa la lucha de lo femenino, en este siglo, por imponer sus emociones a las de lo masculino, por obligar al espectador a asumir una sexualidad exacerbada (con su pareja, con su hermano, con todo su entorno) que es su verdadera identidad.

La opuesta a este carácter es la superlativa Carmela Soprano de Edie Falco, la consorte, imbuida de un arrebatado espíritu digno de Dostoievski, del rey de la mafia de New Jersey. Si el trabajo de Gandolfini es grandioso, lo es en gran parte porque delante de sí tiene a una actriz de una valentía apabullante. Edie Falco tiene el suficiente valor para crear al personaje menos atractivo de toda la serie, y de dotarle de una sinceridad que resulta desarmante, de una culpa que no le pertenece, sino que es la que no experimenta su marido, que la aplasta. En mi opinión Carmela y Brenda son personajes que viajan juntas por las sombras de un siglo XXI que ha de ser feminista, pero con un equipaje y una forma de enfrentarse al mundo bastante diferente. Carmela es tan trágica y a su modo tan bella como Brenda, pero el viaje de Brenda es hacia una mayor comprensión de sí misma, y el de Carmela es hacia la desesperación más absoluta, sin ninguna capacidad de redención.

Por todo esto creo que Carmela Soprano, Brenda Chenowitz, Cersei Lannister y Lagertha son los personajes femeninos más bellos y extraordinarios que ha dado la televisión, cada una a su estilo, y con actrices y técnicas muy diferentes.

Ellos

En cuanto a ellos, yo creo que la cosa está más clara y al mismo tiempo es más intrincada de dilucidar. En mi opinión no existe personaje de la complejidad, de la grandiosidad de Tony Soprano. Es posiblemente, el gran personaje de la televisión del siglo XXI. Representa, en sí mismo, la pérdida de confianza de los EEUU, su vorágine de violencia y capitalismo, pero también hunde sus raices en la cuestión migratoria, en los problemas raciales endémicos de ese país. Tony es un cataclismo, un cráter a partir del cual todos los demás personajes pueden medirse, y en parte sabemos que son grandes, porque le tienen a él como referencia, con la única excepción del trío de los más hermosos personajes de ‘The Wire’, de los que luego hablaré. A partir de Tony Soprano todo es posible, y tras ver esa ficción, en la que somos testigos de las vidas de algunos de los más despreciables y abyectos caracteres jamás creados, las ficciones televisivas entran en su época de esplendor definitivo.

Imposible entender al fastuoso Al Swearengen de la truncada ‘Deadwood’ (2003-2006) sin Tony Soprano. Pero Swearengen posee suficientes excelencias como para no considerarle un mero epígono de la ficción de Chase, sino que es capaz de tutear sin ningún problema al personaje de James Gandolfini, porque el estilo interpretativo del genial Ian McShane es muy diferente al del su colega italoamericano, y porque ese carácter es, en realidad, el origen de toda la violencia, la locura y el capitalismo americano que tan nítidamente percibimos en ‘The Sopranos’. Al Swearengen es un personaje apocalíptico, de un salvajismo y una inteligencia atroces, cuya única desventaja consiste en que ‘Deadwood’ quedó fatalmente truncada a la mitad de su argumento, y que la película que recientemente (2019) hemos podido ver, más que una profundización y alargamiento del personaje, es una despedida y un homenaje, muy digno pero insuficiente para paliar esa desventaja. A su modo, Swearengen es un genio intelectual y al mismo tiempo un personaje edípico, que tiene en el sheriff Bullock al padre putativo que rechaza, y en sus putas y sus secuaces las amantes y los hijos que no podrán perpetuar su genio. McShane, británico, dota al carácter de un aire casi mefistofélico, tal es su grandeza y su perfidia, y eclipsa con su mera presencia, con su fuerza icónica, al resto de personajes de la serie.

Sólo encuentro un igual, en grandeza trágica y en genio intelectual, en el inigualable Dr. Gregory House de la serie ‘House M.D’ (2004-2012), que es un procedimental brillantísimo, muy alejado en forma y fondo de las ficciones de la HBO, pero que por el extraordinario talento interpretativo de Hugh Laurie (que por siempre, mal que le pese, será este personaje) se eleva hasta cotas estrosféricas de profundidad moral y psicológica, en un viaje sin retorno en el que su creador, David Shore, lleva hasta sus últimas consecuencias la exigencia de crear un individuo tan extremo, heterogéneo y singular como este doctor, que es un adicto a la vicodina, un sociópata puro, un médico de una intuición casi sobrenatural, y una catástrofe en sus relaciones personales, hasta el punto de llegar a ser casi de una toxicidad irrespirable. Shore entendió muy pronto, y por eso es uno de los grandes personajes de todos los tiempos, que con ayuda de Laurie tenía entre manos una joya que pulir y la fue puliendo hasta su magistral episodio final, que resume todos los valores narrativos y conceptuales de la serie. De la misma manera que Swearengen, House es un personaje apocalíptico, imbuido de sí mismo, incapaz de romper una tensión psíquica, la que le lleva a ser él mismo hasta el final, como el personaje de McShane, le pese a quien le pese, incluido él mismo.

Ya he hablado del excelso personaje de Matthew McConaughey en la primera temporada de ‘True Detective’, y sobre la interpretación de este actor, una de las mejores de la historia (sinceramente, no me imagino a John Wayne, Humphrey Bogart o Jack Lemmon creando algo de esta magnitud…). Rust Cohle está cerca del genio intelectual de House o Swearengen, pero además es un místico, un ser único, y el mayor logro de esa temporada irrepetible. A su lado, la gran creación de Bryan Cranston (al que le cuadra el calificativo de bestia parda de la interpretación) en ‘Breaking Bad’ parece casi prosaica. ‘Breaking Bad’ es una buena serie, y Walter White/Heisenberg es un logro icónico, pero a mi entender está por debajo de estas alturas porque su creación está demasiado a la sombra (esta vez sí) de la de Gandolfini en ‘Los Soprano’, y carece de la belleza de los personajes de los que quiero hablar ahora, el trío maravilloso dentro del reparto coral perfecto de ‘The Wire’: Omar Little (Michael Kenneth Williams), Bubbles (Andre Royo) y Stringer Bell (Idris Elba), que conforman las alturas más inalcanzables, dentro de una serie que podría ser fácilmente la más grande de la historia de la televisión, que probablemente ha dado la HBO junto con los personajes ya nombrados. Lo que Williams, Royo y Elba, cada uno de ellos en roles muy distintos, con peso dispar y estilos diferentes de la trama, logran en ‘The Wire’ es digno de mención en cualquier escuela de interpretación, por la sencillez, la sinceridad, la honestidad con la que trabajan. Jamás parecen interpretar, sino que son el ejemplo más nítido de vivir la secuencia, y una vez más no me imagino a ningún actor del llamado “Hollywood Clásico” pudiendo conseguir algo de esta perfección.

Y para terminar imposible no nombrar a un personaje que generalmente no entra en este ramillete cuando se nombran las más grandes creaciones, y es el Ragnar de ‘Vikings’, interpretado con una fuerza casi delirante por Travis Fimmel. En mi opinión está algo por debajo de los más grandes, por cuanto Fimmel no disponen de los recursos de Gandolfini, McShane y otros, pero como le sucede al personaje de Lagertha, Fimmel dota a su caracter de una belleza, una intensidad y una verdad literalmente indescriptibles.

Y así quedaría el ramillete de los más grandes: Tony Soprano, Al Swearengen, Gregory House, Rust Cohle, Omar Little, Bubbles, Stringer Bell… muy cerca de ellos el Ragnar de Fimmel, y a la sombra, aunque sin duda siendo una gran creación, Walter White/Heisenberg.

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