ARTÍCULOS, LITERATURA

Arturo Pérez-Reverte es la anti-literatura

Sucede, más a menudo de lo que se quiere creer, que los que defienden a muerte cierta idea, o concepto, o universo, o los que se declaran fanáticos o guardianes de algo, muy a menudo son los que más contribuyen a su decadencia y a su más que posible destrucción. El mundo no es un lugar de ideales puros, sino un lugar paradójico, contradictorio, en el los que se apoderan de la bandera que representa algo son los que en secreto lo pervierten, y los que se oponen con todas sus fuerzas contra otro algo son los que finalmente se adhieren a ello. Tal cosa sucede con EEUU y con Francia, por ejemplo, los países en los que más se oye la palabra Libertad, que es muy hermosa en sí misma pero que en manos de esos países ha perdido todo su significado, y sucede también con los que tienen la palabra Amor todo el tiempo en la boca y al final descubres que no tienen ni idea de lo que significa y que lo que ellos propugnan es exactamente lo contrario.

Y tal cosa le sucede a Pérez-Reverte con la Literatura… en realidad prácticamente con todo, pero sobre todo con la Literatura. Se trata de un escritor muy famoso que lleva décadas defendiendo los libros, declarando lo muchísimo que ha leído en su vida, los miles de libros que conforman su biblioteca, su alegría al entrar a formar parte de la Real Academia, su odio contra los que pervierten la educación y la historia en nuestro país, etc… Este hombre no solamente es un novelista de enorme éxito, es también uno de esos a los que nadie ha contratado para el puesto de guardián, pero que se ha apoderado de él con gesto voluntarioso y ánimo férreo, dispuesto a luchar contra los que, en teoría, están más que dispuestos a destruirla. Y sin embargo son tipos como él los que están acabando con ella día tras días, novela tras novela, acto tras acto. Qué curiosa es la vida…

Pérez-Reverte, como él mismo ha declarado alguna vez, nunca tuvo la menor vocación literaria. Un día le entró el gusanillo de escribir, la cosa funcionó comercialmente, y aquí estamos. Como además es un hombre muy listo, ha aprovechado un nicho inesperado: el lector español hodierno. Porque el lector español de hoy es otra paradoja.

El lector español de hoy día no tiene el menor interés en la Literatura, siendo además uno de los países que más ha contribuido al esplendor de la Literatura como una de las bellas artes. Los madrileños se cuentan entre las personas del mundo que menos visitan el madrileño museo de El Prado, la más importante pinacoteca del planeta, y los lectores españoles se cuentan entre las personas del mundo que menos leen las obras de arte literarias escritas en su propio país. ¿No dije que la vida es paradójica? Basta tener algo para no prestarle mucha atención. Y Pérez-Reverte ha aprovechado ese nicho maravilloso para posicionarse como (es un decir) intelectual y autor. Se ha apropiado moralmente (con sus declaraciones, con su desparpajo habitual, con su serie de Alatriste) del Siglo de Oro como si él fuera el adalid mundial de ese tiempo y esa forma de entender la Literatura, ha convencido incluso a los críticos más circunspectos (¡que han llegado a compararle con Cervantes!), y ahí está, en teoría intocable e irreprochable y ahora convertido en algo parecido a un cruce entre el abuelo cebolleta con sus batallitas y uno de esos individuos que te encuentras por ahí que mientras se miran al espejo para confirmar lo guapos que son escupen al suelo de la barra del bar.

Que Pérez-Reverte es la anti-literatura es un hecho porque:

  1. Carece del menor estilo
  2. Escribe como un oficinista mal encarado en el mejor de los casos
  3. o como un cuentista pre-galdosiano en el peor de ellos
  4. Simplemente se pone a contar cosas porque
  5. no tiene ni idea de estructura narrativa a pesar de lo que dice de argamasa narrativa y cosas por el estilo ya que
  6. tampoco tiene el menor oído musical
  7. Ninguna novela suya perdurará en el tiempo
  8. Ningún personaje suyo está realmente vivo
  9. Ninguna idea suya pasa del chascarrillo grandilocuente o del encarecimiento patriótico
  10. Ningún diálogo suyo alberga la más mínima verdad.

Comparar a este señor con Cervantes le hace un gran favor a él, y un flaco favor a Cervantes. Él, que se cree un gran conocedor del Siglo de Oro y de la obra cervantina, ha demostrado una y otra vez ser un simple diletante que no comprende lo que significa el genio más grande de las letras universales. Queriendo explicarlo, lo abarata, y queriendo elogiarlo, lo simplifica. Su ignominiosa adaptación de El Quijote, con la que pretendía acercar la obra maestra «a los más jóvenes», lo que consiguió fue mutilar la obra, pero es consecuente con su forma de pensar: no es el público el que tiene que elevarse para acceder a una obra literaria importante, sino que es la Literatura la que debe descender al nivel del público, por muy bajo que pueda ser ese nivel en un momento dado.

Pero así es este hombre. Queriendo acercarse a Cervantes, lo destruye. Queriendo defender a España, revela una y otra vez su profundo afrancesamiento, es decir, su escasa querencia por el plural y complejo carácter español. Queriendo mostrarse humilde y moderno, demuestra su soberbia y su ranciedad. Con cada nueva novela, con cada nuevo éxito, no hace más que derruir la creatividad de sus lectores hasta hacerla picadillo. Pero a él no le importa, porque se sabe rico, famoso, triunfador e influyente. Su nueva novela se llama Revolución. ¿Existe alguien menos apto para esgrimir esa palabra y ponerla como título de una novela? Libertad, Amor y Revolución… Si no significan ya nada es por cosas como esta.

Diré algo, para terminar: Pérez-Reverte sabe, al igual que muchos otros que le imitan o le adulan, que todo esto que digo es cierto. Lo sabe. Sabe que como escritor no vale nada. Lo sabe perfectamente. En el fondo todos sabemos lo que somos. Es un erudito, de eso no cabe duda. Es un triunfador material, de eso tampoco. Es un hombre influyente y un tipo muy listo que ha llegado muy lejos en una industria muy complicada, eso nadie puede negarlo. Pero también es un escritor pésimo, sin estilo, estructura, mirada ni interés, y lo sabe de sobra. Sabe que ha conseguido convencer a mucha gente pero que dentro de no mucho el espejismo desaparecerá y sus libros se verán relegados a lo que son, ficciones baratas de kiosco. Es una putada saber cosas, pero también nos liberan. Y liberarnos de ciertas cosas es algo que necesitamos desde hace mucho tiempo en nuestra vida creativa.

Un día la gente se olvidará de este hombre, y de otros muchos como él, y descubrirá a Cervantes. Y lo ese descubrimiento será algo alucinante en sus vidas. Descubrirán lo que es la Literatura, lo que de verdad es capaz de hacer, lo que es estructura, lo que son personajes y narradores, lo que es una vasta creación intelectual y filosófica. Porque Cervantes se vale por sí solo no solamente para cambiar la Literatura, transformarla y forjarla, sino que lleva 400 años, que se dice pronto, jugando al escondite con los críticos e historiadores, demostrando que otros serán muy listos, pero que él es el Maestro de Maestros, que es la Inteligencia personificada, que está más vivo que los que escriben ahora, los cuales están muertos antes de haber dado el primer teclazo.

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ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

Destinados a hacer esa película

Aún recuerdo cuando, ante el requerimiento de nuestra profesora de dirección, todos los alumnos llevamos a clase un ejemplo de lo que consideramos el cine más perfecto o interesante que hubiéramos visto, una secuencia que realmente nos pareciese un ejemplo de lo que quisiéramos conseguir o por lo menos aspirar llegar algún día. No recuerdo la mayoría de ejemplos que trajo el resto de chavales que tuvimos la mala suerte de compartir a una profesora tan incompetente, pero por supuesto me acuerdo de la que puse yo: la secuencia de la falsa reconciliación entre Michael y Fredo en El padrino, parte II (The Godfather, Part II, Coppola, 1974), y aún me acuerdo más de la cara que puso Ana Díez cuando revelé mi elección y proyecté la secuencia en la pantalla. Estoy seguro de que desde entonces me hizo la cruz y no me la quitó hasta que al final del año me largué de la ECAM para no volver más. Viendo las películas que han ido sacando el resto de sufridos compañeros, me alegro aún más de mi decisión…

Ahora, como entonces, no puedo entender que un profesor de cualquier escuela de cine del mundo pueda torcer el gesto cuando un alumno le pone como ejemplo cualquier secuencia de la entera trilogía dirigida por Coppola. Me recuerda a esa anécdota que contaba Paul Thomas Anderson en la que un profesor les advirtió que los que quisieran hacer algo parecido a Terminator 2 podían irse de su clase, a lo que PTA respondió que un alumno de cine podía aspirar a lo que le diese la gana. Creo que ese fue el único día que asistió a esa o a cualquier otra escuela. Sea como fuere, me parece que un par de días después Ana Díez nos dio una magistral clase de cine cuando nos puso los brutos de su película Todo está oscuro (1997) y nos mostró los brutos en los que había filmado una secuencia desde delante, desde detrás, desde los lados, desde arriba… y luego con un objetivo más corto… y luego con un objetivo aún más corto…

Pongo esto como anécdota porque supongo que algunos están destinados a ser atroces profesores de escuelas de cine, pero otros están destinados a hacer esa obra maestra que, le pese a quien le pese, eleva la disciplina a la que pertenezca, a la categoría de verdadero arte. Es el caso de los dos cineastas de los que quiero hablar hoy, siquiera brevemente porque he escrito mucho sobre ellos, uno completamente olvidado y otro completamente defenestrado por el gran público. Me refiero a F. F. Coppola y a James Cameron, respectivamente, uno que ahora va a volver (esperemos que no se caiga todo en el último momento) con Megalópolis, que se estrenará en algún momento del año que viene o el siguiente, y otro que en diciembre por fin trae la secuela de su denostada Avatar. Cuando llegue el momento hablaremos en VDLN de ambos títulos, pero hoy quiero escribir sobre otros dos, porque hace poco estaba pensando que Coppola estaba destinado a hacer El padrino, la trilogía, y que Cameron estaba destinado a hacer Titanic. Y esa es una idea interesante y al mismo tiempo inspiradora.

Y estaban destinados porque a pesar de que Coppola estaba empeñado en ser un director independiente y underground, en construir una carrera de pequeños pero importantes proyectos, no pudo decir que no a ese importante proyecto que era la adaptación de El padrino, y a su vez no pudo no aprovechar aquel material, que le tocaba tan de cerca en su acervo cultural, para hablar de sí mismo, de su familia, de sus ancestros. Y porque a pesar de que Cameron era un director considerado más apto para el cine de acción, no pudo, una vez tomó contacto con el pecio del Titanic, resistirse a contar la historia del naufragio más famoso de la historia, por lo mucho que a este hombre le fascina el mar y porque a fin de cuentas es probable que se hubiera estado preparando para ello, quizá incluso sin saberlo, durante gran parte de su vida. Porque es posible que los grandes creadores, sean o no reconocidos en su tiempo (por cierto que las primeras críticas de El padrino parte II fueron tan malas como las de El padrino parte III) lo sean entre otras cosas porque existen proyectos, literarios o cinematográficos, muy especiales, únicos, que de alguna forma están esperando al momento propicio para que ellos les doten de vida.

No era el destino de Coppola, sin embargo, filmar Apocalypse Now (porque nada en su filmografía anticipaba esa genialidad, ni siquiera los padrinos), y es un destino que él se impuso a sí mismo y que casi le cuesta la cordura, y no era el destino de Cameron filmar algo como Terminator 2, un proyecto para el que habría esperado algo más o que quizá no hubiese llegado a hacer sino llega a ser por el mandato casi inamovible de Mario Kassar. Pero sí lo era filmar las grandes obras por las que quizá pasen a la posteridad (por mucho que les pese a los que abominan de Titanic o de El padrino parte III), mientras que otras personas tenían como destino hacer sentirse una basura a los veinteañeros que les caían en gracia como alumnos o ponerse a escribir sin parar porque, les lean o no, es lo único que da cierto retorcido sentido a sus vidas.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

Arturo Pérez-Reverte y Juan Goméz-Jurado jamás se cansan de hacer el ridículo

Lo cual es bueno, al menos para aquellos que consideramos que sus novelas son un aburrimiento absoluto (por mucho que ellos quieran hacerlas trepidantes y magníficas), ya que son de esos personajes que te dan mucho juego y de los que jamás te cansas de escribir, así quieras olvidar que existen escritores semejantes.

Quiero pensar que algún día, dentro de algunas décadas, fenómenos sociológicos (no literarios) como ellos desaparecerán, y darán paso a verdaderos/as grandes creadores, o por lo menos creadores/as honestos, inteligentes, humildes y sabios. De momento, me temo, tenemos que seguir soportando este circo…

Y a mí, lo prometo, me encantaría ser de esos lectores/críticos agradecidos, mansos y felices a los que les parece maravilloso cada nuevo engendro de estos dos señores, y celebran sus publicaciones como si a ellos les aportara algo, y llaman «maestro» a Pérez-Reverte, o le llaman «Don Arturo», y le ríen las gracietas y las bobadas de chaval de doce años a Gómez-Jurado en las redes sociales. Pero no puedo. Y no puedo no porque les odie o les envidie (puesto que no hay nada que envidiar en ellos y no les conozco personalmente para odiarles), pero sí odio lo que representan: la Literatura convertida en mercancía, concretamente la Literatura Española, en tebeos baratos con los que pasar el rato y sentir que lees libros, el autor convertido en fantoche, en vende-humos, en caricatura de los medios de comunicación para poder vender, para estar siempre en el candelero.

P-R y G-J. G-J y P-R. Tal para cual, uno ya setentón y otro ya cuarentón, pero colegas y amigos y compadres en esto de vender libros, en eso de echarse capotes y de babosearse mutuamente en las redes sociales, con G-J convertido poco menos que en un servil admirador de su «maestro», y con P-R llamando a G-J «joven pistolero» y mamarrachadas por el estilo. Ambos se creen cosas que no son: Pérez-Reverte se cree Conrad redivido y un digno epígono nada menos que de Cervantes (ya hablaré sobre eso otro día), con la inestimable ayuda de críticos rancios entre los que incluyo a Alberto Olmos, al que poco menos le falta poner un cuadro enorme de P-R en su dormitorio. G-J se cree el S. King español, y un más que probable heredero del trono de P-R en eso de ser el autor español con más ventas. Ambos, además, se creen la hostia de graciosos y la hostia de atractivos. El narcisismo es un tema excelente en Literatura, pero en la vida real no es más que una tara que no se cura ni yendo a terapia.

Los dos estudiaron periodismo y desde allí lograron sus (cuestionables) contactos para ponerse a publicar. P-R es el preferido de los hombres mayores de sesenta años, G-J es el preferido de la chavalada, por llamarla de alguna manera, que no abre un libro de verdad ni de casualidad. Los dos se lucen a menudo diciendo barbaridades y fanfarronadas, pero a veces es necesario glosarlas para certificar que son eso, fanfarronadas dignas de personas que no merecen que nadie les lea.

He aquí la de P-R, repetida hasta la extenuación en varias entrevistas, como si fuera una idea genial:

Yo no tengo ideología, tengo biblioteca

Y he aquí la G-J, proferida en el último Todopoderosos de este mismo mes:

En análisis de estructura, soy uno de los mejores del mundo

Lo de P-R es como esa gente que no es de derechas ni de izquierdas, ni fascista ni anti-fascista, ni feminista ni machista… Es decir, que es de extrema derecha.

Y lo de G-J va en la línea de eso que dijo que de tenía matrícula de honor en crítica cinematográfica y en crítica literaria (no se sabe en qué escuelas… pero deberían devolverle el dinero). Una fanfarronada más que él se cree por la única razón de que sus libros venden muchos ejemplares. Nada más. No hay ligas de a ver quién es el mayor experto mundial en estructura, salvo en la cabeza de este buen muchacho.

Pero las cosas son muy diferentes. G-J, que lo único que tiene que decir sobre El Quijote es que fue «el primer best-seller», que carece, como su compadre P-R de imaginación, de inteligencia creativa y de expresividad artística de cualquier clase, no puede ser ningún conocedor de estructura narrativa porque, tal como él mismo ha afirmado, y al igual que P-R, además de poseer un estilo atroz, además de escribir como un oficinista chusquero, no tiene ni pajolera idea de música (aunque tener nociones musicales tampoco te garantiza nada, como le sucede a Rodrigo Cortés). Y la música es la base de todo, incluso de la Literatura y el Cine. Eso es un hecho tan elemental como que en cuanto P-R desaparezca del mapa literario muchos que ahora le prestan atención se olvidarán muy pronto de él, porque no escribe más que farfolla literaria, y como que G-J en unos pocos años será otro escritor de best-sellers desesperado por seguir consiguiendo éxitos económicos, si es que no está completamente marginado por una industria de ficción que solamente busca pelotazos y libros dignos de lectores poco exigentes.

Es lo que pasa cuando eres un escritor envanecido y fanfarrón al que lo único que le importa es ganar dinero.

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ARTÍCULOS

Los videojuegos no pueden ser ficción

Sobre la ficción he escrito ya bastante, y tengo la sensación de que voy a escribir y a investigar mucho más sobre ella, porque es realmente el tema, el aspecto, que más me interesa de la Literatura, el Cine o las series de televisión, y tengo la sensación de que muchos que escriben sobre estas disciplinas no se detienen mucho a reflexionar sobre ella.

Pero además este artículo me sirve como compendio de ideas, porque estoy seguro de que cuando llevemos a cabo el inevitable y muy interesante debate sobre videojuegos y Cine en nuestro podcast, en el que esperemos contar con algún magnífico invitado que aporte una nueva dimensión a lo que alllí vamos hablar, volveré al tema de la ficción, que es la piedra de toque del verdadero Cine y la verdadera Literatura, creo yo, y que es lo más problemático a la hora de considerar a este entretenimiento masivo llamado videojuego. La mayoría de las veces uno escribe para sí mismo, antes que para los demás, y este caso no es una excepción.

Y si ayer escribía yo acerca de que al parecer muchos están deseando ver a los críticos de Cine muertos y enterrados, casi tanto como desean ver al Cine o a la Literatura enterrados y desaparecidos, porque se pasan la vida alertando sobre su muerte inminente (era yo un chaval y ya se hablaba de ello, y seguramente mucho antes también), hoy voy a referirme siquiera de manera tangencial a todos aquellos que directamente están por firmar la defunción del Cine y de verlo de una santa vez sustituido, arrojado del trono del «entretenimiento», para poder situar allí a los videojuegos, como si fuera necesario cargarse al Cine para que los Videojuegos puedan adquirir un estatus que por lo visto ahora se les niega por alguna «extraña» razón. No he acabado de entender la necesidad que tienen los jugadores habituales de videojuegos o los creadores de estas plataformas de entretenimiento de que aquello que juegan y aquello que diseñan sea considerado un Arte a la altura del Cine o la Literatura, y ahora tengo que entender también por qué esta gente necesita destruir la importancia del Cine con el objeto de que aquello que a ellos les entretiene se eleve.

Esta situación y algunos conceptos más son los que voy a intentar esgrimir en el tan ansiado debate (y espero que no sea el único en la segunda temporada de VDLN) en el que mis compañeros y algún invitado que otro supongo que me darán cera de la buena porque no estarán de acuerdo conmigo. Pero para eso se crearon los debates, para poner sobre la mesa posturas contrapuestas, y que el oyente saque sus propias conclusiones. De lo contrario no es un debate.

¿Por qué los videojuegos nunca, o casi nunca, pueden ser ficción? Porque el estatuto de ficción se triangula alrededor de un narrador, unos personajes y un tiempo y un espacio narrativos. Los «jugones» (me van a permitir que les llame así) insisten mucho en que los videojuegos también cuentan historias (aunque el propio Adrián Suárez acaba reconociendo que no son un medio apto para contar historias…), pero historias se pueden contar en muchos medios y de muchas maneras y puede que no posean un estatuto de ficción. Un videojuego asume, al igual que sus creadores de forma implícita, que aquello que nos presenta no es una ficción que pueda erigirse como espejo de la realidad, sino que lo que en ella hay de personajes y de historia o trama no es más que una excusa para envolvernos en una dinámica de juego dentro de un universo establecido. Pero en la ficción sucede exactamente al revés: la dinámica de la trama y el universo establecido son una excusa para hablarnos de los personajes y establecer un discurso, una dialéctica, entre la ficción y la realidad.

Los videojuegos asumen de manera implícita que aquello que cuentan no puede poseer el estatus de ficción porque de lo contrario no serían videojuegos. Solamente, mediante una rara metamorfosis, casos extrañísimos como el de The Last of Us (I y II) y Red Dead Redemption (también 1 y 2) han conseguido acercarse algo a un estatuto de ficción, empujando las posibilidades de su medio para contar algo más que una dinámica de acción sin límites, pero incluso ellos tienen serios problemas para convertirse en una ficción, ya que la ficción, además de personaje, narrador y tiempo/espacio narrativos, ha de poseer un reglamento propio que no puede saltarse jamás si quiere erigirse en una narración cerrada, y los videojuegos son el ejemplo máximo de hacerse trampas al solitario en su propio reglamento. Los videojuegos son un parque de atracciones, ya sea de acción o de horror o de aventura sin límites, pero la ficción es precisamente lo opuesto a un parque de atracciones: es un espectáculo no lúdico sino filosófico, un universo en el que los personajes han de estar vivos y funcionar por sí mismos, no al albedrío de un jugador determinado.

Todo esto, y algo más, será lo que defienda en el debate… pero es posible que sea más difícil decirlo que escribirlo…

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA

Sobre la supuesta muerte de los críticos de Cine

Sólo hay una cosa de la que se hable casi tanto como de la supuesta muerte del Cine o de la Literatura: la muerte de los críticos, más concretamente la muerte de los críticos de Cine. Y es un tema, este de los críticos, que ya he tocado en varias ocasiones, y me temo que volveré a tocarle siempre que sienta la necesidad de hacerlo, como una tesis a la que regresar y perfeccionar una y otra vez.

Con el inminente estreno en el Festival de San Sebastián del documental El crítico (Javier Zavala, Javier Morales Pérez, 2022), que por lo visto no solamente se centra en la figura del muy cuestionable Carlos Boyero, sino que lo toma como punto de partida para hablar de la decadencia de la «profesión», amén de la situación que llevamos arrastrando durante unos cuantos años con el cambio de paradigma que representan las redes sociales, muchos han aprovechado la oportunidad para, una vez más, dar por zanjado el mantra de siempre: que los críticos no sirven para nada, que si alguna vez sirvieron para algo fue para hundir estrenos o para conseguir éxitos de taquilla inopinados, pero que ya ha quedado claro que sus días están contados. Es decir, que como pasa con el Cine, la Literatura y otras artes narrativas, hay unos cuantos que parecen decididos a enterrar la figura del crítico de una vez, y si es en cal viva mejor que mejor.

Pero, y aquí voy a empezar a dar mi opinión, como suele pasar en estos casos la gente suele tomar la parte por el todo, a soltar cábalas sin hacer distinciones y a pontificar sobre cuestiones que son más complejas de lo que, quizá (al menos para ellos), pareciera. Porque de lo que se está hablando aquí no es de la (siempre supuesta) muerte del crítico o de la crítica, sino del reportero de Cine, que eso es lo que son, lo que han sido siempre, los Carlos Boyero, Carlos Pumares, Jordi Costa, Roger Ebert, Pauline Kael, y ahora la miríada de chavales que se ponen a dar teclazos y a dejar sus textos en blogs pseudo-profesionales, por mucho que algunos de ellos de vez en cuando escriban un libro, en solitario o en colaboración con ellos. Reporteros de Cine, cuya decadente influencia tiene que ver, claro que sí, con la enorme decadencia de la prensa como creadora de opinión. Son los periodistas, entre ellos los reporteros de Cine, los que están en decadencia, no la crítica. Y no es que la crítica ande muy bien de lo suyo, pero es necesario, me parece a mí, llamar a cada cosa por su nombre.

Porque por lo que parece cualquier puede ser crítico de Cine, no tanto de Literatura, y mucho menos de Música. Pero de Cine sí. Ahora bien, si quieres ser crítico de Literatura debes poseer amplios conocimientos en la materia, y no solamente haberte leído muchos libros. Y si quieres ser crítico musical has de tener grandes conocimientos del tema, no solamente haber escuchado muchos discos. Pero por la razón que sea, si te da por ser crítico cinematográfico, te sacas la carrera de periodismo, o de comunicación audiovisual, tienes la suerte de que te contrata un medio más o menos serio, y ya eres crítico. Pero los críticos son otra cosa bien distinta. Estos supuestos críticos, periodistas venidos a más, simplemente comentan las películas que ven los fines de semana, intentan crear opinión en base a sus gustos personales (en casos como Boyero, sin ningún tipo de subterfugio, como si fuera un tipo en la barra de un bar soltando sus poco elaboradas ideas), y ya les llaman, se llaman a sí mismos, críticos. Y no. Va a ser que no. Solamente algunos como Angel Fdez-Santos, por nombrar a uno que trabajara en un periódico, tenía algo de crítico, muy buena pluma y una intuición extraordinaria para maquillar sus muchas (y reconocidas) carencias técnicas. Fdez-Santos, además, fue a la escuela de Cine.

Un crítico es alguien que para empezar debe poseer una base teórica profunda sobre aquello que va a comentar, y debe estar ajeno a modas, estrenos, farándulas y divismos. Su misión es importantísima: estar a la altura de aquello que va a criticar, desarrollar sus ideas en ensayos, libros, investigaciones; ejercer de intermediario (no se me ocurre una palabra mejor) entre la obra y el espectador/receptor, y esto tanto en Cine, como en Música o Literatura. El crítico es el profesional que te abre los ojos ante aquello que estás viendo, que te incita a conocer más, a desechar prejuicios, a expandir tu vida creativa, y lo hace no con filias o fobias, sino con ideas arraigadas en un canon, con argumentos de peso, con hechos técnicos y objetivos, en una investigación que dura siglos y de la que él es solamente el último representante. Ni más, ni menos. El arte, incluido el narrativo, si perdura es por los críticos que lo defienden, lo muestran, lo desmenuzan y lo visibilizan.

Y la única razón por la que tantas personas quieran destruir a los críticos cinematográficos, y a cualquier crítico de cualquier disciplina, y quieran dejar bien claro que todo es cuestión de gustos personales, es que se sienten atacados, disminuidos, ante un crítico que a lo mejor tiene tanto de crítico como ellos, es decir todos estos reporteros que simplemente dicen lo que a ellos les interesa. Ah, pero luego todos estos que quieren destruir al crítico no pierden ni un momento en atiborrar redes sociales con sus «críticas», demostrando en la mayoría de los casos su ignorancia y su indolencia, y que de verdad se necesitan críticos valientes, sosegados y capaces de encontrar Arte en un marasmo de marketing, posmodernismo e intereses comerciales.

Críticos de verdad siempre habrá. Otra cosa es que encuentren los canales para dejar sus investigaciones, y que los espectadores/receptores se interesen por esos trabajos y no por lo que dice el reportero estrella en los estrenos del fin de semana.

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ARTÍCULOS, CINE

Los 30 filmes esenciales de la Historia del Cine Europeo

Bueno, si ayer me atreví a dejar los 30 filmes esenciales de la Historia del Cine de EEUU, hoy bien puedo hacer lo mismo con el cine Europeo, bastante más variado, fascinante y complejo que el del otro lado del Atlántico en no pocos aspectos.

Aquí, eso sí, me cuesta elegir una como la más gigantesca de todas, pero aquí están, después de mucho borrar y rehacer, escribir y reescribir en unas cuantas resmas de papel:

Nosferatu (F. W. Murnau, 1922)
Napoleon (A. Gance, 1927)
Metropolis (F. Lang, 1927)
M (F. Lang, 1931)
Vampyr (C. T. Dreyer, 1932)
Journal d’un curé de campagne (R. Bresson, 1951)
Madame de… (M. Ophuls, 1953)
Ordet (C. T. Dreyer, 1955)
Un condamné à mort s’est échappé ou Le vent souffle où il veut (R. Bresson, 1956)
La aventura (M. Antonioni, 1960)
Viridiana (L. Buñuel, 1961)
La notte (M. Antonioni, 1961)
Plácido (L. García Berlanga, 1961)
Lawrence of Arabia (D. Lean, 1962)
Il Gattopardo (L. Visconti, 1963)
La battaglia di Algeri (G. Pontecorvo, 1966)
Viskningar och rop (I. Bergman, 1972)
Aguirre der Zorn Gottes (W. Herzog, 1972)
Amarcord (F. Fellini, 1973)
El espíritu de la colmena (V. Erice, 1973)
Stalker (A. Tarkovski, 1979)
Life of Brian (T. Jones, 1979)
Nostalghia (A. Tarkovski, 1983)
Shoah (C. Lanzmann, 1985)
Topio stin omichli (T. Angelopoulos, 1988)
Breaking The Waves (L. Von Trier, 1996)
Dancer in the Dark (L. Von Trier, 2000)
Melancholia (L Von Trier, 2011)
Amour (M. Haneke, 2012)
La vie d’Adèle – Chapitre 1 & 2 (A. Kechiche, 2013)

Volver a verlas es algo más que un placer (o displacer en algunos casos…), es constatar que el Cine puede ser una Bella Arte igual que la Literatura o que la Música…

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ARTÍCULOS, CINE

Los 30 filmes esenciales de la Historia del Cine de EEUU

Otro día, si todo va bien y no nos vamos al carajo, pondré aquí las que considero esenciales de la historia del Cine europeo. Pero de momento vamos con esta primera lista, una de esas por las que algunos jamás tomarán en serio lo que yo diga o escriba, pero aunque algunos títulos parezcan arbitrarios realmente reflexiono a fondo, comparo títulos, busco la forma de organizar el compendio más homogéneo y más perfecto, en el que se aúnen importancia, influencia y grandeza intrínseca de las obras citadas. Treinta es un buen número así que vamos a por ello (en negrita, la más grande de todas):

The Birth of a Nation (D. W. Griffith, 1915)
It’s a Wonderful Life (F. Capra, 1946)
Touch of Evil (O. Welles, 1958)
Faces (J. Cassavetes, 1968)
Rosemary’s Baby (R. Polanski, 1968)
The Godfather (F. F. Coppola, 1972)
Pat Garrett & Billy the Kid (S. Peckinpah, 1973)
The Conversation (F. F. Coppola, 1974)
The Godfather Part II (F. F. Coppola, 1974)
Chinatown (R. Polanski, 1974)
Taxi Driver (M. Scorsese, 1976)
Apocalypse Now (F. F. Coppola, 1979)
The Thing (J. Carpenter, 1982)
The Terminator (J. Cameron 1984)
Aliens (J. Cameron 1986)
Robocop (P. Verhoeven, 1987)
Die Hard (J. McTiernan, 1988)
Goodfellas (M. Scorsese, 1990)
Wild at Heart (D. Lynch, 1990)
The Godfather Part III (F. F. Coppola, 1990)
JFK (O. Stone, 1991)
The Silence of the Lambs (J. Demme, 1991)
Lost Highway (D. Lynch, 1997)
Titanic (J. Cameron, 1997)
The Thin Red Line (T. Malick, 1998)
As I Was Moving Ahead Occasionally I Saw Brief Glimpses of Beauty (J. Mekas, 2000)
Eternal Sunshine of the Spotless Mind (M. Gondry, 2004)
The New World (T. Malick, 2005)
The Girl with the Dragon Tattoo (D. Fincher, 2011)
The Master (P. T. Anderson, 2012)

*Mención especial para la animación: Spider-Man: Into the Spider-Verse (P. Ramsey, R. Rothman y B. Persichetti, 2018)

Las razones de incluir aquí estos filmes, y no otros, insisto son múltiples. La pena es no poder debatirlo de forma abierta, o defenderlo en un cara a cara con alguien que quiera impugnar la lista. Pero son los esenciales porque representa la cúspide de un estilo, o de una carrera, o bien la perfección a la hora de emplear el montaje, la fotografía y la dirección de actores (los tres elementos puramente cinematográficos) para crear el filme más perfecto posible, a pesar de limitaciones técnicas, presupuestarias, sociológicas o del tipo que sean.

Estos filmes suponen un escalafón cada vez mayor en lo que se refiere a operar con realidades, y a conseguir que la escritura, la puesta en escena, la dirección de actores, el montaje, la sonorización y el acabado final sean realmente un arte. Me parece increíble (porque yo soy así a veces) que se pueda cuestionar la grandeza superlativas de cualquiera de ellas, y en mi opinión tal cuestionamiento proviene de unos prejuicios enormes, o bien de una ceguera propiciada por un elitismo intelectual que nada tiene que ver, bajo mi punto de vista, con al razón del ser del Cine: vivir otras vidas de manera plena y comunicar, al igual que cualquier otra Bella Arte, una cualidad trascendental de la emoción.

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Unos cuantos hechos sobre Cine y Literatura

…que supongo que no serán compartidos por la mayoría, pero que son, me temo, irrefutables:

La mayoría de los libros de ficción que leemos y la mayoría de las películas que vemos no son ni Literatura ni Cine, respectivamente (y si hablamos de Música, diríamos que casi nunca). Por otra parte nos pasamos la vida leyendo libros (algunos) y viendo películas (la mayoría), pero eso (el hecho de leer muchos libros o ver muchas películas) no significa, necesariamente, que sepas de lo que hablas cuando te pones a hablar y/o a escribir sobre Cine y Literatura. Mucho me temo que para poder escribir con criterio sobre Cine y Literatura hace falta una formación, que tampoco son doce años en el conservatorio, pero una formación mínima para no ser el típico que no hace más que repetir las mismas ideas trilladas de barra de bar.

Esa formación no es necesaria para hacer Cine y Literatura. Nadie puede enseñarte a hacer Cine o Literatura. ¿Quién le enseñó a Cervantes a escribir El Quijote? ¿Quién le enseñó a Paul Thomas Anderson a hacer The Master? Unos estudios no vienen mal, pero no te enseñan a hacer nada. Y esto enlaza con lo siguiente: la mayoría de que se dedican a hacer películas o a escribir libros de ficción, hayan estudiado al respecto o no, sean personas con una formación de alguna clase o no, no sirven para escribir libros de ficción ni para hacer películas, ni siquiera cuando la crítica les alaba o cuando reciben premios. De hecho muchos escritores que venden mucho y reciben elogios, y muchos directores que reciben premios y buenas críticas, no son buenos escritores ni buenos directores. Son gente con mucha suerte que ha conseguido conectar de alguna forma. Y lo de la suerte no es tema pequeño: la diferencia entre una persona que consigue que le publiquen su novela o que le den un millón de euros para hacer una película es pura suerte.

Porque no eligen tu novela porque sea mejor que otras, ni eligen tu guion porque sea mejor que otros. Los eligen por una mezcla de contactos y viabilidad comercial. Es decir que el 99,99% de escritores y de cineastas que ven sus proyectos salir adelante, que por supuesto se creen muy listos, muy triunfadores y mejores escritores o mejores directores que los que no ven salir sus proyectos adelante, lo consiguen por pura suerte, porque han caído bien, porque su proyecto puede dar algún beneficio o porque han estado en el momento correcto y en el sitio justo para conseguirlo. Eso es todo.

Tampoco hace falta ser buen actor para hacer una película. Ni siquiera hace falta ser actor. La mayoría de las personas que salen delante de una pantalla no son actores. En general son personas que no tienen problema en salir delante de una pantalla y que dan el pego. Y esto, además, incluso en películas de gran presupuesto. Que dan el pego, nada más. La cámara y el montaje muchas veces protegen a los tipos y tipas que no son actores. Claro que así se desvirtúa el conjunto del filme, pero a veces no hay más remedio. El actor puro es una persona que se transforma para cada película, más interior que exteriormente, y eso lo hacen algunos, no todos.

Y por supuesto la mayoría de escritores que escriben novelas no escriben bien, solamente dan el pego. Juntar palabras y contar una historia medianamente coherente que venderte como el gran thriller de la década no es tan complicado. Es una cuestión de suerte, morro y aparentar lo que no se es (es decir, dar el pego…).

¿Y por qué esto que estoy diciendo es irrefutable? Es muy sencillo de demostrar…

Si las novelas que las editoriales eligen para ser publicadas fueran las mejores posibles, si los actores que salen en pantalla fueran verdaderos actores, si los directores que hacen películas no las hicieran por suerte o por viabilidad comercial sino por talento puro, estaríamos viviendo un momento álgido del Cine y la Literatura, con obras maestras todos los años, y me temo que no es así. Muy especialmente en Literatura, pues en Cine siguen apareciendo, para pasmo mío y de otros, hitos de una manera bastante más regular. Hitos por cierto, que no son los que se premian, ni los que obtienen éxito casi nunca, ni los que están en boca de los cinéfilos de baratillo que escriben a todas horas en redes sociales.

Pero en cuanto a Literatura… si estoy equivocado deberíamos haber tenido unas cuantas obras maestras literarias en las últimas décadas. Pero… ¿alguien puede nombrarme cinco obras geniales literarias del siglo XXI? ¿Tres?

El cine ahora mismo está en manos de autores que siguen arriesgando en películas marginales o en televisión (en la arcadia HBO, por ejemplo, aunque tampoco son infalibles, por supuesto). La ficción en los libros está mayormente en manos de mercachifles a los que lo único que les importa es ganar dinero. Y esto es un hecho, no una opinión.

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O buscando algo de verdad o yendo al parque de atracciones

Como dice el viejo chiste, o estamos a Rolex o estamos a setas. A veces se pueden encontrar ambas, pero es tan increíblemente difícil que no se debería contar con ello.

Continuamente se reaviva el tema de si el Cine «tiene» que ser esto o aquello, si está ahí para entretener o para algo más, si los que le piden ese algo más son una panda de gafapasters insoportables y si los que sólo le piden diversión son unos niñatos con poca exigencia. En el mundo hay muchos tipos de películas pero solamente un grupo perdura o resulta importante, mientras que otro grupo es el único por el que la gente pagaría una entrada de cine de manera masiva. No falta quienes esgrimen el argumento de que son esas películas, los parques de atracciones, los que hacen avanzar la industria y dan trabajo a mucha gente. Es el mismo tema de siempre.

Luego sale Scorsese diciendo que las películas de Marvel no son Cine, y el gallinero se pone como loco, se sube por las paredes y empieza a decir cosas sin sentido. ¿Hay que darle al público lo que quiere? No necesariamente. ¿Sabe el público realmente lo que quiere o necesita? Seguramente no. ¿Tenía razón entonces Scorsese? Bueno, al menos admite que Hitchcock era en parte el parque de atracciones de hace sesenta años. Habría sido un disparate no decir lo contrario. Él, por lo menos, no es un director de parques de atracciones, pero no creo que su texto aporte gran cosa al tema en cuestión. Y el tema es nada menos que distinguir de una vez entre filmes que busquen cierta forma de verdad, que todavía existen y seguirán existiendo, y filmes que no sean más que una forma de evasión. Y aunque hay filmes de evasión que por un azar resultan en una obra de arte, son tan escasos que pueden contarse con los dedos de las manos.

Existe un hecho fundamental: no se puede ser genial trabajando para el mercado. Es decir, siendo un profesional de la sociedad del espectáculo. Eso lo saben los más conspicuos entre los más inteligentes y afamados. Los que han logrado un espectáculo de masas y además han firmado obras maestras (F. F. Coppola, James Cameron, no muchos más….) lo que han conseguido es que algunos (espectadores o directores) crean que sí se puede lograr la genialidad mientras se gana mucho dinero. Pero la realidad es tozuda y la verdad, en minúscula, no le gusta a nadie. No le suele gustar. Hitch vendía trozos de pastel pero cuando Coppola filma El padrino, parte II o Cameron filma Titanic, te están dando trozos de vida tan desgarradora que sorprende que muchos vuelvan a probar de ese plato. ¿Cómo lo logran? Creando una historia tan atractiva, un evento tan insoslayable, que resulta inevitable tener que verlo. Pero su visión es cualquier cosa menos maravillosa. Son artistas enormes que además han logrado vender franquicias en las que han introducido ideas, mensajes e imágenes desoladoras. Un caso entre un millón.

Cuando un novelista o un cineasta se dedican a complacer al público con parques de atracciones, indefectiblemente se olvidan de contar la verdad. ¿Cómo van a hacer otra cosa? No pueden detenerse a pensar que tienen una misión como narradores, ni chorradas por el estilo. Están al servicio del público, como Spielberg, Bayona, Amenábar, Michael Bay y un largo etcétera. De muchas de sus películas pueden hacerse videojuegos porque son videojuegos en sí mismos. Pero Spielberg de vez en cuando se olvida de sus videojuegos, se pone serio, se acuerda de que es un cineasta, y te filma maravillas como Munich o Lincoln. ¿Se puede hacer un videojuego de eso? Me parece a mí que no. Ahí no hay mecanos con los que pasarlo bien. Ahí lo único que hay es dolor, desesperación y verdad. Para eso está el Cine más arriesgado, elevado e imperecedero.

Escribo esto aquí porque ponerme a defender tales ideas en Twitter resulta agotador. Pero el debate, ya estéril e hipertrofiado, seguirá allí dando la matraca, con ocasionales muestras de lucidez por parte de algún interlocutor, pero siempre encendido porque algunos no pueden, ni quieren entender, que no se puede meter a toda la narrativa en el mismo saco.

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Directores enamorados de sí mismos

Otro día debería hablar de novelistas, que hay unos cuantos (aunque pocos tan enamorados de sí mismos como Arturo Pérez-Reverte), pero hoy hablaré de los directores.

Lo cierto es que mucha gente no sabe lo que hace un director. Más o menos tienen claro que en un rodaje es el que manda, que es el que dice «¡acción!» y «¡corten!», y que es el que siempre está enfadado de un lado para otro dando órdenes y haciéndose el importante. Tampoco es objeto de este artículo contar a los profanos qué diablos hace un director de Cine o cuál es su función (creo que alguna vez he escrito sobre algo de eso, por cierto), algo que pueden averiguar viendo no pocos documentales o leyendo no pocos libros. Hoy voy a hablar de algo de lo que nadie escribe en ninguna parte, que yo sepa. Hoy voy a hablar de algo que al mismo tiempo me hace mucha gracia y me causa cierta vergüenza ajena. Hoy voy a hablar de esos divos que creen que cada vez que dicen «¡acción!» y «¡corten!» se creen, y quieren hacer creer, que son algo así como la reencarnación de Miguel Ángel Buonarroti o de Gian Lorenzo Bernini… cineastas que se aman a sí mismos más allá de toda medida, que se miran al espejo y se dicen: «¡Eh, tú! ¡pero qué bueno eres, joder!». Que si pudieran verían solamente sus propias películas desnudos y haciéndose una… Bueno, creo que el lector empieza a hacerse una idea de lo que hablo.

De alguno que otro he hablado ya, pero hoy quiero referirme especialmente a cuatro de los que, de cuando en cuando, algunos hablan casi como si cada cosa que hicieran fuera un culto sagrado: los españoles Albert Serra y Julio Medem, el estadounidense Darren Aronofsky y el italiano Paolo Sorrentino. Estos cuatro directores, que casi parecen primos-hermanos en sus poses y hasta en el estilo (si estilo se le puede llamar) de sus películas, son el epítome de esa clase de cineasta que parece ensimismado de sí mismo, al que no le es tan importante contar la verdad de sus personajes, o incluso contar la verdad de su propia mirada o de su propio mundo, como destacar. Demostrar en cada película, en cada secuencia, en cada plano, lo genios que son. Que el mundo entero les adore (y por mundo entero nos referimos a los cinéfilos y los puristas menos exigentes), eso es lo que quieren como un Homelander cualquiera. Les importa una mierda el Cine, el Arte, el espectador, sus actores, incluso sus películas. Ellos se importan a sí mismos, la farándula, el famoseo, el ser eso que se llama unos enfant terrible, que en las redes les pongan a parir, que en los medios les saquen fotos así como muy molonas y muy cool, y que cada vez que abren la boca suba el pan.

Y no tengo nada en contra del ego. El ego es necesario tanto si quieres crear como si quieres ser un crítico medianamente interesante. Crees que lo que haces vale la pena, o crees que lo que dices está cargado de razón. En caso contrario ni lo harías ni lo dirías. El mundo es lo bastante jodido como para encima andarte tú con muchos remilgos. Recuerdo perfectamente a Paul Thomas Anderson diciendo en los contenidos adicionales que el guion de la magnífica Magnolia era uno de los cuatro o cinco mejores de la historia. Eso es ser un creído, pero para Anderson sus personajes, sus ficciones, son más importantes que él mismo. Ha tardado dos décadas en encontrar su propia voz, y eso no sucedió hasta su excepcional obra maestra The Master, un filme que pocos recuerdan hoy día. Ya lo decía Luis Buñuel: sin lucha no hay conquista. ¿Qué clase de lucha llevan a cabo estos directorcitos que «saben» perfectamente que su nueva película es una genialidad? Directores que jamás evolucionan, que nunca crecen, que jamás presionan sobre sus límites porque saben que cada filme suyo es la cima. Albert Serra ha repetido tanto que él es único y fantástico. Ya no es el personaje que él ha creado para llamar la atención. Él es ya ese personaje desde que se levanta de la cama. Julio Medem poco más o menos. Sorrentino se cree que poniendo una cámara y embelleciendo la luz ya tiene una película y a Aronofsky tanto le da hacer una superproducción comercial que un filme «indie», que él sabe también que es único y que cuanto más arrogante sea su cine de más festivales le llamarán y puede que acabe ganando algún premio de una vez.

Eso es como Umbral, que hasta que no ganó el Premio Nacional de las Letras Españolas no se quedó a gusto y dijo que ahora sí que era un premio con solera, o como tantos otros engendros, de este país o de cualquier otro, que se pasan décadas llamando la atención con poses, con frases grandilocuentes, con películas o novelas muy cuestionables. El ego está muy bien, pero hay que sostenerlo. Paul Thomas Anderson tiene un ego gigantesco, pero ha dirigido The Master (y otras…), James Cameron se creerá el rey del mundo y lo que tú quieras, pero ha hecho The Terminator, Aliens, The Abyss, Terminator 2 y Titanic, por ejemplo. Francis Ford Coppola tiene un ego del tamaño de Marte y Júpiter juntos, pero ha hecho la trilogía The Godfather y Apocalypse Now. ¿Qué ha hecho Serra? Liberté. ¿Qué ha hecho Medem? Caótica Ana. ¿Qué ha hecho Aronofsky? Black Swann. ¿Qué ha hecho Sorrentino? La grande belleza.

Pues eso. ¿Hace falta decir más?

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