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Más sobre aborrecer una historia: ‘The Last of Us, Part II’

Al final siempre hablo sobre los mismos temas. Por algo será, realmente. Ahora me gustaría volver a algo que una y otra vez me sorprende, me impresiona e incluso me fascina, y es la costumbre que tienen no pocos espectadores/receptores de alabar los valores poéticos o visuales de una obra narrativa, pero aborrecer su historia, como buscando alguna excusa para considerarla una «basura». Y lo de basura es algo que también se repite mucho, porque cuando algo no convence a alguien, muchas veces no es algo poco interesante, cuestionable o irregular, es una ba-su-ra. Ese, me temo, es el nivel de debate en el que muchos están instalados y del que no salen jamás. Y aunque no cabe duda de que muchos productos narrativos son basura, no deja de ser irónico que se pueda elogiar la fotografía, la creación de personajes, los valores narrativos y estructurales e incluso algunos grandes momentos de una película, una serie, una novela o un videojuego, pero sin embargo considerar que la historia es una porquería y que por tanto ese esfuerzo creativo se merece un cero como una catedral.

Tal cosa sucedió con una de las escasas creaciones, y lo siento por el jugón que pueda acceder a estas páginas y tenga otra mentalidad al respecto, de videojuegos que pueden considerarse narrativa: la segunda parte del también portentoso ‘The Last of Us’ que a todos nos dejó noqueados allá por 2013. Con ‘The Last of Us, Part II’, en 2020, tuvo lugar uno de estos sucesos que tanto me fascinan: a pesar de que se alabó el acabado técnico, la atmósfera, el diseño de personajes, a una legión de seguidores les pareció inadmisible que durante gran parte del juego tuvieran que asumir el punto de vista de la antagonista, Abby, que además es vigoréxica y casi parece un hombre. Tampoco les gustó mucho que la protagonista, Ellie, fuera lesbiana, y que el protagonista, Joel, fuera brutalmente asesinado a las primeras de cambio. ¿Qué sucedió? Pues lo inevitable con tanta cabeza cuadrada: lo que se llama un «bombardeo de reseñas», es decir un aluvión de comentarios negativos en Metacritic (la web más importante en lo referente a los comentarios y notas de los jugadores) y un triste 5,7 como nota media final. Y leyendo algunos comentarios se puede uno imaginar la sonrisa socarrona de Nel Druckmann, máximo creador de estos dos títulos (y del también inolvidable ‘Left Behind’), viendo a toda esa panda de homófobos criticar su trabajo y retratándose a sí mismos.

Si es que Albertos Olmos hay muchos en este mundo, y la mayoría ni siquiera escriben columnas en un periódico o un blog, solamente escriben bobadas en Twitter y en sitios como metacritic, dejando claro su nivel de cuñadismo, su indignación y su ofensa porque un título en concreto les haya parecido repugnante aquello que aparece en pantalla. Y así, con su homofobia y/o con su miopía, todos esos «analistas» tienen una buena razón para hablar de agujeros en el guion, de una historia sin interés, de personajes más desarrollados, de inconsistencia en los personajes y un largo etcétera. Aunque al lector le sorprenda, tales cosas leí o escuché yo de un filme tan redondo como ‘Fargo’, de los hermanos Coen: a muchos, que eran capaces (¡milagro!) de ver muchas cosas buenas en el filme, les desagradaba la historia y por eso no terminaban de verla o directamente la rechazaban. Pero ¿qué es eso de no gustar la historia? Tal cosa me sucedía a mí cuando tenía quince o dieciséis años, que algo en la película, la serie, la novela o lo que fuera que estuviera entre mis manos, me producía un rechazo inexplicable que tenía que ver sobre todo, ay, con mi cortedad de miras, con una pila de prejuicios de la que tuve que librarme para apreciar algunas cosas como se merecen… o no como se merecen, sino como se debe, sin hacer el más espantoso de los ridículos.

Porque hay que decirlo sin ambages: ‘Fargo’ es una magnífica película (aunque no llegue en la carrera de los Coen a las alturas de ‘Barton Fink’), y ‘The Last of Us, Part II’ es una maravilla absoluta, un prodigio de inmersión en una historia sensacional, tan bien escrita como podría estarlo una gran película o una gran novela, con unos personajes que están tan vivos, son más creíbles y auténticos que muchas personas que conozco en la vida real. Habrá que decirlo las veces que haga falta: esta es una catedral indefectible de la historia de eso que llaman «videojuegos» pero que no son otra cosa, cuando lo son, que una película interactiva. Con su enorme influencia de ‘The Walking Dead’, la creación de Druckmann para Naughty Dogs es un prodigio visual capaz de conseguir entidad propia, con una capacidad para envolverte con escenarios superlativos y con momentos de tensión insoportable que no ha conseguido nadie desde, precisamente, ‘The Last of Us’. Despreciarla con inmenso asco porque su historia no te gusta no es que sea digno de un cuñado y de un bobo, sino que además te impedirá disfrutar de una experiencia inolvidable, casi catártica, que te habla de la depredación de unos seres humanos sobre otros, de la imposibilidad del perdón y del peso del pasado, además de proporcionarte algunos de los momentos más terroríficos que se pueden vivir delante de una pantalla.

Como hoy, además, es mi cumpleaños (sí, esto es una decadencia irreversible…) me voy a dar un auto-regalo: volver a escuchar su magnífica BSO, obra de Gustavo Santaolalla (que ya por ejemplo nos ha regalado joyas como la música de ‘Brokeback Mountain’) y volver a sentirme que estoy de nuevo viviendo la pesadillesca aventura propuesta por Bruckmann. De hecho este verano volveré a jugar los dos, junto con el Left Behind, por enésima vez, y será como sentirme en casa, ajeno a prejuicios y a tonterías con las que los espectadores y receptores medios tanto gustan de perder el tiempo en las redes sociales, que muchas veces son un estercolero precisamente por cosas como esta.

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‘Avatar’ y el carné de cinéfilo

Vista de nuevo ‘Avatar’ (James Cameron, 2009) con motivo de que este año va a llegar su secuela tras varios años de posponer el estreno, me reafirmo en lo que pensé de ella hace ya trece largos años: que es un filme de aventuras portentoso y una verdadera maravilla visual, y que pese a que seguramente no sea el mejor filme de su director (y por cierto que sería complicado decidir cuál de sus cuatro obras magistrales ocuparía ese lugar) desde luego es superior a ‘The Abyss’ (1989) y sin duda infinitamente superior a esa bobada hinchada por ciertos espectadores poco exigentes llamada ‘True Lies’ (1994), que demostraba que el humor no es precisamente el punto fuerte de este cineasta.

Pero a ‘Avatar’ le sucedió como a ‘Titanic’ doce años antes: fue el blanco perfecto de los cinéfilos más exigentes, más radicales, esos que no pueden tolerar que un filme de 200 millones de dólares sea una gran película, y que por supuesto van a buscar defectos hasta debajo de las piedras. Si una horda de ignorantes pudo masacrar ese filme excepcional, casi perfecto, que fue ‘The Godfather, Part III’ (F.F. Coppola, 1990), ¿qué no iban a poder hacer con esta? Así, el argumento de que es un plagio o por lo menos una copia de ‘Bailando con lobos’ (‘Dances with Wolves’, Kevin Costner 1990) o de la historia de Pocahontas, caló hondo en muchos, como si eso fuera demostración de algo, concretamente de la pobreza conceptual de esta película. También se dijo que ‘Titanic’ era un «Romeo y Julieta en el mar» y que Sofía Coppola estaba espantosa en ‘The Godfather, Part III’, como si eso fueran razones suficientes como para considerar basura a esas películas. Pero de donde no hay supongo que no se puede pedir ni esperar nada.

Y hay que reconocer que James Cameron se lo pone fácil a todos esos, con su enorme egolatría y con esas declaraciones suyas del tipo de que va a revolucionar el cine o va a llevar el cine hasta sus límites. Eso significa dar más munición a los que esperan con el colmillo torcido, y lleno de veneno, que su carrera se hunda, que las secuelas sean un fracaso y que por fin todos tengamos que reconocer que este tío es un bluff total y que sus películas no valen nada. ¿Quién se ha creído que es? ¿Steven Spielberg? Pero la realidad es muy diferente, por mucho que tantos radicales se empeñen en lo contario.

‘Avatar’ es un filme muy bello, lleno de inteligencia, ingenio y sabiduría narrativa, que en efecto plantea una párabola de los nativos americanos en este Pandora fascinante que, en realidad, es nuestro propio mundo. La estructura del filme consiste en contarnos las atrocidades cometidas contra ese pueblo en la tan cacareada y mitificada «conquista de América» anglosajona, por lo que se erige en un filme muy crítico, tanto con el pasado de su país como con su presente militarista, desde el punto de vista de una aventura Sci-Fi muy elaborada. No puedo asegurarlo en lo referente al espectador lleno de rabia e indignación, pero yo no he visto en ‘Bailando con lobos’ ni en ‘Pocahontas’ todo este trasfondo tecnológico en el que unos invasores de otro mundo (nosotros, cosa rara en el Cine) llegan para esquilmar las riquezas naturales de ese planeta, y en el que unos científicos tratan de establecer contacto con una raza alienígena a través de unos avatares que imitan su fisiología y su apariencia. Seguro que Costner o que Malick lo filmaron pero luego lo dejaron fuera del montaje final. Tampoco he visto todo lo relativo a la cultura y la mitología Na’vi, que en efecto recuerda mucho a los indios, pero que nos habla de cuestiones como Eywa, el Vínculo, Toruk Makto, los Ikran, el bosque bioluminiscente, la fauna llena de animales parecidos a los nuestros pero diferentes en no pocos detalles. Seguro que fui al baño todas las veces que tales cosas aparecían en los filmes de Costner y Malick…

No es muy sutil, todo hay que decirlo, el significado del Vínculo (the Bond), con el que los Na’vi se conectan a muchas criaturas del entorno natural y a los mismos árboles milenarios, para dejar claro que en ese entorno todo está unido como si fuera una sola cosa, pero sí es muy original y fascinante el hecho de que los árboles del planeta forman una especie de red neuronal capaz de almacenar recuerdos. Todo esto lo cuenta Cameron con un poder de fascinación que parece salirle sólo, con una convicción y una seguridad en sí mismo que sólo poseen los verdaderamente grandes. Y en cuanto a su despliegue visual, es algo extraordinario. Leí en la crítica de El País, por Javier Ocaña, titulada nada menos que ‘La involución artística’, que «los cuerpos son planos, como un mal holograma, casi como un recortable de los niños de hace 50 años». De nuevo no sé qué película ha visto este señor. Nunca, nadie, ni siquiera el Jackson de ‘The Lord of the Rings’, pudo soñar con dar una vida a unas criaturas con tal perfección como aquí. Neytiri, Jake y todos los demás, están vivos, y son totalmente creíbles siempre, en todo momento. Pero supongo que los prejuicios y la cortedad de miras le hacen a uno ver lo que quiere ver y no lo que está en la pantalla.

Y por muy bonito y New Age y pacifista que les resulte a algunos, lo cierto es que es un filme muy sombrío, en el que una vez más el gran ejército de Estados Unidos llega y masacra todo lo que le tiene por delante con tal de ganar dinero, sin importarle el sufrimiento ajeno. La secuencia de la destrucción de Hometree es directamente portentosa y desoladora, y todo un homenaje a los nativos americanos masacrados en mil guerras indias en las que los blancos les provocaron e incumplieron todas sus promesas hasta borrar del mundo su identidad y su cultura. Así funcionamos las personas «civilizadas», viene a decirnos Cameron, la mayoría de las veces, y esto tiene que dejar de suceder. Porque además, sospechamos todos que si un escenario como el de ‘Avatar’ tiene lugar, y quien sabe si algún día así es, sucedería exactamente lo mismo que vemos aquí.

No me cabe duda de que tanto la película que veremos este año como la tercera parte de 2024 van a ser igualmente masacradas por un gran sector de espectadores y crítica, que no va a tolerar que venga este señor a traernos grandes espectáculos de aventuras ni mensajes «buenistas» sobre el respeto al entorno natural. Pero seguro que van todos a verla. Y los que no vayan a verla no me cabe duda de que sin haberla visto también la calificarán de basura. Para entonces ya tendrán ‘The Northman’ en blu-ray para comprársela y verla todas las veces que quieran.

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Lo pictórico y lo superficial frente a lo narrativo

De un tiempo a esta parte estoy leyendo y escuchando (tanto en las redes sociales como en la vida real fuera de ellas…) a demasiadas personas que se dicen muy cinéfilas y muy conocedoras de esto del Cine (no como otros, que no sabemos ni sus fundamentos básicos) que le conceden una exagerada importancia a factores que en realidad poco tienen que ver con la excelencia este extraño arte… en el caso de que sea un arte. Por ejemplo, es tendencia desde hace muchos años considerar que un filme es mejor cuanto mejor documentado está, de tal modo que si es histórico tendrá que ser muy fiel a unos supuestos hechos o una cultura que supuestamente los historiadores conocen bien, y si es actual y vemos ordenadores será muy importante que todos los programas y las pantallas y la jerga que emplean al respecto sea fiel a la realidad. Llévales tú la contraria a todos esos…

Pero los que más me sublevan son todos aquellos que escriben hilos en Twitter y en redes sociales, y dan charlas y dictan sentencias, amparándose en lo meramente semántico y en lo meramente pictórico, como si el Cine no fuera más que un montón de trucos visuales, o como si cada plano fuera una pintura en movimiento, y como si bastara con poner espacio o líneas entre los actores para mostrar separación o ruptura entre ellos, o un elemento del atrezzo o una sombra para simular violencia o para inocular una idea. Todo esto no son más que un compendio de técnicas y trucos que se agota muy pronto en sí mismo y que bajo ningún concepto es indicativo de una gran obra, o de algo importante. Pero todos estos expertos (verdaderos estructuralistas del Cine), con una ternura digna de mejor causa, se ponen a explicar el modo en que un plano descompensado significa una cosa y un plano equilibrado significa otra… Todo eso es transparente para el espectador, incluso para un espectador exigente. Recuerdan a las explicaciones musicales de Jaime Altozano, que son para personas que nunca se han interesado por la Música, a ningún nivel, y todo lo que dice suena increíblemente inteligente. Pues todos estos, Bracero y compañía, lo mismo.

Se corre el riesgo, a la hora de ejercer de divulgador de Música o de Cine, no tanto de ciencia o de… carpintería, por ejemplo –por alguna extraña razón– de caer en lo simplista, de que conceptos complejos se banalicen, de que el tipo que te los está explicando parezca un genio de aquello que te está contando, y de que al final tengas la falsa impresión que te has enterado de algo cuando no te has enterado de nada. El «hablar para tontos», para que se me entienda lo que quiero decir con esto. Claro, tú no tienes mucha idea de Cine o de Música y te lees un hilo de Bracero (siempre le nombro a él, espero que me perdone, pero es que me parece el más paradigmático de todos ellos) o te ves unos cuantos vídeos de Altozano, y lo flipas. Dices, ¡hostias!, nunca me había dado cuenta de eso. Pero si desde los cinco años de edad has tenido un mínimo de curiosidad por lo que estás viendo es como si llegase el listo de turno ante una platea de ignorantes y pareciera que es el mejor profesor del mundo. Y lo peor no es eso: lo peor es que como estamos en un mundo tan globalizado, llegan todos esos ignorantes, con sus cuentas de Twitter de 200.000 seguidores, y repiten hasta la saciedad unas ideas de perogrullo como si esos maestros hubieran inventado la rueda. Así se construyen las falacias, inopinado lector de estas líneas.

Pero volvamos a lo esencial. Lo que la peña, por esas y otras razones, se cree que es una buena película consiste en lo siguiente:

1: Que esté bien documentada (esto es como en la novela… cuánto daño han hecho los Pérez-Reverte de la vida)

2: Que cuente una historia atractiva, que a ellos les guste.

3: Si eres un poco más listo, y tienes estudios audiovisuales, que tenga eso que se llama «semántica»: planos y movimientos y cortes que signifiquen algo, generalmente simple y aparentemente complejo, para dar más empaque al argumento en sí.

Y poco más. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Y algunos lo aprovechan, claro.

Sin embargo, hay cuestiones mucho más complejas, y por tanto más importantes, que «lo pictórico» o «la semántica» en el Cine (por no decir la documentación histórica). Estas personas valoran en Cine cuestiones que en Música o en Arquitectura serían tremendamente superficiales, tales como lo que te hace sentir la melodía, o la disposición los muebles o lo que te quiere decir el ingeniero al poner de tal o cual manera el contrafuerte en ese estilo arquitectónico concreto. Así, valoran mucho más un filme tan pobre como ‘The Shining’ (Kubrick, 1980), frente a otro tan complejo y narrativamente interesante como su «continuación», ‘Doctor Sleep’ (Flanagan, 2019). Una dualidad, la de estas dos películas, que ejemplifica muy bien, me parece, lo que estoy intentando decir.

Yo creo (sólo creo, ¿eh?), que si de verdad quisiéramos valorar una obra narrativa y poética como una película (porque el Cine es muchas cosas, pero sobre todo es narrativa y poética), tendríamos que encontrar qué es lo más difícil de conseguir en cualquier de ellas, y para ello no sirve ni la semántica, ni el componente pictórico ni por asomo lo muy realista que sea su reconstrucción histórica. Así a vuela pluma se me ocurren algunas…

–El sentido montaje: y por esto no nos referimos a lo imperceptibles y/o brillantes que sean los cortes, o a un montaje percutante, sino al estilo y la construcción de la obra narrativa, en su totalidad, en su tono, ritmo, mirada, en su pernitencia y rigurosidad conceptuales, lo que va intrínsecamente unido a:

–La dirección de actores: que es muy diferente a la dirección de actores teatral por las mismas características del cine, que trabaja con realidades pero que necesita del montaje para establecer su propia realidad, y que va intrínsecamente unido a:

–La creación de personajes: por parte del director y/o guionista, y de los intérpretes, claro, y tiene que ver con su coherencia interna y con su construcción externa, y el director para ayudar en todo esto tiene que tener algo muy en cuenta, la médula de su trabajo que es:

–La planificación sonora y visual: para dar vida ese mundo y a ese personaje, para que los planos y el montaje tengan una dirección pero no para que sean un compendio de trucos narrativos, y para que todo ello esté unido y expresado a través del sentido del montaje.

Y todo ello elaborado, creado, para formar un todo esférico con el que hablar de algo, con el que sostener una idea del mundo y del ser humano. Y es imposible, en estos cuatro conceptos, desligar uno de otro.

Es decir, que es un TODO. Y este TODO no se explica con un hilo de twitter sobre semántica (la sombra de un personaje que cruza sobre su pecho indicando decapitación o cosas por el estilo), ni se puede banalizar y simplificar en un vídeo de divulgación. Porque es un arte, o quiere serlo. Y el arte no se explica en cuatro trazos ante un público ignorante de sus más básicos resortes. En efecto en el cine hay que tener en cuenta la semántica, pero muchas veces esa semántica lo que consigue es diluir la fuerza del Cine, convirtiendo la imagen en un símbolo o un signo de otra cosa.

En el Cine hay trazas de la Literatura, del Teatro, de la Ópera. También de la Fotografía. Pica de aquí y de allá de otros artes, pero aspira a ser un arte propio, con sus reglas propias, con sus sistemas narrativos propios. Aspira, creo yo, a convertirse en una segunda realidad, no en un lenguaje de signos para una burguesía iniciada en tales conceptos, sino en una expresión universal, como todo arte, que sea insoluble en el tan manido concepto de cultura.

Y para aprender todo eso, para de verdad comenzar a conocerlo y para poder expresarlo, lleva muchos más años, y mucho más esfuerzo y dedicación que verse 4.000 películas, escribir hilos en twitter, o hacer vídeos en youtube o en cualquier otra red social para que los que no tienen mucha idea se sientan un rato más listos, cuando en verdad siguen sin aprender absolutamente nada.

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‘The Northman’ no tiene nada que hacer con ‘Vikings’

Estos días está teniendo lugar en Twitter lo que yo llamo una sacralización y la construcción de un culto. Creíamos que eso era cosa de tiempos remotos, de épocas olvidadas eones atrás, en las que una panda de fanáticos se ponía a adorar, por ejemplo, una roca tallada hasta convertirla en un objeto sagrado. Pero sigue sucediendo en la actualidad. Que el Cine, además de otras cosas, es una religión, lo tengo claro hace mucho tiempo, y que la gente es una flipada (a falta de una palabra mejor) también. A veces, sin embargo, todavía logran sorprenderme.

Con motivo del estreno de ‘The Northman’, tercera realización del estadounidense Robert Eggers, y de los discretos resultados en taquilla que está teniendo, la gente en Twitter se está lanzando a ponerla por las nubes, a considerar que esto es el fin de los tiempos porque las películas de Marvel ha acabado con el Cine tal y como lo conocíamos (de ahí el fracaso comercial de esta cinta), a poner a Eggers como un clásico moderno, un Prometeo crucificado por el anticine, y a la película como una obra de arte monumental a la que si dieran una oportunidad salvaría al cine de la mediocridad absoluta y al necio espectador actual de su ignorancia supina en estos asuntos. ¿Cree el lector que exagero? Ni por un segundo. Leo en Twitter que a uno ‘The Northman’ le hizo enamorarse del cine otra vez, a otro que esto es «absolute cinema», a otro que es la mejor película de lo que llevamos de año (de paso le pone un 10), otro más que es la primera épica vikinga en toda la historia del cine (…)… y la cosa sigue. Que es portentosa, que es «un diamante que brilla de manera espectacular», la mejor de la década, la mejor recreación que se ha visto de la época vikinga, Skarsgård y Kidman «brutales»… ¿No me creen? Pongan The Northman en el buscador de Twitter y lean los tweets más destacados. Ahí los tienen todos. Resulta que estamos ante un acontecimiento artístico de relevancia histórica.

Pero luego vas a ver la película, y no.

Ni es una obra monumental, ni te reconcilia con el cine, ni la mejor de la década, ni es ni mucho menos la mejor recreación de la época vikinga, ni es tan salvaje y brutal y tremenda como aseguran tantas voces. A veces me pregunto hasta qué punto la gente necesita ver una «obra maestra» en cualquier parte, necesita encontrar motivos para ir al cine y está deseando soltar epítetos exultativos, grandiosos, terminando por inflar globos que a lo mejor no están del todo mal, como es el caso, pero que de ningún modo podemos calificar como gran cine.

Y es que no: ni estamos ante una gran historia –por mucho que digan que es el relato o la leyenda en la que se basó Shakespeare para escribir Hamlet–, ni Skarsgård ni Kidman están enormes, ni la dirección de Eggers es magistral, ni este es un cine capaz de convencer a los cinéfilos más exigentes, ni estamos ante una obra contemporánea monumental. La cosa es más bien diferente, y por mucho que se repita lo contrario no va a ser verdad. ‘The Northman’ es un filme que en cada plano quiere convencerte a gritos (nunca mejor dicho, hay que ver lo que grita todo el mundo en esta película…) de lo grande que es, de lo genial que es, y sin embargo está narrada de manera bastante ortopédica e irregular, con una construcción deficiente en lo que se refiere al itinerario de este guerrero, Amleth, que por supuesto quiere vengarse del asesinato de su padre y recuperar su reino y todo eso. Las cosas suceden aquí porque sí (el encuentro con la bruja en el campamento arrasado, la amistad y posterior enamoramiento con el personaje de Anya Taylor-Joy que no te crees jamás, el encuentro con el segundo brujo al que Amleth encuentra…¡con ayuda de un animal salvaje!, el combate final lidiando con la lava de un volcán…) no porque estén narradas o sucedan de manera orgánica.

Todo resulta teatral y forzado, tremendamente artificioso. Está claro que lo que Eggers perseguía (entre otras cosas…) era crear una sensación de extrañamiento en el espectador, de estar en otra época, en otro mundo casi. Pero eso no se consigue con diálogos teatrales ni una dirección de actores tan plana y tan poco creíble. Los relatos de otras épocas, por muy lejanas y diferentes que sean a la nuestra, han de tener el vínculo de que a fin de cuentas seguimos siendo la misma especie, con las mismas pasiones y los mismos defectos y virtudes que entonces. Si viajáramos con una máquina del tiempo a la Noruega del siglo IX y filmáramos un reportaje, no entenderíamos nada ni sería algo narrativamente interesante. No es el objetivo de un narrador hacer un reportaje histórico, sino hacer una ficción basada en unos personajes y en un mundo antiguo. Y a Eggers no le sale porque ni él mismo se lo cree. Secuencias como la iniciación del muchacho ante el brujo interpretado por Dafoe queda ridícula, y otras como el baile sensual de los amantes o la preparación de los «osos» antes del combate, dan vergüenza ajena. Skarsgård lo intenta con tanta pasión como el propio Eggers (no en vano son los productores de la cinta, ejem…), pero no consigue dotar a su personaje de carisma, ni de fuerza expresiva, ni de mística, ni de prácticamente nada. Sólo es una bestia asesina que quiere vengarse y que funciona a impulsos. Hawke y Kidman están directamente espantosos: jamás te los crees como reyes vikingos, y el giro final del personaje de ella es directamente ignominioso, con risa malvada incluida…

Amigo lector de estas líneas, probable usuario de Twitter que has escrito alabanzas exageradísimas sobre esta película…te voy a contar algo: Eggers ha visto la serie ‘Vikings’, creada por Michael Hirst y emitida entre 2013 y 2020… y tú no la has visto. Así de sencillo. Y aún más: Skarsgård ha visto muchas veces ‘Vikings’, entre otras cosas porque su hermano Gustaf interpretaba allí al inolvidable personaje Floki, el constructor de barcos y uno de los caracteres más extraordinarios del Canon de las series. Alexander la ha visto y se ha dicho: «si mi hermano ha hecho algo tan portentoso, yo también puedo, ¡hagamos una película sobre vikingos!». Y Eggers se ha subido al carro, diciéndose: «¡voy a hacer la película definitiva sobre vikingos!». Pero una cosa es querer y otra es poder. Y aunque creo que Eggers (ya lo dije en su momento en cierto artículo…) es uno de los directores jovenes más prometedores del panorama USA, en este caso ha hecho una película excesivamente autocomplaciente, pétrea, roma, que bajo ningún concepto puede considerarse una gran obra, que por supuesto aprovecha muy bien los parajes de Islandia (¿cómo no hacerlo con esa maravilla de entorno natural?) y que está bien pertrechado con herramientas de realización más que suficientes para armar un espectáculo solvente, pero al que todavía le falta arriesgar mucho y crecer mucho como artista para poder siquiera considerarle un gran cineasta.

¿Es consciente la gente lo difícil que es crear una obra maestra o un filme magistral? A tenor de la gran cantidad de bobadas que leo en Twitter me parece a mí que no. Una obra excepcional fue ‘Vikings’, la serie ya mencionada de Michael Hirst. Eso sí fue la creación cinematográfica (porque es cine, seriado, pero cine) definitiva sobre el mundo vikingo y una verdadera maravilla en todos los sentidos, con personajes monstruosos y salvajes y memorables como Floki, Ragnar, Lagertha, Ivar, Rollo, Athelstan, Torvi, Ecbert… personajes que estaban totalmente vivos, en los que no había ni el menor fingimiento o teatralidad, que a pesar de que conseguían provocarnos extrañamiento eran también cercanos a nosotros, en una aventura perfecta, en la que las cosas no sucedían porque sí, sino que se iban construyendo, se iban narrando, no como en un videojuego parecido a ‘The Northman’ en el que el personaje va encontrándose cosas y superando adversarios o pruebas, sino como una verdadera ficción en la que se plantea una segunda realidad, con tanto bulto, consistencia y persuasión como nuestra realidad.

Skarsgård ya consiguió un gran trabajo, que queda para la historia, en la infravalorada serie ‘True Blood’, en la que daba vida a Eric (quien por cierto se apellidaba irónicamente Northman), de origen vikingo y apasionante historia, y uno de los personajes más fascinantes de la ficción de Alan Ball. No necesita de vehículos de lucimiento como este, tan discutibles, para estar en el candelero, sino de personajes tan memorables como aquel, porque tiene talento de sobra. Lo mismo que Eggers, del que sigo pensando que es un director más que interesante, siempre que no siga dejándose convencer por las sirenas del divismo y no continúe dándose tantas facilidades a sí mismo.

Y en cuanto a la gente que tantas exageraciones escribe en Twitter… hay que ver más cine, pero también hay que leer y ver muchas más series. Y sobre todo hay que tener un pensamiento más crítico y un poco más de sentido común.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

La angustia de no volver a verte

Los libros, las películas, las series, los discos musicales… son mis amigos. Tal cual. Es decir, tengo verdaderos amigos, no está el inopinado lector ante las líneas de un misántropo incurable. Todavía me da por socializar, y todavía tengo la suerte de tener buenos amigos… de los que te sacan de un buen apuro, de los que te aguantan, de los que te dejan ser tal cual eres sin exigirte nada a cambio. Tengo buenos amigos a los que conozco hace no mucho con los que me pongo a hacer podcast, y tengo amigos a los que conozco hace más de una década, y algunos hace casi dos décadas, que siguen siendo los mismos de siempre y que siguen, por alguna razón, aguantándome. Es decir que en el aspecto humano no me puedo quejar. Y si me quejara sería imbécil.

Pero tengo otra clase de amigos. Son los libros, las películas, las series, los discos musicales, de mi vida. Y son legión, y cada vez más. A los otros amigos, los humanos, les veo siempre que puedo, o charlo con ellos. A esta legión de amigos hechos de imágenes, de papel o de sonidos, que siempre están ahí en las noches de insomnio, en las horas arduas de creatividad insaciable, no vuelvo a verles tan a menudo. No podría hacerlo ni aunque dispusiera de todo el tiempo del mundo. Y es lo que me gustaría: volver a verles en cadena, uno tras otro, sin hacer ninguna otra cosa a lo largo de todo el día. A los amigos de carne y hueso un día les perderé… por estupidez, por torpeza o por la muerte que nos espera a todos. Pero a estos también les perderé. Un día uno de ellos o varios o muchos se estropearán o se romperán o se perderán y no podré volver a encontrarlos así de la vuelta al mundo, o un día no tendré ya buena vista ni oído para poder leerlos, escucharlos o verlos. Estarán ahí para otras personas que tengan el buen gusto de ponerse con ellos, pero no estarán ahí para mí.

Porque de alguna manera creemos que esas películas, que esos libros… son nuestros. Pero no nuestros porque los tengamos en formato físico y los hayamos comprado con nuestro dinero, sino por la conexión profunda que tenemos con ellos. Creemos, o queremos creer, que son más nuestros que los autores que las crearon, y en algún sentido es así. Y cuando alguien coincide en aquello que amamos nos sentimos absurdamente celosos. ¿Cómo es que a ti también te fascina ‘Mientras agonizo’, o el ‘Persiles’, o ‘The Sopranos’, o ‘Deadwood’? Fingimos alegrarnos por haber encontrado a alguien que sepa compartir nuestras pasiones, pero en el fondo algo nos duele por dentro, una neurosis infantil, porque eso que acaba de nombrar la persona que tienes delante ES TUYO. Y de nadie más. Tú lo comprendes y lo amas y lo llevas mucho más adentro que cualquier otra persona. Es absolutamente ridículo, pero es así. Es la clásica respuesta a la pregunta de qué te llevarías a una isla desierta.

Y yo tengo muchas cosas que son mías y de nadie más. Y no me satisface simplemente que vivan dentro de mí. Quiero verlas una y otra vez, leerlas una y otra vez, escucharlas sin cesar, poniéndome en graves apuros por el hecho de que también es necesario (obligatorio, diría yo) conocer cosas nuevas, nuevos horizontes, nuevos autores. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo invertir un mes de mi vida en conocer cosas cuyo valor es muy improbable, antes de dedicar esas cuatro semanas a volver a ver, a leer, a escuchar todo aquello que me ha acompañado y que ha vivido en mí durante tantísimo tiempo? Es angustia, tal cual: la de no volver a ver ciertas cosas, a leerlas, nunca más, cuando lo que quisieras es incluso leerlas o verlas o escucharlas mientras duermes. ¿Y cuáles son esas cosas? Pues hagamos una lista que, me temo ya desde antes de poner el primer título, va a resultar incompleta:

Literatura

El Quijote (dos partes), de Miguel de Cervantes
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional,
 de Miguel de Cervantes
Novelas ejemplares
, de Miguel de Cervantes
El sitio de Numancia
, de Miguel de Cervantes
8 comedias y 8 entremeses
, de Miguel de Cervantes
El Parnaso español
, de Francisco de Quevedo
La divina comedia
, de Dante Alighieri
Crimen y castigo
, de Fiodor Dostoyevski
Guerra y paz
, de Lev Tolstoi
Moby Dick
, de Herman Melville
Rojo y negro
, de Stendhal
Frankenstein o el moderno Prometeo
, de Mary Shelley
Relatos completos
, de Edgar Allan Poe
Dracula
, de Bram Stoker
De profundis
, de Oscar Wilde
Ulysses
, de James Joyce
La montaña mágica
, de Thomas Mann
The Sound and the Fury
, de William Faulkner
As I Lay Dying
, de William Faulkner
Light in August
, de William Faulkner
Sanctuary
, de William Faulkner
Absalom, Absalom!
, de William Faulkner
The Wild Palms
, de William Faulkner
The Hamlet
, de William Faulkner
Relatos completos
, de William Faulkner
La muerte de Virgilio
, de Hermann Broch
La saga/fuga de JB
, de Gonzalo Torrente Ballester
Blood Meridian
, de Cormac McCarthy

Cine

The Godfather (trilogía), de Francis Ford Coppola
Apocalypse Now,
 de Francis Ford Coppola
The Conversation
, de Francis Ford Coppola
Rumble Fish
, de Francis Ford Coppola
The Cotton Club
, de Francis Ford Coppola
Bram Stoker’s Dracula
, de Francis Ford Coppola
Goodfellas
, de Martin Scorsese
The Thin Red Line
, de Terrence Malick
The New World
, de Terrence Malick
Blue Velvet
, de David Lynch
The Lost Highway
, de David Lynch
The Straight Story
, de David Lynch
Chimes at Midnight
, de Orson Welles
F for Fake
, de Orson Welles
The Terminator
, de James Cameron
Aliens
, de James Cameron
Terminator 2: Judgment Day
, de James Cameron
Titanic
, de James Cameron
The Thing
, de John Carpenter
Mad Max: Fury Road
, de George Miller
Mud
, de Jeff Nichols
Manchester by the Sea
, de Kenneth Lonergan
The Girl with the Dragon Tattoo
, de David Fincher
La vie d’Adèle
, de Abdellatif Kechiche
El espejo
, de Andrei Tarkovski
Stalker
, de Andrei Tarkovski
Nostalgia
, de Andrei Tarkovski
Sacrificio
, de Andrei Tarkovski
Amarcord
, de Federico Fellini
La noche
, de Michelangelo Antonioni
La aventura
, de Michelangelo Antonioni
Breaking the Waves
, de Lars Von Trier
Dancer in the Dark
, de Lars Von Trier
Melancolía
, de Lars Von Trier

Series

The Walking Dead
The Sopranos
 
The Wire 
Deadwood
 
House M.D.
 

Música

The Black Album (Metallica), Metallica
Use Your Illusion I & II,
 Guns N’ Roses
Back in Black
, AC/DC
Ultra,
 Depeche Mode
Agila,
 Extremoduro
Yo, minoría absoluta,
 Extremoduro
La ley innata,
 Extremoduro
Material defectuoso,
 Extremoduro
Kind of Blue,
 John Coltrane
Mezzanine,
 Massive Attack
Dummy,
Portishead
Variaciones Goldberg (1981),
 Glenn Gould
La pasión según San Mateo,
 Bach
Réquiem,
 Mozart
Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55,
 Beethoven
Pastoral,
 Beethoven
Coral,
 Beethoven
Quasi una fantasia,
 Beethoven

Cómic

Groo, de Sergio Aragonés
Superlópez,
de Jan
Conan & Belit,
de John Buscema, Ernie Chan y Roy Thomas
Daredevil: Born Again,
de Frank Miller y David Mazzucchelli
Torpedo,
de Jordi Bernet y Enrique Sánchez Abulí

Videojuegos

The Last of Us
The Last of Us, Part II
Red Dead Redemption II

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ARTÍCULOS

Ráfagas (3)

Prosigue el avance, lento pero imparable, de la ultraderecha en toda Europa… por cierto que eso de la «ultraderecha» es todo un eufemismo. La ultraderecha es fascismo, y el fascismo es la forma de referirnos a psicópatas con traje.

A veces la situación actual me recuerda al final de ‘La máquina del tiempo’, la adaptación de 2002, no la primera, que hizo el bisnieto de H. G. Wells, con esos individuos tan evolucionados, capaces de ver el pasado y el futuro, que progresivamente van destruyéndolo todo hasta quedar encastillados en sus fortalezas con todo lo demás arrasado.

Creo que vamos hacia allí. Bueno yo siempre creo que vamos hacia la destrucción final en pocos años, lo he creído desde niño y ahora mucho más, por eso cuando suceda, que sucederá, estaré un poco más preparado sino físicamente por lo menos sí psicológicamente.

Porque cada vez me doy más cuenta de que es un milagro que estemos vivos. Estamos flotando en un vacío inmenso, inabarcable, en nuestra pequeña canica azul, expuestos a cualquier desastre que, tarde o temprano, nos sobrevendrá del exterior…

…o lo provocaremos nosotros mismos… Porque también estoy más convencido de nunca de que si queremos sobrevivir al siglo XXI como especie (y de paso queremos que nuestros ecosistemas y los animales que viven en ellos también sigan perviviendo) es necesario destruir la capacidad militar de EEUU, y para siempre.

Estados Unidos es la verdadera amenaza mundial, global. No les importará convertir todo en un erial con tal de quedarse con él. Existen ahora mismo personas en Washington que quieren (lo llevan queriendo desde hace tiempo) quedarse con todo, implantar un orden mundial en el que sean ellos los que manden en el cotarro, o bien que todo destruido.

Es decir, o se quedan con todo o no queda nada para nadie. Es como la técnica del hermano mayor abusón, o del matón de barrio: o para mí todo o nada para nadie. Pero Estados Unidos no es un país, es un imperio depredador en decadencia, una colonia venida a más que ojalá se vaya quedando cada vez más sola, porque la alternativa es peor, mucho peor.

Y la gente todavía pensando el mundo con conceptos e ideas propias del siglo XX. Estamos en el siglo XXI, las reglas han cambiado. Seguimos siendo una catástrofe como especie, pero ideas como imperialismo, colonialismo, comunismo y otras ya no tienen cabida. Ahora es el momento de la supervivencia.

Pero ¿qué se puede esperar?… .si estamos viendo cómo censuran diálogos de películas intrascendentes porque contienen alguna alusión machista u homófoba, si antes de explicar alguna ficción en las redes sociales es necesario especificar antes que no se está de acuerdo con lo que cuenta esa ficción ni se está justificando, si a la gente hay que cogérsela con papel de fumar.

Esto, ¿desde cuándo ha sucedido? ¿Desde cuándo hay que tener cuidado de no ofender a nadie, de no provocar? Si esa es la base de toda sociedad adulta: confrontar ideas y hasta actitudes vitales.

Por otra parte, el que se ofende no tiene razón, necesariamente, por mucho que automáticamente se la otorguemos. Es más, el que se ofende casi nunca tiene razón.

Veo a demasiada gente preocupada por cosas que no tienen la menor importancia, entusiasmada con cosas que no es posible que a nadie inteligente y con buen gusto pueda ni siquiera interesarle, y ofendida con chorradas de patio de colegio.

No es cuestión de buscar razones por las que ser misántropo, es que ser misántropo es la única salida posible, la única forma de no volverse loco en el interior del manicomio que es el mundo.

Decían por ahí que mi hambre es mía, o que hay que aferrarse a uno mismo… yo me aferro a mi desprecio por aquello que no soporto, que me parece indigno, que por alguna razón se ha decidido que hay que tragar sí o sí.

Creo que la única forma de vivir una vida más o menos digna consiste no solamente en defender a aquello en lo que crees, sino enfrentarse directamente a aquello en lo que no crees, que viene a ser lo mismo pero pasando a la acción, o por lo menos a cierta acción.

Y si para eso has de quedar a menudo solo, apartado y marginado, pues bienvenido sea. Serás una mayoría de uno, porque estarás convencido de que haces y piensas (que también viene a ser lo mismo) lo correcto.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

Poetas & Narradores

Creo que a veces la batalla dialéctica por lo verdaderamente elevado en Cine y Literatura no está tanto en lo comercial o no comercial, en lo profundo o en lo superficial, sino en lo que es un cine poético y lo que podríamos llamar un cine narrativo. Y creo que esa batalla está equivocada. Voy a intentar explicarme un poco más y a exponer mis razones.

De un tiempo a esta parte en Twitter, además de leer una enorme cantidad de comentarios dignos de personas que por una parte son unos flipaos y por otra deberían ver más cine y leer más libros (además de despojarse de un poquito de soberbia), estoy siguiendo a dos personas que por suerte también (de los pocos todavía, y bien orgulloso que estoy de ello) me siguen a mí: Eduardo Bernal y Justo Parreño, un escritor y un profesor de cine respectivamente, que son muy activos en esta red social y que además tienen las cosas muy claras en lo que se refiere a lo que piensan sobre este medio artístico. Bernal es bastante radical en su búsqueda y defensa de un cine más elevado, artístico y anticomercial, y Parreño es aún más radical que él, y llega a llamar estafadores a todos aquellos que, según él (y siempre de manera muy respetable), han pervertido el cine convirtiéndolo en un negocio y en un medio para aborregar a las masas. Estas dos personas se han visto muchísimas películas, han escrito mucho sobre ellas y tienen una preparación académica de la que adolecen otros muchos que no hacen más que dejar tonterías tanto en Twitter como en muchos blogs.

Ahora bien: lo que Parreño, por lo visto, considera únicamente cine, son películas que según sus propias palabras sublimen las imágenes y aquello que están contando. No estoy muy seguro de lo que quiere decir con eso, pero quizá se refiera a un cine, de nuevo, poético, que trascienda las meras imágenes y la mera narrativa para convertirse en otra cosa, en algo que se eleve por encima del suelo y de la imaginación de los espectadores. Nada que objetar. Pero esta forma de pensar es nada más que una reacción virulenta a un fenómeno (el llamado cine comercial) y muchas veces, la mayoría, es una visión reduccionista que te impide apreciar ciertas cosas. Sucede siempre: por querer enfrentarte a algo que detestas, acabas perdiendo parte de perspectiva. Y yo no soy precisamente sospechoso de ir por ahí defendiendo la cultura popular. Pero a veces me da la sensación de que lo que se está dirimiendo en estos debates es la diferencia entre un cine poético y otro narrativo, y que por lo general los más cinéfilos suelen considerar más elevado el primero y menos elevado (por decir algo suave), el segundo.

En realidad en el Cine y en la Literatura, a poco que se indague en cualquier de las dos artes, se acaba viendo con bastante facilidad la diferencia entre los directores más poéticos (antinarrativos, si queremos llamarlos así) y los más narradores. Lo que en LIteratura vendría a ser, muy a «grosso modo», la diferencia entre prosa y poesía. Así, un director como David Lynch no es precisamente muy narrativo (siempre recordaré la reseña de Jaume Genover sobre ‘Wild at Heart’…), pero «lo que le falta de narrativa le sobra de sugerencia». Por otro lado, un director como John Carpenter no es digamos muy poético, pero es un narrador puro (uno de los más grandes narradores que ha dado el cine estadounidense). Lo que al final se desprende de uno y de otro es que la sugerencia de Lynch termina siendo tremendamente narrativa, y las imágenes narrativas de Carpenter y de otros como él terminan siendo tremendamente poéticas. Es decir, las cosas no son tan fáciles como parecen.

Muchos que aman profundamente el Cine tienen conceptos diferentes sobre qué es lo más elevado y lo más profundo, y al mismo tiempo qué es lo más despreciable y prescindible. Para estos dos compañeros nombrados el cine poético es lo único importante, salvo escasas excepciones. Para la gente de Cinefix sobre todo tiene predominancia la imagen pura. Para otros como Bracero, por lo visto, si en un plano una sombra significa algo, o si un espejo está roto o si un travelling contiene algo de semántica. Cada uno, supongo, intentamos, desde nuestro acervo, nuestro aprendizaje y seguramente nuestros precursores (y nuestras limitaciones…), encontrar lo que diferenciamos que es cine de lo que no lo es.

En mi opinión, no solicitada por nadie, el cine más puramente narrativo (de género, de conceptos y referentes quizá más populares) puede poseer trazas líricas tan valiosas como el propio cine poético. Hay que saber diferenciar, ahí está lo complicado, el cine narrativo de baja estofa (del que abunda en Hollywood y lugares parecidos) del cine narrativo de gran exigencia y potencia evocadora. No todo el cine de aventuras es una basura, ni todo lo que se elige para la sección oficial de Cannes es una maravilla. Es decir, que hay grandes narradores capaces de mucho mayor lirismo que ese globo hinchado de Albert Serra, del que todavía nadie ha visto su película, pero están todos los cinéfilos de pro dando saltos por su selección en el festival más importante del mundo. Ya veremos lo que lleva al festival, si es bueno o no, y ya veremos lo que trasciende dentro de cuatro o cinco décadas, que no es tan fácil de adivinar como pareciera.

Y por lo pronto animo a quien lea estas líneas a seguir, leer y tener en cuenta lo que dicen estas dos personas nombradas más arriba, en lugar de a tanto juntaletras y supuesto cinéfilo que no hacen sino repetir (como ciertos alumnos de escuelas de cine, por cierto), lo que han dicho otros durante demasiado tiempo.

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ARTÍCULOS

Reescrituras (3) – A Alberto Olmos, que carece del mínimo respeto por sus lectores

Lo de los críticos cinematográficos rancios, perdonavidas, bravucones y cortos de miras en España lo inventó Carlos Pumares, hace ya unos cuantos años. Le siguieron muchos de ese estilo, aunque posiblemente ninguno con tan poca gracia a la hora de escribir ni con tanta desidia en cualquier cosa como Carlos Boyero. Ahora parece haberse unido a este enorme club (porque son legión), el novelista Alberto Olmos, que además de escribir novelas y conseguir que se las publiquen, lleva ya unos años con una columna en ‘El Confidencial’ en la que de vez en cuando (hay que justificar su sueldo, supongo) además de escribir sobre temas culturales como un columnista cualquiera, deja críticas literarias y cinematográficas. Hasta estrellitas les pone a sus críticas, en plan Filmaffinity o IMDb.

Hacía ya un tiempo que no publicaba una de mis reescrituras, pero creo que su «crítica» a ‘Euphoria’ lo merece. Y no porque no esté de acuerdo con ella, aunque evidentemente no lo estoy. Todos los días leo o escucho a personas decir cosas con las que no puedo estar de acuerdo, y sin embargo en algunas ocasiones logran persuadirme de que tienen sus argumentos, de que por mucho que estemos en las antípodas intelectuales son puntos de vista a respetar. Me pasa con mis buenos amigos Carlos Eguren y Juanjo Martínez, con los que comparto podcast, y con bastantes personas más. Me encuentro con personas muy inteligentes que piensan de un modo diametralmente opuesto al mío, pero me gusta hablar con ellos, o enfrentarme a sus ideas, porque por una parte son ideas interesantes y por otra siempre es positivo el debate. Pero luego te encuentras a gente como Alberto Olmos.

Hay dos clases de críticos: los que te toman por un lector inteligente y los que te toman por imbécil. En pocas palabras: los que se toman en serio lo que hacen y los que no. Desde que Olmos se puso con su página Lector-Malherido, decidió qué tipo de crítico iba a ser. Porque además él es un tipo inteligente. Es decir, él no es uno más de esos juntaletras que se ponen a opinar sobre cualquier cosa. Lo hace, opina sobre cualquier cosa, pero es un tipo que tiene cierto verbo y que no tiene la cabeza reseca. Ahora bien, la inteligencia hay que sostenerla. Hace demasiado tiempo que Olmos se ha convertido en una parodia de escritor y en una parodia de crítico, que se cree que por ir en contra de lo establecido, por sistema, es un valor en sí mismo. Es decir, puedes sostener que ‘Moby Dick’ o que ‘Ulysses’ son malas novelas, pero muchacho, tienes que argumentarlo, o en caso contrario eres uno más en la barra de bar soltando ocurrencias y disparates. Y ahora con las series de televisión igual. No se sabe muy bien si lo que escribe Olmos lo piensa verdaderamente o es una pose, porque se ha convertido en el campeón mundial del postureo. Da la impresión de dos cosas: que lo que quiere es llamar la atención desesperadamente, y que no escribe exactamente lo que piensa. Es decir, que no leemos más que disparates suyos. Porque si de verdad piensa lo que escribe, quizá debería pensar en cambiar de oficio. Vamos a ello. Entre paréntesis mi reescritura:

‘Euphoria’: una serie putrefacta, enfermiza y repugnante

(Puedes titular una crítica como te venga en gana, por supuesto, pero si te pones el listón tan alto –o tan bajo, según se mire– tienes que estar luego a la altura de las circunstancias, y no es el caso)

La serie de Sam Levinson naufraga en un estiloso efectismo de videoclip politoxicómano

(Reconozco que no sé lo que es un «videoclip politoxicómano»… esta forma de calificar y de adjetivar una serie tiene un tufo rancio y moralista que lamentablemente se va a ir confirmando a medida que uno avanza en la pieza)

«Es evidente que los drogadictos están sobrerrepresentados en la ficción. Para que el cine y las series hablen más de ti, deberías drogarte. Cualquier droga tiene más cabida en una producción audiovisual que el metro de Madrid, el autobús de Chicago o un puesto de manzanas. La droga hace el cine, quizá por fuera y por dentro simultáneamente.»

(Este párrafo es puro estilo Olmos: una expresión grandilocuente y rebuscada -«sobrerrepresentados»– para tratar de sostener una idea con poca enjundia –que los drogadictos tienen mucha presencia en las ficciones– que reincide en lo rancio y moralista de este hombre: menos drogadictos y más puestos de manzanas. Y una sentencia absurda y mal escrita: «la droga hace el cine, quizá por fuera y por dentro simultáneamente»…)

«Jean Luc Godard consideraba en ‘Historia(s) del cine’ que el séptimo arte era una ramificación de la industria cosmética. Podemos subir la apuesta y estimar que el cine y las series de televisión son en realidad departamentos de publicidad del narco. Es cierto que la droga es ilegal, que su precio no atiende a razones, que no se puede adquirir en El Corte Inglés y que su etiquetado resulta mejorable. Pero no es cierto que no disponga de su propia campaña de promoción permanente, el otoño-invierno de la cocaína, la Semana de Oro de la marihuana. La droga se anuncia más en televisión que el pan Bimbo.»

(Siguiendo su estilo, ahora toca cita o referencia pseudo-culta: Godard. Y él por supuesto va a subir la apuesta de esa cita tan culta. Siguen una serie de bromas y chascarrillos sin gracia marca de la casa que nada tienen que ver con la serie que, se supone, va a criticar)

«‘Euphoria’, en fin, empieza como el clásico drama con drogas que debería conmoverte, pero enseguida piensas, después de ver dos o tres capítulos, si tú también tendrás guardado por ahí el teléfono de algún camello enrollado. Es tan guay drogarse. Son tan guapos los que se drogan. Salen luces de colores todo el tiempo, cuando te drogas. Y no, no tienes el teléfono del camello.»

(Empezamos de una vez, pero añade ese «en fin» como si todo lo que hubiera dicho anteriormente, que es parecido a la nada, ya apuntalara su «crítica», y comienza a dejar claro que no ha entendido la serie ni en una décima parte, porque si ves ‘Euphoria’ y crees que es guay drogarse es que has caído en la trampa… y que no te has visto ni siete capítulos, como efectivamente luego reconoce)

«En ‘The Wire’ los drogadictos no eran imitables, porque resultaban penosos, feos, sucios y se drogaban en pisos abandonados junto a ratas y bolsas de basura. Llámenlo realidad. En ‘Euphoria’ (solo por empezar con uno de sus elementos disuasorios), la droga va aparejada a la belleza y a la aceptación social, y se entiende además que así es la juventud en Estados Unidos y, por supuesto, en todo el mundo, en Madrid o Sevilla, mocitos eternamente rodeados por luces de neón y ropa chillona alucinando químicas. Entonces la gente, incluso los jóvenes, ven ‘Euphoria’ como la serie que les define, lo que solo puede interpretarse como decadencia aspiracional de la peor especie. Aspirar a decaer es lo que nos faltaba, amigos

(El dislocado texto sigue por derroteros de comparativa, con la excelsa ‘The Wire’ como ejemplo máximo. Si has visto ‘The Wire’ y crees que en ella la droga va aparejada a la belleza y la aceptación social es que necesitas unas gafas mejores, muchacho, o bien estarte atento a la serie… tampoco mucho, basta con fijarse cada cinco minutos… puedes enterarte de que esa idea es falsa incluso cambiando los pañales al niño o jugando con el móvil al mismo tiempo… Y la guinda del pastel: viene a decir el amigo crítico –le llamo amigo porque él también me ha llamado crítico a mí– que esta serie es mala para los jóvenes… ¿Cómo y cuándo un novelista con alguna cosa interesante se vuelve un catequista de ochenta años mentales? Digno de estudio)

«A los únicos a los que define ‘Euphoria’ es a los Javis, a C. Tangana, a gente que no tiene que enviar su currículo el lunes por la mañana a 15 departamentos de personal y creen que ‘after’ es una filosofía de vida. A todos los demás, esta serie únicamente les hace soñar con una vida mejor: una vida a partir de la cual HBO se dignaría a hacerte una serie.»

(Pues claro, todos los que nos hemos sentido conmovidos con esta serie aspiramos a ‘After’ como filosofía de vida. Es increíble (o falso, que yo creo que por ahí andan los tiros…) que un tipo que escribe novelas y al que se le supone un bagaje intelectual y cultural se crea que porque una serie hable de adictos sea perfecta para adictos, o que una serie que hable de cazadores furtivos legitime a cazadores furtivos, o que una serie que hable de un violador legitime a los violadores)

«Hay dos colisiones simpáticas en el fenómeno de ‘Euphoria’. Una la encontramos en que su creador, Sam Levinson, rodó en 2018 una de las mejores películas del siglo XXI, ‘Assassination Nation’. Lo agónico es que ‘Assasination Nation’ es exactamente igual que ‘Euphoria’, es decir, trata los mismos temas enfermizos, salen los mismos personajes jóvenes femeninos hastiados de Instagram, amén de abusos, transexuales, suburbios con jardín y luces de neón cada cinco planos, pero presenta un lamentable 6 como nota en Imdb, mientras que Euphoria disfruta de un delirante ¡8,4!»

(Aqui ya empieza el desbarre y la falta de coherencia absoluta: ‘Assassination Nation’ le parece una de las mejores películas del siglo XXI –no lo es, pero bueno es lo que él dice–, y ‘Euphoria’ es exactamente igual… pero ‘Euphoria’ es putrefacta, enfermiza y repugnante… ¿Que por qué? Vete a saber, pero a este hombre le alucina que la primera tenga un 6 y la segunda un 8,4… ¡viva la disgregación mental!)

«Este error de todo el mundo (creer, a diferencia de mí, que ‘Assassination Nation’ es mucho peor que ‘Euphoria’, cuando es justamente al revés) nos sugiere una comparación con el trabajo de Nicolas Winding Refn. Después de presentar ‘Drive’ (2011) o ‘The neon demon’ (2016), auténticas obras referenciales del cine contemporáneo, Winding Refn se volvió indigesto en su serie para Prime Video, ‘Demasiado viejo para morir joven’, que, a fin de cuentas, era lo mismo pero con 10 horas de duración.»

(Y al desbarre le sigue el postureo más clásico: a mí gusta más la película de Levinson que su serie, y yo tengo razón, y por eso la serie es una porquería. A él le sugiere una comparación con Winding Refn en la que vuelve a decir la misma incoherencia de antes)

«Lo que estima uno, un poco a voleo, es que la intensidad alucinógena, desbordada y parcelada por la obligación de llenar con ella ocho o diez horas de ficción, acaba naufragando naturalmente. En cierto sentido, es como si uno se sube a una montaña rusa y le dicen que cada veinte metros deberá bajarse, irse a su casa, hacer su vida y luego a la semana siguiente subirse de nuevo en la montaña rusa justo donde lo dejó. Obviamente, el viaje espídico y emocionante de la montaña rusa ya no es el mismo. Ese bajar y subir constantemente a la montaña rusa es lo que define las series de Levinson y Winding Refn. Son una tortura, vamos.»

(Dice que «un poco a voleo». Yo creo que las críticas y el pensamiento entero de Olmos es todo él «un poco a voleo». Aquí por lo menos da un argumento más o menos defendible –después de unos cuantos párrafos descoyuntados–: que la intensidad no puede sostenerse durante diez capítulos. Pero claro, como no ha visto la serie no sabe que lo dice es falso)

«La otra simpática contradicción de la serie tiene que ver con su protagonista, Zendaya. Hay que imaginar a Zendaya (sea el caso o no) rodando de lunes a viernes ‘Spiderman: no way home’ y, los fines de semana, ‘Euphoria’. ¿Hoy me toca telaraña o cocaína?, le debía de preguntar a su representante cada día de rodaje. Hoy, telaraña, maja.»

(Otro párrafo increíble, que o bien le descalifica para siempre como crítico y/o humorista –eso hacen los actores, amigo Olmos, hoy te hacen ‘Django Unchained’ y mañana ‘The Wolf of Wall Street’…– o bien demuestra a las claras que nos toma a todos por imbéciles. ¿De verdad este hombre se cree gracioso o que está argumentando con chorradas como esta?)

«No en vano, la actriz se ha visto necesitada de enviar un mensaje a sus fans —que lo son, obviamente, más por ‘Spiderman’ que por una serie marginal— avisándoles de que quizás ‘Euphoria’, donde aparecen penes erectos, abusos sexuales, drogas vendidas por niños y depresión sofisticada en cantidades estomagantes, quizá, repito, no es lo que esperan de ella los que la han visto volar abrazada al Hombre Araña, tan sana y sonriente como Heidi.»

(Claro, «marginal» una serie que es la más vista desde ‘Juego de tronos’…. ¿Esto es una crítica o una crónica de salsa rosa?)

«Personalmente, me desagrada mucho ‘Euphoria’. De hecho, escribo esta pieza sin haber visto entera la serie, ya que me provoca una gran repugnancia y no me pagan lo suficiente. Visualmente, es muy pintona, pero desde el punto de vista moral es de una considerable bajeza. Básicamente, se trata de niños ricos de Hollywood jugando a combinar problemas muy gordos de los que apenas saben nada para poder rodar planos a cámara lenta con música de fondo compuesta por algún amigo que vive en la mansión de enfrente. Toda ella es, en definitiva, una celebración de lo putrefacto, una estilización de lo enfermizo, vendida como realidad adolescente por adultos que confunden la adolescencia con la tendencia, la moda, el vacío y el brilli-brilli.»

(Y ya el delirio narcisista y antiprofesional más rotundo que he leído en mucho tiempo: ni se ha visto la serie ni le pagan lo suficiente para hacerlo. Por lo demás, las últimas líneas son dignas de alguien que no sabe separar realidad de ficción, que no hace el mínimo esfuerzo en entender lo que le están poniendo delante de las narices, y que encima se cree el tipo más listo de la clase)

Lo que esta crítica tendría que haber hecho, para ser del todo coherente, es decir lo siguiente: «me llamo Alberto Olmos, soy más listo que tú porque yo lo he decidido, no me gusta ni la crítica literaria ni cinematográfica, y tampoco me gusta otra cosa que cachondearme de todo y demostrar que el nihilismo intelectual es mi forma de vida. Por eso series como ‘Euphoria’ me hacen picar el anzuelo y creer que celebran lo nauseabundo, cuando en realidad es que ni siquiera me ha apetecido verla entera ni estoy preparado para ello». Esa es la breve reescritura que puede hacerse de una pieza tan lamentable como esta.

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ARTÍCULOS, CINE

Los 7 directores más grandes de Europa

Después de dejar por escrito, una vez más, quienes son los directores más importantes de Estados Unidos, recurriendo al siempre agradecido y místico número siete, toca el turno de los europeos (después haré, si tengo tiempo, el de los siete nómadas, y no sé si me atreveré con los siete asiáticos, porque como suelo decir, bastante tengo con «controlar» –y malamente…– el cine occidental, como para encima ser uno de esos que van por ahi alardeando de conocer mínimamente un cine tan inmenso y en cierta forma inabarcable como el asiático…) que tienen una particularidad opuesta a la de los estadounidenses: mientras allí están todos vivos menos uno (Welles), aquí están todos muertos menos uno (Von Trier). Supongo que eso también quiere decir algo…

El cine europeo nunca ha estado en desventaja frente al del otro lado del Atlántico excepto en estos años grises en los que si quieres dirigir una película importante en total libertad casi que se tienen que alinear los planetas y has de hacer un pacto con el diablo para poder conseguirlo. Supongo que muchos tendrán sus teorías de por qué se ha llegado a esta situación, y a lo mejor estoy de acuerdo con ellos, pero la única forma de ponerle remedio es dejar de ver a todas horas, en todos lados, películas estadounidenses, y ponerse a ver más películas españolas, danesas, rusas o italianas, por mucho que a veces, actualmente, se parezcan más a una película estadounidense que otra cosa.

Aquí tienen a los siete magníficos de este (sub) continente europeo… a ver si es posible que los vídeos que subo estén disponibles un poco más de tiempo esta vez:

INGMAR BERGMAN

Fresas salvajes
El manantial de la doncella
Como en un espejo
Los comulgantes
Persona
Gritos y susurros
Secretos de un matrimonio
Sonata de otoño
Fanny y Alexander

ANDREI TARKOVSKI

La infancia de Iván
Andrei Rublev
El espejo
Stalker
Nostalgia
Sacrificio

ROBERT BRESSON

Diario de un cura rural
Un condenado a muerte se ha escapado
Pickpocket
Al azar de Baltasar
Mouchette
El diablo probablemente

LUIS BUÑUEL

Un perro andaluz
Los olvidados
Nazarín
Viridiana
El ángel exterminador
Simón del desierto
Belle de jour
El discreto encanto de la burguesía
El fantasma de la libertad

MICHELANGELO ANTONIONI

Crónica de un amor
La aventura
La noche
El eclipse
El desierto rojo
Blow-Up

CARL THEODOR DREYER

La pasión de Juana de Arco
Vampyr
Dies irae
Ordet
Gertrud

LARS VON TRIER

Rompiendo las olas
Bailar en la oscuridad
Dogville
Anticristo
Melancolía
Nymphomaniac

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

«Obra maestra», la expresión que a tantos les gusta emplear

No falla… no hay momento en una conversación, aunque sea en una por Twitter en la que dos interlocutores no estén de acuerdo en casi nada, en que alguien no use a la ligera la expresión «obra maestra». Pensémosla, digámosla en voz alta… al tener una erre intercalada en ambas palabras, como que suena mejor, más rotunda, más severa. Diciéndola, pensándola, metiéndola en alguna conversación, nos sentimos como más inteligentes, más capaces, con más autoridad intelectual. Incluso rima un poco. Por ello, y por unas cuantas razones más, no existe expresión más manoseada y abaratada cuando nos ponemos a hablar de películas, o de novelas, o de series…

…porque todo el mundo quiere encontrar su «obra maestra», todo el mundo quiere defender una «obra maestra», todo el mundo quiere proclamar una mientras el resto del mundo quiere defenestrarla o ningunearla. Defender «obras maestras» está muy bien. nos ayuda a levantarnos por la mañana con mayor orgullo, nos da una razón para sonreír y sentirnos mejor con nosotros mismos. Defender películas de mierda o novelas de mierda también está muy bien, a su manera, sobre todo cuando queremos hacer postureo, como lo que hace Alberto Olmos cada vez que se pone a escribir su columna, o cada vez que la gente intenta sostener sus gustos de la infancia. Pero cuando por fin nos ponemos a defender «obras maestras» creemos que sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. ¿Y eso siempre es algo bueno, no?…

…salvo que no… no por ello sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. Para empezar estaría bien saber lo que significa eso de «obra maestra».

La mayoría, me temo, la usa a modo de comodín para casi todo: para calificar una gran obra, para ponerlo delante de sus películas y sus novelas preferidas, para etiquetar lo más importante del año o de una década, para sacarle brillo a esos títulos desconocidos pero vanguardistas…. Así, más o menos todo es lo mismo: obra maestra, obra magistral, obra perfecta, «magnum opus», obra clásica, obra de arte, obra única, obra genial. La «obra maestra», tal como su mismo nombre indica, debe ser cualquier obra de gran envergadura de alguno de esos «maestros» que andaban o que todavía andan por ahí, ¿no? Ahora es cuando nos ponemos a definir con más exactitud la expresión de marras y nos vestimos de profundidad: una «obra maestra» es esa pieza perfecta que expresa conceptos universales, que habla de su tiempo y a la vez está fuera de él, por lo que puede resistir el paso de los siglos; es además una pieza que establece una dialéctica con sus precursoras y que rotura nuevos caminos artísticos, etc, etc, etc….

Luego llegará el posmodernista de turno y dirá que una «obra maestra» es diferente para cada uno y que su misma definición y aplicación depende de cada cual, y ya estará todo zanjado.

Pero estaremos de acuerdo –si es que podemos ponernos de acuerdo en algo– en que da la sensación de que cuanto más se usa esa expresión menos capacidad se tiene para reconocer una aunque te la pongan delante de las narices.

La obra maestra es, sencillamente, la pieza catedralicia de un autor, la que más define su personalidad artística, la que es el mejor y más perfecto compendio de la obra de un gran escritor o un gran artista en una disciplina determinada. Así, la obra maestra de da Vinci es ‘La Gioconda’, la de Miguel Ángel en pintura es ‘La capilla Sixtina’ y en escultura ‘La piedad’, la de Mozart es ‘El Réquiem’… Pero: ¿y cuando un autor tiene no una sino varias obras gigantescas? ¿No hizo también Mozart ‘El rapto en el serrallo’, ‘La flauta mágica’ y varias otras? ¿No esculpió Miguel Angel también el ‘David’ y el ‘Moisés’? ¿No pintó da Vinci también ‘La última cena’? Y en cuanto a Cervantes: su obra maestra es ‘El Quijote’, claro, ¿pero no escribió también el ‘Persiles’ y las ‘Novelas ejemplares’? La de Coppola es ‘Apocalypse Now’, pero, diablos, ¿este tío no hizo también nada menos que ‘The Godfather’? ¿Y en el caso de gente como Kurosawa? ¡Qué difícil es decidirse! ¿Cómo se hace esto? De pronto no parece tan fácil ponerse aquí a pontificar sobra las «obras maestras» como todos esos chavalillos (y no tan chavalillos…) parecen creer.

En todo caso estaremos hablando de composiciones magistrales o geniales, de piezas de gran perfección, importancia o influencia. Pero no de obras maestras. Si queremos de verdad usar la expresión con propiedad y sentido común –aunque estoy seguro de que para muchos eso de hablar con propiedad y sentido común es innecesario– podríamos por lo menos aprender lo que significan las palabras y las expresiones y usarlas en concordancia con ese significado y esa utilidad.

Pero en fin, en esta época de postureo y de narcisismo desatado, supongo que es hasta lógico que la expresión «obra maestra» se use para casi todo y sobre todo para quedar bien. Borren este artículo de su cabeza, no me hagan caso, ni hagan caso a nadie. Las obras maestras son lo que ustedes quieren que sean y ya está y se ha acabado. ¿Quién soy yo para hacerles ver las cosas de otra forma? ¿Sólo porque me ciño a los hechos y al significado real y racional de las cosas? ¡Al diablo los hechos y la racionalidad!

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