CINE, ENSAYO, LITERATURA

Contar la verdad

Eso nos decían en la escuela de Arte. Y eso es lo que nos dijeron en las escuelas de Cine (algún que otro profesor, no todos…): contar la verdad. Y tú eso lo escuchas y te parece estupendo y muy bonito, pero no tienes ni pajolera idea de lo que están hablando. Contar la verdad. Suena muy profundo eso, muy verdadero, valga la redundancia. Pero te puedes pasar unos cuantos años preguntándote qué quiere decir realmente eso de contar la verdad.

Pero antes de eso, quisiera ir a otra cosa. A algo que a veces he querido contar aquí y que por una o por otra no he sabido o no he podido hacerlo. A lo que se experimenta en una sala de Cine o leyendo determinados libros que vete a saber por qué pero resulta que son Literatura. Porque igual estás yendo al Cine mucho tiempo o te da por leer muchos libros pero ni ves Cine ni lees Literatura, gracias a todos esos empresarios (hoy mismo los han calificado así en una respuesta directa en Twitter y me ha gustado mucho) como Ken Follett, Alejandro Amenábar, o Juan Antonio Bayona, que parecen decididos a que mucha gente no vea Cine ni lea Literatura, porque ellos no hacen ni una cosa ni la otra, sino algo bien distinto. Pero en determinado momento de tu vida, si eres pertinaz, si tienes un poco de suerte, y alguna que otra neurona por encima de la media, te pones a leer Literatura y te pones a ver Cine y te preguntas en qué se diferencian de esos libros que no son Literatura y de esas películas que no son Cine. Y en mi caso me costó mucho esfuerzo enterarme de algo, y lo hice de la manera más tonta posible.

Simplemente, hará como treinta años, me puse a ver y a leer todo aquello que por lo general la gente consideraba raro, o aburrido, o pedante, o nefasto. Y desde luego me tragué cada patraña de mucho cuidado, pero poco a poco empecé a ver y a leer cosas que de verdad merecen la pena. Y pasó algo más: empezó a gustarme ver y leer según qué cosas. Empezó a suponer una segunda realidad para mí. Me explico. Seguro que algún lector que caiga en estas líneas y que haya llegado más allá del segundo párrafo ha experimentado algo parecido: resulta que hay ciertas películas, de un racionalismo absoluto, de un exacerbado apego al realismo (aunque sean de Sci-Fi o Western), en las que vives dentro de la pantalla. Y esto sucede porque el director ha comprendido dos cosas: en primer lugar que el Cine, como la Literatura, aspira o debe aspirar a crear una segunda realidad para el receptor/espectador, a crear vida; y en segundo lugar que esto se consigue con sonidos e imágenes, con una puesta en escena, con una fotografía y un montaje, con una dirección de actores, que serán cruciales para que esto se lleve a cabo. ¿No reconoce el lector esos filmes en los que los sonidos y el ambiente es tan realista, todo es tan convincente, tan persuasivo, que estás ahí dentro, que no puedes dudar ni por un momento de aquello que estás viendo, que ves a dos personajes yendo por un pasillo o bajando por unas escaleras, y es como si estuvieras en tu casa, como si pudieras oler el aroma que desprende la cocina, como si pudieras rozar con los hombros las paredes de la habitación?

Y en Literatura, lo mismo. ¿No le sucede al inopinado y valiente lector de estas líneas mías que cuando lee determinadas novelas o relatos, los más crudos, los más terribles, los que le causan una herida, que ha accedido algo distinto al típico best-seller, que el autor de turno ha accedido a algo con lo que otros no pueden siquiera soñar, que a partir del racionalismo más absoluto, de la valentía más atroz, ha conseguido contar algo con lo que nadie contaba de una forma que nadie había hecho antes? Puede que el Cine y la Literatura no se diferencien tanto, después de todo…

Y ahora podemos volver al tema de la verdad, a eso de contar la verdad. No voy a decir ahora que lo entiendo de manera plena, pero creo que después de mucho trabajo, de mucha reflexión, de continuas investigaciones, empiezo a entender a qué se referían con ello en la escuela de arte, y me parece que muchos que creen saberlo se equivocan por completo. Contar la verdad no es eso que muchos melifluos dicen de contar tu verdad. Eso no es un juego de palabras, ni un concurso de popularidad. No va de contar tu verdad y de que cada artista cuente su verdad. Va realmente de contar la verdad acerca de todo. Una verdad incuestionable, absoluta. Porque el arte trabaja con absolutos. No va de interpretar un concepto o una metáfora, aunque ciertamente algunos son interpretables. Va de que la mayoría de las obras maestras, las obras geniales o las obras de valor no son interpretables. Tal cual: no son interpretables. Son lo que son, y en tu mano está ponerte a su altura y ser capaz de ver lo que te están mostrando. Si el arte fuera de cada artista contara su verdad entonces el arte no valdría para nada. El arte no es opinable, ni es cuestión de gustos, filias o fobias. El arte es una actitud y un compromiso. Tampoco tiene que ver, lo de contar la verdad, con contar tu vida, como tantos artistas hacen, que se ponen a hacer autobiografía. Nada de eso: consiste en un racionalismo doloroso, en ver el mundo y el ser humano tal como es, y en mostrarle la verdad de todo eso al espectador. Parece sencillo y no lo es. Pero es lo único para lo que vale el arte.

El mundo en que vivimos en una mentira constante, es un hatajo de patrañas que nos contamos unos a otros. Decía Marlon Brando que todos fingimos todos los días de nuestra vida. Y es verdad. Fingimos ser lo que no somos hasta que olvidamos si alguna vez supimos nuestra verdadera identidad. Tenemos el mundo exterior, en el que tienes que ir a trabajar, pagar tus facturas, tratar de enfrentarte a la idea de que un día enfermarás y morirás, o que simplemente morirás, probablemente muerto de miedo y sin saber si la vida ha tenido el menor sentido o aliciente. Y dentro de todo eso, para que estés más cómodo en la olla a presión de tu vida, te cuentan un montón de mentiras, por todas partes, todo el mundo, acerca de la realidad, de tu realidad, de la realidad de todos. Sin embargo el arte tiene algo con lo que no cuentan tantos creadores de mentiras, su arma infalible, su bomba secreta:

La ficción.

Es mediante la ficción que el arte, sobre todo el narrativo, puede contarte la verdad. Y no es una verdad, casi nunca, placentera o divertida, sino más bien cruda. Pero es todo lo que tenemos, esa verdad. Con esa verdad somos un poco más libres (tampoco mucho, no vayamos a volvernos locos), un poco más lúcido (ídem), un poco más nosotros mismos. Todo lo que hay fuera no es más que un abismo de mentiras. Pero con el arte obtenemos la verdad. Y no es la verdad de cada uno, ni la vida de nadie en concreto. Es la verdad de todos, y resulta bastante esperanzador que algunos estén locos por la ficción precisamente por eso: porque cuenta la verdad. En la ficción no cabe la mentira. Sus reglas son estrictas. La ficción es un juego, un tablero, en el que la mentira, filosóficamente hablando, está desterrada. Y eso es reconfortante para todos los que nos pasamos la vida buscando buenas ficciones o volviendo a ellas.

A eso se referían los varas de mis profesores cuando decían que tenemos que contar la verdad. Y voy a hacer exactamente eso a partir de ahora: contar la verdad.

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ARTÍCULOS, CINE

La genialidad de cierto Cine Estadounidense

Esto no es una retractación del intenso artículo que publiqué ayer, más bien una disertación complementaria. Lo que dije ayer lo sigo manteniendo y posiblemente lo mantenga el resto de mi vida, nadie me ha amenazado en Twitter ni en comentarios anónimos, y no tengo dos personalidades que digan y piensen cosas opuestas. Por eso digo «cierto» Cine Estadounidense.

Porque a pesar de que EEUU es un chiste de país, a pesar de que sus élites muy probablemente acaben con la vida en el planeta tal y como lo conocemos por sus ansias de poder y por su espíritu belicista, Estados Unidos, como todo gran imperio, ha contado y sigue contando con verdaderos genios en las artes, especialmente en las narrativas (pues convendremos que en Música, Pintura y Escultura los pobres no tienen mucho que aportar…), y muy especialmente en Literatura y Cine. Y si en la primera han contado con gigantes de la talla de Walt Whitman, Herman Melvill, Edgar Allan Poe o William Faulkner, en la segunda ha habido algunos que han luchado contra el status quo, e incluso los hay que han triunfado sobre él… al menos durante un tiempo. Porque cuando quiere el Cine Estadounidense es muy crítico con la sociedad y las élites de su propio país. Quizá uno de los que más, y cuando sus creadores gozan de libertad, pueden hacer mucho daño y lograr levantar obras geniales.

En lo referente al Cine, el primero de todos fue Orson Welles, pero Welles nunca tuvo verdadero poder en Hollywood, sólo tuvo poder en lo que tuvo que ver con su primera película, Citizen Kane (1941), en la que tuvo algo que muchos no tuvieron en toda su carrera: el corte final. No les gustó el jovenzuelo bocazas y se lo cargaron antes de que pudiera dar mucho por saco. Su alumno más aventajado, Coppola, sí ostentó ese poder, y con ese poder consiguió el que en mi opinión es el Quijote del Cine, la trilogía El Padrino, y la que en mi opinión es la Divina Comedia del Cine, Apocalypse Now. Nadie, en toda la historia del CE ha sido más crítico, ni más sombrío, respecto a las instituciones, la política exterior, la corrupción endémica de esa sociedad como Coppola. Por eso aprovecharon el desatino de One from the Heart para cargárselo. Lo malo para ellos es que no se lo cargaron del todo, y aún ofreció la genialidad del cierre de su trilogía y alguna obra notable más. Coppola es el espejo en el que todos los cineastas combativos han de mirarse porque nadie ha conseguido un relato tan pesimista sobre el interior de los Estados Unidos…

Y nadie ha hablado con tanta ferocidad sobre la calamitosa política exterior y el belicismo de los Estados Unidos…

Y si la primera es El Quijote del Cine, y la segunda su Divina Comedia, tenemos que irnos con otros creadores (esta vez en peligrosa colectividad) y a otro medio para hablar de la que en mi opinión es La Odisea del Cine, aunque en formato televisivo, la magna The Walking Dead, que bajo mi punto de vista es, junto con las también geniales The Sopranos, The Wire, Deadwood y House, el relato más crítico con una sociedad desquiciada, suicida, que vive encarcelada en un entorno de western en el que ellos se sienten, patológicamente, más ellos mismos…

Y hay otros, como Terrence Malick, David Lynch, Martin Scorsese, el prometedor Sam Levinson… que cuando quieren y les dejan nos enseñan otro Estados Unidos, uno que no sale en ese Cine mentiroso y falaz que tantas patrañas nos ha dado y gracias al cual nos hemos tragado las mentiras más espantosas de la historia contemporánea.

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ARTÍCULOS, CINE

Las infinitas mentiras del Cine Estadounidense

Algunos van a pensar que yo odio Estados Unidos, después de unos cuantos artículos contra su espíritu invasor y belicista, y de otros como este, en el que voy a hablar un poco de las infinitas mentiras que nos han colado. Pero nada más lejos, sólo odio la manipulación, la mentira y la supremacía como forma de vida, y tal como explicaré en el próximo artículo no siempre EEUU es así…

La propaganda nazi duró unos pocos años. No llegó a dos décadas de existencia. Les sirvió para poner patas arriba al continente entero, para iniciar el segundo suicidio en veinte años de las élites alemanas y para cargarse a millones de personas. Aprendieron de la mejor de todas: la de Napoleón, que ciento treinta años antes ya la lió parda en Europa, convirtiéndose en el primer genocida de la historia contemporánea. Pero hete aquí que llevamos mucho más tiempo con otra propaganda, aún más sutil, más mortífera y más global: la de los EEUU de América como un país heroico, libertador, conquistador y con un Destino Manifiesto. La de un país-continente (se llaman América a ellos mismos, como asumiendo que el norte y el sur es suyo por derecho) que va a llevarnos, tiempo al tiempo, a todos al apocalipsis. Ya he escrito alguna que otra vez sobre el imperio más destructivo de la historia de la humanidad. Ahora vamos a hablar un rato sobre su Cine.

Desde que era un chaval, cualquier cinéfilo de medio pelo, de esos que dicen que adoran el Cine pero lo único que hacen es ver las películas de un solo país («críticos» incluidos, como Pumares o Boyero) se ha pasado el día dando la turra conque el «Cine Americano» (en lo sucesivo CE, de Cine Estadounidense) es el mejor del mundo, porque cuando no tiene los mejores actores y directores, tiene las mejores historias, y cuando no los mejores presupuestos. Que el CE es el más épico, el más espectacular, en el que todos se fijan, el más divertido y el que más funciona a la hora de disfrutar de la «magia» de ver el Cine. A su lado el Cine español es cutre, y el de Europa es para gafapastas. Cualquiera que esté leyendo esto y tenga un poco de memoria sabe que lo que estoy diciendo es verdad. Además allí tienen el «género de géneros», el Western, tienen a John Ford y a John Wayner y un star-system, y los Óscar, y Hollywood y todo el mundo quiere trabajar allí y hacerse rico y famoso. Por supuesto que sí. Y ahora que no está Ford está Eastwood, y cuando ya no esté Eastwood estará otro parecido, otro muy viril y muy «americano» que le enseñará al mundo cómo se hace Cine…

Bien. El Cine es la maquinaria de propaganda más importante de la historia de la humanidad, y esto las élites de EEUU lo han entendido desde el principio. No en vano las dos potencias que más duro le dieron al Cine para exaltar sus ideales, y que más invirtieron en grandes estudios desde sus albores, fueron la Alemania pre-nazi y los EEUU. Sabían bien lo que se jugaban: ni más ni menos que la atención y el favor del público y la opinión y el gusto de la masa acrítica. La Alemani Nazi se fue a la mierda… pero quedaron los EEUU, que desde los años treinta (y ya van casi cien años de nada…) se ha dedicado a expandir su mercado potencial de películas al mundo entero, mientras acoraza el suyo propio. Recuerdo bien ese deleznable documental (por llamarlo de alguna manera) llamado Movies (no American Movies, no… Movies a secas) en el que solamente hablaban de su Cine y de su gente. Y, oye, tampoco es plan de negarles la mayor. Allí han trabajado y siguen trabajando extraordinarios cineastas, y allí han conseguido grandes logros narrativos y conceptuales (de los que hablaré en ese futuro artículo arriba mencionado), pero allí se han fraguado décadas de mentiras acerca de los dos siglos y pico de existencia de ese «país» que no es un país sino más bien un chiste en demasiadas ocasiones llamado EEUU.

Y no me refiero al hecho de que las típicas películas de Hollywood acaben bien, con los buenos venciendo a los malos, con el clásico beso final del héroe y la chica desvalida… tampoco me refiero a esas peleas en las que de un trompazo les rompen una silla en la cabeza y siguen tan campantes, de esos tiroteos en los que un tiro en el hombro «es un rasguño» y que se operan con un trago de whisky… y tampoco a esas películas de polis en las que investigan muy bien, o en las que el héroe policía es un poco borrachuzo y un poco sinvergüenza pero tiene el corazón noble y es valiente y sacrificado. No me refiero a nada de eso. Todo eso es pecatta minuta. A lo que me estoy refiriendo es al inmenso esfuerzo que miles de cineastas y técnicos y productores han llevado a cabo durante décadas para pintarnos un país que no existe, para ocultar un pasado escandoloso, para convertir sus genocidios y sus masacres en valientes aventuras, para hacer pasar por verdades incontestables las más grandes mentiras que ninguna industria, ni siquiera la editorial, ha contado jamás a la humanidad. Y el que piense que todo eso es casual y producto de un exacerbado pundonor que lo piense dos veces. Esto está perfectamente orquestado y preparado para que nos traguemos lo intragable, y para que los tontos europeos se crean que América es el país de las oportunidades, de la hamburguesa, de la felicidad, la coca-cola y la libertad sin límites.

Resulta que América del Norte la descubrieron y la colonizaron los exploradores anglosajones (con raíces quizá holandesas, irlandesas o alemanas), que los nativos originales eran una panda de animales a los que les encantaba arrancar cabelleras para divertirse, que los muy nobles y valientes colonos instauraron una de las primeras democracias liberales en el mundo, que los padres de la patria eran grandes pro-hombres dueños de visión de futuro y de humanidad sin límites, que la I y la II Guerra Mundial la ganamos gracias a esos valientes soldados, y que su policía es la más preparada del mundo y la más incansable luchadora contra la corrupción.

Ni una sola verdad, ni siquiera media verdad, esconde la frase anterior.

De todos los géneros, los que más y mejor han cultivado los gringos son el Western, el Bélico y el Policíaco (o Noir), aunque en realidad su Western tiene mucho de Género Histórico, y su Noir mucho de Western. No es casualidad tampoco. Saben bien que mintiendo sobre el pasado (con el Western), mintiendo sobre las guerras (con el bélico, obvio), y mintiendo sobre el presente (con el Noir), lo tienen más fácil. Y además mienten maravillosamente, con actores y actrices atractivos, con un gran aparato de producción, con esa forma de contar mentiras tan anglosajona, tan shakesperiana, consistente en epatar al espectador y colarle gato por liebre. Así, nos hemos tragado que los nativos americanos eran los malos, y que los invasores blancos y genocidas que les enviaron a reservas a morir de hambre (y que cuando se escapaban para no morir demostraban ser las bestias que eran) eran los buenos. Nos hemos tragado que la II Guerra Mundial la ganaron ellos, a pesar de que entraron en la guerra solamente por Pearl Harbor y que lo que hicieron fue más lucrarse que luchar. Y nos hemos tragado que allí la policía y la corrupción son antítesis mientras no dejamos de ver en la tele cómo la policía acribilla a jóvenes negros desarmados y se niega entrar a un colegio en el que están masacrando a niños de ocho años…

Es para quitarse el sombrero. Y ahora nos han hecho creer que Rusia son unos invasores, después de querer ellos poner bases nucleares y tropas a tiro de piedra de Moscú, con el beneplácito de la criminal OTAN, anulando la capacidad de la ONU para hacer nada relevante. Los pocos cineastas que han plantado cara al status quo han sido aplastados y ninguneados, y ahora vamos a tener que tragarnos que probablemente iremos de cabeza a la III Guerra Mundial porque los rusos son muy malos y ellos, los cándidos estadounidenses de ojos azules, con su maravilloso CE, con sus armas químicas y con su beligerancia por todo el globo, son los ángeles que se enfrentarán a los diablos… justo antes de que antes presione el botón y nos vayamos todos a la nada más absoluta. Lo han hecho a la perfección.

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ARTÍCULOS, CINE

La (pseudo)crítica que no sirve para nada

Es sorprendente la cantidad de gente que quiere ser crítica de Cine o crítica de Literatura. Se diría que es algo vocacional, hasta que acabas indagando, acabas rascando un poco más, y te acabas dando cuenta de la verdad de las cosas. También es sorprendente la cantidad de gente que ha estudiado en una escuela de Cine y que se pone a hablar de cosas de Cine, y que no tiene nada que aportar, que por más que dice cosas no aprendes nada ni te sirve para nada.

Hay gente, muchísima, que se pasa la vida despotricando contra los críticos, dejando claro que para ellos/as son una panda de sabiondos, unos culturetas, unos pedantes, unos listillos que van por ahí creyéndose mejor que los demás, creyendo que ellos tienes razón y los demás, que están armados de razones y los demás son tontos. He llegado a conocer a gente que trabajaba en blogs de cine y cosas similares que decía lo mismo de los críticos que los típicos garrulos de barra de bar, de camiseta de fútbol para ir de copas y de pegar perdigonazos a perros desvalidos. Les he oído con estas orejas y les he visto con estos ojos ponerse ciegos y sordos de furia cuando se intenta razonar con ellos, decirles que a lo mejor los críticos, alguno de ellos, puede que por casualidad, sepan algo de lo que están hablando y que el gusto de cada cual no tiene nada que ver con eso. Les he visto ponerse violentos, les he visto estar a punto de sacar la navaja y liarse a trompazos.

Luego, muchos de esos son los que están dispuestos a sentarse en la silla de crítico en cuanto les ponen un ordenador o un móvil delante, pueden darse de alta de manera gratuita en algún foro, y se les da la oportunidad de escribir lo que piensan. Se les olvida todo lo de antes, se les olvida lo que detestan a esos «sabiondos de mierda», y se ponen a escribir una (pseudo)crítica y ya se sienten con autoridad para hablar de cualquier cosa. Luego están los que en algún momento de su vida han estudiado algo de Cine, o algo de arte, o han hecho algún corto, o han visto muchas películas y se ponen a escribir sobre Cine con mucho entusiasmo, y te hablan de semántica, y de planos, y de avances técnicos en la historia del Cine, y lo mismo vale lo que dicen ellos que lo que dicen los otros antes mencionados, porque no aprendes absolutamente nada ni te sirve para nada. Claro, luego muchos que no tienen ni pajolera idea les leen y se piensan que están descubriendo el Mediterráneo, pero valdría lo mismo que se pusieran a leer un libro en cirílico, porque salen de la fiesta igual de ignorantes que entraron.

El Cine no es semántica ni lenguaje

Y si de alguna forma lo es, lo es en un grado muy menor, igual que sucede con la Literatura y con la Música. No diríamos que la Literatura es un lenguaje ni que la Música es un lenguaje, sino una forma de expresión artística. El problema del Cine es que opera con realidades… ¿Cómo va a ser una realidad un conjunto de símbolos o de signos? En la realidad existen símbolos y existen signos, claro que sí, pero reducir la experiencia vital a un conjunto de signos, reducir una película a pictoricismo, es hacerle un flaco favor.

Porque el Cine no es un conjunto de cuadros

Y eso a pesar de lo que piensan algunos, y de lo que insisten en ello. Si el Cine es un conjunto de cuadros en movimiento, y la relación que se establece entre esos cuadros, y el simbolismo de una sombra o de un reflejo en un espejo, entonces el Cine es muy poca cosa. Por supuesto que la semántica es un aspecto importante, y el cineasta puede comunicarse con el espectador a través de ella, pero no lo es todo, ni es lo único, como parece que tantos se empeñan en ver. Valorar una película por los signos más o menos velados, más o menos ocultos que se perciben en la composición de un plano, es tener una idea roma, barata, prosaica del cine.

Porque si se quiere hacer una crítica hay que llegar bastante más lejos

Porque el Cine tiene algo de Literatura, de Teatro, de Fotografía, de Música, de Arquitectura y de Pintura. Estaría bien saber de todo eso, y no solamente lo que son o dejan de ser… por si queda alguna duda llevamos seis párrafos intentando decir lo que es el Cine. Pero el Cine no es solamente la mezcla de otras muchas artes, que puede que lo sea, sino que se supone que es un arte narrativo. Estaría bien saber de narrativa, y no solamente que se escribe con uve y con dos erres. El Cine es un arte en movimiento y en perpetuo cambio, así que habría que aceptar que mucho de lo que se ha hecho ya no sirve para nada, y que mucho de lo que se hace intenta emerger de esa nada para conseguir algo. Saber de historia del Cine está bien, pero no podemos podemos volvernos locos con el mal llamado Cine Clásico o no aprenderemos nada.

El Cine, como arte narrativo, intenta narrar algo, erigirse como una segunda realidad, con bulto y consistencia, con coherencia, con credibilidad. Como arte poético ha de aspirar a una abstracción del conocimiento, del racionalismo, de la existencia humana. Como arte figurativo y musical ha de aspirar a una armonía, a una construcción expresiva.

No tiene el menor sentido ponerse a valorar una película de Godard como si fuera una de Clint Eastwood y viceversa, como no tiene ningún sentido pretender que la gente aprenda de Cine hablando del simbolismo o de la metáfora que representa un plano. Si estamos en un momento crítico del Cine en todo el mundo es en gran parte porque los (pseudo)críticos de Cine (y de Literatura, y de Música) proliferan, y de que las personas más inteligentes, las más preparadas, las más valientes, son acalladas, son marginadas y nadie quiere escucharlas ni leeras. Así de sencillo.

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CINE

Ránking de intérpretes actuales

De esos de ahí arriba no… de los actuales, que son infinitamente mejores, más creíbles y plenamente cinematográficos. A ver si soy capaz de elaborar una pequeña lista con la que el lector de estas líneas pueda hacerse una idea de lo que considero que son los más grandes, y la diferencia con otros que se les acercan pero que quizá no estén en su misma liga.

Comentaba el otro día que la dirección de actores es un aspecto esencial de un filme que se precie de ser medianamente interesante, que es bastante más que simplemente decirle al actor que lo haga más deprisa o más lento, y que con ello se distingue a la mayoría de grandes directores, pero también a la mayoría de grandes actores, que en su mayor parte acaban dirigiéndose muchas veces a sí mismos, pues saben perfectamente lo que tienen que hacer en su trabajo a la hora de crear personajes. Los genios sobre todo lo son, no porque sean capaces de hacer cualquier papel, sino porque entendieron muy pronto qué tipo de papel es que ellos mejor y con más profundidad pueden interpretar, en qué se parecen a ese o a aquel personaje, y qué pueden aportar a la película.

Seguro que con el paso de los días, las semanas y los meses voy pensando en otros intérpretes y añadiéndolos o quitándolos de algún ramillete, así que este es otro work in progress de este blog:

*Actualizado a 4 de agosto

Los genios:

Anthony Hopkins
Daniel Day-Lewis
Heath Ledger
Hugh Laurie
Frances McDormand
Isabelle Huppert

Grandísimos intérpretes, casi genios:

Denzel Washington
Ian McKellen
Philip Seymour Hoffman
Bryan Cranston
Robert Duvall
Matthew McConaughey
Viola Davis
Kate Winslet
Judi Dench
Joaquin Phoenix

Grandes intérpretes:

Juliette Binoche
Jose Coronado
Philippe Torreton
Kevin Kline
Holly Hunter
Laura Dern
Julianne Moore
Susan Sarandon
Jim Carrey
Kathy Bates
Colin Farrell
Tommy Lee Jones
Jodie Foster
Sean Penn
Gérard Depardieu

Buenos intérpretes:

Woody Harrelson
Forest Whitaker
Mads Mikkelsen
Jamie Lee Curtis
Rooney Mara
Meryl Streep
Helen Mirren
Maggie Cheung
Sean Connery
Ricardo Darín
Willem Dafoe
Cate Blanchett
Javier Bardem
Catherine Deneuve

Actores con carisma:

Robert Downey Jr.
Chiwetel Ejiofor
Harrison Ford

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ANÁLISIS CINEMATOGRÁFICO, CINE, TELEVISIÓN

Por qué ‘Requiem for a Dream’ es deleznable y ‘Euphoria’ es una genialidad

Hace un tiempo que tengo interés en escribir una entrada acerca de lo vacuos que resultan algunos creadores y de que otros, por mucho que te cuenten atrocidades o te propongan imágenes casi insoportables, consiguen trascender todo eso y llegar a lugares que hacen que valga la pena tanta miseria humana. Pero no he logrado encontrar el punto de vista necesario para decir lo que quiero explicar hasta que no me he acordado de la segunda realización del neoyorquino Darren Aronofsky, uno de esos directores por los que algunos cinéfilos le hacen la ola allá por donde van… mientras que otros, me parece que con mucho mayor sentido común, hace mucho tiempo que le tienen bien calado.

La enorme diferencia entre dos realizaciones a priori tan parecidas como son Requiem for a Dream (2000) y la serie de HBO Euphoria, creada, escrita y dirigida en la mayoría de sus episodios por Sam Levinson, me viene perfecta para hablar del tema. En Literatura sólo encuentro un caso que realmente pueda servir, y es el que ese genio en la sombra que es Cormac McCarthy logró con su novela Blood Meridian (1985), contando un relato espeluznante y apocalíptico, sanguinario y atroz, en el que sin embargo el lirismo de su voz y de su mirada, la belleza de la prosa y la inefable vehemencia de su expresividad artística, conseguían que te olvidaras de todo eso. Muchos artistas (o aspirantes a…), desde el principio de los tiempos, han apostado todo a eso que en otros tiempos se hubiese llamado la terribilitá miguelangelesca, y que en estos puede adjetivarse como lo tremebundo. Pero muy pocos salen vivos de ese lance, y menos aún consiguen obras realmente superlativas. No es el caso de Aronofsky, un tipo convencido desde antes de filmar su primera película de que es un genio comparable a Miguel Ángel, Picasso o Bach. Sólo Paolo Sorrentino puede competir en ego y narcisismo con él, lo que tampoco tendría mayor importancia si con sus películas lograra algo más que asquear al personal.

Requiem for a Dream cuenta las desventuras de cuatro personajes, tres jóvenes, (Leto, Connelly y Wayans) y la madre del primero de ellos (Burstyn), en su adicción a las drogas por muy diversos motivos. Ya he dicho desde hace unos cuantos años que este filme es quizá el más moralista jamás filmado acerca de las drogas. Pero no solamente eso. Requiem for a Dream es seria candidata al galardón de «filme más feísta y vomitivo de la historia del Cine», y lo es como si eso fuera un valor en sí mismo. En otras palabras: en su adaptación de la novela de Hubert Shelby Jr., Aronofsky carga las tintas en la representación de una realidad ficcional escatológica, además in crescendo, en una espiral ascendente que culmina con un personaje vomitando directamente a cámara e invitándonos a que hagamos lo mismo. Aronofsky, después de la estimable Pi, necesitaba convencer al mundo entero de que es un genio irrepetible y grita a los cuatro vientos esa necesidad, en cada plano, en cada corte, demostrando casi que el adicto de la película es él, y no los personajes, pero a la admiración ajena. Y esto a pesar de que la dirección de fotografía de Mathew Libatique es excelente, y que sus actores están (sobre todo Burstyn y Connelly) realmente bien. Pero a la media hora de película es imposible no acabar hastiado de la vacía brillantez de Aronofsky, de ese mundo siniestro y tan poco persuasivo, más propio de un videoclip, que te está armando, de unos personajes que no son tal, sino meras sombras adánicas, sin verdadera entidad ni fuerza narrativa.

Qué diferente es Euphoria… una serie que también cuenta en el descenso a los infiernos de las adicciones (no solamente químicas) de su inolvidable galería de personajes. La serie de Sam Levinson, un tipo que sabe bien de lo que está hablando pues se ha pasado más de la mitad de su vida enganchado a varias drogas duras (es decir, que no es un advenedizo en el tema como Aronofsky), ni moraliza, ni juzga, ni se cuestiona nada. No propone un discurso, ni sirve de reflexión para absolutamente ninguna idea. Deja al espectador en cueros, sencillamente, contando la historia de Rue (prodigiosa Zendaya, en el papel de su joven carrera… dudo que logre algo como esto en otros cincuenta años de carrera), y de la panda de perdedores/sociópatas/patéticos compañeros de instituto y vecinos que coexisten en el universo cerrado de la serie. La sordidez de Euphoria es muy superior, mucho más putrefacta, asqueante y abyecta que la de Requiem for a Dream, pero no es un fin en sí mismo, sino un medio. El espectador puede soportar prácticamente lo que sea… si esto conlleva una razón, un motivo, un viaje emocional e intelectual ulterior. Si es el peaje a otra cosa, no si es la razón de ser de una ficción.

Resulta muy fácil, para un director hábil, contarte una hitoria atroz, en la que sus personajes se auto-destruyan, en la que seamos testigos de una decadencia física espeluznante, con la que espectadores poco exigentes se queden admirados por lo dura que es la historia, por lo chunga que es la película o la serie. Ejemplos hay cientos, desde American History X, pasando por The Shining, hasta llegar a La Haine. Y en Literatura también. Basta que el narrador de turno se proponga impresionar con hechos luctuosos. Pero los que se quedan en eso son directores o novelistas muy pobres, y sus películas o novelas se quedan pronto justamente olvidadas. Sin embargo otros lo aceptan como un peaje para adentrarse en lo más sombrío pero también lo más luminoso del ser humano. En total sintonía y complicidad con su operador jefe Marcell Rév y con el músico Labrinth, Levinson no tiene como objetivo asquearte, aunque su historia sea por momentos casi inaguantable. No quiere echarte a patadas de su ficción ni hacerte vomitar, aunque en algunas escenas no puedas creerte lo que estás viendo. Euphoria es una genialidad porque al contrario que el filme de Aronofsky y que otras películas o series sobre adicicones, sobre mundos lisérgicos, sobre personajes marginales, habitantes de submundos escalofriantes, lo que te propone es un juego narrativo y emocional absolutamente inédito.

Levinson no destroza a sus personajes para solaz del espectador, no construye un espectáculo pavoroso, sino que les acompaña incluso a su pesar, no les juzga ni les condena, tampoco les apoya, pero siente compasión por ellos, les hace, gracias a un grupo de actores primoroso, estar vivos, crea una segunda realidad tan pasmosamente creíble que da miedo verla. Y lo hace alterando las normas de la dramaturgia, zambulléndose en los límites expresivos de la ficción, convirtiéndose en la serie de sistema narrativo más compleja del Canon de Series que he elaborado y del que pronto tendré buenas noticias para todos aquellos a los que les interese mi forma de escribir y el entusiasmo con el que hablo de determinadas obras…

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

En defensa del soporte físico

Puede que con los años uno se vuelva un rancio… o puede que no. Hay cosas que creo que no te hacen más antiguo o añejo, sino quizá más consecuente con lo que piensas.

En las últimas décadas, con la proliferación y asentamiento de las plataformas digitales, con la cada vez mayor oferta de soporte on-line, de películas y series en streaming, que se suman a los libros digitales como una realidad a la que acostumbrarse, creo que es necesario sumarse a los que proclaman una defensa de lo físico como pervivencia de cierto estilo a la hora de enfrentarse a esta droga dura que es el Cine, la Televisión, la Literatura, la Música y otras artes narrativas, abstractas o figurativas. Y esto no por una única razón, sino por múltiples.

Cuando somos unos chavales y experimentamos una conexión intensa con una obra narrativa, sentimos casi que esa obra es nuestra y de nadie más. Me parece un sentimiento positivo, por muy infantil que pueda ser. Es un buen comienzo para ser un día un buen lector, un buen cinéfilo, un buen melómano, o todo a la vez. Sentir las obras como si estuvieran vivas, establecer una dialéctica íntima con ellas. Llega el momento en que nos gastamos las primeras monedas o los primeros billetes en adquirir un disco, una película o un libro. Ahora es tuyo. Sabes, intuyes, que otros muchos tienen el mismo objeto, pero esa verdad te resbala. Ese es el único, lo has impregnado de tí mismo. Es un objeto que va a acompañarte durante años y que probablemente sea más fiel y de te más que algunas novias y algunos amigos. Y con el paso del tiempo vas adquiriendo otros: libros, dvd’s, blu-rays, discos de música… Te gastas el poco dinero que tienes, te lo quitas de otras cosas, porque deseas tener algunas obras con tanta fuerza que es irresistible para ti. Tenerlo, poseerlo como si fuera una amante…

Así, sin darte cuenta, vas acumulando bastante material. Yo no sabía lo que tenía en casa hasta que no me puse a hacer un inventario. Y desde entonces me hecho con tres o cuatro veces más. No es afán coleccionista, ni mucho menos. No es algo tan vulgar como eso. Es mero deseo de tener obras maestras, obras geniales, obras únicas, inclasificables, obras que necesitas ver a menudo, obras importantes u olvidadas, obras que te hacen creer que la vida vale la pena cuando todo está oscuro, tener todo eso cerca de ti. No esperar a que la plataforma de turno, por mucho que sea tu predilecta, decida colgarla en streaming. No esperar a que algún día la pongan en televisión o la reestrenen en la filmoteca. Llega un punto en que no esperas a ver qué echan en la tele. Eres tú el que te pones la serie o la película que deseas en ese momento poner, que necesitas poner. Las programaciones y las modas valen para otros, pero no para ti, que desde que tienes ocho o nueve años te haces con casetes, con discos en vinilo, con revistas, con cómics, y luego con libros, con películas, con series… Para que sean tuyas.

Desde luego las plataformas de streaming se agradecen de cuando en cuando, porque cada vez es más complicado encontrar según qué cosas en formato físico, y deseas suplir alguna carencia, ver ese título que no pudiste en su momento, leer ese libro que no hay dios que encuentre por ninguna parte, o cosas por el estilo. Pero ninguna de ellas va a sustituir la energía incansable de todo buen cinéfilo, de todo buen lector o melómano. Además, una casa es mucho más bonita, más interesante, cuando el dueño exhibe (porque no se puede encontrar una palabra mejor para expresarlo) su material. Es como mostrar una parte de sí mismo, de su aprendizaje, de su bagaje intelectual. Ni uno de nosotros somos millonarios (y los que lo son no escriben artículos como este ni los leen) y no podemos tener todo lo que nos gustaría, pero tenemos algunas joyas en nuestras bibliotecas, en nuestros cajones secretos. Joyas con las que esperamos resistir hasta el final, cuando ya todo parezca perdido… Qué tristes esas casas sin un solo libro, sin una sola película o disco musical… salvo quizá alguno que encontraron en alguna parte y que desde luego no tiene nada que ver con los moradores de la casa.

Y qué agradable es el tacto de un blu-ray recién comprado, qué maravilla colocarlo en la bandeja para verlo por primera vez, aunque sea de segunda mano… ya es tuyo para siempre. Qué maravilla el olor de un libro nuevo, de un cómic que nunca ha sido abierto. Qué bien suena cuando lo colocas en la estantería, casi como un ser vivo al que mandas a dormir hasta que le toque madrugar de nuevo. Y qué frío verlo todo en el puto móvil, leerse libros maravillosos en el puto móvil, constreñir películas o series extraordinarias en el puto móvil. Eso solamente vale (yo también lo hago) cuando no tienes tiempo para nada más durante algunas semanas imposibles, y necesitas tu dosis diaria de ver algo que te haga sentir que hay algunas cosas por las que merece la pena vivir y seguir luchando. Pero en cuanto tienes un poco de tiempo te lo pones en el televisor más grande que encuentras, o reúnes unos euros para ir al cine, o buscas un rincón en el que poder disfrutarlo como se merece. Porque para eso vamos a trabajar todos los días, y para eso hacemos que pasen las horas.

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ARTÍCULOS, CINE

La dirección de actores: aspecto esencial de un filme

Existen dos aspectos que diferencian el arte del Cine del teatro y de la Literatura y de otras formas narrativas: el montaje y la dirección de actores. Aspectos que además son generalmente ninguneados o despachados con rapidez por tanto especialista en semántica y en cuestiones tales cómo que significa ese semáforo que cambia en el último segundo antes del corte, o esa estrella de ocho puntas detrás de los intérpretes. En lo que se refiere al montaje, el grueso de los espectadores cree que un montaje picado (frenético o videoclipero) o complicado a nivel técnico es el mejor montaje, mientras que los más cinéfilos o analistas creen que el mejor montaje es uno que sea expresivo u originalista. En lo que se refiere al tema de la dirección de actores, que es en el que voy a centrarme ahora, no me sorprende que estructuralistas como Bracero (y muchos otros) busquen en él simplemente otras razones semánticas y no se detengan, o no les interese, en cuestiones mucho más interesantes, que insisto son esenciales si se quiere comprender la estrategia narrativa de una película y el modo en que el Cine ha evolucionado desde sus inicios.

La dirección de actores es algo que queda invisible al espectador, como es lógico. Muchos se pensarán que el actor o actriz de turno simplemente llegan al rodaje, recitan sus líneas como mejor sepan (si son buenos lo harán bien, si son malos lo harán mal) y luego se van a su casa. Es lógico que sea así. Lo que no es tan lógico es que los que quieren ser especialistas en el tema ni se hayan parado a pensar, por lo que parece, en la enorme evolución que ha experimentado esta disciplina desde los albores del Cine, y en que a fin de cuentas (esto ya lo comentaré en otro artículo futuro), el cine va sobre la gente, sobre el ser humano, y no sobre la profundidad de campo o la duración de un plano, aspectos también esenciales, pero que tienen que estar al servicio del personaje y de la mirada del director sobre las cuestiones que plantea en el filme, y no al revés, como tantas veces ocurre. El Cine, como la Literatura, existe para hablarnos de las miserias y de la dignidad humanas, y no va de sillas, mesas o lámparas. Los monos (así los llamaba mi profesor de dirección de actores) que se ponen delante de la pantalla tienen algo más que una importancia meramente «estructural».

Pero antes de ir un poco más al fondo del asunto, varias cuestiones que hay que apuntar:

  • El casting es el 90% de la dirección de actores
  • Algunos actores en efecto podría decirse que se dirigen a sí mismos
  • Con el montaje puede corregirse o alterarse drásticamente la interpretación de un actor
  • El actor o actriz han de encontrar aquello en lo que el personaje se les parece
  • La gran mayoría de directores, incluso famosos, no tienen ni idea de cómo dirigir a un intérprete
  • En un rodaje, además de vigilar el tiro de cámara, el director ha de estar con los actores

Ya hablaré otro día sobre el hecho, crucial, de que el actor ha de buscar aquellos elementos que tiene en común con el personaje. Pero ahora es importante señalar que a pesar de que el 90% de la dirección de actores es el casting (algo que va en consonancia con la frase anterior), el restante 10% (por poner un porcentaje mucho menor, porque esto no es científico) es fundamental si se quiere que la película tenga algo más que duración del plano o profundidad de campo.

En el proceso de dirección de actores se establece un vínculo creativo inapelable entre el director y todos los actores, del primero al último, por muy fugaz que sea su aparición, de la película. Ese vínculo creativo es tan importante como el que se tiene con un co-guionista o como el que el director establece con todos y cada uno de los jefes de departamento (director de fotografía, diseñador de sonido, diseñador de producción, montador…). De la fortaleza y profundidad de ese vínculo se desprende finalmente la sensación, del espectador cualificado o no, de que los personajes son verdaderos, de que las situaciones son persuasivas, y de que el conjunto GLOBAL de la película posee altura… o bien de que estamos ante un truquero muy preocupado por planos muy atractivos pero no por aquello que se supone intenta decirle al espectador/receptor de la película. Y es sorprendente (de nuevo…) el hecho de que muchos directores no poseen sensibilidad ni el menor interés por el trabajo de los actores, más allá de que estén correctos y les sirvan a ellos como meras herramientas para epatar al respetable.

También es cierto que algunos actores con mucha experiencia y con mucho talento son difíciles de dirigir y que tienen claro lo que están haciendo. En esos casos el director les deja hacer, una especie de supervisión controlada, y tratan de que den lo mejor de sí mismos y de que el montaje u otros elementos no entorpezcan lo que su actorazo ha logrado, sino que lo ayuden a trascender aún más. Pero al final es todo una misma cosa: puesta en escena-dirección de actores-montaje, disciplinas que se retroalimentan y que trabajan juntas para lograr la mejor película (o la mejor serie) posible. Un director, esa figura que muchos no saben qué diablos hace en un rodaje, además de vigilar el plano ha de estar pendiente de los actores y de que no se salgan del personaje. El personaje lo es todo, y sin él no hay película, sólo un montón de trucos narrativos que pueden ser muy fascinantes para algunos analistas, pero que son como los arpegios en Música o como las gárgolas de una catedral: casi mero material ornamental.

Los más grandes directores son siempre, siempre, grandes directores de actores (Coppola, Bresson, Von Trier, Linklater, Cuarón…) y grandes montadores. Para ellos dirigir consiste en eso: en trabajar con el actor, en montar situaciones interesantes, en golpear al espectador de la manera más noble y más duradera posible. Valorar una película ignorando todo eso es quedarse con lo ornamental, y no con lo nuclear. Desde el principio de los tiempos la dirección de actores ha luchado por desgajarse de la dirección teatral, y ha costado décadas lograrlo. Hoy en día una interpretación tipo Bogart en Casablanca o incluso Bette Davis en La Loba, no tendrían el menor sentido. No serían creíbles. Sin embargo sí lo son todas las interpretaciones en El cuarto mandamiento o en Fresas salvajes, porque tanto Welles como Bergman, dos de los más grandes directores de actores y directores en general de la historia, entendieron que la dirección de actores en Cine era otra cosa, y que si querían perdurar deberían encontrar esa otra cosa. Ya los actores no «actúan», sino que viven la secuencia. Ya no interpretan tal personaje, sino que son ese personaje. Y eso es una evolución en las formas cinematográficas mucho más trascendental que el uso del color. Así de claro.

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CINE

Vocabulario cinematográfico corregido

Me pone enfermo escuchar siempre los mismos lugares comunes, las mismas mamarrachadas sobre Cine, por parte de los aficionados menos exigentes y también por parte de los supuestos intelectuales que no tienen nada que aportar al tema.

Nos pasamos la vida hablando y escribiendo sobre Cine, vete tú a saber por qué, y repetimos las mismas cansinas estupideces una y otra vez. Así que me planto. Voy a proponer un nuevo vocabulario cinematográfico, bien corregido, con el que sustituir las mismas bobadas de siempre. Empecemos:

*Actualizado a 21 de julio

Crítica por Gusto personal

Porque no hay quien encuentre a un crítico que posea una teoría poético-narrativa del Cine, sólo dicen lo que a ellos les gusta y lo que no.

Aficionado medio por Fascista en el armario

Porque no puedes darle un argumento en contra de sus «gustos», o te atacará, insultará, incluso te acosará e iniciará una campaña contra ti.

Temporada de premios por Temporada de Marketing

Porque eso, y no otra cosa, son los premios cinematográficos

Antesala de los Óscares por Globos de humo

Porque a nadie le interesan los Globos de Oro… y en realidad el premio Óscar ya no posee prestigio alguno

Histrionismo (interpretación) por Actor al límite

Porque aunque los puristas no se quieran enterar, ni el Cine es teatro, ni todos los personajes son igualmente contenidos, elegantes y sobrios.

Obra de culto por Filme sobrevalorado por sus seguidores

Que no pueden aceptar las cosas como son y tienen que inventarse eso, un culto.

Filme aburrido por «necesito adrenalina absurda cada puta secuencia»

Porque ya se sabe lo que quiere el espectador medio.

Fans por Gente sin personalidad

Que necesita adorar un título, un creador o un actor, para que su identidad no colapse.

Genio del Cine por Director de moda
Blockbuster por Producto de masas sin exigencia
Cine americano por Cine estadounidense
Películas aclamadas por la crítica por Películas que su distribuidora necesita vender
Cinéfilo purista por Listillo que por conocer cuatro o cinco avances narrativos se cree alguien
Nostalgia por Negarse a crecer
Gustos personales por Manías, filias y fobias personales
Debate cinematográfico por Ver quién mea más lejos
Película de risa por Película para adolescentes sin nada mejor que hacer
Mejor serie del año por Serie de moda
Obra Maestra por Película que a alguien le gusta mucho
Preciosa fotografía por No me ha interesado el argumento
Película de aventuras por Película para niños de ocho años
Película con mensaje por Película tendenciosa
Película durísima por Tragedia
Saber de Cine por Haber visto un par de miles de películas sin criterio
Semántica por Buscarle tres pies al gato
Metáfora por Me invento lo que quiere decir el director
Montaje brillante por Montaje picado y febril
Gran interpretación por Actores disfrazados o emotivos
Preciosa película por Cursilada insufrible
Gran dirección de fotografía por Paisajes muy bonitos
Buena adaptación por Estructura calcada del libro
Banda sonora por Música cinematográfica
Sonido del filme por Banda sonora
Para los muy puristas: Un genio incomprendido por Un cineasta que no es para tanto
Para los poco exigentes: Un gran cineasta por Un realizador sin verdadera grandeza artística
Un peliculón por Qué bien me lo he pasado
Un bodrio por No estoy a la altura
Director visionario por Director que a la compañía le interesa promocionar
Cine clásico por Cine Académico
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ARTÍCULOS, CINE

Colgado de una pantalla I: La revelación

He visto (muchos hemos visto) infinidad de películas de todo tipo, la mayoría de ellas una porquería infame que no hay por donde cogerla. Pero también he tenido la suerte de ver muchas grandes películas, algunas de ellas de casualidad, otras por cabezonería, otras por simple morbo. He visto obras maestras absolutas cuando me esperaba nada y he visto maravillas que sabía, intuía, que iban a serlo… y después han sido muy parecidas a como me imaginaba. La mayoría de estas películas extraordinarias las he visto una y otra vez, siempre que podía, como un ritual. Pero todo ello comenzó, más o menos, a principios de los años noventa.

Ya conté un poco por encima lo que 1991 significó para mí, pero hablar de una época tan importante en la vida de cualquiera es algo casi imposible. Sólo se pueden hacer trazos, bosquejos, y poco más. Yo ya había visto cosas como Lawrence de Arabia (1962) o Doctor Zhivago (1965) y por supuesto no me había enterado de nada. También había visto El halcón maltés (1941), El sueño eterno (1946) o Johnny Guitar (1954), y otras como Ben-Hur (1959) o The Ten Commandments (1956), que en aquel momento me parecía lo más de lo más. Creo que había visto algún pedazo de El padrino (1972) y por supuesto muchas películas de dibujos animados, algunas realmente buenas, pero ya hablaré de esa época en otro capítulo de esta serie. Nací en 1979 por lo que a principios de los noventa yo tendría once o doce años cuando empecé a ver cosas que no me correspondían por mi edad. Ya conocía los westerns, ya había visto Alien (1979), ya sabía lo que era un bélico, ya sabía o creía intuir lo que hacían los guionistas, ya me había estremecido con Robocop (1987) o Aliens (1986). Pero en pocos meses vi Corazón salvaje (1990), Barton Fink (1991), Cyrano de Bergerac (1990) o Basic Instinct (1992), y fue cuando mi cabeza explotó. Creo que nunca ha vuelto a hacerlo de semejante manera, aunque en años posteriores he conocido momentos que se hayan acercado a ese.

Puede que hubiera más títulos (de hecho, seguro que los hay y ahora mismo no me acuerdo), pero con estos descubrí por primera vez lo que el cine, en cierta manera, era capaz de hacer, y que no había hecho con algunas de las películas que yo había venerado hasta entonces. Cyrano fue una de las primeras películas europeas que vi (junto con las películas de Kieslowski o de Polanski que echaban en la tele de cuando en cuando) que me hicieron entender que el cine europeo no tenía que parecerse en nada al estadounidense (mal llamado americano por muchos…). Basic Instinct fue la primera que me convenció de que en un thriller no hay límites, no puede haberlos, a la hora de mostrar la violencia y el sexo más salvajes… además de que no hay nadie filmado ambas cosas como cierto director holandés. Y con los filmes de Lynch y de los Coen (quizá el mejor de los Coen), entendí, antes incluso que muchas otras cosas que debiera haber entendido a esa edad y que no entendí hasta bastante después… que el Cine (como la Literatura) debe ser absolutamente libre… sobre todo a la hora de hacer sentir mal al espectador consigo mismo. De pronto me enfrentaba a dos películas que no me gustaba ver, pero que seguía viendo una y otra vez. Recuerdo que el filme de Lynch me parecía que en algunas partes estaba mal hecho a propósito, que los personajes no me gustaban, que era de una turbiedad casi insoportable. Recuerdo que el de los Coen me hacía sentir mal conmigo mismo por mis pretensiones de querer escribir cuentos o incluso de comprender lo que era el Cine. Ya había visto Miller’s Crossing y me había maravillado. Pero… ¿qué podía hacer con aquella historia de un autor de teatro metido a guionista de películas de lucha libre, tan acomplejado y antisocial? ¿Por qué aquella música, parecida a una nana, con la que comenzaba el filme, y aquella imagen de un papel de pared, me conmovían, me perturbaban y me fascinaban? No entendía nada ni podía entenderlo. ¿Quién era aquel escritor con el que se encontraba Barton y que tanto me atraía a pesar de su alcoholismo suicida? ¿Qué demonios me querían decir los Coen? Algunos años después, ya en cualquiera de las dos escuelas (la oficial y el Instituto de Cine) a los que fui, yo intentaba en mis prácticas repetir aquellas sensaciones pero ni siquiera lo sabía. Quería crear en mí mismo y en el espectador de mis cortos una sensación parecida a la Wild at Heart o Barton Fink, pero ni siquiera me daba cuenta, porque incluso me había olvidado de lo que habían significado para mí. Ahora, por suerte, puedo recordarlo.

Pero la cosa no paró, porque aquellos fueron años extraordinarios. Comencé a ir al cine yo solo con catorce, quince o dieciséis años porque las películas que a mí me interesaban ver casi nadie quería verlas. En 1994 vi Pulp Fiction y ya entonces creo que percibí que Tarantino quería hacer algo parecido a lo de Lynch, sin conseguirlo, a pesar de toda su frescura y descaro. Vi también, por suerte, Ed Wood, The Shawshank Redemption, Bullets Over Broadway, Rojo… yo en aquellos años era un chaval muy inseguro, y tardé mucho tiempo en dejar de serlo. Algunas películas me daban miedo, porque pensé que no sería capaz de entenderlas, que quién me creía yo para ir a verlas sin más, que iban a proponerme algo que yo no iba a poder soportar o que no iba a poder gestionar. Pero recuerdo que con trece años, entre tanto estreno extraordinario, me vi por primera vez entera, desde el principio hasta el final, Apocalypse Now (1979. Además la vi de madrugada, a escondidas de mis padres, antes de ir al instituto. Eso daría para otra entrada. La cascada de emociones, de ideas, de pensamientos, que me provocó aquel visionado era como sublimar todavía más lo que había experimentado con Wild at Heart y con Barton Fink. Era una película que al mismo tiempo me aplastaba sin conmiseración y me hacía sentir una euforia única. Y además… me daba vergüenza haberla visto, porque sabía que ese filme todavía no era para mí, que ninguno de mis amigos querría verla o le interesaría, y que me quedaba muy grande. Desde entonces la he vuelto a ver incansablemente, con la esperanza de estar a su altura algún día… Pero estaba con las películas nuevas de los noventa. En 1996 fui al Cine a ver, no recuerdo bien por qué, un filme que se titulaba Breaking the Waves. Su visionado me recordó bastante al de Apocalypse, porque me destruyó. También vi Fargo, que me gustó mucho pero cuyo visionado no me impactó tanto como el de Barton Fink y recuerdo que me sorprendió mucho que se llevara el Oscar a mejor guion original o incluso tantos parabienes estando en su filmografía la otra película. Cuando eres un chaval cinco años de diferencia te parecen un abismo.

Finalmente en aquella década maravillosa, en la que yo me sentía muy solo, muy abrumado por todo, incapaz de creer en mí mismo (y aún tardaría décadas en hacerlo), vi The Thin Red Line, y no me gustó verla. Tardé seis meses, por lo menos en entender lo que había visto. Y luego esperé con paciencia a poder volver a verla. Cuando lo hice me di cuenta de estaba viendo algo muy similar a Apocalypse Now y que era normal, lógico, que un ignorante como yo no hubiese entendido nada al primer visionado. Vi muchas más películas por supuesto, algunas de ellas tan extraordinarias como la que he nombrado, otras muchas (muchísimas) nefastas, que aún así me gustaban, me hacían sentir bien conmigo mismo, me daban lo que yo creía que necesitaba en aquel momento, o lo que esperaba que el Cine pudiera darme. Pero las nombradas, y algunas más, me habían dejado una huella cuyo alcance he tardado mucho tiempo en comprender, y que por muchos años, años oscuros y terribles y llenos de pequeñas tragedias y pérdidas y desamparos personales, había olvidado. Pero fueron los años de la revelación, y no voy a volver a olvidarlos mientras viva.

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