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La angustia de no volver a verte

Los libros, las películas, las series, los discos musicales… son mis amigos. Tal cual. Es decir, tengo verdaderos amigos, no está el inopinado lector ante las líneas de un misántropo incurable. Todavía me da por socializar, y todavía tengo la suerte de tener buenos amigos… de los que te sacan de un buen apuro, de los que te aguantan, de los que te dejan ser tal cual eres sin exigirte nada a cambio. Tengo buenos amigos a los que conozco hace no mucho con los que me pongo a hacer podcast, y tengo amigos a los que conozco hace más de una década, y algunos hace casi dos décadas, que siguen siendo los mismos de siempre y que siguen, por alguna razón, aguantándome. Es decir que en el aspecto humano no me puedo quejar. Y si me quejara sería imbécil.

Pero tengo otra clase de amigos. Son los libros, las películas, las series, los discos musicales, de mi vida. Y son legión, y cada vez más. A los otros amigos, los humanos, les veo siempre que puedo, o charlo con ellos. A esta legión de amigos hechos de imágenes, de papel o de sonidos, que siempre están ahí en las noches de insomnio, en las horas arduas de creatividad insaciable, no vuelvo a verles tan a menudo. No podría hacerlo ni aunque dispusiera de todo el tiempo del mundo. Y es lo que me gustaría: volver a verles en cadena, uno tras otro, sin hacer ninguna otra cosa a lo largo de todo el día. A los amigos de carne y hueso un día les perderé… por estupidez, por torpeza o por la muerte que nos espera a todos. Pero a estos también les perderé. Un día uno de ellos o varios o muchos se estropearán o se romperán o se perderán y no podré volver a encontrarlos así de la vuelta al mundo, o un día no tendré ya buena vista ni oído para poder leerlos, escucharlos o verlos. Estarán ahí para otras personas que tengan el buen gusto de ponerse con ellos, pero no estarán ahí para mí.

Porque de alguna manera creemos que esas películas, que esos libros… son nuestros. Pero no nuestros porque los tengamos en formato físico y los hayamos comprado con nuestro dinero, sino por la conexión profunda que tenemos con ellos. Creemos, o queremos creer, que son más nuestros que los autores que las crearon, y en algún sentido es así. Y cuando alguien coincide en aquello que amamos nos sentimos absurdamente celosos. ¿Cómo es que a ti también te fascina ‘Mientras agonizo’, o el ‘Persiles’, o ‘The Sopranos’, o ‘Deadwood’? Fingimos alegrarnos por haber encontrado a alguien que sepa compartir nuestras pasiones, pero en el fondo algo nos duele por dentro, una neurosis infantil, porque eso que acaba de nombrar la persona que tienes delante ES TUYO. Y de nadie más. Tú lo comprendes y lo amas y lo llevas mucho más adentro que cualquier otra persona. Es absolutamente ridículo, pero es así. Es la clásica respuesta a la pregunta de qué te llevarías a una isla desierta.

Y yo tengo muchas cosas que son mías y de nadie más. Y no me satisface simplemente que vivan dentro de mí. Quiero verlas una y otra vez, leerlas una y otra vez, escucharlas sin cesar, poniéndome en graves apuros por el hecho de que también es necesario (obligatorio, diría yo) conocer cosas nuevas, nuevos horizontes, nuevos autores. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo invertir un mes de mi vida en conocer cosas cuyo valor es muy improbable, antes de dedicar esas cuatro semanas a volver a ver, a leer, a escuchar todo aquello que me ha acompañado y que ha vivido en mí durante tantísimo tiempo? Es angustia, tal cual: la de no volver a ver ciertas cosas, a leerlas, nunca más, cuando lo que quisieras es incluso leerlas o verlas o escucharlas mientras duermes. ¿Y cuáles son esas cosas? Pues hagamos una lista que, me temo ya desde antes de poner el primer título, va a resultar incompleta:

Literatura

El Quijote (dos partes), de Miguel de Cervantes
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional,
 de Miguel de Cervantes
Novelas ejemplares
, de Miguel de Cervantes
El sitio de Numancia
, de Miguel de Cervantes
8 comedias y 8 entremeses
, de Miguel de Cervantes
El Parnaso español
, de Francisco de Quevedo
La divina comedia
, de Dante Alighieri
Crimen y castigo
, de Fiodor Dostoyevski
Guerra y paz
, de Lev Tolstoi
Moby Dick
, de Herman Melville
Rojo y negro
, de Stendhal
Frankenstein o el moderno Prometeo
, de Mary Shelley
Relatos completos
, de Edgar Allan Poe
Dracula
, de Bram Stoker
De profundis
, de Oscar Wilde
Ulysses
, de James Joyce
La montaña mágica
, de Thomas Mann
The Sound and the Fury
, de William Faulkner
As I Lay Dying
, de William Faulkner
Light in August
, de William Faulkner
Sanctuary
, de William Faulkner
Absalom, Absalom!
, de William Faulkner
The Wild Palms
, de William Faulkner
The Hamlet
, de William Faulkner
Relatos completos
, de William Faulkner
La muerte de Virgilio
, de Hermann Broch
La saga/fuga de JB
, de Gonzalo Torrente Ballester
Blood Meridian
, de Cormac McCarthy

Cine

The Godfather (trilogía), de Francis Ford Coppola
Apocalypse Now,
 de Francis Ford Coppola
The Conversation
, de Francis Ford Coppola
Rumble Fish
, de Francis Ford Coppola
The Cotton Club
, de Francis Ford Coppola
Bram Stoker’s Dracula
, de Francis Ford Coppola
Goodfellas
, de Martin Scorsese
The Thin Red Line
, de Terrence Malick
The New World
, de Terrence Malick
Blue Velvet
, de David Lynch
The Lost Highway
, de David Lynch
The Straight Story
, de David Lynch
Chimes at Midnight
, de Orson Welles
F for Fake
, de Orson Welles
The Terminator
, de James Cameron
Aliens
, de James Cameron
Terminator 2: Judgment Day
, de James Cameron
Titanic
, de James Cameron
The Thing
, de John Carpenter
Mad Max: Fury Road
, de George Miller
Mud
, de Jeff Nichols
Manchester by the Sea
, de Kenneth Lonergan
The Girl with the Dragon Tattoo
, de David Fincher
La vie d’Adèle
, de Abdellatif Kechiche
El espejo
, de Andrei Tarkovski
Stalker
, de Andrei Tarkovski
Nostalgia
, de Andrei Tarkovski
Sacrificio
, de Andrei Tarkovski
Amarcord
, de Federico Fellini
La noche
, de Michelangelo Antonioni
La aventura
, de Michelangelo Antonioni
Breaking the Waves
, de Lars Von Trier
Dancer in the Dark
, de Lars Von Trier
Melancolía
, de Lars Von Trier

Series

The Walking Dead
The Sopranos
 
The Wire 
Deadwood
 
House M.D.
 

Música

The Black Album (Metallica), Metallica
Use Your Illusion I & II,
 Guns N’ Roses
Back in Black
, AC/DC
Ultra,
 Depeche Mode
Agila,
 Extremoduro
Yo, minoría absoluta,
 Extremoduro
La ley innata,
 Extremoduro
Material defectuoso,
 Extremoduro
Kind of Blue,
 John Coltrane
Mezzanine,
 Massive Attack
Dummy,
Portishead
Variaciones Goldberg (1981),
 Glenn Gould
La pasión según San Mateo,
 Bach
Réquiem,
 Mozart
Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55,
 Beethoven
Pastoral,
 Beethoven
Coral,
 Beethoven
Quasi una fantasia,
 Beethoven

Cómic

Groo, de Sergio Aragonés
Superlópez,
de Jan
Conan & Belit,
de John Buscema, Ernie Chan y Roy Thomas
Daredevil: Born Again,
de Frank Miller y David Mazzucchelli
Torpedo,
de Jordi Bernet y Enrique Sánchez Abulí

Videojuegos

The Last of Us
The Last of Us, Part II
Red Dead Redemption II

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Poetas & Narradores

Creo que a veces la batalla dialéctica por lo verdaderamente elevado en Cine y Literatura no está tanto en lo comercial o no comercial, en lo profundo o en lo superficial, sino en lo que es un cine poético y lo que podríamos llamar un cine narrativo. Y creo que esa batalla está equivocada. Voy a intentar explicarme un poco más y a exponer mis razones.

De un tiempo a esta parte en Twitter, además de leer una enorme cantidad de comentarios dignos de personas que por una parte son unos flipaos y por otra deberían ver más cine y leer más libros (además de despojarse de un poquito de soberbia), estoy siguiendo a dos personas que por suerte también (de los pocos todavía, y bien orgulloso que estoy de ello) me siguen a mí: Eduardo Bernal y Justo Parreño, un escritor y un profesor de cine respectivamente, que son muy activos en esta red social y que además tienen las cosas muy claras en lo que se refiere a lo que piensan sobre este medio artístico. Bernal es bastante radical en su búsqueda y defensa de un cine más elevado, artístico y anticomercial, y Parreño es aún más radical que él, y llega a llamar estafadores a todos aquellos que, según él (y siempre de manera muy respetable), han pervertido el cine convirtiéndolo en un negocio y en un medio para aborregar a las masas. Estas dos personas se han visto muchísimas películas, han escrito mucho sobre ellas y tienen una preparación académica de la que adolecen otros muchos que no hacen más que dejar tonterías tanto en Twitter como en muchos blogs.

Ahora bien: lo que Parreño, por lo visto, considera únicamente cine, son películas que según sus propias palabras sublimen las imágenes y aquello que están contando. No estoy muy seguro de lo que quiere decir con eso, pero quizá se refiera a un cine, de nuevo, poético, que trascienda las meras imágenes y la mera narrativa para convertirse en otra cosa, en algo que se eleve por encima del suelo y de la imaginación de los espectadores. Nada que objetar. Pero esta forma de pensar es nada más que una reacción virulenta a un fenómeno (el llamado cine comercial) y muchas veces, la mayoría, es una visión reduccionista que te impide apreciar ciertas cosas. Sucede siempre: por querer enfrentarte a algo que detestas, acabas perdiendo parte de perspectiva. Y yo no soy precisamente sospechoso de ir por ahí defendiendo la cultura popular. Pero a veces me da la sensación de que lo que se está dirimiendo en estos debates es la diferencia entre un cine poético y otro narrativo, y que por lo general los más cinéfilos suelen considerar más elevado el primero y menos elevado (por decir algo suave), el segundo.

En realidad en el Cine y en la Literatura, a poco que se indague en cualquier de las dos artes, se acaba viendo con bastante facilidad la diferencia entre los directores más poéticos (antinarrativos, si queremos llamarlos así) y los más narradores. Lo que en LIteratura vendría a ser, muy a «grosso modo», la diferencia entre prosa y poesía. Así, un director como David Lynch no es precisamente muy narrativo (siempre recordaré la reseña de Jaume Genover sobre ‘Wild at Heart’…), pero «lo que le falta de narrativa le sobra de sugerencia». Por otro lado, un director como John Carpenter no es digamos muy poético, pero es un narrador puro (uno de los más grandes narradores que ha dado el cine estadounidense). Lo que al final se desprende de uno y de otro es que la sugerencia de Lynch termina siendo tremendamente narrativa, y las imágenes narrativas de Carpenter y de otros como él terminan siendo tremendamente poéticas. Es decir, las cosas no son tan fáciles como parecen.

Muchos que aman profundamente el Cine tienen conceptos diferentes sobre qué es lo más elevado y lo más profundo, y al mismo tiempo qué es lo más despreciable y prescindible. Para estos dos compañeros nombrados el cine poético es lo único importante, salvo escasas excepciones. Para la gente de Cinefix sobre todo tiene predominancia la imagen pura. Para otros como Bracero, por lo visto, si en un plano una sombra significa algo, o si un espejo está roto o si un travelling contiene algo de semántica. Cada uno, supongo, intentamos, desde nuestro acervo, nuestro aprendizaje y seguramente nuestros precursores (y nuestras limitaciones…), encontrar lo que diferenciamos que es cine de lo que no lo es.

En mi opinión, no solicitada por nadie, el cine más puramente narrativo (de género, de conceptos y referentes quizá más populares) puede poseer trazas líricas tan valiosas como el propio cine poético. Hay que saber diferenciar, ahí está lo complicado, el cine narrativo de baja estofa (del que abunda en Hollywood y lugares parecidos) del cine narrativo de gran exigencia y potencia evocadora. No todo el cine de aventuras es una basura, ni todo lo que se elige para la sección oficial de Cannes es una maravilla. Es decir, que hay grandes narradores capaces de mucho mayor lirismo que ese globo hinchado de Albert Serra, del que todavía nadie ha visto su película, pero están todos los cinéfilos de pro dando saltos por su selección en el festival más importante del mundo. Ya veremos lo que lleva al festival, si es bueno o no, y ya veremos lo que trasciende dentro de cuatro o cinco décadas, que no es tan fácil de adivinar como pareciera.

Y por lo pronto animo a quien lea estas líneas a seguir, leer y tener en cuenta lo que dicen estas dos personas nombradas más arriba, en lugar de a tanto juntaletras y supuesto cinéfilo que no hacen sino repetir (como ciertos alumnos de escuelas de cine, por cierto), lo que han dicho otros durante demasiado tiempo.

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«Obra maestra», la expresión que a tantos les gusta emplear

No falla… no hay momento en una conversación, aunque sea en una por Twitter en la que dos interlocutores no estén de acuerdo en casi nada, en que alguien no use a la ligera la expresión «obra maestra». Pensémosla, digámosla en voz alta… al tener una erre intercalada en ambas palabras, como que suena mejor, más rotunda, más severa. Diciéndola, pensándola, metiéndola en alguna conversación, nos sentimos como más inteligentes, más capaces, con más autoridad intelectual. Incluso rima un poco. Por ello, y por unas cuantas razones más, no existe expresión más manoseada y abaratada cuando nos ponemos a hablar de películas, o de novelas, o de series…

…porque todo el mundo quiere encontrar su «obra maestra», todo el mundo quiere defender una «obra maestra», todo el mundo quiere proclamar una mientras el resto del mundo quiere defenestrarla o ningunearla. Defender «obras maestras» está muy bien. nos ayuda a levantarnos por la mañana con mayor orgullo, nos da una razón para sonreír y sentirnos mejor con nosotros mismos. Defender películas de mierda o novelas de mierda también está muy bien, a su manera, sobre todo cuando queremos hacer postureo, como lo que hace Alberto Olmos cada vez que se pone a escribir su columna, o cada vez que la gente intenta sostener sus gustos de la infancia. Pero cuando por fin nos ponemos a defender «obras maestras» creemos que sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. ¿Y eso siempre es algo bueno, no?…

…salvo que no… no por ello sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. Para empezar estaría bien saber lo que significa eso de «obra maestra».

La mayoría, me temo, la usa a modo de comodín para casi todo: para calificar una gran obra, para ponerlo delante de sus películas y sus novelas preferidas, para etiquetar lo más importante del año o de una década, para sacarle brillo a esos títulos desconocidos pero vanguardistas…. Así, más o menos todo es lo mismo: obra maestra, obra magistral, obra perfecta, «magnum opus», obra clásica, obra de arte, obra única, obra genial. La «obra maestra», tal como su mismo nombre indica, debe ser cualquier obra de gran envergadura de alguno de esos «maestros» que andaban o que todavía andan por ahí, ¿no? Ahora es cuando nos ponemos a definir con más exactitud la expresión de marras y nos vestimos de profundidad: una «obra maestra» es esa pieza perfecta que expresa conceptos universales, que habla de su tiempo y a la vez está fuera de él, por lo que puede resistir el paso de los siglos; es además una pieza que establece una dialéctica con sus precursoras y que rotura nuevos caminos artísticos, etc, etc, etc….

Luego llegará el posmodernista de turno y dirá que una «obra maestra» es diferente para cada uno y que su misma definición y aplicación depende de cada cual, y ya estará todo zanjado.

Pero estaremos de acuerdo –si es que podemos ponernos de acuerdo en algo– en que da la sensación de que cuanto más se usa esa expresión menos capacidad se tiene para reconocer una aunque te la pongan delante de las narices.

La obra maestra es, sencillamente, la pieza catedralicia de un autor, la que más define su personalidad artística, la que es el mejor y más perfecto compendio de la obra de un gran escritor o un gran artista en una disciplina determinada. Así, la obra maestra de da Vinci es ‘La Gioconda’, la de Miguel Ángel en pintura es ‘La capilla Sixtina’ y en escultura ‘La piedad’, la de Mozart es ‘El Réquiem’… Pero: ¿y cuando un autor tiene no una sino varias obras gigantescas? ¿No hizo también Mozart ‘El rapto en el serrallo’, ‘La flauta mágica’ y varias otras? ¿No esculpió Miguel Angel también el ‘David’ y el ‘Moisés’? ¿No pintó da Vinci también ‘La última cena’? Y en cuanto a Cervantes: su obra maestra es ‘El Quijote’, claro, ¿pero no escribió también el ‘Persiles’ y las ‘Novelas ejemplares’? La de Coppola es ‘Apocalypse Now’, pero, diablos, ¿este tío no hizo también nada menos que ‘The Godfather’? ¿Y en el caso de gente como Kurosawa? ¡Qué difícil es decidirse! ¿Cómo se hace esto? De pronto no parece tan fácil ponerse aquí a pontificar sobra las «obras maestras» como todos esos chavalillos (y no tan chavalillos…) parecen creer.

En todo caso estaremos hablando de composiciones magistrales o geniales, de piezas de gran perfección, importancia o influencia. Pero no de obras maestras. Si queremos de verdad usar la expresión con propiedad y sentido común –aunque estoy seguro de que para muchos eso de hablar con propiedad y sentido común es innecesario– podríamos por lo menos aprender lo que significan las palabras y las expresiones y usarlas en concordancia con ese significado y esa utilidad.

Pero en fin, en esta época de postureo y de narcisismo desatado, supongo que es hasta lógico que la expresión «obra maestra» se use para casi todo y sobre todo para quedar bien. Borren este artículo de su cabeza, no me hagan caso, ni hagan caso a nadie. Las obras maestras son lo que ustedes quieren que sean y ya está y se ha acabado. ¿Quién soy yo para hacerles ver las cosas de otra forma? ¿Sólo porque me ciño a los hechos y al significado real y racional de las cosas? ¡Al diablo los hechos y la racionalidad!

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Apocalipsis ahora

En uno de los recientes programas de ‘Viajeros de la noche’, no recuerdo ahora mismo cuál (incluso puede que fuera de micro), me comentaban mis compañeros que a mí me va mucho lo apocalíptico, y que un día deberíamos hacer un programa relacionado con eso. No les falta razón, y me ha hecho pensar en todo aquello que me ha inspirado, porque casi todo lo que escribo es apocalíptico o de supervivencia, y estas ficciones me han obsesionado y fascinado desde muy pequeño. Uno no elige lo que le atrapa, sino más bien al revés.

Y ahora que estamos a las puertas de una probable III Guerra Mundial –aunque yo creo, no se lo digáis a nadie, que llevamos décadas en esa guerra, lo que pasa es que es una guerra muy distinta a las demás…hasta que deje de ser tan distinta…– me es imposible dejar de escribir sobre el tema. La novela que escribí el año pasado está enmarcada en una II Guerra Civil española, y la que espero escribir en la segunda mitad de este año, en cuanto termine de escribir el dichoso libro sobre las series, y si todavía hay salud y no nos han lanzado cuatro o cinco cabezas nucleares sobre nuestras cabezas, será el proyecto más grande que hasta ahora haya acometido sobre un apocalipsis nada improbable. ¿Pero en qué se quedó atrapada mi imaginación desde que tuve uso de razón? En los westerns, claro, y en las películas de aventuras. Pero no en cualquiera, y cada vez menos.

Una de las primeras cosas que me dejó anonadado, y aterrorizado, fue la saga ‘Mad Max’…

La segunda fue realmente formidable, y las otras dos, la primera y la tercera, realmente terroríficas en algunos momentos. Podía sentir yo el abismo de mirar hacia una extinción masiva de la humanidad. Y en 2015 llegaba la portentosa cuarta parte, la mejor de todas sin ningún género de dudas. Muchos de los caracteres más sórdidos de estas películas intento remedarlos o que me sirvan de prototipo para los más violentos y terribles de mis ficciones.

Pero para extinción masiva la de ‘The Terminator’ (1984), que vi poco después:

Recuerdo ver esto, con menos de diez años, una y otra vez, aunque su visionado me resultaba demasiado intenso, demasiado desolador. Era un acto masoquista que ahora, con la guerra de Ucrania y de otras partes del mundo amenazando con tragarse al planeta entero, casi me ha hecho a la idea, me ha preparado de alguna forma, para lo que se puede avecinar.

Otras películas de ahora, tan magistrales como ‘Children of Men’ (2005)…

O ’12 Monkeys’ (1995)…

Me hacen sentirme ya como en casa… Pero no solamente de películas «vivo» yo, también de otras cosas, como por ejemplo videojuegos… y el videojuego survival por excelencia, el más impresionante, inolvidable y memorable, es por supuesto, ‘The Last of Us’…

Y ‘The Last of Us, Part II’…

Aunque la ficción insuperable, la más influyente y excelsa, de supervivencia y apocalipsis, es por supuesto, ‘The Walking Dead’…

Y si para terminar vamos al cómic, tendría que nombrar uno que no le gusta a mucha gente, pero que a mí me vuelve loco, con cuya portada voy a cerrar este artículo. Este tipo de ficciones han dado mucha morralla, pero también han dado obras maestras como la aquí expuestas, que literalmente me obsesionan. Vivo por cosas como estas, por muy terribles y desesperanzadas que sean. Sólo así quizá miro al mundo y me siento con un poco más de esperanza… porque todavía no se han dado estos horrores, y quizá haya alguna probabilidad de que no se den.

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Sobre eso que llaman «cultura popular»

Sigamos hablando un poco de eso que se han avenido en llamar «cultura popular» –aunque más bien habría que hablar de «cultura de masas», o de «cultura pop»–, que muchos, es decir todos aquellos que reniegan de eso que se han avenido en llamar «gafapastismo» llevan de un tiempo a esta parte insistiendo en que es tan valioso, tan válido, tan importante como lo pudiera ser la llamada «alta cultura». Basta entrar en Twitter, y me temo que en otra red social cualquiera, para ver hasta qué punto una legión de personas aficionadas al cine y a las novelas están echando el resto para que de una vez por todas se considere de manera global (como si no se hubiera conseguido hace ya algún tiempo…) que la cultura de masas es también cultura, tan elevada, tan profunda y magnífica como la otra, esa que ellos no quieren ni ver.

Para todos esos y esas, la llamada «alta cultura» está constituida al parecer de una serie de obras aclamadas por una élite, un grupo de académicos que han ido pasándose el testigo siglo tras siglo, como una secta oscura. Esta élite (social e intelectual) se ha puesto de acuerdo en aclamar obras o títulos aburridos, que solamente entienden ellos. Y esto no puede ser, de ahí el cabreo de tantos y tantas que disfrutan mucho más de una película de los ochenta que de una novela de Thomas Mann. Para estos defensores de la cultura de masas, los puntos de su doctrina son más o menos los siguientes:

  1. El arte es totalmente subjetivo, lo que te gusta a ti, no tiene necesariamente que gustarme a mí, con lo cual yo solo, sin necesidad de formación o de una base teórica, puedo establecer qué es lo valioso y qué es lo desechable.
  2. En relación a lo anterior, tanto vale una canción de Michael Jackson como un adagio de Mozart. ¿Tú tienes formación musical y tienes claro que el adagio es mucho más complejo y difícil de escribir y ejecutar? Yo desde mi no formación puedo aludir que a mí me gusta más, y con eso basta.
  3. Porque el arte no tiene por qué ser algo elevado que sólo entiendan las clases altas, el arte puede ser lo que yo quiero que sea.
  4. Y yo quiero que el arte sea algo divertido, algo con lo que gozar y pasar un gran rato. En caso contrario, aplíquense puntos 1, 2 y 3.
  5. Todo aquel que me contradiga, todo aquel que tenga argumentos para echar por tierra estos puntos con argumentos asentados en bases teóricas férreas, no es más que un gafapasta (lo que le niega cualquier respeto social) y un fanático intolerante (lo que le certifica como apto para ser ignorado).

En definitiva, es el arte el que tiene que bajar al fango de lo popular, no lo popular lo que ha de elevarse a un rango más elevado, más poético, que no es «mejor» sino capaz de trascender los límites de la sociedad y de lo cultural. El espectador o lector ha de obtener lo que quiere, porque está en el centro de la cultura de masas, es el activo más importante, el que posibilita una industria, una escala social y económica. Todos esos gafapastas o fanáticos intolerantes que atacan con vehemencia lo popular y tratan de imponer los gustos de una élite, que pretenden demoler con argumentos muy bien elaborados lo que a ellos les gusta de una manera visceral, son un peligro para lo popular, para su permanencia, para su triunfo definitivo. Ya va siendo hora, dicen ellos, de que una película de Marvel o de Disney gane el Oscar o incluso la Palma de Oro de Cannes. El pueblo lo merece. Darle el Óscar a mejor película a ‘Avengers: Endgame’ habría sido un triunfo sobre todo de los humildes, del pueblo llano, frente a los poderosos, los que tiranizan el arte para convertirlo en algo indescifrable, inalcanzable para la mayoría…

Pero la realidad es muy diferente a lo que estos guardianes de lo popular demandan. Puede que tales cosas tuvieran algún sentido (escaso, neurótico, narcisista, pero sentido al fin y al cabo) hace unas décadas. Pero no ahora. El arte popular tiene todas la de ganar, y el arte «elevado», o como se le quiera llamar, está en franca retirada, cuando no herido de muerte y a punto de desaparecer. Nunca se había producido tanta cultura de masas y nunca se había accedido a ella de manera tan masiva. Los costes de producción se han abaratado, y los de distribución también. Pedir, exigir más bien, que el arte culto ceda su espacio al arte popular, que le deje respirar, es como cuando hace varias décadas los espectadores más bakalas pedían que hubiese más salas de cine doblado cuando las salas en VO eran muchísimas menos, o como que Israel clamara ayuda internacional ante el daño que le hace la ocupación palestina en sus tierras (bueno… de hecho hace algo parecido…). Es no solamente una infamia, es una falacia como una catedral. La cultura de masas ha vencido por KO, se acabó el combate, pueden retirar el cadáver de la «alta cultura». Pero no solamente quieren vencer por KO, lo que quieren es que se reconozca de manera universal que una basura como ‘Reina roja’ se admita en la misma liga que ‘El Quijote’, o que un filme tan mal escrito, dirigido, intepretado y montado como ‘Avengers: Endgame’ tenga la misma consideración que la trilogía ‘The Godfather’. Quieren no solamente vencer al enemigo, sino aplastarlo, aniquilarlo, borrarlo de la faz de la tierra y de la memoria de aquellos que quieran recordarlo.

Así de claro.

Pero ni los poderosos son los que valoran una obra de arte en su justa medida, ni cualquier best-seller escrito bajo mínimos de inteligencia puede ponerse al lado de ‘El Quijote’. Las cosas son las que son, y la realidad es tozuda, inamovible. Los poderosos son, en realidad, los que venden basura al pueblo poco exigente, y los que se forran con ello, impidiendo la posibilidad de que verdaderos artistas tengan algo de visibilidad. Y el arte no es algo que deba disfrutar (si es que la palabra es disfrutar… que lo dudo mucho) todo el mundo, entre otras cosas porque a la gente ni le interesa el arte, sino pasárselo bien, y no hay nada que objetar a ello. Ni todos los libros son Literatura, ni la Literatura es algo al alcance de alguien que se haya leído 5.000 libros y se ponga a teclear en un ordenador. Puedes leerte un millón de libros, eso no cambiará nada. Una persona, en este caso Cervantes, que jamás pudo vivir de lo que escribía, era mil millones de veces más sabio, ingenioso, inteligente y perspicaz (no son sinónimos, por cierto…) que Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Rosa Montero, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, Ken Follett, Mario Vargas Llosa, Almudena Grandes y Dan Brown juntos. Un sólo capítulo de su ‘Persiles’ les deja a todos en vergüenza, así como una sola sección de la catedral de Toledo deja a los arquitectos actuales en muy mal lugar.

El arte (la Música, la Literatura, el Cine) es superior e irreductible a la cultura. La cultura es localista, de identidad geográfica. El arte es universal. ‘El Quijote’, la catedral de Toledo, ‘La Divina comedia’, ‘Las meninas’ o el ‘Requiem de Mozart’, son patrimonio cultural de su país, por supuesto, pero pertenecen a la humanidad por entero. No hay fronteras, ni lenguas, ni identidades culturales que las contengan y en las que se disuelvan. La gente cree o bien que no necesita el arte, o bien que merecen que el arte esté a su altura sin ningún esfuerzo por su parte. Ni se plantean que jamás el arte se ha considerado de esa manera. Efectivamente hace muchos siglos el arte literario, musical o de cualquier otra disciplina estaba limitado a las clases altas, pero eso no significa tampoco que esas clases dominantes, por el mero hecho de tener riqueza o posición, pudiesen «entenderlas» o estuviesen «a la altura». El arte nace de la placenta de lo popular, se alimenta de ello, de la observación pura. El artista surge del pueblo, y trabaja, aunque la gente no lo entienda, para el pueblo. Pero no haciendo lo que el pueblo quiere o desea, sino lo que ni siquiera sabe que necesita. Una catarsis, una advertencia, una crítica, una revolución.

Y eso no va a cambiar, por mucho que quieran. La canción ‘Thriller’ de Michael Jackson es estupenda, y su videoclip, tal vez el más famoso de la historia, está muy bien filmado. Pero cualquier adagio de Mozart está técnicamente mejor escrito, musicalmente llega mucho más lejos, en todos los aspectos de ese arte. Si de verdad te interesa la música lo sabes, y si lo único que te interesa es disfrutar, ni lo sabes ni te interesa saberlo. Harry Potter está bien escrito, y algunos best-sellers no están nada mal, pero ‘El Quijote’ es el compendio de reglas narrativas de la Literatura, y para ponerse al lado de eso hay que ser o muy ignorante o muy estúpido. La cultura de masas fue la que dio lugar al posmodernismo, y no al revés. Y ahí estamos, en un mundo en el que el arte se confunde con cultura, y la vida con el arte. Pero algunos seguiremos proclamándolo el tiempo que sea necesario.

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El tinglado de los mediocres

La única cosa buena que estoy comprobando que tiene Twitter, aparte de promocionar tu material en el caso de que tengas muchos seguidores, consiste en conocer gente interesante y en interactuar con ellos y quizá llegar a aprender alguna cosa. Todo lo demás es bastante desalentador. Nos preguntamos, algunos, cómo es posible que la Literatura, que la Música y que muchas veces el Cine estén en una situación tan lamentable, y la respuesta la teníamos delante de nosotros. La respuesta está en la gente que escribe en Twitter.

Porque allí no solamente escriben usuarios anónimos, algún que otro entendido de algo, opinadores, divulgadores, trolls, unas cuantas hordas de fascistas… sino también creadores. Escritores, músicos, cineastas… La mayoría de ellos escriben en Twitter sobre todo para autopromocionarse, de una manera constante, compulsiva, diríase que obscena. Si coges a cualquier «novelista» de moda, incluso aquellos que no tengan unas ventas espectaculares, tendrá un 99% de su TL sobre sus novelas, sus proyectos, la cantidad de gente que les lee, les comenta y les retuitea. El otro 1% se divide entre dar coba a los lectores o seguidores, y en dejar sus ideas sobre alguna cosa que esté en boca de todos. Es ahí, en esas ideas, donde hay que fijarse. Nunca hasta ahora, en toda la historia, habíamos tenido acceso a lo que pueden pensar, al sistema de ideas personal de un autor (un director, un escritor, un músico) como ahora. Si lo que buscamos es hacer una radiografía de los autores de hoy para rastrear las razones por la que la Literatura es una piltrafa, la Música es una basura, y el Cine está a punto de desaparecer como tal, basta leerte los TL de Arturo Pérez-Reverte, su discípulo Juan Gómez-Jurado, y otros muchos como ellos, y que por mucho que lo intentes se te abra la Tierra bajo los pies por esa mezcla de prepotencia e ignorancia congénita, por esa disonancia cognitiva que les hace pensar que todo lo que dicen es muy inteligente y/o divertido, y por la lacerante falta de ingenio y creatividad en cualquier cosa que dicen o piensan.

¿Alguien se imagina a William Faulkner, Joseph Conrad, Virginia Woolf, Gonzalo Torrente Ballester, Cormac McCarthy (este todavía está vivo), Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Víctor Erice, Enrique Urbizu o Terrence Malick diciendo estupideces en Twitter? Desde luego, tendrían cosas mejores que hacer, pero si se pusieran a ello tendría un TL bastante más interesante que esta panda de vendedores cuyo único objetivo es doble: estar en el candelero y ganar pasta. Y lo hacen del modo más innoble posible: diciéndole a la gente qué es lo que deben apreciar, valorar y comprar, y lo que no, como si ellos además de vendedores de humo fueran jueces de la estética y la poética ajena. Que cualquier hijo de vecino se ponga de crítico literario o cinematográfico en Twitter tiene algo de entrañable, pero que lo hagan estos mercachifles es un crimen que debería estar penado con la expulsión de la sociedad y el embargo de toda su producción.

Porque cuando se ponen a hablar de Cine o Literatura (de Música ya no se atreven, porque tienen tan poca idea como de lo otro, pero demostrar que se tiene alguna es bastante más complicado, por lo visto) el Pérez-Reverte, el Gómez-Jurado y otros vendehumos de farfolla literaria, en lugar de limitarse a decir lo que a ellos les gusta o les ha interesado, sin insistir mucho más, lo que hacen es establecer una serie de ideas sobre lo literario y lo cinematográfico que convence a sus seguidores de que esa es la forma adecuada de enfrentarse a lo literario y lo cinematográfico, y de paso justificar su propia existencia. Cuando Pérez-Reverte o Gómez-jurado, y otros muchos, insisten (sobre todo en los últimos tiempos, en los que parece que se están llevando a cabo «cruzadas culturales» en Twitter en favor de lo popular como una forma de arte, desterrando lo más elevado) en que vale tanto un cómic de Tintín o un best-seller actual como ‘El Quijote’ o como ‘La Ilíada’, lo que están haciendo es clamar a los cuatro vientos que ellos mismos, que están más influenciados por Tintín o por un best-seller que por la verdadera Literatura, valen tanto como ‘El Quijote’ o ‘La Ilíada’. Cada vez que afirman en una entrevista, o en televisión, o en la radio, o en su TL, que las películas de la Marvel son maravillosas, que la Rowling es una novelista extraordinaria, que los cómics de su infancia son los que les marcaron, lo que hacen es intentar cambiar el paradigma del arte y de la narrativa para que ellos quepan en él.

Por eso insisten en lo de la cultura popular, y en la cultura de masas, como algo tan valioso, y al fin y a la postre tan elevado y tan histórico como la llamada «alta cultura», que yo tampoco sé muy bien lo que es… porque ellos pertenecen a eso, son epítomes absolutos de la cultura popular, y quieren seguir siéndolo, quieren seguir siendo famosos y ganar mucho dinero, y si desean mantener ese tinglado tienen que ser los primeros en defenderlo, han de ser los primeros en defender ‘Avengers: Endgame’ y el último best-seller de no sé quién. En caso contrario correrían el riesgo de que la gente descubriese que no son nadie, que no son nada, ni literaria ni intelectualmente. Han de alinearse con el vulgo, con el lector o el espectador menos exigente, porque si arrimaran el hombro con los más exigente serían una contradicción viviente.

Pero las cosas no son tan fáciles, y no son desde luego como ellos quieren que sean. Lo popular y lo elevado no se diferencian tanto en sus resultados como en sus intenciones iniciales. Existen grandes películas hechas con mucho dinero, y existen excelentes novelas que han vendido millones de ejemplares, pero eso no significa que la Literatura y el Cine deban ser populares. Lo que deben es alimentarse de la placenta de lo popular, pero no darle al público exactamente lo que quiera obtener. Esa es la muerte del arte. Un artista no está ahí para contentar al público, no es responsable (como diría Tarkovski en ‘Esculpir en el tiempo’) de que el receptor esté de buen humor. Un artista verdadero no es un artista de salón, ni de guateque, que es exactamente lo que son esos fanfarrones vestidos de literatos llamados Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado y muchos otros. Un artista, un poeta verdadero, es otra cosa, DEFINITIVAMENTE. Es un terrorista de la sociedad, alguien que te dice precisamente lo que no quieres oír, lo que no soportas, lo que eludes, aquello de lo que huyes. Y aún así le agradeces el haberlo hecho.

Basta echar un vistazo en Twitter, o hablar con la gente en el trabajo o en la barra del bar, para comprobar que quizá más que nunca estamos en un momento en que la gente no se quiere enfrentar a la verdad, no quiere sufrimiento, no quiere lucha, no quiere combate. Prefiere una imagen prefabricada, amable, bienintencionada, a la dureza de la cruda realidad. Bueno pues para eso está la ficción, no para hacerte soñar con mundos fantásticos, imposibles, mágicos, en los que el bien venza al mal, a los que poder huir porque te sientes confortado, a salvo. No hay donde huir. Nadie está a salvo. Aceptar lo que te dicen estos artistas de la fanfarronada, estos «artistas populares», es dejar que te engañen, que te manipulen, dejarte sin armas para enfrentarte a lo racional, a la verdad desnuda y jodida de la realidad. Por eso la ficción ahora, la verdadera, la terrorista, es más necesaria que nunca, porque con una apariencia de ficcionalidad, te susurra aquello que no quieres que te cuenten.

Al final las cosas caerán por su propio peso, por la acción de la mera gravedad. Se conocerá esta época como la más gris y la más carente de ingenio en muchos siglos (eso sí, llena de astucia para vender basura), y si salimos de ella quizá podamos recuperar cosas tan bobas, tan poco importantes, tan prescindibles como la Literatura y el Cine.

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LITERATURA, PODCAST

Viajeros de la noche – Capítulo sexto: ¿Qué diablos es la Literatura?

El tema de la Literatura es mucho más espinoso de lo que muchos creen o quieren creer. Se supone, en estos tiempos posmodernos, que todo es, o puede ser, Literatura, o que según te levantes cada mañana puedes dar una idea u otra de lo que es Literatura. Quizá sea culpa de los más inteligentes y los más conocedores de este extraño arte a lo largo de los tiempos: no se han puesto de acuerdo o no han sabido acotar de una manera más certera cuáles son sus valores, y su esencia, y su naturaleza.

No es que Juanjo, y Carlos y yo mismo creamos que sabemos más que nadie, o que somos más listos que nadie, pero por lo menos nos planteamos la posibilidad de que, debatiendo, podamos llegar un poco más lejos que en una barra de bar, o que no es cuestión de que la Literatura sea lo que cada uno quiera que sea. No me sorprendería encontrar a según quien y que sea capaz de decirme que una barra de pan es Literatura. No por ser un libro es Literatura, y no toda la Literatura es narrativa, ni toda la narrativa es Literatura… aunque sí que no hay Literatura sin ficción. Y es un medio expresivo que posee, en cualquiera de sus marcos genéricos, unas leyes bien definidas, por mucho que algunos que se las dan de novelistas o de poetas no sepan, ni quieran saber, cuáles son.

El caso es que hemos hablado más de tres horas, los compañeros y yo, sobre este tema apasionante y probablemente interminable… tres horas amenizadas con dos interludios musicales y los comentarios y audios de generosos oyentes que han querido participar, siquiera tangencialmente, en este debate. Yo creo que al lector, a cualquiera, le va a interesar mucho, así que ya puede dejar de leerme y darle al click del play, porque no le va a defraudar…

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ARTÍCULOS, CINE, CRÍTICA, LITERATURA

S. Spielberg–J.K. Rowling: grandes narradores para tan cuestionables carreras

Se está estableciendo estos días (ventajas de estar un poco más activo en la puñetera cuenta de Twitter) un debate en torno a la figura de Steven Spielberg. Bueno, debate… están sacando su nombre y su carrera a colación en infinidad de conversaciones, y el hombre está siendo trending topic un día sí y otro también. Hace un par de semanas comenzaron, muchos, a alabar la maestría técnica de ‘West Side Story’ (el remake de 2021 de la película de 1961), y ahora una buena masa de tuiteros llevan unos cuantos días poniendo por las nubes la trayectoria del director oriundo de Ohio, y otra buena masa de tuiteros (yo incluido…) estamos intentando atemperar un poco el entusiasmo del personal, consiguiendo lo contrario: que su defensa de Spielberg sea enardecida y, he de decirlo, todavía más carente de argumentos que de costumbre. Tampoco pasa nada: cada uno que se busque en qué perder el tiempo. Eso sí, me ha sorprendido encontrarme con Rodrigo Cortés, generalmente muy sosegado, pasando al ataque de manera tan poco argumentada. Pero oye, sus desventajas debe traerte el llevar tantos años haciendo ‘Todopoderosos’…

Todo esto, al final, me ha movido a escribir sobre dos figuras enormes en el mundo del espectáculo, a los que algunos (legiones, en realidad) defienden con una pasión que ya podrían dedicar a otras cosas más interesantes y más duraderas: el aludido cineasta estadounidense Steven Spielberg (al que ya he dedicado algunas entradas en el pasado) y la escritora británica J.K. Rowling, que también está teniendo estos días su ración de polémica y de ataques y defensas a ultranza en las redes sociales, por no sé qué declaraciones sobre las personas trans, que a algunos por lo visto tanto han ofendido.

Y lo primero que quiero decir de estos dos es algo que seguramente luego me costará defender en alguna conversación, cuando me recuerden estas palabras, pero no tendré más remedio que mantenerme firme: tanto Spielberg como Rowling, cada uno en su campo, son extraordinarios narradores, personas de un talento para eso de ponerse a filmar o de ponerse a escribir sólo cuestionable por aquellos que quieran tapar el sol con un dedo. Lástima, claro, que hayan dedicado su enorme talento a empresas tan descaradamente y en el fondo patéticamente comerciales, lo que les ha impedido con toda seguridad conseguir una obra de mucho mayor calado, a cambio eso sí, de hacerse multimillonarios. Lo han conseguido, lo de arramplar con tanta pasta, porque son los máximos exponentes de la industria del imperio anglosajón. Con el mismo talento y las mismas ganas de forrarse no lo habrían conseguido de pertenecer a la industrias china, rusa o iraní, aunque estoy seguro de que habrían seguido intentándolo. En el Siglo de Oro español (no sé por qué lo llaman así, cuando en realidad fueron dos siglos, pero en fin) se hizo posible, por las características culturales y políticas de la esfera hispana, el Barroco Literario, y de allí salieron Cervantes, Quevedo, Calderón y Lope, entre otros. En el siglo XX y XXI, el capitalismo feroz anglosajón ha creado a Spielberg y a Rowling. A cada cual lo suyo.

Lo he dicho en Twitter creo que en cuatro o cinco hilos estos días, y lo voy a repetir aquí: Spielberg es un portento visual de primerísimo nivel. No llega quizá a los exacerbados niveles de un Malick o de un Welles, pero no le anda lejos. Es un realizador absolutamente prodigioso, capaz de mover la cámara como en una danza, de encuadrar y reencuadrar y mover a los actores como si respirase. Es algo que además en su caso parece intuitivo, y no elaborado, aunque en realidad debe estar trabajadísimo. Este hombre ha nacido para contar historias con una cámara. Lleva el cine en las venas tanto como un Welles, un Ford o un Hawks. Sin embargo tiene un gran inconveniente: el desajuste que existe entre lo que cuenta y cómo lo cuenta es abismal, irreparable. Sus formas son las de un danzarín superdotado, pero sus temas, el sistema de pensamiento que los sostiene, el modo en que objetiva los conceptos que pretende manejar, es tan endeble que a menudo cuesta creerlo. Por eso, necesita de un guion a la altura de las circunstancias, que pocas veces ha encontrado: ‘Jaws’ (1975), ‘Catch Me If You Can’ (2002), ‘Munich’ (2005), ‘Lincoln’ (2012), y poco más. El guion que escribió en solitario para ‘A.I’ (2001) se desmorona a los cuarenta y cinco minutos, porque no es capaz de sostener la tensión del relato. Sus intentos de gran melodrama con ‘Schindler’s List’ (1993) y ‘Saving Private Ryan’ (1998), se quedan en eso, intentos de un realizador superlativo, muy bien hechas técnicamente, pero un director, un artista, que no está a la altura de lo que cuenta.

Luego está la Rowling. En el único Todopoderosos que recuerdo medianamente interesante, con Rodrigo Cortés tratando de poner un poco de sentido común en la mesa, el director de ‘Buried’ decía en cierto momento que Rowling sacrificaba el estilo, al final de su famosa saga, en favor de la trama. No estoy de acuerdo con él. El estilo de Rowling es bastante poco literario a lo largo de las siete novelas. Los libros de Harry Potter están diseñados, en muchas de sus partes, como si fueran películas, o por lo menos como si estuvieran pensadas para una futura adaptación cinematográfica (es decir, como el 99,99% de los best-sellers de la esfera anglosajona). La originalidad literaria de Rowling es igual a cero desde ‘La piedra filosofal’. Ahora bien, Rowling posee una fuerza expresiva y sobre todo narrativa de primera magnitud, que se traduce en : 1 – la fuerza de sus personajes, 2 – la fuerza de sus escenas culminantes, 3 – la precisión absoluta de los diálogos. Esta mujer ha enterrado, en una saga millonaria, un talento en ciernes que la habría acercado a Stephen King (este sí, le pese a quien le pese, un verdadero novelista), con quien tiene numerosas y nunca atribuidas deudas. La historia del niño mago interesa cero, pero hay en las páginas de sus libros, sobre todo en ‘El príncipe mestizo’ una verdadera escritora pugnando por salir, capaz de ser persuasiva y convincente en todas y cada una de las páginas de semejante mamotreto dedicado al público infantil.

Dicen que Spielberg estuvo cerca de dirigir el primer Harry Potter. Desde luego, habría sido el culmen de este tinglado de historietas de niños magos y de cine diseñado para las grandes audiencias. Ambos, Spielberg y Rowling, chapados no ya en oro si no en diamantes de muchos kilates, viven ajenos a críticas y comentarios. Están en la cima del mundo. Y su influencia en el Cine y en la Literatura es nefasta, a falta de otra palabra mejor. La industria sólo quiere ahora blockbusters y grandes ventas de libros. Todo lo demás no existe. Y millones de fans riéndoles las gracias, dando la turra con su «genialidad» y llamando fanáticos –ironía suprema– a los que pretendemos poner un poco de orden entre tanto jaleo. No he visto nunca tanto fervor con el gran genio del cine estadounidense totalmente olvidado hoy día, FF Coppola, ni con el gran novelista estadounidense vivo, el autor de la sublime y terrible ‘Blood Meridian’, Cormac McCarthy. Supongo que lo fácil es defender a los que más venden y los que más ganan, que no necesitan defensa de nadie. Arrimarse al sol que más calienta, o como diablos se diga. Otros seguiremos defendiendo a aquellos que pese a ser verdaderos y no impostados genios parecen olvidados por todos, ya que sus trabajos son durísimos, y en lugar de dar placer proporcionan displacer. Es la diferencia fundamental, me temo, entre los que defienden lo comercial y los que defendemos el Cine y la Literatura.

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¿A quién le gusta la literatura?

Lo cierto es que desde que comparto programa de radio con dos buenos amigos profesores, y aunque ya tenía amistades dedicadas a la docencia, todo el tema de la lengua y la Literatura impartida en colegios e institutos me interesa aún más que antes, y no puedo pasar por alto un artículo como este, que tanto están dando que hablar estos días, y que han vuelto a poner sobre la mesa, siquiera por un breve lapso de tiempo (no creo que más de tres o cuatro días antes de que se olviden de ello y pasen a otro tema), el hecho de que a los chavales en España (no como en el resto del mundo, por lo visto…) no les gusta leer, no aprecian la literatura del siglo de oro español, y según El País y otros medios, deberíamos hacer como el modelo francés u otros que incluyen películas, que meten títulos modernos como Harry Potter.

Yo no tengo ni idea de qué se puede hacer para que los chavales lean más. No sé si tengo mucho interés en que lo hagan o es que directamente me da igual. No escribo este texto para encontrar soluciones a un tema que quizá no lo tenga. Pero sí me gustaría dejar por escrito algunas ideas que desde hace bastante tiempo tengo muy claras, o creo tener muy claras, y que cuanto más tiempo pasa más claras me parece tener. Yo no soy un Pérez-Reverte de la vida (aunque haya alguno por ahí que diga que en algunos aspectos le recuerdo a él… por favor que alguien me dispare) y por tanto no voy a decir que la lectura es buena, que el que no lee es un tarado y cosas por el estilo. Hay mucha gente que no lee nada y que es muy inteligente y además es bastante feliz y tiene una vida bastante plena. Leer es una opción en la vida, no así en tu vida académica. La comprensión lectora es esencial (por cierto, no desarrollada en muchísima gente adulta…) para lograr un buen expediente académico. Ahora bien, se supone que eso significa que tienes que leer ficción. Y no sólo ficción, también literatura. Y la verdad, no sé muy bien por qué.

Me interesa mucho este tema pero no porque quiera dar mi opinión sobre el sistema de enseñanza, no porque quiera yo enmendarle nada a los pedagogos, sino porque veo que mucha gente se está lanzando a explicar cómo se debe enseñar Literatura, a defender que los chavales y que incluso los niños lean Literatura y que además les guste, a lanzar ideas locas sobre cómo conseguir que el pringaíllo de trece años con granos y bigotillo armado con una tablet o un con smartphone se ponga ahora a leer ‘La Celestina’. Se supone que hay que hacer eso, ¿no? Hay que defender la Literatura, aunque nadie la lea, ni los adultos ni los ancianos. Los chavales del instituto tienen que leer ‘La Celestina’ y ‘El Quijote’, cuando la mayoría de sus padres y de personas mayores de treinta años no se las han leído ni tienen intención de hacerlo…

He aquí lo que yo pienso:

1: La Literatura no es para niños ni para chavales, del mismo modo que el Derecho o la Psicología tampoco lo son. Como decía Cervantes: la Literatura «los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran»

2: Se puede, eso sí, inculcar el hábito de la lectura a los niños e incluso a los chavales, que no tiene por qué ser literatura de clásicos, aunque tampoco estaría mal que no fuera Harry Potter.

3: Porque no es verdad que sea mejor leer cualquier cosa que nada, del mismo modo que no es verdad comer cualquier cosa que nada. Para leer basura como la que hoy día se convierte en best-seller, mejor no leer. Viviremos más tiempo y más felices.

4: La Literatura no está hecha para gustar a nadie. No es un videojuego, ni es una diversión ni un pasatiempo. Eso pueden ser algunos libros, creados para disfrutar, pueden serlo algunas novelas, que son más películas que otra cosa, pero no la Literatura. Ni ‘Don Quijote’, ni ‘La Celestina’, ni ‘El Parnaso español’, ni ‘La saga/fuga de JB’, ni ‘Mientras agonizo’, ‘La montaña mágica’, ‘Ulysses’, ‘Meridiano de sangre’ o ‘La muerte de Virgilio’ se escribieron para darle gusto a nadie. Se escribieron para convertirse en un problema y en un símbolo, en un reto intelectual, en un sistema narrativo que desafíe el paso de los siglos.

5: Y todo eso no puede apreciarlo un chaval de trece años acostumbrado a jugar con su smartphone. Lo que puede hacer es, quizá, ir cogiéndole el gusto a la lectura y preparándose para el asalto, varios años después, de esas piezas literarias, que sin duda, y hoy día más que nunca, le van a suponer un verdadero desafío.

La Literatura no está hecha para hacerte feliz, sino para ser el arte más abstracto, extraño y doloroso de todos. Ese displacer que sólo en ciertas fases de tu vida consigues apreciar como se merece.

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¿A quién le importa que no te guste?

Sé que suena poco apropiado, incluso beligerante, en estos tiempos tan narcisistas, pero es algo que últimamente le estoy repitiendo a bastantes interlocutores, tanto en persona como en la maldita red social de Twitter: a nadie le importa que no te guste…

Un día de estos hago un resumen de lo que han sido mis interacciones en Twitter durante estas semanas que por fin me he decidido a abrir mi cuenta y a usarla para algo más que para leer noticias o reírme con los chistes más ingeniosos, pero por el momento diré que allí sucede lo mismo que en la vida real: la gente funciona más de dentro hacia fuera que de fuera hacia dentro. Quiero decir con esto que esa tiranía del «me gusta» o «no me gusta» es ya ley, y me parece que ley sagrada. Ya no hay ni siquiera argumentos personales, más o menos peregrinos, más o menos viscerales. Y no sólo entre gente que simplemente ve películas o lee libros para pasar el rato, sino gente que pretende establecer un criterio en podcast, en páginas, en ensayos y artículos. El «boyerismo» ha triunfado.

Esto viene a cuento de que hace pocos días un tuitero lanzó una pregunta: ¿cuáles son las trilogías más importantes de la historia del cine? Y dio a elegir entre cuatro de ellas: la de ‘Regreso al futuro’, la de ‘Indiana Jones’, la original de ‘Star Wars’ y la de ‘El señor de los anillos’. Supongo que los que me leen con cierta frecuencia se imaginarán qué trilogía sugerí yo, sin nombrarla, que debía ser la más importante de todos los tiempos, y lo cierto es que se me ocurrían otras como la de Richard Linklater (‘Before Sunrise’, ‘Before Sunset’ y ‘Before Midnight’) la de Ingmar Bergman (‘Como en un espejo’, ‘Los comulgantes’ y ‘El silencio’), la de Krzysztof Kieslowski (‘Azul’, ‘Blanco’ y ‘Rojo’) y alguna otra como la trilogía de la caballería de John Ford (‘Fort Apache’, ‘La legión invencible’ y ‘Rio Grande’) que desde luego son mucho más acartonadas y menos verdaderas que las nombradas, pero que también son cine más o menos «de aventuras», como eran las cuatro trilogías nombradas. Su respuesta no me cogió por sorpresa: «no puedo con ‘El Padrino'». Y eso lo dice alguien que participa en un podcast cultural o cinematográfico…

Poner símiles siempre ayuda en estos casos: imaginémonos que vamos a ver la catedral de Santiago de Compostela, considerada desde hace mucho tiempo como una de las más importantes, bellas y complejas del mundo. Vamos a verla un grupo de veinte personas, entre las miles que se pasan por allí al día, y uno de nuestros acompañantes dice «eso no me gusta, no lo trago, no puedo con ello». ¿Cabe decir otra cosa que a quién le importa que no te guste? En lugar de plantearnos por qué esa catedral es tan importante, lo que hacemos es simplemente guiarnos por nuestro «gusto» (si gusto se le puede llamar a eso) personal. Por nuestras sensaciones más inmediatas, porque esto o aquello nos aburra. Es decir trabajamos de dentro (nosotros) hacia fuera (lo observado), en lugar de preguntarnos qué puede significar eso sin que nosotros, con nuestro gusto o paladar, sea este el que sea, entremos en la ecuación. Muchos, me temo, ni se preguntan ni quieren aprender lo que la catedral de Santiago de Compostela o lo que ‘El Padrino’ o lo que ‘La montaña mágica’ significan, sino si a ellos les divierte y les emociona.

Eso que lo haga Carlos Boyero si quiere, además sorpresivamente le pagan por ello, tiene esa inmensa suerte. A otros no les pagan por ello y hacen lo mismo: sentenciar si algo es interesante o no en base a sus gustos. Pero esto no va de gustos o de filias o fobias. Dedicarse a investigar sobre cine o literatura para ir clamando a los cuatro vientos cuales son tus fobias y tus filias es una estupidez como un piano de grande. Es la misma que declarar cuántas películas has visto, o cuántos libros has leído, o cuántos seguidores tienes en Twitter, como si eso fuera un valor en sí mismo, como si eso marcase la diferencia en algo, cuando la única diferencia, me parece a mí, es si has entendido aquello que has visto o leído y si cuando por fin te pones a dejar algo por escrito es algo más que una pataleta, una reacción adolescente o un simple chascarrillo. Eso si quieres que alguien con un mínimo de formación y sentido común te tome en serio, claro.

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