Linajes

Llámese como se quiera: linaje, ascendencia. Precursores. Orígenes. Deudas estilísticas y narrativas. Algunas con mayor fortuna que otras, con una deuda más evidente, con una genealogía más marcada. Pero casi todo lo que conocemos tiene un precursor, o varios precursores.

Parece claro que ‘The Sopranos’ (HBO, David Chase, 1999-2006), que es una de los dos o tres series más sublimes de la historia, jamás habría podido existir si antes no hubiera aparecido ‘Goodfellas’ (Scorsese, 1990). De hecho, aunque ‘The Sopranos’ es sin lugar a dudas una obra maestra absoluta, pareciera una prolongación televisiva del mundo creado por Scorsese (a quien por cierto personifican en un episodio) en la que es, a su vez, su gran obra maestra. Es mérito de Chase, y de su superlativo equipo, el haber logrado levantar una ficción que se sostiene por méritos propios y con una mirada que, por muy hermana que sea de la de Scorsese, también es personal. Si ‘Los Soprano’ hubiera sido una película (o varias) la cosa cambiaría, y ahí está ‘The Many Saints of Newark’ (Taylor, 2021), para corroborarlo…

Al mismo tiempo, es probable que no existiera ‘Mad Men’ (AMC, Matthew Weiner, 2007-2015), si antes no hubiera existido ‘The Apartment’ (Wilder, 1960), aunque aquí es cierto que los estilos y las miradas de Weiner y de Wilder no pueden ser más diferentes (aunque en absoluto son opuestos), pero ambos se zambullen en el mismo mundo machista e hipócrita de las grandes corporaciones neoyorquinas de los años sesenta, y parece imposible que el creador de ‘Mad Men’ no haya visto ‘The Apartment’ dos decenas de veces, aunque no tanto para inspirarse como para empaparse de un mundo en el que él quería ir mucho más lejos de lo logrado por Billy Wilder. Es precursora, pero con mucha menos fuerza que ‘Goodfellas’ en el caso de ‘The Sopranos’.

Tal cosa sucede también entre las películas, por supuesto, pero no debemos caer en el inmenso error (y vergonzosa simpleza…) de creer que una película es deudora de Peckinpah, solamente porque en un tiroteo o en una secuencia de tensión el director opta por una cámara lenta. En estas cuestiones hay que hilar mucho más fino. En ese sentido parece obligado afirmar que ‘The Thin Red Line’ (Malick, 1998) tiene una deuda importante, o pertenece al mismo linaje que ‘Apocalypse Now’ (Coppola, 1979). Desde luego, es su precursora, y eso se ve tanto en muchas de las imágenes de la primera como en sus sonidos y en sus conclusiones. Son filmes hermanos. Lo que no tiene ningún sentido es decir, como algunos dijeron en su momento, que ‘Un prophète’ (Audiard, 2009) bebe o es consecuencia de ‘The Godfather’ (Coppola, 1972), cuando no tiene nada que ver, ni en estilo, ni en voz narrativa, ni en otra cosa que en su trasfondo criminal de bandas de gángsters enfrentadas.

Y en literatura, pues igual. Hay que tener un poco de cabeza y de sentido común cuando se habla de precursores y de deudas, o se puede hacer el ridículo con bastante facilidad. Pero las ascendencias y las deudas contraídas pueden ser la mismo tiempo más evidentes y más esquivas, y el lector (exigente o no) tiene que estar muy atento, pues aunque realmente pareciera que García Márquez, Rulfo y otros beben de Faulkner, lo cierto es que el estilo de todos ellos no tiene nada que ver con el autor estadounidense salvo de manera muy tangencial y en aspectos bastante superficiales. Lo conocían y su influencia sobre ellos es innegable, pero no definitiva, y no podemos decir que ninguna de las novelas de Faulkner fue precursora de, por ejemplo, ‘Pedro Páramo’. Y yo creo que esto sucede por la sencilla razón de que algunos autores y algunas obras no es nada fácil que encuentren a sus descendientes: son demasiado únicas y originales. Y si alguna obra consigue serlo, tenemos ahí a un autor, y a una obra, por fuerza superlativos (como le sucede a Malick y su ‘The Thin Red Line’ respecto a ‘Apocalypse’), y tenemos ahí otro indicativo de genialidad, otros indicios que demuestran que no es imposible establecer un canon, y una jerarquía entre obras de distinto signo pero clase similar. En otras palabras: que esto que expongo aquí es otra marca distintiva de la grandes obras, las que algunos se empeñan que sean únicamente las que dicta su gusto personal.

Pandemónium

Lo que me gusta esa palabra… la uso mucho, sin venir a cuento.

Pandemónium. Suena mucho mejor que pandemonio, desde luego. Manías que tiene uno. Vamos al tema.

Yo creo que tenemos un lío servido, un pandemónium, de tres mil pares. Y cuanto más mayor me hago más lo creo, más lo siento, más lo lamento y más me alucina su enormidad. Me refiero a la situación editorial y literaria (no son lo mismo, amigo lector) que se vive en España y en el resto del mundo, una especie de delirio gigantesco que crece más y más a cada año y que amenaza con devorarse a sí mismo. Todo eso de los libros, de las editoriales, de las ventas, de los lectores, de lo que se supone que es (y desde luego no es) literatura, de todo este circo inmenso, este grimorio, este sinsentido épico.

Pero vayamos por partes.

En general la sensación que tengo es que se sobrevalora a los autores, los narradores, los literatos en definitiva. Se les sobrevalora y mucho. Y que se infravalora a los lectores. Digo en general. Se considera a los autores muy listos, muy especiales, únicos, como si lo que hacen sólo pudieran hacerlo ellos, o por lo menos no pudiera hacerlo cualquiera. Generalmente, casi siempre, es falso. Lo que hacen el 99,99% de autores en todo el mundo puede hacerlo cualquier persona con inteligencia y un poco de trabajo duro. Por otra parte se considera que los lectores tienen que estar agradecidos de aquello que se les entrega, o mejor dicho que se les vende, que son menos listos que los autores, menos especiales. También es falso. La mayoría de los lectores son mucho más inteligentes que esos engreídos escritores que les entregan novelas o cuentos.

A los narradores les sobrevaloran los lectores y las editoriales. A los lectores les infravaloran los escritores. Digo en general, no siempre, pero en general así es.

Luego están los críticos. Los críticos, casi siempre, se creen más listos que los autores que critican. No se sabe bien por qué, pero suele ser así. Cuanto más arrogante y presuntuoso es un crítico, pareciera que es más crítico, más profesional y más en su sitio, en su salsa. Tampoco es así: casi siempre los grandes autores (no los otros, los que no son en absoluto especiales ni inteligentes) son mucho más listos e inteligentes (tampoco es lo mismo, amigo lector) que los críticos. Llevan siglos los críticos, de todo el mundo, creyéndose más listos que Cervantes, y se ha probado mil veces que Cervantes es mucho más inteligente que cualquier crítico de cualquier época y de cualquier lugar del mundo. Y los críticos no deberían ser tan arrogantes ni tan presuntuosos, porque están ahí para algo.

Y dirá el lector: ¿para qué?

Pues para muchas cosas. Existen muchos tipos de críticos y muchos tipos de crítica… bueno, muchos… algunos, varios. Y eso está bien. Existe una crítica más filosófica, otra más técnica, más literaria, más orientada a la investigación, o a la divulgación o al debate teórico. Todo eso está bien, pero quizá el crítico literario o cinematográfico, o de cualquier soporte narrativo, debiera tener todo eso. Y lo que sucede con los críticos es que, por lo general (insisto: por lo general), y por muy brillantes que sean, tienen filias y fobias poco o mal curadas, y al final son muy reduccionistas. Un gran crítico, el mejor crítico, no debería tener ninguna pretensión o preferencia artística, del mismo modo que un artista no debería tener ninguna preferencia ideológica.

Narradores, lectores, críticos. Y editoriales. Las cuatro patas de una mesa que no se sostiene.

Cada año se publican en España unos ochenta mil libros. Ochenta mil, un cuarto de ficción. De esos, se venden cada año más de cuatrocientos millones, lo que supone una facturación de unos dos mil quinientos millones de euros de media cada año. Dicen que este año 2021 va a batir todos los récords. 2.500.000.000€ de ventas directas son muchos ceros, y todos quieren su parte del pastel. ¿A alguno de todos esos, narradores, lectores, editoriales, les interesa la literatura? Ni siquiera al crítico parece ya interesarle, convencido de que la documentación histórica es un valor literario. Hablan de libros y de ventas, no de arte narrativo, ni siquiera de valores narrativos.

Y mientras tanto…

Mientras tanto, muchos, como yo mismo, tratando de escribir y de publicar. Escribir, se escribe (personalmente, llevo seis novelas completadas y algunas más en el tintero, además de relatos y novelas cortas), pero publicar no te publican a menos que seas conocido o tengas muchos amigos en el momento y el lugar adecuados. Pero bueno, algunos lo logran. Bien por ellos. Se convierten, eso sí, en el libro número ochenta mil uno. Y si tienen la fortuna de saber escribir literatura es probable que sus poco probables ventas sean mucho menos numerosas, porque la literatura no vende. Venden los libros, y cuanto más bobos, menos narrativos y más escasamente literarios, mucho mejor. Pero bueno, siempre existe la fantasía de ser reconocido, de firmar muchos libros en la feria del libro, de que te entrevisten en la tele con muchas bromas y muchas sonrisas… Puro narcisismo. Un verdadero escritor está libre de todo eso.

Este es el pandemónium, el circo en el que estamos todos metidos y al que ninguna persona con inteligencia, dignidad y respeto por sí mismo puede interesarle en absoluto.

Historiadores o novelistas

El posmodernismo y la decadencia intelectual crean cosas bien extrañas, cada vez más hipertrofiadas, más difíciles de erradicar desde posiciones intelectuales previas. Supongo que es el signo de los tiempos, pero no por ello podemos dejar de nombrar a las cosas como son: los «novelistas» de ahora, los que son habitualmente publicados y que ocupan las mesas de novedades, no son tales. Y no lo digo con desprecio o con desdén, lo digo como un hecho: lo que durante siglos ha sido un novelista desde luego ya no lo es. Ahora es otra cosa, no sé muy bien cómo llamarla.

De un tiempo a esta parte, yo diría desde la aparición de fenómenos como el de Ken Follett y gente así, se tiene la absurda idea, por una parte del público y cada vez por sectores mayores de la crítica, de que una novela es mejor, más valiosa, profunda y verdadera, cuanto más hechos históricos y verídicos cuenta, es decir, cuantos más datos factuales aporta al lector. Así, tenemos dos grandes vertientes en las novedades editoriales: los thrillers cada vez más parecidos a estrafalarias películas estadounidenses, y las novelas históricas, en las que se narran las vicisitudes de una serie de personajes, la mayoría de ellos reales o muy inspirados en caracteres reales, que viven una peripecia en el Renacimiento, o en la Edad Media, o en una guerra o una batalla famosas (o no tan famosas), o en la antigua Roma o en la antigua Grecia. Son el caldo de cultivo perfecto para que ciertos lectores, que los autores y las editoriales saben que son los más perezosos y los menos exigentes de todos, acudan a la librería a comprar esos volúmenes, en los que la verdadera literatura queda desterrada.

Porque la literatura no son datos factuales, ni un montón de detalles históricos amontonados para darle credibilidad a aquello que se está contando. La literatura es sobre todo capacidad de sugerencia, una visión poética del mundo, sustentada en un sistema de ideas, en una filosofía poderosa, no la labor de un recopilador de hechos con lenguaje de oficinista como son Santiago Posteguillo o Arturo Pérez-Reverte, gente que ha puesto de moda eso de que un novelista ha de estar investigando y documentándose durante años para poder escribir una novela. Quien piensa así niega por una parte la capacidad fabuladora de todo verdadero narrador, y por otra esconde sus enormes limitaciones, que no serán tantas para ciertos sectores cuando está siendo históricamente muy preciso, y te es capaz de contar con detalle cómo se construye una catedral o el vestuario y el mobiliario del siglo XVII. Todo eso está muy bien como apoyo, pero una novela no es una clase de historia, es siempre ficción, y no hay nada más opuesto a la ficción que lo histórico. Es deber del novelista, algo que todos estos parecen ignorar, probablemente de forma deliberada, crear una segunda realidad consistente y persuasiva, y en ese deber de poco sirve saber el tipo de paño con el que se hacían la ropa hace doscientos años.

Pero la cosa ha llegado a tal punto que muchos críticos (que con ello se retratan a sí mismos, todo sea dicho) consideran una virtud literaria importante el hecho de que la novela esté bien documentada históricamente, y el delirio es tal que ya incluso se ha contagiado al cine, y se espera de películas de sci-fi, por ejemplo, que sean muy creíbles en sus teorías, en lugar de ser persuasivas y contundentes en su sistema de ideas, y que en general casi cualquier relato haya de ser ante todo muy bien documentado y sin el menor fallo o arista conceptual. La fantasía del narrador queda así constreñida a lo que se espera de él, a una nueva moda: la de ser irreprochable en los preceptos que se proponen, en lugar de ser imaginativo. La verosimilitud como soporte narrativo.

Pero en realidad todos estos novelistas son historiadores frustrados, y en algunos casos se creen ellos mismos verdaderos historiadores, lo que no es de extrañar porque sus novelas no son tales, sino reportajes periodísticos muy mal ensamblados literariamente hablando pero muy bien elaborados documentalmente. Ahora bien, ningún historiador puede tomarles en serio, por lo que no son ni una cosa ni la otra. Están en tierra de nadie, tomándole el pelo al espectador, copando el interés de las editoriales por el dinero que les hacen ganar, y creando la falacia de que lo suyo es literatura. ¿Y los verdaderos novelistas? Relegados a un rincón, ninguneados, esperando una oportunidad que nunca va a llegar. Enhorabuena y bravo.

Don Quijote: Cap XXXII de la 2ª parte

Dejando claro que es imposible elegir un capítulo sobre otro, o unos capítulos sobre otros, de la obra maestra de Miguel de Cervantes Saavedra, me dispongo aquí a comentar la particular genialidad de un capítulo concreto, el número treinta y dos de la segunda parte de 1615, porque se trata de un fragmento de especial belleza, ingenio y sagacidad por parte de su autor, y porque en él se concentran tres de los valores que han hecho de esta obra no solamente la primera novela moderna, sino el compendio de conceptos narrativos de los que se ha servido occidente durante los últimos cuatrocientos años a la hora de componer ficciones.

Para los que no se hayan leído la novela, pongo en antecedentes: la segunda parte de la novela aparece después de que Cervantes se entere, como todo Madrid, de que ha aparecido una segunda parte apócrifa, escrita por un tal Avellaneda y titulada ‘Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha’, que apareció en 1614. El llamado «príncipe de los ingenios» se apresura a escribir la auténtica segunda parte que se publica un año después. Si la primera parte era excelsa, esta segunda va incluso más allá y se convierte en la primera ficción netamente meta-narrativa. En una meta-literatura que se lee a sí misma y se explica a sí misma, pues sus personajes, tanto Don Quijote y Sancho como todos los demás, han leído o conocen el primer volumen así como el volumen de Avellaneda. Y no solamente eso, sino que en este juego laberíntico de espejos, en este enorme artefacto narrativo que es El Quijote, se va a emplear la primera parte como sistema de juegos, o sistema de reglas, de la segunda, sobre todo cuando Quijote y Sancho vayan a parar al palacio de los duques, los cuales se van a divertir de lo lindo con ellos jugando al juego que el ingenioso hidalgo ha dispuesto sobre la mesa, en un mapa de réplicas y contrarréplicas, de sobreentendidos y de guiños literarios que es poco menos que sublime.

Este capítulo en concreto comienza con la réplica que un ofendido Quijote le da al eclesiástico de la casa de los duques, que acababa de reprender al duque por tener allí a un «tonto» que no deja de decir «sandeces y vaciedades», para terminar diciendo:

«-Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen. ¿En dónde, nora tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?»

Don Quijote se levanta ante todos los presentes, que están comiendo, y comienza uno de sus más célebres monólogos, de esos que pocas veces se citan (pues parecen a oídos españoles mucho más interesantes los versos anglosajones de un Hamlet o un Romeo), diciéndole así al eclesiástico:

«-El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien, sin tener conocimiento del pecado que se reprehende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si no, dígame vuesa merced: ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a trochemoche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y habiéndose criado algunos en la estrecheza de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asumpto vano o es tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos dél, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta inreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite: caballero soy y caballero he de morir si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda; pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, Duque y Duquesa excelentes.»

Las palabras de Don Quijote provocan la determinación del Duque a entregarle a Sancho la ínsula prometida, ante la perplejidad del eclesiástico, que afirma que no sabe quién está más loco, si el supuesto caballero andante allí presente, o los duques que le aplauden. Todo esto, en realidad, no es sino el preámbulo al elaborado artificio que se va a desarrollar en este largo capítulo, en el que los duques van a poner muy a prueba tanto la ficción que encarnan Sancho y Quijote, como su propia ficción autoimpuesta, pues a continuación tiene lugar el famoso afeitado del Quijote, en el que las criadas se toman la libertad de burlarse de él para diversión de toda la corte de los duques, y finalmente tiene lugar el magistral diálogo de Dulcinea, que es básicamente un «yo sé que tú sabes que yo sé, y a ver si te cojo en una mentira». La cosa empieza así, con la duquesa demostrando que ha leído la primera parte del Quijote, y que por tanto:

«-No hay más que decir -dijo la Duquesa-; pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.»

La inteligencia de la duquesa es notable, pues le está demostrando que no puede saber cómo es Dulcinea, pues nunca la ha visto, tal como se dice varias veces en el primer libro. Demostrando que miente en eso, también puede demostrarle que miente en todo lo demás, y tirar abajo la ficción de su locura, pero el Quijote es aún más inteligente que ella:

«-En eso hay mucho que decir -respondió don Quijote-. Dios sabe si hay Dulcinea, o no, en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.»

En otras palabras, puedes que la haya o puede que no, pero es mejor no saberlo, solamente es como conviene que sea a un caballero andante, y no hay más que hablar. A continuación su inteligencia se mide con la del duque, que le dice:

«-Así es -dijo el Duque-; pero hame de dar licencia el señor don Quijote para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he leído, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea en el Toboso, o fuera dél, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas, con las Madásimas, ni con otras deste jaez, de quien están llenas las historias que vuesa merced bien sabe.»

El duque así intenta picar al caballero de la triste figura, admitiendo que puede ser todo lo hermosa que él quiera, pero que su linaje, por lo que han leído, no anda parejo con el de otras grandes damas de la literatura de caballerías. La réplica de Don Quijote no tiene desperdicio:

«-A eso puedo decir -respondió don Quijote- que Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto más que Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro; que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores milagros se extiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en sí encerradas mayores venturas.»

A esto, ¿qué decir?. El caballero andante lo tiene todo atado y bien atado, y no va a dejarse acorralar filosóficamente por nadie, tal como a continuación afirma la duquesa:

«-Digo, señor don Quijote -dijo la Duquesa-, que en todo cuanto vuesa merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la mano; y que yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi casa, y aun al Duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso, y que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida, y merecedora que un tal caballero como es el señor don Quijote la sirva; que es lo más que puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar de formar un escrúpulo, y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza: el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuesa merced le llevó una epístola, ahechando un costal de trigo, y, por más señas, dice que era rubión; cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.»

Ella, que conoce bien el capítulo en el que Sancho le llevó una carta a Dulcinea, le hace ver a su rival intelectual que a fin de cuentas Sancho sí la vio (todos saben que no, incluido el caballero, pero tienen que fingir que sí), y que no era moza bella en absoluto, y tampoco noble. Pero el caballero vuelve a responder, quizá con la mejor réplica de todas:

«-Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí me suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algún encantador invidioso; y como es cosa ya averiguada que todos o los más caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado, otro, de ser de tan impenetrables carnes, que no pueda ser herido, como lo fue el famoso Roldán, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta que no podía ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto había de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma alguna; y así, cuando Bernardo del Carpio le mató en Roncesvalles, viendo que no le podía llagar con fierro, le levantó del suelo entre los brazos, y le ahogó, acordándose entonces de la muerte que dio Hércules a Anteón, aquel feroz gigante que decían ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo dicho que podría ser que yo tuviese alguna gracia déstas, no del no poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado; que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero pues de aquél me libré, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me empezca; y así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas, hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea; que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte, quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento: tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo; duda de todo, y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; y así, estoy en duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho merced; aunque veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno, como el Rey con sus alcabalas; y más que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saber leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo; que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare

La inteligencia del caballero (y de Cervantes) es tal, que le basta como prueba de su ficción su solo ingenio. En otras palabras: es capaz de razonar a la perfección que su ficción no es tal ficción, sino una verdad absoluta. Su capacidad verbal, que en nada se parece a la de un loco rematado sino a la de alguien muy cuerdo que utiliza una falsa locura para obtener más libertad y diversión en un mundo gris, es extraordinaria. En su mente, el Quijote es invencible, y ni siquiera los duques, que se burlan de ellos, que les humillan y les hacen jugar su propio juego, pueden demostrar verbalmente que todo lo que él afirma no es más que una enorme mentira de ficción, en otras palabras, que no es más que literatura. Pero, claro, una literatura perfectamente cerrada en sí misma. Y en sucesivos capítulos seguirán poniendo a prueba a los dos protagonistas, que deberán pactar mantenerse unidos en su mentira.

Es por este ejemplo, y por decenas similares, por los que muchos consideramos que se trata de los mejores diálogos en literatura nunca escritos, por su arrollador ingenio, por su gracia, su ironía, su inventiva… por las múltiples capas y estratos filosóficos que de ellos emana. Y esa capacidad para escribir diálogos memorables persiste en el Persiles, y en sus novelas ejemplares, así como en sus extraordinarios entremeses. No creo haber exagerado, por tanto, si digo que Cervantes es el mayor perdedor de la historia de la literatura, porque por mucho que se le alabe su obra maestra, no se conocen a fondo sus grandes virtudes.

La genialidad insuperable de ‘Don Quijote’

De todas las obras literarias míticas que han aparecido a lo largo de los siglos, hay una (con el permiso de ‘La Divina Comedia’ de Dante) que es la que probablemente más páginas, monográficos, estudios e investigaciones, tanto en España como en muchos otros países, ha suscitado. Pero esta ingente bibliografía en torno a su creación, su narrativa y su grandeza no se ha traducido, ni de lejos, en una mayor comprensión del público acerca del porqué de su grandeza, ni en una aprehensión absoluta por parte de la crítica de sus más rotundas e insuperables victorias poéticas. Ni Cervantes ni ‘El Quijote’ son fáciles de aprehender, ni siquiera por los más fervorosos cervantistas. Ese es el primer indicio al que hay que prestar atención cuando te acercas a un mito de esta categoría. Pero lo segundo en lo que habría que fijarse es que a pesar de que Cervantes lleva cuatro siglos jugando al ratón y al gato con todos nosotros, a pesar de esa falta de comprensión y aprehensión absoluta acerca de su genialidad, ‘El ingenioso hidalgo’ y el ‘Ingenioso caballero’ sigan estando hoy más vivas que nunca, y sigan leyéndose (al menos por críticos y académicos), sigan reimprimiéndose y sigan siendo, en su globalidad, uno de los libros más vendidos en todo el mundo.

Lo primero, quizá lo más importante que habría que empezar diciendo es que ‘Don Quijote’ no es una parodia de los libros de caballerías. Esto se ha dicho por tierra, mar y aire, durante muchas décadas, y se ha repetido por personas que o bien no se lo han leído o bien carecen de la menor formación literaria y artística para decir nada relevante en torno a ello, pero no tienen problema en afirmarlo. Por otra parte se tiende a comparar dos momentos históricos del todo incomparables: no tiene nada que ver el mundo editorial de las dos primeras décadas del siglo XXI con el Siglo de Oro español. Absolutamente nada, por desgracia. Si todos aquellos que llevan tanto tiempo diciendo que ‘El Quijote’ es una parodia de las novelas de caballerías se hubieran tomado la molestia de averiguarlo, sabrían que los modelos de Alonso Quijano, los personajes que a él le inspiran para convertirse en Don Quijote (Amadís de Gaula, el caballero del Febo, Belianís de Grecia, el Caballero de la Ardiente Espada, Reinaldos de Montalbán…) estaban de moda varias décadas antes (entre 1520 y 1550 como mucho) que cuando llegó el primer volumen (1605), pero es mucho más fácil repetir lugares comunes, aunque empequeñezcan las obras más sublimes, que intentar saber de lo que se está hablando.

La razón de ser de ‘El Quijote’

No es ‘El Quijote’ una parodia, sino una tragicomedia, por hablar en términos contemporáneos. Las novelas de caballerías no son el objeto de la parodia de Cervantes, sino las reglas del juego a partir de las cuales el autor va a desarrollar una muy compleja y original voz literaria. Son una excusa de la que se va a servir para contextualizar una feroz crítica a todos y cada uno de los estamentos sociales, morales y religiosos de su época. Esas reglas del juego, las de las novelas de caballería, su hipercodificación, le van a resultar de perlas a Cervantes para establecer una dualidad clave entre idealismo y racionalismo, una dialéctica entre los hechos y sus apariencias, y un discurso esencial para los siguientes cuatro siglos sobre la ficción y su alcance en la vida real, en otra palabras, entre la literatura y su reflejo en la realidad. Rebajar esta originalidad literaria a una mera «parodia» no solamente es hacerle un muy flaco favor a Cervantes y a su obra cumbre (aunque en absoluto su única obra genial…), sino que devalúa enormemente las trazas más excelsas del barroco español, pues solamente desde el barroco se puede entender una obra de estas características.

Lo que sí cabe dentro de esta tragicomedia es la sátira y la ironía. Pero si Cervantes ironiza con ella, o satiriza, las novelas de caballerías, hace lo mismo con cada cosa, género, idea o concepto que toca y que comenta, siquiera de pasada. Todo lo que Cervantes maneja en su literatura, queda trastocado por él. Y así quedaron inservibles las novelas pastoriles después de su ‘Galatea’ (1585), y quedan trastocada y heridas de muerte todas las novelas de caballerías, las de picaresca, las bizantinas, las italianas, las moriscas… ‘El Quijote’ es el libro de libros no solamente porque dentro de este libro existan muchos libros, muchas pequeñas novelas, cada una de un estilo diferente, sino porque su autor se vale de todos los géneros conocidos para dejarlos irreconocibles y para construir uno nuevo: la novela moderna, la novela polifónica, la novela intelectual-realista, que va a ser a partir de entonces la novela paradigma de la que van a surgir muchas otras y de la que todavía siguen surgiendo. Decía Viñó, que «más que novela, ‘El Quijote’ es una vasta creación intelectual». En efecto, pero es que desde el Quijote esa es la definición de la novela total, la novela obra de arte: una vasta creación intelectual y poética. Por su parte, el cervantino irredento Jesus G. Maestro comenta sobre todo la fuerza del narrador en ‘El Quijote’ y sus adelantos técnico-narrativos, pero esta obra maestra es mucho más que eso.

El narrador (los narradores) de ‘El Quijote’

Es fundamental referirse al narrador de esta novela como la pieza catedralicia, la columna esencial de su genialidad. A este respecto, es importante recordar que el narrador es, casi siempre, en la verdadera literatura, un personaje más. Pocos narradores-personajes, o ninguno, como el narrador de la novela de Cervantes, a los que los comentaristas más hueros suelen confundir con el propio Cervantes, del mismo modo que harían con cualquier otra novela. Pero el narrador del Quijote no es el propio Cervantes, y él ha procurado que esto quede bien claro salvo para los que no se interesan en absoluto por la obra. Lo ha dejado bien claro desde la primera línea: «En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…». El narrador es un personaje extraordinario, increíblemente astuto (en palabras del propio Maestro) y resbaladizo, que nunca va a mostrar su verdadero rostro aunque él mismo aparece como personaje de la novela cuando encuentra, en el capítulo nuevo, los cartapacios escritos (¡en árabe!), por ese tal Cide Hamete Benengeli al que podemos referirnos como un segundo narrador. Esos cartapacios en árabe serán traducidos para el primer narrador (que según sus propias palabras ejercerá a partir de entonces como glosador y editor de los textos restantes ya traducidos) por un morisco aljamiado al que él mismo pagará para que lo traduzca todo «sin salirse una coma de la verdad»… a pesar de lo cual en sucesivos capítulos se ve en la necesidad de corregir a ese mismo traductor porque según él las cosas no pasaron así ni así constan en los «anales de La Mancha» o en los «archivos de La Mancha» (cuartos, quintos, sextos narradores anónimos…), y aunque algunos capítulos (22 de la primera parte, 1, 8, 24, 27, 40, 44, 50, 52, 53, 60, 73 de la segunda parte) incluso nombra a Cide Hamete Benengeli queriendo elogiarle como primer glosador de esa historia, las más de las veces lo hace para dudar de él, para cuesitonarle, humillarle y dejarle muy mal parado.

¿Por qué este muy sofisticado artefacto de autores ficticios, este entramado laberíntico de narradores, traductores, glosadores de la historia de Don Quijote? Pues no solamente para protegerse él, Cervantes, de una novela que aunque se vendía (¡y se sigue vendiendo en todo el mundo!) como una novelita de aventuras, como una comedia intranscendente, se trata en realidad de una obra de muchas y muy sutiles y subversivas cargas de profundidad que atacan y destruyen con su lógica todos los conceptos sociales, políticos, monárquicos, religiosos y morales de la época. No era mala idea hacerlo así, además, a causa de la proverbial mala suerte de Cervantes (que estuvo cinco años prisionero en Argel, que fue encarcelado varias veces por azares de una vida convulsa), quien podía pagar muy caro los atrevimientos de su obra magna. Sus precauciones fueron innecesarias, porque cuatrocientos años después muchos siguen sin enterarse de por dónde vienen los tiros, pero este mecanismo de narradores sirvió además para establecer en primer lugar al narrador más poderoso de la novelística de todos los tiempos, ese que manipula al lector cuando y como quiere, que maltrata a sus personajes con una ironía y una mala uva inéditas en literatura, pues desde un principio describe al Quijote como loco rematado y a Sancho como tonto perdido, cuando los hechos nos demuestran que ni uno está tan loco ni el otro es ni mucho menos tonto. Y en segundo lugar para establecer un juego meta-literario en el que el narrador y el autor de la novela, que son dos entidades diferentes, jueguen al ratón y al gato con el lector, incluso con el más inteligente de los lectores, sin que sepan capaces de ganarle por la mano.

Los personajes del Quijote

Los personajes del Quijote, además de ser extraordinarios en sí mismos por la enorme complejidad interna que de ellos Cervantes y su narrador disponen en el tablero de juego, lo son porque son personajes que engendran otros personajes. El Quijote es el libro de libros porque además es un libro en el que la literatura, como mero ente de creación, es no un personaje más, sino el concepto que se maneja en toda la extensa novela como el juego a jugar por el espectador y los propios personajes.

Así, Cervantes engendra a su narrador (nivel 1), el narrador engendra a Alonso Quijano y su locura y a Sancho Panza y su simpleza (nivel 2), Alonso Quijano engendra a Don Quijote (nivel 3), Don Quijote engendra a Dulcinea del Toboso (nivel 4), y mucho más adelante los duques intentan reconfigurar esa jerarquía de mundos narrativos enfrentándose dialécticamente al Ingenioso Caballero y saliendo derrotados de ese nuevo juego en el que el protagonista, aún siendo el objeto de las burlas de los duques, no puede ser burlado ni superado en su propio juego. Pero la cosa se complica todavía más con la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda (la falsa segunda parte de la novela), y la necesidad de Don Quijote de separarse de ese fantasma de ficción que podría ser otro nivel más, en otra jerarquía. El ingenio deslumbrante de Cervantes no solamente crea personajes icónicos de una fuerza imperecedera, sino que les hace vivos, tan vivos o más, con una encarnadura tal, que pueden rivalizar con un personaje de carne y hueso. No es de literatura de lo que hablamos aquí, sino de un universo narrativo de una enorme complejidad, que como un un puzzle o un laberinto posee una complejidad de la que tantas otras supuestas obras maestras carecen, y todo porque en el fondo El Quijote es una novela sobre la literatura, y la más original de todas ellas.

LOS DIÁLOGOS DEL QUIJOTE

En el mundo actual, se consideran grandes diálogos, los más brillantes diálogos, a los que vemos sobre todo en la ficción anglosajona audiovisual: parlamentos veloces, ingeniosos, llenos de ritmo, de musicalidad y de ingenio. Son sin duda diálogos muy bien escritos los que vemos en las películas de Lubitsch, de Wilder, de Hawks… también los de Berlanga, los de tantas series brillantes (y yo creo que los mejores diálogos que he visto en una pantalla son los de House M.D.). Pero estoy en disposición de afirmar que los más grandiosos y geniales diálogos que se han escrito son los de ‘El Quijote’ y los de otras obras cervantinas como el ‘Persiles’ o las novelas ejemplares, sin olvidarnos de sus obras teatrales. Pero estamos hablando de ‘El Quijote’. En comparación con sus diálogos, los de las obras shakesperianas me parecen engolados, falsos, grandilocuentes y vacuos. No conozco ningún monólogo, de los tantos y tan venerados del escritor inglés, que pueda compararse con el de la pastora Marcela en profundidad de ideas, en belleza filosófica, en emoción pura. Pero para monólogos, los del mismo caballero o los de su acompañante Sancho, que los hay a decenas a lo largo de la obra, y que deberían ser estudiados en todas las escuelas de literatura del mundo.

Son los diálogos del Quijote la gloria final de esta obra maestra de todos los tiempos, pues si el narrador es poderoso, si la creación de personajes es sublime y su estructura de narradores y personajes es de una complejidad inédita en literatura, sus diálogos son de una belleza, musicalidad, amplitud de registros, profundidad psicológica de los distintos personajes que los declaman, verosimilitud y persuasión en cada una de las palabras, que quita el aliento. El Quijote, que es una novela extraordinariamente divertida y amena, alcanza en sus diálogos la belleza última de las palabras como sostén de los sistemas de pensamiento de sus personajes y del propio Cervantes. Y no ha sido superado desde entonces porque el don maravilloso de Cervantes, apoyado en la lengua española, se vale de ello para construir la novela definitiva, de la que beben las obras maestras de Mann, Dostoyevski, Faulkner, Rulfo, McCarthy y tantos otros, que aunque no son españoles se ven en la necesidad de rendir pleitesía al primero de todos, al más grande escritor de todos los tiempos, al llamado Príncipe de los Ingenios, que camina junto a Dante en la eternidad.

La crítica y los premios son publicidad

Es muy interesante cuando tienes HBO o NETFLIX (o cuando te han dejado alguna cuenta para poder entrar en sus archivos…) y te pones a buscar títulos y obras dentro de su casi inabarcable catálogo (sobre todo en el caso del segundo), y entre los diversos grupos de películas o series, entre las etiquetas que sus responsables emplean para que te sea un poco más fácil navegar, y en las que no faltan las de siempre (comedia romántica, terror, aventuras, etc…), hay una que no falla: la de «aclamadas por la crítica». Claro, ahí te paras siempre un momento porque dices, ingenuamente, que ahí va a estar lo mejor, lo más valioso de todo. Y no. Luego descubres que es un revoltijo de títulos parecido a todos los demás, en el que no existe el menor criterio. Claro…aclamadas por qué crítica, por qué grupo de críticos o qué critico en particular. ¿De verdad alguien se piensa que se han puesto a leer o a hacer un compendio de las películas mejor puntuadas en festivales, o en revistas especializadas? Como mucho, en el improbable caso de que se pongan a hacerlo, habrán mirado las puntuaciones de IMDb o en FilmAffinity, y para de contar. La crítica, ese estamento al que todo el mundo se refiere alguna vez, siempre denostado y sin embargo, mira tú, un referente de cuando en cuando incluso para ordenar las películas…

He escrito mucho sobre la crítica, tanto española como de fuera de nuestro país, en estas páginas mías. Yo mismo escribo críticas desde hace mucho tiempo (y sin el menor atisbo de falsa humildad, me considero mi crítico favorito, cosa que creo que debería ser todo el mundo que escribiera con un poco de asiduidad y que tuviera un mínimo de criterio formado), y sigo pensando que la más deleznable crítica literaria y cinematográfica nos viene del otro lado del Atlántico, concretamente de Estados Unidos. Pero eso no significa que aquí no estemos bien servidos. En nuestro país no cabe un crítico pésimo e ignorante más. Los hay solventes, muy pocos, y los hay insufribles, la mayoría. Peor aún: la crítica literaria se ha borrado, o la han borrado, o la han suicidado, en los últimos veinte años, y la crítica cinematográfica, casi toda, se haya en un callejón sin salida, presa de la posmodernidad, los estructuralistas y la desidia de los que no tienen que hacer y se ponen a escribir y opinar sobre películas cuando está claro que ni saben escribir ni el hecho de haber visto cinco mil películas significa que nadie les haya preguntado qué es lo que opinan o le pudiera importar a nadie o tener un mínimo de coherencia. Ahora bien, sigo pensando que la crítica es esencial, es el dique de contención que pone, con mucho esfuerzo y mucho tiempo y sacrificio y de la manera más ingrata y siempre tormentosa, las cosas en su sitio. Y esto pese a que la gente utiliza la crítica como utiliza los premios: para vender más.

¿Por qué las películas de prestigio, sean o no valiosas, ponen en las carteles de las películas, y en las portadas de sus blu-rays, una ristra de estrellitas, fruto de las valoraciones de críticos internacionales? Es como la etiqueta de «aclamadas por la crítica», algo que nunca falla. Nombres de personas que nadie conoce diciendo dos o tres elogios, y sobre sus palabras cuatro o, aún mejor, cinco estrellitas. Lo hacen para vender un poco más, no porque sea algo importante, o siquiera porque la productora o la distribuidora realmente lo crean o no y se vanaglorien de ello. Lo hacen porque el eventual comprador de ese blu-ray, o el eventual espectador de la sala, se dirá que bueno, que algunos señores muy listos han dicho que esto está muy bien. luego habrá que verlo. Como cuando ven que tal película ha ganado un Óscar, a mejor actor, o a mejor actriz. Habrá que verla. Como cuando ven que una serie ha ganado no se cuantos Emmys, o tiene la Palma de Oro, o cosas así, anunciadas bien grande, de manera bien visible, en sus imágenes. Lo mismo pasa con los libros: este libro ha ganado el premio nacional de narrativa, esta otra el de la crítica, aquella otra, además de tener treinta y seis ediciones, ha tenido algún comentario elogioso en la revista de no sé donde… y entonces la labor de los críticos, que son intermediarios imprescindibles, espectador y lectores privilegiados, a los que se supone una extensa formación, una probada sensibilidad artística, una experiencia y veteranía intensas en estas lides, se convierten en herramientas de marketing.

Yo mismo he sido citado en el cartel de alguna película (ahora mismo no recuerdo cuál o cuáles, no soy tan vanidoso), y se han impreso allí unas pocas de mis palabras, colocadas sobre mi nombre. Y creo que deberíamos negarnos a ello. Los críticos no son voceros o vendedores de libros o películas, por mucho que a la mayoría de cineastas o novelistas les encantara que así fuera, incluso en los casos en los que simplemente se les entrevista sobre temas serios más allá de su fantasía personal. Los premios no son indicativo de nada realmente relevante, o pocas veces lo son, pero los críticos deberían marcar la diferencia, por muy mal que caigan en tantas ocasiones, porque ellos son realmente el dique de contención, el racionalismo frente a tanto fanatismo, a tanto papanatismo, a tanto proselitismo. Si para algo sirven los premios, quizá, es para medir un poco la temperatura del año cinematográfico, o literario. Pero los críticos no sirven a nada ni a nadie salvo a la excelencia, a los artistas verdaderos, al arte narrativo con mayúsculas, para propugnarlo, para respaldarlo cuando nadie más lo hace, cuando los premios y la atención mediática va a parar a otros, cuando los espectadores y lectores olvidan tan rápido, cuando los mequetrefes vuelven a inventar la rueda… es ahí donde los críticos entran y avisan de que ya está inventada, de que no hay que olvidar ciertos títulos y ciertos artistas esenciales.

No todo es propaganda y publicidad y marketing en este mundo de mierda. Al menos no todavía.

Las hermanas pequeñas

Se suelen calificar así, de «hermanas pequeñas», y dejando a un lado todo lo que ese calificativo tiene que ver con una mentalidad paternal y un poco machista, es la forma habitual de referirse a las «pequeñas» obras de los grandes gigantes, las que ni por asomo brillan con la fuerza de las más grandes, las que se han quedado rezagadas, las que pueden albergar algún atributo hermoso pero no pueden competir en belleza bajo ningún concepto con sus «hermanas mayores». Y en cierta forma hay que rendirse a la evidencia: esto es totalmente cierto.

Pienso en el novelista más grande del siglo XX y en el director de cine estadounidense más gigantesco del mismo periodo. Ellos no son otros que el también estadounidense William Faulkner y el italoamericano Francis Ford Coppola. Suelo estudiarles sin descanso (no solamente viendo sus películas o leyendo sus cuentos y novelas, también sus personalidades, su impacto, su influencia, sus biografías, sus declaraciones, sus seguidores y detractores… en fin todo lo que puedo reunir sobre el tremendo impacto, a veces más invisible del que sería deseable, de ambas figuras), y he llegado a conocer muy a fondo su obra. Estamos hablando de dos genios universales, cada uno en su campo. Ahora bien, esa genialidad, esa grandeza, no se manifestó en toda su trayectoria, ni mucho menos. De hecho ni siquiera se manifestó en gran parte de sus respectivos corpus. El que está más cerca de Coppola, Scorsese, posee una carrera mucho más regular y mucho más abundante en grandes títulos, y Faulkner tiene serios problemas a la hora de situarse al lado de monstruos como Thomas Mann o Fiódor Dostoyevski, porque la obra del ruso y del alemán es mucho más rocosa y sólida a lo largo de sus respectivas décadas.

Sin embargo ni Scorsese tiene un ‘The Godfather, Part II’ (1974) o un ‘Apocalypse Now’ (1979) (…y no parece probable que llegue a haberlas), ni Mann ni Dostoyevski llevaron la novela hasta unos límites expresivos, o gozaron de una década tan fructífera como los años treinta en el caso de Faulkner. Uno no es un genio cuando quiere, sino cuando puede, y lo genial en Faulkner o en Coppola no se ha manifestado a lo largo de todos sus años en activo, sino solamente en una década concreta. En el caso de Coppola los años setenta, en el de Faulkner desde 1929 hasta 1940. Y eso no significa que el resto de sus trabajos sean mediocres o pésimos, pues en ocasiones han vuelto a brillar muy alto, pero no con ese genio. De tal forma que haciendo dos grupos que rozan la estratosfera de lo excelso tenemos esto:

‘The Sound and the Fury’ (1929)
‘As I Lay Dying’ (1930)
‘Sanctuary’ (1931)
‘Light in August’ (1932)
‘Absalom, Absalom!’ (1936)
‘The Wild Palms’ (1939)
‘The Hamlet’ (1940)

‘The Godfather’ (1972)
‘The Conversation’ (1974)
‘The Godfather, Part II’ (1974)
‘Apocalypse Now’ (1979)

Faulkner tiene en la trilogía de los Snopes (la que se inicia con ‘The Hamlet’ y concluye magistralmente con ‘The Mansion’ (1959), además de con ‘Intruder in the Dust’ (1948), y con su extraordinaria colección de relatos (quizá uno de los dos o tres ciclos de relatos más importantes del siglo XX), más razones para ser considerado el más grande novelista del siglo. Pero si hubiera continuado, en los años cuarenta y cincuenta, con la vena genial de la década de los treinta, sería quizá el más grande de todos los tiempos junto a Cervantes. Y algo parecido le sucede a Coppola, que tiene en filmes magistrales como ‘Rumble Fish’ (1983) o ‘Bram Stoker’s Dracula’ (1992) argumentos para defenderse más allá de su década prodigiosa. No le era posible seguir a ese nivel, y sólo pudo recuperarlo para el superlativo cierre de su famosa trilogía.

Sin embargo ambos tienen en sus trayectorias obras indiscutiblemente menores. ‘Pylon’ (1935), ‘Sartoris’ (1929), ‘A Fable’ (1954) en el caso de Faulkner; ‘Peggy Sue’ (1986), ‘Gardens of Stone’ (1987), ‘Jack’ (1996) en el de Coppola. Pero sucede muchas veces que las obras menores, las hermanas más frágiles, son mucho más sinceras y de alguna forma mucho más dolorosas que sus hermanas mayores. En otras palabras: ayudan mucho mejor a definir la personalidad artística de sus responsables. Con las obras gigantescas, dado su carácter poliédrico, casi inefable, esto resulta mucho más difícil. Pero con las obras pequeñas podemos intuir las búsquedas, las dudas, el camino personal de grandes inseguridades y pequeños gestos de coraje de estos grandes artistas y de algunos otros. Es por eso que son también necesarias, y que volver a verlas o leerlas resulta todo un placer. Ahí encontramos al Coppola o al Faulkner menos depurado, más en bruto, más tosco, más auténtico de alguna manera. Las hermanas pequeñas hacen a os dioses humanos, y por ello mucho más grandes aún, mucho más inspiradores y dignos de elogio. Tan sencillo como eso.

La sumisión a lo angloparlante en la literatura y en el cine

Es así como puede definirse mejor: sumisión. A todo lo inglés, angloparlante, a lo anglosajón, tanto en literatura como en cine, y el autor de estas líneas, pese a que su intención es precisamente criticar este hecho, no está libre de esta influencia. Influencia que a poco que se reflexione sobre ella resulta particularmente humillante y paradójica, por mucho que no cabe duda de que tanto desde las islas británicas (Irlanda incluida, naturalmente), como desde el otro lado del Atlántico, en la colonia germano-británica más grande del mundo, los Estados Unidos, han llegado grandes obras, algunas de ellas obras maestras tanto del cine como de la literatura. Pero pareciera que ellos son los amos no solamente del universo sino también de las artes narrativas. Y esto sí que no.

Desde que se inventaron a Shakespeare, un fulano de quien se dice que inventó la lengua inglesa (claro, entre otros muchos, porque todavía estaba en formación), y que escribió treinta y siete obras de teatro, si es que las escribió él… una figura creada artificialmente que es probable que ni siquiera existiera como tal sino que una suerte de testaferro literario… pero que en el improbable caso de que hubiera escrito esas obras no puede, ni por asomo, compararse con Dante o con Cervantes (sobre todo con el segundo, a quien se le ha querido oponer como símbolo de un imperio y de una cultura); desde que lo inventaron, digo, y nos hicieron creer a todos que es el mejor escritor de todos los tiempos, estaba el camino abonado para subsiguientes figuras, ideas y obras que si alguno tenía alguna duda de su grandeza se le disiparía en cuanto se certificase su procedencia anglosajona, como una especie de sello de calidad inherente, un marchamo inquebrantable con el que mantener su hegemonía en letras, y luego en cine. Los anglosajones, sus élites políticas y culturales, son muy listos, y lo han conseguido. Así, trescientos cincuenta años después de Shakespeare llegaría Hitchcock, y tenemos que tragarnos todos que es el mejor director, o uno de los mejores directores de todos los tiempos, cuando una vez más se trata de un cineasta muy hábil, muy astuto, como en el teatro lo era Shakespeare, y desde Francia, Italia, y el resto de Europa, con la casi siempre acrítica España a la cabeza, nos lo hemos tragado sin rechistar. Peor aún, ayudando en la tarea.

Porque las cosas son así: Shakespeare es el escritor más famoso de todos los tiempos y Hitchcock (por lo menos hasta el advenimiento de Steven Spielberg, que es básicamente un epígono de Hitchcock, aunque hay que reconocer que mucho mejor director de actores cuando quiere) el director más célebre y «el creador más importante de formas del siglo XX», y punto y se ha acabao. ¿Queremos más pruebas? Ahí están los conspicuos François Truffaut y Harold Bloom para machacarnos durante décadas (sobre todo el segundo) hasta que a nadie albergue la más mínima duda. Que los franceses, que en letras no tienen a nadie, o que otros países, que quizá tengan una cinematografía poco poderosa, comulguen con ruedas de molino podría tener un pase. Pero que en España, precisamente, nos dejemos subyugar por semejantes ideas, me parece del todo humillante. Es patético que un país que tiene a Cervantes, a Quevedo y a Lope, en literatura, se deje convencer en la idea de que Shakespeare pueda acompañar al creador del Quijote o del Persiles en el mismo vagón hacia la eternidad. Y bastante penoso que un país que tiene a Buñuel, a Berlanga y a otros cineastas ilustres, simplemente acepte que Hitchcock (o Ford o Wilder) es superior a ellos. Pero es culpa sólo nuestra. Lo es el no haber visto en muchos casos un filme magistral como por ejemplo ‘Muerte de un ciclista’ (Bardem, 1955), y aún habiéndolo visto colocar filmes inferiores de Hitchcock por encima de ella. Lo es tener ‘El verdugo’ y ‘Plácido’ y pensar que Wilder, con ‘El apartamento’ o con ‘En bandeja de plata’ puede siquiera acercarse a ello. Es la diferencia entre buenos directores, y grandes cineastas. Así de claro.

Harold Bloom estuvo durante sesenta años dando la vara conque Shakespeare es el inventor de lo humano, el mayor genio de la historia de la humanidad (conste que esto es verídico…), y un escritor a la altura de Dante o Cervantes. De acuerdo. Que una pléyade de críticos, investigadores, intérpretes y analistas literarios, de Europa, de cualquier parte del mundo, incluido Estados Unidos, no pusiera en sitio a ese engreído soberbio (me refiero a Bloom) y a sus disparates, tiene delito. Porque además de decir todo eso, y unos cuantos delirios más, no lo argumentó de ninguna manera. Cómo me gustó cuando dijo que Poe posee un estilo atroz… ¡Bloom sí que tenía un estilo atroz, una argumentación, si argumentación se podía llamar a eso, capciosa y tendenciosa hasta el infinito, en todos sus libros! (de los que por desgracia me he leído cinco) Y desde España homenajeándole y repitiendo eso de que es el crítico literario más importante del mundo. Ahí es nada.

Y con Hitchcock (y Ford y Wilder y Hawks… y un largo etcétera), lo mismo, desde la crítica francesa (con Cahiers a la cabeza), y desde la crítica española y de gran parte del mundo. El enorme aparato de marketing del mercado audiovisual anglosajón funcionó a toda máquina desde los años cuarenta del pasado siglo, y desde entonces no ha hecho más que perfeccionarse, convenciendo incluso a gente formada y al parecer inteligente (luego la inteligencia hay que sostenerla en cosas como estas…) de que ellos están por encima casi de cualquier otro de su tiempo, y de que filmes increíblemente torpes como ‘Vertigo’, ‘Cortina rasgada’ o ‘Marnie la ladrona’ eran clásicos imperecederos del cine de todos los tiempos. Si son tal cosa, ¿entonces qué son ‘Citizen Kane’, ‘The Magnificent Ambersons’, ‘Touch of Evil’? Welles no apreciaba en mucho a Hitchcock. No me extraña. Él era un genio y Hitchcock no. Hitchcock es un polizonte del mismo modo que lo fue Shakespeare, pero ambos tuvieron la inmensa suerte de trabajar en y para el imperio más enorme y depredador de la historia de la humanidad, que incluso depreda pensamientos supuestamente críticos. Y nosotros, pobres españolitos, tuvimos la inmensa desgracia de nacer en el país más desmemoriado, que peor se cuida, del mundo, y los que no se afrancesaron se americanizaron, y aún lo siguen haciendo.

Así funciona este mundo en el que el eje atlántico (EEUU, Reino Unido, Alemania…) controla no solamente en lo económico sino en lo mental al eje mediterráneo (España, Italia, Portugal, Grecia…), pero no podrá con otros ejes, ni su dominio será para siempre. Y en cuanto a Shakespeare, háganse un favor y lean el ‘Persiles’. El llamado «bardo de Avón» jamás pudo crear algo de esa belleza. Y en cuanto a Hitchcock, que alguno al que no persuadan mis palabras compare sus mejores obras (‘Notorius’, ‘Shadow of a Doubt’, ‘Rear Window’) con las mejores de Antonioni, y que vea lo que hay: que Antonioni era un genio del cine al que hoy nadie recuerda, y que Hitchcock es poco más que un habilidoso, un circense polizonte, en el mejor de los casos, al que un día se le caerá el mito.

Sólo lo pareces, pero no lo eres…

Me acuerdo de esa vieja máxima, que dicen que puede aplicarse a todo en la vida: «para ser algo no sólo hay que serlo, sino parecerlo». Yo no sé si es verdad, pero me parece que existen ciertos novelistas, críticos, actores y cineastas que a fuerza de querer serlo, únicamente lo parecen, y nunca lo serán, y sobre ellos escribo de cuando en cuando en estas páginas… en realidad sobre ellos escribo desde siempre, porque detesto a los farsantes, a los impostores y a los listillos.

Por aquí he escrito sobre supuestos novelistas como Pérez-Reverte, Ken Follett o Juan Gómez-Jurado; sobre supuestos actores como Mario Casas u Orlando Bloom; sobre supuestos críticos de cine como el tal Bracero (que conoce el cine pero que crítica, lo que se dice crítica, no ha escrito una jamás, o yo no se la encuentro…, ni reseña ni comentario de ninguna clase), y sobre supuestos cineastas… y de todos los supuestos cineastas mi favorito es Alejandro Amenábar, al que hace unos cuantos años el periodismo cultural más hortera llamó «orsoncito», en obvia referencia a Orson Welles, como si se pudiesen comparar, sobre todo por su juventud a la hora de empezar a filmar, teniendo en cuenta que filmó ‘Tesis’ (1996) con apenas veintitrés o veinticuatro años mientras que Welles filmó ‘Ciudadano Kane’ (1941) con veinticinco o veintiséis. No existe una figura en el cine español, o quizá europeo, semejante a Amenábar, salvo quizá Juan Antonio Bayona, que puede competir con él en astucia y oportunismo, además de en marketing.

Amenábar está ahora de actualidad con motivo del estreno de su miniserie de seis capítulos ‘La fortuna’, un original de Movistar + basado en el cómic de Paco Roca y Guillermo Corral, que no he leído pero que he visto por encima y tiene un estilo semejante a una aventura de Tintín, aunque por lo visto cuenta una historia real acaecida hace unos años. La serie está protagonizada, entre otros, por el influencer y aspirante a actor Álvaro Mel, y dispone del aparato de producción que se podría esperar en este realizador. Viendo los dos primeros episodios, sin ponerse uno demasiado exigente, salta a la vista que este hombre, Amenábar, no está preparado para contar lo que quiere contar, no dispone de las armas suficientes para erigirse en un director ni siquiera de la media, y que el tal Álvaro Mel, del que yo desconocía por completo su existencia, ni es actor ni lo será jamás. Esto es una evidencia tan clamorosa para todo el que tenga una mínima formación cinematográfica o artística, incluso para todo aquel que tenga un poco de buen gusto y sentido común, que no sé como es posible que nadie lo haya escrito en ningún medio de comunicación importante.

Y no es cuestión de filias o fobias. Yo no detesto a Amenábar porque me caiga mal, detesto su cine porque para empezar él es un impostor que se piensa que es algo así como Spielberg (y ni siquiera muchas veces Spielberg es Spielberg…), y que puede tocar casi cualquier palo con fuerza narrativa. Una historia de terror gótico, o un drama social, o un filme histórico… Ahora, una historia de aventuras a lo Indiana Jones o lo Tintín. Pero la diferencia entre lo que él cree que es capaz de hacer, y lo que realmente consigue en pantalla, es tan abismal que duele verlo. El otro día hablaba yo de las que considero las tres armas más importantes de todo gran director. Él no tiene ni una, en ningún grado. ‘Tesis’, de lejos su mejor película, al menos tiene cierta inventiva visual en algunos tramos. Pero Amenábar es un director de actores atroz (ya en la ridícula ‘Mientras dure la guerra’ era capaz de destrozar el esforzado trabajo de Elejalde), y aquí vuelve a demostrarlo. La dirección de actores es una disciplina muy compleja, que requiere de un cineasta de fuste. Solamente para no hacer un esperpento hay que hacer las cosas bastante bien. Y Amenábar no da la talla. Y mucho menos cuando tiene entre manos a un supuesto actor que nunca debería haber estado allí.

Se ha quejado estos días Álvaro Mel de que ha de enfrentarse a muchos prejuicios por eso de haber sido inflluencer. Yo creo que el chaval sabe lo que se le viene encima (tampoco es que yo haya leído nada en contra suya) o que una parte de él es consciente de que el oficio le viene grande. No es que lo haga mal en ‘La Fortuna’, es que está directamente horrible. No existe el menor prejuicio en un hecho indiscutible: Álvaro Mel no es actor, ni lo será nunca, al igual que le sucede a gente como Mario Casas. Y cuanto más intente parecerlo, menos lo será, como el propio Casas. No dudo que sea un tipo agraciado, y supongo que sus muchos fans estarán encantados de verlo en un papel estelar, pero su trabajo es digno de un chaval recién llegado a una escuela de cine, que al final del curso comprende que eso no es lo suyo. No es que no posea la menor preparación, sino que no posee el menor instinto, y con Amenábar «dirigiéndole» el resultado es grotesco. Lo único bueno es que el resto de actores, alguno de bastante solvencia, están casi tan mal como él, por lo que no existe mucha diferencia.

Pero más allá de todo eso, salta a la vista que Amenábar elige el emplazamiento de la cámara porque sí, y monta de cualquier manera, sin el menor sentido o dirección (para eso te pagan, amigo, y deben pagarte bastante bien…), sin la menor gracia o estilo, como si en lugar de una supuesta aventura (aquí todo es supuesto) estuviéramos en un telefilme, y como si en lugar de un relato emocionante estuviéramos viendo una telenovela. Para él conceptos como el punto de vista, la correlación de fuerzas de una secuencia, los personajes, los diálogos, la tensión narrativa, la expresividad del cuadro y del corte son zarandajas. Él es un director-realizador-autor estrella. Cuenta (es un decir) historias más grandes que la vida, y los pringados que ven sus trabajos (como los pringados que leen a ciertos novelistas) en realidad tienen suerte de que les brinden la oportunidad de disfrutar de su trabajo. ¿Quién se atreve a ponerles un pero en un periódico o en la televisión? Bueno, esa es al menos una de las ventajas de tener una página propia en la que nadie puede decirme qué decir o qué callar.

La ignominiosa influencia de Arturo Pérez-Reverte en la literatura

No es el único, pero es el nuestro. Es nuestro baluarte, nuestro gran capitán, nuestro faro editorial. Supongo que otros países tendrán los suyos, y no les será fácil lidiar con ellos, pero dudo mucho que tengan entre las filas de sus escritores famosos e influyentes a tan ilustre paradigma, tan fervoroso luchador de lo patrio, lo viril, de la lengua, de la polémica barata. Nos ha caído encima, y llevamos ya tres largas décadas (cada una peor que la anterior… y esta cuarta amenazando con ser la peor de todas, visto el panorama) sufriéndolo, y sufriendo a las legiones de defensores suyos que temerariamente le glorifican, le alaban y le convierten en algo así como un autor y un sabio intocable. Han alimentado a la bestia hasta dejarla ahíta, y ahora, borracha de éxito y de narcisismo, lleva varios años imparable. Bueno, también existimos otros que estamos más que dispuestos a no dejarnos engañar, a no dejarnos arrollar por fenómenos sociales, y que siempre que nos sea posible y nos dejen, declararemos a los cuatro vientos no solamente que el rey está en cueros, y que apesta a ranciedad y a oportunismo, sino que su mera existencia es un lastre, una rémora para la ya maltrecha literatura española, herida de muerte desde hace demasiado tiempo. Las ignominias que Arturo Pérez-Reverte ha perpetrado en el seno de la literatura y de la vida cultural española son incontables, y aquí voy a hacer balance de algunas de ellas.

El lector: Pérez-Reverte ha contado en innumerables entrevistas las nutridas lecturas de su infancia y adolescencia. Según él, entre los diez y los veinte años se leyó «miles de libros». Sin entrar en la cuestión de que a menos que se leyera un libro al día durante diez años (en cuyo caso se habría leído 3650 libros), algo altamente improbable, como mucho se habrá leído en esa época unos mil libros (y eso significaría uno cada dos o tres días), y sin empezar ya a notar que no tiene en cuenta ni las matemáticas ni la inteligencia de su interlocutor (o que directamente es un fantasma como un piano de grande), esto de decir la cantidad de lecturas de su adolescencia suena como a un arquitecto que te dijera que él es capaz de construir edificios no porque haya estudiado la carrera, sino porque ha visto muchas construcciones, o a uno que pretende ser médico porque ha visto muchas series de hospitales. Aunque sobre todo suena a una de esas infantiles fanfarronadas a las que me temo tan acostumbrados estamos cuando a este señor le ponen un micrófono delante.

El navegante: Otra cosa que tampoco se cansa de repetir el amigo Pérez es lo que le gusta navegar, y que tiene un barco, y que siempre que puede lo coge y se larga por ahí a enfrentarse a las fuerzas de la naturaleza, o poco más o menos. En otras palabras, más prosaicas, que es un millonario que sale con su velero cuando le apetece a darse un garbeo por ahí y a tomar el sol o a acercarse a algún puerto a comer con su familia. Pero en su mente él es un émulo del capitán Ahab, no un mero capitán de yate. Habiendo nacido en Cartagena, es lógica su relación estrecha con el mar. No así su autoengaño de considerarse a sí mismo una especie de aventurero moderno, llegando a narrar en twitter alguna expedición en la que la mar le jugó alguna mala pasada. En la entrevista que el ABC (una cabecera «en absoluto» sospechosa de ultra-derechismo o manipulación) le ha acaba de publicar (titulada ‘Arturo Pérez-Reverte en el mar de Homero’), además de casi constituir casi una adoración a su figura, puede leerse, entre otras lindezas, que para él «el mar me da esos amaneceres inciertos que me daba ser reportero de guerra»…

El reportero de guerra: Pero si hay algo que cae en cada entrevista, conversación, conferencia, charla o mera anécdota circunstancial, es su pasado como cronista de guerra. Y todo lo que eso significa: no hay por ahí escritor que pueda soplarle la oreja a este señor en lo tocante a narrar ningún conflicto bélico de la antigüedad, ni ninguna batalla concreta. Alguien (él mismo, claro) le ha otorgado la autoridad absoluta, y sólo hasta que él lo toca (‘Cabo Trafalgar’, ‘Línea de fuego’, ‘Sidi’), el tema en cuestión no adquiere verdadera carta de naturaleza, no se ha narrado como debía hacerse, con la necesaria precisión técnica y conocimiento documental. Se conoce que escribir que una bala de cañón impactando suena a raaaas zaca-bum constituye la cúspide de la expresividad formal a la hora de contar una batalla, o que las espadas hicieron clang-clang son el colmo del lirismo bélico. Por supuesto que sí. Sin ninguna duda.

La soberbia es una planta de interior: Armado con esas tres «infalibles» armas, nuestro intrépido reportero (que todavía escribe sus columnas en XLSemanal, alguna que otra bastante divertida, las cosas como son), se lanzó a novelar, entusiasmado con la idea de renovar la literatura con los argumentos y las técnicas de Alejandro Dumas o Emilio Salgari, y con ‘El Húsar’ obtuvo lo que en la Wikipedia han descrito como un discreto éxito. No fue hasta su cuarta novela, la medianamente ingeniosa aunque en ningún modo notable ‘El club Dumas’, que conoció un gran éxito y empezó a labrarse el estilo y la carrera que ya son de sobra conocidos: thrillers con cierta imaginación en su planteamiento, mucha documentación histórica para darle lo que él llama «la argamasa» (…), y una soberbia extraordinaria, que le llevó a afirmar que: «Creo que no. Eso lo explicó muy bien una crítica francesa, cuando salió ‘El Club Dumas’ en Francia, que decía que mis novelas eran el exponente del thriller cultural europeo, frente al huérfano thriller norteamericano. Creo que es una buena definición. Mi novela hunde sus raíces en una cultura europea muy intensa. No hay confusión posible. Y además, cualquier confusión es insultante. Yo no soy un analfabeto cultural. Soy europeo y el hecho de ser europeo marca una diferencia muy importante. De todas formas, no soy productor de best-seller, escribo las novelas que me gusta escribir.» Hay quien diría que quien es capaz de decir eso es un individuo peligrosamente envanecido. Pero no él. Por supuesto que no.

Su prosa, su estilo, esas zarandajas: En opinión de Pérez-Reverte lo que hace a un escritor (además de tener dos cojones… no sé qué pensarán las escritoras), consiste en leer mucho y documentarse durante años si es preciso. Así, leyendo mucho, por ejemplo a gente como Joseph Conrad o Herman Melville, uno llega a creerse que es como ellos. En su caso, por desgracia, su prosa no pasa de la corrección de un oficinista o de un periodista de una cabecera de provincias. No existe en su estilo, ni sintáctica ni morfológicamente, ni en la expresividad, ni en la creación de caracteres, ni en el tono, ni en los diálogos (absolutamente todos sus personajes, en todas sus novelas, se expresan igual, sean mujeres u hombres, de cualquier edad o profesión, ¡incluso de cualquier nacionalidad!), ni en su estructura, absolutamente nada destacable, ni siquiera salvable. Se limita a relatar sucesos, uno detrás de otro, rompiendo continuamente el ritmo con digresiones muy discutibles (por decir algo suave), con circunloquios y divagaciones absolutamente anti-literarios, con personajes de cartón piedra. ¡Y eso, dice él, ha revolucionado la novela!: «(El Club Dumas) fue sobre todo una patada en los cojones a los que tenían secuestrada la literatura en ese momento. Fui un pionero, porque en España [entonces] había que escribir como William Faulkner y todo lo que era contar historias estaba mal visto» ¡Ole!

La crítica, ni se la ve ni se la espera: Lo bueno de fenómenos como el de Pérez-Reverte, es que además de retratarse a sí mismos cada vez que abren la boca, retrata también a los críticos literarios, que junto a los cinematográficos, demuestran que casi nunca están a la altura de las circunstancias. Pocos, muy pocos críticos (haberlos, haylos, y vaya mi respeto absoluto hacia todos ellos), han resistido el embate (y a algunos de ellos se rumorea que ha conseguido que les despidan). La mayoría de ellos, titulares de los medios de comunicación más importantes, le han dedicado a los libros de este individuo la loas, los elogios, los panegíricos, más exagerados y sonrojantes que jamás se han vertido en una crítica. Si estos vendidos al sistema tuvieran razón, resultaría que estamos casi ante un tipo de la talla de Torrente Ballester, Valle-Inclán o quién sabe si el mismo Cervantes. Está claro que no, pero esto es lo que dan a entender, y oye, él encantado con todo ello. El contubernio de la crítica a un escritor tan deleznable como él es una de las ignominias más grandes que ha perpetrado este señor con ayuda de su poderosa editorial. Pero todavía hay más.

Académico de la lengua: Muy breve: si a escritores tan infames como Javier Marías o Antonio Muñoz Molina les hicieron académicos de la lengua, ¿cómo no le van a hacer a él? ¿Estamos locos o qué? Y su condena por plagio, en firme, que le ha obligado a pagar a los agraviados, ¿va a hacerle dimitir? Por favor, ni que tuviera dignidad.

Nueva versión de ‘El Quijote’: Como su ambición erudita no tiene límites, aceptó la nefasta propuesta de la RAE de escribir un Quijote «adaptado a los nuevos tiempos», en la que nuestro querido novelista protagonizó una de las mayores sandeces editoriales que se recuerdan: aligerar El Quijote, cambiar su lenguaje para hacerlo más comprensible al lector hodierno, a fin de cuentas tal como dijo él mismo «El Quijote es complejo y farragoso». Menos mal que estaba él ahí para arreglar el caso, porque si alguien puede enmendarle la plana, y corregir al mayor escritor de todos los tiempos, ese es Pérez-Reverte, el indómito. «He trabajado durante un año para lograr que el lector no se diera cuenta de cuándo ha sido podado el texto, gracias a un hilo de sutura cervantino», declaró en su momento. Bravo. Además, en un acto de pasmoso altruismo, renunció a sus derechos de autor en favor de la RAE. Sus seguidores debieron montar alguna colecta, no fuera a morirse de hambre.

Perdonavidas y salvador de causas perdidas: El amigo Pérez-Reverte, por cierto, es de esos machos alfa que siempre anda buscando enemigos. Incluso el mar es, según declara en la entrevista del ABC, de alguna forma su enemigo. Tiene la mecha muy corta para desenvainar su afilado sable de caballería (es decir, para coger el móvil y tuitear…) cuando algo le ofende, y así lo ha demostrado en ataques a Roca-Barea, a Francisco Umbral o a quien se ponga por delante. ¿Quién es nadie para cuestionarle a Él? Si se diera la casualidad (nada azarosa) de que leyera este texto, Massanet el Envidioso (o sea yo, que no me publican un libro ni de chiripa) caería fulminado por Su Ilimitada y sin embargo Magnánima Ira. Pero que nadie crea que él es simplemente un bravucón. No, de eso nada. Es, además, un salvador de «causas perdidas»: de Cervantes («que no le incluyan en los planes de estudio es un crimen demasiado doloroso»), del Siglo de Oro (escribió la saga Alatriste para enmendar los libros de texto españoles), ¡de los mismos italianos en su última novela! («devolver la dignidad a estos héroes me parece un acto de justicia para los italianos, que además no es un país en el que los héroes modernos se hayan prodigado»), de los perros abandonados en su twitter, ¡de lo que sea, rediós!

Ante todo, clase y elegancia: La que le dedicó a una periodista («no me toque los cojones»), la que le dedica a los que le critican («que se vayan al diablo»), a un crítico («cantamañanas, novelista frustrado, perpetrador de bajezas semanales para ganarse el pan”), al presidente Zapatero («la mayoría de los españoles no somos tan gilipollas como usted»), a un dos chicas poco agraciadas que se cruzó en la calle («una focas desechos de tienta que pasaban junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro por allí resopla va por ellas»). Pérez-Reverte hace de Camilo José Cela un individuo encantador y progresista.

Los temitas que escoge el académico: Envalentonado, cada vez más a cara descubierta, Pérez-Reverte ya no tiene rubor. Sus últimas novelas así lo corroboran: sobre un agente secreto de la Falange, sobre la humanidad de los golpistas de la Guerra Civil, sobre los buzos italianos de la II Guerra Mundial. ¿Quién es nadie para cuestionar sus decisiones? El que no lo entienda es un memo que se deja llevar por ideologías, no como él, que es libre de hacer un héroe de quien le apetezca.

Afrancesado, convencido de la Leyenda Negra: Él, que habla un francés «de puta madre», ha repetido hasta la extenuación los argumentos de la Leyenda Negra Española, tales como que estamos en un país diferente, que España es una anomalía dentro de la Unión Europea, que los españoles somos incultos y fanáticos, que en el Siglo de Oro los inquisidores torturaban y quemaban gente a mansalva, que la Ilustración salvó a España, que mejor nos habría ido con un Dios protestante, que Francia, Inglaterra o Alemania son países mucho mejor organizados, y otros disparates por el estilo. Pérez-Reverte es el típico afrancesado que, irónicamente, se cree muy patriota y muy español.

El crítico cinematográfico: El cine es en realidad su gran influencia, no la literatura, por muchos libros que haya leído y por mucho que en su tuiter deje citas de clásicos grecolatinos. Más ejemplos hay de sus ideas sobre las películas y las series. Y en realidad no tiene nada malo que a un escritor le guste mucho el cine, pero por fuerza ha de interesarle mucho más la literatura. Pérez-Reverte es un ejemplo clamoroso de alguien que ha leído mucho (si es que es verdad todo lo que dice…) pero que no tiene ni idea de literatura. Como no tiene ni idea de cine. No sorprende, sin embargo, que le hayan adaptado unas cuantas veces (con resultados siempre nefastos), porque sus novelas son películas relatadas con palabras.

Y para terminar, sus argumentos y sus soflamas de siempre, que aburren a cualquiera: Porque cada vez que Pérez-Reverte hace un libro es un homenaje a la cultura mediterránea, de tres mil (o cuatro mil, según la entrevista), años de existencia. Sus personajes llevan en la mochila a Homero o a Virgilio. ¿No se siente ridículo diciendo chorradas como esa? Escribir un libro sobre temas marinos no te emparenta con Homero, compañero, y tener en tu barco una foto de Conrad no te hace Conrad, ni conseguirá que te codees con él en la posteridad. Una posteridad que te está negada. Y lo sabes, amigo Reverte. Lo sabes tan bien como todos esos escritorzuelos que asolan las mesas de novedades y que se ufanan de sus muchos lectores, de la cantidad de libros que firman o de los idiomas a los que han traducido sus novelas. Lo sabes porque no eres tonto, bien que lo has demostrado durante treinta años. No eres tonto y cuando cierras twiter, cuando llevas dos o tres meses sin alguna polémica digna de patio de colegio, cuando lees a algún verdadero novelista, la certeza asoma las orejas, colega. Te irás al otro barrio dentro de diez o veinte años, con tus millones en el banco, con tu biblioteca de veinte mil volúmenes (quién sabe si ya serán cuarenta mil, o cien mil…), con tu rictus de sheriff de pueblo polvoriento y tu filosofía de baratillo, sabiendo perfectamente que cuando se acuerden de ti, si la gente (sobre todo la crítica) recupera el sentido común, será para avergonzarse de haberle dado tanta cancha y tantos privilegios a un escritor tan inicuo y que tantas ignominias ha perpetrado contra la literatura en español.