ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

El artista crea la vida, no la imita

En esta suerte de teoría sobre el Arte en general, y sobre la Narrativa en particular, que me estoy construyendo día a día en mi página (y en todo lo que escribo), subyace una idea o necesidad principal: contestar a la eterna pregunta de qué es el arte y para qué sirve, quimera a la que tantas mentes se han enfrentado a lo largo de la historia y a la que sólo unas pocas han encontrado cierto sentido en cada una de las épocas. Y aunque se encuentren algunas respuestas, siempre serán más poderosas e insondables las preguntas…

Sea como fuere, seguimos en ello. Yo, particularmente, tengo en más estima a unos pensadores que a otros, y así prefiero quedarme con Andrei Tarkovski, con Longino, con Cervantes o con Tolstoi (pues todos ellos, siquiera someramente a través de sus obras de ficción, dejaron por escrito sus ideas) antes que pensadores anglosajones (aunque algunos valiosos hay). Pero eso son afinidades electivas. Lo importante es aportar algo personal, algo que de verdad te distinga del marasmo de ideas y de conceptos que hoy en día puedes encontrar nada más entrar en una librería o de abrir las redes sociales y leer al personal.

Creo, sinceramente, que tanto la pintura, como la escultura, así como las artes más eminentemente narrativas, participan de un mismo concepto unificador: el de crear la vida, y a partir de ella dar una idea de verdad. Como mi especialidad son las artes narrativas, y más concretamente el Cine y la Literatura, sin olvidarnos de ese epígono del cinematógrafo que es la televisión, debo centrarme en ellas, pero las tres parten de la pintura y la escultura de manera inequívoca, a pesar de que podríamos decir que en la consideración de las bellas artes, el cine viaja un poco como polizón. Pero como durante siglos, empezando por los griegos, se han dicho tantas cosas sobre el Arte, y se siguen repitiendo ideas obsoletas como que el arte imita la vida, deberíamos poner ya una pequeña piedra que zanje algunos aspectos de una vez y para siempre.

Cuando Michelangelo Buonarrotti dio su último golpe de martillo y cincel a su obra maestra El Moisés, esa colosal escultura de mármol blanco que hoy día se puede ver en la Basílica de San Pedro Encadenado, en Roma, originalmente concebida para la tumba del papa Julio II, dicen que el artista gritó: «¡Habla!». Yo creo que por ahí van los tiros, y esos tiros son muy diferentes a los que promulgan todos esos que dicen que el arte imita la vida. También decían los aristotélicos que el Arte queda separado de la naturaleza por su misma esencia, como si algo creado por el hombre, que es parte de la naturaleza, pudiera estar separado de ella realmente… El Arte, en gran medida, existió como una prolongación del poder de los estados y para glorificar una idea religiosa o espiritual. Sin embargo, resulta paradójico que la misma actividad artística nos ponga en una situación muy cerca a dios o los dioses que puedan existir, pues el artista, en última instancia, se convierte en creador absoluto, en la entidad que insufla de vida, la obra que firma, como si fuera uno de sus hijos, y de paso poniéndose en igualdad de condiciones que las deidades que se quería glorificar.

El Arte, para ser tal, ha de crear la vida dentro de los márgenes de la ficción. Cuando Michelangelo creó el Moisés, o el David, se valió de las coartadas pictóricas de su tiempo para extraer la figura de un marco de ficción que bien podría ser un cuadro. En otras palabras: le dotan de existencia operatoria fuera de una obra pictórica sin dejar de emplear las mismas leyes. Y cuando sirviéndose de la tecnología actual, un cineasta pone en movimiento esa figura escultórica dentro de unos márgenes de ficción re-definidos, puede crear arte en el cine. Pero para ello, creo yo, no ha de perder de vista que para el espectador/receptor la «conditio sine qua non» es que resulte imposible ver, percibir, la mano del creador. En otras palabras: que aquello que ven o contemplan bajo ningún concepto albergue una nota falsa o algo que no sea verdadero dentro de su sistema narrativo. Si consigues tal cosa, has llevado a cabo una Obra de Arte, y sino (como tantísimas películas y novelas) sólo me has contado un hatajo de mentiras a lo mejor muy bien perpetradas.

Cuando miramos el Moisés nos parece increíble, casi imposible, que un ser humano lo haya creado valiéndose de unas herramientas técnicas, igual que cuando contemplamos Las meninas o vemos ‘Ran’, de Akira Kurosawa. Otros pueden quedarse con lo mucho o lo poco que les gusta la historia que les cuentan, o el trasfondo, o el contexto conceptual que le presentan. La labor del crítico no es valorar una historia, algo por otra parte bastante fútil (¿valoramos acaso las astracanadas religiosas que dan lugar a las imágenes de los santos?), sino la técnica, el estilo, del autor, y cómo ha sido posible, qué viento creativo le ha movido a hacer tal cosa, y para qué. Da igual Escultura, Pintura, Literatura o Cine (si es que el Cine es un Arte, que muchas veces lo dudo mucho). El máximo objetivo del artista es crear la vida con aquellas herramientas y dentro de la disciplina que le haya elegido. No la vida real, por cierto, no un remedo de lo que tenemos en nuestra realidad. Sino una vida según sus propias reglas. Si el Moisés se levantara y hablara no sería una persona como las demás, sino una de tres metros, hecha de mármol, según las leyes creadas para él por el escultor que le dio la vida.

Lo dice Tarkovski al final de su imprescindible ‘Esculpir en el tiempo’: con el arte se demuestra que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios… por lo menos del Dios que nosotros mismos hemos creado. El Arte es algo vivo que se ha creado sin que puedas descubrir sus mimbres, las cuerdas que mueven sus criaturas. Se enmascara a sí mismo, a la técnica, de tal forma que se separa de la artesanía. Y a eso pueden acceder algunos medios, y otros por desgracia. Pero el artista lo que quiere es crear la vida, una vida muy diferente a la que conoce, según las reglas que él impone. Otros lo que quieren es epatar al espectador/receptor o ganar dinero con cuentos de indios.

Estas son mis ideas más sinceras sobre el tema.

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ARTÍCULOS, LITERATURA

Sobre anti-literatura y narrativa atroz, mezcladas

Hablemos un poco de Literatura. La gente no habla de Literatura, habla de libros de moda. Es un aburrimiento absoluto, pero siempre se puede ignorar el aburrimiento y hablar de cosas mucho más interesantes.

Algunos distinguimos (no soy el único ni me invento nada, salvo cuando doy mis propias teorías) entre Literatura y Narrativa, si bien en la una puede haber la otra. Pero para entendernos, existen o han existido –me inclino más por lo segundo, en esta deprimente actualidad– escritores que intentaban hacer Literatura, y existen escritores que intentan otra cosa, no necesariamente Literatura, sino más bien Narrativa, quizá con algunos ribetes, algunos rastros de Literatura, pero sobre todo Narrativa. Soy de la opinión de que la verdadera, la gran Literatura tiene poco de Narrativa, y de que quizá la Narrativa tiene poco, aunque algo más, de Literatura. Pero para valorar una novela o un conjunto de relatos, hay que tener claro este punto: ¿qué andaba buscando el autor? Como dijo una vez Jose María Guelbenzu en una de sus críticas: «Toda novela ha de recibir la crítica que merece y la idea de merecimiento está indisolublemente unida a la intención que le dio vida, es decir, a la ambición con que se inició y se concluyó».

A partir de este punto, es muy fácil valorar las obras, por llamarlas de alguna manera, que habitualmente se publican y que se leen y que se venden, tanto en España como en cualquier otro lugar del mundo. Y así establecemos que el 99,99% de los escritores pretenden hacer Narrativa, y que el 0,01% quizá intenten hacer Literatura. Es como en el Cine, pero hablemos de Letras en esta ocasión. El problema reside, claro, cuando de ese 99,99% de escritores que intentan, es un decir, hacer Narrativa, con la excepción de Stephen King –que a veces tampoco está fino– y algunos parecidos, no consiguen hacer algo medianamente solvente, medianamente decente, pero aún así consiguen colarnos goles con la inapreciable ayuda de los medios de comunicación y una crítica literaria que quizá pasará a la historia como la más venal, vendida e incapaz de los últimos doscientos años.

Centrémonos en autores españoles, para no tener que irnos muy lejos, pero lo que se aplica a ellos también se aplica a todos los Ken Follett del ancho mundo, que harían cualquier por vender un millón de ejemplares excepto construir un relato sólido y narrativamente aceptable. Que haya lectores –¡e incluso críticos!– que digan y escriban en medios importantes que gente como Ildefonso Falcones, Carlos Ruiz Zafón, Juan José Millás, Eduardo Mendoza, Rosa Montero, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo o Almudena Grandes son excelentes narradores es algo asombroso, porque a pesar de que no todo lo que han escrito es detestable, su sentido de la narrativa, sus narraciones construidas son muy pobres, y esto no es una opinión, es un hecho. Basta conocer un poco de Literatura y un poco de Narrativa para comprender que ni uno de ellos (salvo quizá Marías) ha intentado hacer lo primero en toda su vida, y en cuanto a lo segundo han alcanzado niveles paupérrimos e incluso ridículos en algunas de sus novelas (que también estaría bien analizar si de verdad son novelas y no relatos de trescientas páginas). Y yo creo que esto sucede, sobre todo, porque no tienen ni idea de Narrativa y de lo que esta supone para un escritor y para un lector.

Cuando se comparan las novelitas de toda esta panda tan elogiada en algunos medios con una novela de Ken Follett o de Stephen King, por poner dos ejemplos harto conocidos, se ven las lagunas en la construcción de los personajes, de los eventos, del entramado y de la narración en sí que todos estos periodistas venidos a escritores, en la mayoría de los casos, lucen en sus trabajos. Hacer Narrativa es algo muy serio, pero estos señores y estas señoras intentan hacerla como si fuera Literatura, y esto como si fuera Narrativa, creyendo que amontonar detalles o contar trivialidades es ser realista y racional, cuando es una forma anquilosada de costumbrismo. Aunque ya les gustaría ser costumbristas. Tomemos por ejemplo a Almudena Grandes.

Tras su muerte su figura se ha visto agrandada por unos cuantos medios. Ahora mismo pareciera que fuera la gran dama de las letras españolas, pero la mejor de sus novelas, la primera de todas, no pasa de erotismo chusco y de creación de caracteres y situaciones muy elemental, a partir de lo cual no se puede extraer casi nada de Narrativa. Claro, comparada con Juan Gómez-Jurado o Arturo Pérez-Reverte, casi parece una buena escritora, pero su estilo es atroz, esto es, muy poco narrativo, carente de fuerza expresiva, de imágenes, de vida en definitiva.

En su lado opuesto está Javier Marías, considerado casi un genio por gente tan poco cabal como Alberto Olmos o el mismo Pérez-Reverte. Él, como el propio P-R, creía que hacía Literatura, pero lo que hacía era una suerte de Narrativa sincopada, de argumentos que pretendían ir de profundos e intelectuales, con una prosa enrevesada, recargada y hasta barroca, pero que como Grandes era un narrador atroz.

Lo peor de todo, es que la gran mayoría de la gente no lee ni a Grandes ni a Marías, sólo una pequeña parte de la gente que compra libros. La mayor parte de la gente que compra libros a autores españoles lo hace a Pérez-Reverte o a Gómez-Jurado. Lo divertido es que tanto uno como otro, que escriben una narrativa nefasta, plagada de clichés, de ideas de parvulario, con construcciones dramáticas muy deficientes, con una carencia de estilo y de recursos narrativos abrumadora, que nos cuentan películas en lugar de novelar, se creen que hacen Literatura. Ambos. Creen que los libros que ellos escriben son Literatura, quizá en una forma más comercial pero Literatura al fin y al cabo. Pero lo que estos dos señores y otros muchos como ellos consiguen hacer con cada uno de sus relatos de 700 páginas es Anti-Literatura, y es por eso por lo que la gente les lee. Si hicieran Literatura no les leería nadie.

La Literatura va de la mano con la Música y la Pintura. A ese tren se subió el Cine, hace ya ciento veinte años, un poco como polizón, pues el Cine no puede competir con ninguna de las tres. Ahora quieren subir a los videojuegos al mismo vagón, que no es que vaya de polizón, es que directamente no es Narrativa ni arte de ninguna clase. Estos individuos nombrados, y mcuhos más, lo que deberían hacer es escribir videojuegos, que es para lo único que valen, y venderían quizá tanto o más, y serían igual de ricos y famosos y felices, pero por lo menos no estaríamos escuchándoles cada pocos meses diciendo que hacen Literatura, ni siquiera Narrativa, y no estarían destrozando el gusto y la creatividad de los incautos lectores que como masa aborregada y manipulada se creen que lo que tienen entre manos con uno de sus libros es una gran novela.

Así de claro.

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CINE, ENSAYO, LITERATURA, TELEVISIÓN

Lo que hace grande a un personaje

A menudo hablo aquí de personajes, de lo importantes que son, cuando otros que no hacen otra cosa todo el día que hablar de cine y de series a lo mejor se fijan más en la trama, o en la semántica, o lo interpretan todo desde un punto de vista excesivamente estructuralista. Hablo de los grandes personajes y de lo difícil que es crear uno, y de que son uno de los grandes valores tanto en Literatura como en Cine. Está el narrador, está el estilo, y está la creación de personajes, tres elementos muy diferentes (aunque comparten aspectos de creación) en las imágenes de una película respecto a las páginas de un libro, pero que definen, bajo mi punto de vista, lo que es una buena película o un buen libro.

Pero, claro: ¿cómo definir a un buen o incluso a un gran personaje? ¿Qué lo hace grande o frágil? ¿Cómo transmitir al lector las cualidades inherentes, las formas con las que un novelista o un cineasta crea algo importante o bien hace que el suelo se tambalee bajo los pies de esa criatura de ficción? Pues no es fácil, pero vamos a intentarlo.

Entre las muchas teorías sobre el arte en general, y el arte narrativo en particular, que pueden encontrarse a poco que uno se ponga a buscar y a leer, al final te acabas construyendo la tuya propia, si es que eres capaz y le echas un poco de coraje, cogiendo un poco de allí y otro poco de allá, uniendo los retazos y remendando las lagunas. Las bellas artes en efecto poseen el don de comunicar una cualidad trascendental de la emoción, una sublimidad que parece proscrita en el mundo posmoderno actual para casi cualquier espectador/receptor. Pero las artes narrativas como el Cine o la Literatura son filosofía pura, que han de comunicar una cualidad no trascendental, sino humana. A partir de la ficción crean un modelo, un espejo a partir del cual servirnos de catarsis interior y/o de purificación emocional, tal como decían los griegos que hacía el teatro. Esa purificación no tiene nada de bonito o elevado, creo yo, sino de confrontarnos con nuestras propias miserias con el objetivo de inducirnos en un estado anímico muy concreto.

Y si el arte narrativo ha de comunicar algo humano, no lo va a comunicar, creo yo, con una semántica primorosamente bordada en la que las criaturas estén al servicio de una idea que necesita ponerse en un altar, sino más bien al revés: la construcción y la estrategia narrativa, literaria o cinematográfica, ha de estar al servicio de los personajes. Y muy pocos directores o novelistas son capaces de crear verdaderos personajes, verdaderas criaturas. El arte narrativo se diferencia de la artesanía de un videoclip porque en el pacto ficcional los personajes y sus mundos y sus vidas te parecen absolutamente reales, más aún que la vida real. Esa proclama de que el arte «no sirve absolutamente para nada» no es cierta. Si no sirviera no estaríamos enganchados a ello. Claro que sirve: lo necesitamos para comprendernos mejor a nosotros mismos, y para algo más: para vivir una vida que sabemos que existe pero a la que no podríamos acceder de otra manera.

Pensemos por ejemplo en Jubei, el personaje protagonista de la película de animación Ninja Scroll (Yoshiaki Kawajiri, 1993). En este caso no hay un actor detrás (salvo en la voz), pero es un buen ejemplo. Nada más empezar el filme ya se nota que es un personaje bien construido, y empezamos a perfilar algunos aspectos de su personalidad, pero no todos. Ambas cosas valen tanto para literatura como para cine o series. Un gran personaje, casi siempre, se perfilará en su primera secuencia o en su primera aparición, seguramente porque el creador/es ya tiene/n claro quién es, ya sabe a dónde quiere llegar con él y qué representa. En estes caso, Jubei camina por un sendero solitario y se ve asaltado por varios ninjas que le reprochan haberse vendido por tan poco dinero a un clan local y de paso haberles quitado el trabajo a ellos. La respuesta de Jubei es clara y rotunda: no se le puede exigir más dinero a un clan tan pobre, y pueden no volver con las manos vacías, les ofrece con ironía un poco de su arroz. Se revuelven contra él e intentan matarle. Les vence con bastante facilidad pero no les mata. Finalmente comienza a llover y corre a refugiarse.

Con unos pocos trazos dignos de un miniaturista en un pequeño bastidor (algo consustancial a todos los grandes creadores de personajes), el escritor/creador ya ha perfilado a Jubei: es lo bastante práctico como para no pedir grandes riquezas a quien no las tiene, es muy buen espadachín, es irónico y es noble porque no necesita matar a esos pobres diablos. Pero sobre todo es humano, porque comienza a llover y por muy fuerte y valiente que sea sale corriendo. Es sólo el comienzo, y el desarrollo de la historia irá parejo con el desvelamiento del interior de este caracter y de su manera de actuar. ¿Por qué Jubei es un buen personaje? Porque sus características «especiales» (su fuerza, su capacidad con la espada), se disuelven en sus características humanas. Y aún más importante: tal como nos lo presenta el narrador parece un tipo interesante, alguien a quien merece la pena seguir, pese a sus defectos y sus zonas grises, su violencia y su soledad. Y claro que su posterior relación con Kagero es fundamental para conocerle mejor y ver de lo que es capaz. A fin de cuentas eso es una ficción: un estudio casi entomológico de cómo somos los seres humanos. Pero de solitarios está plagada la literatura y el cine.

En cine el director ha de incorporar los rasgos del intérprete, convenientemente elegido (ha de encontrar en qué se parece el personaje a él/ella), y en literatura el escritor ha de desdoblarse en el mismo personaje, darle atribuciones dramáticas y psicológicas. Pensemos en Lagertha, interpretada magistralmente por Katheryn Winnick en Vikingos, o en el juez Holden, al que da vida de forma sublime el novelista Cormac McCarthy en la excelsa Meridiano de sangre. Ambos personajes son aparentemente muy distintos, pero en el fondo el aliento que los crea es muy parecido. En el caso de la primera, Winnick y Hirst, crean un personaje «hacia dentro», y en el caso del segundo, es «hacia afuera». Me explico: las características de Lagertha, como las de Jubei, son evidentes a simple vista a medida que avanza el relato, pero la vamos conociendo más por dentro a medida que la serie concluye. Es decir, vamos hacia el interior del personaje, gracias a que ella está fabulosa y a que Hirst la comprende a la perfección, su medida trágica es cristalina para el espectador. Puedes presentar muy bien a un personaje, pero luego tiene que aguantar igual de bien el paso de las secuencias, los capítulos, los años. Hay que tener las cosas muy claras. La belleza de Lagertha consiste en un perfecto equilibrio entre lo que vemos y en lo que nos sugiere interiormente el personaje, entre sus decisiones y la forma en que interactúa con el resto de caracteres. Está tan viva, es tan real, que no percibimos una puesta en escena, ni una técnica de dirección de actores. Quizá algo al principio pero no desde luego a partir de la segunda o tercera temporada. Es un personaje tan verdadero, o más, que uno real.

McCarthy, por su parte, juega al tremendismo con el juez Holden. No es un ser humano, es una especie de demonio, un ser que proclama su propia inmortalidad, que viola y mata niños, que lleva a cabo conjuros para asegurarle a sus compañeros la victoria en el combate, que a la postre se erige en el filósofo, el ideólogo del grupo Glanton. Es un místico y es una bestia sanguinaria. En su caso no puede haber un viaje hacia adentro, sino hacia afuera. ¿De qué es capaz este hombre? ¿Cuál es el alcance de sus palabras, de sus acciones? ¿Puede McCarthy sostener su propio órdago y convertirlo en un personaje más grande que la vida. Al igual que Lagertha, el juez Holden, por muy monstruoso que sea, se nos antoja un personaje real, no una ficción irreal. Su presencia, sus palabras, sus acciones, son tan imponentes, tiñen de rojo y de apocalíptico la novela con tanta fuerza, con tanta persuasión, que te lo crees a tu pesar. Ahí está lo terrorífico. En su condición de novelista, McCarthy se desdobla en él, en sus discursos, con un arte novelístico insuperable. El juez Holden es un ser de carne y hueso impreso en las letras de una página.

Una y otra vez me encuentro con críticas o comentarios de películas y de novelas sobre creaciones cuyos personajes son zafios, romos y poco imaginativos. No tiene sentido, pero así es. Si estuviéramos hablando de escultura, sería lo mismo que valorar a escultores que no son capaces de dotar de personalidad, vida y fuerza a sus figuras. Está claro que para crear un personaje hace falta un verdadero novelista, un verdadero cineasta. Incluso en películas o novelas más o menos solventes, los creadores han parido caracteres que son sombras, figuras de videojuegos y poco más. Qué diferencia con alguien capaz de crear una Regenta, o un Jax Teller, que es capaz de mirar de tú a tú a esa bárbara creación de Gandolfini y Chase para The Sopranos. Hunnam y Sutter consiguen dar vida a una figura trágica que recuerda a Michael Corleone y que se codea con Lagertha, Ragnar o Walter White. Pero además, Hunnam es capaz de componer un ser vivo tan real que sientes una extraña conexión con él: le compadeces y le temes al mismo tiempo. Jax es inalcanzable y su halo mítico es superior al de Cranston/White, porque en su caso no lo ves venir, porque es mucho más realista, mucho más racional e inteligente que él. Y aún más: Teller es un buen hombre, un hombre compasivo, empujado por un destino violento a los actos más atroces. Con él sentimos una tensión psíquica difícil de describir.

Pero incluso Jax tiene un hermano, todos tienen un hermano mayor: Tony Soprano. Y Scorsese tiene un problema. Porque por mucho que yo ame el cine de Scorsese, el italoamericano genial nunca ha creaado algo de la estatura dramática, conceptual y narrativa del protagonista de la serie de David Chase. Tony Soprano puede con todos, y solamente el Hugh Laurie de House y el Al Swearengen de Deadwood se le acercan. Tony es como un agujero negro que todo lo traga: Travis Bickle, Jake LaMotta, Henry Hill o incluso Bill The Butcher no tienen nada que hacer contra él, porque sobre Tony pivota durante seis temporadas inabarcables, Tony se convierte en la figura más importante de este tiempo. Es como Raskolnikov o El Quijote, es inevitable. Nadie ha logrado crear algo tan universal y tan humano en las últimas décadas, con la sola excepción de ese personaje al que él tanto le gustaría parecerse (y que es tan diferente en todo): Michael Corleone.

Tony es violento, mujeriego, mentiroso, avaro, falso, soez, tiránico, machista, bebedor, tragón, envidioso, impulsivo, iracundo… apenas posee virtudes objetivas. Sin embargo hay algo en él hermoso: no su búsqueda de ser mejor persona, sino su necesidad de ser él mismo, de comprenderse a sí mismo y la razón de su sufrimiento, de su vacío existencial. Eso solo puede hacerlo el arte, concretamente el arte narrativo. Es más: es su razón de ser. Porque narra, utilizando el tiempo como herramienta clave, empleando el narrador y los personajes, para convertirse en algo más grande que la vida, y que precisamente por eso puede aspirar a explicarla.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA

Harry Potter no hace nada en toda la saga

Harry Potter es la culminación de lo anglosajón, no solamente en sus componentes culturales, sobre todo en sus componentes narrativos. Por una parte, es un elogio de una forma de vida, de una forma de entender el mundo. Por otra, es el parque de atracciones definitivo, no solamente en su estructura y en su construcción (que son cosas diferentes), sino también en sus mismos componentes temáticos.

Para la Rowling, la magia es cuestión frívola. Muy elaborada, con muchos recovecos conceptuales –tal como les gusta en la esfera anglosajona, que finalmente, por desgracia, se ha convertido en la nuestra, invadiendo la esfera hispana–, con ideas laberínticas sobre varitas, hechizos, secretos, objetos mágicos, libros especiales, personajes rocambolescos, o enigmáticos, o retorcidos, mundos siniestros, incluido el colegio al que van a estudiar los niños, pasadizos, bosques neblinosos, castillos, etc… En este mundo basta tener una varita, agitarle de determinada manera, pronunciar unas palabras concretas, y ya haces magia. Te dan una escoba y vuelas, te dan unas branquialgas y respiras bajo el agua, te dan una capa de invisibilidad y nadie te ve. Magia para niños, por muy compleja y enrevesada que sea. Magia simple, sin sentido de la maravilla, sin profundidad conceptual, sin verdadera grandeza narrativa.

Pero el mayor problema de la saga Harry Potter es el propio Harry Potter. Ya en los libros la Rowling se muestra incapaz de construir un personaje que ha de ser al mismo tiempo tan normal como cualquier niño y tan especial como un elegido que ha de salvar el mundo (otra vez la figura del «elegido», un poco cansino ya…), porque para ello Rowling, que no es en absoluto una mala escritora, que posee una sorprendente fuerza narrativa, habría necesitado una figura a la que poder dotar de carisma, de grandeza, de vida, pero Potter es un recipiente opaco, un carácter al que resulta imposible dotar de vida, porque es un sujeto pasivo en todo momento. No hace nada en toda la saga.

Nada de nada. Todo le es dado. Todo le es preparado de antemano. Ni siquiera toma decisiones, decisiones importantes. Es un fallo garrafal de la Rowling pretender hacer esto y querer crear un personaje memorable.

Pero en las películas la cosa es todavía peor, porque al problema del Harry Potter literario se añade la imagen del Harry Potter fílmico, encarnado con pasmosa incompetencia por un chiquillo llamado Daniel Radcliffe, quien jamás en su vida será actor (y esta vez creo que estoy más cerca de la verdad que cuando dije lo mismo de Ana de Armas), y al que simplemente le tocó la suerte, en la primera película, de dar vida a un personaje que ya era un fenómeno mundial, y que cuando eres un chaval muy pequeño nadie va a pedirte nada especial. Pero, claro, hablamos de ocho películas, a través de once años. El pequeño crece y el mundo entero es testigo de todo lo que no tiene que hacer alguien delante de una pantalla. De modo que al nulo carisma del Potter literario se une el nulo carisma y la incompetencia del Potter cinematográfico.

Resulta patético, siento decirlo así, ver a este chico intentando interpretar una escena. No te lo crees absolutamente nunca, ni siquiera en la maravillosa tercera película (de lejos la mejor de todas). No está creíble, en escena, viviendo el momento, ni aún en aquellos segmentos más fáciles, de conversaciones más irrelevantes, no digamos ya en los momentos culminantes, en aquellos en los que se necesita tener a un actor de verdad, no quizá a uno genial, pero sí a uno solvente, que cumpla con lo que se necesita. Duele y pasma ver a muchos defendiendo apasionadamente, con presencia de ánimo voluntariosa pero estéril, la elección de este desastre de no-actor.

Por el mero hecho de que el malo maloso de la película, Voldemort (por cierto, un personaje cien mil veces más interesante que él), al intentar matarlo muriese a su vez, o fuera temporalmente destruido antes de su regreso, porque el hechizo salió rebotado (por un contra-hechizo de amor de su madre….), ya hace de Potter una celebridad (en lugar de medalla lleva el dichoso rayo en la frente), y que todo el mundo, profesores, el director de Hogwarts, magos por aquí y por allá, le trate con una distinción, con una deferencia, casi con una condescendencia, increíbles. Es un héroe por no haber hecho absolutamente nada. Y eso no es lo peor. Lo peor es que en las ocho películas y los siete libros no hace nada de nada. Cuando te ayudan en tus misiones no solamente los artefactos más poderosos del mundo (al final es él quien, por su cara bonita, utiliza las reliquias de la muerte: la capa de invisibilidad, la varita de sahúco, la piedra filosofal), sino los magos más poderosos del mundo, que te arropan y te echan una mano en todo momento, casi sirviéndote en bandeja las soluciones, no tienes que hacer otra cosa que correr, aceptar las cosas como son y dar gracias de la inmensa suerte que tienes. Y se supone que esto es un gran personaje.

Hermione es un millón de veces mejor maga que él, y un personaje mucho mejor construido, y supuestamente Voldemort es el mago más poderoso de la historia, y Severus le cuida desde el principio de los tiempos. Pero Hermione es simplemente su ayudante, por así decirlo, Voldemort por muy poderoso que sea es incapaz de llegar y simplemente matarle, y al final no se da cuenta de que la dichosa varita no va a ayudarle a matar a su acérrimo enemigo, sino que le va a destruir a él. ¡No me extraña la cara de estupefacción de Voldemort al morir! ¡Si es que era imposible matar a Potter porque a la Rowling no le daba la gana y punto!

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

Formas del Apocalipsis (I)

Las visiones de cineastas, escritores, novelistas y todo tipo de narradores se entremezclan y se apoyan unas en otras a lo largo de las décadas. Nada ni nadie existe en un vacío, por mucho que se pretenda, y los vasos comunicantes se acaban encontrando a poco que uno se ponga a indagar en ellos.

En 1979, tras dos años de rodaje, otro de montaje y un cuarto de edición y mezcla de sonido, Francis Ford Coppola presentaba en Cannes su obra maestra, Apocalypse Now, que aunque no estaba terminada se alzaba con la Palma de Oro (ex-aequo con El tambor de hojalata de Schlöndorff) y cambiaba la faz del cine para siempre. Si tal como han dicho algunos investigadores, de entre los más inteligentes y preparados, ya no cabe nada que decir en cine después de The Godfather, Part II (1979), lo único que cabría decir es un apocalipsis, el interior de Coppola y toda su fuerza autodestructiva. Hablamos ya durante tres horas de esta cima del arte cinematográfico en nuestro programa de Viajeros de la noche, Este es el punto de partida de la reflexión de hoy.

En el relato de Coppola (basado en El corazón de las tinieblas de Conrad), un capitán psicológica y emocionalmente inestable llamado Willard, remonta el río Nung para encontrar a un coronel llamado Kurtz que aparentemente se ha vuelto loco y libra su propia guerra valiéndose de los indígenas del lugar. Ha de matarlo contra su voluntad, pero cuando se encuentra con él halla un hombre muy diferente a lo que esperaba. Kurtz es un ideólogo y un filósofo de la guerra:

«El horror tiene rostro, y debes hacerte amigo del horror. El horror y el terror moral son tus amigos. Y si no lo son, se convierten en enemigos que temer, los verdaderos enemigos.»

«Entrenamos a nuestros jóvenes para lanzar fuego sobre civiles, pero sus comandantes no les permiten escribir la palabra FUCK en sus aviones porque es obsceno…»

«Debemos matarles… debemos incinerarles… cerdo tras cerdo… vaca tras vaca… ejército tras ejército… »

Seis años después de aquello, un cuasi-desconocido novelista llamado Cormac McCarthy veía publicada su quinta novela, titulada Blood Meridian (or The Evening Redness in the West) , que cuenta las sanguinarias peripecias del infame grupo Glanton, una banda de mercenarios que realmente existió y que en 1849-1850 se dedicó a arrancar cabelleras de comanches y de mexicanos por igual. En ella, el punto de vista lo alberga un personaje sin nombre, al que durante gran parte de la novela el narrador se referirá como el chico, o el chaval (the kid), y al final de la novela, varios años después, simplemente como el hombre (the man). Con una prosa majestuosa, lírica y pasmosamente realista, McCarthy nos narra una pesadilla que no tiene fin, y en la que el grupo Glanton, liderado por Joel Glanton, tiene a otro hombre como verdadero ideólogo, el llamado Juez Holden, uno de los personajes más terroríficos de la historia de la Literatura. Holden es un ser alto, calvo, gordo, que recuerda poderosamente al Kurtz de Coppola/Brando, que se erige finalmente en el verdadero antagonista del chico. Un hombre que afirma que nunca morirá, que viola y mata niños, que lleva a cabo rituales para dotar a sus compañeros del don de matar…

…y que es así mismo un ideólogo de la guerra:

«El hombre que cree que los secretos del mundo están ocultos para siempre vive inmerso en el misterio y el miedo. La superstición acabará con él. La lluvia erosionará los actos de su vida. Pero el hombre que se impone la tarea de reconocer el hilo conductor del orden de entre el tapiz habrá asumido por esa sola decisión la responsabilidad del mundo y es solo mediante esa asunción que producirá el modo de dictar los términos de su propio destino.»

«Los hombres nacen para jugar. Para nada más. Cualquier niño sabe que el juego es más noble que el trabajo. Y sabe que el incentivo de un juego no es intrínseco al juego en sí sino que radica en el valor del envite. Los juegos de azar carecen de significado si no media una apuesta. Los deportes ponen en juego la destreza y la fortaleza de los adversarios y la humillación de la derrota y el orgullo de la victoria son en sí mismos apuesta suficiente porque son inherentes al mérito de los protagonistas y los determinan. Pero ya sea de azar o de excelencia, todo juego aspira a la categoría de guerra, pues en esta el envite lo devora todo, juego y jugadores.»

Dieciocho años después de aquella obra maestra, llegó una tercera: Deadwood, la serie de David Milch producida por HBO. En ella se nos cuentan otros hechos reales, los acaecidos en el enclave histórico que da nombre a la serie y que son tan cruentos como los descritos por McCarthy en su novela. Deadwood es el mismísimo infierno, un lugar en el que la vida no vale nada y en el que la civilización ha tomado la forma de un campamento maldito, casi condenado a un apocalipsis interior y exterior: la lucha consigo mismos y con los indígenas. Con toda probabilidad Milch conoce Blood Meridian, porque algunos momentos de su serie parecen extraídos de ella, y porque su monumental Al Swearengen (Ian McShane) es casi otro filósofo de la condición humana, capaz de los actos más generosos y también de los más atroces.

Swearengen es un genio táctico, filosófico y material. Sus diálogos, discursos y monólogos son la gloria final de una serie irrepetible:

«El mundo solamente se acaba cuando te mueres. Hasta entonces tiene más castigo reservado para ti. Aguántalo como un hombre y devuelve algunos golpes»

«Nunca confiaría en un hombre que no intentase robar algo para sí mismo»

«Sí, los degollados y los cerdos. Pero quién quiere toda esa sangre derramada, juez, ¿eh? ¿No hay una forma más sencilla de no cabrear a las grandes víboras?»

Deadwood podría ser el final del camino, y en cierto sentido lo es, pero McCarthy escribió otra pieza de singular influencia: The Road, en la que un padre y su hijo pequeño vagan en un paraje interminable de desolación post-apocalíptica. Significa una continuación del apocalipsis que ya fue Blood Meridian, sin perder parte de su esencia.

Un año antes de su publicación (que en el universo creativo es como decir que se hicieron al mismo tiempo…) Cuarón había presentado su obra maestra Children of Men (2005), sobre la novela homónima de Phillys Dorothy James, sobre un mundo post-apocalíptico demasiado parecido al nuestro en el que un hombre ya de vuelta de todo, Theo Faron (Clive Owen), había de acompañar en un peligroso viaje a una mujer embarazada, la única mujer embarazada de todo el planeta Tierra. En The Road era un padre acompañando a su hijo. En ambos casos, somos testigos de cómo este mundo, aparentemente civilizado, se ha convertido en otro, uno polvoriento, mugriento, ajado, que colapsó y que no volverá, que solamente trae ecos del pasado… un mundo de fantasmas cuyos actuales pobladores han de sobrevivir. Tal es una de las claves de la última obra maestra del lote:

Este relato alberga los viajes de The Road y de Children of Men a través de un mundo desolado, pero también los microcosmos (por lo menos una decena de ellos) en los que enclaves tipo Deadwood han de debatirse entre los pros y los contras de una civilización asentada y en las tácticas que se van desarrollando entre las diferentes facciones, y así mismo Negan, Alpha, el gobernador y otros, son hijos putativos de Al Swearengen y a su vez del juez Holden y del coronel Kurtz.

Esta ficción capital inspiró uno de los mejores juegos de los que hay noticia en el atribulado y resbaladizo mundo «gamer»:

En la que una vez más tenemos a un hombre adulto acompañando a una persona importante (su no hija, en realidad alguien que acabará siendo su hija verdadera), por su importancia táctica dentro de la historia, así como ocurre en The Road y en Children of Men, pero también con una construcción del mundo, en tipos y formas, muy parecida a la de The Walking Dead. De ella tendremos muy pronto una adaptación a serie, que por el momento cierra el círculo de este camino.

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El trago más amargo

Una de las razones de escribir estos artículos, ensayos y textos en general, es darme respuestas a mí mismo: ¿por qué hago lo que hago? ¿por qué escribo? ¿por qué investigo sobre Cine y Literatura en particular pero también sobre el arte en general? ¿Qué busco? ¿Qué necesito? ¿Quién soy?

Por eso quizá sorprendan algunos temas, o algunos tonos cuando intento sacar en limpio de todo lo que me bulle por dentro, lo que me interesa desentrañar, lo que sospecho que anda por ahí pero no logro atrapar a manos llenas, sólo rozar con la punta de los dedos. Todo esto que es mi vida creativa, mis intentos por crear una novela, o un cuento o conjunto de ellos, que valga la pena, que sea un buen trabajo y no una de esas creaciones semi-profesionales de las que tanto abundan. Algo que sea bueno, necesario, importante. Porque hay que ser ambicioso, pero la ambición puede matarle a uno. También intento ser un buen crítico, un buen escritor sobre Cine y Literatura, establecer mis propios códigos, mi propia teoría, que voy desgranando texto a texto, día a día, párrafo a párrafo, año a año…

Estoy empezando a pensar que el arte narrativo (la Música, el Cine, la Literatura… los pongo en mayúsculas porque así creo que deberían ir escritos…), sobre todo por el hecho de operar con realidades, imágenes y sonidos, han de aspirar a crear una segunda realidad, es decir una ficción, tan sólida como la nuestra y aún más verdadera. Y digo «aún más» porque es importante destacar que en nuestra realidad casi nada es verdadero o perdurable, pero en la ficción sí, debe serlo. Creo, también, que el arte es un estudio de la condición humana, de la naturaleza del ser humano, y que ese es su verdadero propósito. Creo, para terminar, que el arte sirve, si es que sirve para algo, para prepararnos para la muerte, porque si crea una segunda realidad, en esa segunda realidad la muerte es aún más verdadera que en la nuestra, y si es un estudio de la condición humana, ¿cómo va a serlo sino estudia el acontecimiento más importante de nuestras breves vidas? Claro que algunos dirían que el arte narrativo sobre todo debe entretener. Pero yo les diría que están equivocados. El arte, en eso estaremos de acuerdo, no es un mero divertimento.

Y, siguiendo el hilo que estamos tejiendo y acabando ya el extremo de dicho hilo, si el arte narrativo ha de prepararnos para la muerte, por fuerza ha de ser racional y crítico. No le queda otra, por suerte o por desgracia. El arte narrativo, el verdadero, el que no se deja engañar por cantos de sirena, por modas o por la necesidad de epatar al público, ha de ser el trago más amargo que podamos imaginar. Empiezo a estar seguro que ese es su mayor poder. Crear una herida psíquica de gran calado, porque en caso contrario no sirve para nada. Quizá para hacernos sonreír y hacernos experimentar una falsa sensación de alivio, y poco más. ¿De verdad eso puede ser el arte, y aún el arte narrativo? Seguramente no. Ahora bien, para ser el trago más amargo no basta con contar una historia triste, sobre personas que sufren desgracias, o sobre hechos luctuosos que nos lleven a la lágrima. No es exactamente eso. Para conseguir proporcionar ese trago, hace falta un artista original, que nos proporcione el displacer de una experiencia que no conocíamos y que nos lleve a lugares a los que no nunca hemos ido, y que por tanto no estamos preparados para visitar. Y todo el libro, todo el filme, debe ir destinado a encontrar esos lugares. No es, digámoslo claro, una herida o un trago amargo en lo emocional, aunque también, sino en lo anímico, en lo intelectual. Es un desafío psicológico aquello a lo que debemos enfrentarnos si de verdad es arte narrativo de gran calado, que perdure.

Esto lo han conseguido un puñado de películas de cada época, unos cuantos libros y bastante música culta. Lo que se llama «comunicar una cualidad trascendental de la emoción». Algo que consiguen verdaderos poetas cuando están en la cima de su creatividad, y que supone ese trago que no debemos despreciar jamás, porque sólo con él el arte, siquiera el narrativo, valdrá para algo más que para entretenernos los fines de semana.

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En busca del arte perdido

Todo el mundo anda queriendo definir o encontrar lo que significa el arte. Hace dos mil años, hace quinientos e incluso en este desquiciado presente. Por todas partes salen gurús y salen vehementes que encuentran arte en la caligrafía, en fabricar un cometa, en hacer la cama… Esto es arte, aquello no es arte, esto por fin sí que es arte, aquello vete tú a saber si es arte, y así estamos todo el puto día. Lo que más me llama a mí la atención, porque soy un cabrón, es que la mayoría de los que se ponen a pontificar, o de los que aparecen en redes sociales con todas las respuestas y con las cosas (aparentemente) muy claras, no han leído un libro de teoría del arte en su vida, ni conocen las teorías de los más grandes pensadores sobre el tema, o por lo menos de los pensadores más originales. Estaría bien que lo hicieran, porque así sus propias ideas tendrían algún sostén… o al descubrir que no tienen sostén ninguno dejarían de predicarlas

El arte es muy cabrón también. Lo decía ayer yo en este texto. O llegas o no llegas, por mucho que cuando alguien hace algo más o menos bien– ya sea una película, un bizcocho o un grafiti– ya le llaman artista. Y encontrar el arte perdido no creo yo que sea tan difícil, bastan algunos conceptos, por ejemplo que arte y artesanía no son lo mismo, y que demasiadas veces se confunden. El arte esconde al artista y la artesanía lo muestra. O lo que es lo mismo: el arte es casi sobrenatural porque no te explicas cómo se ha logrado sin ver el proceso, y la artesanía en su naturaleza ha demostrar ese mismo proceso, que está incrustado en su materia. El David de Miguel Ángel no te explicas cómo pudo ser cincelado, mientras que la artesanía de la vidriera más fastuosa del mundo revela su fabricación, las partes de las que está constituida, y casi la mano que la ha hecho posible. En definitiva, el arte crea la vida en una forma nunca antes vista, y la artesanía no puede hacerlo. Yo creo que por ahí van los tiros.

Ahora bien, si hablamos del arte y de lo que parece arte y no es, y de lo que no es más que un simulacro o un producto comercial, o que puede ser un artefacto narrativo muy eficaz que no llega a ser arte, la cosa está todavía más clara:

ARTE

No imita sino que crea vida, crea una segunda realidad, una ficción a partir de la cual sostener verdades, y que sirve como espejo de esta realidad.

En Cine:

Apocalypse Now, Nostalghia, Journal d’un curé de campagne, Sansho Dayu, Ran, Shoah

En Literatura:

Don Quijote (el mejor trabajo literario jamás escrito), Divina comedia, As I Lay Dying, Ulysses, La montaña mágica, La muerte de Virgilio

En Música:

Obertura 1812, Requiem de Mozart, Variaciones Goldberg, Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55. de Beethoven

NARRATIVA Y COMPOSICIÓN NOTABLE

Con algunos rasgos fuertemente artísticos, pero no todos. Algunas de estas obras rozan la condición de arte, y otras se quedan algo más lejos, o bastante más lejos, pero son algo más que simplemente composiciones eficaces.

NARRATIVA Y COMPOSICIÓN EFICAZ, COMERCIAL

Que simplemente cumple con el objetivo de entretener a las masas. Y aún puede ser peor la cosa, porque algunos no saben ni ser eficaces

Narrativa y composición boba, torpe o falaz

Narrativa o composición amateur

Creo que me lío… cuando la verdadera distinción sería entre arte y todo lo demás. Entre lo poético y todo lo demás. Esta es la clásica distinción de las cinco estrellas (malformación profesional mía…). El arte es siempre revulsivo, siempre terrorista. Es esa obra a partir de la cual ya no eres inocente, ya no puedes seguir como si nada… si de verdad posees un mínimo de curiosidad, espíritu crítico y vida creativa.

De modo que estaría la cosa así:

ARTE POÉTICO

ARTESANÍA

PRODUCTOS POPULARES Y COMERCIALES

Mucho más fácil todo.

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Declaración de intenciones

Ya sé que soy un rancio, cada día lo tengo más claro. Soy tan rancio que soy capaz de repetir hasta la náusea que ahora mismo no se escribe Literatura, en casi ningún lugar del mundo, salvo escasas excepciones que siguen intentando practicarla, o mantenerla viva. Tan rancio que sigo pensando en cuestiones de Cine igual que pensaba hace cuatro o cinco años (aunque muy diferente de hace diez o quince), y en cuestiones de videojuegos estoy cada día más convencido de que va a ser muy difícil que una artesanía que crea dioramas en tres dimensiones pueda ser un arte, o siquiera narrativa, o incluso una ficción.

Soy un grandísimo rancio, pero las cosas que pienso las pienso por un buen motivo y no por casualidad, y tampoco quiero tener razón. Quiero tener mis razones, y me gusta dar mis argumentos siempre que puedo (y pocas veces se puede), sobre todo cuando encuentro que los demás no me las dan o no me las quieren dar o no las tienen. Pero llega un momento en tu vida creativa en que da lo mismo lo que piensen de ti siempre que tú pienses de ti mismo que lo que sostienes, lo que defiendes y lo que escribes en ensayos, en artículos, en tu blog, y en donde sea, lo dices por algo y para algo. Por eso lo repito y lo voy a volver a repetir aquí.

En cuestiones de arte o llegas o no llegas. No vale llegar a medias. No vale ser un buen pintor, o un buen músico. Hace falta algo más. Me jode, la verdad, porque yo no sé (quizá nunca sepa) si tengo algo más, pero sí sé que ese algo más es la fina y complicada línea que separa lo correcto, lo artesanal, lo eficaz incluso, de lo magnífico y lo formidable. Y digo fina línea cuando en realidad son varias galaxias lo que separan una cosa de la otra, y el inopinado músico o pintor o poeta que lea estas líneas mías estoy convencido de que estará de acuerdo conmigo. Tengo tan clara esa línea que particularmente encuentro lamentable cuando tanta gente inteligente o preparada defiende, alaba e incluso glorifica títulos, u obras, o aspirantes cuyo trabajo no pasa del meramente solvente. Y en algunos casos no llega ni al nivel de interesante. O llegas o no llegas. Es una mierda, pero es así.

Y hay algo incluso más jodido: cuando te enamoras de esas obras que llegan, todo lo demás te parece insípido, glacial. Si la construcción narrativa, o la visión del artista, traspasa ese umbral, entonces sí: te pones de rodillas, te callas la boca y aceptas lo que hay, aunque esa persona, ese artista, te caiga fatal. Pero si no traspasa ese umbral te parece una soberana memez que salga todo el mundo a celebrar esa absurda victoria que nada aporta al arte. Y digo que es jodido porque a veces te impide disfrutar de cosas disfrutables (valga por una vez la redundancia), hasta que te reseteas por dentro y te obligas a darte cuenta de que no todo puede ser genial…

…pero algunas cosas lo son. Otras no, por mucho que digan bobadas sonrojantes sobre ellas, pero algunas sí. Y escuchar y leer a gente sobre Cine o Literatura o Música, anteponiendo a figuras normalitas o mediocres, frente a gigantes, da puta vergüenza ajena. Cada uno debería tener un panteón, y defenderlo como buenamente se pueda, o bien tenerlo tan bien configurado, que no haya que defenderlo, porque se defiende solo, aunque siempre habrá que salir a la palestra a insistir con él.

En Cine, la cosa la tengo tan clara que podría canturrear la docena del fraile. Nacidos en EEUU no hay nadie que haga sombra a estos:

Orson Welles
Francis Ford Coppola
Terrence Malick
David Lynch
Martin Scorsese

Y Europa tiene sus propios gigantes:

Luis Buñuel
Ingmar Bergman
Robert Bresson
Michelangelo Antonioni
Andrei Tarkovski
Lars Von Trier
Theo Angelopoulos
Béla Tarr
Carl Theodor Dreyer

En Asia tienen unos cuantos también:

Akira Kurosawa
Kenji Mizoguchi
Yasujirō Ozu
Hayao Miyazaki
Mikio Naruse
Wong Kar-Wai
Zhang Yimou

Y hay muchos estupendos, realmente buenos, que han conseguido hacer algo más que filmes correctos, bien hechos o eficaces. Puede que cientos. Pero compararlos con estos gigantes me parece un insulto a la inteligencia. Y lo mismo pasa en Literatura.

Por ingenio e intelecto, por vastedad conceptual, por la influencia abrumadora en todo el mundo, existe un único Dios que es Cervantes. Todos los demás, salvo escasísimas excepciones, están tan por debajo de él que resulta hasta doloroso tener que explicarlo. Solamente Dante, en poesía narrativa, y Quevedo, en lírica, pueden acompañarle en los últimos cuatrocientos años, que se dice pronto. Cervantes inventó la Literatura tal y como la conocemos. Claro, antes también la había, y no solamente en Dante, también en los romanos, y en los griegos. Pero después de él, me he leído a decenas y decenas de escritores supuestamente geniales. Y no veo tal genialidad salvo en títulos aislados: Moby Dick, La montaña mágica, La muerte de Virgilio, las novelas de Faulkner de su década prodigiosa (1929-1939), Pedro Páramo, La saga/fuga de JB, Meridiano de sangre, Guerra & Paz, Los hermanos Karamazov, Ulysses… Haberlas las hay, esas y algunas más, pero todas esas construcciones a la sombra del gran árbol de la sabiduría, del libro de libros, que es El Quijote. Ninguna literatura, en todo el mundo, posee algo de esta enormidad.

El Quijote es el libro de los libros. En él Cervantes inventa el relato moderno, incluye poesía y teatro moderno, recoge y reinventa las novelas de caballerías, la bizantina, la morisca, la italiana, la picaresca, la novela polifónica, la novela epistolar, la biográfica, la fantástica… el ensayo… la crítica literaria. Y no es la única obra maestra de Cervantes. El Persiles es una genialidad que se lee como si se hubiera escrito ayer. La Galatea es una maravilla de principio a fin. Sus Novelas Ejemplares, sus Entremeses, su Viaje del Parnaso… son todos trabajos extraordinarios, sublimes. Este tipo, que tuvo una vida durísima, es el Mozart, el Miguel Ángel de la Literatura mundial, y la gente ni lo lee…

Y luego se supone que gente como Molière, Shakespeare, Stendhal, Dickens, Austen, Borges, Hemingway, Proust, Beckett, Flaubert, Woolf, Cortázar, Hugo, y muchos otros, algunos quizá con obras magníficas, pueden competir con él. Todos ellos no tienen ni una milésima parte del ingenio arrollador del escritor más inteligente y cabrón de todos los tiempos. Ninguno de ellos ha parido una obra de la centésima parte de importancia que El Quijote, pero les nombran como sus pares. Todos ellos, y todos los demás, juegan al juego que inventó Cervantes. Punto final.

¿Y en series? Está clarísimo cuáles son las catedrales y las genialidades:

Twin Peaks
The Sopranos
The Wire
Deadwood
House M.D.
The Walking Dead
True Detective

Y podríamos (deberíamos) añadir otras como Vikings, Sons of Anarchy o Dekalog. Nombrar a cosas como Gámbito de dama, o Antidisturbios, como obras sobresalientes o series el año, o de las mejores que se han hecho, es otro insulto a la inteligencia.

Esto no es cuestión de gustos. Es cuestión de llegar o no llegar. Y esta es mi declaración de intenciones para todo lo que escriba, sea ensayo o ficción.

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Arturo Pérez-Reverte es la anti-literatura

Sucede, más a menudo de lo que se quiere creer, que los que defienden a muerte cierta idea, o concepto, o universo, o los que se declaran fanáticos o guardianes de algo, muy a menudo son los que más contribuyen a su decadencia y a su más que posible destrucción. El mundo no es un lugar de ideales puros, sino un lugar paradójico, contradictorio, en el los que se apoderan de la bandera que representa algo son los que en secreto lo pervierten, y los que se oponen con todas sus fuerzas contra otro algo son los que finalmente se adhieren a ello. Tal cosa sucede con EEUU y con Francia, por ejemplo, los países en los que más se oye la palabra Libertad, que es muy hermosa en sí misma pero que en manos de esos países ha perdido todo su significado, y sucede también con los que tienen la palabra Amor todo el tiempo en la boca y al final descubres que no tienen ni idea de lo que significa y que lo que ellos propugnan es exactamente lo contrario.

Y tal cosa le sucede a Pérez-Reverte con la Literatura… en realidad prácticamente con todo, pero sobre todo con la Literatura. Se trata de un escritor muy famoso que lleva décadas defendiendo los libros, declarando lo muchísimo que ha leído en su vida, los miles de libros que conforman su biblioteca, su alegría al entrar a formar parte de la Real Academia, su odio contra los que pervierten la educación y la historia en nuestro país, etc… Este hombre no solamente es un novelista de enorme éxito, es también uno de esos a los que nadie ha contratado para el puesto de guardián, pero que se ha apoderado de él con gesto voluntarioso y ánimo férreo, dispuesto a luchar contra los que, en teoría, están más que dispuestos a destruirla. Y sin embargo son tipos como él los que están acabando con ella día tras días, novela tras novela, acto tras acto. Qué curiosa es la vida…

Pérez-Reverte, como él mismo ha declarado alguna vez, nunca tuvo la menor vocación literaria. Un día le entró el gusanillo de escribir, la cosa funcionó comercialmente, y aquí estamos. Como además es un hombre muy listo, ha aprovechado un nicho inesperado: el lector español hodierno. Porque el lector español de hoy es otra paradoja.

El lector español de hoy día no tiene el menor interés en la Literatura, siendo además uno de los países que más ha contribuido al esplendor de la Literatura como una de las bellas artes. Los madrileños se cuentan entre las personas del mundo que menos visitan el madrileño museo de El Prado, la más importante pinacoteca del planeta, y los lectores españoles se cuentan entre las personas del mundo que menos leen las obras de arte literarias escritas en su propio país. ¿No dije que la vida es paradójica? Basta tener algo para no prestarle mucha atención. Y Pérez-Reverte ha aprovechado ese nicho maravilloso para posicionarse como (es un decir) intelectual y autor. Se ha apropiado moralmente (con sus declaraciones, con su desparpajo habitual, con su serie de Alatriste) del Siglo de Oro como si él fuera el adalid mundial de ese tiempo y esa forma de entender la Literatura, ha convencido incluso a los críticos más circunspectos (¡que han llegado a compararle con Cervantes!), y ahí está, en teoría intocable e irreprochable y ahora convertido en algo parecido a un cruce entre el abuelo cebolleta con sus batallitas y uno de esos individuos que te encuentras por ahí que mientras se miran al espejo para confirmar lo guapos que son escupen al suelo de la barra del bar.

Que Pérez-Reverte es la anti-literatura es un hecho porque:

  1. Carece del menor estilo
  2. Escribe como un oficinista mal encarado en el mejor de los casos
  3. o como un cuentista pre-galdosiano en el peor de ellos
  4. Simplemente se pone a contar cosas porque
  5. no tiene ni idea de estructura narrativa a pesar de lo que dice de argamasa narrativa y cosas por el estilo ya que
  6. tampoco tiene el menor oído musical
  7. Ninguna novela suya perdurará en el tiempo
  8. Ningún personaje suyo está realmente vivo
  9. Ninguna idea suya pasa del chascarrillo grandilocuente o del encarecimiento patriótico
  10. Ningún diálogo suyo alberga la más mínima verdad.

Comparar a este señor con Cervantes le hace un gran favor a él, y un flaco favor a Cervantes. Él, que se cree un gran conocedor del Siglo de Oro y de la obra cervantina, ha demostrado una y otra vez ser un simple diletante que no comprende lo que significa el genio más grande de las letras universales. Queriendo explicarlo, lo abarata, y queriendo elogiarlo, lo simplifica. Su ignominiosa adaptación de El Quijote, con la que pretendía acercar la obra maestra «a los más jóvenes», lo que consiguió fue mutilar la obra, pero es consecuente con su forma de pensar: no es el público el que tiene que elevarse para acceder a una obra literaria importante, sino que es la Literatura la que debe descender al nivel del público, por muy bajo que pueda ser ese nivel en un momento dado.

Pero así es este hombre. Queriendo acercarse a Cervantes, lo destruye. Queriendo defender a España, revela una y otra vez su profundo afrancesamiento, es decir, su escasa querencia por el plural y complejo carácter español. Queriendo mostrarse humilde y moderno, demuestra su soberbia y su ranciedad. Con cada nueva novela, con cada nuevo éxito, no hace más que derruir la creatividad de sus lectores hasta hacerla picadillo. Pero a él no le importa, porque se sabe rico, famoso, triunfador e influyente. Su nueva novela se llama Revolución. ¿Existe alguien menos apto para esgrimir esa palabra y ponerla como título de una novela? Libertad, Amor y Revolución… Si no significan ya nada es por cosas como esta.

Diré algo, para terminar: Pérez-Reverte sabe, al igual que muchos otros que le imitan o le adulan, que todo esto que digo es cierto. Lo sabe. Sabe que como escritor no vale nada. Lo sabe perfectamente. En el fondo todos sabemos lo que somos. Es un erudito, de eso no cabe duda. Es un triunfador material, de eso tampoco. Es un hombre influyente y un tipo muy listo que ha llegado muy lejos en una industria muy complicada, eso nadie puede negarlo. Pero también es un escritor pésimo, sin estilo, estructura, mirada ni interés, y lo sabe de sobra. Sabe que ha conseguido convencer a mucha gente pero que dentro de no mucho el espejismo desaparecerá y sus libros se verán relegados a lo que son, ficciones baratas de kiosco. Es una putada saber cosas, pero también nos liberan. Y liberarnos de ciertas cosas es algo que necesitamos desde hace mucho tiempo en nuestra vida creativa.

Un día la gente se olvidará de este hombre, y de otros muchos como él, y descubrirá a Cervantes. Y lo ese descubrimiento será algo alucinante en sus vidas. Descubrirán lo que es la Literatura, lo que de verdad es capaz de hacer, lo que es estructura, lo que son personajes y narradores, lo que es una vasta creación intelectual y filosófica. Porque Cervantes se vale por sí solo no solamente para cambiar la Literatura, transformarla y forjarla, sino que lleva 400 años, que se dice pronto, jugando al escondite con los críticos e historiadores, demostrando que otros serán muy listos, pero que él es el Maestro de Maestros, que es la Inteligencia personificada, que está más vivo que los que escriben ahora, los cuales están muertos antes de haber dado el primer teclazo.

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Arturo Pérez-Reverte y Juan Goméz-Jurado jamás se cansan de hacer el ridículo

Lo cual es bueno, al menos para aquellos que consideramos que sus novelas son un aburrimiento absoluto (por mucho que ellos quieran hacerlas trepidantes y magníficas), ya que son de esos personajes que te dan mucho juego y de los que jamás te cansas de escribir, así quieras olvidar que existen escritores semejantes.

Quiero pensar que algún día, dentro de algunas décadas, fenómenos sociológicos (no literarios) como ellos desaparecerán, y darán paso a verdaderos/as grandes creadores, o por lo menos creadores/as honestos, inteligentes, humildes y sabios. De momento, me temo, tenemos que seguir soportando este circo…

Y a mí, lo prometo, me encantaría ser de esos lectores/críticos agradecidos, mansos y felices a los que les parece maravilloso cada nuevo engendro de estos dos señores, y celebran sus publicaciones como si a ellos les aportara algo, y llaman «maestro» a Pérez-Reverte, o le llaman «Don Arturo», y le ríen las gracietas y las bobadas de chaval de doce años a Gómez-Jurado en las redes sociales. Pero no puedo. Y no puedo no porque les odie o les envidie (puesto que no hay nada que envidiar en ellos y no les conozco personalmente para odiarles), pero sí odio lo que representan: la Literatura convertida en mercancía, concretamente la Literatura Española, en tebeos baratos con los que pasar el rato y sentir que lees libros, el autor convertido en fantoche, en vende-humos, en caricatura de los medios de comunicación para poder vender, para estar siempre en el candelero.

P-R y G-J. G-J y P-R. Tal para cual, uno ya setentón y otro ya cuarentón, pero colegas y amigos y compadres en esto de vender libros, en eso de echarse capotes y de babosearse mutuamente en las redes sociales, con G-J convertido poco menos que en un servil admirador de su «maestro», y con P-R llamando a G-J «joven pistolero» y mamarrachadas por el estilo. Ambos se creen cosas que no son: Pérez-Reverte se cree Conrad redivido y un digno epígono nada menos que de Cervantes (ya hablaré sobre eso otro día), con la inestimable ayuda de críticos rancios entre los que incluyo a Alberto Olmos, al que poco menos le falta poner un cuadro enorme de P-R en su dormitorio. G-J se cree el S. King español, y un más que probable heredero del trono de P-R en eso de ser el autor español con más ventas. Ambos, además, se creen la hostia de graciosos y la hostia de atractivos. El narcisismo es un tema excelente en Literatura, pero en la vida real no es más que una tara que no se cura ni yendo a terapia.

Los dos estudiaron periodismo y desde allí lograron sus (cuestionables) contactos para ponerse a publicar. P-R es el preferido de los hombres mayores de sesenta años, G-J es el preferido de la chavalada, por llamarla de alguna manera, que no abre un libro de verdad ni de casualidad. Los dos se lucen a menudo diciendo barbaridades y fanfarronadas, pero a veces es necesario glosarlas para certificar que son eso, fanfarronadas dignas de personas que no merecen que nadie les lea.

He aquí la de P-R, repetida hasta la extenuación en varias entrevistas, como si fuera una idea genial:

Yo no tengo ideología, tengo biblioteca

Y he aquí la G-J, proferida en el último Todopoderosos de este mismo mes:

En análisis de estructura, soy uno de los mejores del mundo

Lo de P-R es como esa gente que no es de derechas ni de izquierdas, ni fascista ni anti-fascista, ni feminista ni machista… Es decir, que es de extrema derecha.

Y lo de G-J va en la línea de eso que dijo que de tenía matrícula de honor en crítica cinematográfica y en crítica literaria (no se sabe en qué escuelas… pero deberían devolverle el dinero). Una fanfarronada más que él se cree por la única razón de que sus libros venden muchos ejemplares. Nada más. No hay ligas de a ver quién es el mayor experto mundial en estructura, salvo en la cabeza de este buen muchacho.

Pero las cosas son muy diferentes. G-J, que lo único que tiene que decir sobre El Quijote es que fue «el primer best-seller», que carece, como su compadre P-R de imaginación, de inteligencia creativa y de expresividad artística de cualquier clase, no puede ser ningún conocedor de estructura narrativa porque, tal como él mismo ha afirmado, y al igual que P-R, además de poseer un estilo atroz, además de escribir como un oficinista chusquero, no tiene ni pajolera idea de música (aunque tener nociones musicales tampoco te garantiza nada, como le sucede a Rodrigo Cortés). Y la música es la base de todo, incluso de la Literatura y el Cine. Eso es un hecho tan elemental como que en cuanto P-R desaparezca del mapa literario muchos que ahora le prestan atención se olvidarán muy pronto de él, porque no escribe más que farfolla literaria, y como que G-J en unos pocos años será otro escritor de best-sellers desesperado por seguir consiguiendo éxitos económicos, si es que no está completamente marginado por una industria de ficción que solamente busca pelotazos y libros dignos de lectores poco exigentes.

Es lo que pasa cuando eres un escritor envanecido y fanfarrón al que lo único que le importa es ganar dinero.

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