CINE, ENSAYO, LITERATURA

Contar la verdad

Eso nos decían en la escuela de Arte. Y eso es lo que nos dijeron en las escuelas de Cine (algún que otro profesor, no todos…): contar la verdad. Y tú eso lo escuchas y te parece estupendo y muy bonito, pero no tienes ni pajolera idea de lo que están hablando. Contar la verdad. Suena muy profundo eso, muy verdadero, valga la redundancia. Pero te puedes pasar unos cuantos años preguntándote qué quiere decir realmente eso de contar la verdad.

Pero antes de eso, quisiera ir a otra cosa. A algo que a veces he querido contar aquí y que por una o por otra no he sabido o no he podido hacerlo. A lo que se experimenta en una sala de Cine o leyendo determinados libros que vete a saber por qué pero resulta que son Literatura. Porque igual estás yendo al Cine mucho tiempo o te da por leer muchos libros pero ni ves Cine ni lees Literatura, gracias a todos esos empresarios (hoy mismo los han calificado así en una respuesta directa en Twitter y me ha gustado mucho) como Ken Follett, Alejandro Amenábar, o Juan Antonio Bayona, que parecen decididos a que mucha gente no vea Cine ni lea Literatura, porque ellos no hacen ni una cosa ni la otra, sino algo bien distinto. Pero en determinado momento de tu vida, si eres pertinaz, si tienes un poco de suerte, y alguna que otra neurona por encima de la media, te pones a leer Literatura y te pones a ver Cine y te preguntas en qué se diferencian de esos libros que no son Literatura y de esas películas que no son Cine. Y en mi caso me costó mucho esfuerzo enterarme de algo, y lo hice de la manera más tonta posible.

Simplemente, hará como treinta años, me puse a ver y a leer todo aquello que por lo general la gente consideraba raro, o aburrido, o pedante, o nefasto. Y desde luego me tragué cada patraña de mucho cuidado, pero poco a poco empecé a ver y a leer cosas que de verdad merecen la pena. Y pasó algo más: empezó a gustarme ver y leer según qué cosas. Empezó a suponer una segunda realidad para mí. Me explico. Seguro que algún lector que caiga en estas líneas y que haya llegado más allá del segundo párrafo ha experimentado algo parecido: resulta que hay ciertas películas, de un racionalismo absoluto, de un exacerbado apego al realismo (aunque sean de Sci-Fi o Western), en las que vives dentro de la pantalla. Y esto sucede porque el director ha comprendido dos cosas: en primer lugar que el Cine, como la Literatura, aspira o debe aspirar a crear una segunda realidad para el receptor/espectador, a crear vida; y en segundo lugar que esto se consigue con sonidos e imágenes, con una puesta en escena, con una fotografía y un montaje, con una dirección de actores, que serán cruciales para que esto se lleve a cabo. ¿No reconoce el lector esos filmes en los que los sonidos y el ambiente es tan realista, todo es tan convincente, tan persuasivo, que estás ahí dentro, que no puedes dudar ni por un momento de aquello que estás viendo, que ves a dos personajes yendo por un pasillo o bajando por unas escaleras, y es como si estuvieras en tu casa, como si pudieras oler el aroma que desprende la cocina, como si pudieras rozar con los hombros las paredes de la habitación?

Y en Literatura, lo mismo. ¿No le sucede al inopinado y valiente lector de estas líneas mías que cuando lee determinadas novelas o relatos, los más crudos, los más terribles, los que le causan una herida, que ha accedido algo distinto al típico best-seller, que el autor de turno ha accedido a algo con lo que otros no pueden siquiera soñar, que a partir del racionalismo más absoluto, de la valentía más atroz, ha conseguido contar algo con lo que nadie contaba de una forma que nadie había hecho antes? Puede que el Cine y la Literatura no se diferencien tanto, después de todo…

Y ahora podemos volver al tema de la verdad, a eso de contar la verdad. No voy a decir ahora que lo entiendo de manera plena, pero creo que después de mucho trabajo, de mucha reflexión, de continuas investigaciones, empiezo a entender a qué se referían con ello en la escuela de arte, y me parece que muchos que creen saberlo se equivocan por completo. Contar la verdad no es eso que muchos melifluos dicen de contar tu verdad. Eso no es un juego de palabras, ni un concurso de popularidad. No va de contar tu verdad y de que cada artista cuente su verdad. Va realmente de contar la verdad acerca de todo. Una verdad incuestionable, absoluta. Porque el arte trabaja con absolutos. No va de interpretar un concepto o una metáfora, aunque ciertamente algunos son interpretables. Va de que la mayoría de las obras maestras, las obras geniales o las obras de valor no son interpretables. Tal cual: no son interpretables. Son lo que son, y en tu mano está ponerte a su altura y ser capaz de ver lo que te están mostrando. Si el arte fuera de cada artista contara su verdad entonces el arte no valdría para nada. El arte no es opinable, ni es cuestión de gustos, filias o fobias. El arte es una actitud y un compromiso. Tampoco tiene que ver, lo de contar la verdad, con contar tu vida, como tantos artistas hacen, que se ponen a hacer autobiografía. Nada de eso: consiste en un racionalismo doloroso, en ver el mundo y el ser humano tal como es, y en mostrarle la verdad de todo eso al espectador. Parece sencillo y no lo es. Pero es lo único para lo que vale el arte.

El mundo en que vivimos en una mentira constante, es un hatajo de patrañas que nos contamos unos a otros. Decía Marlon Brando que todos fingimos todos los días de nuestra vida. Y es verdad. Fingimos ser lo que no somos hasta que olvidamos si alguna vez supimos nuestra verdadera identidad. Tenemos el mundo exterior, en el que tienes que ir a trabajar, pagar tus facturas, tratar de enfrentarte a la idea de que un día enfermarás y morirás, o que simplemente morirás, probablemente muerto de miedo y sin saber si la vida ha tenido el menor sentido o aliciente. Y dentro de todo eso, para que estés más cómodo en la olla a presión de tu vida, te cuentan un montón de mentiras, por todas partes, todo el mundo, acerca de la realidad, de tu realidad, de la realidad de todos. Sin embargo el arte tiene algo con lo que no cuentan tantos creadores de mentiras, su arma infalible, su bomba secreta:

La ficción.

Es mediante la ficción que el arte, sobre todo el narrativo, puede contarte la verdad. Y no es una verdad, casi nunca, placentera o divertida, sino más bien cruda. Pero es todo lo que tenemos, esa verdad. Con esa verdad somos un poco más libres (tampoco mucho, no vayamos a volvernos locos), un poco más lúcido (ídem), un poco más nosotros mismos. Todo lo que hay fuera no es más que un abismo de mentiras. Pero con el arte obtenemos la verdad. Y no es la verdad de cada uno, ni la vida de nadie en concreto. Es la verdad de todos, y resulta bastante esperanzador que algunos estén locos por la ficción precisamente por eso: porque cuenta la verdad. En la ficción no cabe la mentira. Sus reglas son estrictas. La ficción es un juego, un tablero, en el que la mentira, filosóficamente hablando, está desterrada. Y eso es reconfortante para todos los que nos pasamos la vida buscando buenas ficciones o volviendo a ellas.

A eso se referían los varas de mis profesores cuando decían que tenemos que contar la verdad. Y voy a hacer exactamente eso a partir de ahora: contar la verdad.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

En defensa del soporte físico

Puede que con los años uno se vuelva un rancio… o puede que no. Hay cosas que creo que no te hacen más antiguo o añejo, sino quizá más consecuente con lo que piensas.

En las últimas décadas, con la proliferación y asentamiento de las plataformas digitales, con la cada vez mayor oferta de soporte on-line, de películas y series en streaming, que se suman a los libros digitales como una realidad a la que acostumbrarse, creo que es necesario sumarse a los que proclaman una defensa de lo físico como pervivencia de cierto estilo a la hora de enfrentarse a esta droga dura que es el Cine, la Televisión, la Literatura, la Música y otras artes narrativas, abstractas o figurativas. Y esto no por una única razón, sino por múltiples.

Cuando somos unos chavales y experimentamos una conexión intensa con una obra narrativa, sentimos casi que esa obra es nuestra y de nadie más. Me parece un sentimiento positivo, por muy infantil que pueda ser. Es un buen comienzo para ser un día un buen lector, un buen cinéfilo, un buen melómano, o todo a la vez. Sentir las obras como si estuvieran vivas, establecer una dialéctica íntima con ellas. Llega el momento en que nos gastamos las primeras monedas o los primeros billetes en adquirir un disco, una película o un libro. Ahora es tuyo. Sabes, intuyes, que otros muchos tienen el mismo objeto, pero esa verdad te resbala. Ese es el único, lo has impregnado de tí mismo. Es un objeto que va a acompañarte durante años y que probablemente sea más fiel y de te más que algunas novias y algunos amigos. Y con el paso del tiempo vas adquiriendo otros: libros, dvd’s, blu-rays, discos de música… Te gastas el poco dinero que tienes, te lo quitas de otras cosas, porque deseas tener algunas obras con tanta fuerza que es irresistible para ti. Tenerlo, poseerlo como si fuera una amante…

Así, sin darte cuenta, vas acumulando bastante material. Yo no sabía lo que tenía en casa hasta que no me puse a hacer un inventario. Y desde entonces me hecho con tres o cuatro veces más. No es afán coleccionista, ni mucho menos. No es algo tan vulgar como eso. Es mero deseo de tener obras maestras, obras geniales, obras únicas, inclasificables, obras que necesitas ver a menudo, obras importantes u olvidadas, obras que te hacen creer que la vida vale la pena cuando todo está oscuro, tener todo eso cerca de ti. No esperar a que la plataforma de turno, por mucho que sea tu predilecta, decida colgarla en streaming. No esperar a que algún día la pongan en televisión o la reestrenen en la filmoteca. Llega un punto en que no esperas a ver qué echan en la tele. Eres tú el que te pones la serie o la película que deseas en ese momento poner, que necesitas poner. Las programaciones y las modas valen para otros, pero no para ti, que desde que tienes ocho o nueve años te haces con casetes, con discos en vinilo, con revistas, con cómics, y luego con libros, con películas, con series… Para que sean tuyas.

Desde luego las plataformas de streaming se agradecen de cuando en cuando, porque cada vez es más complicado encontrar según qué cosas en formato físico, y deseas suplir alguna carencia, ver ese título que no pudiste en su momento, leer ese libro que no hay dios que encuentre por ninguna parte, o cosas por el estilo. Pero ninguna de ellas va a sustituir la energía incansable de todo buen cinéfilo, de todo buen lector o melómano. Además, una casa es mucho más bonita, más interesante, cuando el dueño exhibe (porque no se puede encontrar una palabra mejor para expresarlo) su material. Es como mostrar una parte de sí mismo, de su aprendizaje, de su bagaje intelectual. Ni uno de nosotros somos millonarios (y los que lo son no escriben artículos como este ni los leen) y no podemos tener todo lo que nos gustaría, pero tenemos algunas joyas en nuestras bibliotecas, en nuestros cajones secretos. Joyas con las que esperamos resistir hasta el final, cuando ya todo parezca perdido… Qué tristes esas casas sin un solo libro, sin una sola película o disco musical… salvo quizá alguno que encontraron en alguna parte y que desde luego no tiene nada que ver con los moradores de la casa.

Y qué agradable es el tacto de un blu-ray recién comprado, qué maravilla colocarlo en la bandeja para verlo por primera vez, aunque sea de segunda mano… ya es tuyo para siempre. Qué maravilla el olor de un libro nuevo, de un cómic que nunca ha sido abierto. Qué bien suena cuando lo colocas en la estantería, casi como un ser vivo al que mandas a dormir hasta que le toque madrugar de nuevo. Y qué frío verlo todo en el puto móvil, leerse libros maravillosos en el puto móvil, constreñir películas o series extraordinarias en el puto móvil. Eso solamente vale (yo también lo hago) cuando no tienes tiempo para nada más durante algunas semanas imposibles, y necesitas tu dosis diaria de ver algo que te haga sentir que hay algunas cosas por las que merece la pena vivir y seguir luchando. Pero en cuanto tienes un poco de tiempo te lo pones en el televisor más grande que encuentras, o reúnes unos euros para ir al cine, o buscas un rincón en el que poder disfrutarlo como se merece. Porque para eso vamos a trabajar todos los días, y para eso hacemos que pasen las horas.

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CRÍTICA, LITERATURA

Cervantes, de Santiago Muñoz Machado: creyendo las mentiras del mayor de los mentirosos

Sigue llamándome la atención que algunos se lancen a aventuras quizá muy por encima de sus habilidades o posibilidades, en algunos casos, o que se propongan empeños imposibles a los que ellos vuelven aún más imposibles con su ceguera y academicismo. Ocurre en todos los ámbitos, tanto en Literatura como Cine y Televisión. Me pregunto dónde están las mentes verdaderamente inteligentes y profundas. No escribiendo libros, muchas veces, sino seguramente ocupados en otras cuestiones de mayor remuneración…

Viene todo esto a colación porque acabo de leerme este libro:

Está escrito nada menos que por Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española de la lengua, y trata de ser la biografía definitiva de Cervantes y el estudio más completo hasta la fecha de su obra magna, Don Quijote. 1037 páginas contiene nada menos, el volumen, y podríamos decir que tiene una primera parte dedicada a la vida del autor, una segunda a la creación del Quijote, una tercera a la figura de Cervantes como creador, una cuarta a la búsqueda del significado profundo de la obra maestra, una quinta y una sexta dedicadas a las fuentes literarias cervantinas, y otras cinco partes en las que da buena cuenta de su intensa investigación sobre la época y la lengua cervantinas. Se trata, por tanto, de un inmenso esfuerzo por convertir este volumen en el trabajo definitivo sobre el que probablemente sea el escritor más genial de todos los tiempos (con permiso de Dante…). El tal Muñoz Machado, del que yo desconocía su existencia hasta haber leído este volumen, por mucho que sea director de la RAE, seguramente ha tardado muchos años en completarlo y tiene mucha fe en él. Ahora bien, se trata a todas luces de un volumen fallido.

Rastrear y dar forma a la vida de una figura tan huidiza como Cervantes, desde luego es muy complicado. Antes se dejaba muy poco rastro del paso por el mundo, y mucho más si eras una persona humilde. Todavía es muy posible que Shakespeare nunca existiera, o que no escribiera él solo muchas de sus (escasas) obras, y que otras figuras nunca sepamos qué hicieron o no hicieron. Pero si eso es muy complicado, construir una teoría sobre la vida de Cervantes, y una teoría sobre su creación literaria, basándose sobre todo, tal como hace Muñoz Machado, en lo que dijo el propio Cervantes en sus prólogos, o en sus cartas, o en las veces en las que habla en primera persona en sus novelas, es directamente un suicidio, porque Miguel de Cervantes era muchas cosas, pero sobre todo era un mentiroso compulsivo del que no hay que fiarse en ningún momento, porque se ríe de ti a cada paso y te hace imposible que puedas tomarle en serio. Y sorprende que un tipo tan preparado como todo un director de la RAE no sepa verlo y que caiga en la trampa en su voluminoso libro… del que por cierto más de 250 páginas son bibliografía… sin ningún orden ni concierto. A unos diez títulos por página estamos hablando quizá de ¡2500 libros o artículos consultados para componer este ensayo! Si de verdad los ha leído y consultado todos, que lo dudo, desde luego no ha sacado nada en limpio.

Hay algo irreprochable: la investigación documental que ha llevado a cabo el autor de ese ensayo para situarnos en un contexto histórico. Como se le presupone, es un erudito que ha sabido enmarcar a la perfección su trabajo. Del lienzo ahora hablaremos, pero el marco es yo diría perfecto. Se dedica páginas y páginas a dejar claro que lo sabe todo sobre aquella época, sobre costumbres, sobre géneros literarios, personalidades de la época, costumbres, objetos, vestuario, enclaves… de todo. La primera parte, la de lo que se sabe de la vida de Cervantes, es por ello la más sólida y defendible. Lástima que la segunda y la cuarta, que son aquellas en las que el autor trata de darle un significado definitivo al Quijote, sean tan desastrosas. Muñoz Machado toma la muy torpe decisión de explicarnos El Quijote desde dentro, desde la lógica cervantina, como si el autor pudiera explicarnos, a través de sus textos, cuáles son sus razones a cada paso literario que da. El problema es que Cervantes, de cada cinco cosas que decía o dejaba por escrito, diez eran mentira, eran un juego laberíntico en el que los más ingenuos, y Muñoz Machado lo es, se perdieran en un concierto de palos de ciego.

Pero donde Muñoz Machado acaba perdiendo definitivamente el norte es cuando decide otorgar el mismo carácter a Cervantes que al narrador del Quijote, desconociendo, por lo que parece, que escritor y narrador son dos figuras literarias diferentes, complementarias, pero que deben ser estudiadas de manera paralela, no idéntica. Obviamente, el que escribe la novela es Cervantes, pero el narrador es un personaje literario (como en toda novela que se precie de serlo) muy distinto al propio Cervantes, que se convierte en su más firme y poderoso valedor, porque es el que mejor miente y el que más toma el pelo al espectador (creando ese concepto de narrador no fiable…), y Muñoz Machado ¡decide creerle en todo cuanto dice, cuenta y narra! Resulta hasta entrañable observar de qué manera en las 750 páginas reales que dura este ensayo el autor se deja llevar de la mano por un tipo tan cínico y tan inteligente como Cervantes, que como se suele decir «se las da con queso» a todo un director de la RAE porque es muchísimo más inteligente que él.

Para terminar, un aviso: no se trata de ensalzar ni de encumbrar la obra literaria de Cervantes. Para eso, las obras maestras del escritor se valen solas. Se trata de elevarnos a nosotros para ponernos a su altura.

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ARTÍCULOS, CÓMIC, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

No solo de Cine se puede vivir

Algo de lo que me he dado cuenta después de tantos años en las diferentes escuelas de Cine a las que fui (alguna mejor que otra…), después de tanto escribir, de hacer cortometrajes, de charlar a todas horas sobre Cine y Literatura, después de ponerme en serio con lo de ser novelista, y ahora que estoy con el Canon de Series y con Viajeros de la noche, es que muchos que creen que «saben mucho» de Cine, independientemente de que tal cosa sea cierta o no, son bastante soberbios, y que la mayoría de ellos únicamente ven películas, una tras otra, y poca cosa más. Es decir: son unos analfabetos de manual.

A lo largo de los veinte últimos años de mi vida no puedo enumerar cuántos tipos (sobre todo varones, es lo que tiene la testosterona…) me han dado la vara con cuántas miles de películas han visto, con cuánto saben de eso que ellos llaman «el séptimo arte», y por tanto los extraordinarios cinéfilos que son. Basta que yo abra la boca sobre alguna película en cualquier debate, para que surjan dos o tres de esos y luego no me dejen en paz (a veces durante años…), insistiéndome en que se han visto prácticamente todo lo que se ha hecho en Cine, algo prácticamente imposible teniendo en cuenta la producción anual de películas. Se parece a eso de que mi coche es más grande y más potente que el tuyo, es decir a una sustitución neurótica del tamaño del pene. Pero, claro, luego hablas con ellos más allá de las cuatro o cinco cosas que dicen dominar, y casi siempre te las tienes con un adolescente disfuncional, a veces de cuarenta o cincuenta años…

Lo cierto es que no sólo de Cine se puede vivir, y si de verdad quieres conocer a fondo el Cine no te queda otro remedio que conocer de bastantes cosas más. Algunos un poco más avispados se empapan de la semántica y del lenguaje cinematográfico y bueno, pareciera que tienen algo que en realidad no tienen, pero lo cierto es que a menos que tengas conocimientos por lo menos básicos de Literatura, Teatro, Poesía, Fotografía, Pintura, Música y Arquitectura, lo llevas más bien crudo. En realidad, todas las artes se alimentan unas de otras, y por mucho que te hayas visto en tu vida 16.000 películas, si apenas lees y si no tienes nociones de bellas artes, te quedas (como se quedan el 99%) en un friki, un fanático que no sabe muy bien de lo que habla. Las tres artes más abstractas (la Literatura, la Música y el Cine) se vampirizan unas a otras, en mayor o menor medida, mucho más de lo que pudiera parecer, y cuando alguien se pone a hablar o a escribir sobre una película, queda meridianamente claro, y con gran rapidez, qué tipo de lecturas y qué tipo de música son las que habitualmente lee o escucha… si es que lee o escucha algo.

Sin embargo no es necesario conocer el Cine, siquiera tangencialmente, para conocer la Literatura y la Música, y ese es uno de los no pocos indicios que nos hacen sospechar que son artes mucho más desarrolladas que este por el que tantos escriben y hablan y están obsesionados. Además, ver 2.000 películas es relativamente fácil, pero no así leer 2.000 libros.

Lo que yo siempre, ingenuamente, espero (por mucho que algunos piensen que no digo la verdad en esto) es encontrar interlocutores válidos, con los que poder hablar y quizá aprender, pero eso no es fácil según uno va cumpliendo años y va a acumulando bagaje. Y no me refiero ya a ese vertedero intelectual y moral que es Twitter, sino en el día a día, en nuestras interacciones sociales. Pareciera que todo es una competición a ver quién vio la película más rara o el libro más inclasificable, en lugar de compartir conocimientos, o de llegar a hechos consumados. Por eso me gusta hablar con mis compañeros de Viajeros de la noche, porque creo que no vamos de sobrados, sino que indagamos lo mejor que podemos en aquello sin lo que no podemos vivir… y nunca es sólo Cine, también series, cómic, Literatura, Música, videojuegos… lo que sea. No hay tiempo para nada y los años pasan volando sin que uno se entere, pero el poco tiempo disponible no puede dedicarse solamente al Cine, por mucho que nos vuelva locos…

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA

No hay tantas películas ni tantas obras literarias geniales

Escuchando o leyendo a algunos, desde luego lo parece: que estamos en una época gloriosa, en la que se suceden sin cesar obras geniales, excepcionales diríase, que una y otra vez revolucionan la Literatura y el Cine, en una danza incesante de grandes genios y monstruos poéticos. Basta que un tipo, o tipa, haga un par de películas que llamen la atención y que consigan un buen número de seguidores (y no me refiero a las redes, aunque también) o que un escritor o escritora consiga un par de éxitos editoriales, para que la palabra genio comience a bailar en la punta de la lengua de muchos en Twitter y en páginas web y en periódicos de la mayoría de idiomas y países. Es algo asombroso. Llega un festival de cine, o llega la Feria del Libro, y todo el mundo se agolpa y se emociona y clama a los cuatro vientos la venida de los héroes literarios y cinematográficos, de unos individuos e individuas que van a pasar a la historia. Más que asombroso yo diría pasmoso.

Sólo que no lo es.

No estamos, precisamente, en un momento álgido en lo que a genialidades cinematográficas o literarias se refiere, por mucho que seamos testigos de la emoción de tantos, si bien algunas cosas interesantes y quizá prometedoras (de esas que quizá sigan viéndose o leyéndose dentro de doscientos o trescientos años) aún tienen lugar. Es cuestión, supongo, de la exigencia de cada uno. La mía es altísima, como creo que debe ser con estas cosas, y la de muchos que incluso viven de escribir acerca de lo que ven o leen, me temo que es bastante baja, por no decir paupérrima. Por qué es así supongo que es cuestión suya, pero lo es. De este modo, cada vez que tiene lugar un festival de cine, o cada vez que un autor «prestigioso» presenta una nueva novela o un libro de relatos se supone que estamos ante un acontecimiento Literario o Cinematográfico de primer orden. Y yo era otro de los que pensaba así… cuando tenía diecisiete o dieciocho años. Ahora tengo los pies en el suelo.

Recuerdo que cierto día, hace ya quizá dos décadas, me puse a revisar todas las ganadoras al Óscar a la mejor película, en sentido ascendente, hasta llegar al ‘The Godfather’: ‘The Apartment’, ‘West Side Story’, ‘Lawrence of Arabia’, ‘Tom Jones’, ‘My Fair Lady’, ‘The Sound of Music’, ‘A Man for All Seasons’, ‘In the Heat of the Night’, ‘Oliver’, ‘Midnight Cowboy’, ‘Patton’, ‘The French Connection’… eran pocas, o ninguna, la que podía rivalizar con lo obtenido por Coppola en el primer padrino (no digamos ya en el segundo…), así que seguí tirando hacia atrás, pero no solamente entre las ganadoras o las nominadas al Óscar a mejor película o mejor director, también las mejores de cada año de ese país, EEUU, y muchas de las que habían ganado la codiciada Palma de Oro en Europa, y casi ninguna estaba a ese nivel, por no decir ninguna: ningún drama, o tragedia, o película histórica llegaba a las complejidades narrativas, a la inmensa influencia e importancia, a aglutinar tantos avances (si avances se les puede llamar) técnico-narrativos como el filme de Coppola. Y si miramos hacia adelante casi lo mismo.

Es un concepto clave: pon un modelo realmente válido en un soporte narrativo, este caso el cine, y luego mira hacia los dos lados, alrededor de ese modelo, a ver si algo se le acerca. Pero no hablamos de gustos, cuidado: hablamos de hechos. Coges la trilogía ‘The Godfather’, ‘The Conversation’ y ‘Apocalypse Now’ y no tienes nada que pueda situarse al mismo nivel, y las obras supuestamente «geniales» se evaporan como el humo… y del mismo modo que pasa con el Cine, pasa con la Literatura.

Tantos supuestos especialistas, intérpretes y críticos discutiendo sobre un montón de obras alemanas, británicas, italianas, estadounidenses… sobre todo estadounidenses, y sin embargo si cogemos el modelo de los modelos, ‘El Quijote’, tantos escritores supuestamente geniales se derriten como un azucarillo. ‘El Quijote’, el libro de libros, ese que tantos creen que se trata de una simple parodia del género caballeresco (del mismo modo que tantos piensan que ‘The Godfather’ es simplemente una película sobre la mafia siciliana) ese que muchos han leído pero no han sabido encontrar su verdadera esencia. Esto es una obra verdaderamente original, y si por definición esto lo es, muchas dejan de serlo. Algunas obras maestras (me refiero a Faulkner, a McCarthy, a Torrente Ballester, a Mann, a Hesse, a Dostoyevski…) en su lucha por intentar al menos sobrevivir frente a la monstruosidad de novela de Cervantes, consiguen ser realmente grandiosas… pero siempre mirándose en la sombra del genio de Cervantes, que los sobrepasa a todos.

Si se conoce el genio de Cervantes, sus tres novelas mayores, sus novelas breves, su teatro, su poesía, se le deja de prestar atención a tanto supuesto gran escritor actual, a tanto supuesto genio, porque te das cuenta de que estás perdiendo el tiempo. E, insisto, basta con coger un modelo, y quedarte con él. Yo recomendaría (aunque recomendar va en contrar de mis principios, por norma general), que se coja un buen modelo, porque esa va a ser la piedra catedralicia sobre la que sostener tu discurso, pero luego cada uno que haga lo que quiera. En mi caso, en Cine estadounidense tengo como modelo a F.F. Coppola, en europeo a Antonioni, Buñuel, Tarkovski, Bergman y Bresson, y en Literatura tengo a Cervantes. Y tengo a estos porque sé que son caballos ganadores, porque no me va a hacer falta cambiar de modelo. Está bien escogido y me va a servir para poder sobrevolar entre obras mediocres que por lo visto son portentosas a pesar de que hablan de lo mismo de siempre sin innovar en nada. Porque hay que ver cuántas obras portentosas se estrenan o se publican al año… pero de qué pocas nos acordamos pasados cinco o seis.

Pongan un modelo en su vida (o varios) y no dejen que les sigan insistiendo en tanta película y novela genial…que será justamente olvidada antes de que sus autores quieran darse cuenta.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA

No hay asideros… ni en Cine ni en Literatura

Cada loco con su tema, o cada maestrillo con su librillo, pero la mayoría tirando de lugares comunes, de conceptos y de ideas preconcebidas y manoseadas hasta la náusea, pero todos con una misma intención: demostrar a los demás y a uno mismo que «sabe mucho de cine» o que «ama mucho el cine» y y que por tanto todo aquello que escribe o que comenta o que deja en redes sociales está bien fundamentado, aunque carezcan de argumentos verdaderos y tiren de aquello que han oído repetido mil veces.

Esto de interactuar en Twitter tiene su gracia: me siento como cuando estaba en la escuela de cine, en cualquiera de las dos a las que fui, hace ya veinte años, y regresando a los mismos debates y a las mismas bobadas. Es como rejuvenecer dos décadas… pero también es un cansancio infinito, un constatar una y otra vez a las mismas trifulcas con individuos e individuas con graves carencias de personalidad, todos diciendo, sin saberlo, o quizá precisamente sabiéndolo y creyendo que por eso están diciendo verdades como templos, las mismas tonterías sobre las mismas películas, incluso gente que también tiene cierta formación audiovisual o incluso trabaja en ello de alguna u otra manera. Así nos luce el pelo.

Lo cierto es que no hay asideros… ni en Cine ni en Literatura, y por eso es crucial, imprescindible diría yo, construirse una sólida base teórica, que es lo más difícil en estos temas narrativos, y a partir de ella defender tus argumentos y tus ideas, si las tienes y puedes desarrollarlas con dialéctica y con racionalidad, y no como un niño de diez años ofendido por lo que piensen los demás. Algunos creen que citar los títulos de siempre (en sci-fi, ‘Blade Runner’ y ‘2001’, en Western ‘La diligencia’ y ‘Río Rojo’, en bélico ‘Objetivo Birmania’ y ‘Sin novedad en el frente’, por ejemplo…) les vendrá bien a la hora de un debate con otras personas. O que el éxito popular del filme certifica su calidad, o que lo divertida y entretenida que sea es suficiente compara considerarla una buena película (o una buena novela). Si todo eso falla aún quedan dos comodines: los premios que haya ganado (tanto Óscares como premios en certámenes y festivales), y lo que la crítica «profesional» haya dicho de ello. Todo eso, creen algunos, es suficiente, y basta como argumento para contrarrestar los mejores argumentos válidos y mejor construidos del mundo. Pero la realidad es muy diferente.

Porque lo que generalmente -no siempre, pero casi– es un éxito popular se trata de una narrativa de muy baja calidad, por definición, ya que el público no quiere grandes complicaciones a la hora de ver una película o leer un libro, y menos aún si le dan lo que quiere. Porque los premios no son ni mucho menos infalibles y demasiadas veces son políticos, y ni siquiera Cannes o Venecia aciertan siempre, ni llevan en sus secciones a concurso joyas absolutas en todas las ediciones, sino muchas veces verdaderos engendros que no se explica uno qué hacen ahí. Porque la crítica, me temo, ha desertado en muchas ocasiones de su profesión, y ni siquiera las cabeceras más leídas y con más predicamento tienen una sólida base teórica a la que atenerse, y suelen contradecirse o valorar filmes o novelas que son verdaderas calamidades que a los pocos años dejan ver el desastre encumbrando que fueron, mientras dejaron pasar o machacaron sin piedad las piezas más hermosas y revolucionarias…

Lo único que de verdad puede ayudarte, si estás decidido a indagar y a dejar tus ideas por escrito y a debatir con otros y a demostrar lo listo que eres y lo mucho que sabes, es usar la cabeza y el sentido común, es haber ido a una escuela de cine o desde luego tener un bagaje muy superior al que en general tienen muchos de los escriben y proclaman a los cuatro vientos cuando deberían callar y dejar hablar a otros, es ser original, no repetir lo que otros llevan cincuenta años diciendo, seguir un camino trazado y unas ideas y defenderlas como mejor puedas, aprender y aprender y aprender a lo largo de los años y de las décadas y no caer jamás en la autocomplacencia. Tal vez así, con mucho esfuerzo, muchas lecturas, mucha escritura, mucha reflexión, aprendiendo de los que sabes que son los mejores y son de tu cuerda, no dejándote llevar por modas o por el posmodernismo rampante, puedas aprender algo y llegar a algo y no hacer el más absoluto de los ridículos en Twitter.

De todas formas… la impresión que tengo en los últimos tiempos es que a la gente le encanta hacer el ridículo en Twitter y cada vez que abre la boca en temas relacionados con el Cine y la Literatura.

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La angustia de no volver a verte

Los libros, las películas, las series, los discos musicales… son mis amigos. Tal cual. Es decir, tengo verdaderos amigos, no está el inopinado lector ante las líneas de un misántropo incurable. Todavía me da por socializar, y todavía tengo la suerte de tener buenos amigos… de los que te sacan de un buen apuro, de los que te aguantan, de los que te dejan ser tal cual eres sin exigirte nada a cambio. Tengo buenos amigos a los que conozco hace no mucho con los que me pongo a hacer podcast, y tengo amigos a los que conozco hace más de una década, y algunos hace casi dos décadas, que siguen siendo los mismos de siempre y que siguen, por alguna razón, aguantándome. Es decir que en el aspecto humano no me puedo quejar. Y si me quejara sería imbécil.

Pero tengo otra clase de amigos. Son los libros, las películas, las series, los discos musicales, de mi vida. Y son legión, y cada vez más. A los otros amigos, los humanos, les veo siempre que puedo, o charlo con ellos. A esta legión de amigos hechos de imágenes, de papel o de sonidos, que siempre están ahí en las noches de insomnio, en las horas arduas de creatividad insaciable, no vuelvo a verles tan a menudo. No podría hacerlo ni aunque dispusiera de todo el tiempo del mundo. Y es lo que me gustaría: volver a verles en cadena, uno tras otro, sin hacer ninguna otra cosa a lo largo de todo el día. A los amigos de carne y hueso un día les perderé… por estupidez, por torpeza o por la muerte que nos espera a todos. Pero a estos también les perderé. Un día uno de ellos o varios o muchos se estropearán o se romperán o se perderán y no podré volver a encontrarlos así de la vuelta al mundo, o un día no tendré ya buena vista ni oído para poder leerlos, escucharlos o verlos. Estarán ahí para otras personas que tengan el buen gusto de ponerse con ellos, pero no estarán ahí para mí.

Porque de alguna manera creemos que esas películas, que esos libros… son nuestros. Pero no nuestros porque los tengamos en formato físico y los hayamos comprado con nuestro dinero, sino por la conexión profunda que tenemos con ellos. Creemos, o queremos creer, que son más nuestros que los autores que las crearon, y en algún sentido es así. Y cuando alguien coincide en aquello que amamos nos sentimos absurdamente celosos. ¿Cómo es que a ti también te fascina ‘Mientras agonizo’, o el ‘Persiles’, o ‘The Sopranos’, o ‘Deadwood’? Fingimos alegrarnos por haber encontrado a alguien que sepa compartir nuestras pasiones, pero en el fondo algo nos duele por dentro, una neurosis infantil, porque eso que acaba de nombrar la persona que tienes delante ES TUYO. Y de nadie más. Tú lo comprendes y lo amas y lo llevas mucho más adentro que cualquier otra persona. Es absolutamente ridículo, pero es así. Es la clásica respuesta a la pregunta de qué te llevarías a una isla desierta.

Y yo tengo muchas cosas que son mías y de nadie más. Y no me satisface simplemente que vivan dentro de mí. Quiero verlas una y otra vez, leerlas una y otra vez, escucharlas sin cesar, poniéndome en graves apuros por el hecho de que también es necesario (obligatorio, diría yo) conocer cosas nuevas, nuevos horizontes, nuevos autores. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo invertir un mes de mi vida en conocer cosas cuyo valor es muy improbable, antes de dedicar esas cuatro semanas a volver a ver, a leer, a escuchar todo aquello que me ha acompañado y que ha vivido en mí durante tantísimo tiempo? Es angustia, tal cual: la de no volver a ver ciertas cosas, a leerlas, nunca más, cuando lo que quisieras es incluso leerlas o verlas o escucharlas mientras duermes. ¿Y cuáles son esas cosas? Pues hagamos una lista que, me temo ya desde antes de poner el primer título, va a resultar incompleta:

Literatura

El Quijote (dos partes), de Miguel de Cervantes
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional,
 de Miguel de Cervantes
Novelas ejemplares
, de Miguel de Cervantes
El sitio de Numancia
, de Miguel de Cervantes
8 comedias y 8 entremeses
, de Miguel de Cervantes
El Parnaso español
, de Francisco de Quevedo
La divina comedia
, de Dante Alighieri
Crimen y castigo
, de Fiodor Dostoyevski
Guerra y paz
, de Lev Tolstoi
Moby Dick
, de Herman Melville
Rojo y negro
, de Stendhal
Frankenstein o el moderno Prometeo
, de Mary Shelley
Relatos completos
, de Edgar Allan Poe
Dracula
, de Bram Stoker
De profundis
, de Oscar Wilde
Ulysses
, de James Joyce
La montaña mágica
, de Thomas Mann
The Sound and the Fury
, de William Faulkner
As I Lay Dying
, de William Faulkner
Light in August
, de William Faulkner
Sanctuary
, de William Faulkner
Absalom, Absalom!
, de William Faulkner
The Wild Palms
, de William Faulkner
The Hamlet
, de William Faulkner
Relatos completos
, de William Faulkner
La muerte de Virgilio
, de Hermann Broch
La saga/fuga de JB
, de Gonzalo Torrente Ballester
Blood Meridian
, de Cormac McCarthy

Cine

The Godfather (trilogía), de Francis Ford Coppola
Apocalypse Now,
 de Francis Ford Coppola
The Conversation
, de Francis Ford Coppola
Rumble Fish
, de Francis Ford Coppola
The Cotton Club
, de Francis Ford Coppola
Bram Stoker’s Dracula
, de Francis Ford Coppola
Goodfellas
, de Martin Scorsese
The Thin Red Line
, de Terrence Malick
The New World
, de Terrence Malick
Blue Velvet
, de David Lynch
The Lost Highway
, de David Lynch
The Straight Story
, de David Lynch
Chimes at Midnight
, de Orson Welles
F for Fake
, de Orson Welles
The Terminator
, de James Cameron
Aliens
, de James Cameron
Terminator 2: Judgment Day
, de James Cameron
Titanic
, de James Cameron
The Thing
, de John Carpenter
Mad Max: Fury Road
, de George Miller
Mud
, de Jeff Nichols
Manchester by the Sea
, de Kenneth Lonergan
The Girl with the Dragon Tattoo
, de David Fincher
La vie d’Adèle
, de Abdellatif Kechiche
El espejo
, de Andrei Tarkovski
Stalker
, de Andrei Tarkovski
Nostalgia
, de Andrei Tarkovski
Sacrificio
, de Andrei Tarkovski
Amarcord
, de Federico Fellini
La noche
, de Michelangelo Antonioni
La aventura
, de Michelangelo Antonioni
Breaking the Waves
, de Lars Von Trier
Dancer in the Dark
, de Lars Von Trier
Melancolía
, de Lars Von Trier

Series

The Walking Dead
The Sopranos
 
The Wire 
Deadwood
 
House M.D.
 

Música

The Black Album (Metallica), Metallica
Use Your Illusion I & II,
 Guns N’ Roses
Back in Black
, AC/DC
Ultra,
 Depeche Mode
Agila,
 Extremoduro
Yo, minoría absoluta,
 Extremoduro
La ley innata,
 Extremoduro
Material defectuoso,
 Extremoduro
Kind of Blue,
 John Coltrane
Mezzanine,
 Massive Attack
Dummy,
Portishead
Variaciones Goldberg (1981),
 Glenn Gould
La pasión según San Mateo,
 Bach
Réquiem,
 Mozart
Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55,
 Beethoven
Pastoral,
 Beethoven
Coral,
 Beethoven
Quasi una fantasia,
 Beethoven

Cómic

Groo, de Sergio Aragonés
Superlópez,
de Jan
Conan & Belit,
de John Buscema, Ernie Chan y Roy Thomas
Daredevil: Born Again,
de Frank Miller y David Mazzucchelli
Torpedo,
de Jordi Bernet y Enrique Sánchez Abulí

Videojuegos

The Last of Us
The Last of Us, Part II
Red Dead Redemption II

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Poetas & Narradores

Creo que a veces la batalla dialéctica por lo verdaderamente elevado en Cine y Literatura no está tanto en lo comercial o no comercial, en lo profundo o en lo superficial, sino en lo que es un cine poético y lo que podríamos llamar un cine narrativo. Y creo que esa batalla está equivocada. Voy a intentar explicarme un poco más y a exponer mis razones.

De un tiempo a esta parte en Twitter, además de leer una enorme cantidad de comentarios dignos de personas que por una parte son unos flipaos y por otra deberían ver más cine y leer más libros (además de despojarse de un poquito de soberbia), estoy siguiendo a dos personas que por suerte también (de los pocos todavía, y bien orgulloso que estoy de ello) me siguen a mí: Eduardo Bernal y Justo Parreño, un escritor y un profesor de cine respectivamente, que son muy activos en esta red social y que además tienen las cosas muy claras en lo que se refiere a lo que piensan sobre este medio artístico. Bernal es bastante radical en su búsqueda y defensa de un cine más elevado, artístico y anticomercial, y Parreño es aún más radical que él, y llega a llamar estafadores a todos aquellos que, según él (y siempre de manera muy respetable), han pervertido el cine convirtiéndolo en un negocio y en un medio para aborregar a las masas. Estas dos personas se han visto muchísimas películas, han escrito mucho sobre ellas y tienen una preparación académica de la que adolecen otros muchos que no hacen más que dejar tonterías tanto en Twitter como en muchos blogs.

Ahora bien: lo que Parreño, por lo visto, considera únicamente cine, son películas que según sus propias palabras sublimen las imágenes y aquello que están contando. No estoy muy seguro de lo que quiere decir con eso, pero quizá se refiera a un cine, de nuevo, poético, que trascienda las meras imágenes y la mera narrativa para convertirse en otra cosa, en algo que se eleve por encima del suelo y de la imaginación de los espectadores. Nada que objetar. Pero esta forma de pensar es nada más que una reacción virulenta a un fenómeno (el llamado cine comercial) y muchas veces, la mayoría, es una visión reduccionista que te impide apreciar ciertas cosas. Sucede siempre: por querer enfrentarte a algo que detestas, acabas perdiendo parte de perspectiva. Y yo no soy precisamente sospechoso de ir por ahí defendiendo la cultura popular. Pero a veces me da la sensación de que lo que se está dirimiendo en estos debates es la diferencia entre un cine poético y otro narrativo, y que por lo general los más cinéfilos suelen considerar más elevado el primero y menos elevado (por decir algo suave), el segundo.

En realidad en el Cine y en la Literatura, a poco que se indague en cualquier de las dos artes, se acaba viendo con bastante facilidad la diferencia entre los directores más poéticos (antinarrativos, si queremos llamarlos así) y los más narradores. Lo que en LIteratura vendría a ser, muy a «grosso modo», la diferencia entre prosa y poesía. Así, un director como David Lynch no es precisamente muy narrativo (siempre recordaré la reseña de Jaume Genover sobre ‘Wild at Heart’…), pero «lo que le falta de narrativa le sobra de sugerencia». Por otro lado, un director como John Carpenter no es digamos muy poético, pero es un narrador puro (uno de los más grandes narradores que ha dado el cine estadounidense). Lo que al final se desprende de uno y de otro es que la sugerencia de Lynch termina siendo tremendamente narrativa, y las imágenes narrativas de Carpenter y de otros como él terminan siendo tremendamente poéticas. Es decir, las cosas no son tan fáciles como parecen.

Muchos que aman profundamente el Cine tienen conceptos diferentes sobre qué es lo más elevado y lo más profundo, y al mismo tiempo qué es lo más despreciable y prescindible. Para estos dos compañeros nombrados el cine poético es lo único importante, salvo escasas excepciones. Para la gente de Cinefix sobre todo tiene predominancia la imagen pura. Para otros como Bracero, por lo visto, si en un plano una sombra significa algo, o si un espejo está roto o si un travelling contiene algo de semántica. Cada uno, supongo, intentamos, desde nuestro acervo, nuestro aprendizaje y seguramente nuestros precursores (y nuestras limitaciones…), encontrar lo que diferenciamos que es cine de lo que no lo es.

En mi opinión, no solicitada por nadie, el cine más puramente narrativo (de género, de conceptos y referentes quizá más populares) puede poseer trazas líricas tan valiosas como el propio cine poético. Hay que saber diferenciar, ahí está lo complicado, el cine narrativo de baja estofa (del que abunda en Hollywood y lugares parecidos) del cine narrativo de gran exigencia y potencia evocadora. No todo el cine de aventuras es una basura, ni todo lo que se elige para la sección oficial de Cannes es una maravilla. Es decir, que hay grandes narradores capaces de mucho mayor lirismo que ese globo hinchado de Albert Serra, del que todavía nadie ha visto su película, pero están todos los cinéfilos de pro dando saltos por su selección en el festival más importante del mundo. Ya veremos lo que lleva al festival, si es bueno o no, y ya veremos lo que trasciende dentro de cuatro o cinco décadas, que no es tan fácil de adivinar como pareciera.

Y por lo pronto animo a quien lea estas líneas a seguir, leer y tener en cuenta lo que dicen estas dos personas nombradas más arriba, en lugar de a tanto juntaletras y supuesto cinéfilo que no hacen sino repetir (como ciertos alumnos de escuelas de cine, por cierto), lo que han dicho otros durante demasiado tiempo.

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«Obra maestra», la expresión que a tantos les gusta emplear

No falla… no hay momento en una conversación, aunque sea en una por Twitter en la que dos interlocutores no estén de acuerdo en casi nada, en que alguien no use a la ligera la expresión «obra maestra». Pensémosla, digámosla en voz alta… al tener una erre intercalada en ambas palabras, como que suena mejor, más rotunda, más severa. Diciéndola, pensándola, metiéndola en alguna conversación, nos sentimos como más inteligentes, más capaces, con más autoridad intelectual. Incluso rima un poco. Por ello, y por unas cuantas razones más, no existe expresión más manoseada y abaratada cuando nos ponemos a hablar de películas, o de novelas, o de series…

…porque todo el mundo quiere encontrar su «obra maestra», todo el mundo quiere defender una «obra maestra», todo el mundo quiere proclamar una mientras el resto del mundo quiere defenestrarla o ningunearla. Defender «obras maestras» está muy bien. nos ayuda a levantarnos por la mañana con mayor orgullo, nos da una razón para sonreír y sentirnos mejor con nosotros mismos. Defender películas de mierda o novelas de mierda también está muy bien, a su manera, sobre todo cuando queremos hacer postureo, como lo que hace Alberto Olmos cada vez que se pone a escribir su columna, o cada vez que la gente intenta sostener sus gustos de la infancia. Pero cuando por fin nos ponemos a defender «obras maestras» creemos que sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. ¿Y eso siempre es algo bueno, no?…

…salvo que no… no por ello sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. Para empezar estaría bien saber lo que significa eso de «obra maestra».

La mayoría, me temo, la usa a modo de comodín para casi todo: para calificar una gran obra, para ponerlo delante de sus películas y sus novelas preferidas, para etiquetar lo más importante del año o de una década, para sacarle brillo a esos títulos desconocidos pero vanguardistas…. Así, más o menos todo es lo mismo: obra maestra, obra magistral, obra perfecta, «magnum opus», obra clásica, obra de arte, obra única, obra genial. La «obra maestra», tal como su mismo nombre indica, debe ser cualquier obra de gran envergadura de alguno de esos «maestros» que andaban o que todavía andan por ahí, ¿no? Ahora es cuando nos ponemos a definir con más exactitud la expresión de marras y nos vestimos de profundidad: una «obra maestra» es esa pieza perfecta que expresa conceptos universales, que habla de su tiempo y a la vez está fuera de él, por lo que puede resistir el paso de los siglos; es además una pieza que establece una dialéctica con sus precursoras y que rotura nuevos caminos artísticos, etc, etc, etc….

Luego llegará el posmodernista de turno y dirá que una «obra maestra» es diferente para cada uno y que su misma definición y aplicación depende de cada cual, y ya estará todo zanjado.

Pero estaremos de acuerdo –si es que podemos ponernos de acuerdo en algo– en que da la sensación de que cuanto más se usa esa expresión menos capacidad se tiene para reconocer una aunque te la pongan delante de las narices.

La obra maestra es, sencillamente, la pieza catedralicia de un autor, la que más define su personalidad artística, la que es el mejor y más perfecto compendio de la obra de un gran escritor o un gran artista en una disciplina determinada. Así, la obra maestra de da Vinci es ‘La Gioconda’, la de Miguel Ángel en pintura es ‘La capilla Sixtina’ y en escultura ‘La piedad’, la de Mozart es ‘El Réquiem’… Pero: ¿y cuando un autor tiene no una sino varias obras gigantescas? ¿No hizo también Mozart ‘El rapto en el serrallo’, ‘La flauta mágica’ y varias otras? ¿No esculpió Miguel Angel también el ‘David’ y el ‘Moisés’? ¿No pintó da Vinci también ‘La última cena’? Y en cuanto a Cervantes: su obra maestra es ‘El Quijote’, claro, ¿pero no escribió también el ‘Persiles’ y las ‘Novelas ejemplares’? La de Coppola es ‘Apocalypse Now’, pero, diablos, ¿este tío no hizo también nada menos que ‘The Godfather’? ¿Y en el caso de gente como Kurosawa? ¡Qué difícil es decidirse! ¿Cómo se hace esto? De pronto no parece tan fácil ponerse aquí a pontificar sobra las «obras maestras» como todos esos chavalillos (y no tan chavalillos…) parecen creer.

En todo caso estaremos hablando de composiciones magistrales o geniales, de piezas de gran perfección, importancia o influencia. Pero no de obras maestras. Si queremos de verdad usar la expresión con propiedad y sentido común –aunque estoy seguro de que para muchos eso de hablar con propiedad y sentido común es innecesario– podríamos por lo menos aprender lo que significan las palabras y las expresiones y usarlas en concordancia con ese significado y esa utilidad.

Pero en fin, en esta época de postureo y de narcisismo desatado, supongo que es hasta lógico que la expresión «obra maestra» se use para casi todo y sobre todo para quedar bien. Borren este artículo de su cabeza, no me hagan caso, ni hagan caso a nadie. Las obras maestras son lo que ustedes quieren que sean y ya está y se ha acabado. ¿Quién soy yo para hacerles ver las cosas de otra forma? ¿Sólo porque me ciño a los hechos y al significado real y racional de las cosas? ¡Al diablo los hechos y la racionalidad!

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Apocalipsis ahora

En uno de los recientes programas de ‘Viajeros de la noche’, no recuerdo ahora mismo cuál (incluso puede que fuera de micro), me comentaban mis compañeros que a mí me va mucho lo apocalíptico, y que un día deberíamos hacer un programa relacionado con eso. No les falta razón, y me ha hecho pensar en todo aquello que me ha inspirado, porque casi todo lo que escribo es apocalíptico o de supervivencia, y estas ficciones me han obsesionado y fascinado desde muy pequeño. Uno no elige lo que le atrapa, sino más bien al revés.

Y ahora que estamos a las puertas de una probable III Guerra Mundial –aunque yo creo, no se lo digáis a nadie, que llevamos décadas en esa guerra, lo que pasa es que es una guerra muy distinta a las demás…hasta que deje de ser tan distinta…– me es imposible dejar de escribir sobre el tema. La novela que escribí el año pasado está enmarcada en una II Guerra Civil española, y la que espero escribir en la segunda mitad de este año, en cuanto termine de escribir el dichoso libro sobre las series, y si todavía hay salud y no nos han lanzado cuatro o cinco cabezas nucleares sobre nuestras cabezas, será el proyecto más grande que hasta ahora haya acometido sobre un apocalipsis nada improbable. ¿Pero en qué se quedó atrapada mi imaginación desde que tuve uso de razón? En los westerns, claro, y en las películas de aventuras. Pero no en cualquiera, y cada vez menos.

Una de las primeras cosas que me dejó anonadado, y aterrorizado, fue la saga ‘Mad Max’…

La segunda fue realmente formidable, y las otras dos, la primera y la tercera, realmente terroríficas en algunos momentos. Podía sentir yo el abismo de mirar hacia una extinción masiva de la humanidad. Y en 2015 llegaba la portentosa cuarta parte, la mejor de todas sin ningún género de dudas. Muchos de los caracteres más sórdidos de estas películas intento remedarlos o que me sirvan de prototipo para los más violentos y terribles de mis ficciones.

Pero para extinción masiva la de ‘The Terminator’ (1984), que vi poco después:

Recuerdo ver esto, con menos de diez años, una y otra vez, aunque su visionado me resultaba demasiado intenso, demasiado desolador. Era un acto masoquista que ahora, con la guerra de Ucrania y de otras partes del mundo amenazando con tragarse al planeta entero, casi me ha hecho a la idea, me ha preparado de alguna forma, para lo que se puede avecinar.

Otras películas de ahora, tan magistrales como ‘Children of Men’ (2005)…

O ’12 Monkeys’ (1995)…

Me hacen sentirme ya como en casa… Pero no solamente de películas «vivo» yo, también de otras cosas, como por ejemplo videojuegos… y el videojuego survival por excelencia, el más impresionante, inolvidable y memorable, es por supuesto, ‘The Last of Us’…

Y ‘The Last of Us, Part II’…

Aunque la ficción insuperable, la más influyente y excelsa, de supervivencia y apocalipsis, es por supuesto, ‘The Walking Dead’…

Y si para terminar vamos al cómic, tendría que nombrar uno que no le gusta a mucha gente, pero que a mí me vuelve loco, con cuya portada voy a cerrar este artículo. Este tipo de ficciones han dado mucha morralla, pero también han dado obras maestras como la aquí expuestas, que literalmente me obsesionan. Vivo por cosas como estas, por muy terribles y desesperanzadas que sean. Sólo así quizá miro al mundo y me siento con un poco más de esperanza… porque todavía no se han dado estos horrores, y quizá haya alguna probabilidad de que no se den.

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