CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

La Supervivencia como forma suprema de Ficción

Hace algún tiempo escribí una teoría de los géneros que luego recopilé en un único ensayo, en el cual hablé de los que considero los ocho principales: Comedia, Musical, Bélico, Noir, Histórico, Sci-Fi, Fantasía y Western. Me apetece volver a hablar de este último, porque se aleja bastante de lo que la mayoría de personas y especialistas consideran que es un western, y porque bajo mi punto de vista tiene que ver con la forma suprema de Ficción.

Para los críticos y espectadores de medio mundo, sobre todo para los anglosajones (que tontos no son, y que barren para casa todo lo que pueden siempre que pueden), el Western es suyo, y tiene que ver con esos relatos de la frontera, esos «cantares de gesta» estadounidenses en los que se narra la (supuesta) conquista de América, y en los que se habla de villanos, de pistoleros, de terratenientes, aventureros, buscadores de oro, jinetes legendarios, tiradores aún más legendarios, y toda una suerte de mitología folk. Y venga revólveres, y rifles, e «indios», y chicas guapas pero fuertes y valientes, y anti-héroes, y cazarrecompensas y grandes parajes, cuando no su Guerra Civil, sus salones, sus espuelas, sus peleas en la barra del bar y sus sombreros de ala ancha. A eso lo llaman Western (de hecho el término lo inventaron ellos). Pero en realidad (y tal como expliqué) todo eso, si somos estrictos, pertenece al género Histórico, no a un supuesto género localista…

…porque otros países también tienen sus westerns. En España los hemos tenido. En África los tienen. En Japón lo han practicado con gran maestría y lo siguen practicando. Si de lo que se trata es de contar una historia más o menos épica sobre el pasado de un país en el que se está formando como estado, casi cualquier país puede tenerlo. De hecho los tienen, y no pocos. Y a veces albergan escasos componentes del Histórico, y se centran más en otra cosa. Porque, ¿acaso no es un Western ‘Los siete samuráis’, la obra maestra de Akira Kurosawa? (de hecho fue adaptada a Hollywood con pistoleros y mexicanos pidiendo auxilio a los gringos…). Cambias pistolas por katanas, pistoleros por samuráis, y es exactamente lo mismo. ¿Entonces? ¿No será que el Western es algo universal? Pero constantemente escuchamos términos como Neo-Western o expresiones por el estilo para referirse a filmes como ‘Hell or High Water’ (aquí la titularon ‘Comanchería’) o Western Futurista para películas como ‘Atmósfera cero’. ¿No sería más fácil ver las cosas de un modo aglutinador, en lugar de localista? Para eso escribí mi ensayo. Y escritos estos tres párrafos quisiera centrarme en la razón por la que he vuelto a hablar del Western.

Ya puestos a usar términos anglosajones, yo preferiría usar la palabra Survival. O Relato de Supervivencia. En realidad, todos los westerns, japoneses, españoles, anglosajones o africanos, van de eso, de sobrevivir en un mundo hostil. ¿Y qué tienen de especial? ¿Por qué Massanet llega a casa con las manos congeladas de frío y se pone a escribir sobre ello?

Porque algunos vivimos para esto, por razones que ni siquiera podemos explicarnos a nosotros mismos.

Creo que Cormac McCarthy dijo que no entiende una ficción en la que no se trate a fondo la muerte. Estoy de acuerdo con él. Y si se trata a fondo la muerte, es la forma más efectiva de tratar a fondo la vida. ¿Y qué otra razón hay para escribir y filmar ficciones? ¿Entretener al espectador, como diría un anglosajón? Soy de la teoría de que la gente no quiere que la entretengan, aunque muchas veces lo pida o lo espere. Lo que quieren es vivir una experiencia, una realidad, paralela a su vida, que de alguna forma la complete y le sirva de espejo a su propia existencia. Ver y leer ficciones es prepararnos para la muerte. Un entrenamiento para lo que está por venir. En caso contrario, las ficciones no sirven absolutamente para nada.

El Western estadounidense no es más que otra forma de aventura de supervivencia, con su hojarasca folk a cuestas. Cada geografía con la suya. ‘Star Wars’ es un Western. ‘Robocop’ es un Western. ‘Un condenado a muerte se ha escapado’ es un Western. Es una forma de Western. Ángel Fdez Santos se equivoca citando en ocasiones títulos que según él «bebían de la tradición del Western estadounidense». Es el Western estadounidense el que bebe del pozo primordial de la aventura, que no es un género, sino un tono, y uno de los más difíciles de lograr para un director, o para un novelista. El tono de una aventura al límite, en la que no hay componendas sentimentales, en la que los personajes, generalmente un grupo de compañeros, como en ‘La cosa’, ha de enfrentarse a algo más grande que la vida. De ese enfrentamiento con algo terrible, o monstruoso, o insuperable, surgen las tensiones en las relaciones internas, la dialéctica entre las diversas personalidades que nutren la trama, el tono del que se desprende el estilo del director a la hora de narrar esa aventura.

Pero bueno, a juzgar por lo que se dice en foros y críticas de todo pelaje, supongo que la mayoría de espectadores se quedan con esas historias que «derriten el corazón», o con esas historias emotivas y en el fondo superficiales, con esos regalos con los que pueden irse a casa satisfechos y pensando que todo está bien colocadito y que el mundo no va a fallarles. Ver esas historias terribles en las que te proponen un viaje sólo de ida, son para sufrir. Y muchos espectadores no están dispuestos. Yo particularmente dudo ya que alguna película o alguna novela pueda cambiar el mundo, pero sí que existen algunas capaces de hacerte cuestionar lo que este mundo te proporciona, y las falsas seguridades que te promete, y hacerte pensar que otro mundo es posible, y que otros mundos terribles pueden aguardarte a la vuelta de la esquina. Y eso solamente lo consiguen los relatos de supervivencia. Por lo tanto: ¿cómo no considerarles la forma suprema de ficción? ¿No se supone que el poder de la ficción reside en proponer otra realidad, en herirte, en impactarte anímica y psicológicamente?

Pues yo creo que la cosa está clara.

Estándar
CRÍTICA, ENSAYO, TELEVISIÓN

Hablemos un poco de series (2): Las primeras impresiones

Sigamos hablando un poco más de series, este fenómeno global que ha venido para quedarse y que muchos dicen que va a sustituir al cine y todo eso… Bueno, llevamos unos cuantos años con grandes series y de momento, por lo visto, se siguen haciendo películas. Quizá sea porque vienen a representar estados de ánimo, ritmos y tiempos diferentes. O porque, seamos claros, te ofrecen experiencias bastante diferentes. La primera diferencia, obvia, es que el cine puede verse en un cine, pero aunque las series se proyectaran en cines, y bien podría hacerse con todas, la experiencia sería distinta. Es una diferencia similar, aunque no idéntica, a la que existe entre una novela y un relato o conjunto de relatos. Sin embargo sí creo que para entender bien el cine hay que conocer las series a fondo, y para conocer las series a fondo, desde luego hay que tener conocimientos profundos de cine…

En esta charla sobre series que estoy planteando en mi página, vengo un poco a sustituir (aunque sé que es imposible hacerlo del todo) las charlas sobre series que tienen lugar en el bar, en el coche o en el trabajo. No exactamente a sustituir… a enmendar, porque yo también vivo en este mundo y también participo de ellas o por lo menos las escucho todos los días, y por desgracia me encuentro con lugares comunes que, por desgracia, y tal como dije en el anterior capítulo de esta serie, abaratan la experiencia de las series.

Y uno de los lugares comunes más habituales consiste en querer que cada nuevo gran estreno se convierta, desde el primer minuto, en la serie del año. Yo no sé qué fiebre salvaje recorre ahora las redes y a los aficionados, que de pronto cualquier propuesta televisiva es un todo o nada, o una maravilla o una porquería, y ya desde el episodio piloto estamos juzgando una ficción seriada con la misma intensidad con la que pocas horas, o pocos minutos, antes hemos juzgado una serie de cinco temporadas que terminó hace siete años. No tiene ningún sentido, y además se corre el peligro de valorar las cosas desde un prisma deformado y de no aprender nada de nada. Muy pocas series han deslumbrado desde el primer episodio, y las que en teoría lo han hecho a veces se han desinflado pronto. Ni siquiera en el caso de, por ejemplo, una miniserie como ‘True Detective’, cuyo primer episodio por cierto es absolutamente magistral (como toda la primera temporada), y que tuvo que esperar un poco para empezar a adquirir ese aura mítica que ahora mismo la caracteriza.

Recuerdo el caso de ‘The Wire’, que no puede decirse que en su primer episodio te diga que estamos ante una de las mejores series de todos los tiempos… y sin embargo lo estábamos. Y esto sucede porque las series no son películas, porque algunos creadores de series, lo que quieren, lo que buscan y lo que encuentran, es un todo construido a partir de una serie de piezas. Y aunque en efecto algunos episodios puedan ser extraordinarios, lo que se busca es que la serie por completo sea extraordinaria.

Hablábamos de ‘True Detective’. En una miniserie es más complicado, en cierto sentido, porque al contar con seis o siete, o cinco episodios, se supone que todos ellos han de tener una altura enorme, que cada pieza del rompecabezas ha de ser muy brillante, porque se trata de un rompecabezas no demasiado grande. No puedes empezar a hacer grandes cosas en el episodio cinco, por ejemplo, como te sucedería con una serie en la que vas a plantear cinco, siete o diez temporadas… Por eso quizá ‘True Detective’ (siempre la temporada 1, no la 2 ni la 3, desde luego) es una creación superlativa, porque cada uno de sus ocho episodios es una maravilla, y aún así los hay más impresionantes que otros. Lo necesario en una serie es mantener una altura capítulo a capítulo, quizá en alguno bajar un poco esa altura para en el siguiente subirla mucho más, como una preparación. Pero es complicado.

Insisto: una serie no son cuarenta y cinco películas de una hora. Es otra cosa, definitivamente. Quizá una colección de piezas que alcanzan pleno sentido (y no temático ni argumental, espero se me entienda) cuando se ven todas juntas. Por eso valorar una serie (como tantos están haciendo ahora mismo con ‘The Last of Us’) por un solo episodio es una completa estupidez. Pero también es una equivocación garrafal valorar un conjunto de episodios de manera individual, solamente. Lo que debe hacerse es valorar la serie en su conjunto y luego valorar cada capítulo por lo que está buscando de manera individual, si es que está buscando algo de manera individual. En algunos casos puede hacerse (como en ‘House’) y en otros no. Por ejemplo en ‘The Sopranos’ que es quizá la mejor serie de todos los tiempos, tenemos el milagro de que episodio tras episodio tenemos una pieza magistral. Pero eso es rarísimo. Lo más habitual es encontrarse una serie que peldaño a peldaño raya a gran altura, y cada poco regalarnos con un episodio magistral.

Porque las series son, sobre todo, una construcción, igual que las películas. Y esa construcción no se advierte del todo hasta el final, por mucho que pueda advertirse en algunos casos hacia la mitad o incluso antes que estamos ante algo impresionante o quizá decepcionante.

Por eso hay que dejarlas crecer y por eso, quizá, ‘The Last of Us’ va a ser mejor serie según avance, se vaya separando del dichoso videojuego, y alcance autonomía propia para medirse, de tú a tú, con las series de su clase.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE, TELEVISIÓN

Malas noticias: ‘The Last of Us’, de HBO, no es un videojuego

Antes de que empiece todo el jaleo y el barullo mediático que previsiblemente va a provocar esta serie que se estrena mañana en EEUU y el lunes en España, convendría matizar algunos asuntos:

–Se trata de una serie, esto es una ficción seriada, no un juego en vídeo, por lo que estamos hablando de algo completamente diferente, ni siquiera complementario.

–Puede ser, por cierto, tan fiel a los videojuegos, o tan poco, como lo deseen sus máximos responsables…

–Para hablar de ella, escribir sobre ella, o juzgarla desde un punto de vista medianamente profesional y solvente, no basta con saber de videojuegos, por tanto.

Digo esto último porque estoy viendo que muchos que escriben en páginas especializadas de videojuegos, y que al parecer ya la han visto entera –algo que tampoco entiendo… ni que la hayan podido ver completa en lugar de uno o dos episodios, ni que les hayan permitido verla a ellos antes que a otros…–, ya se han lanzado a escribir recensiones o comentarios más o menos extensos sobre la serie, como si el hecho de haber jugado a la primera parte de 2013 o a la segunda de 2020, les legitimara para ello, con lo que si no teníamos bastante con la cantidad de «periodistas» que escriben sobre cine sin tener nada que aportar, ahora llegan otros diletantes que creen que basta con soltar cuatro o cinco calificativos grandilocuentes para, de pronto, convertirse también en críticos de cine/series.

Lo dije ayer (fue ayer, ¿no? …sí, fue ayer) en este texto: las series, como las películas o las novelas o relatos, necesitan de verdaderos críticos. Aún diré más: los espectadores/receptores de esas series y películas, como los lectores de novelas o relatos, necesitan imperiosamente de verdaderos críticos. No para que vengan otros más listos que ellos a decirles lo que tienen que ver o leer, o lo que les tiene que gustar o disgustar, sino para ayudarles a formar su propio criterio. Un verdadero crítico tiene como propósito, casi como misión en la vida, proteger, salvaguardar y defender lo más valioso de su medio, y tratar de dejar atrás lo menos importante, lo accesorio, la paja. Y debe hacerlo no con falacias ad hominem o con retórica vacía y voluntariosa, sino con argumentos objetivos, con conocimientos, con rigurosidad. Un crítico, uno realmente bueno, es un intermediario entre la obra y el receptor… pero es también algo más. Es un depositario de la historia de ese medio y es un teórico. Para decir que una serie es buena porque los actores están muy bien y el guion es inteligente y lleno de matices vale cualquiera. Eso no es una crítica.

Y me temo que ‘The Last of Us’ va a necesitar, como toda obra narrativa, de una buena crítica, más que de comentarios (que los pueden hacer, nadie lo prohíbe) de aficionados. Y por supuesto que no va a haber más remedio que hacer una referencia a los dos juegos y medio (si contamos el ‘Left Behind’) de los que parte, pero no para hacer una comparativa, sino para establecer un hecho que quizá por primera vez va a quedar verdaderamente patente: la insalvable distancia, el abismo casi, entre una ficción y un videojuego. Es una oportunidad de oro, por tanto, que no debe desperdiciarse. Sin embargo cuando se hable de las imágenes de la serie los críticos o analistas, si no quieren hacer el ridículo, tienen que hablar de cine y de series, no de videojuegos. Es decir: de dónde parten estas imágenes, a qué otras series o películas aluden, cuáles son sus creaciones precursoras y qué pueden aportar al marco de la aventura, el horror y el «survival». En caso de no hacerlo no estarán haciendo bien su trabajo, tan sencillo como eso.

Porque una cosa que va a ser fundamental es ver hasta qué punto ‘The Last of Us’ bebe directamente de las fuentes y las conquistas (como por cierto, ya hacía el videojuego) de ‘The Walking Dead’ (y para eso hay que verla entera, hasta el final), que a su vez bebía de otras fuentes como la novela ‘La carretera’ de McCarthy, pero también de ‘Guerra Mundial Z’, de Brooks, y por supuesto de ‘Meridiano de sangre’. Pero si habla de ‘The Walking Dead’, como debe ser, va a tener que hablar de otras series como ‘Deadwood’ y de otros filmes como ‘The Terminator’, o de ‘Mad Max’ para ir abriendo boca. Es decir que tiene trabajo. Y bastante. Porque todos esos peajes, y algunos más, van a resultar obligatorios. No va a bastar con decir: es que yo jugué al videojuego y por eso entiendo de qué va la serie o qué aporta. Por desgracia el cine posee más precursores y más conceptos de los que hablar que un crítico competente y profesional no puede pasar por alto.

Pero supongo que habrá que acostumbrarse a que cualquier diga lo que le parece sin la menor formación para ello. Son los tiempos de Twitter, en los que vale más la osadía de la ignorancia que la reputación del conocimiento y la fuerza teórica. Tiempos posmodernos, estos, que tienen visos de durar ya para siempre.

Estándar
ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

Hablemos un poco de series (1)

Hablemos, hablemos…

Voy a hablar mucho más de series este año, por un evento que espero tenga lugar pronto, pero hasta ese momento, y cuando llegue, y después también, hablaremos de series aquí más de lo habitual, porque son un fenómeno que como todo el mundo parece que empieza a saber, ha venido para quedarse, pero al mismo tiempo creo que todo lo que las rodea, el fenómeno fan (habitualmente tan dañino) y muchísimos lugares comunes que están empezando a adueñarse de este ámbito, pueden convertir este fenómeno –o ya lo están convirtiendo– en algo alejado de lo que realmente es.

En general está sucediendo lo que pasó con el cine, pero a un ritmo mucho mayor: la banalización de su razón de ser. En general la gente acude a las series por dos razones principales: por moda (hype) o por afinidades con el argumento, en otras palabras porque le atraiga lo que allí se está contando. Y se habla demasiado de la adicción a las series, algo con lo que no puedo estar de acuerdo. ¿Una serie, como una novela, es mejor por engancharte a ella con mayor adicción? No tiene sentido.

A modo de introducción, habría que dejar claras unas cuantas cosas:

–Las series no son un producto, algo que se repite con mayor intensidad que con el cine. Son trabajos creativos, obras narrativas. Productos son las pizzas o las Coca-Colas…

–Las series no son películas alargadas. No son largometrajes de 10 o 20 ó 180 horas. Poseen su propia especificidad narrativa distinta de las películas, del mismo modo que los relatos y las novelas difieren entre sí en algo más que la longitud.

–El máximo responsable de una serie no es el director de un capítulo, tal como sucedería en el cine, sino muchas veces el guionista, que a menudo es el creador, el showrunner de la serie. Él es la cabeza pensante y la que toma las decisiones.

–La serie no solamente son historias de vikingos, o del oeste, o de ladrones y policías. También son formalización de esos contenidos argumentales, y es necesario atender a esa formalización y entenderla.

–Las series, como las películas, necesitan de críticos, de analistas cualificados con algo más que una carrera de periodismo, porque sus imágenes, sonidos y construcciones narrativas así lo precisan. La mayoría de los que escriben sobre series, como la mayoría que escriben sobre películas, son simples reporteros. no críticos.

–Las series también tienen géneros, igual que el cine, y a veces no tiene sentido compararlos. No tiene sentido comparar ‘Arcane’ con ‘The Office’. La primera es una deslumbrante joya de la animación (al menos en lo visual, pues su construcción narrativa adolece de algunas arritmias internas evidentes), y la segunda es una comedia salvaje con forma de falso documental.

Se podrían decir algunas obviedades más, pero de momento podemos dejarlo aquí.

Lo que me gustaría a mí, sobre todo, es que no se considerase «productos» a obras narrativas, y que no se contagiase a las series todo el barro que enfanga el cine. Las series necesitan una respuesta crítica a la altura, y algunos estamos trabajando en que la tengan. En caso contrario, ocurrirá como en el cine y la literatura: acabarán convirtiéndose en algo sin valor, sin brillo, romo e inútil.

Así de claro.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

La necesidad de la Ficción

Desde hace cientos, miles de años, la humanidad se cuenta historias a sí misma. En el principio de los tiempos de forma oral y a partir de la invención de la escritura dejando, como se suele decir, negro sobre blanco. Fue a mediados del siglo XV, con la invención de la imprenta, que todo cambió, y los libros, y las historias que muchos de ellos contienen, se multiplicaron y se distribuyeron con mucha mayor facilidad por todo el mundo. Hasta llegar al momento actual, en el que los libros de ficción, y las películas y las series, se han convertido en mercancía con la cual hacer negocio multimillonario. Ahora todo el mundo «consume» ficción, como si fuera un producto más, como de una pizza o una coca-cola se tratase. La gente «se engancha» a las series, se obsesiona con las películas, lee a todas horas porque considera que es una forma de «cultura». Pero muchos siguen pensando que esto son frivolidades, que es un «pasatiempos», una forma de matar el aburrimiento. Que todo esto de las historias en particular, y de la narrativa en general, es una cuestión de ocio que no implica cuestiones importantes de la humanidad. ¿Realmente es así? ¿Realmente las historias, como se suele decir, valen para algo más que para llenar al tiempo y «distraernos»?

Es importante señalar que el hecho de contar una historia no implica necesariamente que se trate de narrativa, y que el hecho de que sea narrativa no significa que hablemos de historias, ni que sea ficción. No todas las historias son narrativa o contienen ficción, y no todas las ficciones cuentan una historia de manera obvia o lineal o poseen una narrativa destacable. Pero sí podemos decir que tanto la Ilíada como la Odisea son ficciones, son historias y son narrativa. Seguro que antes de ellas, hace tres mil años, hubo otras ficciones, otros relatos extraordinarios que se escribieron con forma de narrativa, de una ficción cerrada sobre sí misma, que no nos han llegado por las guerras, por la estupidez o por la crueldad humana, o simplemente por la mala suerte no han llegado a sobrevivir hasta nuestros días, pero las tenemos a ellas. Podemos trazar un cordón umbilical que va desde Homero hasta las series de televisión más geniales de ahora mismo. Todo eso es la ficción que ha alimentado a la humanidad desde hace muchísimo tiempo. Pero la ha alimentado ¿de qué exactamente? ¿De invenciones? ¿De sin-sentidos? ¿De qué? En la actualidad, con el advenimiento de juegos informáticos que se proyectan en vídeo, y aun peor, de la lacra del posmodernismo, a la ficción ha venido a sustituirla una especie de hiperrealidad, una construcción en virtud de la cual el autor desaparece, el espectador/receptor puede alterar la supuesta ficción a su antojo, adentrándonos todos en otra clase de artefacto, uno que propone sustituir la realidad por otra, una realidad virtual tan minuciosa, tan detallada, que podría rivalizar con la nuestra. Es posible que la gente deje de necesitar de la ficción. Pero si tal cosa sucede… ¿qué dejará de proveerle?

Porque la ficción, operativamente, no sirve para nada. No salva vidas, como dice que hacen los videojuegos en algunos casos. Con la ficción los ancianos no mejorarán sus capacidades neuronales tal como parece que consiguen hacer con ciertas aplicaciones. Los relatos, las historias, la música, no lograrán sacarlos de la realidad como sí lo harán los hologramas y los artefactos del posmodernismo. Por lo que parece, con ciertos videojuegos o aplicaciones, puedes hacer a la gente feliz, puedes conseguir que personas con Alzheimer vivan en una realidad paralela que les haga sentirse mejor consigo mismos, o puedes hacer que personas que viven en un infierno al menos se evadan durante un tiempo y accedan a un mundo de sueños, entre otras muchas cosas. Es básicamente lo que ha pretendido hacer la narrativa anglosajona desde Shakespeare hasta John Ford, sin olvidarnos de Spielberg, Lucas y otros muchos: que el espectador/receptor viva en una especie de montaña rusa, de parque de atracciones, de «mundo mágico», durante unas horas o unos días. Dicen que en un futuro no muy lejano tendremos, todos nosotros y a un precio asequible, aparatos parecidos a los que vimos en Ready Player One (del propio Spielberg…), chismes con los que te introduces en una realidad virtual pasmosa, alucinante, en la que vivir aventuras extraordinarias, convertidos en otras personas. Ese es el futuro que nos espera, que se supone, además, que va a sustituir al cine, a las series, a la literatura y a todo lo que hasta ahora hemos conocido como Narrativa. Porque ahora se avecina una nueva narrativa. Eso dicen.

Ahora bien, insistimos: la ficción no sirve para nada operativo. No se concibió para eso.

No te hace mejor persona
No te hace más listo
No te enseña nada, sino más bien te exige que llegues con la lección aprendida
No te libera de nada
No te cambia
No te hace entender
No te hace olvidar

¿Entonces? ¿Para qué sirve este invento del demonio? ¿No se supone que las cosas sirven para algo? Sobre todo en el mundo actual. Las cosas se hacen para algo concreto, para una utilidad material, o no se hacen. Se supone, claro… que es mucho suponer. En caso contrario… ¿qué hacen los llamados «artistas», o los llamados «poetas», insistiendo con sus ficciones, con sus canciones, con sus narrativas? Las cosas se hacen para ganar dinero, para ganar fama o para ganar influencia. Eso es lo que nos enseña el mundo anglosajón, lo que lleva enseñándonos desde hace siglos. Si la ficción no sirve para eso, su mera existencia carece de sentido. Y sin embargo… Sin embargo es posible, sólo posible, que albergue un sentido mayor del que inicialmente parece.

Podemos decir que la ficción es el único lugar donde tanto el autor como el lector/receptor es completamente libre. La libertad es una cosa resbaladiza, oscura, fluctuante, caprichosa. Suena muy bien. Libertad. Suena de la hostia. Tanto que muchos líderes neoliberales se han apropiado de esa palabra e incluso existe en el ideario y en la bandera de algunos países. La LIBERTAD. Un concepto grandioso, del que todos quieren apropiarse. Como el AMOR, como la FELICIDAD. La libertad. Pero en cuanto se intenta aprehenderlo, se disuelve como un azucarillo, o bien se convierte en otra cosa al intentar esgrimirlo. Justo en lo contrario: en represión, en odio, en esclavitud del pensamiento. Dicho de otra forma, eso de la libertad, en el mundo operatorio, el nuestro, en el que nacemos, sufrimos y un día nos morimos para siempre, tiene toda la pinta de un engaña-bobos. Además, ¿libertad para qué? ¿para hacer lo que nos dé la gana sin que nadie pueda pararnos? ¿Eso es la libertad? Suena más bien a otra cosa. Suena a caos, a egoísmo sin límites, a barbarie, a locura. Y se supone que la libertad es algo bueno, ¿no? Pero cuanto más crecemos, y más aprendemos, y sobre todo cuando conseguimos afilar nuestra mente hasta hacerla crítica, nos damos cuenta de que no somos libres y de que nunca lo seremos.

En el mundo operatorio, claro.

Pero hay otro mundo en el que sí podemos ser libres, y en el que esa libertad no significa que podamos hacer lo que nos dé la gana. Significa otra cosa mucho más importante y mucho más profunda. Y no es el mundo de los videojuegos, de una realidad virtual en la que puedes convertirte en la persona que tú quieras y vivir aventuras en apariencia sin límite. No. Es el mundo de la ficción, claro, ese que alguien ha construido para nosotros, tanto en Literatura como en Cine o Televisión, y en el que podemos ser libres porque el poder inmenso de la ficción consigue que en su seno las cosas signifiquen algo al convertirse en absolutos y al alcanzar una verdad que rara vez, o nunca, alcanza la vida real. Lo he dicho muchas veces: la ficción es el espejo perfecto de la realidad, la otra cara de una moneda, de una existencia operatoria que a poco que la examinemos carece de sentido. Pero hemos logrado, criaturas pensantes que jamás debieron existir en el mundo natural porque somos demasiado conscientes de nosotras mismas, hacer más soportable la vida gracias a la ficción, soportarnos a nosotros mismos, no ya entendernos, sino al menos conocernos. Es por eso que llevamos siglos leyendo y viendo historias representadas en el escenario o en la pantalla. Ansiamos, sin siquiera saberlo, otorgarle un estatus de verdad a nuestra vida, y eso sólo se consigue con la «frívola» ficción. Al vivir allí la vida de otros personajes, al experimentar en ellos sensaciones y eventos que en la vida real no adquieren un cariz de experiencia por estar amputadas e incompletas, somos más conscientes de nuestra propia realidad. No como evasión, por tanto, sino como complemento intelectual y anímico de nuestra propia vida. Somos más conscientes del amor (y del odio, por qué no) que podemos sentir, somos más conscientes de la muerte, somos más conscientes de la fugacidad de nuestra existencia. Eso es lo que nos hace libres.

¿Y los videojuegos? No han venido a complementar la realidad, sino a inventarse otra. No quieren sustituir al cine o la literatura, sino a la propia realidad. Es por eso que son un callejón sin salida posmoderno (uno más).

Sin ficción, la única ventana de libertad que poseemos se cerrará. Con lo cual seremos un poco más esclavos. Seremos definitivamente esclavos. La ficción siempre es libertaria, terrorista, peligrosa. Por eso quieren continuamente aherrojarla, prohibirla, ponerle cerco, sin conseguirlo nunca. Pero si en favor del posmodernismo, si en base a un futuro tecnológico de realidades virtuales e hiperrealismo, logran finalmente acabar con la ficción, aniquilarán una de las pocas cosas que valen la pena del ser humano, uno de los pocos actos altruistas y libres que ha construido en su historia, y no solamente será un esclavo, sino que no habrá nada por lo que merezca la pena vivir. Así de claro.

Estándar
ARTÍCULO, CÓMIC, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

Qué es narrativa (Literatura, Cine) y qué no es narrativa (videojuegos)

Más que buscarlo podría decir que el tema me busca a mí. Basta abrir la boca sobre narrativa en todo tipo de reuniones, debates o redes sociales, y ya me están asaltando norte, este, sur y oeste todo tipo de personas, de formación y oficios muy dispares, que enseguida comienzan a disparar ideas al respecto, a decirme que no tengo ni puta idea, o que no estoy de acuerdo o que esto o que lo otro, sobre todo con el dichoso tema de los videojuegos. Y yo, como no me dejo avasallar, pues siempre contesto y ya está el lío armado. Al menos hablo siempre desde el respeto, aunque algunos no lo merezcan mucho…

Vamos a ver lo que es narrativa y lo que no es narrativa. Pero no lo porque lo diga yo, sino porque las cosas son las que son y las que se llevan estudiando y desarrollando a lo largo de los tiempos. Esto no es un tema de opinión, tal como muchos parece que están empeñados en verlo, sino hechos. Veamos:

  1. La Narrativa es un género literario, esencialmente, en contraposición a la lírica o el teatro. Pero si salimos del ámbito de la Literatura, la narrativa es un texto en palabras o un relato hecho de imágenes y sonidos, que relata hechos ficticios protagonizados por uno o más personajes.
  2. Es decir que para que sea narrativa necesita de personajes y de un sustrato de ficción.
  3. Para que sea narrativa necesariamente ha de disponer de un narrador o punto de vista.
  4. La narración implica una obligatoriedad del paso del tiempo. Es decir: es un tiempo capturado, de A a Z, siendo A un momento material/psicológico determinado y Z otro momento material/psicológico completamente distinto al anterior.
  5. Necesita de un autor.
  6. Necesita de un público.

Así, a grosso modo, no parece muy complicado. Vamos a desgranar algunos de los conceptos aquí nombrados:

–La figura del narrador casi es la más importante, tanto en Literatura como en Cine (y series). Puede ser en primera persona, segunda o tercera. Puede ser omnisciente (lo conoce todo), equisciente (conoce algunas cosas), deficiente (conoce muy poco), poco fiable (miente), múltiple (son varias voces narrativas las que narran los hechos) y algunos tipos más… La construcción del narrador es esencial en una novela y también en una película. Se dice que la cámara es una suerte de narrador y es cierto, pero también podría decirse que un personaje hablando en off es narrador, o que al coger la cámara el punto de vista de un personaje se convierte en narrador, y todo eso es cierto. Todo esto para definir el crucial aspecto del punto de vista, que es el que moldea y perfila las obras narrativas hasta en sus más mínimos detalles.

–El concepto de ficción, que ha traído de cabeza a los más grandes pensadores de todos los tiempos. La ficción podría decirse que es, para no alargar mucho el tema, un tablero de juego con las reglas perfectamente cerradas sobre sí mismas, que no admiten ningún tipo de variación, alteración u omisión, porque además son parte de la estrategia narrativa, del tono poético y del estilo final de la novela o película. La ficción se erige así en una segunda realidad, que ha de ser tan coherente (con sus reglas internas) y tan verosímil como la propia realidad nuestra. Esto significa que la narrativa, como todo arte, tiene como objetivo final crear la vida con otras reglas, una vida tan vívida (valga la redundancia) como la nuestra, o puede que más, porque todo lo que aquí es relativo, en una ficción puede (y debe) ser absoluto. En otras palabras, la vida es un absoluto, la muerte es un absoluto, el amor, el odio, el deseo, la violencia, la historia.. y al confrontar esos absolutos con nuestra vida real podemos entender mejor qué necesitamos de ellos.

–Los personajes como definidores de una forma de pensamiento. La del creador, claro. Tanto en Cine como en Literatura. Los personajes son una extensión de la personalidad del autor, y por ello se convierten en las pistas más fiables (cuando hablamos de una ficción poderosa, claro) de sus intenciones y sus ideas. Son algo así como el camino de miguitas que nos lleva hasta la conclusión final. Y algo más, claro: lo que necesitamos para vernos reflejados en esa ficción. Los personajes han de estar tan vivos, ser tan creíbles y albergar una encarnadura tan real como una persona fuera de la pantalla o de las páginas de una novela. Y esto es uno de los aspectos más complicados del complejo arte de la narración. Se requiere de un narrador experto para conseguir que los personajes sean algo más que meras sombras o clichés andantes. Tanto es así que hay grandes narradores que no consiguen hacerlos realmente creíbles.

Ahora. ¿Por qué los videojuegos no son narrativa, o si lo son es una narrativa de muy pobre alcance?

Para certificar la existencia de un ser humano no basta con tener un 1% de su ADN. Tampoco un 50% o un 60%. Para ser realmente un ser humano es necesario tener el 100% del ADN humano. Con estas cosas ocurre lo mismo. Puedes tener un tanto por ciento de narrativa, pero no lo suficiente como para considerarte tal. Porque:

–Los juegos en vídeo, al permitir al jugador interaccionar, rompen el pacto ficcional, erosionan la ficción que se supone posee una narración, y crean otra cosa, no narrativa.

–El narrador es ahora el jugador (en teoría, que no en la práctica), que puede hacer o deshacer a su antojo.

–El personaje creado es ahora el jugador, que puede hacer que ese personaje actúe de forma diferente si él lo quiere.

Es evidente que en muchos juegos hay personajes, o intento de, se construye una ficción, o intento de, pero por su propia naturaleza, que es la naturaleza de los juegos, rompe la unidad imprescindible de una obra narrativa, a la que además se le exige una solidez, una fuerza interna, que por lo visto no se exige a los videojuegos, en los que prima sobre todo la libertad (una libertad de nuevo sólo aparente). Claro que muchos juegos cuentan historias, o pequeñas historias, pero contar una historia no es narrativa necesariamente. Para que los VJ fueran narrativa necesitarían que el jugador lo fuese, y que fuese el creador el que lo crease mientras lo juega, pero siempre desde la ficción. Esto es imposible, claro está, fuera de la Literatura y el Cine.

Y todo esto no son opiniones. No son ideas mías. El arte requiere de un pensamiento científico puro, que examine sus partes y establezca las diferencias. Ni una novela es una película, ni un cómic es una novela ni un videojuego es narrativa. Todo esto no es ideológico. No son preferencias. Es constatar las cosas como son.

En este mundo posmoderno, en el que el autor ha muerto (igual que Dios), en el que el arte puede ser hasta el modo de hacer la cama o lo que hace un tiktoker, que se considere a los videojuegos narrativa, o incluso arte, no es sorprendente. Pero la verdad cae por su propio peso. Si la ficción muere, la libertad personal muere con ella. Es para eso para lo que sirve la ficción, para hacernos libres en un mundo, en una existencia, en el que la libertad carece de sentido operatorio. No somos libres, ni podemos, ni debemos serlo. Salvo en la ficción. Y si no existe la ficción, ni la narrativa, sino una serie de eventos informáticos en tres dimensiones, mundos digitales en los que poder perdernos y aislarnos de la realidad, perderemos esa isla de libertad que es la verdadera ficción, la verdadera narrativa.

Y algunos no estamos dispuestos. Así de claro.

Estándar
ARTÍCULOS, CÓMIC, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

El narcisismo y el relativismo posmoderno: lacras de la crítica actual

Si yo lo entiendo, de veras que sí. Cuando uno es un chaval y empieza a emocionarse de manera obsesiva con ciertas obras de arte, o con algunas obras narrativas, pensamos que de alguna forma estamos conectados con esa obra… que de alguna forma nos pertenece. Es posible que esto sea algo universal. Tus películas y tus novelas y tus canciones favoritas no son de aquellos que las han escrito, filmado o construido de alguna manera. De eso nada: son tuyas. Hasta cierto punto es normal.

Lo que no es normal es que vayan pasando los años, vayas adquiriendo –supuestamente…– cierta experiencia, te de por escribir sobre películas, o novelas, o series, o canciones, de manera habitual y más o menos profesional, incluso cobrando algún dinero por ello, y sigas en las mismas, creyendo que de alguna forma esas obras o aspirantes a obras, se entienden a través de tu experiencia o de tu conexión con ellas, en lugar de intentar explicar lo que son en sí mismas, cuál es su naturaleza causal, cuál es la voz que inspiró su creación y cómo es que son de esa manera y no de otra. Es decir, llevando a cabo un análisis dialéctico de sus partes, en lugar de ponerte a especular sobre las razones por las que a ti, precisamente a ti en todo el mundo, esa pieza te gusta y esa otra de ahí no te gusta.

Es algo habitual, esa fórmula del «para mí, esto…», o «a mí esta obra me hace sentir…», o «a mí me emociona esto o aquello…». Narciso, en cualquiera de sus versiones mitológicas, fue un joven de una incomparable belleza, que un día se vio reflejado en un estanque, se enamoró de sí mismo y, absorto, cayó al agua y se ahogó. Es en ese mismo estanque, al que se ha venido a llamar posmodernismo, al que van a ahogarse intelectualmente un gran número de espectadores –yo diría que casi todos–, y una cantidad parecida de críticos de Cine, Literatura o Música. Todos ellos hacen lo mismo: hablar desde su situación, hablar de sí mismos que de la obra en sí. Hablar de sus gustos, de sus razones, de su forma de entender su relación con esta u otra película, con ese libro o aquel de más allá. Que si uno se durmió viendo tal película, que si la otra lloró leyendo tal novela. Y a partir de ahí construyen sus críticas, sus comentarios o sus disertaciones sobre la obra en cuestión.

Yo no me imagino a ningún fulano yendo al Panteón de Roma, o Panteón de Agripa, teniendo que escribir un ensayo sobre esta excelsa obra arquitectónica, y poniéndose a comentar si tal obra le aburre, si ese día tenía mucho sueño, o si no siente una especial conexión con ella. Mis profesores de la escuela de arte se habrían quedado bastante perplejos al respecto. Tampoco me imagino a mengana yendo al Museo Nacional del Prado, contemplando durante dos horas Las Meninas para escribir sobre ellas una investigación que tenga que ver… yo qué sé… con su influencia en la pintura holandesa ulterior, y poniéndose a hablar de que se ha emocionado porque la famosa luz que cae detrás de ellas le recuerda un día especial para él, o porque cuando por primera vez vio esta obra le causó una enorme nostalgia y eso hace que vea esta pintura con otros ojos. No tiene ningún sentido pero así sucede con las películas y las novelas.

¿Por qué sucede? No tengo ni idea. El caso es que sucede. Que le ocurra a gente que se pone a dejar paridas en filmaffinity, pues vale, lo puedo entender, pero que le ocurra a otros que van de entendidos, de expertos y de intelectuales por la vida, pues no. Les sucede, de hecho, incluso a grandes artistas –basta echar un vistazo a lo que han votado algunos para la dichosa lista del S&S–, y así es imposible avanzar. La única forma de hacer una crítica o un análisis valioso, es desprendernos de la obra en sí, desaparecer como sujeto operatorio, construir una mirada, una visión en torno a la obra carente de prejuicios, filias y fobias. Esto no va de nosotros, va de esa película o de esa novela. No va de nuestra infancia con ella, ni de lo que sentimos la primera vez que la vimos. Hace algún tiempo escribí un manual de cómo no ser un crítico literario o cinematográfico. Debería ponerlo todos los días en la sección de cartas al director de los periódicos o enviarlo a las revistas que suelo hojear, aunque nadie me hiciera caso.

Mientras sigamos pensando que las obras de arte son lo que a cada uno de nosotros le apetece que sean, en lugar de lo que son en sí mismas, mientras la crítica profesional, gran parte de ella, siga ensimismada en ella misma sin ser capaz de dar respuestas a los retos que les proponen las obras narrativas, no avanzaremos en ningún sentido. Todo será como en S&S: una retahíla de ocurrencias, un grimorio en el que no existe un consenso, una dialéctica, un argumentación ponderada. Y todo será igual de aburrido, de repetitivo, de escasamente enriquecedor, que es ahora mismo. Así de claro.

Estándar
ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

The Walking Dead: Durísima, irreprochable y magistral

Concluida ya la serie, después de trece años de emisión y once temporadas, en las que han tenido lugar ciento setenta y siete episodios, podemos echar un vistazo a lo que ha dado de sí esta producción de la AMC, creada por Frank Darabont sobre el cómic de Robert Kirkman, y que desde su nacimiento hasta ahora ha sufrido la incomprensión generalizada de buena parte de los espectadores, a pesar de tratarse de un fenómeno mundial como va a ser difícil que se repita durante tantos años seguidos.

Un camino muy largo, el de estos trece años (si contamos que comenzamos en octubre de 2010), pero que al mismo tiempo se hace muy corto, porque esto es una gran novela-río, si se permite el símil, en la que a una gran profundidad en los caracteres y en los conceptos se añade una intensidad pocas veces vista en las situaciones, conflictos y acontecimientos que jalonan la trama, que hacen absurda esa acusación de ser una serie «en la que no ocurre nada» –acusación que suele hacerse a todo tipo de series para demostrar que no se es muy proclive a lo que en ellas se cuenta–, y que son la mayor prueba de que nos hallamos ante un inmenso esfuerzo narrativo y conceptual, que no puede ser despachado en cuatro o cinco líneas, sino que exige del espectador cualificado que quiera hablar de ella algo más que una mirada superficial. ‘The Walking Dead’ es cualquier cosa menos algo superficial, y esa es una de las razones que impiden una mayor unanimidad en torno a su legado.

Las tinieblas de un mundo aterrador

No existe ninguna serie, en toda la historia de la televisión, que haya planteado un universo tan siniestro, aplastante y descorazonador como esta. Así mismo, no existe probablemente una criatura al mismo tiempo tan terrorífica como el zombi (palabra por cierto que no se nombra en ningún capítulo, así como en ningún número del cómic) y tan poderosa a la hora de erigirse en metáfora de la muerte, de la pérdida, de la devastación emocional. El zombi en Romero, su verdadero creador, pues fue él quien impuso las reglas del juego, es una criatura que afecta a nuestra psique, que como las momias de Egipto nos recuerdan el miedo atávico a la muerte y la capacidad del ser humano para el mal. Pero el Zombi de Darabont, de Nicotero y del equipo creativo de esta serie realmente colectiva, es algo más: es un estado emocional, es un itinerario anímico desde la falsa seguridad del mundo moderno hasta las oscuridades de una existencia al límite.

El problema principal de esta serie irrepetible consiste, sencillamente, en que la gente no sabe qué hacer con ella. ‘The Walking Dead’ se negó, desde un principio, a convertirse en una serie-espectáculo, en un parque de atracciones de horror. Es mucho más que eso. Se negó también, para escarnio de sus seguidores, a ser una mera copia del cómic. Muy al contrario, se propuso crear una ficción mucho más rugosa, mucho más a ras de suelo, en la que no hubiera componendas ni paños calientes de ninguna clase, en la que sus supervivientes no tuvieran el mínimo descanso, no ya físico, sino emocional, y en la que la racionalidad absoluta –siempre teniendo en cuenta la imposibilidad de una infestación de muertos vivientes…– presidiera la puesta en escena hasta en sus últimas consecuencias. De todas las series del canon que he construido, que espero que vea luz más pronto que tarde, es la que posee un sistema narrativo más complejo y de las pocas que lleva este sistema narrativo hasta el final sin traicionarse jamás, lo que irónicamente puede que haya terminado por despistar a algunos y por causar rechazo a otro buen número de espectadores.

Porque si bien ‘The Sopranos’, ‘The Wire’, ‘Deadwood’ o ‘House’ nos pintan un mundo de cualquier color menos de rosa, ninguna de ellas, pese a su innegable grandeza, ha perfilado un universo tan pesimista y tan global, tan definitivo. Después de ‘TWD’ cualquier ficción apocalíptica corre un riesgo enorme de caer en la parodia.

Dialéctica de los géneros

Escribiré más, en cuanto tenga ocasión y pueda ordenar el torrente de ideas y sensaciones que deja esta serie arrolladora, sobre los componentes narrativos que la conforman y las ideas conceptuales que la elevan muy por encima de la media incluso de un momento de grandes series como el que llevamos dos décadas y pico disfrutando. Pero baste por ahora decir que ‘TWD’ es una fusión perfecta entre terror, acción y western, con algunas gotas de sci-fi, con otras gotas de fantasía oscura, y todo ello gobernado por un sólo impulso: hablar de la pérdida como la emoción más devastadora y definitiva que puede experimentar el ser humano. Toda la serie está construida alrededor de esta idea. Hay otras por supuesto que poner en consideración, tales como la pertenencia al grupo, la fina línea moral que separa el supuesto bien de las decisiones de uno contra el supuesto mal de las decisiones del rival, un ensayo profundo sobre el sacrificio no tanto como acto hacia uno mismo sino más bien como acto hacia lo colectivo, una profunda relectura de las múltiples razones para poner en tela de jucio la construcción de una democracia participativa… y muchas otras, porque esta serie, como las obras maestras del Cine o la Literatura, es filosofía pura antes que acción…

Pero, insisto: en acción, terror y suspense, no existe una serie que pueda acercarse a ella. ‘The Sopranos’ es una excelsa relectura de los códigos de la tragedia y la comedia negra, fundidos en una sola cosa. ‘The Wire’ es una reconstrucción de los códigos del género negro y del policiaco, para crear un reportaje novelístico, si tal expresión puede emplearse. ‘Deadwood’ es una deconstrucción de las razones del western, para condensarlo en una mirada honesta sobre unos hechos velados por la historia. ‘House’ es un estudio psicológico sobre las razones de un hombre para aislarse del mundo entero, sin perder su humanidad. Y ‘The Walking Dead’ es una ficción que hace uso de los marcos genéricos –el terror, el western– no para enaltecerlos, subvertirlos o deconstruirlos, sino como herramientas propicias para contar un apocalipsis más interno que externo, más íntimo que espectacular.

Algunos sabemos que pasarán pocos años antes de empezar a ver esta serie con otros ojos, para empezar a valorarla como una de las grandes de la historia. Aunque para empezar hay que verla entera, desde el principio, hasta el final… por lo que probablemente habrá que ver las tres miniseries que se están preparando para el año que viene, que van a significar el verdadero final de esta saga que, le pese a quien le pese, es ya Historia con mayúsculas de la televisión.

Estándar
CINE, TELEVISIÓN

¿A quién le importa Sight & Sound?

Llevamos décadas igual. Resulta que un grupo de personas, sean estas personas quienes sean, se reúnen, o votan, o deciden algo, y el resto de la población, como corderitos, muy atentos a lo que les dicen estas personas, como si fueran prácticamente las tablas de la ley firmadas por Dios. Y siempre de fuera, eh, nunca de España o países hispanohablantes. Jamás. Aquí somos todos idiotas, zafios e ignorantes. Los que saben son los suecos y los anglosajones. Por eso cada vez que la Academia de Estocolmo dicta el Nobel todos los periódicos del mundo se hacen eco de la noticia, y cada vez que la revista Sight & Sound saca su dichosa lista de las 100 mejores películas de todos los tiempos, toda la plebe, cinéfilos curtidos incluidos, da por bueno aquello como si fuera una constatación de un hecho, o bien como una señal de que hay que cambiar de opinión a la de tres.

Menos mal que es una vez cada 10 años…

Pues sí. 2022. La revista ha llamado a cuatrocientos y pico individuos/as y han decidido que la mejor realización de todos los tiempos es esa magnífica película de Chantal Akerman ‘Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles’, de 1975. Y ya está, y se ha acabado. ¿En base a qué? Pues a que unos señores muy listos, la mayoría directores de cine aclamados, han votado. Quince títulos cada uno. Y de esa votación tan democrática ha salido triunfadora por primera vez, fíjate qué casualidad, un filme dirigido por una mujer. Seguro que no tiene nada que ver con los tiempos inclusivos y absurdos y desquiciados que vivimos. Seguro que tiene que ver con los méritos del filme de Akerman, o con la filmografía de Akerman. Fijo que sí.

Yo creo que no, pero bueno. La han elegido a ella. Y ya están los puristas (clasistas con conocimientos) más contentos que unas pascuas por esta chorrada de votación (por mucho que en ella haya participado gente como Martin Scorsese y un montón de cineastas de primera magnitud), ya que se ha elegido a la autora marginal, rigurosa y exquisita del mundo, que además hizo películas «feministas» (vete tú a saber qué diablos es eso), y era una artista de esas que a los afrancesados y a los que necesitan que el Cine sea algo para elitistas tanto les gusta. Pero las cosas se desmontan muy fáciles. Ese es el problema. Que cuando te pones a hacer votaciones entre demasiada gente de pensamientos y sensibilidades tan dispares, a poco que lo intentes, el criterio se desmorona como un castillo de naipes. Porque Akerman, que era sin duda una buena directora, no filmó nunca, en toda su corta vida nada ni remotamente cercano a cualquier obra maestra de Ingmar Bergman, por ejemplo. Y no me estoy refiriendo a la manida ‘El séptimo sello’ (1956), sino a ‘Fresas salvajes’ (1957), ‘Como en un espejo’ (1961), ‘Los comulgantes’ (1962), ‘Persona’ (1966), ‘Gritos y susurros’ (1972), ‘Secretos de un matrimonio’ (1974), ‘De la vida de las marionetas’ (1980), ‘Fanny y Alexander’ (1982)… El cine de Akerman, pétreo, ensimismado en sí mismo, sin duda profundo, sugerente y valiente, no puede competir, sencillamente, con el de grandes maestros como Bergman.

El sueco, por cierto, no está entre los diez primeros títulos. Tampoco está Buñuel. Akerman jamás soñó con hacer algo tan transgresor, definitivo y salvaje como ‘Viridiana’ (1961), ‘El ángel exterminador’ (1962) o ‘Simón del desierto’ (1965). Su ‘Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles’ queda en nada al lado de la filmografía de Akira Kurosawa, porque la belleza, la fuerza expresiva, el sentido trágico, apocalíptico casi, de Kurosawa, le queda muy grande. Por no poder, no puede competir con la importancia histórica, la inventiva visual, de otra mujer, la colosal Leni Riefenstahl, quien por cierto no está ni entre las cien mejores, lo que son las cosas… Si se trataba de votar a alguien francés, podían haberlo hecho con Robert Bresson, un tipo mucho más valiente que ella, que no tiene una película hasta el puesto veinticinco. Y si se trataba de votar a alguien raro, difícil, radicalmente anti-comercial, se podía haber votado a Andrei Tarkovski, que no tiene una película hasta el puesto treinta y uno…

En fin. Si miramos a las 10 primeras, la cosa tiene para volver a pensarse eso de mandar la carta de votación a quinientas personas en 2032… De las diez primeras cinco son estadounidenses: ‘Vertigo’, ‘Citizen Kane’, ‘2001: Una odisea del espacio’, ‘Mulholland Drive’ y ‘Cantando bajo la lluvia’. Si esas son las mejores estadounidenses ya podemos cerrar el kiosco. También hay dos francesas (tres, si contamos la co-producción de ‘Mulholland Drive’), una japonesa, una hongkongnesa y una rusa. La de Dziga Vertov puede ser, probablemente, la mejor decisión de todas. La de Wong Kar Wai es defendible, aunque no entre las diez primeras de toda la historia del cine. ‘Cuentos de Tokyo’ es muy bella y podría estar aquí sin mucho problema, si bien Mizoguchi (que está en puestos altísimos, el 75 y el 90…) alcanzó cotas de lirismo y belleza muchos creemos superiores a los de Ozu. Pero volvamos a las americanas: ‘Blue Velvet’, ‘Wild at Heart’, ‘Lost Highway’ o ‘The Straight Story’ son netamente superiores a ‘Mulholland Drive’. Si la cosa era poner al genio de Lynch tan arriba, al menos habría que hacerlo con sentido común. Y luego, seamos serios: ni ‘Vertigo’, ni ‘2001’, ni siquiera ‘Citizen Kane’ (que no es la más gigante de Welles, aunque sí quizá la más famosa), tienen nada que hacer con ‘El padrino’, la trilogía, de la que aquí solamente incluyen la primera parte, ni con ‘Apocalypse Now’. ¿Pero cómo se puede tomar en serio una lista que no incluye ‘El padrino, parte II’, ni entre las 100 primeras. De locos.

A Terrence Malick, por cierto, ni se le ve ni se le espera. Ya está Ford para sustituirle, claro que sí. Pero no con sus dos mejores películas, ‘Las uvas de la ira’ y ‘Qué verde era mi valle’, sino con la sempiterna y torpe y falsa ‘Centauros del desierto’. De vergüenza.

Un verdadero aburrimiento.

Pero es que además yo creo que la cosa está tan clara. Si es que no es cuestión de gustos, sino de saber lo que hay. Al final, tengo la sensación de que todos estaríamos de acuerdo si no nos dejáramos llevar por el gusto, sino por la pasión de lo verdaderamente grande. Todo lo demás son chorradas. Akerman no cabe ni entre los 100 primeros de todos los tiempos. Y Spike Lee y Claire Denis tampoco. Veo que en la lista están títulos que ya invitan al bochorno, como ‘Get Out’, ‘Tropical Malady’ o ‘Once Upon a Time in the West’. Antes que ‘The Godfather, Part II’ o que ‘The New World’. Esto de hacer el ridículo es un deporte sin fronteras. Ninguna lista de esta características que no incluya entre los diez o quince primeros a Bergman, Buñuel, Bresson, Coppola, Mizoguchi, Welles, Tarkovski, Kurosawa, Antonioni, Dreyer, Keaton, el ‘Shoah’ de Lanzmann, el ‘Amanecer’ de Murnau, a Riefenstahl como la primera directora, a Miyazaki como el grande de animación, y a pocos más, es una estupidez de lista, una lista de ocurrencias de gente famosa. Así de claro. La votación no debería ser de otros directores u obras, solamente de la importancia de cada uno de ellos según la época.

Todo lo demás es digno de esa revista tan estupenda que en realidad nadie lee llamada ‘Sight & Sound’.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

El artista crea la vida, no la imita

En esta suerte de teoría sobre el Arte en general, y sobre la Narrativa en particular, que me estoy construyendo día a día en mi página (y en todo lo que escribo), subyace una idea o necesidad principal: contestar a la eterna pregunta de qué es el arte y para qué sirve, quimera a la que tantas mentes se han enfrentado a lo largo de la historia y a la que sólo unas pocas han encontrado cierto sentido en cada una de las épocas. Y aunque se encuentren algunas respuestas, siempre serán más poderosas e insondables las preguntas…

Sea como fuere, seguimos en ello. Yo, particularmente, tengo en más estima a unos pensadores que a otros, y así prefiero quedarme con Andrei Tarkovski, con Longino, con Cervantes o con Tolstoi (pues todos ellos, siquiera someramente a través de sus obras de ficción, dejaron por escrito sus ideas) antes que pensadores anglosajones (aunque algunos valiosos hay). Pero eso son afinidades electivas. Lo importante es aportar algo personal, algo que de verdad te distinga del marasmo de ideas y de conceptos que hoy en día puedes encontrar nada más entrar en una librería o de abrir las redes sociales y leer al personal.

Creo, sinceramente, que tanto la pintura, como la escultura, así como las artes más eminentemente narrativas, participan de un mismo concepto unificador: el de crear la vida, y a partir de ella dar una idea de verdad. Como mi especialidad son las artes narrativas, y más concretamente el Cine y la Literatura, sin olvidarnos de ese epígono del cinematógrafo que es la televisión, debo centrarme en ellas, pero las tres parten de la pintura y la escultura de manera inequívoca, a pesar de que podríamos decir que en la consideración de las bellas artes, el cine viaja un poco como polizón. Pero como durante siglos, empezando por los griegos, se han dicho tantas cosas sobre el Arte, y se siguen repitiendo ideas obsoletas como que el arte imita la vida, deberíamos poner ya una pequeña piedra que zanje algunos aspectos de una vez y para siempre.

Cuando Michelangelo Buonarrotti dio su último golpe de martillo y cincel a su obra maestra El Moisés, esa colosal escultura de mármol blanco que hoy día se puede ver en la Basílica de San Pedro Encadenado, en Roma, originalmente concebida para la tumba del papa Julio II, dicen que el artista gritó: «¡Habla!». Yo creo que por ahí van los tiros, y esos tiros son muy diferentes a los que promulgan todos esos que dicen que el arte imita la vida. También decían los aristotélicos que el Arte queda separado de la naturaleza por su misma esencia, como si algo creado por el hombre, que es parte de la naturaleza, pudiera estar separado de ella realmente… El Arte, en gran medida, existió como una prolongación del poder de los estados y para glorificar una idea religiosa o espiritual. Sin embargo, resulta paradójico que la misma actividad artística nos ponga en una situación muy cerca a dios o los dioses que puedan existir, pues el artista, en última instancia, se convierte en creador absoluto, en la entidad que insufla de vida, la obra que firma, como si fuera uno de sus hijos, y de paso poniéndose en igualdad de condiciones que las deidades que se quería glorificar.

El Arte, para ser tal, ha de crear la vida dentro de los márgenes de la ficción. Cuando Michelangelo creó el Moisés, o el David, se valió de las coartadas pictóricas de su tiempo para extraer la figura de un marco de ficción que bien podría ser un cuadro. En otras palabras: le dotan de existencia operatoria fuera de una obra pictórica sin dejar de emplear las mismas leyes. Y cuando sirviéndose de la tecnología actual, un cineasta pone en movimiento esa figura escultórica dentro de unos márgenes de ficción re-definidos, puede crear arte en el cine. Pero para ello, creo yo, no ha de perder de vista que para el espectador/receptor la «conditio sine qua non» es que resulte imposible ver, percibir, la mano del creador. En otras palabras: que aquello que ven o contemplan bajo ningún concepto albergue una nota falsa o algo que no sea verdadero dentro de su sistema narrativo. Si consigues tal cosa, has llevado a cabo una Obra de Arte, y sino (como tantísimas películas y novelas) sólo me has contado un hatajo de mentiras a lo mejor muy bien perpetradas.

Cuando miramos el Moisés nos parece increíble, casi imposible, que un ser humano lo haya creado valiéndose de unas herramientas técnicas, igual que cuando contemplamos Las meninas o vemos ‘Ran’, de Akira Kurosawa. Otros pueden quedarse con lo mucho o lo poco que les gusta la historia que les cuentan, o el trasfondo, o el contexto conceptual que le presentan. La labor del crítico no es valorar una historia, algo por otra parte bastante fútil (¿valoramos acaso las astracanadas religiosas que dan lugar a las imágenes de los santos?), sino la técnica, el estilo, del autor, y cómo ha sido posible, qué viento creativo le ha movido a hacer tal cosa, y para qué. Da igual Escultura, Pintura, Literatura o Cine (si es que el Cine es un Arte, que muchas veces lo dudo mucho). El máximo objetivo del artista es crear la vida con aquellas herramientas y dentro de la disciplina que le haya elegido. No la vida real, por cierto, no un remedo de lo que tenemos en nuestra realidad. Sino una vida según sus propias reglas. Si el Moisés se levantara y hablara no sería una persona como las demás, sino una de tres metros, hecha de mármol, según las leyes creadas para él por el escultor que le dio la vida.

Lo dice Tarkovski al final de su imprescindible ‘Esculpir en el tiempo’: con el arte se demuestra que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios… por lo menos del Dios que nosotros mismos hemos creado. El Arte es algo vivo que se ha creado sin que puedas descubrir sus mimbres, las cuerdas que mueven sus criaturas. Se enmascara a sí mismo, a la técnica, de tal forma que se separa de la artesanía. Y a eso pueden acceder algunos medios, y otros por desgracia. Pero el artista lo que quiere es crear la vida, una vida muy diferente a la que conoce, según las reglas que él impone. Otros lo que quieren es epatar al espectador/receptor o ganar dinero con cuentos de indios.

Estas son mis ideas más sinceras sobre el tema.

Estándar