ARTÍCULOS, CRÍTICA, TELEVISIÓN

‘The Northman’ no tiene nada que hacer con ‘Vikings’

Estos días está teniendo lugar en Twitter lo que yo llamo una sacralización y la construcción de un culto. Creíamos que eso era cosa de tiempos remotos, de épocas olvidadas eones atrás, en las que una panda de fanáticos se ponía a adorar, por ejemplo, una roca tallada hasta convertirla en un objeto sagrado. Pero sigue sucediendo en la actualidad. Que el Cine, además de otras cosas, es una religión, lo tengo claro hace mucho tiempo, y que la gente es una flipada (a falta de una palabra mejor) también. A veces, sin embargo, todavía logran sorprenderme.

Con motivo del estreno de ‘The Northman’, tercera realización del estadounidense Robert Eggers, y de los discretos resultados en taquilla que está teniendo, la gente en Twitter se está lanzando a ponerla por las nubes, a considerar que esto es el fin de los tiempos porque las películas de Marvel ha acabado con el Cine tal y como lo conocíamos (de ahí el fracaso comercial de esta cinta), a poner a Eggers como un clásico moderno, un Prometeo crucificado por el anticine, y a la película como una obra de arte monumental a la que si dieran una oportunidad salvaría al cine de la mediocridad absoluta y al necio espectador actual de su ignorancia supina en estos asuntos. ¿Cree el lector que exagero? Ni por un segundo. Leo en Twitter que a uno ‘The Northman’ le hizo enamorarse del cine otra vez, a otro que esto es «absolute cinema», a otro que es la mejor película de lo que llevamos de año (de paso le pone un 10), otro más que es la primera épica vikinga en toda la historia del cine (…)… y la cosa sigue. Que es portentosa, que es «un diamante que brilla de manera espectacular», la mejor de la década, la mejor recreación que se ha visto de la época vikinga, Skarsgård y Kidman «brutales»… ¿No me creen? Pongan The Northman en el buscador de Twitter y lean los tweets más destacados. Ahí los tienen todos. Resulta que estamos ante un acontecimiento artístico de relevancia histórica.

Pero luego vas a ver la película, y no.

Ni es una obra monumental, ni te reconcilia con el cine, ni la mejor de la década, ni es ni mucho menos la mejor recreación de la época vikinga, ni es tan salvaje y brutal y tremenda como aseguran tantas voces. A veces me pregunto hasta qué punto la gente necesita ver una «obra maestra» en cualquier parte, necesita encontrar motivos para ir al cine y está deseando soltar epítetos exultativos, grandiosos, terminando por inflar globos que a lo mejor no están del todo mal, como es el caso, pero que de ningún modo podemos calificar como gran cine.

Y es que no: ni estamos ante una gran historia –por mucho que digan que es el relato o la leyenda en la que se basó Shakespeare para escribir Hamlet–, ni Skarsgård ni Kidman están enormes, ni la dirección de Eggers es magistral, ni este es un cine capaz de convencer a los cinéfilos más exigentes, ni estamos ante una obra contemporánea monumental. La cosa es más bien diferente, y por mucho que se repita lo contrario no va a ser verdad. ‘The Northman’ es un filme que en cada plano quiere convencerte a gritos (nunca mejor dicho, hay que ver lo que grita todo el mundo en esta película…) de lo grande que es, de lo genial que es, y sin embargo está narrada de manera bastante ortopédica e irregular, con una construcción deficiente en lo que se refiere al itinerario de este guerrero, Amleth, que por supuesto quiere vengarse del asesinato de su padre y recuperar su reino y todo eso. Las cosas suceden aquí porque sí (el encuentro con la bruja en el campamento arrasado, la amistad y posterior enamoramiento con el personaje de Anya Taylor-Joy que no te crees jamás, el encuentro con el segundo brujo al que Amleth encuentra…¡con ayuda de un animal salvaje!, el combate final lidiando con la lava de un volcán…) no porque estén narradas o sucedan de manera orgánica.

Todo resulta teatral y forzado, tremendamente artificioso. Está claro que lo que Eggers perseguía (entre otras cosas…) era crear una sensación de extrañamiento en el espectador, de estar en otra época, en otro mundo casi. Pero eso no se consigue con diálogos teatrales ni una dirección de actores tan plana y tan poco creíble. Los relatos de otras épocas, por muy lejanas y diferentes que sean a la nuestra, han de tener el vínculo de que a fin de cuentas seguimos siendo la misma especie, con las mismas pasiones y los mismos defectos y virtudes que entonces. Si viajáramos con una máquina del tiempo a la Noruega del siglo IX y filmáramos un reportaje, no entenderíamos nada ni sería algo narrativamente interesante. No es el objetivo de un narrador hacer un reportaje histórico, sino hacer una ficción basada en unos personajes y en un mundo antiguo. Y a Eggers no le sale porque ni él mismo se lo cree. Secuencias como la iniciación del muchacho ante el brujo interpretado por Dafoe queda ridícula, y otras como el baile sensual de los amantes o la preparación de los «osos» antes del combate, dan vergüenza ajena. Skarsgård lo intenta con tanta pasión como el propio Eggers (no en vano son los productores de la cinta, ejem…), pero no consigue dotar a su personaje de carisma, ni de fuerza expresiva, ni de mística, ni de prácticamente nada. Sólo es una bestia asesina que quiere vengarse y que funciona a impulsos. Hawke y Kidman están directamente espantosos: jamás te los crees como reyes vikingos, y el giro final del personaje de ella es directamente ignominioso, con risa malvada incluida…

Amigo lector de estas líneas, probable usuario de Twitter que has escrito alabanzas exageradísimas sobre esta película…te voy a contar algo: Eggers ha visto la serie ‘Vikings’, creada por Michael Hirst y emitida entre 2013 y 2020… y tú no la has visto. Así de sencillo. Y aún más: Skarsgård ha visto muchas veces ‘Vikings’, entre otras cosas porque su hermano Gustaf interpretaba allí al inolvidable personaje Floki, el constructor de barcos y uno de los caracteres más extraordinarios del Canon de las series. Alexander la ha visto y se ha dicho: «si mi hermano ha hecho algo tan portentoso, yo también puedo, ¡hagamos una película sobre vikingos!». Y Eggers se ha subido al carro, diciéndose: «¡voy a hacer la película definitiva sobre vikingos!». Pero una cosa es querer y otra es poder. Y aunque creo que Eggers (ya lo dije en su momento en cierto artículo…) es uno de los directores jovenes más prometedores del panorama USA, en este caso ha hecho una película excesivamente autocomplaciente, pétrea, roma, que bajo ningún concepto puede considerarse una gran obra, que por supuesto aprovecha muy bien los parajes de Islandia (¿cómo no hacerlo con esa maravilla de entorno natural?) y que está bien pertrechado con herramientas de realización más que suficientes para armar un espectáculo solvente, pero al que todavía le falta arriesgar mucho y crecer mucho como artista para poder siquiera considerarle un gran cineasta.

¿Es consciente la gente lo difícil que es crear una obra maestra o un filme magistral? A tenor de la gran cantidad de bobadas que leo en Twitter me parece a mí que no. Una obra excepcional fue ‘Vikings’, la serie ya mencionada de Michael Hirst. Eso sí fue la creación cinematográfica (porque es cine, seriado, pero cine) definitiva sobre el mundo vikingo y una verdadera maravilla en todos los sentidos, con personajes monstruosos y salvajes y memorables como Floki, Ragnar, Lagertha, Ivar, Rollo, Athelstan, Torvi, Ecbert… personajes que estaban totalmente vivos, en los que no había ni el menor fingimiento o teatralidad, que a pesar de que conseguían provocarnos extrañamiento eran también cercanos a nosotros, en una aventura perfecta, en la que las cosas no sucedían porque sí, sino que se iban construyendo, se iban narrando, no como en un videojuego parecido a ‘The Northman’ en el que el personaje va encontrándose cosas y superando adversarios o pruebas, sino como una verdadera ficción en la que se plantea una segunda realidad, con tanto bulto, consistencia y persuasión como nuestra realidad.

Skarsgård ya consiguió un gran trabajo, que queda para la historia, en la infravalorada serie ‘True Blood’, en la que daba vida a Eric (quien por cierto se apellidaba irónicamente Northman), de origen vikingo y apasionante historia, y uno de los personajes más fascinantes de la ficción de Alan Ball. No necesita de vehículos de lucimiento como este, tan discutibles, para estar en el candelero, sino de personajes tan memorables como aquel, porque tiene talento de sobra. Lo mismo que Eggers, del que sigo pensando que es un director más que interesante, siempre que no siga dejándose convencer por las sirenas del divismo y no continúe dándose tantas facilidades a sí mismo.

Y en cuanto a la gente que tantas exageraciones escribe en Twitter… hay que ver más cine, pero también hay que leer y ver muchas más series. Y sobre todo hay que tener un pensamiento más crítico y un poco más de sentido común.

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La angustia de no volver a verte

Los libros, las películas, las series, los discos musicales… son mis amigos. Tal cual. Es decir, tengo verdaderos amigos, no está el inopinado lector ante las líneas de un misántropo incurable. Todavía me da por socializar, y todavía tengo la suerte de tener buenos amigos… de los que te sacan de un buen apuro, de los que te aguantan, de los que te dejan ser tal cual eres sin exigirte nada a cambio. Tengo buenos amigos a los que conozco hace no mucho con los que me pongo a hacer podcast, y tengo amigos a los que conozco hace más de una década, y algunos hace casi dos décadas, que siguen siendo los mismos de siempre y que siguen, por alguna razón, aguantándome. Es decir que en el aspecto humano no me puedo quejar. Y si me quejara sería imbécil.

Pero tengo otra clase de amigos. Son los libros, las películas, las series, los discos musicales, de mi vida. Y son legión, y cada vez más. A los otros amigos, los humanos, les veo siempre que puedo, o charlo con ellos. A esta legión de amigos hechos de imágenes, de papel o de sonidos, que siempre están ahí en las noches de insomnio, en las horas arduas de creatividad insaciable, no vuelvo a verles tan a menudo. No podría hacerlo ni aunque dispusiera de todo el tiempo del mundo. Y es lo que me gustaría: volver a verles en cadena, uno tras otro, sin hacer ninguna otra cosa a lo largo de todo el día. A los amigos de carne y hueso un día les perderé… por estupidez, por torpeza o por la muerte que nos espera a todos. Pero a estos también les perderé. Un día uno de ellos o varios o muchos se estropearán o se romperán o se perderán y no podré volver a encontrarlos así de la vuelta al mundo, o un día no tendré ya buena vista ni oído para poder leerlos, escucharlos o verlos. Estarán ahí para otras personas que tengan el buen gusto de ponerse con ellos, pero no estarán ahí para mí.

Porque de alguna manera creemos que esas películas, que esos libros… son nuestros. Pero no nuestros porque los tengamos en formato físico y los hayamos comprado con nuestro dinero, sino por la conexión profunda que tenemos con ellos. Creemos, o queremos creer, que son más nuestros que los autores que las crearon, y en algún sentido es así. Y cuando alguien coincide en aquello que amamos nos sentimos absurdamente celosos. ¿Cómo es que a ti también te fascina ‘Mientras agonizo’, o el ‘Persiles’, o ‘The Sopranos’, o ‘Deadwood’? Fingimos alegrarnos por haber encontrado a alguien que sepa compartir nuestras pasiones, pero en el fondo algo nos duele por dentro, una neurosis infantil, porque eso que acaba de nombrar la persona que tienes delante ES TUYO. Y de nadie más. Tú lo comprendes y lo amas y lo llevas mucho más adentro que cualquier otra persona. Es absolutamente ridículo, pero es así. Es la clásica respuesta a la pregunta de qué te llevarías a una isla desierta.

Y yo tengo muchas cosas que son mías y de nadie más. Y no me satisface simplemente que vivan dentro de mí. Quiero verlas una y otra vez, leerlas una y otra vez, escucharlas sin cesar, poniéndome en graves apuros por el hecho de que también es necesario (obligatorio, diría yo) conocer cosas nuevas, nuevos horizontes, nuevos autores. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo invertir un mes de mi vida en conocer cosas cuyo valor es muy improbable, antes de dedicar esas cuatro semanas a volver a ver, a leer, a escuchar todo aquello que me ha acompañado y que ha vivido en mí durante tantísimo tiempo? Es angustia, tal cual: la de no volver a ver ciertas cosas, a leerlas, nunca más, cuando lo que quisieras es incluso leerlas o verlas o escucharlas mientras duermes. ¿Y cuáles son esas cosas? Pues hagamos una lista que, me temo ya desde antes de poner el primer título, va a resultar incompleta:

Literatura

El Quijote (dos partes), de Miguel de Cervantes
Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional,
 de Miguel de Cervantes
Novelas ejemplares
, de Miguel de Cervantes
El sitio de Numancia
, de Miguel de Cervantes
8 comedias y 8 entremeses
, de Miguel de Cervantes
El Parnaso español
, de Francisco de Quevedo
La divina comedia
, de Dante Alighieri
Crimen y castigo
, de Fiodor Dostoyevski
Guerra y paz
, de Lev Tolstoi
Moby Dick
, de Herman Melville
Rojo y negro
, de Stendhal
Frankenstein o el moderno Prometeo
, de Mary Shelley
Relatos completos
, de Edgar Allan Poe
Dracula
, de Bram Stoker
De profundis
, de Oscar Wilde
Ulysses
, de James Joyce
La montaña mágica
, de Thomas Mann
The Sound and the Fury
, de William Faulkner
As I Lay Dying
, de William Faulkner
Light in August
, de William Faulkner
Sanctuary
, de William Faulkner
Absalom, Absalom!
, de William Faulkner
The Wild Palms
, de William Faulkner
The Hamlet
, de William Faulkner
Relatos completos
, de William Faulkner
La muerte de Virgilio
, de Hermann Broch
La saga/fuga de JB
, de Gonzalo Torrente Ballester
Blood Meridian
, de Cormac McCarthy

Cine

The Godfather (trilogía), de Francis Ford Coppola
Apocalypse Now,
 de Francis Ford Coppola
The Conversation
, de Francis Ford Coppola
Rumble Fish
, de Francis Ford Coppola
The Cotton Club
, de Francis Ford Coppola
Bram Stoker’s Dracula
, de Francis Ford Coppola
Goodfellas
, de Martin Scorsese
The Thin Red Line
, de Terrence Malick
The New World
, de Terrence Malick
Blue Velvet
, de David Lynch
The Lost Highway
, de David Lynch
The Straight Story
, de David Lynch
Chimes at Midnight
, de Orson Welles
F for Fake
, de Orson Welles
The Terminator
, de James Cameron
Aliens
, de James Cameron
Terminator 2: Judgment Day
, de James Cameron
Titanic
, de James Cameron
The Thing
, de John Carpenter
Mad Max: Fury Road
, de George Miller
Mud
, de Jeff Nichols
Manchester by the Sea
, de Kenneth Lonergan
The Girl with the Dragon Tattoo
, de David Fincher
La vie d’Adèle
, de Abdellatif Kechiche
El espejo
, de Andrei Tarkovski
Stalker
, de Andrei Tarkovski
Nostalgia
, de Andrei Tarkovski
Sacrificio
, de Andrei Tarkovski
Amarcord
, de Federico Fellini
La noche
, de Michelangelo Antonioni
La aventura
, de Michelangelo Antonioni
Breaking the Waves
, de Lars Von Trier
Dancer in the Dark
, de Lars Von Trier
Melancolía
, de Lars Von Trier

Series

The Walking Dead
The Sopranos
 
The Wire 
Deadwood
 
House M.D.
 

Música

The Black Album (Metallica), Metallica
Use Your Illusion I & II,
 Guns N’ Roses
Back in Black
, AC/DC
Ultra,
 Depeche Mode
Agila,
 Extremoduro
Yo, minoría absoluta,
 Extremoduro
La ley innata,
 Extremoduro
Material defectuoso,
 Extremoduro
Kind of Blue,
 John Coltrane
Mezzanine,
 Massive Attack
Dummy,
Portishead
Variaciones Goldberg (1981),
 Glenn Gould
La pasión según San Mateo,
 Bach
Réquiem,
 Mozart
Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55,
 Beethoven
Pastoral,
 Beethoven
Coral,
 Beethoven
Quasi una fantasia,
 Beethoven

Cómic

Groo, de Sergio Aragonés
Superlópez,
de Jan
Conan & Belit,
de John Buscema, Ernie Chan y Roy Thomas
Daredevil: Born Again,
de Frank Miller y David Mazzucchelli
Torpedo,
de Jordi Bernet y Enrique Sánchez Abulí

Videojuegos

The Last of Us
The Last of Us, Part II
Red Dead Redemption II

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Poetas & Narradores

Creo que a veces la batalla dialéctica por lo verdaderamente elevado en Cine y Literatura no está tanto en lo comercial o no comercial, en lo profundo o en lo superficial, sino en lo que es un cine poético y lo que podríamos llamar un cine narrativo. Y creo que esa batalla está equivocada. Voy a intentar explicarme un poco más y a exponer mis razones.

De un tiempo a esta parte en Twitter, además de leer una enorme cantidad de comentarios dignos de personas que por una parte son unos flipaos y por otra deberían ver más cine y leer más libros (además de despojarse de un poquito de soberbia), estoy siguiendo a dos personas que por suerte también (de los pocos todavía, y bien orgulloso que estoy de ello) me siguen a mí: Eduardo Bernal y Justo Parreño, un escritor y un profesor de cine respectivamente, que son muy activos en esta red social y que además tienen las cosas muy claras en lo que se refiere a lo que piensan sobre este medio artístico. Bernal es bastante radical en su búsqueda y defensa de un cine más elevado, artístico y anticomercial, y Parreño es aún más radical que él, y llega a llamar estafadores a todos aquellos que, según él (y siempre de manera muy respetable), han pervertido el cine convirtiéndolo en un negocio y en un medio para aborregar a las masas. Estas dos personas se han visto muchísimas películas, han escrito mucho sobre ellas y tienen una preparación académica de la que adolecen otros muchos que no hacen más que dejar tonterías tanto en Twitter como en muchos blogs.

Ahora bien: lo que Parreño, por lo visto, considera únicamente cine, son películas que según sus propias palabras sublimen las imágenes y aquello que están contando. No estoy muy seguro de lo que quiere decir con eso, pero quizá se refiera a un cine, de nuevo, poético, que trascienda las meras imágenes y la mera narrativa para convertirse en otra cosa, en algo que se eleve por encima del suelo y de la imaginación de los espectadores. Nada que objetar. Pero esta forma de pensar es nada más que una reacción virulenta a un fenómeno (el llamado cine comercial) y muchas veces, la mayoría, es una visión reduccionista que te impide apreciar ciertas cosas. Sucede siempre: por querer enfrentarte a algo que detestas, acabas perdiendo parte de perspectiva. Y yo no soy precisamente sospechoso de ir por ahí defendiendo la cultura popular. Pero a veces me da la sensación de que lo que se está dirimiendo en estos debates es la diferencia entre un cine poético y otro narrativo, y que por lo general los más cinéfilos suelen considerar más elevado el primero y menos elevado (por decir algo suave), el segundo.

En realidad en el Cine y en la Literatura, a poco que se indague en cualquier de las dos artes, se acaba viendo con bastante facilidad la diferencia entre los directores más poéticos (antinarrativos, si queremos llamarlos así) y los más narradores. Lo que en LIteratura vendría a ser, muy a «grosso modo», la diferencia entre prosa y poesía. Así, un director como David Lynch no es precisamente muy narrativo (siempre recordaré la reseña de Jaume Genover sobre ‘Wild at Heart’…), pero «lo que le falta de narrativa le sobra de sugerencia». Por otro lado, un director como John Carpenter no es digamos muy poético, pero es un narrador puro (uno de los más grandes narradores que ha dado el cine estadounidense). Lo que al final se desprende de uno y de otro es que la sugerencia de Lynch termina siendo tremendamente narrativa, y las imágenes narrativas de Carpenter y de otros como él terminan siendo tremendamente poéticas. Es decir, las cosas no son tan fáciles como parecen.

Muchos que aman profundamente el Cine tienen conceptos diferentes sobre qué es lo más elevado y lo más profundo, y al mismo tiempo qué es lo más despreciable y prescindible. Para estos dos compañeros nombrados el cine poético es lo único importante, salvo escasas excepciones. Para la gente de Cinefix sobre todo tiene predominancia la imagen pura. Para otros como Bracero, por lo visto, si en un plano una sombra significa algo, o si un espejo está roto o si un travelling contiene algo de semántica. Cada uno, supongo, intentamos, desde nuestro acervo, nuestro aprendizaje y seguramente nuestros precursores (y nuestras limitaciones…), encontrar lo que diferenciamos que es cine de lo que no lo es.

En mi opinión, no solicitada por nadie, el cine más puramente narrativo (de género, de conceptos y referentes quizá más populares) puede poseer trazas líricas tan valiosas como el propio cine poético. Hay que saber diferenciar, ahí está lo complicado, el cine narrativo de baja estofa (del que abunda en Hollywood y lugares parecidos) del cine narrativo de gran exigencia y potencia evocadora. No todo el cine de aventuras es una basura, ni todo lo que se elige para la sección oficial de Cannes es una maravilla. Es decir, que hay grandes narradores capaces de mucho mayor lirismo que ese globo hinchado de Albert Serra, del que todavía nadie ha visto su película, pero están todos los cinéfilos de pro dando saltos por su selección en el festival más importante del mundo. Ya veremos lo que lleva al festival, si es bueno o no, y ya veremos lo que trasciende dentro de cuatro o cinco décadas, que no es tan fácil de adivinar como pareciera.

Y por lo pronto animo a quien lea estas líneas a seguir, leer y tener en cuenta lo que dicen estas dos personas nombradas más arriba, en lugar de a tanto juntaletras y supuesto cinéfilo que no hacen sino repetir (como ciertos alumnos de escuelas de cine, por cierto), lo que han dicho otros durante demasiado tiempo.

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ANÁLISIS TELEVISIVO, TELEVISIÓN

Esa gran (e infravalorada) serie que fue ‘True Blood’

A veces creo que para valorar con justicia el aluvión de series que hemos tenido en los últimos veinte años vamos a necesitar otros veinte o treinta, porque estamos hablando de decenas de trabajos realmente buenos, otros incluso excepcionales, y de quizá cientos de series que no han obtenido el éxito o el reconocimiento que tal vez merecían, porque otras las han eclipsado o porque no es tan sencillo valorar algo según acaba de nacer. A veces hay que dejar que las cosas maduren un tiempo para poder apreciarlas.

Es el caso de ‘True Blood’, la serie de Alan Ball sobre la serie de libros de Charlaine Harris, producida por HBO entre 2008 y 2014, y que obtuvo cierta repercusión mediática sus primeras dos o tres temporadas para ser bastante ignorada en sus dos o tres finales, pero que gozó de bastante éxito de público en su momento y que ahora ha caído prácticamente en el olvido. Desde que nació, eso es indiscutible, lo hizo con el aura de ficción «menor y de entretenimiento», sobre todo después del gran triunfo que para Ball había significado hacer una de las series fundacionales de la HBO, la tremebunda ‘Six Feet Under’, que goza (muy justamente) de un prestigio mucho mayor y que está considerada como la obra maestra de Ball. En comparación, se consideró a ‘True Blood’ como una serie mucho más comercial, esta vez alejada del realismo extremo de la anterior ya que se zambullía en una fantasía de vampiros y otras criaturas sobrenaturales, lo que parece haber otorgado ya para siempre la condición de prescindible. Y sin embargo algunos creemos que es una narración magnífica, en modo alguno prescindible, y en algunos aspectos incluso superior y más notable que la tan alabada (incluso por mí mismo, que escribí un libro sobre ella…) ‘Six Feet Under’.

Porque los ochenta y un episodios, divididos en siete temporadas, que la componen, están impregnados de una inteligencia, una ironía y una profundidad que niega, de manera sistemática, su condición de serie menor o simple o comercial. ‘True Blood’, siendo probablemente la gran serie de vampiros de la historia de la televisión (la más memorable, la que representa un mayor esfuerzo narrativo), es mucho más que una serie de vampiros. En sus imágenes late una oscura visión de Estados Unidos y de sus raíces europeas que trasciende con mucho las series de fantasía de su tiempo, y en su concepción y ejecución se desprende una estilización formal una profundidad conceptual que merecen la pena analizar concienzudamente, y es que una vez más la hojarasca genérica (todo el mito vampírico… y otros mitos que reinventa constantemente) no es más que una excusa para llegar a lugares a los que sería casi imposible llegar de otra manera.

He leído los dos primeros volúmenes de la serie de Harris, y además de ser literariamente insignificantes no poseen ni un gramo del talento narrativo que despliega Ball a la hora de adaptarla. En manos de Ball, que solamente dirige tres episodios y tiene créditos en doce de ellos pero que era la mente detrás de la que estaba todo el tinglado como buen «showrunner», este material argumental se eleva a lugares que la mente de Harris no pudo ni sospechar, pues Ball es capaz de convertir sus balbuceos argumentales en ideas narrativas poderosas y originales. Harris escribió nada menos que trece novelas y una colección de relatos sobre las aventuras de Sookie Stackhouse, pero a Ball le basta la primera temporada para adquirir una personalidad propia con su ficción y a construir un universo vampírico enteramente original, con personajes mucho mejor definidos, más robustos, creíbles y verdaderos que los imaginados por esta escritora.

Con la creación de una sangre sintética (a la que se ha llamado True Blood) por parte de científicos japoneses, los vampiros «salen del armario» y se hacen conocidos en todo el mundo. Esto conlleva, sin embargo, que no sean considerados iguales a los humanos ni en derechos ni en integración social, lo que en la serie utiliza Ball para convertir en una metáfora de la intolerancia hacia lo diferente. En este sentido planea en todo momento el eco de la intolerancia hacia los homosexuales, pero no únicamente. Por otro lado, dado que la sangre de los vampiros es un poderoso afrodisíaco y al mismo tiempo una droga muy adictiva, este elemento se emplea para hablar de la hipocresía del mundo anglosajón hacia todo narcótico y como algo capaz de romper las barreras de lo políticamente correcto… sobre todo en el sexo. Ambos conceptos son las dos caras de una misma moneda que en ‘True Blood’ alcanza ramificaciones realmente notables, y gracias a ellas se llega a un desmelenamiento final realmente admirable.

Porque pocas series o películas contemporáneas existen con este grado de erotismo y sensualidad, pero también con tan descarnada representación de la violencia y lo gore. En ‘True Blood’ los cuerpos son bellos y hasta libidinosos, pero también son vísceras y fluidos corporales, que salpican a borbotones, que se convierten en una montaña informe de vísceras si se aplica la herramienta precisa. En ese mundo en el que existen multitud de criaturas sobrenaturales, al final solamente se habla de pulsiones humanas y de la necesidad de decir adiós, de aceptar la muerte, quizá de manera aún más poderosa que en ‘Six Feet Under’, creando de paso una mitología vampírica que la propia Anne Rice debe haber envidiado. Y si a ello sumamos un aspecto visual inmejorable, con una atmósfera sureña y gótica realmente irresisible, yo creo que no se puede pedir más.

De modo que no, no es una serie comercial o prescindible, sino algo bien diferente.

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«Obra maestra», la expresión que a tantos les gusta emplear

No falla… no hay momento en una conversación, aunque sea en una por Twitter en la que dos interlocutores no estén de acuerdo en casi nada, en que alguien no use a la ligera la expresión «obra maestra». Pensémosla, digámosla en voz alta… al tener una erre intercalada en ambas palabras, como que suena mejor, más rotunda, más severa. Diciéndola, pensándola, metiéndola en alguna conversación, nos sentimos como más inteligentes, más capaces, con más autoridad intelectual. Incluso rima un poco. Por ello, y por unas cuantas razones más, no existe expresión más manoseada y abaratada cuando nos ponemos a hablar de películas, o de novelas, o de series…

…porque todo el mundo quiere encontrar su «obra maestra», todo el mundo quiere defender una «obra maestra», todo el mundo quiere proclamar una mientras el resto del mundo quiere defenestrarla o ningunearla. Defender «obras maestras» está muy bien. nos ayuda a levantarnos por la mañana con mayor orgullo, nos da una razón para sonreír y sentirnos mejor con nosotros mismos. Defender películas de mierda o novelas de mierda también está muy bien, a su manera, sobre todo cuando queremos hacer postureo, como lo que hace Alberto Olmos cada vez que se pone a escribir su columna, o cada vez que la gente intenta sostener sus gustos de la infancia. Pero cuando por fin nos ponemos a defender «obras maestras» creemos que sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. ¿Y eso siempre es algo bueno, no?…

…salvo que no… no por ello sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. Para empezar estaría bien saber lo que significa eso de «obra maestra».

La mayoría, me temo, la usa a modo de comodín para casi todo: para calificar una gran obra, para ponerlo delante de sus películas y sus novelas preferidas, para etiquetar lo más importante del año o de una década, para sacarle brillo a esos títulos desconocidos pero vanguardistas…. Así, más o menos todo es lo mismo: obra maestra, obra magistral, obra perfecta, «magnum opus», obra clásica, obra de arte, obra única, obra genial. La «obra maestra», tal como su mismo nombre indica, debe ser cualquier obra de gran envergadura de alguno de esos «maestros» que andaban o que todavía andan por ahí, ¿no? Ahora es cuando nos ponemos a definir con más exactitud la expresión de marras y nos vestimos de profundidad: una «obra maestra» es esa pieza perfecta que expresa conceptos universales, que habla de su tiempo y a la vez está fuera de él, por lo que puede resistir el paso de los siglos; es además una pieza que establece una dialéctica con sus precursoras y que rotura nuevos caminos artísticos, etc, etc, etc….

Luego llegará el posmodernista de turno y dirá que una «obra maestra» es diferente para cada uno y que su misma definición y aplicación depende de cada cual, y ya estará todo zanjado.

Pero estaremos de acuerdo –si es que podemos ponernos de acuerdo en algo– en que da la sensación de que cuanto más se usa esa expresión menos capacidad se tiene para reconocer una aunque te la pongan delante de las narices.

La obra maestra es, sencillamente, la pieza catedralicia de un autor, la que más define su personalidad artística, la que es el mejor y más perfecto compendio de la obra de un gran escritor o un gran artista en una disciplina determinada. Así, la obra maestra de da Vinci es ‘La Gioconda’, la de Miguel Ángel en pintura es ‘La capilla Sixtina’ y en escultura ‘La piedad’, la de Mozart es ‘El Réquiem’… Pero: ¿y cuando un autor tiene no una sino varias obras gigantescas? ¿No hizo también Mozart ‘El rapto en el serrallo’, ‘La flauta mágica’ y varias otras? ¿No esculpió Miguel Angel también el ‘David’ y el ‘Moisés’? ¿No pintó da Vinci también ‘La última cena’? Y en cuanto a Cervantes: su obra maestra es ‘El Quijote’, claro, ¿pero no escribió también el ‘Persiles’ y las ‘Novelas ejemplares’? La de Coppola es ‘Apocalypse Now’, pero, diablos, ¿este tío no hizo también nada menos que ‘The Godfather’? ¿Y en el caso de gente como Kurosawa? ¡Qué difícil es decidirse! ¿Cómo se hace esto? De pronto no parece tan fácil ponerse aquí a pontificar sobra las «obras maestras» como todos esos chavalillos (y no tan chavalillos…) parecen creer.

En todo caso estaremos hablando de composiciones magistrales o geniales, de piezas de gran perfección, importancia o influencia. Pero no de obras maestras. Si queremos de verdad usar la expresión con propiedad y sentido común –aunque estoy seguro de que para muchos eso de hablar con propiedad y sentido común es innecesario– podríamos por lo menos aprender lo que significan las palabras y las expresiones y usarlas en concordancia con ese significado y esa utilidad.

Pero en fin, en esta época de postureo y de narcisismo desatado, supongo que es hasta lógico que la expresión «obra maestra» se use para casi todo y sobre todo para quedar bien. Borren este artículo de su cabeza, no me hagan caso, ni hagan caso a nadie. Las obras maestras son lo que ustedes quieren que sean y ya está y se ha acabado. ¿Quién soy yo para hacerles ver las cosas de otra forma? ¿Sólo porque me ciño a los hechos y al significado real y racional de las cosas? ¡Al diablo los hechos y la racionalidad!

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Apocalipsis ahora

En uno de los recientes programas de ‘Viajeros de la noche’, no recuerdo ahora mismo cuál (incluso puede que fuera de micro), me comentaban mis compañeros que a mí me va mucho lo apocalíptico, y que un día deberíamos hacer un programa relacionado con eso. No les falta razón, y me ha hecho pensar en todo aquello que me ha inspirado, porque casi todo lo que escribo es apocalíptico o de supervivencia, y estas ficciones me han obsesionado y fascinado desde muy pequeño. Uno no elige lo que le atrapa, sino más bien al revés.

Y ahora que estamos a las puertas de una probable III Guerra Mundial –aunque yo creo, no se lo digáis a nadie, que llevamos décadas en esa guerra, lo que pasa es que es una guerra muy distinta a las demás…hasta que deje de ser tan distinta…– me es imposible dejar de escribir sobre el tema. La novela que escribí el año pasado está enmarcada en una II Guerra Civil española, y la que espero escribir en la segunda mitad de este año, en cuanto termine de escribir el dichoso libro sobre las series, y si todavía hay salud y no nos han lanzado cuatro o cinco cabezas nucleares sobre nuestras cabezas, será el proyecto más grande que hasta ahora haya acometido sobre un apocalipsis nada improbable. ¿Pero en qué se quedó atrapada mi imaginación desde que tuve uso de razón? En los westerns, claro, y en las películas de aventuras. Pero no en cualquiera, y cada vez menos.

Una de las primeras cosas que me dejó anonadado, y aterrorizado, fue la saga ‘Mad Max’…

La segunda fue realmente formidable, y las otras dos, la primera y la tercera, realmente terroríficas en algunos momentos. Podía sentir yo el abismo de mirar hacia una extinción masiva de la humanidad. Y en 2015 llegaba la portentosa cuarta parte, la mejor de todas sin ningún género de dudas. Muchos de los caracteres más sórdidos de estas películas intento remedarlos o que me sirvan de prototipo para los más violentos y terribles de mis ficciones.

Pero para extinción masiva la de ‘The Terminator’ (1984), que vi poco después:

Recuerdo ver esto, con menos de diez años, una y otra vez, aunque su visionado me resultaba demasiado intenso, demasiado desolador. Era un acto masoquista que ahora, con la guerra de Ucrania y de otras partes del mundo amenazando con tragarse al planeta entero, casi me ha hecho a la idea, me ha preparado de alguna forma, para lo que se puede avecinar.

Otras películas de ahora, tan magistrales como ‘Children of Men’ (2005)…

O ’12 Monkeys’ (1995)…

Me hacen sentirme ya como en casa… Pero no solamente de películas «vivo» yo, también de otras cosas, como por ejemplo videojuegos… y el videojuego survival por excelencia, el más impresionante, inolvidable y memorable, es por supuesto, ‘The Last of Us’…

Y ‘The Last of Us, Part II’…

Aunque la ficción insuperable, la más influyente y excelsa, de supervivencia y apocalipsis, es por supuesto, ‘The Walking Dead’…

Y si para terminar vamos al cómic, tendría que nombrar uno que no le gusta a mucha gente, pero que a mí me vuelve loco, con cuya portada voy a cerrar este artículo. Este tipo de ficciones han dado mucha morralla, pero también han dado obras maestras como la aquí expuestas, que literalmente me obsesionan. Vivo por cosas como estas, por muy terribles y desesperanzadas que sean. Sólo así quizá miro al mundo y me siento con un poco más de esperanza… porque todavía no se han dado estos horrores, y quizá haya alguna probabilidad de que no se den.

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ARTÍCULOS, CÓMIC, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

Sobre eso que llaman «cultura popular»

Sigamos hablando un poco de eso que se han avenido en llamar «cultura popular» –aunque más bien habría que hablar de «cultura de masas», o de «cultura pop»–, que muchos, es decir todos aquellos que reniegan de eso que se han avenido en llamar «gafapastismo» llevan de un tiempo a esta parte insistiendo en que es tan valioso, tan válido, tan importante como lo pudiera ser la llamada «alta cultura». Basta entrar en Twitter, y me temo que en otra red social cualquiera, para ver hasta qué punto una legión de personas aficionadas al cine y a las novelas están echando el resto para que de una vez por todas se considere de manera global (como si no se hubiera conseguido hace ya algún tiempo…) que la cultura de masas es también cultura, tan elevada, tan profunda y magnífica como la otra, esa que ellos no quieren ni ver.

Para todos esos y esas, la llamada «alta cultura» está constituida al parecer de una serie de obras aclamadas por una élite, un grupo de académicos que han ido pasándose el testigo siglo tras siglo, como una secta oscura. Esta élite (social e intelectual) se ha puesto de acuerdo en aclamar obras o títulos aburridos, que solamente entienden ellos. Y esto no puede ser, de ahí el cabreo de tantos y tantas que disfrutan mucho más de una película de los ochenta que de una novela de Thomas Mann. Para estos defensores de la cultura de masas, los puntos de su doctrina son más o menos los siguientes:

  1. El arte es totalmente subjetivo, lo que te gusta a ti, no tiene necesariamente que gustarme a mí, con lo cual yo solo, sin necesidad de formación o de una base teórica, puedo establecer qué es lo valioso y qué es lo desechable.
  2. En relación a lo anterior, tanto vale una canción de Michael Jackson como un adagio de Mozart. ¿Tú tienes formación musical y tienes claro que el adagio es mucho más complejo y difícil de escribir y ejecutar? Yo desde mi no formación puedo aludir que a mí me gusta más, y con eso basta.
  3. Porque el arte no tiene por qué ser algo elevado que sólo entiendan las clases altas, el arte puede ser lo que yo quiero que sea.
  4. Y yo quiero que el arte sea algo divertido, algo con lo que gozar y pasar un gran rato. En caso contrario, aplíquense puntos 1, 2 y 3.
  5. Todo aquel que me contradiga, todo aquel que tenga argumentos para echar por tierra estos puntos con argumentos asentados en bases teóricas férreas, no es más que un gafapasta (lo que le niega cualquier respeto social) y un fanático intolerante (lo que le certifica como apto para ser ignorado).

En definitiva, es el arte el que tiene que bajar al fango de lo popular, no lo popular lo que ha de elevarse a un rango más elevado, más poético, que no es «mejor» sino capaz de trascender los límites de la sociedad y de lo cultural. El espectador o lector ha de obtener lo que quiere, porque está en el centro de la cultura de masas, es el activo más importante, el que posibilita una industria, una escala social y económica. Todos esos gafapastas o fanáticos intolerantes que atacan con vehemencia lo popular y tratan de imponer los gustos de una élite, que pretenden demoler con argumentos muy bien elaborados lo que a ellos les gusta de una manera visceral, son un peligro para lo popular, para su permanencia, para su triunfo definitivo. Ya va siendo hora, dicen ellos, de que una película de Marvel o de Disney gane el Oscar o incluso la Palma de Oro de Cannes. El pueblo lo merece. Darle el Óscar a mejor película a ‘Avengers: Endgame’ habría sido un triunfo sobre todo de los humildes, del pueblo llano, frente a los poderosos, los que tiranizan el arte para convertirlo en algo indescifrable, inalcanzable para la mayoría…

Pero la realidad es muy diferente a lo que estos guardianes de lo popular demandan. Puede que tales cosas tuvieran algún sentido (escaso, neurótico, narcisista, pero sentido al fin y al cabo) hace unas décadas. Pero no ahora. El arte popular tiene todas la de ganar, y el arte «elevado», o como se le quiera llamar, está en franca retirada, cuando no herido de muerte y a punto de desaparecer. Nunca se había producido tanta cultura de masas y nunca se había accedido a ella de manera tan masiva. Los costes de producción se han abaratado, y los de distribución también. Pedir, exigir más bien, que el arte culto ceda su espacio al arte popular, que le deje respirar, es como cuando hace varias décadas los espectadores más bakalas pedían que hubiese más salas de cine doblado cuando las salas en VO eran muchísimas menos, o como que Israel clamara ayuda internacional ante el daño que le hace la ocupación palestina en sus tierras (bueno… de hecho hace algo parecido…). Es no solamente una infamia, es una falacia como una catedral. La cultura de masas ha vencido por KO, se acabó el combate, pueden retirar el cadáver de la «alta cultura». Pero no solamente quieren vencer por KO, lo que quieren es que se reconozca de manera universal que una basura como ‘Reina roja’ se admita en la misma liga que ‘El Quijote’, o que un filme tan mal escrito, dirigido, intepretado y montado como ‘Avengers: Endgame’ tenga la misma consideración que la trilogía ‘The Godfather’. Quieren no solamente vencer al enemigo, sino aplastarlo, aniquilarlo, borrarlo de la faz de la tierra y de la memoria de aquellos que quieran recordarlo.

Así de claro.

Pero ni los poderosos son los que valoran una obra de arte en su justa medida, ni cualquier best-seller escrito bajo mínimos de inteligencia puede ponerse al lado de ‘El Quijote’. Las cosas son las que son, y la realidad es tozuda, inamovible. Los poderosos son, en realidad, los que venden basura al pueblo poco exigente, y los que se forran con ello, impidiendo la posibilidad de que verdaderos artistas tengan algo de visibilidad. Y el arte no es algo que deba disfrutar (si es que la palabra es disfrutar… que lo dudo mucho) todo el mundo, entre otras cosas porque a la gente ni le interesa el arte, sino pasárselo bien, y no hay nada que objetar a ello. Ni todos los libros son Literatura, ni la Literatura es algo al alcance de alguien que se haya leído 5.000 libros y se ponga a teclear en un ordenador. Puedes leerte un millón de libros, eso no cambiará nada. Una persona, en este caso Cervantes, que jamás pudo vivir de lo que escribía, era mil millones de veces más sabio, ingenioso, inteligente y perspicaz (no son sinónimos, por cierto…) que Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Rosa Montero, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, Ken Follett, Mario Vargas Llosa, Almudena Grandes y Dan Brown juntos. Un sólo capítulo de su ‘Persiles’ les deja a todos en vergüenza, así como una sola sección de la catedral de Toledo deja a los arquitectos actuales en muy mal lugar.

El arte (la Música, la Literatura, el Cine) es superior e irreductible a la cultura. La cultura es localista, de identidad geográfica. El arte es universal. ‘El Quijote’, la catedral de Toledo, ‘La Divina comedia’, ‘Las meninas’ o el ‘Requiem de Mozart’, son patrimonio cultural de su país, por supuesto, pero pertenecen a la humanidad por entero. No hay fronteras, ni lenguas, ni identidades culturales que las contengan y en las que se disuelvan. La gente cree o bien que no necesita el arte, o bien que merecen que el arte esté a su altura sin ningún esfuerzo por su parte. Ni se plantean que jamás el arte se ha considerado de esa manera. Efectivamente hace muchos siglos el arte literario, musical o de cualquier otra disciplina estaba limitado a las clases altas, pero eso no significa tampoco que esas clases dominantes, por el mero hecho de tener riqueza o posición, pudiesen «entenderlas» o estuviesen «a la altura». El arte nace de la placenta de lo popular, se alimenta de ello, de la observación pura. El artista surge del pueblo, y trabaja, aunque la gente no lo entienda, para el pueblo. Pero no haciendo lo que el pueblo quiere o desea, sino lo que ni siquiera sabe que necesita. Una catarsis, una advertencia, una crítica, una revolución.

Y eso no va a cambiar, por mucho que quieran. La canción ‘Thriller’ de Michael Jackson es estupenda, y su videoclip, tal vez el más famoso de la historia, está muy bien filmado. Pero cualquier adagio de Mozart está técnicamente mejor escrito, musicalmente llega mucho más lejos, en todos los aspectos de ese arte. Si de verdad te interesa la música lo sabes, y si lo único que te interesa es disfrutar, ni lo sabes ni te interesa saberlo. Harry Potter está bien escrito, y algunos best-sellers no están nada mal, pero ‘El Quijote’ es el compendio de reglas narrativas de la Literatura, y para ponerse al lado de eso hay que ser o muy ignorante o muy estúpido. La cultura de masas fue la que dio lugar al posmodernismo, y no al revés. Y ahí estamos, en un mundo en el que el arte se confunde con cultura, y la vida con el arte. Pero algunos seguiremos proclamándolo el tiempo que sea necesario.

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TELEVISIÓN

‘Euphoria’, o el estado de gracia

No sucede demasiado a menudo, o más bien casi nunca… precisamente por eso cuando sucede te resulta más fácil darte cuenta. Recuerdo bien la conmoción que experimenté al ver en cine ‘El camino a casa’ (‘Wo de fu qin mu qin’, Zhang Yimou, 1999), o ‘Titanic’ (James Cameron, 1997), o cuando vi varias veces seguidas en televisión ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’ (Michel Gondry, 2004), o cuando en plena pandemia pude por fin ver ‘Spider-man: Into the Spider-Verse’ (Bob Persichetti, Peter Ramsey, Rodney Rothman, 2018): la sensación, o más bien la intuición, de que aquello que estaba viendo iba a ser algo mítico, irrepetible, y de que detrás de las cámaras se encontraba gente en estado de gracia. Y algo más: lo afortunado que te sientes por verlo nacer como mito. Las personas que estaban en Cannes en 1979 debieron sentir algo parecido cuando vieron el primer pase de cierta película de Francis Ford Coppola…

Y tal cosa me ha vuelto a suceder con ‘Euphoria’, tanto hace casi dos años, con la primera temporada de la serie (que en realidad es de 2019), como ahora con la segunda recién concluida: la percepción de que estaba asistiendo al nacimiento de algo demasiado grande para ciertas mentalidades, o demasiado extremo para otras, pero de lo que alguna forma yo también era parte, porque había sido testigo de cómo nacía de la nada y se convertía en lo que es ahora: una de las grandes series canónicas de lo que llevamos de siglo, y una de las más enigmáticas. Viéndola, me pregunto qué habrá de especial en la miniserie israelí, de diez episodios aparecidos en 2012, en la que se basa, o si habrá algo interesante en algún sentido, porque viendo esta ‘Euphoria’ (2019-?) sobre todo me pregunto quién es este Sam Levinson y cómo un talento de esta magnitud se ha manifestado de semejante forma cuando todo lo anterior que ha hecho no anticipaba ni mucho menos lo que ha sido capaz de lograr.

Algunos dirán que exagero, tanto si se lo digo en persona como si leen estas líneas. Pero estoy seguro de que no. Ahora que tantas voces decían que los buenos tiempos de HBO habían pasado a la historia, y que su hegemonía televisiva había tocado a su fin con la temporada final, hace ya tres años, de ‘Game of Thrones’ (2011-2019), la cadena hace un salto mortal sin red apostando hasta las últimas consecuencias por esta ficción de Levinson, una verdadera locura que en ningún momento puede calificarse solamente de «drama para adolescentes». No creo que el famoso cineasta Barry Levinson, al que muchos recordarán por haber filmado títulos como ‘Rain Man’ (1989), por la que ganó el Óscar a mejor director, y de otras como ‘Bugsy’ (1991), ‘El secreto de la pirámide’ (‘Young Sherlock Holmes’, 1985) o ‘Good Morning Vietnam’ (1987), pudiera haber pensado en tener un hijo que con una serie un día iba a hacer algo mucho más importante que todo lo que ha hecho él en toda su poco estimulante filmografía.

Contando bastante de su experiencia con las drogas, Sam Levinson ya no es el impersonal pero sugerente debutante de ‘Another Happy Day’ (2011), o el cineasta brillante y prometedor, pero también exagerado y poco cabal de ‘Assassination Nation’, ni siquiera es el director de la bastante auto-indulgente y superficial ‘Malcolm & Marie’ (2021) que filmó para NETFLIX aprovechando parón de la pandemia; porque con ‘Euphoria’ se pone en la liga de los David Chase, David Milch o Michael Hirst, creando una serie tan absolutamente original y contundente que es verlo para creerlo. Con una energía para el montaje que envidiaría un joven Paul Thomas Anderson y un no tan joven Martin Scorsese, con una capacidad pasmosa para crear planos memorables en perfecta sintonía con sus operadores, nos narra la caída en los infiernos de esta inolvidable Rue Bennett (la cantante y bailarina Zendaya, estrella de Disney Channel… como si no fuera ella, haciendo suyo un papel dificilísimo), y lo hace con una personalidad que le sitúa entre los grandes creadores de series de la actualidad.

¿De dónde nace este talento puro para la puesta en escena y la dirección de actores? ¿Cómo surge esta imaginación portentosa para el dinamismo y la energía, el juego de colores, luces y sombras de esta serie ya mítica? Antes que otra cosa, y a pesar de las apariencias, ‘Euphoria’ es un musical, probablemente el más extraño y sórdido jamás realizado, pero que pertenece a ese género porque es música en imágenes, y sólo unos pocos cineastas son capaces de hacer algo como eso.

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