CINE, LITERATURA, MÚSICA

Música > Literatura > Cine

Tengo una teoría que se ha visto reforzada con el paso del tiempo: los novelistas, cineastas y hasta críticos (tanto de cine como de literatura) que sólo tienen «sensibilidad» para lo suyo, es decir, los novelistas que solamente tienen algo de inclinación por la literatura, los cineastas que solamente tienen algo de inclinación por el cine, los críticos… pero no la tienen para otra disciplina artística, son malos cineastas, malos novelistas y malos críticos.

Por la sencilla razón, me parece a mí, de que todo parte de lo mismo, y que si de alguna forma tienes un gran interés por el cine, uno genuino, que de verdad te empuje a preguntarte qué diablos es eso, terminas cayendo de manera inevitable en la literatura, y si caes en la literatura, es irremediable que tarde o temprano termines recalando en la música y aunque no te vuelvas un experto en ello, porque no existe ningún verdadero experto en nada, sí poseas la curiosidad, un mínimo de formación, las bases necesarias para que una cosa impregne la otra, y tanto tus obras literarias posean música, como tus obras cinematográficas posean literatura y música, pero no en sentido inverso. No sé si me explico.

Porque son artes separadas, autónomas, cada una con sus reglas y, aún más importante, cada una con su naturaleza y su razón de ser. Por eso, muy probablemente, la música no puede albergar literatura en su formalización, y por eso la literatura no puede albergar cinematografía. Por eso, claro, y porque una cosa precede a la otra. La música es el primer arte de todos, es la transformación de los sonidos de la naturaleza en algo armónico, que posea cualidades musicales. La literatura es el segundo arte de todos, es la transformación de los pensamientos en algo filosófico y moral, a la vez que armónico, que tonal y rítmico. El cine es el arte más tardío, es la transformación del tiempo en algo filosófico y moral, a la vez que armónico, tonal y rítmico.

Y es que es infalible: no existe un gran novelista o poeta que no posea una enorme sensibilidad musical. Y no existe, ni existirá ningún cineasta portentoso, que no posea una gran sensibilidad literaria y musical. Por no decir los críticos: ningún verdadero crítico que se precie, de cine, literatura o música, no conoce a fondo estas tres formas narrativas.

Pero no es tan fácil, claro, si es que a esto se le puede llamar fácil. Porque existen otras disciplinas intermedias, que resultan también imprescindibles para llegar a algo medianamente interesante. Ahí está la pintura, la escultura y la arquitectura como referencias ineludibles del cine, pero también sería necesario tener alguna inclinación por el teatro y la lírica, que la literatura no solamente es la narrativa, también el drama y la poesía. De modo que la cosa, tanto si quieres ser escritor, como si quieres ser novelista, como si quieres ser crítico, sobre todo esto último, está bastante jodida.

¿Y por qué digo que la todo proviene del mismo sitio? Porque quizá así todo es más sencillo. Una novela no es una sinfonía, y una sinfonía no es un filme, pero parece algo natural que una película sea como una sinfonía, y que una sinfonía sea como una novela, y no tanto por el hecho de contar una historia o tener un argumento, sino porque las tres comparten un último sentido anti-narrativo (que es, por cierto, una forma de narrativa) que es su tendencia a la abstracción. Las grandes novelas (‘Meridiano de sangre’, ‘Mientras agonizo’, ‘La muerte de Virgilio’, ‘La saga/fuga de JB’… y tirando hacia atrás hasta el Quijote) tienden finalmente a una abstracción musical, y las grandes películas (‘Ran’, ‘Apocalypse Now’, ‘Wild at Heart’, ‘The New World’, ‘La vie d’Adéle’, ‘Amarcord’, ‘La notte’) tienden también a una decidida y casi instintiva abstracción musical –o son directamente música…– además de poseer los rasgos –sólo los rasgos, pues son otra cosa– de la gran literatura.

¿Quieres descubrir a un novelista o a un cineasta o a un crítico que sea un fraude? Lo tienes facilísimo: mira a ver si el novelista sabe algo de música, o si el cineasta sabe algo de literatura. Así de claro.

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CINE, MÚSICA, PODCAST

Viajeros de la noche – Vigésimo primer capítulo: Superprogramón BSO, Vol. 1

Nos apetecía mucho este programa, la verdad, pero las cosas llevan su tiempo y siempre queremos hacerlo lo mejor posible, de modo que se ha hecho esperar. Pero ya está aquí, y creo que son tres sobre la música de cine y para el cine que merecen mucho la pena, porque no solamente hablamos de aquellos temas que más nos han marcado en diferentes momentos de nuestra vida, que también, sino que sobre todo intentamos indagar en lo que significa la música de las películas, sin olvidarnos de las lecciones de auténticos expertos como Conrado Xalabarder, que siempre insisten en que la música de cine sirve para mucho que para empapelar una secuencia…

Porque realmente es así. La música es un elemento narrativo más, y uno de los más poderosos, y el compositor o el supervisor musical es una figura clave para el éxito del futuro filme, acaso el cineasta más importante después del director y junto con el director de fotografía. La música es sonido, pero también es ritmo, y tono, y conceptos e ideas, y un guion narrativo que entra en una dialéctica constante con el guion que suponen las imágenes. Por eso durante una hora hemos hablado de varios conceptos fundamentales a la hora de entender este vasto territorio que son las llamadas BSO.

Pero luego, durante las dos horas siguientes, cada uno de nosotros ha elegido dos compositores, y de cada uno de ellos hemos elegido tres cortes distintos, que hemos desarrollado y hemos comentado con los compañeros, para que el oyente conozca bien nuestros puntos de vista y también tenga deseos de incluir él a los suyos. Han sido los siguientes:

De James Horner (por Juanjo):

‘Take Her to Sea, Mr Murdoch’, Titanic.
‘Hymn to the sea’, Titanic.
‘Promises – End Titles’, The Amazing Spider-Man.

De Christopher Young (por Carlos):

‘Hellbound/Second Sight Seance’, Hellbound Hellraiser II.
‘Concerto to Hell’, Drag Me to Hell.
‘Birth of Sandman’, Spider-Man 3.

De Ennio Morricone (por Adrián):

‘Man with a Harmonica’, Once Upon a Time in the West.
‘On Earth as it is in Heaven’, The Mission.
‘Deborah’s Theme’, Once Upon a Time in America.

De John Williams (por Juanjo):

‘The Map Room: Dawn’, Raiders of the Lost Ark.
‘Rescue from Cloud City/Hyperspace’, The Empire Strikes Back.
‘The Jedi Steps and Finale’, The Force Awakens.

De Howard Shore (por Carlos):

‘The Breaking of the Fellowship’, The Felllowship of the Ring.
‘The Finale’, The Fly.
‘Main Title’, Dead Ringers.

De Hans Zimmer (por Adrián):

‘Journey to the Line’, The Thin Red Line.
‘Supermarine’, Dunkirk.
‘Imagine the Fire’, The Dark Knight Rises.

Y no ha dado tiempo para más. Como tenemos pensado hacer más volúmenes de música de cine, esto es sólo un aperitivo, de modo que ya hablaremos de otras músicas y otros títulos. Por ahora este programa nos ha quedado estupendo. Podéis escucharlo en Ivoox:

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O bien en Spotify:

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El narcisismo y el relativismo posmoderno: lacras de la crítica actual

Si yo lo entiendo, de veras que sí. Cuando uno es un chaval y empieza a emocionarse de manera obsesiva con ciertas obras de arte, o con algunas obras narrativas, pensamos que de alguna forma estamos conectados con esa obra… que de alguna forma nos pertenece. Es posible que esto sea algo universal. Tus películas y tus novelas y tus canciones favoritas no son de aquellos que las han escrito, filmado o construido de alguna manera. De eso nada: son tuyas. Hasta cierto punto es normal.

Lo que no es normal es que vayan pasando los años, vayas adquiriendo –supuestamente…– cierta experiencia, te de por escribir sobre películas, o novelas, o series, o canciones, de manera habitual y más o menos profesional, incluso cobrando algún dinero por ello, y sigas en las mismas, creyendo que de alguna forma esas obras o aspirantes a obras, se entienden a través de tu experiencia o de tu conexión con ellas, en lugar de intentar explicar lo que son en sí mismas, cuál es su naturaleza causal, cuál es la voz que inspiró su creación y cómo es que son de esa manera y no de otra. Es decir, llevando a cabo un análisis dialéctico de sus partes, en lugar de ponerte a especular sobre las razones por las que a ti, precisamente a ti en todo el mundo, esa pieza te gusta y esa otra de ahí no te gusta.

Es algo habitual, esa fórmula del «para mí, esto…», o «a mí esta obra me hace sentir…», o «a mí me emociona esto o aquello…». Narciso, en cualquiera de sus versiones mitológicas, fue un joven de una incomparable belleza, que un día se vio reflejado en un estanque, se enamoró de sí mismo y, absorto, cayó al agua y se ahogó. Es en ese mismo estanque, al que se ha venido a llamar posmodernismo, al que van a ahogarse intelectualmente un gran número de espectadores –yo diría que casi todos–, y una cantidad parecida de críticos de Cine, Literatura o Música. Todos ellos hacen lo mismo: hablar desde su situación, hablar de sí mismos que de la obra en sí. Hablar de sus gustos, de sus razones, de su forma de entender su relación con esta u otra película, con ese libro o aquel de más allá. Que si uno se durmió viendo tal película, que si la otra lloró leyendo tal novela. Y a partir de ahí construyen sus críticas, sus comentarios o sus disertaciones sobre la obra en cuestión.

Yo no me imagino a ningún fulano yendo al Panteón de Roma, o Panteón de Agripa, teniendo que escribir un ensayo sobre esta excelsa obra arquitectónica, y poniéndose a comentar si tal obra le aburre, si ese día tenía mucho sueño, o si no siente una especial conexión con ella. Mis profesores de la escuela de arte se habrían quedado bastante perplejos al respecto. Tampoco me imagino a mengana yendo al Museo Nacional del Prado, contemplando durante dos horas Las Meninas para escribir sobre ellas una investigación que tenga que ver… yo qué sé… con su influencia en la pintura holandesa ulterior, y poniéndose a hablar de que se ha emocionado porque la famosa luz que cae detrás de ellas le recuerda un día especial para él, o porque cuando por primera vez vio esta obra le causó una enorme nostalgia y eso hace que vea esta pintura con otros ojos. No tiene ningún sentido pero así sucede con las películas y las novelas.

¿Por qué sucede? No tengo ni idea. El caso es que sucede. Que le ocurra a gente que se pone a dejar paridas en filmaffinity, pues vale, lo puedo entender, pero que le ocurra a otros que van de entendidos, de expertos y de intelectuales por la vida, pues no. Les sucede, de hecho, incluso a grandes artistas –basta echar un vistazo a lo que han votado algunos para la dichosa lista del S&S–, y así es imposible avanzar. La única forma de hacer una crítica o un análisis valioso, es desprendernos de la obra en sí, desaparecer como sujeto operatorio, construir una mirada, una visión en torno a la obra carente de prejuicios, filias y fobias. Esto no va de nosotros, va de esa película o de esa novela. No va de nuestra infancia con ella, ni de lo que sentimos la primera vez que la vimos. Hace algún tiempo escribí un manual de cómo no ser un crítico literario o cinematográfico. Debería ponerlo todos los días en la sección de cartas al director de los periódicos o enviarlo a las revistas que suelo hojear, aunque nadie me hiciera caso.

Mientras sigamos pensando que las obras de arte son lo que a cada uno de nosotros le apetece que sean, en lugar de lo que son en sí mismas, mientras la crítica profesional, gran parte de ella, siga ensimismada en ella misma sin ser capaz de dar respuestas a los retos que les proponen las obras narrativas, no avanzaremos en ningún sentido. Todo será como en S&S: una retahíla de ocurrencias, un grimorio en el que no existe un consenso, una dialéctica, un argumentación ponderada. Y todo será igual de aburrido, de repetitivo, de escasamente enriquecedor, que es ahora mismo. Así de claro.

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El artista crea la vida, no la imita

En esta suerte de teoría sobre el Arte en general, y sobre la Narrativa en particular, que me estoy construyendo día a día en mi página (y en todo lo que escribo), subyace una idea o necesidad principal: contestar a la eterna pregunta de qué es el arte y para qué sirve, quimera a la que tantas mentes se han enfrentado a lo largo de la historia y a la que sólo unas pocas han encontrado cierto sentido en cada una de las épocas. Y aunque se encuentren algunas respuestas, siempre serán más poderosas e insondables las preguntas…

Sea como fuere, seguimos en ello. Yo, particularmente, tengo en más estima a unos pensadores que a otros, y así prefiero quedarme con Andrei Tarkovski, con Longino, con Cervantes o con Tolstoi (pues todos ellos, siquiera someramente a través de sus obras de ficción, dejaron por escrito sus ideas) antes que pensadores anglosajones (aunque algunos valiosos hay). Pero eso son afinidades electivas. Lo importante es aportar algo personal, algo que de verdad te distinga del marasmo de ideas y de conceptos que hoy en día puedes encontrar nada más entrar en una librería o de abrir las redes sociales y leer al personal.

Creo, sinceramente, que tanto la pintura, como la escultura, así como las artes más eminentemente narrativas, participan de un mismo concepto unificador: el de crear la vida, y a partir de ella dar una idea de verdad. Como mi especialidad son las artes narrativas, y más concretamente el Cine y la Literatura, sin olvidarnos de ese epígono del cinematógrafo que es la televisión, debo centrarme en ellas, pero las tres parten de la pintura y la escultura de manera inequívoca, a pesar de que podríamos decir que en la consideración de las bellas artes, el cine viaja un poco como polizón. Pero como durante siglos, empezando por los griegos, se han dicho tantas cosas sobre el Arte, y se siguen repitiendo ideas obsoletas como que el arte imita la vida, deberíamos poner ya una pequeña piedra que zanje algunos aspectos de una vez y para siempre.

Cuando Michelangelo Buonarrotti dio su último golpe de martillo y cincel a su obra maestra El Moisés, esa colosal escultura de mármol blanco que hoy día se puede ver en la Basílica de San Pedro Encadenado, en Roma, originalmente concebida para la tumba del papa Julio II, dicen que el artista gritó: «¡Habla!». Yo creo que por ahí van los tiros, y esos tiros son muy diferentes a los que promulgan todos esos que dicen que el arte imita la vida. También decían los aristotélicos que el Arte queda separado de la naturaleza por su misma esencia, como si algo creado por el hombre, que es parte de la naturaleza, pudiera estar separado de ella realmente… El Arte, en gran medida, existió como una prolongación del poder de los estados y para glorificar una idea religiosa o espiritual. Sin embargo, resulta paradójico que la misma actividad artística nos ponga en una situación muy cerca a dios o los dioses que puedan existir, pues el artista, en última instancia, se convierte en creador absoluto, en la entidad que insufla de vida, la obra que firma, como si fuera uno de sus hijos, y de paso poniéndose en igualdad de condiciones que las deidades que se quería glorificar.

El Arte, para ser tal, ha de crear la vida dentro de los márgenes de la ficción. Cuando Michelangelo creó el Moisés, o el David, se valió de las coartadas pictóricas de su tiempo para extraer la figura de un marco de ficción que bien podría ser un cuadro. En otras palabras: le dotan de existencia operatoria fuera de una obra pictórica sin dejar de emplear las mismas leyes. Y cuando sirviéndose de la tecnología actual, un cineasta pone en movimiento esa figura escultórica dentro de unos márgenes de ficción re-definidos, puede crear arte en el cine. Pero para ello, creo yo, no ha de perder de vista que para el espectador/receptor la «conditio sine qua non» es que resulte imposible ver, percibir, la mano del creador. En otras palabras: que aquello que ven o contemplan bajo ningún concepto albergue una nota falsa o algo que no sea verdadero dentro de su sistema narrativo. Si consigues tal cosa, has llevado a cabo una Obra de Arte, y sino (como tantísimas películas y novelas) sólo me has contado un hatajo de mentiras a lo mejor muy bien perpetradas.

Cuando miramos el Moisés nos parece increíble, casi imposible, que un ser humano lo haya creado valiéndose de unas herramientas técnicas, igual que cuando contemplamos Las meninas o vemos ‘Ran’, de Akira Kurosawa. Otros pueden quedarse con lo mucho o lo poco que les gusta la historia que les cuentan, o el trasfondo, o el contexto conceptual que le presentan. La labor del crítico no es valorar una historia, algo por otra parte bastante fútil (¿valoramos acaso las astracanadas religiosas que dan lugar a las imágenes de los santos?), sino la técnica, el estilo, del autor, y cómo ha sido posible, qué viento creativo le ha movido a hacer tal cosa, y para qué. Da igual Escultura, Pintura, Literatura o Cine (si es que el Cine es un Arte, que muchas veces lo dudo mucho). El máximo objetivo del artista es crear la vida con aquellas herramientas y dentro de la disciplina que le haya elegido. No la vida real, por cierto, no un remedo de lo que tenemos en nuestra realidad. Sino una vida según sus propias reglas. Si el Moisés se levantara y hablara no sería una persona como las demás, sino una de tres metros, hecha de mármol, según las leyes creadas para él por el escultor que le dio la vida.

Lo dice Tarkovski al final de su imprescindible ‘Esculpir en el tiempo’: con el arte se demuestra que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios… por lo menos del Dios que nosotros mismos hemos creado. El Arte es algo vivo que se ha creado sin que puedas descubrir sus mimbres, las cuerdas que mueven sus criaturas. Se enmascara a sí mismo, a la técnica, de tal forma que se separa de la artesanía. Y a eso pueden acceder algunos medios, y otros por desgracia. Pero el artista lo que quiere es crear la vida, una vida muy diferente a la que conoce, según las reglas que él impone. Otros lo que quieren es epatar al espectador/receptor o ganar dinero con cuentos de indios.

Estas son mis ideas más sinceras sobre el tema.

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La música curativa

Y dirá el perspicaz lector de estas líneas: «¿este tío para qué pone una imagen arriba del todo de Die Hard, la obra maestra de John McTiernan de 1988 (de la que por cierto hicimos un estupendísimo programa especial en nuestro podcast, Viajeros de la Noche)?» Pues ahora lo voy a explicar, un poco de paciencia…

Y otros quizá digan: «ya está el Massanet con sus locuras de que si la Música puede hacer esto y la Literatura puede hacer aquello, cuando está meridianamente claro que el arte no sirve absolutamente para nada». Y yo diré: ¿seguro que no vale para nada? ¿nada más que para que pasarlo bien y soltar una lagrimilla o una carcajada o un grito de miedo de cuando en cuando? Pues os responderé: me parece que tenéis en muy poca estima a las novelas, a las composiciones musicales y a las películas.

Hoy, sin que sirva de precedente, porque en esta página no hablo de mí mismo, voy a hablar un poco de mí y de mi relación con un tema musical que pertenece a dos películas muy distintas, por una de esas ironías del destino. Se trata de este tema:

Claro, pertenece «oficialmente» a otra obra maestra, esta de James Cameron, titulada Aliens, de 1986. Pero también pertenece a Die Hard, a pesar de que Horner no aparece acreditado en los títulos de crédito del filme de aventuras protagonizado por Bruce Willis. Se oye al final de la cinta, en este momento maravilloso:

Las razones por las que un corte perteneciente a la música de un filme dos años anterior acaba en otra película muy distinta y con otro músico sólo las saben los productores. Lo cierto es que la primera parte de este corte –la más triunfal, la que se oye en Die Hard– fue descartada para Aliens. La segunda parte, a partir del minuto 1:23 aproximadamente, sí se oye en el filme de James Cameron, cuando terminada la pesadilla, Ripley y su ahora hija Newt se van a dormir el hiper-sueño de vuelta a casa. Es una zona del corte muy diferente al enérgico y vitalista comienzo, pues ahora entramos en un sonido apacible, de paz, casi de felicidad, de que todo está bien y podemos dormir. Hasta hace unos años yo no sabía que dos de mis películas favoritas, que se encuentran entre las que más veces he visto en mi vida, estaban conectadas de este extraño modo.

Descubrí todo esto, paradójicamente, en una etapa muy triste de mi vida, hace algunos años. A veces cuando todo viene de cara es muy difícil levantarse por la mañana, pero también es muy difícil dormir, sobre todo dormir sin pesadillas, sin ansiedad. Algunas noches tenía tanta ansiedad que en lugar de dormir me pasaba horas sentado en la cama, sin poder moverme, porque cualquier alteración podía causarme mucha más ansiedad. No podía moverme… pero sí podía escuchar música. Es lo bueno de los auriculares. Yo soy, además, uno de esos tipos que se pasa el día con la música en todas partes, y si no me la pongo en el trabajo es porque no me dejan, porque en caso contrario lo haría, y a todo volumen. Ahora bien, existe una dificultad: lo que te ayuda también te puede hacer daño. Otras etapas de mi vida tuve que dejar de escuchar música de manera radical porque me afectaba demasiado. Pero esa vez no quise hacerlo, por mucho que evocase ciertas cosas.

Y di con este corte de casualidad. Spotify, cuando has terminado con tu lista, te sigue entregando canciones afines a ella, de manera ininterrumpida. Una de esas noches de ansiedad infernal, en la que me encontraba entre el sueño y la vigilia, entró este tema. Y yo sabía a qué película pertenecía… pero había algo extraño en él. No era un tema sólo de Aliens, sino que recordaba haberlo escuchado en otra parte, en otro lugar importante de mi pasado, uno en el que yo me había encontrado bien, había sido casi feliz. Tardé casi toda la noche en dar con ello. Claro… ¡era el final de Die Hard! Como no es un corte al que yo hubiera prestado atención, solía pasarlo por alto cada vez que me caía en gracia. Pero esta vez no, porque en tan solo ochenta o noventa segundos, y gracias a mi descascarillada imaginación, estaba pasando, una y otra vez, de una de mis películas favoritas a otra. Y aún más importante, estaba enlazando dos momentos extraordinarios perfectamente fundidos en mi cabeza: el final de Die Hard y el final de Aliens. Y lo mejor de todo es que la parte más suave del corte era de una dulzura y de una calma que me ayudaron a sentirme mejor… en realidad mucho mejor. Es música para echarse a dormir en paz, como Newt y Ripley al final de su pesadilla.

Lo estuve escuchando una temporada, antes de dormirme, y lo cierto es que fue una de las razones (no la única, por cierto) que me ayudó a salir del agujero en el que estaba metido. Gracias a la música conecté con un momento de mi infancia en el que fui feliz en el cine y con dos personajes a los que conocía bien que por fin podían dormir.

La Literatura, el Cine y la Música se hacen para algo, aunque muchas veces quienes lo hacen no sean conscientes del todo de lo que están haciendo ni para qué, aunque cada cual encuentre sus propias conexiones con las obras que más laten en su interior. Y hasta aquí esta pequeña historia.

Otro día quizá me arranque con otra bien diferente, y que también tiene que ver con Aliens y con su música… o no, porque si Die Hard tenía música de ella, Aliens también tiene música de la primera película de la franquicia, algo también bastante extraño, concretamente aquí:

Cuando la reina alien asoma por la esquina es un corte del filme de Ridley Scott. Pero insisto que eso tiene que ver con otra historia.

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En busca del arte perdido

Todo el mundo anda queriendo definir o encontrar lo que significa el arte. Hace dos mil años, hace quinientos e incluso en este desquiciado presente. Por todas partes salen gurús y salen vehementes que encuentran arte en la caligrafía, en fabricar un cometa, en hacer la cama… Esto es arte, aquello no es arte, esto por fin sí que es arte, aquello vete tú a saber si es arte, y así estamos todo el puto día. Lo que más me llama a mí la atención, porque soy un cabrón, es que la mayoría de los que se ponen a pontificar, o de los que aparecen en redes sociales con todas las respuestas y con las cosas (aparentemente) muy claras, no han leído un libro de teoría del arte en su vida, ni conocen las teorías de los más grandes pensadores sobre el tema, o por lo menos de los pensadores más originales. Estaría bien que lo hicieran, porque así sus propias ideas tendrían algún sostén… o al descubrir que no tienen sostén ninguno dejarían de predicarlas

El arte es muy cabrón también. Lo decía ayer yo en este texto. O llegas o no llegas, por mucho que cuando alguien hace algo más o menos bien– ya sea una película, un bizcocho o un grafiti– ya le llaman artista. Y encontrar el arte perdido no creo yo que sea tan difícil, bastan algunos conceptos, por ejemplo que arte y artesanía no son lo mismo, y que demasiadas veces se confunden. El arte esconde al artista y la artesanía lo muestra. O lo que es lo mismo: el arte es casi sobrenatural porque no te explicas cómo se ha logrado sin ver el proceso, y la artesanía en su naturaleza ha demostrar ese mismo proceso, que está incrustado en su materia. El David de Miguel Ángel no te explicas cómo pudo ser cincelado, mientras que la artesanía de la vidriera más fastuosa del mundo revela su fabricación, las partes de las que está constituida, y casi la mano que la ha hecho posible. En definitiva, el arte crea la vida en una forma nunca antes vista, y la artesanía no puede hacerlo. Yo creo que por ahí van los tiros.

Ahora bien, si hablamos del arte y de lo que parece arte y no es, y de lo que no es más que un simulacro o un producto comercial, o que puede ser un artefacto narrativo muy eficaz que no llega a ser arte, la cosa está todavía más clara:

ARTE

No imita sino que crea vida, crea una segunda realidad, una ficción a partir de la cual sostener verdades, y que sirve como espejo de esta realidad.

En Cine:

Apocalypse Now, Nostalghia, Journal d’un curé de campagne, Sansho Dayu, Ran, Shoah

En Literatura:

Don Quijote (el mejor trabajo literario jamás escrito), Divina comedia, As I Lay Dying, Ulysses, La montaña mágica, La muerte de Virgilio

En Música:

Obertura 1812, Requiem de Mozart, Variaciones Goldberg, Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55. de Beethoven

NARRATIVA Y COMPOSICIÓN NOTABLE

Con algunos rasgos fuertemente artísticos, pero no todos. Algunas de estas obras rozan la condición de arte, y otras se quedan algo más lejos, o bastante más lejos, pero son algo más que simplemente composiciones eficaces.

NARRATIVA Y COMPOSICIÓN EFICAZ, COMERCIAL

Que simplemente cumple con el objetivo de entretener a las masas. Y aún puede ser peor la cosa, porque algunos no saben ni ser eficaces

Narrativa y composición boba, torpe o falaz

Narrativa o composición amateur

Creo que me lío… cuando la verdadera distinción sería entre arte y todo lo demás. Entre lo poético y todo lo demás. Esta es la clásica distinción de las cinco estrellas (malformación profesional mía…). El arte es siempre revulsivo, siempre terrorista. Es esa obra a partir de la cual ya no eres inocente, ya no puedes seguir como si nada… si de verdad posees un mínimo de curiosidad, espíritu crítico y vida creativa.

De modo que estaría la cosa así:

ARTE POÉTICO

ARTESANÍA

PRODUCTOS POPULARES Y COMERCIALES

Mucho más fácil todo.

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Declaración de intenciones

Ya sé que soy un rancio, cada día lo tengo más claro. Soy tan rancio que soy capaz de repetir hasta la náusea que ahora mismo no se escribe Literatura, en casi ningún lugar del mundo, salvo escasas excepciones que siguen intentando practicarla, o mantenerla viva. Tan rancio que sigo pensando en cuestiones de Cine igual que pensaba hace cuatro o cinco años (aunque muy diferente de hace diez o quince), y en cuestiones de videojuegos estoy cada día más convencido de que va a ser muy difícil que una artesanía que crea dioramas en tres dimensiones pueda ser un arte, o siquiera narrativa, o incluso una ficción.

Soy un grandísimo rancio, pero las cosas que pienso las pienso por un buen motivo y no por casualidad, y tampoco quiero tener razón. Quiero tener mis razones, y me gusta dar mis argumentos siempre que puedo (y pocas veces se puede), sobre todo cuando encuentro que los demás no me las dan o no me las quieren dar o no las tienen. Pero llega un momento en tu vida creativa en que da lo mismo lo que piensen de ti siempre que tú pienses de ti mismo que lo que sostienes, lo que defiendes y lo que escribes en ensayos, en artículos, en tu blog, y en donde sea, lo dices por algo y para algo. Por eso lo repito y lo voy a volver a repetir aquí.

En cuestiones de arte o llegas o no llegas. No vale llegar a medias. No vale ser un buen pintor, o un buen músico. Hace falta algo más. Me jode, la verdad, porque yo no sé (quizá nunca sepa) si tengo algo más, pero sí sé que ese algo más es la fina y complicada línea que separa lo correcto, lo artesanal, lo eficaz incluso, de lo magnífico y lo formidable. Y digo fina línea cuando en realidad son varias galaxias lo que separan una cosa de la otra, y el inopinado músico o pintor o poeta que lea estas líneas mías estoy convencido de que estará de acuerdo conmigo. Tengo tan clara esa línea que particularmente encuentro lamentable cuando tanta gente inteligente o preparada defiende, alaba e incluso glorifica títulos, u obras, o aspirantes cuyo trabajo no pasa del meramente solvente. Y en algunos casos no llega ni al nivel de interesante. O llegas o no llegas. Es una mierda, pero es así.

Y hay algo incluso más jodido: cuando te enamoras de esas obras que llegan, todo lo demás te parece insípido, glacial. Si la construcción narrativa, o la visión del artista, traspasa ese umbral, entonces sí: te pones de rodillas, te callas la boca y aceptas lo que hay, aunque esa persona, ese artista, te caiga fatal. Pero si no traspasa ese umbral te parece una soberana memez que salga todo el mundo a celebrar esa absurda victoria que nada aporta al arte. Y digo que es jodido porque a veces te impide disfrutar de cosas disfrutables (valga por una vez la redundancia), hasta que te reseteas por dentro y te obligas a darte cuenta de que no todo puede ser genial…

…pero algunas cosas lo son. Otras no, por mucho que digan bobadas sonrojantes sobre ellas, pero algunas sí. Y escuchar y leer a gente sobre Cine o Literatura o Música, anteponiendo a figuras normalitas o mediocres, frente a gigantes, da puta vergüenza ajena. Cada uno debería tener un panteón, y defenderlo como buenamente se pueda, o bien tenerlo tan bien configurado, que no haya que defenderlo, porque se defiende solo, aunque siempre habrá que salir a la palestra a insistir con él.

En Cine, la cosa la tengo tan clara que podría canturrear la docena del fraile. Nacidos en EEUU no hay nadie que haga sombra a estos:

Orson Welles
Francis Ford Coppola
Terrence Malick
David Lynch
Martin Scorsese

Y Europa tiene sus propios gigantes:

Luis Buñuel
Ingmar Bergman
Robert Bresson
Michelangelo Antonioni
Andrei Tarkovski
Lars Von Trier
Theo Angelopoulos
Béla Tarr
Carl Theodor Dreyer

En Asia tienen unos cuantos también:

Akira Kurosawa
Kenji Mizoguchi
Yasujirō Ozu
Hayao Miyazaki
Mikio Naruse
Wong Kar-Wai
Zhang Yimou

Y hay muchos estupendos, realmente buenos, que han conseguido hacer algo más que filmes correctos, bien hechos o eficaces. Puede que cientos. Pero compararlos con estos gigantes me parece un insulto a la inteligencia. Y lo mismo pasa en Literatura.

Por ingenio e intelecto, por vastedad conceptual, por la influencia abrumadora en todo el mundo, existe un único Dios que es Cervantes. Todos los demás, salvo escasísimas excepciones, están tan por debajo de él que resulta hasta doloroso tener que explicarlo. Solamente Dante, en poesía narrativa, y Quevedo, en lírica, pueden acompañarle en los últimos cuatrocientos años, que se dice pronto. Cervantes inventó la Literatura tal y como la conocemos. Claro, antes también la había, y no solamente en Dante, también en los romanos, y en los griegos. Pero después de él, me he leído a decenas y decenas de escritores supuestamente geniales. Y no veo tal genialidad salvo en títulos aislados: Moby Dick, La montaña mágica, La muerte de Virgilio, las novelas de Faulkner de su década prodigiosa (1929-1939), Pedro Páramo, La saga/fuga de JB, Meridiano de sangre, Guerra & Paz, Los hermanos Karamazov, Ulysses… Haberlas las hay, esas y algunas más, pero todas esas construcciones a la sombra del gran árbol de la sabiduría, del libro de libros, que es El Quijote. Ninguna literatura, en todo el mundo, posee algo de esta enormidad.

El Quijote es el libro de los libros. En él Cervantes inventa el relato moderno, incluye poesía y teatro moderno, recoge y reinventa las novelas de caballerías, la bizantina, la morisca, la italiana, la picaresca, la novela polifónica, la novela epistolar, la biográfica, la fantástica… el ensayo… la crítica literaria. Y no es la única obra maestra de Cervantes. El Persiles es una genialidad que se lee como si se hubiera escrito ayer. La Galatea es una maravilla de principio a fin. Sus Novelas Ejemplares, sus Entremeses, su Viaje del Parnaso… son todos trabajos extraordinarios, sublimes. Este tipo, que tuvo una vida durísima, es el Mozart, el Miguel Ángel de la Literatura mundial, y la gente ni lo lee…

Y luego se supone que gente como Molière, Shakespeare, Stendhal, Dickens, Austen, Borges, Hemingway, Proust, Beckett, Flaubert, Woolf, Cortázar, Hugo, y muchos otros, algunos quizá con obras magníficas, pueden competir con él. Todos ellos no tienen ni una milésima parte del ingenio arrollador del escritor más inteligente y cabrón de todos los tiempos. Ninguno de ellos ha parido una obra de la centésima parte de importancia que El Quijote, pero les nombran como sus pares. Todos ellos, y todos los demás, juegan al juego que inventó Cervantes. Punto final.

¿Y en series? Está clarísimo cuáles son las catedrales y las genialidades:

Twin Peaks
The Sopranos
The Wire
Deadwood
House M.D.
The Walking Dead
True Detective

Y podríamos (deberíamos) añadir otras como Vikings, Sons of Anarchy o Dekalog. Nombrar a cosas como Gámbito de dama, o Antidisturbios, como obras sobresalientes o series el año, o de las mejores que se han hecho, es otro insulto a la inteligencia.

Esto no es cuestión de gustos. Es cuestión de llegar o no llegar. Y esta es mi declaración de intenciones para todo lo que escriba, sea ensayo o ficción.

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ARTÍCULOS, MÚSICA

GN’R

Guns N’ Roses era la banda que nos gustaba a más de los que querían reconocerlo, mientras los puristas se deshacían en elogios hacia otros grupos menos «comerciales» o como mucho alababan el primero de sus discos, el mítico Appetite for Destruction de 1987, y despreciaban la megalomanía posterior. La gran banda de todos los tiempos era Queen, y la más grande de metal era Metallica, y los «gansos rosas» eran una mariconada para nenas.

Y tenían razón, en parte. Tenían razón cuando decían que Metallica duraría más tiempo que ellos, cuando repetían machaconamente que Axl Rose era un bocazas y un pirado que provocaría que la banda se fuera a tomar por saco, que los Guns querían ser una mezcla de Queen, Led Zeppelin y los Stones y que rara vez lo conseguían. Pero no tenían razón en muchas otras cosas, como que no serían recordados, que sus canciones y álbumes posteriores al Appetite eran mediocres y que su legado desaparecía rápidamente. Porque los Guns tenían algo, y siguen teniendo algo varias décadas después, cuando parece que el rock no es capaz de revitalizarse con nuevas figuras y ha de tirar de viejas glorias. Los Guns son una de esas leyendas que solamente se agranda con el paso del tiempo porque pese a sus carencias, sus locuras y su fugacidad, representan el espíritu puro del rock. Precisamente por esos aspectos y por ese aura maldita inherente a los más grandes.

Los Guns nos gustaban al principio porque eran una panda de arrastrados, de yonkis y de borrachos que habían surgido de la nada, durmiendo en coches o en camiones, o en pisos de amigos, o en la puta calle. Macarras con talento que tocaban en garitos nauseabundos con equipos de tercera, desgañitándose y rociando de cerveza a los que asistían, cada vez en mayor número, a sus directos, provocando peleas o participando directamente en ellas, tratando de desengancharse de la droga mientras se enganchaban a la fama inesperada. Flacos, violentos, peligrosos y desesperados. Hubo algunos grupos así pero ninguno como la banda liderada por ese sociópata de libro que fue, y sigue siendo, William Axl Rose (acrónimo de War, guerra). Era un orgullo que aquellos gamberros hubiesen publicado un disco tan bueno como el Appetite y que se convirtiera en el debut más exitoso de la historia de la música. Tú querías ser violento y amargado y terrible como ellos, y no el pringado que eras en tu casa, obediente y buenecito. A través de su música, de manera vicaria, te convertías en otra cosa, en aquello que anhelabas demostrar que eras y que el mundo (en realidad tú mismo con tus limitaciones y tus miedos) y las circunstancias te impedían ser.

Y por supuesto que escuchábamos AC/DC y Metallica como locos, pero algunos no nos avergonzábamos, como muchos otros, de escuchar también GN’R de manera casi obsesiva. Es decir, todos los santos días, en el walkman primero y en el discman después, y puedo decir aquí que muchas de sus canciones fueron un disparadero extraordinario a mi vida creativa, tanto en mis dibujos, como en mis historias y las películas o cortometrajes que soñaba algún día con llegar a hacer. Porque AC/DC era la electricidad y Metallica era la cadencia y el poderío, pero GN’R era otra cosa: era una inasible lírica, un sonido urbano y sucio, incluso en el magnífico y denostado Use Your Illusion, que te transportaba a otros lugares, que te proporcionaba otros colores y otras sensaciones. Era un estilo de vida, una forma de entender tu propia juventud. Y como todo eso se rompió demasiado pronto, porque a mediados de los noventa ya estaba claro que la banda estaba hecha trizas, se añadió un sentido de pérdida, de nostalgia inherente y veloz, quizá la primera que sentimos en nuestras vidas, mucho mayor que la prematura y trágica muerte de Cobain (también anunciada). Los Guns seguían, pero solamente con el desastroso Axl y con miembros nuevos, pero no sacaban disco, ni lo sacarían hasta 2008, el muy poco estimulante Chinese Democracy.

Pero cuando parecía imposible que se reconciliaran, sucedió el milagro. En 2016, veinte años más tarde de mandar al infierno al egomaníaco Axl, el mítico guitarrista Slash y el buen bajista Duff McKagan regresaron al seno de la banda, y desde entonces vienen haciendo directos por todo el mundo, demostrando que incluso lo imposible puede suceder, y que las bandas míticas que se rompieron demasiado pronto pueden volver a unirse para que sus antiguos seguidores, los que entonces tenían quince o veinte años y ahora tienen cuarenta y tantos, puedan por fin verles tocar sus grandes temas. y es que por alguna razón Axl sigue reteniendo esa voz rota y heavy (quizá la voz más heavy y grave de la historia del género) y Slash sigue siendo ese guitarrista de fantasía incapaz de seguir el ritmo en los directos pero capaz de improvisar con solos portentosos. Y así podemos volver a pensar que somos jóvenes y que tenemos por delante aún juventud que malgastar con sueños que no van a cumplirse y con mundos que no van a cambiar por más que lo deseemos con todas nuestras fuerzas.

Maravilloso el video de la también maravillosa Sweet Child O’ Mine:

Magnífico aquel Patience aunque el vídeo era bastante bobo:

Aunque para bobo el de la soberbia November Rain:

Pero el mejor vídeo que grabaron nunca, y probablemente la obra maestra de los Guns, sea Estranged:

Y vale ya de baladas, porque también hay vídeos míticos de las cañeras:

Y de las más rockeras:

Conseguir una entrada para un concierto, si es que vuelven por España, va a ser misión imposible. Así que de momento sólo resta seguir escuchándoles como hace treinta años, porque hay algunas cosas que afortunadamente nunca cambian.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA

Sobre la supuesta muerte de los críticos de Cine

Sólo hay una cosa de la que se hable casi tanto como de la supuesta muerte del Cine o de la Literatura: la muerte de los críticos, más concretamente la muerte de los críticos de Cine. Y es un tema, este de los críticos, que ya he tocado en varias ocasiones, y me temo que volveré a tocar siempre que sienta la necesidad de hacerlo, como una tesis a la que regresar y perfeccionar una y otra vez.

Con el inminente estreno en el Festival de San Sebastián del documental El crítico (Javier Zavala, Javier Morales Pérez, 2022), que por lo visto no solamente se centra en la figura del muy cuestionable Carlos Boyero, sino que lo toma como punto de partida para hablar de la decadencia de la «profesión», amén de la situación que llevamos arrastrando durante unos cuantos años con el cambio de paradigma que representan las redes sociales, muchos han aprovechado la oportunidad para, una vez más, dar por zanjado el mantra de siempre: que los críticos no sirven para nada, que si alguna vez sirvieron para algo fue para hundir estrenos o para conseguir éxitos de taquilla inopinados, pero que ya ha quedado claro que sus días están contados. Es decir, que como pasa con el Cine, la Literatura y otras artes narrativas, hay unos cuantos que parecen decididos a enterrar la figura del crítico de una vez, y si es en cal viva mejor que mejor.

Pero, y aquí voy a empezar a dar mi opinión, como suele pasar en estos casos la gente suele tomar la parte por el todo, a soltar cábalas sin hacer distinciones y a pontificar sobre cuestiones que son más complejas de lo que, quizá (al menos para ellos), pareciera. Porque de lo que se está hablando aquí no es de la (siempre supuesta) muerte del crítico o de la crítica, sino del reportero de Cine, que eso es lo que son, lo que han sido siempre, los Carlos Boyero, Carlos Pumares, Jordi Costa, Roger Ebert, Pauline Kael, y ahora la miríada de chavales que se ponen a dar teclazos y a dejar sus textos en blogs pseudo-profesionales, por mucho que algunos de ellos de vez en cuando escriban un libro, en solitario o en colaboración con otros. Reporteros de Cine, cuya decadente influencia tiene que ver, claro que sí, con la enorme decadencia de la prensa como creadora de opinión. Son los periodistas, entre ellos los reporteros de Cine, los que están en decadencia, no la crítica. Y no es que la crítica ande muy bien de lo suyo, pero es necesario, me parece a mí, llamar a cada cosa por su nombre.

Porque por lo que parece cualquiera puede ser crítico de Cine, no tanto de Literatura, y mucho menos de Música. Pero de Cine sí. Ahora bien, si quieres ser crítico de Literatura debes poseer amplios conocimientos en la materia, y no solamente haberte leído muchos libros. Y si quieres ser crítico musical has de tener grandes conocimientos del tema, no solamente haber escuchado muchos discos. Pero por la razón que sea, si te da por ser crítico cinematográfico, te sacas la carrera de periodismo, o de comunicación audiovisual, tienes la suerte de que te contrata un medio más o menos serio, y ya eres crítico. Pero los críticos son otra cosa bien distinta. Estos supuestos críticos, periodistas venidos a más, simplemente comentan las películas que ven los fines de semana, intentan crear opinión en base a sus gustos personales (en casos como Boyero, sin ningún tipo de subterfugio, como si fuera un tipo en la barra de un bar soltando sus poco elaboradas ideas), y ya les llaman, se llaman a sí mismos, críticos. Y no. Va a ser que no. Solamente algunos como Angel Fdez-Santos, por nombrar a uno que trabajara en un periódico, tenía algo de crítico, muy buena pluma y una intuición extraordinaria para maquillar sus muchas (y reconocidas) carencias técnicas. Fdez-Santos, además, fue a la escuela de Cine.

Un crítico es alguien que para empezar debe poseer una base teórica profunda sobre aquello que va a comentar, y debe estar ajeno a modas, estrenos, farándulas y divismos. Su misión es importantísima: estar a la altura de aquello que va a criticar, desarrollar sus ideas en ensayos, libros, investigaciones; ejercer de intermediario (no se me ocurre una palabra mejor) entre la obra y el espectador/receptor, y esto tanto en Cine, como en Música o Literatura. El crítico es el profesional que te abre los ojos ante aquello que estás viendo, que te incita a conocer más, a desechar prejuicios, a expandir tu vida creativa, y lo hace no con filias o fobias, sino con ideas arraigadas en un canon, con argumentos de peso, con hechos técnicos y objetivos, en una investigación que dura siglos y de la que él es solamente el último representante. Ni más, ni menos. El arte, incluido el narrativo, si perdura es por los críticos que lo defienden, lo muestran, lo desmenuzan y lo visibilizan.

Y la única razón por la que tantas personas quieran destruir a los críticos cinematográficos, y a cualquier crítico de cualquier disciplina, y quieran dejar bien claro que todo es cuestión de gustos personales, es que se sienten atacados, disminuidos, ante un crítico que a lo mejor tiene tanto de crítico como ellos, es decir todos estos reporteros que simplemente dicen lo que a ellos les interesa. Ah, pero luego todos estos que quieren destruir al crítico no pierden ni un momento en atiborrar redes sociales con sus «críticas», demostrando en la mayoría de los casos su ignorancia y su indolencia, y que de verdad se necesitan críticos valientes, sosegados y capaces de encontrar Arte en un marasmo de marketing, posmodernismo e intereses comerciales.

Críticos de verdad siempre habrá. Otra cosa es que encuentren los canales para dejar sus investigaciones, y que los espectadores/receptores se interesen por esos trabajos y no por lo que dice el reportero estrella en los estrenos del fin de semana.

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ARTÍCULOS, CÓMIC, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

No solo de Cine se puede vivir

Algo de lo que me he dado cuenta después de tantos años en las diferentes escuelas de Cine a las que fui (alguna mejor que otra…), después de tanto escribir, de hacer cortometrajes, de charlar a todas horas sobre Cine y Literatura, después de ponerme en serio con lo de ser novelista, y ahora que estoy con el Canon de Series y con Viajeros de la noche, es que muchos que creen que «saben mucho» de Cine, independientemente de que tal cosa sea cierta o no, son bastante soberbios, y que la mayoría de ellos únicamente ven películas, una tras otra, y poca cosa más. Es decir: son unos analfabetos de manual.

A lo largo de los veinte últimos años de mi vida no puedo enumerar cuántos tipos (sobre todo varones, es lo que tiene la testosterona…) me han dado la vara con cuántas miles de películas han visto, con cuánto saben de eso que ellos llaman «el séptimo arte», y por tanto los extraordinarios cinéfilos que son. Basta que yo abra la boca sobre alguna película en cualquier debate, para que surjan dos o tres de esos y luego no me dejen en paz (a veces durante años…), insistiéndome en que se han visto prácticamente todo lo que se ha hecho en Cine, algo prácticamente imposible teniendo en cuenta la producción anual de películas. Se parece a eso de que mi coche es más grande y más potente que el tuyo, es decir a una sustitución neurótica del tamaño del pene. Pero, claro, luego hablas con ellos más allá de las cuatro o cinco cosas que dicen dominar, y casi siempre te las tienes con un adolescente disfuncional, a veces de cuarenta o cincuenta años…

Lo cierto es que no sólo de Cine se puede vivir, y si de verdad quieres conocer a fondo el Cine no te queda otro remedio que conocer de bastantes cosas más. Algunos un poco más avispados se empapan de la semántica y del lenguaje cinematográfico y bueno, pareciera que tienen algo que en realidad no tienen, pero lo cierto es que a menos que tengas conocimientos por lo menos básicos de Literatura, Teatro, Poesía, Fotografía, Pintura, Música y Arquitectura, lo llevas más bien crudo. En realidad, todas las artes se alimentan unas de otras, y por mucho que te hayas visto en tu vida 16.000 películas, si apenas lees y si no tienes nociones de bellas artes, te quedas (como se quedan el 99%) en un friki, un fanático que no sabe muy bien de lo que habla. Las tres artes más abstractas (la Literatura, la Música y el Cine) se vampirizan unas a otras, en mayor o menor medida, mucho más de lo que pudiera parecer, y cuando alguien se pone a hablar o a escribir sobre una película, queda meridianamente claro, y con gran rapidez, qué tipo de lecturas y qué tipo de música son las que habitualmente lee o escucha… si es que lee o escucha algo.

Sin embargo no es necesario conocer el Cine, siquiera tangencialmente, para conocer la Literatura y la Música, y ese es uno de los no pocos indicios que nos hacen sospechar que son artes mucho más desarrolladas que este por el que tantos escriben y hablan y están obsesionados. Además, ver 2.000 películas es relativamente fácil, pero no así leer 2.000 libros.

Lo que yo siempre, ingenuamente, espero (por mucho que algunos piensen que no digo la verdad en esto) es encontrar interlocutores válidos, con los que poder hablar y quizá aprender, pero eso no es fácil según uno va cumpliendo años y va a acumulando bagaje. Y no me refiero ya a ese vertedero intelectual y moral que es Twitter, sino en el día a día, en nuestras interacciones sociales. Pareciera que todo es una competición a ver quién vio la película más rara o el libro más inclasificable, en lugar de compartir conocimientos, o de llegar a hechos consumados. Por eso me gusta hablar con mis compañeros de Viajeros de la noche, porque creo que no vamos de sobrados, sino que indagamos lo mejor que podemos en aquello sin lo que no podemos vivir… y nunca es sólo Cine, también series, cómic, Literatura, Música, videojuegos… lo que sea. No hay tiempo para nada y los años pasan volando sin que uno se entere, pero el poco tiempo disponible no puede dedicarse solamente al Cine, por mucho que nos vuelva locos…

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