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«Obra maestra», la expresión que a tantos les gusta emplear

No falla… no hay momento en una conversación, aunque sea en una por Twitter en la que dos interlocutores no estén de acuerdo en casi nada, en que alguien no use a la ligera la expresión «obra maestra». Pensémosla, digámosla en voz alta… al tener una erre intercalada en ambas palabras, como que suena mejor, más rotunda, más severa. Diciéndola, pensándola, metiéndola en alguna conversación, nos sentimos como más inteligentes, más capaces, con más autoridad intelectual. Incluso rima un poco. Por ello, y por unas cuantas razones más, no existe expresión más manoseada y abaratada cuando nos ponemos a hablar de películas, o de novelas, o de series…

…porque todo el mundo quiere encontrar su «obra maestra», todo el mundo quiere defender una «obra maestra», todo el mundo quiere proclamar una mientras el resto del mundo quiere defenestrarla o ningunearla. Defender «obras maestras» está muy bien. nos ayuda a levantarnos por la mañana con mayor orgullo, nos da una razón para sonreír y sentirnos mejor con nosotros mismos. Defender películas de mierda o novelas de mierda también está muy bien, a su manera, sobre todo cuando queremos hacer postureo, como lo que hace Alberto Olmos cada vez que se pone a escribir su columna, o cada vez que la gente intenta sostener sus gustos de la infancia. Pero cuando por fin nos ponemos a defender «obras maestras» creemos que sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. ¿Y eso siempre es algo bueno, no?…

…salvo que no… no por ello sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. Para empezar estaría bien saber lo que significa eso de «obra maestra».

La mayoría, me temo, la usa a modo de comodín para casi todo: para calificar una gran obra, para ponerlo delante de sus películas y sus novelas preferidas, para etiquetar lo más importante del año o de una década, para sacarle brillo a esos títulos desconocidos pero vanguardistas…. Así, más o menos todo es lo mismo: obra maestra, obra magistral, obra perfecta, «magnum opus», obra clásica, obra de arte, obra única, obra genial. La «obra maestra», tal como su mismo nombre indica, debe ser cualquier obra de gran envergadura de alguno de esos «maestros» que andaban o que todavía andan por ahí, ¿no? Ahora es cuando nos ponemos a definir con más exactitud la expresión de marras y nos vestimos de profundidad: una «obra maestra» es esa pieza perfecta que expresa conceptos universales, que habla de su tiempo y a la vez está fuera de él, por lo que puede resistir el paso de los siglos; es además una pieza que establece una dialéctica con sus precursoras y que rotura nuevos caminos artísticos, etc, etc, etc….

Luego llegará el posmodernista de turno y dirá que una «obra maestra» es diferente para cada uno y que su misma definición y aplicación depende de cada cual, y ya estará todo zanjado.

Pero estaremos de acuerdo –si es que podemos ponernos de acuerdo en algo– en que da la sensación de que cuanto más se usa esa expresión menos capacidad se tiene para reconocer una aunque te la pongan delante de las narices.

La obra maestra es, sencillamente, la pieza catedralicia de un autor, la que más define su personalidad artística, la que es el mejor y más perfecto compendio de la obra de un gran escritor o un gran artista en una disciplina determinada. Así, la obra maestra de da Vinci es ‘La Gioconda’, la de Miguel Ángel en pintura es ‘La capilla Sixtina’ y en escultura ‘La piedad’, la de Mozart es ‘El Réquiem’… Pero: ¿y cuando un autor tiene no una sino varias obras gigantescas? ¿No hizo también Mozart ‘El rapto en el serrallo’, ‘La flauta mágica’ y varias otras? ¿No esculpió Miguel Angel también el ‘David’ y el ‘Moisés’? ¿No pintó da Vinci también ‘La última cena’? Y en cuanto a Cervantes: su obra maestra es ‘El Quijote’, claro, ¿pero no escribió también el ‘Persiles’ y las ‘Novelas ejemplares’? La de Coppola es ‘Apocalypse Now’, pero, diablos, ¿este tío no hizo también nada menos que ‘The Godfather’? ¿Y en el caso de gente como Kurosawa? ¡Qué difícil es decidirse! ¿Cómo se hace esto? De pronto no parece tan fácil ponerse aquí a pontificar sobra las «obras maestras» como todos esos chavalillos (y no tan chavalillos…) parecen creer.

En todo caso estaremos hablando de composiciones magistrales o geniales, de piezas de gran perfección, importancia o influencia. Pero no de obras maestras. Si queremos de verdad usar la expresión con propiedad y sentido común –aunque estoy seguro de que para muchos eso de hablar con propiedad y sentido común es innecesario– podríamos por lo menos aprender lo que significan las palabras y las expresiones y usarlas en concordancia con ese significado y esa utilidad.

Pero en fin, en esta época de postureo y de narcisismo desatado, supongo que es hasta lógico que la expresión «obra maestra» se use para casi todo y sobre todo para quedar bien. Borren este artículo de su cabeza, no me hagan caso, ni hagan caso a nadie. Las obras maestras son lo que ustedes quieren que sean y ya está y se ha acabado. ¿Quién soy yo para hacerles ver las cosas de otra forma? ¿Sólo porque me ciño a los hechos y al significado real y racional de las cosas? ¡Al diablo los hechos y la racionalidad!

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Sobre eso que llaman «cultura popular»

Sigamos hablando un poco de eso que se han avenido en llamar «cultura popular» –aunque más bien habría que hablar de «cultura de masas», o de «cultura pop»–, que muchos, es decir todos aquellos que reniegan de eso que se han avenido en llamar «gafapastismo» llevan de un tiempo a esta parte insistiendo en que es tan valioso, tan válido, tan importante como lo pudiera ser la llamada «alta cultura». Basta entrar en Twitter, y me temo que en otra red social cualquiera, para ver hasta qué punto una legión de personas aficionadas al cine y a las novelas están echando el resto para que de una vez por todas se considere de manera global (como si no se hubiera conseguido hace ya algún tiempo…) que la cultura de masas es también cultura, tan elevada, tan profunda y magnífica como la otra, esa que ellos no quieren ni ver.

Para todos esos y esas, la llamada «alta cultura» está constituida al parecer de una serie de obras aclamadas por una élite, un grupo de académicos que han ido pasándose el testigo siglo tras siglo, como una secta oscura. Esta élite (social e intelectual) se ha puesto de acuerdo en aclamar obras o títulos aburridos, que solamente entienden ellos. Y esto no puede ser, de ahí el cabreo de tantos y tantas que disfrutan mucho más de una película de los ochenta que de una novela de Thomas Mann. Para estos defensores de la cultura de masas, los puntos de su doctrina son más o menos los siguientes:

  1. El arte es totalmente subjetivo, lo que te gusta a ti, no tiene necesariamente que gustarme a mí, con lo cual yo solo, sin necesidad de formación o de una base teórica, puedo establecer qué es lo valioso y qué es lo desechable.
  2. En relación a lo anterior, tanto vale una canción de Michael Jackson como un adagio de Mozart. ¿Tú tienes formación musical y tienes claro que el adagio es mucho más complejo y difícil de escribir y ejecutar? Yo desde mi no formación puedo aludir que a mí me gusta más, y con eso basta.
  3. Porque el arte no tiene por qué ser algo elevado que sólo entiendan las clases altas, el arte puede ser lo que yo quiero que sea.
  4. Y yo quiero que el arte sea algo divertido, algo con lo que gozar y pasar un gran rato. En caso contrario, aplíquense puntos 1, 2 y 3.
  5. Todo aquel que me contradiga, todo aquel que tenga argumentos para echar por tierra estos puntos con argumentos asentados en bases teóricas férreas, no es más que un gafapasta (lo que le niega cualquier respeto social) y un fanático intolerante (lo que le certifica como apto para ser ignorado).

En definitiva, es el arte el que tiene que bajar al fango de lo popular, no lo popular lo que ha de elevarse a un rango más elevado, más poético, que no es «mejor» sino capaz de trascender los límites de la sociedad y de lo cultural. El espectador o lector ha de obtener lo que quiere, porque está en el centro de la cultura de masas, es el activo más importante, el que posibilita una industria, una escala social y económica. Todos esos gafapastas o fanáticos intolerantes que atacan con vehemencia lo popular y tratan de imponer los gustos de una élite, que pretenden demoler con argumentos muy bien elaborados lo que a ellos les gusta de una manera visceral, son un peligro para lo popular, para su permanencia, para su triunfo definitivo. Ya va siendo hora, dicen ellos, de que una película de Marvel o de Disney gane el Oscar o incluso la Palma de Oro de Cannes. El pueblo lo merece. Darle el Óscar a mejor película a ‘Avengers: Endgame’ habría sido un triunfo sobre todo de los humildes, del pueblo llano, frente a los poderosos, los que tiranizan el arte para convertirlo en algo indescifrable, inalcanzable para la mayoría…

Pero la realidad es muy diferente a lo que estos guardianes de lo popular demandan. Puede que tales cosas tuvieran algún sentido (escaso, neurótico, narcisista, pero sentido al fin y al cabo) hace unas décadas. Pero no ahora. El arte popular tiene todas la de ganar, y el arte «elevado», o como se le quiera llamar, está en franca retirada, cuando no herido de muerte y a punto de desaparecer. Nunca se había producido tanta cultura de masas y nunca se había accedido a ella de manera tan masiva. Los costes de producción se han abaratado, y los de distribución también. Pedir, exigir más bien, que el arte culto ceda su espacio al arte popular, que le deje respirar, es como cuando hace varias décadas los espectadores más bakalas pedían que hubiese más salas de cine doblado cuando las salas en VO eran muchísimas menos, o como que Israel clamara ayuda internacional ante el daño que le hace la ocupación palestina en sus tierras (bueno… de hecho hace algo parecido…). Es no solamente una infamia, es una falacia como una catedral. La cultura de masas ha vencido por KO, se acabó el combate, pueden retirar el cadáver de la «alta cultura». Pero no solamente quieren vencer por KO, lo que quieren es que se reconozca de manera universal que una basura como ‘Reina roja’ se admita en la misma liga que ‘El Quijote’, o que un filme tan mal escrito, dirigido, intepretado y montado como ‘Avengers: Endgame’ tenga la misma consideración que la trilogía ‘The Godfather’. Quieren no solamente vencer al enemigo, sino aplastarlo, aniquilarlo, borrarlo de la faz de la tierra y de la memoria de aquellos que quieran recordarlo.

Así de claro.

Pero ni los poderosos son los que valoran una obra de arte en su justa medida, ni cualquier best-seller escrito bajo mínimos de inteligencia puede ponerse al lado de ‘El Quijote’. Las cosas son las que son, y la realidad es tozuda, inamovible. Los poderosos son, en realidad, los que venden basura al pueblo poco exigente, y los que se forran con ello, impidiendo la posibilidad de que verdaderos artistas tengan algo de visibilidad. Y el arte no es algo que deba disfrutar (si es que la palabra es disfrutar… que lo dudo mucho) todo el mundo, entre otras cosas porque a la gente ni le interesa el arte, sino pasárselo bien, y no hay nada que objetar a ello. Ni todos los libros son Literatura, ni la Literatura es algo al alcance de alguien que se haya leído 5.000 libros y se ponga a teclear en un ordenador. Puedes leerte un millón de libros, eso no cambiará nada. Una persona, en este caso Cervantes, que jamás pudo vivir de lo que escribía, era mil millones de veces más sabio, ingenioso, inteligente y perspicaz (no son sinónimos, por cierto…) que Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Rosa Montero, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, Ken Follett, Mario Vargas Llosa, Almudena Grandes y Dan Brown juntos. Un sólo capítulo de su ‘Persiles’ les deja a todos en vergüenza, así como una sola sección de la catedral de Toledo deja a los arquitectos actuales en muy mal lugar.

El arte (la Música, la Literatura, el Cine) es superior e irreductible a la cultura. La cultura es localista, de identidad geográfica. El arte es universal. ‘El Quijote’, la catedral de Toledo, ‘La Divina comedia’, ‘Las meninas’ o el ‘Requiem de Mozart’, son patrimonio cultural de su país, por supuesto, pero pertenecen a la humanidad por entero. No hay fronteras, ni lenguas, ni identidades culturales que las contengan y en las que se disuelvan. La gente cree o bien que no necesita el arte, o bien que merecen que el arte esté a su altura sin ningún esfuerzo por su parte. Ni se plantean que jamás el arte se ha considerado de esa manera. Efectivamente hace muchos siglos el arte literario, musical o de cualquier otra disciplina estaba limitado a las clases altas, pero eso no significa tampoco que esas clases dominantes, por el mero hecho de tener riqueza o posición, pudiesen «entenderlas» o estuviesen «a la altura». El arte nace de la placenta de lo popular, se alimenta de ello, de la observación pura. El artista surge del pueblo, y trabaja, aunque la gente no lo entienda, para el pueblo. Pero no haciendo lo que el pueblo quiere o desea, sino lo que ni siquiera sabe que necesita. Una catarsis, una advertencia, una crítica, una revolución.

Y eso no va a cambiar, por mucho que quieran. La canción ‘Thriller’ de Michael Jackson es estupenda, y su videoclip, tal vez el más famoso de la historia, está muy bien filmado. Pero cualquier adagio de Mozart está técnicamente mejor escrito, musicalmente llega mucho más lejos, en todos los aspectos de ese arte. Si de verdad te interesa la música lo sabes, y si lo único que te interesa es disfrutar, ni lo sabes ni te interesa saberlo. Harry Potter está bien escrito, y algunos best-sellers no están nada mal, pero ‘El Quijote’ es el compendio de reglas narrativas de la Literatura, y para ponerse al lado de eso hay que ser o muy ignorante o muy estúpido. La cultura de masas fue la que dio lugar al posmodernismo, y no al revés. Y ahí estamos, en un mundo en el que el arte se confunde con cultura, y la vida con el arte. Pero algunos seguiremos proclamándolo el tiempo que sea necesario.

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El tinglado de los mediocres

La única cosa buena que estoy comprobando que tiene Twitter, aparte de promocionar tu material en el caso de que tengas muchos seguidores, consiste en conocer gente interesante y en interactuar con ellos y quizá llegar a aprender alguna cosa. Todo lo demás es bastante desalentador. Nos preguntamos, algunos, cómo es posible que la Literatura, que la Música y que muchas veces el Cine estén en una situación tan lamentable, y la respuesta la teníamos delante de nosotros. La respuesta está en la gente que escribe en Twitter.

Porque allí no solamente escriben usuarios anónimos, algún que otro entendido de algo, opinadores, divulgadores, trolls, unas cuantas hordas de fascistas… sino también creadores. Escritores, músicos, cineastas… La mayoría de ellos escriben en Twitter sobre todo para autopromocionarse, de una manera constante, compulsiva, diríase que obscena. Si coges a cualquier «novelista» de moda, incluso aquellos que no tengan unas ventas espectaculares, tendrá un 99% de su TL sobre sus novelas, sus proyectos, la cantidad de gente que les lee, les comenta y les retuitea. El otro 1% se divide entre dar coba a los lectores o seguidores, y en dejar sus ideas sobre alguna cosa que esté en boca de todos. Es ahí, en esas ideas, donde hay que fijarse. Nunca hasta ahora, en toda la historia, habíamos tenido acceso a lo que pueden pensar, al sistema de ideas personal de un autor (un director, un escritor, un músico) como ahora. Si lo que buscamos es hacer una radiografía de los autores de hoy para rastrear las razones por la que la Literatura es una piltrafa, la Música es una basura, y el Cine está a punto de desaparecer como tal, basta leerte los TL de Arturo Pérez-Reverte, su discípulo Juan Gómez-Jurado, y otros muchos como ellos, y que por mucho que lo intentes se te abra la Tierra bajo los pies por esa mezcla de prepotencia e ignorancia congénita, por esa disonancia cognitiva que les hace pensar que todo lo que dicen es muy inteligente y/o divertido, y por la lacerante falta de ingenio y creatividad en cualquier cosa que dicen o piensan.

¿Alguien se imagina a William Faulkner, Joseph Conrad, Virginia Woolf, Gonzalo Torrente Ballester, Cormac McCarthy (este todavía está vivo), Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Víctor Erice, Enrique Urbizu o Terrence Malick diciendo estupideces en Twitter? Desde luego, tendrían cosas mejores que hacer, pero si se pusieran a ello tendría un TL bastante más interesante que esta panda de vendedores cuyo único objetivo es doble: estar en el candelero y ganar pasta. Y lo hacen del modo más innoble posible: diciéndole a la gente qué es lo que deben apreciar, valorar y comprar, y lo que no, como si ellos además de vendedores de humo fueran jueces de la estética y la poética ajena. Que cualquier hijo de vecino se ponga de crítico literario o cinematográfico en Twitter tiene algo de entrañable, pero que lo hagan estos mercachifles es un crimen que debería estar penado con la expulsión de la sociedad y el embargo de toda su producción.

Porque cuando se ponen a hablar de Cine o Literatura (de Música ya no se atreven, porque tienen tan poca idea como de lo otro, pero demostrar que se tiene alguna es bastante más complicado, por lo visto) el Pérez-Reverte, el Gómez-Jurado y otros vendehumos de farfolla literaria, en lugar de limitarse a decir lo que a ellos les gusta o les ha interesado, sin insistir mucho más, lo que hacen es establecer una serie de ideas sobre lo literario y lo cinematográfico que convence a sus seguidores de que esa es la forma adecuada de enfrentarse a lo literario y lo cinematográfico, y de paso justificar su propia existencia. Cuando Pérez-Reverte o Gómez-jurado, y otros muchos, insisten (sobre todo en los últimos tiempos, en los que parece que se están llevando a cabo «cruzadas culturales» en Twitter en favor de lo popular como una forma de arte, desterrando lo más elevado) en que vale tanto un cómic de Tintín o un best-seller actual como ‘El Quijote’ o como ‘La Ilíada’, lo que están haciendo es clamar a los cuatro vientos que ellos mismos, que están más influenciados por Tintín o por un best-seller que por la verdadera Literatura, valen tanto como ‘El Quijote’ o ‘La Ilíada’. Cada vez que afirman en una entrevista, o en televisión, o en la radio, o en su TL, que las películas de la Marvel son maravillosas, que la Rowling es una novelista extraordinaria, que los cómics de su infancia son los que les marcaron, lo que hacen es intentar cambiar el paradigma del arte y de la narrativa para que ellos quepan en él.

Por eso insisten en lo de la cultura popular, y en la cultura de masas, como algo tan valioso, y al fin y a la postre tan elevado y tan histórico como la llamada «alta cultura», que yo tampoco sé muy bien lo que es… porque ellos pertenecen a eso, son epítomes absolutos de la cultura popular, y quieren seguir siéndolo, quieren seguir siendo famosos y ganar mucho dinero, y si desean mantener ese tinglado tienen que ser los primeros en defenderlo, han de ser los primeros en defender ‘Avengers: Endgame’ y el último best-seller de no sé quién. En caso contrario correrían el riesgo de que la gente descubriese que no son nadie, que no son nada, ni literaria ni intelectualmente. Han de alinearse con el vulgo, con el lector o el espectador menos exigente, porque si arrimaran el hombro con los más exigente serían una contradicción viviente.

Pero las cosas no son tan fáciles, y no son desde luego como ellos quieren que sean. Lo popular y lo elevado no se diferencian tanto en sus resultados como en sus intenciones iniciales. Existen grandes películas hechas con mucho dinero, y existen excelentes novelas que han vendido millones de ejemplares, pero eso no significa que la Literatura y el Cine deban ser populares. Lo que deben es alimentarse de la placenta de lo popular, pero no darle al público exactamente lo que quiera obtener. Esa es la muerte del arte. Un artista no está ahí para contentar al público, no es responsable (como diría Tarkovski en ‘Esculpir en el tiempo’) de que el receptor esté de buen humor. Un artista verdadero no es un artista de salón, ni de guateque, que es exactamente lo que son esos fanfarrones vestidos de literatos llamados Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado y muchos otros. Un artista, un poeta verdadero, es otra cosa, DEFINITIVAMENTE. Es un terrorista de la sociedad, alguien que te dice precisamente lo que no quieres oír, lo que no soportas, lo que eludes, aquello de lo que huyes. Y aún así le agradeces el haberlo hecho.

Basta echar un vistazo en Twitter, o hablar con la gente en el trabajo o en la barra del bar, para comprobar que quizá más que nunca estamos en un momento en que la gente no se quiere enfrentar a la verdad, no quiere sufrimiento, no quiere lucha, no quiere combate. Prefiere una imagen prefabricada, amable, bienintencionada, a la dureza de la cruda realidad. Bueno pues para eso está la ficción, no para hacerte soñar con mundos fantásticos, imposibles, mágicos, en los que el bien venza al mal, a los que poder huir porque te sientes confortado, a salvo. No hay donde huir. Nadie está a salvo. Aceptar lo que te dicen estos artistas de la fanfarronada, estos «artistas populares», es dejar que te engañen, que te manipulen, dejarte sin armas para enfrentarte a lo racional, a la verdad desnuda y jodida de la realidad. Por eso la ficción ahora, la verdadera, la terrorista, es más necesaria que nunca, porque con una apariencia de ficcionalidad, te susurra aquello que no quieres que te cuenten.

Al final las cosas caerán por su propio peso, por la acción de la mera gravedad. Se conocerá esta época como la más gris y la más carente de ingenio en muchos siglos (eso sí, llena de astucia para vender basura), y si salimos de ella quizá podamos recuperar cosas tan bobas, tan poco importantes, tan prescindibles como la Literatura y el Cine.

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Hans Zimmer y lo determinante de la música en cine

El reciente Óscar a Zimmer por ‘Dune’ (2021), segundo de su carrera tras el conseguido hace más de un cuarto de siglo por ‘The Lion King’ (1994), le confirma no solamente como el compositor de música de cine más popular de los últimos años, sino además como el que está consiguiendo, en un momento en el que la música sinfónica para cine está perdiendo toda relevancia, que esta disciplina crucial sea capaz todavía de ser determinante en la composición de una película. Personalmente se lo habría dado por su fenomenal trabajo en ‘Dunkirk (2017) antes que por esta, pero eso poco importa.

Zimmer ha conseguido, en varios trabajos para el muy sobrevalorado Christopher Nolan y para el un tanto impersonal Denis Villeneuve, ser el factor determinante, es decir el verdadero cineasta de la película… y viene a corroborar mi idea, mi convencimiento más bien, de que la música en cine viene a ser como el entintado en cómic: la última fase, el último borrador, y por tanto el que le da la versión final y convierte al filme en lo que realmente es. En la boba y meliflua ‘Inception’ no conseguía imponerse, si bien el tema final (que por cierto es el más escuchado suyo en Spotify) era de una belleza imponente:

En posteriores trabajos para Nolan y en el ‘Dune’ de Villeneuve, él es el verdadero narrador. La muy endeble ‘Dunkirk’, que muchos han calificado muy temerariamente de «obra maestra» del bélico pero que nada aporta al género y que nada puede aportar al espectador, cuenta con una música de Zimmer que no es realmente música, sino una colección de ruidos y sonidos muy bien ejecutados y muy mal empleados por Nolan. Si Nolan hubiera sido el gran cineasta que no es habría utilizado esta singular y poderosísima música/no-música de una manera mucho más interesante. Con ella, por lo menos, consigue que la frágil y casi inexistente estructura del filme parezca mucho más férrea. Pero Zimmer debería haberse llevado el Óscar por cosas increíbles como esta:

Su empleo en la película es casi anecdótico, tangencial. Es incomprensible. Otras músicas de Zimmer para el filme están mejor empleadas o por lo menos tienen más recorrido y más presencia. La suficiente para salvar a esta película de un desastre narrativo absoluto. Si ‘Dunkirk’ se sostiene es por Zimmer. Pero ya en la también muy sobrevalorada ‘Interstellar’, que empieza bastante bien y que acaba despeñándose en un delirio metafísico sin pies ni cabeza, fue Zimmer el que consiguió elevar la emoción de la película con cosas impresionantes como esta:

Al menos en esta película su música tiene un empleo mucho más inteligente que en ‘Dunkirk’. Finalmente, para ‘Dune’, por la que se ha llevado el Óscar, consigue que una película tan fría, tan impersonal y tan poco enérgica parezca otra cosa. Es una música más sinfónica que las otras, con más melodías y más ritmos, y sus cadencias y sonoridades consiguen que ‘Dune’ sea una película diferente y mucho más interesante:

Hay una cosa que muchos no parecen dispuestos o no tienen la menor intención de entender: la música en cine lo cambia todo, incluso la que sólo es sonido, incluso el sonido ambiente, los diálogos o la música diegética. Un drama convulso o un paraje desolado adquieren otras tonalidades con una música eufórica. Porque así funcionamos los seres humanos: nada gana a la música. Mientras muchos analistas superficiales como el tal Bracero de Twitter creen que un plano de un espejo roto puede definir la calidad de una película, o su profundidad narrativa, o el estilo de un autor, en ese pensamiento burgués y conservador que cree que una película es simplemente una suma de planos, en realidad la cosa es bastante más compleja, y tiene que ver con el cine como una forma de música, como una forma de atrapar el tiempo. La cadencia, el ritmo, la sonoridad y el tono son mucho más importantes de lo que parece, y por eso el montaje y la dirección de actores son esenciales para definir una gran película, y no la historia o la sucesión de planos más o menos dirigidos para conseguir ideas subrepticias o símbolos más o menos profundos.

Que Zimmer es mucho más cineasta, y mucho más narrador que Villeneuve o Nolan, queda patente en sus películas, y que la música, o la falta de ella, o que la musicalidad es esencial para definir la altura de un filme, es algo que a mí me pasma que muchos todavía no se hayan percatado, y que habrá que seguir mucho tiempo insistiendo en ello hasta que los no convencidos por fin abran los ojos a algo tan elemental es una realidad que por mi parte ya está asumida.

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Qué asco de música

Lo sé, soy muy cañero a veces. Así mismo, soy incapaz de reprimirme cuando algo me da mucho asco. Y si fuera capaz de reprimirme sería mucho peor, porque después saldría eso que he conseguido guardar, y saldría multiplicado por cien, y todo se vería inundado de mi enorme capacidad de sentir asco. Un desastre, vaya, regado con ataques de histeria y de risa.

Soy así desde chaval, desde pequeño diría yo. Pensaba que era una rareza de mi carácter, pero qué va. Es que soy de esos a los que generalmente se denomina como exquisitos. Si a mí me das a probar un buen plato de lo que sea… salmón, por ejemplo… la próxima vez que lo hagas, o que lo haga yo mismo, ha de quedar igual de bueno, o no me va a gustar. Si por un azar se me ha dado a probar, o a experimentar, algo realmente magnífico, un click de mi interior me lleva a rechazar cualquier cosa inferior. Con las obras de arte lo mismo: una vez que has catado algo excelso… ¿cómo puedes resignarte a algo inferior? ¿Cómo es posible que no compares esa experiencia inferior con aquella que te hizo volar hasta la estratosfera? No lo puedes evitar: te rebelas, te pones en huelga de hambre, te niegas a hacer nada ni a probar nada hasta que de nuevo puedes acceder a eso que tú sabes que es excelso. Te mueres de inanición, en pocas palabras, porque no eres un devorador de narrativa, sino un degustador.

Pero no es eso de lo que quería hablar. Bueno, sí, pero sólo como punto de partida. Porque entre otras certezas que voy desgranando en estas páginas mías, hay una de la que por cierto hablamos el otro día en el podcast, y que ahora voy a llevar un poco más allá:

El 99% (por decir una cifra sin decimales) de lo que se lee y se escribe no es literatura.
El 99% de lo que se filma y se proyecta en pantallas de cine o televisión no es cine.
El 99% de la música que la gente escucha en la radio, en la tele, en el coche, en el supermercado, en cualquier lado, no es música.

Bueno, luego estamos infestados de gente que clama a los cuatro vientos que ama el cine… no es cierto, ama las películas comerciales estadounidenses; de gente que asegura casi tirándose de los pelos que ama la literatura… no es cierto, ama los libros de autoayuda (llamados best-sellers, cosas así) de las editoriales occidentales; a gente cabreándose ante cualquier insinuación y que no puede dejar de afirmar con vehemencia que ama la música… ¿qué música? ¿La que ponen en las cadenas musicales españolas? ¿Esa música? ¿La que ponen en las discotecas de reggaeton? ¿Las mismas canciones pop que llevamos escuchando, con distintos arreglos, desde los años ochenta y noventa? Esas personas que manifiestan su pasión por la música, pero que luego les ponen una pieza de Mozart, o una música incidental, y te dicen que se duermen. Esas mismas personas, que son legión. Tiene que haber de todo en este mundo.

Supongo que tiene que haberla… el problema es que son la gran mayoría. Son los que luego te hacen sentir a ti como un bicho raro. O por lo menos lo intentan. Los que se pasan la vida ingiriendo cine, literatura y música precocinada, enlatada, poco nutritiva y hasta repugnante, pero luego te hacen quedar a ti como una especie de pedante, o te dicen «que no tienes ni puta idea», o te llaman «hater» (esto es bastante nuevo). Pero algunos vamos a un supermercado, o a una tienda de ropa, y desearíamos liarnos a tiros porque la música que ponen allí, de manera insistente y machacona, primero no es música, segundo te destroza el buen gusto, y tercero hace que se te revuelva el estómago. Es el problema de la música, o de eso que dicen que es música sin serlo: que no puedes cerrar los oídos del mismo modo que cierras los ojos, que tienes que aguantarte y soportarla, porque la música es muy invasiva, y cuando el típico mongolo entra a tu vagón del metro reproduciendo música en su aparato sin ponerse los auriculares, no puedes hacer otra cosa que desear que se vaya rápido…porque amigo, una caja de ritmos haciendo ruido, un sintetizador simulando una melodía, una voz lánguida y ronca, no es música, ni siquiera es una canción solvente, es un montón de ruidos sin forma que incitan a tus neuronas a suicidarse…

Pero es el precio, supongo, de vivir «en el mejor mundo posible». Hace, doscientos, trescientos o cuatrocientos años, la literatura y la música eran literatura y eran música. El mundo era una puta mierda, no había libertades sociales, no había medicina universal, no había carreteras ni satélites ni wthatsapp. Pero había música y había literatura, y aunque existía gente que sacaba beneficio de ello, no eran, no podían ser, un negocio capitalista. Es lo que nos ha tocado y para eso existen los críticos literarios, musicales, cinematográficos. Para decirte qué es literatura, y qué es música, y qué es cine. Qué es lo valioso y merecedor de prevalecer, y qué puede ser olvidado y despreciado. Los críticos son algo así como los guardianes de todo lo bello y de todo lo elevado, de lo literario, lo musical, lo cinematográfico. Pero nadie les hará caso y nos quedaremos, en casi todos los casos, con lo que no merece la pena. Si nadie hace caso a los científicos en todo lo tocante al entorno natural, ¿alguien va a hacerle caso a los putos pedantes recalcitrantes de los críticos?

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Sobre lo de hacer críticas o reseñas

Eso es una cosa que le gusta a todo el mundo: escribir lo que opina sobre algo. Es casi como una droga, o un derecho conquistado: antes no se podía escribir algo y que te leyeran más de cincuenta o sesenta personas (si eras capaz de dar la brasa a toda tu familia y a todos tus amigos), ahora es mucho más fácil. Se opina sobre lo que ocurre, sobre lo que se ve… se opina incluso sobre quien opina. Las opiniones son gratis y dejándolas por escrito, o haciendo un vídeo con ellas, puede servir incluso de terapia, de desahogo, de purga. Y de lo que más se opina, por alguna razón, es de series, de películas, de libros, de cómics o de álbumes musicales. Supongo que sería imposible hacer un cálculo de cuántas opiniones y sentencias y exclamaciones se suben a la red, en forma escrita o audiovisual, a lo largo de un día, pero seguro que son muchos miles. Opiniones e ideas, la mayoría de ellas, formuladas sin reflexionar, creando el caldo de cultivo perfecto para fanatismos, para enfrentamientos, para sectarismos y polarizaciones extremas, hasta el punto de que hay quien se dedica simplemente a escribir contra aquellos que a ellos no les agradan, dejándoles ataques directos continuados en sus sitios o en sus perfiles, como verdaderos talibanes del pensamiento ajeno.

Pero ni una sola de esas ideas o imprecaciones u opiniones, o muy escasas de entre ellas, son verdaderamente críticas o reseñas. La gente, en sitios como Filmaffinity o en Twitter, o en las páginas web en las que deja comentarios que no le interesan a nadie (y al autor menos que a ningún otro), no escribe más que eso, opiniones. No deja por escrito o en un vídeo otra cosa que sus gustos. Dice lo que le gusta, lo que le encanta o detesta, y nada más. Y eso no es una crítica o reseña. Ni siquiera es un comentario. Luego pueden ir diciendo por ahí que escriben o graban reseñas, pueden incluso mentirse a sí mismos pensando que lo hacen. Pero lo cierto es que una crítica o una reseña es algo muy diferente a casi todo lo que nos encontramos por ahí, y por desgracia esto sucede incluso con medios muy leídos y supuestamente profesionales, pues gente como Carlos Boyero comenta lo que a él le gusta, sin más argumentos. Extendida a los cuatro vientos la idea de que el arte es subjetivo, de que todas las opiniones son válidas, de que las ideas de todo el mundo son igualmente importantes y respetables, ha calado bien honda la idea de que un crítico literario o cinematográfico es alguien contándonos lo que a él le gusta (y esto vale también para pseudo-críticos como Harold Bloom). Pero la realidad, le pese a quien le pese (y por lo visto le pesa a mucha gente que está por lo políticamente correcto) es muy diferente.

Ni el arte es lo que a cada uno le apetece que sea, ni un crítico o reseñista es alguien contándonos lo que a él particularmente le gusta, ni todas las ideas u opiniones son igualmente importante o respetables. Quien piensa esto último necesita creer que el mundo es un lugar mágico en el que las ideas más abominables pueden coexistir con las más constructivas, quien piensa lo segundo no tiene ningún interés en la crítica ni la interpretación de una obra de arte, y quien piensa lo primero sencillamente no tiene el menor interés en el arte, ni lo conoce ni sabe lo que es, y en lugar de molestarse en intentar averiguarlo, se lo inventa por su cuenta porque así es todo mucho más fácil y requiere mucho menos trabajo.

Todos estos chavalillos que acaban de salir de la facultad de filología y que se creen más que preparados para ponerse a escribir sobre libros, y que decididos a hacerlo abren canales en youtube, o abren páginas web, o tienen los contactos y la suerte suficiente como para empezar a hacerlo en grandes medios tradicionales como la televisión o la radio o incluso la prensa, se estrellan una y otra vez contra un hecho en el que seguramente no habían reparado: ya existen muchos críticos literarios o cinematográficos que están fracasando antes que ellos en la complejísima proeza de estar a la altura de las circunstancias, porque sucede que la gran literatura es superior e irreductible a la crítica más afinada, la que lo intentó con las mejores armas. Y me temo que las armas de los recién llegados son más bien escasas, romas e incapaces. Hay que ser un verdadero genio para tener veintipocos años y saber lo que es la literatura o cuales son sus manifestaciones más importantes, para ponerse a escribir sobre ello y tener algo que decir al respecto. Pero estos muchachillos están más que dispuestos a volver a descubrir el Mediterráneo, y a hacerlo con los mapas equivocados, sin la preparación debida, y tratando de convencer al personal de que sus lecturas son las adecuadas.

¿Y saben por qué lo hacen? Porque les leen y les escuchan personas todavía más ignorantes que ellos, y en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Cuando no tienes ni pajolera idea sobre narrativa, ficcionalidad o literatura, te llega un tipo y te cuenta la memez esa de la sanchificación del Quijote y la quijotizacion de Sancho, y tú te quedas perplejo, o te cuenta en qué consiste la diferencia entre fantasía y ciencia ficción y tú sacas el cuaderno, te pones a tomar apuntes y tienes la sensación de que estás aprendiendo algo. Todos esos que quisieran aprender de literatura o de cine, o de arte, lo tienen muy fácil: ahí tienen a gente realmente preparada que puede ayudarles a aprender, y bastante rápido además. Están al alcance de la mano en las redes. Pero prefieren seguir a estos booktubers, leer a estos niños tan osados, porque creen que van a ser más amenos y les van a enseñar las mismas cosas. Pero sólo con muchos años de estudio e investigación se llega a algo. No hay atajos. No hay colegas de veintidós años que hayan dado con lo que es la literatura, o la narrativa.

Al final todos nos enfrentamos con el mismo problema, que no es un problema, sino la solución: la cruda, la maldita, la paciente realidad.

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El cañón del revólver (VI)

Viendo que el pasado viernes los de Todopoderosos, después de dedicar tres programas seguidos a Alfred Hitchcock (y los que te rondaré, morena), después de haber hablado ya de escritores como William Shakespeare, Roald Dahl, Richard Matheson, de guionistas de cómic como Alan Moore, después de haber discutido, mayoritariamente, sobre multitud de directores anglosajones, han hecho un programa sobre Charles Dickens. Por supuesto que son muy libres de hacer lo que les dé la gana. Faltaría más. Pero yo me pregunto por qué en lugar de hacer un programa sobre Dickens, ya que hablaron de Shakespeare no hacen otro programa por ejemplo sobre Cervantes, o sobre Quevedo, o sobre Lope de Vega… o sobre el Siglo de Oro español para hacer las cosas más fáciles. Supongo que eso vende menos. En realidad, la mayoría de los podcasts son iguales: películas americanas, escritores anglosajones. Puede que sea más difícil, claro, pero dado que el internet te provee de todo lo que necesitas para paliar tus lagunas competenciales, no hay excusa para estar hablando siempre de las mismas cosas y nunca hablar de la literatura más importante del mundo.

Hablando de Alan Moore, en ‘V de Vendetta’, un cómic y una película bastante decentes por cierto, se nos presentaba un mundo distópico que cada vez se parece más al nuestro, en el que líderes populistas, reaccionarios y dictatoriales establecen un estado policial en el que reprimir las ideas más progresistas y con el que perpetuarse en el poder. Si Alan Moore viera la situación de Madrid, quizá se sonreiría pensando que lo ha clavado: con Ayuso convertida prácticamente en el canciller Adam Sutler, con los fascistas de Vox convertidos en sus aliados para mentir, insultar, atacar, amenazar, agitar el odio en la calle, con pandemias y crisis que el gobierno de la ciudad emplea para sus propios intereses y experimentos capitalistas. Una vez más Madrid es el mayor foco de fascistas encubiertos (o no tan encubiertos, en muchos casos) de Europa entera, con gente como la Le Pen o como los radicales holandeses convertidos en meros aprendices de brujo al lado de la dama de hierro madrileña. Pero es posible que a Ayuso no le salga tan bien la jugada como ella pensaba en un principio. Y por eso se están poniendo nerviosos, y por eso es posible que cometan algún error grave que les haga arrepentirse de haber convocado elecciones en un momento como este.

No creo que sea nada sorprendente que el Grupo Planeta (con o sin los 14,5 millones que les ha regalado Ayuso…) se dedique a publicar a un escritor, músico y poeta tan nefasto como Marwán, cuya ficha en la web de la editorial es de obligada lectura por lo cursi y lo zafia que resulta… por cierto que es lo mismo que ponía en su entrada de Wikipedia, y que yo, como buen samaritano borré en mi calidad de editor y cambié por una entrada más digna, ya que la wikipedia no es otro lugar de promoción para nadie (impagable eso de «fruto del amor de sus padres»…)…una entrada que por mucho que busco para adjuntarla aquí, no la encuentro… igual la han borrado, vete a saber. En cualquier caso, los de Planeta, Alfaguara y las grandes editoriales en general no pueden permitirse publicar a grandes escritores, a escritores prometedores, a escritores literarios, porque se arriesgarían a quebrar, ya que nadie lee nada de eso. Lo único que pueden hacer es publicar a pseudo-poetas como Marwán, capaces de escribir memeces como esta: Se enamoraron nada más mirarse/Él venía dolido de otro cuerpo/Ella creía saber cómo domarlo/Él resolvió ser distante para gustarle/Ella que él debía ser quien diera el primer paso/Ambos esperaron a que fuera el otro quien hablara/Y así fue el amor más bonito de la historia… y sentirse poeta.

Muy bonito el Día del Libro y todo eso, con un (¡impresionante!…) diez por ciento de descuento en La Casa del Libro a sus socios, por la que me pasé el viernes para ver si había algo que llamara mi atención. Y de hecho lo había: una cola de decenas de personas con libros de Javier Castillo, Pérez-Reverte, Javier Sierra, Almudena Grandes o Gómez-Jurado bajo el brazo… y no pude evitar acordarme de ese maravilloso episodio de ‘Los Simpsons’ en el que Homer, convertido en guardaespaldas del corrupto alcalde de Springfield, averiguaba por casualidad que la leche que se vende a los colegios de primaria es leche de rata, y luego iba corriendo a la escuela y al ver que todos los chavales bebían leche de rata le daban ganas de vomitar… Me imaginé a mí mismo, por pura diversión, corriendo a la cola y arrebatando los libros a esas pobres personas engañadas, y luego reducido a palos y llevado a comisaría (como es lógico), fuera de mí como el protagonista de ‘Invasion of the Body Snatchers’, con camisa de fuerza incluida, pero en lugar de gritar «¡es leche de rata!» o «¡ya están aquí! ¡Eres el siguiente!», yo diría «¡son libros de mierda, que alguien me escuche!»… Hay que ver lo que da de sí la imaginación de Adrián Massanet…

Por fin nuevo disco de gente tan magnífica como ‘London Grammar’ o ‘Love of Lesbian’… Del primero me gustan bastantes más canciones que del segundo, aunque como siempre se trata de escucharlos bastante hasta tener una idea un poco más ajustada o ponderada. Es el problema de una espera larga para un nuevo trabajo de dos grupos que me gustan tanto. Pero… ¿no sucede que no podemos oír ni leer nada de grupos que han formado parte de nuestra vida, aunque estemos de acuerdo con lo que oímos o leemos? La música, mucho más que la literatura, las series o el cine, forma parte de nuestro ser, casi de nuestra identidad. Nos pertenece de manera individual. Y precisamente creo que por eso la crítica musical es mucho más profesional e interesante (casi siempre) que la cinematográfica o la literaria, porque saben que juegan con fuego, y quizá por eso, y porque tenemos (en general) más claro lo que significa la buena música que la buena literatura o el buen cine, los habitualmente deleznables críticos literarios y cinematográficos deberían aprender de ellos. Pero no lo harán, y seguiremos teniendo a los mismos incompetentes de siempre contándonos qué películas y qué libros les gustan a ellos.

Último proyectil de los seis: ¿me quiere explicar alguien qué demonios es eso de «hater»? Porque es una expresión que leo en todas partes, y a veces me la dedican a mí, y me da la impresión de que se usa para designar a todo aquel que, más que odiar, lo que hace es tener un pensamiento propio, y no dejarse llevar por la corriente de opinión generalizada, y posee un pensamiento crítico o analítico. Y porque si hablamos de odios, se me quedaría pequeña la palabra «hater»… lo mío no son aversiones, ni animadversiones, ni antipatías, lo mío es odio con todas la letras, y un odio que casi me hace sentirme feliz, como cuando dicen eso de que «este año ha habido un Óscar latino», para referirse al hecho de que un maquillador hispano (español o hispanoamericano), o un diseñador de producción, o un diseñador de sonido, se ha llevado la estatuilla… o como cuando dicen eso de «la antesala de los Óscar»… o esa gente que arrastra los pies cuando camina por la calle, y además lo hacen detrás de ti… o esa gente que en el metro no sabe ponerse la puta mascarilla y deja la nariz fuera… o esa gente que para lo único que tiene un perro es para dejarlo solo en casa toda la maldita tarde, aullando y ladrando y molestando a todo el mundo… ¿Qué es eso de «hater»? Háganme el favor e inventen palabros más apropiados …»Óscar latino», eso debería estar penado con cuarenta latigazos en la plaza del pueblo.

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Lo más difícil es argumentar

Porque todo el mundo que escribe cree llevar la razón. Lo creyó Harold Bloom al escribir su infumable ‘Canon occidental’, lo cree Jesús G. Maestro desde que terminó su larguísimo (¿algún día lo acabaré?) ‘Crítica de la razón literaria’ (en el caso de Maestro es posible que lo haya creído siempre), y desde luego puedo asegurar a quien me lea que yo creo llevar razón al escribir en esta mi página web o allá donde escriba. Y lo mismo le sucede a todo el mundo que se pone a escribir sobre libros o sobre cine y que elude ese cobarde «en mi opinión». Porque sucede que los que respiramos cine, literatura y música todos los días de nuestra vida, no por que lo hayamos elegido sino porque no tenemos más remedio, que los que hemos ido a escuelas de arte, de cine, los que hemos estudiado narrativa en cualquiera de sus múltiples soportes y nos hemos lanzado a escribir nuestra teoría sobre lo que tiene que ser y cómo son las cosas, creemos llevar la razón y no nos parece tan descabellado pensar así.

Pero esto no puede ser, simplemente, un compendio, un repertorio de gustos personales. Los gustos no tienen nada que ver. Algunos nos tomamos esto en serio y somos lo más sistemáticos que podemos. No pretendemos imponer nuestros gustos a nadie. El vecino, la de enfrente, el compañero de trabajo, el hermano, la cuñada o el padre pueden leer y ver las películas y los libros que les de la gana y pasarse la tarde hablando de ellos, sin hacerte el menor caso, aún sabiendo que tú tienes conocimientos de ello, y no es cuestión de decirles que están equivocados. Ellos verán. Cada cual que haga lo que quiera. Pero ellos no escriben, ni tratan de establecer una teoría sobre el arte narrativo, y algunos sí lo hacemos y nos negamos a que nuestras páginas o espacios personales sean simplemente un diario de nuestros gustos más fácilmente confesos. Los que tenemos formación en esto, los que somos escritores, o cineastas, o simplemente ensayistas, los que tenemos la suerte de que no nos paguen por escribir una columna en un diario y podemos por tanto escribir lo que queramos cuando queramos, tenemos la obligación de ser lo más honestos y consecuentes. Pero el problema no solamente consiste en saberlo para ti… el problema está en trasladárselo a los demás con argumentos, no con opiniones o sentencias fáciles tipo Twitter.

Es decir, yo sé perfectamente que ‘The Terminator’ (James Cameron, 1984) es una de las más importantes películas sci-fi de la historia del cine, pero si quiero persuadirte de ello, si quiero demostrártelo, me lo tengo que trabajar, y es muy posible que no lo consiga del todo. Igualmente sé que ‘Gritos y susurros’ (Ingmar Bergman, 1972) o ‘Lo que queda del día’ (James Ivory, 1993), son dos obras de arte incomparables, pero el reto, cuando hablo de ellas, o cuando escribo sobre ellas, es proponer un sistema de pensamiento lo bastante organizado, esgrimir unos argumentos no tendenciosos sino convincentes material y filosóficamente. ¿Cómo demostrarte que Manuel Mújica Láinez es mucho mejor escritor que Antonio Muñoz Molina, por ejemplo? ¿Porque yo lo digo? ¿Porque a mí me gusta más? ¿Porque en tal o cual página el primero es capaz de organizar tales valores narrativos mientras que Muñoz Molina no es capaz de hacer esto o aquello en ese o en aquel de sus libros? En demasiadas ocasiones (la mayoría, y de eso no han escapado ni Bloom, ni Maestro, ni por supuesto la caterva de plumillas que escriben en internet) simplemente dan las cosas por sentado, emplean un montón de calificativos (brillante, flojo, mediocre, sólido, notable, irregular, profundo, superficial, etc, etc…) y poco más. ¿Cómo conseguir otra cosa? ¿Cómo proponerle al lector una idea original y además bien razonada, inferida, demostrada?

Muchos teóricos o críticos proclaman tener unas ideas muy claras o una teoría sobre el cine o la literatura, pero luego en sus opúsculos, en sus volúmenes llenos de epígrafes y de palabras rimbombantes, no acabas teniendo muy clara cuáles son esas ideas o esa teoría tan fundamentada sobre la literatura o el cine. Al menos lo intentan. Otros, la mayoría, que se atreven a escribir sobre estos temas sin tener la menor preparación para hacerlo (no solamente sobre cine o literatura, sino que además no saben tampoco escribir de manera interesante y bien organizada, no digamos ya personal o profunda) solamente son capaces de acumular ocurrencias, gracietas y chascarrillos, además de repetir lo que miles antes que ellos dijeron con anterioridad. Pero no se trata de decir que aquella peli «está de puta madre», o que aquel libro «es cojonudo». Se trata de tomarse esto en serio y ser capaz de demostrar a alguien que por mucho que diga que fulanito es un mal actor porque en esa película lo hace fatal, eso no es verdad y está totalmente equivocado. O que por mucho que diga que tal novela es un rollo, tú puedes esgrimir perfectamente el porqué de su error.

En caso contrario no habría canon, ni conocimientos, ni verdades en el arte. Todo sería un pandemónium de gustos personales, de filias y fobias, de ideas de laboratorio sin verdaderos fundamentos teóricos. Y está claro que esto no es así, y que los que tenemos formación en narrativa, cine o literatura, y no podemos hacer otra cosa que escribir y escribir, tenemos la obligación de ser sistemáticos, organizados, consecuentes, exigentes. De evolucionar y aprender constantemente. De no ser tendenciosos sino convincentes. De argumentar de manera rotunda. De aportar algo a quien nos lee, no de soltar un montón de sentencias creyéndonos que sabemos más que nadie y que estamos en posesión de la verdad. Yo no creo que yo tenga la verdad en un puño, pero sí que tengo razón, que no es lo mismo.

Mi intención honesta es escribir en los próximos días un sumario teórico del que servirme a la hora de enfrentarme a la crítica o el análisis de una obra literaria o cinematográfica, incluso musical, o hasta un cómic. Con ella demostraré que mi obra crítica no es un compendio de gustos u ocurrencias, sino que tiene una base analítica. Como nunca lo he dejado por escrito sino que es un sistema que existe en mi cabeza, es posible que me lleve más de lo previsto, pero desde luego va a merecer la pena escribirlo.

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La extinción de muchas formas de arte narrativo

Prometo que no va a ser este un ensayo catastrofista ni melancólico. Tampoco uno envasado en rencor o digno de algunos individuos anclados en el pasado. Me voy a limitar a decir lo que hay, sin la menor pena y con la mayor objetividad, porque yo creo que a estas alturas ya podemos ir haciéndonos una idea de dónde estamos y de qué soportes y manifestaciones artísticas han pasado a mejor vida, o están a punto de hacerlo, sin que eso signifique su total desaparición, porque una cosa es extinguirse, en arte, y otra bien distinta desaparecer.

Porque ya habiendo entrado en la tercera década del siglo XXI, y con la humanidad patas arriba, vencida por un ser infinitamente más pequeño que cualquiera de sus individuos, con los ecosistemas seriamente dañados o comprometidos, con el cambio climático convertido en una pavorosa realidad que aún no sabemos si vamos a poder frenar… y sobre todo con la narrativa convertida en moneda de cambio, en simple mercancía al peso, en nada más que un producto (pre)fabricado para el consumo de masas, con la sociedad, por cierto, cada vez más acelerada, más voraz, más necesitada, quizá sin saberlo, de ficción, las viejas formas están empezando a morir si es que no lo han hecho ya. Y si ya se murieron la escultura y la pintura, que son dos artes que a nadie le interesan salvo en circuitos minoritarios, si ya el arte figurativo o todos los «ismos» a los que se refería Ortega y Gasset en su «deshumanización del arte» también pasaron a mejor vida, pues habrá que ir aceptando lo mismo con la música, el teatro, la literatura y el cine.

Insisto, eso no significa que desaparezcan. Esto que tenemos ahora que muchos insisten en llamar «música» y que suena a todas horas en la radio, es un triste reflejo de lo que de verdad es la Música, tal vez el arte más complejo y más extraordinario de todos. Por supuesto que existen excelentes y hasta portentosos músicos en todo el mundo, por supuesto que hay bandas de rock o de otros géneros, incluso electrónicos, realmente buenos, pero son una minoría. La gran industria se lo ha tragado todo y el noventa por ciento de lo que se escucha es una música que no es música. Y peor lo tiene el teatro, por ejemplo, que es un arte narrativo que a nadie le interesa. Como mucho los musicales o los híbridos entre teatro y espectáculo, pero el arte que encandiló a millones de personas en la vieja Europa, al igual que la ópera, está en un proceso de extinción paulatino que quizá le lleve un par de siglos más, pero se exinguirá, quizá engullido por el cine, que es una forma de representación dramática de la realidad mucho más epatante…

El hecho de que se extingan es signo de la profunda especialización que requieren estos soportes narrativos y de la enorme precisión técnica de las denominadas Bellas Artes, que requieren de una academia que las sostenga y de una crítica y un público que les den vida. Con todo, la enorme tradición musical (desde los griegos, nada menos, pero alcanzando su cénit en el barroco y el clasicismo) y teatral (de nuevo desde los griegos, y con el teatro nacional español e inglés) da para muchos siglos de escuchas, lectura, traducción, crítica y reescritura.

En cuanto a la literatura y el cine… pues lo mismo. La literatura, ya por fin fagocitada y convertida en bálsamo para el pueblo, y el cine, que alcanzó su mayoría de edad en la segunda mitad de los años sesenta y en los setenta del pasado siglo, parecen haberse estancado prematuramente, sobre todo en el caso del cine. Lo de la literatura es especialmente sangrante. Tal como dice Maestro en su ‘Crítica de la razón literaria’, «La Literatura siempre contiene sustancias venenosas. Es un discurso cuyos materiales resultan con frecuencia tóxicos para personas singularmente comprometidas, ideologías ansiosas de lo políticamente correcto, grupos minoritarios –pero con pretensiones imperialistas– y siempre adolecentes de hiperautismo gremial.» ¿Puede calificarse de tóxica, de peligrosa o venenosa la literatura actual? En todo caso, en muchas de sus manifestaciones, de amable con el poder, manipuladora sociopolítica e históricamente, y nauseabunda en cuanto a sus formas. Los libros jamás desaparecerán, porque son una especie única de arte y son también soporte de contenidos o ideas, pero la literatura quizá ya haya desaparecido, y los pocos grandes autores que todavía viven, o los que están por venir, estirarán aún más la «vida útil» de la literatura, pero su función, su razon de ser, quizá ya se ha haya extinguido.

En cuanto al cine, que según Coppola «es una forma mágica de literatura», puede que también. En cuanto desaparezcan los últimos grandes maestros (Coppola, Scorsese, Lynch, Malick, Yimou, Miyazaki, Haneke, Von Trier…), ¿quién tomará el relevo? El cine no va a desparecer nunca del todo, pues siempre podrá ser un espectáculo de baja estofa para el pueblo, pero como forma de conocimiento, como escalpelo de la naturaleza humana, es posible que no le quede mucho, con los autores ya por fin relegados a un segundo plano, los festivales cada vez con menos importancia, y con las pantallas de los cines desapareciendo salvo para los grandes blockbusters estadounidenses. Pero en el caso de no desaparecer industrialmente, no parece que sus formas vayan a durar doscientos años más.

Lo único que nos queda, como soporte narrativo o forma de literatura, son pequeñas píldoras o piezas, todas ellas disponibles en las muy defenestradas pantallas de televisores, ordenadores, tablets o móviles. Hablo de la televisión, claro, que es la hija bastarda del cine. Dice Herzog que el siglo XXI va a ser el de la gran soledad. Es posible, con el cine artístico relegado a minorías que tal vez acudan a un único cine en cada ciudad para disfrutar del viejo ritual de «ir al cine» y ver una película proyectada, y con todos los demás viendo series o películas en televisión o en su tablet, sea por una pandemia de las que puedan venir, o por mera comodidad. Es en los canales capaces de producir contenidos audiovisuales y narrativos en los que confiamos, porque son lo único que va a quedarnos en un futuro. Y ahí hay talento a raudales y ya tenemos obras maestras incontestables, pero también hay muchísima paja y muchísimo negocio. No se sabe si podrá continuar con las formas narrativas del cine y la literatura antes que el cine. Supongo que lo iremos viendo.

También tenemos la alternativa de los videojuegos y el diseño gráfico. El arte pop será sustituido por lo cyberpunk y ya veremos qué sale de ahí. Pero eso es todo: narrativa en televisión y videojuegos, con el cine y la literatura en franca decadencia. La situación puede revertirse, desde luego, pero lo veo cada vez más complicado. Iremos viendo si son aptas para cogerla la temperatura al presente, y para evocar el pasado, y para mirar hacia el futuro.

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Violencia

Uno de los conceptos más resbaladizos y complejos de tratar y de analizar en cualquier soporte narrativo que se precie (ya sea literatura o cine, ya sea en televisión o incluso en música) es el tan demonizado, en muchos sentidos, e incomprendido y minusvalorado como el de la violencia, que sin embargo es un concepto tan fundamental, tan esencial, como el de narrador, personaje, estructura, tono, belleza, armonía, ritmo o estilo, y una herramienta narrativa tan importante como la música, el sonido, el encuadre o la profundidad de campo. La violencia, que en el mundo real designa un comportamiento o un hecho luctuoso y terrible la mayoría de las veces (aunque no siempre), en la ficción se vuelve imprescindible, tanto en su aplicación, como en el punto de vista del autor sobre ella y la manera de tratarla en pantalla, en toda obra narrativa de peso que se precie.

Generalmente se suele confundir violencia con salvajismo o con imágenes sanguinarias, que de por sí no necesariamente han de ser violentas. Lo son en cuanto pueden producir una reacción de violencia en el espectador, pero muchas veces no son violentas en sí mismas. Tampoco en el mundo real, y desde luego no en ese espejo que es la ficción. Porque puede ser tan violento un tiroteo como el sexo, un asesinato como un parto. Pero en ficción, siempre, cualquier concepto, y el de violencia se incluye, depende de la puesta en escena y de la mirada y del tempo narrativo del director, por lo que en una película o novela o serie de televisión, un tiroteo o un parto o una escena de sexo puede o no ser violento. Pero hay que tener en cuenta, para empezar, que una obra narrativa ha de albergar violencia en cualquiera de sus niveles y jerarquías visuales o psicológicas, o no será una obra interesante. En ficción, incluso la belleza ha de ser violenta.

Cabría entonces definir qué es la violencia en la ficción, en la filosofía del otro lado del espejo. Y para hacer eso, de forma inevitable, debemos definir qué es la violencia fuera de la ficción, a nuestro lado del espejo. En realidad la violencia no es ni buena ni mala. Le sucede lo mismo que al fuego, al agua, a la muerte o a la naturaleza. Todo depende de lo que signifique para el personaje o personajes de la obra narrativa y lo que aporte a su identidad como carácter y a su perentoria realidad en la ficción. Si acudimos a la RAE nos dirá que la violencia es el «uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo», y en efecto así es. Eso es lo que todos entendemos por violencia, y es algo oscuro y terrible y totalmente rechazable. Pero la violencia puede y debe definir más cosas. No es de por sí mala, solamente es algo que trastoca una realidad o una continuidad de hechos o de situaciones, de manera impactante, de manera enérgica, brusca a veces, intensa casi siempre. Pocas cosas hay más violentas y sanguinarias y pasmosas que el nacimiento de un niño, pero nunca lo calificaríamos de algo deleznable.

En cine y en literatura la violencia posee una cualidad operatoria muy distinta: la violencia ha de ser aquello que desee el director o novelista. O algo luminoso o algo terrible, pero es la mirada del director o novelista el que impone sus características sin tener en cuenta cómo operen en la vida real. En ese sentido podemos distinguir entre dos tipos de violencia, a grandes rasgos: la violencia gráfica y la violencia poética, y ambos tipos pueden, y deben, interrelacionarse entre sí para hacer de la obra final algo verdaderamente interesante. La violencia gráfica es aquella que entra por nuestros ojos, exclusivamente, y que puede buscar aún así un trasfondo psicológico, estético o moral para los personajes. Y la violencia poética es aquella que no se ve, pero se siente: el tipo de violencia que nos tensa y puede llegar a agobiarnos, pero que jamás llega a mostrar imágenes explícitas. Muchos directores y novelistas, muchos más de los que pudiera parecer, no saben emplear la violencia, ni narrarla, ni tienen una visión sobre ella, ni tienen nada que decir al respecto, por eso para ellos la violencia no es algo abstracto que deban definir, sino algo concreto que escapa de su alcance: la violencia es algo malo que emplea la gente malvada, y su único uso en pantalla es morboso o bien esteticista (no confundir tampoco con estético).

Otros directores, los que sí tienen algo que decir, emplean la violencia, la gráfica o la poética, o la gráfica-poética (como por ejemplo Martin Scorsese en ‘Taxi Driver’, o Paul Verhoeven en ‘Elle’), para hablar del ser humano y para adentrarse en su naturaleza, sin mostrar la sangre o los eventos violentos como algo bello o esteticista, sino como un medio para un fin. Y algunos otros, como Bergman o Kurosawa, incluso en sus filmes aparentemente más «apacibles», los inundan de una violencia profundamente poética, esa que no se ve pero se siente en cada secuencia, que convierte la película en un visionado doloroso para el espectador. Y pocos novelistas son capaces de emplear la violencia como algo interesante, pero cuando por ejemplo McCarthy, en la sublime ‘Meridiano de sangre’, nos plantea una carnicería sin fin, un orgasmo de sangre y vísceras, consigue de algún modo trascender esa violencia gráfica para convertirla en un ejemplo de arte poético incomparable; así como cuando Thomas Mann soluciona su monumental ‘La montaña mágica’ con ese acto violento final, de una tensión insoportable, nos sentimos pasmosamente liberados por uno de esos momentos catárticos de la literatura.

Decía yo el otro día que el cine es sonido… también he dicho alguna vez que la literatura es el flujo del pensamiento del autor convertido en narrativa… y hoy voy a decir que el cine y la literatura son en realidad violencia, y no son nada sin ella. ¿Cómo dejar poso al espectador-lector sin violencia?

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