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Sobre la supuesta muerte de los críticos de Cine

Sólo hay una cosa de la que se hable casi tanto como de la supuesta muerte del Cine o de la Literatura: la muerte de los críticos, más concretamente la muerte de los críticos de Cine. Y es un tema, este de los críticos, que ya he tocado en varias ocasiones, y me temo que volveré a tocarle siempre que sienta la necesidad de hacerlo, como una tesis a la que regresar y perfeccionar una y otra vez.

Con el inminente estreno en el Festival de San Sebastián del documental El crítico (Javier Zavala, Javier Morales Pérez, 2022), que por lo visto no solamente se centra en la figura del muy cuestionable Carlos Boyero, sino que lo toma como punto de partida para hablar de la decadencia de la «profesión», amén de la situación que llevamos arrastrando durante unos cuantos años con el cambio de paradigma que representan las redes sociales, muchos han aprovechado la oportunidad para, una vez más, dar por zanjado el mantra de siempre: que los críticos no sirven para nada, que si alguna vez sirvieron para algo fue para hundir estrenos o para conseguir éxitos de taquilla inopinados, pero que ya ha quedado claro que sus días están contados. Es decir, que como pasa con el Cine, la Literatura y otras artes narrativas, hay unos cuantos que parecen decididos a enterrar la figura del crítico de una vez, y si es en cal viva mejor que mejor.

Pero, y aquí voy a empezar a dar mi opinión, como suele pasar en estos casos la gente suele tomar la parte por el todo, a soltar cábalas sin hacer distinciones y a pontificar sobre cuestiones que son más complejas de lo que, quizá (al menos para ellos), pareciera. Porque de lo que se está hablando aquí no es de la (siempre supuesta) muerte del crítico o de la crítica, sino del reportero de Cine, que eso es lo que son, lo que han sido siempre, los Carlos Boyero, Carlos Pumares, Jordi Costa, Roger Ebert, Pauline Kael, y ahora la miríada de chavales que se ponen a dar teclazos y a dejar sus textos en blogs pseudo-profesionales, por mucho que algunos de ellos de vez en cuando escriban un libro, en solitario o en colaboración con ellos. Reporteros de Cine, cuya decadente influencia tiene que ver, claro que sí, con la enorme decadencia de la prensa como creadora de opinión. Son los periodistas, entre ellos los reporteros de Cine, los que están en decadencia, no la crítica. Y no es que la crítica ande muy bien de lo suyo, pero es necesario, me parece a mí, llamar a cada cosa por su nombre.

Porque por lo que parece cualquier puede ser crítico de Cine, no tanto de Literatura, y mucho menos de Música. Pero de Cine sí. Ahora bien, si quieres ser crítico de Literatura debes poseer amplios conocimientos en la materia, y no solamente haberte leído muchos libros. Y si quieres ser crítico musical has de tener grandes conocimientos del tema, no solamente haber escuchado muchos discos. Pero por la razón que sea, si te da por ser crítico cinematográfico, te sacas la carrera de periodismo, o de comunicación audiovisual, tienes la suerte de que te contrata un medio más o menos serio, y ya eres crítico. Pero los críticos son otra cosa bien distinta. Estos supuestos críticos, periodistas venidos a más, simplemente comentan las películas que ven los fines de semana, intentan crear opinión en base a sus gustos personales (en casos como Boyero, sin ningún tipo de subterfugio, como si fuera un tipo en la barra de un bar soltando sus poco elaboradas ideas), y ya les llaman, se llaman a sí mismos, críticos. Y no. Va a ser que no. Solamente algunos como Angel Fdez-Santos, por nombrar a uno que trabajara en un periódico, tenía algo de crítico, muy buena pluma y una intuición extraordinaria para maquillar sus muchas (y reconocidas) carencias técnicas. Fdez-Santos, además, fue a la escuela de Cine.

Un crítico es alguien que para empezar debe poseer una base teórica profunda sobre aquello que va a comentar, y debe estar ajeno a modas, estrenos, farándulas y divismos. Su misión es importantísima: estar a la altura de aquello que va a criticar, desarrollar sus ideas en ensayos, libros, investigaciones; ejercer de intermediario (no se me ocurre una palabra mejor) entre la obra y el espectador/receptor, y esto tanto en Cine, como en Música o Literatura. El crítico es el profesional que te abre los ojos ante aquello que estás viendo, que te incita a conocer más, a desechar prejuicios, a expandir tu vida creativa, y lo hace no con filias o fobias, sino con ideas arraigadas en un canon, con argumentos de peso, con hechos técnicos y objetivos, en una investigación que dura siglos y de la que él es solamente el último representante. Ni más, ni menos. El arte, incluido el narrativo, si perdura es por los críticos que lo defienden, lo muestran, lo desmenuzan y lo visibilizan.

Y la única razón por la que tantas personas quieran destruir a los críticos cinematográficos, y a cualquier crítico de cualquier disciplina, y quieran dejar bien claro que todo es cuestión de gustos personales, es que se sienten atacados, disminuidos, ante un crítico que a lo mejor tiene tanto de crítico como ellos, es decir todos estos reporteros que simplemente dicen lo que a ellos les interesa. Ah, pero luego todos estos que quieren destruir al crítico no pierden ni un momento en atiborrar redes sociales con sus «críticas», demostrando en la mayoría de los casos su ignorancia y su indolencia, y que de verdad se necesitan críticos valientes, sosegados y capaces de encontrar Arte en un marasmo de marketing, posmodernismo e intereses comerciales.

Críticos de verdad siempre habrá. Otra cosa es que encuentren los canales para dejar sus investigaciones, y que los espectadores/receptores se interesen por esos trabajos y no por lo que dice el reportero estrella en los estrenos del fin de semana.

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No solo de Cine se puede vivir

Algo de lo que me he dado cuenta después de tantos años en las diferentes escuelas de Cine a las que fui (alguna mejor que otra…), después de tanto escribir, de hacer cortometrajes, de charlar a todas horas sobre Cine y Literatura, después de ponerme en serio con lo de ser novelista, y ahora que estoy con el Canon de Series y con Viajeros de la noche, es que muchos que creen que «saben mucho» de Cine, independientemente de que tal cosa sea cierta o no, son bastante soberbios, y que la mayoría de ellos únicamente ven películas, una tras otra, y poca cosa más. Es decir: son unos analfabetos de manual.

A lo largo de los veinte últimos años de mi vida no puedo enumerar cuántos tipos (sobre todo varones, es lo que tiene la testosterona…) me han dado la vara con cuántas miles de películas han visto, con cuánto saben de eso que ellos llaman «el séptimo arte», y por tanto los extraordinarios cinéfilos que son. Basta que yo abra la boca sobre alguna película en cualquier debate, para que surjan dos o tres de esos y luego no me dejen en paz (a veces durante años…), insistiéndome en que se han visto prácticamente todo lo que se ha hecho en Cine, algo prácticamente imposible teniendo en cuenta la producción anual de películas. Se parece a eso de que mi coche es más grande y más potente que el tuyo, es decir a una sustitución neurótica del tamaño del pene. Pero, claro, luego hablas con ellos más allá de las cuatro o cinco cosas que dicen dominar, y casi siempre te las tienes con un adolescente disfuncional, a veces de cuarenta o cincuenta años…

Lo cierto es que no sólo de Cine se puede vivir, y si de verdad quieres conocer a fondo el Cine no te queda otro remedio que conocer de bastantes cosas más. Algunos un poco más avispados se empapan de la semántica y del lenguaje cinematográfico y bueno, pareciera que tienen algo que en realidad no tienen, pero lo cierto es que a menos que tengas conocimientos por lo menos básicos de Literatura, Teatro, Poesía, Fotografía, Pintura, Música y Arquitectura, lo llevas más bien crudo. En realidad, todas las artes se alimentan unas de otras, y por mucho que te hayas visto en tu vida 16.000 películas, si apenas lees y si no tienes nociones de bellas artes, te quedas (como se quedan el 99%) en un friki, un fanático que no sabe muy bien de lo que habla. Las tres artes más abstractas (la Literatura, la Música y el Cine) se vampirizan unas a otras, en mayor o menor medida, mucho más de lo que pudiera parecer, y cuando alguien se pone a hablar o a escribir sobre una película, queda meridianamente claro, y con gran rapidez, qué tipo de lecturas y qué tipo de música son las que habitualmente lee o escucha… si es que lee o escucha algo.

Sin embargo no es necesario conocer el Cine, siquiera tangencialmente, para conocer la Literatura y la Música, y ese es uno de los no pocos indicios que nos hacen sospechar que son artes mucho más desarrolladas que este por el que tantos escriben y hablan y están obsesionados. Además, ver 2.000 películas es relativamente fácil, pero no así leer 2.000 libros.

Lo que yo siempre, ingenuamente, espero (por mucho que algunos piensen que no digo la verdad en esto) es encontrar interlocutores válidos, con los que poder hablar y quizá aprender, pero eso no es fácil según uno va cumpliendo años y va a acumulando bagaje. Y no me refiero ya a ese vertedero intelectual y moral que es Twitter, sino en el día a día, en nuestras interacciones sociales. Pareciera que todo es una competición a ver quién vio la película más rara o el libro más inclasificable, en lugar de compartir conocimientos, o de llegar a hechos consumados. Por eso me gusta hablar con mis compañeros de Viajeros de la noche, porque creo que no vamos de sobrados, sino que indagamos lo mejor que podemos en aquello sin lo que no podemos vivir… y nunca es sólo Cine, también series, cómic, Literatura, Música, videojuegos… lo que sea. No hay tiempo para nada y los años pasan volando sin que uno se entere, pero el poco tiempo disponible no puede dedicarse solamente al Cine, por mucho que nos vuelva locos…

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Viajeros de la noche – Capítulo decimoprimero: CANCIONES + CÓMICS

Aquí estamos de nuevo, con otro programa de nuestro podcast VIAJEROS DE LA NOCHE, pero esta vez un poco más ligero, un poco más distendido, sin proponernos dejar ideas o debates en torno a grandes sagas o a grandes franquicias de videojuegos, solamente charlando. Y como además queremos hacerlo lo más variado y prolijo posible, esta vez nada de cine, ni series, ni grandes títulos audiovisuales, esta vez sobre cómics, porque los cómics, tebeos, novelas gráficas o como diablos se quieran llamar, son algo que nos vuelve locos. Y si además las mezclamos con los temazos que más nos gustan, pues muchísimo mejor.

Tres horas y algo más, que se pasan en un verdadero suspiro (prometido, o devolvemos el dinero), en las que Juanjo, Carlos y yo proponemos cada uno tres títulos, y a esos tres títulos añadimos tres canciones que creemos que van que ni pintadas… y si no van pintadas ya las pintamos nosotros, por esas conexiones secretas y muchas veces indescifrables que tienen los recuerdos. Estas son las elegidas:

De Carlos:

David Bowie, con ‘Life on Mars’ y ‘Watchmen’, de Alan Moore
Blue Oyster Cult, con ‘Veteran of the Psychic War’ y ‘Akira’, de Katsuhiro Otomo
Motörhead, con ‘God Was Never On Your Side’ y ‘Hellblazer’, de varios autores

De Juanjo:

Medina Azahara, con ‘Palabras de libertad’ y ‘Slam Dunk’, de Takehiko Inoue
Mago de Oz, con ‘Fiesta pagana’ y ‘Death Note’, de Oba y Obata
Michael Jackson, con ‘Smooth Criminal’ y ‘Superlópez: el Infierno’, de Jan

Mías:

Extremoduro, con ‘A fuego’ y ‘Groo’, de Sergio Aragonés
Metallica, con ‘My Friend of Misery’ y ‘Torpedo 1936’, de Sánchez-Abulí y Bernet
Guns N’ Roses, con ‘Estranged’ y ‘Rip’, de Richard Corben

Así que yo creo que está la cosa bastante bien condimentada. Basta, para que se complete el conjuro, que le des al play. Y para eso lo único que tienes que hacer es llevar al cursor del ratón a este link de Ivoox:

Ir a descargar

O bien, que lo hagas en este de espotifai:

Gracias por escucharnos y ayudarnos a llegar a más gente.

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«Obra maestra», la expresión que a tantos les gusta emplear

No falla… no hay momento en una conversación, aunque sea en una por Twitter en la que dos interlocutores no estén de acuerdo en casi nada, en que alguien no use a la ligera la expresión «obra maestra». Pensémosla, digámosla en voz alta… al tener una erre intercalada en ambas palabras, como que suena mejor, más rotunda, más severa. Diciéndola, pensándola, metiéndola en alguna conversación, nos sentimos como más inteligentes, más capaces, con más autoridad intelectual. Incluso rima un poco. Por ello, y por unas cuantas razones más, no existe expresión más manoseada y abaratada cuando nos ponemos a hablar de películas, o de novelas, o de series…

…porque todo el mundo quiere encontrar su «obra maestra», todo el mundo quiere defender una «obra maestra», todo el mundo quiere proclamar una mientras el resto del mundo quiere defenestrarla o ningunearla. Defender «obras maestras» está muy bien. nos ayuda a levantarnos por la mañana con mayor orgullo, nos da una razón para sonreír y sentirnos mejor con nosotros mismos. Defender películas de mierda o novelas de mierda también está muy bien, a su manera, sobre todo cuando queremos hacer postureo, como lo que hace Alberto Olmos cada vez que se pone a escribir su columna, o cada vez que la gente intenta sostener sus gustos de la infancia. Pero cuando por fin nos ponemos a defender «obras maestras» creemos que sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. ¿Y eso siempre es algo bueno, no?…

…salvo que no… no por ello sabemos un poco mejor lo que es el Cine y la Literatura. Para empezar estaría bien saber lo que significa eso de «obra maestra».

La mayoría, me temo, la usa a modo de comodín para casi todo: para calificar una gran obra, para ponerlo delante de sus películas y sus novelas preferidas, para etiquetar lo más importante del año o de una década, para sacarle brillo a esos títulos desconocidos pero vanguardistas…. Así, más o menos todo es lo mismo: obra maestra, obra magistral, obra perfecta, «magnum opus», obra clásica, obra de arte, obra única, obra genial. La «obra maestra», tal como su mismo nombre indica, debe ser cualquier obra de gran envergadura de alguno de esos «maestros» que andaban o que todavía andan por ahí, ¿no? Ahora es cuando nos ponemos a definir con más exactitud la expresión de marras y nos vestimos de profundidad: una «obra maestra» es esa pieza perfecta que expresa conceptos universales, que habla de su tiempo y a la vez está fuera de él, por lo que puede resistir el paso de los siglos; es además una pieza que establece una dialéctica con sus precursoras y que rotura nuevos caminos artísticos, etc, etc, etc….

Luego llegará el posmodernista de turno y dirá que una «obra maestra» es diferente para cada uno y que su misma definición y aplicación depende de cada cual, y ya estará todo zanjado.

Pero estaremos de acuerdo –si es que podemos ponernos de acuerdo en algo– en que da la sensación de que cuanto más se usa esa expresión menos capacidad se tiene para reconocer una aunque te la pongan delante de las narices.

La obra maestra es, sencillamente, la pieza catedralicia de un autor, la que más define su personalidad artística, la que es el mejor y más perfecto compendio de la obra de un gran escritor o un gran artista en una disciplina determinada. Así, la obra maestra de da Vinci es ‘La Gioconda’, la de Miguel Ángel en pintura es ‘La capilla Sixtina’ y en escultura ‘La piedad’, la de Mozart es ‘El Réquiem’… Pero: ¿y cuando un autor tiene no una sino varias obras gigantescas? ¿No hizo también Mozart ‘El rapto en el serrallo’, ‘La flauta mágica’ y varias otras? ¿No esculpió Miguel Angel también el ‘David’ y el ‘Moisés’? ¿No pintó da Vinci también ‘La última cena’? Y en cuanto a Cervantes: su obra maestra es ‘El Quijote’, claro, ¿pero no escribió también el ‘Persiles’ y las ‘Novelas ejemplares’? La de Coppola es ‘Apocalypse Now’, pero, diablos, ¿este tío no hizo también nada menos que ‘The Godfather’? ¿Y en el caso de gente como Kurosawa? ¡Qué difícil es decidirse! ¿Cómo se hace esto? De pronto no parece tan fácil ponerse aquí a pontificar sobra las «obras maestras» como todos esos chavalillos (y no tan chavalillos…) parecen creer.

En todo caso estaremos hablando de composiciones magistrales o geniales, de piezas de gran perfección, importancia o influencia. Pero no de obras maestras. Si queremos de verdad usar la expresión con propiedad y sentido común –aunque estoy seguro de que para muchos eso de hablar con propiedad y sentido común es innecesario– podríamos por lo menos aprender lo que significan las palabras y las expresiones y usarlas en concordancia con ese significado y esa utilidad.

Pero en fin, en esta época de postureo y de narcisismo desatado, supongo que es hasta lógico que la expresión «obra maestra» se use para casi todo y sobre todo para quedar bien. Borren este artículo de su cabeza, no me hagan caso, ni hagan caso a nadie. Las obras maestras son lo que ustedes quieren que sean y ya está y se ha acabado. ¿Quién soy yo para hacerles ver las cosas de otra forma? ¿Sólo porque me ciño a los hechos y al significado real y racional de las cosas? ¡Al diablo los hechos y la racionalidad!

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Sobre eso que llaman «cultura popular»

Sigamos hablando un poco de eso que se han avenido en llamar «cultura popular» –aunque más bien habría que hablar de «cultura de masas», o de «cultura pop»–, que muchos, es decir todos aquellos que reniegan de eso que se han avenido en llamar «gafapastismo» llevan de un tiempo a esta parte insistiendo en que es tan valioso, tan válido, tan importante como lo pudiera ser la llamada «alta cultura». Basta entrar en Twitter, y me temo que en otra red social cualquiera, para ver hasta qué punto una legión de personas aficionadas al cine y a las novelas están echando el resto para que de una vez por todas se considere de manera global (como si no se hubiera conseguido hace ya algún tiempo…) que la cultura de masas es también cultura, tan elevada, tan profunda y magnífica como la otra, esa que ellos no quieren ni ver.

Para todos esos y esas, la llamada «alta cultura» está constituida al parecer de una serie de obras aclamadas por una élite, un grupo de académicos que han ido pasándose el testigo siglo tras siglo, como una secta oscura. Esta élite (social e intelectual) se ha puesto de acuerdo en aclamar obras o títulos aburridos, que solamente entienden ellos. Y esto no puede ser, de ahí el cabreo de tantos y tantas que disfrutan mucho más de una película de los ochenta que de una novela de Thomas Mann. Para estos defensores de la cultura de masas, los puntos de su doctrina son más o menos los siguientes:

  1. El arte es totalmente subjetivo, lo que te gusta a ti, no tiene necesariamente que gustarme a mí, con lo cual yo solo, sin necesidad de formación o de una base teórica, puedo establecer qué es lo valioso y qué es lo desechable.
  2. En relación a lo anterior, tanto vale una canción de Michael Jackson como un adagio de Mozart. ¿Tú tienes formación musical y tienes claro que el adagio es mucho más complejo y difícil de escribir y ejecutar? Yo desde mi no formación puedo aludir que a mí me gusta más, y con eso basta.
  3. Porque el arte no tiene por qué ser algo elevado que sólo entiendan las clases altas, el arte puede ser lo que yo quiero que sea.
  4. Y yo quiero que el arte sea algo divertido, algo con lo que gozar y pasar un gran rato. En caso contrario, aplíquense puntos 1, 2 y 3.
  5. Todo aquel que me contradiga, todo aquel que tenga argumentos para echar por tierra estos puntos con argumentos asentados en bases teóricas férreas, no es más que un gafapasta (lo que le niega cualquier respeto social) y un fanático intolerante (lo que le certifica como apto para ser ignorado).

En definitiva, es el arte el que tiene que bajar al fango de lo popular, no lo popular lo que ha de elevarse a un rango más elevado, más poético, que no es «mejor» sino capaz de trascender los límites de la sociedad y de lo cultural. El espectador o lector ha de obtener lo que quiere, porque está en el centro de la cultura de masas, es el activo más importante, el que posibilita una industria, una escala social y económica. Todos esos gafapastas o fanáticos intolerantes que atacan con vehemencia lo popular y tratan de imponer los gustos de una élite, que pretenden demoler con argumentos muy bien elaborados lo que a ellos les gusta de una manera visceral, son un peligro para lo popular, para su permanencia, para su triunfo definitivo. Ya va siendo hora, dicen ellos, de que una película de Marvel o de Disney gane el Oscar o incluso la Palma de Oro de Cannes. El pueblo lo merece. Darle el Óscar a mejor película a ‘Avengers: Endgame’ habría sido un triunfo sobre todo de los humildes, del pueblo llano, frente a los poderosos, los que tiranizan el arte para convertirlo en algo indescifrable, inalcanzable para la mayoría…

Pero la realidad es muy diferente a lo que estos guardianes de lo popular demandan. Puede que tales cosas tuvieran algún sentido (escaso, neurótico, narcisista, pero sentido al fin y al cabo) hace unas décadas. Pero no ahora. El arte popular tiene todas la de ganar, y el arte «elevado», o como se le quiera llamar, está en franca retirada, cuando no herido de muerte y a punto de desaparecer. Nunca se había producido tanta cultura de masas y nunca se había accedido a ella de manera tan masiva. Los costes de producción se han abaratado, y los de distribución también. Pedir, exigir más bien, que el arte culto ceda su espacio al arte popular, que le deje respirar, es como cuando hace varias décadas los espectadores más bakalas pedían que hubiese más salas de cine doblado cuando las salas en VO eran muchísimas menos, o como que Israel clamara ayuda internacional ante el daño que le hace la ocupación palestina en sus tierras (bueno… de hecho hace algo parecido…). Es no solamente una infamia, es una falacia como una catedral. La cultura de masas ha vencido por KO, se acabó el combate, pueden retirar el cadáver de la «alta cultura». Pero no solamente quieren vencer por KO, lo que quieren es que se reconozca de manera universal que una basura como ‘Reina roja’ se admita en la misma liga que ‘El Quijote’, o que un filme tan mal escrito, dirigido, intepretado y montado como ‘Avengers: Endgame’ tenga la misma consideración que la trilogía ‘The Godfather’. Quieren no solamente vencer al enemigo, sino aplastarlo, aniquilarlo, borrarlo de la faz de la tierra y de la memoria de aquellos que quieran recordarlo.

Así de claro.

Pero ni los poderosos son los que valoran una obra de arte en su justa medida, ni cualquier best-seller escrito bajo mínimos de inteligencia puede ponerse al lado de ‘El Quijote’. Las cosas son las que son, y la realidad es tozuda, inamovible. Los poderosos son, en realidad, los que venden basura al pueblo poco exigente, y los que se forran con ello, impidiendo la posibilidad de que verdaderos artistas tengan algo de visibilidad. Y el arte no es algo que deba disfrutar (si es que la palabra es disfrutar… que lo dudo mucho) todo el mundo, entre otras cosas porque a la gente ni le interesa el arte, sino pasárselo bien, y no hay nada que objetar a ello. Ni todos los libros son Literatura, ni la Literatura es algo al alcance de alguien que se haya leído 5.000 libros y se ponga a teclear en un ordenador. Puedes leerte un millón de libros, eso no cambiará nada. Una persona, en este caso Cervantes, que jamás pudo vivir de lo que escribía, era mil millones de veces más sabio, ingenioso, inteligente y perspicaz (no son sinónimos, por cierto…) que Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Rosa Montero, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones, Ken Follett, Mario Vargas Llosa, Almudena Grandes y Dan Brown juntos. Un sólo capítulo de su ‘Persiles’ les deja a todos en vergüenza, así como una sola sección de la catedral de Toledo deja a los arquitectos actuales en muy mal lugar.

El arte (la Música, la Literatura, el Cine) es superior e irreductible a la cultura. La cultura es localista, de identidad geográfica. El arte es universal. ‘El Quijote’, la catedral de Toledo, ‘La Divina comedia’, ‘Las meninas’ o el ‘Requiem de Mozart’, son patrimonio cultural de su país, por supuesto, pero pertenecen a la humanidad por entero. No hay fronteras, ni lenguas, ni identidades culturales que las contengan y en las que se disuelvan. La gente cree o bien que no necesita el arte, o bien que merecen que el arte esté a su altura sin ningún esfuerzo por su parte. Ni se plantean que jamás el arte se ha considerado de esa manera. Efectivamente hace muchos siglos el arte literario, musical o de cualquier otra disciplina estaba limitado a las clases altas, pero eso no significa tampoco que esas clases dominantes, por el mero hecho de tener riqueza o posición, pudiesen «entenderlas» o estuviesen «a la altura». El arte nace de la placenta de lo popular, se alimenta de ello, de la observación pura. El artista surge del pueblo, y trabaja, aunque la gente no lo entienda, para el pueblo. Pero no haciendo lo que el pueblo quiere o desea, sino lo que ni siquiera sabe que necesita. Una catarsis, una advertencia, una crítica, una revolución.

Y eso no va a cambiar, por mucho que quieran. La canción ‘Thriller’ de Michael Jackson es estupenda, y su videoclip, tal vez el más famoso de la historia, está muy bien filmado. Pero cualquier adagio de Mozart está técnicamente mejor escrito, musicalmente llega mucho más lejos, en todos los aspectos de ese arte. Si de verdad te interesa la música lo sabes, y si lo único que te interesa es disfrutar, ni lo sabes ni te interesa saberlo. Harry Potter está bien escrito, y algunos best-sellers no están nada mal, pero ‘El Quijote’ es el compendio de reglas narrativas de la Literatura, y para ponerse al lado de eso hay que ser o muy ignorante o muy estúpido. La cultura de masas fue la que dio lugar al posmodernismo, y no al revés. Y ahí estamos, en un mundo en el que el arte se confunde con cultura, y la vida con el arte. Pero algunos seguiremos proclamándolo el tiempo que sea necesario.

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El tinglado de los mediocres

La única cosa buena que estoy comprobando que tiene Twitter, aparte de promocionar tu material en el caso de que tengas muchos seguidores, consiste en conocer gente interesante y en interactuar con ellos y quizá llegar a aprender alguna cosa. Todo lo demás es bastante desalentador. Nos preguntamos, algunos, cómo es posible que la Literatura, que la Música y que muchas veces el Cine estén en una situación tan lamentable, y la respuesta la teníamos delante de nosotros. La respuesta está en la gente que escribe en Twitter.

Porque allí no solamente escriben usuarios anónimos, algún que otro entendido de algo, opinadores, divulgadores, trolls, unas cuantas hordas de fascistas… sino también creadores. Escritores, músicos, cineastas… La mayoría de ellos escriben en Twitter sobre todo para autopromocionarse, de una manera constante, compulsiva, diríase que obscena. Si coges a cualquier «novelista» de moda, incluso aquellos que no tengan unas ventas espectaculares, tendrá un 99% de su TL sobre sus novelas, sus proyectos, la cantidad de gente que les lee, les comenta y les retuitea. El otro 1% se divide entre dar coba a los lectores o seguidores, y en dejar sus ideas sobre alguna cosa que esté en boca de todos. Es ahí, en esas ideas, donde hay que fijarse. Nunca hasta ahora, en toda la historia, habíamos tenido acceso a lo que pueden pensar, al sistema de ideas personal de un autor (un director, un escritor, un músico) como ahora. Si lo que buscamos es hacer una radiografía de los autores de hoy para rastrear las razones por la que la Literatura es una piltrafa, la Música es una basura, y el Cine está a punto de desaparecer como tal, basta leerte los TL de Arturo Pérez-Reverte, su discípulo Juan Gómez-Jurado, y otros muchos como ellos, y que por mucho que lo intentes se te abra la Tierra bajo los pies por esa mezcla de prepotencia e ignorancia congénita, por esa disonancia cognitiva que les hace pensar que todo lo que dicen es muy inteligente y/o divertido, y por la lacerante falta de ingenio y creatividad en cualquier cosa que dicen o piensan.

¿Alguien se imagina a William Faulkner, Joseph Conrad, Virginia Woolf, Gonzalo Torrente Ballester, Cormac McCarthy (este todavía está vivo), Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Víctor Erice, Enrique Urbizu o Terrence Malick diciendo estupideces en Twitter? Desde luego, tendrían cosas mejores que hacer, pero si se pusieran a ello tendría un TL bastante más interesante que esta panda de vendedores cuyo único objetivo es doble: estar en el candelero y ganar pasta. Y lo hacen del modo más innoble posible: diciéndole a la gente qué es lo que deben apreciar, valorar y comprar, y lo que no, como si ellos además de vendedores de humo fueran jueces de la estética y la poética ajena. Que cualquier hijo de vecino se ponga de crítico literario o cinematográfico en Twitter tiene algo de entrañable, pero que lo hagan estos mercachifles es un crimen que debería estar penado con la expulsión de la sociedad y el embargo de toda su producción.

Porque cuando se ponen a hablar de Cine o Literatura (de Música ya no se atreven, porque tienen tan poca idea como de lo otro, pero demostrar que se tiene alguna es bastante más complicado, por lo visto) el Pérez-Reverte, el Gómez-Jurado y otros vendehumos de farfolla literaria, en lugar de limitarse a decir lo que a ellos les gusta o les ha interesado, sin insistir mucho más, lo que hacen es establecer una serie de ideas sobre lo literario y lo cinematográfico que convence a sus seguidores de que esa es la forma adecuada de enfrentarse a lo literario y lo cinematográfico, y de paso justificar su propia existencia. Cuando Pérez-Reverte o Gómez-jurado, y otros muchos, insisten (sobre todo en los últimos tiempos, en los que parece que se están llevando a cabo «cruzadas culturales» en Twitter en favor de lo popular como una forma de arte, desterrando lo más elevado) en que vale tanto un cómic de Tintín o un best-seller actual como ‘El Quijote’ o como ‘La Ilíada’, lo que están haciendo es clamar a los cuatro vientos que ellos mismos, que están más influenciados por Tintín o por un best-seller que por la verdadera Literatura, valen tanto como ‘El Quijote’ o ‘La Ilíada’. Cada vez que afirman en una entrevista, o en televisión, o en la radio, o en su TL, que las películas de la Marvel son maravillosas, que la Rowling es una novelista extraordinaria, que los cómics de su infancia son los que les marcaron, lo que hacen es intentar cambiar el paradigma del arte y de la narrativa para que ellos quepan en él.

Por eso insisten en lo de la cultura popular, y en la cultura de masas, como algo tan valioso, y al fin y a la postre tan elevado y tan histórico como la llamada «alta cultura», que yo tampoco sé muy bien lo que es… porque ellos pertenecen a eso, son epítomes absolutos de la cultura popular, y quieren seguir siéndolo, quieren seguir siendo famosos y ganar mucho dinero, y si desean mantener ese tinglado tienen que ser los primeros en defenderlo, han de ser los primeros en defender ‘Avengers: Endgame’ y el último best-seller de no sé quién. En caso contrario correrían el riesgo de que la gente descubriese que no son nadie, que no son nada, ni literaria ni intelectualmente. Han de alinearse con el vulgo, con el lector o el espectador menos exigente, porque si arrimaran el hombro con los más exigente serían una contradicción viviente.

Pero las cosas no son tan fáciles, y no son desde luego como ellos quieren que sean. Lo popular y lo elevado no se diferencian tanto en sus resultados como en sus intenciones iniciales. Existen grandes películas hechas con mucho dinero, y existen excelentes novelas que han vendido millones de ejemplares, pero eso no significa que la Literatura y el Cine deban ser populares. Lo que deben es alimentarse de la placenta de lo popular, pero no darle al público exactamente lo que quiera obtener. Esa es la muerte del arte. Un artista no está ahí para contentar al público, no es responsable (como diría Tarkovski en ‘Esculpir en el tiempo’) de que el receptor esté de buen humor. Un artista verdadero no es un artista de salón, ni de guateque, que es exactamente lo que son esos fanfarrones vestidos de literatos llamados Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado y muchos otros. Un artista, un poeta verdadero, es otra cosa, DEFINITIVAMENTE. Es un terrorista de la sociedad, alguien que te dice precisamente lo que no quieres oír, lo que no soportas, lo que eludes, aquello de lo que huyes. Y aún así le agradeces el haberlo hecho.

Basta echar un vistazo en Twitter, o hablar con la gente en el trabajo o en la barra del bar, para comprobar que quizá más que nunca estamos en un momento en que la gente no se quiere enfrentar a la verdad, no quiere sufrimiento, no quiere lucha, no quiere combate. Prefiere una imagen prefabricada, amable, bienintencionada, a la dureza de la cruda realidad. Bueno pues para eso está la ficción, no para hacerte soñar con mundos fantásticos, imposibles, mágicos, en los que el bien venza al mal, a los que poder huir porque te sientes confortado, a salvo. No hay donde huir. Nadie está a salvo. Aceptar lo que te dicen estos artistas de la fanfarronada, estos «artistas populares», es dejar que te engañen, que te manipulen, dejarte sin armas para enfrentarte a lo racional, a la verdad desnuda y jodida de la realidad. Por eso la ficción ahora, la verdadera, la terrorista, es más necesaria que nunca, porque con una apariencia de ficcionalidad, te susurra aquello que no quieres que te cuenten.

Al final las cosas caerán por su propio peso, por la acción de la mera gravedad. Se conocerá esta época como la más gris y la más carente de ingenio en muchos siglos (eso sí, llena de astucia para vender basura), y si salimos de ella quizá podamos recuperar cosas tan bobas, tan poco importantes, tan prescindibles como la Literatura y el Cine.

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Hans Zimmer y lo determinante de la música en cine

El reciente Óscar a Zimmer por ‘Dune’ (2021), segundo de su carrera tras el conseguido hace más de un cuarto de siglo por ‘The Lion King’ (1994), le confirma no solamente como el compositor de música de cine más popular de los últimos años, sino además como el que está consiguiendo, en un momento en el que la música sinfónica para cine está perdiendo toda relevancia, que esta disciplina crucial sea capaz todavía de ser determinante en la composición de una película. Personalmente se lo habría dado por su fenomenal trabajo en ‘Dunkirk (2017) antes que por esta, pero eso poco importa.

Zimmer ha conseguido, en varios trabajos para el muy sobrevalorado Christopher Nolan y para el un tanto impersonal Denis Villeneuve, ser el factor determinante, es decir el verdadero cineasta de la película… y viene a corroborar mi idea, mi convencimiento más bien, de que la música en cine viene a ser como el entintado en cómic: la última fase, el último borrador, y por tanto el que le da la versión final y convierte al filme en lo que realmente es. En la boba y meliflua ‘Inception’ no conseguía imponerse, si bien el tema final (que por cierto es el más escuchado suyo en Spotify) era de una belleza imponente:

En posteriores trabajos para Nolan y en el ‘Dune’ de Villeneuve, él es el verdadero narrador. La muy endeble ‘Dunkirk’, que muchos han calificado muy temerariamente de «obra maestra» del bélico pero que nada aporta al género y que nada puede aportar al espectador, cuenta con una música de Zimmer que no es realmente música, sino una colección de ruidos y sonidos muy bien ejecutados y muy mal empleados por Nolan. Si Nolan hubiera sido el gran cineasta que no es habría utilizado esta singular y poderosísima música/no-música de una manera mucho más interesante. Con ella, por lo menos, consigue que la frágil y casi inexistente estructura del filme parezca mucho más férrea. Pero Zimmer debería haberse llevado el Óscar por cosas increíbles como esta:

Su empleo en la película es casi anecdótico, tangencial. Es incomprensible. Otras músicas de Zimmer para el filme están mejor empleadas o por lo menos tienen más recorrido y más presencia. La suficiente para salvar a esta película de un desastre narrativo absoluto. Si ‘Dunkirk’ se sostiene es por Zimmer. Pero ya en la también muy sobrevalorada ‘Interstellar’, que empieza bastante bien y que acaba despeñándose en un delirio metafísico sin pies ni cabeza, fue Zimmer el que consiguió elevar la emoción de la película con cosas impresionantes como esta:

Al menos en esta película su música tiene un empleo mucho más inteligente que en ‘Dunkirk’. Finalmente, para ‘Dune’, por la que se ha llevado el Óscar, consigue que una película tan fría, tan impersonal y tan poco enérgica parezca otra cosa. Es una música más sinfónica que las otras, con más melodías y más ritmos, y sus cadencias y sonoridades consiguen que ‘Dune’ sea una película diferente y mucho más interesante:

Hay una cosa que muchos no parecen dispuestos o no tienen la menor intención de entender: la música en cine lo cambia todo, incluso la que sólo es sonido, incluso el sonido ambiente, los diálogos o la música diegética. Un drama convulso o un paraje desolado adquieren otras tonalidades con una música eufórica. Porque así funcionamos los seres humanos: nada gana a la música. Mientras muchos analistas superficiales como el tal Bracero de Twitter creen que un plano de un espejo roto puede definir la calidad de una película, o su profundidad narrativa, o el estilo de un autor, en ese pensamiento burgués y conservador que cree que una película es simplemente una suma de planos, en realidad la cosa es bastante más compleja, y tiene que ver con el cine como una forma de música, como una forma de atrapar el tiempo. La cadencia, el ritmo, la sonoridad y el tono son mucho más importantes de lo que parece, y por eso el montaje y la dirección de actores son esenciales para definir una gran película, y no la historia o la sucesión de planos más o menos dirigidos para conseguir ideas subrepticias o símbolos más o menos profundos.

Que Zimmer es mucho más cineasta, y mucho más narrador que Villeneuve o Nolan, queda patente en sus películas, y que la música, o la falta de ella, o que la musicalidad es esencial para definir la altura de un filme, es algo que a mí me pasma que muchos todavía no se hayan percatado, y que habrá que seguir mucho tiempo insistiendo en ello hasta que los no convencidos por fin abran los ojos a algo tan elemental es una realidad que por mi parte ya está asumida.

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Qué asco de música

Lo sé, soy muy cañero a veces. Así mismo, soy incapaz de reprimirme cuando algo me da mucho asco. Y si fuera capaz de reprimirme sería mucho peor, porque después saldría eso que he conseguido guardar, y saldría multiplicado por cien, y todo se vería inundado de mi enorme capacidad de sentir asco. Un desastre, vaya, regado con ataques de histeria y de risa.

Soy así desde chaval, desde pequeño diría yo. Pensaba que era una rareza de mi carácter, pero qué va. Es que soy de esos a los que generalmente se denomina como exquisitos. Si a mí me das a probar un buen plato de lo que sea… salmón, por ejemplo… la próxima vez que lo hagas, o que lo haga yo mismo, ha de quedar igual de bueno, o no me va a gustar. Si por un azar se me ha dado a probar, o a experimentar, algo realmente magnífico, un click de mi interior me lleva a rechazar cualquier cosa inferior. Con las obras de arte lo mismo: una vez que has catado algo excelso… ¿cómo puedes resignarte a algo inferior? ¿Cómo es posible que no compares esa experiencia inferior con aquella que te hizo volar hasta la estratosfera? No lo puedes evitar: te rebelas, te pones en huelga de hambre, te niegas a hacer nada ni a probar nada hasta que de nuevo puedes acceder a eso que tú sabes que es excelso. Te mueres de inanición, en pocas palabras, porque no eres un devorador de narrativa, sino un degustador.

Pero no es eso de lo que quería hablar. Bueno, sí, pero sólo como punto de partida. Porque entre otras certezas que voy desgranando en estas páginas mías, hay una de la que por cierto hablamos el otro día en el podcast, y que ahora voy a llevar un poco más allá:

El 99% (por decir una cifra sin decimales) de lo que se lee y se escribe no es literatura.
El 99% de lo que se filma y se proyecta en pantallas de cine o televisión no es cine.
El 99% de la música que la gente escucha en la radio, en la tele, en el coche, en el supermercado, en cualquier lado, no es música.

Bueno, luego estamos infestados de gente que clama a los cuatro vientos que ama el cine… no es cierto, ama las películas comerciales estadounidenses; de gente que asegura casi tirándose de los pelos que ama la literatura… no es cierto, ama los libros de autoayuda (llamados best-sellers, cosas así) de las editoriales occidentales; a gente cabreándose ante cualquier insinuación y que no puede dejar de afirmar con vehemencia que ama la música… ¿qué música? ¿La que ponen en las cadenas musicales españolas? ¿Esa música? ¿La que ponen en las discotecas de reggaeton? ¿Las mismas canciones pop que llevamos escuchando, con distintos arreglos, desde los años ochenta y noventa? Esas personas que manifiestan su pasión por la música, pero que luego les ponen una pieza de Mozart, o una música incidental, y te dicen que se duermen. Esas mismas personas, que son legión. Tiene que haber de todo en este mundo.

Supongo que tiene que haberla… el problema es que son la gran mayoría. Son los que luego te hacen sentir a ti como un bicho raro. O por lo menos lo intentan. Los que se pasan la vida ingiriendo cine, literatura y música precocinada, enlatada, poco nutritiva y hasta repugnante, pero luego te hacen quedar a ti como una especie de pedante, o te dicen «que no tienes ni puta idea», o te llaman «hater» (esto es bastante nuevo). Pero algunos vamos a un supermercado, o a una tienda de ropa, y desearíamos liarnos a tiros porque la música que ponen allí, de manera insistente y machacona, primero no es música, segundo te destroza el buen gusto, y tercero hace que se te revuelva el estómago. Es el problema de la música, o de eso que dicen que es música sin serlo: que no puedes cerrar los oídos del mismo modo que cierras los ojos, que tienes que aguantarte y soportarla, porque la música es muy invasiva, y cuando el típico mongolo entra a tu vagón del metro reproduciendo música en su aparato sin ponerse los auriculares, no puedes hacer otra cosa que desear que se vaya rápido…porque amigo, una caja de ritmos haciendo ruido, un sintetizador simulando una melodía, una voz lánguida y ronca, no es música, ni siquiera es una canción solvente, es un montón de ruidos sin forma que incitan a tus neuronas a suicidarse…

Pero es el precio, supongo, de vivir «en el mejor mundo posible». Hace, doscientos, trescientos o cuatrocientos años, la literatura y la música eran literatura y eran música. El mundo era una puta mierda, no había libertades sociales, no había medicina universal, no había carreteras ni satélites ni wthatsapp. Pero había música y había literatura, y aunque existía gente que sacaba beneficio de ello, no eran, no podían ser, un negocio capitalista. Es lo que nos ha tocado y para eso existen los críticos literarios, musicales, cinematográficos. Para decirte qué es literatura, y qué es música, y qué es cine. Qué es lo valioso y merecedor de prevalecer, y qué puede ser olvidado y despreciado. Los críticos son algo así como los guardianes de todo lo bello y de todo lo elevado, de lo literario, lo musical, lo cinematográfico. Pero nadie les hará caso y nos quedaremos, en casi todos los casos, con lo que no merece la pena. Si nadie hace caso a los científicos en todo lo tocante al entorno natural, ¿alguien va a hacerle caso a los putos pedantes recalcitrantes de los críticos?

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Sobre lo de hacer críticas o reseñas

Eso es una cosa que le gusta a todo el mundo: escribir lo que opina sobre algo. Es casi como una droga, o un derecho conquistado: antes no se podía escribir algo y que te leyeran más de cincuenta o sesenta personas (si eras capaz de dar la brasa a toda tu familia y a todos tus amigos), ahora es mucho más fácil. Se opina sobre lo que ocurre, sobre lo que se ve… se opina incluso sobre quien opina. Las opiniones son gratis y dejándolas por escrito, o haciendo un vídeo con ellas, puede servir incluso de terapia, de desahogo, de purga. Y de lo que más se opina, por alguna razón, es de series, de películas, de libros, de cómics o de álbumes musicales. Supongo que sería imposible hacer un cálculo de cuántas opiniones y sentencias y exclamaciones se suben a la red, en forma escrita o audiovisual, a lo largo de un día, pero seguro que son muchos miles. Opiniones e ideas, la mayoría de ellas, formuladas sin reflexionar, creando el caldo de cultivo perfecto para fanatismos, para enfrentamientos, para sectarismos y polarizaciones extremas, hasta el punto de que hay quien se dedica simplemente a escribir contra aquellos que a ellos no les agradan, dejándoles ataques directos continuados en sus sitios o en sus perfiles, como verdaderos talibanes del pensamiento ajeno.

Pero ni una sola de esas ideas o imprecaciones u opiniones, o muy escasas de entre ellas, son verdaderamente críticas o reseñas. La gente, en sitios como Filmaffinity o en Twitter, o en las páginas web en las que deja comentarios que no le interesan a nadie (y al autor menos que a ningún otro), no escribe más que eso, opiniones. No deja por escrito o en un vídeo otra cosa que sus gustos. Dice lo que le gusta, lo que le encanta o detesta, y nada más. Y eso no es una crítica o reseña. Ni siquiera es un comentario. Luego pueden ir diciendo por ahí que escriben o graban reseñas, pueden incluso mentirse a sí mismos pensando que lo hacen. Pero lo cierto es que una crítica o una reseña es algo muy diferente a casi todo lo que nos encontramos por ahí, y por desgracia esto sucede incluso con medios muy leídos y supuestamente profesionales, pues gente como Carlos Boyero comenta lo que a él le gusta, sin más argumentos. Extendida a los cuatro vientos la idea de que el arte es subjetivo, de que todas las opiniones son válidas, de que las ideas de todo el mundo son igualmente importantes y respetables, ha calado bien honda la idea de que un crítico literario o cinematográfico es alguien contándonos lo que a él le gusta (y esto vale también para pseudo-críticos como Harold Bloom). Pero la realidad, le pese a quien le pese (y por lo visto le pesa a mucha gente que está por lo políticamente correcto) es muy diferente.

Ni el arte es lo que a cada uno le apetece que sea, ni un crítico o reseñista es alguien contándonos lo que a él particularmente le gusta, ni todas las ideas u opiniones son igualmente importante o respetables. Quien piensa esto último necesita creer que el mundo es un lugar mágico en el que las ideas más abominables pueden coexistir con las más constructivas, quien piensa lo segundo no tiene ningún interés en la crítica ni la interpretación de una obra de arte, y quien piensa lo primero sencillamente no tiene el menor interés en el arte, ni lo conoce ni sabe lo que es, y en lugar de molestarse en intentar averiguarlo, se lo inventa por su cuenta porque así es todo mucho más fácil y requiere mucho menos trabajo.

Todos estos chavalillos que acaban de salir de la facultad de filología y que se creen más que preparados para ponerse a escribir sobre libros, y que decididos a hacerlo abren canales en youtube, o abren páginas web, o tienen los contactos y la suerte suficiente como para empezar a hacerlo en grandes medios tradicionales como la televisión o la radio o incluso la prensa, se estrellan una y otra vez contra un hecho en el que seguramente no habían reparado: ya existen muchos críticos literarios o cinematográficos que están fracasando antes que ellos en la complejísima proeza de estar a la altura de las circunstancias, porque sucede que la gran literatura es superior e irreductible a la crítica más afinada, la que lo intentó con las mejores armas. Y me temo que las armas de los recién llegados son más bien escasas, romas e incapaces. Hay que ser un verdadero genio para tener veintipocos años y saber lo que es la literatura o cuales son sus manifestaciones más importantes, para ponerse a escribir sobre ello y tener algo que decir al respecto. Pero estos muchachillos están más que dispuestos a volver a descubrir el Mediterráneo, y a hacerlo con los mapas equivocados, sin la preparación debida, y tratando de convencer al personal de que sus lecturas son las adecuadas.

¿Y saben por qué lo hacen? Porque les leen y les escuchan personas todavía más ignorantes que ellos, y en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Cuando no tienes ni pajolera idea sobre narrativa, ficcionalidad o literatura, te llega un tipo y te cuenta la memez esa de la sanchificación del Quijote y la quijotizacion de Sancho, y tú te quedas perplejo, o te cuenta en qué consiste la diferencia entre fantasía y ciencia ficción y tú sacas el cuaderno, te pones a tomar apuntes y tienes la sensación de que estás aprendiendo algo. Todos esos que quisieran aprender de literatura o de cine, o de arte, lo tienen muy fácil: ahí tienen a gente realmente preparada que puede ayudarles a aprender, y bastante rápido además. Están al alcance de la mano en las redes. Pero prefieren seguir a estos booktubers, leer a estos niños tan osados, porque creen que van a ser más amenos y les van a enseñar las mismas cosas. Pero sólo con muchos años de estudio e investigación se llega a algo. No hay atajos. No hay colegas de veintidós años que hayan dado con lo que es la literatura, o la narrativa.

Al final todos nos enfrentamos con el mismo problema, que no es un problema, sino la solución: la cruda, la maldita, la paciente realidad.

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El cañón del revólver (VI)

Viendo que el pasado viernes los de Todopoderosos, después de dedicar tres programas seguidos a Alfred Hitchcock (y los que te rondaré, morena), después de haber hablado ya de escritores como William Shakespeare, Roald Dahl, Richard Matheson, de guionistas de cómic como Alan Moore, después de haber discutido, mayoritariamente, sobre multitud de directores anglosajones, han hecho un programa sobre Charles Dickens. Por supuesto que son muy libres de hacer lo que les dé la gana. Faltaría más. Pero yo me pregunto por qué en lugar de hacer un programa sobre Dickens, ya que hablaron de Shakespeare no hacen otro programa por ejemplo sobre Cervantes, o sobre Quevedo, o sobre Lope de Vega… o sobre el Siglo de Oro español para hacer las cosas más fáciles. Supongo que eso vende menos. En realidad, la mayoría de los podcasts son iguales: películas americanas, escritores anglosajones. Puede que sea más difícil, claro, pero dado que el internet te provee de todo lo que necesitas para paliar tus lagunas competenciales, no hay excusa para estar hablando siempre de las mismas cosas y nunca hablar de la literatura más importante del mundo.

Hablando de Alan Moore, en ‘V de Vendetta’, un cómic y una película bastante decentes por cierto, se nos presentaba un mundo distópico que cada vez se parece más al nuestro, en el que líderes populistas, reaccionarios y dictatoriales establecen un estado policial en el que reprimir las ideas más progresistas y con el que perpetuarse en el poder. Si Alan Moore viera la situación de Madrid, quizá se sonreiría pensando que lo ha clavado: con Ayuso convertida prácticamente en el canciller Adam Sutler, con los fascistas de Vox convertidos en sus aliados para mentir, insultar, atacar, amenazar, agitar el odio en la calle, con pandemias y crisis que el gobierno de la ciudad emplea para sus propios intereses y experimentos capitalistas. Una vez más Madrid es el mayor foco de fascistas encubiertos (o no tan encubiertos, en muchos casos) de Europa entera, con gente como la Le Pen o como los radicales holandeses convertidos en meros aprendices de brujo al lado de la dama de hierro madrileña. Pero es posible que a Ayuso no le salga tan bien la jugada como ella pensaba en un principio. Y por eso se están poniendo nerviosos, y por eso es posible que cometan algún error grave que les haga arrepentirse de haber convocado elecciones en un momento como este.

No creo que sea nada sorprendente que el Grupo Planeta (con o sin los 14,5 millones que les ha regalado Ayuso…) se dedique a publicar a un escritor, músico y poeta tan nefasto como Marwán, cuya ficha en la web de la editorial es de obligada lectura por lo cursi y lo zafia que resulta… por cierto que es lo mismo que ponía en su entrada de Wikipedia, y que yo, como buen samaritano borré en mi calidad de editor y cambié por una entrada más digna, ya que la wikipedia no es otro lugar de promoción para nadie (impagable eso de «fruto del amor de sus padres»…)…una entrada que por mucho que busco para adjuntarla aquí, no la encuentro… igual la han borrado, vete a saber. En cualquier caso, los de Planeta, Alfaguara y las grandes editoriales en general no pueden permitirse publicar a grandes escritores, a escritores prometedores, a escritores literarios, porque se arriesgarían a quebrar, ya que nadie lee nada de eso. Lo único que pueden hacer es publicar a pseudo-poetas como Marwán, capaces de escribir memeces como esta: Se enamoraron nada más mirarse/Él venía dolido de otro cuerpo/Ella creía saber cómo domarlo/Él resolvió ser distante para gustarle/Ella que él debía ser quien diera el primer paso/Ambos esperaron a que fuera el otro quien hablara/Y así fue el amor más bonito de la historia… y sentirse poeta.

Muy bonito el Día del Libro y todo eso, con un (¡impresionante!…) diez por ciento de descuento en La Casa del Libro a sus socios, por la que me pasé el viernes para ver si había algo que llamara mi atención. Y de hecho lo había: una cola de decenas de personas con libros de Javier Castillo, Pérez-Reverte, Javier Sierra, Almudena Grandes o Gómez-Jurado bajo el brazo… y no pude evitar acordarme de ese maravilloso episodio de ‘Los Simpsons’ en el que Homer, convertido en guardaespaldas del corrupto alcalde de Springfield, averiguaba por casualidad que la leche que se vende a los colegios de primaria es leche de rata, y luego iba corriendo a la escuela y al ver que todos los chavales bebían leche de rata le daban ganas de vomitar… Me imaginé a mí mismo, por pura diversión, corriendo a la cola y arrebatando los libros a esas pobres personas engañadas, y luego reducido a palos y llevado a comisaría (como es lógico), fuera de mí como el protagonista de ‘Invasion of the Body Snatchers’, con camisa de fuerza incluida, pero en lugar de gritar «¡es leche de rata!» o «¡ya están aquí! ¡Eres el siguiente!», yo diría «¡son libros de mierda, que alguien me escuche!»… Hay que ver lo que da de sí la imaginación de Adrián Massanet…

Por fin nuevo disco de gente tan magnífica como ‘London Grammar’ o ‘Love of Lesbian’… Del primero me gustan bastantes más canciones que del segundo, aunque como siempre se trata de escucharlos bastante hasta tener una idea un poco más ajustada o ponderada. Es el problema de una espera larga para un nuevo trabajo de dos grupos que me gustan tanto. Pero… ¿no sucede que no podemos oír ni leer nada de grupos que han formado parte de nuestra vida, aunque estemos de acuerdo con lo que oímos o leemos? La música, mucho más que la literatura, las series o el cine, forma parte de nuestro ser, casi de nuestra identidad. Nos pertenece de manera individual. Y precisamente creo que por eso la crítica musical es mucho más profesional e interesante (casi siempre) que la cinematográfica o la literaria, porque saben que juegan con fuego, y quizá por eso, y porque tenemos (en general) más claro lo que significa la buena música que la buena literatura o el buen cine, los habitualmente deleznables críticos literarios y cinematográficos deberían aprender de ellos. Pero no lo harán, y seguiremos teniendo a los mismos incompetentes de siempre contándonos qué películas y qué libros les gustan a ellos.

Último proyectil de los seis: ¿me quiere explicar alguien qué demonios es eso de «hater»? Porque es una expresión que leo en todas partes, y a veces me la dedican a mí, y me da la impresión de que se usa para designar a todo aquel que, más que odiar, lo que hace es tener un pensamiento propio, y no dejarse llevar por la corriente de opinión generalizada, y posee un pensamiento crítico o analítico. Y porque si hablamos de odios, se me quedaría pequeña la palabra «hater»… lo mío no son aversiones, ni animadversiones, ni antipatías, lo mío es odio con todas la letras, y un odio que casi me hace sentirme feliz, como cuando dicen eso de que «este año ha habido un Óscar latino», para referirse al hecho de que un maquillador hispano (español o hispanoamericano), o un diseñador de producción, o un diseñador de sonido, se ha llevado la estatuilla… o como cuando dicen eso de «la antesala de los Óscar»… o esa gente que arrastra los pies cuando camina por la calle, y además lo hacen detrás de ti… o esa gente que en el metro no sabe ponerse la puta mascarilla y deja la nariz fuera… o esa gente que para lo único que tiene un perro es para dejarlo solo en casa toda la maldita tarde, aullando y ladrando y molestando a todo el mundo… ¿Qué es eso de «hater»? Háganme el favor e inventen palabros más apropiados …»Óscar latino», eso debería estar penado con cuarenta latigazos en la plaza del pueblo.

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