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Cuando hace ya casi cuarenta años nació la MTV (que es el acrónimo de Music Television) lo hizo con el nada honroso papel de televisar vídeos musicales, la mayoría de ellos, hasta que el medio se estabilizó y algunos artistas audiovisuales lograron crear contenidos interesantes, bastante arcaicos, cutres o directamente horteras. Hoy día, transcurridas cuatro décadas, me parece que la MTV, siquiera sin proponérselo, es el reflejo perfecto de la cultura de masas, del mundo del espectáculo, del capitalismo salvaje que nos domina. Y pienso esto, por supuesto, poniendo el canal (casi nunca lo pongo, pero a veces me detengo en él, como enajenado por sus imágenes), y aguantando durante unos quince minutos el vendaval de vulgaridades, macarradas y chabacanería de los “artistas” que allí se esfuerzan por aparentar que hacen música. Lo que es mucho aguantar.

Viendo una y otra vez esos vídeos de chavales (y no tan chavales) tan cool, tan cachas, de esas chavalas (y no tan chavalas), tan divas y tan a la última, desgañitándose con ritmos, casi todos ellos, derivados del reggeatón, en videoclips lujosos, aparatosos e inanes, verdaderas odas al narcisismo y la vanidad juveniles, panegíricos de la belleza física, del éxito económico, de la ostentación y la suntuosidad, escuchando la bonita voz de algunos de ellos destruida por una producción destinada al bailoteo fácil, bailoteo que ellos y ellas, hipervitaminados, nos enseñan con sus sensuales y perfectos movimientos, todo ello destinado al disfrute y el entretenimiento de adolescentes y no tan adolescentes, creo que podemos certificar la expulsión de la música del seno de las Bellas Artes, porque nada hay en todo esto, ni siquiera en algunos temas realmente buenos, pero abaratados para su fácil comercialización, destinado a transmitir una cualidad trascendental de la emoción, ni a elaborar universales. Y no crea el lector que me estoy poniendo rancio como un maestro de escuela.

Porque ya pensaba todo esto hace diez o quince años, pero o no me atrevía a expresarlo o no sabía cómo hacerlo. Absolutamente toda la música de ahora mismo, la que puede escucharse en la radio o cuyos videoclips pueden verse en MTV o sitios parecidos, suena igual, con los mismos ritmos y con la misma textura sonora. Es deber, y casi condena, del que no se resigne, bucear (y bucear mucho), pare encontrar verdaderos artistas musicales que le aporten algo a su oído y a su sensibilidad. Ahora todo es vender, vender fácil, y no hacer trabajar mucho al potencial comprador. Y esto sucede con la música, con la literatura y con el cine, y seguramente poca gente se da cuenta de ello. Incluso en un gran porcentaje de aquello que la “crítica especializada” considera valioso o importante. Y uno no puede dejar de lamentarse, y algunos sentimos que debemos rebelarnos contra ello y nos ponemos a escribir sobre todo aquello que encontramos y que consideramos mucho más valioso que aquello que de forma generalizada los espectadores o los depositarios de trabajos musicales, literarios o cinematográficos consideran que vale la pena.

Cuanto más se lee, más se ve y más se escucha, más se tiene claro que la ingente (colosal, interminable) cantidad de canciones, discos, películas y libros que se han producido, por ejemplo, desde comienzos del siglo XXI, no va a perdurar. Es más, va a ser considerada un ejemplo de verbosidad inane, construida con el único objetivo de ganar dinero. Y cuanto más se escribe sobre ello, más sólo se siente uno, porque es como clamar en el desierto, tarea titánica la de derribar falsos dioses e inspirar el espíritu crítico de la gente, para que sepan reconocer lo bello y revolucionario, lo valioso, los valores narrativos puros, frente a la ilimitada morralla con la que les (nos) bombardean a diario, todas esas canciones reggeatón, todo este ruidoso y vacuo cine, toda esta literatura histórica, basada en tramas y en marketing más que en verdadera voz literaria, todo ello verdaderas raspas de sardina de las que ningún nutriente narrativo, visual o sonoro se puede sacar, basura mediática que, paradójicamente, hace brillar y sobresalir lo verdaderamente grande y valioso a poco que uno sepa mirar y posea un mínimo de sensibilidad y buen gusto…algo que por desgracia tantos críticos y pseudo-criticos jamás podrán poseer.

Todo es causa, y a la vez consecuencia, de un mundo globalizado en el que vales tanto como lo que puedas llegar a vender, en el que el éxito por el éxito es la máxima pauta a seguir, y en el que es más importante parecer que ser. Un mundo en el que la desaforada búsqueda de dinero y de estatus destruye cualquier posibilidad de perpetuar tradiciones literarias, visuales o sonoras, de crear grandes obras que miren al futuro y calen en una sociedad adormecida, asustada y esquilmada a un tiempo, encantada de gastarse el dinero en las novedades literarias antes que en leer y conocer la verdadera gran literatura, o música, o cine. Un mundo en el que los más exitosos escritores han de estar las veinticuatro horas del día mercadeando y baboseando en las redes para obtener una atención que se traduzca en ventas, humillándose a sí mismos y humillando a la verdadera gran literatura. Un mundo que todos debemos empezar a cambiar, ahora que la pandemia da visos de que con un poco de sacrificio puede vencerse y volver a cierta normalidad…pero en el que me temo que seguiremos haciendo las mismas estupideces de siempre, y seguiremos adorando a falsos dioses de barro que nada aportan a nuestra vida creativa y anímica.

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