Dejadme que os cuente el maldito chiste

Ya veréis, ya. Es para no parar de reír.

A ver, ¿por dónde empiezo?… Ah, sí: resulta que en este país en el que la cultura es el negocio más ruinoso del mundo, existen una serie de escritores, novelistas se llaman la mayoría, sin serlo, aunque también hay cuentistas (muy pocos), y poetas (todavía menos), pero la mayoría novelistas, totalmente amparados por los traficantes de droga los grandes sellos editoriales, la crítica más veleidosa y el público engañado en general, que acaparan absolutamente las mesas de novedades, la publicidad, el interés de los medios de comunicación ya sea impresos o digitales, y que establecen el nivel de la narrativa de nuestro país.

Estos novelistas, o lo que sean, tienen nombre propio, claro: Almudena Grandes, Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Juan Gómez-Jurado, Mario Vargas Llosa (que es peruano, pero que se ha adaptado perfectamente a esta fauna), Carlos Ruiz Zafón, María Dueñas, Dolores Redondo… Todos ellos, o la mayoría, muy colegas unos de otros, continuamente citándose, y quedando para tomarse sus cañejas. Algunos llevan más tiempo y otros son casi unos recién llegados. Pero estoy en condiciones de afirmar de que ninguno de ellos es realmente un escritor, pues no hacen literatura, o la literatura que hacen es tan ínfima, tan banal, de tan mal gusto, tan superficial, tan estúpida, que no puede llamarse literatura.

Pero da igual, porque son los que están ahí, y los que algunos ponen al lado, muy temerariamente, de Ramón Sampedro, Manuel Vázquez Montalbán, José Saramago, Miguel Delibes, Ana María Matute…ninguno de estos un literato excepcional, pero por lo menos eran novelistas, eran artistas inteligentes, comprometidos, sorprendentes a veces, valientes, imaginativos, honestos… Nada que ver con este mundo actual de baboseo en las redes sociales, de polémicas baratas, de narcisismo desaforado, del yo y yo y yo a todas horas. Nada que ver con este mercadeo, este show business.

Estos son los que los lectores, la mayoría según las cifras de ventas, consideran sus ídolos literarios. Especialmente los dos más activos en las redes, que son mis preferidos y de los que ya he hablado aquí en más de una ocasión: los espectaculares Arturo Pérez-Reverte y Juan Gómez-Jurado. Son, en otras palabras, los que más dan la brasa en las redes, sobre todo Twitter. Y yo, que no tengo Twitter, de vez en cuando me topo por la red con sus comentarios en esa plataforma. Con sus sacadas de chorra, con sus baladronadas, con sus chulerías y su espectáculo. Esas cosas que tanto hacen enloquecer a sus seguidores y sus lectores. Cosas como estas:

“Viendo anoche los Goya, pensaba que a mí también me gustaría que el Estado subvencionara a los editores, a los libreros, a los escritores e incluso a los lectores. Y también, de paso, a la media docena de sobrinos que tengo trabajando en el extranjero”

-Pérez-Reverte

“No tengo ningún cierre para esta reflexión. Ni respuestas, ni conclusiones fáciles. Cada uno hará lo que más le guste y le convenga. Para su bar en Navidad o para follarse al Paco o a la Trini en las Fiestas del Cristo. Y el que venga detrás, que arree. Salud, suerte y libros.”

–Gómez-Jurado

He escogido dos entre cientos y cientos de tweets, pese a que de cada diez cosas que tuitean sólo una es suya, por término medio, el resto son loas de lectores o de fans que están locos por ellos. Y es que resulta que Pérez-Reverte y Gómez-Jurado se pasan la vida dejando estupideces en esa red social, pero todavía no he contado el chiste. Todo esto eran los prolegómenos.

El chiste consiste en que estos dos genios de las redes sociales metidos a novelistas, a los que si se les critica es que eres un envidioso o no tienes ni idea, no están contentos con ser los más leídos, con estar a todas horas en boca de todo el mundo, con las colas interminables de corderitos que quieren que les firmen sus libros, con ganar millones de euros con esta estafa, es que encima quieren, desean, ser considerados grandes escritores. Que se les reconozca su grandeza, vaya. Que nos demos cuenta de que son unos escritores sobresalientes, casi unos poetas…

Ya sabía yo que el chiste no tenía ni maldita la gracia. Pretendía ser sarcástico.

Recuerdo perfectamente la contraportada de ese libro tan limitado como era ‘La carta esférica’, en la que con un descaro y una desvergüenza infinita, se decía lo siguiente: “Toda la literatura náutica, desde Homero a Conrad y Melville, está explícita o implícita en las páginas de La carta esférica“. Y el lector dirá: “pura propaganda, hombre, ese tipo de exageraciones se llevan a cabo en casi cualquier promoción”. Y yo diré que muy bien, que de acuerdo, pero es que resulta que como Pérez-Reverte y Gómez-Jurado son de esas personas que se creen sus propias mentiras, también se creen las mentiras de los demás que digan sobre ellos para hacerles quedar bien, y tratan de convencer a todo el mundo de que son verdad, y andan los pobres lectores creyéndose cosas como esa.

Esto está extraído de una de las novelas cortas de Conrad:

“Y, de pronto me invadió una gran satisfacción, al pensar en la gran seguridad que ofrece el mar si la comparamos con las tribulaciones que hay en tierra, y al considerar mi decisión de adoptar esta vida que no me presentaría problemas inquietantes, vida aureolada de una elemental belleza moral por su absoluta rectitud y por la sencillez de sus fines”

El lector pérez-revertiano notará que su ídolo ha plagiado esta idea y la ha expresado, con otras palabras pero nunca con esta belleza, en multitud de entrevistas e incluso en novelas. Pero Pérez-Reverte, y él bien lo sabe, jamás podrá ser Conrad ni Melville. Jamás podrá hacer algo como esto:

La tierra no parecía la tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la imagen encadenada de un monstruo conquistado, pero allí… allí podía vérsela como algo monstruoso y libre. Era algo no terrenal y los hombres eran… No, no se podía decir inhumanos. Era algo peor, sabéis, esa sospecha de que no fueran inhumanos. La idea surgía lentamente en uno. Aullaban, saltaban, se colgaban de las lianas, hacían muecas horribles, pero lo que en verdad producía estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres salvajes, apasionados y tumultuosos. Feo, ¿no?, Sí, era algo bastante feo. Pero si uno era lo suficientemente hombre debía admitir precisamente en su interior una débil traza de respuesta a la terrible franqueza de aquel estruendo, una tibia sospecha de que aquello tenía un sentido en el que uno (uno, tan distante de la noche de los primeros tiempos) podía participar. ¿Por qué no? La mente del hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había allí, después de todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera… ¿Quién podía saberlo?… Pero había una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo. Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan… El que es hombre sabe y puede mirar aquello sin pestañear. Pero tiene que ser por lo menos tan hombre como los que había en la orilla. Debe confrontar esa verdad con su propia y verdadera esencia… con su propia fuerza innata.

Sí, es de Conrad. Esto no lo ha plagiado Pérez-Reverte, que yo sepa.

En realidad, la literatura, para ser tal, es una creación de ideas, por eso durante mucho tiempo se habló de la necesidad, de la pertinencia de una novela “de ideas”, y de la no pertinencia de ninguna otra. Se asombraría el lector de la cantidad de citas pronunciadas por políticos, científicos, sociólogos, intelectuales, provenientes de las novelas. Y cuando vemos a estos pseudo novelistas preciarse de tal, y querer además que nos rindamos a su nulo talento, no puedo dejar de pensar en las ideas que sueltan día tras día en las redes sociales:

“Una mujer inculta como usted (y además con escasa comprensión audiovisual, si es que vio la entrevista, que lo dudo), debería reservar sus demagogias cutres para “Sálvame” y para su turbio negocio político. Ahí le rentan más.”

-Pérez-Reverte

“Pues pélesela con M mayúscula al principio. Ser lliure e independentista no obliga a ser analfabeto.”

–Pérez-Reverte

“Interesantísima entrevista con Alan Moore. Quizás el hombre con más talento que ha trabajado jamás en el cómic, con permiso de Will Eisner. Por desgracia, el inmenso talento de Moore lleva aparejado que es una persona loca. Aun así, merece la pena leerla.”

–Gómez-Jurado

“Hay una cosa que me revienta. Tengo una matrícula de honor en crítica cinematográfica y otra matrícula de honor en crítica literaria…así que voy a criticar a los críticos porque me da la gana y porque puedo. (…) El análisis habitual del crítico de cine europeo tiende a despreciar el cine hollywoodiense, y a apoyar con muchísima fuerza a burgueses millonarios que supuestamente hacen cine de autor y de clase. Véase Godard.”

–Gómez-Jurado

“Es probable que Orson Welles fuera un psicópata…”

–Gómez-Jurado

Estos individuos se retratan cada vez que abren la boca, pero mucho más se retratan los que les siguen ciegamente y les ríen las gracias, como aquella famosa estupidez de Jose María Aznar cuando dijo eso de “¿quien eres tú para decirme las copas que me tengo que beber?”, o esa otra de “todo el mundo sabía entonces que había armas de destrucción masiva, pero yo lo sé ahora”, que despertaron risas a todos los acólitos que escuchaban en directo. El interpelado quedó mal, pero mucho peor los que le ríen las gracietas sin gracia. Las bravuconadas de Pérez-Reverte y Gómez-Jurado son de la misma estirpe, y los que se las jalean, también.

Me atrevo a decir que todos esos que compraron y seguirán comprando ‘La carta esférica’, no han leído nada de Homero, ni de Conrad ni de Melville. Y que todos los que leen ‘Reina roja’ o ‘Loba negra’, aunque quizá lean otros libros con regularidad, tienen cosas parecidas en su biblioteca y no leen con mucha exigencia, sino basándose en las novedades de El corte inglés. Es más: me atrevo a decir que ellos, P-R y G-J, saben perfectamente que no son grandes escritores. Que, en relidad, son escritores de segunda, o de tercera, que han dado con la tecla para atraer a cientos o miles de lectores aborregados, y que con eso se pueden mantener en el candelero. Lo saben. En caso contrario no se cabrerían cada vez que alguien les saca los colores, no se pondrían como niñatos de trece años a demostrar todo lo que saben, o a repetir a los cuatro vientos los miles o millones de seguidores que tienen en las redes.

Lo saben perfectamente.

Coda: para reparar el daño causado

Y como no quiero cerrar este largo y bastante deslavazado artículo trufado de ideas dignas de adolescentes pajilleros, desearía dejar aquí algunas ideas, o frases, absolutamente geniales de escritores verdaderos, de novelistas, poetas, cuya grandeza nunca perecerá, y que jamás se habrían entregado a este mercadeo vergonzoso.

“¿Qué es la guerra? ¿Qué se necesita para tener éxito en las operaciones militares? ¿Cuáles son las costumbres de la sociedad militar? La finalidad de la guerra es el homicidio; sus instrumentos, el espionaje, la traición, la ruina de los habitantes, el saqueo y el robo para aprovisionar al ejército, el engaño y la mentira, llamadas astucias militares; las costumbres de la clase militar son la disciplina, el ocio, la ignorancia, la crueldad, el libertinaje y la borrachera, es decir , la falta de libertad. A pesar de todo esto, esa clase superior es respetada por todos. Todos los reyes, excepto el de China, llevan el uniforme militar y se conceden las mayores recompensas al que ha matado más gente… Los soldados se reúnen como, por ejemplo, sucederá mañana, para matarse unos a otros. Se matarán y se mutilarán decenas de miles de hombres y, después, se celebrarán misas de acción de gracias porque se ha exterminado a mucha gente (cuyo número se suele exagerar), y se proclamará la victoria creyendo que cuantos más hombres se ha matado, mayor es el mérito”

–’Guerra y Paz’, Tolstoi

“Sin embargo, los que vivimos detrás de las rejas, cuyas existencias se ven marcadas no por los sucesos sino por el dolor, necesitamos medir el tiempo por los latidos del dolor y el índice de nuestras amarguras. No tenemos otra cosa en que pensar. La pesadumbre —por raro que esto puede sonar en tus oídos— es nuestro único medio de vida, pues nos permite tomar conciencia de que existimos; y el recuerdo de nuestras angustias nos es indispensable como garantía y demostración de nuestra permanente identidad”

–’De Profundis’, Wilde

“Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles”

–’El ruido y la furia’, Faulkner

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