The Way You Make Me Feel

Hablaba yo el otro día de películas notables, grandes, pero no gigantescas, las que de una forma consensuada diríamos que tienen cuatro estrellas sobre cinco. Algunas de ellas (en realidad decenas y decenas…) son mis preferidas. Pero hoy quiero hablar de otra cosa. Hoy quiero hablar de las de cinco, ese estatus de privilegio al que acceden algunas, y que con el paso del tiempo, por mor de un cambio de paradigma, o porque por alguna razón sus formas palidecen, pierden ese estatus y pueden convertirse simplemente en buenos trabajos cuyo momento ya pasó, o incluso de esas que ahora son de cuatro, pero que en un futuro, por ese mismo cambio de paradigma, se convertirán en filmes insuperables dentro de cinco o diez años.

No me acuerdo en qué artículo dejé por escrito las que yo creo que son las tres condiciones imprescindibles para que un filme (o una novela, o cualquier otro soporte narrativo), acceda a la grandeza:

1: Comunicar una cualidad trascendental de la emoción, que exprese algo universal de la naturaleza humana.

2: Erigirse en una forma de conocimiento universal.

3: Convertirse en una experiencia sensorial y vital completa en sí misma.

Pero también hablaba el otro día del dolor de la belleza, porque por muy irónico que suene, una obra maestra (qué expresión más manoseada, y qué mal utilizada está por tanto plumilla, por cierto…) ha de doler, dejar cicatriz. Ha de hacerte sentir algo que jamás, o en ocasiones muy escasas en tu vida, has sentido. Ha de ser al mismo tiempo increíblemente cálida y viva, pero también despiadadamente gélida y terrible. Pero todo esto no es más que teoría.

Hace poco volví a ver ‘Escondidos en brujas’ (‘In Bruges’), de Martin McDonagh, una película que en su momento gustó mucho, pero que de ninguna manera despertó un consenso, pues no faltaron voces de espectadores que la detestaban (lo cual siempre es una buena señal). En mi Archivo de Mini Críticas quizá haya sorprendido a más de uno que le adjudicara cinco estrellas de cinco. Desde luego, a ciertos usuarios de filmaffinity les habrá parecido una barbaridad. Pero ahora que la he vuelto a ver, me reafirmo en que es una película absolutamente extraordinaria. Y no por dos o tres razones, sino por veinte o treinta. Se merece esa calificación sin ningún género de dudas, por su insuperable mezcla de comedia negra y relato existencialista, por sus caracteres principales, por sus actores, por su puesta en escena, por su superlativo guion… por tantas y tantas cosas.

Pero sobre todo por el estado de ánimo que te induce, la explosiva emocionalidad que te provoca. En otras palabras: que te duele lo que les sucede a los personajes. Los cineastas han conseguido, con todos los elementos nombrados, y algunos más, que su destino, que su existencia, sea la tuya durante una hora y media o dos horas, y te han hecho vibrar con su peripecia, y te ha hecho comprenderles un poco, porque te ha hecho comprenderte a ti mismo, quizá no defenderle, quizá no defenderte a ti mismo, pero sí perdonarles, sí perdonarte a ti mismo. No puedo concebir mayor cualidad de la emoción, mayor vehículo de conocimiento, ni mayor experiencia sensorial narrativa que esa.

Recuerdo lo que le dijo cierto espectador a Lars Von Trier en un encuentro virtual tras el visionado de ‘Dancer in the Dark’, su obra maestra de 2000: que se sentía manipulado por él. Y le preguntó qué le parecía eso. El cineasta, ni corto ni perezoso, le dijo que eso le parecía maravilloso. Es que es eso lo que hace todo cineasta, bueno o malo: manipular al espectador. La cámara, de alguna manera tirana, te dice a dónde mirar, y el director te dice qué es lo importante en lo que has de fijarte, mientras el espectador, sentado en su butaca, se deja llevar. Pero un buen cineasta te manipulará de forma noble, si es que tal cosa es posible. En realidad, todos manipulamos a todos y nos manipula todo el mundo, pero algunos nos manipulan con honestidad y otros con falsedad. Y en el cine (y la literatura) ocurre igual.

De hecho, muchas veces la labor del crítico (o del espectador cualificado) consiste en detectar el grado de honestidad (o la carencia de ella), de un título concreto. Puede que ese sea uno de los indicativos más poderosos de la altura estética de una obra narrativa, algo que por ejemplo no se puede aplicar a una escultura o a un tema musical. Porque ni una escultura ni un tema musical pueden ser tendenciosos, pero una obra cinematográfica o literaria opera con realidades, y por tanto sí puede serlo. Puede proponerte una segunda realidad falsaria o bien puede construir una segunda realidad que en verdad sí sea espejo de tu propia realidad. Lo único que existe para un verdadero artista, irónicamente, es la realidad.

Confieso que hay obras maestras que me cuesta volver a ver. Es demasiado duro, demasiado terrible para mí. Recuerdo, cuando las estoy viendo, las sensaciones que me hicieron sentir la primera vez que las vi, y a eso se añade las sensaciones que estoy volviendo a tener, y la prueba, muchas veces, es casi insoportable, sobre todo en los momentos en que la propia realidad, no la otra que te proponen esos títulos, es demasiado insoportable. Me pasa eso con ‘La vida de Adèle’ (‘La vie d’Adèle’), con ‘Rompiendo las olas’ (‘Breaking the Waves’), con ‘El nuevo mundo’ (‘The New World’)… aunque no con todas, porque es volver a ver, cada vez, ‘Spider-Man: Into the Spider-Verse’ y experimentar una euforia indescriptible, porque es imposible ver esa extraordinaria película y no ser absolutamente feliz durante dos horas de tu vida.

2 comentarios en “The Way You Make Me Feel

  1. Bueno todas las pelis que has comentado aquí las he encargado, me da vértigo pensar todo lo que no he visto, ¡es que ni una de las que nombras aquí¡, y pensar que a veces por vagancia me he quedado viendo algún bodrio de película que dan después del Intermedio en “La Secta”, aunque también es cierto que no deja de ser una manera como otra de quedarse frito en el sofá, pero bueno en serio, desde que me he apuntado a tus prescripciones estoy disfrutando otra vez del cine en plan una tras otra. Un saludo.

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