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Andan los formalistas a vueltas con el plano y el corte, y con eso estructuran ellos todo su pensamiento acerca del cine. Andan los puristas locos perdidos por demostrar que el cine es un arte siempre que se atenga a determinadas, aunque no muy concretas ni rotundas, reglas. Andan los rancios defendiendo a muerte el “cine clásico” como el único válido, y andan los radicales insistiendo en que el verdadero cine es el mudo, porque el cine es ante todo visual, y todo lo demás que ha venido después no es más que un innecesario añadido, una coda a lo que fue, y pudo seguir siendo, pero no fue posible, el verdadero cine. Y andamos todos, en general, o por lo menos algunos locos que más nos valdría llegar a alguna parte y dejar de calentarnos las neuronas, preguntándonos qué es verdaderamente el cine, de qué está hecho, cuál es su sustancia primordial: ¿el plano? ¿el corte? ¿el ritmo? ¿el tono? ¿la historia? ¿el concepto teatral de puesta en escena? ¿la mezcla de todo ello? ¿nada de todo lo nombrado?

Ya dije, y seguramente lo repetiré muchas más veces, que yo no me atengo a ninguna escuela particular, ni a ninguna corriente teórica ni crítica. No me convence ninguna. Quizá algunas cosas parciales de ciertas ideas o corrientes. Yo tengo mi propia forma de pensar, y creo que por lo tremendamente (hasta un punto probablemente enfermizo) cabezón e individualista que soy, jamás sería capaz de sojuzgarme, de manera consciente o inconsciente, a una estructura de pensamiento compartida por muchas personas… y cuando digo muchas personas digo más de diez o doce. Cojo lo que me gusta, como el que va a un buffet libre, y me hago mi propio plato, tan a gusto. Yo tengo mi propio criterio y mi forma de ver las cosas, y ya tengo la suficiente experiencia y el necesario bagaje para saber que no ando, que no he andado nunca, por caminos muy errados. Es la ventaja de ser ecléctico, y de importarme bastante poco lo que piensen de mí. Por eso digo una vez más que los que piensen que el cine mudo es el verdadero cine, y que incluso el sonido es un añadido, están muy equivocados, igual que los que creen que el cine de los años cuarenta y cincuenta (estadounidense, principalmente), es el mejor de todos los tiempos, o los que solamente piensan en cómo está construido un plano. Para mí el cine es un todo, y no estoy seguro de que todavía haya alcanzado su plenitud. Quizá lo haga en un futuro.

Porque yo creo que sobre todas las cosas, más allá de la historia, de los actores, de la puesta en escena, del montaje, del sonido, de la fotografía, de todo aquello que se quiere transmitir o hacer sentir al espectador, el cine es movimiento. Imágenes en movimiento que cobran vida gracias al sonido. Me ha costado unos cuantos años averiguar lo que es el cine para mí, y creo que por fin lo he encontrado. Esas imágenes en movimiento, que son mucho más que fotografías enlazadas una detrás de la otra, mucho más que un cómic, tienen la cualidad de la música, pues sólo el cine y la música operan con tiempo. Especialmente el cine. Y no solamente estamos viendo un pedazo de tiempo, sino un tiempo “tratado” psicológicamente, emocionalmente, por el director y sus colaboradores. Yo creo que ahí reside la hipnosis que a tantos nos provoca el cine, en todos los rincones del mundo. El cine opera con realidades, tal como advirtió Tarkovski en su imprescindible ‘Esculpir en el tiempo’, pero no sólo eso, bajo mi punto de vista, sino que esas realidades son subjetivas de cada director, y al mismo tiempo del espectador. Ese es el mundo propio de los cineastas, y es inviolable, intangible y cerrado en sí mismo.

Y el movimiento es vida. Nada que se mueva está muerto, y así algo que puede definir la vida mucho más que la mayoría de ideas filosóficas o científicas, es el movimiento. Los anglosajones lo comprendieron bien, y por eso llamaron a las películas Motion Pictures, “imágenes en movimiento”. Y por eso valorar una película teniendo en cuenta sus encuadres en un determinado plano estático es una equivocación, una devaluación de la imagen fílmica. Lo que ha de transcurrir (nunca mejor dicho), en los márgenes de una pantalla, y siempre que se puede más allá de ellos, es movimiento traducido en imágenes y sonidos que fijen el tiempo en la retina, y que nos entreguen una vida, la de los personajes, que nos parezca tan real, o aún más real, que la propia. En caso contrario, no necesitaríamos las películas. Y esa vida no tiene nada que ver con la teatralidad filmada de los años cuarenta y cincuenta, ni con un naturalismo exacerbado, ni siquiera con una abstracción, sino con un sentido poético de la existencia. Y por poesía no me estoy refiriendo a versos rimados, sino a una percepción más profunda, y al mismo tiempo más luminosa, más elevada, de la existencia, a pesar de que se estén contando eventos luctuosos o sórdidos. Porque cuando las imágenes en movimiento que cobran vida gracias al sonido, si el director y sus colaboradores son capaces de crear personajes auténticos, vivos, hasta el más despreciable de los caracteres adquiere la belleza de lo poético, y nosotros, espectadores, podemos abrazar esa parte que es lo peor de nosotros mismos, y hacerlo desde lo mejor.

Porque el cine es un espejo abstracto de la vida, de nuestra personalidad, de nuestras emociones, de la mera existencia humana. Abstracto porque se mueve, y resuena. Es el espejo de la bruja de Blancanieves, que en lugar de decirnos si somos los más bellos del reino, nos dice que somos los más humanos entre los humanos, con todo lo que eso conlleva, y haciéndonos extraños de nosotros mismos, nos permite vernos tal cual somos, siempre que ese cine sea grande, libre y sincero. Estos son mis pensamientos más a flor de piel, mis reflexiones más depuradas, sobre esta cosa extraña que es el cine.

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