PODCAST

Viajeros de la noche – Vigésimo capítulo: Barton Fink y el infierno del escritor

Tendría yo unos doce o trece años cuando vi ‘Barton Fink’, de los hermanos Coen, por primera vez. En efecto: por alguna razón en mi niñez vi unas cuantas películas que no me correspondían por mi edad. Pero sea como fuere, su visionado me impactó muchísimo. Nunca había visto un filme tan siniestro, tan metafísico o incluso feísta, La extraña epopeya de este dramaturgo que decide irse a Hollywood a escribir guiones de películas se me quedó grabada en la mente, y volví a verla algunas veces más con el paso de los años, siempre con la misma sensación de hallarme ante algo muy original a lo que, como es lógico, he ido extrayendo mayores profundidades conforme me hacía mayor y descubría de qué va esto del Cine.

Nos ha parecido, al equipo de Viajeros de la Noche, una excusa estupenda ponernos a hablar de ella, para ya de paso expandir la conversación a las múltiples aristas argumentales y filosóficas que se desprenden de ella, sobre todo en lo que tiene que ver con ese extraño acto que consiste en sentarse delante de una máquina de escribir o (más habitualmente) delante de la pantalla de un ordenador, para ponerte a dar teclazos, y no precisamente para hacer un informe en el trabajo, sino para escribir algo creativo. La cinta de los Coen da para eso y para mucho más, y tenemos la suerte de que además de mí, que trato de escribir mis ficciones lo mejor que puedo, también Carlos ha escrito novelas y otras ficciones, o sea que en la mesa somos dos los que podemos aportar nuestro punto de vista sobre este espinoso asunto, siempre con las certeras y a veces cabronas preguntas de JJ, que no se corta un pelo a la hora de indagar en todo ello.

Como resultado nos ha quedado un debate muy enriquecedor de poco más de dos horas y cuarto que estoy muy seguro de que nuestros oyentes habituales –y los nuevos que esperamos puedan llegar– apreciarán, tanto si quieren profundizar en lo que significan las imágenes de la cuarta realización de los Coen, como si quieren escuchar a los tres compañeros discutir sobre las peculiaridades de escribir y luchar por terminar una obra creativa. Creo que nos ha quedado un debate no solamente ameno e interesante, sino realmente valioso. No todos los días nos ponemos a hablar de cómo nos enfrentamos a la creación de nuestras novelas y relatos …y quién sabe, quizá algún día a Juanjo le de también por escribir alguna ficción.

Aquí nuestro programa en Ivoox

Ir a descargar

Y, como siempre, en Spotify

¡Muchas gracias por escucharnos y apoyarnos en este viaje!

Estándar
ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

El artista crea la vida, no la imita

En esta suerte de teoría sobre el Arte en general, y sobre la Narrativa en particular, que me estoy construyendo día a día en mi página (y en todo lo que escribo), subyace una idea o necesidad principal: contestar a la eterna pregunta de qué es el arte y para qué sirve, quimera a la que tantas mentes se han enfrentado a lo largo de la historia y a la que sólo unas pocas han encontrado cierto sentido en cada una de las épocas. Y aunque se encuentren algunas respuestas, siempre serán más poderosas e insondables las preguntas…

Sea como fuere, seguimos en ello. Yo, particularmente, tengo en más estima a unos pensadores que a otros, y así prefiero quedarme con Andrei Tarkovski, con Longino, con Cervantes o con Tolstoi (pues todos ellos, siquiera someramente a través de sus obras de ficción, dejaron por escrito sus ideas) antes que pensadores anglosajones (aunque algunos valiosos hay). Pero eso son afinidades electivas. Lo importante es aportar algo personal, algo que de verdad te distinga del marasmo de ideas y de conceptos que hoy en día puedes encontrar nada más entrar en una librería o de abrir las redes sociales y leer al personal.

Creo, sinceramente, que tanto la pintura, como la escultura, así como las artes más eminentemente narrativas, participan de un mismo concepto unificador: el de crear la vida, y a partir de ella dar una idea de verdad. Como mi especialidad son las artes narrativas, y más concretamente el Cine y la Literatura, sin olvidarnos de ese epígono del cinematógrafo que es la televisión, debo centrarme en ellas, pero las tres parten de la pintura y la escultura de manera inequívoca, a pesar de que podríamos decir que en la consideración de las bellas artes, el cine viaja un poco como polizón. Pero como durante siglos, empezando por los griegos, se han dicho tantas cosas sobre el Arte, y se siguen repitiendo ideas obsoletas como que el arte imita la vida, deberíamos poner ya una pequeña piedra que zanje algunos aspectos de una vez y para siempre.

Cuando Michelangelo Buonarrotti dio su último golpe de martillo y cincel a su obra maestra El Moisés, esa colosal escultura de mármol blanco que hoy día se puede ver en la Basílica de San Pedro Encadenado, en Roma, originalmente concebida para la tumba del papa Julio II, dicen que el artista gritó: «¡Habla!». Yo creo que por ahí van los tiros, y esos tiros son muy diferentes a los que promulgan todos esos que dicen que el arte imita la vida. También decían los aristotélicos que el Arte queda separado de la naturaleza por su misma esencia, como si algo creado por el hombre, que es parte de la naturaleza, pudiera estar separado de ella realmente… El Arte, en gran medida, existió como una prolongación del poder de los estados y para glorificar una idea religiosa o espiritual. Sin embargo, resulta paradójico que la misma actividad artística nos ponga en una situación muy cerca a dios o los dioses que puedan existir, pues el artista, en última instancia, se convierte en creador absoluto, en la entidad que insufla de vida, la obra que firma, como si fuera uno de sus hijos, y de paso poniéndose en igualdad de condiciones que las deidades que se quería glorificar.

El Arte, para ser tal, ha de crear la vida dentro de los márgenes de la ficción. Cuando Michelangelo creó el Moisés, o el David, se valió de las coartadas pictóricas de su tiempo para extraer la figura de un marco de ficción que bien podría ser un cuadro. En otras palabras: le dotan de existencia operatoria fuera de una obra pictórica sin dejar de emplear las mismas leyes. Y cuando sirviéndose de la tecnología actual, un cineasta pone en movimiento esa figura escultórica dentro de unos márgenes de ficción re-definidos, puede crear arte en el cine. Pero para ello, creo yo, no ha de perder de vista que para el espectador/receptor la «conditio sine qua non» es que resulte imposible ver, percibir, la mano del creador. En otras palabras: que aquello que ven o contemplan bajo ningún concepto albergue una nota falsa o algo que no sea verdadero dentro de su sistema narrativo. Si consigues tal cosa, has llevado a cabo una Obra de Arte, y sino (como tantísimas películas y novelas) sólo me has contado un hatajo de mentiras a lo mejor muy bien perpetradas.

Cuando miramos el Moisés nos parece increíble, casi imposible, que un ser humano lo haya creado valiéndose de unas herramientas técnicas, igual que cuando contemplamos Las meninas o vemos ‘Ran’, de Akira Kurosawa. Otros pueden quedarse con lo mucho o lo poco que les gusta la historia que les cuentan, o el trasfondo, o el contexto conceptual que le presentan. La labor del crítico no es valorar una historia, algo por otra parte bastante fútil (¿valoramos acaso las astracanadas religiosas que dan lugar a las imágenes de los santos?), sino la técnica, el estilo, del autor, y cómo ha sido posible, qué viento creativo le ha movido a hacer tal cosa, y para qué. Da igual Escultura, Pintura, Literatura o Cine (si es que el Cine es un Arte, que muchas veces lo dudo mucho). El máximo objetivo del artista es crear la vida con aquellas herramientas y dentro de la disciplina que le haya elegido. No la vida real, por cierto, no un remedo de lo que tenemos en nuestra realidad. Sino una vida según sus propias reglas. Si el Moisés se levantara y hablara no sería una persona como las demás, sino una de tres metros, hecha de mármol, según las leyes creadas para él por el escultor que le dio la vida.

Lo dice Tarkovski al final de su imprescindible ‘Esculpir en el tiempo’: con el arte se demuestra que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios… por lo menos del Dios que nosotros mismos hemos creado. El Arte es algo vivo que se ha creado sin que puedas descubrir sus mimbres, las cuerdas que mueven sus criaturas. Se enmascara a sí mismo, a la técnica, de tal forma que se separa de la artesanía. Y a eso pueden acceder algunos medios, y otros por desgracia. Pero el artista lo que quiere es crear la vida, una vida muy diferente a la que conoce, según las reglas que él impone. Otros lo que quieren es epatar al espectador/receptor o ganar dinero con cuentos de indios.

Estas son mis ideas más sinceras sobre el tema.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE

Será como aquella canción de los años 80…

Venga, hoy voy a ejercer un poco de abogado del diablo, cosa que no suelo hacer casi nunca, haciendo un repaso a la por muchos tan romantizada década de los ochenta, que para un gran número de espectadores fue la época que les llevó al cine por primera vez, y a la que recuerdan con una gran nostalgia… que seguramente lo tiñe todo de colores engañosos.

Yo no soy un nostálgico, pero también crecí en esa época y tengo en el recuerdo un par de cientos de películas que vi antes de cumplir los diez años, y muchas de ellas en cine, por lo que quizá estoy muy autorizado a decir según qué cosas. Pero es indudable que los 80 no tienen nada que hacer con los esplendorosos 70, en los que el cine americano, no tanto el europeo (que lo había hecho dos décadas antes) alcanzó por fin la mayoría de edad. Los 80 significaron un retroceso notable, con la desaparición de los estudios y la infantilización de los temas y de los tonos de las películas venidas del otro lado del atlántico. Y pese a todo, hubo títulos míticos y obras maestras en el cine USA, en aquella época en la que sobre todo proliferaron los filmes de acción descerebrada de tipos cachas y los viajes en el tiempo.

La nómina de directores europeos que estaban en activo seguía siendo imponente: Ingmar Bergman, Michelangelo Antonioni, Robert Bresson, Andrei Tarkovski… Y mientras Europa quería hacer arte cinematográfico, EEUU quería hacer negocio. Y hubo toneladas de películas nefastas, algunas de ellas fascistoides, plenamente incrustadas en la «era Reagan». Pero por suerte para una cinematografía siempre viva, siempre dispuesta a grandes relatos y a grandes logros, hubo algunos títulos extraordinarios que voy a puntuar con estrellitas para darle un poco más de contexto al asunto (y siempre considerando que los 80 van de 1981 a 1990, no me sean…):

Blow Out, Brian De Palma, 1981 ✩✩✩✩
Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981 ✩✩✩✩
The Thing, John Carpenter, 1982 ✩✩✩✩✩
One from the Heart, Francis Ford Coppola, 1982 ✩✩✩✩
First Blood, Ted Kotcheff, 1982 ✩✩✩✩
The King of Comedy, Martin Scorsese, 1982 ✩✩✩✩
The Outsiders, Francis Ford Coppola, 1983 ✩✩✩✩
Rumble Fish, Francis Ford Coppola, 1983 ✩✩✩✩
Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984 ✩✩✩✩
The Cotton Club, Francis Ford Coppola, 1984 ✩✩✩✩
The Terminator, James Cameron, 1984 ✩✩✩✩✩
Body Double, Brian De Palma, 1984 ✩✩✩✩
After Hours, Martin Scorsese, 1985 ✩✩✩✩
Witness, Peter Weir, 1985 ✩✩✩✩
The Fly, David Cronenberg, 1986 ✩✩✩✩
Aliens, James Cameron, 1986 ✩✩✩✩✩
The Color of Money, Martin Scorsese, 1986 ✩✩✩✩
Blue Velvet, David Lynch, 1986 ✩✩✩✩
Near Dark, Kathryn Bigelow, 1987 ✩✩✩✩
Prince of Darkness, John Carpenter, 1987 ✩✩✩✩✩
Robocop, Paul Verhoven, 1987 ✩✩✩✩✩
Tucker, Francis Ford Coppola, 1988 ✩✩✩✩
They Live, John Carpenter, 1988 ✩✩✩✩✩
Die Hard, John McTiernan, 1988 ✩✩✩✩✩
Who Framed Roger Rabbit, Robert Zemeckis, 1988 ✩✩✩✩
Indiana Jones and the Last Crusade, Steven Spielberg, 1989 ✩✩✩✩
Back to the Future III, Robert Zemeckis, 1990 ✩✩✩✩
Wild at Heart, David Lynch, 1990 ✩✩✩✩
Goodfellas, Martin Scorsese, 1990 ✩✩✩✩✩
The Godfather, Part III, Francis Ford Coppola, 1990 ✩✩✩✩✩

Y yo creo que no me dejo ninguna. Fue una cosecha escasa para toda una década, sobre todo viniendo de la anterior, pero algunas cosas buenas sí que tuvo.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE, MÚSICA

La música curativa

Y dirá el perspicaz lector de estas líneas: «¿este tío para qué pone una imagen arriba del todo de Die Hard, la obra maestra de John McTiernan de 1988 (de la que por cierto hicimos un estupendísimo programa especial en nuestro podcast, Viajeros de la Noche)?» Pues ahora lo voy a explicar, un poco de paciencia…

Y otros quizá digan: «ya está el Massanet con sus locuras de que si la Música puede hacer esto y la Literatura puede hacer aquello, cuando está meridianamente claro que el arte no sirve absolutamente para nada». Y yo diré: ¿seguro que no vale para nada? ¿nada más que para que pasarlo bien y soltar una lagrimilla o una carcajada o un grito de miedo de cuando en cuando? Pues os responderé: me parece que tenéis en muy poca estima a las novelas, a las composiciones musicales y a las películas.

Hoy, sin que sirva de precedente, porque en esta página no hablo de mí mismo, voy a hablar un poco de mí y de mi relación con un tema musical que pertenece a dos películas muy distintas, por una de esas ironías del destino. Se trata de este tema:

Claro, pertenece «oficialmente» a otra obra maestra, esta de James Cameron, titulada Aliens, de 1986. Pero también pertenece a Die Hard, a pesar de que Horner no aparece acreditado en los títulos de crédito del filme de aventuras protagonizado por Bruce Willis. Se oye al final de la cinta, en este momento maravilloso:

Las razones por las que un corte perteneciente a la música de un filme dos años anterior acaba en otra película muy distinta y con otro músico sólo las saben los productores. Lo cierto es que la primera parte de este corte –la más triunfal, la que se oye en Die Hard– fue descartada para Aliens. La segunda parte, a partir del minuto 1:23 aproximadamente, sí se oye en el filme de James Cameron, cuando terminada la pesadilla, Ripley y su ahora hija Newt se van a dormir el hiper-sueño de vuelta a casa. Es una zona del corte muy diferente al enérgico y vitalista comienzo, pues ahora entramos en un sonido apacible, de paz, casi de felicidad, de que todo está bien y podemos dormir. Hasta hace unos años yo no sabía que dos de mis películas favoritas, que se encuentran entre las que más veces he visto en mi vida, estaban conectadas de este extraño modo.

Descubrí todo esto, paradójicamente, en una etapa muy triste de mi vida, hace algunos años. A veces cuando todo viene de cara es muy difícil levantarse por la mañana, pero también es muy difícil dormir, sobre todo dormir sin pesadillas, sin ansiedad. Algunas noches tenía tanta ansiedad que en lugar de dormir me pasaba horas sentado en la cama, sin poder moverme, porque cualquier alteración podía causarme mucha más ansiedad. No podía moverme… pero sí podía escuchar música. Es lo bueno de los auriculares. Yo soy, además, uno de esos tipos que se pasa el día con la música en todas partes, y si no me la pongo en el trabajo es porque no me dejan, porque en caso contrario lo haría, y a todo volumen. Ahora bien, existe una dificultad: lo que te ayuda también te puede hacer daño. Otras etapas de mi vida tuve que dejar de escuchar música de manera radical porque me afectaba demasiado. Pero esa vez no quise hacerlo, por mucho que evocase ciertas cosas.

Y di con este corte de casualidad. Spotify, cuando has terminado con tu lista, te sigue entregando canciones afines a ella, de manera ininterrumpida. Una de esas noches de ansiedad infernal, en la que me encontraba entre el sueño y la vigilia, entró este tema. Y yo sabía a qué película pertenecía… pero había algo extraño en él. No era un tema sólo de Aliens, sino que recordaba haberlo escuchado en otra parte, en otro lugar importante de mi pasado, uno en el que yo me había encontrado bien, había sido casi feliz. Tardé casi toda la noche en dar con ello. Claro… ¡era el final de Die Hard! Como no es un corte al que yo hubiera prestado atención, solía pasarlo por alto cada vez que me caía en gracia. Pero esta vez no, porque en tan solo ochenta o noventa segundos, y gracias a mi descascarillada imaginación, estaba pasando, una y otra vez, de una de mis películas favoritas a otra. Y aún más importante, estaba enlazando dos momentos extraordinarios perfectamente fundidos en mi cabeza: el final de Die Hard y el final de Aliens. Y lo mejor de todo es que la parte más suave del corte era de una dulzura y de una calma que me ayudaron a sentirme mejor… en realidad mucho mejor. Es música para echarse a dormir en paz, como Newt y Ripley al final de su pesadilla.

Lo estuve escuchando una temporada, antes de dormirme, y lo cierto es que fue una de las razones (no la única, por cierto) que me ayudó a salir del agujero en el que estaba metido. Gracias a la música conecté con un momento de mi infancia en el que fui feliz en el cine y con dos personajes a los que conocía bien que por fin podían dormir.

La Literatura, el Cine y la Música se hacen para algo, aunque muchas veces quienes lo hacen no sean conscientes del todo de lo que están haciendo ni para qué, aunque cada cual encuentre sus propias conexiones con las obras que más laten en su interior. Y hasta aquí esta pequeña historia.

Otro día quizá me arranque con otra bien diferente, y que también tiene que ver con Aliens y con su música… o no, porque si Die Hard tenía música de ella, Aliens también tiene música de la primera película de la franquicia, algo también bastante extraño, concretamente aquí:

Cuando la reina alien asoma por la esquina es un corte del filme de Ridley Scott. Pero insisto que eso tiene que ver con otra historia.

Estándar
ARTÍCULOS, LITERATURA

Sobre anti-literatura y narrativa atroz, mezcladas

Hablemos un poco de Literatura. La gente no habla de Literatura, habla de libros de moda. Es un aburrimiento absoluto, pero siempre se puede ignorar el aburrimiento y hablar de cosas mucho más interesantes.

Algunos distinguimos (no soy el único ni me invento nada, salvo cuando doy mis propias teorías) entre Literatura y Narrativa, si bien en la una puede haber la otra. Pero para entendernos, existen o han existido –me inclino más por lo segundo, en esta deprimente actualidad– escritores que intentaban hacer Literatura, y existen escritores que intentan otra cosa, no necesariamente Literatura, sino más bien Narrativa, quizá con algunos ribetes, algunos rastros de Literatura, pero sobre todo Narrativa. Soy de la opinión de que la verdadera, la gran Literatura tiene poco de Narrativa, y de que quizá la Narrativa tiene poco, aunque algo más, de Literatura. Pero para valorar una novela o un conjunto de relatos, hay que tener claro este punto: ¿qué andaba buscando el autor? Como dijo una vez Jose María Guelbenzu en una de sus críticas: «Toda novela ha de recibir la crítica que merece y la idea de merecimiento está indisolublemente unida a la intención que le dio vida, es decir, a la ambición con que se inició y se concluyó».

A partir de este punto, es muy fácil valorar las obras, por llamarlas de alguna manera, que habitualmente se publican y que se leen y que se venden, tanto en España como en cualquier otro lugar del mundo. Y así establecemos que el 99,99% de los escritores pretenden hacer Narrativa, y que el 0,01% quizá intenten hacer Literatura. Es como en el Cine, pero hablemos de Letras en esta ocasión. El problema reside, claro, cuando de ese 99,99% de escritores que intentan, es un decir, hacer Narrativa, con la excepción de Stephen King –que a veces tampoco está fino– y algunos parecidos, no consiguen hacer algo medianamente solvente, medianamente decente, pero aún así consiguen colarnos goles con la inapreciable ayuda de los medios de comunicación y una crítica literaria que quizá pasará a la historia como la más venal, vendida e incapaz de los últimos doscientos años.

Centrémonos en autores españoles, para no tener que irnos muy lejos, pero lo que se aplica a ellos también se aplica a todos los Ken Follett del ancho mundo, que harían cualquier por vender un millón de ejemplares excepto construir un relato sólido y narrativamente aceptable. Que haya lectores –¡e incluso críticos!– que digan y escriban en medios importantes que gente como Ildefonso Falcones, Carlos Ruiz Zafón, Juan José Millás, Eduardo Mendoza, Rosa Montero, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Elvira Lindo o Almudena Grandes son excelentes narradores es algo asombroso, porque a pesar de que no todo lo que han escrito es detestable, su sentido de la narrativa, sus narraciones construidas son muy pobres, y esto no es una opinión, es un hecho. Basta conocer un poco de Literatura y un poco de Narrativa para comprender que ni uno de ellos (salvo quizá Marías) ha intentado hacer lo primero en toda su vida, y en cuanto a lo segundo han alcanzado niveles paupérrimos e incluso ridículos en algunas de sus novelas (que también estaría bien analizar si de verdad son novelas y no relatos de trescientas páginas). Y yo creo que esto sucede, sobre todo, porque no tienen ni idea de Narrativa y de lo que esta supone para un escritor y para un lector.

Cuando se comparan las novelitas de toda esta panda tan elogiada en algunos medios con una novela de Ken Follett o de Stephen King, por poner dos ejemplos harto conocidos, se ven las lagunas en la construcción de los personajes, de los eventos, del entramado y de la narración en sí que todos estos periodistas venidos a escritores, en la mayoría de los casos, lucen en sus trabajos. Hacer Narrativa es algo muy serio, pero estos señores y estas señoras intentan hacerla como si fuera Literatura, y esto como si fuera Narrativa, creyendo que amontonar detalles o contar trivialidades es ser realista y racional, cuando es una forma anquilosada de costumbrismo. Aunque ya les gustaría ser costumbristas. Tomemos por ejemplo a Almudena Grandes.

Tras su muerte su figura se ha visto agrandada por unos cuantos medios. Ahora mismo pareciera que fuera la gran dama de las letras españolas, pero la mejor de sus novelas, la primera de todas, no pasa de erotismo chusco y de creación de caracteres y situaciones muy elemental, a partir de lo cual no se puede extraer casi nada de Narrativa. Claro, comparada con Juan Gómez-Jurado o Arturo Pérez-Reverte, casi parece una buena escritora, pero su estilo es atroz, esto es, muy poco narrativo, carente de fuerza expresiva, de imágenes, de vida en definitiva.

En su lado opuesto está Javier Marías, considerado casi un genio por gente tan poco cabal como Alberto Olmos o el mismo Pérez-Reverte. Él, como el propio P-R, creía que hacía Literatura, pero lo que hacía era una suerte de Narrativa sincopada, de argumentos que pretendían ir de profundos e intelectuales, con una prosa enrevesada, recargada y hasta barroca, pero que como Grandes era un narrador atroz.

Lo peor de todo, es que la gran mayoría de la gente no lee ni a Grandes ni a Marías, sólo una pequeña parte de la gente que compra libros. La mayor parte de la gente que compra libros a autores españoles lo hace a Pérez-Reverte o a Gómez-Jurado. Lo divertido es que tanto uno como otro, que escriben una narrativa nefasta, plagada de clichés, de ideas de parvulario, con construcciones dramáticas muy deficientes, con una carencia de estilo y de recursos narrativos abrumadora, que nos cuentan películas en lugar de novelar, se creen que hacen Literatura. Ambos. Creen que los libros que ellos escriben son Literatura, quizá en una forma más comercial pero Literatura al fin y al cabo. Pero lo que estos dos señores y otros muchos como ellos consiguen hacer con cada uno de sus relatos de 700 páginas es Anti-Literatura, y es por eso por lo que la gente les lee. Si hicieran Literatura no les leería nadie.

La Literatura va de la mano con la Música y la Pintura. A ese tren se subió el Cine, hace ya ciento veinte años, un poco como polizón, pues el Cine no puede competir con ninguna de las tres. Ahora quieren subir a los videojuegos al mismo vagón, que no es que vaya de polizón, es que directamente no es Narrativa ni arte de ninguna clase. Estos individuos nombrados, y mcuhos más, lo que deberían hacer es escribir videojuegos, que es para lo único que valen, y venderían quizá tanto o más, y serían igual de ricos y famosos y felices, pero por lo menos no estaríamos escuchándoles cada pocos meses diciendo que hacen Literatura, ni siquiera Narrativa, y no estarían destrozando el gusto y la creatividad de los incautos lectores que como masa aborregada y manipulada se creen que lo que tienen entre manos con uno de sus libros es una gran novela.

Así de claro.

Estándar
CINE

Sobre ‘Athena’ y la soberbia de algunos

Desde que empecé a escribir sobre cine, hace unos dieciocho años, se me ha reprochado unas cien veces que puedo ser muy tajante, muy soberbio y altivo en mis apreciaciones, que debería ser un poco más humilde, más tolerante con las ideas ajenas y menos demoledor. Yo prometo que he hecho lo posible al respecto, y he procurado, porque escucho a los demás, atemperar mi forma de expresarme, y ya que algunos fuegos nunca se pueden apagar del todo, me he preocupado de argumentar a fondo todas mis opiniones, para que al menos si resultan tajantes que estén bien armadas. Supongo que no se me creerá, ni tienen por qué creerme, cuando diga que lo he pasado mal con este tema, porque una cosa que odio es ser un presuntuoso, en cualquier área de la vida.

Ahora bien… durante estos años además de escribir, también he leído. Y mucho. Es posible, y aquí me da igual cómo suene, que sea una de las personas de las que se dedica a escribir todos los días que más críticas cinematográficas o literarias haya leído. Leo todo lo que encuentro, y cuando se acaba lo que hay busco más. He leído cientos de libros de cine, y miles de reseñas en revistas, periódicos y sitios web, sobre todo para comparar mi trabajo con el de los demás y para ver cómo está el panorama. Y resulta que mi supuesta soberbia, mi tono tajante y contundente que tanto tengo que atemperar, no es nada comparado con el de otros/as, que parece que van perdonando la vida por ahí a todo bicho viviente. Así que por una parte hace ya un tiempo que he decidido que no voy a preocuparme ya por resultar demasiado contundente, sin dejar de ser argumentativo y reflexivo en todo lo posible; y por otra parte no voy a tener consideración intelectual ninguna con tanto «pseudo-crítico» que vete tú a saber por qué ejerce de tal, y con tanto «pseudo-comentarista» que no tiene nada que hacer en sus ratos libres más que meterse en Filmaffinity o en IMDb a escribir estupideces sobre grandes películas o grandes series.

Viene esto un poco a cuento porque tras quedar seriamente golpeado por el visionado de la magnífica Athena (Romain Gavras, 2022), me he puesto a leer, como es mi costumbre (y prometo que algún día abandonaré este nefasto hábito… aunque no sé cómo) todo lo que he podido sobre este filme, en todas las webs, periódicos y revistas que he encontrado, y pese a que algunos coinciden en que se trata de un ejercicio de cine absolutamente portentoso, muchos no están tan de acuerdo. Y no se trata de dilapidar a los que no estén de acuerdo con lo que uno piensa, sino de glosar las chorradas en las que tantos abundan. En este caso no pocos «pseudo-comentaristas» que se creen que por haber visto muchas películas tienen alguna noción sobre guion, puesta en escena y montaje. Y resulta que muchísimos espectadores, tanto en IMDb como en Filmaffinity, se han puesto a decir que el guion de Athena poco menos que es una porquería, y que se trata por ello de una película muy pobre, con muchos fuegos artificiales y poco más. Y yo, que al igual que en lo referente a mi trabajo también escucho siempre a los demás con mucha atención y respeto por si me hacen cambiar de opinión, he llegado a la conclusión de que a algunos no se les puede tener respeto en sus ideas. De verdad: ¿qué esperaba esta gente de este filme? ¿Que albergara escenas de diálogo «shakesperiano» como se suele decir? ¿Que se pusiera a mostrar cosas de forma convencional para que se sintieran más a gusto con lo que estaban viendo? Es deprimente leer lo que escribe la gente sobre las películas…

Este caso me recuerda al de Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015), en el que tantos echaron pestes de ella porque decían que tenía un guion muy simple, o que «no tenía guion». Y me recuerda porque en ambos casos se trata de experiencias extremas, que en ningún momento se sostienen por una dramaturgia convencional, sino que proponen una aventura survival de primera magnitud en la que no caben componendas teatrales. Esto, y no otra cosa, es el cine del futuro: cine vivo, candente, vehemente, que se deje de coartadas literarias para que el espectador obtenga directamente en vena una vivencia que no obtendría de otro modo. Tanto el filme de Miller como el de Gavras son una absoluta maravilla visual, un trabajo de cámara prodigioso en el que cada secuencia es un inmenso esfuerzo narrativo y en el que toda su estructura es una puesta en abismo que muchos críticos puristas y muchos espectadores ensoberbecidos sencillamente no están preparados para apreciar, y todo ello no de forma «gratuita», sino para zambullirnos en historias apasionantes y durísimas sobre el destino de la sociedad, sobre los demonios que nos devoran desde dentro, sobre personajes al límite que no se resignan a ser corderos de un sistema envilecido y fascista. El plano secuencia inicial de Athena, que dura diez minutos, es sencillamente uno de los planos secuencia más extraordinarios de la historia del cine, que habría admirado el mismo Welles o el mismo Scorsese, y no he leído ni una sola crítica profesional que lo analice, siquiera que lo nombre o lo certifique. En cambio, muchos no tienen otra que hacer que dejar su mala baba y su complejo de inferioridad en las redes, mientras alaban filmes, series o novelas que no es que estén caducos, es que directamente nacen muertos.

Pero oye, que algunos que hemos estudiado cine durante años y hemos escrito críticas y libros con rigurosidad y esmero, tenemos que tener mucho ojito con nuestras palabras, porque a menudo somos demasiado contundentes y demasiado tajantes, y eso no puede ser porque puede haber algunos que se ofendan o que te tachen de soberbio.

Lo dicho, una pena.

Estándar
PODCAST

Viajeros de la noche – Capítulo decimonoveno: Debate, ¿cuál es el verdadero alcance de los videojuegos?

Los debates, sobre todo los que albergan un componente teórico, parecen proscritos de todos los medios. En su lugar proliferan las discusiones y los enfrentamientos que se quieren hacer pasar por debate, pero que desde luego son otra cosa, más parecida a constatar quién sabe más, quien tiene peor mala hostia o quién se la coge con papel de fumar.

Pero algunos seguimos creyendo en la pertinencia y el alcance de un buen debate, en el que cada uno de los ponentes disponga de su tiempo para desarrollar sus presupuestos, no con el objetivo de convencer a nadie de la mesa, necesariamente, sino quizá con el de proveer al oyente de las herramientas necesarias para construir su propio criterio, incluso porque los argumentos que le proponen sean lo opuesto a lo que él intuye que es la verdad.

Ese ha sido el objetivo principal de este debate sobre el verdadero alcance de los videojuegos, en el que además de mis buenos amigos Juanjo y Carlos ha participado un viejo conocido mío, que es un especialista en videojuegos, y que ha tenido a bien enriquecerlo con su propia experiencia y su visión de ellos. De tal modo que he quedado, porque yo mismo me lo he buscado, en franca desventaja, ya que yo tengo muy claro –pese a que respeto la posición de Juanjo y Jose María Villalobos- que las cosas son las que son, y no como se quiere que sean.

Esto es:

–Que los videojuegos, por su propia naturaleza, no pueden ser ni narrativa, ni desde luego arte, ya que para ser narrativa deberían poseer un narrador y un estilo, y están a otras cosas, y para ser arte deberían trascender de una forma poética y filosófica, conceptual y estética, y no tienen el menor interés en ello.

–Que ni siquiera son ficción, porque para erigirse en una fábula, deberían construir un mundo con unas reglas cerradas en sí mismas, cosa que los videojuegos tampoco pueden hacer.

–Que o bien son películas interactivas o bien son juegos burdos sin el menor interés.

–Que aunque algunos poseen cualidades narrativas inherentes, y son valiosos en algún sentido, siguen siendo un producto de entretenimiento que jamás podría ponerse al lado de la Literatura o el Cine.

Pero Jose María y Juanjo piensan muy diferente, y logran convencer a Carlos. La próxima vez prepararé mejor el terreno. Hasta entonces aquí dejo este estupendo capítulo nuestro que espero sea el primero de muchos debates interesantes que tendrán lugar en cuanto encontremos un motivo para ello.

En Ivoox

Ir a descargar

En Spotify:

Estándar
ARTÍCULOS

Noticia de última hora: ES FICCIÓN, NO LA VIDA REAL, ALMA DE CÁNTARO

Ya he escrito alguna que otra vez sobre la dualidad Realidad & Ficción, pero a menudo me sigue sorprendiendo, porque debe ser que sigo siendo fácil de sorprender pese a todo, leer algunas declaraciones, o algunas críticas, en las que ciertas personas se ponen a despotricar sobre una serie, una película o una novela, sobre todo en lo que tiene que ver con sus componentes temáticos, o con su nula base real.

Me van a decir que estoy como una regadera o que soy un varas, pero sigo pensando que en lo referente a la crítica cinematográfica y literaria queda mucho por hacer.

La gente no sabe a qué atenerse con la ficción en demasiadas ocasiones. Y no hablo de personas no cualificadas en Cine o Literatura, no hablo de individuos/as sin preparación específica. No. Hablo de escritores, médicos, abogados, y esa extraña fauna que nos ha tocado que se hacen llamar críticos, sin serlo, y que más bien deberían dedicarse a otra cosa, porque no tienen nada que aportar, ni una sola idea valiosa o comentario interesante, y que se han convertido, sin saberlo, en una suerte de censores de la moral. Dicen que estamos en un mundo cada vez más reaccionario y que eso es culpa de los dirigentes y de las élites. No lo tengo tan claro cuando los que deberían oponerse a ello, los auto-erigidos intelectuales, piensan cada vez más como monjas gregorianas.

Ya comenté, hace algo más de seis meses, aquel deleznable texto de Alberto Olmos sobre Euphoria, en el que el «crítico» y «novelista» oriundo de Segovia tachaba de «putrefacta, enfermiza y repugnante» la serie de Sam Levinson, adjetivos como que muy negativos, para luego decir que no se la había visto entera porque no soportaba tanta sordidez y no le pagan tanto como para hacerlo, ya que la serie naufraga demostrando lo guay que es drogarse (¿qué serie habrá visto este buen hombre? la cuestión es llamar la atención, como un «influencer millenial» cualquiera). Luego le ponía dos estrellas de cinco. Todo muy coherente. Habría que decir(le) a este respecto que en cierto sentido son adjetivos que le cuadran a Euphoria a la perfección, para a continuación ponerle cinco estrellas.

¿De verdad seguimos valorando, desde periódicos, suplementos y hasta libros, las ficciones desde un punto de vista moral acerca de sus componentes temáticos?

¿De verdad somos tan catetos como para tirar por tierra una ficción por el hecho de que cuente el punto de vista de un drogadicto, o porque contenga elementos que no podrían darse de esa forma en la vida real?

La situación es muchísimo peor de lo que yo me pensaba.

Hace más de medio siglo se lió parda con la publicación en París de la obra maestra de Nabokov Lolita. Muchos intelectuales, escritores, filósofos y demás, se llevaron las manos a la cabeza porque una novela con toda la pinta de tener un éxito editorial fulgurante (que finalmente obtuvo) «defendía» y «justificaba» a un pederasta infecto como Humbert Humbert. Se podría aducir que, bueno, que estábamos en otra época, mucho más pacata, hipócrita y tradicional que la de ahora. Pero han pasado setenta y cinco años y seguimos haciendo y escribiendo las mismas gilipolleces. Cuando escuchas a un abogado decir que Lo que el viento se llevó es un filme racista te preguntas si el cociente intelectual de la gente ha descendido dramáticamente. Puedo entender que una persona negra vea esa película y le parezca terrible lo que allí ve, pero que pongan rótulos previos para explicar que no se defienden ciertos valores mostrados en un filme es de juzgado de guardia.

Y la cosa llega al paroxismo de la tontunez cuando algunos echan por tierra una maravilla como Vikings porque no solamente posee inexactitudes históricas, sino que aparecen dioses y otras visiones místicas que nada tienen que ver con la realidad, o cuando un sindicato de médicos italianos exige (EXIGE) el cierre de House M.D. porque da una visión inexacta del trabajo de los médicos. Yo propongo lo siguiente: que ciertas personas dejen de ver ficción, entre ellas el 95% de la «profesión crítica». Sé que es imposible, pero también es imposible pretender decir y escribir estupideces por tierra, mar y aire, inocular ideas y argumentos absurdos en los espectadores que les leen y les escuchan, y no renegar de la crítica literaria y cinematográfica de una vez y para siempre

La ficción puede, y debe, mostrarlo todo. Si nos arrebatan esa condición esencial de la ficción no existirá ya ni una parcela de libertad personal y creativa, y entonces sí que estaremos en un mundo en el que no merece la pena vivir.

Estándar
CINE, ENSAYO, LITERATURA, TELEVISIÓN

Lo que hace grande a un personaje

A menudo hablo aquí de personajes, de lo importantes que son, cuando otros que no hacen otra cosa todo el día que hablar de cine y de series a lo mejor se fijan más en la trama, o en la semántica, o lo interpretan todo desde un punto de vista excesivamente estructuralista. Hablo de los grandes personajes y de lo difícil que es crear uno, y de que son uno de los grandes valores tanto en Literatura como en Cine. Está el narrador, está el estilo, y está la creación de personajes, tres elementos muy diferentes (aunque comparten aspectos de creación) en las imágenes de una película respecto a las páginas de un libro, pero que definen, bajo mi punto de vista, lo que es una buena película o un buen libro.

Pero, claro: ¿cómo definir a un buen o incluso a un gran personaje? ¿Qué lo hace grande o frágil? ¿Cómo transmitir al lector las cualidades inherentes, las formas con las que un novelista o un cineasta crea algo importante o bien hace que el suelo se tambalee bajo los pies de esa criatura de ficción? Pues no es fácil, pero vamos a intentarlo.

Entre las muchas teorías sobre el arte en general, y el arte narrativo en particular, que pueden encontrarse a poco que uno se ponga a buscar y a leer, al final te acabas construyendo la tuya propia, si es que eres capaz y le echas un poco de coraje, cogiendo un poco de allí y otro poco de allá, uniendo los retazos y remendando las lagunas. Las bellas artes en efecto poseen el don de comunicar una cualidad trascendental de la emoción, una sublimidad que parece proscrita en el mundo posmoderno actual para casi cualquier espectador/receptor. Pero las artes narrativas como el Cine o la Literatura son filosofía pura, que han de comunicar una cualidad no trascendental, sino humana. A partir de la ficción crean un modelo, un espejo a partir del cual servirnos de catarsis interior y/o de purificación emocional, tal como decían los griegos que hacía el teatro. Esa purificación no tiene nada de bonito o elevado, creo yo, sino de confrontarnos con nuestras propias miserias con el objetivo de inducirnos en un estado anímico muy concreto.

Y si el arte narrativo ha de comunicar algo humano, no lo va a comunicar, creo yo, con una semántica primorosamente bordada en la que las criaturas estén al servicio de una idea que necesita ponerse en un altar, sino más bien al revés: la construcción y la estrategia narrativa, literaria o cinematográfica, ha de estar al servicio de los personajes. Y muy pocos directores o novelistas son capaces de crear verdaderos personajes, verdaderas criaturas. El arte narrativo se diferencia de la artesanía de un videoclip porque en el pacto ficcional los personajes y sus mundos y sus vidas te parecen absolutamente reales, más aún que la vida real. Esa proclama de que el arte «no sirve absolutamente para nada» no es cierta. Si no sirviera no estaríamos enganchados a ello. Claro que sirve: lo necesitamos para comprendernos mejor a nosotros mismos, y para algo más: para vivir una vida que sabemos que existe pero a la que no podríamos acceder de otra manera.

Pensemos por ejemplo en Jubei, el personaje protagonista de la película de animación Ninja Scroll (Yoshiaki Kawajiri, 1993). En este caso no hay un actor detrás (salvo en la voz), pero es un buen ejemplo. Nada más empezar el filme ya se nota que es un personaje bien construido, y empezamos a perfilar algunos aspectos de su personalidad, pero no todos. Ambas cosas valen tanto para literatura como para cine o series. Un gran personaje, casi siempre, se perfilará en su primera secuencia o en su primera aparición, seguramente porque el creador/es ya tiene/n claro quién es, ya sabe a dónde quiere llegar con él y qué representa. En estes caso, Jubei camina por un sendero solitario y se ve asaltado por varios ninjas que le reprochan haberse vendido por tan poco dinero a un clan local y de paso haberles quitado el trabajo a ellos. La respuesta de Jubei es clara y rotunda: no se le puede exigir más dinero a un clan tan pobre, y pueden no volver con las manos vacías, les ofrece con ironía un poco de su arroz. Se revuelven contra él e intentan matarle. Les vence con bastante facilidad pero no les mata. Finalmente comienza a llover y corre a refugiarse.

Con unos pocos trazos dignos de un miniaturista en un pequeño bastidor (algo consustancial a todos los grandes creadores de personajes), el escritor/creador ya ha perfilado a Jubei: es lo bastante práctico como para no pedir grandes riquezas a quien no las tiene, es muy buen espadachín, es irónico y es noble porque no necesita matar a esos pobres diablos. Pero sobre todo es humano, porque comienza a llover y por muy fuerte y valiente que sea sale corriendo. Es sólo el comienzo, y el desarrollo de la historia irá parejo con el desvelamiento del interior de este caracter y de su manera de actuar. ¿Por qué Jubei es un buen personaje? Porque sus características «especiales» (su fuerza, su capacidad con la espada), se disuelven en sus características humanas. Y aún más importante: tal como nos lo presenta el narrador parece un tipo interesante, alguien a quien merece la pena seguir, pese a sus defectos y sus zonas grises, su violencia y su soledad. Y claro que su posterior relación con Kagero es fundamental para conocerle mejor y ver de lo que es capaz. A fin de cuentas eso es una ficción: un estudio casi entomológico de cómo somos los seres humanos. Pero de solitarios está plagada la literatura y el cine.

En cine el director ha de incorporar los rasgos del intérprete, convenientemente elegido (ha de encontrar en qué se parece el personaje a él/ella), y en literatura el escritor ha de desdoblarse en el mismo personaje, darle atribuciones dramáticas y psicológicas. Pensemos en Lagertha, interpretada magistralmente por Katheryn Winnick en Vikingos, o en el juez Holden, al que da vida de forma sublime el novelista Cormac McCarthy en la excelsa Meridiano de sangre. Ambos personajes son aparentemente muy distintos, pero en el fondo el aliento que los crea es muy parecido. En el caso de la primera, Winnick y Hirst, crean un personaje «hacia dentro», y en el caso del segundo, es «hacia afuera». Me explico: las características de Lagertha, como las de Jubei, son evidentes a simple vista a medida que avanza el relato, pero la vamos conociendo más por dentro a medida que la serie concluye. Es decir, vamos hacia el interior del personaje, gracias a que ella está fabulosa y a que Hirst la comprende a la perfección, su medida trágica es cristalina para el espectador. Puedes presentar muy bien a un personaje, pero luego tiene que aguantar igual de bien el paso de las secuencias, los capítulos, los años. Hay que tener las cosas muy claras. La belleza de Lagertha consiste en un perfecto equilibrio entre lo que vemos y en lo que nos sugiere interiormente el personaje, entre sus decisiones y la forma en que interactúa con el resto de caracteres. Está tan viva, es tan real, que no percibimos una puesta en escena, ni una técnica de dirección de actores. Quizá algo al principio pero no desde luego a partir de la segunda o tercera temporada. Es un personaje tan verdadero, o más, que uno real.

McCarthy, por su parte, juega al tremendismo con el juez Holden. No es un ser humano, es una especie de demonio, un ser que proclama su propia inmortalidad, que viola y mata niños, que lleva a cabo conjuros para asegurarle a sus compañeros la victoria en el combate, que a la postre se erige en el filósofo, el ideólogo del grupo Glanton. Es un místico y es una bestia sanguinaria. En su caso no puede haber un viaje hacia adentro, sino hacia afuera. ¿De qué es capaz este hombre? ¿Cuál es el alcance de sus palabras, de sus acciones? ¿Puede McCarthy sostener su propio órdago y convertirlo en un personaje más grande que la vida. Al igual que Lagertha, el juez Holden, por muy monstruoso que sea, se nos antoja un personaje real, no una ficción irreal. Su presencia, sus palabras, sus acciones, son tan imponentes, tiñen de rojo y de apocalíptico la novela con tanta fuerza, con tanta persuasión, que te lo crees a tu pesar. Ahí está lo terrorífico. En su condición de novelista, McCarthy se desdobla en él, en sus discursos, con un arte novelístico insuperable. El juez Holden es un ser de carne y hueso impreso en las letras de una página.

Una y otra vez me encuentro con críticas o comentarios de películas y de novelas sobre creaciones cuyos personajes son zafios, romos y poco imaginativos. No tiene sentido, pero así es. Si estuviéramos hablando de escultura, sería lo mismo que valorar a escultores que no son capaces de dotar de personalidad, vida y fuerza a sus figuras. Está claro que para crear un personaje hace falta un verdadero novelista, un verdadero cineasta. Incluso en películas o novelas más o menos solventes, los creadores han parido caracteres que son sombras, figuras de videojuegos y poco más. Qué diferencia con alguien capaz de crear una Regenta, o un Jax Teller, que es capaz de mirar de tú a tú a esa bárbara creación de Gandolfini y Chase para The Sopranos. Hunnam y Sutter consiguen dar vida a una figura trágica que recuerda a Michael Corleone y que se codea con Lagertha, Ragnar o Walter White. Pero además, Hunnam es capaz de componer un ser vivo tan real que sientes una extraña conexión con él: le compadeces y le temes al mismo tiempo. Jax es inalcanzable y su halo mítico es superior al de Cranston/White, porque en su caso no lo ves venir, porque es mucho más realista, mucho más racional e inteligente que él. Y aún más: Teller es un buen hombre, un hombre compasivo, empujado por un destino violento a los actos más atroces. Con él sentimos una tensión psíquica difícil de describir.

Pero incluso Jax tiene un hermano, todos tienen un hermano mayor: Tony Soprano. Y Scorsese tiene un problema. Porque por mucho que yo ame el cine de Scorsese, el italoamericano genial nunca ha creaado algo de la estatura dramática, conceptual y narrativa del protagonista de la serie de David Chase. Tony Soprano puede con todos, y solamente el Hugh Laurie de House y el Al Swearengen de Deadwood se le acercan. Tony es como un agujero negro que todo lo traga: Travis Bickle, Jake LaMotta, Henry Hill o incluso Bill The Butcher no tienen nada que hacer contra él, porque sobre Tony pivota durante seis temporadas inabarcables, Tony se convierte en la figura más importante de este tiempo. Es como Raskolnikov o El Quijote, es inevitable. Nadie ha logrado crear algo tan universal y tan humano en las últimas décadas, con la sola excepción de ese personaje al que él tanto le gustaría parecerse (y que es tan diferente en todo): Michael Corleone.

Tony es violento, mujeriego, mentiroso, avaro, falso, soez, tiránico, machista, bebedor, tragón, envidioso, impulsivo, iracundo… apenas posee virtudes objetivas. Sin embargo hay algo en él hermoso: no su búsqueda de ser mejor persona, sino su necesidad de ser él mismo, de comprenderse a sí mismo y la razón de su sufrimiento, de su vacío existencial. Eso solo puede hacerlo el arte, concretamente el arte narrativo. Es más: es su razón de ser. Porque narra, utilizando el tiempo como herramienta clave, empleando el narrador y los personajes, para convertirse en algo más grande que la vida, y que precisamente por eso puede aspirar a explicarla.

Estándar
ARTÍCULOS, CINE

7 Excelentes razones para considerar a Francis Ford Coppola el mejor director de la historia del cine USA

Yo intento dar siempre razones, argumentos, refutaciones. No me gusta cuando la gente se pone a dar opiniones sin más, a salto de mata, y se supone que tienen que valer tanto como cuando te llega alguien más sereno y empieza a explicarte las cosas con mucha mayor autoridad. Las cosas son las que son, no las que se quiere que sean, nunca o casi nunca lo son.

Y como no dejo de dar la tabarra a todo el mundo con Francis Ford Coppola, me obligo a mí mismo a argumentar siempre, a dar razones siempre. He aquí las siete razones más importantes para considerar a Coppola no solamente un genio del cine, sino el más grande creador cinematográfico que ha dado su país, siendo consciente de que tal idea puede resultar excesiva o equivocada para muchos, y es el tipo de ideas que a no pocas personas les ha convencido de que Adrián Massanet está como una regadera.

¿Y por qué siete y no cuatro o treinta nueve? Porque siete quedan muy pintonas:

1

Coppola es el único director de Estados Unidos que no posee un estilo, sino varios estilos, tantos como películas tiene. Su colega Martin Scorsese, otro gran director, posee un estilo muy definido que marca a casi todas sus películas… con variaciones, con lógicas disparidades temáticas o narrativas, pero siempre con ese sentido del montaje tan acusado, con esa forma de ver el mundo. Coppola no es así. Cada película nos encontramos a un Coppola distinto. No es el mismo el que dirige Peggy Sue que One from the Heart, por ejemplo, o el que dirige Tucker que el de The Conversation. Con una sola y obvia excepción: la trilogía The Godfather, que pese a los dieciséis años de hiato entre la segunda y la tercera, posee una asombrosa unidad de estilo. ¿Qué significa esto? Angel Fdez-Santos decía que parecía que Coppola redescubría incesantemente el cine. Parece cierto. Es un director en el que, al contrario de lo que hacen los supuestamente grandes, encontramos muchos directores diferentes. Es un suicidio, pero al mismo tiempo algo sorprendente y fascinante, que me sorprende que no se haya comentado más.

2

A partir de este hecho de que en su cine caben tantos directores, casi, como películas, que en cierto modo niega la teoría del autor, nos topamos con otro que tiene mucho que ver con ese: Coppola, lo dicen todos sus colaboradores e intérpretes, deja a todo el mundo libertad total… o por mejor decir «libertad controlada», a partir de la cual él ya va uniendo las piezas. Es decir que los actores reescriben y crean su papel (como en el teatro), los montadores tienen cierta libertad (a veces más a veces menos) para construir grandes trozos del filme, los directores de fotografía reciben ligeras indicaciones. Supuestamente todo, porque ahí está el genio detrás para unir las piezas nadie sabe muy bien cómo, haciendo sentir a todo el mundo que ellos son los creadores, pero luego demostrando quién es el verdadero creador. Y esto lo hace Coppola asumiendo cada proyecto, como algo único, en el que cada colaborador e intérprete aporta también algo único, de ahí también (y de su cinefilia) la disparidad de estilos.

3

Y a partir de este segundo hecho, otro más: pocos directores tan cinéfilos y tan lectores como Coppola. En una palabra: tan cultos. La enorme cultura de este hombre, en todos los ámbitos, le acercan a un hombre del Renacimiento, una especie de genio loco que de todo sabe y en todo curiosea, sin ser realmente un experto en más que tres o cuatro campos, pero siendo capaz de encontrar conexiones referenciales, conceptuales, en todos los campos del arte. Suya es la frase (que en cierta forma suscribo) de que el cine es una forma maravillosa de literatura. Él es el creador total, que funde Literatura y Música, pintura y artes escénicas, para hacer de sus más grandes filmes una experiencia poética insuperable, inalcanzable para los llamados maestros del «cine clásico», de los que no hay ninguno que pueda acercarse a sus cuatro obras maestras de los años setenta: los dos padrinos, The Conversation y Apocalypse Now.

4

Sigamos con su lado visionario: Coppola es uno de los directores que más han investigado y más han apostado por la tecnología en el cine, más allá de los efectos visuales en los que se centran otros como George Lucas, él fue el pionero del llamado cine electrónico, el que más ha indagado en la necesidad de profundizar en los límites y las posibilidades del sonido en el cine, y el que ha cogido el testigo de otros como Meliés o Welles, para los que el cine era un inmenso mecano a partir del cual crear grandes obras de arte. Pero aún más: es el director para el que el tiempo no es solamente un concepto filosófico, sino uno material, en realidad el concepto clave que puede estudiarse con el cine. El tiempo es la base primordial, tanto temática como sobre todo narrativa, de todos sus filmes, como un elemento maleable, como una herramienta de los dioses a patir de la cual indagar en la naturaleza humana.

5

Fue el primer cineasta estadounidense (después de él ha habido unos pocos más) que ha sabido aunar cine comercial con cine personal, o más exactamente que ha acatado las leyes del cine digamos popular y que aún así ha sido capaz de crear un mundo propio. Por supuesto con The Godfather y con Apocalypse Now, pero también con Bram Stoker’s Dracula, todas ellas enormes éxitos de taquilla, pero al fin y a la postre la visión genuina y muy crítica (con la sociedad, con la naturaleza humana) de un artista incapaz de comprometer su visión.

6

Al igual que sucedía con Bergman o Tarkovski, y otros grandes cineastas europeos o asiáticos, y a diferencia de tanto director de cine clásico, para Coppola Cine y Vida son la misma cosa, indivisible, inseparable. Ver la filmografía de Coppola no es solamente observar su evolución, su ascenso y caída, sus rasgos como cineasta, es asistir en directo a una confesión artística a través de sus películas, de todas ellas. Y lo hace así porque no puede evitarlo, porque para él es el modo de hacer arte: construir una autobiografía. Él es Michael Coerleone, su verdadero alter-ego, pero también Harry Caul, y el conde Drácula, y Tucker, y el joven de The Rainmaker, y a partir de esos caracteres conocemos su vida, sus fracasos, sus miserias, sus búsquedas personales, su vida íntima en defintiiva. Si el arte ha de contar la verdad ningún cineasta estadounidense lo ha hecho como este director.

7

Si a su búsqueda del sonido como un elemento clave en la narración fílmica y en la búsqueda de la verdad, a su excelente dirección de actores (entre las más concienzudas de la historia), su capacidad para sacar de sus colaboradores –en ese estilo de «libertad controlada»– lo máximo posible, a su enorme cultura, a su lucha por convertir el cine en algo parecido a la literatura, a su desprecio por las leyes del mercado o su obsesión por hacer del cine su vid a y de su vida su cine añadimos que todos sus filmes son realmente música filmada, obtenemos el cuadro completo. De familia de músicos, para Coppola la puesta en escena y el montaje son en realidad ensamblajes para hacer del cine sobre todo música, tiempo narrado en clave sonora. Ese es el salto verdadero que dieron sus filmes a partir de los años setenta: que el cine se volviera adulto no añadiendo música para hacerlo más atractivo, sino volviéndolo música para poder elevarlo a una de las bellas artes.

Han sido siete epígrafes… pero yo creo que han sido bastante más que siete razones…

Estándar