Los géneros cinematográficos

(recopilación de los ocho artículos sobre los géneros cinematográficos)

El Western

Nadie sabe quién fue el cursi que dijo que el Western es el género de géneros. No solamente yo, en lo personal (aunque a nadie le importe, lógicamente), no lo creo, sino que quienquiera que fuese el que lo dijo con toda seguridad se limitaba a englobar las películas “de vaqueros” estadounidenses, cuando en realidad el Western es mucho más que eso, y muchas de esas películas no son en realidad westerns, sino dramas históricos. Pero ya llegaremos a eso.

Soy consciente de que ya la misma denominación, en sentido estricto, se refiere precisamente a esas películas dirigidas por John Ford, Raoul Walsh o Howard Hawks. Es un término que inventaron los anglosajones para designar no solamente a los relatos literarios del American Old West, también las pinturas de la época, y cualquier otra forma de arte, narrativo o no, que tuviera que ver con las aventuras de los colonos y los pistoleros y los aventureros de la segunda mitad del siglo XIX en EEUU. Pero es un término que a estas alturas ha perdido completamente esa connotación, y que se ha vuelto equívoco, pues en realidad el Western Norteamericano no es, en sí mismo, un género tan fuertemente codificado como se quiere creer, sino más bien un conjunto de arquetipos folklóricos, que muchos quieren identificar como un género tan cerrado como el Noir o el Sci-Fi, sin serlo.

En realidad, vamos a llamar a este género Western porque es un nombre más apropiado de lo que pueda parecer, aunque inicialmente induzca a cierta confusión. El Western Estadounidense canónico no es si no una manifestación más de lo que podría llamarse el Western Universal, una forma de relato de aventuras extremo, en la frontera (tanto física como moral), que casi cualquier cinematografía del mundo ha practicado en mayor o menor medida, por lo que el norteamericano sería en realidad un subgénero o subgrupo (y ya el Spaguetti-Western sería un sub-subgénero), y no otra cosa.

Aventuras en la frontera

Porque tratamos, trato, de clarificar, siempre dentro de mis limitaciones y sin olvidar que es mi punto de vista, todo este follón de los géneros, tal como empecé a delimitar en el anterior ensayo, y me parece que la introducción de este es apropiada para empezar a conseguirlo. El Western Estadounidense, cuando lo es y no se trata de drama histórico, es cine de aventuras violento, de personajes muchas veces al límite, en un territorio físico y moral en el que las barreras del bien y del mal a menudo se confunden, en un mundo en que dos civilizaciones muy diferentes y casi antagónicas, confluyen para bien o para mal, en el que por tanto la geografía, el paisaje, es fundamental. Y todo esto, no solamente lo han hecho en Hollywood. Existe en la cinematografía mexicana, africana, italiana, rusa e incluso francesa o española. Si empezamos a tener estos detalles en cuenta, vemos que la necesaria codificación de un género concreto comienza a tomar forma y que la confusión empieza a difuminarse.

De esta forma, es fácil concluir que una película, por otra parte bastante sólida, como ‘Atmósfera cero’ (‘Outland’, Hyams, 1981), aunque transcurra en el espacio, es en realidad un western canónico, y no porque en cierta forma siga el patrón argumental de ‘Sólo ante el peligro’ (‘High Noon’, Zinnemann, 1952), sino porque el héroe, su violenta aventura, el tono de la película, el mismo argumento y su puesta en escena, la hacen un western. Y lo mismo sucede con la obra maestra de James Cameron ‘Aliens’ (1986), que sin duda es una Sci-Fi de libro, que también es, sin ninguna duda, un filme bélico y que finalmente es, en toda su médula, un western de manual, porque en ella el paisaje es tan importante como los violentos y desesperados personajes que lo pueblan, porque estamos en una frontera (en esta ocasión espacial), porque existe un enfrentamiento fratricida y sin cuartel, y porque al fin se trata de un grupo de compañeros tratando de sobrevivir una peligrosa aventura. Eso es el Western.

El gran John Carpenter dice que todos sus filmes son Westerns. Es verdad. Todos lo son. Con diversos tonos, pero con el mismo espíritu, y con los códigos ya comentados bien nítidos en su estrategia narrativa. ‘Vampiros’, su irregular película de 1998, es un filme de terror, por supuesto, pero ante todo es un western. ¿Y qué decir de ‘The Walking Dead’, la serie de horror de AMC? Puede que TWD cuente la historia de cómo el mundo entero se infecta de la plaga zombi, pero en su estructura, en sus personajes, en su espíritu, es un western de manual. ¿De qué otra forma se puede definir esta historia permanente en la frontera, en la que no hay ley, ni gobiernos, en la que la civilización fracasa una y otra vez, con personajes que han de recurrir a la violencia no porque quieran, sino porque no queda otro remedio?

Muchos espectadores aún piensan que el Western ha de contener todos los tópicos mil veces repetidos, o no sería del género. Pero pensémoslo bien: si viéramos una película en la a un pueblo polvoriento llega un tipo con sombrero de vaquero, y entra en el saloon con sus espuelas, y pide un whisky, y una dama en apuros le pide ayuda, nos causaría más hilaridad, ahora mismo, que otra cosa. Es lo que, en cierta medida, sucede con un filme tan poco afortunado como ‘Silverado’, de Lawrence Kasdan, que más que un filme moderno parece un compendio artificial de todos los iconos del Western, y además un compendio sin vida, casi una parodia. ¡Y estamos hablando de un filme de 1985! Sencillamente no funciona. Y muchos hablan todavía de la decadencia del género. No es decadencia cuando durante cien años repites las mismas fórmulas. Para que el género continúe vivo, cualquiera de ellos, hay que reescribirlo y hacerlo evolucionar, como hacen en la magnífica ‘Rango’ (2011, Verbinski), que se ríe de los tópicos del Western, pero que al mismo tiempo es un Western maravilloso.

Del Western al Filme Noir

No voy a hacer aquí una narración de la evolución del Western en EEUU, entre otras cosas porque es una historiografía conocida incluso para los que no tienen mucho interés por el cine. Eso se lo dejo a otros expertos, que están deseando demostrar cuánto saben y cuántas películas han visto y repetir las mismas cosas que se llevan diciendo durante muchas décadas, y que contribuyen a los lugares comunes y a la confusión actual. Pero los norteamericanos fundaron su propio subgénero con el filme mudo de 1903 ‘El gran robo al tren’ (‘The Great Train Robbery’, Edwin S. Porter), que tuvo un gran éxito y que luego tuvo cientos de hijos en el cine silente, muchos de los cuales repitiendo los mismos esquemas. En Estados Unidos conoció una cierta “edad de oro” del cine académico, con obras de John Ford, Howard Hawks, Budd Boetticher, King Vidor, Jacques Tourneur, John Sturges, Robert Aldrich…

La figura más importante de los cuarenta y los cincuenta fue el pésimo actor John Wayne, de un carisma en su época realmente arrollador, y que se erigió como figura masculina y héroe del Western para toda la eternidad. Pero ya se estaban haciendo westerns en otros países, y con otras configuraciones, por mucho que los anglosajones se crean que ellos son los únicos que hacen estas cosas. Y no me refiero a imitadores de ese cine, como el Spaguetti-Western, sino a otras formas de narrar la aventura, con códigos propios, como el Wuxia chino, que es otra narración épica, o heroica, de aventuras violentas de frontera, y no son imitaciones de los siempre soberbios y arrogantes anglosajones, que se creen que lo inventan todo. La rabia que da es la de no tener tiempo para ver películas africanas, que según creo las hay de una belleza impresionante pese a sus limitaciones presupuestarias, pues muchas de ellas, por pura lógica, son westerns.

Abandonado ya el impuesto clasicismo, y por supuesto todo academicismo rampante, el Western ha encontrado su forma definitiva en Estados Unidos, con títulos como ‘No Country for Old Men’ (2007), de los Coen, o ‘Hell or High Water’ (2016), de David Mackenzie, filmes magníficos, entre otros muchos, que no necesitan de damiselas en apuros, ni saloones, ni sheriffs clásicos, para narrar una historia de frontera. Directores como Iñárritu, Thomas Anderson, el mismo Tarantino, toman los códigos del viejo Western y los subvierten a su muy particular mirada. Para eso están los códigos, para subvertirlos, cogiendo sus mimbres y haciendo algo vibrante con ellos, ahora que esa obra maestra titulada ‘Deadwood’ ha terminado por destruir lo que quedaba de los cánones de un género que nunca podrá morir, porque jamás dejarán de existir historias violentas en la naturaleza, en el choque entre dos civilizaciones.

Creo que podemos establecer el ADN de un Western con los siguientes trazos:

–Relato de aventuras de supervivencia, entre la naturaleza y ciudades o asentamientos incipientes.

–Protagonizado por personajes al límite de la moralidad.

–En un marco en que dos países, o civilizaciones, o incluso razas se enfrentan por la supremacía territorial.

–En el que el paisaje, el entorno, es tan importante que es un personaje más.

–En el que la violencia es habitual porque la civilización fracasa una y otra vez.

–Con un grupo de personajes, a menudo compañeros, unidos por una gran amistad y algunas enemistades profundas.

–Y en el que el nihilismo, o lo crepuscular, aflora en cada hilo del relato.

No caben aquí por tanto narraciones del antiguo Oeste que hablen de la construcción de una nación, o del costumbrismo de la época. Eso es otro género: el drama histórico. Y con este ADN es fácil demostrar que el Filme Noir, en realidad, es una prolongación del Western, pero ya en el interior de una gran urbe, con los claroscuros de una ciudad moderna, en la que los lazos de amistad ya están muy diluidos, pero que mantiene, a grandes rasgos, la codificación de ese género. Pero del Filme Noir hablaré en otro artículo.

El Bélico

Escribiendo sobre un tema en concreto, al que dedicas horas del día, y que puede llevarte muchos días, cuando no semanas y meses de reflexión, pueden surgirte certezas que no dejaste en el texto. Que dejaste pasar. Y son bastante obvias, pero las dejaste pasar igual. Una de ellas es que puedes cambiar de tono (es más, debes hacerlo, quieras o no, y es una demostración de pericia narrativa) a lo largo de la película, desde el terror, al melodrama, y vuelta al terror…incluso puedes irte a uno luminoso por unos momentos, y volver a la comedia negra, y de nuevo al terror. Por ejemplo. Pero no puedes cambiar de género… En realidad puedes hacerlo, como puedes hacer casi cualquier cosa y las normas están para romperlas, pero no puedes estar en mitad de una comedia y plantarte en un Sci-Fi, o no puedes estar en una Sci-Fi y de repente irte a un Western canónico. Algunos cineastas lo han hecho, o han hecho cosas parecidas, y el resultado, si no es una catástrofe absoluta, es que empieza, literalmente, otra película. Eso es lo que le llega al espectador.

Esto de establecer los límites, las coordenadas y el ADN de cada género, es en realidad la búsqueda o la indagación de algunas formas (narrativas o no) de la representación fílmica. Y una de las más complejas es sin duda la del Bélico, un género bastante comercial o por lo menos popular, y que a un sector del público siempre le ha atraído, pero en el que sucede precisamente esto a lo que me refería en el párrafo anterior: a veces parece que estamos viendo varias películas en una, porque no se respetan, por razones bien obvias, los códigos del género, y al igual que sucede en el Western, género del que es primo hermano por cuestiones que luego profundizaremos, podemos estar en un Bélico durante veinte o treinta minutos y luego saltar a un drama histórico y que empiece por tanto otra película.

Las coordenadas de un género complejo y controvertido

Para ir directamente al grano, y poder desarrollarlo y matizarlo después, voy a establecer lo que en mi opinión está bastante claro que es el ADN de un Bélico:

–Narración en la que los combates y las batallas, grandes o pequeñas, ocupan una gran parte del metraje. Es decir, no hay una gran batalla inicial o final, y el resto es una película de espías, o un filme sobre la reconstrucción de Europa, o cosas así. Un bélico es un filme de operaciones militares. Punto.

–Por tanto es, a grandes rasgos, una radiografía de la vida militar, de cualquier época y nación, de cualquier tipo de ejército, antes, durante y después de las batallas.

–Por lo que al final deviene en un estudio de personajes, casi siempre exclusivamente masculino, aunque con muy interesantes excepciones, que al igual que en el Western, se enfrentan a un peligro de grandes dimensiones, y el modo en que mantienen el grupo, o se enfrentan entre sí, o reaccionan ante el horror de la guerra, es el núcleo de la historia.

–Es, además de un estudio de personajes, también un análisis de los espacios y los ritmos, muy concretos en el caso de este género, y con reglas quizá más codificadas, en cuanto a montaje y escenografía, de lo que pudiera parecer. En el Bélico, la geografía, lógicamente, es crucial, y también lo es la forma en que está capturada y en que se establece la espacialidad de los combates y las grandes batallas.

–La intención de la película bélica es mostrar, con minuciosidad, la naturaleza humana antes, durante y después del combate, con todos sus detalles, sus consecuencias, sus traumas y sus dualidades. Puede y debe mostrar los preparativos y el entrenamiento, debe y tiene que mostrar los combates en toda su crudeza, y ha de ser lo bastante profundo para terminar mostrando las trágicas consecuencias de la guerra.

–Por tanto y para finalizar, el Bélico ideal sería aquel en el que hay una sola gran batalla, salpicada de pequeños combates, y en el que presenciamos el luctuoso espectáculo de personas luchando por sobrevivir, y nada más.

Por eso, un filme como ‘Salvar al soldado Ryan’ (‘Saving Private Ryan’, Spielberg, 1998), que podría haber sido realmente portentoso, pierde gran parte de su ADN de bélico cuando Spielberg, necesitando de alguna manera ampliar los márgenes de su relato y darle más apariencia de categoría, sale de los combates y realiza cuatro escenas bastante discutibles en las que de pronto estamos en otra película, y varios oficiales discuten sobre la pertinencia de salvar a un único hombre, convirtiéndose el relato en un drama histórico. Sólo en un mal filme bélico vemos a una madre, al otro lado del mundo, llorando por la pérdida de su hijo en combate.

Y, si nos ponemos estrictos en cuanto al ADN del Bélico (algo que es mi intención), incluso los reportajes de guerra, los documentales y la propaganda de guerra son cine bélico. No importa que se trate de cine de no ficción. Porque en realidad el documental no es un género, sino un soporte determinado, como la animación, o el cortometraje. Y los numerosos documentales de guerra, muchos de ellos realizados con una tendenciosidad y maniqueísmo más que evidente, así como la propaganda bélica desplegada por los países contendientes, resultan imprescindibles para comprender el fenómeno del género bélico.

Es bien conocido que directores famosos y de gran prestigio, como John Ford, realizaron reportajes de guerra durante combates navales, tales como la Batalla de Midway, pero todo amante del bélico, sea cual sea su ideología o sus simpatías, colecciona, como no podría ser de otra manera, reportajes de los dos bandos de cualquier guerra, algunos de ellos, pese a su zafiedad intelectual, filmados con gran talento y con un gran sentido visual. Y es que el bélico es uno de los géneros más complejos pero también, en cierta medida, uno de los más cinematográficos. La guerra es la más nefasta y destructiva acción humana, pero de ella se extrae, como es lógico, la verdadera naturaleza de las personas que participan en ella. Y aunque un filme Bélico muchas veces no puede sustraerse de aquello que está contando, y termina pareciendo propaganda bélica, pocos géneros hablan con tanta precisión sobre la especie humana en su globalidad.

En muchas ocasiones, por tanto, vemos que se califican, y se clasifican, como bélicas, películas que ni por asomo lo son, como ‘La vida es bella’ o ‘La lista de Schindler’, las cuales son dramas históricos de manual en la mayor parte de su estrategia narrativa. Porque bélicas de ficción no se han hecho tantas películas, en realidad. Antes nombré ‘Salvar al soldado Ryan’, de la que si arrancamos algunas zonas que son puro drama histórico, es un buen Bélico, sin ninguna duda. Ahí tenemos al grupo de compañeros llevando a cabo una misión, y saltando entre la gran batalla inicial, y la otra gran batalla final, yendo por el relato entre combate y combate, perdiendo a algunos compañeros en el camino. Pero la miniserie de HBO ‘Hermanos de sangre’ (‘Band of Brothers’, 2001), también producida por Hanks y Spielberg, se revela superior a aquel filme en la creación de espacios y ritmos propios del Bélico, así como en la creación de los caracteres del grupo de soldados, proponiendo uno de los ejemplos más perfectos del género en lo últimos años.

Y si quisiéramos encontrar la película bélica perfecta, quizá sería la combinación de ‘Sin novedad en el frente’ (‘All Quiet on the Western Front’, Milestone, 1930), ‘Apocalypse Now’ (Coppola, 1979), y ‘La delgada línea roja’ (‘The Thin Red Line’, Malick, 1998), cada una a su estilo, pero especialmente las dos últimas, que además son un alegato antibelicista nada maniqueo ni obvio. Porque hoy día quizá se ha vuelto necesario, además de los códigos inherentes al género, establecer un punto de vista y posicionarse ideológicamente, por mucho que se sigan haciendo películas tan deleznables como ‘Cuando éramos soldados’ (‘We Were Soldiers’, Wallace, 2002), que emplea el Bélico para ensalzar ideas patrioteras e incluso racistas, un fenómeno que no es exclusivo de este género, pero del que parecen nutrirse con él, pues parece más capaz que otros a la hora de enardecer ideas reaccionarias.

Para terminar, citaré algunos filmes bélicos puros, que no se ven contaminados por el melodrama, ni el drama histórico, y que mantienen por tanto un precario equilibrio entre los tonos de aventura y tragedia: ‘El submarino’ (‘Das Boot’, Petersen, 1981), ‘Stalingrado’ (‘Stalingrad’, Vilsmaier, 1993), ‘La cruz de hierro’ (‘Cross of Iron’, Peckinpah, 1977), ‘Objetivo: Birmania’ (‘Objective Burma!’, Walsh, 1945), entre no muchos más.

El Noir

Sigamos con los géneros. Ya he hablado de lo que yo considero que son los límites y los códigos del Western y del Bélico. Ahora le toca al Noir, el término que los franceses, uno de los países más cinéfilos del mundo, utilizan para referirse al cine negro.

Como sucede con todos los géneros, casi sin excepción, cuando se busca información sobre ellos por internet, o incluso en bibliografía especializada, pareciera que sólo existen en el cine americano, o que ellos los inventaron, o que ellos los han practicado mejor y más intensamente que cualquier otra cinematografía. De hecho, si el lector de estas líneas busca “film noir” en google, muy probablemente le aparecerá un recuadro a la derecha proveniente de Wikipedia, que le dirá que el Film Noir, en francés, es un género cinematográfico que se desarrolló en Estados Unidos entre la década de 1930 y 1950. Pero, como iré comentando en este artículo, eso no es verdad.

Yo con estos textos sobre los géneros, ni con ningún otro, no pretendo sentar cátedra, ni dictar sentencia. No me hace falta. Tampoco hacerme el listo ni pretender saber más que nadie, ni nada de eso. Lo único que quiero es aprender, aunque haya quien no me crea. Me pongo a bucear en títulos y estilos, y me esfuerzo por dilucidar qué diferencia a unos y otros, y qué les confiere su naturaleza. Y por eso me es imposible afirmar que el Western canónico, el norteamericano, sea el único y verdadero Western, cuando hay muchas películas, de muchos países, que comparten los mismos rasgos formales, tonales y expresivos, el mismo ámbito conceptual sobre todo. Porque llevar la estrella de sheriff, unas espuelas y un sombrero de ala ancha no te hace un personaje de Western, necesariamente. Y sí ser un superviviente en una frontera física y moral, entre civilizaciones, entre leyes y puntos de vista, en puentes entre territorios y culturas, e incluso entre el pasado y el futuro.

Westerns no canónicos, y más codificados que el norteamericano, hay muchos, y lo mismo le sucede al Noir, que sin duda tiene un importante referente en EEUU, pero ni mucho menos el único, pues el Noir es una prolongación, lógica y natural, del mismo Western, con la única salvedad de que ya no hay fronteras físicas (aunque sí morales), y de que el paisaje rural ha dado paso al paisaje urbano, que es un personaje tan importante como el anterior.

Claroscuros

Para muchos, el cine negro nació y murió con el blanco y negro. En mi opinión esa es otra definición tan habitual de los puristas. Y yo, que no soy purista, tampoco estoy de acuerdo. Del mismo modo que el Western no es un vaquero que llega a un pueblo polvoriento y se pide un whisky en el Saloon, el Noir no es una historia en blanco y negro en la que las conversaciones están iluminadas con las líneas de una persiana, y en la que los señores llevan sombrero y las mujeres vestido de lunares. Eso es un tipo de cine, un subgénero de los varios que existen dentro del Noir, y una época muy determinada. Para algunos, sólo existe el cine que vieron en la infancia, hace muchos años, y para otros sin personalidad propia, sólo existe el cine que otros vieron en su infancia…

Pienso, por ejemplo en ‘Un paso en falso’ (‘One False Move’, 1991), de Carl Franklin. En esa película, un trío de bandidos, dos hombres y una mujer, tras cometer un robo y provocar una masacre, huyen al pueblo de ella, y los del pueblo, incluido el sheriff, se enteran de casualidad, y el FBI va a ayudarles, y así unos van para allá, y otros les esperan. Resulta que el sheriff tuvo una aventura con la chica del trío de forajidos, una chica mulata que no lo ha tenido fácil en un pueblo tan racista. La historia, y la película, son magníficas, y son puro cine negro. También existe la clase de Noir de ‘Chinatown’ (1974), por supuesto, la obra maestra de Polanski, que sin duda es un Noir de manual, pero los purismos lo único que consiguen es embrollar más los géneros.

‘Miller’s Crossing’ (Hermanos Coen, 1990), ‘Road to Perdition’ (Sam Mendes, 2002) y ‘L.A. Confidential’ (Curtis Hanson, 1997), son cine negro del más canónico y reconocible para algunos, pero también lo son ‘Memento’ (2000, Christopher Nolan), ‘Blue Velvet’ (David Lynch, 1986), ‘Lucky Number Slevin’ (Paul McGuigan, 2006), ‘In Bruges’ (Martin McDonagh, 2008), ‘Mystic River’ (Clint Eastwood, 2003), cada una con su tono y con su estilo. Y fuera de Estados Unidos hay mucho cine negro: ‘Memories of Murder’ (Bong Joon-ho, 2003), ‘Le samourai’ (Jean-Pierre Melville, 1967), ‘El infierno del odio’ (Akira Kurosawa, 1963), ‘El secreto de sus ojos’ (Juan Jose Campanella, 2009), ‘Las diabólicas’ (H.G. Clouzot, 1955), ‘The Third Man’ (Carol Reed, 1949), ‘Rififi’ (Jules Dassin, 1955), ‘Nueve Reinas’ (Fabian Bielinsky, 2000), ‘Pickpocket’ (Robert Bresson, 1959), por citar películas dispares, de épocas y nacionalidades muy diferentes. El Noir es tan nutrido, que en su seno han crecido y se han codificado bastantes subgéneros.

Pero primero su ADN:

–Ha de ser una historia que transcurra en una ciudad, y una ciudad de lo más opresiva y hasta sórdida, que debe ser un personaje más.

–Los personajes han de bailar constantemente entre la moral reinante y su propia moral, y muchas veces ambas morales se diluyen. El Noir es un género moral.

–Debe ser fatalista. Puede no acabar del todo mal, pero ha de tener un fondo nihilista, desesperado, que anticipa que las cosas no van a acabar bien.

–El pasado tiene un importancia capital para los personajes, y la falta de futuro.

–Puede no ser una película de una violencia gráfica, pero la violencia, en todas sus ramificaciones, ha de estar presente, ha de palparse, como una posibilidad más que real.

–Sus tramas suelen ser densas, y su tempo suele ser variado, de la calma más absoluta a la intensidad más dinámica.

–Es un cine que te habla del subsuelo, desde un punto de vista psicológico muchas veces, que te acerca a lo marginal, a lo que no se ve a simple vista en la sociedad, a lo que está oculto.

Así las cosas, el Noir es un género tan prolífico, en todo el mundo, seguramente porque habla del presente quizá como ningún otro género, ni siquiera el drama social (que sería un no-género, por otra parte). Y de él nacen varios subgéneros, cada uno con su ADN particular:

–Películas de robos y atracos

–Películas de timadores

–Películas de gangsters, de la mafia

–Películas de investigadores o policíacas

–Películas de asesinatos

–Película de espías

–Comedias negras que pueden reunir varios de los tipos anteriormente nombrados

En mi opinión el mejor cine negro, el más valioso y percutante, es el que te habla de lo contemporáneo con más fuerza que un reportaje social. El que te fascina y te repugna, el que te propone un viaje por el lado oscuro de las cosas, un viaje tras el que te va a ser muy difícil volver a mirar el mundo de la misma manera. En suma, un cine con el que no puedes ser inocente y te toca trabajar, te toca averiguar cuál es tu propia moral. Ese es el gran poder del mejor Film Noir, y supongo que cada cual tendrá sus películas de cabecera de este género tan tenebroso.

El Musical

Cada vez que escribo sobre un género intento encontrar lo que es específico en él, lo que no comparte con ningún otro género y lo que lo convierte en un tipo de filme muy específico, muy concreto, que emplea determinadas herramientas para alcanzar su propio rango. Y de los ocho grandes géneros pocos hay tan codificados, exactos y concretos como el Musical, que sin embargo no debe circunscribirse únicamente a los filmes de ficción musicales canónicos, pues al igual que ocurría con el bélico, puede (y ha de…) ampliarse a todos los soportes, incluido el videoclip y el documental o reportaje musical, pues todos ellos dependen del mismo código genético.

Por tanto, si sólo nos limitáramos a hablar de los filmes clásicos de Fred Astaire y Ginger Rogers, de Stanley Donen con Gene Kelly, o muchos otros de esa clase, sólo estaríamos haciendo lo que por otra parte se ha hecho casi siempre: ceñirnos a un fenómeno localista, y no global, como certifica el hecho de que la industria de Bollywood, una industria bastante más grande que la de Hollywood, se sustenta sobre todo de musicales. Pero además, negaríamos que realmente lo son no pocos videoclips (en realidad la mayoría de ellos) y no pocos de los muchísimos documentales sobre música o sobre músicos que nos ha regalado el cine. Pero que se tranquilice el lector porque no es mi intención llevar a cabo aquí un compendio, sino dejar claro que de la misma manera que el Western no es sólo John Wayne, el Musical no es sólo ‘Cantando bajo la lluvia’ (‘Singin’ in the Rain’, Stanley Donen, Gene Kelly, 1952).

En mi opinión, completamente personal y por ello prescindible y discutible como la de cualquier otro, el Musical sí es lo que nunca será el western canónico estadounidense: el género de géneros. Y voy a intentar explicar por qué.

Escribiendo las numerosas Mini Críticas de mi Archivo, me he dado cuenta, yo solito, de lo mucho que ha dependido el cine de la literatura. Pero mucho antes ya de ponerme en ese empeño un tanto suicida, ya había pensado en lo mucho que el cine ha vampirizado la música, pues con ella ha modelado sus formas y ha maquillado sus numerosas carencias expresivas, hasta el punto de que es extremadamente inusual encontrarse un filme sin música. E incluso existe un subgénero, o por lo menos tono de películas según mi clasificación, como es el melodrama, que como su mismo nombre indica, es un drama musicado, cuyas emociones y estructura dependen íntimamente de la música.

Pero más allá de eso, es un hecho, para algunos, que todas las artes narrativas, especialmente el cine, aspiran a ser música, y solamente cuando lo consiguen trascienden el mero cuenta cuentos y aspiran a convertirse en parte de las bellas artes, tal como sucede también con la literatura. El cine es una sinfonía de imágenes, y es algo que pienso desde hace mucho tiempo, con su ritmo y su tempo, con su tono y su armonía, su cadencia y su estructura interna y externa. Es imposible, para un montador, no hablar de la construcción de la película en términos no musicales

Por eso muchas veces resulta casi imposible no introducir música, y hacerla parte sustancial de la estrategia narrativa de cualquier película, e incluso parte medular de ella, como en el caso de los musicales, cuya codificación es quizá de las más estrictas, y consiste en este simple y breve ADN:

–La historia no puede entenderse si extraemos de ella las canciones.

Nada más. Y en algunas películas se bailará y en otras no, pero sin canciones que cuenten la historia, no hay película musical. Y lo interesante es que este género de géneros puede incluir en su seno casi cualquier género o subgénero, y así han existido musicales western, musicales noir, musicales dramas históricos… e incluso de terror, como demuestra el videoclip más famoso de la historia:

Dirigido por John Landis, esta breve historia, que podría considerarse un corto de terror, demuestra que no hay límites para el musical siempre que se tenga el suficiente talento cinematográfico, y Landis lo tiene y desde el minuto 8:28 hasta el 9:40 obtenemos una pieza musical magnífica, tan bien rodada como los bailes de ‘West Side Story’, y con una densidad conceptual, una fuerza en el corte del montaje, una inventiva visual, que la convierten en un musical absolutamente canónico y maravilloso, más allá de las evidentes limitaciones interpretativas de Michael Jackson, como también lo fue por cierto el de ‘Bad’, dirigido por Martin Scorsese:

Por no decir esta pequeña broma de Fatboy Slim, titulada ‘Weapon of Choice’, en la que Christopher Walken adquiere poderes voladores:

Pero ha habido unos cuantos más, así como lo son el documental ‘The Last Waltz’ (1978), también de Scorsese, o ‘Let’s Get Lost’ (1988) de Bruce Webber, entre muchos otros, en los que sin los números musicales no pueden entenderse la historia, o por lo menos la narración, que intentan mostrarte.

Cada uno tendrá su musical o musicales favoritos, y seguramente sus placeres culpables, que a lo mejor, con un poco de suerte, he incitado al lector a volver a ver y disfrutar de nuevo.

El Histórico

El cine histórico, que es uno de los ocho géneros canónicos, podría ser fácilmente considerado como un “no género”, o como un simple marco para el lienzo que luego podría ser el cine Bélico, o el Western o incluso el Noir. Pero en mi opinión es un género tan codificado como los otros siete, con reglas muy estrictas que lo definen como tal, y que aunque como muchos otros puede existir en una combinación con otro u otros géneros canónicos, posee la suficiente entidad y nitidez, y creo que si los autores que se adentran en sus códigos lo hiciesen con más honestidad de la que habitualmente lo hacen, sería un género mucho más rico y apasionante, pues posee muchas posibilidades.

Lo cierto es que es un género bastante resbaladizo. Por una parte es el más solemne de todos. Pero lo es sólo en teoría, porque también puede albergar comedia o incluso comedia negra. Por otra parte es ese tipo de cine prestigioso (y por tanto bastante comercial) que el gran público gusta de ver por tratar, muy a menudo, grandes temas humanos, grandes hechos del pasado, que son del interés común y que invitan a los cineastas a una narrativa de gran escenografía, o a una épica o a una grandeza visual tan afín a este tipo de cine. Pero, por otra parte, suele ser un tipo de cine bastante tendencioso y manipulador, y capaz de caer en el ridículo con facilidad, pues ¿cómo sabemos nosotros cómo se relacionaban, cómo hablaban, cómo se comportaban, en la Grecia Antigua o en la Antigua Roma? Por todo ello, además, es un tipo de película cuyas imágenes pueden pasar rápidamente de moda, y dejar de ser atractivas a los cinco o diez años. Por todo esto no es un género fácil de hacer ni de analizar.

En cierto sentido (en realidad, en muchos sentidos), el cine Histórico sería el opuesto temático, tonal, a la Sci-Fi, pues si el segundo es un género que habla de lo que podría pasar en un futuro, de lo que tememos que pueda llegar a pasar, el género Histórico es un cine que nos habla de lo que pudo haber pasado, de lo que nos lamentamos, o nos congratulamos, de que hayan tenido lugar. Y por supuesto, en su seno caben las especulaciones, del mismo modo que en la Sci-Fi caben las especulaciones. Es más, son muy bienvenidas, pues sin ellas la imaginación de los autores se vería muy constreñida. ¿Pudo realmente Espartaco concitar tantos enemigos en el campo de batalla, algo históricamente improbable? ¿Fue la traición de los fenicios la verdadera causa del exterminio de su ejército? ¿Estaba al corriente Hitler, o no lo estaba, del desembarco en Normandía, y por tanto la historia de que no querían despertarle es una falacia? ¿Pudo ocultarle realmente, su estado mayor, ya todos metidos en el búnker final, la situación de las defensas de Berlín?

Eso es lo interesante de este género, que también podría ser considerado lo opuesto a la comedia, al menos casi siempre y cuando no existe nada de sátira ni cinismo en su argumento, pues la comedia es el género “rápido”, dinámico por excelencia, mientras que el cine Histórico (llamado tantas veces “drama” de forma un tanto equívoca) es un género de tempo más reposado, muchas veces, más solemne. Pero incluso cuando se acerca a los ritmos de una comedia de costumbres, el cine Histórico tiene como objetivo establecer una mirada crítica sobre la historia, una historia dentro de la Historia, y un tratamiento de la Historia que no se deje engullir por el argumento que se intenta contar. Espero se me entienda. El cine histórico es arqueología, arquelogía narrativa, que muchas veces se vuelve vetusta, pero que puede ser, que debe ser, también vibrante, capaz de hacernos viajar a un pasado de varias décadas, o varios siglos atrás, y de establecer poéticas y hasta líricas conexiones con el presente, y hasta con el futuro.

Por tanto, y para no alargar demasiado esta entrada, podríamos decir que el ADN de este género se compone de los siguientes mimbres:

–Un viaje al pasado, reciente o remoto, que narra, muchas veces especulando, unos hechos históricamente probados.

–En ese viaje los cineastas establecerán una visión crítica (no aventurera) de los hechos narrados.

–Los personajes serán por tanto personajes verídicos, o mezcla de varios personajes verídicos.

–El componente histórico será algo más que un marco para un lienzo de aventuras, de Western, o de Noir. Será un cine en el que se hable de historia, principalmente. En cierto modo será un cine sociopolítico.

Mientras escribo estas líneas tengo puesta en la tele la magnífica película de Steven Spielberg ‘Lincoln’ (2012), que es un ejemplo canónico de cine histórico. Especula sobre unos hechos pasados, está contada a través de personajes históricos que existieron tal como se nos cuenta, habla sobre un momento histórico probado e importante (la aprobación de la 13ª Enmienda, que abolió definitivamente la esclavitud), y no es aventurera ni una comedia de costumbres. Es cine Histórico de manual.

Ya sólo me quedan 3 géneros canónicos, y la verdad es que estoy aprendiendo bastante. Y espero que el inopinado lector de estas líneas también.

La Comedia

Vamos con unos de los géneros, o quizá el género cinematográfico, más resbaladizo, más difícil de definir y en cierto sentido más inabarcable de todos ellos, porque la comedia es algo más, en realidad bastante más, que un montón de chistes visuales o verbales, mucho más que una película en la que uno vaya a reírse a carcajadas sin parar desde el principio hasta el final. Y no solamente es un género con su codificación estricta, también es un tono (véase el cuadro de tonos que ya definí), pero vamos por partes que hay tela que cortar.

Y la tela comienza por Aristóteles, nada menos, con su imprescindible Poética, en la que ya empezaba a definir lo que era la Tragedia en oposición a otras formas narrativas (como la Comedia, un concepto muy diferente en esos tiempos de lo que significa hoy), y calificaba al humor, a la sátira, como un arte de segunda, incluso “de baja estofa”. Varios siglos después, con si ‘Divina Comedia’, que en realidad se llamaba ‘Commedia’ a secas (fue Boccaccio el que empezó a referirse a ella como ‘Divina’ y así se quedó por los siglos de los siglos), Dante Alighieri iniciaba el Renacimiento, y en él se redefinía todo, incluso el género de la Comedia, que ya era tomado como una forma de arte mayor, capaz de expresar y de llegar a sitios que para otros géneros está vedado.

Hablo de todo esto porque los géneros cinematográficos, la mayoría, provienen de una tradición literaria, y la Comedia no es una excepción. Pero también es un tono narrativo, que puede ser luminoso (comedia a secas, costumbrista, o satírica, o paródica) y oscuro (comedia negra). Y de esta forma tenemos un Noir como ‘Fargo’, de los Coen, que en su tonalidad es una comedia negra de manual. Y lo mismo pasa con ‘Pulp Fiction’, por citar títulos que todo el mundo conozca, pero por otra parte tenemos comedias luminosas que en realidad son del género Fantástico como ‘Golpe en la pequeña China’, de Carpenter, o del género Musical como ‘Cantando bajo la lluvia’ de Stanley Donen, o dramas judiciales como ‘La costilla de Adán’, de Cukor, o dramas como ‘Mejor…imposible’ de Brooks, e incluso películas de aventuras en tono de comedia luminosa como ‘La princesa prometida’, de Reiner.

De modo que quizá sería bueno distinguir entre el género Comedia y el tono Comedia. El género Comedia sería el contenido y el punto de vista en este caso, y el tono Comedia sería la forma, la técnica de representación. Espero se me entienda. ‘Golfus de Roma’, por ejemplo, es un drama histórico y un musical, pero su tono es de Comedia. El género comedia, para entendernos, sería cualquier tipo de narración lúdica, de costumbres, muchas veces ligera o desenfadada, como con ‘Belle Epoque’, de Fernando Trueba, en la que te ríes rara vez. Pero el tono comedia sería una forma de narrar muy determinada, con un montaje, un tempo, y un ritmo (no confundir ninguna de las tres cosas) más intensos, más rápidos y más dinámicos que en el drama o la tragedia.

Cuando en una revista o en un blog el articulista de turno habla sobre comedias, siempre se refiere a películas que te hacen reír, a historias desternillantes, delirantes, desmadradas. Y como yo estoy demostrando, eso no es verdad. Esas son del tono comedia, y de un tono además muy específico: la sátira o la parodia. Esas comedias, por lo general, pasan de moda muy rápidamente, porque el humor es algo muy epocal, que a la siguiente generación ya no hace tanta gracia, si es que hace alguna. La Comedia es algo más general, y se refiere a un punto de vista, a una forma de entender el arte narrativo, por lo que Hitchcock no se equivocaba al referirse a ‘Psycho’ como una comedia. Digamos que el Drama o la Tragedia nos hacen sentir mal con nosotros mismos, y la Comedia nos hace sentir algo mejor, nos libera de lo que no nos gusta de nuestro interior.

Pero si queremos definir cómo hacer un chiste visual y/o verbal, la serie ‘Futurama’ o ‘Los Simpson’ dan buena fe de ello (la segunda cuando no era una parodia de sí misma), y las películas de Edgar Wright también. La comedia visual, más netamente cinematográfica, suelta un chiste verbal o visual, una gracia, y enseguida viene el corte de montaje. Fíjese el lector en cualquier burrada o majadería que suelte Homer: enseguida hay un corte de montaje, y es eso lo que nos hace gracia. El famoso chiste visual de Jack Burton, en ‘Golpe en la pequeña China’, en el que dispara al techo y da un grito de guerra para empezar el combate, y como consecuencia le caen cascotes a la cabeza y le dejan inconsciente, nos hace gracia porque el montaje es rápido, a corte directo, y enseguida le dejamos ahí tirado. En caso contrario no nos haría tanta gracia.

Pero definamos ya el ADN tanto del género Comedia, como del tono Comedia/Parodia/Sátira y la Comedia Negra:

–Es un género lúdico, sobre costumbres, sobre la sociedad y sobre el ser humano en particular, y generalmente luminoso.

–Habla sobre personajes muchas veces patéticos, o bobos, o inútiles, y sobre sus desventuras personales, ejerciendo una catarsis personal que nos ayuda a reírnos de nosotros mismos.

–En comedia negra, se basa en el maltrato al personaje, es decir en coger un carácter anodino y hacerle pasar por toda clase de desgracias.

–Su tempo es veloz, cuando es tono narrativo, tanto en el chiste verbal como en el visual.

–Nos hace reír a veces, pero sobre todo es una reflexión sana sobre la condición humana.

–En la parodia, y sobre todo en la sátira, el objetivo es reírse de todo convencionalismo social, e incluso del mismo cine, y a veces de los códigos de otros géneros, para poner en solfa cualquier idea preconcebida.

Claro, haría falta escribir un artículo específico sobre parodia, sátira y comedia negra, para adentrarnos un poco más en cada uno de estos tonos, pero eso ya sería alargar mucho todo esto. Lo más importante para mí en este artículo es desgranar el ADN de la Comedia, y demostrar que es mucho más que una serie de personajes haciendo el bobo delante de una pantalla.

El Fantástico

Debo decir que a la hora de comenzar a preparar este artículo, el penúltimo sobre los géneros cinematográficos, me he dado cuenta de que no hay muchas películas de género netamente Fantástico que me parezcan realmente grandes. Es decir, haberlas haylas, pero no demasiadas, y la mayoría de las que a la gente le parecen importantes a mí me resultan bobas o irrelevantes. Tanto es así que me ha costado mucho encontrar una imagen de cabecera para este texto, una que me convenciera porque de un solo vistazo fuera capaz de definirlo, hasta que me he dado cuenta de que en gran medida es el cine de animación el que con más intensidad y mayor tino ha abundado en este género tan difícil pero al mismo tiempo tan hermoso y tan poético.

En realidad, todo el cine es fantasía, incluso el drama íntimo de raigambre más realista. Todo es ficción, incluso un documental, y la ficción es fantasía, ensueño, entelequia. Pero claro que existe un género que trasciende todo eso hasta cristalizar en un código narrativo muy definido, que como no podía ser de otra manera, proviene de la literatura, que una vez más se demuestra como la verdadera razón de ser (o por lo menos el punto de partida) de gran parte del cine que vemos todos los días. En literatura el Fantástico, o la Fantasy, o como se quiera llamar, posee unos límites muy precisos, y del mismo modo sucede en el cine, el que en la actualidad tiene sus ejemplos más conocidos en franquicias de aventuras, o en filmes de terror puro, pero que de cuando en cuando todavía nos sorprende con películas extraordinarias, a veces no muy aceptadas por el gran público, que dan buena fe de hasta dónde puede llegar el género.

Por razones incluso bastante lógicas, el cine Fantástico es uno de los más comerciales, y uno de los que más se cultivan por directores de todo tipo, incluso, y este es el problema actual, por directores que no poseen el menor temperamento ni inclinación por el Fantástico, que todo lo reducen a un tebeo muy vistoso, a un universo con reglas mal establecidas y peor ejecutadas, puestos al servicio de grandes franquicias que obtienen dividendos multimillonarios en las salas y ahogan y casi borran del planeta otras propuestas más vibrantes. Me estoy refiriendo, por supuesto, a las sagas de ‘Harry Potter’, de ‘El señor de los anillos’, de ‘Piratas del Caribe’, de ‘Star Wars’ y ahora del universo cinematográfico de Marvel (que por cierto algo tiene de Sci-Fi, pero muy poco), que han abaratado los conceptos de Fantasía y de Aventura hasta reducirlos casi a una fantasmagoría de dibujos animados y efectos digitales mal desarrollados narrativamente, pero que son lo que se entiende hoy por Fantasía.

Por no hablar del cine de terror, ahora reconstituido en cine de sustos y de superficiales guiñoles, la mayoría de ellos también digitales y poco orgánicos, que jamás puedes creerte porque sabes que todo lo que está apareciendo en pantalla en realidad no está delante del espectador.

Pero también ha habido otro cine Fantástico, y lo sigue habiendo, en películas de imagen real como ‘El príncipe de las tinieblas’ (‘Prince of Darkness’, 1987), de Carpenter, ‘Las brujas de Eastwick’ (‘The Witches of Eastwick’, 1987), de Miller, ‘Un hombre lobo americano en Londres’ (‘An American Werewolf in London’), de Landis, ‘Los héroes del tiempo’ (‘Time Bandits’, 1981), de Gilliam, ‘¿Quién engañó a Roger Rabbit? (‘Who Framed Roger Rabbit?), de Zemeckis, ‘El ejército de las tinieblas’ (‘Army of Darkness’, 1992), de Raimi, ‘Cool World’ (1992), de Bakshi, ‘La momia’ (‘The Mummy’, 1999), de Sommers, ‘Sleepy Hollow’ (1999), de Burton, ‘El sexto sentido’ (‘The Sixth Sense’, 1999) y ‘El protegido’ (‘Unbreakeable’ 2000), ambas de Shyamalan, ‘Guardians of the Galaxy’ (2014), de Gunn, por nombrar algunas de las últimas décadas, y reconociendo que incluso en esas franquicias nombradas siempre hay un título que es realmente formidable, (‘El imperio contraataca’ en Star Wars, ‘Las dos Torres’ en El señor de los anillos, ‘Harry Potter y el prisionero de Azkabán’…).

Pero en el soporte en el que más y mejor se ha practicado este frágil género de hadas, dragones, guerreros, mundos alternativos, espadas láser, naves espaciales, monstruos escalofriantes, pesadillas interminables, infiernos ocultos, superhéroes, dimensiones paralelas y criaturas fantásticas de todo pelaje, es sin duda en la animación, que década tras década nos va dejando, en cinematografías europeas, asiáticas y americanas, títulos maravillosos que dan cuenta, quizá porque en la animación es un ámbito más eficaz para contener esa maleable sustancia. Y así podemos nombrar no pocos títulos de la Ghibli y de la factoría Pixar, los tres maravillosas largos en Stop-Motion de Henry Selick, los filmes de la casa Laika, las animaciones de Dreamworks o de muchos directores japoneses y europeos que hacen trabajos extraordinarios, todos ellos cumpliendo el ADN más básico de este género tan complejo:

–Los elementos de la historia que salen en la película no podrían darse, bajo ningún concepto, en la vida real, y no suelen aparecer en otros géneros, ni siquiera como especulación.

Al igual que pasaba con el Musical, en el que también teníamos un único elemento significativo, ese es el único condicionante para obtener un filme del género Fantástico. Y por supuesto luego podríamos hablar de tonos, estilos, títulos más canónicos y títulos menos canónicos, pero ese es el único, y es paradójico que el Musical y el Fantástico nunca o casi nunca hayan coincidido (salvo en el más famoso videoclip de todos los tiempos y poco más), quizá porque se repelen mutuamente, de la misma forma que les pasa a otros géneros, mientras que sí han aparecido Westerns Musicales, o Históricos Musicales.

Y es por todo esto por lo que el Fantástico es un cine tan diferente de la Sci-Fi, de la que hablaremos en el último texto de esta serie.

La Sci-Fi

Termino ya este repaso por los que yo considero los ocho géneros canónicos (el Western, el Bélico, el Noir, el Musical, el Histórico, la Comedia, el Fantástico y este que ahora me ocupa), con el que espero haber dado mi personal visión y punto de vista sobre cada uno de ellos, del que he ido desgranando su ADN y sus códigos maestros, aprendiendo mucho por el camino y con el que espero que el lector (pasado, presente o futuro) pueda a su vez aprender cosas o despertar su curiosidad por ciertos conceptos, aunque solo sea por oponer sus propias ideas y argumentos a los míos, que también para eso se escribe muchas veces.

La Sci-Fi, o ciencia ficción (aunque más correcta es la traslación ficción científica, pero tampoco hace falta ser puristas), es el género especulativo por excelencia. En ese sentido, es el primo hermano del Histórico, y es opuesto al Fantástico, pues mientras en este último se desarrolla un universo o una realidad que bajo ningún concepto tendría cabida en la nuestra, la ciencia ficción ha de partir necesariamente de este mundo, de esta realidad, para desde ahí elaborar su especulación. Toda película Sci-Fi es una pregunta concreta: ¿qué pasaría si…?. ¿Qué pasaría si las máquinas se rebelasen contra nosotros? ¿Qué pasaría si se acabara la comida? ¿Qué pasaría si aterrizaran unos extraterrestres? ¿Qué pasaría si ocurriera cualquier cosa que aún no ha ocurrido pero que es posible que ocurra? O por lo menos no imposible…

Su poder, por tanto, radica en que parte de nuestra realidad para ponerla en una situación límite que desde un punto de vista científico, por lo menos teórico, no es una quimera parecida a que baje un caballo con alas desde Marte. La Sci-Fi nos pone en un brete, nos sitúa, a la humanidad, en un abismo, y se complace observando las consecuencias morales, emocionales y psicológicas de todo ello. Por todo esto, se trata quizá del género más sombrío, y muchas veces el menos complaciente con el espectador, pues en la llamada Sci-Fi dura no existe la menor esperanza para la humanidad, y ejerce como espejo de la realidad actual, sea la que sea, con sus miserias y sus falsedades. Es por ello que también es un género tremendamente crítico con la sociedad.

Vamos a ver sus rasgos genéticos:

– Plantea una situación (presente, futura o incluso pasada) que es teóricamente posible desde un punto de vista científico.

–Como tal, se erige en un estudio de personajes que en sí mismos son una suerte de reflejo de toda la sociedad e incluso de toda la humanidad.

–Es un género que alerta, que avisa de una situación funesta, muy concreta, que podría llegar a suceder, y para la que no estamos preparados.

–Generalmente habla de la responsabilidad del hombre con la tecnología que él produce, pero no es conditio sine qua non, más bien es una radiografía de las acciones globales del ser humano.

–Parte siempre de un mundo real, casi de una película sin género, que suele denominarse (de forma equívoca) dramática, para luego construir su especulación.

En realidad este género, que ha producido no pocas obras maestras, puede mezclarse muy bien con el Noir, que a su manera también especula con posibilidades políticas o sociales, y ha habido no pocos bélicos que a su vez eran Sci-Fi, y algún que otro Western (‘Atmósfera Cero’, de Peter Hyams, por ejemplo). Lo divertido de esos casos es discernir cuánto tienen de cada género y cuál es el principal de ellos.

La Sci-Fi, que para algunos empezó con la imprescindible novela ‘Frankenstein, o el moderno Prometeo’, de Mary Shelley, publicada en 1818, es la hija directa de la industrialización, de las ciudades modernas, del ansia del ser humano por la conquista de todo lo conocido, y por la comprensión y expansión hacia todo lo desconocido, de la capacidad de esta especie dominante, en suma, por condicionar el entorno que le rodea, muchas veces sin pensar en las consecuencias o si es éticamente cuestionable. No voy a nombrar esta vez muchas películas, ni siquiera unas cuantas, pues supongo que cada uno tendrá las preferidas, y ya dejo mis argumentos en forma de píldora en el Archivo de Mini Críticas, donde se pueden consultar 11 páginas de títulos. Tan solo diré que es poco dudoso que haya un director de Sci-Fi que pueda hacerle sombra a James Cameron, quizá el más grandioso director del género, a pesar de una carrera muy corta en títulos.

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