La infinita belleza de ‘El nuevo mundo’

Hay cosas, hay imágenes, que a uno se le quedan dentro para siempre. Recuerdo muy bien los planos finales de ‘The Shawshank Redemption’, de Frank Darabont (que aquí se llamó, con esa imaginación superlativa que nos caracteriza, ‘Cadena perpetua’), con esas imágenes del mar, con esa sensación de libertad recobrada. Recuerdo cómo me sentí en el cine cuando lo vi, y cómo me he sentido cada vez que lo he vuelto a ver. Y recuerdo otras películas con similar emoción, pero pocas, muy pocas, como ‘El nuevo mundo’, de Terrence Malick, que fue casi mayoritariamente ignorada en su momento, que no es una película que esté guardada en la mente de muchos cinéfilos y para la que el concepto belleza se queda muy corto.

A veces me pregunto qué obtiene la gente del cine, qué espera que le aporte. Conozco a no pocos (algunos con cierta sensibilidad artística, otros con ninguna) que aborrecen de esta película por considerarla lenta o aburrida. Están en su derecho, por supuesto, y es muy respetable. Pero…¿qué cine prefieren ver? ¿Qué cine buscan? ¿Y qué hay en ese cine que tanto les gusta? Algunos, como yo mismo, buscamos muchas cosas diferentes, en el cine, en la música y en la literatura, pero cuando nos hallamos ante algo de esta belleza…¿cómo resistirnos a ella? ‘El nuevo mundo’ es una obra de arte de tal calibre, es una experiencia cinematográfica tan hipnótica, que se me hace muy cuesta arriba pensar que pueda haber algo mejor, y sé que el que no la aprecie, el que sienta rechazo hacia ella, carece no solamente de la menor sensibilidad estética, sino de cualquier atisbo de sensibilidad hacia ninguna cosa, porque es imposible no sentirse compelido por sus imágenes.

Y ya Malick había puesto el listón muy alto con ‘La delgada línea roja’, realizada siete años antes. Aquella obra maestra sigue siendo insuperable. Pero esta… esta puede mirarla de tú a tú, siendo mucho más frágil, mucho menos epatante, mucho más íntima y delicada que aquella, partiendo de la misma audaz, indomable, mirada.

Tres reglas le impuso Malick, por lo menos, al portentoso director de fotografía mexicano Emmanuel Lubezki: todos los planos serían cámara al hombro, toda la iluminación sería natural, y todos los ángulos y encuadres serían o intentarían ser el punto de vista de un personaje. Por supuesto había más reglas en el rodaje, como que el atrezzo debía ocultar todo cable o cualquier otro material de rodaje (de modo que en cualquier momento se podría hacer una panorámica de trescientos sesenta grados sin que el escenario se “rompiese”), y que el rodaje podría pararse en cualquier momento si Malick encontraba un plano detalle (de una planta, de un animal, de un fenómeno atmosférico, que necesitase filmar. Y así, con un diseño de producción prodigioso, rodeados de unos escenarios naturales que dejan sin aliento, se logró uno de los pedazos de celuloide más perfectos de la entera historia del cine.

Es Malick un director muy visual y muy dinámico (como todos los grandes cineasta, por otro lado), pero aquí casi todo ese poderío visual (exceptuando las escasas escenas de batalla, filmadas con una maestría poco común) está vertido a la historia de amor y desamor (que es apócrifa, pues John Smith y la india a la que los blancos llamaron Pocahontas jamás fueron amantes) que es al mismo tiempo absolutamente conmovedora, y realmente única en la forma en que está contada. El año pasado tuve la oportunidad (la desgracia, más bien…) de leerme ‘Romeo & Julieta’, de William Shakespeare, se supone que la más maravillosa historia de amor jamás contada, que a mí me produjo sopor y rechazo. No te crees, nunca, que Romeo (que en un principio está enamorado de una tal Rosalina) se enamore de Julieta, ni que Julieta se enamore de Romeo. Todo está forzado de una manera tan poco plausible que más que conmover, mueve a la risa.

Ahora bien, qué diferente es todo aquí. Pocas veces, o nunca, hemos asistido, como espectadores, a un enamoramiento mutuo (el del colono invasor y el de la joven nativa, claro está), que es progresivo y que alberga verdad en cada plano, en cada mirada, en cada gesto y palabra. Esta historia de amor truncado (sobre todo por la ceguera de John Smith, magistralmente interpretado por el gran Colin Farrell) te rompe el corazón en pedazos. Existe una secuencia, entre las muchas que ambos comparten, en la que John recuerda, o rememora un encuentro con la muchacha… Esa secuencia cae en la eternidad. Todo ello narrado con un montaje, un conocimiento del entorno natural, una reconstrucción (esta vez sí) verosímil de la cultura indígena de Estados Unidos, que te deja pasmado, sin poder apartar la mirada.

‘El nuevo mundo’ es delicatessen, un filme que es una verdadera joya para los amantes del cine más raro y escaso. Jamás ningún director americano (ni John Ford ni ningún otro) pudo filmar tanta belleza.

2 comentarios sobre “La infinita belleza de ‘El nuevo mundo’

  1. Ya que citas a Shakespeare, y suscribiendo todo lo que escribes sobre Malick -un artista en el que percibo afinidades espirituales con Thoreau- y ‘El Nuevo Mundo’, ¿no crees que los sonetos son buenos? Es verdad que todo su teatro es muy decepcionante, pero creo que hay belleza y brillantez en sus sonetos.
    Un saludo.

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    1. Hola, Les Rouges-Georges (algún día me tienes que explicar el origen de ese nombre):

      En efecto, se nota que Malick ha leído, y mucho, a Thoreau.

      No me he leído los sonetos enteros, pero de lo poco que he hojeado no estaba nada mal. Cuando tenga tiempo me pondré con ellos.

      Un saludo!

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